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Capítulos XI a XV

XI

Cuando llamó aquel otro día Augusto a casa de don Fermín y doña Ermelinda, la criada le pasó a la salita diciéndole: «Ahora aviso.» Quedóse un momento solo y como si estuviese en el vacío. Sentía una profunda opresión en el pecho. Ceñíale una angustiosa sensación de solemnidad. Sentóse para levantar al punto y se entretuvo en mirar los cuadros que colgaban de las paredes, un retrato de Eugenia entre ellos. Entráronle ganas de echar a correr, de escaparse. De pronto, al oír unos pasos menudos, sintió un puñal de hielo atravesarle el pecho y como una bruma invadirle la cabeza. Abrióse la puerta de la sala y apareció Eugenia. El pobre se apoyó en el respaldo de una butaca. Ella, al verle lívido, palideció un momento y se quedó suspensa en medio de la sala, y luego, acercándose a él, le dijo con voz seca y baja:

––¿Qué le pasa a usted, don Augusto, se pone malo?

––No, no es nada; qué sé yo...

––¿Quiere algo?, ¿necesita algo?

––Un vaso de agua.

Eugenia, como quien ve un agarradero, salió de la estancia para ir ella misma a buscar el vaso de agua, que se lo trajo al punto. El agua tembloteaba en el vaso; pero más tembló este en manos de Augusto, que se lo bebió de un trago, atropelladamente, vertiéndosele agua por la barba, y sin quitar en tanto sus ojos de los ojos de Eugenia.

––Si quiere usted ––dijo ella––, mandaré que le hagan una taza de té, o de manzanilla, o de tila... ¿Qué, se ha pasado?

––No, no, no fue nada; gracias, Eugenia, gracias ––y se enjugaba el agua de la barba.

––Bueno, pues ahora siéntese usted ––y cuando estuvieron sentados prosiguió ella––: Le esperaba cualquier día y di orden a la criada de que aunque no estuviesen mis tíos, como sucede algunas tardes, le hiciese a usted pasar y me avisara. Así como así, deseaba que hablásemos a solas.

––¡Oh, Eugenia, Eugenia!

––Bueno, las cosas más fríamente. Nunca me pude imaginar que le daría tan fuerte, porque me dio usted miedo cuando entré aquí; parecía un muerto.

––Y más muerto que vivo estaba, créamelo.

––Va a ser menester que nos expliquemos.

––¡Eugenia! ––exclamó el pobre, y extendió una mano que recogió al punto.

––Todavía me parece que no está usted en disposición de que hablemos tranquilamente, como buenos amigos. ¡A ver! ––y le cogió la mano para tomarle el pulso.

Y este empezó a latir febril en el pobre Augusto; se puso rojo, ardíale la frente. Los ojos de Eugenia se le borraron de la vista y no vio ya nada sino una niebla, una niebla roja. Un momento creyó perder el sentido.

––¡Ten compasión, Eugenia, ten compasión de mí!

––¡Cálmese usted, don Augusto, cálmese!

––Don Augusto... don Augusto... don... don...

––Sí, mi bueno de don Augusto, cálmese usted y hablemos tranquilamente.

––Pero, permítame... ––y le cogió entre sus manos la diestra aquella blanca y fría como la nieve, de ahusados dedos, hecha para acariciar las teclas del piano, para arrancarles dulces arpegios.

––Como usted quiera, don Augusto.

Este se la llevó a los labios y la cubrió de besos que apenas entibiaron la frialdad blanca.

––Cuando usted acabe, don Augusto, empezaremos a hablar.

––Pero mira, Eugenia, ven...

––No, no, no, ¡formalidad! ––y desprendiendo su mano de las de él prosiguió––: Yo no sé qué género de esperanzas le habrán hecho concebir mis tíos, o más bien mi tía, pero el caso es que me parece que usted está engañado.

––¿Cómo engañado?

––Sí, han debido decirle que tengo novio.

––Lo sé.

––¿Se lo han dicho ellos?

––No, no me lo ha dicho nadie, pero lo sé.

––Entonces...

––Pero es, Eugenia, que yo no pretendo nada, que no busco nada, que nada pido; es, Eugenia, que yo me contento con que se me deje venir de cuando en cuando a bañar mi espíritu en la mirada de esos ojos, a embriagarme en el vaho de su respiración...

––Bueno, don Augusto, esas son cosas que se leen en los libros; dejemos eso. Yo no me opongo a que usted venga cuantas veces se le antoje, a que me vea y me revea, a que hable conmigo y hasta... ya lo ha visto usted, hasta a que me bese la mano, pero yo tengo un novio, del cual estoy enamorada y con el cual pienso casarme.

––Pero ¿de veras está usted enamorada de él?

––¡Vaya una pregunta!

––Y ¿en qué conoce usted que está de él enamorada?

––Pero ¿es que se ha vuelto usted loco, don Augusto?

––No, no; lo digo porque mi amigo mejor me ha dicho que hay muchos que creen estar enamorados sin estarlo...

––Lo ha dicho por usted, ¿no es eso?

––Sí, por mí lo ha dicho, ¿pues?

––Porque en el caso de usted acaso sea verdad eso...

––Pero ¿es que cree usted, es que crees, Eugenia, que no estoy de veras enamorado de ti?

––No alce usted tanto la voz, don Augusto, que puede oírle la criada...

––¡Sí, sí ––continuó exaltándose––, hay quien me cree incapaz de enamorarme de veras...!

––Dispense un momento ––le interrumpió Eugenia, y se salió dejándole solo.

Volvió al poco rato y con la mayor tranquilidad le dijo:

––Y bien, don Augusto, ¿se ha calmado ya?

––¡Eugenia, Eugenia!

En este momento se oyó llamar a la puerta y Eugenia dijo: «¡Mis tíos!» A los pocos momentos entraban estos en la sala.

––Vino don Augusto a visitaros, salí yo misma a abrirle, quería irse, pero le dije que pasara, que no tardaríais en venir, ¡y aquí está!

––¡Vendrán tiempos ––exclamó don Fermín–– en que se disiparán los convencionalismos sociales todos!

Estoy convencido de que las cercas y tapias de las propiedades privadas no son más que un incentivo para los que llamamos ladrones, cuando los ladrones son los otros, los propietarios. No hay propiedad más segura que la que está sin cercas ni tapias, al alcance de todo el mundo. El hombre nace bueno, es naturalmente bueno; la sociedad le malea y pervierte...

––¡Cállate, hombre ––exclamó doña Ermelinda––, que no me dejas oír cantar al canario! ¿No le oye usted, don Augusto?, ¡es un encanto oírle! Y cuando esta se ponía a aprender sus lecciones de piano había que oírle a un canario que entonces tuve: se excitaba, y cuanto más esta daba a las teclas, más él a cantar y más cantar. Como que se murió de eso, reventado...

––¡Hasta los animales domésticos se contagian de nuestros vicios! ––agregó el tío––. ¡Hasta a los animales que con nosotros conviven les hemos arrancado del santo estado de naturaleza! ¡Oh, humanidad, humanidad!

––Y ¿ha tenido usted que esperar mucho, don Augusto? ––preguntó la tía.

––Oh, no, señora, no, nada, nada, un momento, un relámpago... por lo menos así me lo pareció...

––¡Ah, vamos!

––Sí, tía, muy poco tiempo, pero lo bastante para que se haya repuesto de una ligera indisposición que trajo de la calle...

––¿Cómo?

––Oh, no fue nada, señora, nada...

––Ahora yo les dejo, tengo que hacer ––dijo Eugenia, y dando la mano a Augusto se fue.

––Y ¿qué, cómo va eso? ––le preguntó a Augusto la tía así que Eugenia hubo salido.

––Y ¿qué es eso?

––¡La conquista, naturalmente!

––¡Mal, muy mal! Me ha dicho que tiene novio y que se ha de casar con él.

––¿No te lo decía yo, Ermelinda, no te lo decía?

––Pues ¡no, no y no!, no puede ser. Eso del novio es una locura, don Augusto, ¡una locura!

––Pero, señora, ¿y si está enamorada de él...?

––Eso digo yo ––exclamó el tío––, eso digo yo. ¡La libertad, la santa libertad, la libertad de elección!

––Pues ¡no, no y no! ¿Acaso sabe esa chiquilla lo que se hace...? ¡Despreciarle a usted, don Augusto, a usted! ¡Eso no puede ser!

––Pero, señora, reflexione, fíjese... no se puede, no se debe violentar así la voluntad de una joven como Eugenia... Se trata de su felicidad, y no debemos todos preocuparnos sino de ella, y hasta sacrificarnos para que la consiga...

––¿Usted, don Augusto, usted?

––¡Yo, sí, yo, señora! ¡Estoy dispuesto a sacrificarme por la felicidad de Eugenia, de su sobrina, porque mi felicidad consiste en que ella sea feliz!

––¡Bravo! ––exclamó el tío–– ¡bravo!, ¡bravo! ¡He aquí un héroe!, ¡he aquí un anarquista... místico!

––¿Anarquista? ––dijo Augusto.

––Anarquista, sí. Porque mi anarquismo consiste en eso, en eso precisamente, en que cada cual se sacrifique por los demás, en que uno sea feliz haciendo felices a los otros, en que...

––¡Pues bueno te pones, Fermín, cuando un día cualquiera no se te sirve la sopa sino diez minutos después de las doce!

––Bueno, es que ya sabes, Ermelinda, que mi anarquismo es teórico... me esfuerzo por llegar a la perfección, pero...

––¡Y la felicidad también es teórica! ––exclamó Augusto, compungido y como quien habla consigo mismo, y luego––: He decidido sacrificarme a la felicidad de Eugenia y he pensado en un acto heroico.

––¿Cuál?

––¿No me dijo usted una vez, señora, que la casa que a Eugenia dejó su desgraciado padre...

––Sí, mi pobre hermano.

––... está gravada con una hipoteca que se lleva sus rentas todas?

––Sí, señor.

––Pues bien; ¡yo sé lo que he de hacer! ––y se dirigió a la puerta.

––Pero, don Augusto...

––Augusto se siente capaz de las más heroicas determinaciones, de los más grandes sacrificios. Y ahora se sabrá si está enamorado nada más que de cabeza o lo está también de corazón, si es que cree estar enamorado sin estarlo. Eugenia, señores, me ha despertado a la vida, a la verdadera vida, y, sea ella de quien fuere, yo le debo gratitud eterna. Y ahora, ¡adiós!

Y se salió solemnemente. Y no bien hubo salido gritó doña Ermelinda: ¡Chiquilla!

XII

––Señorito ––entró un día después a decir a Augusto Liduvina––, ahí está la del planchado.

––¿La del planchado? ¡Ah, sí, que pase!

Entró la muchacha llevando el cesto del planchado de Augusto. Quedáronse mirándose, y ella, la pobre, sintió que se le encendía el rostro, pues nunca cosa igual le ocurrió en aquella casa en tantas veces como allí entró. Parecía antes como si el señorito ni la hubiese visto siquiera, lo que a ella, que creía conocerse, habíala tenido inquieta y hasta mohína. ¡No fijarse en ella! ¡No mirarla como la miraban otros hombres! ¡No devorarla con los ojos, o más bien lamerle con ellos los de ella y la boca y la cara toda!

––¿Qué te pasa, Rosario, porque creo que te llamas así, no?

––Sí, así me llamo.

––Y ¿qué te pasa?

––¿Por qué, señorito Augusto?

––Nunca te he visto ponerte así de colorada. Y además me pareces otra.

––El que me parece que es otro es usted...

––Puede ser... puede ser.. Pero ven, acércate.

––¡Vamos, déjese de bromas y despachemos!

––¿Bromas? Pero ¿tú crees que es broma? ––le dijo con voz más seria––. Acércate, así, que te vea bien.

––Pero ¿es que no me ha visto otras veces?

––Sí, pero hasta ahora no me había dado cuenta de que fueses tan guapa como eres...

––Vamos, vamos, señorito, no se burle... ––y le ardía la cara.

––Y ahora, con esos colores, talmente el sol...

––Vamos...

––Ven acá, ven. Tú dirás que el señorito Augusto se ha vuelto loco, ¿no es así? Pues no, no es eso, ¡no! Es que lo ha estado hasta ahora, o mejor dicho, es que he estado hasta ahora tonto, tonto del todo, perdido en una niebla, ciego... No hace sino muy poco tiempo que se me han abierto los ojos. Ya ves, tantas veces como has entrado en esta casa y te he mirado y no te había visto. Es, Rosario, como si no hubiese vivido, lo mismo que si no hubiese vivido... Estaba tonto, tonto... Pero ¿qué te pasa, chiquilla, qué es lo que te pasa?

Rosario, que se había tenido que sentar en una silla, ocultó la cara en las manos y rompió a llorar. Augusto se levantó, cerró la puerta, volvió a la mocita, y poniéndole una mano sobre el hombro le dijo con su voz más húmeda y más caliente, muy bajo:

––Pero ¿qué te pasa, chiquilla, qué es eso?

––Que con esas cosas me hace usted llorar, don Augusto...

––¡Angel de Dios!

––No diga usted esas cosas, don Augusto.

––¡Cómo que no las diga! Sí, he vivido ciego, tonto, como si no viviera, hasta que llegó una mujer, ¿sabes?, otra, y me abrió los ojos y he visto el mundo, y sobre todo he aprendido a veros a vosotras, a las mujeres...

––Y esa mujer... sería alguna mala mujer...

––¿Mala?, ¿mala dices? ¿Sabes lo que dices, Rosario, sabes lo que dices? ¿Sabes lo que es ser malo? ¿Qué es ser malo? No, no, no esa mujer es, como tú, un ángel; pero esa mujer no me quiere... no me quiere... no me quiere... ––y al decirlo se le quebró la voz y se le empañaron en lágrimas los ojos.

––¡Pobre don Augusto!

––¡Sí, tú lo has dicho, Rosario, tú lo has dicho!, ¡pobre don Augusto! Pero mira, Rosario, quita el don y di: ¡pobre Augusto! Vamos, di: ¡pobre Augusto!

––Pero, señorito...

––Vamos, dilo: ¡pobre Augusto!

––Si usted se empeña... ¡pobre Augusto!

Augusto se sentó.

––¡Ven acá! ––la dijo.

Levantóse ella cual movida por un resorte, como una hipnótica sugestionada, con la respiración anhelante. Cogióla él, la sentó sobre sus rodillas, la apretó fuertemente a su pecho, y teniendo su mejilla apretada contra la mejilla de la muchacha, que echaba fuego, estalló diciendo:

––¡Ay, Rosario, Rosario, yo no sé lo que me pasa, yo no sé lo que es de mí! Esa mujer que tú dices que es mala, sin conocerla, me ha vuelto ciego al darme la vista. Yo no vivía, y ahora vivo; pero ahora que vivo es cuando siento lo que es morir. Tengo que defenderme de esa mujer, tengo que defenderme de su mirada. ¿Me ayudarás tú, Rosario, me ayudarás a que de ella me defienda?

Un ¡sí! tenuísimo, con susurro que parecía venir de otro mundo, rozó el oído de Augusto.

––Yo ya no sé lo que me pasa, Rosario, ni lo que digo, ni lo que hago, ni lo que pienso; yo ya no sé si estoy o no enamorado de esa mujer, de esa mujer a la que llamas mala...

––Es que yo, don Augusto...

––Augusto, Augusto...

––Es que yo, Augusto...

––Bueno, cállate, basta ––y cerraba él los ojos––, no digas nada, déjame hablar solo, conmigo mismo. Así he vivido desde que se murió mi madre, conmigo mismo, nada más que conmigo; es decir, dormido. Y no he sabido lo que es dormir juntamente, dormir dos un mismo sueño. ¡Dormir juntos! No estar juntos durmiendo cada cual su sueño, ¡no!, sino dormir juntos, ¡dormir juntos el mismo sueño! ¿Y si durmiéramos tú y yo, Rosario, el mismo sueño?

––Y esa mujer... ––empezó la pobre chica, temblando entre los brazos de Augusto y con lágrimas en la voz.

––Esa mujer, Rosario, no me quiere... no me quiere... no me quiere... Pero ella me ha enseñado que hay otras mujeres, por ella he sabido que hay otras mujeres... y alguna podrá quererme... ¿Me querrás tú, Rosario, dime, me querrás tú? ––y la apretaba como loco contra su pecho.

––Creo que sí... que le querré...

––¡Que te querré, Rosario, que te querré!

––Que te querré...

––¡Así, así, Rosario, así! ¡Eh!

En aquel momento se abrió la puerta, apareció Liduvina, y exclamando: ¡ah!, volvió a cerrarla. Augusto se turbó mucho más que Rosario, la cual, poniéndose rápidamente en pie, se atusó el pelo, se sacudió el cuerpo y con voz entrecortada dijo:

––Bueno, señorito, ¿hacemos la cuenta?

––Sí, tienes razón. Pero volverás, eh, volverás.

––Sí, volveré.

––¿Y me perdonas todo?, ¿me lo perdonas?

––¿Perdonarle... qué?

––Esto, esto... Ha sido una locura. ¿Me lo perdonas?

––Yo no tengo nada que perdonarle, señorito. Y lo que debe hacer es no pensar en esa mujer.

––Y tú, ¿pensarás en mí?

––Vaya, que tengo que irme.

Arreglaron la cuenta y Rosario se fue. Y apenas se había ido entró Liduvina:

––¿No me preguntaba usted el otro día, señorito, en qué se conoce si un hombre está o no enamorado?

––En efecto.

––Y le dije en que hace o dice tonterías. Pues bien, ahora puedo asegurarle que usted está enamorado.

––Pero ¿de quién?, ¿de Rosario?

––¿De Rosario...? ¡Quiá! ¡De la otra!

––Y ¿de dónde sacas eso, Liduvina?

––¡Bah! Usted ha estado diciendo y haciendo a esta lo que no pudo decir ni hacer a la otra.

––Pero ¿tú te crees...?

––No, no, si ya me supongo que no ha pasado a mayores; pero...

––¡Liduvina, Liduvina! ––Como usted quiera, señorito.

El pobre fue a acostarse ardiéndole la cabeza. Y al echarse en la cama, a cuyos pies dormía Orfeo, se decía: «¡Ay, Orfeo, Orfeo, esto de dormir solo, solo, solo, de dormir un solo sueño! El sueño de uno solo es la ilusión, la apariencia; el sueño de dos es ya la verdad, la realidad. ¿Qué es el mundo real sino el sueño que soñamos todos, el sueño común?»

Y cayó en el sueño.

XIII

Pocos días después de esto entró una mañana Liduvina en el cuarto de Augusto diciéndole que una señorita preguntaba por él.

––¿Una señorita?

––Sí, ella, la pianista.

––¿Eugenia?

––Eugenia, sí. Decididamente no es usted el único que se ha vuelto loco.

El pobre Augusto empezó a temblar. Y es que se sentía reo. Levantóse, lavóse de prisa, se vistió y fue dispuesto a todo.

––Ya sé, señor don Augusto ––le dijo solemnemente Eugenia en cuanto le vio––, que ha comprado usted mi deuda a mi acreedor, que está en su poder la hipoteca de mi casa.

––No lo niego.

––Y ¿con qué derecho hizo eso?

––Con el derecho, señorita, que tiene todo ciudadano a comprar lo que bien le parezca y su poseedor quiera venderlo.

––No quiero decir eso, sino ¿para qué la ha comprado usted?

––Pues porque me dolía verla depender así de un hombre a quien acaso usted sea indiferente y que sospecho no es más que un traficante sin entrañas.

––Es decir, que usted pretende que dependa yo de usted, ya que no le soy indiferente...

––¡Oh, eso nunca, nunca, nunca! ¡Nunca, Eugenia, nunca! Yo no busco que usted dependa de mí. Me ofende usted sólo con suponerlo. Verá usted ––y dejándola sola se salió agitadísimo.

Volvió al poco rato trayendo unos papeles.

––He aquí, Eugenia, los documentos que acreditan su deuda. Tómelos usted y haga de ellos lo que quiera.

––¿Cómo?

––Sí, que renuncio a todo. Para eso lo compré.

––Lo sabía, y por eso le dije que usted no pretende sino hacer que dependa de usted. Me quiere usted ligar por la gratitud. ¡Quiere usted comprarme!

––¡Eugenia! ¡Eugenia!

––Sí, quiere usted comprarme, quiere usted comprarme; ¡quiere usted comprar... no mi amor, que ese no se compra, sino mi cuerpo!

––¡Eugenia! ¡Eugenia!

––Esto es, aunque usted no lo crea, una infamia, nada más que una infamia.

––¡Eugenia, por Dios, Eugenia!

––¡No se me acerque usted más, que no respondo de mí!

––Pues bien, sí, me acerco. ¡Pégame, Eugenia, pégame; insúltame, escúpeme, haz de mí lo que quieras!

––No merece usted nada ––y Eugenia se levantó––; me voy, pero ¡cónstele que no acepto su limosna o su oferta! Trabajaré más que nunca; haré que trabaje mi novio, pronto mi marido, y viviremos. Y en cuanto a eso, quédese usted con mi casa.

––Pero ¡si yo no me opongo, Eugenia, a que usted se case con ese novio que dice!

––¿Cómo?, ¿cómo? ¿A ver?

––¡Si yo no he hecho esto para que usted, ligada por gratitud, acceda a tomarme por marido!... ¡Si yo renuncio a mi propia felicidad, mejor dicho, si mi felicidad consiste en que usted sea feliz y nada más, en que sea usted feliz con el marido que libremente escoja!...

––¡Ah, ya, ya caigo; usted se reserva el papel de heroica víctima, de mártir! Quédese usted con la casa, le digo. Se la regalo.

––Pero, Eugenia, Eugenia...

––¡Baste!

Y sin más mirarle, aquellos dos ojos de fuego desaparecieron.

Quedóse Augusto un momento fuera de sí, sin darse cuenta de que existía, y cuando sacudió la niebla de confusión que le envolviera tomó el sombrero y se echó a la calle, a errar a la aventura. Al pasar junto a una iglesia, San Martín, entró en ella, casi sin darse cuenta de lo que hacía. No vio al entrar sino el mortecino resplandor de la lamparilla que frente al altar mayor ardía. Parecíale respirar oscuridad, olor a vejez, a tradición sahumada en incienso, a hogar de siglos, y andando casi a tientas fue a sentarse en un banco. Dejóse en él caer más que sé sentó. Sentíase cansado, mortalmente cansado y como si toda aquella oscuridad, toda aquella vejez que respiraba le pesasen sobre el corazón. De un susurro que parecía venir de lejos, de muy lejos, emergía una tos contenida de cuando en cuando. Acordóse de su madre.

Cerró los ojos y volvió a soñar aquella casa dulce y tibia, en que la luz entraba por entre las blancas flores bordadas en los visillos. Volvió a ver a su madre, yendo y viniendo sin ruido, siempre de negro, con aquella su sonrisa que era poso de lágrimas. Y repasó su vide toda de hijo, cuando formaba parte de su madre y vivía a su amparo, y aquella muerte lenta, grave, dulce a indolorosa de la pobre señora, cuando se fue como un eve peregrine que emprende sin ruido el vuelo. Luego recordó o resoñó el encuentro de Orfeo, y al poco rato encontróse sumido en un estado de espíritu en que pasaban ante él, en cinematógrafo, las más extrañas visiones.

Junto a él un hombre susurraba rezos. El hombre se levantó para salir y él le siguió. A la salida de la iglesia el hombre aquel mojó los dedos índice y corazón de su diestra en el aguabenditera y ofreció agua bendita a Augusto, santiguándose luego. Encontráronse en la cancela.

––¡Don Avito! ––––exclamó Augusto.

––¡El mismo, Augustito, el mismo!

––Pero ¿usted por aquí?

––Sí, yo por aquí; enseña mucho la vida, y más la muerte; enseñan más, mucho más que la ciencia.

––Pero ¿y el candidato a genio?

Don Avito Carrascal le contó la lamentable historia de su hijo . Y concluyó diciéndo: «Ya ves, Augustito, cómo he venido a esto...»

Augusto callaba mirando al suelo. Iban por la Alameda.

––Sí, Augusto, sí ––prosiguió don Avito––; la vida es la única maestra de la vida; no hay pedagogía que valga. Sólo se aprende a vivir viviendo, y cada hombre tiene que recomenzar el aprendizaje de la vida de nuevo...

––¿Y la labor de las generaciones, don Avito, el legado de los siglos?

––No hay más que dos legados: el de las ilusiones y el de los desengaños, y ambos sólo se encuentran donde nos encontramos hace poco: en el templo. De seguro que te llevó allá o una gran ilusión o un gran desengaño.

––Las dos cosas.

––Sí, las dos cosas, sí. Porque la ilusión, la esperanza, engendra el desengaño, el recuerdo, y el desengaño, el recuerdo, engendra a su vez la ilusión, la esperanza. La ciencia es realidad, es presente, querido Augusto, y yo no puedo vivir ya de nada presente. Desde que mi pobre Apolodoro, mi víctima ––y al decir esto le lloraba la voz––, murió, es decir, se mató, no hay ya presente posible, no hay ciencia ni realidad que valgan para mí; no puedo vivir sino recordándole o esperándole. Y he ido a parar a ese hogar de todas las ilusiones y todos los desengaños: ¡a la iglesia!

––¿De modo es que ahora cree usted?

––¡Qué sé yo...!

––Pero ¿no cree usted?

––No sé si creo o no creo; sé que rezo. Y no sé bien lo que rezo. Somos unos cuantos que al anochecer nos reunimos ahí a rezar el rosario. No sé quiénes son, ni ellos me conocen, pero nos sentimos solidarios, en íntima comunión unos con otros. Y ahora pienso que a la humanidad maldita la falta que le hacen los genios.

––¿Y su mujer, don Avito?

––¡Ah, mi mujer! ––exclamó Carrascal, y una lágrima que se le había asomado a un ojo pareció irradiarle luz interna––. ¡Mi mujer!, ¡la he descubierto! Hasta mi tremenda desgracia no he sabido lo que tenía en ella. Sólo he penetrado en el misterio de la vida cuando en las noches terribles que sucedieron al suicidio de mi Apolodoro reclinaba mi cabeza en el regazo de ella, de la madre, y lloraba, lloraba, lloraba. Y ella, pasándome dulcemente la mano por la cabeza, me decía: «¡Pobre hijo mío!, ¡pobre mío!» Nunca, nunca ha sido más madre que ahora. Jamás creí al hacerla madre, ¿y cómo?, nada más que para que me diese la materia prima del genio... jamás creí al hacerla madre que como tal la necesitaría para mí un día. Porque yo no conocí a mi madre, Augusto, no la conocí; yo no he tenido madre, no he sabido qué es tenerla hasta que al perder mi mujer a mi hijo y suyo se ha sentido madre mía. Tú conociste a tu madre, Augusto, a la excelente doña Soledad; si no, te aconsejaría que te casases.

––La conocí, don Avito, pero la perdí, y ahí, en la iglesia, estaba recordándola...

––Pues si quieres volver a tenerla, ¡cásate, Augusto, cásate!

––No, aquélla no, aquélla, no la volveré a tener

––Es verdad, pero ¡cásate!

––¿Y cómo? ––añadió Augusto con una forzada sonrisa y recordando lo que había oído de una de las doctrinal de don Avito–– ¿cómo?, ¿deductiva o inductivamente?

––¡Déjate ahora de esas cosas; por Dios, Augusto, no me recuerdes tragedias! Pero... En fin, si te he de seguir el humor, ¡cásate intuitivamente!

––¿Y si la mujer a quien quiero no me quiere?

––Cásate con la mujer que te quiera, aunque no lo quieras tú. Es rnejor casarse para que le conquisten a uno el amor que para conquistarlo. Busca una que te quiera.

Por la mente de Augusto pasó en rapidísima visión la imagen de la chica de la planchadora. Porque se había hecho la ilusión de que aquella pobrecita quedó enamorada de él.

Cuando al cabo Augusto se despidió de don Avito dirigióse al Casino. Quería despejar la niebla de su cabeza y la de su corazón echando una partida de ajedrez con Víctor.

XIV

Notó Augusto que algo insólito le ocurría a su amigo Víctor; no acertaba ninguna jugada, estaba displicente y silencioso.

––Víctor, algo te pasa...

––Sí, hombre, sí; me pasa una cosa grave. Y como necesito desahogo, vamos fuera; la noche está muy hermosa; te lo contaré.

Víctor, aunque el más íntimo amigo de Augusto, le llevaba cinco o seis años de edad y hacía más de doce que estaba casado, pues contrajo matrimonio siendo muy joven, por deber de conciencia, según decían. No tenía hijos.

Cuando estuvieron en la calle, Víctor comenzó:

––Ya sabes, Augusto, que me tuve que casar muy joven...

––¿Que te tuviste que casar?

––Sí, vamos, no te hagas el de nuevas, que la murmuración llega a todos. Nos casaron nuestros padres, los míos y los de mi Elena, cuando éramos unos chiquillos. Y el matrimonio fue para nosotros un juego. Jugábamos a marido y mujer. Pero aquello fue una falsa alarma...

––¿Qué es lo que fue una falsa alarma?

––Pues aquello porque nos casaron. Pudibundeces de nuestros sendos padres. Se enteraron de un desliz nuestro, que tuvo su cachito de escándalo, y sin esperar a ver qué consecuencias tenía, o si las tenía, nos casaron.

––Hicieron bien.

––No diré yo tanto. Mas el caso fue que ni tuvo consecuencias aquel desliz ni las tuvieron los consiguientes deslices de después de casados.

––¿Deslices?

––Sí, en nuestro caso no eran sino deslices. Nos deslizábamos. Ya te he dicho que jugábamos a marido y mujer...

––¡Hombre!

––No, no seas demasiado malicioso. Éramos y aún somos jóvenes para pervertirnos. Pero en lo que menos pensábamos era en constituir un hogar. Éramos dos mozuelos que vivían juntos haciendo eso que se llama vida marital. Pero pasó el año y al ver que no venía fruto empezamos a ponernos de morro, a mirarnos un poco de reojo, a incriminarnos mutuamente en silencio. Yo no me avenía a no ser padre. Era un hombre ya, tenía más de veintiún años y, francamente, eso de que yo fuese menos que otros, menos que cualquier bárbaro que a los nueve meses justos de haberse casado, o antes, tiene su primer hijo... a esto no me resignaba.

––Pero, hombre, ¿qué culpa...?

––Y, es claro, yo, aun sin decírselo, le echaba la culpa a ella y me decía: «Esta mujer es estéril y te pone en ridículo.» Y ella, por su parte, no me cabía duda, me culpaba a mí, y hasta suponía, qué sé yo...

––¿Qué?

––Nada, que cuando pasa un año y otro y otro y el matrimonio no tiene hijos, la mujer da en pensar que la culpa es del marido y que lo es porque no fue sano al matrimonio, porque llevó cualquier dolencia... El caso es que nos sentíamos enemigos el uno del otro; que el demonio se nos había metido en casa. Y al fin estalló el tal demonio y llegaron las reconvenciones mutuas y aquello de «tú no sirves» y «quien no sirve eres tú» y todo lo demás.

––¿Sería por eso que hubo una temporada, a los dos o tres años de haberte casado, que anduviste tan malo, tan preocupado, neurasténico?, ¿cuando tuviste que ir solo a aquel sanatorio?

––No, no fue eso... fue algo peor.

Hubo un silencio. Víctor miraba al suelo.

––Bueno, bueno, guárdatelo; no quiero romper tus secretos.

––¡Pues sea, te lo diré! fue que exacerbado por aquellas querellas intestinas con mi pobre mujer, llegué a imaginarme que la cuestión dependía no de la intensidad de lo que sea, sino del número, ¿me entiendes?

––Sí, creo entenderte...

––Y di en dedicarme a comer como un bárbaro lo que creí más sustancioso y nutritivo y bien sazonado con todo género de especias, en especial las que pasan por más afrodisiacas, y a frecuentar lo más posible a mi mujer. Y, claro...

––Te pusiste enfermo.

––¡Natural! Y si no acudo a tiempo y entramos en razón me las lío al otro mundo. Pero curé de aquello en ambos sentidos, volví a mi mujer y nos calmamos y resignamos. Y poco a poco volvió a reinar en casa no ya la paz, sino hasta la dicha. Al principio de esta nueva vida, a los cuatro o cinco años de casados, lamentábamos alguna que otra vez nuestra soledad, pero muy pronto no sólo nos consolamos, sino que nos habituamos. Y acabamos no sólo por no echar de menos a los hijos, sino hasta por compadecer a los que los tienen. Nos habituamos uno a otro, nos hicimos el uno costumbre del otro. Tú no puedes entender esto...

––No, no lo entiendo.

––Pues bien; yo me hice una costumbre de mi mujer y Elena se hizo una costumbre mía. Todo estaba moderadamente regularizado en nuestra casa, todo, lo mismo que las comidas. A las doce en punto, ni minuto más ni minuto menos, la sopa en la mesa, y de tal modo, que comemos todos los días casi las mismas cosas, en el mismo orden y en la misma cantidad. Aborrezco el cambio y lo aborrece Elena. En mi casa se vive al reló.

––Vamos, sí, esto me recuerda lo que dice nuestro amigo Luis del matrimonio Romera, que suele decir que son marido y mujer solterones.

––En efecto, porque no hay solterón más solterón y recalcitrante que el casado sin hijos. Una vez, para suplir la falta de hijos, que al fin y al cabo ni en mí había muerto el sentimiento de la paternidad ni menos el de la maternidad en ella, adoptamos, o si quieres prohijamos, un perro; pero al verle un día morir a nuestra vista, porque se le atravesó un hueso en la garganta, y ver aquellos ojos húmedos que parecían suplicarnos vida, nos entró una pena y un horror tal que no quisimos más perros ni cosa viva. Y nos contentamos con unas muñecas, unas grandes peponas, que son las que has visto en casa, y que mi Elena viste y desnuda.

––Esas no se os morirán.

––En efecto. Y todo iba muy bien y nosotros contentísimos. Ni me turban el sueño llantos de niño, ni tenía que preocuparme de si será varón o hembra y qué he de hacer de él o de ella... Y, además, he tenido siempre mi mujer a mi disposición, cómodamente, sin estorbos de embarazos ni de lactancias; en fin, ¡un encanto de vida!

––¿Sabes que eso en poco o nada se diferencia ...?

––¿De qué? ¿De un arrimo ilegal? Así lo creo. Un matrimonio sin hijos puede llegar a convertirse en una especie de concubinato legal, muy bien ordenado, muy higiénico, relativamente casto, pero, en fin, ¡lo dicho! Marido y mujer solterones, pero solterones arrimados, en efecto. Y así han transcurrido estos más de once años, van para doce... Pero ahora... ¿sabes lo que me pasa?

––Hombre, ¿cómo lo he de saber?

––Pero ¿no sabes lo que me pasa?

––Como no sea que has dejado encinta a tu mujer...

––Eso, hombre, eso. ¡Figúrate qué desgracia!

––¿Desgracia? ¿Pues no lo deseasteis tanto...?

––Sí, al principio, los dos o tres primeros años, poco más. Pero ahora, ahora... Ha vuelto el demonio a casa, han vuelto las disensiones. Y ahora como antaño cada uno de nosotros culpaba al otro de la esterilidad del lazo, ahora cada uno culpa al otro de esto que se nos viene. Y ya empezamos a llamarle... no, no te lo digo...

––Pues no me lo digas si no quieres.

––Empezamos a llamarle ¡el intruso! Y yo he soñado que se nos moría una mañana con un hueso atravesado en la garganta...

––¡Qué barbaridad!

––Sí, tienes razón, una barbaridad. Y ¡adiós regularidad, adiós comodidad, adiós costumbres! Todavía ayer estaba Elena de vómitos; parece que es una de las molestias anejas al estado que llaman... ¡Interesante! ¡Interesante! ¡Interesante! ¡Vaya un interés! ¡De vómito! ¿Has visto nada más indecoroso, nada más sucio?

––Pero ¿ella estará gozosísima al sentirse madre?

––¿Ella? ¡Como yo! Esto es una mala jugada de la Providencia, de la Naturaleza o de quien sea, una burla. Si hubiera venido... el nene o nena, lo que fuere... si hubiera venido cuando, inocentes tórtolos llenos, más que de amor paternal, de vanidad, le esperábamos; si hubiera venido cuando creíamos que el no tener hijos era ser menos que otros; si hubiera venido entonces, ¡santo y muy bueno!, pero ¿ahora, ahora? Te digo que esto es una burla. Si no fuera por...

––¿Qué hombre, qué?

––Te lo regalaba, para que hiciese compañía a Orfeo.

––Hombre, cálmate, y no digas disparates...

––Tienes razón, disparato. Perdóname. Pero ¿te parece bien, al cabo de cerca de doce años, cuando nos iba tan ricamente, cuando estábamos curados de la ridícula vanidad de los recién casados, venirnos esto? Es claro, ¡vivíamos tan tranquilos, tan seguros, tan confiados...!

––¡Hombre, hombre!

––Tienes razón, sí, tienes razón. Y lo más terrible es, ¿a que no te figuras?, que mi pobre Elena no puede defenderse del sentimiento del ridículo que la asalta. ¡Se siente en ridículo!

––Pues no veo...

––No, tampoco yo lo veo, pero así es; se siente en ridículo. Y hace tales cosas que temo por el... intruso... o intrusa.

––¡Hombre! ––exclamó Augusto alarmado.

––¡No, no, Augusto, no, no! No hemos perdido el sentido moral, y Elena, que es como sabes profundamente religiosa, acata, aunque a regañadientes, los designios de la Providencia y se resigna a ser madre. Y será buena madre, no me cabe de ello duda, muy buena madre. Pero es tal el sentimiento del ridículo en ella, que para ocultar su estado, para encubrir su embarazo, la creo capaz de cosas que... En fin, no quiero pensar en ello. Por de pronto, hace ya una semana que no sale de casa; dice que le da vergüenza, que se le figura que van a quedarse todos mirándola en la calle. Y ya habla de que nos vayamos, de que si ella ha de salir a tomar el aire y el sol cuando esté ya en meses mayores, no ha de hacerlo donde haya gentes que la conozcan y que acaso vayan a felicitarla por ello.

Callaron los dos amigos un rato, y después que el breve silencio selló el relato dijo Víctor:

––Conque ¡anda, Augusto, anda y cásate, para que acaso te suceda algo por el estilo; anda y cásate con la pianista!

––Y ¡quién sabe...! ––dijo Augusto como quien habla consigo mismo–– ¡quién sabe...! Acaso casándome volveré a tener madre...

––Madre, sí ––añadió Víctor––, ¡de tus hijos! Si los tienes...

––¡Y la madre mía! Acaso ahora, Víctor, empieces a tener en tu mujer una madre, una madre tuya.

––Lo que voy a empezar ahora es a perder noches...

––O a ganarlas, Víctor, o a ganarlas.

––En fin, que no sé lo que me pasa, ni lo que nos pasa. Y yo por mí creo que llegaría a resignarme; pero mi Elena, mi pobre Elena... ¡Pobrecita!

––¿Ves? Ya empiezas a compadecerla.

––En fin, Augusto, ¡que pienses mucho antes de casarte!

Y se separaron.

Augusto entró en su casa llena la cabeza de cuanto había oído a don Avito y a Víctor. A penas se acordaba ya ni de Eugenia ni de la hipoteca liberada, ni de la mozuela de la planchadora.

Cuando al entrar en casa salió saltando a recibirle Orfeo, le cogió, le tentó bien el gaznate, y apretándole el seno le dijo: «Cuidado con los huesos, Orfeo, mucho cuidadito con ellos, ¿eh? No quiero que te atragantes con uno; no quiero verte morir a mis ojos suplicándome vida. Ya ves, Orfeo, don Avito, el pedagogo, se ha convertido a la religión de sus abuelos... ¡es la herencia! Y Víctor no se resigna a ser padre. Aquel no se consuela de haber perdido a su hijo y este no se consuela de ir a tenerlo. y ¡qué ojos, Orfeo, qué ojos! ¡Cómo le fulguraban cuando me dijo: "¡Quiere usted comprarme!, ¡quiere usted comprar no mi amor, que ese no se compra, sino mi cuerpo! ¡Quédese con mi casa!" ¡Comprar yo su cuerpo... su cuerpo...! ¡Si me sobra el mío, Orfeo, me sobra el mío! Lo que yo necesito es alma, alma, alma. Y una alma de fuego, como la que irradia de los ojos de ella, de Eugenia. ¡Su cuerpo... su cuerpo... sí, su cuerpo es magnífico, espléndido, divino; pero es que su cuerpo es alma, alma pura, todo él vida, todo él significación, todo él idea! A mí me sobra el cuerpo, Orfeo, me sobra el cuerpo porque me falta alma. O ¿no es más bien que me falta alma porque me sobra cuerpo? Yo me toco el cuerpo, Orfeo, me lo palpo, me lo veo, pero ¿el alma?, ¿dónde está mi alma?, ¿es que la tengo? Sólo la sentí resollar un poco cuando tuve aquí abrazada, sobre mis rodillas, a Rosario, a la pobre Rosario; cuando ella lloraba y lloraba yo. Aquellas lágrimas no podían salir de mi cuerpo; salían de mi alma. El alma es un manantial que sólo se revela en lágrimas. Hasta que se llora de veras no se sabe si se tiene o no alma. Y ahora vamos a dormir, Orfeo, si es que nos dejan.»

XV

––Pero ¿qué has hecho, chiquilla? ––preguntó doña Ermelinda a su sobrina.

––¿Qué he hecho? Lo que usted, si es que tiene vergüenza, habría hecho en mi caso; estoy de ello segura. ¡Querer comprarme!, ¡querer comprarme a mí!

––Mira, chiquilla, es siempre mucho mejor que quieran comprarla a una que no es el que quieran venderla, no lo dudes.

––¡Querer comprarme!, ¡querer comprarme a mí!

––Pero si no es eso, Eugenia, si no es eso. Lo ha hecho por generosidad, por heroísmo...

––No quiero héroes. Es decir, los que procuran serlo. Cuando el heroísmo viene por sí, naturalmente, ¡bueno!; pero ¿por cálculo? ¡Querer comprarme!, ¡querer comprarme a mí, a mí! Le digo a usted, tía, que me la ha de pagar. Me la ha de pagar ese...

––¿Ese... qué? ¡Vamos, acaba!

––Ese... panoli desaborido. Y para mí como si no existiera. ¡Como que no existe!

––Pero qué tonterías estás diciendo...

––¿Es que cree usted tía, que ese tío...?

––¿Quién, Fermín?

––No, ese... ese del canario, ¿tiene algo dentro?

––Tendrá por lo menos sus entrañas...

––Pero ¿usted cree que tiene entrañas? ¡Quiá! ¡Si es hueco, como si lo viera, hueco!

––Pero ven acá, chiquilla, hablemos fríamente y no digas ni hagas tonterías. Olvida eso. Yo creo que debes aceptarle...

––Pero si no le quiero, tía...

––Y tú ¿qué sabes lo que es querer? Careces de experiencia. Tú sabrás lo que es una fusa o una corchea, pero lo que es querer...

––Me parece, tía, que está usted hablando por hablar...

––¿Qué sabes tú lo que es querer, chiquilla?

––Pero si quiero a otro...

––¿A otro? ¿A ese gandul de Mauricio, a quien se le pasea el alma por el cuerpo? ¿A eso le llamas querer?, ¿a eso le llamas otro? Augusto es tu salvación y sólo Augusto. ¡Tan fino, tan rico, tan bueno...!

––Pues por eso no le quiero, porque es tan bueno como usted dice... No me gustan los hombres buenos.

––Ni a mí, hija, ni a mí, pero...

––¿Pero qué?

––Que hay que casarse con ellos. Para eso han nacido y son buenos, para maridos.

––Pero si no le quiero, ¿cómo he de casarme con él?

––¿Cómo? ¡Casándote! ¿No me casé yo con tu tío...?

––Pero, tía...

––Sí, ahora creo que sí, me parece que sí; pero cuando me casé no sé si le quería. Mira, eso del amor es una cosa de libros, algo que se ha inventado no más que para hablar y escribir de ello. Tonterías de poetas. Lo positivo es el matrimonio. El Código civil no habla del amor y sí del matrimonio. Todo eso del amor no es más que música...

––¿Música?

––Música, sí. Y ya sabes que la música apenas sirve sino para vivir de enseñarla, y que si no te aprovechas de una ocasión como esta que se te presenta vas a tardar en salir de tu purgatorio...

––Y ¿qué? ¿Les pido yo a ustedes algo? ¿No me gano por mí mi vida? ¿Les soy gravosa?

––No te sulfures así, polvorilla, ni digas esas cosas, porque vamos a reñir de veras. Nadie te habla de eso. Y todo lo que te digo y aconsejo es por tu bien.

––Sí, por mi bien... por mi bien... Por mi bien ha hecho el señor don Augusto Pérez esa hombrada, por mi bien... ¡Una hombrada, sí, una hombrada! ¡Quererme comprar...! ¡Quererme comprar a mí... a mí! ¡Una hombrada, lo dicho, una hombrada... una cosa de hombre! Los hombres, tía, ya lo voy viendo, son unos groseros, unos brutos, carecen de delicadeza. No saben hacer ni un favor sin ofender.

––¿Todos?

––¡Todos, sí todos! Los que son de veras hombres se entiende.

––¡Ah!

––Sí, porque los otros, los que no son groseros y brutos y egoístas, no son hombres.

––Pues ¿qué son?

––¡Qué sé yo... maricas!

––¡Vaya unas teorías, chiquilla!

––En esta casa hay que contagiarse.

––Pero eso no se lo has oído nunca a tu tío.

––No, se me ha ocurrido a mí observando a los hombres.

––¿También a tu tío?

––Mi tío no es un hombre... de esos.

––Entonces es un marica, ¿eh?, un marica. ¡Vamos, habla!

––No, no, no, tampoco. Mi tío es... vamos... mi tío... No me acostumbro del todo a que sea algo así... vamos... de carne y hueso.

––Pues ¿qué, qué crees de tu tío?

––Que no es más que... no sé cómo decirlo... que no es más que mi tío. Vamos, así como si no existiese de verdad.

––Eso te creerás tú, chiquilla. Pero yo te digo que tu tío existe, ¡vaya si existe!

––Brutos, todos brutos, brutos todos. ¿No sabe usted lo que ese bárbaro de Martín Rubio le dijo al pobre don Emeterio a los pocos días de quedarse este viudo?

––No lo he oído, creo.

––Pues verá usted; fue cuando la epidemia aquella, ya sabe usted. Todo el mundo estaba alarmadísimo, a mí no me dejaron ustedes salir de casa en una porción de días y hasta tomaba el agua hervida. Todos huían los unos de los otros, y si se veía a alguien de luto reciente era como si estuviese apestado. Pues bien; a los cinco o seis días de haber enviudado el pobre don Emeterio tuvo que salir de casa, de luto por supuesto, y se encontró de manos a boca con ese bárbaro de Martín. Este, al verle de luto, se mantuvo a cierta prudente distancia de él, como temiendo el contagio, y le dijo: «Pero, hombre, ¿qué es eso?, ¿alguna desgracia en tu casa?» «Sí ––le contestó el pobre don Emeterio––, acabo de perder a mi pobre mujer..» «¡Lástima! Y ¿cómo, cómo ha sido eso?» «De sobreparto», le dijo don Emeterio. «¡Ah, menos mal!, le contestó el bárbaro de Martín, y entonces se le acercó a darle la mano. ¡Habráse visto caballería mayor...! ¡Una hombrada! Le digo a usted que son unos brutos, nada más que unos brutos.

––Y es mejor que sean unos brutos que no unos holgazanes, como, por ejemplo, ese zanguango de Mauricio, que te tiene, yo no sé por qué, sorbido el seso... Porque según mis informes, y son de buena tinta, te lo aseguro, maldito si el muy bausán está de veras enamorado de ti...

––¡Pero lo estoy yo de él y basta!

––Y ¿te parece que ese... tu novio quiero decir... es de veras hombre? Si fuese hombre, hace tiempo que habría buscado salida y trabajo.

––Pues si no es hombre, quiero yo hacerle tal. Es verdad, tiene el defecto que usted dice, tía, pero acaso es por eso por lo que le quiero. Y ahora, después de la hombrada de don Augusto... ¡quererme comprar a mí, a mí!... después de eso estoy decidida a jugarme el todo por el todo casándome con Mauricio.

––Y ¿de qué vais a vivir, desgraciada?

––¡De lo que yo gane! Trabajaré, y más que ahora. Aceptaré lecciones que he rechazado. Así como así, he renunciado ya a esa casa, se la he regalado a don Augusto. Era un capricho, nada más que un capricho. Es la casa en que nací. Y ahora, libre ya de esa pesadilla de la casa y de su hipoteca, me pondré a trabajar con más ahínco. Y Mauricio, viéndome trabajar para los dos, no tendrá más remedio que buscar trabajo y trabajar él. Es decir, si tiene vergüenza...

––¿Y si no la tiene?

––Pues si no la tiene... ¡dependerá de mí!

––Sí, ¡el marido de la pianista!

––Y aunque así sea. Será mío, mío, y cuanto más de mí dependa, más mío.

––Sí, tuyo... pero como puede serlo un perro. Y eso se llama comprar un hombre.

––¿No ha querido un hombre, con su capital, comprarme? Pues ¿qué de extraño tiene que yo, una mujer, quiera, con mi trabajo, comprar un hombre?

––Todo esto que estás diciendo, chiquilla, se parece mucho a eso que tu tío llama feminismo.

––No sé, ni me importa saberlo. Pero le digo a usted, tía, que todavía no ha nacido el hombre que me pueda comprar a mí. ¿A mí?, ¿a mí?, ¿comprarme a mí?

En este punto de la conversación entró la criada a anunciar que don Augusto esperaba a la señora.

––¿Él? ¡Vete! Yo no quiero verle. Dile que le he dicho ya mi última palabra.

––Reflexiona un poco, chiquilla, cálmate; no lo tomes así. Tú no has sabido interpretar las intenciones de don Augusto.

Cuando Augusto se encontró ante doña Ermelinda empezó a darle sus excusas. Estaba, según decía, profundamente afectado; Eugenia no había sabido interpretar sus verdaderas intenciones. Él, por su parte, había cancelado formalmente la hipoteca de la casa y esta aparecía legalmente libre de semejante carga y en poder de su dueña. Y si ella se obstinaba en no recibir las rentas, él, por su parte, tampoco podía hacerlo; de manera que aquello se perdería sin provecho para nadie, o mejor dicho, iría depositándose a nombre de su dueña. Además, él renunciaba a sus pretensiones a la mano de Eugenia y sólo quería que esta fuese feliz; hasta se hallaba dispuesto a buscar una buena colocación a Mauricio para que no tuviese que vivir de las rentas de su mujer.

––¡Tiene usted un corazón de oro! ––exclamó doña Ermelinda.

––Ahora sólo falta, señora, que convenza a su sobrina de cuáles han sido mis verdaderas intenciones, y que si lo de deshipotecar la casa fue una impertinencia me la perdone. Pero me parece que no es cosa ya de volver atrás. Si ella quiere seré yo padrino de la boda. Y luego emprenderé un largo y lejano viaje.

Doña Ermelinda llamó a la criada, a la que dijo que Ilamase a Eugenia, pues don Augusto deseaba hablar con ella. «La señorita acaba de salir» , contestó la criada.

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