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CAPÍTULO
VII A
veces pensaba que, a pesar de todo, aquellos eran los más
bellos días de su vida, la luna de miel como decían. Para
saborear su dulzura, habría sin duda que irse a esos países
de nombres sonoros donde los días que siguen a la boda
tienen más suaves ocios. En sillas de posta, bajo
cortinillas de seda azul, se sube al paso por caminos
escarpados, escuchando la canción del postillón, que se
repite en la montaña con las campanillas de las cabras y el
sordo rumor de, la cascada. Cuando se pone el sol, se
respira a la orilla de los golfos el perfume de los
limoneros; después, por la noche, en la terraza de las
quintas, a solas y con los dedos entrecruzados, se mira a
las estrellas haciendo proyectos. Le parecía que algunos
lugares en la tierra debían de producir felicidad, como una
planta propia de un suelo y que no prospera en otra parte.
¡Quién pudiera asomarse al balcón de los chalets suizos o
encerrar su tristeza en una casa de campo escocesa, con su
marido vestido de frac de terciopelo negro de largos
faldones y calzado con botas flexibles y con un sombrero
puntiagudo y puños en las bocamangas! Quizás
hubiera deseado hacer a alguien la confidencia de todas
estas cosas. Pero, ¿cómo explicar un vago malestar que
cambia de aspecto como las nubes, que se arremolina como el
viento? Le faltaban las palabras, la ocasión, ¡el valor! Si
Carlos, sin embargo, lo hubiera querido, si lo hubiera
sospechado, si su mirada, por una sola vez, hubiera ido al
encuentro de su pensamiento, le parecía que una abundancia
súbita se habría desprendido de su corazón, como cae la
fruta de un árbol en espaldar cuando se acerca a él la
mano. Pero a medida que se estrechaba más la intimidad de
su vida, se producía un despegue interior que la separaba
de él. La
conversación de Carlos era insulsa como una acera de calle,
y las ideas de todo el mundo desfilaban por ella en su traje
ordinario, sin causar emoción, risa o ensueño. Nunca había
sentido curiosidad -decía- cuando vivía en Rouen, por ir
al teatro a ver a los actores de París. No sabía ni nadar
ni practicar la esgrima, ni tirar con la pistola, y, un día,
no fue capaz de explicarle un término de equitación que
ella había encontrado en una novela. ¿Acaso
un hombre no debía conocerlo todo, destacar en actividades
múltiples, iniciar a la mujer en las energías de la pasión,
en los refinamientos de la vida, en todos los misterios?
Pero éste no enseñaba nada, no sabía nada, no deseaba
nada. La creía feliz y ella le reprochaba aquella calma tan
impasible, aquella pachorra apacible, hasta la felicidad que
ella le proporcionaba. Emma
dibujaba a veces; y para Carlos era un gran entretenimiento
permanecer allí, de pie, mirándola inclinada sobre la lámina,
guiñando los ojos para ver mejor su obra, o modelando con
los dedos bolitas de miga de pan. Cuando tocaba el piano,
cuanto más veloces corrían los dedos, más embelesado se
quedaba él. Ella golpeaba las teclas con aplomo, y recorría
de arriba a abajo el teclado sin pararse. Sacudido así por
ella, el viejo instrumento, cuyas cuerdas tremolaban, se oía
hasta el extremo del pueblo si la ventana estaba abierta, y
a menudo el alguacil que pasaba por la carretera se paraba a
escucharlo, con su hoja de papel en la mano. Por
otra parte, Emma sabía llevar su casa. Enviaba a los
enfermos la cuenta de sus visitas, en cartas tan bien
escritas, que no olían a factura. Cuando, los domingos, tenían
algún vecino invitado, se ingeniaba para presentar un plato
atractivo, sabía colocar sobre hojas de parra las pirámides
de claudias, servía los tarros de confitura volcados en un
plato, a incluso hablaba de comprar enjuagadientes para el
postre. Todo esto repercutía en la consideración de Bovary. Carlos
terminaba estimándose más por tener una mujer semejante.
Mostraba con orgullo en la sala dos pequeños croquis
dibujados a lápiz por ella, a los que había mandado poner
unos marcos muy anchos y colgar sobre el papel de la pared
con largos cordones verdes. Al salir de misa, se le veía en
la puerta de la casa con bonitas zapatillas bordadas. Volvía
tarde a casa, a las diez, a medianoche a veces. Entonces pedía
la cena, y, como la criada estaba acostada, era Emma quien
se la servía. Se quitaba la levita para cenar más cómodo.
Iba contando una tras otra las personas que había
encontrado, los pueblos donde había estado, las recetas que
había escrito, y, satisfecho de sí mismo, comía el resto
del guisado, pelaba su queso, mordía una manzana, vaciaba
su botella, se acostaba boca arriba y roncaba. Como
había tenido durante mucho tiempo la costumbre del gorro de
algodón para dormir, su pañuelo no le aguantaba en las
orejas; por eso su pelo, por la mañana, estaba caído,
revuelto sobre su cara y blanqueado por la pluma de la
almohada, cuyas cintas se desataban durante la noche.
Llevaba siempre unas fuertes botas, que tenían en la punta
dos pliegues gruesos torciendo hacia los tobillos mientras
que el resto del empeine continuaba en línea recta,
estirado como si estuviera en la horma. Decía que esto era
suficiente para el campo. La
madre estaba de acuerdo con esta economía, pues iba a verlo
como antes, cuando había habido en su casa alguna disputa
un poco violenta; y sin embargo la señora Bovary madre
parecía prevenida contra su nuera. ¡La encontraba «de un
tono demasiado subido para su posición económica»; la leña,
el azúcar y las velas se gastaban como en una gran casa y
la cantidad de carbón que se quemaba en la cocina habría
bastado para veinticinco platos! Ella ordenaba la ropa en
los armarios y le enseñaba a vigilar al carnicero cuando
traía la carne. Emma recibía sus lecciones; la señora
Bovary las prodigaba; y las palabras de «hija mía» y de
«mamá» se intercambiaban con un ligero temblor de labios
lanzándose cada una palabras suaves con una voz temblando
de cólera. En
el tiempo de la señora Dubuc, la vieja señora se sentía
todavía la preferida; pero, ahora, el amor de Carlos por
Emma le parecía una deserción de su ternura, una invasión
de aquello que le pertenecía; y observaba la felicidad de
su hijo con un silencio triste, como alguien venido a menos
que mira, a través de los cristales, a la gente sentada a
la mesa en su antigua casa. Le recordaba sus penas y sus
sacrificios, y, comparándolos con las negligencias de Emma,
sacaba la conclusión de que no era razonable adorarla de
una manera tan exclusiva. Carlos
no sabía qué responder; respetaba a su madre y amaba
infinitamente a su mujer; consideraba el juicio de una como
infalible y, al mismo tiempo, encontraba a la otra
irreprochable. Cuando la señora Bovary se había ido, él
intentaba insinuar tímidamente, y en los mismos términos,
una o dos de las más anodinas observaciones que había oído
a su madre; Emma, demostrándole con una palabra que se
equivocaba, le decía que se ocupase de sus enfermos. Entretanto,
según teorías que ella creía buenas, quiso sentirse
enamorada. A la luz de la luna, en el jardín, recitaba
todas las rimas apasionadas que sabía de memoria y le
cantaba suspirando adagios melancólicos; pero pronto volvía
a su calma inicial y Carlos no se mostraba ni más enamorado
ni más emocionado. Después
de haber intentado de este modo sacarle chispas a su corazón
sin conseguir ninguna reacción de su marido, quien, por lo
demás, no podía comprender lo que ella no sentía, y sólo
creía en lo que se manifestaba por medio de formas
convencionales, se convenció sin dificultad de que la pasión
de Carlos no tenía nada de exorbitante. Sus expansiones se
habían hecho regulares; la besaba a ciertas horas, era un hábito
entre otros, y como un postre previsto anticipadamente,
después de la monotonía de la cena. Un
guarda forestal, curado por el señor de una pleuresía, había
regalado a la señora una perrita galga italiana; ella la
llevaba de paseo, pues salía a veces, para estar sola un
instante y perder de vista el eterno jardín con el camino
polvoriento. Iba
hasta el hayedo de Banneville, cerca del pabellón
abandonado que hace esquina con la pared, por el lado del
campo. Hay en el foso, entre las hierbas, unas largas cañas
de hojas cortantes. Empezaba
a mirar todo alrededor, para ver si había cambiado algo
desde la última vez que había venido. Encontraba en sus
mismos sitios las digitales y los alhelíes, los ramos de
ortigas alrededor de las grandes piedras y las capas de
liquen a lo largo de las tres ventanas, cuyos postigos
siempre cerrados se iban cayendo de podredumbre sobre sus
barrotes de hierro oxidado. Su pensamiento, sin objetivo al
principio, vagaba al azar, como su perrita, que daba vueltas
por el campo, ladraba detrás de las mariposas amarillas,
cazaba las musarañas o mordisqueaba las amapolas a orillas
de un trigal. Luego sus ideas se fijaban poco a poco, y,
sentada sobre el césped, que hurgaba a golpecitos con la
contera de su sombrilla, se repetía: -¡Dios
mío!, ¿por qué me habré casado? En
la ciudad, con el ruido de las calles, el murmullo de los
teatros y las luces del baile, llevaban unas vidas en las
que el corazón se dilata y se despiertan los sentidos. Pero
su vida era fría como un desván cuya ventana da al norte,
y el aburrimiento, araña silenciosa, tejía su tela en la
sombra en todos los rincones de su corazón. Recordaba los días
de reparto de premios, en que subía al estrado para ir a
recoger sus pequeñas coronas. Con su pelo trenzado, su
vestido blanco y sus zapatitos de «prunelle» escotados,
tenía un aire simpático, y los señores, cuando regresaba
a su puesto, se inclinaban para felicitarla; el patio estaba
lleno de calesas, le decían adiós por las portezuelas, el
profesor de música pasaba saludando con su caja de violín.
¡Qué lejos estaba todo aquello! iQué lejos estaba! Llamaba
a Djali, la cogía
entre sus rodillas, pasaba sus dedos sobre su larga cabeza
fina y le decía: -Vamos,
besa a tu ama, tú que no tienes penas. Después,
contemplando el gesto melancólico del esbelto animal que
bostezaba lentamente, se enternecía, y, comparándolo
consigo misma, le hablaba en alto, como a un afligido a
quien se consuela. A
veces llegaban ráfagas de viento, brisas del mar que,
extendiéndose de repente por toda la llanura del País de
Caux, traían a los confines de los campos un frescor
salado. Los juncos silbaban a ras de tierra, y las hojas de
las hayas hacían ruido con un temblor rápido, mientras que
las copas, balanceándose sin cesar, proseguían su gran
murmullo. Emma se ceñía el chal a los hombros y se
levantaba. En
la avenida, una luz verde proyectada por el follaje
iluminaba el musgo raso, que crujía suavemente bajo sus
pies. El sol se ponía; el cielo estaba rojo entre las
ramas, y los troncos iguales de los árboles plantados en línea
recta parecían una columnata parda que se destacaba sobre
un fondo dorado; el miedo se apoderaba de ella, llamaba a Djali,
volvía de prisa a Tostes por la carretera principal, se
hundía en un sillón y no hablaba en toda la noche. Pero
a finales de septiembre algo extraordinario pasó en su
vida: fue invitada a la Vaubyessard, a casa del marqués de
Anvervilliers. Secretario
de Estado bajo la Restauración, el marqués, que trataba de
volver a la vida política, preparaba desde hacía mucho
tiempo su candidatura a la Cámara de Diputados. En invierno
hacía muchos repartos de leña, y en el Consejo General
reclamaba siempre con interés carreteras para su distrito.
En la época de los grandes calores había tenido un flemón
en la boca, del que Carlos le había curado como por
milagro, acertando con un toque de lanceta. El
administrador enviado a Tostes para pagar la operación contó,
por la noche, que había visto en el huertecillo del médico
unas cerezas soberbias. Ahora bien, las cerezas crecían mal
en la Vaubyessard, el señor marqués pidió algunos
esquejes a Bovary, se sintió obligado a darle las gracias
personalmente, vio a Emma, se dio cuenta de que tenía una
bonita cintura y de que no saludaba como una campesina; de
modo que no creyeron en el castillo sobrepasar los límites
de la condescendencia, ni por otra parte cometer una
torpeza, invitando al joven matrimonio. Un
miércoles, a las tres, el señor y la señora Bovary
salieron en su carricoche para la Vaubyessard, con un gran
baúl amarrado detrás y una sombrerera que iba colocada
delante del pescante. Carlos llevaba además una caja entre
las piernas. Llegaron
al anochecer, cuando empezaban a encender los faroles en el
parque para alumbrar a los coches.
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