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"Rimas" XX a XXXIX

XX
 
Sabe, si alguna vez tus labios rojos
quema invisible atmósfera abrasada,
que al alma que hablar puede con los ojos,
también puede besar con la mirada.
 
XXI
 
¿Qué es poesía?, dices mientras clavas
en mi pupila tu pupila azul.
¿Que es poesía?, Y tú me lo preguntas?
          Poesía... eres tú.
 
XII
 
¿Cómo vive esa rosa que has prendido
     junto a tu corazón?
Nunca hasta ahora contemple en la tierra
    sobre el volcán la flor.
 
XXIII
 
       Por una mirada, un mundo,
       por una sonrisa, un cielo,
       por un beso... ¡yo no sé
       que te diera por un beso!
 
XXIV
 
          Dos rojas lenguas de fuego
          que a un mismo tronco enlazadas
          se aproximan, y al besarse
          forman una sola llama.
 
          Dos notas que del laúd
          a un tiempo la mano arranca,
          y en el espacio se encuentran
          y armoniosas se abrazan.
 
          Dos olas que vienen juntas
          a morir sobre una playa
          y que al romper se coronan
          con un penacho de plata.
 
          Dos jirones de vapor
          que del lago se levantan,
          y al reunirse en el cielo
          forman una nube blanca.
 
          Dos ideas que al par brotan,
          dos besos que a un tiempo estallan,
          dos ecos que se confunden,
          eso son nuestras dos almas.
 
XXV
 
   Cuando en la noche te envuelven
    las alas de tul del sueño
    y tus tendidas pestañas
    semejan arcos de ébano,
    por escuchar los latidos
    de tu corazón inquieto
    y reclinar tu dormida
    cabeza sobre mi pecho,
        diera, alma mía,
        cuanto poseo,
        la luz, el aire
        y el pensamiento!
 
    Cuanto se clavan tus ojos
    en un invisible objeto
    y tus labios ilumina
    de una sonrisa el reflejo,
    por leer sobre tu frente
    el callado pensamiento
    que pasa como la nube
    del mar sobre el ancho espejo,
        diera, alma mía,
        cuanto deseo,
        la fama, el oro,
        la gloria, el genio!
 
    Cuanto enmudece tu lengua
    y se apresura tu aliento
    y tus mejillas se encienden
    y entornas tus ojos negros,
    por ver entre sus pestañas
    brillar con húmedo fuego
    la ardiente chispa que brota
    del volcán de los deseos,
        diera, alma mía,
        por cuanto espero,
        la fe, el espíritu,
        la tierra, el cielo.
 
XXVI
 
Voy contra mi interés al confesarlo;
     no obstante, amada mía,
pienso cual tú que una oda solo es buena
de un billete del banco al dorso escrita.
No faltará algún necio que al oírlo
se haga cruces y diga:
Mujer al fin del siglo diez y nueve
material y prosaica... ¡Boberías!
¡Voces que hacen correr cuatro poetas
que en invierno se embozan con la lira!
¡Ladridos de los perros a la luna!
Tú sabes y yo se que en esta vida,
con genio es muy contado el que la escribe,
y con oro cualquiera hace poesía.
 
XXVII
 
    Despierta, tiemblo al mirarte:
    dormida, me atrevo a verte;
    por eso, alma de mi alma,
    yo velo cuando tú duermes.  
 
    Despierta, ríes y al reír tus labios
        inquietos me parecen
    relámpagos de grana que serpean
        sobre un cielo de nieve.
 
    Dormida, los extremos de tu boca
        pliega sonrisa leve,
    suave como el rastro luminoso
        que deja en sol que muere.
        “Duerme!”
  
    Despierta miras y al mirar tus ojos
        húmedos resplandecen,
    como la onda azul en cuya cresta
        chispeando el sol hiere.
 
    Al través de tus párpados, dormida;
        tranquilo fulgor vierten
    cual derrama de luz templado rayo
        lámpara transparente.
        “Duerme!”
 
    Despierta hablas, y al hablar vibrantes
        tus palabras parecen
    lluvia de perlas que en dorada copa
        se derrama a torrentes.
 
    Dormida, en el murmullo de tu aliento
        acompasado y tenue,
    escucho yo un poema que mi alma
        enamorada entiende.
        “Duerme!”
 
    Sobre el corazón la mano
    me he puesto porque no suene
    su latido y en la noche
    turbe la calma solemne:
   
    De tu balcón las persianas
    cerré ya porque no entre
    el resplandor enojoso
    de la aurora y te despierte.
        “Duerme!”  
 
XVIII
 
          Cuando entre la sombra oscura
          perdida una voz murmura
          turbando su triste calma,
          si en el fondo de mi alma
          la oigo dulce resonar,
          dime: ¿es que el viento en sus giros
          se queja, o que tus suspiros
          me hablan de amor al pasar?
 
          Cuando el sol en mi ventana
          rojo brilla a la mañana
          y mi amor tu sombra evoca,
          si en mi boca de otra boca
          sentir creo la impresión,
          dime: ¿es que ciego deliro,
          o que un beso en un suspiro
          me envía tu corazón?
 
          Y en el luminoso día
          y en la alta noche sombría,
          si en todo cuanto rodea
          al alma que te desea
          te creo sentir y ver,
          dime: ¿es que toco y respiro
          soñando, o que en un suspiro
          me das tu aliento a beber?
 
XXIX
 
Sobre la falda tenía
     el libro abierto,
en mi mejilla tocaban
        sus rizos negros:
no veíamos las letras
          ninguno, creo,
mas guardábamos entrambos
          hondo silencio.
 
¿Cuánto duró? Ni aun entonces
          pude saberlo;
sólo se que no se oía
          más que el aliento,
que apresurado escapaba
          del labio seco.
Sólo sé que nos volvimos
los dos a un tiempo
y nuestros ojos se hallaron
      y sonó un beso.
 
Creación de Dante era el libro,
          era su Infierno.
 
Cuando a él bajamos los ojos
          yo dije trémulo:
“¿Comprendes ya que un poema
          cabe en un verso?”
Y ella respondió encendida:
          “¡Ya lo comprendo!”
 
XXX
 
    Asomaba a sus ojos una lágrima
    y a mis labios una frase de perdón...
    habló el orgullo y se enjugó su llanto,
    y la frase en mis labios expiró.
 
    Yo voy por un camino, ella por otro;
    pero al pensar en nuestro mutuo amor,
    yo digo aún: "¿Por que callé aquel día?"
    y ella dirá. "¿Por qué no lloré yo?"
 
XXXI
 
Nuestra pasión fue un trágico sainete
     en cuya absurda fábula
lo cómico y lo grave confundidos
    risas y llanto arrancan.
 
Pero fue lo peor de aquella historia
     que al fin de la jornada
a ella tocaron lágrimas y risas
     y a mí, sólo las lágrimas.
 
XXXII
 
Pasaba arrolladora en su hermosura
     y el paso le dejé,
ni aun mirarla me volví, y no obstante
     algo en mi oído murmuró “Esa es”.
 
¿Quién reunió la tarde a la mañana?
     Lo ignoro; sólo sé
que en una breve noche de verano
     se unieron los crepúsculos y ... “fue”.
 
XXXIII
 
    Es cuestión de palabras, y, no obstante,
        ni tú ni yo jamás,
    después de lo pasado, convendremos
        en quién la culpa está.
 
    ¡Lástima que el amor un diccionario
       no tenga dónde hallar
    cuando el orgullo es simplemente orgullo
        y cuando es dignidad!
 
XXXIV
 
Cruza callada y son sus movimientos
    silenciosa armonía;
suenan sus pasos, y al sonar recuerdan
del himno alado la cadencia rítmica.
 
Los entreabre, aquellos ojos
    tan claros como el día,
y la tierra y el cielo, cuando abarcan,
arden con nueva luz en sus pupilas.
 
Ríe, y su carcajada tiene notas
    del agua fugitiva;
llora, y es cada lágrima un poema
    de ternura infinita.
 
Ella tiene la luz, tiene el perfume,
    el color y la línea,
la forma, engendradora de deseos,
la expresión, fuente eterna de poesía.
 
¿Que es estúpida?... ¡Bah!, mientras, callando
    guarde obscuro el enigma,
siempre valdrá, a mi ver, lo que ella calla
más que lo que cualquiera otra me lo diga.
 
XXXV
 
    No me admiró tu olvido! Aunque de un día,
    me admiró tu cariño mucho más;
    porque lo que hay en mí que vale algo
    eso... ¡ni lo pudiste sospechar!.
 
XXXVI
 
    Si de nuestros agravios en un libro
        se escribiese la historia,
    y se borrase en nuestras almas cuanto
        se borrase en sus hojas;
 
    Te quiero tanto aún: dejó en mi pecho
        tu amor huellas tan hondas,
    que sólo con que tú borrases una,
        ¡las borraba yo todas!
 
XXXVII
 
Antes que tú me moriré: escondido
          en las entrañas ya
el hierro llevo con que abrió tu mano
          la ancha herida mortal.
 
Antes que tú me moriré: y mi espíritu,
          en su empeño tenaz,
sentándose a las puertas de la muerte,
          allí te esperará.
 
Con las horas los días, con los días
          los años volarán,
y a aquella puerta llamarás al cabo...
          ¿Quién deja de llamar?
 
Entonces que tu culpa y tus despojos
          la tierra guardará,
lavándote en las ondas de la muerte
          como en otro Jordán.
 
Allí, donde el murmullo de la vida
          temblando a morir va,
como la ola que a la playa viene
          silenciosa a expirar.
 
Allí donde el sepulcro que se cierra
          abre una eternidad...
¡ Todo lo que los dos hemos callado
          lo tenemos que hablar !
 
XXXVIII
 
    Los suspiros son aire y van al aire!
    Las lágrimas son agua y van al mar!
    Dime, mujer, cuando el amor se olvida
        ¿sabes tú adónde va?
 
XXXIX
 
Lo que el salvaje que con torpe mano
hace de un tronco a su capricho un dios,
y luego ante su obra se arrodilla,
          eso hicimos tu y yo.
 
Dimos formas reales a un fantasma,
de la mente ridícula invención,
y hecho el ídolo ya, sacrificamos
          en su altar nuestro amor.

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