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Emilia Pardo Bazán Bajo el manto de estrellas de una noche espléndida y glacial, Roma se
extiende mostrando a trechos la mancha de sombra de sus misteriosos jardines de
cipreses y laureles seculares que tantas cosas han visto, y, en islotes más
amplios, la clara blancura de sus Gente alegre y bulliciosa discurre por la calle. Pocos coches. A pie van los ricos, mezclados con los «contadinos», labriegos de la campiña que han acudido a la magna ciudad trayendo cestas de mercancía o de regalos. Sus trapos pintorescos y de vivo color les distinguen de los burgueses; sus exclamaciones sonoras resuenan en el ambiente claro y frío como cristal. Hormiguean, se empujan, corren: aunque no regresen a sus casas hasta el amanecer -que es cosa segura-, quieren presenciar, en la Basílica de Trinità dei Monti, la plegaria del Papa ante la cuna de Gesù Bambino. -Sí; el Papa en persona -no como hoy su estatua, sino él mismo, en carne y hueso, porque todavía Roma le pertenece- es quien, en presencia de una multitud que palpita de entusiasmo, va a arrodillarse allí, delante la cuna donde, sobre mullida paja, descansa y sonríe el Niño. Es la noche del 24 de diciembre: ya la grave campana de Santángelo se prepara a herir doce voces el aire y la carroza pontifical, sin escolta, sin aparato, se detiene al pie de la escalinata de Trinità. El Papa desciende, ayudado por sus camareros, apoyando con calma el pie en el
estribo. Con tal arte se ha preparado la ceremonia, que al sentar la planta Pío
IX en el primer escalón, vibra, lenta y solemne, la primera campanada de la
medianoche, en cada El Niño, el Bambino, duerme desnudito, color de rosa, reclinado en su rubio colchón de sedeña paja. En toda la Basílica no se escucha más ruido que el chisporroteo suave de los cirios y el murmullo de la oración que el Papa empieza a elevar. A las primeras palabras anímase el Niño con vida fantástica: la carne se hace carne. Sus ojos se entreabren, sus puñitos se tienden hacia el Papa como si se tendieran hacia un abuelo cariñoso, haciendo fiestas. Incorporado y sentado en la paja, llama al Pontífice, que sigue orando, pero que cree percibir en sus rodillas la sensación de que ya no reposan en los cojines de terciopelo carmesí; en sus codos, algo que los sube y aparta del esculpido reclinatorio. Ligero y como fluido, su cuerpo no le pesa; flota apaciblemente en una atmósfera de oro y luz, hecha de las partículas de los cirios, que se derraman ardientes y centelleantes. La cuna ha desaparecido, el Niño está en pie, alto, crecido ya, convertido en adolescente; y en vez de la gracia infantil, en su cara se lee la meditación, se descubre la sombra del pensamiento. Alrededor del Jesús de quince años van juntándose las paredes de la cripta,
que parece trasudarlos, docenas de chiquillos, otros bambinos, pero feos,
encanijados, sucios, envueltos en andrajos o desnudos mostrando la enteca
anatomía. Docenas primero; cientos Lloran de hambre, tiemblan de frío, gimen de abandono, enseñan sus lacras, se
cogen a la vestidura inconsútil de Cristo, se quieren abrigar bajo sus pies,
reclinarse en su seno, agarrarse a sus manos pálidas y luminosas. Huelen mal, y
su punzante vaho de miseria La figura de Cristo se oculta un instante; densas tinieblas suben de la
tierra y caen del firmamento, reuniendo sus crespones. El Pontífice siente
miedo: la oscuridad le ciega, y entre aquella oscuridad vibran maldiciones y
palpitan sollozos. Un relámpago brilla; erguida en una colina aparece la Cruz,
sobre la cual blanquea el desnudo cuerpo del Mártir, estriado de verdugones por
los azotes y veteado de negra sangre. Los labios cárdenos se agitan; el Papa
interrumpe la plegaria, se confunde, se deshace en adoración, quiere salir de sí
mismo para mejor escuchar y beber la palabra divina; y el Crucificado -señalando
con mirada ya turbia hacia el océano de criaturas que bullen allá abajo,
escuálidas, transidas, -Por ellos.
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