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VI «Tengo que tomar alguna determinación ––se decía Augusto paseándose frente a la casa número 58 de la avenida de la Alameda––; esto no puede segúir así.» En aquel momento se abrió uno de los balcones del piso segundo, en que vivía Eugenia, y apareció una señora enjuta y cana con una jaula en la mano. Iba a poner el canario al sol. Pero al ir a ponerlo faltó el clavo y la jaula se vino abajo. La señora lanzó un grito de desesperación: « ¡Ay, mi Pichín!» Augusto se precipitó a recoger la jaula. El pobre canario revolotaba dentro de ella despavorido. Subió Augusto a la casa, con el canario agitándose en la jaula y el corazón en el pecho. La señora le esperaba. ––¡Oh, gracias, gracias, caballero! ––Las gracias a usted, señora. ––¡Pichín mío! ¡mi Pichincito! ¡Vamos, cálmate! ¿Gusta usted pasar, caballero? ––Con mucho gusto, señora. Y entró Augusto. Llevólo la señora a la sala, y diciéndole: «Aguarde un poco, que voy a dejar a mi Pichín», le dejó solo. En este momento entró en la sala un caballero anciano, el tío de Eugenia sin duda. Llevaba anteojos ahumados y un fez en la cabeza. Acercóse a Augusto, y tomando asiento junto a él le dirigió estas palabras: ––(Aquí una frase en esperanto que quiere decir: ¿Y usted no cree conmigo que la paz universal llegará pronto merced al esperanto?) Augusto pensó en la huida, pero el amor a Eugenia le contuvo. El otro prosiguió hablando, en esperanto también. Augusto se decidió por fin. ––No le entiendo a usted una palabra, caballero. ––De seguro que le hablaba a usted en esa maldita jerga que llaman esperanto ––dijo la tía, que a este punto entraba. Y añadió dirigiéndose a su marido––: Fermín, este señor es el del canario. ––Pues no te entiendo más que tú cuando te hablo en esperanto ––le contestó su marido. ––Este señor ha recogido a mi pobre Pichín, que cayó a la calle, y ha tenido la bondad de traérmelo. Y usted ––añadió volviéndose a Augusto–– ¿quién es? ––Yo soy, señora, Augusto Pérez, hijo de la difunta viuda de Pérez Rovira, a quien usted acaso conocería. ––¿De doña Soledad? ––Exacto; de doña Soledad. ––Y mucho que conocí a la buena señora. Fue una viuda y una madre ejemplar. Le felicito a usted por ello. ––Y yo me felicito de deber al feliz accidente de la caída del canario el conocimiento de ustedes. ––¡Feliz! ¿Llama usted feliz a ese accidente? ––Para mí, sí. ––Gracias, caballero ––dijo don Fermín, agregando––: Rigen a los hombres y a sus cosas enigmáticas leyes, que el hombre, sin embargo, puede vislumbrar. Yo, señor mío, tengo ideas particulares sobre casi todas las cosas... ––Cállate con tu estribillo, hombre ––exclamó la tía––. ¿Y cómo es que pudo usted acudir tan pronto en socorro de mi Pichín? ––Seré franco con usted, señora; le abriré mi pecho. Es que rondaba la casa. ––¿Esta casa? ––Sí, señora. Tienen ustedes una sobrina encantadora. ––Acabáramos, caballero. Ya, ya veo el feliz accidente. Y veo que hay canarios providenciales. ––¿Quién conoce los caminos de la Providencia? ––dijo don Fermín. ––Yo los conozco, hombre, yo ––exclamó su señora; y volviéndose a Augusto––: tiene usted abiertas las puertas de esta casa... Pues ¡no faltaba más! Al hijo de doña Soledad... Así como así, va usted a ayudarme a quitar a esa chiquilla un caprichito que se le ha metido en la cabeza... ––¿Y la libertad? ––insinuó don Fermín. ––Cállate tú, hombre, y quédate con tu anarquismo. ––¿Anarquismo? ––exclamó Augusto. Irradió de gozo el rostro de don Fermín, y añadió con la más dulce de sus voces: ––Sí, señor mío, yo soy anarquista, anarquista místico, pero en teoría, entiéndase bien, en teoría. No tema usted, amigo ––y al decir esto le puso amablemente la mano sobre la rodilla––, no echo bombas. Mi anarquismo es puramente espiritual. Porque yo, amigo mío, tengo ideas propias sobre casi todas las cosas... ––Y usted, ¿no es anarquista también? ––preguntó Augusto a la tía, por decir algo. ––¿Yo? Eso es un disparate, eso de que no mande nadie. Si no manda nadie, ¿quién va a obedecer? ¿No comprende usted que eso es imposible? ––Hombres de poca fe, que llamáis imposible... ––empezó don Fermín. Y la tía, interrumpiéndole: ––Pues bien, mi señor don Augusto, pacto cerrado. Usted me parece un excelente sujeto, bien educado, de buena familia, con una renta más que regular... Nada, nada, desde hoy es usted mi candidato. ––Tanto honor, señora... ––Sí; hay que hacer entrar en razón a esta mozuela. Ella no es mala, sabe usted, pero caprichosa... Luego, ¡fue criada con tanto mimo!... Cuando sobrevino aquella terrible catástrofe de mi pobre hermano... ––¿Catástrofe? ––preguntó Augusto. ––Sí, y como la cosa es pública no debo yo ocultársela a usted. El padre de Eugenia se suicidó después de una operación bursátil desgraciadísima y dejándola casi en la miseria. Le quedó una casa, pero gravada con una hipoteca que se lleva sus rentas todas. Y la pobre chica se ha empeñado en ir ahorrando de su trabajo hasta reunir con qué levantar la hipoteca. Figúrese usted, ¡ni aunque se esté dando lecciones de piano sesenta años! Augusto concibió al punto un propósito generoso y heroico. ––La chica no es mala ––prosiguió la tía––, pero no hay modo de entenderla. ––Si aprendierais esperanto ––empezó don Fermín. ––Déjanos de lenguas universales. ¿Conque no nos entendemos en las nuestras y vas a traer otra? ––Pero ¿usted no cree, señora ––le preguntó Augusto––, que sería bueno que no hubiese sino una sola lengua? ––¡Eso, eso! ––exclamó alborozado don Fermín. ––Sí, señor ––dijo con firmeza la tía––; una sola lengua: el castellano, y a lo sumo el bable para hablar con las criadas que no son racionales. La tía de Eugenia era asturiana y tenía una criada, asturiana también, a la que reñía en bable. ––Ahora, si es en teoría ––añadió––, no me parece mal que haya una sola lengua. Porque este mi marido, en teoría, es hasta enemigo del matrimonio... ––Señores ––dijo Augusto levantándose––, estoy acaso molestando... ––Usted no molesta nunca, caballero ––le respondió la tía––, y queda comprometido a volver por esta casa. Ya lo sabe usted, es usted mi candidato. Al salir se le acercó un momento don Fermín y le dijo al oído: «¡No piense usted en eso!» «¿Y por qué no?» , le preguntó Augusto. «Hay presentimientos, caballero, hay presentimientos...» Al despedirse, las últimas palabras de la tía fueron: «Ya lo sabe, es mi candidato.» Cuando Eugenia volvió a casa, las primeras palabras de su tía al verla fueron: ––¿Sabes Eugenia, quién ha estado aquí? Don Augusto Pérez. ––Augusto Pérez... Augusto Pérez... ¡Ah, sí! Y ¿quién le ha traído? ––Pichín, mi canario. ––Y ¿a qué ha venido? ––¡Vaya una pregunta! Tras de ti. ––¿Tras de mí y traído por el canario? Pues no lo entiendo. Valiera más que hablases en esperanto, como tío Fermín. ––Él viene tras de ti y es un mozo joven, no feo, apuesto, bien educado, fino, y sobre todo rico, chica, sobre todo rico. ––Pues que se quede con su riqueza, que si yo trabajo no es para venderme. ––Y ¿quién te ha hablado de venderte, polvorilla? ––Bueno, bueno, tía, dejémonos de bromas. ––Tú le verás, chiquilla, tú le verás a irás cambiando de ideas. ––Lo que es eso... ––Nadie puede decir de esta agua no beberé. ––¡Son misteriosos los caminos de la Providencia! ––exclamó don Fermín––. Dios... ––Pero, hombre ––le arguyó su mujer––, ¿cómo se compadece eso de Dios con el anarquismo? Ya te lo he dicho mil veces. Si no debe mandar nadie, ¿qué es eso de Dios? ––Mi anarquismo, mujer, me lo has oído otras mil veces, es místico, es un anarquismo místico. Dios no manda como mandan los hombres. Dios es también anarquista, Dios no manda, sino... ––Obedece, ¿no es eso? ––Tú lo has dicho, mujer, tú lo has dicho. Dios mismo te ha iluminado. ¡Ven acá! Cogió a su mujer, le miró en la frente, soplóle en ella, sobre unos rizos de blancos cabellos y añadió: ––Te inspiró Él mismo. Sí, Dios obedece... obedece. ––Sí, en teoría, ¿no es eso? Y tú, Eugenita, déjate de bobadas, que se te presenta un gran partido. ––También yo soy anarquista, tía, pero no como tío Fermín, no mística. ––¡Bueno, se verá! ––terminó la tía. VII «¡Ay, Orfeo! ––decía ya en su casaAugusto, dándole la leche a aquel––. ¡Ay, Orfeo! Di el gran paso, el paso decisivo; entré en su hogar, entré en el santuario. ¿Sabes lo que es dar un paso decisivo? Los vientos de la fortuna nos empujan y nuestros pasos son decisivos todos. ¿Nuestros? ¿Son nuestros esos pasos? Caminamos, Orfeo mío, por una selva enmarañada y bravía, sin senderos. El sendero nos lo hacemos con los pies según caminamos a la ventura. Hay quien cree seguir una estrella; yo creo seguir una doble estrella, melliza. Y esa estrella no es sino la proyección misma del sendero al cielo, la proyección del azar. »¡Un paso decisivo! Y dime, Orfeo, ¿qué necesidad hay de que haya ni Dios ni mundo ni nada? ¿Por qué ha de haber algo? ¿No te parece que esa idea de la necesidad no es sino la forma suprema que el azar toma en nuestra mente? »¿De dónde ha brotado Eugenia? ¿Es ella una creación mía o soy creación suya yo?, ¿o somos los dos creaciones mutuas, ella de mí y yo de ella? ¿No es acaso todo creación de cada cosa y cada cosa creación de todo? Y ¿qué es creación?, ¿qué eres tú, Orfeo?, ¿qué soy yo? » Muchas veces se me ha ocurrido pensar, Orfeo, que yo no soy, a iba por la calle antojándoseme que los demás no me veían. Y otras veces he fantaseado que no me veían como me veía yo, y que mientras yo me creía ir formalmente, con toda compostura, estaba, sin saberlo, haciendo el payaso, y los demás riéndose y burlándose de mí. ¿No te ha ocurrido alguna vez a ti esto, Orfeo? Aunque no, porque tú eres joven todavía y no tienes experiencia de la vida. Y además eres perro. »Pero, dime, Orfeo, ¿no se os ocurrirá alguna vez a los perros creeros hombres, así como ha habido hombres que se han creído perros? »¡Qué vida esta, Orfeo, qué vida, sobre todo desde que murió mi madre! Cada hora me llega empujada por las horas que le precedieron; no he conocido el porvenir. Y ahora que empiezo a vislumbrarlo me parece se me va a convertir en pasado. Eugenia es ya casi un recuerdo para mí. Estos días que pasan... este día, este eterno día que pasa... deslizándose en niebla de aburrimiento. Hoy como ayer, mañana como hoy. Mira, Orfeo, mira la ceniza que dejó mi padre en aquel cenicero... »Esta es la revelación de la eternidad, Orfeo, de la terrible eternidad. Cuando el hombre se queda a solas y cierra los ojos al porvenir, al ensueño, se le revela el abismo pavoroso de la eternidad. La eternidad no es porvenir. Cuando morimos nos da la muerte media vuelta en nuestra órbita y emprendemos la marcha hacia atrás, hacia el pasado, hacia lo que fue. Y así, sin término, devanando la madeja de nuestro destino, deshaciendo todo el infinito que en una eternidad nos ha hecho, caminando a la nada, sin llegar nunca a ella, pues que ella nunca fue. »Por debajo de esta corriente de nuestra existencia, por dentro de ella, hay otra corriente en sentido contrario; aquí vamos del ayer al mañana, allí se va del mañana al ayer. Se teje y se desteje a un tiempo. Y de vez en cuando nos llegan hálitos, vahos y hasta rumores misteriosos de ese otro mundo, de ese interior de nuestro mundo. Las entrañas de la historia son una contrahistoria, es un proceso inverso al que ella sigue. El río subterráneo va del mar a la fuente. »Y ahora me brillan en el cielo de mi soledad los dos ojos de Eugenia. Me brillan con el resplandor de las lágrimas de mi madre. Y me hacen creer que existo, ¡dulce ilusión! Amo, ergo sum! Este amor, Orfeo, es como lluvia bienhechora en que se deshace y concreta la niebla de la existencia. Gracias al amor siento al alma de bulto, la toco. Empieza a dolerme en su cogollo mismo el alma, gracias al amor, Orfeo. Y el alma misma, ¿qué es sino amor, sino dolor encarnado? »Vienen los días y van los días y el amor queda. Allá dentro, muy dentro, en las entrañas de las cosas se rozan y friegan la corriente de este mundo con la contraria corriente del otro, y de este roce y friega viene el más triste y el más dulce de los dolores: el de vivir. »Mira, Orfeo, las lizas, mira la urdimbre, mira cómo la trama ya viene con la lanzadera, mira cómo juegan las primideras; pero, dime, ¿dónde está el enjullo a que se arrolla la tela de nuestra existencia, dónde?» Como Orfeo no había visto nunca un telar, es muy difícil que entendiera a su amo. Pero mirándole a los ojos mientras hablaba adivinaba su sentir. VIII Augusto temblaba y sentíase como en un potro de suplicio en su asiento; entrábanle furiosas ganas de levantarse de él, pasearse por la sala aquella, dar manotadas al aire, gritar, hacer locuras de circo, olvidarse de que existía. Ni doña Ermelinda, la tía de Eugenia, ni don Fermín, su marido, el anarquista teórico y místico, lograban traerle a la realidad. ––Pues sí, yo creo ––decía doña Ermelinda––, don Augusto, que esto es lo mejor, que usted se espere, pues ella no puede ya tardar en venir; la llamo, ustedes se ven y se conocen y este es el primer paso. Todas las relaciones de este género tienen que empezar por conocerse, ¿no es así? ––En efecto, señora ––dijo, como quien habla desde otro mundo, Augusto––, el primer paso es verse y conocerse... ––Y yo creo que así que ella le conozca a usted, pues... ¡la cosa es clara! ––No tan clara ––arguyó don Fermín––. Los caminos de la Providencia son misteriosos siempre... Y en cuanto a eso de que para casarse sea preciso o siquiera conveniente conocerse antes, discrepo... discrepo... El único conocimiento eficaz es el conocimiento post nuptias. Ya me has oído, esposa mía, lo que en lenguaje biblico significa conocer. Y, créemelo, no hay más conocimiento sustancial y esencial que ese, el conocimiento penetrante... ––Cállate, hombre, cállate, no desbarres. ––El conocimiento, Ermelinda... Sonó el timbre de la puerta. ––¡Ella! ––exclamó con misteriosa voz el tío. Augusto sintió una oleada de fuego subirle del suelo hasta perderse, pasando por su cabeza, en lo alto, encima de él. Y empezó el corazón a martillarle el pecho. Se oyó abrir la puerta, y ruido de unos pasos rápidos e iguales, rítmicos. Y Augusto, sin saber cómo, sintió que la calma volvía a reinar en él. ––Voy a llamarla ––dijo don Fermín haciendo conato de levantarse. ––¡No, de ningún modo! ––exclamó doña Ermelinda, y llamó. Y luego a la criada, al presentarse: ––¡Di a la señorita Eugenia que venga! Se siguió un silencio. Los tres, como en complicidad, callaban. Y Augusto se decía: «¿Podré resistirlo?, ¿no me pondré rojo como una amapola o blanco cual un lirio cuando sus ojos llenen el hueco de esa puerta?, ¿no estallará mi corazón?» Oyóse un ligero rumor, como de paloma que arranca en vuelo, un ¡ah! breve y seco, y los ojos de Eugenia, en un rostro todo frescor de vida y sobre un cuerpo que no parecía pesar sobre el suelo, dieron como una nueva y misteriosa luz espiritual a la escena. Y Augusto se sintió tranquilo, enormemente tranquilo, clavado a su asiento y como si fuese una planta nacida en él, como algo vegetal, olvidado de sí, absorto en la misteriosa luz espiritual que de aquellos ojos irradiaba. Y sólo al oír que doña Ermelinda empezaba a decir a su sobrina: «Aquí tienes a nuestro amigo don Augusto Pérez...» , volvió en sí y se puso en pie procurando sonreír. ––Aquí tienes a nuestro amigo don Augusto Pérez, que desea conocerte... ––¿El del canario? ––preguntó Eugenia. ––Sí, el del canario, señorita ––contestó Augusto acercándose a ella y alargándole la mano. Y pensó: «¡Me va a quemar con la suya!» Pero no fue así. Una mano blanca y fría, blanca como la nieve y como la nieve fría, tocó su mano. Y sintió Augusto que se derramaba por su ser todo como un fluido de serenidad. Sentóse Eugenia. ––Y este caballero ––empezó la pianista. «¡Este caballero... este caballero... ––pensó Augusto rapidísimamente–– este caballero! ¡Llamarme caballero! ¡Esto es de mal agüero!» ––Este caballero, hija mía, que ha hecho por una feliz casualidad... ––Sí, la del canario. ––¡Son misteriosos los caminos de la Providencia ––sentenció el anarquista. ––Este caballero, digo ––agregó la tía––, que por una feliz casualidad ha hecho conocimiento con nosotros y resulta ser el hijo de una señora a quien conocí algo y respeté mucho; este caballero, puesto que es amigo ya de casa, ha deseado conocerte, Eugenia. ––¡Y admirarla! ––añadió Augusto. ––¿Admirarme? ––exclamó Eugenia. ––¡Sí, como pianista! ––¡Ah, vamos! ––Conozco, señorita, su gran amor al arte... ––¿Al arte? ¿A cuál, al de la música? ––¡Claro está! ––¡Pues le han engañado a usted, don Augusto! «¡Don Augusto! ¡Don Augusto! ––pensó este, ¡Don...! ¡De qué mal agüero es este don! ¡casi tan malo como aquel caballero! » Y luego, en voz alta: ––¿Es que no le gusta la música? ––Ni pizca, se lo aseguro. «Liduvina tiene razón ––pensó Augusto––; esta, después que se case, y si el marido la puede mantener, no vuelve a teclear un piano.» Y luego, en voz alta: ––Como es voz pública que es usted una excelente profesora... ––Procuro cumplir lo mejor posible con mi deber profesional, y ya que tengo que ganarme la vida... ––Eso de tener que ganarte la vida... ––empezó a decir don Fermín. ––Bueno, basta ––interrumpió la tía––; ya el señor don Augusto está informado de todo... ––¿De todo? ¿De qué? ––preguntó con aspereza y con un ligerísimo ademán de ir a levantarse Eugenia. ––Sí, de lo de la hipoteca... ––¿Cómo? ––––exclamó la sobrina poniéndose en pie––. Pero ¿qué es esto, qué significa todo esto, a qué viene esta visita? ––Ya te he dicho, sobrina, que este señor deseaba conocerte... Y no te alteres así... ––Pero es que hay cosas... ––Dispense a su señora tía, señorita ––suplicó también Augusto poniéndose a su vez en pie, y lo mismo hicieron los tíos––; pero no ha sido otra cosa... Y en cuanto a eso de la hipoteca y a su abnegación de usted y amor al trabajo, yo nada he hecho para arrancar de su señora tía tan interesantes noticias; yo... ––Sí, usted se ha limitado a traer el canario unos días después de haberme dirigido una carta... ––En efecto, no lo niego. ––Pues bien, caballero, la contestación a esa carta se la daré cuando mejor me plazca y sin que nadie me cohíba a ello. Y ahora vale más que me retire. ––¡Bien, muy bien! ––––exclamó don Fermín––. ¡Esto es entereza y libertad! ¡Esta es la mujer del porvenir! ¡Mujeres así hay que ganarlas a puño, amigo Pérez, a puño! ––¡Señorita...! ––suplicó Augusto acercándose a ella. ––Tiene usted razón ––dijo Eugenia, y le dio para despedida la mano, tan blanca y tan fría como antes y como la nieve. Al dar la espalda para salir y desaparecer así los ojos aquellos, fuentes de misteriosa luz espiritual, sintió Augusto que la ola de fuego le recorría el cuerpo, el corazón le martillaba el pecho y parecía querer estallarle la cabeza. ––¿Se siente usted malo? ––le preguntó don Fermín. ––¡Qué chiquilla, Dios mío, qué chiquilla! ––exclamaba doña Ermelinda. ––¡Admirable!, ¡majestuosa!, ¡heroica! ¡Una mujer!, ¡toda una mujer! ––decía Augusto. ––Así creo yo ––añadió el tío. ––Perdone, señor don Augusto ––repetíale la tía––, perdone; esta chiquilla es un pequeño erizo; ¡quién lo había de pensar!... ––Pero ¡si estoy encantado, señora, encantado! ¡Si esta recia independencia de carácter, a mí, que no le tengo, es lo que más me entusiasma!; ¡si es esta, esta, esta y no otra la mujer que yo necesito! ––¡Sí, señor Pérez, sí ––declamó el anarquista––; esta es la mujer del porvenir! ––¿Y yo? ––arguyó doña Ermelinda. ––¡Tú, la del pasado! ¡Esta es, digo, la mujer del porvenir! ¡Claro, no en balde me ha estado oyendo disertar un día y otro sobre la sociedad futura y la mujer del porvenir; no en balde le he inculcado las emancipadoras doctrinas del anarquismo... sin bombas! ––¡Pues yo creo ––dijo de mal humor la tía–– que esta chicuela es capaz hasta de tirar bombas! ––Y aunque así fuera... ––insinuó Augusto. ––¡Eso no!, ¡eso no! ––dijo el tío. ––Y ¿qué más da? ––¡Don Augusto! ¡Don Augusto! ––Yo creo ––añadió la tía–– que no por esto que acaba de pasar debe usted ceder en sus pretensiones... ––¡Claro que no! Así tiene más mérito. ––¡A la conquista, pues! Y ya sabe usted que nos tiene de su parte y que puede venir a esta su casa cuantas veces guste, y quiéralo o no Eugenia. ––Pero, mujer, ¡si ella no ha manifestado que le disgusten las venidas acá de don Augusto!... ¡Hay que ganarla a puño, amigo, a puño! Ya irá usted conociéndola y verá de qué temple es. Esto es toda una mujer, don Augusto, y hay que ganarla a puño, a puño. ¿No quería usted conocerla? ––Sí, pero... ––Entendido, entendido. ¡A la lucha, pues, amigo mío! ––Cierto, cierto, y ahora ¡adiós! Don Fermín llamó luego aparte a Augusto, para decirle: ––Se me había olvidado decirle que cuando escriba a Eugenia lo haga escribiendo su nombre con jota y no con ge, Eujenia, y del Arco con ka: Eujenia Domingo del Arko. ––Y ¿por qué? ––Porque hasta que no llegue el día feliz en que el esperanto sea la única lengua, ¡una sola para toda la humanidad!, hay que escribir el castellano con ortografía fonética. ¡Nada de ces!, ¡guerra a la ce! Za, ze, zi, zo, zu con zeta, y ka, ke, ki, ko, ku con ka. ¡Y fuera las haches! ¡La hache es el absurdo, la reacción, la autoridad, la edad media, el retroceso! ¡Guerra a la hache! ––¿De modo que es usted foneticista también? ––¿También?, ¿por qué también? ––Por lo de anarquista y esperantista... ––Todo es uno, señor, todo es uno. Anarquismo, esperantismo, espiritismo, vegetarianismo, foneticismo... ¡todo es uno! ¡Guérra a la autoridad!, ¡guerra a la división de lenguas!, ¡guerra a la vil materia y a la muerte!, ¡guerra a la carne!, ¡guerra a la hache! ¡Adiós! Despidiéronse y Augusto salió a la calle como aligerado de un gran peso y hasta gozoso. Nunca hubiera presupuesto lo que le pasaba por dentro del espíritu. Aquella manera de habérsele presentado Eugenia la primera vez que se vieron de quieto y de cerca y que se hablaron, lejos de dolerle, encendíale más y le animaba. El mundo le parecía más grande, el aire más puro y más azul el cielo. Era como si respirase por vez primera. En lo más íntimo de sus oídos cantaba aquella palabra de su madre: ¡cásate! Casi todas las mujeres con que cruzaba por la calle parecíanle guapas, muchas hermosísimas y ninguna fea. Diríase que para él empezaba a estar el mundo iluminado por una nueva luz misteriosa desde dos grandes estrellas invisibles que refulgían más allá del azul del cielo, detrás de su aparente bóveda. Empezaba a conocer el mundo. Y sin saber cómo se puso a pensar en la profunda fuente de la confusión vulgar entre el pecado de la carne y la caída de nuestros primeros padres por haber probado del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal. Y meditó en la doctrina de don Fermín sobre el origen del conocimiento. Llegó a casa, y al salir Orfeo a recibirle lo cogió en sus brazos, le acarició y le dijo: «Hoy empezamos una nueva vida, Orfeo. ¿No sientes que el mundo es más grande, más puro el sire y más azul el cielo? ¡Ah, cuando la veas, Orfeo, cuando la conozcas...! ¡Entonces sentirás la congoja de no ser más que perro como yo siento la de no ser más que hombre! Y dime, Orfeo, ¿cómo podéis conocer, si no pecáis, si vuestro conocimiento no es pecado? El conocimiento que no es pecado no es tal conocimiento, no es racional.» Al servirle la comida su fiel Liduvina se le quedó mirando. ––¿Qué miras? ––preguntó Augusto. ––Me parece que hay mudanza. ––¿De dónde sacas eso? ––El señorito tiene otra cara. ––¿Lo crees? ––Naturalmente. ¿Y qué, se arregla lo de la pianista? ––¡Liduvina! ¡Liduvina! ––Tiene usted razón, señorito; pero ¡me interesa tanto su felicidad! ––¿Quién sabe qué es eso?... ––Es verdad. Y los dos miraron al suelo, como si el secreto de la felicidad estuviese debajo de él. IX Al día siguiente de esto hablaba Eugenia en el reducido cuchitril de una portería con un joven, mientras la portera había salido discretamente a tomar el fresco a la puerta de la casa. ––Es menester que esto se acabe, Mauricio ––decía Eugenia––; así no podemos seguir, y menos después de lo que te digo pasó ayer. ––Pero ¿no dices ––dijo el llamado Mauricio–– que ese pretendiente es un pobre panoli que vive en Babia? ––Sí, pero tiene dinero y mi tía no me va a dejar en paz. Y, la verdad, no me gusta hacer feos a nadie, y tampoco quiero que me estén dando la jaqueca. ––¡Despáchale! ––¿De dónde?, ¿de casa de mis tíos? ¿Y si ellos no quieren? ––No le hagas caso. ––Ni le hago ni pienso hacerle, pero se me antoja que el pobrete va a dar en la flor de venir de visita a hora que esté yo. No es cosa, como comprendes, de que me encierre en mi cuarto y me niegue a que me vea, y sin solicitarme va a dedicarse a mártir silencioso. ––Déjale que se dedique. ––No, no puedo resistir a los mendigos de ninguna clase, y menos a esos que piden limosna con los ojos. ¡Y si vieras qué miradas me echa! ––¿Te conmueve? ––Me encocora. Y, la verdad, ¿por qué no he de decírtelo?, sí, me conmueve. ––¿Y temes? ––¡Hombre, no seas majadero! No temo nada. Para mí no hay más que tú. ––¡Ya lo sabía! ––dijo lleno de convicción Mauricio, y poniendo una mano sobre una rodilla de Eugenia la dejó allí. ––Es preciso que te decidas, Mauricio. ––Pero ¿a qué, rica mía, a qué? ––¿A qué ha de ser, hombre, a qué ha de ser? ¡A que nos casemos de una vez! ––Y ¿de qué vamos a vivir? ––De mi trabajo hasta que tú lo encuentres. ––¿De tu trabajo? ––¡Sí, de la odiosa música! ––¿De tu trabajo? ¡Eso sí que no!; ¡nunca!, ¡nunca!, ¡nunca!; ¡todo menos vivir yo de tu trabajo! Lo buscaré, seguiré buscándolo, y en tanto, esperaremos... ––Esperaremos... esperaremos... ¡y así se nos irán los años! ––exclamó Eugenia taconeando en el suelo con el pie sobre que estaba la rodilla en que Mauricio dejó descansar su mano. Y él, al sentir así sacudida su mano, la separó de donde la posaba, pero fue para echar el brazo sobre el cuello y hacer juguetear entre sus dedos uno de los pendientes de su novia. Eugenia le dejaba hacer. ––Mira, Eugenia, para divertirte le puedes poner, si quieres, buena cara a ese panoli. ––¡Mauricio! ––¡Tienes razón, no te enfades, rica mía! ––y contrayendo el brazo atrajo a la cabeza la de Eugenia, busqué con sus labios los de ella y los juntó, cerrando los ojos, en un beso húmedo, silencioso y largo. ––¡Mauricio! Y luego le besó en los ojos. ––¡Esto no puede seguir así, Mauricio! ––¿Cómo? Pero ¿hay mejor que esto?, ¿crees que lo pasaremos nunca mejor? ––Te digo, Mauricio, que esto no puede seguir así. Tienes que buscar trabajo. Odio la música. Sentía la pobre oscuramente, sin darse de ello clara cuenta, que la música es preparación eterna, preparación a un advenimiento que nunca llega, eterna iniciación que no acaba cosa. Estaba harta de música. ––Buscaré trabajo, Eugenia, lo buscaré. ––Siempre dices lo mismo y siempre estamos lo mismo. ––Es que crees... ––Es que sé que en el fondo no eres más que un haragán y que va a ser preciso que sea yo la que busque trabajo para ti. Claro, ¡como a los hombres os cuesta menos esperar...! ––Eso creerás tú... ––Sí, sí, sé bien lo que me digo. Y ahora, te lo repito, no quiero ver los ojos suplicantes del señorito don Augusto como los de un perro hambriento... ––¡Qué cosas se te ocurren, chiquilla! ––Y ahora ––añadió levantándose y apartándole con la mano suya––, quietecito y a tomar el fresco, ¡que buena falta te hace! ––¡Eugenia! ¡Eugenia! ––le suspiró con voz seca, casi febril, al oído––, si tú quisieras... ––El que tiene que aprender a querer eres tú, Mauricio. Conque... ¡a ser hombre! Busca trabajo, decídete pronto; si no, trabajaré yo; pero decídete pronto. En otro caso... ––En otro caso, ¿qué? ––¡Nada! ¡Hay que acabar con esto! Y sin dejarle replicar se salió del cuchitril de la portería. Al cruzar con la portera le dijo: ––Ahí queda su sobrino, señora Marta, y dígale que se resuelva de una vez. Y salió Eugenia con la cabeza alta a la calle, donde en aquel momento un organillo de manubrio encentaba una rabiosa polca. «¡Horror!, ¡horror!, ¡horror!» , se dijo la muchacha, y más que se fue huyó calle abajo. X Como Augusto necesitaba confidencia se dirigió al Casino, a ver a Víctor, su amigote, al día siguiente de aquella su visita a casa de Eugenia y a la misma hora en que esta espoleaba la pachorra amorosa de su novio en la portería. Sentíase otro Augusto y como si aquella visita y la revelación en ella de la mujer fuerte ––fluía de sus ojos fortaleza–– le hubiera arado las entrañas del alma, alumbrando en ellas un manantial hasta entonces oculto. Pisaba con más fuerza, respiraba con más libertad. «Ya tengo un objetivo, una finalidad en esta vida ––se decía––, y es conquistar a esta muchacha o que ella me conquiste. Y es lo mismo. En amor lo mismo da vencer que ser vencido. Aunque ¡no... no! Aquí ser vencido es que me deje por el otro. Por el otro, sí, porque aquí hay otro, no me cabe duda. ¿Otro?, ¿otro qué? ¿Es que acaso yo soy uno? Yo soy un pretendiente, un solicitante, pero el otro... el otro se me antoja que no es ya pretendiente ni solicitante; que no pretende ni solicita porque ha obtenido. Claro que no más que el amor de la dulce Eugenia. ¿No más...?» Un cuerpo de mujer irradiante de frescura, de salud y de alegría, que pasó a su vera, le interrumpió el soliloquio y le arrastró tras de sí. Púsose a seguir, casi maquinalmente, al cuerpo aquel, mientras proseguía soliloquizando: «¡Y qué hermosa es! Esta y aquella, una y otra. Y el otro acaso en vez de pretender y solicitar es pretendido y solicitado; tal vez no le corresponde como ella se merece... Pero ¡qué alegría es esta chiquilla!, ¡y con qué gracia saluda a aquel que va por allá! ¿De dónde habrá sacado esos ojos? ¡Son casi como los otros, como los de Eugenia! ¡Qué dulzura debe de ser olvidarse de la vida y de la muerte entre sus brazos!, ¡dejarse brezar en ellos como en olas de carne! ¡El otro ...! Pero el otro no es el novio de Eugenia, no es aquel a quien ella quiere; el otro soy yo. ¡Sí, yo soy el otro; yo soy otro!» Al llegar a esta conclusión de que él era otro, la moza a que seguía entró en una casa. Augusto se quedó parado, mirando a la casa. Y entonces se dio cuenta de que la había venido siguiendo. Recapacitó que había salido para ir al Casino y emprendió el camino de este. Y proseguía: «Pero ¡cuántas mujeres hermosas hay en este mundo, Dios mío! Casi todas. ¡Gracias, Señor, gracias; gratias agimus tibi propter magnam gloriam tuam! ¡Tu gloria es la hermosura de la mujer, Señor! Pero ¡qué cabellera, Dios mío, qué cabellera! » Era, en efecto, una gloriosa cabellera la de aquella criada de servicio, que con su cesta al brazo cruzaba en aquel momento con él. Y se volvió tras ella. La luz parecía anidar en el oro de aquellos cabellos, y como si estos pugnaran por soltarse de su trenzado y esparcirse al aire fresco y claro. Y bajo la cabellera un rostro todo él sonrisa. «Soy otro, soy el otro ––prosiguió Augusto mientras seguía a la de la cesta––; pero ¿es que no hay otras? ¡Sí, hay otras para el otro! Pero como la una, como ella, como la única, ¡ninguna!, ¡ninguna! Todas estas no son sino remedos de ella, de la una, de la única, ¡de mi dulce Eugenia! ¿Mía? Sí; yo por el pensamiento, por el deseo la hago mía. Él, el otro, es decir, el uno, podrá llegar a poseerla materialmente; pero la misteriosa luz espiritual de aquellos ojos es mía, ¡mía, mía! Y ¿no reflejan también una misteriosa luz espiritual estos cabellos de oro? ¿Hay una sola Eugenia, o son dos, una la mía y otra la de su novio? Pues si es así, si hay dos, que se quede él con la suya, y con la mía me quedaré yo. Cuando la tristeza me visite, sobre todo de noche; cuando me entren ganas de llorar sin saber por qué, ¡oh, qué dulce habrá de ser cubrir mi cara, mi boca, mis ojos, con estos cabellos de oro y respirar el afire que a través de epos se filtre y se perfume! Pero...» Sintióse de pronto detenido. La de la cesta se había parado a hablar con otra compañera. Vaciló un momento Augusto, y diciéndose: «¡Bah, hay tantas mujeres hermosas desde que conocí a Eugenia...!», echó a andar, volviéndose camino del Casino. «Si ella se empeña en preferir al otro, es decir, al uno, soy capaz de una resolución heroica, de algo que ha de espantar por lo magnánimo. Ante todo, quiérame o no me quiera, ¡eso de la hipoteca no puede quedar así! » Arrancóle del soliloquio un estallido de goce que parecía brotar de la serenidad del cielo. Un par de muchachas reían junto a él, y era su risa como el gorjeo de dos pájaros en una enramada de flores. Clavó un momento sus ojos sedientos de hermosura en aquella pareja de mozas, y apareciéronsele como un solo cuerpo geminado. Iban cogidas de bracete. Y a él le entraron furiosas gams de detenerlas, coger a cada una de un brazo a irse así, en medio de eilas, mirando al cielo, adonde el viento de la vida los llevara. «Pero ¡cuánta mujer hermosa hay desde que conocí a Eugenia! ––se decía, siguiendo en tanto a aquella riente pareja–– ¡esto se ha convertido en un paraíso!; ¡qué ojos!, ¡qué cabellera!, ¡qué risa! La una es rubia y morena la otra; pero ¿cuál es la rubia?, ¿cuál la morena? ¡Se me confunden una en otra! ...» ––Pero, hombre, ¿vas despierto o dormido? ––Hola, Víctor. ––Te esperaba en el Casino, pero como no venías... ––Allá iba... ––¿Allá?, ¿y en esa dirección? ¿Estás loco? ––Sí, tienes razón; pero mira, voy a decirte la verdad. Creo que te hablé de Eugenia... ––¿De la pianista? Sí. ––Pues bien; estoy locamente enamorado de ella, como un... ––Sí, como un enamorado. Sigue. ––Loco, chico, loco. Ayer la vi en su casa, con pretexto de visitar a sus tíos; la vi... ––Y te miró, ¿no es eso?, ¿y creíste en Dios? ––No, no es que me miró, es que me envolvió en su mirada; y no es que creí en Dios, sino que me creí un dios. ––Fuerte te entró, chico... ––¡Y eso que la moza estuvo brava! Pero no sé lo que desde entonces me pasa: casi todas las mujeres que veo me parecen hermosuras, y desde que he salido de casa, no hace aún media hora seguramente, me he enamorado ya de tres, digo, no, de cuatro: de una, primero, que era todo ojos, de otra después con una gloria de pelo, y hace poco de una pareja, una rubia y otra morena, que reían como los ángeles. Y las he seguido a las cuatro. ¿Qué es esto? ––Pues eso es, querido Augusto, que tu repuesto de amor dormía inerte en el fondo de tu alma, sin tener donde meterse; llegó Eugenia, la pianista, te sacudió y remejió con sus ojos esa charca en que tu amor dormía: se despertó este, brotó de ella, y como es tan grande se extiende a todas partes. Cuando uno como tú se enamora de veras de una mujer se enamora a la vez de todas las demás. ––Pues yo creí que sería todo lo contrario... Pero, entre paréntesis, ¡mira qué morena!, ¡es la noche luminosa! ¡Bien dicen que lo negro es lo que más absorbe la luz! ¿No ves qué luz oculta se siente bajo su pelo, bajo el azabache de sus ojos? Vamos a seguirla... ––Como quieras... ––Pues sí, yo creí que sería todo lo contrario; que cuando uno se enamora de veras es que concentra su amor, antes desparramado entre todas, en una sola, y que todas las demás han de parecerle como si nada fuesen ni valiesen... Pero ¡mira!, ¡mira ese golpe de sol en la negrura de su pelo! ––No; verás, verás si logro explicártelo. Tú estabas enamorado, sin saberlo por supuesto, de la mujer, del abstracto, no de esta ni de aquella; al ver a Eugenia, ese abstracto se concretó y la mujer se hizo una mujer y te enamoraste de ella, y ahora vas de ella, sin dejarla, a casi todas las mujeres, y te enamoras de la colectividad, del género. Has pasado, pues, de lo abstracto a lo concreto y de lo concreto a lo genérico, de la mujer a una mujer y de una mujer a las mujeres. ––¡Vaya una metafísica! ––Y ¿qué es el amor sino metafísica? ––¡Hombre! ––Sobre todo en ti. Porque todo tu enamoramiento no es sino cerebral, o como suele decirse, de cabeza. ––Eso lo creerás tú... ––exclamó Augusto un poco picado y de mal humor, pues aquello de que su enamoramiento no era sino de cabeza le había llegado, doliéndole, al fondo del alma. ––Y si me apuras mucho te digo que tú mismo no eres sino una pura idea, un ente de ficción... ––¿Es que no me crees capaz de enamorarme de veras, como los demás...? ––De veras estás enamorado, ya lo creo, pero de cabeza sólo. Crees que estás enamorado... ––Y ¿qué es estar uno enamorado sino creer que lo está? ––¡Ay, ay, ay, chico, eso es más complicado de lo que te figuras!... ––¿En qué se conoce, dime, que uno está enamorado y no solamente que cree estarlo? ––Mira, más vale que dejemos esto y hablemos de otras cosas. Cuando luego volvió Augusto a su casa tomó en brazos a Orféo y le dijo: «Vamos a ver, Orfeo mío, ¿en qué se diferencia estar uno enamorado de creer que lo está? ¿Es que estoy yo o no estoy enamorado de Eugenia?, ¿es que cuando la veo no me late el corazón en el pecho y se me enciende la sangre?, ¿es que yo no soy como los demás hombres? ¡Tengo que demostrarles, Orféo, que soy tanto como ellos!» Y a la hora de cenar, encarándose con Liduvina le preguntó: ––Di, Liduvina, ¿en qué se conoce que un hombre está de veras enamorado? ––Pero ¡qué cosas se le ocurren a usted, señorito...! ––Vamos, di, ¿en qué se conoce? ––Pues se conoce... se conoce en que hace y dice muchas tonterías. Cuando un hombre se enamora de veras, se chala, vamos al decir, por una mujer, ya no es un hombre... ––Pues ¿qué es? ––Es... es... es... una cosa, un animalito... Una hace de él lo que quiere. ––Entonces, cuando una mujer se enamora de veras de un hombre, se chala, como dices, ¿hace de ella el hombre lo que quiere? ––El caso no es enteramente igual... ––¿Cómo, cómo? ––Eso es muy difícil de explicar, señorito. Pero ¿está usted de veras enamorado? ––Es lo que trato de averiguar. Pero tonterías, de las gordas, no he dicho ni hecho todavía ninguna... me parece... Liduvina se calló, y Augusto se dijo: «¿Estaré de veras enamorado?»
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