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Capítulos 160 a 209

Capítulos CLX a CCIX

CLX

—¡EN MALA hora nacimos! —dicen los sarracenos—. ¡Que día de dolor despunto para nosotros! Hemos perdido a nuestros señores y a nuestros pares. Retorna Carlos, el valiente, con su poderoso ejército. Ya se oye el claro sonido de los clarines de Francia; gran clamor levantan al gritar: "¡Montjoie!" Tan fiera intrepidez anima al conde Rolando que ningún hombre hecho de carne habrá de vencerlo jamás. Arrojemos contra él nuestras jabalinas y abandonémosle el campo.

Y disparan en efecto dardos y jabalinas innumerables, picas, lanzas y flechas emplumadas. Rompen y taladran su escudo, y desgarran las mallas de su cota, mas no alcanzan a herir su cuerpo. Empero, Briador ha recibido treinta heridas y se desploma sin vida bajo el conde. Huyen los moros, dejándole libre el campo. Queda solo el conde Rolando, desmontado.

CLXI

HUYEN Los infieles, llenos de pesar y enojo. Hacia España apresuran el paso, con gran trabajo. El conde Rolando no puede darles caza: ha perdido a Briador. su corcel. Le plazca o no, allí se queda, desmontado. Acude hacia el arzobispo Turpín para auxiliarlo. Le desata de la cabeza su yelmo guarnecido de oro y le quita su cota, blanca y ligera. Toma su brial y lo corta en bandas que luego introduce en las terribles heridas. Después lo estrecha entre sus brazos, contra su pecho; sobre la verde hierba lo recuesta con gran suavidad. Y le ruega quedamente:

—Ah, gentil señor, dadme vuestra venia; he aquí muertos a los compañeros que tan caros nos fueron, no debemos abandonarlos. Quiero ir a buscarlos y a reconocerlos, para depositarlos todos juntos en una fila ante vos.

Responde el arzobispo:

—¡Id, pues, y volved! Vuestro es el campo, ¡a Dios gracias!, vuestro y mío.

CLXII

PARTE Rolando. A través del campo se encamina, solo. Por valles y montes va buscando. [Halla entonces a Ivon e Ivores, y luego a Angeleros, el Gascón.] Después encuentra a Garín y a su compañero Gerer, y también a Berenguer y a Otón. Descubre allí a Anseís y a Sansón, y más tarde halla a Gerardo el Viejo, de Rosellón. Uno a uno los alza en sus brazos, el esforzado, y cargado con ellos regresa junto al arzobispo. Ante sus rodillas los ha alineado. Prorrumpe en llanto Turpín, no puede contenerse. Levanta la mano para bendecirlos y les dice luego:

—¡Lástima de vosotros, señores! ¡Que Dios, el glorioso acoja todas vuestras almas! ¡Que las recueste en el paraíso sobre las flores santas! ¡Cuán angustiosa, a mi vez, se me presenta la muerte! Nunca más verán mis ojos al poderoso emperador.

CLXIII

PARTE nuevamente Rolando, recorriendo el campo en sus búsquedas. Encuentra a su compañero Oliveros y lo estrecha contra su pecho, fuertemente abrazado. Como puede, regresa junto al arzobispo. Recuesta a Oliveros al lado de los demás, sobre un escudo, y el arzobispo lo absuelve, trazando sobre él la señal de la cruz. Redoblan entonces el dolor y la piedad, y exclama Rolando:

—Oliveros, gentil compañero, hijo erais del duque Ra-niero, soberano de la marca del Val de Runer. Para quebrar una lanza y romper los escudos, para vencer y humillar a los soberbios, para sostener y aconsejar a los hombres de bien, ¡no hubo en toda la tierra adalid que os aventajara!

CLXIV

CUANDO EL conde Rolando ve muertos a sus pares y a Oliveros, a quien tanto amaba, se enternece y prorrumpe en llanto. Su semblante pierde el color. Tan grande es su duelo que no pueden sostenerlo sus piernas: quiéralo o no, cao por tierra privado de sentido.

—¡Lástima de vos, barón! —dice el arzobispo.

CLXV

AL CONTEMPLAR desmayado a Rolando, un dolor, el más profundo que jamás haya sentido, invade al arzobispo. Extiende la mano y toma el olifante. Hay una corriente de agua en Roncesvalles: quiere llegar hasta ella y traerle un poco a Rolando. Se aleja a pasos cortos, vacilantes. Tan débil se encuentra que no puede avanzar. Flaquean sus fuerzas, ha perdido demasiada sangre; en menos tiempo del que necesita para atravesar un arpende de tierra, le falla el corazón y cae de cabeza. La muerte lo oprime con dureza.

CLXVI

EL CONDE Rolando recobra el conocimiento y se incorpora, mas padece crueles sufrimientos. Mira hacia arriba y hacia abajo: sobre la hierba verde, más allá de sus compañeros ve que yace en el suelo el noble barón, el arzobispo, que Dios había enviado entre los hombres para representarlo. Hace el arzobispo su acto de contrición, vuelve los ojos al cielo y, juntando sus manos, las eleva: ruega a Dios que le otorgue el paraíso. Ya se muere, el guerrero de Carlos. Fue durante toda su vida su adalid contra los infieles, por sus recias batallas y sus sermones admirables. ¡Así le otorgue Dios su santa bendición!

CLXVII

EL CONDE Rolando ve al arzobispo caído en tierra. Ve derramarse por el suelo sus entrañas, fuera del cuerpo, y gotear sus sesos por la frente. Bien en el medio del pecho le ha cruzado las manos blancas, tan bellas. Rolando comienza a lamentarse sobre él, según la ley de su tierra:

—¡Ah!, gentil señor, caballero de buena raza, en esta hora te encomiendo al Todopoderoso del cielo. Jamás habrá quien mejor lo sirva. Jamás, desde los apóstoles, hubo profeta como vos para amparar la ley y atraer a los hombres. ¡Que no sufra vuestra alma privación alguna! ¡Que le sean abiertas las puertas del paraíso!

CLXVIII

SIENTE Rolando que se aproxima su muerte. Por los oídos se le derraman los sesos. Ruega a Dios por sus pares, para que los llame a Él; y luego, por sí mismo, invoca al ángel Gabriel. Toma el olifante, para que nadie pueda hacerle reproche, y con la otra mano se aferra a Durandarte, su espada. A través de un barbecho, se encamina hacia España, recorriendo poco más que el alcance de un tiro de ballesta. Trepa por un altozano. Allí, bajo dos hermosos árboles, hay cuatro gradas de mármol. Cae de espaldas sobre la hierba verde. Y se desmaya nuevamente, porque está próximo su fin.

CLXIX

ALTAS SON las cumbres y grandes los árboles. Hay allí cuatro gradas, hechas de mármol, que relucen. Sobre la verde hierba el conde Rolando ha caído desmayado. Y he aquí que un sarraceno no cesa de vigilarlo; ha simulado estar muerto y yace entre los demás, con el cuerpo y el rostro manchados de sangre. Se yergue sobre sus pies y se aproxima corriendo. Es gallardo y robusto, y de gran valor; su orgullo lo empuja a cometer la locura que lo perderá. Toma en sus brazos a Rolando, su cuerpo y sus armas y dice estas palabras:

—¡Vencido está el sobrino de Carlos! ¡Esta espada a Arabia me la he de llevar!

Al sentirlo forcejear, el conde vuelve un poco en sí.

CLXX

ROLANDO siente que lo quieren despojar de su espada. Abre los ojos y exclama:

—¡Tú no eres de los nuestros, que yo sepa!

Tiene aún en la mano el olifante, que no ha querido soltar; con él golpea al infiel sobre su yelmo adornado con pedrerías y recamado de oro. Rompe el acero, el cráneo y los huesos, hace rodar fuera de la cabeza los dos ojos y ante sus pies lo derriba muerto. Después le dice:

—Infiel, hijo de siervo, ¿cómo tuviste bastante osadía para apoderarte de mí, fuera o no tu derecho? ¡Todo aquel que te lo oyera decir te tendría por loco! He aquí quebrado el pabellón de mi olifante; el oro y el cristal se han desprendido.

CLXXI

ROLANDO siente que se le nubla la vista. Se incorpora, poniendo en ello todo su esfuerzo. Su rostro ha perdido el color. Tiene ante él una roca parda; da contra ella diez golpes, lleno de dolor y encono. Gime el acero, mas no se rompe ni se mella.

—¡Ah! —exclama el conde—. ¡Socórreme, Santa María! ¡Ah, Durandarte, mi buena Durandarte, lástima de vos! Voy a morir, y dejaréis de estar a mi cuidado. ¡He ganado por vos tantas batallas campales, por vos he conquistado tantos anchos territorios que ahora domina Carlos, el de la barba blanca! ¡No caeréis jamás en las manos de un hombre que ante su semejante pueda darse a la fuga! Durante largo tiempo pertenecisteis a un buen vasallo; jamás habrá espada que os valga en Francia, la Santa.

CLXXII

HIERE ROLANDO las gradas de sardónice. Gime el acero, mas no se astilla ni se mella. Al ver el conde que no puede quebrarla, comienza a lamentarse para sí:

—¡Ah, Durandarte, qué bella eres, qué clara y brillante! ¡Cómo luces y centelleas al sol! Hallábase Carlos en los valles de Moriana cuando le ordenó Dios por intermedio de un ángel que te donase a uno de sus condes capitanes: entonces te ciñó a mi lado, el rey grande y gentil. Por ti conquisté el Anjeo y la Bretaña, por ti me apoderé del Poitou y del Maine. Gracias a ti lo hice dueño de la franca Normandía, de Provenza y Aquitania, de Lombardía y de toda la Romana. Por ti vencí en Baviera, conquisté Flandes y Borgoña, y la Apulia toda; y también Constantinopla, de la que recibió pleitesía, y Sajonia, donde es amo y señor. Por ti domeñé Escocia e Inglaterra, su cámara, según él decía. Por ti gané cuantas comarcas posee Carlos, el de la barba blanca. Por esta espada siento dolor y lástima. ¡Antes morir que dejársela a los infieles! ¡Dios, Padre nuestro, no permitáis que Francia sufra tal menoscabo!

CLXXIII

HIERE ROLANDO la parda roca, y la quiebra de un modo que no os podría decir. Rechina la espada, mas no se astilla ni se parte, y rebota hacia los cielos. Cuando advierte el conde que no podrá romperla, la plañe, para sí, con gran dulzura:

—¡Ah, Durandarte, qué bella eres, y qué santa! Tu pomo de oro rebosa de reliquias: un diente de San Pedro, sangre de San Basilio, cabellos de monseñor San Dionisio y un pedazo del manto de Santa María. No es justicia que caigas en poder de los infieles; cristianos han de ser los que te sirvan. ¡Plegué a Dios que nunca vengas a manos de un cobarde! Tantas anchurosas tierras he conquistado contigo para Carlos, el de la barba florida. Por ellas alcanzó el emperador poderío y riqueza.

CLXXIV

SIENTE Rolando que la muerte arrebata todo su cuerpo: de su cabeza desciende hasta el corazón. Corre apresurado a guarecerse bajo un pino, y se tiende de bruces sobre la verde hierba. Debajo de él pone su espada y su olifante. Vuelve la faz hacia las huestes infieles, pues quiere que Carlos y los suyos digan que ha muerto vencedor, el gentil conde. Débil e insistentemente, golpea su pecho, diciendo su acto de contrición. Por sus pecados, tiende hacia Dios su guante.

CLXXV

ROLANDO siente que ha llegado su última hora. Está recostado sobre un abrupto altozano, con el rostro vuelto hacia España. Con una de sus manos se golpea el pecho:

—¡Dios, por tu gracia, mea culpa por todos los pecados, grandes y leves, que cometí desde el día de mi nacimiento hasta éste, en que me ves aquí postrado!

Enarbola hacia Dios el guante derecho. Los ángeles del cielo descienden hasta él.

CLXXVI

RECOSTADO bajo un pino está el conde Rolando, vuelto hacia España su rostro. Muchas cosas le vienen a la memoria: las tierras que ha conquistado el valiente de Francia, la dulce; los hombres de su linaje; Carlomagno, su señor, que lo mantenía. Llora por ello y suspira, no puede contenerse. Mas no quiere echarse a sí mismo en olvido; golpea su pecho e invoca la gracia de Dios:

—¡Padre verdadero, que jamás dijo mentira, Tú que resucitaste a Lázaro de entre los muertos, Tú que salvaste a Daniel de los leones, salva también mi alma de todos los peligros, por los pecados que cometí en mi vida!

A Dios ha ofrecido su guante derecho: en su mano lo ha recibido San Gabriel. Sobre el brazo reclina la cabeza; juntas las manos, ha llegado a su fin. Dios le envía su ángel Querubín y San Miguel del Peligro, y con ellos está San Gabriel. Al paraíso se remontan llevando el alma del conde.

CLXXVII

HA MUERTO Rolando; Dios ha recibido su alma en los cielos. El emperador llega a Roncesvalles. No hay ruta ni sendero, ni un palmo ni un pie de terreno libre donde no yazca un franco o un infiel. Y exclama Carlos:

—¿Dónde estáis, gentil sobrino? ¿Dónde está el arzobispo? ¿Qué fue del conde Oliveros? ¿Dónde está Garín, y Gerer, su compañero? ¿Dónde están Otón y el conde Berenguer, dónde Ivon e Ivores, tan caros a mi corazón? ¿Qué ha sido del gascón Angeleros? ¿Y el duque Sansón? ¿Y el valeroso Anseís? ¿Dónde está Gerardo de Rosellón, el Viejo? ¿Dónde están los doce pares que aquí dejé?

¿De qué le sirve llamarlos, si ninguno le ha de responder?

—¡Dios! —dice el rey—. ¡Buenos motivos tengo para lamentarme! ¿Por qué no habré estado aquí desde el comienzo de la batalla?

Y se mesa la barba, como hombre invadido por la angustia. Lloran sus barones y caballeros; veinte mil francos caen por tierra sin sentido. El duque Naimón siente por ello gran piedad.

CLXXVIII

NO HAY BARÓN ni caballero que, lleno de lástima, no derrame doloroso llanto. Lloran a sus hijos, sus hermanos, sus sobrinos y sus amigos, y también a sus señores; muchos se han desmayado. Como hombre juicioso, el duque Naimón es el primero que le dice al emperador:

—Mirad hacia adelante, a dos leguas de nosotros; podréis ver elevarse grandes polvaredas por los caminos, de tan numerosa como es la turba sarracena. ¡Cabalgad, pues! ¡Vengad este dolor!

—¡Ah, Dios! —exclama Carlos—. ¡Cuán lejos están ya! ¡Otorgadme mi derecho, concededme una merced! ¡Me han arrebatado la flor de Francia, la dulce!

Llama a Atón y a Gebuino, a Tibaldo de Reims y al conde Milón, y les dice:

—Montad guardia en el campo de batalla, por los montes y las quebradas. Dejad tendidos a los muertos, tal como están. ¡Que no se acerque a ellos león ni bestia alguna! ¡Que no los toque escudero ni lacayo! Permanezcan así, os lo ordeno, hasta que Dios nos permita retornar a este campo!

Y ellos responden con dulzura y afecto:

—Asi lo haremos, buen emperador, amado soberano. Y junto a ellos conservan a mil de sus caballeros.

CLXXIX

EL EMPERADOR hace sonar los clarines, luego cabalga, el esforzado, a la cabeza de su gran ejército. Los de España se ven forzados a volver la espalda, y los otros les dan caza sostenidos por un mismo afán. Cuando el emperador ve declinar la tarde, se apea del caballo en un prado, sobre la verde hierba: se prosterna en el suelo y ruega a Dios nuestro Señor que, para favorecerlo, detenga el curso del sol, que se demore la noche y se alargue el día. Entonces se le aparece un ángel, el mismo que acostumbra hablarle, y con gran prisa le ordena:

—Carlos, a caballo; no habrá de faltarte la luz. Has perdido a la flor de Francia, y Dios lo sabe. ¡Podrás tomar venganza de la turba criminal!

Tales son sus palabras, y el emperador monta de nuevo.

CLXXX

PARA CARLOMAGNO, hizo Dios un gran milagro: detiénese el sol y queda inmóvil. Huyen los infieles y los francos los persiguen en recia acometida. Finalmente les dan alcance en el Valle Tenebroso y los rechazan arrolladoramente hacia Zaragoza, descargando sobre ellos, con todo su ánimo, mortíferos mandobles. Les han cortado las rutas y los caminos más anchos. Ante ellos tienen el Ebro; profundas son sus aguas, temibles y violentas. No hay en sus márgenes lancha, barcaza o almadía. Invocan los infieles a uno de sus dioses, Tervagán, y luego se precipitan al agua, mas nadie habrá de protegerlos. Los que llevan yelmo y loriga son los que más pesan, y se hunden en gran número; otros van flotando a la deriva; los más afortunados tragan grandes cantidades de agua, hasta que finalmente perecen todos ahogados, con gran angustia. Y exclaman los franceses:

—¡Lástima grande vuestra muerte, Rolando!

CLXXXI

CUANDO VE Carlos que han muerto todos los infieles, los unos por el hierro y la mayoría ahogados, y el rico botín que han recogido sus caballeros, echa pie a tierra, el rey gentil, y postrado en el suelo da gracias a Dios. Cuando se incorpora, se ha puesto ya el sol. Y dice el emperador:

—Es hora de establecer nuestro campamento; para volver a Roncesvalles es ya muy tarde. Nuestros caballos están rendidos y maltrechos. Quitadles las sillas y los frenos y dejadlos refrescarse en estos prados.

—Bien dijisteis, señor —responden los francos.

CLXXXII

EL EMPERADOR Carlos ha establecido su campamento. Desmontan los franceses en el país desierto, desensillan a sus corceles y les quitan de la cabeza los frenos dorados. Los dejan sueltos por los prados, donde hallarán hierba fresca a profusión; no pueden recibir otros cuidados. Los más extenuados duermen tendidos en el suelo. Esa noche no se monta guardia en el campo.

CLXXXIII

EL EMPERADOR se ha recostado en un prado. Junto a su cabeza coloca su fuerte pica, el esforzado. No ha querido esa noche desarmarse; conserva su blanca cota bruñida, y mantiene atado su yelmo de oro incrustado de piedras preciosas, y ciñe su costado su espada Joyosa, que jamás tuvo su par: cambia de color treinta veces por día. Sabemos bien lo que aconteció con la lanza que hirió a Nuestro Señor en la cruz: Carlos posee la punta, por la gracia de Dios, y la ha hecho engastar en el pomo de oro; a causa de este honor y esta merced, ha recibido la espada el nombre de Joyosa. No deben echarlo en olvido los barones de Francia: de ahí tomaron su grito de guerra: "¡Montjoie!" y por ello ningún pueblo puede ofrecerles resistencia.

CLXXXIV

CLARA ES la noche y rutilante la luna. Carlos está recostado, mas lo invade gran duelo por Rolando, y pesa en su corazón la muerte de Oliveros, de los doce pares y de los franceses: en Roncesvalles los ha dejado muertos y ensangrentados. Llora y se lamenta, sin poder contenerse, y suplica a Dios que salve sus almas. Está exhausto y es inmenso su dolor. Se duerme, no puede más. Por toda la pradera reposan los francos. Ningún caballo puede mantenerse en pie; el que quiere hierba, debe pacer echado. Mucho aprendió quien sufrió gran dolor.

CLXXXV

CARLOS duerme, como un hombre atormentado por profundo pesar. Dios le manda a San Gabriel, encargándole velar sobre el emperador. Toda la noche, el ángel permanece a su cabecera. Por una visión, le anuncia que habrá de librar una batalla, y se la muestra bajo funestos augurios. Carlos alza la vista hacia el firmamento: contempla en él truenos y vendavales, granizadas, borrascas y tempestades prodigiosas, un aparato de fuegos y centellas que se abate, de repente, sobre su ejército. Se inflaman las lanzas de fresno y de manzano, y los escudos hasta sus blocas de oro puro. Estallan las astas de las afiladas picas y se retuercen las cotas y los yelmos de acero. Carlos ve a sus cabalgaduras en gran cuita. Aparecen después osos y leopardos que se aprestan a devorarlos, serpientes y reptiles, dragones y demonios. Y hay allí más de treinta mil grifos que se arrojan sobre los franceses, al tiempo que éstos gritan:

—¡Acórrenos, Carlomagno!

Dolor y piedad conmueven al rey; quiere ir hacia ellos, mas no puede. Entonces sale de una selva un gran león, lleno de rabia, de altivez y de audacia, y desafiando a su persona, lo ataca. Ambos ruedan cuerpo a cuerpo en la lucha, mas no puede distinguir Carlos cuál de los dos está debajo o encima. Y no se ha despertado el emperador.

CLXXXVI

DESPUÉS de esta visión, otra lo asalta: hállase en Francia, en Aquisgrán, sobre una grada y tiene a un oso atado por dos cadenas. Del lado de la Ardena ve llegar a treinta osos, hablando todos ellos como hombres.

—Señor —le decían—, ¡devolvédnoslo! No es justicia que lo retengáis por más tiempo. Es pariente nuestro, le debemos nuestra ayuda.

Desde su palacio, acude prestamente un lebrel. Sobre la hierba verde, ataca al oso más grande entre los demás. Contempla el rey un combate maravilloso; mas no sabe cuál es el vencedor y cuál el vencido. He aquí lo que el ángel de Dios ha mostrado al barón. Carlos duerme hasta la mañana, cuando luce claro el día.

CLXXXVII

HUYE HACIA Zaragoza el rey Marsil. Echa pie a tierra bajo un olivo, a la sombra, y confía a sus hombres su espada, su yelmo y su coraza. Se tiende sobre la hierba verde, miserablemente. Ha perdido su mano derecha, cercenada de un tajo; tanta sangre derrama por la herida, que se desmaya de angustia. Ante él, gime y llora su esposa Abraima, lamentándose, a gritos. Con ella, son más de veinte mil los que maldicen a Carlos y a Francia, la dulce. Corren hacia una cripta, donde está la efigie de Apolo, y lo increpan, ultrajándolo con viles palabras:

—¡Ah, dios maligno! ¿Por qué permites semejante agravio? ¿Por qué has consentido la ruina de nuestro rey? ¡Mal pagas a los que te sirven con abnegación! Después lo despojan de su cetro y de su corona [y lo cuelgan por las manos de una columna]. Por tierra, ante sus pies, lo derriban, y con gruesos palos lo golpean y quebrantan. Luego le arrancan a Tervagán, su carbunclo, y arrojan a Mahoma en un foso, para que lo muerdan y lo pisoteen los cerdos y los perros.

CLXXXVIII

HA VUELTO en sí Marsil, después de su desmayo. Se hace llevar a su aposento abovedado; hay allí pinturas y signos trazados con diversos colores. Y la reina Abraima vierte lágrimas sobre él y se mesa los cabellos.

—¡Desdichada de mí! —murmura, y exclama luego en voz alta—: ¡Ah, Zaragoza! ¡Cuan desierta quedas al perder al rey gentil que en su feudo te tenía! Gran felonía cometieron nuestros dioses, que lo desampararon esta mañana en la batalla. ¡El emir pasará por un cobarde si no acude a luchar contra esa intrépida turba, esos valientes orgullosos que en nada estiman sus vidas! Esforzado y pleno de soberbia es el emperador de la barba florida: si le presenta batalla el emir, no habrá de rehuirla. ¡Gran duelo es que no haya ninguno para darle muerte!

CLXXXIX

EL EMPERADOR, merced a su gran poderío, siete años enteros permaneció en España. Castillos y ciudades conquistó en gran número. El rey Marsil se esfuerza por resistirle. Desde el primer año mandó sellar sus breves, requiriendo la ayuda del emir de Babilonia, Baligán: un anciano cargado de días que vivió más que Virgilio y que Homero. Acude a Zaragoza a socorrer a Marsil: si tal no hace, el rey renegará de sus dioses y de todos los ídolos que venera; observará la ley cristiana y tratará la paz con Carlomagno.

Mas el emir está lejos, ha tardado mucho. Lanzo su llamamiento a los pueblos de cuarenta reinos; ha hecho preparar sus grandes naves, embarcaciones ligeras y falúas, sus galeras y bajeles. Cerca de Alejandría, hay un puerto junto al mar: allí reúne toda su flota. Es en mayo, en los primeros días del estío, cuando se hacen u la mar todas sus tropas.

CXC

PODEROSOS son los ejércitos de esa raza odiada. Los infieles navegan a toda vela, reman y gobiernan el timón.

En la punta de los mástiles y de las altas proas, brillan numerosos carbunclos y linternas; tal resplandor arrojan desde la altura en la noche, que el mar se halla embellecido. Al aproximarse a la tierra de España, toda la costa centellea de luces. La noticia llega hasta Marsil.

CXCI

LAS HUESTES sarracenas no detienen un instante su travesía. Dejan el mar y se adentran en las aguas dulces. Pasan ante Marbrisa y Marbrosa, y remontan el Ebro con todas sus naves. Innumerables linternas y carbunclos centellean, brindándoles gran claridad durante toda la noche. De madrugada, llegan a Zaragoza.

CXCII

EL DÍA luce claro, y brilla el sol. El emir ha descendido de su bajel. A su derecha avanza Espanelis, y diecisiete reyes forman su cortejo; luego vienen condes y duques, cuyo número ignoro. Bajo un laurel, en medio de una explanada, se recubre la hierba verde con una alfombra de seda blanca y se dispone allí un trono, todo él de marfil. En él toma asiento Baligán, el sarraceno, y todos los demás quedan de pie. El soberano es el primero en tomar la palabra:

—¡Oidme, libres y valerosos caballeros! El rey Carlos, emperador de los francos, no tiene derecho a comer si no es por mi orden. A través de toda España me ha combatido en recia guerra, y ahora he de ir a presentarle batalla en Francia, la dulce. No cejaré durante toda mi vida hasta que él no reciba la muerte o se declare vencido.

En garantía de sus palabras, golpea con su guante diestro su rodilla.

CXCIII

PUESTO QUE tal ha dicho, se promete firmemente que no dejará de ir, por todo el oro que hay bajo los cielos, a Aquisgrán, donde tiene Carlos sus cortes. Sus hombres lo elogian y lo aconsejan en igual forma. Llama entonces el emir a dos de sus caballeros; Clarifán es el uno y el otro Clariano.

—Sois hijos del rey Maltrayén —les dice—, aquel que gustosamente solía prestarse para llevar mensajes. Os ordeno que vayáis a Zaragoza, para anunciarle de mi parte al rey Marsil que acudo en su ayuda contra los franceses. Si la ocasión se me presenta, libraré una gran batalla. En fe de mis palabras, entregadle plegado este guante adornado con oro, para que se lo ponga en su mano diestra. Llevadle también esta varita de oro puro, y decidle que venga a mi para reconocer su feudo. He de ir a Francia, a hacerle la guerra a Carlos. Si no implora mi merced, rendido a mis plantas, y no reniega de la fe cristiana, le quitaré de la cabeza la corona.

—Bien dijisteis, señor —responden los infieles.

CXCIV

— ¡BARONES, cabalgad! —ordena Baligán—. ¡Que lleve uno de vosotros el guante y el otro el bastón!

—¡Así lo haremos, amado señor! —responden ellos.

Tanto cabalgan que al fin llegan a Zaragoza. Pasan bajo diez puertas, atraviesan cuatro puentes y recorren las calles donde se cruzan con los burgueses. Al aproximarse a la parte alta de la ciudad, llega hasta ellos un fuerte rumor desde el palacio. Encuentran allí reunida a la turba sarracena, llorando, en medio de un gran clamoreo y sumida en profundo duelo; los infieles añoran a sus dioses, Tervagán, Mahoma y Apolo, y se dicen entre sí:

— ¡Pobres de nosotros! ¿Qué haremos ahora? ¡Un terrible azote nos abruma! Hemos perdido al rey Marsil: el conde Rolando le cercenó ayer la mano diestra; y tampoco está a nuestro lado Jurfaret el Blondo. ¡Toda España será por siempre dominada!

Los dos mensajeros echan pie a tierra junto a las gradas.

CXCV

DEJAN AMBOS los caballos bajo un olivo; dos sarracenos los toman de las riendas. Los mensajeros se agarran de sus mantos y suben luego a lo más alto del palacio. Cuando penetran en el aposento abovedado, hacen por amistad un saludo inoportuno:

—¡Que Mahoma y Tervagán, que en sus manos nos tienen, y Apolo, nuestro señor, salven al rey y guarden a la reina!

—¡Oigo palabras muy insensatas! —exclama Abraima—. Esos dioses que invocáis, nuestros dioses, nos han desamparado. En Roncesvalles hicieron tristes milagros: dejaron exterminar a nuestros caballeros y mi señor, que aquí veis, fue abandonado por ellos en la lid. Ha perdido la mano derecha; Rolando, el poderoso conde, fue quien se la cortó. ¡Extenderá Carlos su señorío por toda España! ¿Qué será de mí, desdichada? ¡Ay!, ¿no habrá nadie, pues, que me dé muerte?

CXCVI

CLARIANO responde:

—Señora, ¡no pronunciéis tan vanas palabras! Somos mensajeros de Baligán, el sarraceno. Él promete socorrer a Marsil, y en prenda de ello le envía su guante y su bastón. Tenemos en el Ebro cuatro mil lanchones, bajeles, barcazas y rápidas galeras, y tantas naves que no puedo hacer su cuenta. El emir es fuerte y poderoso. Irá a Francia, en busca de Carlomagno. Está en su ánimo darle muerte o avasallarlo.

—¿Por qué ir tan lejos? —exclama Abraima—. Podéis topar a los franceses más cerca de aquí. Son ya siete años los que lleva el emperador en este país; es intrépido y buen adversario; antes moriría que huir de un campo de batalla. No hay bajo el cielo rey a quien tema más de lo que se temería a una criatura. ¡Carlos no recela de hombre viviente!

CXCVII

—¡BASTA! —dice el rey Marsil; y añade, hablando a los mensajeros—: Señores, dirigios a mí. Ya lo veis, la muerte me acongoja, y no tengo hijo ni hija, ni heredero. Tenía uno, y me lo mataron ayer noche. Decidle a mi señor que venga a verme. El emir tiene derechos sobre la tierra de España. Se la devuelvo en franquía, si la quiere, ¡pero que la defienda contra los franceses! Le daré también un buen consejo, en cuanto a Carlomagno: dentro de un mes será prisionero del emir. Le llevaréis las llaves de Zaragoza, y le diréis que si da fe a mis palabras, así sucederá.

—Bien hablasteis, señor —responden ellos.

CXCVIII

—CARLOS, el emperador, ha dado muerte a mis hombres —prosigue Marsil—; asoló mis tierras, forzó y violó mis ciudades. Esta noche se detuvo a orillas del Ebro; está a siete leguas de aquí, las he contado. Decidle al emir que conduzca a ese lugar su ejército. Por vuestro intermedio le mando este mensaje: ¡que presente batalla al momento!

Les hace entrega de las llaves de Zaragoza. Los mensajeros se inclinan ambos, piden licencia y se disponen a regresar.

CXCIX

Los DOS mensajeros han montado sus corceles. Abandonan la ciudad con premura y vanse hacia el emir presa de gran ansiedad. Le presentan las llaves de la ciudad de Zaragoza, y dice Baligán:

—¿Qué nuevas me traéis? ¿Dónde está Marsil, a quien mandé comparecer ante mí?

—Está herido de muerte —responde Clariano—. Encontrábase ayer el emperador en el paso de los desfiladeros, porque deseaba regresar a Francia, la dulce. Había formado una retaguardia digna de él, ya que con ella se quedó el conde Rolando, su sobrino, y Oliveros y los doce pares, y veinte mil hombres de Francia, todos ellos caballeros. Presentóles batalla el valeroso rey Marsil, y vinieron a encontrarse él y Rolando. Éste le infirió tal golpe con su espada Durandarte, que le separó del cuerpo la mano derecha. También dio muerte a su hijo, que Marsil tanto amaba, y a los barones que con él estaban. Retiróse Marsil huyendo, incapaz de resistirle y el emperador lo ha perseguido con gran violencia. El rey os ruega que le prestéis ayuda; os devuelve en franquía el reino de España.

Quédase pensativo Baligán. Es tan grande su duelo que casi se vuelve loco.

CC

—SEÑOR EMIR —dice Clariano—, ayer en Roncesvalles se libró una batalla. Rolando halló la muerte, y con él el conde Oliveros, y los doce pares que tanto amaba Carlos; veinte mil de sus franceses perecieron. El rey Marsil perdió la mano diestra y el emperador le ha dado caza con violencia: no queda en esta tierra un caballero que no haya sido muerto por el hierro o se haya ahogado en el Ebro. Los franceses han acampado en sus riberas: se encuentran en esta comarca tan cerca de nosotros que, si vos lo queréis, muy dura ha de serles la retirada.

La mirada de Baligán se torna altanera; su corazón rebosa de alegría y entusiasmo. Se yergue en su trono y exclama:

—¡Barones, apresuraos! ¡Dejad las naves y cabalgad vuestros corceles! Si el viejo Carlomagno no se da a la fuga, el rey Marsil tendrá pronto venganza: ¡por la mano que perdió le entregaré la cabeza del emperador!

CCI

Los INFIELES de Arabia han abandonado sus navíos, y van jinetes en los corceles y los mulos. Dieron ya comienzo a su cabalgata; ¿qué otra cosa podrían hacer? El emir, que a todos ha puesto en movimiento, llama a Gemalfín, uno de sus fieles:

—A ti confío el mando de todas mis huestes —le dice, y monta después en su caballo bayo. Cuatro duques lo acompañan. Tanto cabalga que al fin avista Zaragoza. Echa pie a tierra en un zaguán de mármol y cuatro condes le sujetan el estribo. Por las gradas sube hasta el palacio, y Abraima corre a recibirlo, diciéndole:

—¡Desdichada de mí! ¡En mala hora nací, señor, que he perdido a mi rey con tal menoscabo!

Cae a los pies del emir, que la levanta, y suben ambos a la cámara, llenos de aflicción.

CCII

CUANDO el rey Marsil distingue a Baligán, llama a dos sarracenos de España y les ordena:

—Tomadme en vuestros brazos e incorporadme.

Con su mano izquierda toma uno de sus guantes y dice:

—Señor rey, emir, os devuelvo todas mis tierras, y Zaragoza, con el feudo que de ella depende. He venido a mi perdición, y conmigo he perdido a todo mi pueblo.

—Gran pesadumbre siento por ello —responde el emir—; mas no puedo demorar por más tiempo junto a vos: sé que Carlos no me esperará. No obstante, acepto vuestro guante.

Abismado en su dolor, se aleja llorando. Desciende las gradas del palacio, monta su corcel y retorna hacia sus huestes hincando espuelas. Cabalga con tal premura que deja atrás a los otros, y grita a cada instante:

—¡Adelante, sarracenos! ¡Ya apresuran su huida los francos!

CCIII

DE MADRUGADA, al primer albor del día, Carlos, el emperador, se ha despertado. San Gabriel, que por mandato de Dios lo guarda, alza la mano y traza sobre él el signo de la cruz. El rey se yergue, se despoja de todas sus armas y como él, todos los de su ejército se desarman a su vez. Después montan en sus corceles y con gran brío, cabalgan por las largas huellas y los anchos caminos. Van a contemplar la prodigiosa catástrofe de Roncesvalles, donde tuvo lugar la batalla.

CCIV

CARLOMAGNO ha llegado a Roncesvalles, y vierte llanto por los muertos que allí encuentra.

—Señores —dice a sus franceses—, id al paso, porque es necesario que me adelante a vosotros, por mi sobrino, que anhelo encontrar. Estaba yo en Aquisgrán, el día de una fiesta solemne, cuando mis valerosos caballeros se vanagloriaban de recios asaltos y grandes batallas que más tarde llevarían a cabo. Entonces oí decir a Rolando que si había de hallar la muerte en un reino extranjero, se adelantaría a sus hombres y sus pares en terreno enemigo, y se lo encontraría con la faz vuelta hacia el adversario: así habría muerto victorioso, el esforzado.

Un poco más lejos de lo que se puede arrojar un palo, separándose de los demás, el emperador sube a un collado.

CCV

MIENTRAS va Carlos en busca de su sobrino, ¡tantas hierbas del prado y tantas flores encuentra enrojecidas por la sangre de nuestros barones! La piedad lo invade, y no puede contener las lágrimas. Llega finalmente a la sombra de dos árboles. Sobre tres rocas reconoce los golpes de Rolando y entre la hierba verde contempla a su sobrino que yace. ¿Quién se asombrará, si se estremece de dolor? Baja del caballo, acude corriendo. Entre sus manos toma el cuerpo... Tanto lo abruma la angustia que sobre él se desmaya.

CCVI

HA VUELTO en sí el emperador. El duque Naimón, el conde Acelino, Godofredo de Anjeo y su hermano Thierry lo toman en sus brazos, lo incorporan bajo un pino. Carlos mira a tierra y ve a su sobrino tendido. Con gran dulzura, dice sobre él su lamento:

—¡Rolando, amigo mío! ¡Que Dios te haga merced! Jamás hombre alguno conoció un caballero que como tú entablara las grandes batallas y lograse la victoria. Mi prestigio comienza a declinar.

No puede contenerse Carlos por más tiempo, y pierde el sentido.

CCVII

EL EMPERADOR ha vuelto de su desmayo. Cuatro de sus barones lo sostienen en sus manos. Mira a tierra, y ve a su sobrino tendido. Su cuerpo sigue siendo hermoso, pero ha perdido el color; han girado en las órbitas sus ojos, y los invaden las tinieblas. Con amor y fe, Carlos dice sobre él su lamento;

—¡Rolando, amigo mío. ¡Que Dios coloque tu alma entre las flores, en el paraíso, junto a los que disfrutan de la gloria! ¡Mal señor fue el que a España te llevó! No habrá de despuntar un día en que por ti no sufra. ¡Cómo van a decaer mí fuerza y mis bríos! Ya no habrá nadie para defender mi honor; me parece no tener ya ni un solo amigo bajo el cielo. ¡Entre los parientes que conmigo quedan, ninguno tiene tu valor!

A puñados se arranca los cabellos. Cien mil franceses sienten tan agudo dolor que ni uno solo deja de derramar lágrimas.

CCVIII

—ROLANDO, amigo mío, a Francia tornaré. Cuando llegue a Laon, mi dominio privado, de muchos remos acudirán vasallos extranjeros y me preguntarán: "¿dónde está el conde capitán?" Yo les responderé que halló la muerte en España. Ya mi reino estará siempre marcado por el dolor, y no viviré un día sin llorar y gemir.

CCIX

—¡ROLANDO, amigo mío, valiente, gallarda juventud! Cuando me encuentre en Aquisgrán, mi dominio, vendrán los vasallos a conocer las nuevas. Yo se las diré, extrañas y penosas: "¡Ha muerto mi sobrino, aquel que conquistó para mí tantos territorios!" Contra mí se alzarán en rebelión los sajones, los húngaros y los búlgaros, y tantos otros pueblos malditos; los romanos y los de Apulia, y todos los de Palermo, los de África y los de Califerna. Comenzarán entonces mis penas y calamidades. ¿Quién conducirá mis huestes con tal denuedo, ahora que ha muerto aquel que siempre las guió? ¡Ah, Francia, cuan desolada quedas! ¡Es tan grande mi duelo que más quisiera estar muerto!

El emperador mesa su barba blanca y con ambas manos se arranca los cabellos de la cabeza! Cien mil franceses quedan por tierra sin sentido.

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