La
escena es en una posada de Alcalá de Henares.
El
teatro representa una sala de paso con cuatro puertas de
habitaciones para huéspedes, numeradas todas. Una más
grande en el foro, con escalera que conduce al piso bajo de
la casa. Ventana de antepecho a un lado. Una mesa en medio,
con banco, sillas, etc.
La
acción empieza a las siete de la tarde y acaba a las cinco
de la mañana siguiente.
ACTO
I
ESCENA
PRIMERA DON DIEGO, SIMÓN
(Sale
don Diego de su cuarto, Simón, que está sentado en una
silla, se levanta)
D.
DIEGO ¿No han venido todavía?
SIMÓN No, señor.
D. DIEGO Despacio la han tomado por cierto.
SIMÓN Como su tía la quiere tanto, según parece, y
no la ha visto desde que la llevaron a Guadalajara...
D. DIEGO Sí. Yo no digo que no la viese; pero con
media hora de visita y cuatro lágrimas estaba concluido.
SIMÓN Ello también ha sido extraña determinación
la de estarse usted dos días enteros sin salir de la
posada. Cansa el leer, cansa el dormir... Y sobre todo,
cansa la mugre del cuarto, las sillas desvencijadas, las
estampas del hijo pródigo, el ruido de campanillas y
cascabeles, y la conversación ronca de carromateros y
patanes, que no permiten un instante de quietud.
D. DIEGO Ha sido conveniente el hacerlo así. Aquí
me conocen todos, y no he querido que nadie me vea.
SIMÓN Yo no alcanzo la causa de tanto retiro. Pues
¿hay más en esto que haber acompañado usted a doña Irene
hasta Guadalajara, para sacar del conventos a la niña y
volvernos con ellas a Madrid?
D. DIEGO Sí, hombre; algo más hay de lo que has
visto.
SIMÓN Adelante.
D. DIEGO Algo, algo... Ello tú al cabo lo has de
saber, y no puede tardarse mucho... Mira, Simón, por Dios
te encargo que no lo digas... Tú eres hombre de bien, y me
has servido muchos años con fidelidad... Ya ves que hemos
sacado a esa niña del convento y nos la llevamos a Madrid.
SIMÓN Sí, señor.
D. DIEGO Pues bien... Pero te vuelvo a encargar que a
nadie lo descubras.
SIMÓN Bien está, señor. Jamás he gustado de
chismes.
D. DIEGO Ya lo sé, por eso quiero fiarme de ti. Yo,
la verdad, nunca había visto a tal doña Paquita; pero
mediante la amistad con su madre, he tenido frecuentes
noticias de ella; he leído muchas de las cartas que escribía;
he visto algunas de su tía la monja, con quien ha vivido en
Guadalajara; en suma, he tenido cuantos informes pudiera
desear acerca de sus inclinaciones y su conducta. Ya he
logrado verla; he procurado observarla en estos pocos días,
y a decir verdad, cuantos elogios hicieron de ella me
parecen escasos.
SIMÓN Sí, por cierto... Es muy linda y...
D. DIEGO Es muy linda, muy graciosa, muy humilde... Y
sobre todo, ¡aquel candor, aquella inocencia! Vamos, es de
lo que no se encuentra por ahí... Y talento... Sí señor,
mucho talento... Conque, para acabar de informarte, lo que
yo he pensado es...
SIMÓN No hay que decírmelo.
D. DIEGO ¿No? ¿Por qué?
SIMÓN Porque ya lo adivino. Y me parece excelente
idea.
D. DIEGO ¿Qué dices?
SIMÓN Excelente.
D. DIEGO ¿Conque al instante has conocido?...
SIMÓN ¿Pues no es claro?... ¡Vaya!... Dígole a
usted que me parece muy buena boda. Buena, buena.
D. DIEGO Sí, señor... Yo lo he mirado bien, y lo
tengo por cosa muy acertada. Seguro que sí.
D. DIEGO Pero quiero absolutamente que no se sepa
hasta que esté hecho.
SIMÓN Y en eso hace usted bien.
D. DIEGO Porque no todos ven las cosas de una manera,
y no faltaría quien murmurase, y dijese que era una locura,
y me...
SIMÓN ¿Locura? ¡Buena locura!... ¿Con una chica
como ésa, eh?
D. DIEGO Pues ya ves tú. Ella es una pobre... Eso sí...
Pero yo no he buscado dinero, que dineros tengo; he buscado
modestia, recogimiento, virtud.
SIMÓN Eso es lo principal... Y, sobre todo, lo que
usted tiene ¿para quién ha de ser?
D. DIEGO Dices bien... ¿Y sabes tú lo que es una
mujer aprovechada, hacendosa, que sepa cuidar de la casa,
economizar, estar en todo?... Siempre lidiando con amas, que
si una es mala, otra es peor, regalonas, entremetidas,
habladoras, llenas de histérico, viejas, feas como
demonios... No señor, vida nueva. Tendré quien me asista
con amor y fidelidad, y viviremos como unos santos... Y deja
que hablen y murmuren y...
SIMÓN Pero siendo a gusto de entrambos, ¿qué
pueden decir?
D. DIEGO No, yo ya sé lo que dirán; pero... Dirán
que la boda es desigual, que no hay proporción en la edad,
que...
SIMÓN Vamos, que no me parece tan notable la
diferencia. Siete u ocho años a lo más...
D. DIEGO ¡Qué, hombre! ¿Qué hablas de siete u
ocho años? Si ella ha cumplido dieciséis anos pocos meses
ha.
SIMÓN Y bien, ¿qué?
D. DIEGO Y yo, aunque gracias a Dios esto y robusto
y... Con todo eso, mis cincuenta y nueve años no hay quien
me los quite.
SIMÓN Pero si yo no hablo de eso.
D. DIEGO Pues ¿de qué hablas?
SIMÓN Decía que... Vamos, o usted no acaba de
explicarse, o yo lo entiendo al revés... En suma, esta Doña
Paquita, ¿con quién se casa?
D. DIEGO ¿Ahora estamos ahí? Conmigo.
SIMÓN ¿Con usted?
D. DIEGO Conmigo.
SIMÓN ¡Medrados quedamos!
D. DIEGO ¿Qué dices?... Vamos, ¿qué?...
SIMÓN ¡Y pensaba yo haber adivinado!
D. DIEGO Pues ¿qué creías? ¿Para quién juzgaste
que la destinaba yo?
SIMÓN Para D. Carlos, su sobrino de usted, mozo de
talento, instruido, excelente soldado, amabilísimo por
todas sus circunstancias... Para ese juzgué que se guardaba
la tal niña.
D. DIEGO Pues no, señor.
SIMÓN Pues bien está.
D. DIEGO ¡Mire usted qué idea! ¡Con el otro la había
de ir a casar!... No señor; que estudie sus matemáticas.
SIMÓN Ya las estudia; o, por mejor decir, ya las
enseña.
D. DIEGO Que se haga hombre de valor y...
SIMÓN ¡Valor! ¿Todavía pide usted más valor a un
oficial que en la última guerra, con muy pocos que se
atrevieron a seguirle, tomó dos baterías, clavó los cañones,
hizo algunos prisioneros, y volvió al campo lleno de
heridas y cubierto de sangre?... Pues bien satisfecho quedó
usted entonces del valor de su sobrino; y yo le vi a usted más
de cuatro veces llorar de alegría cuando el rey le premió
con el grado de teniente coronel y una cruz de Alcántara.
D. DIEGO Sí señor; todo es verdad; pero no viene a
cuento. Yo soy el que me caso.
SIMÓN Si está usted bien seguro de que ella le
quiere, si no le asusta la diferencia de la edad, si su
elección es libre...
D. DIEGO Pues ¿no ha de serlo?... ¿Y qué sacarían
con engañarme? Ya ves tú la religiosa de Guadalajara si es
mujer de juicio; ésta de Alcalá, aunque no la conozco, sé
que es una señora de excelentes prendas; mira tú si Doña
Irene querrá el bien de su hija; pues todas ellas me han
dado cuantas seguridades puedo apetecer... La criada, que la
ha servido en Madrid y más de cuatro años en el convento,
se hace lenguas de ella; y sobre todo me ha informado de que
jamás observó en esta criatura la más remota inclinación
a ninguno de los pocos hombres que ha podido ver en aquel
encierro. Bordar, coser, leer libros devotos, oír misa y
correr por la huerta detrás de las mariposas, y echar agua
en los agujeros de las hormigas, éstas han sido su ocupación
y sus diversiones... ¿Qué dices?
SIMÓN Yo nada, señor.
D. DIEGO Y no pienses tú que, a pesar de tantas
seguridades, no aprovecho las ocasiones que se presentan
para ir ganando su amistad y su confianza, y lograr que se
explique conmigo en absoluta libertad... Bien que aún hay
tiempo... Sólo que aquella Doña Irene siempre la
interrumpe; todo se lo habla... Y es muy buena mujer,
buena...
SIMÓN En fin, señor, yo desearé que salga como
usted apetece.
D. DIEGO Sí; yo espero en Dios que no ha de salir
mal. Aunque el novio no es muy de tu gusto... ¡Y qué fuera
de tiempo me recomendabas al tal sobrinito! ¿Sabes tú lo
enfadado que estoy con él?
SIMÓN Pues ¿qué ha hecho?
D. DIEGO Una de las suyas... Y hasta pocos días ha
no lo he sabido. El año pasado, ya lo viste. estuvo dos
meses en Madrid... Y me costó buen dinero la tal visita...
En fin, es mi sobrino, bien dado está; pero voy al asunto.
Llegó el caso de irse a Zaragoza su regimiento... Ya te
acuerdas de que a muy pocos días de haber salido de Madrid
recibí la noticia de su llegada.
SIMÓN Sí, señor.
D. DIEGO Y que siguió escribiéndome, aunque algo
perezoso, siempre con la data de Zaragoza.
SIMÓN Así es la verdad.
D. DIEGO Pues el pícaro no estaba allí cuando me
escribía las tales cartas.
SIMÓN ¿Qué dice usted?
D. DIEGO Sí señor. El día tres de julio salió de
mi casa, y a fines de septiembre aún no había llegado a
sus pabellones... ¿No te parece que para ir por la posta
hizo muy buena diligencia?
SIMÓN Tal vez se pondría malo en el camino, y por
no darle a usted pesadumbre...
D. DIEGO Nada de eso. Amores del señor oficial y
devaneos que le traen loco... Por ahí en esas ciudades
puede que... ¿Quién sabe? Si encuentra un par de ojos
negros, ya es hombre perdido... ¡No permita Dios que me le
engañe alguna bribona de estas que truecan el honor por el
matrimonio!
SIMÓN ¡Oh!, no hay que temer... Y si tropieza con
alguna fullera de amor, buenas cartas ha de tener para que
le engañe.
D. DIEGO Me parece que están ahí... Sí. Busca al
mayoral, y dile que venga, para quedar de acuerdo en la hora
a que deberemos salir mañana.
SIMÓN Bien está.
D. DIEGO Ya te he dicho que no quiero que esto se
trasluzca, ni... ¿Estamos?
SIMÓN No haya miedo que a nadie lo cuente.
(Simón
se va por la puerta del foro. Salen por la misma las tres
mujeres con mantillas y basquiñas. Rita deja un pañuelo
atado sobre la mesa, y recoge las mantillas y las dobla.)
ESCENA
II DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA, RITA, D. DIEGO
DOÑA
FRANCISCA Ya estamos acá.
DOÑA IRENE ¡Ay! ¡qué escalera!
D. DIEGO Muy bien venidas, señoras.
DOÑA IRENE ¿Conque usted, a lo que parece, no ha
salido? (Se sientan D. Irene y D. Diego.)
D. DIEGO No, señora. Luego, más tarde, daré
una vueltecita por ahí... He leído un rato. Traté de
dormir, pero en esta posada no se duerme.
DOÑA FRANCISCA Es verdad que no... ¡Y qué
mosquitos! Mala peste en ellos. Anoche no me dejaron
parar... Pero mire usted, mire usted (Desata el pañuelo
y manifiesta algunas cosas de las que indica el diálogo)
cuántas cosillas traigo. Rosarios de nácar, cruces de ciprés,
la regla de S. Benito, una pililla de cristal... Mire usted
qué bonita. Y dos corazones de talco...¡Qué sé yo cuánto
viene aquí!... ¡Ay!, y una campanilla de barro bendito
para los truenos... ¡Tantas cosas!
DOÑA IRENE Chucherías que la han dado las madres.
Locas estaban con ella.
DOÑA FRANCISCA ¡Cómo me quieren todas! ¡Y mi tía,
mi pobre tía lloraba tanto!... Es ya muy viejecita.
DOÑA IRENE Ha sentido mucho no conocer a usted.
DOÑA FRANCISCA Sí, es verdad. Decía: ¿por qué no
ha venido aquel señor?
DOÑA IRENE El padre capellán y el rector de los
Verdes nos han venido acompañando hasta la puerta.
DOÑA FRANCISCA Toma (vuelve a atar el pañuelo y
se le da a Rita, la cual se va con él y con las mantillas
al cuarto de D. Irene), guárdamelo todo allí, en la
excusabaraja. Mira, llévalo así de las puntas... ¡Válgate
Dios! ¡Eh! ¡Ya se ha roto la santa Gertrudis de alcorza!
RITA No importa; yo me la comeré.
ESCENA
III DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA, D. DIEGO
DOÑA
FRANCISCA ¿Nos vamos adentro, mamá, o nos quedamos aquí?
DOÑA IRENE Ahora, niña, que quiero descansar un
rato.
D. DIEGO Hoy se ha dejado sentir el calor en forma.
DOÑA IRENE ¡Y qué fresco tienen aquel locutorio!
Está hecho un cielo... (Siéntase Dª Francisca junto a
su madre.) Mi hermana es la que sigue siempre bastante
delicada. Ha padecido mucho este invierno... Pero, vaya, no
sabía qué hacerse con su sobrina la buena señora. Está
muy contenta de nuestra elección.
D. DIEGO Yo celebro que sea tan a gusto de aquellas
personas a quienes debe usted particulares obligaciones.
DOÑA IRENE Sí, Trinidad está muy contenta; y en
cuanto a Circuncisión ya lo ha visto usted. La ha costado
mucho despegarse de ella; pero ha conocido que siendo para
su bienestar, es necesario pasar por todo... Ya se acuerda
usted de lo expresivo que estuvo, y…
D. DIEGO Es verdad. Sólo falta que la parte
interesada tenga la misma satisfacción que manifiestan
cuantos la quieren bien.
DOÑA IRENE Es hija obediente, y no se apartará jamás
de lo que determine su madre.
D. DIEGO Todo eso es cierto; pero...
DOÑA IRENE Es de buena sangre, y ha de pensar bien,
y ha de proceder con el honor que la corresponde.
D. DIEGO Sí, ya estoy; pero ¿no pudiera, sin faltar
a su honor ni a su sangre...?
DOÑA FRANCISCA ¿Me, voy, mamá? (Se levanta y
vuelve a sentarse.)
DOÑA IRENE No pudiera, no señor. Una niña bien
educada, hija de buenos padres, no puede menos de conducirse
en todas ocasiones como es conveniente y debido. Un vivo
retrato es la chica, ahí donde usted la ve, de su abuela
que Dios perdone, Doña Jerónima de Peralta... En casa
tengo el cuadro, ya le habrá usted visto. Y le hicieron,
según me contaba su merced para enviársele a su tío
carnal el padre fray Serapión de S. Juan Crisóstomo,
electo obispo de Mechoacán.
D. DIEGO Ya.
DOÑA IRENE Y murió en el mar el buen religioso, que
fue un quebranto para toda la familia... Hoy es, y todavía
estamos sintiendo su muerte; particularmente mi primo D.
Cucufate, regidor perpetuo de Zamora no puede oír hablar de
su Ilustrísima sin deshacerse en lágrimas.
DOÑA FRANCISCA Válgate Dios, qué moscas tan...
DOÑA IRENE Pues murió en olor de santidad.
D. DIEGO Eso bueno es.
DOÑA IRENE Sí señor; pero como la familia ha
venido tan a menos... ¿Qué quiere usted? Donde no hay
facultades... Bien que por lo que puede tronar, ya se le está
escribiendo la vida; y ¿quién sabe que el día de mañana
no se imprima, con el favor de Dios?
D. DIEGO Sí, pues ya se ve. Todo se imprime.
DOÑA IRENE Lo cierto es que el autor, que es sobrino
de mi hermano político el canónigo de Castrojériz, no la
deja de la mano; y a la hora de ésta lleva ya escritos
nueve tomos en folio, que comprenden los nueve años
primeros de la vida del santo obispo.
D. DIEGO ¿Conque para cada año un tomo?
DOÑA IRENE Sí, señor; ese plan se ha propuesto.
D. DIEGO ¿Y de qué edad murió el venerable?
DOÑA IRENE De ochenta y dos años, tres meses y
catorce días.
DOÑA FRANCISCA ¿Me voy, mamá?
DOÑA IRENE Anda, vete. ¡Válgate Dios, qué prisa
tienes!
DOÑA FRANCISCA ¿Quiere usted (se levanta, y
después de hacer una graciosa cortesía a D. Diego, da un
beso a Dª Irene, y se va al cuarto de ésta) que le
haga una cortesía a la francesa, señor D. Diego?
D. DIEGO Sí, hija mía. A ver.
DOÑA FRANCISCA Mire usted, así.
D. DIEGO ¡Graciosa niña! ¡Viva la Paquita, viva!
DOÑA FRANCISCA Para usted una cortesía, y para mi
mamá un beso.
ESCENA
IV DOÑA IRENE, D. DIEGO
DOÑA
IRENE Es muy gitana y muy mona, mucho.
D. DIEGO Tiene un donaire natural que arrebata.
DOÑA IRENE ¿Qué quiere usted? Criada sin artificio ni
embelecos de mundo, contenta de verse otra vez al lado de su
madre, y mucho más de considerar tan inmediata su colocación,
no es maravilla que cuanto hace y dice sea una gracia, y máxime
a los ojos de usted, que tanto se ha empeñado en
favorecerla.
D. DIEGO Quisiera sólo que se explicase libremente acerca
de nuestra proyectada unión, y...
DONA IRENE Oiría usted lo mismo que le he dicho ya.
D. DIEGO Sí, no lo dudo; pero el saber que la merezco
alguna inclinación, oyéndoselo decir con aquella boquilla
tan graciosa que tiene, sería para mí una satisfacción
imponderable.
DOÑA IRENE No tenga usted sobre ese particular la más leve
desconfianza; pero hágase usted cargo de que a una niña no
la es lícito decir con ingenuidad lo que siente. Mal
parecería, señor D. Diego, que una doncella de vergüenza
y criada como Dios manda, se atreviese a decirle a un
hombre: yo le quiero a usted.
D. DIEGO Bien; si fuese un hombre a quien hallara por
casualidad en la calle y le espetara ese favor de buenas a
primeras, cierto que la doncella haría muy mal; pero a un
hombre con quien ha de casarse dentro de pocos días, ya
pudiera decirle alguna cosa que... Además, que hay ciertos
modos de explicarse...
DOÑA IRENE Conmigo usa de más franqueza. A cada instante
hablamos de usted, y en todo manifiesta el particular cariño
que a usted le tiene... ¡Con qué juicio hablaba ayer
noche, después que usted se fue a recoger! No sé lo que
hubiera dado porque hubiese podido oírla.
D. DIEGO ¿Y qué? ¿Hablaba de mí?
DOÑA IRENE Y qué bien piensa acerca de lo preferible que
es para una criatura de sus años un marido de cierta edad,
experimentado, maduro y de conducta...
D. DIEGO ¡Calle! ¿Eso decía?
DOÑA IRENE No; esto se lo decía yo, y me escuchaba con una
atención como si fuera una mujer de cuarenta años, lo
mismo...¡Buenas cosas la dije! Y ella, que tiene mucha
penetración, aunque me esté mal el decirlo... ¿Pues no da
lástima, señor, el ver cómo se hacen los matrimonios hoy
en el día? Casan a una muchacha de quince años con un
arrapiezo de dieciocho, a una de diecisiete con otro de
veintidós: ella niña, sin juicio ni experiencia, y él niño
también, sin asomo de cordura ni conocimiento de lo que es
mundo. Pues, señor (que es lo que yo digo), ¿quién
ha de gobernar la casa? ¿Quién ha de mandar a los criados?
¿Quién ha de enseñar y corregir a los hijos? Porque
sucede también que estos atolondrados de chicos suelen
plagarse de criaturas en un instante, que da compasión.
D. DIEGO Cierto que es un dolor el ver rodeados de hijos a
muchos que carecen del talento, de la experiencia y de la
virtud que son necesarias para dirigir su educación.
DOÑA IRENE Lo que sé decirle a usted es que aún no había
cumplido los diecinueve cuando me casé de primeras nupcias
con mi difunto D. Epifanio, que esté en el cielo. Y era un
hombre que, mejorando lo presente, no es posible hallarle de
más respeto, más caballeroso... Y al mismo tiempo más
divertido y decidor. Pues, para servir a usted, ya tenía
los cincuenta y seis, muy largos de talle, cuando se casó
conmigo.
D. DIEGO Buena edad... No era un niño; pero...
DOÑA IRENE Pues a eso voy... Ni a mí podía convenirme en
aquel entonces un boquirrubio con los cascos a la jineta...
No señor... Y no es decir tampoco que estuviese achacoso ni
quebrantado de salud, nada de eso. Sanito estaba, gracias a
Dios, como una manzana; ni en su vida conoció otro mal,
sino una especie de alferecía que le amagaba de cuando en
cuando. Pero luego que nos casamos, dio en darle tan a
menudo y tan de recio, que a los siete meses me hallé viuda
y encinta de una criatura que nació después, y al cabo y
al fin se me murió de alfombrilla.
D. DIEGO ¡Oiga!... Mire usted si dejó sucesión el bueno
de Don Epifanio.
DOÑA IRENE Sí señor; ¿pues por qué no?
D. DIEGO Lo digo porque luego saltan con... Bien que si uno
hubiera de hacer caso... ¿Y fue niño, o niña?
DOÑA IRENE Un niño muy hermoso. Como una plata era el
angelito.
D. DIEGO Cierto que es consuelo tener, así, una criatura
y...
DOÑA IRENE ¡Ay, señor! Dan malos ratos, pero ¿qué
importa? Es mucho gusto, mucho.
D. DIEGO Yo lo creo.
DOÑA IRENE Sí señor.
D. DIEGO Ya se ve que será una delicia y...
DOÑA IRENE ¿Pues no ha de ser?
D. DIEGO ... un embeleso el verlos juguetear y reír, y
acariciarlos, y merecer sus fiestecillas inocentes.
DOÑA IRENE ¡Hijos de mi vida! Veintidós he tenido en los
tres matrimonios que llevo hasta ahora, de los cuales sólo
esta niña me ha venido a quedar; pero le aseguro a usted
que…
ESCENA
V SIMÓN, DOÑA IRENE, D. DIEGO
SIMÓN
(Sal por la puerta del foro.) Se flor, el mayoral está
esperando.
D. DIEGO Dile que voy allá... ¡Ah! Tráeme primero el
sombrero y el bastón, que quisiera dar una vuelta por el
campo. (Entra Simón al cuarto de D. Diego, saca un
sombrero y un bastón, se los da a su amo, y al fin de la
escena se va con él por la puerta del foro.) Con que ¿supongo
que mañana tempranito saldremos?
DOÑA IRENE No hay dificultad. A la hora que a usted le
parezca.
D. DIEGO A eso de las seis. ¿Eh?
DOÑA IRENE Muy bien.
D. DIEGO El sol nos da de espaldas... Le diré que venga una
media hora antes.
DOÑA IRENE Sí, que hay mil chismes que acomodar.
ESCENA
VI DOÑA IRENE, RITA
DOÑA
IRENE ¡Válgame Dios! Ahora que me acuerdo...¡Rita!... Me
le habrán dejado morir. ¡Rita!
RITA Señora. (Saca debajo del brazo almohadas y sábanas.)
DOÑA IRENE ¿Qué has hecho del tordo? ¿Le diste de
comer?
RITA Sí, señora. Más ha comido que un avestruz. Ahí le
puse en la ventana del pasillo,
DOÑA IRENE ¿Hiciste las camas?
RITA La de usted ya está. Voy a hacer esotras antes que
anochezca, porque si no, como no hay más alumbrado que el
del candil y no tiene garabato, me veo perdida.
DOÑA IRENE Y aquella chica, ¿qué hace?
RITA Está desmenuzando un bizcocho para dar de cenar a D.
Periquito.
DOÑA IRENE ¡Qué pereza tengo de escribir! (Se levanta
y se entra en su cuarto.) Pero es preciso, que estará
con mucho cuidado la pobre Circuncisión.
RITA ¡Qué chapucerías! No ha dos horas, como quien dice,
que salimos de allá, y ya empiezan a ir y venir correos. ¡Qué
poco me gustan a mí las mujeres gazmoñas y zalameras! (Éntrase
en el cuarto de Dª Francisca.)
ESCENA
VII
CALAMOCHA
(Sale por la puerta del foro con unas maletas, botas y látigos.
Lo deja todo sobre la mesa y se sienta.) Conque ha
de ser el número tres? Vaya en gracia... Ya, ya conozco el
tal número tres. Colección de bichos más abundante no la
tiene el Gabinete de Historia Natural... Miedo me da de
entrar... ¡Ay!, ¡ay!... ¡Y qué agujetas! Estas sí que
son agujetas... Paciencia, pobre Calamocha; paciencia... Y
gracias a que los caballitos dijeron: no podemos más; que
si no, por esta vez no veía yo el número tres, ni las
plagas de Faraón que tiene dentro... En fin, como los
animales amanezcan vivos, no será poco... Reventados están...
(Canta Rita desde adentro. Calamocha se levanta desperezándose.)
¡Oiga!... ¿Seguidillitas?... Y no canta mal... Vaya,
aventura tenemos... ¡Ay, qué desvencijado estoy!
ESCENA
VIII RITA, CALAMOCHA
RITA
Mejor es cerrar, no sea que nos alivien de ropa, y... (Forcejeando
para echar la llave.) Pues cierto que está bien
acondicionada la llave.
CALAMOCHA ¿Gusta usted de que eche una mano, mi vida?
RITA Gracias, mi alma.
CALAMOCHA ¡Calle!...¡Rita!
RITA Calamocha!
CALAMOCHA ¿Qué hallazgo es éste?
RITA ¿Y tu amo?
CALAMOCHA Los dos acabamos de llegar.
RITA ¿De veras?
CALAMOCHA No, que es chanza. Apenas recibió la carta de Doña
Paquita, yo no sé adónde fue, ni con quién habló, ni cómo
lo dispuso; sólo sé decirte que aquella tarde salimos de
Zaragoza. Hemos venido como dos centellas por ese camino.
Llegamos esta mañana a Guadalajara, y a las primeras
diligencias nos hallamos con que los pájaros volaron ya. A
caballo otra vez, y vuelta a correr y a sudar y a dar
chasquidos... En suma, molidos los rocines, y nosotros a
medio moler, hemos parado aquí con ánimo de salir mañana...
Mi teniente se ha ido al Colegio Mayor a ver a un amigo,
mientras se dispone algo que cenar... Esta es la historia.
RITA ¿Conque le tenemos aquí?
CALAMOCHA Y enamorado más que nunca, celoso, amenazando
vidas... Aventurado a quitar el hipo a cuantos le disputen
la posesión de su Currita idolatrada.
RITA ¿Qué dices?
CALAMOCHA Ni más ni menos.
RITA ¡Qué gusto que das!... Ahora sí se conoce que la
tiene amor.
CALAMOCHA ¿Amor?...¡Friolera!... El moro Gazul fue para
con él un pelele, Medoro un zascandil y Gaiferos un
chiquillo de la doctrina.
RITA ¡Ay!, ¡cuando la señorita lo sepa!
CALAMOCHA Pero acabemos. ¿Cómo te hallo aquí? ¿Con quién
estás? ¿Cuándo llegaste? Que...
RITA Yo te lo diré. La madre de Doña Paquita dio en
escribir cartas y más cartas, diciendo que tenía
concertado su casamiento en Madrid con un caballero rico,
honrado, bien quisto, en suma cabal y perfecto, que no había
más que apetecer. Acosada la señorita con tales
propuestas, y angustiada incesantemente con los sermones de
aquella bendita monja, se vio en la necesidad de responder
que estaba pronta a todo lo que la mandasen... Pero no te
puedo ponderar cuánto lloró la pobrecita, qué afligida
estuvo. Ni quería comer, ni podía dormir... Y al mismo
tiempo era preciso disimular, para que su tía no sospechara
la verdad del caso. Ello es que cuando, pasado el primer
susto, hubo lugar de discurrir escapatorias y arbitrios, no
hallamos otro que el de avisar a tu amo, esperando que si
era su cariño tan verdadero y de buena ley como nos había
ponderado, no consentiría que su pobre Paquita pasara a
manos de un desconocido, y se perdiesen para siempre tantas
caricias, tantas lágrimas y tantos suspiros estrellados en
las tapias del corral. A pocos días de haberle escrito,
cata el coche de colleras y el mayoral Gasparet con sus
medias azules, y la madre y el novio que vienen por ella;
recogimos a toda prisa nuestros meriñaques, se atan los
cofres, nos despedimos de aquellas buenas mujeres, y en dos
latigazos llegamos antes de ayer a Alcalá. La detención ha
sido para que la señorita visite a otra tía monja que
tiene aquí, tan arrugada y tan sorda como la que dejamos
allá. Ya la ha visto, ya la han besado bastante una por una
todas las religiosas, , y creo que mañana temprano
saldremos. Por esta casualidad nos...
CALAMOCHA Sí. No digas más... Pero... ¿Conque el novio
está en la posada?
RITA Ése es su cuarto (señalando el cuarto de, D.
Diego, el de Dª Irene y el de Dª Francisca.) éste el
de la madre y aquél el nuestro.
CALAMOCHA ¿Cómo nuestro? ¿Tuyo y Mío?
RITA No, por cierto. Aquí dormiremos esta noche la señorita
y yo; porque ayer, metidas las tres en ese de enfrente, ni
cabíamos de pie, ni pudimos dormir un instante, ni respirar
siquiera.
CALAMOCHA Bien. Adiós. (Recoge los trastos que puso
sobre la mesa en ademán de irse.)
RITA Y ¿adónde?
CALAMOCHA Yo me entiendo... Pero, el novio, ¿trae consigo
criados, amigos o deudos que le quiten la primera zambullida
que le amenaza?
RITA Un criado viene con él.
CALAMOCHA ¡Poca cosa!... Mira, dile en caridad que se
disponga, porque está de peligro. Adiós.
RITA ¿Y volverás presto?
CALAMOCHA Se supone. Estas cosas piden diligencia, y aunque
apenas puedo moverme, es necesario que mi teniente deje la
visita y venga a cuidar de su hacienda, disponer el entierro
de ese hombre, y... ¿Conque ése es nuestro cuarto, eh?
RITA Sí. De la señorita y mío.
CALAMOCHA ¡Bribona!
RITA Botarate. Adiós.
CALAMOCHA Adiós, aborrecida. (Éntrase con los trastos
en el cuarto de D. Carlos)
ESCENA
IX DOÑA FRANCISCA, RITA
RITA
¡Qué malo es!... Pero... ¡Válgame Dios! ¡D. Félix aquí!...
Sí, la quiere, bien se conoce... (Sale Calamocha del
cuarto de D. Carlos, y se va por la puerta del foro.) ¡Oh!
por más que digan, los hay muy finos; y entonces, ¿qué ha
de hacer una?... Quererlos; no tiene remedio, quererlos...
Pero ¿qué dirá la señorita cuando le vea, que está
ciega por él? ¡Pobrecita! ¿Pues no sería una lástima
que...? Ella es. (Sale Dª Francisca)
DOÑA FRANCISCA ¡Ay, Rita!
RITA ¿Qué es eso? ¿Ha llorado usted?
DOÑA FRANCISCA ¿Pues no he de llorar? Si vieras mi
madre... Empeñada está en que he de querer mucho a ese
hombre... Si ella supiera lo que sabes tú, no me mandaría
cosas imposibles... Y que es tan bueno, y que es rico, y que
me irá tan bien con él... Se ha enfadado tanto, y me ha
llamado picarona, inobediente... ¡Pobre de mí! Porque no
miento ni sé fingir, por eso me llaman picarona.
RITA Señorita, por Dios, no se aflija usted.
DOÑA FRANCISCA Ya, como tú no lo has oído... Y dice que
D. Diego se queja de que yo no le digo nada... Harto le
digo, y bien he procurado hasta ahora mostrarme contenta
delante de él, que no lo estoy por cierto, y reírme y
hablar niñerías... Y todo por dar gusto a mi madre, que si
no... Pero bien sabe la Virgen que no me sale del corazón. (Se
va obscureciendo lentamente el teatro)
RITA Vaya, vamos, que no hay motivo todavía para tanta
angustia... ¿Quién sabe?... ¿No se acuerda usted ya de
aquel día de asueto que tuvimos el año pasado en la casa
de campo del intendente?
DOÑA FRANCISCA ¡Ay! ¿Cómo puedo olvidarlo?... Pero ¿qué
me vas a contar?
RITA Quiero decir que aquel caballero que vimos allí con
aquella cruz verde, tan galán, tan fino...
DOÑA FRANCISCA ¡Qué rodeos!... Don Félix. ¿Y qué?
RITA Que nos fue acompañando hasta la ciudad...
DOÑA FRANCISCA Y bien... Y luego volvió, y le vi, por mi
desgracia, muchas veces... Mal aconsejada de ti.
RITA ¿Por qué, señora?... ¿A quién dimos escándalo?
Hasta ahora nadie lo ha sospechado en el convento. Él no
entró jamás por las puertas, y cuando de noche hablaba con
usted, mediaba entre los dos una distancia tan grande, que
usted la maldijo no pocas veces... Pero esto no es el caso.
Lo que voy a decir es que un amante como aquél no es
posible que se olvide tan presto de su querida Paquita...
Mire usted que todo cuanto hemos leído a hurtadillas en las
novelas, no equivale a lo que hemos visto en él... ¿ Se
acuerda usted de aquellas tres palmadas que se oían entre
once y doce de la noche, de aquella sonora punteada con
tanta delicadeza y expresión?
DOÑA FRANCISCA ¡Ay, Rita! Sí, de todo me acuerdo, y
mientras viva conservaré la memoria... Pero está
ausente... y entretenido acaso con nuevos amores.
RITA Eso no lo puedo yo creer.
DOÑA FRANCISCA Es hombre, al fin, y todos ellos...
RITA ¡Qué bobería! Desengáñese usted, señorita. Con
los hombres y las mujeres sucede lo mismo que con los
melones de Añover. Hay de todo; la dificultad está en
saber escogerlos. El que se lleve chasco en la elección, quéjese
de su mala suerte, pero no desacredite la mercancía... Hay
hombres muy embusteros, muy picarones; pero no es creíble
que lo sea el que ha dado pruebas tan repetidas de
perseverancia y amor. Tres meses duró el terrero y la
conversación a obscuras, y en todo aquel tiempo, bien sabe
usted que no vimos en él una acción descompuesta, ni oímos
de su boca una palabra indecente ni atrevida.
DOÑA FRANCISCA Es verdad. Por eso le quise tanto, por eso
le tengo tan fijo aquí..., aquí... (Señalando el
pecho.) ¿Qué habrá dicho al ver la carta?...¡Oh! Yo
bien sé lo que habrá dicho... : ¡Válgate Dios! ¡Es lástima!
Cierto. ¡Pobre Paquita!... Y se acabó... No habrá dicho más...
Nada más.
RITA No, señora; no ha dicho eso.
DOÑA FRANCISCA ¿Qué sabes tú?
RITA Bien lo sé. Apenas haya leído la carta se habrá
puesto en camino, y vendrá volando a consolar a su amiga...
Pero... (Acercándose a la puerta del cuarto de D.
Irene.)
DOÑA FRANCISCA ¿Adónde vas?
RITA Quiero ver si...
DOÑA FRANCISCA Está escribiendo.
RITA Pues ya presto habrá de dejarlo, que empieza a
anochecer... Señorita, lo que la he dicho a usted es la
verdad pura. Don Félix está ya en Alcalá.
DOÑA FRANCISCA ¿Qué dices? No me engañes.
RITA Aquél es su cuarto... Calamocha acaba de hablar
conmigo.
DOÑA FRANCISCA ¿De veras?
RITA Sí, señora... Y le ha ido a buscar para...
DOÑA FRANCISCA ¿Conque me quiere?...¡Ay, Rita! Mira tú
si hicimos bien de avisarle... Pero ¿ves qué fineza?... ¿
Si vendrá bueno? ¡Correr tantas leguas sólo por verme....
porque yo se lo mando!... ¡Qué agradecida le debo
estar!...¡Oh!, yo le prometo que no se quejará de mí.
Para siempre agradecimiento y amor.
RITA Voy a traer luces. Procuraré detenerme por allá abajo
hasta que vuelvan... Veré lo que dice y qué piensa hacer,
porque hallándonos todos aquí, pudiera haber una de Satanás
ene la madre, la hija, el novio y el amante; y si no
ensayamos bien esta contradanza, nos hemos de perder en
ella.
DOÑA FRANCISCA Dices bien... Pero no; tiene resolución y
talento, y sabrá determinar lo más conveniente... Y ¿cómo
has de avisarme?... Mira que así que llegue le quiero ver.
RITA No hay que dar. cuidado. Yo le traeré por acá, y en dándome
aquella tosecilla seca... ¿Me entiende usted?
DOÑA FRANCISCA Sí, bien.
RITA Pues entonces no hay más que salir con cualquiera
excusa. Yo me quedaré con la señora mayor; la hablaré de
todos sus maridos y de sus concuñados, y de] obispo que
murió en el mar... Además, que si está allí D. Diego...
DOÑA FRANCISCA Bien, anda; y así que llegue...
RITA Al instante.
DOÑA FRANCISCA Que no se te olvide toser.
RITA No haya miedo.
DOÑA FRANCISCA ¡Si vieras qué consolada estoy!
RITA Sin que usted lo jure lo creo.
DOÑA FRANCISCA ¿Te acuerdas, cuando me decía que era
imposible apartarme de su memoria, que no habría peligros
que le detuvieran, ni dificultades que no atropellara por mí?
RITA Sí, bien me acuerdo.
DOÑA FRANCISCA Ah!... Pues mira cómo me dijo la verdad. (Doña
Francisca se va al cuarto de doña Irene; Rita, por la
puerta del foro)
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"El Sí de las Niñas"
