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Religiosos

VI. RELIGIOSOS

Fuera de los prelados, y de los religiosos residentes en conventos, hubo en Santo Domingo gran número de hombres de iglesia aficionados a escribir.

Uno de los tres frailes jerónimos a quienes el Cardenal Jiménez de Cisneros encomendó en 1516 el gobierno de las Indias, FRAY ALONSO DE SANTO DOMINGO 49 , el compañero de Fray Luis de Figueroa o de Sevilla y de Fray Bernardino de Manzanedo o de Coria, habla tomado “a su cargo hazer alguna memoria de los frayles de su casa” en España, según noticia del grande escritor Fray José de Sigüenza, quien hizo uso de sus datos.

En aquellos tiempos de inquietud estuvo en la isla (1512) el P. Carlos de Aragón 50 , acaso pariente de reyes, doctor en teología por la Universidad de París, predicador ruidoso, que atraía grandes auditorios. Sus aficiones a la novedad, sus arrogancias antiescolásticas, como aquella de “Perdone Santo Tomás, que no supo lo que dijo”, lo hicieron caer en manos de la Inquisición de España, donde se le condenó a reclusión perpetua 51 .

Después hay que anotar la visita de Micael de Carvajal 52 , el buen poeta de la Tragedia Josefina y del auto de Las cortes de la muerte; cuyo final compuso Luis Hurtado de Toledo; Cristóbal de Molina 53 , el probable autor de la dramática Conquista y población del Perú; Fray Martín Ignacio de Loyola 54, franciscano, que en su Itinerario, leído en toda Europa a fines del siglo XVI, describe brevemente la isla (las cosas en que se detiene son el cazabe, los tiburones y la historia del cacique Hatuey)55 ; Bernabé Cobo 56 , cuya Historia del Nuevo Mundo contiene valiosas descripciones de multitud de animales, plantas y minerales; el P. José de Acosta 57 , el mejor de los naturalistas españoles que en el siglo XVI describieron la fauna y la flora del Nuevo Mundo, y Juan de Castellanos 58 . No sabemos cuándo estuvo en Santo Domingo el incansable .autor de las Elegías de varones ilustres de Indias, el más largo poema de nuestro idioma y uno de los menos poéticos, pero de los más animados como narración; a la historia de la isla dedica las cinco primeras elegías de la primera Parte del poema, y se ve que conocía bien la ciudad capi-tal, porque la describe con rasgos de impresión personal (Elegía v. canto 1):

Hiciéronse las casas con estremos
de grandes y soberbios edificios,
iglesia catedral de gran nobleza,
fuente (¿fuerte?) y esclarecida fortaleza...
Está su poblazón tan compasada,
que ninguna sé yo mejor trazada...
Amplias calles, graciosas, bien medidas...
De norte a sur Ozama la rodea;
combátela la mar a mediodía
con un roquedo tal y tan seguro,
que no puede formarse mejor muro...
ya por la parte del poniente
la cerca potentísima muralla...
con huertos, con jardines y heredades
de frutos de cien mil diversidades...
Hay una natural magnificencia,
de gente forastera conocida,
pues allí sin dinero y sin renta
en el punto que trajo se sustenta...

En el siglo XVII hace larga visita a Santo Domingo el gran poeta hispano-mejicano Bernardo de Valbuena”, de quien juzga Menéndez y Pelayo que “hasta por las cualidades más características de su estilo es en rigor el primer poeta genuinamente americano, el primero en quien se siente la exuberante y desatada fecundidad genial de aquella pródiga naturaleza”.

Quintana dice que su poesía, “semejante al Nuevo Mundo, donde el autor vivía, es un país inmenso y dilatado, tan feraz como inculto, donde las espinas se hallan confundidas con las flores, los tesoros con la escasez, los páramos y pantanos con los montes y selvas más sublimes y frondosas”. Estas identificaciones de Valbuena con el paisaje y la vida de América resultan curiosas, si se piensa que el poeta se educó en la altiplanicie mejicana, donde la altura atenúa y suaviza el esplendor torrencial del trópico, y en ciudad muy pulida, como siempre lo ha sido Méjico, cuyo tono de discreción y mesura se reflejaba en el teatro de Ruiz de Alarcón. De todos modos, Valbuena 59 representa en la literatura española una manera nueva e independiente de barroquismo, la porción de América en el momento central de la espléndida poesía barroca, cuando florecían Góngora y Carrillo Sotomayor, de Córdoba, Rioja en Sevilla, Pedro Espinosa y su grupo de las Flores de poetas ilustres en Antequera y Granada, Ledesma y Quevedo en Castilla. Su barroquismo no es complicación de conceptos, como en los castellanos, ni complicación de imágenes, como en los andaluces, de Córdoba y Sevilla, sino profusión de adorno, con estructura clara del concepto y la imagen, como en los altares barrocos de las iglesias de Méjico: aquí sí existe curiosa coincidencia. Su imaginación inventa poco y se contenta con manejar los materiales que le da el estilo poético español de su tiempo, con sus tradiciones latinas e italianas; pero cuando inventa no es inferior a ninguna: los “hombros de cristal y hielo” del mar, “las olas y avenidas de las cosas”, el alazán “hecho de fuego en la color y el brío”, el doncel “de alegres ojos y de vista brava”; o la estupenda descripción de la salida del sol sobre el mar: “Tiembla la luz sobre el cristal sombrío”; o la del cisne que corre y se aleja sobre el agua y “al suave son de su cantar se pierde”60 , 61

A fines del siglo XVII, reside en Santo Domingo el predicador y poeta mejicano Diego González 62 : en el siglo XVIII, el docto teólogo franciscano Fray Agustín de Quevedo Villegas 63 , pariente de Quevedo el grande, y los elocuentes predicadores cubanos Francisco Javier Conde y Oquendo 64 , que gozó de fama en España y Méjico, y José Policarpo Sanmé(17), cuyo sermón de la nube, en nuestra Catedral, se comentó largamente.

47 Fray Ignacio de Padilla y Estrada nació en Méjico, 1696, y murió en Yucatán, 1761; su padre había nacido en Santo Domingo: su abuelo, el célebre oidor Juan de Padilla Guardiola. Gran impulsor de la instrucción.
Consultar:
Elogios fúnebres con que la Real y Pontificia Universidad de México explicó su dolor y sentimiento en las solemnes exequias que en los días 23 y 24 de octubre de 1761 consagró a la buena memoria del Ilmo. y Rvmo. Sr. D. Fray Ignacio de Padilla y Estrada..., Méjico, 1763 (uno de esos elogios, de Teodoro Martínez Lázaro, corre también suelto); Humberto Tejera, Cultores y forjadores de México, Méjico, 1929 (erróneamente llama al arzobispo José Antonio); Utrera, Universidades, 228-229 y 366-369, y Don Juan de Padilla Guardiola y Guzmán, Santo Domingo, 1930. 

48 Portillo y Torres (1728-1803) estuvo en Santo Domingo de 1789-1798; se le trasladó a Bogotá como arzobispo. Se conoce de él la Oración fúnebre.., en las honras... procuradas y presenciadas por el Exmo. Señor Teniente General D. Gabriel de Aristizábal, comandante de la Real Escuadra, surta en la próxima Bahía de Ocoa, y nombrado por SM. para evacuar en ella la recién cedida Isla Española y transportar sus pueblos y habitantes a la Isla de Cuba, que se celebraron el día 21 de diciembre de 1795, por el Almirante D. Cristóbal Colón, con motivo de la traslación de sus restos (proximidad de Ocoa), parecería que fue en Santo Domingo. Se ha reimpreso en el Boletín de la Academia de la Historia, Madrid, XIV, 399 ss.
De él se conserva en el Archivo de Indias (Estado, Santo Domingo, Legajo 11) una carta, desde Santo Domingo, 9 de junio de 1796, “sobre los progresos de un libelo revolucionario”: debe de referirse a la circulación de algún libro francés de “ideas avanzadas”.
Consultar: Utrera, Universidades, 399, 441, 444, 526 y 577; Tejera, Literatura dominicana, 9 3-94.

49 Sobre Fray Alonso de Santo Domingo, consultar: Fray José de Sigüenza (c. 1544-1606), Historia de la Orden de San Jerónimo, dos vols. , Madrid, 1907-1909 (Nueva Biblioteca de Autores Españoles, VIII y XII), Parte II(es la Segunda Parte de la Historia, pero la tercera de la obra completa, que comienza con la Vida de San Jerónimo), libro 1, caps. 25 y 26, donde habla de los frailes jerónimos en Santo Domingo, y libro II, cap. 3, donde da breve biografía particular de Fray Alonso, cuyo cargo en España era el de prior del convento de San Juan de Ortega.
Juan de Castellanos, en sus
Elegías (Canto II de Elegía V de la Primera Parte), lo llama Fray Domingo de Quevedo: ¿sería Quevedo su apellido de seglar? Fray Alonso, como sus hermanos de religión, usaba el nombre del lugar de su nacimiento: procedía de Santo Domingo de la Calzada, en Logroño.
Largamente hablan de los padres jerónimos Las Casas en su
Historia, libro III, págs. 86 a 94, 137 y 155; Oviedo en su Historia, libro III, cap. 10, y libro IV, cap. 2; Herrera en su Historia de los hechos de los castellanos en las Islas y Tierra Firme del Mar Océano, Década II, libro II, caps. 3-6, 12, 15, 16 y 21. Parte de sus relaciones dirigidas a la corona se hallan en la Colección de documentos.., del Archivo de Indias, I, 247-253, 264-289, 298-304, 347-353, y 357-368, XXXIV, 191-229, 318 y 329-331, y en Orígenes de la dominación española en América, de Manuel Serrano y Sanz, I, Madrid, 1918 (Nueva Biblioteca de Autores Españoles, XXV), págs. 239-350, rectificando errores de Sigüenza y ensayando, generalmente en vano, rectificar a Las Casas.

50 Sobre el P. Carlos de Aragón, consúltese Las Casas, Historia de las Indias, libro III, cap. 35. De Las Casas procede todo lo que dicen Herrera en sus Décadas, Nouel en su Historia Eclesiástica, Medina en su Primitiva Inquisición americana. He tocado el tema en mi artículo Erasmistas en el Nuevo Mundo, publicado en el diario La Nación, de Buenos Aires, 8 de diciembre de 1935. Allí se indica que el Fray Diego de Victoria perseguidor del P. Aragón, a quien Las casas menciona como hermano del gran teólogo y jurista Fray Francisco de Victoria, es Fray Pedro, el enemigo de los erasmistas. No es probable que el P. Aragón fuese erasmista: la fecha de 1512 resulta demasiado temprana para el erasmismo español; Las Casas no explica en qué consistían sus rasgos de heterodoxia: sólo dice que tenían reverencia por su maestro “el Doctor Ioannes Maioris”, el filósofo escocés John Mair (1469-1 547), a quien probablemente oyó en París, y que afirmaba, “en ciertas materias, no ser pecado mortal lo que lo era”. 

51 El Sr. Trelles menciona como autor de “Relaciones históricas de América” al bachiller Álvaro de Castro, deán de la iglesia de la Concepción de La Vega, después vicario e inquisidor para la isla. Sólo conozco de él la Relación o carta, dirigida al Emperador, conjuntamente con el oidor Lucas Vázquez de Ayllón, de 1522 ó 1523 (colección de documentos.., del Archivo de Indias, XXXIV, 111 ss.). 

52 Micael o Miguel de Carvajal estaba en Santo Domingo en 1534: para entonces ya había escrito o estaría escribiendo la Tragedia Josefina, que se imprimió en 1535, una de las grandes obras del teatro español Antenor a Lope de Vega. Era —salvo que la identificación falle— natural de Plasencia, donde debió de nacer hacia 1490; su tío Hernando de Carvajal le confiere, en Santo Domingo, en documento de 14 de octubre de 1534, el patronazgo de la capellanía que había instituido en 1528, para la iglesia de San Martín, en Plasencia. Miguel no tomó posesión hasta 1544: v. Narciso Alonso Cortés, Miguel de Carvajal, en la Hispanic Review, de la Universidad de Pensilvania, Filadelfia, 1933, I, 141-148. Hernando de Carvajal es el hidalgo plasentino que fue en Santo Domingo teniente del gobernador designado por Diego Colón; su hijo, nacido allí, a quien se le llamaba Don Fernando, fue catedrático de la Universidad de Gorjón: y. Utrera, Universidades, 82, 94, 514 y 527.
Hay excelente edición de la
Tragedia Josefina, con estudio y notas del profesor Joseph E. Gillet, Princeton University, 1932; utiliza los cuatro textos del siglo XVI (1535, 1540 y dos de 1545). Manuel Cañete había reimpreso y prologado la Tragedia en 1870 (Madrid, Sociedad de Bibliófilos Españoles, VI). El Auto de las Cortes de la Muerte figura en el Romancero y Cancionero sagrados, edición Justo de Sancha, 1855 (Biblioteca de Autores Españoles, XXXV). Extensamente trata de Carvajal Menéndez y Pelayo en sus Estudios sobre Lope de Vega, 1, 26, 128 y 165-175. 

53 A Cristóbal de Molina (1494-c. 1578) se le llama el de Santiago o el almagrista para distinguirlo de su contemporáneo el del Cuzco. La obra que le atribuye José Toribio Medina, Conquista y población del Perú, se publicó en Santiago de Chile, 1873, con introducción de Diego Barros Arana, como parte de la Colección de documentos inéditos relativos a la historia de América, anexa al periódico Sud América.
Consultar: José Toribio Medina, Historia de la literatura colonial de Chile, en tres vols. , Santiago de Chile, 1878 (v. tomo II, 7-9), y Diccionario-biográfico colonial de Chile, Santiago, 1906; Bernard Moses, Spanish colonial literature in South America, Nueva York, 1922, págs. 71 a 73. 

54 El Itinerario del Padre Custodio, Fray Martín Ignacio, o Itinerario del Nuevo Mundo, en la forma actual en que lo poseemos fue redactado en parte por el célebre agustino Fray Juan González de Mendoza (1545-1618), que en sus muchas andanzas debió de tocar también en Santo Domingo. “Mi intención —dice el P. Mendoza— es decir por vía de itinerario lo que el dicho Padre Custodio, Fray Martín Ignacio me comunicó de palabra y escrito había visto y entendido en la vuelta que dio al mundo, y otras (cosas) que yo mesmo en algunas partes del he experimentado".

Fray Martín Ignacio es uno de los “religiosos descalzos de la Orden de Sant Francisco que lo anduvieron todo (el Nuevo Mundo) el año de 1584”. El Itinerario constituye, con portada especial, el libro III de la Segunda Parte de la Historia de las cosas más notables, ritos y costumbres del gran reino de la China, que el P. González de Mendoza formó con materiales propios y ajenos y que tuvo extraordinaria difusión —más de cuarenta ediciones— en los siglos XVI y XVII, pero olvidada en nuestros días. Se imprimió en Roma, 1585 (el Itinerario ocupa las págs. 341- 440); se reimprimió, siempre con el itinerario, en Valencia, 1585; en Madrid, 1586; en Barcelona, 1586; en Zaragoza, 1588; en Medina del Campo, 1595; en Amberes, 1596. Fue traducida al italiano por Francesco Avanzo, Roma, 1586 (dos ediciones), Génova 1586 y 1587; Venecia, 1586, 1587, 1588, 1590 y 1608 ;extractada por Giuseppe Rosario, en Bolonia, hacia 1589, con reimpresiones de Florencia, 1589, y Ferrara, 1589 (dos ediciones) y 1600. Del italiano al alemán, Francfort del Meno, 1589; Leipzig, 1597; Halle, 1598. Según Nicolás Antonio, hay otra versión alemana de Francfort, 1585. Del alemán al latín, por Mark Henning, Francfort, 1589; Amberes, 1595; Francfort, 1589; Maguncia, 1600, reimpresa en 1665 y 1674. Otra traducción latina, de loachimus Brulius, directa del español, Amberes, 1655. Del latín al francés, sin lugar, 1606; Ginebra, 1606; Lion, 1608; Ruan, 1618. Del español al inglés, por R. Parke, Londres, 1588; reimpresa en dos vols. , por la Hakluyt Society, Londres, 1853-54.
Del italiano al holandés, Amsterdam, 1595;Delft, 1656.
Consultar: Medina, Biblioteca hispano-americana. 1, 457, 459, 473-474, 482, 531 y 542-555; VI, 510.
No sabemos si visitaría la isla el fantaseador viajero Pedro Ordóñez de Ceballos, andaluz de Jaén (c. 1550 después de 1616): es probable que no, porque toma del
Itinerario de Fray Martín Ignacio lo que dice de ella en la Historia y viaje del mundo del clérigo agradecido, Cuenca, 1616 (reimpresa en Autobiografías y memorias, Madrid, 1905, Nueva Biblioteca de Autores Españoles, II).

55 Hubo de visitar la isla en el siglo XVI Fray Pedro de Aguado, autor de la Historia de Venezuela (1581), dos vols., Caracas, 1915, y de la Historia de Santa Marta y Nuevo Reino de Granada, dos vols. , con notas de Jerónimo Bécker, Madrid, 1916.

56 El P. Bernabé Cobo, jesuita, dice en el prólogo de su Historia del Nuevo Mundo, escrito en 1653: “y así, habiendo llegado yo a la Isla Española el... año de 96 (1596) a los noventa y nueve años de la fundación de la... ciudad de Santo Domingo (en realidad, a los cien años justos), bien se verifica que entré en estas Indias en el primer siglo de su población”. Al Perú llegó probablemente en 1600, “a los sesenta y ocho años de su conquista”: es de suponer que la cuenta como realizada en 1532. Su Historia se publicó en cuatro vols., Sevilla, 1890, 1895, bajo el cuidado del eminente americanista Marcos Jiménez de la Espada. Escribió además una Historia Peruana, 1880; el Sr. Levillier señala otra edición de Lima, 1882 (¿o es tirada aparte de la publicación hecha en la revista?).

57 Visitó la isla, probablemente poco después de 1571, año en que salió de España hacia América, el jesuita José de Acosta (1539-1 599), autor de la famosa Historia natural y moral de las Indias, publicada en latín en 1589 (De natura Noui Orbis...) y en español en 1590. Edición moderna: dos vols., Madrid, 1894. En uno de sus escritos menores, la Historia, de Madrid, 1899, XXXV, 226-257), cuenta las andanzas de Bartolomé Lorenzo, de 1562 a 1571, por Santo Domingo y otras partes de América.
Consultar: José Rodríguez Carracido,
El P. José de Acosta y su importancia en la literatura científica española, Madrid, 1899 (v. pág. 37).

58 La Pnmera Parte de las Elegías de varones ilustres de Indias, de Juan de Castellanos (1522-c. 1607), se imprimió en Madrid, 1589. Las Partes I, II y III salieron juntas en Madrid, 1847 (Biblioteca de Autores Españoles, IV). La Parte IV se publicó, bajo el titulo de Historia del Nuevo Reino de Granada, con prólogo de Antonio Paz y Melia, en dos vols., Madrid, 1886-1887 (Colección de Escritores Castellanos, XLIV y XLIX). Posteriormente, D. Angel González Palencia ha publicado (Madrid, 1921) el Discurso del Capitán Francisco Drake, que pertenecía a la Tercera Parte y había sido suprimido: describe la expedición inglesa contra Santo Domingo y Cartagena. Hay nueva edición de la obra completa: Obras, con prólogo del Dr. Caracciolo Parra, dos vols. , Caracas, 1932. Castellanos dice que estuvo en Santo Domingo, por lo menos al hablar de Ampíes (Elegías, 183).
Consultar: Miguel Antonio Caro, Juan de Castellanos, artículo publicado en la revista Repertorio Colombiano, de Bogotá, y recogido en el tomo II de sus Estudios literarios (III de las Obras), Bogotá, 1921, págs. 51-88; Marcelino Menéndez y Pelayo, Historia de la poesía hispano-americana, II, 7-21; Raimundo Rivas, Los fundadores de Bogotá, Bogotá, 1923.

59 Valbuena (c. 1562-1627), que escribía su nombre Balbuena, nació en Valdepeñas; se educó en Méjico, donde fue llevado en la infancia (probablemente desde los tres años de edad: aun se ha creído que naciera allí; de todos modos, su padre había estado en Méjico antes de nacer él y estaba de nuevo en España en 1564); ya adulto, estuvo en Europa, durante poco tiempo; pasó sus últimos veinte años, o poco menos, en las Antillas: en 1608 se le nombró abad de Jamaica, “en cuyas soledades estuvo como encantado”, y en agosto de 1619, obispo de Puerto Rico. Apolinar Tejera, Literatura dominicana, 45-52, habla de su presencia en el Concilio Provincial celebrado en Santo Domingo en 1622-1623. El Concilio se abrió el 21 de septiembre de 1622; consta que en 23 de octubre Valbuena bautizó a una hija del alcaide Juan de la Parra; en 4 de febrero de 1623 firmó con el arzobispo de Santo Domingo Fray Pedro de Oviedo, el obispo de Venezuela y los representantes del obispo de Cuba y del abad de Jamaica, los documentos relativos a la terminación del Concilio, cuyo texto tradujo del español al latín. Pero, además, el profesor John Van Horne, en Documentos del Archivo de Indias referentes a Bernardo de Valbuena, Madrid, 1930, da noticia de que Valbuena había llegado de Cuba a Santo Domingo, quizás sin ir todavía a Puerto Rico, a fines de 1621 o en enero de 1622. No sabemos si entre el mes de enero de 1622 y el mes de septiembre, en que comenzó el Concilio, Valbuena estuvo en Puerto Rico. Según Alcedo, no tomó posesión de su obispado hasta fines de 1623.

Las obras de Valbuena, a pesar de su calidad excepcional, tienen pocas ediciones. El poemita descriptivo en ocho cantos La grandeza mexicana, con obras breves en prosa y verso, —una de ellas el Compendio apologético en alabanza de la poesía—, se publicó en Méjico, 1604; la Sociedad de Bibliófilos Mejicanos ha reproducido facsimilarmente la edición príncipe en Méjico, 1927. La novela pastoril Siglo de Oro en las selvas de Erífile se publicó en Madrid, 1607 (no 1608); el vasto poema caballeresco El Bernardo o Victoria de Roncesvalles, en Madrid, 1624. La Academia Española reimprimió Siglo de oro... , en 1821, con La grandeza mexicana; el pocmita, sólo se reimprimió también en Nueva York, 1828, Madrid, 1829 (nueva portada en 1837), y Méjico. El Bernardo se reimprímió en tres vols. , Madrid, 1807, y en la Biblioteca de Autores Españoles, XVII, Madrid, 1851, colección de Poemas épicos: hay, además, tirada aparte como edición suelta.

Estudian a Valbuena: Quintana, en el prólogo y notas de su colección de Poesías selectas castellanas, Madrid 1807, refundida en 1830-1833 y reimpresa después con el título de Tesoro del Parnaso español, y en el discurso preliminar de La musa épica, Madrid, 1830; Manuel Fernández Juncos, Don Bernardo de Valbuena, San Juan de Puerto Rico, 1884; M. Menéndez y Pelayo, Historia de la poesía hispano-americana, I, págs. 51-62 y 331-333, y Estudios sobre el teatro de Lope de Vega, III, 156-162 y VI, 299-301; José Toribio Medina, Escritores hispanoamericanos celebrados por Lope de Vega en el “Laurel de Apolo”, Santiago de Chile, 1924 (v. págs. 49- 80); John Van Horne, “El Bernardo” of Bernardo de Valbuena, Urbana, 1927 (Universidad de Illinois), y El nacimiento de Bernardo de Valbuena, en la Revista de Filología Española, de Madrid, 1933, XX, 160-168.

Entre las obras que Valbuena perdió, según noticias, en el asalto de los holandeses a Puerto Rico en 1625, había una Descripción, en verso, de aquella isla (si no es error de Alcedo, pensando en La granndeza mexicana). Las referencias al Nuevo Mundo abundan en El Bernardo, generalmente en forma de profecías: v. en el tomo XVII de la Biblioteca de Autores Españoles, las págs. 143, 154, 315, 331-332, 336-337, 339-340, 344. Valbuena se menciona a sí mismo, no sólo en la pág. 156, a propósito del nombre Bernardo, sino también en la 332, dice del volcán mejicano de Jala que “ahora con su roja luz visible de clara antorcha sirve a lo que escribo”, y en la pág. 340, canto XIX, donde dice que “el sacro pastoral báculo espera” al autor en Jamaica, rimando con rica y multiplica (de igual modo acentúa Juan de Castellanos, Elegías, pág. 42): ¿habrá pasado Valbuena de Méjico a Jamaica entre el canto XVIII y el XIX, o la proximidad del volcán de Jala será fantasía? El dice en su prólogo haber terminado el poema cerca de veinte años antes de 1624, de modo que la referencia a Jamaica pudo agregarla en los retoques.
Como se sabe, Valbuena no habla de plantas de América sino de plantas europeas, no todas conocidas quizá entonces en el Nuevo Mundo, en los cantos V y VI de
La grandeza mexicana (los poetas que escribían entonces en América estimaban que el ornamento botánico no debía ceñirse a normas de color local sino a tradiciones clásicas); con mayor razón en Siglo de oro, cuyo escenario es una vaga Arcadia. Es curioso que en El Bernardo cite por lo menos (pág. 331) “los vergeles que el cacao señala por el rico Tabasco y Guatemala”. Dos cartas, con descripciones interesantes, una de Jamaica, julio de 1611, y otra de Puerto Rico, noviembre de 1623, publica el profesor Van Horne en Documentos.., referentes a... Valbuena.

60 En 1613 estuvo en Santo Domingo el historiador Fray Pedro Simón. Nacido en 1574, en La Parrilla, de Cuenca, llegó a Nueva Granada en 1604 y escribió Noticias historiales de las conquistas de Tierra Firme en las Indias Occidentales, cuya primera parte se publicó en Cuenca, 1626, y se reprodujo en Bogotá, 1882, completándose con cuatro nuevos tomos en Bogotá, 1891-1892; una parte se ha traducido al inglés, The expedition of Pedro de Ursúa and Lope de Aguirre, Hakluyt Society, Londres, 1861. Se le considera el mejor historiador para la Nueva Granada del siglo XVI. 

61 A principios del siglo XVII, estuvo en Santo Domingo, como familiar del arzobispo Oviedo, el P. Juan Bautista Maroto, Bernardo; predicó y enseñó.
Consultar: Utrera,
Universidades, 98-101, 107-109. 

62 . Según D. Humberto Tejera, Cultores y forjadores de México, Méjico, 1929, el P. Diego González pasó como “Visitador General a la Provincia de Santo Domingo o Isla Española de entonces”. ¿Sería fraile dominico y visitador de su Orden? Había nacido antes de 1620 y murió en 1696. Se estrenó “como poeta durante el tiempo de sus estudios escolásticos y descolló como orador religioso... De Santo Domingo pasó a España y regresó a Méjico, donde publicó algunas obras eruditas y el Itinerario de su viaje”. ¿Se referirá a él el Memorial impreso en Madrid, s.a. (siglo XVII), sobre la remisión a España de Fray Diego González, provincial de los dominicos en Méjico, en 1658? 

63 El Doctor Fray Agustín de Quevedo Villegas, probablemente venezolano —en Venezuela estudió y fue lector y definidor de su provincia franciscana—, pertenecía a la rama americana de la familia del gran escritor español, a la cual perteneció en el siglo XIX el poeta José Heriberto García de Quevedo. En Santo Domingo no sabemos si viviría en el convento franciscano: fue examinador sinodal del arzobispado. Escribió Opera theologica super Lib. ¡ Sententiarum iuxta puriorem mentem Subtilis Doctoris loannis Scoti, en dos vols. , Sevilla, 1752-1753.
En aquel siglo hubo en Santo Domingo otro Padre Agustín de Quevedo Villegas (1740-1771): era nacido allí, de padre dominicano, y fue presbítero y catedrático universitario (Utrera,
Universidades, 357 y 519). 

64 El Doctor Francisco Javier Conde y Oquendo (1733-1799), habanero, además de sacerdote era abogado de las Audiencias de Santo Domingo y Méjico; en 1775 se trasladó a España; después pasó a Méjico, donde murió (en Puebla). Sus obras impresas son: el Sermón u Oración genetliaca, en La Habana, al nacimiento del Infante Claudio Clemente, Madrid, 1772; Elogio de Felipe V, premiado por la Academia Española, Madrid, 1779 (hay tres ediciones); Oración fúnebre en unas exequias militares, Méjico, 1787; Oratio in exequiis Serenissime Regis Caroli III, México, 1789; Disertación histórica sobre la aparición de la imagen... de Guadalupe, dos vols, Méjico, 1852- 1853. Escribía versos. Dejó manuscritos inéditos, entre ellos uno que seria interesante descubrir: Disertación histórica crítica sobre la oratoria española y americana. 
Consultar: Juan Sempere y Guarinos, Ensayo de una biblioteca española de los mejores escritores del reinado de Carlos III, en seis vols., Madrid, 1785-1789 (v. tomo II, 226); Aurelio Mitjans, Historia de la literatura cubana, La Habana, 1890, segunda edición, Madrid, sa. (1918): v. págs. 65-66 de la madrileña; Trelles, Ensayo de bibliografía cubana de los siglos XVII y XVIII..

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