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Independencia, ...

XI. INDEPENDENCIA, CAUTIVERIO Y RESURGIMIENTO

De 1808 a 1825 toda la América continental se levantaba contra España, Cuando la independencia se había consumado o estaba próximo a consumarse definitivamente, desde Méjico hasta la Argentina, José Núñez de Cáceres proclamó la separación de Santo Domingo.

España no hizo esfuerzos para reconquistar la improductiva colonia. La embrionaria nación comenzó su vida propia aspirando a formar parte de la federación organizada por Bolívar, la Gran Colombia, el primer día de diciembre de 1821.

Pocas semanas después, en febrero de 1822, los haitianos, constituidos en nación desde 1804, con población muy numerosa, invadieron el país. Huyó todo el que pudo hacia tierras extrañas; se cerró definitivamente la universidad; palacios y conventos, abandonados, quedaron pronto en ruinas... Todo hacía pensar que la civilización española había muerto en la isla  predilecta del Descubridor.

Pero no. Aquel pueblo no había muerto. Entre los que quedaron sobrevivió el espíritu tenaz de la familia hispánica. Los dominicanos jamás se mezclaron con los invasores. La desmedrada sociedad de lengua castellana se reunía, apartada y silenciosa, en aquel cautiverio babilónico, como decía la bachillera y bondadosa Doña Ana de Osorio. Se leía, aunque no fuese más que el Parnaso español de Sedano; no faltaba quien poseyera hasta el Cantar de Mio Cid, en las Poesías anteriores al siglo XV coleccionadas por Tomás Antonio Sánchez. Se escribía, y para cada solemnidad religiosa la ciudad capital se llenaba de versos impresos en hojas sueltas. Se hacían representaciones dramáticas, prefiriendo las obras cuyo asunto hiciera pensar en la suerte de la patria 169 .

En torno a los hombres de pensamiento se forjaba la nueva nacionalidad. Uno de ellos, el P. Gaspar Hernández, a quien por su origen se le llamaba el limeño, señalaba como ideal futuro el retorno a la tutela de España. Otros, dominicanos, aspiraban a reconstituir la nacionalidad independiente. Mientras el P. Hernández dedicaba cuatro horas diarias a enseñar a los jóvenes, gratuitamente, filosofía y otras disciplinas, Juan Pablo Duarte, joven dominicano de familia rica, educado en España, hogar de su padre, hacía venir de la antigua metrópoli libros recientes y enseñaba a sus amigos filosofía, letras, matemáticas y hasta manejo de armas. Duarte fundó, el 16 de julio de  1838, la sociedad secreta La Trinitaria. De la Trinitaria surgió la República Dominicana.

169 Durante la primera mitad del siglo xix se multiplica en Santo Domingo la poesía vulgar. Ya de fines del siglo XVIII tenemos como muestras los Lamentos de la Isla Española de Santo Domingo, en ovillejos, con motivo del Tratado de Basilea (v. en el apéndice de la Reseña histórico-crítica de la poesía en Santo Domingo, escrita por César Nicolás Penson a nombre de la comisión encargada de formar la Antología dominicana, Santo Domingo, 1892) y la copla sobre el supuesto traslado de los restos de Colón a La Habana en 1796: 

Llorar, corazón, llorar.
Los restos del gran Colón
los sacan en procesión
y los llevan a embarcar.

2. De entonces es “el Meso Mónica”, ingenioso improvisador popular, de quien recogió muchos versos la Revista científica, Literaria y de Conocimientos Utiles, de Santo Domingo, entre 1883 y 1885: la Reseña histórico-crítica de la poesía en Santo Domingo reprodujo parte de ellos. No todos son realmente suyos: hay coplas que se atribuyen a improvisadores de otros países, —por ejemplo, a José Vasconcelos, del siglo XVIII, sobre quien escribió Nicolas León su libro El negrito poeta mexicano, Méjico, 1912 (Manuel Mónica también era negro). Pobre repetición del Meso Mónica era, en la época haitiana, Utiano (Justiniano), pordiosero y loco.

3. Probablemente son del siglo XVIII unos versos satíricos que recogió la Revista Científica y que comienzan: 

Es el mundo un loco tal
en su continuo vaivén
que a unos les parece bien
lo que a otros parece mal.

Había en ellos una alusión literaria;

... y el poeta más novicio
murmura de Calderón.

El gusto predominante debía de ser aún el culterano (en Méjico, el culteranismo persiste en muchos poetas, de los mejores, — como Velázquez de Cardenas y León, José Agustín de Castro, Juan de Dios Uribe—, hasta los primeros años del siglo xix, aunque ya había penetrado el clasicismo académico de tipo francés). No sé si son versos dominicanos, pero al menos se repetían mucho en Santo Domingo (los que dicen): cuando Calderón lo dijo, estudiado lo tendría...

Todavía en 1848, la distinguida anciana Doña Ana de Osorio, al felicitar al poeta Nicolás Ureña de Mendoza en el nacimiento de su primogénita, le decía:

A Moreto y Calderón
quisiera hoy imitar...

Calderón y Moreto debían de ser los autores cuyas comedias representaban de preferencia los aficionados al teatro en el siglo XVIII

4. Probablemente es del siglo XVIII un santoral que repetían las ancianas beatas, en malos versos como éstos:

Cuenta a primero de mayo
con San Felipe y Santiago...

5. Del siglo XIX, de la época de “la España boba", una Ensaladilla satírica, igualmente mal versificada, que recoge la Reseña (“Ábranse todas las bocas...”). La Reseña cita además un diálogo sobre el gobierno de Carlos de Urrutia y Matos (1812-1816).

6. En lugar de la escasez que suponía Menéndez y Pelayo (Historia de la poesía hispano-americana, 1, 308), había abundancia de versos, hasta durante el período de la dominación haitiana (1822-1844). Doña Gregoria Díaz de Ureña (1819-1914) daba testimonio de aquella abundancia, recitando centenares de versos de religión, de amor o de patriotismo, o bien sólo de amistad, o de ocasión, sobre asuntos locales: de estos versos hay copias en el Museo Nacional de Santo Domingo. Entre los versificadores y escritores pueden recordarse, además de Doña Ana de Osorio, Doña Manuela Rodríguez, llamada también Manuela Aybar, o La Deana, como sobrina del deán José Gabriel de Aybar; el ciego Manuel Fernández, popularísimo autor de décimas de barrio para fiestas religiosas; Manuel Rodríguez; Juan de Dios Cruzado; Marcos Cabral y Aybar; el profesor francés Napoleón Guy Chevremont D'Albigny (la Reseña dice erróneamente Darvigny), de quien se mencionan dos elegías, una, Gregorienne, a la memoria del Abad Henrí Grégoire, y otra en memoria de una hermana del P. Elías Rodríguez ( la Reseña, además, transcribe la traducción francesa de un soneto elegíaco de Manuel Joaquín Del Monte): el capitán Juan José Illas, venezolano, que participó en el movimiento de independencia de 1844 y escribió una enorme y lamentable Elegía al terremoto de 1842, impresa en Santo Domingo hacia 1880 (sobre lIlas, a quien Santana desterró junto con Sánchez, Mella y Pina en agosto de 1844, y. Tejera, Literatura dominicana, 4041); el P. Gaspar Hernández (1798-1860), sobre quien puede consultarse el Informe de D. Cayetano Armando Rodríguez y documentos anexos, en la revista Clio, 1933, I, 15-17; Manuel Joaquín del Monte, hijo de José Joaquín Del Monte Maldonado, nacido probablemente en Puerto Rico hacia 1803 ( v. Utrera, Universidades, 550, 553 y 556): ocupó altos cargos en Santo Domingo y murió después de 1874. De sus versos (los escribía en español y en francés) se mencionan en la Rese ña el soneto al terremoto de 1842 y el elegíaco que tradujo al francés Chevremont d'Albigny; se sabe también que escribió una canción patriótica contra los haitianos en 1825 ( v. Max Henríquez Ureña, Memoria de Relaciones Exteriores correspondiente a 1932, Santo Domingo, 1933: biografía de Del Monte, págs.. 49-50) y unas décimas en una polémica con el P. Gaspar Hernández (las cita José Gabriel García en su Compendio de la historia de Santo Domingo); Felipe Dávila Fernández de Castro, poeta discreto y de buena cultura, que viajó por Europa y fue en Santo Domingo el orientador de la Sociedad de Amantes de las Letras a partir de 1855 (como Del Monte, había nacido en Puerto Rico durante la emigración, en 1803, pero de padres dominicanos que regresaron a su país, y murió hacia 1880: v. Max Henriquez Ureña, Memoria de Relaciones Exteriores, biografía de Dávila Fernández de Castro, pág. 59, donde hay probablemente error respecto del nombre de la madre del poeta, que no debía de ser Doña María Guridi Leos y Echalas, emparentada con los Heredia, sino Doña Anastasia Real, que en España fue dama de una de las reinas; cf. Utrera, Universidades, 549 y 559; Juan Nepomuceno Tejera y Tejeda (1803-1883), redactor de la hoja volante, de intención política, El Grillo Dominicano, durante la ocupación haitiana y después de la nueva independencia: era impresa y no manuscrita, o quizá comenzó manuscrita y después se llegó a imprimir (Tejera, padre de los grandes investigadores dominicanos Emiliano y Apolinar, nació en Puerto Rico como Del Monte y Dávila Fernández de Castro, pero siempre se consideró dominicano: y. su biografía en Max Henríquez Ureña, Memoria de Relaciones Exteriores, págs. 53-54); Manuel María Valencia (1810-1870), a quien se considerará, en los comienzos de la República Dominicana, el poeta representativo: muy pobre en dones poéticos, pero tiene de curioso el traer las primeras notas del romanticismo. Los cuatro últimos fueron todavía alumnos, adolescentes o niños, de la Universidad de Santo Tomás ( v. Utrera, Universidades, 549-559, 561 y 567): son los últimos representantes de la cultura colonial..

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