Furia color de
amor
amor color de olvido.
LUIS CERNUDA.
VUELTA DE PASEO
Asesinado por el cielo,
entre las formas que van hacia la sierpe
y las formas que buscan el cristal,
dejaré crecer mis cabellos.
Con el árbol de muñones que no canta
y el niño con el blanco rostro de huevo.
Con los animalitos de cabeza rota
y el agua harapienta de los pies secos.
Con todo lo que tiene cansancio sordomudo
y mariposa ahogada en el tintero.
Tropezando con mi rostro distinto de cada día.
¡Asesinado por el cielo!
1910
(INTERMEDIO)
Aquellos ojos míos de mil novecientos diez
no vieron enterrar a los muertos,
ni la feria de ceniza del que llora por la
madrugada,
ni el corazón que tiembla arrinconado como un
caballito de mar.
Aquellos ojos míos de mil novecientos diez
vieron la blanca pared donde orinaban las niñas,
el hocico del toro, la seta venenosa
y una luna incomprensible que iluminaba por los
rincones
los pedazos de limón seco bajo el negro duro de
las botellas.
Aquellos ojos míos en el cuello de la jaca,
en el seno traspasado de Santa Rosa dormida,
en los tejados del amor, con gemidos y frescas
manos,
en un jardín donde los gatos se comían a las
ranas.
Desván donde el polvo viejo congrega estatuas y
musgos,
cajas que guardan silencio de cangrejos devorados
en el sitio donde el sueño tropezaba con su
realidad.
Allí mis pequeños ojos.
No preguntarme nada. He visto que las cosas
cuando buscan su curso encuentran su vacío.
Hay un dolor de huecos por el aire sin gente
y en mis ojos criaturas vestidas ¡sin desnudo!
Nueva York, agosto 1929
FÁBULA Y RUEDA DE LOS TRES AMIGOS
Enrique,
Emilio,
Lorenzo,
Estaban los tres helados:
Enrique por el mundo de las camas;
Emilio por el mundo de los ojos y las heridas de
las manos,
Lorenzo por el mundo de las universidades sin
tejados.
Lorenzo,
Emilio,
Enrique,
Estaban los tres quemados:
Lorenzo por el mundo de las hojas y las bolas de
billar;
Emilio por el mundo de la sangre y los alfileres
blancos,
Enrique por el mundo de los muertos y los
periódicos abandonados.
Lorenzo,
Emilio, Enrique, Estaban los tres enterrados:
Lorenzo en un seno de Flora;
Emilio en la, yerta ginebra que se olvida en el
vaso,
Enrique en la hormiga, en el mar y en los ojos
vacíos de los pájaros.
Lorenzo,
Emilio,
Enrique,
Fueron los tres en mis manos
tres montañas chinas,
tres sombras de caballo,
tres paisajes de nieve y una cabaña de azucenas
por los palomares donde la luna se pone plana
bajo el gallo.
Uno
y uno
y uno,
Estaban los tres momificados,
con las moscas del invierno,
con los tinteros que orina el perro y desprecia
el villano,
con la brisa que hiela el corazón de todas las
madres,
por los blancos derribos de Júpiter donde
meriendan muerte los borrachos.
Tres
y dos
y uno,
Los vi perderse llorando y cantando
por un huevo de gallina,
por la noche que enseñaba su esqueleto de tabaco,
por mi dolor lleno de rostros y punzantes
esquirlas de luna,
por mi alegría de ruedas dentadas y látigos,
por mi pecho turbado por las palomas,
por mi muerte desierta con un solo paseante
equivocado.
Yo había matado la quinta luna
y bebían agua por las fuentes los abanicos y los
aplausos.
Tibia leche encerrada de las recién paridas
agitaba las rosas con un largo dolor blanco.
Enrique,
Emilio,
Lorenzo.
Diana es dura,
pero a veces tiene los pechos nublados.
Puede la piedra blanca latir en la sangre del
ciervo
y el ciervo puede soñar por los ojos de un
caballo.
Cuando se hundieron las formas puras
bajo el cri cri de las margaritas,
comprendí que me habían asesinado.
Recorrieron los cafés y los cementerios y las
iglesias,
abrieron los toneles y los armarios,
destrozaron tres esqueletos para arrancar sus
dientes de oro.
Ya no me encontraron.
¿No me encontraron?
No. No me encontraron.
Pero se supo que la sexta luna huyó torrente
arriba,
y que el mar recordó ¡de pronto!
los nombres de todos sus ahogados.
TU
INFANCIA EN MENTON
Sí, tu niñez ya fábula de fuentes.
JORGE GUILLÉN.
Sí, tu niñez ya fábula de fuentes.
El tren y la mujer que llena el cielo.
Tu soledad esquiva en los hoteles
y tu máscara pura de otro signo.
Es la niñez del mar y tu silencio
donde los sabios vidrios se quebraban.
Es tu yerta ignorancia donde estuvo
mi torso limitado por el fuego.
Norma de amor te di, hombre de Apolo,
llanto con ruiseñor enajenado,
pero, pasto de ruina, te afilabas
para los breves sueños indecisos.
Pensamiento de enfrente, luz de ayer,
índices y señales del acaso.
Tu cintura de arena sin sosiego
atiende sólo rastros que no escalan.
Pero yo he de buscar por los rincones
tu alma tibia sin ti que no te entiende,
con el dolor de Apolo detenido
con que he roto la máscara que llevas.
Allí, león, allí, furia del cielo,
te dejaré pacer en mis mejillas;
allí, caballo azul de mi locura,
pulso de nebulosa y minutero,
he de buscar las piedras de alacranes
y los vestidos de tu madre niña,
llanto de media noche y paño roto
que quitó luna de la sien del muerto.
Sí, tu niñez ya fábula de fuentes.
Alma extraña de mi hueco de venas,
te he de buscar pequeña y sin raíces.
¡Amor de siempre, amor, amor de nunca!
¡Oh, sí! Yo quiero. ¡Amor, amor! Dejadme.
No me tapen la boca los que buscan
espigas de Saturno por la nieve
o castran animales por un cielo,
clínica y selva de la anatomía.
Amor, amor, amor Niñez del mar.
Tu alma tibia sin ti que no to entiende.
Amor, amor, un vuelo de la corza
por el pecho sin fin de la blancura.
Y tu niñez, amor, y to niñez.
El tren y la mujer que llena el cielo.
Ni tú, ni yo, ni el aire, ni las hojas.
Sí, tu niñez ya fábula de fuentes.
II
LOS NEGROS
Para Ángel del Río.
NORMA Y PARAÍSO DE LOS NEGROS
Odian la sombra del pájaro
sobre el pleamar de la blanca mejilla
y el conflicto de luz y viento
en el salón de la nieve fría.
Odian la flecha sin cuerpo,
el pañuelo exacto de la despedida,
la aguja que mantiene presión y rosa
en el gramíneo tabor de la sonrisa.
Aman el azul desierto,
las vacilantes expresiones bovinas,
la mentirosa luna de los polos,
la danza curva del agua en la orilla.
Con la ciencia del tronco y del rastro
llenan de nervios luminosos la arcilla
y patinan lúbricos por agua y arenas
gustando la amarga frescura de su milenaria
saliva.
Es por el azul crujiente,
azul sin un gusano ni una huella dormida,
donde los huevos de avestruz quedan eternos
y deambulan intactas las lluvias bailarinas.
Es por el azul sin historia,
azul de una noche sin temor de día,
azul donde el desnudo del viento va quebrando
los camellos sonámbulos de las nubes vacías.
Es allí donde sueñan los torsos bajo la gula de
la hierba.
Allí los corales empapan la desesperación de la
tinta,
los durmientes borran sus perfiles bajo la madeja
de los caracoles
y queda el hueco de la danza sobre las últimas
cenizas.
EL
REY DE HARLEM
Con una cuchara
arrancaba los ojos a los cocodrilos
y golpeaba el trasero de los monos.
Con una cuchara.
Fuego de siempre dormía en los pedernales
y los escarabajos borrachos de anís
olvidaban el musgo de las aldeas.
Aquel viejo cubierto de setas
iba al sitio donde lloraban los negros
mientras crujía la cuchara del rey
y llegaban los tanques de agua podrida.
Las rosas huían por los filos
de las últimas curvas del aire,
y en los montones de azafrán
los niños machacaban pequeñas ardillas
con un rubor de frenesí manchado.
Es preciso cruzar los puentes
y llegar al rubor negro
para que el perfume de pulmón
nos golpee las sienes con su vestido
de caliente piña.
Es preciso matar al rubio vendedor de
aguardiente,
a todos los amigos de la manzana y de la arena,
y es necesario dar con los puños cerrados
a las pequeñas judías que tiemblan llenas de
burbujas,
para que el rey de Harlem cante con su
muchedumbre,
para que los cocodrilos duerman en largas filas
bajo el amianto de la luna,
y para que nadie dude de la infinita belleza
de los plumeros, los ralladores, los cobres y las
cacerolas de las cocinas.
¡Ay, Harlem! ¡Ay, Harlem!
¡Ay, Harlem!
No hay angustia comparable a tus rojos oprimidos,
a tu sangre estremecida dentro del eclipse
oscuro,
a tu violencia granate sordomuda en la penumbra,
a tu gran rey prisionero, con un traje de
conserje.
Tenía la noche una hendidura y quietas
salamandras de marfil.
Las muchachas americanas
llevaban niños y monedas en el vientre
y los muchachos se desmayaban en la cruz del
desperezo.
Ellos son.
Ellos son los que beben el whisky de plata junto
a los volcanes
y tragan pedacitos de corazón por las heladas
montañas del oso.
Aquella noche el rey de Harlem con una durísima
cuchara
arrancaba los ojos a los cocodrilos
y golpeaba el trasero de los monos.
Con una cuchara.
Los negros lloraban confundidos
entre paraguas y soles de oro,
los mulatos estiraban gomas, ansiosos de llegar
al torso blanco,
y el viento empañaba espejos
y quebraba las venas de los bailarines.
Negros, Negros, Negros, Negros.
La sangre no tiene puertas en vuestra noche boca
arriba.
No hay rubor. Sangre furiosa por debajo de las
pieles,
viva en la espina del puñal y en el pecho de los
paisajes,
bajo las pinzas y las retamas de la celeste luna
de cáncer.
Sangre que busca por mil caminos muertes
enharinadas y ceniza de nardo,
cielos yertos, en declive, donde las colonias de
planetas
rueden por las playas con los objetos
abandonados.
Sangre que mira lenta con el rabo del ojo,
hecha de espartos exprimidos, néctares de
subterráneos.
Sangre que oxida el alisio descuidado en una
huella
y disuelve a las mariposas en los cristales de la
ventana.
Es la sangre que viene, que vendrá
por los tejados y azoteas, por todas partes,
para quemar la clorofila de las mujeres rubias,
para gemir al pie de las camas ante el insomnio
de los lavabos
y estrellarse en una aurora de tabaco y bajo
amarillo.
Hay que huir,
huir por las esquinas y encerrarse en los últimos
pisos,
porque el tuétano del bosque penetrará por las
rendijas
para dejar en vuestra carne una leve huella de
eclipse
y una falsa tristeza de guante desteñido y rosa
química.
Es por el silencio sapientísimo
cuando los camareros y los cocineros y los que
limpian con la lengua
las heridas de los millonarios
buscan al rey por las calles o en los ángulos del
salitre.
Un viento sur de madera, oblicuo en el negro
fango,
escupe a las barcas rotas y se clava puntillas en
los hombros;
un viento sur que lleva
colmillos, girasoles, alfabetos
y una pila de Volta con avispas ahogadas.
El olvido estaba expresado por tres gotas de
tinta sobre el monóculo,
el amor por un solo rostro invisible a flor de
piedra.
Médulas y corolas componían sobre las nubes
un desierto de tallos sin una sola rosa:
*
A la izquierda, a la derecha, por el sur y por el
norte,
se levanta el muro impasible
para el topo, la aguja del agua.
No busquéis, negros, su grieta
para hallar la máscara infinita.
Buscad el gran sol del centro
hechos una piña zumbadora.
El sol que se desliza por los bosques
seguro de no encontrar una ninfa,
el sol que destruye números y no ha cruzado nunca
un sueño,
el tatuado sol que baja por el río
y muge seguido de caimanes.
Negros, Negros, Negros, Negros.
Jamás sierpe, ni cebra, ni mula
palidecieron al morir.
El leñador no sabe cuándo expiran
los clamorosos árboles que corta.
Aguardad bajo la sombra vegetal de vuestro rey
a que cicutas .y cardos y ortigas turben
postreras azoteas.
Entonces, negros, entonces, entonces,
podréis besar con frenesí las ruedas de las
bicicletas,
poner parejas de microscopios en las cuevas de
las ardillas
y danzar al fin, sin duda, mientras las flores
erizadas
asesinan a nuestro Moisés casi en los juncos del
cielo.
¡Ay, Harlem, disfrazada!
¡Ay, Harlem, amenazada por un gentío de trajes
sin cabeza!
Me llega tu rumor,
me llega tu rumor atravesando troncos y
ascensores,
a través de láminas grises
donde flotan tus automóviles cubiertos de
dientes,
a través de los caballos muertos y los crímenes
diminutos,
a través de tu gran rey desesperado
cuyas barbas llegan al mar.
IGLESIA ABANDONADA
(BALADA DE LA GRAN GUERRA)
Yo tenía un hijo que se llamaba Juan.
Yo tenía un hijo.
Se perdió por los arcos un viernes de todos los
muertos.
Lo vi jugar en las últimas escaleras de la misa
y echaba un cubito de hojalata en el corazón del
sacerdote.
He golpeado los ataúdes. ¡Mi hijo! ¡Mi hijo! ¡Mi
hijo!
Saqué una pata de gallina por detrás de la luna y
luego
comprendí que mi niña era un pez
por donde se alejan las carretas.
Yo tenía una niña.
Yo tenía un pez muerto bajo la ceniza de los
incensarios.
Yo tenía un mar. ¿De qué? ¡Dios mío! ¡Un mar!
Subí a tocar las campanas, pero las frutas tenían
gusanos
y las cerillas apagadas
se comían los trigos de la primavera.
Yo vi la transparente cigüeña de
alcohol
mondar las negras cabezas de los soldados
agonizantes
y vi las cabañas de goma
donde giraban las copas llenas de lágrimas.
En las anémonas del ofertorio te encontraré,
¡corazón mío!,
cuando el sacerdote levante la mula y el buey con
sus fuertes brazos
para espantar los sapos nocturnos que rondan los
helados paisajes del cáliz.
Yo tenía un hijo que era un gigante,
pero los muertos son más fuertes y saben devorar
pedazos de cielo.
Si mi niño hubiera sido un oso,
yo no temería el siglo de los caimanes,
ni hubiese visto el mar amarrado a los árboles
para ser fornicado y herido por el tropel de los
regimientos.
¡Si mi niño hubiera sido un oso!
Me envolveré sobre esta lona dura para no sentir
el frío de los musgos.
Sé muy bien que me darán una manga o la corbata;
pero en el centro de la misa yo romperé el timón
y entonces
vendrá a la piedra la locura de pingüinos y
gaviotas
que harán decir a los que duermen y a los que
cantan por las esquinas:
él tenía un hijo.
¡Un hijo! ¡Un hijo! ¡Un hijo
que no era más que suyo. porque era su hijo!
¡Su hijo! ¡Su hijo! ¡Su hijo!
III
CALLES Y SUEÑOS
A Rafael R. Rapún.
Un pájaro de papel en el pecho
dice que el tiempo de los besos no ha llegado.
VICENTE ALEIXANDRE.
DANZA DE LA MUERTE
El mascarón, ¡Mirad el mascarón!
¡Cómo viene del África a New York!
Se fueron los árboles de la pimienta,
Los queños botones de fósforo.
Se fueron los camellos de carne desgarrada
y los valles de luz que el cisne levantaba con el
pico.
Era el momento de las cosas secas,
de la espiga en el ojo y el gato laminado,
del óxido de hierro de los grandes puentes
y el definitivo silencio del corcho.
Era la gran reunión de los animales muertos,
traspasados por las espadas de la luz;
la alegría eterna del hipopótamo con las pezuñas
de ceniza
y de la gacela con una siempreviva en la
garganta.
En la marchita soledad sin honda
el abollado mascarón danzaba.
Medio lado del mundo era de arena,
mercurio y sol dormido el otro medio.
El mascarón. ¡Mirad el mascarón!
¡Arena, caimán y rniedo sobre Nueva York!
*
Desfiladeros de cal aprisionaban un cielo vacío
donde sonaban las voces de los que mueren bajo el
guano.
Un cielo mondado y puro, idéntico a sí mismo,
con el bozo y lirio agudo de sus montañas
invisibles,
acabó con los más leves tallitos del canto
y se fue al diluvio empaquetado de la savia,
a través del descanso de los últimos desfiles,
levantando con el rabo pedazos de espejo.
Cuando el chino lloraba en el tejado
sin encontrar el desnudo de su mujer
y el director del banco observaba el manómetro
que mide el cruel silencio de la moneda,
el mascarón llegaba a Wall Street.
No es extraño para la danza
este columbario que pone los ojos amarillos.
De la esfinge a la caja de caudales hay un hilo
tenso
que atraviesa el corazón de todos los niños
pobres.
El ímpetu primitivo baila con el ímpetu mecánico,
ignorantes en su frenesí de la luz original.
Porque si la rueda olvida su fórmula,
ya puede cantar desnuda con las manadas de
caballos;
y si una llama quema los helados proyectos,
el cielo tendrá que huir ante el tumulto de las
ventanas.
No es extraño este sitio para la danza, yo lo
digo.
El mascarón bailará entre columnas de sangre y de
números,
entre huracanes de oro y gemidos de obreros
parados
que aullarán, noche oscura, por su tiempo sin
luces,
¡oh salvaje Norteamérica! ¡oh impúdica! ¡oh
salvaje,
tendida en la frontera de la nieve!
El mascarón. ¡Mirad el mascarón!
¡Qué ola de fango y luc¡érnaga sobre Nueva
York!
*
Yo estaba en la terraza luchando con la luna.
Enjambres de ventanas acribillaban un muslo de la
noche.
En mis ojos bebían las dulces vacas de los
cielos.
Y las brisas de largos remos
golpeaban los cenicientos cristales de Broadway.
La gota de sangre buscaba la luz de la yema del
astro
para fingir una muerta semilla de manzana.
El aire de la llanura, empujado por los pastores,
temblaba con un miedo de molusco sin concha.
Pero no son los muertos los que bailan,
estoy seguro.
Los muertos están embebidos, devorando sus
propias manos.
Son los otros los que bailan con el mascarón y su
vihuela;
son los otros, los borrachos de plata, los
hombres fríos,
los que crecen en el cruce de los muslos y llamas
duras,
los que buscan la lombriz en el paisaje de las
escaleras,
los que beben en el banco lágrimas de niña muerta
o los que comen por las esquinas diminutas
pirámides del alba.
¡Que no baile el Papa!
¡No, que no baile el Papa!
Ni el Rey,
ni el millonario de dientes azules,
ni las bailarinas secas de las catedrales,
ni constructores, ni esmeraldas, ni locos, ni
sodomitas.
Sólo este mascarón,
este mascarón de vieja escarlatina,
¡sólo este mascarón!
Que ya las cobras silbarán por los últimos pisos,
que ya las ortigas estremecerán patios y
terrazas,
que ya la Bolsa será una pirámide de musgo,
que ya vendrán lianas después de los fusiles
y muy pronto, muy pronto, muy pronto.
¡Ay, Wall Street!
El mascarón. ¡Mirad el mascarón!
¡Cómo escupe veneno de bosque
por la angustia imperfecta de Nueva York!
Diciembre, 1929.
PAISAJE DE LA MULTITUD QUE VOMITA
(ANOCHECER OE CONEY ISLAND)
La mujer gorda venía delante
arrancando las raíces y mojando el pergamino de
los tambores,.
la mujer gorda
que vuelve del revés los pulpos agonizantes.
La mujer gorda, enemiga de la luna,
corría por las calles y los pisos deshabitados
y dejaba por los rincones pequeñas calaveras de
paloma
y levantaba las furias de los banquetes de los
siglos últimos
y llamaba al demonio del pan por las colinas del
cielo barrido
y filtraba un ansia de luz en las circulaciones
subterráneas.
Son los cementerios, lo sé, son los cementerios
y el dolor de las cocinas enterradas bajo la
arena,
son los muertos, los faisanes y las manzanas de
otra hora
los que nos empujan en la garganta.
Llegaban los rumores de la selva del vómito
con las mujeres vacías, con niños de cera
caliente,
con árboles fermentados y camareros incansables
que sirven platos de sal bajo las arpas de la
saliva.
Sin remedio, hijo mío, ¡vomita! No hay remedio.
No es el vómito de los húsares sobre los pechos
de la prostituta,
ni el vómito del gato que se tragó una rana por
descuido.
Son los muertos que arañan con sus manos de
tierra
las puertas de pedernal donde se pudren nublos y
postres.
La mujer gorda venía delante
con las gentes de los barcos, de las tabernas y
de los jardines.
El vómito agitaba delicadamente sus tambores
entre algunas niñas de sangre
que pedían protección a la luna.
¡Ay de mí! ¡Ay de mí! ¡Ay de mí!
Esta mirada mía fue mía, pero ya no es mía,
esta mirada que tiembla desnuda por el alcohol
y despide barcos increíbles
por las anémonas de los muelles.
Me defiendo con esta mirada
que mana de las ondas por donde el alba no se
atreve
yo, poeta sin brazos, perdido
entre la multitud que vomita,
sin caballo efusivo que corte
los espesos musgos de mis sienes.
Pero la mujer gorda seguía delante
y la gente buscaba las farmacias
donde el amargo trópico se fija.
Sólo cuando izaron la bandera y llegaron los
primeros canes
la ciudad entera se agolpó en las barandillas del
embarcadero.
New York, 29 de diciembre de 1929.
PAISAJE DE LA MULTITUD QUE ORINA
(NOCTURNO DE BATTERY PLACE)
Se quedaron solos:
aguardaban la velocidad de las últimas
bicicletas.
Se quedaron solas:
esperaban la muerte de un niño en el velero
japonés.
Se quedaron solos y solas
soñando con los picos abiertos de los pájaros
agonizantes,
con el agudo quitasol que pincha
al sapo recién aplastado,
bajo un silencio con mil orejas
y diminutas bocas de agua
en los desfiladeros que resisten
el ataque violento de la luna.
Lloraba el niño del velero y se quebraban los
corazones
angustiados por el testigo y la vigilia de todas
las cosas
y porque todavía en el suelo celeste de negras
huellas
gritaban nombres oscuros, salivas y radios de
níquel.
No importa que el niño calle cuando le clavan el
último alfiler,
ni importa la derrota de la brisa en la corola
del algodón,
porque hay un mundo de la muerte con marineros
definitivos
que se asomarán a los arcos y os helarán por
detrás de los árboles.