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XIV Diego Velázquez recibió la
terrible orden del Gobernador cuando menos la esperaba. Inmensa
pesadumbre embargó su ánimo
al ver que había incurrido en el enojo de su jefe; y atento sólo a desagraviarle, puso en pie su
gente, y al favor de la luna entró otra vez en las montañas, muy
de madrugada, en busca de Guaroa
y los demás indios que aún no se le habían sometido
personalmente. El capitán español llevaba guías
indios expertos, a quienes se había ofrecido una gran
recompensa si se lograba
capturar a los alzados, prometiéndose a dichos guías que no se
quería otra cosa que apoderarse de
aquellos obstinados rebeldes, para tratarlos tan bien como a los que
se habían presentado
voluntariamente. Creyeron los pobres indios
esta engañosa promesa juzgando por su propia experiencia la
bondad y mansedumbre de Velázquez
y sus soldados; y a las tres horas de marcha advirtieron al
jefe español que habían
llegado al pie de la montaña que servía de albergue a Guaroa. Amanecía plenamente: de los
ranchos o cabañas cubiertas de ramas de árboles, que servían de
viviendas a los confiados y
perezosos indios, se escapaba ese humo azulado y leve que denuncia los primeros cuidados con que
el hombre acude a las más imperiosas necesidades de su existencia: algunos vagaban
con aire distraído alrededor de la ranchería, o yucuyagua, llevando en la boca el
grosero túbano. Distinguíase a primera vista la figura escultural
de su caudillo, que abismado en
honda meditación se reclinaba, con el abandono propio de las
grandes Aveníanse con tan magnífica
escena aquella quietud, aquel absoluto descuido de los indios:
es de presumir que,
cerciorados por sus espías de que no se había hecho daño alguno a
los presentados por Las Casas,
los rezagados estuvieran meditando llevar también a efecto su
completa sumisión, y de aquí
provinieran su confianza y negligencia. De improviso, el estridente
sonido de un clarín rasgó los aires, partiendo de un ángulo de la
meseta; y apenas se hubo
extinguido la última nota de su bélica tocata, otro clarín y otro contestaron desde los dos ámbitos
opuestos, apareciendo por los tres puntos a la vez la hueste española, precedida del
fragor de sus arcabuces, del áspero ladrido de sus perros de presa,
y al grito en Granada poco antes
glorioso, de ¡cierra España! intempestivo y profano en aquel
monte, cargando con ciega furia a
salvajes inofensivos e indefensos..Atónitos, sorprendidos y
aterrados los infelices indios con la brusca acometida de los guerreros españoles,
prorrumpieron en clamores lastimeros y trataron de huir; pero la
muerte les salió al paso por todas
partes en el filo de los aceros castellanos: la sangre de las víctimas enrojeció el suelo: el
incendio no tardó en asociarse a la obra de exterminio, y las
pajizas cabañas, convertidas en
ardiente hoguera, abrazaron los cuerpos de los que, paralizados por
el terror, permanecieron a su pérfido
abrigo: los que, medio chamuscados ya, huyeron del fuego, rematados por el furor de los
hombres, y sólo consiguieron una muerte más pronta en las puntas
de las lanzas. Por todo aquel
campo reinaba la desolación y el estrago. Un guerrero indio, sin
embargo, uno solo, hizo frente con ánimo varonil a la ruda
embestida de los desatados agresores, y
esgrimiendo una fulgurante espada castellana sorprendió a su vez, por el extraordinario arrojo
y la fuerza de sus golpes, a los soldados, que no esperaban hallar
un ánimo tan brioso en medio de
tantos consternados fugitivos, un león formidable entre aquellos
tímidos corderos. Tres muertos y cinco heridos
yacían en tierra, al rigor de los golpes del bizarro indio, y los
soldados cargaban nuevamente
sobre él, resueltos a exterminarlo, cuando una voz imperiosa los
contuvo, diciendo: —¡Teneos!
¡No le matéis! Era Diego Velázquez, que
acudía con la espada desnuda. Desde lejos había visto al
denodado combatiente defender
su vida del modo heroico que se ha dicho; y su índole generosa
volvió a preponderar, inspirándole
el deseo de salvar aquel valiente. —Ríndete —le dijo-; y yo
seré tu amigo, y nadie te hará mal. —¿Quién cree en tus
palabras? —contestó con desprecio Guaroa (que no era otro el
esforzado indio)—. Cuando
nos habías ofrecido la paz, y contábamos con ella, vienes con los
tuyos a asesinarnos a traición:
¡sois falsos y malvados! —¡Ríndete! —repuso Velázquez,
haciendo un rápido movimiento de avance, y dirigiendo
la punta de su espada al
pecho de Guaroa. Este retrocedió vivamente,
descargando al mismo tiempo un tajó furioso que el capitán
español paró con magistral
habilidad. El combate se trabó entonces entre los dos, no
permitiendo el caballero Velázquez que
ninguno de los suyos le ayudara. Llovían las cuchilladas de Guaroa como atropellado granizo;
pero todas se estrellaban en el arte y la imperturbable sangre fría
de su adversario, el cual cien veces pudo atravesar el corazón del
impetuoso indio, pero no aspiraba sino a desarmarlo; como lo
consiguió al cabo, mediante un diestro movimiento de desquite. Precipitóse Guaroa a
recobrar su espada, y habiéndose adelantado a impedírselo un español,
el contrariado guerrero sacó
la daga que llevaba pendiente de la cintura, y después de haber hecho ademán de herir con
ella al que estorbaba su acción, viéndose cercado por todas
partes, se la hundió repentinamente en
su propio seno. ¡Muero libre! dijo; y cayó en tierra exhalando un
momento después el último
suspiro. Así acabó gloriosamente, sin doblar la altiva cerviz al yugo extranjero, el noble y valeroso Guaroa; legando a su linaje un ejemplo de indómita bravura y de amor a la libertad, que había de ser dignamente imitado en no lejano día. El caudillo español, movido a respetuosa compasión ante aquel inmerecido infortunio, derramó una lágrima sincera sobre el cadáver del jefe indio, al que hizo dar honrosa sepultura en el mismo sitio de su muerte. La semilla del bien, depositada por el ilustre Las Casas en el ánimo de Diego Velázquez, no podía ser ahogada, y comenzaba a germinar en aquel joven militar, de índole bondadosa, aunque extraviada por las viciosas ideas de su tiempo, y por los hábitos de su ruda carrera.
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