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XXXIX

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     Juanita, después de haber declarado su amor a don Paco y después de tener por seguro que no procesarían a Antoñuelo, se puso tan contenta y se aquietó de tal suerte, que desistió de todo propósito de venganza contra doña Inés, a pesar de lo mucho que doña Inés la había molido. Se arrepintió también de su prolongado disimulo y se propuso, sin retardarlo ya más que hasta el día siguiente miércoles, entre diez y once de la noche, hacer público su noviazgo y su futuro casamiento con don Paco.

 

     Hasta entonces tenía ella una vaga esperanza de poder preparar el ánimo de doña Inés, a fin de evitar su enojo; pero si esto no se lograba, Juanita estaba decidida, contando con la decisión de don Paco, a arrostrar el enojo de doña Inés y el de todo el mundo y a hacer su gusto casándose, aunque ella, su futuro y su madre tuvieran que abandonar por insufrible el pueblo de Villalegre perdiendo la posición de que en él gozaban.

 

     A Juana la había visto un breve instante, pero confiaba tan poco en su circunspección y en la serenidad de su juicio, que no se atrevió a decirle nada ni a informarla de sus proyectos, de repente y sin preámbulo alguno. Aguardó, pues, hasta el día siguiente, cuando su madre volviese ya de casa de don Andrés después de concluido su trabajo, a la hora en que había citado a don Paco, para que él también hablase a su madre y los tres se pusiesen de acuerdo.

 

     Entre tanto Juanita creyó prudente y decoroso no ver a don Paco, y violentándose le impuso la condición de que no la buscase ni tratase de verla. Juanita tenía tantos negocios que arreglar y tantas cosas en qué pensar y qué hacer, que no quería que por lo pronto la distrajesen de ello sus amores.

 

     Era Juanita devotísima de la Virgen de la Soledad y subió a la iglesia que está cerca del castillo y donde se venera su imagen, a darle gracias por los beneficios ya recibidos y a rogarle fervorosamente para que la fortaleciese en sus propósitos, que ella creía santos y buenos.

 

     Casi toda la gente estaba en la parte baja y llana de la villa. La parte alta, donde están el castillo y la antigua iglesia, se hallaba aquel día muy solitaria.

 

     Juanita oró largo rato en el templo, casi desierto. Al salir de él tuvo la desagradable sorpresa de encontrarse con don Andrés, que la había espiado, que la había visto subir, que la había seguido y que la aguardaba a la puerta.

 

Grandes fueron la desazón y el sobresalto de la muchacha. Aunque ella creía haber disipado todos los recelos de don Paco y haberle inspirado confianza bastante para que no la vigilara, todavía temió que don Paco o la viese en compañía de don Andrés o supiese por alguien que iba en su compañía, y aunque contra ella no formase queja, acabase por ofenderse de

la obstinación con que don Andrés la perseguía y rompiese con él de una manera estruendosa. Su desazón y sus temores se acrecentaron al ver que don Andrés se acercó a ella; la acompañó mientras bajaba la cuesta, la requebró con más fervor que respeto, le recordó los besos de la antesala y le hizo las más atrevidas proposiciones. Como don Andrés ignoraba el concierto de Juanita con el tendero murciano, venció su repugnancia a dejar impunes ciertos delitos, y entre otras ofertas hizo a Juanita la de dar él los ocho mil reales para que no fuese acusado Antoñuelo.

 

-Ya no necesito el dinero, señor don Andrés -dijo Juanita-. Don Ramón ha recuperado lo que se le debía y ha prometido callarse. Ahora yo suplico a V. E. que me deje y no me persiga, y que no me ofenda proponiéndome lo que no puede ser. Y si V. E. no se retrae de seguirme por mi respeto, porque yo se lo suplico con humildad, retráigase por el temor de ofender a personas que le son queridas.

 

     -Yo no temo que esas personas se ofendan.

 

     -Pues yo sí lo temo. Temo que se ofenda mi señora doña Inés, a quien bien quiero y a quien debo mil favores. Y temo más aún que se ofenda don Paco, quien... fuera disimulo, ya es tiempo de que lo sepa V. E. si no lo sabe... es mi novio.

 

     -¿Y cómo -dijo don Andrés- recelas tú que don Paco se escape otra vez y se vaya a vagar por esos andurriales?

 

     -Mucho me pesaría -replicó Juanita- de que hiciese tal cosa; pero en esta nueva ocasión no sería eso lo que él haría, sino algo que yo lamentaría mil veces más. Yo quiero que él y que V.E., a quien debe él tantos favores, sigan siendo buenos amigos. Para ello es indispensable que se reporte V. E. y no me falte.

 

     -Al contrario -dijo don Andrés sonriendo con sonrisa algo forzada-. Quien me falta eres tú. Dame una cita para verte en tu casa a solas y ya verás cómo no te falto. Todo será con recato y sigilo. Nada sabrán ni don Paco ni doña Inés y no tendrán de qué quejarse ni de ti ni de mí.

 

     Llegaban en esto a la plaza, después de haber bajado la cuesta. Juanita, sin hacer atención a las últimas palabras de don Andrés y temerosa de que la vieran con él porque allí había mucha gente, exclamó con cierta angustia:

 

     -Por amor de Dios, señor don Andrés: déjeme V. E. en paz, y no se comprometa ni me comprometa.

 

     Don Andrés conoció sin duda que tenía razón la muchacha; cedió a su súplica y se apartó de ella. Juanita volvió sola a su casa, afligidísima, descorazonada y humillada al ver cuán poco respeto infundía.

 

     Era mayor su humillación al considerar que en aquellos días últimos hasta el idiota de don Álvaro, a pesar de los sofiones de que había sido objeto, había vuelto a las andadas, mostrándose con ella insolente y atrevido.

 

     Luego que entró Juanita en su cuarto, cerró los puños con cólera, se echó boca abajo en la cama y sollozó con amargura.

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Juanita La Larga | Pepita Jiménez | El Hechicero | Las Gafas | Quien no te conozca, que te compre | El caballero del Azor | El último pecado | El maestro Raimundico | El cautivo de doña Mencía


 


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