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CAPÍTULO
III Fueron
tres días llenos, exquisitos, espléndidos, una verdadera
luna de miel. Estaban
en el «Hotel de Boulogne», en el puerto. Y allí vivían,
con los postigos y las puertas cerrados, con flores por el
suelo y jarabes con hielo que les traían por la mañana
temprano. Al
atardecer tomaban una barca cubierta y se iban a cenar a una
isla. Era
la hora en que se oye al lado de los astilleros retumbar el
mazo de los calafateadores contra el casco de los barcos. De
entre los árboles salía el humo del alquitrán, y sobre el
río se veían grandes goterones de grasa que ondulaban
desigualmente bajo el color púrpura del sol como placas de
bronce florentino que frotaran. Pasaba
entre barcas amarradas cuyos largos cables oblicuos rozaban
un poco la cubierta de la barca. Insensiblemente
se alejaban los ruidos de la ciudad, el rodar de los carros,
el tumulto de las voces, el ladrido de los perros sobre el
puente de los navíos. Emma se desataba el sombrero y
llegaban a su isla. Se
instalaban en la sala baja de una taberna, que tenía a la
puerta unas redes negras colgadas. Comían fritura de
eperlano, nata y cerezas. Se acostaban en la hierba; se
besaban a escondidas bajo los álamos; y habrían querido,
como dos Robinsones, vivir perpetuamente en aquel pequeño
rincón que les parecía, en su plácida dicha, el más
grandioso de la tierra. No era la primera vez que veían árboles,
cielo azul, césped, que oían correr el agua y soplar la
brisa en el follaje; pero sin duda nunca habían admirado
todo esto, como si la naturaleza no existiera antes, o no
hubiese comenzado a ser bella hasta que ellos tuvieron
colmados sus deseos. Por
la noche volvían. La barca bordeaba las islas. Los dos
permanecían en el fondo, ocultos en la sombra, sin hablar.
Los remos cuadrados sonaban entre los toletes de hierro; y
era como si se marcase el compás con un metrónomo,
mientras que detrás la cuerda que arrastraba no interrumpía
su pequeño chapoteo suave en el agua. Una
vez salió la luna; entonces se pusieron a hacer frases,
inspiradas en el astro melancólico y lleno de poesía;
incluso Emma se puso a cantar: -Un
soir, t'en souvient-il? Nous voguious, etc. Su
voz armoniosa y suave se perdía sobre las olas; y el viento
se llevaba los trinos que León escuchaba pasar como un
batir de alas alrededor de él. Emma
se mantenía enfrente, apoyada en el tabique de la chalupa,
donde entraba la luna por una de las ventanas abiertas. Su
vestido negro, cuyos pliegues se ensanchaban en abanico, la
hacía más delgada y más alta. Tenía la cabeza erguida,
las manos juntas y los ojos mirando al cielo. A veces la
sombra de los sauces la ocultaba por completo, luego
reaparecía de pronto como una visión a la luz de la luna. León,
en el suelo, al lado de ella, encontró bajo su mano una
cinta de seda color rojo vivo. El
barquero la examinó y acabó por decir: -¡Ah!,
puede que sea de un grupo que paseé el otro día. Vinieron
un montón de comediantes, señores y señoras, con
pasteles, champán, cornetines, y toda la pesca; había uno
sobre todo, un mozo alto y guapo, con bigotito, que era muy
divertido, y decían algo así: «Vamos, cuéntanos algo...,
Adolfo..., Rodolfo...», me parece. Emma
se estremeció. -¿Te
sientes mal? -dijo León acercándose a ella. -¡Ah!,
no es nada. Sin duda, el fresco de la noche. -Y
no deben de faltarle mujeres, tampoco -añadió el viejo
marinero, creyendo halagar al forastero. Después,
escupiendo en las manos, volvió a coger los remos. ¡Sin
embargo, hubo que separarse! Los adioses fueron tristes. Era
a casa de la tía Rolet adonde tenía que enviar las cartas;
y le hizo unas recomendaciones tan precisas sobre el doble
sobre, que León admiró grandemente su astucia amorosa. -Entonces,
¿me dices que todo está bien? -le dijo ella en el último
beso. -¡Desde
luego que sí! Pero,
¿por qué, pensó él después, volviendo solo por las
calles, tiene tanto interés por el poder?
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