|

Acto tercero
Misericordia de Dios, y
apoteosis del Amor
Panteón de la
familia Tenorio. Como estaba en el acto primero de la
Segunda Parte, menos las estatuas de doña Inés y de
don Gonzalo, que no están en su lugar
Escena primera
DON JUAN,
embozado y
distraído, entra en la escena lentamente
Culpa mía no fue; delirio
insano
me anajenó la mente
acalorada.
Necesitaba víctimas mi
mano
que inmolar a mi fe
desesperada,
y al verlos en mitad de
mi
camino,
presa les hice allí de mi locura.
¡No fui yo, vive Dios!,
¡fue su
destino!
Sabían mi destreza y mi
ventura.
¡Oh! Arrebatado el
corazón me
siento
por vértigo infernal....
mi alma
perdida
va cruzando el desierto
de la
vida
cual hoja seca que
arrebata el
viento.
Dudo..., temo...,
vacilo.... en mi
cabeza
siento arder un
volcán....
muevo la planta
sin voluntad, y humilla
mi
grandeza
un no sé qué de grande
que me
espanta.
(Un momento de
pausa.)
¡Jamás mi orgullo
concibió que
hubiere
nada más que el valor...!
Que
se aniquila
el alma con el cuerpo
cuando
muere
creí..., mas hoy mi
corazón
vacila.
¡Jamás creí en
fantasmas...!
¡Desvaríos!
Mas del fantasma aquel,
pese a
mi aliento,
los pies de piedra
caminando
siento,
por doquiera que voy,
tras de
los míos.
¡Oh! Y me trae a este
sitio
irresistible,
misterioso poder...
(Levanta
la cabeza y ve que no está en su pedestal la estatua de
DON GONZALO.)
¡Pero qué veo!
¡Falta de allí su
estatua...!
Sueño horrible,
déjame de una vez... No,
no te
creo.
Sal, huye de mi mente
fascinada,
fatídica ilusión...,
estás en vano
con pueriles asombros
empeñada
en agotar mi aliento
sobrehumano.
Si todo es ilusión,
mentido
sueño,
nadie me ha de aterrar
con
trampantojos;
si es realidad, querer es
necio
empeño
aplacar de los cielos los enojos.
No: sueño o realidad, del
todo
anhelo
vencerle o que me venza;
y si
piadoso
busca tal vez mi corazón
el
cielo,
que le busque más franco
y
generoso.
La efigie de esa tumba me ha
invitado
a venir a buscar prueba
más
cierta
de la verdad en que dudé
obstinado...
Heme aquí, pues
comendador,
despierta.
(Llama al
sepulcro del
COMENDADOR.
Este
sepulcro se cambia en una
mesa que parodia horriblemente la mesa en que cenaron en el
acto anterior
DON JUAN, CENTELLAS y AVELLANEDA.
En vez
de las guirnaldas que
cogían en pabellones sus manteles, de sus flores y lujoso
servicio, culebras, huesos y fuego, etcétera. (A gusto del
pintor.) Encima de esta mesa aparece un plato de ceniza, una copa
de fuego y un reloj de arena. Al cambiarse este sepulcro,
todos los demás se abren
y dejan
paso a las osamentas de las
personas que se suponen enterradas en ellos, envueltas en sus
sudarios. Sombras, espectros y espíritus pueblan el fondo
de la escena La tumba de DOÑA INÉS permanece.)
Escena II
DON JUAN,
la
ESTATUA
de
DON GONZALO,
las
SOMBRAS
ESTATUA. Aquí me tienes, don Juan,
y he aquí que vienen conmigo
los que tu eterno castigo
De Dios reclamando están.
JUAN. ¡Jesús!
ESTATUA. ¿Y de qué te alteras,
si nada hay que a ti te
asombre,
y para hacerte eres hombre
plato con sus calaveras?
JUAN. ¡Ay de mí!
ESTATUA. Qué, ¿el corazón
te desmaya?
JUAN. No lo sé;
concibo que me engañé;
no son sueños..., ¡ellos
son!
(Mirando a los
espectros.)
Pavor jamás conocido
el alma fiera me asalta,
y aunque el valor no me
falta,
me va faltando el
sentido.
ESTATUA. Eso es, don Juan, que
se va
concluyendo tu
existencia,
y el plazo de tu
sentencia
está cumpliéndose ya.
JUAN. ¡Qué dices!
ESTATUA. Lo que hace poco
que doña Inés te avisó,
lo que te he avisado yo,
y lo que olvidaste loco.
Mas el festín que me has
dado
debo volverte, y así
llega, don Juan, que yo aquí
cubierto te he preparado.
JUAN. ¿Y qué es lo que
ahí me das?
ESTATUA. Aquí fuego, allí ceniza.
JUAN. El cabello se me
eriza.
ESTATUA. Te doy lo que tú
serás.
JUAN. ¡Fuego y ceniza he
de ser!
ESTATUA. Cual los que ves en redor
en eso para el valor,
la juventud y el poder.
JUAN. Ceniza, bien; ¡pero
fuego!
ESTATUA. El de la ira omnipotente,
do arderás eternamente
por tu desenfreno ciego.
JUAN. ¿Conque hay otra
vida más
y otro mundo que el de aquí?
¿Conque es verdad, ¡ay de
mí!,
lo que no creí jamás?
¡Fatal verdad que me
hiela
la sangre en el corazón!
Verdad que mi perdición
solamente me revela.
¿Y ese reló?
ESTATUA. Es la medida
de tu tiempo.
JUAN. ¡Expira ya!
ESTATUA. Sí; en cada grano se va
un instante de tu vida.
JUAN. ¿Y esos me quedan
no más?
ESTATUA. Sí.
JUAN. ¡Injusto Dios! Tu
poder
me haces ahora conocer,
cuando tiempo no me das
de arrepentirme.
ESTATUA. Don Juan,
un punto de contrición
da a un alma la salvación
y ese punto aún te le
dan.
JUAN. ¡Imposible! ¡En un
momento
borrar treinta años malditos
de crímenes y delitos!
ESTATUA. Aprovéchale con tiento,
(Tocan a muerto.)
porque el plazo va a
expirar,
y las campana doblando
por ti están, y están cavando
la fosa en que te han de
echar.
(Se oye a lo
lejos el oficio de difuntos.)
JUAN. ¿Conque por mí
doblan?
ESTATUA. Sí.
JUAN. ¿Y esos cantos
funerales?
ESTATUA. Los salmos penitenciales,
que están cantando por ti.
(Se ve pasar por
la izquierda luz de hachones, y rezan dentro.)
JUAN. ¿Y aquel entierro
que pasa?
ESTATUA. Es el tuyo.
JUAN. ¡Muerto yo!
ESTATUA. El capitán te mató
a la puerta de tu casa.
JUAN. Tarde la luz de la fe
penetra en mi corazón,
pues crímenes mi razón
a su luz tan sólo ve.
Los ve... con horrible
afán
porque al ver su multitud
ve a Dios en la plenitud
de su ira contra don
Juan.
¡Ah! Por doquiera que fui
la razón atropellé,
la virtud escarnecí
y a la justicia burlé,
y emponzoñé cuanto vi.
Yo a las cabañas bajé
y a los palacios subí,
y los claustros escalé;
y pues tal mi vida fue,
no, no hay perdón para
mí.
¡Mas ahí estáis todavía
(A los
fantasmas.)
con quietud tan pertinaz!
Dejadme morir en paz
a solas con mi agonía.
Mas con esta horrenda
calma,
¿qué me auguráis, sombras
fieras?
¿Qué esperan de mí?
(A
la estatua de
DON GONZALO.)
ESTATUA. Que mueras
para llevarse tu alma.
Y adiós, don Juan; ya tu
vida
toca a su fin, y pues
vano
todo fue, dame la mano
en señal de despedida.
JUAN. ¿Muéstrasme ahora
amistad?
ESTATUA. Sí: que injusto fui
contigo,
y Dios me manda tu amigo
volver a la eternidad.
JUAN. Toma, pues.
ESTATUA. Ahora, don Juan,
pues desperdicias también
el momento que te dan,
conmigo al infierno ven.
JUAN. ¡Aparta, piedra
fingida!
Suelta, suéltame esa
mano,
que aún queda el último grano
en el reloj de mi vida.
Suéltala, que si es
verdad
que un punto de
contrición
da a un alma la salvación
de toda una eternidad,
yo, Santo Dios, creo en
Ti:
si es mi maldad inaudita,
tu piedad es infinita...
¡Señor, ten piedad de mí!
ESTATUA. Ya es tarde.
(DON JUAN
se hinca de
rodillas, tendiendo al cielo la mano que le deja
libre la estatua. Las sombras, esqueletos, etc., van a
abalanzarse sobre él, en cuyo momento se abre la tumba de
DOÑA INÉS
y aparece ésta.
DOÑA INÉS
toma
la mano que
DON JUAN
tiende
al cielo.)
Escena III
DON JUAN, LA ESTATUA DE DON GONZALO DOÑA INÉS,
SOMBRAS, etc.
INÉS. ¡No! Heme ya aquí,
don Juan mi mano asegura
esta mano que a la altura
tendió tu contrito afán,
y Dios perdona a don Juan
al pie de la sepultura.
JUAN. ¡Dios clemente!
¡Doña Inés!
INÉS. Fantasmas,
desvaneceos:
su fe nos salva...,
volveos
a vuestros sepulcros,
pues.
La voluntad de Dios es
de mi alma con la
amargura
purifiqué su alma impura,
y Dios concedió a mi afán
la salvación de don Juan
al pie de la sepultura.
JUAN. ¡Inés de mi
corazón!
INÉS. Yo mi alma he dado
por ti,
y Dios te otorga por mí
tu dudosa salvación.
Misterio es que en
comprensión
no cabe de criatura:
y sólo en vida más pura
los justos comprenderán
que el amor salvó a don
Juan
al pie de la sepultura.
Cesad, cantos funerales
(Cesa la música y
salmodia.)
callad, mortuorias
campanas
(Dejan de tocar a
muerto.)
ocupad, sombras livianas,
vuestras urnas
sepulcrales
(Vuelven los
esqueletos a sus tumbas, que se cierran.)
volved a los pedestales,
animadas esculturas;
(Vuelven las
estatuas a sus lugares.)
y las celestes venturas
en que los justos están,
empiecen para don Juan
en las mismas sepulturas.
(Las
flores se abren y dan paso a varios angelitos que rodean a
DOÑA INÉS
y a
DON JUAN,
derramando sobre ellos flores y
perfumes, y al son de una música dulce y lejana, se ilumina el
teatro con luz de aurora.
DOÑA INÉS
cae sobre un lecho de
flores, que quedará a la vista en lugar de su tumba, que
desaparece.)
Escena última
DOÑA INÉS, DON JUAN, LOS
ÁNGELES
JUAN. ¡Clemente Dios,
gloria a Ti!
Mañana a los sevillanos
aterrará el creer que a
manos
de mis víctimas caí.
Mas es justo: quede aquí
al universo notorio
que, pues me abre el
purgatorio
un punto de penitencia,
es el Dios de la
clemencia
el Dios de
Don Juan Tenorio.
(Cae
DON JUAN
a los pies de
DOÑA INÉS,
y mueren ambos. De
sus bocas salen sus almas representadas en dos brillantes
llamas, que se pierden en el espacio al son de la música. Cae el
telón.)
1ª Parte - Acto Primero | 1ª Parte - Acto Segundo | 1ª Parte - Acto Tercero | 1ª Parte - Acto Cuarto | 2ª Parte - Acto Primero | 2ª Parte - Acto Segundo | 2ª Parte - Acto Tercero
Don Juan Tenorio

|