Juan Valera
Pepita Jiménez
Nescit labi virtus.
El señor Deán de la catedral
de..., muerto pocos años ha, dejó entre sus papeles un legajo, que,
rodando de unas manos en otras, ha venido a dar en las mías, sin que, por
extraña fortuna, se haya perdido uno solo de los documentos de que
constaba. El rótulo del legajo es la sentencia latina que me sirve de
epígrafe, sin el nombre de mujer que yo le doy por título ahora; y tal vez
este rótulo haya contribuido a que los papeles se conserven, pues
creyéndolos cosa de sermón o de teología, nadie se movió antes que yo a
desatar el balduque ni a leer una sola página.
Contiene el legajo tres partes.
La primera dice: Cartas de mi Sobrino; la segunda,
Paralipómenos; y la tercera, Epílogo.-Cartas de mi
hermano.
Todo ello está escrito de una
misma letra, que se puede inferir fuese la del señor Deán. Y como el
conjunto forma algo a modo de novela, si bien con poco o ningún enredo, yo
imaginé en un principio que tal vez el señor Deán quiso ejercitar su
ingenio componiéndola en algunos ratos de ocio; pero, mirado el asunto con
más detención y, notando la natural sencillez del estilo, me inclino a
creer ahora que no hay tal novela, sino que las cartas son copia de
verdaderas cartas, que el señor Deán rasgó, quemó o devolvió a sus dueños,
y que la parte narrativa, designada con el título bíblico de
Paralipómenos, es la sola obra del señor Deán, a fin de completar el
cuadro con sucesos que las cartas no refieren.
De cualquier modo que sea,
confieso que no me ha cansado, antes bien me ha interesado casi la lectura
de estos papeles; y como en el día se publica todo, he decidido
publicarlos también, sin más averiguaciones, mudando sólo los nombres
propios, para que, si viven los que con ellos se designan, no se vean en
novela sin quererlo ni permitirlo.
Las cartas que la primera parte
contiene parecen escritas por un joven de pocos años, con algún
conocimiento teórico, pero con ninguna práctica de las cosas del mundo,
educado al lado del señor Deán, su tío, y en el Seminario, y con gran
fervor religioso y empeño decidido de ser sacerdote.
A este joven llamaremos don Luis
de Vargas.
El mencionado manuscrito,
fielmente trasladado a la estampa, es como sigue.
I
Cartas de mi sobrino
22 de marzo
Querido tío y venerado maestro:
Hace cuatro días que llegué con toda felicidad a este lugar de mi
nacimiento, donde he hallado bien de salud a mi padre, al señor vicario y
a los amigos y parientes. El contento de verlos y de hablar con ellos,
después de tantos años de ausencia, me ha embargado el ánimo y me ha
robado el tiempo, de suerte que hasta ahora no he podido escribir a usted.
Usted me lo perdonará.
Como salí de aquí tan niño y he
vuelto hecho un hombre, es singular la impresión que me causan todos estos
objetos que guardaba en la memoria. Todo me parece más chico, mucho más
chico; pero también más bonito que el recuerdo que tenía. La casa de mi
padre, que en mi imaginación era inmensa, es sin duda una gran casa de un
rico labrador; pero más pequeña que el Seminario. Lo que ahora comprendo y
estimo mejor es el campo de por aquí. Las huertas, sobre todo, son
deliciosas. ¡Qué sendas tan lindas hay entre ellas! A un lado, y tal vez a
ambos, corre el agua cristalina con grato murmullo. Las orillas de las
acequias están cubiertas de hierbas olorosas y de flores de mil clases. En
un instante puede uno coger un gran ramo de violetas. Dan sombra a estas
sendas pomposos y gigantescos nogales, higueras y otros árboles, y forman
los vallados la zarzamora, el rosal, el granado y la madreselva.
Es portentosa la multitud de
pajarillos que alegran estos campos y alamedas.
Yo estoy encantado con las
huertas, y todas las tardes me paseo por ellas un par de horas.
Mi padre quiere llevarme a ver
sus olivares, sus viñas, sus cortijos; pero nada de esto hemos visto aún.
No he salido del lugar y de las amenas huertas que le circundan.
Es verdad que no me dejan parar
con tanta visita.
Hasta cinco mujeres han venido a
verme, que todas han sido mis amas y me han abrazado y besado.
Todos me llaman Luisito o el niño
de don Pedro, aunque tengo ya veintidós años cumplidos. Todos preguntan a
mi padre por el niño cuando no estoy presente.
Se me figura que son inútiles los
libros que he traído para leer, pues ni un instante me dejan solo.
La dignidad de cacique, que yo
creía cosa de broma, es cosa harto seria. Mi padre es el cacique del
lugar.
Apenas hay aquí, quien acierte a
comprender lo que llaman mi manía de hacerme clérigo, y esta buena gente
me dice, con un candor selvático, que debo ahorcar los hábitos, que el ser
clérigo está bien para los pobretones; pero que yo, soy un rico heredero,
debo casarme y consolar la vejez de mi padre, dándole media docena de
hermosos y robustos nietos.
Para adularme y adular a mi
padre, dicen hombres y mujeres que soy un real mozo, muy salado, que tengo
mucho ángel, que mis ojos son muy pícaros y otras sandeces que me afligen,
disgustan y avergüenzan, a pesar de que no soy tímido y conozco las
miserias y locuras de esta vida, para no escandalizarme ni asustarme de
nada.
El único defecto que hallan en mí
es el de que estoy muy delgadito a fuerza de estudiar. Para que engorde se
proponen no dejarme estudiar ni leer un papel mientras aquí permanezca, y
además hacerme comer cuantos primores de cocina y de repostería se
confeccionan en el lugar. Está visto: quieren cebarme. No hay familia
conocida que no me haya enviado algún obsequio. Ya me envían una torta de
bizcocho, ya un cuajado, ya una pirámide de piñonate, ya un tarro de
almíbar.
Los obsequios que me hacen no son
sólo estos presentes enviados a casa, sino que también me han convidado a
comer tres o cuatro personas de las más importantes del lugar.
Mañana como en casa de la famosa
Pepita Jiménez, de quien, usted habrá oído hablar, sin duda alguna. Nadie
ignora aquí que mi padre la pretende.
Mi padre, a pesar de sus
cincuenta y cinco años, está tan bien, que puede poner envidia a los más
gallardos mozos del lugar. Tiene además el atractivo poderoso,
irresistible para algunas mujeres, de sus pasadas conquistas, de su
celebridad, de haber sido una especie de don Juan Tenorio.
No conozco aún a Pepita Jiménez.
Todos dicen que es muy linda. Yo sospecho que será una beldad lugareña y
algo rústica. Por lo que de ella se cuenta, no acierto a decidir si es
buena o mala moralmente; pero sí que es de gran despejo natural. Pepita
tendrá veinte años; es viuda; sólo tres años estuvo casada. Era hija de
doña Francisca Gálvez, viuda como usted sabe, de un capitán retirado
Que le dejó a su muerte
Sólo su honrosa espada por herencia,
según dice el poeta. Hasta la edad de
diez y seis años vivió Pepita con su madre en la mayor estrechez, casi en
la miseria.
Tenía un tío llamado don
Gumersindo, poseedor de un mezquinísimo mayorazgo, de aquellos que en
tiempos antiguos una vanidad absurda fundaba. Cualquier persona regular
hubiera vivido con las rentas de este mayorazgo en continuos apuros, llena
tal vez de trampas y sin acertar a darse el lustre y decoro propios de su
clase; pero don Gumersindo era un ser extraordinario: el genio de la
economía. No se podía decir que crease riqueza; pero tenía una
extraordinaria facultad de absorción con respecto a la de los otros, y en
punto a consumirla, será difícil hallar sobre la tierra persona alguna en
cuyo mantenimiento, conservación y bienestar hayan tenido menos que
afanarse la madre naturaleza y la industria humana. No se sabe cómo vivió;
pero el caso es que vivió hasta la edad de ochenta años, ahorrando sus
rentas íntegras y haciendo crecer su capital por medio de préstamos muy
sobre seguro. Nadie por aquí le critica de usurero, antes bien le
califican de caritativo, porque siendo moderado en todo, hasta en la usura
lo era, y no solía llevar más de un diez por ciento al año, mientras que
en toda esta comarca llevan un veinte y hasta un treinta por ciento y aún
parece poco.
Con este arreglo, con esta
industria y con el ánimo consagrado siempre a aumentar y a no disminuir
sus bienes, sin permitirse el lujo de casarse, ni de tener hijos, ni de
fumar siquiera, llegó don Gumersindo a la edad que he dicho, siendo
poseedor de un capital importante sin duda en cualquier punto y aquí
considerado enorme, merced a la pobreza de estos lugareños y a la natural
exageración andaluza.
Don Gumersindo, muy aseado y
cuidadoso de su persona, era un viejo que no inspiraba repugnancia.
Las prendas de su sencillo
vestuario estaban algo raídas, pero sin una mancha y saltando de limpias,
aunque de tiempo inmemorial se le conocía la misma capa, el mismo
chaquetón y los mismos pantalones y chaleco. A veces se interrogaban en
balde las gentes unas a otras a ver si alguien le había visto estrenar una
prenda.
Con todos estos defectos, que
aquí y en Aras partes muchos consideran virtudes, aunque virtudes
exageradas, don Gumersindo tenía excelentes cualidades: era afable,
servicial, compasivo, y se desvivía por complacer y ser útil a todo el
mundo, aunque le costase trabajo, desvelos y fatiga, con tal de que no le
costase un real. Alegre y amigo de chanzas y de burlas, se hallaba en
todas las reuniones y fiestas, cuando no eran a escote, y las regocijaba
con la amenidad de su trato y con su discreta aunque poco ática
conversación. Nunca había tenido inclinación alguna amorosa a una mujer
determinada; pero inocentemente, sin malicia, gustaba de todas, y era el
viejo más amigo de requebrar a las muchachas y que más las hiciese reír
que había en diez leguas a la redonda.
Ya he dicho que era tío de la
Pepita. Cuando frisaba en los ochenta años, iba ella a cumplir los diez y
seis. Él era poderoso; ella pobre y desvalida.
La madre de ella era una mujer
vulgar, de cortas luces y de instintos groseros. Adoraba a su hija, pero
continuamente y con honda amargura se lamentaba de los sacrificios que por
ella hacía, de las privaciones que sufría y de la desconsolada vejez y
triste muerte que iba a tener en medio de tanta pobreza. Tenía, además, un
hijo mayor que Pepita, que había sido gran calavera en el lugar, jugador y
pendenciero, a quien después de muchos disgustos había logrado colocar en
la Habana en un empleíllo de mala muerte, viéndose así libre de él y con
el charco de por medio. Sin embargo, a los pocos años de estar en la
Habana el muchacho, su mala conducta hizo que le dejaran cesante, y
asaetaba a cartas a su madre pidiéndole dinero. La madre, que apenas tenía
para sí y para Pepita, se desesperaba, rabiaba, maldecía de sí y de su
destino con paciencia poco evangélica, y cifraba toda su esperanza en una
buena colocación para su hija que la sacase de apuros.
En tan angustiosa situación
empezó don Gumersindo a frecuentar la casa de Pepita y de su madre y a
requebrar a Pepita con más ahínco y persistencia que solía requebrar a
otras. Era, con todo, tan inverosímil y tan desatinado el suponer que un
hombre que había pasado ochenta años sin querer casarse pensase en tal
locura cuando ya tenía un pie en el sepulcro, que ni la madre de Pepita,
ni Pepita mucho menos, sospecharon jamás los en verdad atrevidos
pensamientos de don Gumersindo. Así es que un día ambas se quedaron
atónitas y pasmadas cuando, después de varios requiebros, entre burlas y
veras, don Gumersindo soltó con la mayor formalidad y a boca de jarro la
siguiente categórica pregunta:
-Muchacha, ¿quieres casarte
conmigo?
Pepita, aunque la pregunta venía
después de mucha broma y pudiera tomarse por broma y, aunque inexperta de
las cosas del mundo, por cierto instinto adivinatorio que hay en las
mujeres, y sobre todo en las mozas, por cándidas que sean, conoció que
aquello iba por lo serio, se puso colorada como una guinda y no contestó
nada. La madre contestó por ella:
-Niña, no seas malcriada;
contesta a tu tío lo que debes contestar: tío, con mucho gusto; cuando
usted quiera.
Este tío, con mucho gusto;
cuando usted quiera, entonces, y varias veces después dicen que salió
casi mecánicamente de entre los trémulos labios de Pepita, cediendo a las
amonestaciones, a los discursos, a las quejas y hasta al mandato imperioso
de su madre.
Veo que me extiendo demasiado en
hablar a usted de esta Pepita Jiménez y de su historia; pero me interesa,
y supongo que debe interesarle, pues si es cierto lo que aquí aseguran, va
a ser cuñada de usted y madrastra mía. Procuraré, sin embargo, no
detenerme en pormenores, y referir, en resumen, cosas que acaso usted ya
sepa, aunque hace tiempo que falta de aquí.
Pepita Jiménez se casó con don
Gumersindo. La envidia se desencadenó contra ella en los días que
precedieron a la boda y algunos meses después.
En efecto, el valor moral de este
matrimonio es harto discutible; mas para la muchacha, si se atiende a los
ruegos de su madre, a sus quejas, hasta a su mandato; si se atiende a que
ella creía por este medio proporcionar a su madre una vejez descansada y
libertar a su hermano de la deshonra y de la infamia, siendo su ángel
tutelar y su providencia, fuerza es confesar que merece atenuación la
censura. Por otra parte, ¿cómo penetrar en lo íntimo del corazón, en el
secreto escondido de la mente juvenil de una doncella, criada tal vez con
recogimiento exquisito e ignorante de todo, y saber qué idea podía ella
formarse del matrimonio? Tal vez entendió que casarse con aquel viejo era
consagrar su vida a cuidarle, a ser su enfermera, a dulcificar los últimos
años de su vida, a no dejarle en soledad y abandono, cercado sólo de
achaques y asistido por manos mercenarias, y a iluminar y dorar, por
último, sus postrimerías con el rayo esplendente y suave de su hermosura y
de su juventud, como ángel que toma forma humana. Si algo de esto o todo
esto pensó la muchacha, y en su inocencia no penetró en otros misterios,
salva queda la bondad de lo que hizo.
Como quiera que sea, dejando a un
lado estas investigaciones psicológicas que no tengo derecho a hacer, pues
no conozco a Pepita Jiménez, es lo cierto que ella vivió en santa paz con
el viejo durante tres años; que el viejo parecía más feliz que nunca; que
ella le cuidaba y regalaba con un esmero admirable, y que en su última y
penosa enfermedad le atendió y veló con infatigable y tierno afecto, hasta
que el viejo murió en sus brazos, dejándola heredera de una gran fortuna.
Aunque hace más de dos años que
perdió a su madre, y más de año y medio que enviudó, Pepita lleva aún luto
de viuda. Su compostura, su vivir retirado y su melancolía son tales, que
cualquiera pensaría que llora la muerte del marido como si hubiera sido un
hermoso mancebo. Tal vez alguien presume o sospecha que la soberbia de
Pepita y el conocimiento cierto que tiene hoy de los poco poéticos medios
con que se ha hecho rica, traen su conciencia alterada y más que
escrupulosa; y que, avergonzada a sus propios ojos y a los de los hombres,
busca en la austeridad y en el retiro el consuelo y reparo a la herida de
su corazón.
Aquí, como en todas partes, la
gente es muy aficionada al dinero. Y digo mal como en todas partes;
en las ciudades populosas, en los grandes centros de civilización, hay
otras distinciones que se ambicionan tanto o más que el dinero, porque
abren camino y dan crédito y consideración en el mundo; pero en los
pueblos pequeños, donde ni la gloria literaria o científica ni tal vez la
distinción en los modales, ni la elegancia ni la discreción y amenidad en
el trato, suelen estimarse ni comprenderse, no hay otros grados que
marquen la jerarquía social sino el tener más o menos dinero o cosa que lo
valga. Pepita, pues, con dinero y siendo además hermosa, y haciendo, como
dicen todos, buen uso de su riqueza, se ve en el día considerada y
respetada extraordinariamente. De este pueblo y de todos los de las
cercanías han acudido a pretenderla los más brillantes partidos, los mozos
mejor acomodados. Pero, a lo que parece, ella los desdeña a todos con
extremada dulzura, procurando no hacerse ningún enemigo, y se supone que
tiene llena el alma de la más ardiente devoción, y que su constante
pensamiento es consagrar su vida a ejercicios de caridad y de piedad
religiosa.
Mi padre no está más adelantado
ni ha salido mejor librado, según dicen, que los demás pretendientes; pero
Pepita, para cumplir el refrán de que no quita lo cortés a lo valiente, se
esmera en mostrarle la amistad más franca, afectuosa y desinteresada. Se
deshace con él en obsequios y atenciones; y, siempre que mi padre trata de
hablarle de amor, le pone a raya echándole un sermón dulcísimo, trayéndole
a la memoria sus pasadas culpas, y tratando de desengañarle del mundo y de
sus pompas vanas.
Confieso a usted que empiezo a
tener curiosidad de conocer a esta mujer; tanto oigo hablar de ella. No
creo que mi curiosidad carezca de fundamento, tenga nada de vano ni de
pecaminoso; yo mismo siento lo que dice Pepita; yo mismo deseo que mi
padre, en su edad provecta, venga a mejor vida, olvide y no renueve las
agitaciones y pasiones de su mocedad, y llegue a una vejez tranquila,
dichosa y honrada. Sólo difiero del sentir de Pepita en una cosa: en creer
que mi padre, mejor que quedándose soltero, conseguiría esto casándose con
una mujer digna, buena y que le quisiese. Por esto mismo deseo conocer a
Pepita y ver si ella puede ser esta mujer, pesándome ya algo -y tal vez
entre en esto cierto orgullo de familia- que si es malo quisiera desechar,
los desdenes, aunque melifuos, de la mencionada joven viuda.
Si tuviera yo otra condición,
preferiría que mi padre se quedase soltero. Hijo único entonces, heredaría
todas sus riquezas, y, como si dijéramos, nada menos que el cacicato de
este lugar; pero usted sabe bien lo firme de mi resolución.
Aunque indigno y humilde, me
siento llamado al sacerdocio, y los bienes de la tierra hacen poca mella
en mi ánimo. Si hay algo en mí del ardor de la juventud y de la vehemencia
de las pasiones propias de dicha edad, todo habrá de emplearse en dar
pábulo a una caridad activa y fecunda. Hasta los muchos libros que usted
me ha dado a leer, y mi conocimiento de la historia de las antiguas
civilizaciones de los pueblos del Asia, unen en mí la curiosidad
científica al deseo de propagar la fe, y me convidan y excitan a irme de
misionero al remoto Oriente. Yo creo que, no bien salga de este lugar,
donde usted mismo me envía a pasar algún tiempo con mi padre, y no bien me
vea elevado a la dignidad del sacerdocio, y aunque ignorante y pecador
como soy, me sienta revestido por don sobrenatural y gratuito, merced a la
soberana bondad del Altísimo, de la facultad de perdonar los pecados y de
la misión de enseñar a las gentes, y reciba el perpetuo y milagroso favor
de traer a mis manos impuras al mismo Dios humanado, dejaré a España y me
iré a tierras distantes a predicar el Evangelio.
No me mueve vanidad alguna; no
quiero creerme superior a ningún otro hombre. El poder de mi fe, la
constancia de que me siento capaz, todo, después del favor y de la gracia
de Dios, se lo debo a la atinada educación, a la santa enseñanza y al buen
ejemplo de usted, mi querido tío.
Casi no me atrevo a confesarme a
mí mismo una cosa; pero contra mi voluntad, esta cosa, este pensamiento,
esta cavilación acude a mi mente con frecuencia, y ya que acude a mi
mente, quiero, debo confesársela a usted; no me es lícito ocultarle ni mis
más recónditos e involuntarios pensamientos. Usted me ha enseñado a
analizar lo que el alma siente, a buscar su origen bueno o malo, a
escudriñar los más hondos senos del corazón, a hacer, en suma, un
escrupuloso examen de conciencia.
He pensado muchas veces sobre dos
métodos opuestos de educación: el de aquéllos que procuran conservar la
inocencia, confundiendo la inocencia con la ignorancia y creyendo que el
mal no conocido se evita mejor que el conocido, y el de aquéllos que,
valerosamente y no bien llegado el discípulo a la edad de la razón, y
salva la delicadeza del pudor, le muestran el mal en toda su fealdad
horrible y en toda su espantosa desnudez, a fin de que le aborrezca y le
evite. Yo entiendo que el mal debe conocerse para estimar mejor la
infinita bondad divina, término ideal e inasequible de todo bien nacido
deseo. Yo agradezco a usted que me haya hecho conocer, como dice la
Escritura, con la miel y la manteca de su enseñanza, todo lo malo y todo
lo bueno, a fin de reprobar lo uno y aspirar a lo otro, con discreto
ahínco y con pleno conocimiento de causa. Me alegro de no ser cándido y de
ir derecho a la virtud, y en cuanto cabe en lo humano, a la perfección,
sabedor de todas las tribulaciones, de todas las asperezas que hay en la
peregrinación que debemos hacer por este valle de lágrimas y no ignorando
tampoco lo llano, lo fácil, lo dulce, lo sembrado de flores que está, en
apariencia, el camino que conduce a la perdición y a la muerte eterna.
Otra cosa que me considero
obligado a agradecer a usted es la indulgencia, la tolerancia, aunque no
complaciente y relajada, sino severa y grave, que ha sabido usted
inspirarme para con las faltas y pecados del prójimo.
Digo todo esto porque quiero
hablar a usted de un asunto tan delicado, tan vidrioso, que apenas hallo
términos con que expresarle. En resolución, yo me pregunto a veces: este
propósito mío, ¿tendrá por fundamento, en parte al menos, el carácter de
mis relaciones con mi padre? En el fondo de mi corazón, ¿he sabido
perdonarle su conducta con mi pobre madre, víctima de sus liviandades?
Lo examino detenidamente y no
hallo un átomo de rencor en mi pecho. Muy al contrario: la gratitud lo
llena todo. Mi padre me ha criado con amor; ha procurado honrar en mí la
memoria de mi madre, y se diría que al criarme, al cuidarme, al mimarme,
al esmerarse conmigo cuando pequeño, trataba de aplacar su irritada
sombra, si la sombra, si el espíritu de ella, que era un ángel de bondad y
de mansedumbre, hubiera sido capaz de ira. Repito, pues, que estoy lleno
de gratitud hacia mi padre; él me ha reconocido, y además, a la edad de
diez años me envió con usted, a quien debo cuanto soy.
Si hay en mi corazón algún germen
de virtud; si hay en mi mente algún principio de ciencia; si hay en mi
voluntad algún honrado y buen propósito, a usted lo debo.
El cariño de mi padre hacia mí es
extraordinario, es grande; la estimación en que me tiene, inmensamente
superior a mis merecimientos. Acaso influya en esto la vanidad. En el amor
paterno hay algo de egoísta; es como una prolongación del egoísmo. Todo mi
valer, si yo le tuviese, mi padre le consideraría como creación suya, como
si yo fuera emanación de su personalidad, así en el cuerpo como en el
espíritu. Pero de todos modos, creo que él me quiere y que hay en este
cariño algo de independiente y de superior a todo ese disculpable egoísmo
de que he hablado.
Siento un gran consuelo, una gran
tranquilidad en mi conciencia, y doy por ello las más fervientes gracias a
Dios, cuando advierto y noto que la fuerza de la sangre, el vínculo de la
naturaleza, ese misterioso lazo que nos une, me lleva, sin ninguna
consideración del deber, a amar a mi padre y a reverenciarle. Sería
horrible, no amarle así, y esforzarse por amarle para cumplir con un
mandamiento divino. Sin embargo, y aquí vuelve mi escrúpulo, mi propósito
de ser clérigo o fraile, de no aceptar, o de aceptar sólo una pequeña
parte de los cuantiosos bienes que han de tocarme por herencia, y de los
cuales puedo disfrutar ya en vida de mi padre, ¿proviene sólo de mi
menosprecio de las cosas del mundo, de una verdadera vocación a la vida
religiosa, o proviene también de orgullo, de rencor escondido, de queja,
de algo que hay en mí que no perdona lo que mi madre perdonó con
generosidad sublime? Esta duda me asalta y me atormenta a veces; pero casi
siempre la resuelvo en mi favor, y creo que no soy orgulloso con mi padre;
creo que yo aceptaría todo cuanto tiene si lo necesitara, y me complazco
en ser tan agradecido con él por lo poco como por lo mucho.
Adiós, tío; en adelante escribiré
a usted a menudo y tan por extenso como me tiene encargado, si bien no
tanto como hoy, para no pecar de prolijo.
28 de marzo
Me voy cansando de mi residencia
en este lugar, y cada día siento más deseo de volverme con usted y de
recibir las órdenes; pero mi padre quiere acompañarme, quiere estar
presente en esa gran solemnidad y exige de mí que permanezca aquí con él
dos meses por lo menos. Está tan afable, tan cariñoso conmigo, que sería
imposible no darle gusto en todo. Permaneceré, pues, aquí el tiempo que él
quiera. Para complacerle me violento y procuro aparentar que me gustan las
diversiones de aquí, las giras campestres y hasta la caza, a todo lo cual
le acompaño. Procuro mostrarme más alegre y bullicioso de lo que
naturalmente soy. Como en el pueblo, medio de burla, medio en son de
elogio, me llaman el santo, yo por modestia trato de disimular estas
apariencias de santidad o de suavizarlas y humanarlas con la virtud de la
eutropelia, ostentando una alegría serena y decente, la cual nunca estuvo
reñida ni con la santidad ni con los santos. Confieso, con todo, que las
bromas y fiestas de aquí, que los chistes groseros y el regocijo
estruendoso, me cansan. No quisiera incurrir en murmuración ni ser
maldiciente, aunque sea con todo sigilo y de mí para usted; pero a menudo
me doy a pensar que tal vez sería más difícil empresa el moralizar y
evangelizar un poco a estas gentes, y más lógica y meritoria que el irse a
la India, a la Persia o la China, dejándose atrás a tanto compatriota, si
no perdido, algo pervertido. ¡Quién sabe! Dicen algunos que las ideas
modernas, que el materialismo y la incredulidad tienen la culpa de todo;
pero si la tienen, pero si obran tan malos efectos, ha de ser de un modo
extraño, mágico, diabólico, y no por medios naturales, pues es lo cierto
que nadie lee aquí libro alguno ni bueno ni malo, por donde no atino a
comprender cómo puedan pervertirse con las malas doctrinas que privan
ahora. ¿Estarán en el aire las malas doctrinas, a modo de miasmas de una
epidemia? Acaso (y siento tener este mal pensamiento, que a usted sólo
declaro), acaso tenga la culpa el mismo clero. ¿Está en España a la altura
de su misión? ¿Va a enseñar y a moralizar en los pueblos? ¿En todos sus
individuos es capaz de esto? ¿Hay verdadera vocación en los que se
consagran a la vida religiosa y a la cura de almas, o es sólo un modo de
vivir como otro cualquiera, con la diferencia de que hoy no se dedican a
él sino los más menesterosos, los más sin esperanzas y sin medios, por lo
mismo que esta carrera ofrece menos porvenir que cualquiera otra?
Sea como sea, la escasez de sacerdotes instruidos y virtuosos excita más
en mí el deseo de ser sacerdote. No quisiera yo que el amor propio me
engañase; reconozco todos mis defectos; pero siento en mí una verdadera
vocación, y muchos de ellos podrán enmendarse con el auxilio divino.
Hace tres días tuvimos el
convite, del que hablé a usted, en casa de Pepita Jiménez. Como esta mujer
vive tan retirada, no la conocí hasta el día del convite; me pareció, en
efecto, tan bonita como dice la fama, y advertí que tiene con mi padre una
afabilidad tan grande, que le da alguna esperanza, al menos miradas las
cosas someramente, de que al cabo ceda y acepte su mano.
Como es posible que sea mi
madrastra, la he mirado con detención y me parece una mujer singular,
cuyas condiciones morales no atino a determinar con certidumbre. Hay en
ella un sosiego, una paz exterior, que puede provenir de frialdad de
espíritu, y de corazón, de estar muy sobre sí y de calcularlo todo,
sintiendo poco o nada, y pudiera provenir también de otras prendas que
hubiera en su alma; de la tranquilidad de su conciencia, de la pureza de
sus aspiraciones y del pensamiento de cumplir en esta vida con los deberes
que la sociedad impone, fijando la mente, como término, en esperanzas más
altas. Ello es lo cierto que, o bien porque en esta mujer todo es cálculo,
sin elevarse su mente a superiores esferas, o bien porque enlaza la prosa
del vivir y la poesía de sus ensueños en una perfecta armonía, no hay en
ella nada que desentone del cuadro general en que está colocada, y, sin
embargo, posee una distinción natural, que la levanta y separa de cuanto
la rodea. No afecta vestir traje aldeano, ni se viste tampoco según la
moda de las ciudades; mezcla ambos estilos en su vestir, de modo que
parece una señora, pero una señora de lugar. Disimula mucho, a lo que yo
presumo, el cuidado que tiene de su persona; no se advierten en ella ni
cosméticos ni afeites; pero la blancura de sus manos, las uñas tan bien
cuidadas y acicaladas, y todo el aseo y pulcritud con que está vestida,
denotan que cuida de estas cosas más de lo que se pudiera creerse en una
persona que vive en un pueblo y que además dicen que desdeña las vanidades
del mundo y sólo piensa en las cosas del cielo.
Tiene la casa limpísima y todo en
un orden perfecto. Los muebles no son artísticos ni elegantes; pero
tampoco se advierte en ellos nada pretencioso y de mal gusto. Para
poetizar su estancia, tanto en el patio como en las salas y galerías, hay
multitud de flores y plantas. No tiene, en verdad, ninguna planta rara ni
ninguna flor exótica; pero sus plantas y sus flores, de lo más común que
hay por aquí, están cuidadas con extraordinario mimo.
Varios canarios en jaulas doradas
animan con sus trinos toda la casa. Se conoce que el dueño de ella
necesita seres vivos en quien poner algún cariño; y, a más de algunas
criadas, que se diría que ha elegido con empeño, pues no puede ser mera
casualidad el que sean todas bonitas, tiene, como las viejas solteronas,
varios animales que le hacen compañía: un loro, una perrita de lanas muy
lavada y dos o tres gatos, tan mansos y sociables, que se le ponen a uno
encima.
En un extremo de la sala
principal hay algo como oratorio, donde resplandece un niño Jesús de
talla, blanco y rubio, con ojos azules y bastante guapo. Su vestido es de
raso blanco, con manto azul lleno de estrellitas de oro, y todo él está
cubierto de dijes y de joyas. El altarito en que está el niño Jesús se ve
adornado de flores, y alrededor macetas de brusco y laureola, y en el
altar mismo, que tiene gradas o escaloncitos, mucha cera ardiendo.
Al ver todo esto no sé qué
pensar; pero más a menudo me inclino a creer que la viuda se ama a sí
misma sobre todo, y que para recreo y para efusión de este amor tiene los
gatos, los canarios, las flores y al propio niño Jesús, que en el fondo de
su alma tal vez no esté muy por encima de los canarios y de los gatos.
No se puede negar que la Pepita
Jiménez es discreta: ninguna broma tonta, ninguna pregunta impertinente
sobre mi vocación y sobre las órdenes que voy a recibir dentro de poco han
salido de sus labios. Habló conmigo de las cosas del lugar, de la
labranza, de la última cosecha de vino y de aceite y del modo de mejorar
la elaboración del vino; todo ello con modestia y naturalidad, sin mostrar
deseo de pasar por muy entendida.
Mi padre estuvo finísimo; parecía
remozado, y sus extremos cuidadosos hacia la dama de sus pensamientos eran
recibidos, si no con amor, con gratitud.
Asistieron al convite el médico,
el escribano y el señor Vicario, grande amigo de la casa y padre
espiritual de Pepita.
El señor Vicario debe de tener un
alto concepto de ella, porque varias veces me habló aparte de su caridad,
de las muchas limosnas que hacía, de lo compasiva y buena que era para
todo el mundo, en suma, me dijo que era una santa.
Oído el señor Vicario y fiándome
en su juicio, yo no puedo menos de desear que mi padre se case con la
Pepita. Como mi padre no es a propósito para hacer vida penitente, éste
sería el único modo de que cambiase su vida, tan agitada y tempestuosa
hasta aquí, y de que viniese a parar a un término, si no ejemplar,
ordenado y pacífico.
Cuando nos retiramos de casa de
Pepita Jiménez y volvimos a la nuestra, mi padre me habló resueltamente de
su proyecto; me dijo que él había sido un gran calavera, que había llevado
una vida muy mala y que no veía medio de enmendarse, a pesar de sus años,
si aquella mujer, que era su salvación, no le quería y se casaba con él.
Dando ya por supuesto que iba a quererle y a casarse, mi padre me habló de
intereses; me dijo que era muy rico y que me dejaría mejorado, aunque
tuviese varios hijos más. Yo le respondí que para los planes y fines de mi
vida necesitaba harto poco dinero, y que mi mayor contento sería verle
dichoso con mujer e hijos, olvidado de sus antiguos devaneos. Me habló
luego mi padre de sus esperanzas amorosas, con un candor y con una
vivacidad tales, que se diría que yo era el padre y el viejo, y él un
chico de mi edad o más joven. Para ponderarme el mérito de la novia y la
dificultad del triunfo, me refirió las condiciones y excelencias de los
quince o veinte novios que Pepita había tenido, y que todos habían llevado
calabazas. En cuanto a él, según me explicó, hasta cierto punto las había
también llevado; pero se lisonjeaba de que no fuesen definitivas, porque
Pepita le distinguía tanto y le mostraba tan grande afecto, que, si
aquello no era amor, pudiera fácilmente convertirse en amor con el largo
trato y con la persistente adoración que él le consagraba. Además, la
causa del desvío de Pepita tenía para mi padre un no sé qué de fantástico
y de sofístico que al cabo debía desvanecerse. Pepita no quería retirarse
a un convento ni se inclinaba a la vida penitente; a pesar de su
recogimiento y de su devoción religiosa, harto se dejaba ver que se
complacía en agradar. El aseo y el esmero de su persona poco tenían de
cenobíticos. La culpa de los desvíos de Pepita, decía mi padre, es sin
duda su orgullo, orgullo en gran parte fundado; ella es naturalmente
elegante, distinguida; es un ser superior or la voluntad y por la
inteligencia, por más que con modestia lo disimule; ¿cómo, pues, ha de
entregar su corazón a los palurdos que la han pretendido hasta ahora? Ella
imagina que su alma está llena de un místico amor de Dios, y que sólo con
Dios se satisface, porque no ha salido a su paso todavía un mortal
bastante discreto y agradable que le haga olvidar hasta a su niño Jesús.
Aunque sea inmodestia, añadía mi padre, yo me lisonjeo aún de ser ese
mortal dichoso.
Tales son, querido tío, las
preocupaciones y ocupaciones de mi padre en este pueblo, y las cosas tan
extrañas para mí y tan ajenas a mis propósitos y pensamientos de que me
habla con frecuencia, y sobre las cuales quiere que dé mi voto.
No parece sino que la excesiva
indulgencia de usted para conmigo ha hecho cundir aquí mi fama de hombre
de consejo: paso por un pozo de ciencia; todos me refieren sus cuitas y me
piden que les muestre el camino que deben seguir. Hasta el bueno del señor
Vicario, aun exponiéndose a revelar algo como secretos de confesión, ha
venido ya a consultarme sobre vanos casos de conciencia que se le han
presentado en el confesionario.
Mucho me ha llamado la atención
uno de estos casos, que me ha sido referido por el Vicario, como todos,
con profundo misterio y sin decirme el nombre de la persona interesada.
Cuenta el señor Vicario que una
hija suya de confesión tiene grandes escrúpulos porque se siente llevada,
con irresistible impulso, hacia la vida solitaria y contemplativa; pero
teme, a veces, que este fervor de devoción no venga acompañado de una
verdadera humildad, sino que en parte le promueva y excite el mismo
demonio del orgullo.
Amar a Dios sobre todas las
cosas, buscarle en el centro del alma donde está, purificarse de todas las
pasiones y afecciones terrenales para unirse a Él, son ciertamente anhelos
piadosos y determinaciones buenas; pero el escrúpulo está en saber, en
calcular si nacerán o no de un amor propio exagerado. ¿Nacerán acaso,
parece que piensa la penitente, de que yo, aunque indigna y pecadora,
presumo que vale más mi alma que las almas de mis semejantes; que la
hermosura interior de mi mente y de mi voluntad se turbaría y se empañaría
con el afecto de los seres humanos que conozco y que creo que no me
merecen? ¿Amo a Dios, no sobre todas las cosas, de un modo infinito, sino
sobre lo poco conocido que desdeño, que desestimo, que no puede llenar mi
corazón? Si mi devoción tiene este fundamento, hay en ella dos grandes
faltas: la primera, que no está cimentada en un puro amor de Dios, lleno
de humildad y de caridad, sino en el orgullo; y la segunda, que esa
devoción no es firme y valedera, sino que está en el aire, porque ¿quién
asegura que no pueda el alma olvidarse del amor a su Creador, cuando no le
ama de un modo infinito, sino porque no hay criatura a quien juzgue digna
de que el amor en ella se emplee?
Sobre este caso de conciencia,
harto alambicado y sutil para que así preocupe a una lugareña, ha venido a
consultarme el padre Vicario. Yo he querido excusarme de decir nada,
fundándome en mi inexperiencia y pocos años; pero el señor Vicario se ha
obstinado de tal suerte, que no he podido menos de discurrir sobre el
caso. He dicho, y mucho me alegraría de que usted aprobase mi parecer, que
lo que importa a esta hija de confesión atribulada es mirar con mayor
benevolencia a los hombres que la rodean, y en vez de analizar y
desentrañar sus faltas con el escalpelo de la crítica, tratar de cubrirlas
con el manto de la caridad, haciendo resaltar todas las buenas cualidades
de ellos y ponderándolas mucho, a fin de amarlos y estimarlos; que debe
esforzarse por ver en cada ser humano un objeto digno de amor, un
verdadero prójimo, un igual suyo, un alma en cuyo fondo hay un tesoro de
excelentes prendas y virtudes, un ser hecho, en suma, a imagen y semejanza
de Dios. Realzado así cuanto nos rodea, amando y estimando a las criaturas
por lo que son y por más de lo que son, procurando no tenerse por superior
a ellas en nada, antes bien profundizando con valor en el fondo de nuestra
conciencia para descubrir todas nuestras faltas y pecados, y adquiriendo
la santa humildad y el menosprecio de uno mismo, el corazón se sentirá
lleno de afectos humanos, y no despreciará, sino valuará en mucho el
mérito de las cosas y de las personas; de modo que, si sobre este
fundamento descuella luego y se levanta el amor divino con invencible
pujanza, no hay ya miedo de que pueda nacer este amor de una exagerada
estimación propia, del orgullo o de un desdén injusto del prójimo, sino
que nacerá de la pura y santa consideración de la hermosura y de la bondad
infinitas.
Si, como sospecho, es Pepita
Jiménez la que ha consultado al señor Vicario sobre estas dudas y
tribulaciones, me parece que mi padre no puede lisonjearse todavía de ser
muy querido; pero si el Vicario acierta a darla mi consejo, y ella le
acepta y pone en práctica, o vendrá a hacerse una María de Ágreda o cosa
por el estilo, o lo que es más probable, dejará a un lado misticismos y
desvíos, y se conformará y contentará con aceptar la mano y el corazón de
mi padre, que en nada es inferior a ella.
4 de abril
La monotonía de mi vida en este
lugar empieza a fastidiarme bastante, y no porque la vida mía en otras
partes haya sido más activa físicamente; antes al contrario, aquí me paseo
mucho a pie y a caballo, voy al campo, y por complacer a mi padre concurro
a casinos y reuniones; en fin, vivo como fuera de mi centro y de mi modo
de ser; pero mi vida intelectual es nula; no leo un libro ni apenas me
dejan un momento para pensar y meditar sosegadamente; y como el encanto de
mi vida estribaba en estos pensamientos y meditaciones, me parece monótona
la que hago ahora. Gracias a la paciencia que usted me ha recomendado para
todas las ocasiones, puedo sufrirla.
Otra causa de que mi espíritu no
esté completamente tranquilo es el anhelo, que cada día siento más vivo,
de tomar el estado a que resueltamente me inclino desde hace años. Me
parece que en estos momentos, cuando se halla tan cercana la realización
del constante sueño de mi vida, es como una profanación distraer la mente
hacia otros objetos. Tanto me atormenta esta idea y tanto cavilo sobre
ella, que mi admiración por la belleza de las cosas creadas por el cielo,
tan lleno de estrellas en estas serenas noches de primavera y en esta
región de Andalucía, por estos alegres campos, cubiertos ahora de verdes
sembrados, y por estas frescas y amenas huertas con tan lindas y sombrías
alamedas, con tantos mansos arroyos y acequias, con tanto lugar apartado y
esquivo, con tanto pájaro que le da música, y con tantas flores y hierbas
olorosas, esta admiración y entusiasmo mío, repito, que en otro tiempo me
parecían avenirse por completo con el sentimiento religioso que llenaba mi
alma, excitándole y sublimándole en vez de debilitarle, hoy casi me parece
pecaminosa distracción e imperdonable olvido de lo eterno por lo temporal,
de lo increado y suprasensible por lo sensible y creado. Aunque con poco
aprovechamiento en la virtud, aunque nunca libre mi espíritu de los
fantasmas de la imaginación, aunque no exento en mí el hombre interior de
las impresiones exteriores y del fatigoso método discursivo, aunque
incapaz de reconcentrarme por un esfuerzo de amor en el centro mismo de la
simple inteligencia, en el ápice de la mente, para ver allí la verdad y la
bondad, desnudas de imágenes y de formas, aseguro a usted que tengo miedo
del modo de orar imaginario, propio de un hombre corporal y tan poco
aprovechado como yo soy. La misma meditación racional me infunde recelo.
No quisiera yo hacer discursos para conocer a Dios, ni traer razones de
amor para amarle. Quisiera alzarme de un vuelo a la contemplación esencial
e íntima. ¿Quién me diese alas, como de paloma, para volar al seno del que
ama mi alma? Pero, ¿cuáles son, dónde están mis méritos? ¿Dónde las
mortificaciones, la larga oración y el ayuno? ¿Qué he hecho yo, Dios mío,
para que Tú me favorezcas?
Harto sé que los impíos del día
presente acusan, con falta completa de fundamento, a nuestra santa
religión de mover las almas a aborrecer todas las cosas del mundo, a
despreciar o a desdeñar la naturaleza, tal vez a temerla casi, como si
hubiera en ella algo de diabólico, encerrando todo su amor y todo su
afecto en el que llaman monstruoso egoísmo del amor divino, porque creen
que el alma se ama a sí propia amando a Dios. Harto sé que no es así, que
no es ésta la verdadera doctrina, que el amor divino es la caridad y que
amar a Dios es amarlo todo, porque todo está en Dios, y Dios está en todo
por inefable y alta manera. Harto sé que no peco amando las cosas por el
amor de Dios, lo cual es amarlas por ellas con rectitud; porque, qué son
ellas más que la manifestación, la obra del amor de Dios? Y, sin embargo,
no sé qué extraño temor, qué singular escrúpulo, qué apenas perceptible e
indeterminado remordimiento me atormenta ahora, cuando tengo, como antes,
como en otros días de mi juventud, como en la misma niñez, alguna efusión
de ternura, algún rapto de entusiasmo, al penetrar en una enramada
frondosa, al oír el canto del ruiseñor en el silencio de la noche, al
escuchar el pío de las golondrinas, al sentir el arrullo enamorado de la
tórtola, al ver las flores o al mirar las estrellas. Se me figura a veces
que hay en todo esto algo de delectación sensual, algo que me hace
olvidar, por un momento al menos, más altas aspiraciones. No quiero yo que
en mí el espíritu peque contra la carne; pero no quiero tampoco que la
hermosura de la materia, que sus deleites, aun los más delicados, sutiles
y aéreos, aun los que más bien por el espíritu que por el cuerpo se
perciben, como el silbo delgado del aire fresco cargado de aromas
campesinos, como el canto de las aves, como el majestuoso y reposado
silencio de las horas nocturnas, en estos jardines y huertas, me
distraigan de la contemplación de la superior hermosura, y entibien ni por
un momento, mi amor hacia quien ha creado esta armoniosa fábrica del
mundo.
No se me oculta que todas estas
cosas materiales son como las letras de un libro, son como los signos y
caracteres donde el alma, atenta a su lectura, puede penetrar un hondo
sentido y leer y descubrir la hermosura de Dios, que, si bien
imperfectamente, está en ellas como trasunto o más bien como cifra, porque
no la pintan, sino que la representan. En esta distinción me fundo, a
veces, para dar fuerza a mis escrúpulos y mortificarme. Porque yo me digo:
si amo la hermosura de las cosas terrenales tales como ellas son, y si la
amo con exceso, es idolatría; debo amarla como signo, como representación
de una hermosura oculta y divina, que vale mil veces más, que es
incomparablemente superior en todo.
Hace pocos días cumplí veintidós
años. Tal ha sido hasta ahora mi fervor religioso, que no he sentido más
amor que el inmaculado amor de Dios mismo y de su santa religión, que
quisiera difundir y ver triunfante en todas las regiones de la tierra.
Confieso que algún sentimiento profano se ha mezclado con esta pureza de
afecto. Usted lo sabe, se lo he dicho mil veces; y usted, mirándome con su
acostumbrada indulgencia, me ha contestado que el hombre no es un ángel, y
que sólo pretender tanta perfección es orgullo; que debo moderar esos
sentimientos y no empeñarme en ahogarlos del todo. El amor a la ciencia,
el amor a la propia gloria, adquirida por la ciencia misma, hasta el
formar uno de sí propio no desventajoso concepto; todo ello, sentido con
moderación, velado y mitigado por la humildad cristiana y encaminado a
buen fin, tiene, sin duda, algo de egoísta; pero puede servir de estímulo
y apoyo a las más firmes y nobles resoluciones. No es pues, el escrúpulo
que me asalta hoy el de mi orgullo, el de tener sobrada confianza en mí
mismo, el de ansiar gloria mundana, o el de ser sobrado curioso de
ciencia; no es nada de esto; nada que tenga relación con el egoísmo, sino
en cierto modo lo contrario. Siento una dejadez, un quebranto, un abandono
de la voluntad, una facilidad tan grande para las lágrimas, lloro tan
fácilmente de ternura al ver una florecilla bonita o al contemplar el rayo
misterioso, tenue y ligerísimo de una remota estrella, que casi tengo
miedo.
Dígame usted qué piensa de estas
cosas; si hay algo de enfermizo en esta disposición de mi ánimo.
8 de abril
Siguen las diversiones
campestres, en que tengo que intervenir muy a pesar mío.
He acompañado a mi padre a ver
casi todas sus fincas, y mi padre y sus amigos se pasman de que yo no sea
completamente ignorante en las cosas del campo. No parece sino que para
ellos el estudio de la teología, a que me he dedicado, es contrario del
todo al conocimiento de las cosas naturales. ¡Cuánto han admirado mi
erudición al verme distinguir en las viñas, donde apenas empiezan a brotar
los pámpanos, la cepa Pedro-Jiménez de la baladí y de la Don- Bueno
¡Cuánto han admirado también que en los verdes sembrados sepa yo
distinguir la cebada del trigo y el anís de las habas; que conozca muchos
árboles frutales y de sombra, y que, aun de las hierbas que nacen
espontáneamente en el campo, acierte yo con varios nombres y refiera
bastantes condiciones y virtudes!
Pepita Jiménez, que ha sabido por
mi padre lo mucho que me gustan las huertas de por aquí, nos ha convidado
a ver una que posee a corta distancia del lugar, y a comer las fresas
tempranas que en ella se crían. Este antojo de Pepita de obsequiar tanto a
mi padre, quien la pretende y a quien desdeña, me parece a menudo que
tiene su poco de coquetería, digna de reprobación; pero cuando veo a
Pepita después, y la hallo tan natural, tan franca y tan sencilla, se me
pasa el mal pensamiento e imagino que todo lo hace candorosamente y que no
la lleva otro fin que el de conservar la buena amistad que con mi familia
la liga.
Sea como sea, anteayer tarde
fuimos a la huerta de Pepita. Es hermoso sitio, de lo más ameno y
pintoresco que puede imaginarse. El riachuelo que riega casi todas estas
huertas, sangrado por mil acequias, pasa al lado de la que visitamos; se
forma allí una presa, y cuando se suelta el agua sobrante del riego, cae
en un hondo barranco poblado en ambas márgenes de álamos blancos y negros,
mimbrones, adelfas floridas y otros árboles frondosos. La cascada, de agua
limpia y transparente, se derrama en el fondo, formando espuma, y luego
sigue su curso tortuoso por un cauce que la naturaleza misma ha abierto,
esmaltando sus orillas e mil hierbas y flores, y cubriéndolas ahora con
multitud de violetas. Las laderas que hay a un extremo de la huerta están
llenas de nogales, higueras, avellanos y otros árboles de fruta. Y en la
parte llana hay cuadros de hortaliza, de fresas, de tomates, patatas,
judías y pimientos, y su poco de jardín, con grande abundancia de flores,
de las que por aquí más comúnmente se crían. Los rosales, sobre todo,
abundan, y los hay de mil diferentes especies. La casilla del hortelano es
más bonita y limpia de lo que en esta tierra se suele ver, y al lado de la
casilla hay otro pequeño edificio reservado para el dueño de la finca, y
donde nos agasajó Pepita con una espléndida merienda, a la cual dio
pretexto el comer las fresas, que era el principal objeto que allí nos
llevaba. La cantidad de fresas fue asombrosa para lo temprano de la
estación, y nos fueron servidas con leche de algunas cabras que Pepita
también posee.
Asistimos a esta gira el médico,
el escribano, mi tía doña Casilda, mi padre y yo; sin faltar el
indispensable señor Vicario, padre espiritual, y más que padre espiritual,
admirador y encomiador perpetuo de Pepita.
Por un refinamiento algo
sibarítico, no fue el hortelano, ni su mujer, ni el chiquillo del
hortelano, ni ningún otro campesino quien nos sirvió la merienda sino dos
lindas muchachas, criadas y como confidentas de Pepita, vestidas a lo
rústico, si bien con suma pulcritud y elegancia. Llevaban trajes de percal
de vistosos colores, cortos y ceñidos al cuerpo, pañuelos de seda
cubriendo las espaldas, y descubierta la cabeza, donde lucían abundantes y
lustrosos cabellos negros, trenzados y atados luego formando un moño en
figura de martillo, y por delante rizos sujetos con sendas horquillas, por
acá llamados caracoles. Sobre el moño o castaña ostentaban cada
una de estas doncellas un ramo de frescas rosas.
Salvo la superior riqueza de la
tela y su color negro, no era más cortesano el traje de Pepita. Su vestido
de merino tenía la misma forma que el de las criadas, y, sin ser muy
corto, no arrastraba ni recogía suciamente el polvo del camino. Un modesto
pañolito de seda negra cubría también, al uso del lugar, su espalda y su
pecho, y en la cabeza no ostentaba tocado ni flor, ni joya, ni más adorno
que el de sus propios cabellos rubios. En la única cosa que note por parte
de Pepita cierto esmero, en que se apartaba de los usos aldeanos, era en
llevar guantes. Se conoce que cuida mucho sus manos y que tal vez pone
alguna vanidad en tenerlas muy blancas y bonitas, con unas uñas lustrosas
y sonrosadas, pero si tiene esta vanidad, es disculpable en la flaqueza
humana, y al fin, si yo no estoy trascordado, creo que Santa Teresa tuvo
la misma vanidad cuando era joven, lo cual no le impidió ser una santa tan
grande.
En efecto, yo me explico, aunque
no disculpo, esta pícara vanidad. ¡Es tan distinguido, tan aristocrático,
tener una linda mano! Hasta se me figura, a veces, que tiene algo de
simbólico. La mano es el instrumento de nuestras obras, el signo de
nuestra nobleza, el medio por donde la inteligencia reviste de forma sus
pensamientos artísticos, y da ser a las creaciones de la voluntad, y
ejerce el imperio que Dios concedió al hombre sobre todas las criaturas.
Una mano ruda, nerviosa, fuerte, tal vez callosa, de un trabajador, de un
obrero, demuestra noblemente ese imperio; pero en lo que tiene de más
violento y mecánico. En cambio, las manos de esta Pepita, que parecen casi
diáfanas como el alabastro, si bien con leves tintas rosadas, donde cree
uno ver circular la sangre pura y sutil, que da a sus venas un ligero viso
azul; estas manos, digo, de dedos afilados y de sin par corrección de
dibujo, parecen el símbolo del imperio mágico, del dominio misterioso que
tiene y ejerce el espíritu humano, sin fuerza material, sobre todas las
cosas visibles que han sido inmediatamente creadas por Dios y que por
medio del hombre Dios completa y mejora. Imposible parece que quien tiene
manos como Pepita tenga pensamiento impuro, ni idea grosera, ni proyecto
ruin que esté en discordancia con las limpias manos que deben ejecutarle.
No hay que decir que mi padre se
mostró tan embelesado como siempre de Pepita, y ella tan fina y cariñosa
con él, si bien con un cariño más filial de lo que mi padre quisiera. Es
lo cierto que mi padre, a pesar de la reputación que tiene de ser por lo
común poco respetuoso y bastante profano con las mujeres, trata a ésta con
un respeto y unos miramientos tales, que ni Amadís los usó mayores con la
señora Oriana en el periodo más humilde de sus pretensiones y galanteos;
ni una palabra que disuene, ni un requiebro brusco e inoportuno, ni un
chiste algo amoroso de estos que con tanta frecuencia suelen permitirse
los andaluces. Apenas si se atreve a decir a Pepita «buenos ojos tienes»;
y en verdad que si lo dijese no mentiría, porque los tiene grandes, verdes
como los de Circe, hermosos y rasgados, y lo que más mérito y valor les da
es que no parece sino que ella no lo sabe, pues no se descubre en ella la
menor intención de agradar a nadie ni de atraer a nadie con lo dulce de
sus miradas. Se diría que cree que los ojos sirven para ver y nada más que
para ver. Lo contrario de lo que yo, según he oído decir, presumo que
creen la mayor parte de las mujeres jóvenes y bonitas, que hacen de los
ojos un arma de combate y como un aparato eléctrico o fulmíneo para rendir
corazones y cautivarlos. No son así, por cierto, los ojos de Pepita, donde
hay una serenidad y una paz como del cielo. Ni por eso se puede decir que
miren con fría indiferencia. Sus ojos están llenos de caridad y de
dulzura. Se posan con afecto en un rayo de luz, en una flor, hasta en
cualquier objeto inanimado; pero con más afecto aún, con muestras de
sentir más blando, humano y benigno, se posan en el prójimo, sin que el
prójimo, por joven, gallardo y presumido que sea, se atreva a suponer nada
más que caridad y amor al prójimo, y, cuando más, predilección amistosa,
en aquella serena y tranquila mirada.
Yo me paro a pensar si todo esto
será estudiado; si esta Pepita será una gran comedianta; pero sería tan
perfecto el fingimiento y tan oculta la comedia, que me parece imposible.
La misma naturaleza, pues, es la que guía y sirve de norma a esta mirada y
a estos ojos. Pepita, sin duda, amó a su madre primero, y luego las
circunstancias la llevaron a amar a don Gumersindo por deber, como al
compañero de su vida; y luego, sin duda, se extinguió en ella toda pasión
que pudiera inspirar ningún objeto terreno, y amó a Dios, y amó las cosas
todas por amor de Dios, y se encontró quizás en una situación de espíritu
apacible y hasta envidiable, en la cual, si tal vez hubiese algo que
censurar, sería un egoísmo del que ella misma no se da cuenta. Es muy
cómodo amar de este modo suave, sin atormentarse con el amor; no tener
pasión que combatir; hacer del amor y del afecto a los demás un aditamento
y como un complemento del amor propio.
A veces me pregunto a mí mismo si
al censurar en mi interior esta condición de Pepita, no soy yo quien me
censuro. ¿Qué sé yo lo que pasa en el alma de esa mujer, para censurarla?
¿Acaso, al creer que veo su alma, no es la mía la que veo? Yo no he tenido
ni tengo pasión alguna que vencer; todas mis inclinaciones bien dirigidas,
todos mis instintos buenos y malos, merced a la sabia enseñanza de usted,
van sin obstáculos ni tropiezos encaminados al mismo propósito;
cumpliéndolo se satisfarían no sólo mis nobles y desinteresados deseos,
sino también mis deseos egoístas, mi amor a la gloria, mi afán de saber,
mi curiosidad de ver tierras distantes, mi anhelo de ganar nombre y fama.
Todo esto se cifra en llegar al término de la carrera que he emprendido.
Por este lado se me antoja a veces que soy más censurable que Pepita, aun
suponiéndola merecedora de censura.
Yo he recibido ya las órdenes
menores; he desechado de mi alma las vanidades del mundo; estoy tonsurado;
me he consagrado al altar, y, sin embargo, un porvenir de ambición se
presenta a mis ojos y veo con gusto que puedo alcanzarle y me complazco en
dar por ciertas y valederas las condiciones que tengo para ello, por más
que a veces llame a la modestia en mi auxilio, a fin de no confiar
demasiado. En cambio esta mujer ¿a qué aspira ni qué quiere? Yo la censuro
de que se cuida las manos; de que mira tal vez con complacencia su
belleza; casi la censuro de su pulcritud, del esmero que pone en vestirse,
de yo no sé qué coquetería que hay en la misma modestia y sencillez con
que se viste. ¡Pues qué! ¿La virtud ha de ser desaliñada? ¿Ha de ser sucia
la santidad? Un alma pura y limpia, ¿no puede complacerse en que el cuerpo
también lo sea? Es extraña esta malevolencia con que miro el primor y el
aseo de Pepita. ¿Será tal vez porque va a ser mi madrastra? ¡Pero si no
quiere ser mi madrastra! ¡Si no quiere a mi padre! Verdad es que las
mujeres son raras; quién sabe si en el fondo de su alma no se siente
inclinada ya a querer a mi padre y a casarse con él, si bien, atendiendo a
aquello de que lo que mucho vale mucho cuesta, se propone, páseme usted la
palabra, molerle antes con sus desdenes, tenerle sujeto a su servidumbre,
poner a prueba la constancia de su afecto y acabar por darle el plácido
sí. ¡Allá veremos!
Ello es que la fiesta en la
huerta fue apaciblemente divertida: se habló de flores, de frutos, de
injertos, de plantaciones y de otras mil cosas relativas a la labranza,
luciendo Pepita sus conocimientos agrónomos en competencia con mi padre,
conmigo y con el señor Vicario, que se queda con la boca abierta cada vez
que habla Pepita, y jura que en los setenta y pico de años que tiene de
edad, y en sus largas peregrinaciones, que le han hecho recorrer casi toda
la Andalucía, no ha conocido mujer más discreta ni más atinada en cuanto
piensa y dice.
Cuando volvemos a casa de
cualquiera de estas expediciones, vuelvo a insistir con mi padre en mi ida
con usted a fin de que llegue el suspirado momento de que yo me vea
elevado al sacerdocio; pero mi padre está tan contento de tenerme a su
lado y se siente tan a gusto en el lugar, cuidando de sus fincas,
ejerciendo mero y mixto imperio como cacique, y adorando a Pepita y
consultándoselo todo como a su ninfa Egeria, que halla siempre y hallará
aún, tal vez durante algunos meses, fundado pretexto para retenerme aquí.
Ya tiene que clarificar el vino de yo no sé cuántas pipas de la
candiotera; ya tiene que trasegar otro; ya es menester binar los majuelos;
ya es preciso arar los olivares y cavar los pies a los olivos; en suma, me
retiene aquí contra mi gusto; aunque no debiera yo decir «contra mi
gusto», porque lo tengo muy grande en vivir con un padre que es para mí
tan bueno.
Lo malo es que con esta vida temo
materializarme demasiado; me parece sentir alguna sequedad de espíritu
durante la oración; mi fervor religioso disminuye; la vida vulgar va
penetrando y se va infiltrando en mi naturaleza. Cuando rezo padezco
distracciones; no pongo en lo que digo a mis solas, cuando el alma debe
elevarse a Dios, aquella atención profunda que antes ponía. En cambio, la
ternura de mi corazón, que no se fija en objeto condigno, que no se emplea
y consume en lo que debiera, brota y como que rebosa en ocasiones por
objetos y circunstancias que tienen mucho de pueriles, que me parecen
ridículos, y de los cuales me avergüenzo. Si me despierto en el silencio
de la alta noche y oigo que algún campesino enamorado canta, al son de su
guitarra mal rasgueada, una copla de fandango o de rondeñas, ni muy
discreta ni muy poética, ni muy delicada, suelo enternecerme como si oyera
la más celestial melodía. Una compasión loca, insana, me aqueja a veces.
El otro día cogieron los hijos del aperador de mi padre un nido de
gorriones, y al ver yo los pajarillos sin plumas aún y violentamente
separados de la madre cariñosa, sentí suma angustia, y, lo confieso, se me
saltaron las lágrimas. Pocos días antes trajo del campo un rústico una
ternerita que se había perniquebrado; iba a llevarla al matadero y venía a
decir a mi padre qué quería de ella para su mesa; mi padre pidió unas
cuantas libras de carne, la cabeza y las patas; yo me conmoví al ver la
ternerita, y estuve a punto, aunque la vergüenza me lo impidió, de
comprársela al hombre, a ver si yo la curaba y conservaba viva. En fin,
querido tío, menester es tener la gran confianza que tengo yo con usted
para contarle estas muestras de sentimiento extraviado y vago, y hacerle
ver con ellas que necesito volver a mi antigua vida, a mis estudios, a mis
altas especulaciones, y acabar por ser sacerdote para dar al fuego que
devora mi alma el alimento sano y bueno que debe tener.
14 de abril
Sigo haciendo la misma vida de
siempre y detenido aquí a ruegos de mi padre.
El mayor placer de que disfruto,
después del de vivir con él, es el trato y conversación del señor Vicario,
con quien suelo dar a solas largos paseos. Imposible parece que un hombre
de su edad, que debe de tener cerca de los ochenta años, sea tan fuerte,
ágil y andador. Antes me canso yo que él, y no queda vericueto ni lugar
agreste, ni cima de cerro escarpado en estas cercanías, a donde no
lleguemos.
El señor Vicario me va
reconciliando mucho con el clero español, a quien algunas veces he tildado
yo, hablando con usted, de poco ilustrado. ¡Cuánto más vale, me digo a
menudo, este hombre, lleno de candor y de buen deseo, tan afectuoso e
inocente, que cualquiera que haya leído muchos libros y en cuya alma no
arda con tal viveza como en la suya el fuego de la caridad unido a la fe
más sincera y más pura! No crea usted que es vulgar el entendimiento del
señor Vicario; es un espíritu inculto, pero despejado y claro. A veces
imagino que pueda provenir la buena opinión que de él tengo, de la
atención con que me escucha; pero, si no es así, me parece que todo lo
entiende con notable perspicacia y que sabe unir al amor entrañable de
nuestra santa religión el aprecio de todas las cosas buenas que la
civilización moderna nos ha traído. Me encantan, sobre todo, la sencillez,
la sobriedad en hiperbólicas manifestaciones de sentimentalismo, la
naturalidad, en suma, con que el señor Vicario ejerce las más penosas
obras de caridad. No hay desgracia que no remedie, ni infortunio que no
consuele, ni humillación que no procure restaurar, ni pobreza a que no
acuda solícito con un socorro.
Para todo esto, fuerza es
confesarlo, tiene un poderoso auxiliar en Pepita Jiménez, cuya devoción y
natural compasivo siempre está él poniendo por las nubes.
El carácter de esta especie de
culto que el Vicario rinde a Pepita va sellado, casi se confunde con el
ejercicio de mil buenas obras; con las limosnas, el rezo, el culto público
y el cuidado de los menesterosos. Pepita no da sólo para los pobres, sino
también para novenas, sermones y otras fiestas de iglesia. Si los altares
de la parroquia brillan a veces adornados de bellísimas flores, estas
flores se deben a la munificencia de Pepita, que las ha hecho traer de sus
huertas. Si en lugar del antiguo manto, viejo y raído que tenía la Virgen
de los Dolores, luce hoy un flamante y magnífico manto de terciopelo negro
bordado de plata, Pepita es quien lo ha costeado.
Éstos y otros tales beneficios,
el Vicario está siempre decantándolos y ensalzándolos. Así es que, cuando
no hablo yo de mis miras, de mi vocación, de mis estudios, lo cual
embelesa en extremo al señor Vicario, y le trae suspenso de mis labios;
cuando es él quien habla y yo quien escucho, la conversación, después de
mil vueltas y rodeos, viene a parar siempre en hablar de Pepita Jiménez. Y
al cabo, ¿de quién me ha de hablar el señor Vicario? Su trato con el
médico, con el boticario, con los ricos labradores de aquí, apenas da
motivo para tres palabras de conversación. Como el señor Vicario posee la
rarísima cualidad en un lugareño de no ser amigo de contar vidas ajenas ni
lances escandalosos, de nadie tiene que hablar sino de la mencionada
mujer, a quien visita con frecuencia, y con quien, según se desprende de
lo que dice, tiene los más íntimos coloquios.
No sé qué libros habrá leído
Pepita Jiménez, ni que instrucción tendrá; pero de lo que cuenta el señor
Vicario se colige que está dotada de un espíritu inquieto e investigador,
donde se ofrecen infinitas cuestiones y problemas que anhela dilucidar y
resolver, presentándolos para ello al señor Vicario, a quien deja
agradablemente confuso. Este hombre, educado a la rústica, clérigo de misa
y olla como vulgarmente suele decirse, tiene el entendimiento abierto a
toda luz de verdad, aunque carece de iniciativa, y, por lo visto, los
problemas y cuestiones que Pepita le presenta le abren nuevos horizontes y
nuevos caminos, aunque nebulosos y mal determinados, que él no presumía
siquiera, que no acierta a trazar con exactitud, pero cuya vaguedad,
novedad y misterio le encantan.
No desconoce el padre Vicario que
esto tiene mucho de peligroso, y que él y Pepita se exponen a dar, sin
saberlo, en alguna herejía; pero se tranquiliza porque, distando mucho de
ser un gran teólogo, sabe su catecismo al dedillo, tiene confianza en
Dios, que le iluminará, y espera no extraviarse, y da por cierto que
Pepita seguirá sus consejos y no se extraviará nunca.
Así imaginan ambos mil poesías,
aunque informes, bellas, sobre todos los misterios de nuestra religión y
artículos de nuestra fe. Inmensa es la devoción que tienen a María
Santísima, Señora nuestra, y yo me quedo absorto de ver cómo saben enlazar
la idea o el concepto popular de la Virgen con algunos de los más
remontados pensamientos teológicos.
Por lo que relata el padre
Vicario, entreveo que en el alma de Pepita Jiménez, en medio de la
serenidad y calma que aparenta, hay clavado un agudo dardo de dolor; hay
un amor de pureza contrariado por su vida pasada. Pepita amó a don
Gumersindo como a su compañero, como a su bienhechor, como al hombre a
quien todo se lo debía; pero la atormenta, la avergüenza el recuerdo de
que don Gumersindo fue su marido.
En su devoción a la Virgen se
descubre un sentimiento de humillación dolorosa, un torcedor, una
melancolía que influye en su mente el recuerdo de su matrimonio indigno y
estéril.
Hasta en su adoración al niño
Dios, representado en la preciosa imagen de talla que tiene en su casa,
interviene el amor maternal sin objeto, el amor maternal que busca ese
objeto en un ser no nacido de pecado y de impureza.
El padre Vicario dice que Pepita
adora al niño Jesús como a su Dios, pero que le ama con las entrañas
maternales con que amaría a un hijo, si le tuviese, y si en su concepción
no hubiera habido cosa de que tuviera ella que avergonzarse. El padre
Vicario nota que Pepita sueña con la madre ideal y con el hijo ideal,
inmaculados ambos, al rezar a la Virgen Santísima, y al cuidar a su lindo
niño Jesús de talla.
Aseguro a usted que no sé qué
pensar de todas estas extrañezas. ¡Conozco tan poco lo que son las
mujeres! Lo que de Pepita me cuenta el padre Vicario me sorprende; y si
bien más a menudo entiendo que Pepita es buena, y no mala, a veces me
infunde cierto terror por mi padre. Con los cincuenta y cinco años que
tiene, creo que está enamorado, y Pepita, aunque buena por reflexión,
puede sin premeditarlo ni calcularlo, ser un instrumento del espíritu del
mal; puede tener una coquetería irreflexiva e instintiva, más invencible,
eficaz y funesta aún que la que procede de premeditación, cálculo y
discurso.
¿Quién sabe, me digo yo a veces,
si a pesar de las buenas obras de Pepita, de sus rezos, de su vida devota
y recogida, de sus limosnas y de sus donativos para las iglesias, en todo
lo cual se puede fundar el afecto que el padre Vicario la profesa, no hay
también un hechizo mundano, no hay algo de magia diabólica en este
prestigio de que se rodea y con el cual emboba a este cándido padre
Vicario, y le lleva y le trae y le hace que no piense ni hable sino de
ella a todo momento?
El mismo imperio que ejerce
Pepita sobre un hombre tan descreído como mi padre, sobre una naturaleza
tan varonil y poco sentimental, tiene en verdad mucho de raro.
No explican tampoco las buenas
obras de Pepita el respeto y afecto que infunde, por lo general, en estos
rústicos. Los niños pequeñuelos acuden a verla las pocas veces que sale a
la calle y quieren besarla la mano; las mozuelas le sonríen y la saludan
con amor, los hombres todos se quitan el sombrero a su paso y se inclinan
con la más espontánea reverencia y con la más sencilla y natural simpatía.
Pepita Jiménez, a quien muchos
han visto nacer; a quien vieron todos en la miseria, viviendo con su
madre; a quien han visto después casada con el decrépito y avaro don
Gumersindo, hace olvidar todo esto, y aparece como un ser peregrino,
venido de alguna tierra lejana, de alguna esfera superior, pura y
radiante, y obliga y mueve al acatamiento afectuoso, a algo como
admiración amantísima a todos sus compatricios.
Veo que distraídamente voy
cayendo en el mismo defecto que en el padre Vicario censuro, y que no
hablo a usted sino de Pepita Jiménez. Pero esto es natural. Aquí no se
habla de otra cosa. Se diría que todo el lugar está lleno del espíritu,
del pensamiento, de la imagen de esta singular mujer, que yo no acierto
aún a determinar si es un ángel o una refinada coqueta llena de
astucia instintiva, aunque los términos parezcan contradictorios.
Porque lo que es con plena conciencia estoy convencido de que esta mujer
no es coqueta ni suena en ganarse voluntades para satisfacer su
vanagloria.
Hay sinceridad y candor en Pepita
Jiménez. No hay más que verla para creerlo así. Su andar airoso y
reposado, su esbelta estatura, lo terso y despejado de su frente, la suave
y pura luz de sus miradas, todo se concierta en un ritmo adecuado, todo se
une en perfecta armonía, donde no se descubre nota que disuene.
¡Cuánto me pesa de haber venido
por aquí y de permanecer aquí tan largo tiempo! Había pasado la vida en su
casa de usted y en el Seminario; no había visto ni tratado más que a mis
compañeros y maestros; nada conocía del mundo sino por especulación y
teoría; y de pronto, aunque sea en un lugar, me veo lanzado en medio del
mundo, y distraído de mis estudios, meditaciones y oraciones, por mil
objetos profanos.
20 de abril
Las últimas cartas de usted,
queridísimo tío, han sido de grata consolación para mi alma. Benévolo como
siempre, me amonesta usted y me ilumina con advertencias útiles y
discretas.
Es verdad: mi vehemencia es digna
de vituperio. Quiero alcanzar el fin sin poner los medios; quiero llegar
al término de la jornada sin andar antes paso a paso el áspero camino.
Me quejo de sequedad de espíritu
en la oración, de distraído, de disipar mi ternura en objetos pueriles,
ansío volar al trato íntimo con Dios, a la contemplación esencial, y
desdeño la oración imaginaria y la meditación racional y discursiva. ¿Cómo
sin obtener la pureza, cómo sin ver la luz he de lograr el goce del amor?
Hay mucha soberbia en mí, y yo he
de procurar humillarme a mis propios ojos, a fin de que el espíritu del
mal no me humille, permitiéndolo Dios, en castigo de mi presunción y de mi
orgullo.
No creo, a pesar de todo, como
usted me advierte, que es tan fácil para mí una fea y no pensada caída. No
confío en mí; confío en la misericordia de Dios y en su gracia, y espero
que no sea.
Con todo, razón tiene usted que
le sobra en aconsejarme que no me ligue mucho en amistad con Pepita
Jiménez; pero yo disto bastante de estar ligado con ella.
No ignoro que los varones
religiosos y los santos, que deben servirnos de ejemplo y dechado, cuando
tuvieron gran familiaridad y amor con mujeres fue en la ancianidad, o
estando ya muy probados y quebrantados por la penitencia, o existiendo una
notable desproporción de edad entre ellos y las piadosas amigas que
elegían; como se cuenta de san Jerónimo y santa Paulina, y de san Juan de
la Cruz y santa Teresa. Y aun así, y aun siendo el amor de todo punto
espiritual, sé que puede pecar por demasía. Porque Dios no más debe ocupar
nuestra alma, como su dueño y esposo, y cualquiera otro ser que en ella
more ha de ser sólo a título de amigo o siervo o hechura del esposo, y en
quien el esposo se complace.
No crea usted, pues, que yo me
jacte de invencible y desdeñe los peligros y los desafíe y los busque. En
ellos perece quien los ama. Y cuando el rey profeta, con ser tan conforme
al corazón del Señor y tan su valido, y cuando Salomón, a pesar de su
sobrenatural e infusa sabiduría, fueron, conturbados y pecaron, porque
Dios quitó su faz de ellos, ¿qué no debo temer yo, mísero pecador, tan
joven, tan inexperto de las astucias del demonio, y tan poco firme y
adiestrado en las peleas de la virtud?
Lleno de un provechoso temor de
Dios, y con la debida desconfianza de mi flaqueza, no olvidaré los
consejos y prudentes amonestaciones de usted, rezando con fervor mis
oraciones y meditando en las cosas divinas para aborrecer las mundanas en
lo que tienen de aborrecibles; pero aseguro a usted que hasta ahora, por
más que ahondo en mi conciencia y registro con suspicacia sus más
escondidos senos, nada descubro que me haga temer lo que usted teme.
Si de mis cartas anteriores
resultan encomios para el alma de Pepita Jiménez, culpa es de mi padre y
del señor Vicario, y no mía; porque al principio, lejos de ser favorable a
esta mujer, estaba yo prevenido contra ella con prevención injusta.
En cuanto a la belleza y donaire
corporal de Pepita, crea usted que lo he considerado todo con entera
limpieza de pensamiento. Y aunque me sea costoso el decirlo, y aunque a
usted le duela un poco, le confesaré que si alguna leve mancha ha venido a
empañar el sereno y pulido espejo de mi alma, en que Pepita se reflejaba,
ha sido la ruda sospecha de usted, que casi me ha llevado por un instante
a que yo mismo sospeche.
Pero no. ¿Qué he pensado yo, qué
he mirado, qué he celebrado en Pepita, por donde nadie pueda colegir que
propendo a sentir por ella algo que no sea amistad y aquella inocente y
limpia admiración que inspira una obra de arte, y más si la obra es del
Artífice soberano, y nada menos que su templo?
Por otra parte, querido tío, yo
tengo que vivir en el mundo, tengo que tratar a las gentes, tengo que
verlas, y no he de arrancarme los ojos. Usted me ha dicho mil veces que me
quiere en la vida activa, predicando la ley divina, difundiéndola por el
mundo, y no entregado a la vida contemplativa en la soledad y el
aislamiento. Ahora bien; si esto es así como lo es, ¿de qué suerte me
había yo de gobernar para no reparar en Pepita Jiménez? A no ponerme en
ridículo cerrando en su presencia los ojos, fuerza es que yo vea y note la
hermosura de los suyos; lo blanco, sonrosado y limpio de su tez; la
igualdad y el nacarado esmalte de los dientes, que descubre a menudo
cuando sonríe; la fresca púrpura de sus labios; la serenidad y tersura de
su frente, y otros mil atractivos que Dios ha puesto en ella. Claro está
que para el que lleva en su alma el germen de los pensamientos livianos,
la levadura del vicio, cada una de las impresiones que Pepita produce,
puede ser como el golpe del eslabón que hiere el pedernal y que hace
brotar la chispa que todo lo incendia y devora; pero yendo prevenido
contra este peligro, y reparándome y cubriéndome bien con el escudo de la
prudencia cristiana, no encuentro que tenga yo nada que recelar. Además
que, si bien es temerario buscar el peligro, es cobardía no saber
arrostrarle y huir de él cuando se presenta.
No lo dude usted; yo veo en
Pepita Jiménez una hermosa criatura de Dios, y por Dios la amo como a
hermana. Si alguna predilección siento por ella, es por las alabanzas que
de ella oigo a mi padre, al señor Vicario y a casi todos los de este
lugar.
Por amor a mi padre desearía yo
que Pepita desistiese de sus ideas y planes de vida retirada, y se casase
con él; pero, prescindiendo de esto, y si yo viese que mi padre sólo tenía
un capricho, y no una verdadera pasión, me alegraría de que Pepita
permaneciese firme en su casta viudez, y cuando yo estuviese muy lejos de
aquí, allá en la India o en el Japón, o en algunas misiones más
peligrosas, tendría un consuelo en escribirle algo sobre mis
peregrinaciones y trabajos.
Cuando, ya viejo, volviese yo por
este lugar, también gozaría mucho en intimar con ella, que estaría ya
vieja, y en tener con ella coloquios espirituales y pláticas por el estilo
de las que tiene ahora el padre Vicario. Hoy, sin embargo, como soy mozo,
me acerco poco a Pepita; apenas la hablo. Prefiero pasar por encogido, por
tonto, por mal criado y arisco, a dar la menor ocasión, no ya a la
realidad de sentir por ella lo que no debo, pero ni a la sospecha ni a la
maledicencia.
En cuanto a Pepita, ni
remotamente convengo en lo que usted deja entrever como vago recelo. ¿Qué
plan ha de formar respecto a un hombre que va a ser clérigo dentro de dos
o tres meses? Ella, que ha desairado a tantos, ¿por qué había de prendarse
de mí? Harto me conozco y sé que no puedo, por fortuna, inspirar pasiones.
Dicen que no soy feo, pero soy desmañado, torpe, corto de genio, poco
ameno; tengo trazas de lo que soy: de un estudiante humilde. ¿Qué valgo yo
al lado de los gallardos mozos, aunque algo rústicos, que han pretendido a
Pepita; ágiles jinetes, discretos y regocijados en la conversación,
cazadores como Nembrot, diestros en todos los ejercicios de cuerpo,
cantadores finos y celebrados en todas las ferias de Andalucía, y
bailarines apuestos, elegantes y primorosos? Si Pepita ha desairado todo
esto, ¿cómo ha de fijarse ahora en mí y ha de concebir el diabólico deseo
y más diabólico proyecto de turbar la paz de mi alma, de hacerme abandonar
mi vocación, tal vez de perderme? No, no es posible. Yo creo buena a
Pepita, y a mí, lo digo sin mentida modestia, me creo insignificante. Ya
se entiende que me creo insignificante para enamorarla, no para ser su
amigo; no para que ella me estime y llegue a tener un día cierta
predilección por mí, cuando yo acierte a hacerme digno de esta
predilección con una santa y laboriosa vida.
Perdóneme usted si me defiendo
con sobrado calor de ciertas reticencias de la carta de usted, que suenan
a acusaciones y a fatídicos pronósticos.
Yo no me quejo de esas
reticencias; usted me da avisos prudentes, gran parte de los cuales acepto
y pienso seguir. Si va usted más allá de lo justo en el recelar, consiste,
sin duda, en el interés que por mí se toma, y que yo de todo corazón le
agradezco.
4 de mayo
Extraño es que en tantos días ya
no haya tenido tiempo para escribir a usted; pero tal es la verdad. Mi
padre no me deja parar y las visitas me asedian.
En las grandes ciudades es fácil
no recibir, aislarse, crearse una soledad, una Tebaida en medio del
bullicio; en un lugar de Andalucía, y sobre todo teniendo la honra de ser
hijo del cacique, es menester vivir en público. No ya sólo hasta al cuarto
donde escribo, sino hasta mi alcoba penetran, sin que nadie se atreva a
oponerse, el señor Vicario, el escribano, mi primo Currito, hijo de doña
Casilda, y otros mil, que me despiertan si estoy dormido y me llevan donde
quieren.
El casino no es aquí mera
diversión nocturna, sino de todas las horas del día. Desde las once de la
mañana está lleno de gente que charla, que lee por cima algún periódico
para saber las noticias, y que juega al tresillo. Personas hay que se
pasan diez o doce horas al día jugando a dicho juego. En fin, hay aquí una
holganza tan encantadora, que más no puede ser. Las diversiones son
muchas, a fin de entretener dicha holganza. Además del tresillo se arma la
timbirimba con frecuencia y se juega al monte. Las damas, el ajedrez y el
dominó no se descuidan. Y, por último, hay una pasión decidida por las
riñas de gallos.
Todo esto, con el visiteo, el ir
al campo a inspeccionar las labores, el ajustar todas las noches las
cuentas con el aperador, el visitar las bodegas y candioteras, y el
clarificar, trasegar y perfeccionar los vinos, y el tratar con gitanos y
chalanes para compra, venta o cambalache de los caballos, mulas y
borricos, o con gente de Jerez que viene a comprar nuestro vino para
trocarle en jerezano, ocupa aquí de diario a los hidalgos, señoritos o
como quieran llamarse. En ocasiones extraordinarias hay otras faenas y
diversiones que dan a todo más animación, como en tiempo de la siega, de
la vendimia y de la recolección de la aceituna; o bien cuando hay feria y
toros aquí o en otro pueblo cercano, o bien cuando hay romería al
santuario de alguna milagrosa imagen de María Santísima, a donde, si
acuden no pocos por curiosidad y para divertirse y feriar a sus amigas
cupidos y escapularios, más son los que acuden por devoción y en
cumplimiento de voto o promesa. Hay santuario de estos que está en la
cumbre de una elevadísima sierra, y con todo no faltan aún mujeres
delicadas que suben allí con los pies descalzos, hiriéndoselos con
abrojos, espinas y piedras, por el pendiente y mal trazado sendero.
La vida de aquí tiene cierto
encanto. Para quien no sueña con la gloria, para quien nada ambiciona,
comprendo que sea muy descansada y dulce vida. Hasta la soledad puede
lograrse aquí haciendo un esfuerzo. Como yo estoy aquí por una temporada,
no puedo ni debo hacerlo; pero, si yo estuviese de asiento, no hallaría
dificultad, sin ofender a nadie, en encerrarme y retraerme durante muchas
horas o durante todo el día, a fin de entregarme a mis estudios y
meditaciones.
Su nueva y más reciente carta de
usted me ha afligido un poco. Veo que insiste usted en sus sospechas y no
sé qué contestar para justificarme, sino lo que ya he contestado.
Dice usted que la gran victoria
en cierto género de batallas consiste en la fuga; que huir es vencer.
¿Cómo he de negar yo lo que el Apóstol y tantos santos Padres y Doctores
han dicho? Con todo, de sobra sabe usted que el huir no depende de mi
voluntad. Mi padre no quiere que me vaya; mi padre me retiene a pesar mío;
tengo que obedecerle. Necesito, pues, vencer por otros medios, y no por el
de la fuga.
Para que usted se tranquilice,
repetiré que la lucha apenas está empeñada, que usted ve las cosas más
adelantadas de lo que están.
No hay el menor indicio de que
Pepita Jiménez me quiera. Y aunque me quisiese, sería de otro modo que
como querían las mujeres que usted cita para mi ejemplar escarmiento. Una
señora bien educada y honesta en nuestros días no es tan inflamable y
desaforada como esas matronas de que están llenas las historias antiguas.
El pasaje que aduce usted de san
Juan Crisóstomo es digno del mayor respeto, pero no es del todo apropiado
a las circunstancias. La gran dama que en Of, Tebas o Dióspolis Magna, se
enamoró del hijo predilecto de Jacob, debió de ser hermosísima; sólo así
se concibe que asegure el Santo ser mayor prodigio el que Josef no ardiera
que el que los tres mancebos que hizo poner Nabucodonosor en el horno
candente no se redujesen a cenizas.
Confieso con ingenuidad que, lo
que es en punto a hermosura, no atino a representarme que supere a Pepita
Jiménez la mujer de aquel príncipe egipcio, mayordomo mayor o cosa por el
estilo del palacio de los faraones; pero ni yo soy como Josef, agraciado
con tantos dones y excelencias, ni Pepita es una mujer sin religión y sin
decoro. Y aunque fuera así, aun suponiendo todos estos horrores, no me
explico la ponderación de san Juan Crisóstomo sino porque vivía en la
capital corrompida, y semi-gentílica aún, del Bajo Imperio; en aquella
corte, cuyos vicios tan crudamente censuró, y donde la propia emperatriz
Eudoxia daba ejemplo de corrupción y de escándalo. Pero hoy, que la moral
evangélica ha penetrado más profundamente en el seno de la sociedad
cristiana, me parece exagerado creer más milagroso el casto desdén del
hijo de Jacob que la incombustibilidad material de los tres mancebos de
Babilonia.
Otro punto toca usted en su carta
que me anima y lisonjea en extremo. Condena usted como debe el
sentimentalismo exagerado y la propensión a enternecerme y a llorar por
motivos pueriles, de que le dije padecía a veces; pero esta afeminada
pasión de ánimo, ya que existe en mí, importando desecharla, celebra usted
que no se mezcle con la oración y la meditación y las contamine. Usted
reconoce y aplaude en mí la energía verdaderamente varonil que debe haber
en el afecto y en la mente que anhelan elevarse a Dios. La inteligencia
que pugna por comprenderle ha de ser briosa; la voluntad que se le somete
por completo es porque triunfa de sí misma, riñendo bravas batallas con
todos los apetitos, y derrotando y poniendo en fuga todas las tentaciones;
el mismo afecto acendrado y ardiente, que, aun en criaturas simples y
cuitadas, puede encumbrarse hasta Dios por un rapto de amor, logrando
conocerle por iluminación sobrenatural, es hijo, a más de la graci