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V Cuando el sol esparció su
primera luz, el día siguiente al de los sucesos y la plática que
acabamos de recapitular, ya
el hidalgo Don Pedro de Mojica había concebido y redondeado un
plan diabólico. Cualquiera que fuese la
explicación que Higuemota le diera de la aventura de la víspera,
el rencoroso intendente estaba
resuelto a no dejar pasar la ocasión de perder a la joven en el concepto del Gobernador,
reivindicando al mismo tiempo la tutela de la niña Mencía, como su más próximo pariente, y
entrando así más de lleno en la propiedad de los bienes que administraba; hasta que el
diablo le proporcionara los medios de quitar también de su camino aquel débil obstáculo a su
codicia; cuando no pudiera llegar a su objeto utilizando sagazmente
la inocencia de aquella
criatura, que ya creía sujeta a su poder discrecional, como la
alondra en las garras del gavilán. Se vistió apresuradamente, y
fue a ver a Doña Ana. Ésta acostumbraba dejar temprano el
lecho, para sus penas angosto
y duro, y salir a la pradera acompañada de una vieja india, a
recoger la consoladora
sonrisa del alba. Recibió sin extrañeza a
Mojica, que se le presentó al regresar ella de su paseo, y entró
desde luego en materia, como quien
tiene prisa en zanjar un asunto desagradable. —Nunca os había visto
temprano, señor primo: ¿venís a saber lo que pasó con Guarocuya? —Según lo convenido, señora
prima, espero que me lo contaréis todo. —Es muy sencillo —repuso
Higuemota—. Ayer tarde a la hora de paseo se me presentó mi
primo Guaroa; me propuso
llevarse a Guarocuya a la montaña, y no vi inconvenientes en ello. Esto es todo. —Pero, señora —dijo con
asombro Mojica—, ¿vuestro primo Guaroa no murió en la refriega
de los caciques? —Eso mismo pensaba yo
—contestó Higuemota—, y me asusté mucho al verle; pero quedó
vivo, y me dio mucha alegría
verlo sano y salvo. Y así prosiguió el diálogo;
con fingida benevolencia por parte de Don Pedro; con sencillez y
naturalidad por parte de
Higuemota, que, como hemos dicho, no sabia mentir, y considerando ya
en salvamento a Guaroa, no veía
necesidad alguna de ocultar la verdad. Cuando Mojica acabó de
recoger los datos y las noticias que interesaban a su propósito, se
despidió de Doña Ana con un
frío saludo y se encaminó aceleradamente a la casa en que se
aposentaba el Gobernador.
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