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Capítulos XI a XV

XI

«Esto necesita campo», se dijo Gertrudis, a indicó a Ramiro la conveniencia de que todos ellos se fuesen a veranear a un pueblecito costero que tuviese montaña, dominando al mar y por este dominada. Buscó un lugar que no fuese muy de moda, pero donde Ramiro pudiese encontrar compañeros de tresillo, pues tampoco le quería obligado a la continua compañía de los suyos. Era un género de soledad a que Gertrudis temía.

Allí todos los días salían de paseo, por la montaña, dando vistas al mar, entre madroñales, ellos dos, Gertrudis y Ramiro, y los tres niños: Ramirín, Rosita y Elvira. Jamás, ni aun allí donde no los conocían– es decir, allí menos–, se hubiese arriesgado Gertrudis a salir de paseo con su cuñado, solos los dos. Al llegar a un punto en que un tronco tendido en tierra, junto al sendero, ofrecía, a modo de banco rústico, asiento, sentábanse en él ellos dos, cara al mar, mientras los niños jugaban allí cerca, lo más cerca posible.

Una vez en que Ramiro quiso que se sentaran en el suelo, sobre la yerba montañesa, Gertrudis le contestó: «¡No, en el suelo, no! Yo no me siento en el suelo, sobre la tierra, y menos junto a ti y ante los niños...» « Pero si el suelo está limpio... si hay yerba...» « ¡Te he dicho que no me siento así!» «No, la postura no es cómoda...» «¡Peor que incómoda!»

Desde aquel tronco, mirando al mar, hablaban de mil nonadas, pues en cuanto el hombre deslizaba la conversación a senderos de lo por pacto tácito ya vedado de hablar entre ellos, la tía tenía en la boca un « ¡Ramirín!» o «¡Rosita!» o «¡Elvira!». Le hablaba ella del mar y eran sus palabras, que le llegaban a él envueltas en el rumor no lejano de las olas, como la letra vaga de un canto de cuna para el alma. Gertrudis estaba brizando la pasión de Ramiro para adormecérsela. No le miraba casi nunca entonces, miraba al mar; pero en él, en el mar, veía reflejada por misterioso modo la mirada del hombre. El mar purísimo les unía las miradas y las almas.

Otras veces íbanse al bosque, a un castañar, y allí tenía ella que vigilarle, vigilarse y vigilar a los niños con más cuidado. Y también allí encontró el tronco derribado que le sirviese de asiento.

Quería atemperarle a una vida de familia purísima y campesina, hacer que se acostase cansado de luz y de aire libres, que se durmiese, oyendo fuera al grillo, para dormir sin ensueños, que le despertase el canto del gallo y el trajineo de los campesinos y los marineros.

Por las mañanas bajaban a una pequeña playa, donde se reunía la pequeña colonia veraniega. Los niños, descalzos, entreteníanse, después del baño, en desviar con los pies el curso de un pequeño arroyuelo vagabundo e indeciso que por la arena desaguaba en el mar. Ramiro se unió alguna vez a este juego de los niños.

Pero Gertrudis empezó a temer. Se había equivocado en sus precauciones. Ramiro huía del tresillo con sus compañeros de colonia veraniega y parecía espiar más que nunca la ocasión de hallarse a solas con su cuñada. La casita que habitaban tenía más de tienda de gitanos trashumantes que de otra cosa. El campo, en vez de adormecer, no la pasión, el deseo de Ramiro, parecía como si lo excitase más, y ella misma, Gertrudis, empezó a sentirse desasosegada. La vida se les ofrecía más al desnudo en aquellos campos, en el bosque, en los repliegues de la montaña. Y luego había los animales domésticos, los que cría el hombre, con los que era mayor allí la convivencia. Gertrudis sufría al ver la atención con que los pequeños, sus sobrinos, seguían los juegos del averío. No, el campo no rendía una lección de pureza. Lo puro allí era hundir la mirada en el mar. Y aun el mar... La brisa marina les llegaba como un aguijón.

–¡Mira qué hermosura! –exclamó Gertrudis una tarde, al ocaso, en que estaban sentados frente al mar.

Era la luna llena, roja sobre su palidez, que surgía de las olas como una flor gigantesca y solitaria en un yermo palpitante.

–¿Por qué le habrán cantado tanto a la luna los poetas? –dijo Ramiro–; ¿por qué será la luz romántica y de los enamorados?

–No lo sé, pero se me ocurre que es la única tierra, porque es una tierra... que vemos sabiendo que nunca llegaremos a ella .... es lo inaccesible... El sol no, el sol nos rechaza; gustamos de bañarnos en su luz, pero sabemos que es inhabitable, que en él nos quemaríamos, mientras que en la luna creemos que se podría vivir y en paz y crepúsculo eternos, sin tormentas, pues no la vemos cambiar, pero sentimos que no se puede llegar a ella... Es lo intangible...

–Y siempre nos da la misma cara..., esa cara tan triste y tan seria..., es decir, siempre ¡no!, porque la va velando poco a poco y la oscurece del todo y otras veces parece una hoz...

–Sí –y al decirlo parecía como que Gertrudis seguía sus propios pensamientos sin oír los de su compañero, aunque no era así–; siempre enseña la misma cara porque es constante, es fiel. No sabemos cómo será por el otro lado..., cuál será su otra cara...

–Y eso añade a su misterio...

–Puede ser..., puede ser... Me explico que alguien anhele llegar a la luna..., ¡lo imposible!..., para ver cómo es por el otro lado..., para conocer y explorar su otra cara...

–La oscura...

–¿La oscura? ¡Me parece que no! Ahora que esta que vemos está iluminada la otra estará a oscuras, pero o yo sé poco de estas cosas o cuando esta cara se oscurece del todo, en luna nueva, está en luz por el otro, es luna llena de la otra parte...

–¿Para quién?

–¿Cómo para quién?

–Sí, que cuando el otro lado alumbra, ¿para quién?

–Para el cielo, y basta. ¿O es que a la luna la hizo Dios no más que para alumbrarnos de noche a nosotros, los de la tierra? ¿O para que hablemos estas tonterías?

–Pues bien, mira, Tula...

–¡Rosita!

Y no le dejó comentar la intangibilidad y la plenitud de la luna.

Cuando ella habló de volver ya a la ciudad apresuróse él a aceptarlo. Aquella temporada en el campo, entre la montaña y el mar, había sido estéril para sus propósitos. «Me he equivocado –se decía también él–; aquí está más segura que allí, que en casa; aquí parece embozarse en la montaña, en el bosque, y como si el mar le sirviese de escudo; aquí es tan intangible como la luna, y entretanto este aire de salina filtrado por entre rayos de sol enciende la sangre... y ella me parece aquí fuera de su ámbito y como si temiese algo; vive alerta y diríase que no duerme...» Y ella a su vez se decía: «No, la pureza no es del campo, la pureza es de celda, de claustro y de ciudad; la pureza se desarrolla entre gentes que se unen en mazorcas de viviendas para mejor aislarse; la ciudad es monasterio, convento de solitarios; aquí la tierra, sobre que casi se acuestan, las une y los animales son otras tantas serpientes del paraíso... ¡A la ciudad, a la ciudad!»

En la ciudad estaba su convento, su hogar, y en él su celda. Y allí adormecería mejor a su cuñado. ¡Oh!, si pudiese decir de él –pensaba– lo que santa Teresa en una carta –Gertrudis leía mucho a santa Teresa– decía de su cuñado don Juan de Ovalle, marido de doña Juana de Ahumada. «Él es de condición en cosas muy aniñado...» ¿Cómo le aniñaría?

XII

Al fin Gertrudis no pudo con su soledad y decidió llevar su congoja al padre Álvarez, su confesor, pero no su director espiritual. Porque esta mujer había rehuido siempre ser dirigida, y menos por un hombre. Sus normas de conducta moral, sus convicciones y creencias religiosas se las había formado ella con lo que oía a su alrededor y con lo que leía, pero las interpretaba a su modo. Su pobre tío, don Primitivo, el sacerdote ingenuo que las había criado a las dos hermanas y les enseñó el catecismo de la doctrina cristiana explicado según el Mazo, sintió siempre un profundo respeto por la inteligencia de su sobrina Tula, a la que admiraba. «Si te hicieses monja –solía decirle– llegarías a ser otra santa Teresa... Qué cosas se te ocurren, hija ...» Y otras veces: «Me parece que eso que dices, Tulilla, huele un poco a herejía; ¡hum! No lo sé..., no lo sé.... porque no es posible que te inspire herejías el ángel de tu guarda, pero eso me suena así como a... qué sé yo ...» Y ella le contestaba riendo: «Sí, tío, son tonterías que se me ocurren, y ya que dice usted que huele a herejía no lo volveré a pensar.» Pera ¿quién pone barreras al pensamiento?

Gertrudis se sintió siempre sola. Es decir, sola para que la ayudaran, porque para ayudar ella a los otros no, no estaba sola. Era como una huérfana cargada de hijos. Ella sería el báculo de todos los que la rodearan; pero si sus piernas flaquearan, si su cabeza no le mantuviese firme en su sendero, si su corazón empezaba a bambolear y enflaquecer, ¿quién la sostendría a ella?, ¿quién sería su báculo? Porque ella, tan henchida del sentimiento, de la pasión mejor, de la maternidad, no sentía la filialidad. «¿No es esto orgullo?», se preguntaba.

No pudo al fin con esta soledad y decidió llevar a su confesor, al padre Álvarez, su congoja. Y le contó la declaración y proposición de Ramiro, y hasta lo que les había dicho a los niños de que no le llamasen a ella todavía madre, y las razones que tenía para mantener la pureza de aquel hogar y cómo no quería entregarse a hombre alguno, sino reservarse para mejor consagrarse a los hijos de Rosa.

–Pero lo de su cuñado lo encuentro muy natural –arguyó el buen padre de almas.

–Es que no se trata ahora de mi cuñado, padre, sino de mí; y no creo que haya acudido a usted también en busca de alianza...

–¡No, no, hija, no!

–Como dicen que en los confesonarios se confeccionan bodas y que ustedes, los padres, se dedican a casamenteros...

–Yo lo único que digo ahora, hija, es que es muy natural que su cuñado, viudo y joven y fuerte, quiera volver a casarse, y mas natural, y hasta santo, que busque otra madre para sus hijos...

–¿Otra? ¡Ya la tiene!

–Sí; pero... y si esta se va...

–¿Irme? ¿Yo? Estoy tan obligada a esos niños como estaría su madre de carne y sangre si viviese...

–Y luego eso da que hablar..

–De lo que hablen, padre, ya le he dicho que nada se me da...

–¿Y si lo hiciese precisamente por eso, porque hablen? Examínese y mire si no entra en ello un deseo de afrontar las preocupaciones ajenas, de desafiar la opinión pública...

–Y si así fuese, ¿qué?

–Que eso sí que es pecaminoso. Y después de todo, la cuestión es otra...

–¿Cuál es la cuestión?

–La cuestión es si usted le quiere o no. Esta es la cuestión. ¿Le quiere usted, sí o no?

–¡Para marido..., no!

–Pero ¿le rechaza?

–¡Rechazarle..., no!

–Si cuando se dirigió a su hermana, la difunta, se hubiera dirigido a usted...

–¡Padre! ¡Padre! –y su voz gemía.

–Sí, por ahí hay que verlo...

–¡Padre; que eso no es pecado...!

–Pero ahora se trata de dirección espiritual, de tomar consejo... Y sí, es pecado, es acaso pecado... Tal vez hay aquí unos viejos celos...

–¡Padre!

–Hay que ahondar en ello. Acaso no le ha perdonado aún...

–Le he dicho, padre, que le quiero; pero no para marido. Le quiero como a un hermano, como a un más que hermano, como al padre de mis hijos, porque estos, sus hijos, lo son míos de lo más dentro mío, de todo mi corazón; pero para marido, no. Yo no puedo ocupar en su cama el sitio que ocupó mi hermana... Y sobre todo, yo no quiero, no debo darles madrastra a mis hijos...

–¿Madrastra?

–Sí, madrastra. Si yo me caso con él, con el padre de los hijos de mi corazón, les daré madrastra a estos, y más si llego a tener hijos de carne y de sangre con él. Esto, ahora ya..., ¡nunca!

–Ahora ya...

–Sí, ahora que ya tengo a los de mi corazón..., mis hijos...

–Pero piense en él, en su cuñado, en su situación...

–¿Que piense...?

–¡Sí! ¿Y no tiene compasión de él? ,

–Sí que la tengo. Y por eso le ayudo y le sostengo. Es como otro hijo mío.

–Le ayuda..., le sostiene...

–Sí, le ayudo y le sostengo a ser padre...

–A ser padre..., a ser padre... Pero él es un hombre...

–¡Y yo una mujer!

–Es débil...

–¿Soy yo fuerte?

–Más de lo debido.

–¿Más de lo debido? ¿Y lo de la mujer fuerte?

–Es que esa fortaleza, hija mía, puede alguna vez ser dureza, ser crueldad. Y es dura con él, muy dura. ¿Que no le quiere como a marido? ¡Y qué importa! Ni hace falta eso para casarse con un hombre. Muchas veces tiene que casarse una mujer con un hombre por compasión, por no dejarle solo, por salvarle, por salvar su alma...

–Pero si no le dejo solo...

–Sí, sí, le deja solo. Y creo que me comprende sin que se lo explique más claro...

–Sí, sí que se lo comprendo, pero no quiero comprenderlo. No está solo. ¡Quien está sola soy yo! Sola..., sola..., siempre sola...

–Pero ya sabe aquello de «más vale casarse que abrasarse...»

–Pero si no me abraso...

–¿No se queja de su soledad?

–No es soledad de abrasarse; no es esa soledad a que usted, padre, alude. No, no es esa. No me abraso...

–¿Y si se abrasa él?

–Que se refresque en el cuidado y amor de sus hijos.

–Bueno, pero ya me entiende...

–Demasiado.

–Y por si no, le diré más claro aún que su cuñado corre peligro, y que si cae en él, le cabrá culpa.

–¿A mí?

–¡Claro está!

–No lo veo tan claro... Como no soy hombre...

–Me dijo que uno de sus temores de casarse con su cuñado era el de tener hijos con él, ¿no es así?

–Sí, así es. Si tuviéramos hijos llegaría yo a ser, quieras o no, madrastra de los que me dejó mi hermana.

–Pero el matrimonio no se instituyó sólo para hacer hijos...

–Para casar y dar gracia a los casados y que críen hijos para el cielo.

–Dar gracia a los casados... ¿Lo entiende?

–Apenas...

–Que vivan en gracia, libres de pecado...

–Ahora lo entiendo menos.

–Bueno, pues que es un remedio contra la sensualidad.

–¿Cómo? ¿Qué es eso? ¿Qué?

–Pero ¿por qué se pone así ...? ¿Por qué se altera ...?

–¿Qué es el remedio contra la sensualidad? ¿El matrimonio o la mujer?

–Los dos... La mujer.. y... y el hombre.

–¡Pues, no, padre, no, no y no! Yo no puedo ser remedio contra nada. ¿Qué es eso de considerarme remedio? ¡Y remedio... contra eso! No, me estimo en más...

–Pero si es que...

–No, ya no sirve. Yo, si él no tuviera ya hijos de mi hermana, acaso me habría casado con él para tenerlos..., para tenerlos de él ...; pero ¿remedio? ¿Y a eso? ¿Yo remedio? ¡No!

–Y si antes de haber solicitado a su hermana la hubiera solicitado...

–¿A mí? ¿Antes? ¿Cuando nos conoció? No hablemos ya más, padre, que no podemos entendernos, pues veo que hablamos lenguas diferentes. Ni yo sé la de usted ni usted sabe la mía.

Y dicho esto, se levantó de junto al confesonario. Le costaba andar; tan doloridas le habían quedado del arrodillamiento las rodillas. Y a la vez le dolían las articulaciones del alma y sentía su soledad más hondamente que nunca. «¡No, no me entiende –se decía–, no me entiende; hombre al fin! Pero ¿me entiendo yo misma? ¿Es que me entiendo? ¿Le quiero o no le quiero? ¿No es soberbia esto? ¿No es la triste pasión solitaria del armiño, que por no mancharse no se echa a nado en un lodazal a salvar a su compañero ...? No lo sé.... no lo sé ...»

XIII

Y de pronto observó Gertrudis que su cuñado era otro hombre, que celaba algún secreto, que andaba caviloso y desconfiado, que salía mucho de casa. Pero aquellas más largas ausencias del hogar no le engañaron. El secreto estaba en él, en el hogar. Y a fuerza de paciente astucia logró sorprender miradas de conocimiento íntimo entre Ramiro y la criada de servicio.

Era Manuela una hospiciana de diecinueve años, enfermiza y pálida, de un brillo febril en los ojos, de maneras sumisas y mansas, de muy pocas palabras, triste casi siempre. A ella, a Gertrudis, ante quien sin saber por qué temblaba, llamábale «señora». Ramiro quiso hacer que le llamase «señorita».

–No, llámame así, señora; nada de señorita...

En general parecía como que la criada le temiera, como avergonzada o amedrentada en su presencia. Y a los niños los evitaba y apenas si les dirigía la palabra. Ellos, por su parte, sentían una indiferencia, rayana en despego, hacia la Manuela. Y hasta alguna vez se burlaban de ella, por ciertas maneras de hablar, lo que la ponía de grana. «Lo extraño es –pensaba Gertrudis– que a pesar de todo no quiera irse... Tiene algo de gata esta mozuela.» Hasta que se percató de lo que podría haber escondido.

Un día logró sorprender a la pobre muchacha cuando salía del cuarto de Ramiro, del señorito –porque a este sí que le llamaba así– toda encendida y jadeante. Cruzáronse las miradas y la criada rindió la suya.

Pero llegó otro en que el niño, Ramirín, se fue a su tía y le dijo:

–Dime, mamá Tula, ¿es Manuela también hermana nuestra?

–Ya te tengo dicho que todos los hombres y mujeres somos hermanos.

–Sí, pero como nosotros, los que vivimos juntos...

–No, porque aunque vive aquí esta no es su casa...

–¿Y cuál es su casa?

–¿Su casa? No lo quieras saber. ¿Y por qué preguntas eso?

–Porque le he visto a papá que la estaba besando...

Aquella noche, luego que hubieron acostado a los niños, dijo Gertrudis a Ramiro:

–Tenemos que hablar.

–Pero si aún faltan ocho meses...

–¿Ocho meses?

–¿No hace cuatro que me diste un año de plazo?

–No se trata de eso, hombre, sino de algo más serio.

A Ramiro se le paró el corazón y se puso pálido.

–¿Más serio?

–Más serio, sí. Se trata de tus hijos, de su buena crianza, y se trata de esa pobre hospiciana, de la que estoy segura que estás abusando.

–Y si así fuese, ¿quién tiene la culpa de eso?

–¿Y aún lo preguntas? ¿Aún querrás también culparme de ello?

–¡Claro que sí!

–Pues bien, Ramiro; se ha acabado ya aquello del año; no hay plazo ninguno; no puede ser, no puede ser. Y ahora sí que me voy, y, diga lo que dijere la ley, me llevaré a los niños conmigo, es decir, se irán conmigo.

–Pero ¿estás loca, Gertrudis?

–Quien está loco eres tú.

–Pero qué querías...

–Nada, o yo o ella. O me voy, o echas a esa criadita de casa.

Siguióse un congojoso silencio.

–No la puedo echar, Gertrudis, no la puedo echar. ¿Adónde se va? ¿Al hospicio otra vez?

–A servir a otra casa.

–No la puedo echar, Gertrudis, no la puedo echar –y el hombre rompió a llorar.

–¡Pobre hombre! –murmuró ella poniéndole la mano sobre la suya–. Me das pena.

–Ahora, ¿eh?, ¿ahora?

–Sí; me das lástima... Estoy ya dispuesta a todo...

–¡Gertrudis! ¡Tula!

–Pero has dicho que no la puedes echar..

–Es verdad; no la puedo echar –y volvió a abatirse.

–¿Qué, pues?, ¿que no va sola?

–No, no irá sola.

–Los ocho meses del plazo, ¿eh?

–Estoy perdido, Tula, estoy perdido.

–No, la que está perdida es ella, la huérfana, la hospiciana; la sin amparo.

–Es verdad, es verdad...

–Pero no te aflijas así, Ramiro, que la cosa tiene fácil remedio.

–¿Remedio? ¿Y fácil? –y se atrevió a mirarle a la cara.

–Sí; casarte con ella.

Un rayo que le hubiese herido no le habría dejado más deshecho que esas palabras sencillas.

–¡Que me case! ¡Que me case con la criada! ¿Que me case con una hospiciana? ¡Y me lo dices tú!...

–¡Y quién si no había de decírtelo! Yo, la verdadera madre hoy de tus hijos.

–¿Que les dé madrastra?

–¡No, eso no!, que aquí estoy yo para seguir siendo su madre. Pero que des padre al que haya de ser tu nuevo hijo, y que le des madre también. Esa hospiciana tiene derecho a ser madre, tiene ya el deber de serlo, tiene derecho a su hijo, y al padre de su hijo.

–Pero Gertrudis...

–Cásate con ella, te he dicho; y te lo dice Rosa. Sí –y su voz, serena y pastosa, resonó como una campana–. Rosa, tu mujer, te dice por mi boca que te cases con la hospiciana. ¡Manuela!

–¡Señora! –se oyó como un gemido, y la pobre muchacha, que acurrucada junto al fogón, en la cocina, había estado oyéndolo todo, no se movió de su sitio. Volvió a llamarla, y después de otro «¡Señora!», tampoco se movió.

–Ven acá, o iré a traerte.

–¡Por Dios! –suplicó Ramiro.

La muchacha apareció cubriéndose la llorosa cara con las manos.

–Descubre la cara y míranos.

–¡No, señora, no!

–Sí, míranos. Aquí tienes a tu amo, a Ramiro, que te pide perdón por lo que de ti ha hecho.

–Perdón, yo, señora, y a usted...

–No, te pide perdón y se casará contigo.

–¡Pero señora! –clamó Manuela a la vez que Ramiro clamaba: «¡Pero Gertrudis!»

–Lo he dicho, se casará contigo; así lo quiere Rosa. No es posible dejarte así. Porque tú estás ya..., ¿no es eso?

–Creo que sí, señora; pero yo...

–No llores así ni hagas juramentos; sé que no es tuya la culpa...

–Pero se podría arreglar...

–Bien sabe aquí Manuela –dijo Ramiro– que nunca he pensado en abandonarla... Yo le colocaría...

–Sí, señora, sí; yo me contento...

–No, tú no debes contentarte con eso que ibas a decir. O mejor, aquí Ramiro no puede contentarse con eso. Tú te has criado en el hospicio, ¿no es eso?

–Sí, señora.

–Pues tu hijo no se criará en él. Tiene derecho a tener padre, a su padre, y le tendrá. Y ahora vete..., vete a tu cuarto, y déjanos.

Y cuando quedaron Ramiro y ella a solas:

–Me parece que no dudarás ni un momento...

–¡Pero eso que pretendes es una locura, Gertrudis!

–La locura, peor que locura, la infamia, sería lo que pensabas.

–Consúltalo siquiera n el padre Álvarez.

–No lo necesito. Lo he consultado con Rosa.

–Pero si ella te dijo que no dieses madrastra a sus hijos...

–¿A sus hijos? ¡Y tuyos!

–Bueno, sí, a nuestros hijos...

–Y no les daré madrastra. De ellos, de los nuestros, seguiré siendo yo la madre, pero del de esa...

–Nadie le quitará de ser madre...

–Sí, tú si no te casas con ella. Eso no será ser madre...

–Pues ella...

–¿Y qué? ¿Porque ella no ha conocido a la suya pretendes tú que no lo sea como es debido?

–Pero fíjate en que esta chica...

–Tú eres quien debió fijarse...

–Es una locura..., una locura...

–La locura ha sido antes. Y ahora piénsalo, que si no haces lo que debes el escándalo le daré yo. Lo sabrá todo el mundo.

–¡Gertrudis !

–Cásate con ella, y se acabó.

XIV

Una profunda tristeza henchía aquel hogar después del matrimonio de Ramiro con la hospiciana. Y esta parecía aún más que antes la criada, la sirvienta, y más que nunca Gertrudis el ama de la casa. Y esforzábase esta más que nunca por mantener al nuevo matrimonio apartado de los niños, y que estos se percataran lo menos posible de aquella convivencia íntima. Mas hubo que tomar otra criada y explicar a los pequeños el caso.

Pero, ¿cómo explicarles el que la antigua criada se sentara a la mesa a comer a los de casa? Porque esto exigió Gertrudis.

–Por Dios, señora –suplicaba la Manuela–, no me avergüence así..., mire que me avergüenza...

Hacerme que me siente a la mesa con los señores, y sobre todo con los niños..., y que hable de tú al señorito..., ¡eso nunca!

–Háblale como quieras, pero es menester que los niños, a los que tanto temes, sepan que eres de la familia. Y ahora, una vez arreglado esto, no podrán ya sorprender intimidades a hurtadillas. Ahora os recataréis mejor. Porque antes el querer ocultaros de ellos os delataba.

La preñez de Manuela fue, en tanto, molestísima. Su fragilísima fábrica de cuerpo la soportaba muy mal. Y Gertrudis, por su parte, le recomendaba que ocultase a los niños lo anormal de su estado.

Ramiro vivía sumido en una resignada desesperación y más entregado que nunca al albedrío de Gertrudis.

–Sí, sí, bien lo comprendo ahora –decía–, no ha habido más remedio, pero...

–¿Te pesa? –le preguntaba Gertrudis.

–De haberme casado, ¡no! De haber tenido que volverme a casar, ¡sí!

–Ahora no es ya tiempo de pensar en eso; ¡pecho a la vida!

–¡Ah, si tú hubieras querido, Tula!

–Te di un año de plazo; ¿has sabido guardarlo?

–¿Y si lo hubiese guardado como tú querías, al fin de él qué, dime? Porque no me prometiste nada.

–Aunque te hubiese prometido algo habría sido igual. No, habría sido peor aún. En nuestras circunstancias, el haberte hecho una promesa, el haberte sólo pedido una dilación para nuestro enlace, habría sido peor.

–Pero si hubiese guardado la tregua, como tú querías que la guardase, dime: ¿qué habrías hecho?

–No lo sé.

–Que no lo sabes..., Tula..., que no lo sabes...

–No, no lo sé; te digo que no lo sé.

–Pero tus sentimientos...

–Piensa ahora en tu mujer, que no sé si podrá soportar el trance en que la pusiste. ¡Es tan endeble la pobrecilla! Y está tan llena de miedo... Sigue asustada de ser tu mujer y ama de su casa.

Y cuando llegó el peligroso parto repitió Gertrudis las abnegaciones que en los partos de su hermana tuviera, y recogió al niño, una criatura menguada y debilísima, y fue quien lo enmantilló y quien se lo presentó a su padre.

–Aquí le tienes, hombre, aquí le tienes.

–¡Pobre criatura! –exclamó Ramiro, sintiendo que se le derretían de lástima las entrañas a la vista de aquel mezquino rollo de carne viviente y sufriente.

–Pues es tu hijo, un hijo más... Es un hijo más que nos llega.

–¿Nos llega? ¿También a ti?

–Sí, también a mí; no he de ser madrastra para él, yo que hago que no la tengan los otros.

Y así fue que no hizo distinción entre uno y otros.

–Eres una santa, Gertrudis –le decía Ramiro–, pero una santa que ha hecho pecadores.

–No digas eso; soy una pecadora que me esfuerzo por hacer santos, santos a tus hijos y a ti y a tu mujer.

–¡Mi mujer!...

–Tu mujer, sí; la madre de tu hijo. ¿Por qué le tratas con ese cariñoso despego y como a una carga?

–¿Y qué quieres que haga, que me enamore de ella?

–Pero ¿no lo estabas cuando la sedujiste?

–¿De quién? ¿De ella?

–Ya lo sé, ya sé que no; pero lo merece la pobre...

–¡Pero si es la menor cantidad de mujer posible, si no es nada!

–No, hombre, no; es más, es mucho más de lo que tú te crees. Aún no las has con ido.

–Si es una esclava...

–Puede ser, pero debes libertarla. La pobre está asustada..., nació asustada... Te aprovechaste de su susto...

–No sé, no sé cómo fue aquello...

–Así sois los hombres; no sabéis lo que hacéis ni pensáis en ello. Hacéis las cosas sin pensarlas...

–Peor es muchas veces pensarlas y no hacerlas...

–¿Por qué lo dices?

–No, nada; por nada...

–¿Tú crees sin duda que yo no hago más que pensar?

–No, no he dicho que crea eso...

–Sí, tú crees que yo no soy más que pensamiento...

XV

De nuevo la pobre Manuela, la hospiciana, la esclava, hallábase preñada. Y Ramiro muy malhumorado con ello.

–Como si uno no tuviese bastante con los otros... –decía.

–¡Y yo qué quieres que le haga! –exclamaba la víctima.

–Después de todo, tú lo has querido así –concluía Gertrudis.

Y luego, aparte, volvía a reprenderle por el trato de compasivo despego que daba a su mujer. La cual soportaba esta preñez aún peor que la otra.

–Me temo por la pobre muchacha –vaticinó don Juan, el médico, un viudo que menudeaba sus visitas.

–¿Cree usted que corre peligro? –le preguntó Gertrudis.

–Esta pobre chica está deshecha por dentro; es una tísica consumada y consumida. Resistirá, es lo más probable, hasta dar a luz, pues la Naturaleza, que es muy sabia...

–¡La Naturaleza, no! La Santísima Virgen Madre, don Juan –le interrumpió Gertrudis.

–Como usted quiera; me rindo, como siempre, a su superior parecer. Pues, como decía, la Naturaleza o la Virgen, que para mí es lo mismo...

–No, la Virgen es la Gracia...

–Bueno, pues la Naturaleza, la Virgen, la Gracia o lo que sea, hace que en estos casos la madre se defienda y resista hasta que dé a luz al nuevo ser. Ese inocente pequeñuelo le sirve a la pobre madre futura como escudo contra la muerte.

–¿Y luego?

–¿Luego? Que probablemente tendrá usted que criar sola, sirviéndose de un ama de cría, por supuesto, un crío más. Tiene ya cuatro; cargará con cinco.

–Con todos los que Dios me mande.

–Y que probablemente, no digo que seguramente, a no tardar mucho, don Ramiro volverá a quedar libre –y miró fijamente con sus ojillos grises a Gertrudis.

–Y dispuesto a casarse por tercera vez –agregó esta haciéndose la desentendida.

–¡Eso sería ya heroico!

–Y usted, puesto que permanece viudo, y viudo sin hijos, es que no tiene madera de héroe.

–¡Ah, doña Gertrudis, si yo pudiese hablar!

–¡Pues cállese usted!

–Me callo.

Le tomó la mano, reteniéndosela un rato, y dándole con la otra suya unos golpecitos añadió con un suspiro:

–Cada hombre es un mundo, Gertrudis.

–Y cada mujer, una luna, ¿no es eso, don Juan?

–Cada mujer puede ser un cielo.

«Este hombre me dedica un cortejo platónico» , se dijo Gertrudis.

Cuando en la casa temían por la pobre Manuela y todos los cuidados eran para ella, cayó de pronto en cama Ramiro, declarándosele desde luego una pulmonía. La pobre hospiciana quedóse como atontada.

–Déjame a mí, Manuela–le dijo Gerturdis–; tú cuidate y cuida a lo que llevas contigo. No te empeñes en atender a tu marido, que eso puede agravarte.

–Pero yo debo...

–Tú debes cuidar de lo tuyo.

–Y mi marido, ¿no es mío?

–No, ahora no; ahora es tuyo tu hijo que está por venir.

La enfermedad de Ramiro se agravaba.

–Temo complicaciones al corazón –sentenció don Juan–. Le tiene débil; claro, ¡los pesares y disgustos!

–Pero ¿se morirá, don Juan? –preguntó henchida de angustia Gertrudis.

–Todo pudiera ser...

–Sálvele, don Juan, sálvele, como sea...

–Qué más quisiera yo...

–¡Ah, qué desgracia! ¡Qué desgracia! –y por primera vez se le vio a aquella mujer tener que sentarse y sufrir un desvanecimiento.

–Es, en efecto, terrible –dijo el médico en cuanto Gertrudis se repuso– dejar así cuatro hijos, ¿qué digo cuatro?, cinco se puede decir, ¡y esa pobre viuda tal como está!...

–Eso es lo de menos, don Juan; para todo eso me basto y me sobro yo. ¡Qué desgracia! ¡Qué desgracia!

Y el médico se fue diciéndose: «Está visto; esta cuñadita contaba con volver a tenerle libre a su cuñado. Cada persona es un mundo y algunos varios mundos. Pero ¡qué mujer! ¡Es toda una mujer! ¡Qué fortaleza! ¡Qué sagacidaz! ¡Y qué ojos! ¡Qué cuerpo!, ¡irradia fuego!»

Ramiro, una tarde en que la fiebre, remitiéndosele, habíale dejado algo más tranquilo, llamó a Gertrudis, le rogó que cerrara la puerta de la alcoba, y le dijo:

–Yo me muero, Tula, me muero sin remedio. Siento que el corazón no quiere ya marchar, a pesar de todas las inyecciones; yo me muero...

–No pienses en eso, Ramiro.

Pero ella también creía en aquella muerte.

–Me muero, y es hora, Tula, de decirte toda la verdad. Tú me casaste con Rosa.

–Como no te decidías y dabas largas...

–¿Y sabes por qué?

–Sí, lo sé, Ramiro.

–Al principio, al veros, al ver a la pareja, sólo reparé en Rosa; era a quien se le veía de lejos; pero al acercarme, al empezar a frecuentaros, sólo te vi a ti, pues eras la única a quien desde cerca se veía. De lejos te borraba ella; de cerca le borrabas tú.

–No hables así de mi hermana, de la madre de tus hijos.

–No; la madre de mis hijos eres tú, tú, tú.

–No pienses ahora sino en Rosa, Ramiro.

–A la que me juntaré pronto, ¿no es eso?

–¡Quién sabe ...! Piensa en vivir, en tus hijos...

–A mis hijos les quedas tú, su madre.

–Yen Manuela, en la pobre Manuela...

–Aquel plazo, Tula, aquel plazo fatal.

Los ojos de Gertrudis se hinchieron de lágrimas.

–¡Tula! –gimió el enfermo abriendo los brazos.

–¡Sí, Ramiro, sí! –exclamó ella cayendo en ellos abrazándole.

Juntaron las bocas y así se estuvieron sollozando.

–¿Me perdonas todo, Tula?

–No, Ramiro, no; eres tú quien tienes que perdonarme.

–¿Yo?

–¡Tú! Una vez hablabas de santos que hacen pecadores. Acaso he tenido una idea inhumana de la virtud. Pero cuando lo primero, cuando te dirigiste a mi hermana, yo hice lo que debí hacer. Además, te lo confieso, el hombre, todo hombre, hasta tú, Ramiro, hasta tú, me ha dado miedo siempre; no he podido ver en él sino el bruto. Los niños, sí; pero el hombre... He huido del hombre.

–Tienes razón, Tula.

–Pero ahora descansa, que estas emociones así pueden dañarte.

Le hizo guardar los brazos bajo las mantas, le arropó, le dio un beso en la frente como se le da a un niño –y un niño era entonces para ella– y se fue. Mas al encontrarse sola se dijo: «¿Y si se repone y cura? ¿Si no se muere? ¿Ahora que ha acabado de romperse el secreto entre nosotros? ¿Y la pobre Manuela? ¡Tendré que marcharme! ¿Y adónde? ¿Y si Manuela se muere y vuelve él a quedarse libre?» Y fue a ver a Manuela, a la que encontró postradísima.

Al siguiente día llevó a los niños al lecho del padre, ya sacramentado y moribundo; los levantó uno a uno y les hizo que le besaran. Luego fue, apoyada en ella, en Gertrudis, Manuela, y de poco se muere de la congoja que le dio sobre el enfermo. Hubo que sacarla y acostarla. Y poco después, cogido de una mano a otra de Gertrudis, y susurrando: «¡Adiós, mi Tula!», rindió el espíritu con el último huelgo Ramiro. Y ella, la tía, vació su corazón en sollozos de congoja sobre el cuerpo exánime del padre de sus hijos, de su pobre Ramiro.

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