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XVI Por fortuna para la gloria de Julián, la agitación, el estupor de la señora de Rênal eran demasiado grandes para que llamasen su atención las necedades del hombre que, de resultas de un momento de extravío, pasó a serlo todo para ella. Próximo ya el día, suplicaba ella a Julián que se retirase, repitiendo, asustada, que si su marido había oído algún ruido, estaba perdida sin remedio; pero su amante, cuyas facultades se mantenían frescas, contestó con esta pregunta de relumbrón: -¿Sentirías perder la vida? -¡Muchísimo en este momento!- contestó la pobre enamorada ¡Lo que ni siento ni sentiré nunca es haberte conocido! Julián salió del dormitorio de su dama cuando era día claro, porque creyó que su dignidad exigía que lo hiciese a la luz del sol y alardeando de imprudencia. La atención continua que en el estudio de sus actos, aun de los más insignificantes, ponía, llevado de la loca idea de pasar por hombre de experiencia, dio como fruto una ventaja: a la hora del almuerzo, cuando se encontró en la mesa con la señora de Rênal, su conducta fue una maravilla de prudencia. En cambio ella no podía verle sin enrojecer hasta en el blanco de los ojos, ni vivir un instante sin mirarle. Como es natural, de su turbación se dio cuenta ella misma, y cuantos esfuerzos hacía para disimularla, la aumentaban. Una sola vez la miró Julián. Al principio, la señora de Rênal admiró y bendijo su prudencia; mas, viendo que aquella mirada única no se repetía, comenzó a alarmarse. -¡No me ama!- se dijo con angustia-. ¡Pobre de mí!... ¡Soy demasiado vieja para él!... ¡Diez años... le llevo diez años! Levantados los manteles, la señora de Rênal halló ocasión de estrechar furtivamente la mano de Julián. Éste, que durante el almuerzo se había entretenido en detallar los encantos de su dama, inconscientemente contestó con una mirada de pasión a una prueba de amor tan extraordinaria. Fue la mirada gota de miel que consoló a la señora de Rênal, aunque sin borrar sus inquietudes, las cuales, ya que no otra cosa, ahogaban sus remordimientos. Nada notó el marido durante el almuerzo, pero sí la señora Derville, cuya alma atrevida e incisiva no cesó en todo el día de abrumarla con indirectas demasiado transparentes, encaminadas a pintar, recargando los colores, el peligro que corría. Ardía la señora de Rênal en deseos de encontrarse a solas con Julián, a quien ansiaba preguntar si la amaba todavía. Las oficiosidades de su prima la molestaron en tales términos que mil veces estuvo tentada, no obstante la dulzura de su carácter, de hacerle comprender que la encontraba horriblemente importuna. Aquella noche, en el jardín, la señora Derville, desplegando una destreza que hizo honor a su ingenio, se sentó entre Julián y la señora de Rênal, y ésta, que venía suspirando por el delicioso placer de estrechar la mano de Julián y de llevarla a sus labios, ni siquiera pudo dirigirle la palabra. El contratiempo aumentó considerablemente su agitación. La noche anterior, al recibir la inesperada visita de Julián, había censurado con tanta dureza la imprudencia de éste, que temía que no se atreviese a repetirla. Los remordimientos la atenaceaban. Mucho antes de la hora de costumbre, puso fin a la tertulia nocturna y se retiró a sus habitaciones, pero, sin fuerzas para dominar su impaciencia, salió con paso cauteloso y llegó hasta la puerta de la habitación de Julián. No se atrevió a entrar, sin embargo, aunque a ello la impulsaban sus incertidumbres y su pasión, porque le pareció que ir a ella a buscar a su amante en su dormitorio era la mayor de las bajezas. La prudencia se impuso al fin, pues parte de la servidumbre no se había acostado todavía, obligándola a volver a su dormitorio. Pasaron dos horas, dos horas que para ella fueron dos siglos de cruel ansiedad, de terribles tormentos. ¿Repetiría Julián la visita de la noche anterior? Sí: era muy fiel nuestro héroe a lo que él llamaba su deber, para no ejecutar al pie de la letra el programa que se había impuesto. Sonaba la una de la madrugada cuando salió sigilosamente de su cuarto, se aseguró de que el señor de la casa, dormía profundamente, y se presentó en el dormitorio de la señora de Rênal. Más feliz fue aquella noche que la anterior, porque pensó menos en el papel que debía representar. Tuvo ojos para ver y oídos para oír. Por otra parte, contribuyó eficazmente a darle alguna seguridad la frase siguiente que su amiga le dirigió, con actitud de profunda melancolía y voz triste: -¡Tengo diez años más que tú!... ¡Pobre de mí!... ¿Es posible que me ames? Encantos sobrados atesoraba la señora de Rênal para ser amada, pese a la diferencia de edades: Julián encontró completamente infundados sus temores, pero observó que eran reales, y esto solo bastó para que dejase de tener miedo de ser ridículo. También desapareció la necia idea que le acosaba de ser considerado como amante subalterno. Aquella noche estuvo casi como debía estar, sin afectar la actitud de la víspera, actitud tomada de prestado, por decirlo así, que alcanzó una victoria, pero no un placer. Sus transportes tranquilizaron a su bella amiga, que pudo saborear buenas dosis de dicha y aprender a juzgar a su amante. Si ella hubiese advertido que Julián ponía todo su empeño en representar un papel, en vez de abandonarse a los impulsos del corazón, el descubrimiento le habría arrebatado la dicha para siempre, porque en ello no hubiera visto otra cosa que la triste consecuencia de la desproporción de edades. Al cabo de breves días, Julián, abandonado al ardor propio de la edad, estaba perdidamente enamorado de su amiga. Comprendía que ésta atesoraba un alma de ángel y un cuerpo bello como pocos. Ya casi había perdido hasta la idea de que, al acudir solícito a las entrevistas nocturnas, cumplía un deber, ya no se acordaba de que representaba un papel. En un momento de abandono, llegó a confesar a la señora de Rênal las inquietudes que en los comienzos de sus relaciones le torturaban, confianza que centuplicó la violencia de la pasión que inspiraba. -¡Luego no he tenido rival afortunada!- se repetía la señora de Rênal, con trasporte. Atrevióse a preguntar de quién era el retrato que tanto interés merecía a Julián, y éste le juró que de un hombre. En momentos de reflexión, cuando la señora de Rênal se encontraba en estado de meditar, maravillándose de que el mundo pudiese proporcionar una dicha como la que ella experimentaba, una dicha que nunca había soñado. -¡Ah!- se decía-. ¡Si hubiera conocido a Julián hace diez años, cuando aun podía pasar por hermosa! Muy distintos eran los pensamientos de Julián. Su amor, más que amor, era ambición, era la alegría de ser dueño, él, ser desgraciado, pobre y menospreciado de una mujer tan hermosa y tan distinguida. Sus actos de adoración, sus transportes producidos por los encantos de su amiga, concluyeron por tranquilizar a ésta, por hacerla olvidar casi la diferencia de edades. Verdad es que , si ella hubiese sido menos candorosa, si hubiera poseído parte de la experiencia de la vida que en los países civilizados han adquirido todas las mujeres mucho antes de llegar a los treinta años, la habría asustado la duración de un amor que parecía alimentarse de la sorpresa y de la satisfacción del amor propio. En los momentos en que Julián olvidaba su ambición, admiraba con transportes casi pueriles hasta los sombreros, hasta los vestidos de la señora de Rênal. ¡Cuántas veces abría de par en par el armario de triple luna, y permanecía horas enteras extasiado ante las galas allí reunidas! La señora de Rênal le acompañaba, apoyada sobre sus hombros y él contemplaba las joyas, las sedas y las gasas que suelen llenar la canastilla de boda la víspera de un matrimonio. -¡Y yo hubiese podido casarme con este hombre!- pensaba con frecuencia la señora de Rênal ¡Qué alma de fuego!... ¡Mi vida, a su lado, habría sido un cielo anticipado! Julián, para quien eran nuevos aquellos terribles instrumentos de la demoledora artillería femenina, se decía que era imposible que en París hubiese nada más hermoso, y entonces disfrutaba de una dicha completa. La sincera admiración y los transportes de su dama borraban de su memoria las vanas teorías que fueron causa determinante de su actitud meditada y ridícula de los primeros días de relaciones. Momentos había en que, no obstante sus hábitos de hipocresía, hallaba una dulzura extrema en la confesión de su ignorancia con respecto a muchas cosas, pero aun era mayor la alegría de la señora de Rênal cuando podía instruir a su juvenil amante, cuando tenía ocasión de explicar algo a aquel genio, a aquel hombre de talento, que comenzaba a conquistarse la admiración universal. Hasta el subprefecto y el director del Asilo de Mendicidad aseguraban que sería la gloria de Verrières, alabanzas que les valieron que Julián les diputase por menos idiotas que antes. La que distaba mucho de compartir tan honrosos sentimientos era la señora Derville. Desesperada ante lo que, si no había visto, creía adivinar, y viendo que sus prudentes consejos eran pésimamente recibidos por la desventurada, que, a no dudar, había perdido la cabeza, abandonó bruscamente a Vergy, sin dar explicaciones, que su prima tuvo buen cuidado de no pedirle. La señora de Rênal derramó algunas lágrimas sobre su ausencia, mas en breve comprendió que su dicha era mayor que antes, puesto que, desde que se fue su prima, podía pasarse el día entero a solas con su Julián. Este, por su parte, cultivaba con asiduidad creciente la dulce sociedad de su dama, con doble motivo si se tiene en cuenta que, cuantas veces se pasaba algunas horas solo, brotaba en su recuerdo la fatal proposición de su amigo Fouqué. Hubo momentos, luego que entró de lleno en la nueva existencia, en que él, que jamás había amado, que jamás había sido amado, encontraba una sensación deliciosa en la sinceridad, tanto, que había resuelto ya confesar a la señora de Rênal la ambición, que fuera hasta entonces la esencia, el sueño único de su vida. También le hubiese consultado a propósito de la tentación extraña que le producía la proposición de Fouqué, si un pequeño incidente no hubiese abozalado su franqueza.
XVII Una tarde, a la hora deliciosa en que el astro del día trasponía las montañas, Julián, sentado junto a su amiga en lo más espeso del jardín, lejos de los importunos, soñaba profundamente. Embargaba todas las potencias de su alma el pensamiento en las dificultades por que atraviesa el hombre cuando ha de decidirse por una profesión, y a la par que se preguntaba si la existencia de dulzura que estaba saboreando duraría siempre, deploraba la llegada fatal del suceso que pone fin a la infancia y amarga los años primeros de los jóvenes que no poseen una fortuna. -¡Ah!- exclamó-. ¡Napoleón fue el hombre enviado por Dios para hacer feliz a la juventud francesa! ¿Quién le reemplazará? ¿Qué harán sin él los desgraciados, aun aquellos que, más ricos que yo, tienen medios de fortuna para proporcionarse una buena educación, pero no lo bastante para comprar a un hombre de influencia y prosperar en el mundo? Es inútil darle vueltas- añadió lanzando un suspiro-; este pensamiento fatal basta para que no podamos ser felices los que en mi caso nos hallamos. Julián observó que la señora de Rênal fruncía su lindo entrecejo y adoptaba una actitud de frialdad y de desdén. Le parecía que la manera de pensar de Julián era propia de un criado y no de un hombre superior. Sabedora de que ella era rica, daba por descontado que también lo era Julián. Amábale más que a su vida, y en cambio tenía muy poco apego al dinero. Ni remotamente adivinó Julián las ideas de su amiga. El fruncimiento de cejas le trajo a la realidad y tuvo bastante talento para dar un nuevo giro a sus palabras y hacer entender a la noble dama, sentada a su lado, que eran las que oyó decir a su amigo Fouqué, y que las acababa de repetir para que ella se diera cuenta de cómo raciocinan los impíos. -Lo mejor es que no te relaciones con esas gentes- contestó la señora de Rênal, conservando aún parte de la frialdad, que había sucedido a una expresión de viva ternura. El fruncimiento de aquellas hermosas cejas, o, mejor dicho, el remordimiento consiguiente a su imprudencia, fue la lección primera que recibieron las ilusiones que arrastraban a Julián. -Es buena- se dijo-; buena y dulce. Me quiere de veras, pero ha sido educada en el campo enemigo. Sin duda tiene miedo a esa clase de hombres de corazón que, después de haber recibido una educación regular, carecen de fortuna, para seguir una carrera... ¿Dónde irían a parar esos nobles si pudiéramos combatirles con armas iguales? Si yo, por ejemplo, fuese alcalde de Verrières, y tuviera las buenas intenciones y fuera honrado, como en el fondo lo es el señor Rênal, poco tiempo padeceríamos en la ciudad al vicario, ni al señor Valenod, ni a tantos otros tunantes... No sería su talento lo que me haría vacilar... ¡Talento, ¡Valientes brutos...! Aquel día la dicha de Julián estuvo a punto de ser duradera. Lo único que faltó a nuestro héroe fue atreverse a ser sincero. Precisaba tener valor para dar la batalla, pero inmediatamente. Si las frases de Julián dejaron estupefacta a la señora de Rênal, fue porque los hombres de su clase repetían que el regreso de Robespierre estaba dentro de lo posible a causa de los jóvenes de las clases bajas, que cuidaban demasiado de su educación. La expresión de frialdad de la señora de Rênal fue bastante duradera y pareció muy marcada a Julián, en quien el temor de haber dicho una cosa desagradable sucedió a su repugnancia hacia el mal gusto de las frases. Ya no se atrevió Julián a soñar con abandono y en voz alta. Más tranquilo y menos enamorado de día en día, creyó que era punible imprudencia ir a visitar a su amiga en su dormitorio. Preferible era que fuese ella quien acudiese al suyo, pues si un criado cualquiera la encontraba andando por la casa, le sobrarían pretextos con que justificar sus pasos. No dejaba de tener sus inconvenientes esta modificación. Julián había recibido de su amigo Fouqué libros que un estudiante de teología no se habría atrevido a pedir nunca a un librero. Únicamente durante la noche se permitía leerlos, y no le hubiese agradado ver interrumpida su lectura por una visita cualquiera. Si entendía los libros de una manera nueva para él, debíalo a la señora de Rênal, a la cual había hecho preguntas sobre preguntas acerca de muchas cosas, cuya ignorancia es obstáculo que no franquea la inteligencia de un joven educado fuera de la alta sociedad, por mucho genio y talento naturales que se le supongan. La educación del amor, dada por una mujer que era la personificación de la ignorancia, fue para nuestro héroe una dicha. Julián llegó directamente a ver la sociedad tal como es hoy. No fatigó su talento la historia de lo que fuera en otros tiempos, dos mil años antes, o bien sesenta años atrás, en tiempos de Voltaire y de Luis XV. Cayó la venda de sus ojos con alegría verdaderamente inefable, y comprendió lo que en Verrières pasaba. Parece que se habían puesto en planta intrigas muy complicadas, urdidas dos años antes en torno del prefecto de Besançon. Las apoyaban cartas llegadas de París, firmadas por ilustres personajes. Se trataba de nombrar teniente de alcalde de Verrières al señor Moirod, que era el caballero más devoto de la región, pero tenía un contrincante de fuerza, a quien era preciso inutilizar. El contrincante era un fabricante muy rico. Julián comprendió, al fin, las indirectas y palabras sueltas que en distintas ocasiones había sorprendido, cuando las personas de la alta sociedad comían en la casa de los señores Rênal. Objeto de las preocupaciones de aquellas personalidades privilegiadas era el nombramiento del teniente alcalde, sin que ni remotamente lo sospechasen los habitantes de la ciudad, y menos los afiliados al partido liberal. La cuestión, que en sí no tenía importancia, la tenía, y muy grande, porque la acera oriental de la calle Mayor de Verrières debía retroceder más de nueve pies para convertirla en calle Real. Ahora bien: si el señor Moirod, dueño de tres de las casas que debían retroceder, era nombrado teniente alcalde, y como consecuencia, alcalde, en el caso más que probable en que el señor Rênal fuese elegido diputado, cerraría los ojos, y todo el mundo podría llevar a cabo, en las casas que se oponían al ensanchamiento de la calle, ciertas reparaciones que las pusieran en condiciones de durar cien años. Gozaba el señor Moirod fama de piadoso, y todo el mundo le reconocía una honradez intachable, pero como tenía muchos hijos, había la esperanza de que sería manejable. De las casas llamadas a retroceder, nueve pertenecían a las personas más distinguidas de Verrières. A los ojos de Julián, esta intriga tenía muchísima más importancia que la batalla de Fontenoy, hecho de armas del que jamás oyó hablar, y que vio relatado por primera vez en las páginas de uno de los libros que Fouqué le había enviado. Muchas eran las cosas que intrigaban a Julián desde cinco años antes, es decir, desde que comenzó a frecuentar la casa del cura; pero como la discreción y la humildad de espíritu deben ser las cualidades más salientes de un estudiante de teología, jamás se atrevió a hacer preguntas. Un día la señora de Rênal daba una orden al criado de su marido que distinguía con su animadversión a Julián. -Hoy es viernes, último de mes, señora- replicó el criado con expresión singular. -Está bien; vaya usted- dijo la señora. -Supongo- observó Julián, luego que se fue el criado- que va a lo que antiguamente fue iglesia, luego depósito de heno, y recientemente volvió a ser dedicado al culto divino. ¿Pero qué va a hacer allí? Es un misterio que nunca he podido penetrar. -Ha sido establecida allí una especie de cofradía, altamente saludable, pero muy singular- contestó la señora de Rênal-. No son admitidas las mujeres, y lo único que sé es que todo el mundo se tutea. Este criado, por ejemplo, encontrará allí al señor Valenod, y el señor Valenod, con ser tan orgulloso y tan necio, no se molestará cuando le tutee nuestro criado Saint-Jean, a quien contestará como si fuera su igual. Si tienes interés por saber lo que hacen, preguntaré detalles al señor Maugiron y a Valenod. Pagamos veinte francos por criado, a fin de que éstos no nos degüellen el día menos pensado. Volaba el tiempo. El recuerdo de los encantos de su dama apaciguaba los accesos de negra ambición que torturaban a Julián. Como militaban en bandos opuestos, la necesidad de no hablar de cosas tristes, que podían ser desagradables, aumentaba la dicha de Julián y el imperio que insensiblemente adquiría la señora de Rênal sobre él. Cuando la presencia de los niños, demasiado inteligentes, obligaba a los amantes a emplear el lenguaje de la fría razón, Julián escuchaba con docilidad perfecta las explicaciones de su amiga, y la contemplaba con ojos chispeantes de pasión. A veces, en medio de una conversación seria y tranquila, se extraviaba el espíritu de la señora de Rênal: Julián se veía en la precisión de regañarle, y entonces se permitía ella los mismos gestos íntimos con su amante que con sus hijos. Y es que en algunas ocasiones se hacía la infeliz la ilusión de que amaba a Julián como si fuese su hijo. ¿No le hacía él con frecuencia preguntas ingenuas sobre mil cosas sencillísimas, que no ignoraba ningún muchacho de quince años? Segundos después de considerarle como un hijo, veía en él a su maestro. Su genio llegaba a asustarla, pues de día en día veía dibujado con líneas más enérgicas al gran hombre del porvenir en la persona del humilde jovenzuelo. Imaginábaselo cardenal, primer ministro, como Richelieu... Papa. -¿Viviré bastante para verte encumbrado en el pináculo de la gloria?- preguntaba a Julián con frecuencia-. El mundo ansía, suspira por la aparición de un gran hombre: lo necesitan la monarquía y la religión.
XVIII
¿Es que no servís más que para El día 3 de septiembre, a las diez de la noche, la llegada de un gendarme, que entró en la calle Mayor de Verrières a todo el galope de su caballo, despertó a la población entera. Era martes, y traía la noticia de que Su Majestad el rey de... llegaría a la ciudad el domingo siguiente. El prefecto autorizaba, es decir, exigía la formación de la guardia de honor, pues convenía desplegar toda la pompa posible. Inmediatamente fue despachado un mensajero a Vergy. El señor Rênal llegó durante la noche y encontró la ciudad loca de entusiasmo. Todo el mundo tenía sus pretensiones: los menos curiosos, o más positivistas, alquilaban sus balcones a los que deseaban ver la entrada del rey y carecían de ellos. ¿A quién confiar el mando de la guardia de honor? El señor Rênal comprendió que importaba sobremanera a las casas destinadas a retroceder que el comandante de la guardia fuese el señor Moirod, pues era muy probable que el mando le valiese la tenencia de alcaldía. Había, empero, un inconveniente, y era que si bien es cierto que la devoción del tal señor estaba más que suficientemente probada, y era por todos reconocida, no lo era menos que en su vida había montado a caballo, y por otra parte, era hombre de treinta y seis años, extremadamente tímido, a quien hacían temblar lo mismo las caídas que el ridículo. El alcalde le mandó llamar a las cinco de la mañana. -Como ve usted, reclamo sus consejos como si ocupara ya el puesto de honor hasta el cual desean elevarle todos los ciudadanos honrados. En esta desventurada ciudad prosperan escandalosamente las industrias, el partido liberal hace millones, aspira al poder, y, para conseguir sus fines, es indudable que sabrá convertirlo todo en substancia. Nosotros, caballero, debemos poner nuestras miras en los intereses del rey, de la monarquía y, sobre todo, de la religión. Ahora bien: ¿a quién opina usted que debemos confiar el mando de la guardia de honor? Pese al horrible miedo que al caballo tenía, el señor Moirod concluyó por aceptar el honor indicado, como quien acepta el martirio. -Procuraré conducirme con dignidad- contestó al alcalde. Apenas si quedaba tiempo bastante para hacer las reparaciones que exigían imperiosamente los uniformes, que siete años antes habían servido, con motivo del paso por Verrières de un príncipe de la sangre. A las siete del mismo día llegó de Vergy la señora Rênal, con Julián y con sus hijos. Encontró su casa llena de damas del partido liberal, que predicaban la unión de los partidos y venían a suplicar a la alcaldesa que influyese cerca de su marido para que éste concediera a los suyos un puesto en la guardia de honor. Hubo, una que aseguró que su marido se declararía en quiebra si no conseguía su aspiración. La señora de Rênal despidió pronto a todo el mundo. Parece que estaba muy ocupada. A Julián, no sólo le sorprendió, sino que también le molestó el hecho de que la alcaldesa guardase con él una reserva impenetrable con respecto al asunto que tanto la preocupaba, al parecer. -No me sorprende- dijo Julián con amargura-. Tenía previsto que su amor había de eclipsarse ante la dicha de recibir a un rey en su casa. Honras de ese linaje deslumbran. Volverá a amarme cuando dejen de turbar su cerebro las ideas propias de su casta. ¡Cosa extraña! Al creer que era amado menos, amó él más. Los tapiceros comenzaron a invadir la casa. En vano acechó Julián largo tiempo la ocasión de decir cuatro palabras a su amante: la oportunidad ansiada no se presentó. Al fin, la vio que salía de su habitación, es decir, de la de Julián, y que se llevaba uno de sus trajes. Estaban solos, intentó hablarle, y la señora de Rênal, no sólo no contestó, sino que huyó sin querer escucharle. -Se necesita ser tan idiota como soy para amar a esa mujer- se dijo nuestro héroe-. La ambición la enloquece en tanto grado como a su marido. Se engañaba Julián: la señora de Rênal estaba mucho más loca que su marido. Uno de sus anhelos más fervientes, anhelo que no había confesado nunca a Julián por miedo a la opinión que su capricho pudiera producirle, era verle dejar, aunque no fuese más que un día, su triste indumentaria negra. Poniendo en juego una destreza admirable, bien que muy natural en una mujer, recabó primero del señor Moirod y luego del subprefecto señor de Maugiron, que Julián fuese nombrado guardia de honor, prefiriéndole a cinco o seis jóvenes, hijos de fabricantes muy acomodados, dos de los cuales, por lo menos, eran de piedad ejemplar. El señor Valenod, que había resuelto prestar su carruaje a las mujeres más hermosas de la ciudad, y hacer que todo el mundo admirase su tronco de normandos, no tuvo reparo en facilitar uno de sus caballos a Julián, al ser que más vivamente aborrecía. Todos los guardias de honor tenían, de su propiedad particular o prestados, hermosos uniformes azul celeste, adornados con profusión de galones de plata, que habían excitado la admiración universal siete años antes; pero la señora de Rênal quería proporcionar a Julián un uniforme flamante y no disponía más que de cuatro días para pedir y hacer llegar de Besançon el uniforme, armas, sombrero, etc. Aumentaba lo hermoso de la intriga el hecho de que no quisiera que confeccionasen el uniforme en Verrières, en primer lugar, porque lo consideraba imprudente, y en segundo, porque su deseo era sorprender a Julián y a la ciudad. Ultimados los detalles relacionados con los guardias de honor, hubo de ocuparse el alcalde en preparar una gran ceremonia religiosa. No quería el rey de... pasar por Verrières sin adorar la famosa reliquia de San Clemente, que se venera en Bray-le-Haut, a una legua escasa de la ciudad. Se deseaba reunir una representación numerosa de clero, detalle de difícil arreglo y expuesto a conflictos, porque el nuevo cura se obstinaba en evitar a toda costa la asistencia del anterior. En vano le representó el señor de Rênal que la preterición de su antecesor sería una imprudencia gravísima; que el señor marqués de la Mole, cuyos antepasados habían gobernado por espacio de largo tiempo la provincia, era quien debía acompañar al rey de... y que, como hacía treinta años que conocía y apreciaba al señor Chélan, preguntaría por él no bien llegase a Verrières, y si tenía noticia de que había sido depuesto de su cargo, hombre era muy capaz de ir a buscarle a la casita donde se había retirado, haciéndose acompañar por todo el cortejo real, lo que sería un bofetón para los que le depusieron. -Quedo deshonrado aquí y en Besançon si entre mis sacerdotes figura ese hombre- repetía el Párroco-. ¡Un jansenista, Dios mío! -Diga usted lo que quiera, mi querido cura- replicaba el señor Rênal-; yo le aseguro que no he de exponer a la ciudad de Verrières al peligro de recibir un bofetón del señor de la Mole. Usted no le conoce, amigo mío. En la corte es modelo de finura; pero en provincias se ha distinguido siempre como satírico insoportable, burlón y amigo de poner en ridículo a las gentes. A trueque de pasar un rato distraído, es muy capaz de cubrirnos de ridículo a los ojos de los liberales. Hasta la noche del sábado al domingo, es decir, después de tres días de conferencias y de representaciones, no se doblegó el orgullo del párroco Maslon, quien, al fin, llegó a temer que el miedo del alcalde se trocase, ante el peligro, en valor ciego. Fue preciso escribir una carta melosa al ex párroco Chélan, suplicándole que tuviera a bien asistir a la ceremonia de la adoración de la reliquia de Bray-le-Haut, siempre que sus muchos años y los achaques propios de su edad se lo permitiesen. El señor Chélan pidió y obtuvo una carta de invitación para Julián, quien debía ejercer a su lado las funciones de subdiácono. En las primeras horas del domingo, millares de campesinos, llegados de las montañas próximas, inundaron las calles de Verrières. El día era espléndido. A eso de las tres de la tarde cundió la agitación entre la muchedumbre. Apareció una hoguera inmensa sobre un peñasco distante dos leguas de Verrières, que era la señal de que el rey acababa de entrar en el término de la provincia. Las campanas echadas al vuelo y las descargas repetidas de un cañón viejo, que era propiedad del municipio, pusieron de manifiesto el júbilo que la llegada de un monarca producía a la ciudad. Más de la mitad de la población subió a los tejados y las damas se acomodaron en los balcones. La guardia de honor se puso en movimiento. Los brillantes uniformes atraían la admiración de los espectadores, que reconocían entre los que formaban la guardia amigos y parientes. No faltaban burlones que se reían del miedo del señor Moirod, quien, dando pruebas de extremada prudencia, en todo momento tenía dispuesta la mano para asirse a la perilla de la montura. Pero hubo una novedad que fue causa de que se olvidase todo: el primer guardia de la fila novena era un muchacho guapo, muy delgado, a quien nadie conoció en los primeros momentos. Muy en breve, los gritos de indignación de los unos y el silencio producido por la estupefacción en, los otros, fueron señales evidentes de que la sensación era general. Acababan de reconocer en el joven que oprimía los lomos de uno de los caballos normandos del señor Valenod al hijo del aserrador Sorel. Su vista alzó un grito general de indignación contra el alcalde, sobre todo, a los liberales. Los comentarios no podían ser más sabrosos. -¿Cómo se entiende?- exclamaba un fabricante-. ¡Han tenido la audacia de nombrar guardia de honor a ese rústico disfrazado de cura, porque es preceptor de los cachorros del alcalde! -Si conocieran la vergüenza esos señores- observaba un banquero-, se alejarían de ese insolente nacido en el barro y criado en el barro. -Es un pillastre a quien han ceñido sable- respondía un vecino-, sin tener en cuenta que tiene en su alma bastante cantidad de deslealtad para cortar la cabeza a los mismos que se lo ciñeron. Más peligrosos eran los comentarios de las clases nobles. Las señoras se preguntaban con acento irónico si el autor de aquella inconveniencia intolerable había sido en realidad el alcalde. En una palabra: todo el mundo le media con el desprecio más soberano, a causa de lo bajo de su nacimiento. Mientras daba motivo a frases tan poco honrosas, Julián se consideraba el más dichoso de los hombres. Atrevido por temperamento, montaba con más gallardía que ninguno de los jóvenes de la ciudad. Las mujeres hablaban de él; claramente lo decían sus ojos. Como sus galones eran nuevos, brillaban más que los de ningún otro guardia. Su caballo se encabritaba con frecuencia, circunstancia que enorgullecía al jinete. Su júbilo, que era muy grande, llegó al último límite citando, al pasar junto a las viejas murallas, el estampido del cañón, asustó a su caballo y le sacó de la fila. A la casualidad, y no a sus dotes como jinete, debió el no medir la calle con su cuerpo, pero en su orgullo se creyó un héroe. Ya no era Julián, sino un ayudante de campo de Napoleón, un general que, al frente de sus tropas, asaltaba una posición enemiga. Había una persona que disfrutaba más que Julián. Habíale contemplado primero desde uno de los balcones del Ayuntamiento: no bien pasó Julián, esa persona bajó a la calle, tomó un coche, y dando un gran rodeo a todo el galope de los caballos, llegó junto a la muralla cuando el de nuestro héroe salía saltando fuera de la fila. Momentos después salía el coche por otra puerta de la ciudad y entraba en el camino por donde debía pasar el rey, para seguir a retaguardia de la escolta de honor, envuelto en la noble nube de polvo que levantaban los caballos. -¡Viva el rey!- gritaron diez mil campesinos a coro, haciendo eco al discurso de salutación que el alcalde dirigió a Su Majestad. Una hora más tarde, al entrar el rey en la ciudad, oídos todos los discursos, el cañón comenzó a hacer fuego rápido. Sobrevino un accidente lamentable, del que fueron víctimas, no los artilleros, que habían dado brillantes pruebas de competencia en el oficio de Leipzig y en Montmirail, sino el futuro teniente alcalde señor Moirod. Su caballo tuvo el capricho de dejarle sentado en el primer lodazal que encontró en el camino, produciendo el escándalo consiguiente, pues hubo necesidad de retirarle de allí para que pudiera pasar la carroza del rey. Descendió el rey frente a la hermosa iglesia nueva, que aquel día estaba colgada con tapices de seda color carmesí. Según el programa, el rey debía comer y continuar luego el viaje hacia el santuario donde se veneraba la célebre reliquia de San Clemente. No bien entró el rey en la iglesia, Julián se dirigió, a galope tendido, al domicilio del señor Rênal, donde dejó, con harto pesar de su alma, su hermoso uniforme color azul celeste, para vestir su fúnebre traje negro. Montó de nuevo a caballo y momentos después llegaba a Bray-le-Haut, que ocupa la cima de una colina hermosísima. -El entusiasmo multiplica hasta el infinito a los campesinos- pensó Julián-. Salgo de la ciudad, por cuyas calles no puede uno removerse, y encuentro aquí más de diez mil, apelmazados junto a esta antigua abadía. Medio destruida aquella por el vandalismo revolucionario, había sido reedificada a raíz de la Restauración y comenzaba a hacerse famosa por los milagros. Julián se presentó al cura Chélan, quien le regañó con severidad, y le dio una sotana y una sobrepelliz. Vistióse nuestro joven con rapidez, y siguió al anciano sacerdote, que debía acompañar al obispo de Agde. Era el prelado sobrino del señor de la Mole, elevado a su dignidad episcopal recientemente y encargado de presentar la reliquia al rey, pero no se le encontraba por ninguna parte. El clero, que esperaba al obispo en el sombrío claustro gótico de la antigua abadía, se impacientaba. Se habían reunido ochenta curas con objeto de representar al antiguo capítulo de Bray-le-Haut, formado hasta el año de 1789 por ochenta canónigos. El clero, después de pasarse tres cuartos de hora deplorando la juventud del obispo, creyó conveniente que el decano se presentase a aquel para significarle que era la hora de ir al coro, porque el rey estaba para llegar. En atención a sus muchos años, había sido nombrado decano el señor Chélan. Este indicó a Julián que le siguiese. Nuestro héroe no estaba mal vestido de sotana y sobrepelliz: gracias a no sabemos que recurso, consiguió alisar perfectamente sus abundantes y rizados cabellos, pero sufrió un olvido lamentable que excitó la más terrible de las cóleras del señor Chélan: por debajo de la sotana asomaban las grandes espuelas de guardia de honor. Llegados a la puerta de las habitaciones del obispo, una turba de lacayos cerró el paso a nuestros amigos, diciéndoles con desdén marcado que Su Excelencia no estaba visible. Hizo observar el señor Chélan que su condición de decano le daba derecho a llegar hasta el prelado en todo momento, pero sus observaciones no merecieron más que burlas y risotadas. La insolencia de los lacayos despertó la ira de Julián, quien, con ademanes de inconmensurable orgullo, comenzó a recorrer las dependencias de la antigua abadía, abriendo y cerrando con estrépito cuantas puertas encontraba al paso. Franqueada una pequeñita, se encontró de pronto en medio de los familiares del alto dignatario de la Iglesia, quienes, engañados por la prisa y decisión que mostraba, supusieron que había sido llamado por el señor obispo y le dejaron pasar sin inconveniente. Dio Julián algunos pasos y llegó a una cámara gótica, sombría, de proporciones colosales. Llamaban la atención los artesonados de encina negra y el hecho de que todas las ventanas estuviesen amuradas con ladrillo, excepto una sola. Ningún adorno disimulaba la desnudez de los robustos muros, que contrastaban poderosamente con la magnificencia del artesonado. Los dos grandes lados de la cámara, que gozaba de gran celebridad entre los anticuarios y había sido construida por Carlos el Temerario, acaso para expiar algún pecado grave cometido, ofrecían a la admiración de los inteligentes una sillería en madera, enriquecida con preciosas esculturas y primorosos trabajos de talla. En ella estaban representados todos los misterios del Apocalipsis. Aquella magnificencia melancólica degradada por la vista de los ladrillos y de la cal conmovió a Julián. Su mente comenzó a maldecir del vandalismo de los hombres, mas pronto hubo de suspender sus operaciones mentales como había suspendido segundos antes las de sus pies En el extremo opuesto de la cámara, junto a la única ventana que dejaba pasar la luz del día, habían colocado un mueble de caoba provisto de un gran espejo. Un joven, ataviado con vestiduras color violeta y con sobrepelliz de rico encaje, se hallaba de pie frente al espejo. Observó Julián que el joven parecía irritado: con la mano derecha no cesaba de dar bendiciones, extremando la gravedad en sus ademanes y sin separar sus miradas del espejo. -¿Qué diablos está haciendo ese hombre?- se preguntó Julián ¿Es alguna ceremonia preparatoria?... ¿Quién será ese cura? Probablemente el secretario del obispo, en cuyo caso, doy por cierto y averiguado que su insolencia corresponderá a la de los lacayos... ¡No importa!... Probaremos. Avanzó con paso lento, fija la mirada en la única ventana y mirando al joven, que continuaba dando bendiciones sin interrumpirse un segundo. A medida que se aproximaba al de las vestiduras violeta, convencíase más y más de que estaba de mal humor. La riqueza del roquete guarnecido con ricos encajes detuvo involuntariamente a Julián a pocos pasos del espejo. El que elevaba el número de las bendiciones hasta el infinito vio reflejada la imagen de Julián en la luna. De su rostro desapareció como por encanto la expresión de mal humor; volvióse con calma hacia Julián, le preguntó con afabilidad: -¿Está todo preparado? Julián quedó estupefacto. Al volverse el joven, el pectoral que pendía de su cuello llamó la atención de aquel. -¡El obispo de Adge!...- pensó Julián-. ¡Tan joven!... ¡A lo sumo, seis o siete años más que yo!... Acordóse con vergüenza de las espuelas que calzaba. -Señor- contestó tímidamente-, me envía el decano del Capítulo, señor Chélan. -¡Ah! ¡Me le han recomendado con mucha eficacia!- repuso el prelado, con finura que dejó encantado a Julián-. Ruego a usted que me dispense, si atolondradamente le tome por la persona encargada de traerme la mitra. La embalaron en París horriblemente mal. Y las consecuencias han sido funestas: el brocado de plata de la parte alta se ha echado a perder. Por si esto no era bastante- añadió el prelado con tristeza-, me tienen esperando. -Si Su Excelencia me lo permite, iré a buscar la mitra- dijo Julián. -Vaya usted, sí- contestó el obispo con encantadora finura-. La necesito inmediatamente... Harto he hecho esperar ya a esos señores. Recorrida la mitad de la cámara, Julián se volvió hacia el obispo y vio que había reanudado la tarea de dar bendiciones. En la salita donde estaban los familiares vio la mitra del prelado y la tomó, sin que aquellos señores se atrevieran a ponerle objeciones. Sentíase orgulloso. Recorrió la cámara con paso lento y ademán solemne. El obispo estaba sentado; pero, de vez en cuando, su diestra, aunque fatigada, continuaba dando bendiciones. Julián ayudó al prelado a ponerse la mitra. -Puede pasar... ¿verdad?- preguntó a Julián con expresión de contento-. ¿Tiene usted la bondad de alejarse un poco? El obispo entonces se dirigió con paso rápido hacia el centro de la cámara, dio allí media vuelta y echó a andar hacia el espejo con paso lento y dando bendiciones. El asombro tenía inmóvil a Julián: sentía tentaciones de comprender, y no se atrevía. El obispo hizo alto, y mirando a nuestro héroe sin gravedad, le preguntó: -¿Qué le parece a usted mi mitra, señor? -Que está bien, Excelentísimo señor. -¿No le parece que tal vez la llevo demasiado inclinada hacia atrás? Por supuesto, que produciría pésimo efecto bajarla demasiado sobre los ojos, como si fuese el casco de un coracero. -La encuentro muy bien colocada, señor. -El rey de... está habituado a tratar con un clero venerable, muy grave seguramente. No quisiera que formase acerca de mí opinión de que soy ligero, fundándose más que en ninguna otra cosa en mis pocos años. El obispo comenzó a caminar de nuevo dando bendiciones. -No hay duda- observó mentalmente Julián-. Se ensaya. -Estoy pronto- dijo al cabo de algunos instantes el obispo-. Hágame el favor de comunicarlo al señor decano y a los señores canónigos. Breves minutos después, el señor Chélan, acompañado por los dos sacerdotes de más edad, entraba por una puerta muy grande y enriquecida con soberbias esculturas, que Julián no había visto antes. En esta ocasión, nuestro héroe ocupó el puesto que le correspondía, es decir, el último, y como consecuencia, no pudo ver al obispo más que mirando por sobre los hombros de los demás. El obispo atravesó con paso lento la sala. Una vez franqueada la puerta de salida, encontró al clero, formado en dos filas. Hubo al principio algún desorden, pero duró poco. La procesión se puso en marcha entonando salmos. Cerraba la comitiva el obispo, que llevaba a su derecha al señor Chélan y a su izquierda a otro de los sacerdotes más viejos. Julián consiguió colocarse muy cerca de Su Excelencia, en su calidad de agregado al señor Chélan. La procesión recorrió las largas galerías que la abadía de Bray-le-Haut, sombrías y húmedas no obstante el espléndido sol del día. La admiración que en Julián producía la ceremonia le tenía embelesado. Disputábanse su corazón un sentimiento de viva ambición, despertada por los pocos años del obispo, y otro de dulce sensibilidad, producido por la exquisita finura de aquel. Era una finura con la cual ningún parecido tenía la del señor Rênal, ni aun en los días en que el alcalde de Verrières se proponía ser fino. -A medida que uno se va elevando en el rango social, encuentra más distinción de modales- se decía Julián. La procesión entró en la iglesia por la puerta lateral. Un ruido espantoso hizo retemblar de pronto las vetustas bóvedas: Julián creyó que se desplomaban. El estrépito era la voz de trueno de la antigua pieza de artillería, que acababa de llegar a la abadía, arrastrada por ocho caballos, y que, colocada en posición, apenas llegada, por los artilleros de Leipzig, hacía fuego a razón de cinco disparos por minuto, como si estuvieran formadas delante de su boca las tropas prusianas. Aquel ruido ensordecedor no hizo efecto alguno en Julián, de cuyo pensamiento habían huido Napoleón y las glorias militares. -¡Tan joven, y obispo de Agde!- pensaba-. ¿Pero dónde está Agde? ¿Qué rentas dará el obispado? Probablemente de doscientos a trescientos mil francos. Aparecieron los lacayos de Su Excelencia llevando un palio soberbio. El señor Chélan tomó una de las varas, pero quien la llevó de hecho fue Julián. El obispo se colocó bajo el palio. Con gran admiración de nuestro héroe, el joven dignatario de la Iglesia había conseguido adoptar aires de anciano. Llegó el rey. Julián tuvo la dicha de verle de muy cerca. El obispo le dirigió un discurso que rebosaba unción. No fatigaremos al lector haciendo una descripción de las ceremonias de Bray-le-Haut, que llenaron las columnas de todos los periódicos durante quince días. Diremos únicamente que Julián escuchó con atención el discurso del obispo, y que supo que el rey descendía de Carlos el Temerario. Más tarde confiaron a Julián la tarea de formalizar las cuentas de los gastos ocasionados por la ceremonia. El señor de la Mole, que había dado una mitra a su sobrino, tuvo la galantería de encargarse de todos los gastos. La ceremonia de Bray-le-Haut le costó tres mil ochocientos francos. Oído el discurso del obispo, y contestado por el rey con otro, este último se colocó bajo el palio y avanzó hasta la gradería del altar, donde se postró de rodillas sobre un cojín lujoso, colocado al efecto. Se cantó Un solemne Te Deum, nubes de humo llenaron la iglesia, el entusiasmo de los campesinos se desbordó, resonaron infinidad de descargas de armas portátiles, bramó el cañón con terrible insistencia, las gentes se arrodillaron, lloraban conmovidas; en una palabra, tales muestras de piedad se vieron, que sin exageración podemos decir que la jornada de aquel día reducía a menudo polvo el edificio que pudieran levantar cien periódicos jacobinos. A seis pasos del rey, que rezaba con abandono, se encontraba Julián, quien por primera vez reparó en la presencia de un hombrecillo de mirada espiritual, en cuyo vestido apenas si se veía el bordado más insignificante. Sin embargo, debajo de su sencilla indumentaria, veíase un cordón azul, Estaba más cerca del rey que muchos de los señorones que vestían uniformes tan recargados de bordados de oro que, en expresión de Julián, no dejaban ver una pulgada de paño. Al cabo de breves momentos, supo Julián que el prócer que tan humildemente vestía era el señor de la Mole. Contrastaban con su uniforme sus modales, que eran altaneros y hasta insolentes. -Ese marqués dista mucho de ser tan fino como el obispo su sobrino- pensaba Julián-. El estado eclesiástico comunica a quien lo abraza suavidad, dulzura y prudencia... Pero es el caso que el rey ha venido, según dicen, a venerar una reliquia, y yo no veo reliquias por ninguna parte... ¿Dónde estará San Clemente? Un clérigo vecino suyo le dijo que la venerable reliquia estaba en lo alto de la iglesia, en una capilla ardiente. Ignoraba Julián qué fuese capilla ardiente, pero no se atrevió a preguntarlo: lo que hizo fue prestar más viva atención. Exige la etiqueta, cuando se trata de visitas de personas reales, que los canónigos no acompañen al obispo. Sin embargo, al ponerse en marcha la comitiva en dirección a la capilla, el obispo de Agde llamó al señor Chélan, lo que bastó para que Julián siguiese a este último. Después de subir una escalera, llegó el cortejo frente a una puerta muy pequeña, pero decorada con extraordinaria magnificencia. Delante de la puerta esperaban de rodillas veinticuatro doncellas, hijas de las familias más distinguidas de Verrières. El obispo, antes de abrir la puertecita, se arrodilló entre el grupo de doncellas, todas ellas lindísimas, y rezó en alta voz. Las niñas no tenían ojos más que para admirar los ricos encajes de su sobrepelliz y su rostro agraciado y joven. Lo poco de razón que restaba a nuestro héroe le abandonó a la vista de tan hermoso espectáculo. En aquellos instantes se hubiese batido por la Inquisición. Abrieron bruscamente la puerta. La capilla parecía un horno encendido, o si se prefiere un ascua de oro. Ardían sobre el altar más de mil cirios, divididos en ocho hileras y separados, aquellos y éstas, por hermosos ramos de flores. Julián observó que había cirios de más de quince pies de longitud. Llegó muy pronto el rey, sin más acompañamiento que el del señor de la Mole y de su gran chambelán. Hasta los guardias quedaron fuera, de rodillas y con las armas presentadas. Cayó Su Majestad sobre el reclinatorio. Entonces fue cuando Julián, que se había pegado contra el marco de la puertecita, pudo ver la hermosa imagen del santo. Estaba oculto bajo el altar, vestido de soldado romano. Presentaba su cuello una ancha herida de la cual manaba sangre. El artista había puesto a la cara del santo unos ojos moribundos, pero llenos de gracia: un bigotito naciente adornaba su boca medio cerrada, que parecía estar rezando todavía. La doncella que se encontraba más cerca de Julián rompió a llorar: una de las lágrimas que vertieron sus hermosos ojos cayó sobre la mano de nuestro héroe. Termina la conmovedora ceremonia el obispo de Agde pidió al rey permiso para hablar, y una vez obtenido éste, pronunció un discurso sencillo, pero conmovedor, que arrebató a sus oyentes. «No olvidéis, jóvenes cristianas, que acabáis de ver a uno de los más grandes reyes de la tierra postrado ante los servidores de un Dios todopoderoso y terrible. Estos servidores, débiles, perseguidos como fieras, asesinados en la tierra, como demuestra la herida de nuestro San Clemente, triunfan en el cielo. ¿No es verdad jóvenes cristianas, que os acordaréis eternamente de este solemne día? ¿Me prometéis ser siempre fieles nuestro gran Dios, tan terrible y la par tan misericordioso? ¿Me lo prometéis?»- repitió el prelado, con acento inspirado y solemne ademán. -¡Sí... sí!- gritaron todas las jóvenes, vertiendo mares de lágrimas. -En nombre de Dios recibo vuestra promesa- añadió el obispo con voz tonante. Este fue el final de la ceremonia. Hasta el rey lloraba. Hasta mucho después no tuvo Julián serenidad bastante para preguntar dónde estaban los huesos del santo, enviados por Roma a Felipe el Bueno, duque de Borgoba. Le dijeron que estaban en el interior de la artística cabeza de la imagen. Su Majestad se dignó permitir a las doncellas que le habían acompañado dentro de la capilla llevasen una cinta encarnada en la que campeaban estas palabras: «Odio a la impiedad. Adoración perpetua. » El señor de la Mole mandó distribuir a los campesinos diez mil botellas de vino. Aquella noche los liberales iluminaron sus casas con más celo aún que los realistas. El rey, antes de despedirse de la ciudad, hizo una visita al señor Moirod.
XIX
Lo grotesco de los sucesos de todos Al entrar Julián en las habitaciones ocupadas por el señor de la Mole, donde eran colocados los muebles ordinarios después de la marcha del rey, encontró un pliego de papel, plegado en cuatro dobleces. Leyó el pie del escrito de la primera página, que decía así: «Excelentísimo señor marqués de la Mole, par de Francia, caballero a las órdenes de S. M. el rey, etc., etc.» Era una solicitud redactada en los términos siguientes: «Toda mi vida he tenido principios religiosos. En Lyon estuve expuesto a las bombas lanzadas durante el sitio del año 93, de execrable memoria. Comulgo y oigo misa todos los domingos y fiestas de guardar en la iglesia parroquial. Jamás dejé de cumplir el precepto pascual, ni siquiera el año 93, de execrable memoria. Mi cocinera- antes de la Revolución tenía yo servidumbre-, mi cocinera me preparaba comida de vigilia todos los viernes. Gozo en Verrières de la consideración general, y me atrevo a decir que es merecida. en las procesiones, voy bajo palio, al lado del señor cura y del señor alcalde. En las grandes solemnidades, llevo un cirio muy grande comprado con mi dinero. Pido al señor marqués la administración de loterías de Verrières, que forzosamente ha de quedar vacante o por muerte o por destitución del que la ocupa, puesto que está enfermo y vota en contra del partido del orden en las elecciones, etc. etc. «DE CHOLIN.» Al margen del singular memorial, se leía un informe firmado por De Moirod, cuya primera línea era como sigue: «He tenido el honor de recomendar a V.E. al buen sujeto que firma la instancia...» -Hasta el imbécil de Cholin me señala el camino que debo seguir- comentó Julián. Ocho días después de la visita del rey de... a Verrières, lo único que flotaba sobre las mentiras innumerables, interpretaciones estúpidas, discusiones ridículas, etc., etc. de que fueron sucesivamente objeto el rey, el obispo de Agde, el marqués de la Mole, las diez mil botellas de vino, la ridícula caída del caballo del pobre Moirod, quien, a fin de trocar en realidad las esperanzas de que aquella le valiera una cruz, tardó más de un mes en salir de su casa, fue la indecencia extrema, el incalificable atrevimiento de haber concedido un puesto en la guardia de honor a Julián Sorel, el hijo del aserrador. Valía la pena oír los sabrosos comentarios que a este propósito hacían los ricos fabricantes de telas estampadas que, desde que amanecía hasta medianoche, no sabían hablar de otra cosa que de la igualdad. Según ellos, la autora de aquella abominación había sido la señora de Rênal. ¿Por qué? La razón había que buscarla en los hermosos ojos y en las frescas mejillas del curita. A los pocos días del regreso de la familia Rênal a Vergy, cayó enfermo Estanislao Javier, el menor de los hijos de la señora de Rênal. Esta pobre culpable fue víctima entonces de los remordimientos más atroces. Hasta aquel momento, sólo alguna que otra vez y muy transitoriamente se recriminaba la falta cometida, pero a partir de aquel instante, diese cuenta de la enormidad del delito a que el amor la había arrastrado. Parecerá extraño, pero es lo cierto que, no obstante su educación profundamente religiosa, jamás se había entretenido en meditar sobre la magnitud del pecado que habitualmente cometía. En otro tiempo, mientras estuvo en el Sagrado Corazón, amó a Dios con apasionamiento: con tanto ardor como le amó entonces le temía ahora. Los combates horribles que torturaban su alma eran tanto más violentos cuanto menos racionales era el motivo que los producía. Julián observó que todos sus razonamientos, lejos de calmarla, la irritaban. ¿Por qué? Porque en las palabras de su amante veía el lenguaje del infierno. Como Julián, no obstante su egoísmo, quería de veras a Estanislao, con frecuencia hablaba a la madre del curso de la enfermedad que había llegado a hacerse extremadamente grave. A medida que la gravedad del niño aumentaba, crecían los remordimientos de la señora de Rênal, que concluyeron por robarle hasta la facultad de dormir. Callaba obstinadamente, sus labios permanecían sellados, porque si los hubiese abierto, habría sido para confesar su crimen. -Por Dios te pido- le decía Julián cuando se encontraban solos- que no hables a nadie. El confidente único de tus penas soy y debo ser yo. Si en tu pecho queda un resto del amor que me tuviste, no hables, que tus palabras no han de disminuir la fiebre que consume a nuestro pobre Estanislao. Ningún efecto producían sus palabras de consuelo. ¿Cómo habían de producirlo si la pobre pecadora creía firmemente que para apaciguar la cólera de Dios debía aborrecer a Julián, o resignarse a ver la muerte de su hijito? Precisamente porque comprendía que le era imposible aborrecer a su amante era tan desgraciada. -¡Huye, aléjate de mí, por favor!- decía un día Julián-. ¡Te conjuro por Dios vivo que salgas de esta casa! Tu presencia asesina a mi hijo... Dios me castiga... es muy justo... Adoro su equidad... Mi crimen es espantoso, infinito... y, sin embargo, vivía sin remordimiento... ¡La primera de las señales del abandono de Dios...! Julián seguro de que en las palabras de su amante no había ni hipocresía ni exageración, quedó profundamente conmovido. -¡Desventurada!- se decía ¡Cree que amándome mata a su hijo, y me ama a pesar de todo! La asesinan los remordimientos, sufre penas infinitas, y me ama...! ¡Que grandeza de sentimientos!... ¿Pero cómo he podido inspirar un amor tan inmenso yo, tan pobre, tan poco refinado, tan ignorante, y hasta con frecuencia tan grosero de modales? Una noche, la gravedad del enfermito se hizo extrema. El señor Rênal fue a verle a eso de las dos de la madrugada. El niño, devorado por la fiebre, ni reconoció siquiera a su padre. La señora de Rênal cuando menos podía esperarlo nadie, cayó bruscamente de rodillas a los pies de su marido. Julián comprendió que iba a hacer una confesión completa y a perderse y a perderle para siempre. Por fortuna, el arranque de madre molestó al padre. -¡Adiós... adiós!...- dijo girando sobre sus talones. -¡No... escúchame!- gritó su mujer, cerrándole arrodillada el paso e intentando retenerlo-. Quiero que sepas toda la verdad, por horrible que sea. Soy yo la que mato a mi hijito... ¡Le di la vida, y se la quito! El Cielo me castiga... A los ojos de Dios soy culpable de asesinato, de parricidio... ¡Quiero humillarme, quiero perderme, y acaso mi sacrificio apaciguará la cólera del Señor! Si el señor Rênal hubiese sido hombre de imaginación, en las palabras que dejamos copiadas habría visto toda la historia de su desventura. -¡Tonterías, y nada más que tonterías!- exclamó el señor Rênal alejándose de su mujer, que intentaba abrazar sus rodillas- Julián; mande venir al médico en cuanto amanezca. Sin esperar más, fuese a dormir, dejando a su mujer de rodillas, casi desvanecida. Quiso socorrerla Julián, y fue rudamente rechazado. Apoderóse de Julián el estupor. Veinte minutos hacía que se había retirado el señor Rênal, y la mujer que Julián comenzaba a adorar continuaba inmóvil y casi sin conocimiento, con la cabeza caída sobre el lecho de su hijo. -¡He ahí una mujer dotada de un genio superior, y reducida al más deplorable estado porque me ha conocido!- se dijo nuestro héroe. Avanzaban las horas, tristes, lúgubres, saturadas de tristeza. -¿Qué puedo hacer por ella?- se preguntaba Julián- Fuerza es decidirse. Ya no se trata de mí... ¿Qué me importan los hombres? ¿Qué puedo hacer por ella? ¿Abandonarla? Si la abandono, la dejo sola en lo más negro de su pena. Su marido es un autómata que para nada sirve, como no sea para aumentar la virulencia de sus dolores... Hombre grosero, le dirá cualquier frase dura, la volverá loca, será causa de que se tire por el balcón. Si me voy, si la dejo sola, no bien deje de velar sobre ella, confesará su falta a su marido, y éste, que es un idiota, es muy capaz de dar un escándalo sin fijarse en la herencia cuantiosa que su mujer ha de aportar a la sociedad conyugal. Es muy posible que lo confiese todo al estúpido Maslon, que aprovecha la enfermedad de un niño de seis años como pretexto para pasarse los días en esta casa... con fines interesados sin duda. Hará lo que quiera con esta desgraciada que, abrumada por el dolor y loca como consecuencia de su miedo a un Dios ofendido por su pecado, olvida todo lo que sabe sobre el hombre y no ve en él más que al sacerdote. -¡Vete... vete!- gritó de pronto la señora de Rênal, abriendo los ojos. -Diera mil vidas, si mil vidas tuviese, con tal de que pudiera serte de algún provecho- respondió Julián-. Nunca te adoré tanto como ahora, ángel querido, aunque acaso hablase con más exactitud si dijera que, hasta hoy, no he comenzado a amarte como mereces. ¿Qué será de mí, lejos de ti, y sabiendo que eres desgraciada por mi causa? Pero no hablemos de mis sufrimientos... ¡Me iré, sí... amor mío! Pero si te dejo, si cesa la vigilancia que sobre ti ejerzo, en cuanto no me halle entre ti y tu marido, temo que lo confieses todo a éste, y si eso haces, te pierdes para siempre y sin remedio. Reflexiona que tendrás que salir de tu casa expulsada y cubierta de oprobio, que todo Verrières, todo Besançon, te señalarán con el dedo y hablarán de este escándalo: te harán responsable de todo, cargarán sobre ti toda la culpa, y caerás en tan profundo abismo de vergüenza, que nunca más podrás levantarte. -¡Es lo que deseo!- exclamó ella, poniéndose en pie-. No pido otra cosa... sufrir, padecer... ¿No lo merezco acaso? -¡Caerán también sobre tus hijos las consecuencias de tan abominable escándalo! -¡No importa! Me humillo, me arrojo al fondo de un abismo, de fango, pero salvo tal vez la vida de mi hijo. Lo que a los ojos de todos es humillación, tiene a los míos carácter de penitencia pública. Débil es mi inteligencia, pero aun así, mis cortos alcances me dicen que es ese el mayor sacrificio que puedo ofrecer a Dios. ¿No se dignará el Cielo aceptar mi humillación y conservarme a mi hijo? Indícame otro sacrificio más penoso, si es que le encuentras, y lo hago sin vacilar. -Deja que el castigo caiga sobre mi cabeza, que también yo soy culpable. ¿Quieres que me retire a la Trapa? La austeridad de una vida de penitencia tal vez aplaque también a tu Dios... ¡Oh ¿Por qué no me será dado echar sobre mí la enfermedad de Estanislao?... -¡Ah!... ¡También le quieres tú!- exclamó con arrebato la señora de Rênal, arrojándose en los brazos de Julián. Inmediatamente le rechazó con horror. -¡Te creo!... ¡Te creo!- continuó la infeliz madre, cayendo de nuevo de rodillas-. ¡Eres mi amigo único!... ¿Por qué no serás tú el padre de Estanislao? ¡Ah! ¡Entonces no cometería un pecado horrendo amándote más que a mi propio hijo! -¿Me permites que continúe a tu lado y que de hoy en adelante te ame con cariño de hermano? Es la única expiación racional, la que puede aplacar la cólera del Todopoderoso. -¡Pero y yo!- gritó ella levantándose, tomando entre sus manos la cabeza de Julián y clavando en ella sus ojos-. ¿Te amaré como a hermano? ¿Depende de mí profesarte un cariño fraternal? Julián derramaba lágrimas abundantes. -¡Te obedeceré!- exclamó, cayendo de rodillas a los pies de la señora de, Rênal-. Mándame lo que te plazca, y te juro que cumpliré ciegamente tus mandatos: es lo único que puedo hacer. Me ha herido la ceguera de alma y no sé qué partido adoptar. Si te dejo lo confiesas todo a tu marido, y te pierdes, me pierdes y le pierdes; si continúo a tu lado, crees que soy la causa de la muerte de tu hijo, y mueres de dolor. ¿Quieres probar qué resultados produce mi ausencia? Si lo deseas, castigaré en mí nuestra falta ausentándome durante ocho días, que iré a pasar en el retiro que tú me señales... en la abadía de Bray-le-Haut, por ejemplo, pero has de jurarme solemnemente que, mientras yo esté fuera, no has de decir nada a tu marido. Ten en cuenta que si hablas, mi vuelta será imposible. Prometió la señora de Rênal, y partió Julián, pero fue llamado al cabo de dos días. -Lejos de ti, me es imposible cumplir el juramento- dijo la desventurada-. Hablaré a mi marido si tú no estás a todas horas a mi lado para ordenarme por medio del lenguaje de los ojos que calle. Cada hora de esta vida abominable me parece un siglo. El Cielo tuvo, al fin, lástima de aquella madre angustiada. Poco a poco fue quedando Estanislao fuera de peligro. Pero se había roto el hielo; su razón se había dado cuenta de la enormidad del pecado y no era de esperar que recobrase el equilibrio. Quedaron en su corazón los remordimientos y fueron tan vivos y lacerantes como es de suponer tratándose de un corazón sincero. Era su vida una cadena de cielos y de infiernos: infiernos cuando no veía a Julián, cielos cuando le tenía a sus pies. En los momentos en que la infeliz se abandonaba a su amor sin reservas, solía decir: -No me hago ilusiones: condenada estoy irremisiblemente. Tú eres joven, has sucumbido a mis seducciones y puedes esperar obtener el perdón del Cielo, pero yo estoy condenada. Me lo dice, entre otras cosas, una señal que nunca engaña: el miedo, un miedo horrible... ¿quién no lo tendría si se viera fatalmente condenado al infierno? ¡Pero, cosa extraña! No me arrepiento: si no hubiese cometido ya el crimen, lo cometería ahora, lo cometería cien veces. Con que el Cielo no me castigue en este mundo ni en mis hijos, me habrá tratado con mayor misericordia de la que merezco... No soy, pues, feliz, no puedo serlo: ¿pero lo eres al menos tú, mi adorado Julián? ¿Crees que te amo bastante? Por necesidad debían desaparecer la desconfianza y el orgullo de Julián, temperamento que necesitaba un amor lleno de sacrificios, ante un sacrificio tan inmenso y tan indubitable, hecho todos los días y a todas horas. Adoraba a la señora de Rênal; conmovíale que ella, dama hermosa y noble, hubiese puesto todo el amor de que era capaz su alma en el hijo de un obrero, estaba convencido de que, para ella, no era él un criado encargado de las funciones de amante, y estas consideraciones ahuyentaron sus recelos y le sumieron en las locuras del amor, que es sabido que llevan aparejadas muchas y muy crueles incertidumbres. -Fuerza será que procure hacerte muy feliz durante el escaso tiempo que acaso pasemos juntos- decía ella-. Démonos prisa... ¡quién sabe si mañana no seré ya tuya! Si Dios me hiere en mis hijos, será en vano que intente hacer de tu amor el objetivo de mi vida, inútil pretender convencerme de que no es mi crimen lo que los mata. No sobreviviría al golpe: por más que hiciese, el empeño resultaría superior a mis fuerzas: me volvería loca. Semejante crisis moral, grande, inmensa, avasalladora, trocó la índole del sentimiento que era lazo de unión entre la señora de Rênal y Julián. El amor que ardía en el corazón del preceptor era amor, no admiración de la hermosura de su amante ni orgullo de poseerla. La dicha de entrambos fue en lo sucesivo de naturaleza superior, de la misma manera que la llama que los devoraba acreció en intensidad. Pasaban por transportes que rayaban en la locura, su dicha parecía completa, pero ya no encontraban, ya habían perdido para siempre aquella serenidad deliciosa, aquella felicidad sin nubes, aquella dicha fácil de los primeros días de sus amores, de los días en que el temor único que abrigaba la señora de Rênal era no ser bastante amada por Julián. Su felicidad asumía con demasiada frecuencia la fisonomía del crimen. -¡Dios santo!- gritaba de pronto la señora de Rênal, en los momentos más felices y más tranquilos en apariencia, estrujando con presión convulsiva la mano de Julián. Tengo ante mis ojos el infierno!... ¡Qué suplicios tan horribles!... ¡Y los merezco, oh, los merezco, amor mío! En vano intentaba Julián llevar la calma a aquella alma agitada: a sus razonamientos, sus protestas contestaba ella tomándole la mano y cubriéndola de besos, pero insistiendo en lo mismo: -¡El infierno... el infierno sería para mí una merced, porque los días que haya de vivir en este mundo, los pasaría junto al hombre que adoro!... ¡Pero el infierno en este mundo... la muerte de mis hijos... es aterrador! ¡Y, sin embargo, tal vez a ese precio me sería perdonado mi crimen!... ¡Oh, Dios mío! ¡Si ha de ser a ese precio, no tengáis piedad de mí! ¡Mis pobrecitos hijos no os han ofendido... yo... yo sola soy la culpable... castigadme, que yo soy la criminal, que amo a un hombre que no es mi marido! En medio de las alternativas más bruscas de amor, de remordimientos y de placer, deslizábanse los días para los culpables amantes con la rapidez del relámpago. Julián perdió la costumbre de reflexionar. Ocurrió que Elisa hubo de ir a Verrières donde sostenía un pleito de poca importancia. Visitó al señor Valenod y pudo convencerse de que estaba muy resentido contra Julián. Como aborrecía con todas las fuerzas de su alma al preceptor, desde que éste declinó el honor de aceptar su mano, con mucha frecuencia hablaba de él al director del Asilo de Mendicidad. -Si yo le dijera lo que pasa, señor, usted mismo se encargaría de perderme- dijo la doncella-. Cuando de asuntos importantes se trata, todos los señores están de acuerdo y trabajan al unísono... Jamás perdonan ciertas revelaciones hechas por los pobres criados. Al cabo de las frases de rigor en casos tales, que la curiosidad impaciente del señor Valenod supo abreviar, Elisa le hizo revelaciones que mortificaron no poco su amor propio. Aquella dama, la más distinguida de la región, aquella beldad a la que el director del Asilo rindió culto no interrumpido durante seis años y a la faz del mundo, aquella mujer altiva, cuyos desdenes tantas veces abrasaron sus mejillas con el fuego de la vergüenza, se había rendido al fin a un amante, y este amante era un obrerillo humilde, un holgazán disfrazado de preceptor. Para que el despecho de Valenod fuera completo, según la doncella, la señora de Rênal adoraba a semejante amante, siendo de advertir, añadía suspirando la desdeñada Elisa, que Julián no se tomó la molestia de hacer la conquista de la señora, y que todo el amor de ésta no había bastado para disipar su frialdad habitual. Elisa descubrió la intriga amorosa después de haber ido la familia de Rênal a residir en Vergy, pero suponía que databa de más antiguo. -¡Por ella se negó Julián a casarse conmigo- repetía la doncella con despecho-, y yo, imbécil, recurría a la señora y le suplicaba que procurase convencer al preceptor! La misma noche del día en que la doncella hizo las revelaciones que dejamos consignadas, el señor Rênal recibió una carta anónima que le explicaba sin rodeos y con toda clase de detalles lo que en su casa pasaba. Julián, que estaba presente cuando aquel recibió y leyó la carta, pudo observar que palidecía intensamente y que, de tanto en tanto, le dirigía miradas siniestras. La agitación del alcalde de Verrières persistió durante toda la velada, aunque Julián procuró contentarle, pidiéndole explicaciones sobre la genealogía de las casas más ilustres de Borgoña, que era el tema que más agradaba a aquel.
XX A medianoche, al salir del salón, después de levantada la tertulia, Julián consiguió decir a su amante: -Esta noche no debemos vernos... Tu marido tiene sospechas... Juraría que la carta que leyó suspirando es un anónimo que pone en peligro nuestro amor. Fue una fortuna que Julián se encerrase en su dormitorio con llave aquella noche, porque la señora de Rênal, creyendo que su advertencia no fue más que un pretexto para no verse, perdió la cabeza, y, a la hora de costumbre, se presentó en la puerta de su cuarto. Julián, al oír ruido en el pasillo, apagó inmediatamente la luz de su habitación. Alguien intentó abrir la puerta, sin que él pudiese asegurar si ese alguien era su amante o un marido celoso. A la mañana siguiente, muy temprano, la cocinera, que era encubridora de los amores de nuestros protagonistas, llevó a Julián un libro, en cuya cubierta se leían las siguientes palabras italianas: Guardate alla pagina 130. Julián, temblando de miedo al pensamiento de la imprudencia cometida, abrió el libro por la página 130, y encontró, prendida con un alfiler, la carta siguiente, regada con lágrimas y falta en absoluto de ortografía: «¿No has querido recibirme esta noche? ¡Momentos hay en que creo firmemente que no he conseguido leer en el fondo de tu alma! Tus miradas me aterran, te tengo miedo. ¡Dios mío!... ¿Será que no me has amado nunca? Si así es, que mi marido descubra nuestros culpables amores y que me recluya para siempre en una prisión, lejos de mis hijos... ¡Tal vez Dios lo quiere así! ¡Sea!... Yo moriré muy pronto, pero tú serás un monstruo. »¿No me amas? ¿Te cansan mis locuras, te fastidian mis remordimientos, impío? ¿Quieres perderme? Voy a darte un remedio sencillísimo: vete a Verrières y da a leer esta carta a todo el mundo, y especialmente a Valenod... Con que la enseñes a este último, basta. Dile que te amo con locura... ¡Pero no! ¡No pronuncies esa palabra, que sería una blasfemia: dile que te adoro como se adora a Dios, que no comencé a vivir hasta el día que te conocí, que en los instantes más insensatos de mis años juveniles no pude ni soñar que existiese una dicha como la que te debo, que te he hecho el sacrificio de mi vida y que, con plena conciencia y llena de alegría, te sacrifico también mi alma... Sabes muy bien que te lo sacrifico todo; hasta mi salvación eterna. »¿Pero será ese hombre capaz de comprender el valor, la importancia de esos sacrificios? Añádele, y de esa manera le irritarás, que por ti desafío a todos los maldicientes, que el mundo solamente podría proporcionarme una dicha: la de ver cambiado al hombre por quien vivo. ¡Qué felicidad para mí perderla, ofrecerla en sacrificio, para así salvar la de mis hijos! »No lo dudes, amor mío: mi marido ha recibido un anónimo, escrito por ese ser odioso que por espacio de seis años me ha perseguido con su desagradable voz de toro, sus conversaciones sobre caballos, su fatuidad y enumeración eterna e interminable de las prendas que le adornan. »¿Que mi marido ha recibido una carta anónima? Monstruo... de la tal carta quería hablar contigo. Reconozco, empero, que has hecho bien: teniéndote entre mis amorosos brazos, por última vez quizá, me habría sido imposible discurrir con la calma y frialdad con que discurro ahora que me encuentro sola. De hoy en adelante, nuestra dicha se pondrá muy difícil. ¿Será para ti una contrariedad? Los días que no tengas ninguno de los divertidos libros que te envía tu amigo Fouqué sí. El sacrificio está consumado. Mañana, sea cierto o no lo del anónimo, diré a mi marido que he recibido una carta sin firma, y que es preciso de toda precisión construirte un puente de oro y buscar un pretexto plausible para enviare sin dilación a tu casa.» ¡Pobre de mí, querido mío! Vamos a estar separados quince días, un mes tal vez. Creo hacerte justicia si digo que nuestra separación te hará sufrir tanto como a mí; pero es el medio único de destruir el efecto del anónimo... que no es el primero que mi marido ha recibido. ¡Cómo me reía de ellos en otros tiempos! »Mi objeto es hacer creer a mi marido que el anónimo es obra de Valenod, de cuyas manos no dudo que ha salido. Si te vas de esta casa, no dejes de ir a residir a Verrières, que yo me encargo de sugerir a mi marido la idea de ir a pasar a la ciudad quince días para demostrar a los necios que sus relaciones conmigo siguen siendo tan cariñosas como siempre fueron. Una vez en Verrières, relaciónate con todo el mundo, incluso con los liberales: me consta que las señoras de éstos codiciarán tu amistad. »Lejos de demostrarte resentido con Valenod, ni de intentar cortarle las orejas, como decías un día, procura hacerte muy amigo suyo: es lo esencial que en Verrières diga la voz pública que vas a entrar en su casa, o bien en la de otro, para encargarte de la educación de sus hijos, que es precisamente lo que mi marido no ha de tolerar jamás. »Es posible que mi marido tarde en resolverse a llamarte, pero, mientras, residirás por lo menos en Verrières y yo tendré ocasión de verte alguna vez, porque mis hijos, que tanto te quieren, querrán abrazarte... ¡Dios mío!... ¡Si hasta creo que adoro más a mis hijos porque te quieren tanto! ¡Cómo me atosigan los remordimientos!... ¿En qué parará todo esto? Me extravío y alejo de mi objeto. Creo que comprendes lo que deseo de ti. De rodillas te suplico que seas cariñoso, dulce y fino con esas personas, cerrando los ojos a sus groserías, y le lo suplico, porque de nuestra suerte futura han de ser árbitros. No dudes ni por un momento que mi marido amoldará su conducta con respecto a ti a las prescripciones de la voz pública.
»Eres tú quien has de encargarte de
proporcionarme el anónimo que necesito. Ármate de paciencia y de un buen par de
tijeras, corta de un libro las palabras que vas a ver, y pégalas sobre la hoja
de papel que te envío adjunta, y que viene de manos de Valenod. Por si practican
un registro en tu cuarto, quema el libro que hayas mutilado. Las palabras que no
encuentres completas, fórmalas cortando y uniendo letra por letra. A fin de no
hacer demasiado molesta tu labor, te envío una minuta muy sucinta del anónimo...
¡Pobre de mí! ¡Si no me amas ya, como temo, qué larga te habrá parecido la mía! «Cuando hayas compuesto el anónimo en la forma indicada, sal de la casa y no tardaré en encontrarte. Yo iré al pueblo, de donde regresaré con la consternación más viva pintada en mi rostro. Verdad es que no tendré necesidad de esforzarme gran cosa, pues en realidad estoy consternada. ¡Santo Dios... y a cuánto me expongo, total porque has creído adivinar que mi marido recibió un anónimo! En fin: con cara de terrible consternación, pondré en manos de mi marido el anónimo que un desconocido habrá puesto minutos antes en las mías. Tú saldrás a pasear al bosque con los niños y no volverás hasta la hora de comer. »Desde lo alto de las rocas, puedes ver la torrecilla del palomar. Si nuestros asuntos van bien, ondeará en él un pañuelo blanco: en caso contrario, no verás nada. »Tu corazón, ingrato, ¿no encontrará la manera de decirme, antes de que salgas a dar el paseo indicado, que me amas todavía un poquito? Suceda lo que suceda, una cosa puedo decirte: que no sobreviviré un día a nuestra separación definitiva. ¿Que la frase que acabo de estampar envuelve la más terrible de las acusaciones que puedan dirigirse a una madre? Lo sé: soy una mala madre, pero no me arrepiento. En estos momentos, sólo en ti puedo pensar. Yo misma me acuso... ¿a qué disimular, en vísperas tal vez de perderte? ¡Sí! Forma acerca de mí el juicio que te plazca, el más bajo, el más atroz, que yo no quiero mentir al hombre que adoro. Si no me amas ya, te perdono. Me falta tiempo para leer esta carta. Representa para mí muy poco pagar con mi vida los días felices que he pasado en tus brazos: sabes muy bien que me costarán algo que vale más que la mísera existencia.»
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