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CAPÍTULO
V Los
jueves, Emma se levantaba y se vestía en silencio para
no despertar a Carlos, quien la hubiera reprendido cariñosamente
por arreglarse tan temprano. Después caminaba de un lado
para otro; se ponía delante de las ventanas, miraba la
plaza. La primera claridad circulaba entre los pilares del
mercado, y la casa del farmacéutico, cuyos postigos estaban
cerrados, dejaba ver en el color pálido del amanecer las
mayúsculas de su rótulo. Cuando
el reloj marcaba las siete y cuarto se iba al «León de Oro»,
cuya puerta venía a abrirle Artemisa medio dormida. Removía
para la señora las brasas escondidas bajo las cenizas. Emma
se quedaba sola en la cocina. De vez en cuando salía.
Hivert enganchaba los caballos sin prisa a la vez que
escuchaba a la tía Lefrançois que, sacando por una
ventanilla la cabeza tocada con gorro de algodón, le hacía
muchos encargos y le daba explicaciones como para volver
loco a cualquier otro hombre. Emma se calentaba los pies
pateando con sus botines los adoquines del patio. Por
fin, después de haber tomado la sopa, puesto su capote,
encendido la pipa y empuñado la fusta, Hivert se instalaba
tranquilamente en el pescante. «La
Golondrina» arrancaba a trote corto, y durante tres cuartos
de legua se paraba de trecho en trecho para tomar viajeros
que la aguardaban de pie, a orilla del camino, delante de la
tapia de los corrales. Los que habían avisado la víspera
se hacían esperar; algunos incluso estaban todavía en cama
en sus casas; Hivert llamaba, gritaba, juraba, luego se
apeaba a iba a golpear fuertemente a las puertas. El viento
soplaba por las rendijas de las ventanillas. Entretanto,
las cuatro banquetas se llenaban, el coche rodaba, los
manzanos en fila se sucedían; y la carretera, entre sus dos
largas cunetas llenas de agua amarillenta, iba estrechándose
continuamente hacia el horizonte. Emma
la conocía de punta a cabo, sabía que después de un
pastizal había un poste, después un olmo, un granero o una
casilla de caminero; a veces, incluso, para darse sorpresas,
cerraba los ojos. Pero no perdía nunca el sentido claro de
la distancia que faltaba por recorrer. Por
fin, se acercaban las casas de ladrillos, la tierra resonaba
bajo las ruedas. «La Golondrina» se deslizaba entre
jardines donde se percibían por una empalizada estatuas,
una parra, unos tejos recortados y un columpio. Luego, en un
solo golpe de vista, aparecía la ciudad. Situada
por completo en el anfiteatro y envuelta en la niebla, se
ensanchaba más allá de los puentes, confusamente. Luego la
campiña volvía a subir con una ondulación monótona,
hasta tocar en la lejanía la base indecisa del cielo pálido.
Visto así desde arriba, todo el paisaje tenía el aire inmóvil
de una pintura; los barcos anclados se amontonaban en un
rincón; el río redondeaba su curva al pie de las colinas
verdes, y las islas, de forma oblonga, parecían sobre el
agua grandes peces negros parados. Las chimeneas de las fábricas
lanzaban inmensos penachos oscuros que levantaban el vuelo
por su extremo. Se oía el ronquido de las fundiciones con
el carillón claro de las iglesias que se alzaban en la
bruma. Los árboles de los bulevares, sin hojas, formaban
como una maraña color violeta en medio de las casas, y los
tejados, todos relucientes de lluvia, reflejaban de modo
desigual según la altura de los barrios. A veces un golpe
de viento llevaba las nubes hacia la costa de Santa
Catalina, como olas aéreas que se rompían en silencio
contra un acantilado. Algo
vertiginoso se desprendía para ella de estas existencias
amontonadas, y su corazón se ensanchaba ampliamente como si
las ciento veinte mil almas que palpitaban a11í le hubiesen
enviado todas a la vez el vapor de las pasiones que ella les
suponía. Su amor crecía ante el espacio y se llenaba de
tumulto con los zumbidos vagos que subían. Ella lo volvía
a derramar fuera, en las plazas, en los paseos, en las
calles, y la vieja ciudad normanda aparecía ante sus ojos
como una capital desmesurada, como una Babilonia en la que
ella entraba. Se asomaba con las dos manos por la
ventanilla, aspirando la brisa; los tres caballos galopaban,
las piedras rechinaban en el barro, la diligencia se
balanceaba, a Hivert, de lejos, daba voces a los carricoches
en la carretera, mientras que los burgueses que habían
pasado la noche en el bosque Guillaume bajaban la cuesta
tranquilamente en su cochecito familiar. Se
paraban en la barrera; Emma se desataba los chanclos,
cambiaba de guantes, se ponía bien el chal, y veinte pasos
más lejos se apeaba de «La Golondrina». La
ciudad se despertaba entonces. Los dependientes, con gorro
griego, frotaban el escaparate de las tiendas, y unas
mujeres con cestos apoyados en la cadera lanzaban a
intervalos un grito sonoro en las esquinas de las calles.
Ella caminaba con los ojos fijos en el suelo, rozando las
paredes y sonriendo de placer bajo su velo negro que le cubría
la cara. Por
miedo a que la vieran, no tomaba ordinariamente el camino más
corto. Se metía por las calles oscuras y llegaba toda
sudorosa hacia la parte baja de la calle Nationale, cerca de
la fuente que hay allí. Es el barrio del teatro, de las
tabernas y de las prostitutas. A menudo pasaba al lado de
ella una carreta que llevaba algún decorado que se movía.
Unos chicos con delantal echaban arena sobre las losas entre
arbustos verdes. Olía a ajenjo, a tabaco y a ostras. Emma
torcía por una calle, reconocía a León por su pelo rizado
que se salía de su sombrero. León
continuaba caminando por la acera. Ella le seguía hasta el
hotel, él abría la puerta, entraba... ¡Qué apretón, qué
abrazo! Después
se precipitaban las palabras, los besos. Se contaban las
penas de la semana, los presentimientos, las inquietudes por
las cartas; pero ahora se olvidaba todo y se miraban frente
a frente con risas de voluptuosidad y palabras de ternura. La
cama era un gran lecho de caoba en forma de barquilla. Las
cortinas de seda roja lisa, que bajaban del techo, se recogían
muy abajo, hacia la cabecera que se ensanchaba; y nada en el
mundo era tan bello como su cabeza morena y su piel blanca
que se destacaban sobre aquel color púrpura, cuando con un
gesto de pudor cerraba los brazos desnudos, tapándose la
cara con las manos. El
tibio aposento con su alfombra discreta, sus adornos
juguetones y su luz tranquila parecía muy a propósito para
las intimidades de la pasión. Las barras terminaban en
punta de flecha, los alzapaños de cobre y las gruesas bolas
de los morillos relucían de pronto cuando entraba el sol.
Sobre la chimenea, entre los candelabros, había dos de esas
grandes caracolas rosadas en las que se oye el ruido del mar
cuando se las acerca al oído. ¡Cuánto
les gustaba aquel cómodo aposento, lleno de alegría, a
pesar de su esplendor un poco marchito! Siempre encontraban
los muebles en su sitio, y a veces unas horquillas que Emma
había olvidado el jueves anterior bajo el soporte del
reloj. Comían al lado del fuego, en un pequeño velador con
incrustaciones de palisandro. Emma trinchaba, le ponía los
trozos en su plato diciéndole toda clase de zalamerías; y
se reía con una risa sonora y libertina cuando la espuma
del champán desbordaba el vaso ligero sobre las sortijas de
sus dedos. Estaban tan completamente locos en la posesión
de sí mismos que se creían allí en su propia casa, y como
si fueran a vivir allí hasta la muerte como dos eternos
recién casados. Decían nuestra habitación, nuestra
alfombra, nuestras butacas, incluso ella decía mis
pantuflas, un regalo de León, un capricho que ella había
tenido. Eran unas pantuflas de raso color rosa ribeteadas de
plumón de cisne. Cuando se sentaba sobre las rodillas de León,
su pierna, entonces demasiado corta, colgaba en el aire, y
el gracioso calzado, que no tenía contrafuerte, se sostenía
sólo por los dedos de su pie desnudo. Él
saboreaba por primera vez la indecible delicadeza de las
elegancias femeninas. Nunca había conocido aquella gracia
de lenguaje, aquel pudor en el vestido, aquellas posturas de
paloma adormilada. Admiraba la exaltación de su alma y los
encajes de su falda. Además, ¿no era «una mujer de mundo»
y una mujer casada, en fin, una verdadera amante? Por
la diversidad de su humor, alternativamente místico o
alegre, charlatán, taciturno, exaltado o indolente, ella
iba despertando en él mil deseos evocando instintos o
reminiscencias. Era la enamorada de todas las novelas, la
heroína de todos los dramas, la vaga «ella» de todos los
libros de versos. Encontraba en sus hombros el color ámbar
de la Odalisca en el
baño; tenía el largo corpiño de las castellanas
feudales; se parecía también a la Mujer
pálida de Barcelona, pero por encima de todo era un ángel. A
menudo, al mirarla, le parecía a León que su alma, escapándose
hacia ella, se esparcía como una onda sobre el contorno de
su cabeza y descendía arrastrada hacia la blancura de su
seno. Se
ponía en el suelo delante de ella, y con los codos sobre
las rodillas la contemplaba sonriendo y con la frente tensa. Ella
se inclinaba sobre él y murmuraba como sofocada de
embriaguez: -iOh!,
¡no te muevas!, ¡no hables!, ¡mírame! ¡De tus ojos sale
algo tan dulce, que me hace tanto bien! Le
llamaba niño: -Niño,
¿me quieres? Y
apenas oía su respuesta, en la precipitación con que
aquellos labios subían para dársela en la boca. Había
encima del reloj de péndulo un pequeño Cupido de bronce
que hacía melindres redondeando los brazos bajo una
guirnalda dorada. Muchas veces se rieron de él, pero cuando
había que separarse todo les parecía serio. Inmóviles
el uno frente al otro, se repetían: -¡Hasta
el jueves!..., ¡hasta el jueves! De
pronto ella le cogía la cabeza entre las dos manos, le
besaba rápido en la frente, exclamando: «¡Adiós!», y
se precipitaba por la escalera. Iba
a la calle de la Comedia, a una peluquería, a arreglarse
sus bandós. Llegaba la noche; encendían el gas en la
tienda. Oía
la campanilla del teatro que llamaba a los cómicos a la
representación, y veía, enfrente, pasar hombres con la
cara blanca y mujeres con vestidos ajados que entraban por
la puerta de los bastidores. Hacía
calor en aquella pequeña peluquería demasiado baja, donde
la estufa zumbaba en medio de las pelucas y de las pomadas.
El olor de las tenacillas, con aquellas manos grasientas que
le tocaban la cabeza, no tardaba en dejarla sin sentido y se
quedaba un poco dormida bajo el peinador. A veces el chico,
mientras la peinaba, le ofrecía entradas para el baile de
disfraces. Después
se marchaba. Subía de nuevo las calles, llegaba a la «Croix
Rouge»; recogía sus zuecos que había escondido por la mañana
debajo de un banco y se acomodaba en su sitio entre los
viajeros impacientes. Algunos se apeaban al pie de la
cuesta. Ella se quedaba sola en la diligencia. A
cada vuelta se veían cada vez mejor todas las luces de la
ciudad que formaban un amplio vapor luminoso por encima de las
casas amontonadas. Emma se ponía de rodillas sobre los
cojines y se le perdía la mirada en aquel deslumbramiento.
Sollozaba, llamaba a León, y le enviaba palabras tiernas y
besos que se perdían en el viento. Había
en la cuesta un pobre diablo que vagabundeaba con su bastón
por en medio de las diligencias. Un montón de harapos cubría
sus hombros y un viejo sombrero desfondado que se había
redondeado como una palangana le tapaba la cara; pero cuando
se lo quitaba descubría, en lugar de párpados, dos órbitas
abiertas todas ensangrentadas. La carne se deshilachaba en
jirones rojos, y de allí corrían líquidos que se
coagulaban en costras verdes hasta la nariz cuyas aletas
negras sorbían convulsivamente. Para hablar echaba hacia
atrás la cabeza con una risa idiota; entonces sus pupilas
azuladas, girando con un movimiento continuo, iban a
estrellarse hacia las sienes, al borde de la llaga viva. Cantaba
una pequeña canción siguiendo los coches: Souvent
la chaleur d'un beau jour Y
en todo lo que seguía se hablaba de pájaros, sol y
follaje. A
veces, aparecía de pronto detrás de Emma, con la cabeza
descubierta. Ella se apartaba con un grito. Hivert venía a
hacerle bromas. Le decía que debía poner una barraca en la
feria de San Román, o bien le preguntaba en tono de broma
por su amiguita. Con
frecuencia estaban en marcha cuando su sombrero, con un movimiento
brusco, entraba en la diligencia por la ventanilla, mientras
él se agarraba con el otro brazo sobre el estribo entre las
salpicaduras de las ruedas. Su voz, al principio débil como
un vagido, se volvía aguda. Se arrastraba en la noche, como
el confuso lamento de una indefinida angustia; y, a través
del tintineo de los cascabeles, del murmullo de los árboles
y del zumbido de la caja hueca, tenía algo de lejano que
trastornaba a Emma. Aquello le llegaba al fondo del alma
como un torbellino que se precipita en el abismo y la
arrastraba por los espacios de una melancolía sin límites.
Pero Hivert, que se daba cuenta de un contrapeso, largaba
grandes latigazos a ciegas. La tralla le pegaba en las
llagas y él caía en el fango dando un gran alarido. Después,
los viajeros de «La Golondrina» acababan por dormirse,
unos con la boca abierta, otros con la barbilla sobre el
pecho, apoyándose en el hombro de su vecino, o bien con el
brazo pasado sobre la correa, meciéndose al compás del
bamboleo del coche; y el reflejo de la linterna que se
balanceaba fuera, sobre la grupa de los caballos de tiro,
penetrando en el interior por las cortinas de percal color
chocolate, ponía sombras sanguinolentas sobre todos
aquellos individuos inmóviles. Emma, transida de tristeza,
tiritaba bajo sus vestidos, y sentía cada vez más frío en
los pies, con la muerte en el alma. Carlos,
en casa, la esperaba; «La Golondrina» siempre llegaba
tarde los jueves. Por fin, llegaba la señora y apenas
besaba a la niña. La cena no estaba preparada, pero no
importaba, ella disculpaba a la cocinera. Ahora parecía que
todo le estaba permitido a aquella chica. A
menudo, su marido, viéndola tan pálida, le preguntaba si
no se encontraba mal. -No
-decía Emma. -Pero
-replicaba él- estás muy rara esta noche. -¡Bah!,
no es nada, no es nada. Había
incluso días en que, apenas llegaba a casa, subía a su
habitación; y Justino, que se encontraba allí, circulaba
silenciosamente, esmerándose en servirla más que una
excelente doncella. Colocaba las cerillas, la palmatoria, un
libro, disponía su camisón, abría las sábanas. -Vamos
-decía ella-, está bien, ¡vete! Pero
él se quedaba de pie, con las manos colgando y los ojos
abiertos como prendido entre los hilos innumerables de un súbito
ensueño. La
jornada del día siguiente era espantosa, y las que seguían
eran más intolerables todavía por la impaciencia que tenía
Emma de recobrar su felicidad, codicia áspera, inflamada de
imágenes conocidas, y que, al séptimo día, resplandecía
sin trabas en las caricias de León. Los ardores de éste se
ocultaban bajo expansiones de asombro y de reconocimiento.
Emma saboreaba aquel amor de una manera discreta y absorta,
lo cuidaba por medio de todos los artificios de su ternura y
temblaba un poco ante el miedo de perderlo más adelante. A
menudo ella le decía, con dulce voz melancólica: -¡Ah!,
tú me dejarás..., te cansarás..., serás como los otros. Él
preguntaba: -¿Qué
otros? -Pues
los hombres, en fin -respondía ella. Después
añadía rechazándole con un gesto lánguido: -Sois
todos unos infames. Un
día que filosofaban sobre desilusiones terrestres, ella
llegó a decir, para poner a prueba sus celos o quizás
cediendo a una necesidad de expansión demasiado fuerte, que
en otro tiempo, antes de él, ella había amado a alguien,
«no como a ti», replicó rápidamente, jurando por su hija
«que no había pasado nada». El
joven la creyó y, sin embargo, la interrogó para saber lo
que hacía aquel hombre. -Era
capitán de barco, querido. ¿No
era esto prevenir toda averiguación y, al mismo tiempo,
situarse muy alto, por esta pretendida fascinación ejercida
sobre un hombre que debía ser de naturaleza belicosa y
acostumbrado a hacerse obedecer? El
pasante sintió entonces lo ínfimo de su posición; tuvo
envidia de las charreteras, de las cruces, de los títulos.
Todo esto debía de gustarle a ella, él lo sospechaba por
su modo de gastar. Sin
embargo, Emma callaba una multitud de extravagancias, tales
como el deseo de tener, para llevarla a Rouen, un tílburi
azul, tirado por un caballo inglés, y conducido por un
cochero, calzado de botas con vueltas. Era Justino quien le
había inspirado ese capricho, suplicándole que lo tomase
en su casa como criado; y si esta privación no atenuaba en
cada cita el placer de la llegada, aumentaba ciertamente la
amargura del regreso. A
menudo, cuando hablaban juntos de París, ella terminaba
murmurando: -¡Ah!,
¡qué bien viviríamos allí! -¿No
somos felices? -replicaba dulcemente el joven pasándole la
mano por sus bandós. -Sí,
es cierto -decía ella-, estoy loca; ¡bésame! Estaba
con su marido más encantadora que nunca, le hacía natillas
de pistache y tocaba valses después de cenar. Así que él
se sentía entonces el más afortunado de los mortales, y
Emma vivía sin preocupación, cuando una noche, de pronto: -¿Es
la señorita Lempereur, verdad, quien te da lecciones? -Sí. -Bueno,
la he visto hace poco, en casa de la señora Liégeard. Le
hable de ti; no te conoce. Fue
como un rayo. Sin embargo, ella replicó con naturalidad: -¡Ah!,
¿sin duda, había olvidado mi nombre? -¿Pero
quizás hay en Rouen -dijo el médico- varias señoritas
Lempereur que son profesoras de piano? -¡Es
posible! Después,
vivamente: -Sin
embargo, tengo sus recibos, ¡toma, mira! Y
se fue al secreter, buscó en todos los cajones, confundió
los papeles y acabó perdiendo la cabeza de tal modo que
Carlos la animó a que no se preocupase tanto por aquellos
miserables recibos. -iOh!,
los encontraré -dijo ella. En
efecto, el viernes siguiente, Carlos, al poner una de sus
botas en el cuarto oscuro donde guardaba su ropa, notó una
hoja de papel entre el cuero y su calcetín, la cogió y leyó: «Recibido,
por tres meses de clase y material diverso, la cantidad de
sesenta y cinco francos. FÉLICIE LEMPEREUR, profesora de música.» -¿Cómo
diablos está esto en mis botas? -Sin
duda -respondió ella-, se habrá caído de la vieja caja de
las facturas que está a la orilla de la tabla. A
partir de este momento, su existencia no fue más que una
sarta de mentiras en las que envolvía su amor como en velos
para ocultarlo. Era
una necesidad, una manía, un placer, hasta tal punto que,
si decía que ayer había pasado por el lado derecho de una
calle, había que creer que había sido por el lado
izquierdo. Una
mañana que acababa de salir, según su costumbre, bastante
ligera de ropa, empezó a nevar de pronto; Carlos, que
observaba el tiempo desde la ventana, vio al abate
Bournisien que iba para Rouen en el cochecito del señor
Tuvache. Entonces bajó para confiar al eclesiástico un
grueso chal para que se lo entregara a Madame nada más
llegar a la «Croix Rouge». Apenas llegó a la hospedería,
Bournisien preguntó por la señora del médico de Yonville.
La hostelera contestó que frecuentaba muy poco su
establecimiento. Por eso, aquella misma noche, al encontrar
a Madame Bovary en «La Golondrina», el cura le contó lo
ocurrido, sin al parecer darle importancia, pues se puso a
hacer el elogio de un predicador que por entonces hacía
maravillas en la catedral y al que iban a oír todas las señoras. Pero
si el cura no había pedido explicaciones, otros podrían
después mostrarse menos discretos. Por lo cual Emma creyó
conveniente alojarse siempre en la «Croix Rouge», de modo
que las buenas gentes de su pueblo que la veían en la
escalera no pudieran sospechar nada. Un
día, sin embargo, el señor Lheureux la vio salir del «Hôtel
de Boulogne» del brazo de León; y Emma tuvo miedo,
pensando que el comerciante se iría de la lengua. No era
tan tonto como para eso. Pero
tres días después entró en el cuarto de Emma, cerró la
puerta y dijo: -Necesito
dinero. Ella
declaró que no podía dárselo. Lheureux se deshizo en
lamentaciones y le recordó todas las atenciones que había
tenido con ella. En
efecto, de los dos pagarés firmados por Carlos, Emma, hasta
entonces, sólo había pagado uno. En cuanto al segundo, el
comerciante, a instancias de ella, había accedido a
sustituirlo por otros dos, que a su vez fueron renovados
aplazando mucho la fecha de su vencimiento. Después, sacó
del bolsillo una lista de artículos no pagados aún, a
saber: las cortinas, la alfombra, la tela para las butacas,
varios vestidos y varios artículos de tocador, cuyo valor
ascendía a unos dos mil francos. Emma
bajó la cabeza; Lheureux añadió: -Pero
si usted no dispone de dinero, tiene «bienes». Y
le indicó una pobre casucha sita en Barneville, cerca de
Aumale, que no rentaba gran cosa. Antaño pertenecía a una
pequeña granja vendida por el señor Bovary, pues Lheureux
lo sabía todo, hasta las hectáreas que medía y el nombre
de los colindantes. -Yo,
en su lugar, me desprendería de ella, y aún me sobraría
dinero. Emma
señaló la dificultad de encontrar comprador; Lheureux le
dio esperanzas de encontrarlo; pero ella le preguntó cómo
se las arreglaría para poder vender. -¿No
tiene usted el poder? -le replicó él. Aquella
palabra le llegó como una bocanada de aire fresco. -Déjeme
la cuenta -dijo Emma. -¡Oh!,
no vale la pena -replicó Lheureux. Volvió
a la semana siguiente, y presumió de haber conseguido
encontrar, después de muchas gestiones, a un tal Langlois,
que desde hacía mucho tiempo codiciaba la finca sin ofrecer
precio por ella. -¡El
precio es lo de menos! -exclamó Emma. Había
que esperar, por el contrario, a tantear a aquel mozo. La
cosa valía la pena de un viaje, y como ella no podía
hacerlo, él se ofreció para desplazarse hasta allí y
ponerse al habla con Langlois. Una vez de vuelta, dijo que
el comprador ofrecía cuatro mil francos. Emma
se regocijó al conocer esta noticia. -Francamente
-añadió él-, está bien pagada. Emma
cobró la mitad del dinero inmediatamente, y cuando fue a
liquidar su cuenta, el comerciante le dijo: -Me
apena, palabra de honor, verla deshacerse de golpe y porrazo
de una cantidad tan importante como ésta. Entonces
ella miró los billetes de banco, y pensando en el número
ilimitado de citas que representaban aquellos dos mil
francos: -¡Cómo!,
¡cómo! -balbució. -¡Oh!
-replicó Lheureux, en tono bonachón-, en las facturas se
puede meter lo que se quiera. ¿Acaso no sé yo lo que es
gobernar una casa? Y
la miraba fijamente mientras sostenía en la mano dos largos
papeles que hacía resbalar entre sus uñas. Por fin,
abriendo su cartera, extendió sobre la mesa cuatro letras
de cambio de mil francos cada una. -Firme
esto -le dijo-, y quédese con todo. Ella
protestó escandalizada. -Pero
si yo le doy el sobrante -dijo descaradamente el señor
Lheureux-, ¿no le hago un favor? Y
tomando una pluma, escribió al pie de la cuenta: «Recibido
de Madame Bovary cuatro mil francos.» ---¿Qué
le preocupa si va a cobrar dentro de seis meses el resto de
la venta de su barraca, y yo le aplazo el vencimiento de la
última letra para después del pago? Emma
se embrollaba un poco en sus cálculos, le tintineaban los oídos
como si alrededor de ella sonaran sobre el suelo monedas de
oro que caían de sacos rotos. Finalmente, Lheureux le
explicó que un amigo suyo, Vinçart, banquero en Rouen, iba
a descontar aquellas cuatro letras y luego él mismo
entregaría a Madame el sobrante de la deuda real. Pero
en lugar de dos mil francos, no le trajo más que mil
ochocientos, pues el amigo Vinçart, como es lógico, se había
quedado con doscientos por gastos de comisión y de
descuento. Después
le reclamó un recibo con un gesto de indiferencia. -Usted
comprende..., en el comercio..., a veces..., y con la fecha,
por favor, la fecha. Ante
Emma se abrió un horizonte de fantasías realizables. Tuvo
la suficiente prudencia para guardar mil escudos, con los
que pagó a su vencimiento las tres primeras letras; pero la
cuarta, por casualidad, cayó en casa un jueves, y Carlos,
trastornado, aguardó pacientemente a que regresara su mujer
para pedirle explicaciones. Si
no le había hablado de aquella letra era para evitarle
preocupaciones domésticas; se sentó sobre sus rodillas, le
acarició, le arrulló, hizo una larga enumeración de todas
las cosas indispensables compradas a crédito. -En
fin, reconocerás que, para tanta cosa, no resulta demasiado
caro. Carlos,
sin saber qué hacer, recurrió inmediatamente al eterno
Lheureux, quien le juró que arreglaría las cosas, si el señor
le firmaba dos letras, una de ellas de setecientos francos,
pagadera a los tres meses. Para hacer frente a la situación,
escribió a su madre una carta patética. En vez de enviarle
la contestación, ella se presentó en casa; y cuando Emma
quiso saber si le había sacado algo: -Sí-respondió
Carlos-. Pero quiere ver la factura. Al
día siguiente, al amanecer, Emma corrió a casa del señor
Lheureux para pedirle que le hiciera otra cuenta que no
sobrepasara los mil francos, pues para enseñar la de cuatro
mil habría que decir que había pagado los dos tercios,
confesar, por consiguiente, la venta del inmueble, negociación
bien llevada por el comerciante y que no se conoció hasta
mucho después. A
pesar del precio muy barato de cada artículo, la señora
Bovary madre no dejó de encontrar el gasto exagerado. -¿No
podían pasar sin una alfombra?, ¿por qué tapizar de nuevo
los sillones? En mis tiempos, en cada casa había un solo
sillón, para las personas mayores, al menos así era en
casa de mi madre, que era una mujer honrada, os lo aseguro.
¡No todo el mundo puede ser rico! ¡Ninguna fortuna resiste
el despilfarro! ¡Yo me avergonzaría de llevar una vida tan
regalada como la vuestra! y, sin embargo, yo soy vieja,
necesito cuidados... ¡Hay que ver!, ¡hay que ver!, ¡cuántos
perifollos!, ¡cuánta ostentación! ¡Pero cómo!, seda
para forros, a dos francos... cuando se encuentra chaconada
a diez sueldos y hasta a ocho sueldos que cumple
perfectamente su cometido. Emma,
arrellanada en el canapé, replicaba lo más tranquila
posible: -¡Eh!,
señora, ¡ya está bien!, ¡ya está bien! La
señora seguía sermoneándola, prediciéndoles que terminarían
en el asilo. Además, la culpa era de Bovary. Menos mal que
había prometido anular aquel poder. -¿Cómo? -¡Ah!,
me lo ha jurado -replicó la buena señora. Emma
abrió la ventana, llamó a Carlos y el pobre muchacho se
vio obligado a confesar la palabra que le había arrancado
su madre. Emma
desapareció y volvió enseguida tendiéndole
majestuosamente una hoja grande de papel. -Muchas
gracias -dijo la vieja señora. Y
echó al fuego el poder. Emma
estalló en una risa estridente, estrepitosa, ininterrumpida;
tenía un ataque de nervios. -¡Ay,
Dios mío! -exclamó Carlos-. ¡Tú tienes la culpa, vienes
aquí a armar escándalo! Su
madre, encogiéndose de hombros, decía que « todo aquello
no era más que teatro». Pero
Carlos, rebelándose por primera vez, salió en defensa de
su mujer, de modo que la señora Bovary madre quiso
marcharse. Al día siguiente se fue, y en el umbral de la
puerta, como él tratase de retenerla, ella le replicó: -¡No,
no! La quieres más que a mí, y tienes razón, es como debe
ser. Pero ¡peor para ti!, ¡ya lo verás! ¡Consérvate
bien!..., pues no estoy dispuesta, como tú dices, a venir a
armar escándalos. No
por eso Carlos dejó de quedar muy avergonzado frente a
Emma, pues ella no ocultaba el rencor que le guardaba por su
falta de confianza; él tuvo que rogarle mucho para que
accediera a tener otro poder, a incluso la acompañó a casa
del señor Guillaumin para extendérselo por segunda vez,
completamente igual al primero. -Lo
comprendo -dijo el notario-; un hombre de ciencia no puede
perder él tiempo en los detalles prácticos de la vida. Y
Carlos se sintió aliviado por aquella reflexión lisonjera
que daba a su debilidad las halagüeñas apariencias de una
preocupación superior. ¡Qué
desbordamiento el jueves siguiente, en el hotel, en su
habitación, con León! Emma rió, lloró, cantó, bailó,
mandó subir sorbetes, quiso fumar cigarrillos, a León le
pareció extravagante, pero adorable, soberbia. León
no sabía qué reacción de todo su ser la impulsaba más a
precipitarse en los gozos de la vida. Se volvía irritable,
glotona, voluptuosa; y se paseaba con él por las calles con
la frente alta, sin miedo, decía ella, de comprometerse. A
veces, sin embargo, Emma se estremecía ante la idea súbita
de encontrarse con Rodolfo; pues, aunque estuviesen
separados para siempre, le parecía que no estaba
completamente liberada de su dependencia. Una
noche no volvió a Yonville, Carlos estaba loco de
impaciencia, y la pequeña Berta, que no quería acostarse
sin su mamá, sollozaba intensamente. Justino salió sin
rumbo, por la carretera. El señor Homais dejó su farmacia. Por
fin, a las once, no aguantando más, Carlos enganchó su
caballo, saltó al pescante, fustigó al animal y hacia las
dos de la mañana llegó a la «Croix Rouge». No había
nadie. Pensó que el pasante quizá la habría visto; pero
¿dónde vivía? Afortunadamente, Carlos se acordó de las
señas de su patrón. Y allá se fue. Comenzaba
a clarear el día. Distinguió unos rótulos por encima de
una puerta; llamó. Alguien, sin abrirle, le dio a gritos la
información que le pedía, mientras se deshacía en
improperios contra los que molestaban a la gente durante la
noche. La
casa donde vivía el pasante no tenía ni campanilla, ni
aldabón, ni portero. Carlos dio fuertes puñetazos en los
postigos. En aquel momento pasó por allí un policía;
entonces Carlos tuvo miedo y se fue. -Estoy
loco -se decía-; sin duda la habrán invitado a cenar en
casa del señor Lormeaux. La
familia Lormeaux ya no vivía en Rouen. -Se
habrá quedado a cuidar a la señora Dubreuil. ¡Pero si la
señora Dubreuil murió hace diez meses!... ¿Dónde puede
estar? Se
le ocurrió una idea. Entró en un café y pidió el
Anuario; y buscó rápidamente el nombre de la señorita
Lempereur, que vivía en la calle de la Renelle-des-Maroquiniers,
número 74. Cuando
entraba en esta calle, apareció Emma en persona en el otro
extremo; Carlos, más que abrazarla, se echó sobre ella,
exclamando: -¿Quién
te retuvo ayer? -Estuve
enferma. -¿Y
de qué?... ¿Dónde?... ¿Cómo?... Emma
se pasó la mano por la frente y contestó: -En
casa de la señorita Lempereur. -¡Estaba
seguro!, allá iba yo. -¡Oh!,
no vale la pena. Acaba de salir hace un momento; pero en lo
sucesivo no te preocupes. No me siento libre, ya comprendes,
si sé que el menor retraso te trastorna de esta manera. Era
como una especie de permiso que se daba a sí misma para
estar más libre en sus escapadas. Y lo aprovechó
ampliamente a sus anchas. Cuando sentía deseos de ver a León,
se iba con cualquier pretexto, y como él no la esperaba
aquel día, era ella quien iba a buscarle al despacho. Las
primeras veces fue para él una alegría; pero al poco
tiempo le dijo la verdad: que su jefe se quejaba mucho de
aquellos trastornos. -¡Bah!,
vente -le decía ella. Y
él se escapaba del despacho. Emma
quiso que se vistiera todo de negro y se dejara una perilla,
para parecerse a los retratos de Luis XIII. Deseó conocer
su alojamiento y lo encontró vulgar; él se sonrojó y ella
no le hizo caso, luego le aconsejó que comprara unas
cortinas parecidas a las suyas, y como León objetara el
gasto: -¡Ah!,
¡ah!, tienes apego a tus dineritos -dijo ella riendo. León
tenía que contarle cada vez todo lo que había hecho desde
la última cita. Pidió versos, versos para ella, un poema
de amor en honor suyo; León nunca llegó a encontrar la
rima del segundo verso, y acabó por copiar un soneto de un keepsake. Lo
hizo menos por vanidad que por complacerla. No discutía sus
ideas; aceptaba todos sus gustos; él iba convirtiéndose en
la verdadera querida de Emma más de lo que ésta lo era de
él. Emma tenía para él palabras tiernas y unos besos que
le robaban el alma. ¿Dónde había aprendido aquella
corrupción casi inmaterial a fuerza de ser profunda y
disimulada?
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