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Escritores Nativos

VIII. ESCRITORES NATIVOS

a) SIGLO XVI

El gran número de hombres ilustrados que la ciudad de Santo Domingo albergó en el siglo XVI preparó el ambiente para la aparición de escritores nativos. Juan de Castellanos, para explicar las dificultades que creó la rebelión del cacique Enriquillo (1519-1533), dice que la causa fue la vida regalada.

por faltar, pues, entonces fuerte gente  
y usarse ya sonetos y canciones.

Abundaba la poesía, aunque difícilmente podían haber llegado a los sonetos cuando Boscán y Garcilaso los estaban ensayando apenas, ni las canciones, si se quiere hablar de las de corte italiano. Los aficionados a versos compondrían, según la tradición castellana, octosílabos y hexasílabos; compondrían versos de arte mayor, como los que en el Perú se escribieron sobre la conquista: en América alcanzamos las postrimerías del arte mayor en poesía, como alcanzamos —y prolongamos— las de la arquitectura ojival, donunante en la estructura interna de las iglesias de Santo Domingo. Pero con poetas como Lázaro Bejarano, hacia 1535, sí debieron de llegar los sonetos, ya en boga en el círculo sevillano a que perteneció Cetina.

La afición persistió, como se ve muchos años después cuando el médico Méndez Nieto cuenta que, al hacer circular Bejarano, anónimamente, una sátira contra la Real Audiencia, “prendieron todos los poetas” para averiguar —sin lograrlo— quién la habría escrito, de Santo Domingo hacia 1570:

Porque todos los más, allí nacidos,  
Para grandes negocios son bastantes,  
entendimientos han esclarecido,  
escogidísimos estudiantes,  
en lenguas, en primores, en vestidos  
no menos curiosos que elegantes;  
hay tan buenos poetas, que su obra  
pudiera dar valor a nuestra obra.  
Hay Diego de Guzmán y Joan su primo,  
y el ínclito Canónigo Liendo,  
que pueden bien limar esto que limo  
y estarse de mis versos sonriendo;
quisiera yo tenerlos por arrimo  
en esto que trabajo componiendo,  
y un Arce de Quirós me fuera guía  
para salir mejor con mi porfía.  
Otros conocí yo también vecinos,  
nacidos en el orbe castellano,  
que en la dificultad de mis caminos  
pudieran alentarme con su mano;  
y son, por cierto, de memorias dignos,  
Villasirga y el doto Bejarano;  
no guiara tampoco mal mi paso  
el desdichado Don Lorenzo Laso.

A principios del siglo XVII, igual cuadro: Tirso nos habla del certamen que se celebró en honor de la Virgen de la Merced, en 1616, “autorizando la solemnidad con el crédito de los ingenios de aquel nuevo orbe”. Si el ambiente saturado de letras favorecía la aparición de escritores y poetas nativos,,la falta de imprenta los condenaba a permanecer ignorados: inutilidad que de seguro cortaba su vuelo. Poco sabemos de ellos. De los que nombra Castellanos —Liendo, Arce de Quirós, Juan y Diego de Guzmán— nada se conserva. Tenemos noticia de que el canónigo Francisco de Liendo(1) (1527-1584) fue quizás el primer sacerdote nativo de Santo Domingo. Su padre. el arquitecto montañés Rodrigo de Liendo 105 , construyó la hermosa Iglesia de la Merced y probablemente la fachada plateresca de la Catedral. Nada importante sabemos de Arce de Quirós, ni de Diego de Guzmán, ni de Juan de Guzmán 106 .

Como predicador tuvo fama en el Perú Fray Alonso Pacheco 107 , agustino, primer nativo de América que alcanzó a ser electo provincial de una orden religiosa. Estuvo propuesto para obispo. El P. Diego Ramírez 108 , el fraile mercedario a quien se hizo proceso inquisitorial junto con Lázaro Bejarano, sacerdote exclaustrado después y catedrático de la Universidad de Gorjón, era predicador y escritor: después de su proceso, dice el P. Utrera, ‘recibió por devolución notarial... varios fajos de cuadernos escritos de su mano, todos de índole moral, que contenían tratados sobre varios libros de la Biblia”109 . Eugenio de Salazar habla de tres poetas dominicanos: uno, “la ilustre poeta y señora Doña Elvira de Mendoza, nacida en la ciudad de Santo Domingo”, a quien dedica un soneto, “Cantares míos que estáis rebelados...”; otro, ‘la ingeniosa poeta y muy religiosa observante Doña Leonor de Ovando 110 , profesa en el Monasterio de Regina de la Española”, a quien dedica cinco sonetos y unas sextinas; otro, el catedrático universitario Francisco Tostado de la Peña 111 , a quien contesta con un soneto, “Heroico ingenio del subtil Tostado...”, otro con que el dominicano había saludado su arribo. “Divino Eugenio, ilustre y sublimado...” Tostado de la Peña, abogado, enseñaba en la Universidad de Santiago de la Paz. Murió en enero de 1 586, víctima de la invasión de Drake. De él sólo se conserva el soneto que dedicó al Oidor.

Doña Elvira y Doña Leonor son las primeras poetisas del Nuevo Mundo. Nada conocemos de la Mendoza, y sólo podemos suponer, dado su apellido, que pertenecía a una de las familias hidalgas; de la Madre Ovando poseemos los cinco sonetos y los versos blancos con que respondió a las composiciones del poeta de Madrid. Son, afortunadamente para tales principios, buenos versos: si unas veces inexpresivos y faltos de soltura, o pueriles en su intento de escribir en “estilo culto” a fuerza de juegos verbales, otras veces vivaces, con donaire femenino, o delicados en imagen o sentimiento. Hay hallazgos de expresión como el énfasis, primor de la escritura, o cuadros como este retablo de Nochebuena:

El Niño Dios, la Virgen y Parida,  
el parto virginal, el Padre Eterno,  
el portalico pobre, y el invierno  
con que tiembla el autor de nuestra vida...

Y hasta nos sorprende la monja de Regina con tres extraordinarios versos del más afinado conceptismo místico:

Y sé que por mí sola padeciera  
y a mí sola me hubiera redimido  
si sola en este mundo me criara...

Al siglo XVI pertenece Fray Alonso de Espinosa 112 . Gil González Dávila, en su Teatro eclesiástico, dice: “Fué hijo desta ciudad (la de Santo Domingo) el Reverendo Padre Fray Alonso de Espinosa, religioso dominico, que escribió un elegante Comentario sobre el Psalmo 44, Eructavit cor meum verbum bonum”. No se conserva este trabajo. ¿ Es este fraile el Alonso de Espinosa que vistió el hábito dominico en Guatemala y que escribió una Exposición en verso español sobre el Salmo 41, Quem ad modum desiderat cervus in fontes aquarum, la cual se ha perdido, y, en las Islas Canarias, el libro Del origen y milagros de la Santa Imagen de Nuestra Señora de Candelaria que apareció en la isla de Tenerife, con la descripción de esta isla? El autor de estos dos trabajos, dice Fray Juan de Maneta, era natural de Alcalá de Henares; Remesal lo hace natural de Guatemala; pero, según Nicolás Antonio, Fray Alonso Fernández, probablemente en su inédita Noticia scriptorum Praedicatoriae Familiae, lo identifica con el nativo de Santo Domingo. La identificación de estos dos escritores homónimos y coetáneos, frailes dominicos y residentes en América, ambos, tiene visos de probabilidad; pero no la considero probada. Beristáin la aceptaba e insistía en el nacimiento dominicano del escritor.

Aceptándola, y aceptando el año de 1541 como fecha de la publicación del libro sobre la Candelaria, el investigador cubano Sr. Trelles atribuía a Santo Domingo la gloria de haber dado cuna al “primer americano que escribió y publicó un libro”. Pero, acéptese o no la identificación, el libro sobre la Candelaria no se publicó en 1541: se escribió a fines del siglo XVI —en el texto se habla de sucesos de 1590— y se publicó en 1594, en Sevilla; la fecha de 1541 es una errata de la Bibliotheca noua de Nicolás .Antonio, quien probablemente había escrito 1591, fecha de las licencias de publicación del libro. Tampoco hay edición de 1545; mera errata de Beristáin al transcribir el 1541 de Nicolás Antonio.. La obra conserva interés por su descripción de Tenerife y sus noticias sobre los guanches, los antiguos habitantes de las Canarias: es el primer libro que se escribió sobre aquellas islas.

Y pertenece al siglo XVI, por fin, Cristóbal de Llerena 113 , canónigo de la Catedral y catedrático universitario, que escribía obras dramáticas para las representaciones eclesiásticas.

Según la costumbre medieval, que se perpetuaba en América, arcaizante en todo, en las iglesias no sólo se representaban obras edificantes que hicieran vívidas la doctrina y la historia: se representaban también obras cómicas para retener la movediza atención de los fieles. Pero supongo —a pesar de la declaración de los actores estudiantes en 1588— que las obras profanas se representarían en el atrio y no en el interior de los templos. Entre los estudiantes persistió la afición al teatro; en 1663, el arzobispo Cueba Maldonado les prohíbe participar en la representación de comedias que servía para solemnizar la festividad de la Virgen del Rosario, a quien está dedicado el templo del Imperial Convento de Predicadores, porque malgastaban el tiempo que debían dedicar al estudio. Consta que entonces se representaban las comedias “en tablados”.

De la producción de Llerena sólo conocemos hoy el entremés que, insertó en uno de los entreactos de una comedia, se representó en la octava de Corpus, el año de 1588, “en la Catedral”, según dicho de los actores, y provocó escándalo y proceso: cargado de reminiscencias clásicas, críptico a veces para el lector moderno, alude en son de censura a cosas de la época.

Cordellate, bobo del tipo tradicional en el teatro, es el pueblo antes próspero, ahora hambriento, que trata de mantenerse con la pesca improvisada. En su diálogo con el gracioso se censuran la violencia de las autoridades y las nuevas reglas sobre cambio de la moneda. Como Cordellate, antes rollizo, había echado del vientre un monstruo, semejante al que supone Horacio en el comienzo de la Epístola Ad Pisones, acuden dos alcaides a reprenderlo, y cuatro personajes legendarios, como Edipo y Calcas, para adivinar qué es. Después de dudar si es presagio (la gente vive bajo el temor de descubrir luces de barcos enemigos: la invasión de Drake, que saqueó la ciudad, había ocurrido dos años antes), los elementos que lo componen hacen comprender que el monstruo representa el estado de la sociedad, corrompida por malas costumbres y mal gobierno.

El valeroso arzobispo López de Ávila pinta así a Cristóbal de Llerena, defendiéndolo contra las iras de los oidores, en carta a Felipe II, de 16 de julio de 1588: “Hombre de rara habilidad, porque sin maestros lo ha sido de sí mismo, y llegado a saber tanto latín, que pudiera ser catedrático de prima en Salamanca, y tanta música, que pudiera ser maestro de capilla en Toledo, y tan diestro en negocios de cuentas, que pudiera servir a V.M. de su contador... Entre otras gracias es ingenioso en poesía y compone comedias con que suele solemnizar las fiestas y regocijar al pueblo..

b) EL SIGLO XVII

Los años iniciales del siglo XVII son todavía interesantes: es la época de los gobiernos arzobispales, de Dávila Padilla y Fray Pedro de Oviedo, de las Visitas de Tirso y Valbuena.

Después todo languidece. La languidez no es sólo nuestra: fluye de la metrópoli, ya en franca decadencia. Para los virreinatos, ricos y activos, el XVII es el siglo en que la vida colonial se asienta y adquiere aire definido de autoctonía: la inercia de la metrópoli los liberta. La liberación alcanza a las colonias productivas en el siglo XVIII: así en la Argentina, Colombia, Venezuela, Cuba, donde se desarrolla vida nueva. Pero Santo Domingo, colonia pobre que se acostumbró a vivir de prestado, tenía que decaer. Ya es mucho, hasta es sorprendente, que mantuviera tanto tiempo su prestigio de cultura 114.

Los datos sobre la vida literaria se hacen más escasos que en el siglo XVI. Sabemos de predicadores como Diego de Alvarado 115 , a principios de siglo; Tomás Rodríguez de Sosa 116 ,a mediados; Antonio Girón de Castellanos 117 , al final (Rodríguez de Sosa se levantó desde la esclavitud hasta hacerse sacerdote venerado y orador de fama), escritores como el P. Luis Jerónimo de Alcocer 118 , que en 1650 redactó una especie de historia eclesiástica de la isla combinada con descripción de su estado. Poetas como Francisco Morillas 119 , de cuya glosa en honor de la victoria de los dominicanos contra los franceses en la Sabana Real de la Limonada, el 4 de enero de 1691, se recuerdan dos jactanciosos versos:

Que para sus once mil  
sobran nuestros setecientos,

o nuestros cuatrocientos, según otra versión.

Los Anti-axiomas del sevillano Díez de Leiva (1682) revelan, en los preliminares laudatorios, una breve mina de poetas dominicanos: ante todo, una poetisa, hija del autor celebrado, nacida en Santo Domingo, y muy joven entonces, Doña Tomasina de Leiva y Mosquera 120 ; luego, el arcediano de la Catedral. Baltasar Fernández de Castro 121 , que gobernó la Iglesia en casos de sede vacante; Fray Diego Martínez 122, dominico; el P. Francisco Melgarejo Ponce de León 123 , maestrescuela de la Catedral; el maestro José Clavijo 124 , cuya escuela fue conocidísima y dio nombre al trecho donde se hallaba en la calle de la capital que desde el siglo XVII se llama “Calle del Conde” (naturalmente, el Conde de Peñalba), los capitanes García y Alonso de Carvajal y Campofrío, de la numerosa y distinguida familia extremeña de los Carvajal, que desde la conquista tuvo representantes en Santo Domingo, Miguel Martínez y Mosquera 125 , Rodrigo Claudio Maldonado.

De ellos, escriben en latín Martínez, Fernández de Castro y Doña Tomasina. El P. Martínez:

Scribens in veteres, super illos Leiva, sapisti:  
Magna petis calamo non tamen es Phaethon,  
Nam, hoc opus ut peragas, pater es, se et praestat Apollo;  
Non solum una Dies, te sua saecla vehent.

El P. Fernández de Castro:

Siste, hospes. gressus, cerne haec miracula, siste.  
Quod videas maius non habet 0rbis opus.  
Ingredere hic Sophiae sedes, et Apollinis aulam:  
Serta vides, lauros collige, sume lyras.
Perge, sepulta vides vetera Axiomata Mundi;  
Ista bonos mores dant documenta viris.  
Hace offert iam Leiva tibi moderamina vitae.  
Hoc habet in seriptis, quidquid in Orbe micat.  
Grande opus ingenii, quo non felicius ullum.  
Hispalis enixa est, si India nostra tenet.  
Leiva hic mellifluos soluit mihi faen ore fructus:  
Parturit ore favos, parturit ore rosas.  
Vive ergo in tems felix, e.t sedibus altis;  
Haec, qui verba iubet scribere, signat amor.  
Doña Tomasina de Leiva, Epígramma poco claro:  
O domine, in scriptis elegans ad sidera pergis;  
Dulcia eis miscens, utile das sapidum.  
Dupliciter prosa incantas et carmine canis  
At bona si incantas, attamen hoc
renovas 126 , 127

c) EL SIGLO XVIII

En el siglo XVII, durante breve tiempo, Santo Domingo se reanima, como su metrópoli.

Pero no alcanza el esplendor de gran parte de América, y el movimiento favorable de la época de Carlos III se convierte en descenso bajo Carlos IV. La decadencia se vuelve catástrofe cuando, en 1795, España cede su parte, sus dos tercios de isla, a Francia, ganosa de extender allí la actividad productora que había dado opulencia a los señores de la colonia occidental, la famosa Saint-Domingue. Bien pronto se disipa la ilusión: muy pocos años después, el huracán de libertad, igualdad y fraternidad sopló sobre Saint-Domingue, cuya riqueza se asentaba sobre la esclavitud, y de la rebelión de los esclavos nació la República de Haití. En 1804, los franceses habían abandonado su colonia primitiva, arruinada ya por la insurrección. Paradójicamente, mantuvieron su gobierno en la parte que diez años antes formaba parte del imperio español y que persistía en sus sentimientos hispánicos; pero en 1808 los dominicanos se levantaron contra los franceses y se reincorporaron a España. El último y débil gobierno español “la España Boba”, duró trece años, hasta la independencia de 1821 128.

Dominicanos que se distinguen en las letras, durante el siglo XVIII, son Antonio Meléndez Bazán, Pedro Agustín Morell de Santa Cruz, Antonio Sánchez Valverde, Antonio y Jacobo de Villaurrutia.

Antonio Meléndez Bazán 129 , abogado, rector de la Universidad de Méjico, escribió sobre cuestiones jurídicas. Beristáin lo declara “eminente en la ciencia de ambos derechos, y muy perito en las letras humanas, y en la historia, y de un juicio maduro acompañado de la más honrada integridad”.

Pedro Agustín Morell de Santa Cruz 130 , fue obispo de Nicaragua, después, obispo de Cuba, “el obispo” cuyo nombre llevaba —y oralmente lleva todavía— una de las más famosas calles de La Habana, la “Calle Obispo”, en homenaje a su valerosa actitud y sus sufrimientos cuando los ingleses ocuparon la ciudad en 1762. Escribió una Historia de la isla y Catedral de Cuba, que fue muy consultada en manuscrito, durante cien años, y al fin se publicó en 1929; está incompleta y es de todos modos obra imperfecta en su plan y desarrollo; pero está escrita en prosa limpia y agradable, es fuente histórica útil, y para la literatura de América ha conservado el primer poema escrito en Cuba, el Espejo de paciencia, del canario Balboa. El obispo dejó otros escritos; ninguno de carácter literario.

Antonio Sánchez Valverde 131 fue escritor fecundo, que publicó ocho volúmenes por lo menos. Orador activo, gustó de discurrir sobre los principios de la elocuencia sagrada; amante de su tierra, la defendió y elogió en España, proponiendo remedios contra su abandono y desolación, justamente poco antes de que la metrópoli la entregara en manos extrañas: su Idea del valor de la Isla Española es la última grada de la escala que comienza con los memoriales del siglo XVI. Sánchez Valverde aspiró a más: aspiró a escribir una “historia completa de la isla”, viendo “cuán defectuosas eran las que hasta entonces se habían escrito”. Hacía diez y ocho años, en 1785, que acopiaba materiales; ya antes que él los reunía su padre. Pero la muerte le sobrevino cinco años después: no sabemos en qué punto estaría la historia pensada. La Idea ha sido muy consultada como fuente histórica, a pesar de sus imperfecciones; ahora la hacen inútil las investigaciones modernas y la publicación de documentos y libros antiguos. Pero el libro se mantiene en pie por sus descripciones: es extracto del extenso “conocimiento territorial” que el autor poseía, con informaciones variadísimas.

De los hermanos Villaurrutia 132 , Antonio escribe sobre asuntos de derecho. Jacobo es hombre múltiple, “muy siglo XVIII, especie de breve y pálida copia de Jovellanos. Comenzó su educación en Méjico, adonde lo llevó su padre, que era oidor; la completó en Europa, adonde lo llevó en su séquito el fastuoso y brillante Cardenal Lorenzana. En España permaneció unos veinte años, se hizo abogado y ejerció el cargo de corregidor de letras y justicia mayor en Alcalá de Henares, donde mejoró la instrucción pública, el ornato urbano, el orden policial, y fundó una escuela de hilados. Adquirió y cultivó aficiones de “espíritu avanzado”: le preocuparon el problema de la felicidad humana, las normas jurídicas, el pensamiento de los monarcas filósofos, la situación de las clases obreras, el periodismo, el progreso del teatro, la enseñanza del latín, las reformas ortográficas, la novela inglesa.. No cayó en la heterodoxia, como el gran peruano Olavide, y combinó, como mejor pudo, las ideas de su siglo con la tradición católica: le quedó tiempo para ocuparse en cuestiones de teología e historia eclesiástica. Se le ve intervenir en la fundación de sociedades de literatos y de juristas; redactar El Correo de Madrid, o de los Ciegos, con su hermano Antonio; publicar Pensamientos escogidos de Marco Aurelio y Federico II de Prusia; instituir premios para el drama. En Guatemala, donde fue oidor de 1792 a 1804, dio impulso a la cultura con sociedades y publicaciones. En Méjico, adonde regresó en 1804, fundó en 1805, con el prolífico escritor y ardoroso patriota Carlos María de Bustamante, el primer periódico cotidiano de la América, española, el interesantísimo Diario de México, el más completo muestrario de la cultura mejicana a fines de la época colonial. Partícipe en las agitaciones políticas que en 1808 estuvieron a punto de separar a Méjico de España, y, según Alamán, el único que procedió de buena fe en aquel conflicto de ambiciones encontradas, se vio obligado a salir de la colonia, so color de ascenso, y pasó en Europa unos cuantos años. Después de la independencia regresó a Méjico y allí murió, después de presidir la Suprema Corte de Justicia 133 , 134 , 135 , 136 , 137.

Sobre ellos, consúltese: M. Menéndez y Pelayo, Historia de la poesía hispano-americana, I, 224-228; José Maria Chacón y Calvo, notas a Las cien mejores poesías cubanas, Madrid, 1922 ;Max Henríquez Ureña, La literatura cubana, en la revista Archipiélago, de Santiago de Cuba, 1928-1929, y Antología cubana de las escuelas, tomo 1 (único publicado), Santiago de Cuba, 1930 (pueden consultarse también para Arango y Urrutia); Calcagno, Diccionario biográfico cubano. No conozco el trabajo de Sergio Cuevas Zequeira, Manuel de Zeque ira y A rango y los albores de la literatura cubana..

105 Fray Cipriano de Utrera publicó en la revista Panfilia. de Santo Domingo, abril de 1922, una biografía de Don Francisco de Liendo, canónigo de la catedral de Santo Domingo, primer sacerdote dominicano (1527-1584). Murió el 24 de abril de 1584: y. Utrera, Universidades, 68. De paso: en las fechas de 1510-1550 que se dan para el padre del sacerdote, Rodrigo de Liendo, o Rodrigo Gil de Liendo, debe de haber error; el arquitecto ha de haber nacido mucho antes.

Hay datos curiosos sobre sacerdotes nacidos en Santo Domingo, y residentes en Nueva España, en la Relación que el arzobispo de Méjico Pedro Moya de Contreras envió al rey en marzo de 1575: Gonzalo Martel, nacido en 1534, “virtuoso, y lengua mexicana, y poco gramático”, es decir, que sabía bien el náhuatl, el idioma de los aztecas y mal el latín; Diego Caballero de Bazán, nacido en 1537: “no es muy latino, pero entiende lo que lee; lengua mexicana, y predica en ella; es cuidadoso y solícito, tiene buen entendimiento, y es honesto y virtuoso”.

Se creía que hubiera nacido en Santo Domingo (Nouel, Historia eclesiástica, I, 155) el P. Rodrigo de Bastidas (e. 1498-e. 1570), hijo del conquistador sevillano de igual nombre, fundador de Santa Marta (v. Oviedo, Historia, libro XXVI, caps. 2-5; Juan de Castellanos, Elegías, Parte II, Historia de Santa Marta, canto 1. Págs. 258-259; Fray Pedro de Aguado, Historia de Santa Marta y Nuevo Reino de Granada, 1, 31-61): ahora se supone que nació en España; si es así, debió de pasar a Santo Domingo en la infancia, Deán de la Catedral de Santo Domingo; obispo de Venezuela (1531) y de Puerto Rico (1541-1568), procuraba vivir siempre en Santo Domingo, donde poseía grandes riquezas, y gobernó la diócesis en interregnos (entre 1531 y 1539).

Consultar: Oviedo, Historia, libro XXV, capa. 1, 21 y 22; Juan de Castellanos, Elegías, Parte II, Elegía I, final del canto IV; Fray Cipriano de Utrera, Don Rodrigo de Bastidas, Santo Domingo, 1930; Nicolás E. Navarro, Don Rodrigo de Bastidas, primer obispo de Venezuela. 

106 El poeta Diego de Guzmán es probablemente el cuñado del alguacil Luis de Angulo; según Méndez Nieto, “noble y virtuoso” cuando el otro “facineroso y malvado”, Juan de Guzmán, su primo, es homónimo del prosaico traductor de las Geórgicas de Virgilio y autor de una mediocre Retórica (Alcalá, 1589), pero no es probable que tenga que ver con él. Es curioso que el escritor español indique, en la notación 28 a la Geórgica I, que la palabra baquiano procede. de la isla de Santo Domingo, como es la verdad (v. Aufino José Cuervo, Apuntaciones críticas sobre el lenguaje bogotano, sexta edición, Paría, 1914, p. 841).

El poeta a que se refiere Juan de Castellanos hacia 1570 no es, de seguro, el Diego de Guzmán que hacia 1525, no sabemos con qué carácter, escribe unas interesantes instrucciones sobre las cosas que hay que pedir al Emperador en favor de la ciudad de La Vega: Colección de documentos.., del Archivo de Indias, 1, 456470. 

107 Sobre Fray Alonso Pacheco: Manuel de Mendiburu, Diccionario histórico-biográfico del Perú; contradice a Calancha, quien suponía que Pacheco hubiera nacido en el Perú. El agustino de Santo Domingo debió de nacer hacia 1540 y murió en 1615. Profesó en Lima, 1561; fue definidor en la provincia limeña durante veinte y seis años; prior de los conventos de Parma, Trujillo, el Cuzco y Lima; en 1579 se le eligió provincial en Lima y lo fue tres veces: la última, en 1602. Felipe II lo presentó para el obispado de Tucumán, según Mendiburu. En la obra de D. Roberto Levillier, Organización de la Iglesia y órdenes religiosas en el virreinato del Perú en el siglo XVII, dos yola,, Madrid, 1919, hay una carta de Pacheco, de 1595 (tomo 1, pág. 588), una del virrey Marqués de Cañete al rey, en abril de 1594, en que lo propone para algún obispado, ala vez que al ecuatoriano Fray Domingo de Valderrama, futuro arzobispo de Santo Domingo (tomo 1, pág. 604), y una del virrey Velasco, 2 de mayo de 1599, en que lo elogia, suponiéndolo nacido en Lima (tomo I, pág. 654): estas dos cartas las ha incluido también el Sr. Levillier en Gobernantes del Perú: Cartas y papeles, tomo XIII, págs. 146-150, y tomo XIV, págs. 165-180. 

108 En su artículo De re histórica: Los primeros libros escritos en la Española (cit. en la nota 6 del capítulo II de este estudio), Fray Cipriano de Utrera habla de Diego Ramíres, a quien considera criollo, “supuesto que este nombre no se halla entre los nombres de mercedarios que pasaron a las Indias”. Parte de su proceso, como ya indiqué al hablar de Bejarano, esta publicado por Medina en La primitiva Inquisición americana. iba a enviársele a España, pero se le retuvo en espera del nuevo arzobispo Fray Andrés de Carvajal, quien al llegar se encontró con una Real Audiencia que no se permitía perseguir a los herejes. Ramírez permaneció en Santo Domingo, puesto que en 1568 -diez años después de su proceso— enseñaba en la Universidad de Gorjón (y. Utrera, Universidades, 514: “Diego Ramírez, Lic., Pbro., ex mercedario”). 

109 Medina, en su Diccionario biográfico colonial de Chile, da noticia de Pedro de Ledesma, natural de La Vega, que fue oidor de las Audiencias de Guatemala y de Chile.

110 Los versos de Doña Leonor de Ovando los transcribió Menéndez Pelayo en su Introducción a la Antología de poetas hispano-americanos, de la Academia Española, Madrid, 1892; Introducción reimpresa en 1911-1913 con el título de Historia de la poesía hispanoamericana. Hace referencia a la poetisa Manuel Serrano y Sanz en sus Apuntes para una biblioteca de escritoras españolas, dos yola., Madrid, 1903-1905. Doña Leonor ¿estaría emparentada con el comendador Ovando? 

111 Sobre Francisco Tostado de la Peña, consultar: Utrera, Universidades, 45, 54, 55,58, 92, 514 y 527. Era hijo, probablemente, de Francisco Tostado, escribió en 1514, que poseyó uno de los primeros ingenios de azúcar de la isla (Oviedo, Historia; libro IV, cap. 8).

El soneto con que Eugenio de Salazar le contestó el de bienvenida repite los consonantes del de Tostado:

Heroico ingenio del subtil Tostado,  
a quien como balcones al señuelo  
acuden todos con ganoso vuelo  
para gozar de un bien aventajado  
con gran razón te vieras escusado  
de assí abatir tu vuelo al baxo suelo  
a levantar con amoroso zelo  
un sér indigno del presente estado.  
Empero fue tu fuerza más mostrada  
alzando al alta cumbre de tu assiento  
pressa que está a la tierra tan pegada:  
si me atreviesse yo con poco aliento,  
con torpe mano y pluma mal cortada,  
baría ofensa a tu merescimiento. 

112 El Fray Alonso de Espinosa que escribió el libro sobre la Candelaria habla, en los preliminares, de “las remotas partes de las Indias (en la provincia de Guatemala, donde me vistieron el hábito de la religión)”.

Fray Juan de Marieta, en la Historia eclesiástica de España, en tres vois., Cuenca, 1594-1596, dice (libro XIV):

“Fray Alonso de Espinosa, naturai de Alcalá de Henares, que vive este año de mil y quinientos y noventa y cinco.

Ha escrito en lengua materna sobre el Psalmo Quem ad modum un libro, y otro del descubrimiento de las Islas de Canaria, y otras cosas denotas”.

Nicolás Antonio, en la Bibliotbeca hispana noua, Roma, 1672: “F. Alphonsus de Espinosa, Compluti apud nos natus, eius rei testis est loannes Marieta, Sancti Dominici amplexatus est apud guatemalenses Americanos regulare institutum; at aliquando in Fortunatas Insulas, potioremque illarum Tenerifam aduectus, non sine Superiorum auctoritate scripsit.

“Del origen y milagros de la imagen de Nuestra Señora de Candelaria, Anno 1541.8.

“Eodem tempore pro facultate impetranda typorum, & publicae lucis, ad Regium Senatum detulit, ut moris est, de Interpretatione Hispanica Psalmi XLI, Quemadmodum desiderat cernus ad fontes aquarum c, & a se versibus facta.

“Alphonso Spínosae in insula Sancti Dominici-nato, huiusmet Instituti Dominicanorum, tribuit Aegidius González Dávila in Theatro Indico-Eclasiástico elegantem Commentarium super Psal. XLIV Eructauit cor meum uerbum bonum, quem cura superiore distinguam, non video, uti nee distinguit Alphonsus Fernandez”.

Fray Alonso Fernández no habla de este Fray Alonso de Espinosa en su Historia eclesiástica de nuestros tiempos, Toledo, 1611; donde sí debe de mencionarlo es en la Noticia scriptorum Pruedicatoriae.Familiae. No he podido consultar la obra de Altamura, Bihliotheca Dominicana, Roma, 1677.

Quétif y Echard, en su obra monumental Scriptores Ordinis Praedicatorum recensiti (II, 111), dan nueva y confusa interpretación a los datos: “F. Alphonsus de Espinosa Hispanus in insula 5. Dominici sen Hispaniola natus, in provincia vero Beticae ordinem amplexus, ut habet Fernandez p. 319, & excipiunt Davilh Teat. Eccí. de las Indias p. 258, & Altamura ad 1584, quem contra Compluto actum, & Guatemala in America ordini adscriptum prodit Antonius Bibí. Hisp. Testem producens Marietam sed loco non citado: ut ut sit, quod indigenarum diligentine disquirendum permittimus, ut & an duo sint eiusdem nominis, an unicus ut illi videntur statuere, florebat cedo anno MDXLI, quemuis non negem quin & ad annum MDLXXXIV peruenire potuerit, ut vult Fernandez. Hace ei opuscul a tribuntur:

“Del origen y milagros de la imagen de Nuestra Señora de Calendaria (sic), 1541 in 8.

“Hane opellam in lucem edidit, cum in insulam Teneriffam Fortunatarum primanam aliquando traiecisset, ibique aliguandin moratus fuisset.

“Psalmun XLI Quemadmodum desiderat cervus adfontes aquorum Hispanis versibus redidit, typis edendifacultatuma regio senatu habuit. “Commentarium elegantem in psalmum XLIV Eructauit cor meum sctiptsis sed an hi duo ultimi foetus typisprodierint, silent, nec ubi feruentur addunt”.

Como se ve, los bibliógrafos franceses no habían visto el libro sobre la Candelaria; de otro modo, no discutirían la profesión del autor en Guatemala.

Beraistáin, en su Biblioteca hispano-americana septentrional, sostiene que Fray Alonso era “natural de la isla de Santo Domingo, como dice Gil González Dávila en el Teatro de la Iglesia de Santo Domingo, y no de Alcalá, como escribió Marieta. Tomó el hábito de la Orden de Predicadores en la provincia de Guatemala, como asegura Remesal, y no en Andalucía, como dijo Altamuro. Hizo un viaje a España, y a su vuelta estuvo en las Islas Canarias...”

Pero Remesal no se Imita a afirmar que Espinosa profesó en Guatemala; en su Historia de general de las Indias Occidentales..., libro IX, cap. XVI, dice: “Y porque el P. Fray Alonso de Espinosa, natural de Guatemala, que hizo profesión año de 1564, no murió en esta provincia, no se deja de saber que escribió el libro de Nuestra Señora de Candelaria en las islas de Canadá, de quien fue muy devoto, por haber vivido muchos años en su convento”. Hay, pues, tres patrias posibles.

En los datos de Beristáin hay, además, una errata de imprenta: donde él escribió, copiando la errata de Nicolás Antonio, 1541, la imprenta puso 1545. Eso hizo suponer al Sr. Trelles, en sus apuntes de bibliografía dominicana, tres ediciones: la de 1541, que daba a Espinosa una singular primacía, la de 1545 y la verdadera de 1594. En realidad, el libro no tuvo segunda edición hasta 1848, en Santa Cruz de Tenerife (Biblioteca Isleña). El investigador español D. Agustín Millares Carlo prepara nueva edición. Sir Clements Robert Markham lo tradujo al inglés con el título de The Guanches of Tenerife, Londres, 1907 (Hakluyt Society). Hay artículo reciente de D.B. Bonet, La obra del P. Fray Alonso de Espinosa, en la Revista de Historia, de la Laguna de Tenerife, 1932. Traté el problema de la identificación en mi artículo El primer libro de escritor americano, en la Romanic Review, Nueva York, 1916.

Algún eco del libro hay probablemente, a través del poema Antiguedades de las Islas Afortunadas de la Gran Canaria, del isleño Antonio de Viana (Sevilla, 1604), en la comedia de Lope de Vega Los guanches de Tenerife y conquista de Canaria: y. el comentario de Menéndez Pelayo en el tomo Xl de la edicion académica del dramaturgo, reimpreso en sus Estudios sobre Lope de Vega.

Hay otro Fray Alonso de Espinosa (1560-1616), dominico, escritor, mejicano de Oajaca, que estuvo en España, pero no vivió en Canarias ni en Guatemala: Beristáin lo menciona, pero separándolo claramente del autor de la Candelaria. De él habla el P. Antonio Remesal, en su Historia.., de las Indias Occidentales: supongo que es el oajaqueño mencionado en el capítulo 16 del libro 

113 Sobre Llerena: y. Francisco A. de Icaza, Cristóbal de Llerena y los orígenes del teatro en la América española, en la Revista de Filología Española, 1921, VIII, 121-130 (Icaza descubrió el entremés y lo publica); Utrera, Universidades, 45, 5 3-56, 61-64,68-73 (reproduce el entremés), 82, 92-96, 120 y 514.

Llerena había nacido en Santo Domingo hacia 1540; vivió hasta el siglo XVII: en 1627 (Utrera, Universidades, 95) lo mencionan como difunto; estaba vivo en 1610 (Utrera, Universidades, 64). En 1571 era ya sacerdote, organista de la Catedral y catedrático de gramática latina en la Universidad de Gorjón (Utrera, 68); en 1575, capellán menor del Hospital de San Nicolás (Utrera, 61-62); en 1576, capellán mayor y aspirante a canonjía: el arzobispo Fray Andrés de Carvajal lo llamaba “muy buen latino, músico de tecla y voz, virtuoso y hombre de bien” (Icaza, 123; Utrera, 68).

En 1583, ya canónigo, lo hace prender y lo destituye de su cátedra Rodrigo de Ribero, visitador del Colego de Gorjón, porque aconsejó a dos estudiantes no decir verdad en las investigaciones (Utrera, 68), pero aquel año mismo vuelve a su cátedra (Utrera, 62); en 1588, con motivo del entremés, los oidores lo embarcan para el Río de la Hacha, en Nueva Granada; al año siguiente estaba de regreso en Santo Domingo (Utrera, 64). Después fue maestrescuela de la Catedral; el arzobispo Dávila Padilla lo hizo provisor (Utrera, 64). En el Colegio de Gorjón llegó a ser rector por muchos anos.  
 Signos de la afición al teatro en Santo Domingo: D. Américo Lugo me informa haber visto en España el manuscrito de una obra dramática, de carácter profano, compuesta en Santo Domingo en el siglo XVII; en mi adolescencia vi otra, que se ha perdido, en letra del siglo XVIII, pero ya poco leglble por la mala calidad de la tinta, entre los papeles de mi abuelo Nicolás Ureña de Mendoza, consta que en 1771 se representaban comedias en el palacio de los gobernadores, cuando lo era José Solano. No es probable que haya existido el teatro como empresa comercial, todo debió de hacerse entre aficionados.

En Méjico hubo teatro público desde 1597; en Lima, desde 1602..

114 La despoblación de Santo Domingo, en el siglo XVI, nace de causas locales, o peculiares al Nuevo Mundo: primero, la ruina de la población indígena, que empobrecía a los conquistadores; después, el descubrimiento de tierras nuevas, que atraía a los audaces. Pero en el siglo XVII la despoblación procede de causas generales en España y América: España decae y se despuebla, sólo se libran del proceso países como Méjico y el Perú.

Consultar: Ángel Rosenblat, El desarrollo de la población indígena en América, en Tierra Firme, II, 125-127. 

115 El Licenciado Diego de Alvarado fue catedrático de gramática latina en el Colegio de Gorjón, probablemente desde fines del siglo XVI; consta que enseñaba e. él de 1610 a 1623, cuando se le había convertido en seminario.

Consultar: Utrera, Universidades, 53, 82, 95, 96 y 514; Apolinar Tejera, Literatura dominicana, 49: dice que en el 1623 era cura de Santiago de los Caballeros y que había sido “infatigable predicador por más de cinco lustros”. 

116 Muy digno de atención por su vida es Tomás Rodríguez de Sosa. Se le menciona, desde mancebo, enseñando niños. En 1662, el arzobispo Cueba Maldonado lo describe “virtuoso y sagaz; es de los que más saben, y predica...; nació esclavo, después lo libertó su señor; aplicóse a estudiar, un prelado le ordenó por verle aplicado; es de color pardo”. Tenía entonces la capellanía de la fortaleza. En 1658, el arzobispo Francisco Pío de Guadalupe y Téllez lo llama “sujeto docto, teólogo, virtuoso, de gran fruto en el púlpito, en la cátedra, en el confesionario, con aprobación de los arzobispos mis antecesores..., de los presidentes y oidores de esta Real Audiencia, que le convidan sermones en su capilla las cuaresmas, y las fiestas reales que hacen en la Catedral, porque en ella y en cualquier parte luce con su doctrina y ejemplo incansablemente, y sin que se cansen de oírle doctos y no doctos”. Agrega que convirtió al catolicismo a ingleses y franceses protestantes prisioneros en la Fuerza. Cuando el gobernador Montemayor Cuenca le quitó el puesto de cura castrense, no se quejó. Probablemente obtuvo después otro cargo.

Consultar: Utrera, Universidades, 158, 159, 192, 194, 515, 529 y 541-542. 

117 El Licenciado Antonio Girón de Castellanos nació en 1645 y murió en 1700 siendo canónigo magistral de la Catedral Primada. En 1681 estaba sin cargo; en 1688 era prebendado; en 1697 canónigo magistral.

Consultar: Utrera, Universidades, 196, 198, 201 y 516. 

118 El Presbítero Licenciado Luis Jerónimo de Alcocer nació en 1598 y murió después de 1664. Fue catedrático superior de latín y capellán en el colegio de Gorjón. En 1627-1635 era racionero de la Catedral. El Arzobispo Fray Facundo de Torres dice, escribiendo al rey en 1635, que Alcocer “está muy recogido y estudioso; y en teología moral hace en esta tierra ventaja a todos los que V.M. puede hacer merced”. Tenía en la Catedral dignidad de tesorero en 1662. Era maestrescuela en 1662-1664. Escribió, según León Pinelo, sobre el Estado de la Isla Española, sus poblaciones, frutos y sucesos, y de su arzobispado, con la noticia de sus prelados desde la erección de aquella Iglesia basta 1650. Este manuscrito, que se hallaba en la biblioteca de Andrés González de Barcia en el siglo XVIII, es el que hoy se halla en la Nacional de Madrid bajo el número 3000 y que Sánchez Alonso, en sus Fuentes de la historia española e hispanoamericana, Madrid, 1927, registra con el título de Historia eclesiástica de la Isla Española de Santo Domingo hasta el año 1650.

Consultar: Utrera, Universidades, 113, 120, 129, 192, 193, 195, 514 y 528. 

119 Los dos versos de Francisco Morillas están citados en la Idea del valor de la Isla Española, de Sánchez Valverde, y en la Historia de Santo Domingo, de Antonio Del Monte y Tejada (y. capítulos VIII, e, y IX de este estudio).

Utrera, Universidades, 473-474, trata de establecer su parentesco con los Jiménez de Morillas: en 1728 era catedrático de la Universidad de Santo Tomás Francisco Jiménez de Morillas, nacido en 1749, hijo de su homónimo y de Rosa Franco de Medina; el P. Utrera lo supone nieto del poeta (pág. 474); pero luego (pág. 535) indica que el padre del catedrático, y de otro a qu