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Viaje a la Luna

Savinien de Cyrano de Bergerac
Viaje a la luna

A Monseñor Tannegui, Regnault des Bois-Clairs
Caballero, secretario de los Reales Consejos y gran preboste de Borgoña y Bresse

     Señor:

     Cumplo ahora la última voluntad de un muerto que vos obligasteis en su vida con un señalado desprendimiento. Como era conocido por una infinidad de gente de espíritu por el fuego potente que ardía en el suyo, fue absolutamente imposible el que muchas gentes ignorasen la desgracia que una peligrosa herida, seguida de fiebre violenta, le produjo algunos meses antes de su muerte. Muchos han ignorado qué buen demonio velaba por él; pero ha creído él que el nombre no debía ser tan público como fue provechoso el lance. Vos fuisteis su amigo, vos le socorristeis con frecuencia y aun le habríais testimoniado muchas veces cuán bien sabréis vos cuánta necesidad tenía él de vuestro socorro; pero, ¿qué se ha de hacer, si otros hombres no hicieron como vos? ¿Y qué menos que os mostraseis así ante nuestro amigo, vos que también parecíais magnánimo con cien más que no eran de su temple? Era, pues, necesario imprimirlo, y que vuestra generosidad, distinguiéndole por encima de todos aquellos a quienes tiene obligados, hiciese ver, no solamente, como dice Aristóteles, que no había degenerado, sino que se había superado a sí misma en obsequio de tan gran personaje; así que, cuando durante su enfermedad vos tuvisteis la bondad de darle tantas pruebas de vuestra protección y amistad, deteniendo con vuestros cuidados y con las generosas asistencias que le prestasteis el curso de su mal, ya en términos tan violentos, le prestasteis una tan poderosa protección que le dio a él esperanzas de lograr la que poco antes de su muerte me encargó pediros para esta obra; por esta gran confianza y por estos últimos sentimientos juzgaréis, señor, los que por vos sentía, pues en este trance de la muerte es cuando la lengua habla como el corazón:

                       Nam verae voces tum demum pectore ab imo iliciumtur

     Yo me he hecho intérprete del suyo, y tan de buen grado como solía participar igualmente en sus desgracias y en el bien que se le hacía. Por esta razón y por mi natural sentimiento yo soy en verdad, señor, vuestro muy humilde y devoto servidor.

Le Bret.

Prólogo

     Lector, te doy la obra de un muerto que me ha encargado este cuidado, para demostrarte que no es un muerto cualquiera,

Puesto que no está envuelto en los tristes harapos
Que desolada sombra al sepulcro arrebata;

     que no se divierte haciendo vanos ruegos, tirando los muebles de una habitación o arrastrando cadenas por los graneros; que no apaga las velas de los sótanos, que no golpea a nadie, que no hace el coco ni causa pesadillas, ni, en fin, ninguna de esas extravagancias que, según dicen, hacen los muertos para espanto de necios; y que, al contrario de todo eso, está de mejor humor que nunca. Creo que esta manera de comportarse, tan extraordinaria y agradable en un muerto, no dejará espacio al disgusto de los más críticos y solicitará su favor para esta obra, porque más bien habría doble cobardía en insultar a manes tan llenos de virtud y cortesía y tan cuidados de la diversión y halago de los vivos. Pero sea de esto lo que sea, y aunque el crítico le reverencie o le muerda, creo que se ocupará más de su buen humor, que ha sido lo único de este mundo que se ha llevado al otro. Porque así, estando impasible ante todo lo demás, aunque le golpee mucho la común maledicencia, no ha de tenerlo en nada. No es que quiera (hablando ya sin burla) imponer a todos la obligación de juzgar como mis ojos lo hacen: sé yo muy bien que nadie lee a gusto cuando no se lee sin trabas de juicio. Por esto me parece bien que cada cual juzgue como le dieran a entender la flaqueza o la sabiduría de su ingenio; pero a los más generosos de éstos les pido que se dejen influir por mi pensamiento generoso. Piensen ellos que no ha tenido más fin que el de divertirles, y que por esto ha descuidado algunas partes, para las cuales, por eso mismo, debe tenerse una atención muy despierta, pues así se le disculpará más fácilmente su circunspección, lo que él por su parte desearía y yo por la mía y la de los impresores.

Quid ergo?
Ut scriptor si peccat, idem librarius usque
Quamvis est monitus, venia caret.

     Yo te confieso, a pesar de todo, que si yo hubiese tenido tiempo y no hubiese previsto muy grandes dificultades, hubiera examinado la cosa de muy buen grado, de modo que te pareciera más completa; pero he temido poner confusión o diferencias si pretendía cambiar el orden o suplir la deficiencia de algunas lagunas, mezclando mi estilo con el suyo, porque mi melancolía no me permite imitar su buen humor ni seguir los hermosos arrebatos de su imaginación, siendo como es mi alma tan estéril a causa de su frialdad. Es ésta una desgracia que ha ocurrido a casi todas las obras póstumas, cuando los que han querido ponerlas al día han tropezado con lagunas semejantes, con el temor (si hubiesen querido suplirlas) de no acoplar bien sus pensamientos con el del autor. Así ha ocurrido con las obras de Petronio; pues a pesar de eso no dejamos de admirar sus hermosos fragmentos, como admiramos todos los restos de la Roma antigua.

     Es posible, sin embargo, que sin tomar en consideración todos estos reparos, el crítico, que nunca deja de herir soslayando el reproche que podría hacérsele si atacase a un muerto, cambiará solamente los objetos de sus recriminaciones y pretenderá censurarme los elogios de este libro, con el pretexto de que yo he tomado a mi cargo el cuidado de su impresión; pero de esa apreciación suya yo apelo desde ahora ante los sabios que siempre me excusarán la responsabilidad de los hechos ajenos, y me relevarán de la obligación de dar explicaciones de un puro capricho de la imaginación de mi amigo, puesto que él mismo no se hubiese cuidado de darlas más cumplidas de lo que ordinariamente las exigen las fábulas y las novelas.

     Tan sólo diré, como argumento en su favor, que su quimera no está tan absolutamente desprovista de razón, ya que entre muchos hombres antepasados y modernos ha habido algunos que pensaron que la Luna era una tierra habitable y otros que realmente estaba habitada. Otros, menos osados en su juicio, que así parecía estar. Entre los primeros y los segundos, Heráclito ha sostenido que era una tierra envuelta en brumas; Xenofonte, que era habitable; Anaxágoras, que tenía colinas, valles, selvas, casas, ríos y mares, y Luciano, que había visto hombres con los cuales había conversado y que habían hecho la guerra a los habitantes del Sol; y cuenta esto con menos verosimilitud y con menos gracia que monseñor Bergerac. En éstas seguramente los modernos aventajan a los antiguos, puesto que los gansos que condujeron a la Luna al español, cuyo libro apareció hace algunos años, las botellas llenas de rocío, los cohetes voladores y el chirrión de acero de monseñor Bergerac son máquinas inventadas con más graciosa imaginación que el buque de que se servía Luciano para subir. Finalmente, entre los últimos, el padre Mersenne, en el que todo el mundo que le conoció adivinó igualmente la ciencia profunda y la gran piedad que tuvo, ha dudado si la Luna sería o no una tierra a causa de las aguas que en ella veía, y pensó que las que rodean a la tierra en que vivimos podrían hacer conjeturar las mismas cosas a los que están de nosotros a una distancia de sesenta radios terrestres, como nosotros lo estamos de la Luna. Lo que puede tomarse como una especie de afirmación, porque la duda en un hombre tan sabio se funda siempre sobre una buena razón, o, por lo menos, sobre numerosas apariencias que equivalgan a esa buena razón. Gilbert se decide más concretamente en esta misma cuestión, pues pretende que la Luna sea una tierra más pequeña que la nuestra, y se esfuerza en demostrarlo por las conveniencias que existen entre aquélla y ésta. Enrique Leroy y Francisco Patricio son de esta opinión, y explican muy prolijamente sobre qué apariencias se fundan, sosteniendo, en fin, que nuestra Tierra y la Luna, a su vez, se sirven de Lunas recíprocamente.

     Ya sé que los peripatéticos son de opinión contraria y que han sostenido que la Luna no podía ser una Tierra porque en ella no habitaban animales; que éstos no hubiesen podido existir de otro modo que por generación y corrupción, y que la Luna es incorruptible, que siempre se ha mantenido en una situación estable y constante y que no se ha observado en ella ningún cambio desde el génesis del mundo hasta el presente. Pero Hevelius les replica que nuestra Tierra, por más corruptible que a nosotros nos parezca, no ha durado menos que la Luna, en la que pueden haberse realizado corrupciones en que nosotros no hemos reparado nunca, porque han acaecido en las más pequeñas de sus partes tan sólo, y han alterado su superficie; como las que se producen en la superficie de nuestra Tierra, y que serían para nosotros imperceptibles si estuviésemos de ella tan alejados como lo estamos de la Luna. Añade otros varios razonamientos que confirma por un telescopio de su invención con el cual él dice (y la experiencia es sencilla y familiar) que ha descubierto en la Luna que las partes más brillantes y más espesas, grandes y pequeñas, guardan una justa proporción con nuestros mares, nuestros ríos, nuestros lagos, nuestras llanuras y montañas y nuestros bosques.

     En fin, nuestro divino Gassendi, tan sabio, tan modesto y tan competente en todas estas cosas, queriendo divertirse, como creo que lo hicieron los otros, ha escrito sobre esta cuestión lo mismo que Hevelius, y añade que él cree que hay en la Luna montañas cuatro veces más altas que el Olimpo, según la medida de Anaxágoras; es decir, más de cuarenta estadios, que equivalen aproximadamente a cinco millas de Italia.

     Todo esto, lector, podrá demostrarte cuán acreedor de alabanzas es Cyrano de Bergerac, pues, aun habiendo tantos grandes hombres que opinan como él, ha tratado graciosamente una quimera que aquéllos habían considerado demasiado seriamente; también tiene Cyrano el mérito de creer que hay que reír y dudar de todo lo que ciertas gentes aseguran con frecuencia tan grave como ridículamente. De suerte que yo le he oído decir muchas veces que él tenía tantos farsantes como con Sidias topaba (Sidias, nombre de un pedante que Teófilo, en sus fragmentos cómicos, hace reñir a puñetazos con un joven a quien el pedante asegura que odor in pomo non erat forma, sed accidens), porque creía que se podía dar ese nombre a los que disputan con la misma testarudez cosas tan inútiles.

     El habernos educado juntos con un religioso del pueblo que tenía pequeños alumnos pensionistas nos había juntado en amistad desde nuestra adolescencia, y yo recuerdo la aversión que ya entonces tenía por aquel padre, que le parecía la sombra de un Sidias; porque dentro de la manera de pensar que Cyrano tenía le consideraba incapaz de enseñarle nada. De modo que hacía tan poco caso de sus lecciones y sus correcciones que su padre, que era un buen viejo gentilhombre bastante indiferente ante la educación de sus hijos y demasiado crédulo de sus quejas, le sacó de aquella clase bastante bruscamente, y sin pensar si su hijo estaría mejor en otro sitio le envió a París, donde le dejó hasta los diecinueve años bajo su buena fe. Esta edad, en que tan fácilmente se corrompe nuestra natural manera de ser, y la gran libertad que tenía de hacer lo que le diese la gana, le arrastraron por una peligrosa pendiente en la cual me atrevería a decir que yo le detuve; porque habiendo terminado mis estudios, y queriendo mi padre que yo sirviese en la Guardia, le obligué a que entrase conmigo en la compañía de monseñor de Carbon de Castel-Jaloux. Los duelos, que en aquel tiempo parecían el camino más recto y rápido para darse a conocer, en pocos días le hicieron a él tan famoso que los gascones, que por sí solos casi formaban la totalidad de la compañía, le consideraron como el mismo demonio de la bravura y le contaban tantos combates como días tenía de servicio. Todo esto, sin embargo, no le apartaba de sus estudios, y un día yo le vi en un cuerpo de guardia trabajar en una elegía con la misma atención que hubiese podido tener en el gabinete de estudios más alejado del ruido. Algún tiempo después asistió al circo de Mouzon, donde recibió un sablazo en el cuerpo, y más tarde, una estocada en la garganta, en el sitio de Arras en 1640. Pero las incomodidades que sufrió en estos dos sitios, las que le causaron sus dos grandes heridas, los frecuentes combates que le daban reputación de valiente y de diestro, y que varias veces le hicieron ser segundo (pues jamás recibió una queja de su jefe), la poca esperanza que tenía de ser considerado si no era por su jefe, ante cuya autoridad su genio rebelde le incapacitaba para someterse, y por fin el gran amor que tenía por el estudio, le hicieron renunciar a la guerra que exige todo un hombre y que le hace tan enemigo de las letras como éstas son amantes de la paz. Yo te podía contar algunos de sus combates, que no eran duelos, como aquel en el cual de cien hombres armados para insultar en pleno día a un amigo suyo en el foso de la puerta de Nesle, dos con la muerte y siete más con grandes heridas pagaron la pena de su mal propósito. Pero aunque esto podría parecer fabuloso, a pesar de que sucedió a la vista de varias personas famosas que lo proclamaron bastante alto para impedir que nadie lo dude, creo no tener que decir más, puesto que tan complacido estoy de la hora en que abandonó a Marte para abandonarse a Minerva; quiero decir que durante ese tiempo renunció tan absolutamente a todo empleo, que el estudio fue el único al que se consagró hasta su muerte.

     Por lo demás, él no limitaba su odio a la disciplina, a la que exigen los Grandes en cuya compañía nos habíamos alistado; antes bien, la extendía más ampliamente, alcanzando hasta las cosas que le parecían contradecir los pensamientos y las opiniones, para las cuales él quería gozar de tanta libertad como para los más indiferentes actos tenía; y trataba de ridículas a ciertas gentes que, valiéndose de la autoridad de un pasaje bien de Aristóteles o de cualquiera otro, pretenden con la misma audacia que los discípulos de Pitágoras con su magister dixit juzgar los más graves problemas aunque las experiencias sensibles y familiares les desmientan todos los días. Y no es que le faltase la veneración que debe tenerse por tantos y tan notables filósofos antiguos y modernos; pero la grande diversidad de sus escuelas y la sorprendente contradicción de sus opiniones le convencieron de que no debía poner fe en ninguno de sus partidos.

Nullius addictus jurare im verba Magistri

     Demócrito y Pyrrhon le parecían, apartando a Sócrates, los más razonables filósofos de la antigüedad; y esto porque el primero había puesto la verdad en tan obscuro lugar que era imposible verla, y Pyrrhon había sido tan generoso, que ningún sabio de su siglo le había rendido vasallaje a sus creencias, y tan modesto, que nunca había querido decidir nada concretamente. Añadía respecto de esos sabios que muchos de nuestros modernos no le parecían sino ecos de los otros sabios, y que muchas gentes que pasan por muy doctas parecerían muy ignorantes si les hubiesen precedido otros sabios. De suerte que, cuando yo le preguntaba por qué si así pensaba leía las obras ajenas, me decía que era para conocer los robos de los otros, y que si él hubiese sido juez de esa clase de crímenes los hubiese castigado con penas más rigurosas que las que se aplican a los grandes bandoleros de los caminos, porque siendo la gloria algo mucho más precioso que un traje, que un caballo y que el mismo oro, los que la consiguen por libros que componen con cosas que roban de otros eran como esos bandoleros de caminos que viven a expensas de los que desvalijan, y que si cada uno hubiese procurado decir lo que no habían dicho los demás las bibliotecas hubiesen sido menos numerosas, menos incómodas, más útiles, y la vida del hombre, aunque es muy corta, hubiese bastado para leer y saber todas las cosas buenas, y no que para encontrar una pasable es necesario leer cien mil que o no valen nada o se han leído ya en otro sitio una multitud de veces, y además nos hacen gastar el tiempo inútil y desagradablemente.

     Sin embargo, nunca censuraba totalmente una obra cuando en ella encontraba algo nuevo, porque pensaba que esto era tan útil para la república de las letras como es útil para las tierras viejas el descubrimiento de otras nuevas; y la pléyade de los críticos le parecía insoportable, atribuyendo su apasionamiento para la acusación de todo a la envidia y al despecho que sentían viéndose incapaces de ninguna empresa (que siempre es laudable, aunque su virtud no responda enteramente a su empeño). Non ego paucis, decía él:

Non ego paucis
offender maculis quas aut incuria fudit
aut humana parum cavit natura.

     «En efecto, si en un cuadro toleramos tantas sombras, ¿por qué no sufrir en un libro que haya algunos pasajes menos intensos que otros, puesto que, por la regla de los contrarios, el negro sirve muchas veces para hacer que el blanco brille más?»

     Sin embargo, como no tenía más que sentimientos extraordinarios, ninguna de sus obras está incluida entre las vulgares. Su Agrippine empieza, se desarrolla y termina como todavía nadie intentara hacerlo. La dicción es totalmente poética, el asunto está bien escogido, los papeles son hermosos, los sentimientos romanos con todo el brío digno de tan gran nombre, el desenlace claro y tan bien practicada la regla de veinticuatro horas, que esta pieza puede pasar por un modelo de poema dramático.

     Pero lo que en él era más admirable es que de la seriedad pasaba a las burlas con igual éxito. Su comedia titulada El pedante burlado es una prueba muy decisiva y muy agradable; del mismo modo, muchas otras obras suyas, testimonio muy fiel de la universalidad de su alto espíritu. Yo había determinado unir a Viaje a la luna la Historia de la centella y La República del Sol, en la que con el mismo estilo con que probó que la Luna era habitable demostraba el sentimiento de las piedras, el instinto de las plantas y el razonamiento de los brutos, y aun estaba por encima de todo esto; pero un ladrón que registró su cofre durante su enfermedad me ha privado de esta satisfacción y a ti de acrecer tu solaz.

     En fin, lector, Cyrano pasó siempre por un hombre de alto y raro espíritu. Y a este don la Naturaleza le añadió tan gran tesoro de buen sentido, que él sometió sus instintos tanto como quiso. De manera que no bebió vino más que alguna rara vez, porque, según él decía, el exceso en la bebida embrutece, y había que tener con su consumo tantas precauciones como con el del arsénico (que era con lo que él comparaba el vino), porque todo ha de temerse de tan gran veneno, sea cualquiera la forma que se le prepare; aunque no hubiera que temer sino lo que el vulgo llama quid pro quo, que siempre lo hace peligroso. No era menos moderado en el comer, pues siempre que podía rechazaba las salsas, creyendo que la vida mejor era la más sencilla y la menos alterada, lo cual probaba con el ejemplo de los hombres modernos, que viven tan corta vida, al revés que los de los siglos primeros, que según parece la disfrutaron tan larga por la mesura y simplicidad de su comida.

Quipe aliter tune orbe novo coeloque recenti
Vivebant homines.

     Estas dos buenas cualidades las acompañaba de un apartamiento tan grande del bello sexo, que puede decirse que nunca salió del respeto que el nuestro le debe. Y con todo esto tenía tal repugnancia a todo lo que le parecía interesado, que nunca pudo saber ni averiguar qué era una privada posesión, porque todas sus cosas eran menos suyas que de los conocidos suyos que las necesitasen. Con todo esto el cielo, que no es ingrato, quiso que de un gran número de amigos que tuvo en vida muchos le quisieran hasta su muerte y algunos también más allá de este mundo.

     Sospecho, lector, que tu curiosidad, en bien de su gloria y la satisfacción de mi deseo, quiere que yo consigne el nombre de esos amigos a la posteridad; y de muy buen grado acepto, porque todos los que he de citar son de extraordinario mérito, pues él supo escogerlos muy bien. Muchas razones, y principalmente la cronológica, exigen que empiece por monseñor de Prada, en el cual se igualaban el mucho saber y la bondad del corazón, y a quien su admirable Historia de Francia hizo que tan justamente se le llamase el «Corneille-Tácito» de los franceses. Supo estimar de tal modo las admirables cualidades del señor de Bergerac, que después de mí fue el más antiguo de sus amigos y uno de los que se lo ha testimoniado con más largueza en multitud de circunstancias. El ilustre Cavois, que murió en la batalla de Lens; el valiente Brisailles, portaestandartes de la Guardia de Su Alteza Real, fueron además de justos estimadores de sus heroicos actos, testigos gloriosos y fieles camaradas de algunos. Me atrevo a decir que mi hermano y el señor de Zeddé, que se estimaban como valientes, y que le asistieron y fueron a su vez asistidos en algunos lances ocurridos en esa época a gentes de su oficio, comparaban su valentía a la de los más heroicos. Y si este testimonio puede parecer parcial por lo que respecta a mi hermano, todavía podría citar a un bravo de los de mayor gallardía: me refiero al señor de Duret de Monchenin, que le ha conocido y estimado muchísimo y no dejaría de confirmar lo que yo sostengo. Y podía añadir el nombre del señor de Bourgogne, maestre de campo del regimiento de Infantería de Su Alteza el príncipe de Conti, puesto que él presenció el combate sobrehumano de que os hablé y lo refirió juzgándolo con el adjetivo de intrépido, con el que ya siempre le llamó. Lo cual no permite que quede la menor sombra de duda, por lo menos en aquellos que conocieron a monseñor de Bourgogne, que era demasiado sutil para no distinguir lo que es acreedor de estimación y lo que no lo es, y cuyo saber era universalmente tan grande, que no le permitía equivocarse en cosas de esa naturaleza. El señor de Chavagne, que con tan agradable impetuosidad se adelanta siempre a los ruegos de aquellos a quienes quiere obligar; ese ilustre consejero señor Longueville-Goutier, que tiene todas las cualidades de un hombre acabado; el señor de Saint Gilles, en quien todo es efecto del mismo deseo de ser buen amigo, y que no es testigo pequeño de su valor y de su alma; el señor de Lignières, cuyas producciones son efecto de un fuego perfectamente hermoso; el señor Châteaufort, en quien la memoria y el juicio son tan de admirar como la aplicación tan dichosa que hace de toda su sabiduría; el señor de Billettes, que no desconocía nada, a los veinte años, de lo que otros tienen por mucha gloria conocer a los cincuenta; monseñor de la Morlière, cuyas costumbres son tan pulcras y tan encantadora su amistad; el señor conde de Brienne, cuyo hermoso espíritu tan bien responde a su alto origen, tuvieron por él toda la estima necesaria para que exista una buena amistad, de la cual se desvivieron todos ellos por darle muestras muy señaladas. Nada diré particularmente del señor abate de Villeloin porque no he tenido el honor de tratarle; pero puedo asegurar que el señor Bergerac se hacía lenguas de él y que había recibido muchas pruebas de su gran bondad.

     Debiera añadir que para complacer a sus amigos, que le aconsejaban buscar un padrino para que le apoyase en la corte, o en otra parte, venció el gran amor que tenía a su libertad, y que hasta el día en que recibió en la cabeza el golpe de que os he hablado estuvo bajo los auspicios del señor duque de Arpajon, al cual dedicó todas sus obras; pero como durante su enfermedad le oí quejarse de abandono, no me he creído capacitado para juzgar si fue por la desdicha que tienen siempre todos los humildes y que también es común a los grandes, que no recuerdan los servicios que se les presta sino cuando los reciben, o si, por el contrario, no era más que un secreto del Cielo, que, queriendo separarlo tan pronto de este mundo, quiso también inspirarle el escaso disgusto de abandonar lo que nos parece más hermoso y que frecuentemente no lo es tanto como imaginamos nosotros. Sería injusto con el señor Rohault si no añadiese su nombre a una lista tan gloriosa, puesto que este ilustre matemático que ha hecho tan bellos estudios de física, y que no es menos estimable por su bondad y su modestia que por su saber, que le coloca por encima de todos, tuvo tan íntima amistad con Bergerac y se interesaba tanto por todo lo suyo, que fue el primero en descubrir la verdadera causa de su enfermedad y en buscar cuidadosamente, con todos sus demás amigos, el medio de librarle de ella. Pero el señor de Boisclairs, que pone todo su heroísmo hasta en los mínimos actos, creyó encontrar en el señor Bergerac una magnífica ocasión para satisfacer su generosidad, para dejar a otros la gloria, que se decidió a protegerle, y le protegió en efecto, en una ocasión tanto más útil a su amigo cuanto que el aburrimiento por su largo cautiverio le amenazaba con una pronta muerte, cuyo camino ya estaba comenzado por una fiebre violenta, triste preludio de su fin. Pero este amigo sin par interrumpió ese camino, deteniéndole en él durante un intervalo de catorce meses, durante los cuales le acogió en su casa; y hubiese tenido junto a la gloria que merecen tan grandes cuidados como le prodigó la de conservarle la vida, si sus días no hubiesen estado contados y limitados a los treinta y cinco años de su edad, que tuvo fin en el campo en casa del señor Cyrano, un primo suyo del cual había recibido grandes testimonios de amistad y cuyas conversaciones, tan sabias en la historia de los tiempos actuales y los viejos, le complacían sin límite. Por un deseo muy natural de cambiar de aire, que precede a la muerte y que es un síntoma casi cierto en la mayor parte de los enfermos, se hizo llevar a casa de este primo suyo, y allí, a los cinco días, entregó su alma. Creo que es reconocer al señor mariscal de Gassion parte del honor que a su memoria se debe, decir que amaba a las gentes de espíritu y de corazón, que de las dos cosas era él rico, y que por el relato que los señores de Cavoy y de Guigy le hicieron del señor Bergerac quiso tenerle a su lado. Pero la libertad, de la que todavía era idólatra (pues fue mucho más tarde cuando se acogió a la protección del señor de Arpajon), nunca le consintió tener a este hombre sino como a un gran maestro; de suerte que prefirió no ser por él conocido y estar libre que ser querido, pero obligado; y este mismo carácter, tan poco preocupado por la fortuna y por las gentes de su tiempo, le hizo desdeñar varias amistades que la reverenda madre Margarita, que muy particularmente le estimaba, quería procurarle; parecía presentir que lo que en esta vida constituye nuestra felicidad no nos asegura nada la dicha de la otra. Este fue el único pensamiento que le ocupó hacia el término de sus días con la preocupación que enalteció todavía más madama de Neuvillete, esta mujer tan piadosa, tan caritativa, tan para los demás, siendo a la vez toda de Dios, y de la cual tenía él la honra de ser pariente por parte de la familia de los Berangers. De este modo el libertinaje, que a la mayor parte de los jóvenes seduce, le parecía a él un monstruo, para el que tuvo, como puedo aseguraros, desde entonces, toda la aversión que deben tener por él los que quieran vivir cristianamente. Yo, algún tiempo antes de su muerte, presentí ese gran cambio, porque un día, como le reprochara la melancolía que entonces demostraba en sitios donde antes acostumbraba a decir cosas regocijantes y divertidas, me contestó que era porque había empezado a conocer el mundo y se iba desengañando; que estaba ya en un estado de ánimo que le hacía prever que dentro de poco el día último de su vida señalaría el final de sus desgracias, y que realmente su más grande disgusto era no haberla empleado con más provecho:

Jam juvenem vides;

me decía,

instet cum serior aetas
Moerentem stultos praeteriisse dies.

     «Y, en verdad, añadía, creo que Tibulo profetizaba mi estado cuando hablaba así, pues nadie sintió tanto como yo haber pasado tan inútilmente días tan gustosos.»

     Tú, lector, debes perdonarme esta digresión, y si me extendí tanto sobre el mérito de un amigo, su muerte me disculpa de la que hubiese tenido por ser un vano adulador, aunque estas cosas no creo que dejen de gustar jamás. Y ahora, para proseguir la cita de las autoridades en las que se ha fundado, te diré que el demonio, del cual se hizo acompañar tan provechosamente en la Luna, no es nada inaudito, puesto que Talés y Heráclito han dicho que el mundo estaba lleno de esos seres. Además, lo abona así lo que se ha publicado de Sócrates, de Dion, de Bruto y de tantos más; la pluralidad de mundos, de la que también nos habla, está confirmada por la opinión de Demócrito, que la ha sostenido; así como lo que dice del infinito y de los minúsculos cuerpos o átomos, de los que han hablado, después que este filósofo, Epicuro y Lucrecio.

     El movimiento que atribuye a la Tierra no es tampoco nuevo, puesto que Pitágoras, Philolarco y Aristarco sostuvieron antes que giraba en torno del Sol, que situaban en el centro del mundo. Lisipo y varios más han dicho aproximadamente lo mismo; pero Copérnico, en el siglo pasado, ha sido quien más altamente lo ha proclamado, puesto que ha cambiado el sistema de Ptolomeo, antes seguido por todos los astrónomos, que ahora, en su mayor parte, aprueban el de Copérnico, más simple y más fácil, puesto que sitúa el Sol en el centro del mundo y la Tierra entre los planetas, en el sitio en que Ptolomeo daba el Sol; es decir, que hace girar en torno del Sol a la esfera de Mercurio, después a la de Venus, después la de la Tierra, al borde de la cual sitúa un epiciclo, sobre el cual hace girar a la Luna en torno de la Tierra y acabar esa revolución en veintisiete días, a más de la que le hace dar en torno al Sol durante un año.

     Por otra parte, lector, he de confesarte que ese cambio me es indiferente, porque yo no sé nada de esas ciencias, que son demasiado abstractas para mí; y te aseguro que todo lo que yo sé no es más que algo de lo que recuerdo de alguna lectura de obras sobre este tema. Por esto declaro que con lo que he dicho de Copérnico no he querido ofender a Ptolomeo. Me basta que Coeli enarrant gloriam Dei, y que su admirable estructura me prueba que no son obra del hombre. Por más que Ptolomeo diga lo contrario, son lo mismo que siempre fueron; y sea el que fuere el cambio que Copérnico aportase han permanecido en el mismo sitio y con la misma función que les dio el Ser Supremo, que puede cambiarlo todo sin Él cambiar.

     Al principio de este discurso he dicho lo que me había decidido a desarrollarlo; a continuación podrá saberse cómo y por qué he citado a todos esos sabios. Yo te ruego, lector, que te acuerdes, para justificar la poca o ninguna diferencia que yo tengo para las invenciones ajenas, en lo que pueden alterar la verdad de mi creencia.
 

Historia cómica o viaje a la luna

     Estaba la Luna en el lleno y el Cielo despejado, y ya habían sonado las nueve de la noche cuando, regresando de Clamart, cerca de París (cuyo actual mayorazgo, el señor Cuigy, nos había obsequiado a mis amigos y a mí), los múltiples pensamientos que esa bola de azafrán nos sugirió fue divirtiéndonos durante nuestro caminar; porque con los ojos anegados en ese gran astro, ya lo consideraba alguien como una buhardilla del cielo; ya otros aseguraban que era la plancha con que Diana saca brillo a la pechera de Apolo, y otros creían que bien podría ser el Sol, que habiéndose despojado de sus rayos por la tarde miraba por un agujero lo que pasaba en el mundo cuando él no estaba alumbrándolo. «Y a mí, les dije yo, que me complace unir mis entusiasmos con los vuestros, me parece, sin que me seduzcan vuestras agudas hipótesis, con las que pretendéis distraer al tiempo para que pasa más de prisa, me parece, os digo, que la Luna es un mundo como este nuestro, y que a su vez la Tierra sirve de Luna a esa que veis vosotros».

     Algunos de mis compañeros soltaron una gran carcajada cuando yo hube dicho tales razones. «Puede ser, les repliqué yo, que en la Luna haya también algunos que en este momento se estén burlando de cualquiera que afirme que este globo nuestro es un mundo.» Pero por más que les quise convencer de que esa opinión mía era la de muchos grandes hombres, no conseguí que dejasen de reír, como lo estaban haciendo de muy buena gana.

     No obstante, este pensamiento, cuya audacia agitaba mi espíritu afirmada por la contradicción de los otros, se fue afincando tanto en mi ánimo, que ya durante el resto del camino me quedé embarazado con mil definiciones de la Luna que no podía alumbrar; de suerte que, a fuerza de apoyar esta creencia burlesca con argumentos casi serios, ya faltaba poco para que yo me desdijese, cuando el milagro o la casualidad, la Providencia, la fortuna, o quizá lo que comúnmente se llama visión, ficción o quimera, o locura si se quiere, me suministró la ocasión que me inclinó a esta idea. Cuando llegué a mi casa, subí a mi estudio y encontré sobre la mesa un libro abierto que yo no había dejado allí. Era el de Cardán, y aunque no tuviese el propósito de leer, dejé caer los ojos, como si fuese por fuerza, sobre una historia de este filósofo que dice que estudiando una tarde a la luz de una candela vio entrar, filtrándose por las puertas cerradas, a dos grandes ancianos, los cuales, después de mucha preguntas que él les hizo, contestaron que eran habitantes de la Luna, y desaparecieron en diciendo esto. Me quedé tan sorprendido al ver un libro que había llegado hasta mi mesa él solo, sin que nadie lo dejara allí, y al ver que además se había abierto en aquella ocasión y precisamente por aquella página, que tomé todos estos incidentes encadenados como una inspiración que me obligaba a dar a conocer a los hombres que la Luna es un mundo. «¡Cómo -me decía yo a mí mismo -, después de estar hablando todo el día de una cosa, un libro que acaso es el único en el mundo donde estas materias se tratan tan detalladamente vuela de mi biblioteca a mi mesa, para abrirse precisamente por las páginas de tan inaudita aventura, y arrastra a mis ojos, como con una fuerza secreta, hasta él, y luego suministra a mi fantasía las reflexiones y a mi voluntad los propósitos que yo he formado! Sin duda -continué diciéndome a mi mismo - los dos viejos que se aparecieron al gran Cardán no eran otros que los que han cogido mi libro y lo han dejado en mi mesa abierto por esas páginas para ahorrarse conmigo la arenga que a Cardán le hicieron. ¿Pero - pensaba yo - no sabré resolver esta duda si no subo hasta allá? ¿Y por qué no? - me replico luego -. Prometeo en otro tiempo fue al Cielo y robó el fuego. ¿Acaso yo soy menos osado que él? ¿Y tengo motivos para no confiar en un éxito tan favorable como el suyo?»

     A estas humoradas que acaso llaméis exceso de delirio febril, sucedió la esperanza de realizar un viaje tan encantador. Y alentado por esa esperanza me encerré en una casa de campo bastante solitaria, donde después de halagar mis sueños con algunos medios proporcionados a mi intento, he aquí cómo conseguí subir al Cielo.

     En torno a mi cuerpo me había atado bastantes frascos llenos de rocío, sobre los cuales el Sol proyectaba tan ardientemente sus rayos que su calor, que los atraía como hace con las más grandes nubes, me levantó a tan grande altura, que por fin llegué a encontrarme por encima de la primera región. Pero como esa atracción me elevaba demasiado rápidamente, y como en vez de aproximarme a la Luna, como era mi deseo, todavía me parecía estar más lejos de ella que al principio, fui rompiendo algunos de mis frascos hasta que observé que mi peso sobrepujaba la atracción del calor e iba descendiendo sobre la tierra. No fue falsa mi opinión, puesto que en aquélla me encontré poco tiempo después. Teniendo en cuenta la hora que había salido, ya debía estar mediada la noche. Sin embargo, vi que el Sol estaba en lo más alto del horizonte, y que era mediodía. A vosotros dejo el pensar cuál no sería mi asombro: y fue tan fácil este asombro mío, que no sabiendo yo a qué atribuir este milagro, tuve la insolencia de imaginar que, como premio a mi atrevimiento, Dios, por una vez más, había detenido el curso del Sol a fin de alumbrar una empresa tan generosa. Todavía acreció mi atrevimiento el no conocer el país donde me encontraba, puesto que, según yo creía, habiendo ascendido derechamente debiera haber descendido al sitio mismo de mi partida. Y tal como estaba equipado encaminé mis pasos hacia una especie de choza en la que apercibí humo; y ya estaba de ella a un trecho de pistola cuando me vi rodeado por una cantidad numerosa de hombres completamente desnudos. Mucho parecieron espantarse de mi presencia, pues, a lo que yo creo, era yo el primer hombre que ellos viesen vestido de botellas. Y para alterar todavía más todos los pensamientos que ellos pudiesen tener acerca de este hábito mío, todavía estaba el ver que al andar apenas sí tocaba yo en el suelo; tampoco imaginaban ellos que a la menor inclinación que yo diese a mi cuerpo el ardor de los rayos del Sol me levantaría con mi rocío y que, aunque ya mis frascos no eran muchos, probablemente ante su vista me hubiesen levantado por el aire. Quise yo abordarles; pero como si su temor les hubiese cambiado en pájaros, vi cómo en un instante se perdían por la próxima selva. Aun pude coger a uno cuyas piernas sin duda le habían traicionado el corazón. A éste le pregunté (con bastante esfuerzo porque estaba yo lleno de ahogo) cuánto había desde allí hasta París, cómo y desde cuándo iba la gente en Francia desnuda de aquel modo y por qué huían ellos de mí con tanto espanto. Este hombre, con el cuál yo hablaba, era un anciano aceitunado que muy temeroso se hincó en seguida de hinojos ante mí y juntando las manos hacia lo alto por detrás de su cabeza quedó con la boca abierta y cerró los ojos. Largo tiempo estuvo murmurando entre dientes sin que yo pudiese entender nada de lo que decía; así que di en pensar que su lenguaje era tan sólo el ceceo quijarroso de un mudo.

     Al poco tiempo de esto vi llegar una compañía de soldados a cajas batientes y observé que dos de ellos se separaban de sus filas y se dirigían hacia mí; y así, que estuvieron lo bastante cerca para oír mis razones, con las mejores que yo pude les pregunté dónde estaba. A las cuales ellos me respondieron: «Estáis en Francia; ¿pero quién ha sido el diablo que en ese estado os ha puesto y cómo es que nosotros no os conocemos? ¿Es que han llegado ya las naves? ¿Vais a dar aviso de ello al señor gobernador? ¿Y por qué razón habéis repartido vuestro aguardiente en tantas y tantas botellas?»

     A todo esto yo les repliqué que no era el diablo quien en tal estado me había puesto; que si no me conocían no era cosa de extrañar, pues no podían ellos conocer a todos los hombres; que no sabía yo que el Sena condujese naves a París; que no tenía ningún aviso que dar al señor mariscal del Hospital, y que no llevaba nada de aguardiente en mis botellas. «¡Bah, bah! -me dijeron ellos, cogiéndome por un brazo-. ¿Os hacéis el valiente? Pues si nosotros no os conocemos, ya os reconocerá el señor gobernador». Me llevaron hacia sus filas y en ella me di cuenta de que realmente estaba en Francia, pero en la Nueva; de manera que al poco tiempo de todo esto fui presentado al virrey, que me preguntó cuál era mi país, cómo me llamaba y quién era; y así que yo le hube dado respuesta contándole la agradable aventura de mi viaje, sea que lo creyó, sea que fingió creerlo, tuvo la bondad de dar el encargo de que me aparejasen una habitación en su vivienda. Fue una gran dicha para mí encontrar un hombre con tan altas opiniones y que no se extrañase cuando yo le dije que era necesario que la Tierra hubiese girado durante mi ascensión, puesto que, habiendo comenzado a elevarme a dos leguas de París, había caído, siguiendo una línea casi perpendicular, en las tierras de Canadá.

     Por la noche, cuando ya iba yo a acostarme, entró él en mi habitación y me dijo: «Nunca hubiese entrado yo a interrumpir vuestro descanso si no hubiese pensado que una persona que ha podido encontrar el secreto de andar tan largo camino en media jornada no posea también el de no cansarse. Pero no sabéis -añadió- la divertida disputa que por vuestra causa acabo de mantener con nuestros Padres. Creen ellos firmemente que con seguridad sois vos un mago. Y la mayor gracia que vos podríais obtener de ellos es que solamente os tuviesen por impostor. Porque, en verdad, ese movimiento que vos atribuís a la Tierra es una paradoja bastante delicada; en cuanto a mí, con franqueza os digo que lo que me impide que totalmente comulgue con vuestra opinión es el que aunque ayer salieseis de vuestro país, podéis haber llegado hoy a esta tierra sin que nuestro mundo haya girado; porque si el Sol os levantó merced a vuestras botellas, no os debió conducir hasta aquí, ya que, según Ptolomeo y los filósofos modernos, anda ese astro a la par que, según vos decís, anda la Tierra. Y, por otra parte, ¿qué grande probabilidad habéis visto vos para figuraros que el Sol permanezca inmóvil, siendo así que todos le vemos andar? Y ¿qué apariencia os afirma el que la Tierra gira tan rápidamente, sintiéndola nosotros bajo nuestros pies tan firme como la sentimos?» «Señor-le repliqué yo-, éstas son las razones que aproximadamente nos obligan a prejuzgarlo de tal manera. En primer lugar, es de sentido común el creer que el Sol se ha afirmado en el centro del Universo, puesto que todos los cuerpos que en la Naturaleza viven necesitan de ese fuego radical, que habita en el corazón de este reino para poder satisfacer prontamente la necesidad de cada una de sus partes, y porque la causa de las generaciones es de razón que esté situada en el medio de todos los cuerpos para obrar sobre ellos con igualdad y más facilidad; del mismo modo la Naturaleza ha colocado sabiamente las partes genitales del hombre, las pepitas en el centro de las manzanas y todos los huesos en el corazón de la fruta a que pertenecen. Y, del mismo modo, la cebolla conserva al abrigo de cien telas que la envuelven el preciado germen del cual diez millones más han de ir sacando su vida; porque este fruto por sí sólo es ya un pequeño universo cuya semilla, más abrigada que las otras partes, es el Sol que a su alrededor esparce toda su tibieza conservadora de su globo; y ese germen, en esta metáfora, es el sol diminuto de ese mínimo mundo que lo calienta nutriendo la vida vegetal de su pequeña masa. Y admitido esto, digo yo que la Tierra, teniendo necesidad de la luz, del calor y de la influencia de este gran fuego, va girando en torno de él para recibir por igual en todas sus partes esa virtud que la conserva. Porque sería tan ridículo creer que este grande cuerpo luminoso giraba en torno de cualquier otro punto, como pensar, cuando vemos una alondra asada, que para así condimentarla ha sido necesario hacer girar la lumbre en torno de ella. Por otra parte, si fuese el Sol quien tuviera que hacer ese giro parecería que la droga necesitaba del enfermo, que el fuerte había de plegarse al débil, el magnate servir al humilde y que en lugar de que un barco fuese siguiendo las costas de una provincia fuera la provincia la que girara en torno del barco. Porque si os cuesta trabajo comprender cómo una masa tan pesada puede moverse, decidme, si os place, si los astros y los cielos que vos imagináis tan sólidos ¿son acaso menos pesados? Y aún nos es más fácil a nosotros, que estamos convencidos de la redondez de la Tierra, deducir de su figura la facilidad de su movimiento. Pero ¿por qué suponer al cielo redondo también, puesto que no podríais asegurarlo y puesto que entre todos los cuerpos tan sólo los que poseen figura esférica pueden moverse? No es que os reproche vuestras coordenadas, ni vuestros epiciclos, que no podríais vos explicarme claramente y a los cuales yo excluyo de mi sistema. Hablemos, pues, solamente de las causas naturales de este movimiento. ¿Por ventura estáis vos obligado a recurrir a las fuerzas que mueven y gobiernan vuestros mundos? Pero yo sin interrumpir el reposo del Ser Soberano, que sin duda ha creado la Naturaleza haciéndola perfecta y de cuya sabiduría es de esperar que la haya dejado bien acabada, de tal suerte que habiéndola creado para una cosa, para otra cualquiera no la haya hecho defectuosa; pero yo, decía, afirmo que los rayos del Sol con su influencia y actuando sobre su superficie hacen girar a la Tierra al moverla, como nosotros hacemos girar una esfera golpeándola con la mano, o también como los humos que evaporándose constantemente de su seno, por el lado que el Sol la mira, repercutidos por el frío de la región media, redundan encima, y necesariamente, como no la puede empujar más que sesgadamente, la hace así piruetear. La explicación de los otros dos movimientos todavía es menos embrollada. Imaginaros un poco si os place...» En diciendo estas palabras el virrey me interrumpió: «Prefiero disculparos de esa molestia; precisamente yo he leído sobre esta materia algunos libros de Gassendi. Mas ahora veréis lo que me contestó un día uno de nuestros Padres, que defendía vuestra opinión: «En efecto -decía él-, yo me imagino que la « Tierra gira, no por las razones que alega Copérnico, sino porque estando el fuego del infierno encerrado en el centro de la Tierra, los condenados, al querer huir del ardor de su llama, empujan contra su bóveda para librarse de él, y de este modo hacen girar a la Tierra como un perro hace girar a una cuba cuando corre encerrado dentro de ella».

     Juntos alabamos algún tiempo este pensamiento como una simple ingeniosidad de este buen Padre, y finalmente el virrey me dijo que él se extrañaba muchísimo de que siendo el sistema de Ptolomeo tan poco probable fuese por todos tan bien acogido. «Señor -le contesté yo-, la mayor parte de los hombres que para juzgar suelen guiarse tan sólo de sus sentidos se han dejado persuadir por los ojos, y así como el que va en un buque navegando a lo largo de la costa cree que no es el buque el que anda, sino ésta, así los hombres al girar con la Tierra en torno del Cielo, han creído que era éste el que giraba en torno de ellos. Añadid a esto el orgullo insoportable de los hombres que están persuadidos de que la Naturaleza ha sido hecha tan sólo para ellos, como si fuese posible que el Sol, un gran cuerpo cuatrocientas treinta y cuatro veces más grande que la Tierra, no se hubiese encendido para otra cosa sino para madurar sus nísperos y sazonar sus coles. Según yo creo, nada dispuesto a tolerar sus insolencias, los planetas son mundos situados en torno del Sol, y las estrellas fijas, a su vez, son otros soles que tienen planetas en torno de ellos, es decir, mundos que nosotros no vemos porque su luz reflejada no podría llegar hasta nosotros. Porque ¿cómo si no, de buena fe, podríamos imaginar que esos globos tan espaciosos fuesen tan sólo campos desiertos y que en cambio el nuestro, sólo porque nosotros vivimos en él, haya sido creado para una docena de gentecillas soberbias? ¡Pues qué! ¿Porque el Sol acompasa nuestros días y nuestros años, sólo por eso ya vamos a pensar que ha sido creado para que su luz impida que vayamos dándonos de cabezadas contra las paredes? No, no; si este Dios visible alumbra al hombre no es sino por accidente, como la antorcha del rey, también por accidente, alumbra al esbirro que pasa por la calle». «Pero-me replicó él -si, como vos afirmáis, las estrellas fijas son otros tantos soles, podría de ello deducirse que el mundo era infinito, puesto que es verosímil que los pueblos de ese mundo que están alrededor de una estrella fija que vos suponéis un sol, descubren además otras estrellas fijas que nosotros no podríamos descubrir desde aquí, y así se seguiría hasta el infinito». «No lo dudéis -respondí yo-; así como Dios ha podido hacer inmortal el alma, ha podido hacer infinito el mundo, suponiendo que sea verdad que la eternidad es tan sólo una permanencia sin interrupción y el infinito una extensión sin límites. Por otra parte, Dios, a su vez, sería finito si se supusiese que el mundo no era infinito, puesto que no podría ser o no habría nada, y puesto que Él no podría acrecer el tamaño del mundo sin añadir algo también a su propia extensión, empezando por estar allí en donde antes no estaba. Es, pues, preciso creer que así como nosotros desde aquí vemos a Saturno y a Júpiter, así también, si estuviésemos en alguno de estos dos mundos, descubriríamos muchos otros más que ahora no vemos, pues el Universo hasta el infinito está de este modo constituido».

     «Pobre de mí - me replicó él -; por más que decís, no puedo comprender del todo ese infinito de que habláis». «¡Ah!-le dije yo-, decidme si acaso comprendéis mejor la nada que hay más allá de él. Tampoco. Porque cuando penséis en esa nada os la imaginaréis, por lo menos, como viento o como aire, y eso ya es alguna cosa; pero el infinito, si no podéis comprenderlo en su universalidad, al menos lo concebís por partes, puesto que no es difícil imaginar más allá de la porción de tierra o de aire que nosotros vemos, fuego, otro aire y otra tierra. Por lo demás, el infinito no es otra cosa que un tejido sin límites de todo esto. Ahora bien; si me preguntáis de qué modo han sido hechos todos estos mundos, siendo así que la Santa Escritura habla tan sólo de uno, que creó Dios, yo os contestaré que no puedo discutir sobre este punto, porque si me obligáis a daros razones de lo que sólo mi imaginación las tiene, con esa demanda me dejáis sin palabras si no son las que necesito para confesaros que mi razonamiento en esta clase de problemas siempre dará preferencia a mi fe». Él me dijo que realmente su pregunta era censurable y que volviese yo a desenvolver mi idea. «De suerte-añadí yo entonces-, que todos estos otros mundos que no se ven o que tan sólo se distinguen confusamente no son más que la espuma de los soles que se purgan. Porque, ¿cómo podrían existir esos grandes fuegos si no estuviesen ligados a alguna materia que los nutriese? Por tanto, así como el fuego expulsa de su seno la ceniza que ahoga su llama, del mismo modo que el oro en su crisol se desprende, para purificarse, de la marcasita que debilita su quilate, y como nuestro corazón se desprende por medio del vómito de los humores indigestos que lo emponzoñan, así estos soles se limpian todos los días purgándose de los restos de las materias que estorban su fuego. Pero cuando ya hayan consumido esta materia que les mantiene, no dudéis que se extenderán dilatándose por todas partes para buscar otro pasto y que se unan a todos los mundos que hayan creado otras veces y principalmente a los que encuentren más cercanos; entonces estos grandes fuegos, rebullendo todos los cuerpos, los irán rechazando confusamente de todas partes como antes, y habiéndose purificado poco a poco empezarán a servir de soles a otros pequeños mundos que engendrarán, empujándolos más allá de sus esferas. Esto es, sin duda, lo que ha hecho que los pitagóricos predijeran la atracción universal. No es esto una fantasía ridícula. La nueva Francia, en cuyas tierras ahora estamos, es un ejemplo convincente. Este vasto continente de América es una mitad de la Tierra que, a pesar de nuestros predecesores que mil veces habían atravesado el Océano, aún no había sido descubierta, y antes, hasta puede afirmarse que no existía, como muchas islas, penínsulas y montañas que se han erguido sobre nuestro planeta cuando las herrumbres del Sol por él eliminadas han sido lanzadas bastante lejos y condensadas en masas bastante pesadas para ser atraídas hacia el centro de nuestro mundo, acaso en pequeñas partículas, o tal vez, de pronto, en grandes masas. No es esto muy absurdo, y quizá San Agustín lo hubiese aplaudido si el descubrimiento de este país se hubiese realizado en su tiempo, ya que este grande personaje, cuyo genio con tan luminoso fuego estaba encendido, asegura que en su tiempo la tierra era achatada como un horno y que nadaba sobre las aguas como una media naranja. Pero si alguna vez tengo yo el honor de veros en Francia os haré notar, por medio de un excelente anteojo, que ciertas obscuridades que desde aquí parecen sombras son mundos que se están formando».

     Mis ojos, que al acabar estas palabras ya se me iban cerrando, obligaron a salir al virrey. El día siguiente y otros sucesivos los pasamos en semejantes razones. Pero como algún tiempo después las vicisitudes de los asuntos de la provincia suspendieron nuestra filosofía, otra vez volví con el mayor empeño a mi deseo de subir a la Luna.

     Tan pronto como ésta amanecía yo me iba por los bosques soñando en la realización y el éxito de mi empresa, y por fin en vísperas de San Juan, mientras todos estaban en el fuerte reunidos en consejo para determinar si se prestarían socorros a los salvajes del país en sus luchas contra los iroqueses, yo me fui solo por las espaldas de nuestra casa hasta la cima de una montaña no muy grande, donde veréis lo que me sucedió. Había construido yo una máquina y creía que sería capaz para elevarme todo lo que yo quisiera porque, no faltándole nada de lo que yo pensaba que era necesario, me senté dentro de ella y me precipité en el aire desde la cima de una roca; pero por no haber calculado bien las medidas me caí rudamente en el valle. Y aunque había quedado muy maltrecho, me volví a mi cuarto y sin encogérseme el ánimo, con algo de médula de buey me unté el cuerpo desde la cabeza hasta los pies, pues todo él lo tenía quebrantado. Y así que me tomé una botella de esencia cordial para fortificarme el corazón, volví en busca de mi máquina; pero ya no la hallé, pues ciertos soldados que habían sido enviados al bosque a cortar leña para encender las hogueras de San Juan, como toparan con ella casualmente, la habían llevado al fuerte, en donde tras algunas explicaciones de lo que pudiera ser, y habiendo descubierto el mecanismo del resorte, algunos dijeron que había que atarles muchos cohetes voladores, porque habiéndoles levantado muy alto, con su rapidez y agitando el resorte sus grandes alas, nadie dejaría de tomar esta máquina por un dragón de fuego. Yo estuve buscándola mucho tiempo, y la encontré por fin en medio de la plaza de Kevec, cuando ya iban a prenderle fuego. Y tan grande fue mi dolor al ver en considerable peligro la obra de mis manos, que fui corriendo a coger el brazo del soldado que encendía el fuego. Le arranqué la mecha y frenéticamente me metí en mi máquina para romper el artificio de que la habían rodeado. Pero ya llegué tarde, porque apenas hube metido los dos pies fui elevado hacia las nubes. El horror que me invadió no me consternó tanto ni alteró mis facultades hasta el punto de que no pueda acordarme de todo lo que en aquel momento me sucedió. Porque en el mismo instante en que la llama devoró parte de los cohetes que estaban dispuestos en grupos de seis por medio de una atadura que reunía cada media docena, otros seis se encendieron y luego otros seis, de tal modo que el salitre, al encenderse, al mismo tiempo que acrecía el peligro lo alejaba. Sin embargo, cuando ya estuvieron consumidos todos los cohetes, el artificio faltó, y cuando ya soñaba yo dejarme la cabeza pegada a cualquier montaña, sentí sin moverme casi que mi elevación continuaba y que libertándose de mí la máquina volvía a caer sobre la tierra. Esta aventura tan extraordinaria me abullonó el corazón con una alegría tan poco común que, transportado por verme fuera de un peligro seguro, tuve el atrevimiento de filosofar sobre esto, y buscando con la razón y con los ojos cuál pudiera ser la causa, advertí que mi carne estaba hinchada y todavía grasienta con la grasa de la médula que yo me había untado en las contusiones de mi porrazo; entonces me di cuenta de que cómo iba descendiendo y cómo la Luna durante este cuadrante había tenido costumbre de sorber la medula de los animales, se bebía la que yo me había untado, con tanta fuerza como era menor la distancia que de mí le separaba, y que no debilitaba en su vigor la interposición de nube alguna.

     Cuando ya hube atravesado, según el cálculo que yo me hice después, mucho más de las tres cuartas partes del camino que separa la Luna de la Tierra, me vi de pronto dar con los pies en alto, y esto sin que me cayese de ninguna manera, y no me hubiese dado cuenta de ello, seguramente, si no hubiera notado gravitar sobre mi cabeza la carga pesada de mi cuerpo. Yo me daba muy buena cuenta de que no caía hacia la Tierra, porque aunque me encontrase entre dos lunas y aunque notase perfectamente que a medida que me acercaba a una de ellas me alejaba de la otra, estaba convencido de que la más grande era nuestro planeta, porque como al cabo de uno o dos días de viaje las refracciones alejadas del Sol venían a confundir la diversidad de los cuerpos y de los climas, se me aparecía ya solamente como una gran placa de oro. Esto me hizo pensar que iba dirigiéndome hacia la Luna, y me confirmé en esta opinión cuando recordé que había empezado a caer a las tres cuartas partes de mi camino, porque, me decía yo para mis adentros, como esta masa es menor que la nuestra, es lógico también que su esfera de actividad sea de menor extensión y que, por consiguiente, haya sentido más tarde la fuerza de su centro.

     En fin, después de haber gastado mucho tiempo en caer (a lo que yo imagino, porque la violencia del precipicio no me permitió observarlo bien) de lo más remoto de que me acuerdo es que me encontré con un árbol enredado entre tres o cuatro ramas bastante gruesas que yo había roto al caer y con la cara mojada por los sucos de una manzana que se me había reventado encima.

     Por fortuna, este paraje era como bien pronto lo sabréis...

     Así podréis imaginar que sin la circunstancia de este azar ya hubiese perecido mil veces. Frecuentemente he reflexionado sobre la vulgar creencia de que al caer de un sitio muy alto antes de llegar a la tierra se ha perecido ahogado; y del hecho de mi aventura he deducido que miente esta vulgar creencia, o bien que el jugo enérgico de aquella fruta, que lo fue destilando en mi boca, llamara otra vez a mi alma a lo interno de mi cadáver todavía tibio y dispuesto para las funciones de la vida. En efecto; tan pronto como estuve en tierra se me fue el dolor del cuerpo antes que de mi memoria saliese; y el hambre que durante mi viaje había dado mucho que hacer a mi deseo, sólo me dejó en lugar suyo un recuerdo vago de haberlo perdido.

     Tan pronto como me levanté y vi el más grande de los cuatro ríos que forman un lago al reunirse, el espíritu o el alma invisible de los simples que se exhalan sobre esta comarca vino a dar contento a mi olfato, y me apercibí de que los guijarros no eran duros ni toscos, sino que parecían tener la solicitud de ablandarse cuando por encima de ellos se caminaba. Vi después una estrella de cinco puntas de las cuales nacían unos árboles que por su altura enorme parecían levantar hasta el Cielo la meseta de una alta montaña. Y pasando mis ojos por ellos desde la raíz hasta el vértice de su copa y precipitándolos luego desde lo más alto hasta la raíz, dudaba si la tierra era la que lo soportaba, o si eran ellos los que llevaban la tierra colgada de sus raíces; su frente soberbiamente erguida parecía también plegarse como obligada por fuerza sobre la pesadez de los globos celestes, cuya carga parecía que gimiendo soportaban; sus brazos tendidos hacia el Cielo acreditaban abrazándolo pedir a los astros la benignidad íntimamente pura de sus influencias y recibirlos cuando todavía no perdieron su inocencia en el lecho de los elementos. Por doquiera las flores aquí, sin los cuidados de otro jardinero que la libre Naturaleza, con tan dulce aliento respiran, que aun siendo salvajes despiertan y halagan el sentido; aquí el arrebol de una rosa sobre el escaramuzo y el azul clarísimo de una violeta sobre el césped no dejan libertad a la que tienen los sentidos para escoger, y de tal modo rivalizan en belleza, que no se sabe cuál de ellas es la más hermosa; aquí la Primavera ordena todas las estaciones; aquí no crece planta venenosa sin que luego perezca en castigo a la traición que hizo al prado; aquí los riachuelos suavemente murmurando cuentan a los guijarros el viaje de su cristal; aquí mil pequeñas gargantas de pluma hacen sonoro el bosque con el ruido de sus melodiosos cantos; y la trinadora asamblea de estos músicos divinos y tan numerosa, que en este bosque cada hoja parece convertirse en el pico y la figura de un ruiseñor; y hasta el mismo eco, tanto contento recibe con sus canciones, que al oír cómo las repite pudiera pensarse que quería aprendérselas de memoria. Al lado de estos bosques se ven dos praderas cuyo gay verdor continuo ofrece a los ojos una esmeralda infinita. La confusa mezcla de colores con que la Primavera adorna a cien flores diminutas, funde todos los matices entre sí con tan agradable confusión, que no se sabe si estas flores, cuando un dulce céfiro las mueve, corren para huirse unas a las otras o lo hacen esquivando las caricias del viento que las agita. Muchas veces se creería que esta pradera es un Océano, porque, como el mar, no ofrece a la vista límite; de manera que mis ojos, asombrados de haberla recorrido hasta tan lejos sin descubrir su límite, condujeron hacia él mi entendimiento; y con éste, pensando si aquel límite sería la extremidad del mundo, quería persuadirse de que tan encantadores sitios acaso habían obligado al Cielo a unirse con la Tierra. En medio de un tapiz tan vasto y tan risueño corre a borbotones la plata de una rústica fuente, que corona sus bordes con un césped esmaltado de francesillas y de otras cien humildes flores que parecen apretarse para ver cuál de ellas se mirará primero en el cristal de la fuente; ésta todavía está en su cuna, pues no ha hecho más que nacer, y su rostro joven todavía no lo cruza ni un solo pliegue. Las grandes ondas que esparce y que vuelven mil veces a su seno muestran con cuánto disgusto sale esta agua de la tierra en que nace; y como si estuviese vergonzosa de sentirse acariciada tan cerca de su madre, rechazó murmurando a mi mano que la quería tocar. Los animales que hasta su borde venían para satisfacer la sed, más razonables que los de nuestro mundo, mostraban quedarse suspensos al contemplar la luz de pleno día en el horizonte, mientras veía el Sol en los antípodas, y no osaban inclinarse hacia su borde temerosos de anegarse dentro del cielo falso de la fuente.

     He de confesaros que al ver tan bellas cosas me sentí estremecido por esos gratos dolores que, según se dice, siente el embrión al infundírsele el alma. Mi piel vieja se me cayó y me brotó otra nueva, con otro pelo más espeso y más suelto. Sentí que mi juventud se encendía con una nueva llama y la cara se me tornaba bermeja y un tibio calor se mezclaba dulcemente a mi nativa frialdad, de modo que volvía hacia mi juventud quitándome lo menos catorce años.

     Habría andado una media legua a través de un bosque de jazmines y de mirtos, cuando vi tendido en la sombra algo que se movía, y reparando en ello observé que era un adolescente cuya majestuosa belleza casi me impulsó a la adoración. Para impedírmela se levantó él: «¡No es a mí-me dijo-, sino a Dios a quien tú debes tus humildades!» «Reparad -le dije yo- que soy un hombre asombrado por tantos milagros y que no sabe ya a quién tributar sus adoraciones, porque vengo de un mundo que seguramente vos creéis que es una Luna, y cuando creo hallarme en otro que también es llamado Luna por mi país, me encuentro de pronto como en el Paraíso y a los pies de un Dios que no quiere ser adorado». «Quitando lo del nombre de Dios -me replicó él-, de quien yo no soy sino una criatura, verdad es la que decís; esta tierra es la Luna, la misma Luna que vosotros veis desde vuestro planeta; y este sitio por el que ahora andáis... Ahora bien; en aquel tiempo la imaginación del hombre era tan fuerte -porque aun por nada había sido corrompida: ni por los libertinajes, ni por la crudeza de los condimentos, ni por la alteración de las enfermedades-, que estando excitado por el violento deseo de abordar este asilo, y como el cuerpo se tornase ligero por el fuego de este entusiasmo, fue hasta aquí elevado del mismo modo que algunos filósofos que estaban con su imaginación muy atraída por algún pensamiento han sido transportados a etéreas regiones por entusiasmos que vosotros llamáis éxtasis... Que la poca firmeza de su sexo hacía más débil y menos tibia, no hubiese tenido, sin duda, el ingenio bastante vigoroso para vencer con la moderación de su voluntad el peso de la materia, sino porque tenía muy poca... La simpatía, cuya mitad estaba todavía ligada a su todo, la llevó hacia él a medida que ascendía, del mismo modo que el ámbar sigue a la paja y como el imán vuelve al punto de atracción del cual se le separó, y atrajo esta parte de él mismo como el mar atrae a los ríos que salen de él. Y cuando llegaron a vuestra tierra se instalaron entre la Mesopotamia y la Arabia; algunos pueblos le han conocido con el nombre de... y otros con el de Prometeo, que los poetas supieron que había robado el fuego del Cielo porque a sus descendientes los engendró provistos de un alma tan perfecta como la que él poseía.

     »De este modo, para habitar nuestro mundo, ese hombre dejó desierto este planeta; pero no quiso el Todopoderoso que una estancia tan dichosa quedase sin habitar: pocos siglos después permitió... Aburrido de la compañía de los hombres, cuya inocencia se corrompía, sintió deseos de abandonarles. Este personaje no juzgó segura retirada contra la ambición de sus parientes, que ya se disponían al reparto de vuestro mundo, sino la tierra dichosa de que ya tanto le había hablado su abuelo y de la cual nadie todavía conocía el camino... Pero le valió su imaginación; porque habiendo observado... llenó dos grandes vasijas, que luego cerró herméticamente, y se las ató por debajo de las alas. En seguida el humo que tendía a elevarse y que no podía expansionarse a través del metal empujó las vasijas hacia lo alto, de modo que con ellas elevaron a tan grande hombre. El cual, cuando ya hubo ascendido hasta la Luna y mirado con sus ojos este hermoso jardín, sintió un desbordamiento de alegría casi sobrenatural que le demostró que éste era el lugar en que su abuelo había vivido antaño. Se desató prestamente las vasijas que se había ceñido, como si fuesen alas, alrededor de sus espaldas, y lo hizo tan dichosamente que cuando aún no estaba a una altura de cuatro toesas por encima de la Luna se vio libre de sus elevadores. La altura, sin embargo, era bastante grande para dañarle en su caída, y así hubiese sucedido si sus ropas de gran vuelo no viniesen a hincharse con el viento, sosteniéndole suavemente hasta que descansó los pies sobre el suelo. En cuanto a las dos vasijas, ascendieron hasta un cierto espacio, en el que desde entonces permanecen. Estas vasijas son lo que vosotros llamáis hoy Las Balanzas.

     »Preciso será que os cuente de qué manera llegué yo hasta aquí. Creo que no habréis olvidado mi nombre, porque anteriormente os lo he dicho. Vos debéis sabor, pues, que vivía yo en las gratas orillas de uno de los más famosos ríos de nuestro planeta y que mi vida se deslizaba entre los libros tan dichosamente que aunque ya haya pasado no puedo ponerle ningún reproche. Sin embargo, cuanto más se encendían las luces de mi espíritu más crecía el deseo de conocer las que no tenía. Nunca los sabios me recordaron al ilustre Mada sin que la memoria de su filosofía perfecta me hiciese suspirar; y cuando ya desesperaba de poderla adquirir un día, después de estar soñando largo rato, tomé un imán que aproximadamente medía dos pies cuadrados y lo metí en un horno; después, cuando ya estuvo bien purgado, precipitado y disuelto, recogí su masa calcinada y la reduje al grosor que tiene aproximadamente una mediana bala.

     »Luego de estas preparaciones hice construir una máquina de hierro muy ligera, en la cual me instalé..., y cuando ya estuve bien firme y bien apoyado en su asiento tiré mi bola de imán con violencia y hacia lo alto. Entonces la máquina de hierro que intencionadamente había hecho yo más maciza en el centro que en las extremidades, se fue elevando con un perfecto equilibrio porque por este sitio ascendía siempre más de prisa. Así, a medida que yo llegaba hasta el punto donde el imán me había traído, volvía a lanzar mi bola por encima de mí». «¿Pero cómo -le interrumpí yo entonces- podíais vos lanzar vuestra bola tan derechamente sin que se torciese a uno u otro lado?» «Nada ha de maravillaros esto -me dijo él-, porque el imán, que una vez lanzado estaba en el aire, atraía hacia sí el hierro derechamente, y, por tanto, no podía yo desviarme en mi ascensión. Os diré, además, que aunque retenía la bola en mi mano no dejaba por ello de ascender, porque mi chirrión iba siempre en seguimiento del imán, que yo sostenía sobre mí; pero el ímpetu del hierro para unirse a mi bola era tan violento, que me hacía doblar todo mi cuerpo y quitarme el deseo de volver a intentar esta experiencia. Era en verdad algo espantoso de ver, porque el acero de mi caja volante, que yo había pulimentado con mucha pulcritud, reflejaba en todas las direcciones la luz del Sol con tanta fuerza y tan gran brillantez que yo mismo me creía por todas partes rodeado de fuego. Finalmente, después de haber lanzado muchas veces mi bola, y volar hacia ella tras este lanzamiento, llegué, como a vos os ha pasado, a un término desde el cual caí en este mundo. Y porque en este instante yo retenía la bola entre mis manos apretándola mucho, la máquina, cuyo asiento me apresaba en virtud de su atracción, no me dejó libertad. El único temor que me quedaba era el de romperme el cuello; pero para evitarlo, yo tiraba mi bola de cuando en cuando para que la violencia de la máquina, disminuida por su atracción, fuese amortiguándose y haciendo que mi caída resultase menos dura, como en efecto pude lograrlo; porque cuando me vi a doscientas o trescientas toesas de la tierra, fui lanzando mi bola a un lado y otro de mi chirrión, ora aquí, ora allá, hasta que me hallé a prudente distancia; entonces la tiré por encima de mí, y como mi máquina la siguiese, yo la abandoné, dejándome caer por uno de sus lados con la mayor suavidad que pude y vine a dar sobre la arena, con lo cual el porrazo no fue tan violento como lo hubiese sido si cayera desde aquella altura.

     »No quiero deciros el asombro que invadió a mi alma al ver estas maravillas que aquí existen, porque, aproximadamente, fue parecido al que acabo de ver que a vos os ha tenido suspenso...»

     Apenas había yo gustado de ello cuando una nube espesa cayó sobre mi alma y ya no distinguí a nadie a mi alrededor y mis ojos no vieron en todo el hemisferio ni una huella siquiera del camino que había andado. Y a pesar de esto no dejaba yo de acordarme de todo lo que me había sucedido. Cuando más tarde he reflexionado sobre este milagro he sospechado que la corteza del fruto que yo mordí no me había quitado totalmente el sentido, porque mis dientes al atravesarla se sintieron humedecidos con el jugo que ella recubría y cuya energía había disminuido el maleficio de la corteza. Me quedé muy sorprendido de verme tan solo en un país que yo no conocía. En vano sobre él esparcía los ojos paseándolos por toda la Naturaleza; no les ofrecía consuelo la contemplación de ninguna criatura. Finalmente me determiné a seguir andando, hasta que la Fortuna me deparase la compañía de algunos animales o la de la muerte. Vino aquélla en mi ayuda, pues al cabo de un cuarto de legua encontré dos enormes animales de los cuales uno se detuvo ante mí y el otro se fue ligeramente a su albergue, o, por lo menos, así lo pensé yo, porque al poco tiempo le vi volver acompañado de setecientos u ochocientos más de su misma especie que en seguida me rodearon. Cuando pude observarlos de cerca advertí que en cuerpo y rostro eran a nosotros semejantes. Me hizo esto pensar en las sirenas, los faunos y los sátiros de que antaño me hablaba en sus cuentos mi nodriza. Aullaban frecuentemente con tanta furia, seguramente por la admiración que de verme sentían, que casi llegué a pensar si yo sería un monstruo. En esto, una de esas bestias-hombres, tomándome por el cuello como lo hacen los lobos que roban ovejas, me dejó sobre sus espaldas y me condujo a su ciudad, en la cual todavía quedé más suspenso que antes, al ver que eran hombres y que, sin embargo, todos ellos andaban en cuatro pies.

     Cuando este pueblo me vio tan pequeño (pues ellos, la mayor parte, tenían doce codos de estatura) y con el cuerpo sostenido tan sólo por dos pies, no pudieron creer que fuese un hombre, porque pensaban que habiendo dado la Naturaleza a los hombres dos piernas y dos brazos, como a los animales, debían aquéllos usarlos como éstos. Y, en efecto, pensando yo después en esta creencia comprendí que tal disposición del cuerpo no era muy extravagante, pues, según yo recordaba, los niños, cuando todavía no tienen otra instrucción que la que les da la Naturaleza, andan en cuatro patas y sólo lo hacen en dos por la indicación de sus nodrizas, que los levantan sobre pequeños carricoches y les atan andaderas para que no caigan sobre el suelo como el único asiento en que la corporeidad de nuestra masa tiende a posarse.

     Y decían ellos, según después me hice yo traducir, que infaliblemente yo era la hembra del animalito de la reina. Así, pasando por tal, o por cualquier otra cosa, fui conducido a la casa de la villa, en donde advertí por el rumor y los gestos del pueblo y de los magistrados que celebraban Consejo acerca de lo que yo podría ser. Cuando hubieron terminado su conferencia, cierto batelero que custodiaba las bestias raras suplicó a los regidores que me confiaran a su guarda, en tanto que la reina me requería para que fuese a vivir con mi macho. No opusieron ninguna dificultad, y este bufón me llevó a su casa, en donde me enseñó a hacer el gracioso, a saltar dando corvetas y a fingir muecas.

     Y por las tardes hacía pagar ante su puerta un cierto precio a las gentes que querían verme. Esto hasta que el Cielo, herido por mis dolores y disgustado de ver profanar el templo de su dueño, quiso un día, estando yo atado al extremo de una cuerda, con la cual el charlatán me hacía saltar para divertir a las gentes, oyese yo la voz de un hombre que en lengua griega me preguntaba quién era. Mucho me extrañe al oír hablar en este país como en el mundo mío. Estuvo algún tiempo preguntándome, yo le contesté contándole totalmente mi empresa y el éxito de mi viaje. Él me consoló diciéndome esto que todavía recuerdo: «Pues bien, hijo mío, por fin halláis el castigo de las debilidades de nuestro planeta. Aquí, como allí, hay espíritus vulgares que no pueden sufrir que se piensen cosas no acostumbradas; pero sabed que se os da un trato recíproco porque si algún habitante de esta tierra hubiese descendido hacia la vuestra y hubiera tenido el atrevimiento de llamarse hombre, vuestros sabios le hubiesen ahogado como a un monstruo». Seguidamente me prometió que informarla a la corte de mi desastre y añadió que tan pronto como habían llegado a él las noticias que acerca de mí corrían había venido para verme y me había reconocido como un hombre del mundo del que, según yo decía, era habitante. Porque en otro tiempo había él viajado y había permanecido en Grecia, donde era conocido por el nombre del Demonio de Sócrates. Me dijo también que al morir este filósofo él había cuidado e instruido a Epaminondas, en Tebas; que después, habiendo ido a tierra de romanos, la justicia le había ligado al partido del joven Catón; que al morir éste había pasado al de Bruto, y que, como estos personajes no habían dejado en este mundo sino el fantasma de sus virtudes, él determinó retirarse con sus compañeros a los templos y a las soledades. «Finalmente -añadió-, el pueblo de vuestra tierra se volvió tan estúpido y tan grosero, que mis compañeros y yo perdimos todo el placer que antes hablamos sentido instruyéndolo. Seguramente habréis oído hablar de nosotros, pues la gente nos llamaba Oráculos, Ninfas, Genios, Fes, Dioses de fuego, Vampiros, Duendes, Náyades, Incubos, Sombras, Manes, Espectros y Fantasmas; y nosotros abandonamos vuestro mundo bajo el reinado de Augusto, un poco después de que yo me apareciese a Drusus, hijo de Livia, que hacía la guerra a Alemania, y le prohibiese adentrarse en esa guerra. No hace mucho tiempo que he ido allá por segunda vez. Hace cien años tuve el encargo de hacer un viaje. Anduve mucho por Europa y hablé con personas que acaso habréis conocido. Un día, entre otros, me aparecí a Cardán cuando estaba estudiando. Le ilustré acerca de muchas cosas, y en recompensa creo que me prometió que haría constar de quién había sacado los milagros que iba a ocuparse en escribir. Vi a Cornelio Agripa, al ábate Tritheim, al doctor Fausto, a La Brosse, a César y a una cierta colección de gentes jóvenes que el vulgo ha conocido con el nombre de Caballeros de la Roja Cruz, a los cuales yo enseñé muchas sutilezas y secretos naturales que sin duda les habrán hecho pasar por grandes magos.

     »Conocí también a Campanella; fui yo quien le aconsejé, cuando estuvo bajo la Inquisición de Roma, para que acomodara el gesto de su cara y las posturas de su cuerpo a los que ordinariamente tenían aquellos cuyo interior necesitaba él conocer; y eso se lo aconsejaba para que de este modo llegase él a tener los pensamientos que esta misma situación había provocado en sus adversarios; porque mejor adiestraría él su arma cuando conociera la de sus contrarios. También comenzó a mi ruego un libro que nosotros titulamos de Sensu rerum. En Francia frecuenté la amistad de La Mothe, Le Vayer y de Gassendi; este último es tan filósofo escribiendo como el primero lo es viviendo. He conocido a muchos más que vuestro siglo considera divinos, pero no he encontrado en ellos más que mucho orgullo y mucha palabrería. Últimamente, yendo desde vuestro país hacia Inglaterra para estudiar las costumbres de sus habitantes, encontré a un hombre que era la vergüenza de su pueblo, porque ciertamente era una vergüenza para los grandes de vuestro Estado el no adorarle reconociéndole la virtud de cuyo trono es él monarca. Para abreviar su panegírico os diré tan sólo que en él todo es espíritu y todo corazón y que tiene todas esas cualidades que, con sólo poseer una, era suficiente en otro tiempo para ser proclamado un héroe: era Tristán el Eremita. Sinceramente os confieso que cuando vi tan alta virtud me lastimó que no fuese reconocida; por esto quise hacerle aceptar tres frascos: uno, lleno de aceite de talco; otro, de pólvora de proyectil, y el último, de oro potable; pero él los rechazó con un desdén tan generoso como el que Diógenes demostró al recibir las cortesías de Alejandro. En fin, nada puedo añadir al elogio de este grande hombre sino es el deciros que es el único poeta, el único filósofo y el único hombre libre que tenéis en la tierra. Éstas son las personas de fama que yo he tratado; las demás, por lo menos las que yo he conocido, están tan por debajo del hombre, que creo que algunas bestias están por encima de ellos.

     »Por lo demás, yo no pertenezco ni a la Tierra ni a la Luna: he nacido en el Sol; pero como nuestro mundo algunas veces está demasiado poblado porque la vida de sus habitantes es muy larga y casi nunca hay en él guerras ni enfermedades, de vez en cuando nuestros magistrados envían a algunas colonias nuestras hacia los mundos de alrededor. A mí se me encargó que fuera al vuestro como jefe de las gentes que conmigo venían. Después he pasado a este mundo por las razones que os he declarado, y el motivo de que permanezca en él todavía es que sus habitantes son muy amantes de la verdad; que no hay pedantes; que los filósofos no se dejan convencer más que por la razón, y que ni la opinión de un sabio ni de la mayoría prevalecen sobre la opinión de un labrador cuando éste razona con tanto tino como ellos. Así, que en este país sólo tienen por insensatos a los sofistas y a los oradores».

     Yo le pregunté cuánto tiempo vivían esos seres; él me contestó que tres o cuatro mil años, y prosiguió su plática de esta manera:

     «Aunque los habitantes del Sol no son más numerosos que los de este mundo, frecuentemente semeja estar rebosante porque el pueblo posee un temperamento muy ardiente, es revoltoso y ambicioso y digiere mucho. Esto no debe pareceros cosa de maravillar; porque aunque nuestro planeta es muy grande y el vuestro muy pequeño, y aunque nosotros solemos morir a los cuatro mil años y vosotros al medio siglo, sabed que así como no hay tantas piedras como tierra, ni tantas plantas como piedras, ni tantos animales como plantas, ni tantos hombres como animales, de la misma manera debe haber menos demonios que hombres, porque así lo ordenan las dificultades que existen para la generación de un compuesto perfecto».

     Yo le pregunté si ellos eran cuerpos iguales a nosotros; él me respondió que sí, que eran cuerpos, pero no como nosotros, ni como ninguna de las cosas que nosotros considerábamos cuerpos. Porque vulgarmente nosotros no llamamos de ese modo sino aquello que podemos tocar; me dijo también que, por lo demás, todo cuanto existía en la Naturaleza era cosa material, y que aunque ellos mismos lo fuesen, cuando querían hacerse ver de nosotros estaban obligados a tomar la apariencia de los cuerpos que nuestros sentidos son capaces de conocer; que esto era lo que a muchas gentes había hecho pensar que las historias que de ellos se contaban eran tan sólo efectos de sueños de extraviados, porque ellos no se aparecían sino de noche; y añadió que, como se veían obligados a hacerse ellos mismos el cuerpo del cual con toda prisa habían de servirse, no tenían con frecuencia tiempo para formarlo convenientemente y lo escogían ateniéndose solamente a un sentido que bien podía ser el oído, como las voces de los oráculos; bien la vista, como los fuegos fatuos y los espectros, o el tacto, como los íncubos; y que no siendo esta masa más que aire, el cual adaptaba al espesarse esta u otra forma, la luz, por efecto de su calor, los destruía como se ve que destruye una niebla dilatándola.

     Tan extrañas cosas me contaba, que a mí me despertaron la curiosidad y el deseo de preguntarle por su nacimiento para saber si en el país del Sol el individuo salía a la luz del día por vías de generación y moría por algún desorden de su temperamento o ruptura de sus órganos. «Hay muy poca relación -me dijo él- entre vuestros sentidos y la explicación de estos misterios. Vosotros pensáis que lo que no podéis comprender pertenece al dominio de lo espiritual, o no pertenece a ninguno; pero éste es un falso pensar y prueba que en el Universo hay por lo menos un millón de cosas que, para ser de vosotros conocidas, necesitarían presentar ante vosotros un millón de órganos distintos. Yo, por ejemplo, sé y conozco por mis sentidos la simpatía que existe entre el imán y el polvo, y sé a qué es debido el reflujo del mar, y sé también en qué se convierte el animal después de su muerte; vosotros los hombres, en cambio, no sabríais dar a estas altas razones otra que la de vuestra fe, porque os falta la comprensión de estos milagros, del mismo modo que un ciego no podría imaginar qué es la belleza de un paisaje, el color de un cuadro o los matices del arco iris; bien pudiera ser que los imaginase como algo palpable, como comida, como sonido o como olor. Del mismo modo si quisiera yo explicaros todo lo que yo percibo con los sentidos que a vos os faltan, os lo representaríais con los vuestros como algo que puede ser oído, visto, tocado, olido o saboreado y no sería, sin embargo, nada de eso».

     En esto estaba de su discurso cuando mi batelero se apercibió de que las gentes empezaban a aburrirse de mi jerigonza, que no entendían y que les parecía un runrún inarticulado. Se puso a tirar de mi cuerda a más mejor, hasta que, hartos de reír los espectadores, asegurando que tenía tanto espíritu como las bestias de su país, fuéronse cada uno a sus casas. Con las visitas que este oficioso demonio me hacía endulzaba yo las durezas del mal trato de mi amo. Porque juzgad qué mal me hubiese entendido con las gentes que venían a verme no conociendo yo su lengua ni ellos la mía y considerándome además por un animal de los más ilustres entre la raza de los brutos. Y el desconocer las lenguas obedecía a que, como vosotros sabréis, en este país sólo se usaban dos idiomas: uno, que lo hablaba la grandeza, y el otro, que era patrimonio del pueblo. El primero, el de la grandeza, es tan sólo un conjunto de matices de tonos no articulados, poco más o menos parecidos a nuestra música, cantada sin letras; y a fe mía que es esto una invención muy armónica, muy útil y muy agradable, porque cuando les viene el cansancio del habla o cuando desprecian malgastar su garganta en este uso, cogen un laúd u otro instrumento y de él se sirven como de la voz para comunicarse su pensar; así, que muchas veces estarán hasta quince o veinte tratando en compañía de un asunto teológico, o de las dificultades de un proceso, y lo harán con el más armonioso concierto que puedan halagar oídos.

     La segunda habla, que por el pueblo es usada, consiste en un estremecimiento de todos los miembros; pero no dicen acaso lo que uno se imagina porque tal vez ciertas partes del cuerpo vengan de suyo a expresar la totalidad de un discurso. Por ejemplo: el agitar una mano, o una oreja, o un labio, o un brazo, o un ojo, o una mejilla, constituirán por sí solos una oración o un periodo con todas sus partes. Otros movimientos sirven para expresar una palabra, como el mostrar una arruga de la frente u otros diversos estremecimientos de los músculos, o el girar las manos, o el patalear, o el contorsionar los brazos. Así es que, cuando hablan, teniendo como tienen la costumbre de andar desnudos, sus miembros, acostumbrados a esta gesticulación para expresar sus ideas, de tal modo se remueven que ya no parecen hombres que hablan, sino cuerpos llenos de temblor.

     Casi todos los días venía mi demonio a visitarme y las maravillas de su charla me hacían pasar sin enojos las violencias de su cautiverio. En fin, una mañana vi entrar en mi albergue a un hombree que no conocía y que habiéndome lamido durante mucho tiempo, suavemente me cogió de un mordisco por la remolacha y estirándome de una de las piernas, con lo que se ayudaba a sostenerme temeroso de que me hiriese, me cargó sobre sus espaldas, en las que me encontré tan muellemente y tan a mi gusto que, a pesar de la aflicción que me producía el verme tratado como una bestia, no tuve ningún deseo de salvarme. Además, estos hombres que andan a cuatro patas lo hacen con una velocidad muchísimo mayor que la nuestra, puesto que hasta los que son más pesados pueden alcanzar un ciervo en su carrera.

     Mucho, a pesar de todo, me apenaba el estar sin noticias de mi cortés demonio; mas he aquí que en la noche de mi primera jornada, cuando llegué al sitio de descanso y estaba paseándome por el patio de la hospedería esperando que estuviese presta la comida, un hombre muy joven y bastante hermoso vino hasta mí y riéndose en las barbas me tiró al cuello sus dos pies de delante. Cuando ya le hube observado algún tiempo me dijo él en francés: «¿Cómo, ya no conoces a tu amigo?» Dejo a vuestra consideración pensar cuál sería el estado de mi ánimo, porque quedé tan suspenso que desde entonces pensé que todo el globo de la Luna, todo lo que me había sucedido y todo lo que yo veía no era sino arte de encantamiento; y este hombre bestia, que era el mismo que me había servido de montura, siguió hablándome con estas razones: «Me habíais prometido que nunca perderíais la memoria de los buenos servicios que os tengo hechos, y sin embargo ¡parece que nunca me hayáis conocido! Pero viendo que no volvía yo de mi asombro, añadió: «Bueno; soy el Demonio de Sócrates». Estas palabras aumentaron mi asombro, y para sacarme de él, el Demonio me dijo: «Yo soy el Demonio de Sócrates que os ha divertido durante vuestra prisión y que, para seguir dispensándoos su favor, se ha revestido del cuerpo con el cual os llevó ayer». «Pero ¿cómo puede ser esto así -le interrumpí yo-, si ayer teníais una estatura tan considerable y hoy sois tan pequeño? ¿Si ayer teníais una voz débil y cortada, y hoy la tenéis clara y vigorosa? ¿Si ayer, en fin, erais un viejo muy encanecido, y hoy sois un hombre joven? ¡Cómo! ¿Así como en mi país la gente desde que nace camina hacia la muerte, los animales de este mundo van de la muerte hacia el nacer, y rejuvenecen cuando más viejos son?» «Tan pronto como hablé con el príncipe -me dijo él-, después de recibir la orden de conduciros a la corte, fui a buscaros allí donde estabais, y luego de haberos traído hasta aquí he sentido el cuerpo cuya forma había tomado yo, tan lleno de cansancio, que todos los órganos me negaban sus funciones ordinarias. Entonces me fui camino del hospital, donde encontré el cuerpo de un hombre joven que acababa de morir en virtud de un accidente bastante raro, y a pesar de ello bastante conocido en este país...; yo me acerqué a él fingiendo creer que todavía tenía movimiento y diciendo a los que estaban presentes que no había muerto y que lo que ellos consideraban como su muerte era tan sólo un letargo. Y dicho esto, y procurando no ser advertido, acerqué mi boca a la suya y por ella me introduje como un soplo. Entonces mi viejo cadáver cayó y, como si yo en realidad hubiese sido aquel joven me levanté dejando allí a los que presenciaron esto gritando: « ¡Milagro! ¡Milagro!». En esto vinieron a llamarnos a comer, y yo seguí a mi guía hasta una sala magníficamente amueblada, pero en la que no vi nada dispuesto para la comida. Tan gran carencia de vianda cuando ya estaba yo pereciendo de hambre me hizo preguntar a mi guía dónde habían puesto el cubierto. No tuve tiempo a escuchar lo que me contestó, porque tres o cuatro mozos, hijos del huésped, se acercaron a mí en aquel instante y con mucha ciudadanía me despojaron hasta de la camisa. Me dejó tan suspenso esta ceremonia, que no tuve ni siquiera alientos para preguntar a mis ayudas de cámara por la causa de este despojo. Ni sé siquiera cómo mi guía, al preguntarme con qué vianda quería empezar, pudo hacerme pronunciar estas dos palabras: «Un potaje». Apenas las había proferido cuando me llegó el olor del más suculento guisado que halagó narices de rico. Quise levantarme de mi sitio para averiguar el origen de tan halagüeño aroma; pero mi guía me lo impidió: «¿Adónde queréis ir? -me preguntó-. Ya iremos luego de paseo, pero ahora es razón que comamos. Acabad vuestro potaje y luego haremos que nos sirvan otra cosa». «¿Pero en dónde diablos está tal potaje? -le contesté yo montando en cólera casi-. ¿Os habéis apostado con alguien burlaros de mí todo el día?» «Es que yo creía -me contestó él- que en la ciudad en que antes estabais ya habríais visto a vuestro batelero o a cualquier otro comer sus viandas; por eso no os había advertido cómo se nutren aquí las gentes. Pues sabed desde ahora que no se nutren más que del olor. El arte de la cocina es encerrar en grandes vasijas, dispuestas para el caso, el aliento que de las viandas surte al guisarlas; y cuando se han concentrado muchas clases y diferentes gustos, según el apetito de los comensales, se abren las vasijas en que ese olor está contenido, y después se abren otras, y así hasta que la gente está ya sacia. Al menos que no hayáis vivido ya de esta manera, nunca podréis creer que la nariz, sin dientes y sin garganta, pueda servir para nutrir al hombre haciendo las veces de boca; pero yo quiero demostrároslo por vuestra propia experiencia».

     No bien hubo él acabado de decirme esto, sentí entrar sucesivamente en la sala tan agradables vapores y tan sabrosamente nutritivos, que, en menos de un cuarto de hora sentí mi hambre del todo saciada. Y cuando nos levantamos mi acompañante me dijo: «No debe esto sorprenderos mucho, porque no es razón que habiendo vos vivido tanto no hayáis observado que en vuestro mundo los cocineros, los pasteleros y los reposteros, que comen menos que las personas que se dedican a cualquier otro oficio, están sin embargo más gruesos. ¿Y de dónde les vendría, si no fuese de este buen vapor que constantemente les rodea y penetra sus cuerpos y les nutre, de dónde les vendría os pregunto, ese bienestar? Por esto mismo las personas de este mundo gozan de una salud más vigorosa y más constante, porque su nutrición no deja casi excrementos, que son el origen de casi todas las enfermedades. Acaso a vos os haya sorprendido el que antes de la comida os hayan desnudado, pues esta costumbre no se usa en vuestro país; pero en éste está muy en boga, y se hace así para que el cuerpo se halle más dispuesto a la aspiración del humo». «Señor -le repliqué yo-, en eso hay gran apariencia de verdad, y yo mismo, por mi experiencia, he podido comprobarlo; pero os confieso que como no puedo desembrutecerme tan aprisa me sería muy grato aún poder tener entre mis dientes algún pedazo palpable». Prometió acceder a este deseo, pero no hasta el día siguiente, porque el comer tan luego de nuestro yantar, según me dijo, pudiera producirme una indigestión. Aún estuvimos hablando un rato y después subimos a nuestra habitación para acostarnos. Un hombre, en lo alto de la escalera, se presentó a nosotros y después de mirarnos atentamente me condujo a mí a una alcoba cuyo piso estaba cubierto con flores de azahar hasta una altura de tres pies, y a mi demonio le llevó a otra alcoba llena de claveles y jazmines. Viendo que yo me asombraba con toda esta magnificencia, me dijo que así eran las camas del país. Finalmente, nos acostamos cada uno en nuestra celda, y cuando ya estuve tendido sobre mis flores vi, al resplandor de una treintena de gruesos gusanos luminosos, cerrados en un vaso de cristal (pues éstas son las lámparas que en este país se usan), a los tres o cuatro muchachos que me habían desnudado durante la cena: uno de ellos púsose a acariciarme los pies, el otro los muslos, el otro el costado y el otro los brazos, y todos cuatro con tanto mimo y tan gran delicadeza, que al punto me sentí por completo dormido. Al día siguiente, con la luz del Sol, vi entrar a mi demonio. «Quiero cumpliros mi palabra -me dijo-; hoy desayunaréis más sólidamente que cenasteis ayer». Al oír estas palabras yo me levanté y él, cogiéndome de la mano, me condujo a un jardín que había detrás de nuestra posada, en el cual uno de los hijos del hostelero nos estaba esperando con un arma en la mano, casi en todo parecida a nuestros fusiles. Le preguntó a mi guía si yo quería una docena de alondras, porque los orangutanes (que por tal él me tenía) se nutrían con la carne de éstos pájaros. Apenas hube yo contestado que sí, cuando el cazador descargó un tiro de fuego y veinte o treinta alondras cayeron a nuestros pies, asadas y todo. «¡Aquí vendría como anillo al dedo -pensé yo en seguida- lo que se dice en un refrán de nuestro mundo acerca de un país en que las alondras caigan asadas y todo!»

     «No tenéis que hacer sino comer -me dijo mi demonio-, pues estos cazadores tienen la habilidad de mezclar con su pólvora y su plomo una cierta composición que mata, despluma, asa y condimenta gustosamente la caza». Recogí yo algunas que fiando en su palabra comí, y en verdad os digo que nunca en mi vida he probado nada tan delicioso. Después de este desayuno nos dispusimos a marcharnos, y con mil muecas que ellos estilan cuando quieren demostrar su afecto, nuestro huésped recibió un papel de mi demonio. Yo le dije si este papel era el pago de nuestro hospedaje. Él me dijo que no, que no debíamos nada y que el papel que le había dado no tenía sino versos. « ¡Cómo! ¿Versos? -le repliqué yo-. ¿Los hosteleros son aquí amantes de la rima?» «Es -me dijo él- la moneda corriente del país, y el gasto que nosotros hemos hecho asciende a treinta dineros, que es lo que con estos versos acabo yo de darle. No creo haberme quedado corto, porque aunque hubiésemos permanecido aquí durante ocho días no habríamos gastado mas que un soneto, y yo tengo cuatro, más dos epigramas, dos odas y una égloga». «Ojalá quisiese Dios -le contesté yo- que en nuestro país se pagase con la misma moneda. Porque conozco yo muchos honrados poetas que se están muriendo de hambre y que echarían muy buenas carnes si se pagase a los fondistas con esa moneda». Yo le pregunté si los mismos versos, copiándolos, servían para pagarlo todo; él me contestó que no y me dijo: «Cuando el autor ha compuesto sus versos los lleva a la Casa de Moneda, donde los poetas jurados celebran su Consejo; y allí, los versificadores oficiales someten a su juicio las composiciones, y si son juzgadas como buenas se las tasan, no según su precio -es decir, que un soneto no vale siempre lo mismo que otro soneto-, sino por el mérito que en sí tiene; así es que cuando alguien muere de hambre prueba es de su majadería, porque las gentes de espíritu siempre pueden hacer fortuna». Yo admiré muy suspenso la juiciosa valoración que en este país se hacía, y mi demonio prosiguió sus razones de esta manera: «Pues aun hay gentes que ganan su vida de una manera muy distinta. Cuando se sale de su casa piden a proporción de los gastos un recibo para el otro mundo, y cuando se les da escriben en un gran registro que llaman el Gran Diario Mayor de Cuentas poco más o menos estas palabras: «Ítem, el valor de tantos versos librados en tal día a Fulanito de Tal, que me serán reembolsados según recibo adjunto con cargo a los fondos en que esos versos estén tasados»; y cuando se sienten en peligro de morir hacen romper estos registros a pedazos, los cuales se tragan porque creen que si no lo digiriesen bien no les aprovecharía para nada».

     Esta charla no impidió que siguiésemos andando mi guía y yo, él a cuatro pies debajo de mí y yo a horcajadas encima de él. No iré detallando las aventuras que por el camino nos sucedieron; sólo os diré que finalmente llegamos a la ciudad en que el rey tiene su corte. Y luego que hube llegado me condujeron a palacio, donde los grandes me recibieron con más moderada admiración que mostró el pueblo cuando pasé por la calle. Pero en cambio los grandes no se diferenciaron del pueblo ni en considerarme con toda certeza como la hembra del animalillo de la reina. Así me lo manifestaba mi guía, que al propio tiempo confesaba no entender este enigma, porque no sabía quién era el pequeño animal de la reina. Pronto lo supimos los dos. Porque el rey, después de haberme mirado algún tiempo, mandó que trajesen el animal, y al cabo de media hora vi entrar en medio de un regimiento de monos que iban vestidos con gorguera y alto capirote un hombre pequeño, de parecida constitución a la mía, pues, como yo, andaba en dos pies. Tan pronto como me vio me abordó diciéndome: Criado, vuestra merced; yo contesté a su reverencia aproximadamente en los mismos términos. Pero, ¡ay!, tan pronto como nos vieron hablar juntos vinieron a confirmarse en sus prejuicios, y todavía se afirmaba más el éxito de esta conjetura porque todos los asistentes, al opinar sobre nosotros, aseguraron fervorosamente que nuestra charla era el gruñido con que demostrábamos la alegría de estar juntos; alegría que por instinto natural nos hacía siempre runrunear. Este hombrecito me contó luego que era europeo, natural de la Vieja Castilla, y que agarrándose a unos pájaros había encontrado el medio de hacerse conducir hasta la Luna, donde a la sazón estábamos, y que, como cayera en manos de la reina, ésta le había tomado como un mico, porque, por capricho, en este país visten a los micos a la usanza de los españoles. Que además, como al llegar él iba ya vestido así, no dudó la reina de que perteneciese a la raza de estos animales. «La verdad es -le dije yo- que después de ensayar si les estarían bien a los micos todos los trajes que se estilaban no pudisteis encontrar otro más ridículo, y por eso le vestirían así. Porque si los reyes quieren tener micos, es tan sólo para reírse de ellos». A esto me contestó él que con mis razones demostraba no conocer la dignidad de su nación, y que esa dignidad era tan alta, que si el Universo producía hombres, tan sólo era para convertirlos en sus esclavos y que la Naturaleza no creaba nada que no fuese para dar a ella materias de satisfacción. Seguidamente me rogó que le contase cómo yo había podido atreverme a subir a la Luna sobre la máquina de que le había hablado. Yo le contesté que no tuve otro medio, puesto que él se había llevado los pájaros en que yo había pensado ir. Él se sonrió de esta broma, y al cabo de un cuarto de hora que entre los dos pasamos estas razones, el rey mandó a los guardianes de los monos que se nos llevasen, dándoles el mandato expreso de que nos ac