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XXI ¿Qué le pasaba a la pobre Gertrudis que se sentía derretir por dentro? Sin duda había cumplido su misión en el mundo. Dejaba a su sobrino mayor, a su Ramiro, a su otro Ramiro, a cubierto de la peor tormenta, embarcado en su barca de por vida, y a los otros hijos al amparo de él; dejaba un hogar encendido y quien cuidase de su fuego. Y se sentía deshacer. Sufría frecuentes embaimientos, desmayos, y durante días enteros lo veía todo como en niebla, como si fuese bruma y humo todo. Y soñaba; soñaba como nunca había soñado. Soñaba lo que habría sido si Ramiro hubiese dejado por ella a Rosa. Y acababa diciéndose que no habrían sido de otro modo las cosas. Pero ella había pasado por el mundo fuera del mundo. El padre Álvarez creía que la pobre Gertrudis chocheaba antes de tiempo, que su robusta inteligencia flaqueaba y que flaqueaba el peso mismo de su robustez. Y tenía que defenderla de aquellas sus viejas tentaciones. Cuando un día se le acercó Caridad y, al oído, le dijo: «¡Madre...!», al notarle el rubor que le encendía el rostro, exclamó: «¿Qué? ¿Ya?» «¡Sí, ya!», susurró la muchacha. «¿Estás segura?» « ¡Segura; si no, no te lo habría dicho! »Y Gertrudis, en medio de su goce, sintió como si una espada de hielo le atravesase por medio el corazón. Ya no tenía que hacer en el mundo más que esperar al nieto, al nieto de los suyos, de su Ramiro y su Rosa, a su nieto, a ir luego a darles la buena nueva. Ya apenas se cuidaba más que de Caridad, que era quien para ella llenaba la casa. Hasta de Manolita, de su obra, se iba descuidando, y la pobre niña lo sentía; sentía que el esperado iba relegándole en la sombra. –Ven acá –le decía Gertrudis a Caridad, cuando alguna vez se encontraban a solas, ocasión que acechaba–, ven acá, siéntate aquí, a mi lado... ¿Qué, le sientes, hija mía, le sientes? –Algunas veces... –¿No llama? ¿No tiene prisa por salir a la luz, a la luz del sol? Porque ahí dentro, a oscuras..., aunque esté ello tan tibio, tan sosegado... ¿No da empujoncitos? Si tarda no me va a ver..., no le voy a ven.. Es decir: ¡si tarda, no!, si me apresuro yo... –Pero, madre, no diga esas cosas... –¡No digas, hija! Pero me siento derretir..., ya no soy para nada... Veo todo como empañado .... como en sueños... Si no lo supiera no podría ahora decir si tu pelo es rubio o moreno... Y le acariciaba lentamente la espléndida cabellera rubia. Y como si viese con los dedos, añadía: «Rubia, rubia como el sol ...» –Si es chico, ya lo sabes, Ramiro, y si es chica .... Rosa... –No, madre, sino Gertrudis... Tula, mamá Tula. –¡Tula..., bueno ...! Y mejor si fuese una pareja, mellizos, pero chico y chica... –¡Por Dios, madre! –¿Qué? ¿Crees que no podrías con eso? ¿Te parece demasiado trabajo? –Yo... no sé.... no sé nada de eso, madre; pero... –Sí, eso es lo perfecto, una parejita de gemelos .... un chico y una chica que han estado abrazaditos cuando no sabían nada del mundo, cuando no sabían ni que existían; que han estado abrazaditos al calorcito del vientre materno... Algo así debe de ser el cielo... –¡Qué cosas se te ocurren, mamá Tula! –No ves que me he pasado la vida soñando... Y en esto, mientras soñaba así y como para guardar en su pecho este último ensueño y llevarlo como viático al seno de la madre tierra, la pobre Manolita cayó gravemente enferma. « ¡Ah, yo tengo la culpa –se dijo Gertrudis–, yo, que con esto de la parejita de mi ensueño me he descuidado de esa pobre avecilla...! Sin duda en un momento en que necesitaba de mi arrimo ha debido de coger algún frío ...» Y sintió que le volvían las fuerzas, unas fuerzas como de milagro. Se le despejó la cabeza y se dispuso a cuidar a la enferma. –Pero, madre –le decía Caridad–, déjeme que le cuide yo, que le cuidemos nosotras... Entre yo, Rosita y Elvira le cuidaremos. –No; tú no puedes cuidarla como es debido, no debes cuidarla... Tú te debes al que llevas, a lo que llevas, y no es cosa de que por atender a esta malogres lo otro... Y en cuanto a Rosita y Elvira, sí, son sus hermanas, la quieren como tales, pero no entienden de eso, y además la pobre, aunque se aviene a todo, no se halla sin mí... Un simple vaso de agua que yo le sirva le hace más provecho que todo lo que los demás le podáis hacer. Yo sola sé arreglarle la almohada de modo que no le duela en ella la cabeza y que no tenga luego pesadillas... –Sí, es verdad... –¡Claro, yo la crié ...! Y yo debo cuidarle. Resucitó. Volvióle todo el luminoso y fuerte aplomo de sus días más heroicos. Ya no le temblaba el pulso ni le vacilaban las piernas. Y cuando teniendo el vaso con la pócima medicinal que a las veces tenía que darle, la pobre enferma le posaba las manos febriles en sus manos firmes y finas, pasaba sobre su enlace como el resplandor de un dulce recuerdo, casi borrado para la encamada. Y luego se sentaba la tía Tula junto a la cama de la enferma y se estaba allí, y esta no hacía sino mirarle en silencio. –¿Me moriré, mamita? –preguntaba la niña. –¿Morirte? ¡No, pobrecita alondra, no! Tú tienes que vivir... –Mientras tú vivas... –Y después..., y después... –Después... no..., ¿para qué...? –Pero las muchachas deben vivir... –¿Para qué...? –Pues... para vivir..., para casarse..., para criar familia... –Pues tú no te casaste, mamita... –No, yo no me casé; pero como si me hubiese casado... Y tú tienes que vivir para cuidar de tu hermano... –Es verdad..., de mi hermano..., de mis hermanos... –Sí, de todos ellos... –Pero si dicen, mamita, que yo no sirvo para nada... –¿Y quién dice eso, hija mía? –No, no lo dicen..., no lo dicen..., pero lo piensan... –¿Y cómo sabes tú lo que piensan? –¡Pues... porque lo sé! Y además, porque es verdad..., porque yo no sirvo para nada, y después de que tú te me mueras yo nada tengo que hacer aquí... Si tú te murieras me moriría de frío... –Vamos, vamos, arrópate bien y no digas esas cosas... Y voy a arreglarte esa medicina... Y fue a ocultar sus lágrimas y a echarse a los pies de su imagen de la Virgen de la Soledad y a suplicarla: «¡Mi vida por la suya, Madre, mi vida por la suya! Siente que yo me voy, que me llaman mis muertos, y quiere irse conmigo; quiere arrimarse a mí, arropada por la tierra, allí abajo, donde no llega la luz, y que yo le preste no sé qué calor... ¡Mi vida por la suya, Madre, mi vida por la suya! Que no caiga tan pronto esa cortina de tierra de las tinieblas sobre esos ojos en que la luz no se quiebra, sobre esos ojos que dicen que son los míos, sobre esos ojos sin mancha que le di yo..., sí, yo... Que no se muera..., que no se muera... Sálvala, Madre, aunque tenga yo que irme sin ver al que ha de venir...» Y se cumplió su ruego. La pobre niña enferma fue recobrando vida; volvieron los colores de rosa a sus mejillas; volvió a mirar la luz del sol dando en el verdor de los árboles del jardincito de la casa, pero la tía Tula cayó con una bronconeumonía cogida durante la convalecencia de Manolita. Y entonces fue esta la que sintió que brotaba en sus entrañas un manadero de salud, pues tenía que cuidar a la que le había dado vida. Toda la casa vio con asombro la revelación de aquella niña. –Di a Manolita –decía Gertrudis a Caridad– que no se afane tanto, que aún estará débil... Tú tampoco, por supuesto; tú te debes a los tuyos, ya lo sabes... Con Rosita y Elvira basta... Además, como todo ha de ser inútil... Porque yo ya he cumplido... –Pero, madre... –Nada, lo dicho, y que esa palomita de Dios no se malgaste... –Pero si se ha puesto tan fuerte... Jamás hubiese creído... –Y ella que se quería morir y creía morirse... Y yo también lo temí... ¡Porque la pobre me parecía tan débil...! Claro, no conoció a su padre, que estaba ya herido de muerte cuando la engendró..., y en cuanto a su pobre madre, yo creo que siempre vivió medio muerta... ¡Pero esa chica ha resucitado! –¡Sí, al verte en peligro ha resucitado! –¡Claro, es mi hija! –¿Más? –¡Sí, más! Te lo quiero declarar ahora que estoy en el zaguán de la eternidad; sí, más. ¡Ella y tú! –¿Ella y yo? –¡Sí, ella y tú! Y porque no tenéis mi sangre. Ella y tú. Ella tiene la sangre de Ramiro, no la mía, pero la he hecho yo, ¡es obra mía! Y a ti yo te casé con mi hijo... –Lo sé... –Sí, como le casé a su padre con su madre, con mi hermana, y luego le volví a casar con la madre de Manolita... –Lo sé.... lo sé... –Sé que lo sabes, pero no todo... –No, todo no... –Ni yo tampoco... O al menos no quiero saberlo. Quiero irme de este mundo sin saber muchas cosas... Por que hay cosas que el saberlas mancha. Eso es el pecado, original, y la Santísima Virgen Madre nació sin mancha de pecado original... –Pues yo he oído decir que lo sabía todo... –No, no lo sabía todo; no conocía la ciencia del mal... que es ciencia... –Bueno, no hables tanto, madre, que te perjudica ... –Más me perjudica cavilar, y si me callo cavilo..., cavilo... XXII La tía Tula no podía ya más con su cuerpo. El alma le revoloteaba dentro de él, como un pájaro en una jaula que se desvencija, a la que deja con el dolor de quien le desollaran, pero ansiando volar por encima de las nubes. No llegaría a ver al nieto. ¿Lo sentía? «Allá arriba, estando con ellos –soñaba–, sabré cómo es, y si es niño o niña... o los dos.... y lo sabré mejor que aquí, pues desde allí arriba se ve mejor y más limpio lo de aquí abajo.» La última fiebre teníala postrada en cama. Apenas si distinguía a sus sobrinos más que por el paso, sobre todo a Caridad y a Manolita. El paso de aquella, de Caridad, llegábale como el de una criatura cargada de fruto y hasta le parecía oler a sazón de madurez. Y el de Manolita era tan leve como el de un pajarito que no se sabe si corre o vuela a ras de tierra. «Cuando ella entra –se decía la tía–, siento rumor de alas caídas y quietas.» Quiso despedirse primero de esta, a solas, y aprovechó un momento en que vino a traerle la medicina. Sacó el brazo de la cama, lo alargó como para bendecirla, y poniéndole la mano sobre la cabeza, que ella inclinó con los claros ojos empañados, le dijo: –¿Qué, palomita sin hiel, quieres todavía morirte...? ¡La verdad! –Si con ello consiguiera... –Que yo no me muera, ¿eh? No, no debes querer morirte... Tienes a tu hermano, a tus hermanos... Estuviste cerca de ello, pero me parece que la prueba te curó de esas cosas... ¿No es así? Dímelo como en confesión, que voy a contárselo a los nuestros... –Sí, ya no se me ocurren aquellas tonterías... –¿Tonterías? No, no eran tonterías. ¡Ah!, y ahora que dices eso de tonterías, tráeme tu muñeca, porque la guardas, ¿no es así? Sí, sé que la guardas... Tráeme aquella muñeca, ¿sabes? Quiero despedirme de ella también y que se despida de mí... ¿Te acuerdas? Vamos, ¿a que no te acuerdas? –Sí, madre, me acuerdo. –¿De qué te acuerdas? –De cuando se me cayó en aquel patín de la huerta y Elvira me llamaba tonta porque lloraba tanto y me decía que de nada sirve llorar... –Eso..., eso..., ¿y qué más? ¿Te acuerdas de más? –Sí, del cuento que nos contaste entonces... –A ver, ¿qué cuento? –De la niña que se le cayó la muñeca en un pozo seco adonde no podía bajar a sacarla, y se puso a llorar, a llorar, a llorar, y lloró tanto que se llenó el pozo con sus lágrimas y salió flotando en ellas la muñeca... –¿Y qué dijo Elvirita a eso? ¿Qué dijo? Que no me acuerdo... –Sí, sí se acuerda, madre... –Bueno, ¿pues qué dijo? –Dijo que la niña se quedaría seca y muerta de haber llorado tanto... –¿Y yo qué dije? –Por Dios, madre... –Bueno, no lo digas, pero no llores así, palomita, no llores así..., que por mucho que llores no se llenará con tus lágrimas el pozo en que voy cayendo y no saldré flotando. –Si pudiera ser.. –¡Ah, sí! Si pudiera ser yo saldría a cogerte y llevarte conmigo... Pero hay que esperar la hora. Y cuida de tus hermanos. Te los entrego a ti, ¿sabes?, a ti. Haz que no se den cuenta de que me he muerto. –Haré todo lo que pueda... –Y yo te ayudaré desde arriba. Que no se enteren de que me he muerto... –Te rezaré, madre... –A la Virgen, hija, a la Virgen... –Te rezaré, madre, todas las noches antes de acostarme... –Bueno, no llores así... –Pero si no lloro, ¿no ves que no lloro? –Para lavar los ojos cuando han visto cosas feas no está mal; pero tú no has visto cosas feas, no puedes verlas... –Y si es caso, cerrando los ojos... –No, no, así se ven cosas más feas. Y pide por tu padre, por tu madre, por mí... No olvides a tu madre... –Si no la olvido... –Como no la conociste... –¡Sí, la conozco! –Pero a la otra, digo, a la que te trajo al mundo. –¡Sí, gracias a ti la conozco; a aquella! –¡Pobrecilla! Ella no había conocido a la suya... –¡Su madre fuiste tú, lo sé bien! –Bueno, pero no llores... –¡Si no lloro! –y se enjugaba los ojos con el dorso de la mano izquierda mientras con la otra, temblorosa, sostenía el vaso de la medicina. –Bueno, y ahora trae a la muñeca, que quiero verla. ¡Ah! ¡Y allí, en un rincón de aquella arquita mía que tú sabes .... ahí está la llave .... sí, esa, esa!... Allí donde nadie ha tocado más que yo, y tú alguna vez; allí, junto a aquellos retratos, ¿sabes?, hay otra muñeca..., la mía.... la que yo tenía siendo niña..., mi primer cariño .... ¿el primero?..., ¡bueno! Tráemela también... Pero que no se entere ninguna de esas, no digan que son tonterías nuestras, porque las tontas somos nosotras... Tráeme las dos muñecas, que me despida de ellas, y luego nos pondremos serias para despedimos de los otros... Vete, que me viene un mal pensamiento – y se santiguó. El mal pensamiento era que el susurro diabólico allá, en el fondo de las entrañas doloridas con el dolor de la partida, le decía: « ¡Muñecos todos!» XXIII Luego llamó a todos, y Caridad entre ellos. –Esto es, hijos míos, la última fiebre, el principio de fuego del Purgatorio... –Pero qué cosas dices, mamá... –Sí; el fuego del Purgatorio, porque en el Infierno no hay fuego .... el Infierno es de hielo y nada más que de hielo. Se me está quemando la carne... Y lo que siento es irme sin ver, sin conocer, al que ha de llegar..., o a la que ha de llegar..., o a los que han de llegar.. –Vamos, mamá... –Bueno, tú, Cari, cállate y no nos vengas ahora con vergüenza... Porque yo querría contarles todo a los que me llaman... Vamos, no lloréis así... Allí están... los tres... –Pero no digas esas cosas... –¡Ah!, ¿queréis que os diga cosas de reír? Las tonterías ya nos las hemos dicho Manolita y yo, las dos tontas de la casa, y ahora hay que hacer esto como se hace en los libros... –Bueno, ¡no hables tanto! El médico ha dicho que no se te deje hablar mucho. –¿Ya estás ahí tú, Ramiro? ¡El hombre! ¿El médico, dices? ¿Y qué sabe el médico? No le hagáis caso... Y además es mejor vivir una hora hablando que dos días más en silencio. Ahora es cuando hay que hablar. Además, así me distraigo y no pienso en mis cosas... –Pues ya sabes que el padre Álvarez te ha dicho que pienses ahora en tus cosas...–¡Ah!, ¿ya estás ahí tú, Elvira, la juiciosa? Conque el padre Álvarez, ¿eh?..., el del remedio... ¿Y qué sabe el padre Álvarez? ¡Otro médico! ¡Otro hombre! Además, yo no tengo cosas mías en qué pensar..., yo no tengo mis cosas... Mis cosas son las vuestras... y las de ellos..., las de los que me llaman... Yo no estoy ni viva ni muerta..., no he estado nunca ni viva ni muerta... ¿Qué? ¿Qué dices tú ahí, Enriquín? Que estoy delirando... –No, no digo eso... –Sí, has dicho eso, te lo he oído bien..., se lo has dicho al oído a Rosita... No ves que siento hasta el roce en el aire de las alas quietas de Manolita. Pues si deliro..., ¿qué? –Que debes descansar... –Descansar..., descansar..., ¡tiempo me queda para descansar! –Pero no te destapes así... –Si es que me abraso... Y ya sabes, Caridad, Tula, Tula como yo..., y él, el otro, Ramiro... Sí, son dos, él y ella, que estarán ahora abrazaditos... al calorcito. Callaron todos un momento. Y al oír la moribunda sollozos entrecortados y contenidos, añadió: –Bueno, ¡hay que tener ánimo! Pensad bien, bien, muy bien, lo que hayáis de hacer, pensadlo muy bien..., que nunca tengáis que arrepentiros de haber hecho algo y menos de no haberlo hecho... Y si veis que el que queréis se ha caído en una laguna de fango y aunque sea en un pozo negro, en un albañal, echaos a salvarle, aun a riesgo de ahogaros, echaos a salvarle..., que no se ahogue él allí... o ahogaos juntos... en el albañal... Servidle de remedio..., sí, de remedio... ¿Que morís entre légamo y porquería?, no importa... Y no podréis ir a salvar al compañero volando sobre el ras del albañal porque no tenemos alas..., no, no tenemos alas... o son alas de gallina, de no volar..., y hasta las alas se mancharían con el fango que salpica el que se ahoga en él... No, no tenemos alas..., a lo más de gallina...; no somos ángeles..., lo seremos en la otra vida... ¡donde no hay fango... ni sangre... Fango hay en el Purgatorio, fango ardiente, que quema y limpia..., fango que limpia, sí... En el Purgatorio les queman a los que no quisieron lavarse con fango..., sí, con fango... Les queman con estiércol ardiente..., les lavan con porquería... Es lo último que os digo, no tengáis miedo a la podredumbre... Rogad por mí, y que la Virgen me perdone. Le dio un desmayo. Al volver de él no coordinaba los pensamientos. Entró luego en una agonía dulce. Y se apagó como se apaga una tarde de otoño cuando las últimas razas del sol, filtradas por nubes sangrientas, se derriten en las aguas serenas de un remanso del río en que se reflejan los álamos, sanguíneo su follaje también que velan a sus orillas. XXIV ¿Murió la tía Tula? No, sino que empezó a vivir en la familia, a irradiando de ella, con una nueva vida más entrañada y más vivífica, con la vida eterna de la familiaridad inmortal. Ahora era ya para sus hijos, sus sobrinos, la Tía, no más que la Tía, ni madre ya ni mamá, ni aun tía Tula, sino sólo la Tía. Fue este nombre de invocación, de verdadera invocación religiosa, como el canonizamiento doméstico de una santidad de hogar. La misma Manolita, su más hija y la más heredera de su espíritu, la depositaria de su tradición, no le llamaba sino la Tía. Mantenía la unidad y la unión de la familia, y si al morir ella afloraron a la vista de todos, haciéndose patentes, divisiones intestinas antes ocultas, alianzas defensivas y ofensivas entre los hermanos, fue porque esas divisiones brotaban de la vida misma familiar que ella creó. Su espíritu provocó tales disensiones y bajo de ellas y sobre ellas la unidad fundamental y culminante de la familia. La tía Tula era el cimiento y la techumbre de aquel hogar. Formáronse en este dos grupos: de un lado, Rosita, la hija mayor de Rosa, aliada con Caridad, con su cuñada, y no con su hermano, no con Ramiro; de otro, Elvira, la segunda hija de Rosa, con Enrique, su hermanastro, el hijo de la hospiciana, y quedaban fuera Ramiro y Manolita. Ramiro vivía, o más bien se dejaba vivir, atento a su hijo y al porvenir que podían depararle otros y a sus negocios civiles, y Manolita, atenta a mantener el culto de la Tía y la tradición del hogar. Manolita se preparaba a ser el posible lazo entre cuatro probables familias venideras. Desde la muerte de la Tía habíase revelado. Guardaba todo su saber, todo su espíritu; las mismas frases recortadas y aceradas, a las veces repetición de las que oyó a la otra, la misma doctrina, el mismo estilo y hasta el mismo gesto. «¡Otra tía!» , exclamaban sus hermanos, y no siempre llevándoselo a bien. Ella guardaba el archivo y el tesoro de la otra; ella tenía la llave de los cajoncitos secretos de la que se fue en carne y sangre; ella guardaba, con su muñeca de cuando niña, la muñeca de la niñez de la Tía, y algunas cartas, y el devocionario y el breviario de don Primitivo; ella era en la familia quien sabía los dichos y hechos de los antepasados dentro de la memoria: de don Primitivo, que nada era de su sangre; de la madre del primer Ramiro; de Rosa; de su propia madre Manuela, la hospiciana –de esta no dichos ni hechos, sino silencios y pasiones–, ella era la historia doméstica; por ella se continuaba la eternidad espiritual de la familia. Ella heredó el alma de esta, espiritualizada en la Tía. ¿Herencia? Se transmite por herencia en una colmena el espíritu de las abejas, la tradición abejil, el arte de la melificación y de la fábrica del panal, la abejidad, y no se transmite, sin embargo, por carne y por jugos de ella. La carnalidad se perpetúa por zánganos y por reinas, y ni los zánganos ni las reinas trabajaron nunca, no supieron ni fabricar panales, ni hacer miel, ni cuidar larvas, y no sabiéndolo, no pudieron transmitir ese saber, con su carne y sus jugos, a sus crías. La tradición del arte de las abejas, de la fábrica del panal y el laboreo de la miel y la cera, es pues, colateral y no de transmisión de carne, sino de espíritu, y débese a las tías, a las abejas que ni fecundan huevecillos ni los ponen. Y todo esto lo sabía Manolita, a quien se lo había enseñado la Tía, que desde muy joven paró su atención en la vida de las abejas y la estudió y meditó, y hasta soñó sobre ella. Y una de las frases de íntimo sentido, casi esotérico, que aprendió Manolita de la Tía y que de vez en cuando aplicaba a sus hermanos, cuando dejaban muy al desnudo su masculinidad de instintos, era decirles: «¡Cállate, zángano!» Y zángano tenía para ella, como lo había tenido para la Tía, un sentido de largas y profundas resonancias. Sentido que sus hermanos adivinaban. La alianza entre Elvira, la hija del primer Ramiro que le costó la vida a Rosa, su primera mujer, y Enrique, el hijo del pecado de aquel y de los hospicianos, era muy estrecha. Queríanse los hermanastros más que cualesquiera otros de los cinco entre sí. Siempre andaban en cuchicheos y en secretos. Y esta a modo de conjura desasosegábale a Manolita. No que le doliera que su hermano uterino, el salido del mismo vientre de donde ella salió, tuviese más apego a la hermana nacida de otra madre; sentía que a ella no había de apegársele ninguno de sus hermanos y complacíase en ello. Pero aquel afecto más que fraternal le era repulsivo. –Ya estoy deseando –les dijo una vez– que uno de vosotros se enamore; que tú, Enrique, te eches novia, o que a esta, a ti, Elvira, te pretenda alguno... –¿Y para qué? –preguntó esta. –Para que dejéis de andar así, de bracete por la casa, y con cuentecitos al oído y carantoñas, arrumacos y lagoterías... –Acaso entonces más... –dijo Enrique. –¿Y cómo así? –Porque esta vendrá a contarme los secretos de su novio, ¿verdad, Elvira?, y yo le contaré, ¡claro está!, los de mi novia... –Sí, sí... –exclamó Elvira a punto de palmotear. –Y os reiréis uno y otro del otro novio y de la otra novia, ¿no es así?..., ¡qué bonito! –Bueno, ¿y qué diría a esto la Tía? –preguntó Elvira mirándole a Manolita a los ojos. –Diría que no se debe jugar con las cosas santas y que sois unos chiquillos... –Pues no repitas con la Tía –le arguyó Enrique– aquello del Evangelio de que hay que hacerse niño para entrar en el reino de los cielos... –¡Niño, sí! ¡Chiquillo, no! –¿Y en qué se le distingue al niño del chiquillo ...? –¿En qué? En la manera de jugar. –¿Cómo juega el chiquillo? –El chiquillo juega a persona mayor. Los niños no son, como los mayores, ni hombres ni mujeres, sino que son como los ángeles. Recuerdo haberle oído decir a la Tía que había oído que hay lenguas en que el niño no es ni masculino ni femenino, sino neutro. –Sí –añadió Enrique–, en alemán. Y la señorita es neutro... –Pues esta señorita –dijo Manolita, intentando, sin conseguirlo, teñir de una sonrisa estas palabras– no es neutra... –¡Claro que no soy neutra; pues no faltaba más...! –Pero ¡bueno, nada de chiquilladas! –Chiquilladas, no; niñerías, eso, ¿no es eso? –¡Eso es! –Bueno, y ¿en qué las conoceremos? –Basta, que no quiero deciros más. ¿Para qué? Porque hay cosas que al tratar de decirlas se ponen más oscuras... –Bien, bien, tiíta –exclamó Elvira abrazándola y dándole un beso–, no te enfades así... ¿Verdad que no te enfadas, tiíta...? –No; y menos porque me llames tiíta ... –Si lo hacía sin intención... –Lo sé; pero eso es lo peligroso. Porque la intención viene después... Enrique le hizo una carantoña a su hermana completa y cogiendo a la otra, a la hermanastra, por debajo de un brazo, se la llevó consigo. Y Manolita, viéndoles alejarse, quedó diciéndose: «¿Chiquillos? ¡En efecto, chiquillos! Pero ¿he hecho bien en decirles lo que les he dicho? ¿He hecho bien, Tía? –e invocaba mentalmente a la Tía–. La intención viene después... ¿No soy yo la que con mis reconvenciones voy a darles una intención que les falta? Pero, ¡no, no! ¡Que no jueguen así! ¡Porque están jugando ...! ¡Y ojalá les salga pronto el novio a ella y la novia a él!» XXV El otro grupo lo formaban en la familia, no Rosita y Ramiro, sino la mujer de este, Caridad, y aquella su cuñada. Aunque en rigor era Rosita la que buscaba a Caridad y le llevaba sus quejas, sus aprensiones, sus suspicacias. Porque iba, por lo común, a quejarse. Creíase, o al menos aparentaba creer, que era la desdeñada y la no comprendida. Poníase triste y como preocupada en espera de que le preguntasen qué era lo que tenía, y como nadie se lo preguntaba sufría con ello. Y menos que los otros hermanos se lo preguntaba Manolita, que se decía: «¡Si tiene algo de verdad y más que gana de mimo y de que nos ocupemos especialmente en ella, ya reventará!» Y la preocupada sufría con ello. A su cuñada, a Caridad, le iba sobre todo con quejas de su marido; complacíase en acusar a este, a Ramiro, de egoísta. Y la mujer le oía pacientemente y sin saber qué decirle. –Yo no sé, Manuela –le decía a esta Caridad, su cuñada–, qué hacer con Rosa... Siempre me está viniendo con quejas de Ramiro; que si es un orgulloso, que si un egoísta, que si un distraído... –¡Llévale la hebra y dile que sí! –Pero ¿cómo? ¿Voy a darle alas? –No, sino a cortárselas. –Pues no lo entiendo. Y además, eso no es verdad; ¡Ramiro no es así!... –Lo sé, lo sé muy bien. Sé que Ramiro podrá tener, como todo hombre, sus defectos... –Y como toda mujer. –¡Claro, sí! Pero los de él son defectos de hombre... –¡De zángano, vamos! –Como quieras; los de Ramiro son defectos de hombre, o si quieres, pues que te empeñas, de zángano... –¿Y los míos? –¿Los tuyos, Caridad? Los tuyos... ¡de reina! –¡Muy bien! ¡Ni la Tía...! –Pero los defectos de Ramiro no son los que Rosa dice. Ni es orgulloso, ni es egoísta, ni es distraído... –Y entonces ¿por qué voy a llevarle la hebra, como dices? –Porque eso será llevarle la contraria. Lo sé muy bien. La conozco. Cierta mañana, encontrándose las tres, Caridad, Manuela y Rosa, comenzó esta el ataque. R.–¡Vaya unas horas de llegar anoche tu maridito! Nunca hablando con su cuñada le llamaba a Ramiro «mi hermano», sino siempre: «tu marido» . C.–¿Y qué mal hay en ello? M.–Y tú, Rosa, estabas a esas horas despieta. R.–Me despertó su llegada. M.–¿Sí, eh? C.–Pues a mi apenas si me despertó... R.–¡Vaya una calma! M.–Aquí Caridad duerme confiada y hace bien. R.–¿Hace bien...? ¿Hace bien...? No lo comprendo. M.–Pues yo sí. Pero tú parece que te complaces en eso, que es un juego muy peligroso y muy feo... C.–¡Por Dios, Manuela! R.–Déjale, déjale a la tía... M.–Con el acento que ahora le pones, la tía aquí eres ahora tú... R.–¿Yo? ¿Yo la tía? M.–Sí, tú, tú, Rosa. ¿A qué viene querer provocar celos en tu hermana? C.–Pero si Rosa no quiere hacerme celosa, Manuela. M.–Yo sé lo que me digo, Caridad. R.–Sí, aquí ella sabe lo que se dice... M.–Aquí sabemos todos lo que queremos decir y yo sé, además, lo que me digo, ¿me entiendes, Rosa? R.–El estribillo de la Tía... M.–Sea. Y te digo que serías capaz de aceptar el peor novio que se te presente y casarte con él no más que para provocarle a que te diese celos, no a dárselos tú... R.–¿Casarme yo? ¿Yo casarme? ¿Yo novio? ¡Las ganas... ! M.–Sí, ya sé que dices, aunque no sé si lo piensas, que no te has de casar, que tú no quieres novio... Ya sé que andas en si te vas o no a meter monja. C.–¿Y cómo lo has sabido, Manuela? M.–Ah, ¿pero vosotras creéis que no me percato de vuestros secretos? Precisamente por ser secretos... R.–Bueno, y si pensara yo en meterme monja, ¿qué? ¿Qué mal hay en ello? ¿Qué mal hay en servir a Dios? M.–En servir a Dios, no, no hay mal ninguno... Pero es que si tú entrases monja no sería por servir a Dios... R.–¿No? ¿Pues por qué? M.–Por no servir a los hombres... ni a las mujeres... C.–Pero por Dios, Manuela, qué cosas tienes... R.–Sí, ella tiene sus cosas y yo las mías... ¿Y quién te ha dicho, hermana, que desde el convento no se puede servir a los hombres...? M.–Sin duda, rezando por ellos... R.–¡Pues claro está! Pidiendo a Dios que les libre de tentaciones... M.–Pero me parece que tú más que a rezar « no nos dejes caer en la tentación» vas a «no me dejes caer en la tentación...» R.–Sí, que voy a que no me tienten... M.–¿Pues no has venido acá a tentar a Caridad, tu hermana? ¿O es que crees que no era tentación eso? ¿No venías a hacerle caer en la tentación? C.–No, Manuela, no venía a eso. Y además sabe que no soy celosa, que no lo seré, que no puedo serlo... R.–Déjale, déjale, Caridad, déjale a la abejita, que pique..., que pique... M.–Duele, ¿eh? Pues hija, rascarse... R.–Hija ahora, ¿eh? M.–Y siempre, hermana. R.–Y dime tú, hermanita, la abejita, ¿tú no has pensado nunca en meterte en un panal así, en una colmena...? M.–Se puede hacer miel y cera en el mundo... R.–Y picar... M.–¡Y picar, exacto! R.–Vamos, sí, que tú, como tía Tula, vas para tía... M.–Yo no sé para lo que voy, pero si siguiera el ejemplo de la Tía no habría de ir por mal camino. ¿O es que crees que marró ella el suyo? ¿Es que has olvidado sus enseñanzas? ¿Es que trató ella nunca a encismar a los de casa? ¿Es que habría ella nunca denunciado un acto de uno de sus hermanos? C.–Por Dios, Manuela, por la memoria de tía Tula, cállate ya... Y tú, Rosa, no llores así..., vamos, levanta esa frente..., no te tapes así la cara con las manos..., no .llores así, hija, no llores así... Manuela le puso a su hermanastra la mano sobre el hombro y con una voz que parecía venir del otro mundo, del mundo eterno de la familia inmortal, le dijo: –¡Perdóname, hermana, me he excedido..., pero tu conducta me ha herido en lo vivo de la familia y he hecho lo que creo que habría hecho la Tía en este caso..., perdónamelo! Y Rosa, cayendo en sus brazos y ocultando su cabeza entre los pechos de su hermana, le dijo entre sollozos: –¡Quien tiene que perdonarme eres tú, hermana, tú!... Pero hermana... no, sino madre..., ni madre... ¡Tía! ¡Tía! –¡Es la Tía, la tía Tula, la que tiene que perdonarnos y unirnos y guiamos a todos! ––concluyó Manuela.
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