![]() |
![]() |
|
|
|
|
|
|
|
|
|
-Mira,
Joaquín -le dijo un día Antonia a su marido-, me parece
que el mejor día nuestra hija se nos va o nos la llevan...
--¿Joaquina? ¿Y adónde? -
¡Al convento! - ¡Imposible! -No,
sino muy posible. Tú, distraído con tus cosas y ahora con
ese hijo de Abel al que pareces haber prohijado...
Cualquiera diría que le quieres más que a tu hija... -Es
que trato de salvarle, de redimirle de los suyos... -No,
de lo que tratas es de vengarte. ¡Qué vengativo eres! ¡Ni
olvidas ni perdonas! Temo que Dios te va a castigar, va a
castigarnos... -
¡Ah! , ¿y es por eso por lo que Joaquina se quiere ir al
convento? -Yo
no he dicho eso. -Pero
lo digo yo y es lo mismo. ¿Se va acaso por celos de Abelín?
¿Es que teme que le llegue a querer más que a ella? Pues
si es por eso... -Por
eso no. -¿Entonces?
-
¡Qué sé yo! ... Dice que tiene vocación, que es adonde
Dios la llama... -Dios...
Dios...; será su confesor. ¿Quién es? -El padre Echevarría. -¿El
que me confesaba a mí? -
¡El mismo! Quedóse
Joaquín mustio y cabizbajo, y al día siguiente, llamando a
solas a Su mujer, le dijo: -Creo
haber penetrado en los motivos que empujan a Joaquina al
claustro, o mejor, en los motivos porque le induce el padre
Echevarría a que entre en él. Tú recuerdas cómo busqué
refugio y socorro en la Iglesia contra esta maldita obsesión
que me embarga el ánimo todo, contra este despecho que
con los años se hace más viejo, es decir, más duro y más
terco, y cómo, después de los mayores esfuerzos, no pude
lograrlo. No, no me dio remedio el padre Echevarría, no
pudo dármelo. Para este mal no hay más que un remedio, uno
solo. Callóse
un momento como esperando una pregunta de su mujer, y como
ella callara, prosiguió diciéndole: -Para
ese mal no hay más remedio que la muerte. Quién sabe...
Acaso nací con él y con él moriré. Pues bien, ese
padrecito que no pudo remediarme ni reducirme empuja ahora,
sin duda, a mi hija, a tu hija, a nuestra hija, al convento,
para que en él ruegue por mí, para que se sacrifique salvándome... -Pero
si no es sacrificio..., si dice que es su vocación... -Mentira,
Antonia; te digo que eso es mentira. Las más de las que van
monjas, o van a trabajar poco, a pasar una vida pobre, pero
descansada, a sestear místicamente, o van huyendo de casa,
y nuestra hija huye de casa, huye de nosotros. -Será
de ti... -
¡Sí, huye de mí! ¡Me ha adivinado! -Y
ahora que le has cobrado ese apego a ése... -¿Quieres
decirme que huye de él? -No,
sino de tu nuevo capricho... -¿Capricho?
, ¿capricho? , ¿capricho dices? Yo seré todo menos
caprichoso, Antonia. Yo tomo todo en serio, todo, ¿lo
entiendes? -Sí,
demasiado en serio -agregó la mujer llorando. -Vamos,
no llores así, Antonia, mi santa, mi ángel bueno, y perdóname
si he dicho algo... -No
es peor lo que dices, sino lo que callas. -Pero
por Dios, Antonia, por Dios, haz que nuestra hija no nos
deje; que si se va al convento me mata, sí, me mata, porque
me mata. Que se quede, que yo haré lo que ella quiera...;
que si quiere que le despache a Abelín le despacharé... -Me
acuerdo cuando decías que te alegrabas de que no tuviéramos
más que una hija, porque así no teníamos que repartir el
cariño... -
¡Pero si no lo reparto! -Algo
peor entonces... -Sí,
Antonia, esa hija quiere sacrificarse por mí, y no sabe que
si se va al convento me deja desesperado. ¡Su convento es
esta casa! XXVII
Dos
días después encerrábase en el gabinete Joaquín con su
mujer y su hija. -
¡Papá, Dios lo quiere! -exclamó resueltamente y mirándole
cara a cara su hija Joaquina. -
¡Pues no! No es Dios quien lo quiere, sino el padrecito ése
-replicó él-. ¿Qué sabes tú, mocosuela, lo que quiere
Dios? ¿Cuándo te has comunicado con Él? -Comulgo
cada semana, papá. -Y
se te antojan revelaciones de Dios los desvanecimientos
que te suben del estómago en ayunas. -Peores
son los del corazón en ayunas. -
¡No, no, eso no puede ser; eso no lo quiere Dios, no puede
quererlo, te digo que no lo puede querer! , -Yo
no sé lo que Dios quiere, y tú, padre, sabes lo que no
puede querer, ¿eh? De cosas del cuerpo sabrás mucho, pero
de cosas de Dios, del alma... -Del
alma, ¿eh? ¿Conque tú crees que no sé del alma? -Acaso
lo que mejor te sería no saber. -¿Me
acusas? -No;
eres tú, papá, quien se acusa a sí mismo. -¿Lo ves,
Antonia, lo ves, no te lo decía? -¿Y
qué te decía, mamá? -Nada,
hija mía, nada; aprensiones, cavilaciones de tu padre... -Pues
bueno -exclamó Joaquín, como quien se decide-, tú vas al
convento para salvarme, ¿no es eso? -Acaso
no andes lejos de la verdad. -
¿Y salvarme de qué? -No
lo sé bien. -
¡Lo sabré yo! ... ¿De qué? , ¿de quién? -¿De
quién, padre, de quién? Pues del demonio o de ti mismo. -¿Y
tú qué sabes? -Por
Dios, Joaquín, por Dios -suplicó la madre con lágrimas en
la voz, llena de miedo ante la mirada y el tono de su
marido. -Déjanos,
mujer, déjanos a ella y a mí. ¡Esto no te toca! -¿Pues
no ha de tocarme? Pero si es mi hija... -
¡La mía! Déjanos; ella es una Monegro, yo soy un Monegro;
déjanos. Tú no entiendes, tú no puedes entender estas
cosas... -Padre,
si trata así a mi madre delante de mí, me voy. No llores,
mamá. -¿Pero
tú crees, hija mía? ... -Lo
que yo creo y sé es que soy tan hija suya como tuya. -¿Tanto? -Acaso
más. -No
digáis esas cosas, por Dios -exclamó la madre llorando-,
si no me voy. -Sería
lo mejor -añadió la hija-. A solas nos veríamos mejor las
caras, digo, las almas, nosotros, los Monegros. La
madre besó a la hija y se salió. -Y
bueno -dijo fríamente el padre, así que se vio a solas con
su hija-, ¿para salvarme de qué o de quién te vas al
convento? -Pues
bien, padre, no sé de quién, no sé de qué, pero hay que
salvarte. Yo no sé lo que anda por dentro de esta casa,
entre tú y mi madre; no sé lo que anda dentro de ti, pero
es algo malo... -¿Eso
te lo ha dicho el padrecito ése? -No,
no me lo ha dicho el padrecito; no ha tenido que decírmelo;
no me lo ha dicho nadie, sino que lo he respirado desde que
nací. ¡Aquí, en esta casa, se vive como en tinieblas
espirituales! -Bah,
ésas son cosas que has leído en tus libros... -Como
tú has leído otras en los tuyos. ¿O es que crees que sólo
los libros que hablan de lo que hay dentro del cuerpo, esos
libros tuyos con esas láminas feas, son los que enseñan la
verdad? -Y
bien, esas tinieblas espirituales que dices ¿qué son? -Tú
lo sabrás mejor que yo, papá; pero no me niegues que aquí
pasa algo, que aquí hay como si fuese una niebla oscura,
una tristeza que se mete por todas partes, que tú no estás
contento nunca, que sufres, que es como si llevases a
cuestas una culpa grande... -
¡Sí, el pecado original! -dijo Joaquín con sorna. -
¡Ese, ése! -exclamó la hija-. ¡Ese, del que no te has
sanado! -
¡Pues me bautizaron! . -No importa. -Y
como remedio para esto vas a meterte monja. ¿No es eso?
Pues lo primero era averiguar qué es ello, a qué se debe
todo esto... -Dios
me libre, papá, de tal cosa. Nada de querer juzgaros. -Pero
de condenarme sí, ¿no es eso? -¿Condenarte? -Sí,
condenarme; eso de irte así es condenarme... -¿Y
si me fuese con un marido? ¿Si te dejara por un hombre? ... -Según
el hombre. Hubo un breve silencio. -Pues
sí, hija mía -reanudó Joaquín-, yo no estoy bien, yo
sufro, sufro casi toda la vida; hay mucho de verdad en lo
que has adivinado; pero con tu resolución de meterte monja
me acabas de matar, exacerbas y enconas mis males. Ten
compasión de tu padre, de tu pobre padre... -Es
por compasión... -No,
es por egoísmo. Tú huyes; me ves sufrir y huyes. Es el egoísmo,
es el despego, es el desamor lo que te lleva al claustro.
Figúrate que yo tuviese una enfermedad pegajosa y larga,
una lepra; ¿me dejarías yendo al convento a rogar por Dios
que me sanara? Vamos, contesta; ¿me dejarías? -No,
no te dejaría, pues soy tu única hija. -Pues
haz cuenta de que soy un leproso. Quédate a curarme. Me
pondré bajo tu cuidado, haré lo que me mandes. -Si es así... Levantóse
el padre, y mirando a su hija a través de lágrimas, abrazóla,
y teniéndola así, en sus brazos, con voz de susurro le
dijo al oído: -¿Quieres
curarme, hija mía? -Sí, papá. -Pues
cásate con Abelín. -¿Eh?
-exclamó Joaquina separándose de su padre y mirándole
cara a cara. -¿Qué?
¿Qué te sorprende? -balbuceó el padre, sorprendido a la
vez. -¿Casarme?
¿Yo? ¿Con Abelín? ¿Con el hijo de tu enemigo? -¿Quién
te ha dicho eso? -Tu
silencio de años. -Pues
por eso, por ser el hijo del que llamas mi enemigo. -Yo
no sé lo que hay entre vosotros, no quiero saberlo, pero al
verte últimamente cómo te aficionabas a su hijo me dio
miedo..., temí..., no sé lo que temí. Ese tu cariño a
Abelín me parecía monstruoso, algo infernal... -
¡Pues no, hija, no! Buscaba en él redención. Y créeme,
si logras traerle a mi casa;. si le haces mi hijo, será
como si sale al fin el sol en mi alma... -Pero
¿pretendes tú, tú, mi padre, que yo le solicite, le
busque? -No
digas eso. -¿Pues
entonces? -Y
si él... -¿Ah,
pero no lo teníais ya tramado entre los dos, y sin contar
conmigo? -No,
no; lo tenía pensado yo, yo, tu padre, tu pobre padre,
yo... -Me
das pena, padre. -También
yo me doy pena. Y ahora todo corre de mi cuenta. ¿No
pensabas sacrificarte por mí? -Pues
bien, sí, me sacrificaré por ti. ¡Dispón de mí! Fue
el padre a besarla, y ella, desasiéndosele, exclamó: -
¡No, ahora no! Cuando lo merezcas. ¿O es que quieres que
también yo te haga callar con besos? -¿Dónde
has aprendido eso, hija? -Las
paredes oyen, papá. -
¡Y acusan! XXVIII
-
¡Quién fuera usted, don Joaquín! -decíale un día a éste
aquel pobre desheredado aragonés, el padre de los cinco
hijos, luego que le hubo sacado algún dinero. -
¡Querer ser yo! ¡No lo comprendo! -Pues
sí, lo daría todo por poder ser usted, don Joaquín. -¿Y
qué es ese todo que daría usted? -Todo
lo que puedo dar, todo lo que tengo. -¿Y
qué es ello? -
¡La vida! -
¡La vida por ser yo! -y a sí mismo se añadió Joaquín:
" ¡Pues yo la daría para poder ser otro! " -Sí,
la vida por ser usted. -He
aquí una cosa que no comprendo bien, amigo mío; no
comprendo que nadie se disponga a dar la vida por poder ser
otro, ni siquiera comprendo que nadie quiera ser otro. Ser
otro es dejar de ser uno, de ser el que se es. -Sin
duda. -Y
eso es dejar de existir. -Sin
duda. -Pero
no para ser otro... -Sin
duda. Quiero decir, don Joaquín, que de buena gana dejaría
de ser, o dicho más claro, me pegaría un tiro o me echaría
al río si supiera que los míos, los que me atan a esta
vida perra, los que no me dejan suicidarme, habrían de
encontrar un padre en usted. ¿No comprende usted ahora? -Sí
que lo comprendo. De modo que... -Que
maldito el apego que tengo a la vida, y que de buena gana me
separaría de mí mismo y mataría para siempre mis
recuerdos si no fuese por los míos. Aunque también me
retiene otra cosa. -
¿Qué? -El
temor de que mis recuerdos, de que mi historia, me acompañen
más allá de la muerte. ¡Quién fuera usted, don Joaquín! -¿Y
si a mí me retuvieran en la vida, amigo mío, motivos como
los de usted? -
¡Bah! , usted es rico. -Rico...,
rico... -Y
un rico nunca tiene motivos de queja. A usted no le falta
nada. Mujer, hija, una buena clientela, reputación..., ¿qué
más quiere usted? A usted no le desheredó su padre; a
usted no le echó de su casa su hermano a pedir... ¡A usted
no le han obligado a hacerse un mendigo! ¡Quién fuera
usted, don Joaquín! Y
al quedarse, luego, éste solo se decía: " ¡Quién
fuera yo! ¡Ese hombre me envidia, me envidia! Y yo, ¿quién
quiero ser? " XXIX
Pocos
días después Abelín y Joaquina estaban en relaciones de
noviazgo. Y en su Confesión, dedicada a su hija, escribía
algo después Joaquín: "No
es posible, hija mía, que te explique cómo llevé a Abel,
tu marido de hoy, a que te solicitase por novia pidiéndote
relaciones. Tuve que darle a entender que tú estabas
enamorada de él o que por lo menos te gustaría que de ti
se enamorase, sin descubrir lo más mínimo de aquella
nuestra conversación a solas luego que tu madre me hizo
saber cómo querías entrar por mi causa en un convento. Veía
en ello mi salvación. Sólo uniendo tu suerte a la suerte
del hijo único de quien me ha envenenado la fuente de la
vida, sólo mezclando así nuestras sangres esperaba poder
salvarme. "Pensaba
que acaso un día tus hijos, mis nietos, los hijos de su
hijo, sus nietos, al heredar nuestras sangres se encontraran
con la guerra dentro, con el odio en sí mismos. Pero ¿no
es acaso el odio a sí mismo, a la propia sangre, el único
remedio contra el odio a los demás? La Escritura dice que
en el seno de Rebeca se peleaban ya Esaú y Jacob. ¡Quién
sabe si un día no concebirás tú dos mellizos, el uno con
mi sangre y el otro con la suya, y se pelearán y se odiarán
ya desde tu seno y antes de salir al aire y a la conciencia!
Porque ésta es la tragedia humana, y todo hombre es, como
Job, hijo de contradicción. "Y
he temblado al pensar que acaso os junté no para unir, sino
para separar aún más vuestras sangres, para perpetuar un
odio. ¡Perdóname! Deliro. "Pero
no son sólo nuestras sangres, la de él y la mía; es también
la de ella, la de Helena. ¡La sangre de Helena! Esto es lo
que más me turba; esa sangre que le florece en las
mejillas, en la frente, en los labios, que le hace marco a
la mirada, esa sangre que me cegó desde su carne. "Y
queda otra, la sangre de Antonia, de la pobre Antonia, de tu
santa madre. Esta sangre es agua de bautismo. Esta sangre
es la redentora. Sólo la sangre de tu madre, Joaquina,
puede salvar a tus hijos, a nuestros nietos. Esa es la
sangre sin mancha que puede redimirlos. "Y
que no vea nunca ella, Antonia, esta Confesión; que no la
vea. Que se vaya de este mundo, si me sobrevive, sin haber más
que vislumbrado nuestro misterio de iniquidad." Los
novios comprendiéronse muy pronto y se cobraron cariño. En
íntimas conversaciones conociéronse sendas víctimas de
sus hogares, de dos ámbitos tristes, de frívola
impasibilidad el uno, de la helada pasión oculta el otro.
Buscaron el apoyo en Antonia, en la madre de ella. Tenían
que encender un hogar, un verdadero hogar, un nido de amor
sereno que vive en sí mismo, que no espía los otros
amores, un castillo de soledad amorosa, y unir en él a las
dos desgraciadas familias. Le harían ver a Abel, al pintor,
que la vida íntima del hogar es la sustancia imperecedera
de que no es sino resplandor, cuando no sombra, el arte; a
Helena, que la juventud perpetua está en el alma que sabe
hundirse en la corriente viva del linaje, en el alma de la
familia; a Joaquín, que nuestro nombre se pierde con
nuestra sangre, pero para recobrarse en los nombres y en las
sangres de los que las mezclan a los nuestros; a Antonia no
tenían que hacerle ver nada, porque era una mujer nacida
para vivir y revivir en la dulzura de la costumbre. Joaquín
sentía renacerse. Hablaba con emoción de cariño de su
antiguo amigo, de Abel, y llegó a confesar que fue una
fortuna que le quitase toda esperanza respecto a Helena. -Pues
bien -le decía una vez a solas a su hija-; ahora que todo
parece tomar otro cauce te lo diré. Yo quería a Helena, o
por lo menos creía quererla, y la solicité sin conseguir
nada de ella. Porque, eso sí, la verdad, jamás me dio la
menor esperanza. Y entonces la presenté a Abel, al que será
tu suegro..., tu otro padre, y al punto se entendieron. Lo
que tomé yo por menosprecio, una ofensa... ¿Qué derecho
tenía yo a ella? -Es
verdad eso, pero así sois los hombres. -Tienes
razón, hija mía, tienes razón. He vivido como loco,
rumiando esa que estimaba una ofensa, una traición... -¿Nada
más, papá? -¿Cómo
nada más? -¿No
había nada más que eso, nada más? -
¡Que yo sepa... no! Y
al decirlo, el pobre hombre se cerraba los ojos hacia
adentro y no lograba contener al corazón. -Ahora
os casaréis -continuó- y viviréis conmigo; sí, viviréis
conmigo y haré de tu marido, de mi nuevo hijo, un gran médico,
un artista de la Medicina, todo un artista que pueda igualar
siquiera la gloria de su padre. -Y
él escribirá, papá, tu obra, pues así me lo ha dicho. -Sí,
la que yo no he podido escribir... -Me
ha dicho que en tu carrera, en la práctica de la Medicina,
tienes cosas geniales y que has hecho descubrimientos...
-Aduladores... -No,
así me ha dicho. Y que como no se te conoce, y al no
conocerte no se te estima en todo lo que vales, que quiere
escribir ese libro para darte a conocer. -A
buena hora... -Nunca
es tarde si la dicha es buena. -
¡Ay, hija mía, si en vez de haberme somormujado en esto de
la clientela, en esta maldita práctica de la profesión,
que ni deja respirar libre ni aprender...; si en vez de eso
me hubiese dedicado a la ciencia pura, a la investigación!
... Eso que ha descubierto el doctor Álvarez y García, y
por lo que tanto le bombean, lo habría descubierto antes
yo, yo, tu padre, y lo habría descubierto porque estuve a
punto de ello. Pero esto de ponerse a trabajar para ganarse
la vida... -Sin
embargo, no necesitábamos de ello. -Sí,
pero... Y, además, ¡qué sé yo! ... Mas todo eso ha
pasado y ahora comienza vida nueva. Ahora voy a dejar la
clientela. -¿De
veras? -Sí,
voy a dejársela al que va a ser tu marido, bajo mi alta
inspección, por supuesto. ¡Lo guiaré, y yo a mis cosas! Y
viviremos todos juntos, y será otra vida..., otra vida...
Empezaré a vivir; seré otro..., otro..., otro... -
¡Ay, papá, qué gusto! ¡Cómo me alegra oírte hablar así!
¡AI cabo! -¿Qué
te alegra oírme decir que seré otro? La
hija le miró a los ojos al oír el tono de lo que había
debajo de su voz. -¿Te
alegra oírme decir que seré otro? -volvió a preguntar
el padre. -
¡Sí, papá, me alegra! -¿Es
decir, que el otro, que el otro, el que soy, te parece mal? -¿Y
a ti, papá? -le preguntó a su vez, resueltamente; la hija. -Tápame
la boca -gimió él. Y se la tapó con un beso. XXX
-Ya
te figurarás a lo que vengo -le dijo Abel a Joaquín apenas
se encontraron a solas en el despacho de éste. -Sí,
lo sé. Tu hijo me ha anunciado tu visita. -Mi
hijo y pronto- tuyo, de los dos. ¡Y no sabes bien cuánto
me alegro! Es como debía acabar nuestra amistad. Y mi hijo
es ya casi tuyo; te quiere ya como a padre, no sólo como a
maestro. Estoy por decir que te quiere más que a mí... -Hombre...,
no..., no..., no digas así. -¿Y
qué? ¿Crees que tengo celos? No, no soy celoso. Y mira,
Joaquín, si entre nosotros había algo... -No
sigas por ahí, Abel; te lo ruego, no sigas... -Es
preciso. Ahora que van a unirse nuestras sangres, ahora que
mi hijo va a serlo tuyo y mía tu hija; tenemos que hablar
de esa vieja cuenta, tenemos que ser absolutamente sinceros. -
¡No, no, de ningún modo, y si hablas de ella me voy! -
¡Bien; sea! Pero no creas que olvido, no lo olvidaré
nunca, tu discurso aquel cuando lo del cuadro. -Tampoco
quiero que hables de eso. -¿Pues
de qué? -
¡Nada de lo pasado, nada! Hablemos sólo del porvenir... -Bueno,
si tú y yo, a nuestra edad, no hablamos del pasado, ¿de qué
vamos a hablar? ¡Si nosotros no tenemos ya más que pasado! -
¡No digas eso! -casi gritó Joaquín. -
¡Nosotros ya no podemos vivir más que de recuerdos! - ¡Cállate,
Abel, cállate! -Y
si te he de decir la verdad, vale más vivir de recuerdos
que de esperanzas. Al fin, ellos fueron, y de éstas no se
sabe si serán. -
¡No, no; recuerdos, no! -En
todo caso, hablemos de nuestros hijos, que son nuestras
esperanzas. -
¡Eso sí! De ellos y no de nosotros; de ellos, de nuestros
hijos... -Él tendrá en ti un maestro y un padre... -Sí,
pienso dejarle mi clientela, es decir, la que quiera
tomarlo, que ya la he preparado para eso. Le ayudaré en los
casos graves. -Gracias,
gracias. -Eso,
además de la dote que doy a Joaquina. Pero vivirán
conmigo. -Eso
me había dicho mi hijo. Yo, sin embargo, creo que deben
poner casa; el casado, casa quiere. -No,
no puedo separarme de mi hija. -Y
nosotros de nuestro hijo sí, ¿eh? -Más
separados que estáis de él... Un hombre apenas vive en
casa; una mujer apenas sale de ella. Necesito a mi hija. -Sea.
Ya ves si estoy complaciente. -Y
más que esta casa será la vuestra, la tuya, la de
Helena... -Gracias
por la hospitalidad. Eso se entiende. Después
de una larga entrevista, en que convinieron todo lo atañedero
al establecimiento de sus hijos, al ir a separarse, Abel,
mirándole a Joaquín a los ojos con mirada franca, le tendió
la mano, y sacando la voz de las entrañas de su común
infancia, le dijo: " ¡Joaquín! " Asomáronsele a
éste las lágrimas a los ojos al coger aquella mano. -No
te había visto llorar desde que fuimos niños, Joaquín. -No
volveremos a serlo, Abel. -Sí,
y es lo peor. Se
separaron.
|
|
|
|||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
|
|
|
| Los textos acá colocados son en su gran mayoría de dominio público y/o sus autores han autorizado su colocación. Algunos fragmentos de obras comerciales pueden estar presentes con fines educativos. El respeto al derecho de autor es una parte central de la actividad literaria. Si alguien considera que se vulneran sus derechos o que se hace uso inadecuado de algún contenido o material, favor contáctarnos para retirarlo de inmediato. | ||
| Ciudades Virtuales Latinas - CIVILA.com y Educar.org (c) 1996 - 2006 | ||