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XI Julián fue a Verrières porque habría sido insigne torpeza no hacerlo. Al salir de la casa rectoral, una casualidad feliz hizo que tropezase con Valenod, a quien se apresuró a comunicar la noticia de su aumento de sueldo. Vuelto a Vergy, Julián no bajó al jardín hasta después de cerrada la noche. Sentía en su alma la fatiga consiguiente a las intensas emociones que la agitaron durante el día. Con inquietud se acordó de las señoras, porque no sabía qué les diría, y es que distaba mucho de ver que su alma se hallaba precisamente al mismo nivel que esas circunstancias sin importancia que de ordinario absorben todo el interés de las mujeres. Con frecuencia era Julián enigma viviente para la señora Derville, y hasta para su prima, y a su vez, sólo a medias entendía mucha parte de lo que aquellas le decían. Tal era el efecto de la fuerza, de la grandeza, si se nos permite hablar así, de los impulsos de pasión que trastornaban el alma de aquel joven ambicioso. Aquella noche Julián bajó al jardín resuelto a ocuparse en las ideas de las dos lindas primas. Estas le esperaban impacientes. Ocupó su sitio de costumbre, al lado de la señora de Rênal. Muy pronto la obscuridad fue completa. Julián quiso tomar una mano blanca y bien formada que desde rato antes veía cerca de sí, apoyada sobre el respaldo de una silla. La mano titubeó un poquito, pero concluyó por retirarse con cierta brusquedad que parecía indicar mal humor en su propietaria. Julián estaba dispuesto a darse por enterado y a proseguir alegremente la conversación, cuando oyó los pasos del señor Rênal que se acercaba. Todavía sonaban en los oídos del preceptor las palabras groseras que el señor de la casa le dirigiera aquella mañana. -¡Diablo!- pensó Julián-. ¿No sería burla digna de ese ser grosero tomar posesión de la mano de su mujer, precisamente en sus barbas? ¡Sí, sí! ¡Está dicho! ¡Y lo haré, yo, el preceptor insignificante a quien él hizo objeto de su desprecio! A partir de aquel momento, perdió Julián la tranquilidad, en realidad de verdad poco natural, dado su carácter. Todas sus ansias, todos sus deseos, todos sus pensamientos, todos sus afanes, buscaban el mismo objeto: conseguir que la señora de Rênal dejase su mano entre las suyas. El señor Rênal habló con cólera de política. Parece que dos o tres industriales de Verrières competían, y hasta le aventajaban en riquezas, y se habían propuesto combatirle en las elecciones. La señora Derville escuchaba atenta. Julián, a quien fastidiaban soberanamente los discursos del alcalde, aproximó su silla a la de la señora de Rênal. La obscuridad era sobradamente intensa para que nadie pudiese ver sus movimientos. Atrevióse a colocar su mano junto al brazo, deliciosamente torneado, de su vecina. Ya no fue dueño de sí en lo sucesivo: poco a poco fue acercando su mejilla al brazo, y al fin posó sobre él sus labios. La señora de Rênal tuvo miedo: su marido estaba a cuatro pasos. Apresuróse a entregar su mano a Julián, y al propio tiempo le rechazó un poquito. Como el señor Rênal continuó tronando contra las gentes de la nada y vomitando denuestos contra los jacobinos que se enriquecen por medios poco decorosos, Julián cubrió la mano que le habían abandonado de besos apasionados... o que apasionados parecieron a la señora de Rênal. ¡Y, sin embargo, aquel día mismo, día fatal, la pobre mujer había tenido la prueba de que el hombre que ella adoraba, sin atreverse a confesárselo, amaba a otra! Mientras duró la ausencia de Julián, la desgraciada sufrió angustias indecibles, y reflexionó, meditó mucho. -¿Será posible que yo ame?- se decía-. Yo... una mujer casada, ¿estaré enamorada? ¡Debo de estarlo... pues nunca mi marido me inspiró esa locura sombría, ese delirio que hace que no pueda alejar de mi pensamiento la imagen de Julián! ¡Qué horror!... ¡Pero no!... En medio de todo, es un muchacho lleno de respeto hacia mí... Mi locura será pasajera... ¿Qué pueden importar a mi marido los sentimientos que a mí me inspire ese joven? A mi marido le fastidiarían las conversaciones que tengo con Julián, porque versan sobre cosas de imaginación, y él no piensa ni quiere pensar más que en sus negocios, en lo positivo, en lo material. De consiguiente, nada le quito para dárselo a Julián. Conviene hacer notar que ni la más leve sombra de hipocresía empañaba la pureza de aquella alma sencilla, extraviada por una pasión que nunca había experimentado. Estaba engañada, sí, pero sin saberlo, sin darse cuenta de su engaño, sin que ello fuera óbice para que comenzase a alarmarse seriamente su instinto de virtud. Tales eran los combates que sostenía aquella mujer candorosa cuando Julián llegó al jardín. Ella le oyó hablar; casi inmediatamente vio que se sentaba a su lado, y la proximidad del ser querido la envolvió en la atmósfera de dicha encantadora que la admiraba más aún que la seducía. Sin embargo, al cabo de breves instantes, reflexionó que la presencia de Julián no bastaba para borrar los agravios que de éste había recibido. Se asustó, y entonces fue cuando retiró su mano. Los besos llenos de pasión, besos como nunca los había recibido, barrieron de su memoria el pensamiento de que quien se los daba amaba a otra mujer. Se lo perdonó todo, ya no le pareció culpable. La cesación del dolor punzante, hijo de la sospecha, la presencia de una dicha como nunca la había soñado, fueron para ella manantial de transportes de amor, de loca alegría. Aquella soirée fue deliciosa para todo el mundo, excepto para el alcalde de Verrières, que no podía olvidar a los industriales enriquecidos. Julián dejó de acordarse de su negra ambición y de sus proyectos atrevidos, tan difíciles de ejecutar. Por primera vez en su vida se dejó arrastrar por el poder de la hermosura. Perdido en la atmósfera de ensueños vagos y dulces, completamente extraños a su carácter, oprimía con dulzura aquella mano que le parecía el ideal de la belleza, y escuchaba a medias el rumorcillo de las hojas del tilo, acariciadas por la brisa, y los ladridos lejanos de los perros del molino del Doubs. Su emoción era un placer de los sentidos y no una pasión del alma, y la prueba es que, cuando entró en su habitación, ya no se acordó de otra cosa que de tomar su libro favorito. A los veinte años domina sobre todo la idea del mundo y del papel que en él hay que representar. Poco tardó en cerrar el libro. A fuerza de pensar en las victorias de Napoleón, había descubierto en la alcanzada por él algo nuevo. -He ganado una batalla- se dijo-; pero necesito aprovechar sus ventajas. Es preciso aplastar definitivamente el orgullo de ese altivo caballero antes que se reponga de su abatimiento. Napoleón lo hacía así. Pediré tres días de permiso para visitar a mi amigo Fouqué. Si me los niega, me despido otra vez, pero cederá estoy seguro. La señora de Rênal no consiguió conciliar el sueño en toda la noche. Parecíale que comenzaba a vivir en aquel momento y no podía alejar de su pensamiento el placer inefable que sintió cuando Julián cubrió su mano de besos inflamados. De pronto brotó en su imaginación una imagen espantosa, y sus labios murmuraron con terror una palabra: ¡adúltera! Su mente le trazó la idea de todo lo que el amor tiene de más feo, de más material, de más repugnante. Estas imágenes, mancharon el ideal tierno y divino que ella se trazaba de Julián y de la dicha de amarle. El porvenir se le presentó bajo los colores más sombríos: se encontró despreciable. Pasó por momentos horribles al convencerse de que su alma penetraba en las regiones de lo desconocido. La víspera había saboreado las delicias de un placer desconocido; ahora se encontraba anegada de pronto en las amargas aguas de la desventura. Como no tenía idea de semejantes sufrimientos, llegaron éstos a extraviar su corazón. Pensó confesar a su marido que temía estar enamorada de Julián, pero, por fortuna, surgió en las profundidades de su memoria el recuerdo de un precepto que le diera su tía la víspera de su matrimonio, precepto que se refería al peligro gravísimo que entrañan las confidencias hechas a un marido, que, en rigor, a la par que compañero, es amo y señor. En el exceso de su dolor, la desgraciada se retorcía las manos. Impulsábanla a la ventura imágenes contradictorias, pero todas dolorosas. Ora temía no ser amada, ora la torturaba el espantable fantasma del crimen, como si al día siguiente hubiese de ser expuesta en la plaza pública de Verrières, con un cartelón pendiente del cuello que explicara su adulterio al populacho. La cuitada no tenía la menor experiencia de la vida. Aun hallándose en el pleno ejercicio de su razón, no habría sabido descubrir el menor intervalo entre su falta a los ojos de Dios y su ruina moral y pública, su derrumbamiento espiritual con todas sus consecuencias. Si dejaba de enloquecerla la horrible imagen del adulterio, con todas las ignominias que forman su séquito, y se imaginaba una existencia dulce, inocente y pura al lado de Julián, asaltábala el angustioso pensamiento de que su adorado amaba a otra. Seguía viendo la palidez de cadáver que invadió las mejillas de Julián cuando temió perder su retrato o comprometerla dejándola ver. Por vez primera vio pintado el miedo en aquel rostro tan sereno y tan noble. Ni por ella ni por sus hijos se conmovió nunca tanto. La señora de Rênal, en el exceso de su dolor, debió de lanzar gritos que despertaron a su doncella, pues se abrió la puerta de su habitación y en su marco apareció Elisa. -¿Es usted la mujer que él ama?- preguntó en un rapto de locura. Por fortuna, la doncella puso toda su atención en lo desencajado de las facciones de su señora y no se fijó siquiera en sus palabras. -Tengo fiebre- repuso la señora de Rênal, dándose cuenta de su imprudencia y queriendo remediarla. Me encuentro mal, y hasta se me figura que deliro. Acompáñeme usted. La misma necesidad en que se vio de contenerse, mitigó sus angustias. La razón recobró el imperio que el semidelirio le había robado. Para librarse de la mirada fija de su doncella, mandó a ésta que leyera el periódico, y mientras Elisa leía, la señora de Rênal hizo propósito firme de tratar a Julián con frialdad completa cuando le viese.
XII En París se
encuentran A las cinco de la mañana siguiente, antes que la señora de Rênal estuviese visible, Julián había pedido y obtenido del marido de aquella un permiso de tres días. Contra su costumbre, sintió Julián deseos de ver a la dama cuya mano despertaba en su mente pensamientos voluptuosos. Esperóla en el jardín. Larga fue la espera, pero si Julián la hubiese amado de veras, habríala visto detrás de las persianas medio cerradas del primer piso, con la frente apoyada sobre el cristal. Estaba mirando a su amado. Al fin, pese a sus resoluciones, se determinó a bajar al jardín. De su rostro había desaparecido la palidez habitual para ser reemplazada por los valores más vivos. Aquella mujer sencilla pasaba por momentos de viva agitación interior; no cabía dudarlo. Una expresión de violencia, de cólera, mejor dicho, alteraba esa especie de placidez serena que se sobrepone a los intereses vulgares de la vida, y que en grado tan alto aumentaba los encantos de su rostro de ángel. Julián se acercó a ella con paso rápido, clavados sus ojos con expresión de codicia en el bien torneado brazo que un chal, puesto al descuido, dejaba ver. El fresco de la mañana contribuía a aumentar más y más los encendidos tonos de un rostro que las agitaciones de la noche anterior habían hecho más sensible a las impresiones. Aquella hermosura modesta y conmovedora, saturada por añadidura de pensamientos que no es frecuente encontrar en las clases inferiores, parecía revelar a Julián facultades de su alma que él no había sentido jamás. Absorto en la admiración de los encantos que sorprendía su mirada ávida, Julián no pensó siquiera en la acogida que se le dispensaría, y que tenía por descontado que seria cariñosa; de aquí que le maravillase doblemente ver que la señora de Rênal, no sólo mostraba empeño en tratarle con frialdad glacial, sino también intención evidente de hacerle comprender la distancia que entre los dos mediaba. Bruscamente expiró la sonrisa de placer que jugueteaba por los labios del galán, quien no pudo menos de recordar el rango que él ocupaba en sociedad con relación al de una rica y noble heredera. En aquel momento, su expresiva fisonomía reflejaba desdén y cólera, pero contra sí mismo. Sentía un despecho violento por haber esperado una hora para recibir una acogida tan humillante. -Sólo los necios se encolerizan contra los demás- se dijo- Cae una piedra porque es pesada... ¿Estoy condenado a ser niño hasta que me muera de viejo? Si quiero ser estimado por estas gentes, y por mí mismo, necesito demostrarles que mi pobreza podrá entrar en relaciones de negocios con su opulencia, pero que mi corazón está mil leguas por encima de su insolencia, en esfera demasiado elevada para que lleguen hasta él las muestras de sus desdenes ni de sus favores. Mientras en el fondo del alma tenebrosa del joven preceptor se agitaban turbulentas estas ideas, su movible fisonomía adoptaba la expresión de orgullo lastimado y de ferocidad. Bastó esto para que la señora de Rênal quedase profundamente conturbada. A la frialdad, hija de la virtud, que quiso dar a sus ademanes y palabras, sucedió un interés tanto más vivo cuanto mayor fue su sorpresa al advertir el cambio súbito operado en Julián. Cambiadas las frases obligadas sobre lo delicioso de la mañana y sobre lo caluroso que prometía ser el día, quedó agotado el repertorio de los dos personajes. Julián, cuyo juicio no ofuscaba la pasión, encontró manera hábil de hacer comprender a la señora cuán poco le importaba su amistad, y, sin decirle palabra sobre el viaje que iba a emprender, saludó y se fue. Mientras seguía con la mirada al preceptor, aterrada como consecuencia de la sombría altanería que leyó en aquella mirada, tan dulce la víspera, su hijo mayor, que estaba jugando en el jardín, se acercó y le dijo abrazándola: -Tenemos vacaciones... El señor Julián se va de viaje. La señora de Rênal se sintió morir: la hacía desgraciada su virtud y mucho más desgraciada su debilidad. El nuevo suceso embargó por completo su imaginación. Fruto de la terrible noche de angustias que acababa de pasar fue la resolución de resistir al hombre que se le entraba por las puertas de su alma, pero los hechos la llevaban más allá: ya no se trataba de resistirle, sino de perderle para siempre. A la hora del almuerzo, no tuvo más remedio que sentarse a la mesa. Para colmo de desdichas, su marido y su prima no supieron hablar de otra cosa que de la marcha de Julián. Parece que el alcalde de Verrières había advertido algo insólito en el tono firme con que le pidió el permiso. -No me cabe duda de que ese pobre diablo ha recibido proposiciones de alguien- observó el alcalde-. Por supuesto, que ese alguien, aun cuando sea el mismísimo Valenod, tendrá algún respeto a la suma de seiscientos francos anuales que desde hoy pago yo a Julián. Ayer, cuando fue a Verrières, debió pedir un plazo de tres días para meditar, y hoy, para no verse obligado a darme explicaciones, nuestro egregio caballerito se va a la montaña. ¡Mire usted que tiene gracia que uno se vea obligado a pactar con un miserable obrero!... ¡Válgame Dios, y a qué hemos llegado! -¿Qué he de creer yo, si mi marido, ignorando, como ignora, hasta qué punto ha herido el amor propio y la dignidad de Julián, tiene por descontado que nos abandonará?- Se decía interiormente la señora de Rênal-. ¡Pobre de mí! ¡No hay esperanza! Deseando poder llorar libremente y sin testigos, y al mismo tiempo evitarse haber de responder a las preguntas de la señora Derville, la señora de Rênal se quejó de violentos dolores de cabeza y se metió en cama. Mientras la señora de Rênal sufría lo que la pasión violenta, que tan sin buscarla se le había entrado por las puertas del alma, tiene de más terrible y angustioso, Julián proseguía alegremente su camino, disfrutando de las vistas encantadoras que ofrecen las montañas. Tenía que atravesar la gran cordillera que se extiende al norte de Vergy. El sendero que seguía, y que atraviesa espesos bosques, escala, formando zigzags infinitos, la estribación de la montaña que dibuja por el Norte el valle del Doubs. Bien pronto las miradas del viajero, extendiéndose sobre los montículos que contienen por el Mediodía el curso del Doubs, pudieron contemplar las fértiles llanuras de Borgoña y de Beaujolais. Por insensible que el alma de nuestro ambicioso fuera a este género de belleza, no podía menos Julián de detenerse de vez en cuando para admirar un espectáculo tan vasto e imponente. Ganó al fin la cima de la montaña, que tenía que atravesar para llegar al solitario valle en que moraba su buen amigo Fouqué. No tenía Julián grandes prisas por verle... ni a su amigo ni a ningún ser humano. La gran montaña le brindaba un observatorio excelente, desde donde, semejante al ave de rapiña, podía distinguir desde muy lejos a cualquier hombre que a él se acercase. El observatorio era una especie de gruta abierta en la escarpadura, casi vertical, de una de las rocas. Una vez en la gruta, ocurriósele entregarse al placer de escribir sus pensamientos, cosa que en ninguna otra parte habría podido hacer sin peligro. Una piedra cuadrada le sirvió de pupitre. Volaba su pluma sobre el papel. Al fin vio que el astro del día se escondía tras las remotas montañas de Beaujolais. -¿Por qué no he de pasar la noche aquí?- se dijo-. Tengo pan, y soy libre. La conciencia de su libertad bastó para que se exaltara su alma, pues era tan grande su hipocresía, que ni en la casa de su mejor amigo se consideraba libre. Nunca fue tan feliz como en aquellos instantes en que, apoyada sobre las manos la cabeza, dejó volar sin freno su imaginación por el mundo de los ensueños y por las regiones de la libertad. Sin darse cuenta, vio cómo se extinguían, uno tras otro, todos los rayos del crepúsculo. En medio de la obscuridad inmensa que le rodeaba, dejó que su alma se perdiera en la contemplación de todo lo que imaginaba que habría de encontrar un día en París. Ante todo, vio una mujer hermosa la más hermosa, la más inteligente, la más dulce que puede concebir la humana inteligencia, una mujer como jamás la encontró en la provincia. La amaba con pasión y era correspondido. Si se separaba de ella algunos instantes, era para cubrirse de gloria y merecer ser más amado todavía. Aun suponiéndole dotado de la imaginación de Julián, cualquier hombre educado en medio de las tristes realidades de la vida de París hubiese despertado al llegar a este capítulo de su novela al contacto de la fría ironía, pero nuestro joven ambicioso no veía entre él y los actos más heroicos otro obstáculo que la falta de ocasión. La noche había cerrado por completo y le separaban dos leguas de la choza habitada por Fouqué. Julián, antes de abandonar la gruta, redujo a cenizas lo que había escrito. A la una de la madrugada sorprendió con su visita a su amigo, a quien encontró escribiendo sus cuentas. Fouqué era un joven de gran talla, defectuoso de formas, hombre de líneas duras y nariz descomunal; en una palabra, de aspecto poco menos que repugnante, siquiera su fea corteza encubriese un hombre de bien. -¿Cómo llegas tan de improviso?- preguntó a Julián- ¿Has regañado con tu señor Rênal? Julián hizo historia de los sucesos de la víspera. -¡Mira, quédate conmigo!- propuso Fouqué, luego que escuchó sin pestañear el relato-. Veo que conoces al señor Rênal, al señor Valenod, al subprefecto y al cura de Verrières, que has sabido leer las exquisiteces de carácter de esas gentes, y, de consiguiente, que te has puesto en condiciones de tratar con el mundo. Sabes más aritmética que yo y podrás encargarte de mis cuentas, pues creo conveniente decirte que mi comercio en maderas me produce beneficios muy respetables. La imposibilidad de hacerlo todo por mí mismo, y el temor de dar con un bribón si busco un asociado, me impiden emprender muchos negocios. No hace un mes que Miguel de Saint-Amand, a quien no había visto hacía seis años, y a quien encontré por casualidad en el mercado de Pontarlier, ganó seis mil francos gracias a mí. Estos seis mil francos, o por lo menos tres mil, habrías podido ganarlos tú, porque si aquel día te hubiese tenido a mi lado, habría yo pujado en la subasta y nadie hubiese mejorado mi puja. ¿Quieres ser mi asociado? El ofrecimiento hizo reflexionar a Julián. Durante la cena, que prepararon los dos amigos por sus propias manos, como los héroes de Homero, porque Fouqué vivía solo, enseñó este último sus libros a Julián y le demostró que su negocio le producía grandes ganancias. Hay que advertir que Fouqué tenía la más alta idea de las luces y del carácter de Julián. -La verdad es- se dijo éste, cuando se encontró en el dormitorio de la cabaña que le señalara su amigo- que puedo ganar aquí algunos miles de francos y aplicarme luego con ventaja manifiesta al oficio de soldado o al de cura, según sea la moda que entonces impere en Francia. El pequeño capital de que sería dueño barrería todas las dificultades de detalle. Sepultado en esta montaña, habría disipado parte de la horrorosa ignorancia en que estoy con respecto a muchas cosas que son el pan de cada día de los hombres que frecuentan los salones. Pero en el caso que Fouqué, a la par que renuncia a casarse, me dice una y otra vez que la soledad le hace desgraciado; luego es evidente que, si toma un socio que no tiene un cuarto, es porque espera tener un compañero que no le abandone... Ahora bien, Julián...- añadió con sorda irritación- ¿Serás capaz de engañar a tu amigo? Aquel ser extraño, cuyas características eran la hipocresía y la carencia de afecciones, no pudo sufrir la idea de cometer una falta de delicadeza contra el hombre que de veras le apreciaba. Sufría Julián, mas en breve cesaron sus sufrimientos al encontrar un motivo que le obligaba a declinar el ofrecimiento de su amigo. -¡Imposible!- se dijo-. Aceptar sería perder cobardemente siete u ocho años. Me pasaría en los bosques hasta los veintiocho, y a esa edad Bonaparte era la admiración del mundo. Luego que hubiese ganado algún dinero de la manera más obscura, vendiendo maderas, cuando me hubiera conquistado el aprecio de algunos tunantes subalternos, ¿quién me asegura que continuaría ardiendo en mi alma el fuego sagrado, merced al cual se labra un nombre? A la mañana siguiente, Julián, con la mayor sangre fría, contestó a Fouqué que consideraba ultimado el asunto de la asociación, que su vocación decidida al sacerdocio le impedía aceptar. Fouqué no acertaba a dar crédito a lo que estaba oyendo. -¿Pero no comprendes, desgraciado, que al asociarte a mi negocio te doy una renta de cuatro mil francos anuales?- repetía una y otra vez-. ¿Es posible que prefieras a esa renta continuar sirviendo al señor Rênal, que te desprecia tanto como al lodo pegado a sus zapatos? Cuando tengas en el bolsillo doscientos luises, ¿quién te impide entrar en el seminario? ¡Te diré más! Corre de mi cuenta procurarte el mejor curato del país, porque he de advertirse que me ligan muy buenas relaciones con los señores de... personas que lo pueden todo, como sabes. Estas razones, y otras de las que haremos merced al lector, se estrellaron ante lo inconmovible de la vocación de Julián. Fouqué concluyó por creer que estaba loco. Al tercer día, muy tempranito, Julián se despidió de su amigo con ánimo de pasar el día en la soledad de la montaña. Encontró la gruta, pero no la paz de su alma: ésta la había perdido definitivamente, pues se la habían robado los ofrecimientos de su amigo. Semejante a Hércules, se encontraba, no entre el vicio y la virtud, sino entre la medianía, seguida de un bienestar cierto, y todos los sueños heroicos de su juventud. Nada le hacía tanto daño como sus dudas, sus vacilaciones, -No poseo la verdadera firmeza- se decía con cólera-. No soy de la madera de los grandes hombres, puesto que temo que ocho años invertidos en asegurarme el pan han de robarme esa energía sublime que mueve al hombre a hacer cosas extraordinarias.
XIII Novela: es un espejo que
paseamos Cuando divisó Julián las pintorescas ruinas de la antigua iglesia de Vergy, cayó en la cuenta de que, desde que tres días antes abandonó el castillo del alcalde de Verrières, la imagen de la señora de Rênal no se había presentado una sola vez a su pensamiento. -Esa mujer me recordó, la última vez que la vi, la distancia infinita que nos separa- murmuró Julián-. Me trató como al hijo de un obrero... Sin duda quiso demostrarme que se arrepiente con toda su alma de haberme dejado besar su mano... ¡Y qué preciosa es la tal manita!... La posibilidad de hacer fortuna asociándose a Fouqué puso a Julián en condiciones de raciocinar con cierta facilidad. Ya no se presentaba con tanta frecuencia la irritación a perturbar sus facultades, ni la conciencia de su pobreza y de su humildad se alzaba potente como antes, con menoscabo grave de las operaciones de su intelecto. Colocado como sobre un promontorio elevado, podía juzgar y hasta dominar la extrema pobreza y el bienestar material, que él continuaba llamando riqueza. Cierto que distaba mucho de juzgar su posición como filósofo, pero no puede negarse que su viaje a la montaña le dio clarividencia bastante para notar que había vuelto diferente de como fue. Extrañóle sobremanera la turbación extrema que dominaba a la señora de Rênal, mientras él, obedeciendo sus indicaciones, hizo un relato sucinto de su viaje a la montaña. Mientras duró la ausencia de Julián, la existencia de la señora de Rênal fue una serie no interrumpida de suplicios diferentes, pero todos intolerables. Llegó a ponerse enferma de verdad. Su estado de ánimo no pasó inadvertido a su prima la señora Derville, en cuya mente comenzaron a brotar y tomar cuerpo algunas sospechas. A mayor abundamiento, observó que la señora de Rênal, que a diario era regañada por su marido a consecuencia de la sencillez excesiva de su indumentaria, se ponía unas medias primorosamente caladas, calzaba unos zapatitos coquetones que se había mandado traer de París y estrenaba un vestido de tela muy vaporosa, que entre ella y Elisa habían confeccionado a paso de carga, valga la expresión, durante los tres días de ausencia de Julián, breves instantes después del regreso de aquel. Su prima vio claro; si alguna duda tenía, se disipó. -¡Desgraciada!- se dijo - ¡Ama! La vio que hablaba con Julián y observó que, a la palidez más cadavérica, sucedía con brusquedad en su rostro el encarnado más vivo. En sus ojos, clavados en los del joven preceptor, se pintaba la ansiedad, y es que la señora del Rênal esperaba por instantes que Julián se explicase, diciendo de una vez si su intención era abandonar la casa o continuar en ella. Como el joven no hiciera la menor alusión al asunto que tanto preocupaba a la señora, ésta, rendida por los horrorosos combates que se libraban en su alma, atrevióse al fin a preguntar con voz temblorosa, que reflejaba toda la intensidad de su pasión. -¿Piensa usted dejar a sus discípulos y colocarse en otra parte? La voz incierta y la mirada de la señora de Rênal sorprendieron a Julián. -¡Me ama!- se dijo-. Me ama, si; pero no bien se disipe este momento fugaz de debilidad, que seguramente rechaza su orgullo, recobrará toda su altanería... Y su debilidad desaparecerá no bien sepa que no me voy... Mucho sentiré dejar unos niños tan simpáticos y bien nacidos- contestó como titubeando-; pero es posible que tenga que hacerlo. En este mundo, también los pobres nos debemos a nosotros mismos. Las palabras bien nacidos, frase aristocrática que Julián había aprendido recientemente, no salieron de sus labios sin agitar el fondo de antipatía que constituía su carácter. -¡A los ojos de esta mujer yo no soy bien nacido!- añadió para sus adentros. La señora de Rênal, admiradora entusiasta de su genio y enamorada de su belleza física, creyó morir al escuchar las palabras de Julián, que dejaban entrever muy a las claras la posibilidad de que renunciara a continuar siendo el preceptor de sus hijos. Todos sus amigos de Verrières, que habían venido a comer a Vergy durante la ausencia de Julián, habíanla felicitado con efusión, y como envidiando que su marido hubiese tenido la suerte de encontrar en la oscuridad un hombre prodigioso que era una verdadera lumbrera. Y cuenta que en sus elogios no influyó poco ni mucho el hecho de que los niños a quienes enseñaba hubiesen hecho maravillosos progresos, detalle que probablemente ignoraban aquellos. Pero la circunstancia de que Julián se supiera de memoria la Biblia, y por añadidura en latín, llenó a todos los habitantes de Verrières de una admiración que acaso durara un siglo entero. Como Julián con nadie hablaba, ignoraba esto. Si la señora de Rênal hubiera sido dueña de su sangre fría, habría hablado al preceptor de la reputación conquistada, y en este caso, tranquilizado el orgullo de Julián, se habría mostrado dulce y cariñoso con ella, tanto más, cuanto que la encontraba encantadora con su vestido nuevo. Propuso la pobre señora dar una vuelta por el jardín, mas pronto hubo de confesar que no podía tenerse en pie. Apoyóse sobre el brazo del joven, pero, lejos de encontrar fuerzas, el contacto con aquel brazo se las quitó. Era de noche. Apenas sentados, Julián, usando de su antiguo privilegio, tomó la mano de su vecina y posó sus labios sobre su brazo, aunque, a decir verdad, al hacerlo pensaba en los atrevimientos que su amigo Fouqué le dijo que había tenido con sus amigas, y no en la señora de Rênal. Esta oprimió su mano, lo que no le produjo el menor placer. Lejos de mostrarse, ya que no orgulloso, agradecido por lo menos a las muestras, demasiado evidentes aquella noche, del amor que había encendido en el pecho de la señora de Rênal, la hermosura, la elegancia, la suave frescura de aquella le encontraron punto menos que insensible. La pureza de alma y la ausencia de emociones pecaminosas prolongan considerablemente los días de la juventud. El rostro de las mujeres hermosas envejece casi siempre antes que el alma. Julián estuvo huraño y displicente toda la noche. Hasta entonces, toda su cólera iba dirigida contra la sociedad, pero desde que Fouqué le propuso un medio obscuro de hacer fortuna, no tenía irritación más que contra sí mismo. Absorto en estos pensamientos, aunque de vez en cuando dirigía alguna que otra palabra a las señoras, concluyó Julián por soltar la mano de la señora de Rênal. Esta acción anonadó a la pobre mujer, que vio en ella la pérdida de sus ilusiones. Tal vez en su misma virtud habría encontrado fuerzas para defenderse contra Julián, si hubiese abrigado la seguridad del amor de aquel; pero, loca de terror, extraviada por el miedo de perderlo para siempre, su pasión la arrastró hasta el extremo de tomar la mano que Julián, en su distracción, había dejado apoyada sobre el respaldo de una silla. La acción electrizó al joven ambicioso, quien habría anhelado que la presenciasen todos los nobles orgullosos que, en la mesa, le contemplaban con sonrisa de protección en el extremo más humilde, sentado entre sus discípulos. Pensó que aquella mujer no le despreciaba, no le consideraba colocado en nivel más bajo que el suyo propio, y, como consecuencia, que era deber suyo mostrarse sensible a su belleza, ser su amante, en una palabra. La súbita determinación que acababa de adoptar fue para él motivo de una distracción agradable. Sus pensamientos tomaron rumbos precisos, desaparecieron de su imaginación las vacilaciones y se dijo que necesitaba poseer a una de las dos señoras. Su orgullo hubiese preferido enamorar a la señora Derville, no ciertamente porque ésta fuese más bella ni más agradable que la señora de Rênal, sino porque le conoció ya envuelto en cierta aureola de ciencia, y no como joven campesino, en mangas de camisa, como le vio por primera vez la última. ¡No sospechaba el ambicioso que precisamente como obrero mal vestido, de pie junto a la verja del jardín, encendido y tímido, sin atreverse a llamar, era como la señora de Rênal se lo imaginaba más seductor! Continuando el examen de su posición, Julián comprendió que debía renunciar a la conquista de la señora Derville, a cuya perspicacia no habría escapado probablemente la predilección que la señora de Rênal le testimoniaba. Obligado a conformarse con esta última, se preguntó el preceptor: -¿Qué conozco del carácter de esta mujer? Muy poca cosa: únicamente que antes de mi viaje era yo quien tomaba su mano, y ella quien retiraba la suya; y que hoy retiro yo la mía y ella la toma y la oprime. ¡Hermosa ocasión para devolverle todos los desdenes de que ella me ha hecho objeto! ¿Cuántos amantes habrá tenido...? ¡Dios lo sabe! Es posible que, si se decide en mi favor, es porque conmigo puede verse a solas cuando guste. ¡He aquí el fruto desdichado de una civilización excesiva! A los veinte años, el alma del joven que ha recibido alguna instrucción se encuentra a cien leguas de esa hermosa confianza que es el más dulce condimento del amor, de esa fe sin la cual aquel sentimiento resultaría en muchas ocasiones obligación tediosa y desagradable. -Obligación mía es derribar la virtud de esa mujer- continuó diciendo la vanidad del joven-, no por satisfacer un amor que no siento, sino porque si algún día hago fortuna, y alguien me echa en cara lo humilde de mi empleo de preceptor, podré replicar que fue el amor y no la necesidad lo que me indujo a aceptar el cargo. Julián retiró la mano que la señora de Rênal le había tomado, y segundos después, fue la suya a buscar la de aquella. A medianoche, cuando entraron en el castillo, preguntó la señora de Rênal a media voz: -¿Nos dejará usted? ¿Nos abandonará? -Fuerza será que me vaya, señora, porque tengo la desgracia de amar a usted con toda mi alma- contestó Julián exhalando un suspiro-. Mi amor es una falta... falta que agrava extraordinariamente mi condición de preceptor... y mis anhelos de hacerme sacerdote. ¡Cuán diferente noche pasaron nuestros dos personajes! Enloquecían a la señora de Rênal los transportes más vivos de voluptuosidad moral, sin que los contaminase poco ni mucho la materia. Una doncella coqueta cuya alma se abre demasiado pronto al amor, se acostumbra a éste, y cuando llega a la edad de la verdadera pasión, ya no se encuentra en estado de apreciar el encanto de la novedad. Como la señora de Rênal no había amado nunca, ni leído novelas, nuevas eran para ella todas las fases, todos los tonos de su dicha, cuya pureza no empañaban realidades tristes ni amargaba el espectro del porvenir. Creyó que tan dichosa como era en aquel instante sería diez, quince años más tarde. En vano se presentó a su imaginación la idea de su virtud, el pensamiento de la fidelidad jurada a su marido: ambas imágenes las desterró como a huéspedes importunos. ¿Cómo no, si estaba resuelta a no conceder nunca el favor más insignificante a Julián, si creía que podría vivir en lo sucesivo como vivía desde un mes antes?
XIV Una niña de dieciséis años
estropeaba El ofrecimiento de Fouqué robó a Julián toda su calma, toda su tranquilidad. No sabía a qué carta quedarse, como suele decirse. -Con sentimiento veo que no tengo carácter- se decía el mancebo-. ¡Sería yo un soldado deplorable de Napoleón!... Menos mal que mi intriguita con la señora de la casa me distraerá durante algún tiempo. El día que siguió a los sucesos que narrados quedan en el capítulo anterior, la señora de Rênal estuvo momentos a solas con Julián en el salón. Medió entre nuestros dos héroes una conferencia breve, en el curso de la cual se mostró la primera tierna y cariñosa, y el segundo torpe y cohibido. Verdad es que la señora de Rênal perdonó a su preceptor todas sus torpezas, que atribuyó a su candor... ¡Pobre extraviada! ¡Precisamente jamás conoció el candor aquel hombre que, a sus ojos, era un verdadero genio! -Tu preceptor me inspira profunda desconfianza- decía con frecuencia la señora Derville-. Me parece que es de los que no pronuncian palabra sin antes meditarla mucho, de los que nada hacen sin proponerse un fin. O mucho me engaño, o es un marrajo de cuidado. Julián quedó profundamente humillado; no se perdonaba las torpezas cometidas en su conferencia con la señora de Rênal, ni dejaba de pensar en los medios de repararlas. -Un hombre como yo está en el deber ineludible de reconquistar el terreno perdido- se decía, paseando agitado de una habitación a otra- Necesito dar un beso a la señora de Rênal... y se lo daré. No pudo ocurrírsele... y llevar a efecto, porque dio el beso en cuestión, nada tan fuera de lugar, nada tan desagradable, para él y para ella, y nada tan imprudente. Fue un milagro que no les viesen. La señora de Rênal creyó que se había vuelto loco. Se asustó; la osadía de su galán la hizo temblar. -¡Qué sucedería si me encontrase a solas con él, Dios mío!- se dijo. Su virtud se alzó potente, avasalladora, porque la pasión se eclipsaba. Desde que Julián cometió la torpeza de darle un beso, la señora de Rênal tuvo constantemente a uno de sus hijos a su lado. El día fue enojoso para Julián, que lo pasó entero ejecutando con torpeza manifiesta su plan de seducción. Ni una sola vez miró a la señora de Rênal sin que sus miradas obedecieran a fines deliberados. Aunque ambicioso, nuestro héroe no era tan necio que dejase ver el ningún efecto que producía como galán, y menos aún como seductor. Las torpezas de Julián y sus osadías desconcertaban, aturdían a la señora de Rênal, que no acertaba a volver de su asombro. -¡Debe de ser resultado de la timidez del amor en un hombre de talento!- se decía con alegría inefable-. ¿Será posible que nunca haya amado ni sido amado por mi rival? Después de almorzar, la señora de Rênal se dirigió al salón para recibir la visita del señor Charcot de Maugiron, el subprefecto de Bray. La visita degeneró en tertulia de confianza. La señora de Rênal tomó su labor, que era un pequeño trabajo de tapicería. A su lado estaba sentada la señora Derville. Nuestro héroe, que parecía poner todo su empeño en amontonar torpezas sobre torpezas, creyó que era llegada la ocasión de adelantar la bota y de colocarla sobre el lindo pie de la señora de la casa, cuyas medias caladas y hermosos zapatitos de París embarcaban en aquel instante toda la atención del galante subprefecto. La señora de Rênal tuvo un miedo horrible. Dejó caer inmediatamente su tijera inglesa de bordar, el ovillo de lana y las agujas, gracias a lo cual pudo pasar el imprudente movimiento de Julián por tentativa encaminada a impedir la caída de la tijera, al verla resbalar sobre la falda de la dama. Felizmente se quebraron las tijeritas inglesas, y la señora de Rênal pudo decir que lamentaba que Julián no se hubiese encontrado más cerca de ella, en cuyo caso, su intervención tal vez habría llegado a tiempo. -Ha echado usted de ver la caída antes que yo- dijo-, y probablemente habría conseguido su objeto de no haber sido tan grande la distancia que nos separaba. Por culpa de ésta, no sólo se ha roto la tijera, sino que también he recibido un pisotón muy regular. La explicación engañó al subprefecto, pero no a la señora Derville. Al cabo de algunos minutos, halló la señora de Rênal ocasión de decir a Julián: -Sea usted prudente... Se lo mando. Julián deliberó largo rato consigo mismo para saber si debía o no darse por ofendido por la frase. «Se lo mando». Fruto de sus deliberaciones fue una tontería insigne. -Tendría derecho para decirme se lo mando, si de algo relacionado con la educación de sus hijos se tratara- pensó-. Pero se trata de nuestro amor, y desde el momento que ella lo comparte, dicho se está que me considera igual suyo. El amor supone igualdad... es el gran nivelador. No hace muchos días, me recitaba la señora Derville unos versos de Corneille, que son aplicables a este caso: «...El
amor Julián, que se obstinó en representar el papel de Don Juan, se pasó el día entero cometiendo tonterías. Adolecían sus ideas del defecto de fijeza. Tan pronto pensaba una cosa como la contraria. Un detalle había, empero, sobre el cual no variaban sus pensamientos: descontento de sí mismo; y sin amor hacia la señora de Rênal, veía aproximarse la noche con cierto temor, porque, como de ordinario, la tertulia se celebraría en el jardín, y se encontraría sentado junto a la dama. Después de comer, se fue a Verrières con objeto de visitar al cura, y no regresó hasta bien cerrada la noche. Julián encontró al párroco de Verrières levantando la casa. Al fin había sido destituido, y su substituto era el vicario Maslon. Ayudó Julián al digno anciano, y luego escribió a Fouqué para decirle que la vocación irresistible que sentía hacia el sacerdocio le impidió aceptar sus graciosos ofrecimientos, pero que, en vista del tremendo ejemplo de injusticia de que acababa de ser testigo, creía que acaso fuese poco conveniente para su salvación eterna recibir las Sagradas Órdenes. Su objeto era dejarse abierta la puerta del comercio, por si las tristes realidades de la vida daban al traste con su soñado heroísmo.
XV Si Julián hubiese tenido un poquito nada más de la destreza de que tan gratuitamente se consideraba adornado, de los efectos producidos por su viaje a Verrières se habría felicitado al día siguiente de realizado aquel. Muchas eran las torpezas que había cometido, muchas las tonterías en que había incurrido, pero su breve ausencia las había relegado todas al olvido. Llegada la noche, apenas sentados en el jardín, ocurriósele una idea ridícula, y lo peor del caso no fue que se le ocurriera, sino que la llevase a la práctica con intrepidez sorprendente. Sin esperar a que la obscuridad fuese completa, acercó sus labios al oído de la señora de Rênal y, sin importarle comprometerla horriblemente, dijo: -Esta noche, a las dos, iré a su dormitorio; necesito decirle cosas muy importantes. Contestó la señora de Rênal con indignación real y no exagerada al anuncio impertinente que Julián osaba hacerle. Breve fue su respuesta, pero Julián creyó sorprender en ella una expresión de desdén perfectamente marcado. Consideróse menospreciado, y pretextando que tenía que decir algo a los niños, abandonó su asiento y entró en el castillo, del cual salió momentos más tarde para volver a la tertulia y sentarse, no en el sitio acostumbrado, sino al lado de la señora Derville y todo lo lejos posible de la de Rênal. Siguió una conversación grave y ceremoniosa. Julián habría deseado hallar un medio cualquiera que obligase a la señora de Rênal a darle una de aquellas muestras inequívocas de ternura que tres días antes le hicieron creer que era suya, pero no tuvo ingenio para tanto. Cuando se levantó la tertulia, Julián estaba desconcertado, desesperado. El estado en que él con sus torpezas había colocado su asunto le irritaba, aunque, a decir verdad, nada le habría turbado tanto como su triunfo. No pudo conciliar el sueño, porque lo ahuyentaba su mal humor y su pesimismo, que le hacía creer que la señora Derville le medía con el desprecio más profundo, y que, probablemente, lo compartía también la señora de Rênal. Esto no obstante, por nada del mundo hubiese renunciado a sus proyectos, que no estaba dispuesto a pasar un día y otro día cerca de la señora de Rênal, contentándose, como un niño dócil y bien educado, con las dedadas de miel que aquella tuviera a bien acercar a sus labios. Cuando su cerebro estaba fatigado, cuando había trazado mil proyectos, que seguidamente rechazaba como absurdos, cuando más desventurado se creía, sonaron las dos en el reloj del castillo. Las dos campanadas le produjeron el mismo efecto que a San Pedro el canto del gallo. No había vuelto a acordarse de la impertinente proposición hecha a la señora, pero al sonar las dos, la idea acudió de nuevo a su mente. -He dicho que iría a su dormitorio a las dos- se dijo levantándose con resolución-. Seré todo lo inexperto que se quiera, todo lo grosero que pueda ser un rústico, como con demasiada claridad me ha dada a entender la señora Derville, pero ¡vive Dios! que no me han de tachar de débil ni de cobarde. Jamás se había impuesto, Julián una violencia tan penosa. Al abrir la puerta de su habitación, temblaban tanto sus piernas, tal flaqueza sentía en sus rodillas, que hubo de apoyarse en la pared para no caer. Iba descalzo. Dirigióse ante todo a la puerta de la alcoba del señor Rênal. Los ronquidos que llegaron a sus oídos le produjeron angustias indecibles, porque, pese a sus alardes de valor, habría deseado hallar un pretexto que le dispensase de presentarse donde sabía que sería mal recibido. Por otra parte, no había formado plan preciso ni cálculo alguno, y, de consiguiente, ignoraba qué haría una vez se encontrase frente a la señora de Rênal. Verdad es que, aun cuando hubiese llevado proyectos perfectamente trazados difícil le habría sido realizarlos, dada la espantosa turbación que le poseía. Al fin, sufriendo todas las agonías del condenado que avanza hacia el lugar del suplicio, entró en el pasillo que conducía al dormitorio de la señora de Rênal, y con mano trémula, y haciendo un ruido horrible, abrió la puerta. En la alcoba había luz... ¡Nueva complicación, nueva desdicha con la que no contaba! -¡Desventurado!- exclamó la señora de Rênal, arrojándose violentamente de la cama. Julián olvidó sus quimeras y se colocó inconscientemente en el terreno de la naturalidad. No agradar a una mujer tan hermosa le pareció la mayor de las desventuras. A las recriminaciones de la señora de Rênal contestó cayendo postrado a sus plantas y abrazando sus rodillas. Ella le habló con dureza extrema, y él, lejos de incomodarse, derramó un mar de lágrimas. Algunas horas después, cuando Julián salía del dormitorio de la señora de Rênal, habría podido decir, como los héroes de novela, que todas sus aspiraciones, todos sus deseos estaban satisfechos. En efecto: era deudor de una victoria, que jamás habría alcanzado su torpeza, al amor que había inspirado y a la impresión inesperada que sobre él produjeron encantos femeniles que le embriagaron. Víctima de su extraño orgullo, aun en los momentos más dulces, pretendió representar el papel de hombre habituando a subyugar mujeres, e hizo cuanto en su mano estuvo para desvirtuar lo poco que tenía de algún aprecio. En vez de mostrarse atento y agradecido al amor que hizo nacer, en vez de esforzarse por acallar los remordimientos que de aquel eran natural consecuencia, fue la idea del deber la que ni un instante se apartó de su mente. Se había forjado un modelo imaginario y temía sufrir remordimientos atroces e incurrir en un ridículo eterno si de aquel se separaba. En una palabra, la manía de ser un hombre superior, que acosaba a Julián, le impidió saborear la dicha que se le vino a las manos. Fue como la niña de dieciocho años que, dotada de deslumbrante hermosura y deudora a la Naturaleza de colores encantadores, comete para ir al baile, la locura de darse colorete. Experimentó la señora de Rênal las alarmas más crueles, que vinieron a agudizar el espanto terrible que en ella produjera la aparición de Julián. Las lágrimas y la desesperación de éste la conturbaron horriblemente. Cedió, rendida su virtud a la violencia del amor que la avasallaba, y aun después de rendida, cuando nada podía negar ya a su amante, rechazaba a éste con indignación real, para arrojarse acto seguido en sus brazos. Considerándose condenada sin remedio, en su afán por substraerse a la vista del infierno abierto a sus plantas, prodigaba a Julián las caricias más vivas. En suma: la dicha de nuestro héroe habría sido completa, nada le habría faltado, ni siquiera los transportes de pasión de la mujer que acababa de rendir, si hubiese sabido disfrutarla. Cuando se fue Julián, sin cesar los movimientos de alegría que agitaban a la infeliz adúltera, aumentaron sus combates interiores y se hicieron más lacerantes sus remordimientos. Vuelto Julián a su habitación, quedó sumido en ese estado de estupor y de inquieta alarma en que cae el alma que acaba de obtener lo que desde largo tiempo antes venía deseando, del alma habituada a desear y que, ni encuentra ya nada que desear, ni conserva recuerdos que llenen el vacío que en ella dejaron los deseos. Semejante al soldado que regresa de una gran parada, Julián dedicó mucho tiempo y mucha atención a repasar en su memoria todos los detalles de su conducta. -¿Habré sido remiso en el cumplimiento de lo que me debo a mí mismo?- se preguntaba-. ¿He representado bien mi papel? ¡Qué papel, santo Dios! ¡el de un hombre acostumbrado a ser astro de primera magnitud entre las mujeres!
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