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Capítulos XXI a XXV

XXI
DIÁLOGO CON UN SEÑOR

Con alegría infantil llevó Julián a cabo la obra de recortar las letras y de pegarlas ordenadas sobre el papel, trabajo que le ocupó durante una hora larga. Al salir de su habitación, encontró a sus discípulos con su madre, y ésta tomó de sus manos la carta con una naturalidad, un valor y una calma que asustaron al preceptor.

-¿Se habrá secado bastante la goma?- preguntó la señora de Rênal.

-¿Habrán vuelto loca los remordimientos a esta mujer?- se preguntó mentalmente, Julián-. ¿Qué proyectos abriga en este instante?

-No lo preguntó, porque se lo vedaba su amor propio, pero probablemente nunca le gustó tanto su amante como en aquella ocasión.

-Si mi estratagema no da resultado- añadió con la misma sangre fría, mi marido me privará de todo. Entierra este depósito, en cualquier lugar de la montaña, que es posible que algún día constituya mi único recurso.

Uniendo la acción a la palabra, puso en manos de Julián un estuche lleno de oro y de brillantes.

Besó a sus hijos y se alejó con paso rápido sin mirar a Julián, que la había escuchado inmóvil.

Veamos lo que pasaba por el alma del señor Rênal.

Desde que leyó el anónimo, su existencia era horrorosa, insoportable. No recordaba el pobre señor haber pasado horas tan terribles desde el año 1816, cuando estuvo a punto de tener un duelo, siendo de advertir que el peligro de recibir un balazo no le atosigó tanto como la situación presente. Como es natural, examinó el anónimo con detenimiento y en todos los sentidos.

-¿Es letra de mujer?- monologaba. Suponiendo que así sea, ¿qué mujer la ha escrito? Por más que busco, no encuentro, entre las mujeres de Verrières que conozco, una en quien fijar mis sospechas. ¿Será obra de un hombre? Ya sé que todos los que me conocen me tienen envidia y hasta me aborrecen, pero... ¡Nada, nada! Consultaré a mi mujer- terminó, levantándose del sillón donde se había arrellanado-.¡Gran Dios!- repuso apenas puesto en pie, golpeándose la cabeza-.

¡Si precisamente es de ella de quien debo desconfiar! ¡Si es ella mi mayor enemigo en este momento!

La cólera hizo acudir las lágrimas a sus ojos.

Como consecuencia natural de la aridez de corazón que constituye en las capitales de tercer orden lo que el mundo llama prudencia, los dos hombres que más miedo inspiraban en aquellos instantes al señor Rênal eran sus dos amigos más íntimos.

-Aparte de éstos, tengo acaso ocho o diez amigos más- murmuraba el atribulado alcalde, pasando revista a sus amistades y calculando la suma de consuelos que de cada uno de ellos podía prometerse-. ¡Todos... todos sin excepción- añadió con rabia- sabrán lo que me sucede con indecible placer!

Por fortuna, el señor Rênal se creía objeto preferente de la envidia de sus conciudadanos, y ciertamente no le faltaba razón. Además de la suntuosa casa que poseía en la ciudad, y que el rey de... acababa de honrar para siempre dignándose pasar en ella una noche, había hecho importantes reparaciones en su castillo de Vergy. La fachada era blanca como la nieve, y verdes las maderas de ventanas y balcones. La idea de tanta magnificencia le consoló hasta cierto punto. Su castillo se veía desde tres o cuatro leguas de distancia, con grave detrimento de las demás casas de campo, llamadas castillos por sus propietarios, que continuaban ostentando los humildes tonos grises que debían a la mano del tiempo.

El señor Rênal podía contar con las lágrimas y la conmiseración de uno de sus amigos, el fabriquero de la parroquia, pero se trataba de un imbécil que lloraba por todo. Era, sin embargo, su único recurso.

-¿Puede haber desventura comparable a la mía?- se preguntaba con rabia- ¡Que aislamiento tan espantoso! ¿Será posible que no encuentre en mi infortunio un solo amigo a quien pedir consejo? Porque yo necesito que alguien me aconseje... lo necesito, porque mi razón se extravía, lo estoy viendo. ¡Ah, Falcoz! ¡Ah, Ducros!

Eran éstos los dos amigos de la infancia a quienes había alejado a raíz de su encumbramiento del año 1814. Como no eran nobles, no quiso considerarlos como iguales suyos.

Uno de ellos, el llamado Falcoz, hombre de talento y de corazón y dueño de una papelería en Verrières, había comprado una imprenta en la capital de la provincia y fundado un periódico. El partido moderado se empeñó en arruinarle, y tal maña se dio, que su periódico fue condenado y a su propietario le fue retirado el título de impresor. En su apurada situación, escribió a su amigo el señor Rênal, molestándole por primera vez en diez años. El alcalde de Verrières contestó en la forma siguiente: «Si el ministro de la Corona me dispensara el honor de consultarme, le contestaría: Arruine sin piedad a todos los impresores de provincia y sujete a monopolio las imprentas, de la misma manera que lo está el tabaco.» El señor Rênal recordaba con espanto los términos de su carta dirigida a un amigo íntimo. ¿Quién le había de decir que llegaría día en que lamentaría haberla escrito? En suma, ardiendo en cólera, unas veces contra sí mismo, otras contra todo lo que le rodeaba, es lo cierto que pasó una noche horrible, pero por fortuna, no se le ocurrió espiar a su mujer.

-Estoy acostumbrado a Luisa- se decía el infeliz-, a Luisa, que conoce como yo mismo todos mis asuntos. No encontraría otra mujer que la reemplazase, aun cuando mañana mismo quedase en libertad de contraer otro matrimonio. Pero... ¿quién me asegura que es culpable? ¿Por qué no ha de poder ser inocente? ¿No estamos viendo todos los días mujeres calumniadas? ¡Inocente!...- exclamaba de pronto, paseando con paso agitado-. ¿He de tolerar que se ría de mi con su amante? ¿Que me señalen con el dedo todos los habitantes de Verrières? ¿Que me conviertan en otro Charmier (Charmier era el marido más descaradamente burlado de la ciudad.) ¡Pobre hombre!-¡Nadie pronuncia su nombre sin risa! Es abogado excelente, pero más célebre le ha hecho el amante de su mujer que su talento... ¡Charmier... el Charmier de Bernardo!... ¡Le aplican el nombre del mortal que le cubre de oprobio!

«Por dicha, no tengo hijas- monologaba en otros momentos el señor Rênal-, y de consiguiente, aunque castigue a la madre, no crearé perjuicios a mis hijos. Puedo sorprender a ese rustiquillo con mi mujer, y matarles bonitamente a los dos, y en este caso, lo trágico de la aventura hará que nadie se fije en el ridículo con que me cubren.»

La idea de tomar sangrienta venganza de su mujer le halagó.

La planeó y estudió con detenimiento todos sus detalles.

Recordó los artículos del Código Penal y se dijo que, entre lo previsto en los mismos Y los amigos que tendría entre los jurados, le salvarían de toda responsabilidad. Examinó su cuchillo de caza, fuerte y afilado, pero la perspectiva de la sangre le dio miedo.

-Puedo moler a palos a ese preceptor insolente y echarle de mi casa... ¡Pero qué escándalo en Verrières y en toda la provincia! Fui la causa de la condenación del periódico de Falcoz, contribuí a que pusieran en la cárcel a su director y le hice perder una colocación que le daba seiscientos francos de sueldo. Ese emborronador de cuartillas tiene el atrevimiento de pasear por Besançon, y si tiene habilidad... y la tiene muy grande, dicho sea de paso, puede ponerme en ridículo, hacer pública mi deshonra, sin que yo encuentre manera de llevarle a los tribunales. El insolente hará mil insinuaciones, muy transparentes... y muy mortificantes. Los que como yo somos de ilustre estirpe, nos atraemos el odio de todos los plebeyos... Mi nombre rodará por las redacciones de los temibles periódicos de París... ¡Qué vergüenza, Dios mío! ¡El preclaro apellido Rênal rodando por el fango y envuelto en el ridículo! ¡Si viajo, tendré que renunciar a mi apellido... a lo que constituye toda mi fuerza, toda mi gloria!... Si en vez de matar a mi mujer, la expulso ignominiosamente de mi casa, su tía de Besançon se apresurará a darle toda su inmensa fortuna. Mi mujer se irá a París, donde vivirá con su Julián, lo sabrán en Verrières, y mi ridículo será más espantoso todavía.

El desgraciado marido vio que comenzaba a clarear el día.

Su cabeza ardía, le asfixiaba el aire de la casa, y salió a respirar el fresco ambiente del jardín. Casi estaba ya resuelto a no dar un escándalo, porque sabía que, cuanto mayor fuese aquel, más viva sería la alegría de sus buenos amigos de Verrières.

Un poco le calmó el paseo por el jardín. Se decidió a no privarse de su mujer, reconociendo que le era aquella muy útil, pues su única parienta hembra era la marquesa de R..., vieja, imbécil y mala.

Brotó en su mente una idea salvadora, pero su ejecución exigía una fuerza de carácter muy superior a la escasa dosis del mismo que tenía nuestro pobre hombre.

-Si continúo viviendo con mi mujer- se dijo-, me conozco bastante bien para asegurar que el mejor día, a poco que ella me moleste y haga perder los estribos, le echaré en cara su falta. Mi mujer es orgullosa; regañaremos, y como esto sobrevendrá antes que haya heredado a su tía, se reirá de mí.

Nada perderán los hijos, porque los quiere de veras y a ellos ha de venir a parar lo de mi mujer, pero yo, mientras, seré el hazmerreír de Verrières. Pues bien; ¿no es preferible quedarme con las sospechas sin hacer nada por comprobarlas? De esa manera nada sé, me ato las manos y nada puedo echar en cara a mi mujer, con lo cual, el peligro que he insinuado desaparece.

Breves instantes después, empujado por otro viento de vanidad herida, recordaba las cuchufletas, risas y frases mortificantes con que los socios del Casino de Nobles de Verrières obsequiaban de vez en cuando a algún marido engañado.

-¡Dios de Dios!- exclamaba-. ¡Por qué no estará muerta y enterrada mi mujer! ¡Entonces sí que podría reírme de los murmuradores, porque el ridículo no llegaría en ningún caso hasta mí! ¡Si yo fuese viudo...! ¡Me iría a París, pasaría allí seis meses deliciosos, cultivando mis relaciones!... ¡Qué felicidad ser viudo!

En estos pensamientos andaba embebido nuestro alcalde cuando tropezó de pronto con la mujer que habría deseado ver muerta. Venía ella del pueblo, donde había oído misa, y sus preocupaciones eran tan vivas como las de su marido, aunque de otra índole.

-Mi suerte- pensaba- depende del juicio que forme de mi relato.

Pasado este cuarto de hora fatal, es posible que no vuelva a tener ocasión de hablarle. Si fuese un hombre de talento, podría yo prever lo que contestará o lo que hará, pero de sobra sé que no es la razón la que inspira sus actos. A él toca decidir la suerte de los dos, pero comprendo que la decisión depende de mi habilidad, del arte que yo me dé para dirigir las ideas de ese fantasma, que suele cegar la cólera y que nunca ha sabido ver ni la mitad de las cosas que debiera... ¡Dios mío!... ¡Necesito mucho talento, mucho ingenio, mucha sangre fría, y no los tengo!... ¿Dónde encontrarlos?

La vista de su marido bastó para darle la calma que tanto necesitaba. Principió por ponerle en las manos una carta. Su marido la tomó y clavó en su mujer una mirada de loco.

-Ahí tienes esa abominación- dijo ella- que un hombre de mala catadura que pretende que te conoce y te es deudor de muchos favores, me entregó mientras pasaba yo frente al jardín del notario. Una cosa exijo de ti, y es que inmediatamente, sin perder un segundo, despidas a ese señor Julián, que nunca debió entrar en nuestra casa.

La señora de Rênal experimentó espasmos de secreta alegría al reparar en la que sus palabras producían a su marido.

La mirada fija que éste tenía puesta sobre ella le había dicho que las suposiciones de Julián eran reflejo de la verdad.

El señor Rênal, sin despegar los labios, examinaba el segundo anónimo, formado con palabras impresas pegadas con goma a una hoja de papel. La ira le ahogaba; el segundo anónimo representaba nuevos insultos que le llegaban al alma, insultos cuya causa ocasional era también su mujer. Subían hasta sus labios las frases más groseras, a las cuales habría dado seguramente salida de no contenerle el pensamiento de la herencia de la tía de Besançon. Sintiendo necesidad de descargar su furia sobre algo, estrujó entre sus manos el segundo anónimo y comenzó a alejarse de su mujer con paso agitado.

Algunos minutos después, un poquito más tranquilo volvió a reunirse con ella.

-Preciso es decidirse en el acto y despedir a Julián, sin esperar a mañana- insistió ella-. Bien mirado, estamos preocupándonos sin motivo, pues al fin y al cabo se trata de un joven que nada vale, del hijo de un aserrador. Le das un puñado de monedas como indemnización por los perjuicios,

que después de todo no los sufrirá, puesto que según dices es buen preceptor, y encontrará inmediatamente colocación en cualquier casa donde haya niños que educar, como, por ejemplo, en la del señor Valenod o en la del subprefecto Maugiron. Repito que no le causarás perjuicios...

-¡Hablas como estúpida que eres y has sido siempre!- gritó el señor Rênal con voz de trueno-. ¡Pero a bien que de una mujer sería tonto esperar otra cosa que majaderías! No sé que nunca haya merecido tu atención nada que racional sea... Eres necia, perezosa, no sirves más que para cazar mariposas... El discurso continuó largo rato, sin que la señora de Rênal hiciera nada para ponerle fin: sabía ella muy bien que con las frases de poco gusto de su marido salía de su cuerpo la cólera.

-Hablo como mujer ultrajada en su honor, caballero, es decir, en lo que para mí tiene más precio- replicó la señora de Rênal con altivez.

No se alteró su sangre fría admirable durante el curso de la conversación, que fue larga y penosa, aparte de que dependía de ella la posibilidad de continuar viviendo bajo el mismo techo que Julián. Con sagacidad maravillosa buscaba las ideas que consideraba más a propósito para encauzar la cólera ciega de su marido. Las consideraciones y frases injuriosas que le fueron dirigidas se estrellaron contra su insensibilidad; no les prestó atención siquiera, porque solamente en Julián pensaba.

-Ese rústico que hemos colmado de favores y hasta de regalos podrá ser inocente, no lo niego- repuso con calor-; pero tampoco me negará nadie que ha dado ocasión a la primera afrenta que recibo... ¡Cuando he leído ese papel abominable, caballero, he jurado que o él o yo hemos de salir de esta casa!

-¿Te han propuesto dar un escándalo que nos cubrirá a entrambos de deshonor?- gritó el marido ¡Con tu conducta, conseguirás hacer el caldo gordo a muchas personas!.

-Reconozco que la inmensa mayoría de los habitantes de la ciudad envidian nuestra prosperidad y la cordura de tu administración, tanto por lo que se refiere a la ciudad, cuanto por lo que respecta a la familia... Pero se me ocurre una idea; yo me encargo de conseguir que Julián te pida un mes de permiso para ir a respirar los aires puros de la montaña con su digno amigo el tratante en maderas.

-¡Te guardarás muy mucho de cometer tamaña tontería!- replicó el señor Rênal con relativa tranquilidad- Lo primero y principal que de ti exijo es que no le hables palabra. Excitarías su cólera, serías causa de que regañásemos, y las consecuencias las sufriría yo, puesto que sabes de sobra que ese caballerito ha sabido conquistarse la admiración general.

-Ese caballerito demuestra a diario que carece de tacto. Podrá ser sabio, eso tú lo sabrás, pero en el fondo es un rústico. De mí puedo decirte que me merece un concepto pésimo desde que rehusó la mano de Elisa, que aseguraba su fortuna, poniendo como pretexto las visitas secretas que ella hace de vez en cuando a Valenod.

-¡Cómo!- exclamó el señor Rênal, abriendo desmesuradamente los ojos-. ¿Te ha dicho eso Julián?

-Decírmelo, precisamente, no, pues siempre me ha hablado de su profunda vocación al estado sacerdotal; pero, créeme: la vocación más irresistible de esas gentes es asegurar el pan. Nuestro preceptor es solapado: hasta pretendió hacerme creer que nada sabía sobre esas visitas secretas.

-¡Las ignoraba yo... yo!- gritó el señor Rênal, acometido de otro acceso de furor-. En mi casa parece que suceden muchas cosas de las que yo no me entero... ¿Pero es que ha habido algo entre Elisa y Valenod?

-¡Bah! ¡Pues no es poco antigua la historia, amigo mío!- contestó la señora, riendo-. Después de todo, es posible que nada grave haya pasado entre ellos. Su familiaridad data desde el tiempo en que el galante señor Valenod no hubiese sentido que todo Verrières creyera que entre él y yo se habían establecido corrientes de amor... muy platónico.

-Sospeché en una ocasión que ese imbécil te hacía el amor- bramó el señor Rênal con furor, golpeándose la cabeza con los puños ¡Voy de descubrimiento en descubrimiento!... ¿Cómo no me dijiste nada?

-¿Valía la pena indisponer a dos amigos sin otra causa que un poquito de vanidad de nuestro querido director? ¿Qué dama casada de nuestra sociedad no ha recibido de él cartitas muy espirituales y hasta un poquito galantes?

-¿Se ha atrevido a escribirte alguna vez?

-¿Alguna?... Muchas, amigo mío.

-Dame sus cartas al momento. ¡Lo mando!

-¡Dios me libre!- contestó con dulzura exquisita la señora de Rênal-. Te las daré a leer, pero otro día, cuando estés más sosegado.

-¡Ahora mismo, ira de Dios!- rugió el marido, ciego de cólera, pero más feliz que antes.

-¿Me juras que no provocarás al director del Asilo por lo de las cartas?- preguntó con gravedad la señora.

-Yo no sé si le provocaré, pero, sí que puedo quitarle la administración del Asilo. De todas suertes- continuó con furor-, quiero las cartas ahora mismo... ¿dónde están?

-En una gaveta de mi secrétaire, pero me niego en redondo a darte la llave.

-¡Saltaré la cerradura o haré astillas el mueble!- gritó, echando a correr hacia las habitaciones de su mujer.

En efecto, utilizando una palanqueta de hierro, destrozó el hermoso mueble de caoba, traído de París, que tantas veces frotara con el faldón de su levita cuando creía ver en él una mancha.

Mientras tanto, la señora de Rênal subió corriendo las ciento veinte escaleras del palomar, y ató un pañuelo blanco a los barrotes de la ventana. Con los ojos llenos de lágrimas miró al bosque, pensando, que, entre sus árboles, estaba Julián esperando con impaciencia la aparición de la señal convenida.

Largo rato permaneció escuchando el cantar monótono de las cigarras, hasta qué, al fin, temiendo que su marido fuese a buscarla, bajó.

Encontró al señor Rênal furioso, repitiendo las frases más sugestivas estampadas por Valenod en las cartas, que seguramente no habían sido leídas nunca con tanta emoción.

Aprovechando un momento en que las exclamaciones de su marido le dejaron entrever la posibilidad de hacerse oír, dijo:

-Insisto en mi idea; creo que conviene que Julián haga un viaje. Por mucho latín que sepa, no me negarás que es un rústico sin educación y sin tacto. Todos los días, echándoselas de fino y galante, me dirige lisonjas exageradas y de pésimo gusto, que sin duda aprende de memoria en cualquier novelucho...

-¡No las ha leído jamás!- interrumpió el señor Rênal-. De ello estoy seguro. ¿Me tienes por uno de esos ciegos jefes de familia que ignoran lo que en su casa pasa?

-¡Vaya! Si no las lee, las inventa, lo que es mil veces peor para él y para mí. En tono de lisonja habrá hablado de mí en Verrières... sin ir más lejos, es probable que me haya elogiado exageradamente en presencia de Elisa, que es lo mismo que si lo hubiese hecho delante del señor Valenod.

-¡Oh!- bramó el señor Rênal, descargando sobre la inocente mesa el puñetazo más formidable que jamás haya descargado puño humano-. ¡Tienes razón!... ¡El papel sobre el cual han pegado las letras impresas y el de las cartas de Valenod es el mismo!

La señora de Rênal simuló maravillosamente que el descubrimiento la aterraba, y para representar mejor la comedia sin pronunciar una sola palabra, dejóse caer como desplomada sobre un diván.

Había ganado la batalla. A partir de aquel momento, hubo de encaminar todos sus esfuerzos a impedir que su marido corriese en el acto a pedir explicaciones a Valenod sobre la supuesta carta anónima.

-¿No comprendes que pedir explicaciones a Valenod sin pruebas palpables sería cometer la más insigne de las torpezas? ¡Te envidian!... ¿Y qué? ¿De quién es la culpa? ¡Tuya, de tu talento, de tu administración modelo, de tus inmuebles, prodigios de arte y de gusto, de la dote que yo aporté al matrimonio, y sobre todo, de la cuantiosa herencia que esperamos de mi buena tía, herencia cuya importancia exageran hasta el infinito los habitantes de Verrières! Te envidian porque eres el primer personaje de la ciudad... y hasta me atrevería a añadir de la provincia.

-Aun olvidas la nobleza de mi cuna- rectificó el marido principiando a sonreír.

-Nobleza de las más rancias de la nación, es verdad- contestó la señora de Rênal-. Si el rey gozase de libertad, si en su mano estuviera hacer justicia a lo elevado de tu nacimiento, no dudes que figurarías en la Cámara de los Pares y que ocuparías los primeros puestos de la nación. Dime ahora si, ocupando una posición tan elevada, es prudente arrojar a la voracidad de la envidia un hecho susceptible de ser comentado.

Hablar a Valenod de su anónimo es tanto como proclamar a la faz de todo Verrières... ¡qué digo de Verrières! de toda la provincia, que un rústico, elevado quizá imprudentemente hasta la intimidad de un Rênal, deliberado o inconscientemente, halló la manera de ofender a su protector. Si las cartas que acabas de leer demostrasen que yo he correspondido al amor de Valenod, tu obligación sería darme la muerte, que habría merecido cien veces, pero nunca descargar tu cólera sobre Valenod. Ten en cuenta que todos los vecinos de Verrières ansían tener un pretexto para vengarse de tu superioridad: no olvides que, en 1816, contribuiste eficazmente a que fueran condenadas a prisión algunas personas... Piensa que ese hombre refugiado bajo tu techo...

-¡En lo que pienso es en que ni me tienes la menor consideración, ni me profesas un átomo de cariño!- interrumpió el señor Rênal, con amargura en el acento.

-Ha llegado el momento de hablar con claridad- replicó con dulce sonrisa la señora-. Soy más rica que tú, lazos indisolubles nos unen hace doce años, y creo que estos son títulos bastantes para darme voz y voto en nuestra sociedad conyugal, y sobre todo, en el asunto que hoy debatimos. Si me pospones a Julián- añadió con despecho mal disimulado-, me iré a pasar el invierno con mi tía.

La amenaza decidió al señor Rênal, pero, siguiendo la política de provincia, habló mucho, repitió todos sus argumentos y agotó todas las razones que le sugirió su ingenio. Su mujer le dejó hablar mientras descubrió vestigios de cólera en su acento, pero, al cabo de dos horas, toda la iracundia había desaparecido, y sin dificultad aceptó la línea de conducta que su señora le indicó que debía seguir con respecto a Valenod, Julián y a Elisa.

Durante la interesante escena, una dos veces estuvo la señora de Rênal a punto de experimentar cierta simpatía hacia la desventura, demasiado real, de aquel hombre, a quien había respetado, ya que no amado, por espacio de doce años. Pero las pasiones, cuando son verdaderas, pecan de egoístas. Además, esperaba la culpable que su dueño y señor le hablase del anónimo recibido la víspera, y sus esperanzas quedaron defraudadas.

La señora de Rênal necesitaba, para que su seguridad fuese completa, conocer las ideas que el autor del anónimo en cuestión había podido sugerir al hombre de quien dependía su suerte porque bueno será hacer constar que, en provincias, los maridos son dueños absolutos de la opinión.

Un marido que se queja se cubre de ridículo, cosa de día en día menos peligrosa en Francia, pero en cambio su mujer se encuentra aislada, humillada, no encuentra casa honrada donde la reciban, como no sea atormentándola con el desprecio más profundo.

Una odalisca difícilmente puede amar a un sultán, mortal omnipotente a quien no conseguirá robar la porción más insignificante de autoridad por mucho que extreme sus caricias.

La venganza del señor es siempre terrible, sangrienta, pero militar, generosa al propio tiempo: una puñalada y se acabó. En nuestro siglo, el hombre civilizado asesina a su mujer sometiéndola a las puñaladas del desprecio público, es decir, cerrándole todas las puertas.

En el corazón de la señora de Rênal despertó con bríos el sentimiento del peligro al entrar en sus habitaciones y ver saltadas las cerraduras de todos sus muebles y cofrecitos y levantadas no pocas baldosas. Si algún remordimiento quedaba en su alma de resultas de la victoria, rápida y completa alcanzada sobre su marido, desapareció al ver tanto destrozo.

Poco antes de la hora de comer, llegó Julián con los niños.

A los postres, retirados ya los criados, dijo la señora de Rênal con sequedad:

-Me manifestó usted deseos de pasar quince días en Verrières.

Mi marido le concede el permiso solicitado. Puede usted irse cuando le plazca; pero para que mis hijos no pierdan el tiempo diariamente le serán enviados sus ejercicios escritos, que usted corregirá.

-Yo no le hubiese concedido a usted más de una semana de permiso- añadió con acritud el señor Rênal.

Julián leyó en el rostro del señor de la casa las inquietudes de un hombre vivamente atormentado.

-Todavía permanece indeciso sobre la conducta que quiere seguir- observó el preceptor, aprovechando un momento que estuvo en el salón a solas con su amante.

Esta le refirió sucintamente lo que había hecho desde por la mañana.

-Los detalles, esta noche- terminó riendo.

«¡Perversidad femenina!- pensó Julián-. ¡Por instinto, por placer, por afición, engañan al hombre!»

-Observo que el amor que me tienes ilumina y ciega al mismo tiempo tus facultades mentales- contestó el preceptor con gran frialdad. Tu conducta de hoy es admirable, ¿pero será prudente vernos esta noche? Dentro de casa, nos vemos cercados de enemigos, y yo, sobre todo, me he acarreado el odio de Elisa.

-Odio que dudo sea tan apasionado como la indiferencia que te inspiro yo.

-Aun suponiendo que me fueras indiferente, deber ineludible mío sería salvarte del peligro que yo mismo he traído sobre tu cabeza. Si por una casualidad fatal, tu marido hablase con Elisa, una palabra de ésta nos perdería sin remedio...

¿Quién me dice que no se esconderá cerca de mi habitación, perfectamente armado?...

-¿También cobarde?- interrumpió la señora de Rênal con toda la altanería de una dama del siglo xv.

-No quiero descender a hablar de mi valor- contestó con acento glacial Julián-. Sería una bajeza: sea el mundo el que juzgue mis actos. Lo que sí haré constar- añadió, tomando entre las suyas la mano de su amante-, es que te quiero de veras y que me produce viva alegría poder pasar un rato a tu lado, antes de usar del permiso que me han concedido.

XXII
COSTUMBRES DEL AÑO 1830

La palabra ha sido concedida al hombre
para que éste disfrace
con ella su pensamiento.
R. P. MALAGRIDA

Julián, apenas llegado a Verrières, se reconvino por no haber hecho justicia a la señora de Rênal.

-Me hubiese parecido, mujerzuela despreciable si, por debilidad, hubiera resultado vencida en el duelo sostenido con su marido- se dijo-. Da ella pruebas de diplomacia sutil, y yo, necio de mí, simpatizo con el vencido, que es mi enemigo. Hay en mí fuerte dosis de pequeñez, siento lastimada mi vanidad, porque el señor Rênal es un hombre, y como tal, figura en la ilustre y vasta corporación a la que tengo el honor de pertenecer. En una palabra: soy un necio.

El buen cura Chélan había rehusado la casa que los liberales más caracterizados de la ciudad le ofrecieron cuando su destitución le obligó a dejar la que como párroco ocupara durante tantos años. Sus libros llenaban las dos habitaciones principales de la que alquiló. Julián, queriendo demostrar a Verrières el respeto que el anciano le inspiraba, fue a la casa de su padre, tomó una docena de tablas, las transportó sobre sus hombros, pasando por la calle Mayor, pidió prestadas las herramientas necesarias a un camarada antiguo, y en un par de días construyó una estantería en la cual colocó los libros del señor Chélan.

-Creía que te habían corrompido las vanidades del mundo- le dijo el anciano, llorando de alegría. Este acto desvirtúa el que cometiste vistiéndote de guardia de honor, que tantos enemigos te ha acarreado.

El señor Rênal había mandado terminantemente a Julián que viviese en su soberbia casa de la ciudad, por cuyo motivo nadie sospechó lo que había pasado. Tres días después de su instalación, Julián recibió la visita del subprefecto Maugiron.

El importante personaje dedicó dos horas largas a charlar sobre temas insípidos y que no venían a cuento, tales como la malicia humana, la poca probidad de los encargados de administrar los intereses públicos, los peligros que se cernían sobre la desgraciada Francia, etc., etc., antes de exponer el objeto verdadero de su visita. Se había levantado ya, y Julián acompañaba con el mayor respeto al futuro prefecto de alguna provincia afortunada, cuando éste tuvo la dignación de ocuparse de la fortuna de Julián, de ponderar su moderación, poner sobre los cuernos de la luna sus aptitudes, etc., etc. Al terminar su panegírico, el señor Maugiron, estrechándole con efusión paternal entre sus brazos, le propuso que abandonase la casa del señor Rênal para entrar en la de un funcionario, que tenía hijos que educar, y que, parodiando al rey Felipe, daba gracias a Dios, no tanto por haberle concedido los hijos, cuanto por haberles hecho nacer cerca del señor Julián. El preceptor de esos hijos disfrutaría ochocientos francos de sueldo, pagaderos, no por meses, que no es digno de un preceptor de talla cobrar en esa forma, según el señor de Maugiron, sino por trimestres adelantados.

Entró en turno Julián, que desde hora y media antes esperaba la ocasión de hablar. Su contestación fue modelo de ingenio; dejó ancho margen a la esperanza, pero sin decir nada en concreto. Resaltaban en ella a la vez profundo respeto hacia el señor Rênal, veneración hacia el público de Verrières y vivo reconocimiento hacia el ilustre subprefecto.

Este, sorprendido al tropezar con quien podía darle lecciones de diplomacia, intentó arrancarle declaraciones más concretas.

Fue en vano. Julián aprovechó la ocasión para derrochar oratoria y contestó lo mismo que antes, pero dando forma nueva a sus manifestaciones. Pocos oradores habrá habido que hayan hablado más y dicho menos. No bien se fue el señor de Maugiron, Julián rompió a reír como un loco. Calmados sus accesos de hilaridad, quiso aprovechar su verborrea maquiavélica, y, al efecto, escribió al señor Rênal una carta de nueve páginas en la cual le hacía historia de las proposiciones que acababan de hacerle, y le rogaba que le aconsejase lo que debía hacer.

-No me ha dicho ese maldito quién es el personaje que desea utilizar mis servicios- se decía Julián-. Será Valenod, sí, no me cabe duda; Valenod, que adivina en mi destierro a Verrières los efectos de su anónimo.

Expedía la carta, Julián, tan contento como el cazador que, a las seis de la mañana de un hermoso día de otoño, entra en una llanura donde bullen los conejos, salió de casa para ir a pedir consejo al señor Chélan. Antes de llegar al domicilio del buen cura, el Cielo, que parecía poner decidido empeño en multiplicar las satisfacciones de Julián, hizo que tropezase con el señor Valenod, a quien no ocultó que sentía lacerada su alma. Hízole comprender que un pobre joven como él se debía todo entero y sin reservas a la vocación que Dios se había dignado plantear en su corazón, pero que la vocación no lo es todo, por desgracia en este mundo miserable. Para trabajar, con fruto en la viña del Señor, y hacerse más o menos digno de tantos sabios colaboradores, precisaba la instrucción.

Fuerza era pasarse dos años, pródigos en dispendios, en el seminario de Besançon, y como consecuencia, prepararse haciendo algunas economías, objetivo más fácil de alcanzar disfrutando de un sueldo de ochocientos francos cobrados por trimestres adelantados, que percibiendo seiscientos francos pagaderos por meses. Pero luchaba con otra consideración: el Cielo, al colocarle cerca de los hijos de los señores Rênal, y, sobre todo, al hacer germinar en su alma una predilección especial hacia sus discípulos, parecía indicarle que no debía abandonar la educación de aquellos para darla a otros.

Tal grado de perfección alcanzó Julián en ese género de elocuencia que ha venido a dar al traste con la sinceridad de otras épocas, que terminó por molestarse consigo mismo.

Cuando volvió a casa, encontró esperándole el ayuda de cámara del señor Valenod, que era portador de una esquela de invitación para la comida que aquel mismo día daba en su morada el honrado director del Asilo de Mendicidad.

Jamás había puesto Julián los pies en la casa de aquel hombre, a quien, muy pocos días antes, habría obsequiado con una tanda buena de garrotazos, si hubiese encontrado manera de substraerse a las consecuencias. La hora señalada para la comida era la una, pero Julián quiso dar una prueba de respeto a quien le hacía el honor de invitarle presentándose a las doce y media en el despacho del señor director del Asilo.

Le encontró trabajando. Las grandes patillas negras del ilustre personaje, su enorme masa de cabellos, el lujoso gorro, griego montado entre la parte superior de su cabeza y la oreja derecha, la pipa descomunal que aprisionaban sus dientes, las gruesas cadenas de oro que cruzaban en todos sentidos su pecho, sus zapatillas bordadas, en una palabra, todo el aparato de un rico de aldea que se considera hombre importante, lejos de infundir respeto a Julián, trajeron con más fuerza que nunca a su memoria los estacazos que figuraban en el Debe de la cuenta de aquel hombre.

Solicitó el honor de ser presentado a la señora de Valenod, pero la ilustre dama estaba encerrada en aquel momento en su tocador y no podía recibirle. Cinco minutos después, la dama estaba visible. Presentado Julián, aquella hizo, acto seguido y con lágrimas en los ojos, la presentación de sus hijos.

Era una de las señoras de más prosopopeya de Verrières y la Naturaleza la había dotado de una cara de luna llena, sobre la cual extendió ella una capa de carmín, en atención a lo solemne de la ceremonia.

Julián pensaba en la señora de Rênal. A causa de su desconfianza, no era muy propenso a recuerdos de esa índole, pero el contraste, no sólo los hizo brotar en su mente, sino que también excitó en su corazón cierto enternecimiento. El aspecto de la casa, que le hicieron visitar, ejerció honda impresión en su ánimo. Todo era magnífico, todo nuevo de valor. No hubo mueble ni objeto del que no le dijeran el precio.

En medio de tanto lujo, encontraba Julián algo de innoble, algo que olía, valga la expresión, a adquisiciones hechas con dinero robado.

Llegaron a la casa, acompañados de sus señoras respectivas, el recaudador de contribuciones, el director de impuestos indirectos, el jefe de gendarmes y dos o tres funcionarios públicos.

También asistieron algunos liberales ricos. Julián, predispuesto a pensar mal, creía ver, cerca de la sala del festín, un ejército de infelices asilados, cuya mísera ración cercenaban, para con la economía comprar aquel lujo de pésimo gusto con que pretendían deslumbrarle.

Llena su imaginación de la idea del hambre que en aquel momento sufrían tal vez los asilados, recluidos muy cerca de él, no podía pasar bocado. Sobre un cuarto de hora más tarde, oíanse a lo lejos palabras sueltas de una canción popular, bastante fea, dicho sea de paso, entonada a grito herido por uno de los asilados. El señor Valenod dirigió una mirada significativa a uno de sus servidores, el cual desapareció en el acto. Momentos después enmudecía el cantor. Un criado ofrecía en aquel punto a Julián vino del Rin en una copa de cristal verde, mientras la señora de Valenod le decía que cada botella de aquel vino costaba nueve francos, adquiriéndolo por cajas. Julián tomó la copa verde y dijo a Valenod:

-Parece que no cantan ya esa canción escandalosa.

-¡Pues no faltaba más!- exclamó el señor Valenod-. ¡Estaría bueno que no supiera imponer silencio a los tunantes!

La frase pareció demasiado dura a Julián, quien, no obstante, su hipocresía, que no era poca, se enterneció hasta el punto de no poder evitar que de sus ojos brotara una lágrima, que rodó deslizándose por su mejilla. Quiso evitar que la vieran los comensales, y lo consiguió, utilizando como pantalla la copa verde, pero en cambio le fue imposible hacer honor al vino del Rin.

Por fortuna, nadie reparó en su enternecimiento, que no podía ser de peor tono. El recaudador de contribuciones acababa de entonar una canción realista: todos le hicieron coro, todos menos Julián, cuya conciencia le decía: «He ahí el puesto inmundo al que llegarás, y del que te será imposible disfrutar, como no sea en la forma que estás presenciando, y rodeado de gentes como las que en este instante te dan náuseas. Tal vez percibas un sueldo de veinte mil francos, pero será preciso que obliguen a enmudecer al pobre prisionero y le mates de hambre, mientras tú te hartas de manjares finos y delicados. Darás festines con dinero robado al pobre, cuya mísera pitanza cercenarás, y con tus alegrías los harás doblemente desgraciados... ¡Oh tiempos felices de Napoleón, cuando era posible escalar la fortuna subiendo por los peldaños de las batallas! ¡Hoy se hace aumentando cobardemente las desventuras y dolores de los miserables!»

La franqueza nos obliga a confesar que la debilidad de que el monólogo de Julián era prueba palpable nos hace formar pobre concepto de él. De buena gana le incluiríamos en el número de esos conspiradores que calzan bien ajustados guantes y pretenden volver lo de abajo arriba, y viceversa, sin que su conciencia pueda reprocharles el menor arañazo.

Bruscamente recordaron a Julián que no había sido invitado a comer en aquella casa y con tan distinguida compañía para que se pasara el tiempo soñando y sin decir esta boca es mía. Un fabricante de telas estampadas, retirado del negocio, le preguntó a grito herido, desde, un extremo a otro de la mesa, si lo que se decía de público, a propósito de sus admirables progresos en el texto del Nuevo Testamento era cierto.

Los comensales enmudecieron como por encanto: el industrial retirado, que era miembro de la Academia de Besançon y de la de Uzés, sacó en el acto un Nuevo Testamento en Latín. A petición de Julián leyeron la primera palabra de una línea tomada al azar, y Julián recitó la página entera con asombro de toda la concurrencia, que ponderó con muestra de ruidoso entusiasmo lo portentoso de su memoria.

-Me da vergüenza hablar tanto en latín delante de estas damas- dijo nuestro héroe, puestos los ojos en la señora del recaudador de contribuciones-. Si el señor Rubigneau (era el apellido del miembro de las dos Academias) tiene la bondad de leerme el comienzo de cualquiera de las páginas del libro en latín, yo recitaré el resto, pero en nuestro idioma, improvisando la traducción.

La segunda prueba le elevó hasta el pináculo, de la gloria.

Había en la reunión una porción de liberales ricos que, partidarios de la política cuyo lema es arrimarse al sol que más calienta, se habían convertido a raíz de la última misión. Esos buenos señores, que no consiguieron ser recibidos nunca en la morada de los señores Rênal, no obstante su rasgo de alta política, y que sólo de nombre y por haberle visto a caballo el día de la entrada del rey de... conocían a Julián, fueron en esta ocasión sus admiradores más entusiastas. Parecía natural que se cansasen pronto de oír declamar cosas que no entendían, pero antes que ellos de escuchar, se cansó Julián de hablar.

Daban las seis cuando se levantó con gravedad de la mesa, diciendo que tenía que aprender un capítulo de la nueva Teología de Ligorio, que debía dar al día siguiente al señor Chélan.

-Mi oficio, señores, es tomar lecciones y darlas yo- dijo sonriendo.

Todos rieron el chiste.

Al ponerse en pie Julián, todos se levantaron, no obstante no ser esa la costumbre. Más de un cuarto de hora le entretuvo todavía la señora de Valenod, a fin de que oyera cómo sus hijos recitaban el Catecismo. Creyendo que podía escapar, saludó y giró sobre sus talones, pero aún hubo de sufrir el recitado de una fábula de La Fontaine.

-Ese autor es altamente inmoral- observó Julián-. Una de sus fábulas tiene el atrevimiento de lanzar el ridículo sobre lo que hay de más venerable.

Antes de marcharse, Julián recibió cuatro o cinco invitaciones para comer.

-Ese joven está llamado a ser la gloria de nuestra provincia- dijeron los comensales.

No faltaron algunos que hablaron de la conveniencia de pensionarle, con cargo a los fondos del Municipio, para ponerle en condiciones de continuar sus estudios en París.

Mientras defendían en el comedor esta idea imprudente, Julián salía con paso rápido por la puerta cochera, aspirando con fruición el aire puro de la calle y llamando mentalmente canallas a los hombres que dejaba en la casa.

Pensaba a lo aristócrata en aquel instante el que durante tanto tiempo se sintió mortificado por la sonrisa desdeñosa y la superioridad altanera que descubría en el fondo de las atenciones que le dispensaban los señores Rênal.

-¡Qué diferencia entre unos y otros!- se decía-. No quiero acordarme de que se trata de dinero robado a los asilados, ni tener en cuenta que se les tiraniza hasta el extremo de no permitirles que canten; pero aun cerrados los ojos ante detalle de tanta monta, quedan otros muchos. ¿Ha dicho nunca el señor Rênal a sus huéspedes el precio de cada botella de vino que les presenta? Valenod es un grosero, un conjunto de inconveniencias, que no sabe hablar sin sacar a colación sus casas, sus propiedades... ¿Y que diremos de su mujer? Durante la comida, ha puesto como no digan dueñas a un criado porque rompió una copa y dejó incompleta una de las docenas...

Aunque me dieran de lo que roban, no viviría con ellos... El día menos pensado me vendería, daría salida a la expresión de repugnancia que me inspiran.

Fiel a las instrucciones que recibiera de la señora de Rênal, Julián, venciendo su repugnancia, asistió a muchas comidas del género de la reseña. Convirtiéronle en el hombre de moda y le perdonaron la imprudencia de haberse vestido de guardia de honor, aunque, a decir verdad, aquella imprudencia fue la causa verdadera de su triunfo. En Verrières no se hablaba más que de la contienda entablada por el señor Valenod, encaminada a arrebatar al joven sabio, llegando a constituir la preocupación de la ciudad el resultado de aquella, es decir, si en el pugilato vencería el alcalde o el director del Asilo. Estos dos caballeros, juntamente con el señor Maslon, formaban el triunvirato que desde largos años tiranizaban a la población. El alcalde inspiraba envidia, los liberales se quejaban de él, con motivo justificado, pero todo el mundo le reconocía nobleza de nacimiento y, de consiguiente, motivos de superioridad, al paso que era público y notorio que el padre de Valenod legó a su hijo al morir, por todo caudal, unas seiscientas libras de renta.

Entre las gentes que formaban aquella sociedad, completamente nueva para Julián, creyó éste descubrir un hombre honrado. Era un geómetra, se llamaba Gros y pasaba por jacobino.

Nuestro héroe, que se había impuesto la norma de conducta de no defender en público más que aquellas cosas que él tenía por falsas, viose en la precisión de tratar con desconfianza al señor Gros.

De Vergy recibía abultados paquetes de temas y ejercicios escritos, juntamente con cartas en las cuales se le aconsejaba que visitase con frecuencia a sus padres, penoso consejo que seguía, bien que con repugnancia. En una palabra, todos sus esfuerzos tendían a cimentar su buena reputación, cuando una mañana experimentó la grata sorpresa de ser despertado por dos manos finas y delicadas que se posaron sobre sus ojos.

La propietaria de aquellas manos era la señora de Rênal, que acababa de llegar a la ciudad y de subir de cuatro en cuatro las escaleras de la casa adelantándose a sus hijos, a los que dejó entretenidos con un conejito. Los instantes fueron deliciosos, pero muy breves. La madre había desaparecido cuando llegaron al cuarto de Julián los hijos con el conejito, que querían enseñar a su preceptor. Julián recibió con cariño a todos, incluso al conejito. No tuvo que violentarse, antes al contrario, dar salida a su inclinación, pues realmente adoraba a sus discípulos. Charlar, jugar con ellos, le producía inefable placer; encantábale la dulzura musical de sus vocecitas y se extasiaba ante la sencillez y nobleza de sus gestos y ademanes, que tanto contrastaban con la vulgaridad desagradable que venía respirando en Verrières.

-Con razón os mostráis orgullosos vosotros, los que verdaderamente sois nobles- decía minutos después a la señora de Rênal, a raíz de hacerle historia de los banquetes que había tenido necesidad de padecer.

-¡Vaya! ¡Veo con gusto que te han convertido en el hombre de moda!- exclamaba la señora de Rênal, riendo a carcajadas cada vez que se acordaba de la mano de carmín con que la señora de Valenod creía hermosear su cara los días que esperaba a Julián-. Creo que ha formado proyectos sobre tu corazón.

El almuerzo fue delicioso. La presencia de los niños, aunque parece que debía molestar a los amantes, contribuyó a aumentar su contento. Las pobres criaturas no sabían cómo expresar la alegría que sentían a la vista de Julián.

Estanislao Javier, en cuya agraciada carita quedaban palideces, restos de la pasada enfermedad, recordando lo que había oído decir a los criados sobre los doscientos francos de más que el señor Valenod había ofrecido a Julián si quería encargarse de educar a sus hijos, preguntó de pronto a su madre cuánto valía su cubierto y su vaso de plata.

-¿Por qué lo preguntas, hijo mío?

-Porque quiero venderlos para dar su importe a nuestro preceptor, a fin de que no le llamen primo si continúa con nosotros.

Julián abrazó al niño con lágrimas en los ojos. La madre lloraba de alegría mientras el preceptor, que había colocado a  Estanislao sobre sus rodillas, le explicaba que no debía emplear la palabra primo, porque, en el sentido que pretendía darle, era propia de lacayos. Comprendiendo el placer que sus explicaciones causaban a la madre, trató de explicar por medio de ejemplos pintorescos, que hicieron las delicias de los niños, qué significaba, en lenguaje bajo y grosero, la palabra primo.

-¡Comprendo!- exclamó Estanislao-. El cuervo que cometió la tontería de dejar caer el queso que tenía en el pico, y que recogió la zorra, fue un primo.

La señora de Rênal, loca de alegría, cubrió de besos a sus hijos, lo que no podía hacer sin apoyarse sobre Julián.

Abrieron con brusquedad la puerta: era el señor Rênal. La severidad de su rostro, que reflejaba hondo descontento, contrastó poderosamente con la alegría que su presencia desterraba.

Palideció la señora de Rênal; Julián tomó la palabra y explicó al alcalde la historia de la venta que Estanislao quería hacer. Sabía de antemano que la anécdota sería mal recibida por el señor Rênal, quien tenía la costumbre de fruncir el entrecejo no bien sonaba en sus oídos la palabra dinero, pues profesaba la doctrina de que la sola mención del precioso metal es a manera de aviso de un giro librado contra su bolsillo.

Lo fue, en efecto, no sólo por el motivo insinuado, sino también porque la historia vino a aumentar sus sospechas. La dicha que en su ausencia saboreaba su familia no era lo más indicado para contentar a un hombre esclavo de su vanidad.

De aquí que, cuando su mujer le ponderó la gracia, la habilidad, el ingenio con que Julián aumentaba el tesoro de conocimientos de sus discípulos, contestó el marido con acritud:

-¡Sí... sí, ya lo sé! Me consta que me roba el cariño de mis hijos, que me hace odioso a ellos. ¿Por qué ha de procurar ser con mis hijos más cariñoso que yo, siendo así que el jefe, el señor de la casa soy yo? ¡Siglo detestable!... ¡Todo tiende a hacer odiosa la autoridad legítima! ¡Pobre Francia!

La señora de Rênal no quiso tomar nota de los negros nubarrones que obscurecían el temperamento de su marido, pues lo único que le interesaba era convertir en dichosa realidad la posibilidad de pasar doce horas al lado de Julián. Declaró que necesitaba hacer una porción de compras en la ciudad, y que comería en el restaurante, programa que entusiasmó a los niños.

El señor Rênal dejó a su mujer en la primera tienda de novedades donde entró, para ir a hacer algunas Visitas, para regresar más descontento y taciturno de lo que estaba antes de salir. Habíase convencido de que la ciudad entera se ocupaba de él y de Julián. En realidad, nadie le dejó sospechar que los comentarios del público envolviesen especies ofensivas a su dignidad de marido; todas las murmuraciones que llegaron a sus oídos versaban acerca de si Julián continuaría en su casa, cobrando seiscientos francos, o si aceptaría los ochocientos que le había ofrecido el director del Asilo.

Era el señor Valenod lo que en lenguaje vulgar llamaríamos fanfarrón, un hombre en cuyo natural entraban por partes iguales el cinismo y la grosería. Su prosperidad, que fue constantemente en aumento desde el año 1815, contribuyó a acrecentar estas dos cualidades suyas. Reinaba en Verrières bajo las órdenes del señor Rênal, pero más activo que éste, a fuerza de no avergonzarse de nada ni por nadie, de entrometerse en todo, de ir incesantemente de acá para allá, de escribir, hablar y molestar, de olvidar las humillaciones que recibía y de demostrar que no conocía el amor propio, concluyó por alcanzar el mismo nivel que el alcalde a los ojos del poder eclesiástico. El señor Valenod había dicho a los tenderos de la ciudad que le facilitaran a los dos individuos más estúpidos del gremio, había pedido a los jurisconsultos a los dos más ignorantes, y a los médicos a los dos más charlatanes, y cuando hubo reunido a los más desvergonzados de cada oficio o profesión, les dijo: «Reinemos juntos.»

Los modales de sujetos semejantes mortificaban al señor Rênal; en cambio, Valenod, hombre de índole baja y grosera, por nada se daba por ofendido, ni siquiera por los ataques públicos de que le hacía objeto el cura Maslon.

Empero, en medio de su prosperidad, el director del Asilo se veía en la precisión de oponer pequeñas insolencias de detalle a las aplastantes verdades que todo el mundo tenía derecho a dirigirle, como sabía él perfectamente. Su actividad había redoblado a raíz de los temores que le dejó la visita del señor Appert. Tres viajes había hecho a Besançon, sin contar con las innumerables cartas que a diario depositaba en el buzón público, amén de otras más importantes que enviaba a su destino por medio de emisarios secretos que pasaban por su casa al cerrar la noche. Fue probablemente insigne torpeza suya provocar la destitución del párroco Chélan, porque semejante medida le hizo pasar a los ojos de muchas personas devotas como hombre vengativo y malo. Y no esto sola; la destitución del digno párroco no pudo conseguirla sin colocarse bajo la dependencia absoluta del vicario general Frilair, quien, abusando tal vez de su situación, le encomendaba extrañas comisiones. En este punto estaba su política cuando cedió a la tentación de escribir un anónimo, y por si entre unas cosas y otras no le habían creado una situación bastante molesta, vino a comprometerla más y más su mujer, declarándole lisa y llanamente que quería llevarse a su casa a Julián.

Claramente comprendía Valenod que forzosamente, y dentro de muy poco tiempo, habría de tener una escena decisiva con su antiguo confederado el señor Rênal. Este le zahería con palabras duras, lo que le traía completamente sin cuidado, pero temía que escribiese a Besançon, y acaso, a París, lo que sería de consecuencias más graves. Estaba en lo posible que cayera en Verrières, como llovido del cielo... o vomitado por el infierno, para el caso era igual, un sobrino cualquiera de cualquier ministro y cargase con la dirección del Asilo. Y ya tenemos explicada la aproximación de Valenod al bando de los liberales, y el hecho de que se hubiesen sentado a la mesa no pocos hombres afiliados al mencionado partido, en el banquete a que asistió Julián. Contaba con que los liberales le apoyarían decididamente contra el alcalde; pero podían sobrevenir las elecciones, y sabido es que el cargo de director del Asilo y un voto en contra habrían de ser incompatibles.

La historia de estos manejos adivinados por la señora de Rênal, había sido hecha por ésta a Julián mientras corrían de tienda en tienda y pasaban más tarde por el Paseo de la Fidelidad, cogidos del brazo y casi con tanta tranquilidad como si estuviesen en Vergy.

Mientras tanto, Valenod procuraba aplazar la escena decisiva adelantándose con audacia a su antiguo protector, es decir, presentándole un capítulo de cargos y poniéndole en el caso de defenderse en vez de atacar. El ardid dio aquel día el resultado apetecido, pero aumentó el mal humor del alcalde.

Jamás la vanidad puesta frente a todo lo que la codicia tiene de más áspero y mezquino ha colocado a un hombre en situación de ánimo más deplorable que la por que atravesaba el señor Rênal en el instante de entrar en el restaurante, y jamás, por el contrario, sus hijos estuvieron tan alegres y jubilosos.

-Por lo que veo, estoy de más en mi familia- dijo al entrar, con entonación que quiso hacer imponente.

Por toda contestación, su mujer le llevó aparte y le expresó la necesidad de alejar a Julián. Las horas de dicha que acababa de pasar diéronle la calma y resolución necesarias para seguir el plan de conducta que venía meditando desde quince días antes.

XXIII
DISGUSTOS DE UN FUNCIONARIO

Pero dejemos a nuestro alcalde abandonado a sus mezquinos temores. ¿Quién le mandaba llevar a su casa a un hombre de corazón, cuando lo que necesitaba era un alma de lacayo? ¿Por ventura no tenía obligación de saber escoger con acierto? En el siglo XIX es ley corriente que, cuando un ser poderoso y noble encuentra a un hombre de corazón, le mata, o le destierra, o le encarcela, o le humilla en tales términos, que le pone en el caso de morir de dolor. La casualidad quiso, que en nuestro caso, no fuera el hombre de corazón el condenado a sufrir. La mayor de las desdichas de las pequeñas capitales de Francia o de los gobiernos electivos, como el de Nueva York, consiste en que no pueden olvidar que existen en el mundo mil habitantes, los tales hombres crean la opinión pública, y cuenta que la opinión pública es formidable en todo país que se rige por una Constitución. Un hombre que atesora un alma noble, generosa, hubiese sido vuestro amigo; pero reside a cien leguas de distancia, toma la opinión pública como base del juicio que de vosotros forma, y como la opinión pública la crean los necios que el azar hizo nacer nobles, ricos y, moderados, la consecuencia es fatalmente inevitable, ¡ay del que descuella, ay del que se distingue!

Pero sigamos nuestra historia. inmediatamente después de comer, la familia Rênal emprendió el regreso Para Vergy, pero, dos días más tarde. Julián la vio de nuevo, en Verrières.

A la hora de haber llegado, se percató Julián, con gran asombro suyo, de que la señora de Rênal hacía misterio de algo. Interrumpía su conversación con su marido no bien se presentaba él, y daba muestras de que deseaba que se alejase.

Julián no esperó a que se lo insinuasen dos veces. Adoptó una actitud fría y reservada, que la señora de Rênal notó, pero sin que por ello se tomase la molestia de pedir explicaciones.

-¿Será que piensa darme un sucesor?- pensó Julián-. ¡Parece mentira!... ¡Anteayer tan cariñosa, tan íntima conmigo, y hoy!... Verdad es que, según dicen, las grandes señoras las gastan así. Hacen como los reyes, que reciben y despiden con afabilidad a sus ministros, sin decirles que en su casa encontrarán el decreto de destitución.

Observó Julián que en las conversaciones, que cesaban bruscamente al acercarse él, hablaba con frecuencia el matrimonio de una casa, propiedad del municipio de Verrières, inmueble viejo, pero vasto y cómodo, emplazado frente por frente a la iglesia, en el sitio más concurrido de la ciudad. Julián no acertaba a comprender qué pudiese haber de común entre la casa en cuestión y los deseos de su dama de buscar un amante nuevo. Su profundo pesar le recordó los célebres versos de Francisco I, nuevos para él, no obstante su venerable antigüedad, pues no hacía un mes siquiera que se los había enseñado la señora de Rênal, por cierto mezclados con juramentos, y desmintiéndolos con profusión de tiernas caricias:
Con frecuencia la mujer varía;
Necio es quien de ella se fía

El señor Rênal partió para Besançon en silla de posta, siendo de advertir que el viaje se decidió en dos horas, y que quien lo hacía parecía muy contrariado.

A su regreso, tiró sobre la mesa un paquete envuelto con papel gris.

Al cabo de una hora, llegó el encargado de fijar los carteles en las esquinas. Julián le vio salir minutos después con el paquete, y le siguió, seguro de penetrar el misterio en cuanto llegase a la primera esquina.

Con verdadera impaciencia esperó detrás del funcionario municipal, quien, armado de una brocha, embadurnó el anverso del anuncio. Apenas pegado éste, lo ojeó Julián, viendo que anunciaba el arriendo en pública subasta del viejo caserón que con tanta frecuencia mencionaban los señores Rênal en sus conversaciones. La adjudicación se haría al día siguiente, a las dos de la tarde, en el salón del Ayuntamiento.

Julián vio un punto muy obscuro. El plazo era tan breve, que faltaba el tiempo material para que de la subasta tuviesen noticia los que descasen tomar en ella parte, aunque, a decir verdad, el anuncio estaba fechado quince días antes.

Como nada nuevo le decía el anuncio fuese a visitar la casa.

El portero, que no le vio llegar, estaba diciendo con aires de misterio a su vecino:

-¡Bah, bah, bah! ¡Tiempo perdido El señor Maslon le ha prometido que será suya por trescientos francos. Se oponía el alcalde, pero es igual: ha sido llamado al obispado por el vicario general, y...

La presencia de Julián cortó en redondo la conversación de los amigos.

Julián asistió al acto de la adjudicación de la casa. Había bastante gente, pero nadie pujaba. El alguacil había gritado:

-¡Trescientos francos, señores!

-¡Eso es demasiado!- dijo un hombre con voz muy baja a su vecino-. ¡Trescientos francos cuando sería barata en ochocientos! Voy a pujar.

-¡Como si escupieses al cielo! ¿Qué consigues poniéndote frente a los señores Maslon, Valenod, el obispo y su terrible vicario general?

-¡Trescientos veinte francos!- gritó otro de los presentes.

-¡Oye, oye!- exclamó el hombre que hablara antes-. ¿Ves ese mala bestia? Es un espía del alcalde- terminó, señalando con el dedo a Julián.

Volvióse éste airado para castigar al insolente, pero los dos interlocutores no le concedieron la menor atención. La calma de éstos devolvió a Julián la que había perdido. En aquel momento la voz del alguacil adjudicaba la casa, por tiempo de nueve años, al señor de Saint-Giraud, jefe de sección de la Prefectura de... Por trescientos treinta francos.

Los comentarios comenzaron abundantes y sabrosos, no bien salió el alcalde del local.

-La imprudencia de Grogeot es causa de que en las arcas municipales ingresan treinta francos más- decía uno.

-Es verdad- respondía otro-, pero su imprudencia le costará cara, porque el señor de Saint-Giraud se vengará.

-¡Qué infamia!- exclamaba un tercero-. ¡Trescientos francos por el alquiler de una casa, cuando yo hubiese pagado ochocientos y la hubiera encontrado barata!

-¡Bah!- le replicó un fabricante liberal-. ¿No le ha de valer nada al señor de Saint-Giraud pertenecer a la Congregación? Cuatro hijos tiene y cada uno de ellos ha sido agraciado con una beca... ¡Pobre señor!... ¡Sin duda necesita que el municipio le dé una renta de quinientos francos!

-¡Parece mentira que el alcalde no haya podido impedir ese escándalo!- exclamó otro-. Nuestro alcalde es ultra, sí, pero no roba.

-¿Que no roba? ¡A otro perro con ese hueso! Todos estos robos van a parar al gran fondo aprovechable, que a fin de año se distribuye entre los que nos administran... Pero, chitón, que nos está escuchando Sorel; vámonos.

Julián volvió a casa de pésimo humor. La señora de Rênal estaba muy triste.

-¿Vienes de la subasta?- preguntó al preceptor de sus hijos.

-Sí, señora; vengo de la subasta, donde he tenido el honor de pasar por espía del señor alcalde.

-Si mi marido se hubiese dejado guiar de mis consejos, habría hecho un viaje.

En este punto estaba la conversación, cuando llegó el señor Rênal. Venía sombrío como nunca. Durante la comida, nadie despegó los labios. Más tarde, el alcalde mandó a Julián que acompañase a sus discípulos a Vergy. El viaje fue muy triste. La señora de Rênal procuraba consolar a su marido.

-Deberías haberte acostumbrado ya a esas cosas, amigo mío- decía.

Aquella noche, la familia estaba sentada junto a la lumbre.

Nadie hablaba; la única distracción la constituía el chisporroteo de los troncos que ardían en el hogar. Se respiraba la tristeza, una tristeza como la que alguna que otra vez suele invadir a las familias mejor unidas. Uno de los niños gritó de pronto con alegría:

-¡Llaman... llaman!

-¡Ira de Dios!- gritó fuera de sí el alcalde-. ¡Como sea Saint-Giraud, que viene a acabar de sulfurarme con sus frases de reconocimiento, va a oír cosas buenas! ¡Esto es demasiado!... ¡Que vaya a dar las gracias a Valenod, que es quien le ha hecho el favor, siquiera sea yo el comprometido! ¿Cómo me defiendo cuando los malditos periódicos jacobinos hagan sabrosos comentarios sobre el escándalo, y me conviertan en un segundo Caballero Noventa y Cinco?

Un joven guapo, de grandes patillas negras, entraba en la sala siguiendo a un criado.

-Señor alcalde, soy il signor Jerónimo- dijo el recién llegado- Tengo el honor de poner en sus manos una carta que el señor caballero de Beauvaisis, agregado a la Embajada de Nápoles, me entregó para usted a mi salida. De esto no hace más que nueve días- añadió il signor Jerónimo con expresión alegre, volviéndose hacia la señora de Rênal-. Il signor de Beauvaisis, su primo y excelente amigo mío, señora, me dijo que usted habla el italiano.

El buen humor del napolitano convirtió en alegre una velada que se resentía de la tristeza que agobiaba a los que la formaban. La señora de Rênal quiso que aquel cenase en la casa, y a este efecto, puso en movimiento a toda la servidumbre.

Era su propósito, aparte de obsequiar al huésped, hacer olvidar a Julián el remoquete de espía que aquel día había oído resonar dos veces junto a sus oídos. Il signor era un cantante célebre, hombre ameno, fino v alegre, cualidades que, en Francia, rara vez se encuentran juntas. Después de cenar, cantó un duettino con la señora de Rênal. Contó chascarrillos encantadores y cuentos que hicieron las delicias de sus oyentes. A la una de la mañana. cuando Julián dijo a los niños que era hora de recogerse en sus camas, torcieron todos el gesto, y el mayor dijo con acento de súplica:

-¡Una historia más!

-Contaré la mía, signorino- contestó el napolitano-. Hace ocho años era yo alumno del Conservatorio de Nápoles, y tendría, si no me engaño, vuestra misma edad, aunque no me cabía el honor de deber la existencia al ilustre alcalde de la hermosa ciudad de Verrières.

El señor Rênal dejó escapar un suspiro y miró a su mujer.

-El signor Zingarelli- continuó el joven cantante, exagerando el acento extranjero, que hacía desternillar de risa a los niños-, el signor Zingarelli era un director espantosamente severo. Nadie le quiere en el Conservatorio, cosa que a él le tiene completamente sin cuidado, pero exige que todo el mundo hable y obre como si le quisiera entrañablemente. Yo salía cuantas veces me era posible; iba al teatrillo de San Carlino, donde oía una música como sólo la oyen los dioses en el empíreo, pero, ¡triste de mí! ¿Cómo o de dónde sacar la suma de cuarenta céntimos que valía la entrada en el parterre? ¡Cantidad enorme, mis queridos amiguitos, cantidad desmesurada, que sólo contados mortales poseen!- añadía el napolitano mirando a los niños, que reían como locos. Un día, me oyó cantar el signor Giovannone, director de San Carlino: tenía yo trece años. Al día siguiente venía a visitarme. «¿Quieres que te contrate, amiguito?», me pregunto, «¿Cuánto me dará usted?» «Cuarenta ducados al mes.» ¡Señores!... ¡Cuarenta ducados!... ¡Ciento sesenta francos!... Creí ver los cielos abiertos. «¿Pero cómo conseguir del terrible signor Zingarelli que me deje salir?», objeté. «Lascia fare a me.»

-¡Corre de mi cuenta!- gritó el mayor de los hijos del alcalde.

-¡Pero que muy bien, mi querido signorino! El signor Giovannone me dijo: «Mio caro, ante todo, un pequeño compromiso. » Firmé, y me entregó tres ducados. En mi vida había visto tanto dinero junto. A continuación, me dijo lo que debía hacer. Al día siguiente pedí una audiencia al terrible signor Zingarelli: su viejo criado me hizo pasar: «¿Qué quieres, mala cabeza?», me preguntó Zingarelli. «¡Maestro, contesté, vengo arrepentido de todas mis faltas! Nunca más volveré a escaparme del Conservatorio, saltando sobre la verja de hierro. De hoy en adelante seré un modelo de aplicación.» «¡Si no temiera estropear la voz más hermosa que he oído, te encerraba en el calabozo y te tenía quince días a pan y agua, tunante!

«¡Maestro... seré el modelo de toda la clase, credete a me! Pero, en cambio, voy a pedirle una gracia: si alguien viene a rogar a usted que me permita cantar fuera, dígale que no; por lo que usted más quiera, conteste que le es imposible.» «¿Y quién diablos quieres que venga a pedirme a un sujeto tan malo como tú? Además, ¿crees que voy a permitir que salgas ni hoy ni nunca del Conservatorio? ¿Has venido a burlarte de mí? ¡Largo de aquí, granuja!», bramó, intentando darme un puntapié... donde acaba el espinazo. «¡Largo de aquí, o vas a eternizarte comiendo el pan seco de la cárcel!» Una hora más tarde llegaba el signor Giovannone al despacho del director.

-«Vengo a suplicarte que hagas mi fortuna, dijo. Concédeme a Jerónimo. Que cante este invierno en mi teatro, y caso a mi hija.» «¿Para qué quieres a ese mala cabeza?, contestó Zingarelli. ¡No... no lo tendrás! En primer lugar, porque no quiero; y en segundo, porque, dado caso que yo accediera a tu pretensión, por nada del mundo querría él salir del Conservatorio: acaba de jurármelo.» «Si no hay más inconveniente que su resistencia, dijo con gravedad Giovannone, sacando del bolsillo el documento firmado por mí, carte cantano: he aquí su firma.» Zingarelli, furioso como nunca, loco de ira, tiró con tal vigor y con insistencia tanta del cordón de la campanilla, que éste se quedó. entre sus manos. Me echaron ignominiosamente del Conservatorio, del cual salí riendo a carcajadas. Aquella noche cantaba yo en el teatro el aria del Moltiplico. Pulchinella quiere casarse, y cuenta con los dedos los objetos y enseres que ha de adquirir para su casa, pero a cada momento se equivoca en sus cálculos.

-¡Cántenos esa particella, caballero!- suplicó la señora de Rênal.

Cantó Jerónimo. Todo el mundo lloraba a fuerza de reír.

Eran las dos de la madrugada, cuando el signor Jerónimo se retiró a descansar, dejando a la familia encantada de su ingenio, de su amabilidad y de su alegría.

Al día siguiente, los señores Rênal le entregaban las cartas que necesitaba para la corte de Francia.

-¡Todo falsedad,- todo mentira, todo engaños!- se decía Julián-. El signor va a Londres, donde cobrará sesenta mil

francos de sueldo... Sin la astucia del director de San Carlino nadie habría conocido ni admirado su voz divina hasta diez años más tarde... ¡Palabra de honor! Preferiría ser un Jerónimo a un Rênal. No ocupa en sociedad un puesto tan alto, pero tampoco tiene que pasar por el disgusto de hacer adjudicaciones como la de hoy, y por añadidura, vive alegremente.

Una cosa admiraba Julián; las semanas solitarias pasadas en Verrières, en la mansión de los señores Rênal, habían sido para él una temporadita de felicidad. En aquella casa solitaria, no le visitaron los tristes pensamientos que le acosaban en los banquetes con que le obsequiaron: allí podía leer, escribir, meditar, sin que nadie turbase su recogimiento: allí no se veía obligado a disipar sus brillantes ensueños para estudiar los movimientos de un alma baja, y menos aún para engañarla con gestos o palabras hipócritas.

-¡Me espera la dicha tan cerca de mí, si quisiera tender la mano!- se decía-. En mi mano está casarme con Elisa o hacerme socio de Fouqué... El viajero que acaba de escalar una montaña de rápida pendiente experimenta un placer especial sentándose y descansando en la cima; pero, ¿se considerará tan dichoso si se le obliga a descansar siempre?

Dolorosos pensamientos cruzaban por el alma de la señora de Rênal, la cual, habiendo confesado a Julián todo lo ocurrido con el asunto de la adjudicación de la casa, contra lo que ella creía ser resolución firme e inquebrantable, temía con sobrado fundamento que el preceptor de sus hijos fuese causa de que olvidara, entonces y siempre, todos sus juramentos.

Sin vacilar habría sacrificado su vida por salvar la de su marido, si en peligro la viera, porque atesoraba una de esas almas generosas para quienes vislumbrar la posibilidad de llevar a cabo una acción generosa v no realizarla era manantial de remordimientos casi tan vivos como si hubiese cometido un crimen, lo que no impedía que tuviera días funestos durante los cuales la perseguía la deliciosa imagen de la dicha que saborearía si Dios le dejase viuda de improviso, porque entonces podría casarse con Julián.

Adoraba Julián a sus hijos con cariño más vivo que su mismo padre, y era por aquellos adorado, no obstante su justicia severa. No se le ocultaba a la señora de Rênal que, si algún día se casaba con el preceptor, tendría que abandonar a Vergy, cuyas sombras tan queridas le eran. Veíase viviendo en París, continuando la educación de sus hijos, que llegaban a ser la admiración del mundo entero. Sus hijos, Julián, ella, todos eran dichosos.

¡Efectos extraños los del matrimonio, tal como le ha dejado el siglo XIX! El hastío que engendra la vida matrimonial asesina al amor, cuando éste ha precedido al matrimonio.

Según un filósofo, el matrimonio, en las personas ricas que no necesitan trabajar, conduce a la repugnancia hacia todos los goces tranquilos y predispone al amor ilegítimo a las mujeres, siempre que no se trate de almas secas.

La reflexión del filósofo excusará a la señora de Rênal, pero no la excusaban ni mucho menos en Verrières, cuyos habitantes no se ocupaban de otra cosa que del escándalo de sus amores. Gracias a este asunto de actualidad, la población se aburrió menos que de ordinario aquel otoño.

Pasó rápido el otoño y una parte del invierno, pero al acentuarse los fríos no hubo más remedio que huir de los bosques de Vergy. La buena sociedad de Verrières comenzaba a indignarse al percatarse de la poca impresión que sus anatemas producían en el señor Rênal. Personas graves que experimentan placer en el desempeño de esta clase de misiones se encargaron de perseguir al pobre marido con insinuaciones crueles, bien que revistiéndolas con los términos más mesurados.

El señor Valenod, que proseguía su juego, había colocado a Elisa en la casa de una familia noble y muy considerada, donde solía haber cinco criadas. Ante el temor, según decía la ex doncella de la señora Rênal, de pasarse el invierno sin colocación, sólo había pedido los dos tercios del salario que le daban en casa de alcalde. Además, la virtuosa joven había tenido la santa idea de ir a confesar con el antiguo párroco Chélan, y a continuación con el nuevo, a fin referirles a los dos los detalles de los amores de Julián.

El cura Chélan hizo llamar a Julián a las seis de la mañana del día siguiente al de su llegada de Vergy.

-Nada te pregunto- le dijo. Te suplico, te ordeno, en caso de necesidad te exijo que, dentro del plazo de tres días, te vayas al seminario de Besançon, o bien a la cabaña de tu amigo Fouqué, que continúan teniendo abierta. Lo he previsto todo, lo he arreglado todo; falta únicamente que te vayas, y que, en un año por lo menos, no vuelvas a poner los pies en Verrières.

Julián nada contestó. Preguntábase mentalmente si su honor debía darse por ofendido a causa de las oficiosidades del señor Chélan, quien, después de todo, no era su padre.

-Tendré el honor de visitar a usted mañana a esta misma hora- Contestó, al fin, al cura.

El señor Chélan habló mucho, amonestó mucho; Julián, envolviéndose en una capa de profunda humildad, nada contestó.

Desde la casa del cura se fue a ver a la señora de Rênal, a la que encontró entregada a la desesperación. La debilidad natural de su carácter influyó en el ánimo de su amante para creerla completamente inocente. Este último venía a confesarle con toda claridad el estado en que encontraba a la opinión pública de Verrières. El público cometía una injusticia, lo habían extraviado los envidiosos, pero esto nada atenuaba la gravedad de la situación.

Por un momento se hizo la señora de Rênal la ilusión de que Julián aceptaría los ofrecimientos del señor Valenod y permanecería en Verrières; Pero como no era ya la mujer sencilla y tímida del año anterior, como su pasión fatal y los remordimientos de ella consiguientes la habían iluminado, hubo de comprender, no sin dolor, que era de todo punto indispensable una separación, más o menos duradera.

-Lejos de mí- pensaba-, Julián volverá a sucumbir a sus ideas de ambición, tan naturales en quien, como él, nada posee.

En cambio, yo, ¡Dios santo! soy muy rica, y mis riquezas de nada me sirven, puesto que no pueden darme la felicidad... ¡Me olvidará!... ¡Le amarán... porque lo merece, y amará! ¡Qué desgraciada soy!... ¿Pero tengo, por ventura, derecho para quejarme? El Cielo es justo...- me priva de mi amante, sin dejarme siquiera el mérito de ser yo quien ponga fin a una vida culpable. Por añadidura me he cegado... ¡Me hubiese sido fácil ganarme a Elisa!... ¡Un puñado de monedas hubiese bastado...! Pero no he reflexionado... las locas ideas del amor monopolizaron todas mis facultades y absorbieron todo mi cuerpo.

Una cosa maravilló a Julián cuando dio a la señora de Rênal la terrible noticia de su marcha, y fue que aquella no opuso objeción alguna. Veíase, sin embargo, que hacía esfuerzos desesperados para no llorar.

-Hoy más que nunca necesitamos ser valientes, amigo mío- dijo, cortando un mechón de sus cabellos- Yo no sé qué haré; pero si muero, júrame que nunca olvidarás a mis hijos.

Cerca o lejos de ellos, procura acostumbrarlos a ser hombres honrados. Si estalla una revolución nueva, todos los nobles serán degollados o emigrarán... Vela sobre mi familia... dame la mano... ¡y adiós, querido mío! Hecho el gran sacrificio, confío en que tendré el suficiente valor para pensar en mi reputación.

Julián que esperaba palabras de desesperación, se conmovió ante la sencillez de aquella despedida.

-¡No... no me doy por despedido!- respondió-. Me iré... Lo exigen, lo quieres tú misma; pero tres días después de mi marcha, volveré a visitarte una noche.

La señora de Rênal experimentó espasmos de inefable alegría. ¡Julián la amaba, puesto que había tenido la feliz inspiración de volver a verla! Su acerbo dolor trocóse en uno de los movimientos más vivos de alegría que había experimentado en su vida. A partir de aquel instante, todo le pareció fácil.

La certidumbre de volver a ver a su amante quitaba a los momentos últimos todo lo que éstos tenían de desgarrador.

Ya lo se vislumbraron vacilaciones en la señora de Rênal: su rostro reflejó nobleza, decisión y tranquilidad.

Poco después de esta escena llegó el señor Rênal. Venía fuera de sí, y, de buenas a primeras, habló a su mujer del anónimo recibido dos meses antes.

-Quiero llevarlo al casino- dijo con iracundia-, leerlo ante todos los socios y probar al mundo entero que es obra del infame Valenod. a quien, de pordiosero, he convertido en uno de los hombres más ricos de Verrières. Le avergonzaré públicamente y me batiré con él. A tal punto han llegado las cosas, que es imposible aguantar más.

-¡Gran Dios!- pensó la señora de Rênal-. Podría quedar viuda... pero si no impido ese duelo, y puedo hacerlo si quiero, en realidad seré la matadora de mi marido.

Nunca aprovechó con tanta destreza como en esta ocasión la vanidad de su marido. Menos de dos horas tardó en hacerle ver, procurando que los motivos los encontrase, al parecer, no ella, sino su marido, que era preciso fingir una amistad más estrecha que nunca a Valenod, y que convenía que Elisa entrara de nuevo en la casa. Valor muy grande necesitaba la señora de Rênal para decidirse a admitir a su lado a la mujer que era causa de todas sus desgracias, pero hay que hacer constar que la idea se la había sugerido Julián.

Más difícil le fue acostumbrarse a la idea, penosa financieramente hablando, de que no le convenía que Julián, dado el estado de efervescencia que reinaba en Verrières, entrara en la casa de Valenod como preceptor de sus hijos. A Julián le convenía aceptar las proposiciones del director del Asilo, pero interesaba a la gloria del alcalde que, por el contrario. abandonase a Verrières, para ingresar en el seminario de Besançon o de Dijon. La dificultad estribaba en decidir al interesado, y luego, poner a su disposición los medios necesarios para su sostenimiento.

El señor Rênal, ante la inminencia de un sacrificio pecuniario, estaba más desesperado aún que su mujer, pues ésta, después de la conferencia, se encontraba en idéntica disposición de ánimo que el hombre que, cansado de la vida, acaba de tomar una buena dosis de estricnina: obra por impulso y nada le merece interés. En la misma disposición se hallaba Luis XIV cuando, próximo a morir, exclamó: Cuando yo era rey. ¡Frase sublime!

A la mañana siguiente, muy temprano, el señor Rênal recibió otro anónimo, redactado en la forma más grosera e insultante.

En todas sus líneas se veían las palabras más sucias que pudieran ser aplicables a su posición. Sin duda, era obra de algún envidioso de poco fuste. El anónimo despertó sus deseos de batirse con Valenod, y los deseos se trocaron bien pronto en decisión de hacerlo sin pérdida de momento. Salió solo de su casa, entró en una armería, compró dos pistolas de combate y las mandó cargar.

-Restauren en buen hora la administración honrada de Napoleón- se decía-, que nadie ha de echarme en cara distracciones de fondos que no he cometido, ni ruindades por el estilo. Lo más grave que pueden reprocharme, es haber cerrado muchas veces los ojos; pero guardo cartas venidas de muy alto que me autorizan y eximen de responsabilidad.

La señora de Rênal se asustó al encontrar en su marido señales evidentes de cólera fría, que le recordaron la idea fatal de su viudez, que tan difícil le era alejar de su mente. Se encerró con su marido, gastó varias horas hablándole sin convencerle, pues el nuevo anónimo era acicate que le impulsaba hacia el camino de las violencias, pero al fin, consiguió transformar el valor de dar un bofetón a Valenod en el de ofrecer a Julián seiscientos francos, importe de un año de pensión en el seminario. El señor Rênal, atento a maldecir del día que tuvo la fatal idea de tomar un preceptor para sus hijos, terminó por dar al olvido el anónimo.

Gradualmente fuele consolando un pensamiento, que se guardó muy mucho de revelar a su mujer: con destreza, explotando las ideas novelesco-caballerescas del joven, esperaba conseguir que, sin necesidad de pagar una suma tan crecida, declinase aquel los ofrecimientos de Valenod.

Mucho más trabajo costó aún a la señora de Rênal demostrar a Julián que, desde el momento que sacrificaba en aras de las conveniencias de su marido una colocación de ochocientos francos que públicamente le era ofrecida por el director del Asilo, podía aceptar sin el menor desdoro una pequeña indemnización.

-¡Es que jamás me pasó por la imaginación la idea de aceptar semejante ofrecimiento!- replicaba Julián-. Me sería insoportable, me matarían las formas y costumbres groseras de esas gentes; me has acostumbrado demasiado a los refinamientos de la vida elegante.

La necesidad cruel vino a doblegar, con su férrea mano, la voluntad de Julián: verdad es que procuró acallar la voz de su orgullo haciéndose la ilusión de que aceptaba el ofrecimiento del alcalde de Verrières, no como dádiva, sino como préstamo, a cuyo efecto le firmaría un pagaré con vencimiento a cinco años.

La señora de Rênal, que guardaba algunos miles de francos escondidos en la gruta de la montaña, los ofreció temblando a Julián, segura casi de que serían rehusados con cólera.

-¿Quieres que el recuerdo de nuestros amores, en vez de dulce, sea abominable?- replicó Julián.

Llegó el día de la marcha de Julián. Fue para el señor Rênal motivo de viva alegría ver que Julián, en el momento fatal de ir a recibir su dinero, hallase excesivo el sacrificio de su dignidad y se negara en redondo a aceptarlo. El señor Rênal le abrazó con lágrimas en los ojos. Rogóle que le diera un certificado de buena conducta, a lo que contestó el alcalde redactando un documento altamente encomiástico. Disponía nuestro héroe de cinco luises por todo capital, pero pensaba pedir otros cinco a Fouqué.

Salió de Verrières hondamente conmovido; pero no se había alejado una legua de la capital, donde dejaba tanto amor, cuando ya no se acordaba más que de la dicha de ver una ciudad, una gran plaza de guerra como Besançon.

Los tres días siguientes los pasó la señora de Rênal relativamente tranquilos, pues se interponía entre ella y la suprema desventura la perspectiva de la postrera entrevista que debía tener con Julián. Contaba las horas, los minutos, los segundos que faltaban, hasta que, al fin, en la noche del tercer día oyó la señal convenida. Momentos después aparecía Julián, no sin correr grandes peligros.

Desde que le tuvo delante, ya no fue dueña de pensar en otra cosa que en que era aquella la vez última que le vería. En vez de corresponder a las caricias de su amante, más bien parecía un cadáver animado de un átomo de vida. Si violentándose acertaba a decirle que le amaba, hacíalo con expresión tan forzada, que casi daba motivos para que se supusiera lo contrario. Era en vano que pretendiera alejar la idea cruel de que la separación había de ser fatalmente eterna. Julián, desconfiado por naturaleza, llegó a creerse ya olvidado; expresó sus temores, y éstos recibieron por toda contestación abundantes lágrimas vertidas en silencio y apretones casi convulsivos de manos.

-¿Pero cómo quieres que te crea, Dios mío?- replicaba Julián a las protestas frías de su amante-. Seguro estoy de que testimoniarías más cariño que a mí a la señora Derville, a cualquier persona conocida.

La señora de Rênal, petrificada, no sabía qué decir.

-Soy desgraciada... muy desgraciada... creo que voy a morir.

Siento como si se helase mi corazón.

Fueron estas las contestaciones más largas que Julián pudo obtener de ella.

Cuando la proximidad del día hizo necesaria la separación, cesaron bruscamente las lágrimas de la señora de Rênal.

Vio que Julián sujetaba una cuerda a la ventana, y ni despegó los labios ni devolvió a aquel los besos. En vano decía Julián:

-Hemos llegado adonde tanto deseabas llegar. De hoy en adelante, podrás vivir sin remordimientos. Si enferma alguno de tus hijos, no creerás ya verlo muerto y enterrado.

-Siento que no puedas dar un beso a Estanislao- contestó la señora de Rênal con frialdad.

Terminó Julián por contagiarse del frío que inoculaban en sus venas los besos de aquel cadáver sin calor. En una porción de horas, no fue dueño de pensar en otra cosa. Sentía dolorida el alma, y durante el camino, antes de rebasar la cima de las montañas, mientras pudo divisar el campanario de Verrières, volvía con frecuencia la vista atrás.

XXIV
UNA CAPITAL

Mucho ruido, mucha animación,
muchas gentes que corren presurosas
a sus negocios, muchas ideas para el
porvenir en una cabeza de veinte años,
y muchos motivos de distracción para el amor.
BARNAVE.

-¡Cuán diferente sería mi estado de ánimo si yo llegase a esa noble plaza de guerra para ser oficial de alguno de los regimientos encargados de defenderla!- exclamó nuestro viajero lanzando un hondo suspiro, cuando vio a lo lejos, sobre el lomo de una montaña, los muros negruzcos de la ciudad de Besançon.

No es sólo Besançon una de las ciudades más hermosas de Francia, sino también abundante en personas de corazón y de genio; pero Julián llegaba a ella solo, pobre, y sin recomendaciones que le permitieran abrigar esperanzas de entrar en contacto con los hombres distinguidos.

Su amigo Fouqué le había proporcionado un traje modesto, que era el que llevaba al pasar los puentes levadizos.

Lleno su espíritu de la historia del sitio de 1674, quiso ver, antes de encerrarse en el seminario, los muros de la ciudadela.

Dos o tres veces corrió verdadero peligro de ser detenido por los centinelas, por haber penetrado en lugares que la administración militar veda rigurosamente al público, a fin de poder obtener doce o quince francos del heno, que en ellos crece.

La elevación de los muros, la profundidad de los fosos, el aspecto pavoroso de los cañones le habían ocupado durante una porción de horas, cuando pasó frente al gran café del bulevar. La admiración le dejó mudo y yerto. Dos o tres veces leyó la palabra Café escrita con letras gigantescas sobre las dos puertas descomunales, y no se atrevía a dar crédito a sus ojos.

Al fin, merced a un esfuerzo supremo, venció su timidez y se decidió a entrar, encontrándose en un salón de treinta o cuarenta pasos de longitud y cuyo techo tendría una elevación de veinte pies por lo menos.

Jugaban dos partidas de billar. Los mozos cantaban los puntos de los jugadores, que corrían alrededor de los billares entre turbas de espectadores. El humo de tabaco que a chorros salía de las bocas de los allí reunidos los envolvía a todos en nubes azuladas. La estatura aventajada de aquellos hombres, sus anchas espaldas, su caminar pesado, sus descomunales patillas, los largos faldones de las levitas que vestían, todo llamaba poderosamente la atención de Julián.

Aquellos ilustres hijos de la antigua Bisotium no sabían hablar más que a grito herido. Julián admiraba el espectáculo, inmóvil como una estatua, lleno de asombro ante la inmensidad y la magnificencia de la gran ciudad de Besançon De buena gana hubiese pedido una taza de café a cualquiera de los altivos caballeros que cantaban los puntos del billar, pero no se atrevía.

La señorita del mostrador había reparado en el rostro agraciado del joven campesino que, de pie a tres pasos de la estufa, y con su hatillo debajo del brazo, admiraba un hermoso busto del rey hecho de escayola. La señorita en cuestión, joven alta y de formas irreprochables, ataviada con esa elegancia especial que suele traducirse en aumento de parroquianos para el café, había llamado ya dos veces, con voz que solamente podía ser oída por Julián.

-¡Señor!... ¡Señor!...

Julián giró sobre sus talones y su mirada tropezó con dos ojos azules y de tierno mirar, que le hicieron comprender que a él se dirigían las palabras que dejamos copiadas.

Acercóse al mostrador y a la señorita con la resolución del que asalta una trinchera coronada de enemigos: en su avance, dejó caer su hatillo.

A decir verdad, nuestro provinciano hubiera inspirado lástima a los estudiantes de París, que, a los quince años, saben entrar en un café con tranquilidad y desenvoltura pasmosa, aunque a los dieciocho pasen a figurar en el montón. Julián, que a fuerza de vencer su timidez natural de lugareño consiguió ganar sobre sí mismo cierto dominio, se dijo, mientras se acercaba a la linda señorita que se había dignado llamarle, que estaba en la obligación de ser sincero con ella.

-Por primera vez en mi vida, señorita- dijo-, llego a Besançon.

Yo quisiera que, pagando lo que sea, me sirvieran un panecillo y una taza de café.

Sonrió primero la señorita y a continuación se puso colorada.

Parece que temía que el tímido joven llamase la atención de los jugadores de billar, los cuales le habrían hecho víctima de sus bromas e ironías.

-Siéntese usted aquí, cerca de mí- contestó la joven, indicándole una mesa de mármol, oculta casi por completo tras el enorme mostrador.

La señorita alargó su cuerpo sobre el mostrador, movimiento que le dio ocasión de desplegar su soberbia talla. Reparó en ella Julián, y la observación cambió el curso de sus ideas. La hermosa joven había dejado sobre su mesa de mármol una taza, azúcar y un panecillo, y vacilaba como no resolviéndose a llamar al encargado de servir el café,

comprendiendo que la llegada de aquel pondría término a su conferencia con el recién llegado.

Julián, ensimismado, hacía comparaciones entre la hermosa rubia como el oro y alegre como unas castañuelas, que tenía delante, y ciertos recuerdos que con frecuencia surgían en su mente. La idea de la pasión que había inspirado le quitó casi toda su timidez. La bella del mostrador, que leía en los ojos de Julián como un libro abierto, y no podía disponer más que de contados momentos, dijo a nuestro héroe:

-El humo de las pipas va a marear a usted. Venga a desayunarse mañana antes de las ocho: estoy sola o casi sola a esa hora.

-¿Cómo se llama usted?- preguntó Julián, sonriendo.

-Amanda Binet.

-¿Me permitirá usted que, dentro de una hora, le envíe un paquetito del tamaño de éste?

La graciosa Amanda reflexionó durante breves segundos.

-Lo que usted desea pudiera comprometerme, porque me vigilan estrechamente; sin embargo, voy a escribirle mi nombre y señas en un papel que usted colocará sobre su paquetito, que entonces podrá enviarme sin temor.

-Me llamo Julián Sorel; no tengo en Besançon parientes ni conocidos.

-¡Ah, comprendo!- exclamó Amanda con alegría- Viene usted a estudiar en esta Facultad de Derecho.

-No- respondió Julián-, me envían al seminario.

La desilusión apagó el brillo de los ojos de Amanda. Esta, sintiéndose con más valor que antes, llamó al mozo, el cual sirvió el café a Julián sin mirarle siquiera.

Comenzaron a disputar los jugadores de billar. Sus gritos resonaban en la inmensa sala con estruendo que asombraba a Julián. Amanda estaba pensativa y con los ojos bajos.

-Si usted me lo permitiera, señorita, yo diría a todos que soy primo suyo- dijo de pronto Julián con entonación segura.

La proposición fue del agrado de Amanda, la cual, sin mirar a su desconocido cliente, porque le preocupaba ver si alguien se acercaba al mostrador, contestó:

-Yo soy de Genlis, cerca de Dijon; diga usted que también es de Genlis y primo de mi madre.

-Lo diré.

-Todos los jueves, a las cinco de la tarde en verano, pasan frente al café de los seminaristas.

-Si se acuerda usted de mí, los jueves cuando pase yo frente al café, tenga en la mano un ramito de violetas.

Amanda le miró con asombro; el valor de Julián, bajo el peso de aquella mirada, se trocó en temeridad, lo que no impidió que sus mejillas se coloreasen vivamente al añadir:

-Me ha inspirado usted un amor violento.

-Hable usted más bajo- suplicó ella con expresión de espanto.

Julián trató de recordar las frases más brillantes que leyó en un tomo suelto de la Nueva Eloísa que había encontrado en Vergy. Su memoria respondió bien: diez minutos hacía que recitaba páginas enteras de la Nueva Eloísa a la hermosa Amanda, que le escuchaba entusiasmada, cuando de pronto adoptó su oyente una expresión de frialdad glacial. Acababa de entrar en el café uno de sus amantes.

El recién llegado se acercó al mostrador silbando, y miró a Julián. Éste, cuyo temperamento le empujaba siempre hacia los extremos, pensó al instante en riñas y duelos. Palideció, alejó su taza, puso cara de perdonavidas y clavó sus ojos en la cara de su rival. Mientras éste, con la cabeza baja, se servía familiarmente un vaso de aguardiente en el mostrador, una mirada de Amanda ordenó a Julián que bajase sus ojos. Obedeció nuestro héroe, quien pasó más de dos minutos inmóvil, pálido, resuelto a todo y sin preocuparse de lo que pudiera suceder. La actitud arrogante de Julián parece que había asombrado a su rival, quien bebió de un trago el vaso de aguardiente, dijo un par de palabras a Amanda, metió las dos manos en los bolsillos del pantalón y se acercó a los billares silbando y sin dejar de mirar a Julián. Este se levantó fuera de sí, pero no sabía qué actitud adoptar para alardear de insolencia.

Al fin, dejó su hatillo sobre la mesa y, caminando sobre las puntas de los pies, erguido y ceñudo, se acerco a los billares.

En vano susurraba en sus oídos la prudencia: «Un duelo a tu llegada a Besançon da al traste con tu carrera eclesiástica»; a los consejos de la prudencia contestaba su orgullo: «¿Qué me importa? No se dirá de mí que dejo sin castigo a un insolente».

Amanda vio su valor, que formaba un contraste hermoso con la ingenuidad de sus modales, y al punto le prefirió en su corazón al joven que se engullera de un trago el vaso de aguardiente. Salió inmediatamente de detrás del mostrador, y fingiendo que le interesaba ver a alguien que pasaba por la calle, se interpuso rápidamente entre Julián y los billares, diciendo:

-Cuidado con mirar de través a ese señor; es cuñado mío.

-Y a mí qué me importa? El me miró antes con insolencia.

-¿Quiere usted labrar mi desgracia? Claro que le miró, aunque no con insolencia, y hasta es muy probable que venga a hablarle, porque le he dicho que es usted pariente de mi madre y que acaba de llegar de Genlis. El es natural del Franco Condado y no ha pasado nunca más allá del Dole; así que puede usted decirle lo que se le ocurra, sin el menor temor.

Como Julián continuara indeciso, Amanda, cuya imaginación de señorita de mostrador era bastante fecunda para sugerirle mentiras en abundancia, repuso:

-Le ha mirado a usted, sí, pero fue mientras me preguntaba quién era. No ha pensado en insultarle, ni mucho menos; precisamente es de los que se asustan de todo.

La mirada de Julián seguía al pretendido cuñado, que se había reunido a los jugadores del billar más distante. Momentos después, oyóle gritar con entonación de amenaza:

-¡Hay un barbilindo que la busca, y la va a encontrar!

Julián separó a Amanda y dio un paso en dirección al billar, pero aquella le asió por un brazo, diciendo:

-Venga usted a pagar antes.

-Tiene usted razón- contestó Julián. Crea, sin embargo, que no era mi intención marcharme sin pagar.

Tan agitada como nuestro héroe, y más encarnada que una amapola, estaba Amanda, que le devolvió el cambio con cuanta lentitud le fue posible, repitiéndole mientras con voz muy baja:

-íVáyase al momento del café, si no quiere que el amor que le profeso, y que en muy grande, se convierta en aborrecimiento!

Julián salió del café, pero con paso lento y mesurado, repitiéndose mientras se iba:

-¿No es obligación mía mirar con insolencia a ese personaje estúpido y grosero?

Sus incertidumbres le retuvieron por espacio de más de una hora en la acera, frente al café, esperando que saliese su hombre. Al fin se agotó su paciencia y se fue.

Unas cuantas horas hacía que llegó a Besançon, y ya se había conquistado un remordimiento. El viejo médico mayor le había dado unas lecciones de esgrima, no obstante sus años y su gota, siendo la ciencia así adquirida lo único que Julián podía poner al servicio de su cólera.

-Para un pobre diablo como yo- se dijo Julián-, sin protectores y sin dinero, lo mismo da un seminario que una cárcel.

Lo primero que debo hacer, es dejar el traje que llevo en cualquier posada, y volver a vestir mis ropas negras, pues de esa manera, si alguna vez consigo salir por breves horas del seminario, nadie me impedirá que tome de nuevo el traje que deje en la posada y haga una visita a Amanda.

La idea no era mala; pero Julián pasó frente a muchas posadas y no se atrevió a entrar en ninguna. Al cabo de mucho tiempo, cuando pasaba por tercera vez frente a la fonda de Embajadores, sus miradas inquietas tropezaron con las de una mujer gruesa, bastante joven y de expresión alegre. Acercóse a ella y le refirió su historia.

-Con mucho gusto, mi querido curita- contestó la posadera-, guardaré sus ropas de pecador, y hasta las cepillaré de vez en cuando.

Tomó una llave y acompañó a Julián a un cuarto, donde le indicó que escribiese una nota de las prendas que dejaba.

-Me gusta su carita, señor canónigo Sorel- repuso la mujer gruesa, bajando con Julián a la cocina-. Voy a mandarle servir una comida excelente, que le costará un franco, en vez de los dos cincuenta que todo el mundo paga en esta casa, pues, si no me engaño, le conviene administrar bien su bolsita.

-Tengo diez luises- replicó Julián con cierto dejo de orgullo. -¡Por Dios, señor curita, no hable usted tan alto!- exclamó la posadera, alarmada-. En Besançon abundan mucho las malas personas. Si no quiere usted que le dejen limpio con limpieza maravillosa de manos, no entre usted en los cafés, que son lugares de cita de las gentes amigas de lo ajeno.

-¡Será posible!- dijo Julián.

-Venga usted siempre a mi casa: yo le daré café cuando desee tomarlo. No olvide que en ella encontrará una buena amiga y una comida excelente por un franco; me parece que esto es hablar como Dios manda. Siéntese a la mesa, que voy a servirle yo misma.

-Me sería imposible pasar bocado- contestó Julián-. Estoy muy conmovido, y con razón, pues al salir de su casa, entraré en el seminario.

La buena posadera no le dejó marchar sin antes llenarle los bolsillos de provisiones de boca. Julián, muerto de miedo, se dirigió al lugar terrible, siguiendo el camino que la posadera le indicaba desde la puerta.

XXV
EL SEMINARIO

Trescientas treinta y seis comidas
a 85 céntimos una, trescientas treinta
y seis cenas a 38 céntimos una, y
chocolate a los que tengan derecho;
¿qué ganancia puede dejar la contrata?
EL VALENOD
de Besançon.

Desde lejos vio Julián la cruz de hierro dorado que se elevaba sobre la puerta. Su paso se hizo tardo, sus piernas temblaban, se negaban a sostenerle. Como quien se encuentra en la entrada del infierno, cuyas puertas, una vez rebasadas, no le serán franqueadas nunca más, se decidió a llamar. Resonó la campana, y al cabo de unos diez minutos, abrió la puerta un hombre pálido, vestido de negro. Julián le miró, pero inmediatamente bajó los ojos. La fisonomía del portero era de las que llaman la atención. Sus pupilas, salientes y verdes, eran redondas como las de los gatos; sus párpados, de contornos inmóviles, anunciaban la ausencia, más que ausencia, la imposibilidad de sentir simpatías, y sus labios delgados se desarrollaban en semicírculo sobre sus salientes dientes.

Aquella cara, con ser tan repulsiva, no presentaba la repulsión del crimen, sino esa insensibilidad absoluta que tanto terror produce a los jóvenes. Un sentimiento adivinó Julián en aquella cara larga de devoto, uno solo: el sentimiento de desprecio profundo hacia todo aquello que no se refiriera al Cielo.

Con esfuerzo alzó Julián los ojos y dijo, con voz que los latidos violentos de su corazón hacían temblorosa, que deseaba ver al señor Pirard, rector del seminario. Sin despegar los labios, el hombre negro hizo a Julián una seña para que le siguiese. Subieron dos pisos por una escalera de madera de rampa rápida, cuyos peldaños amenazaban venirse abajo. El portero abrió con dificultad una puerta pequeña, sobre la cual se alzaba una cruz de madera de pino, pintada de negro, y mandó entrar a Julián en una sala sombría y muy baja de techo, en cuyos muros, blanqueados con cal, se veían dos grandes cuadros ennegrecidos por la mano de los siglos. Allí dejó solo a Julián: latía su corazón con violencia, se sentía aterrado y hubiese deseado atreverse a llorar. En toda la casa reinaba un silencio de tumba.

Al cabo de un cuarto de hora largo, que a Julián un siglo le pareció, se presentó de nuevo en el umbral de una puerta, abierta en el extremo opuesto, de la sala, el hombre de facha siniestra, y, sin dignarse hablarle, le indicó, por medio de un gesto, que avanzase. Obedeció nuestro estudiante, encontrándose una vez franqueada la puerta en otra sala mucho mayor que la primera y muy mal iluminada. También estaban blanqueados con cal los muros, pero allí no había muebles, mejor dicho, su único mobiliario consistía en una cama de madera de pino, dos sillas con asientos de paja y una poltrona de madera y mullido en el asiento. Hacia el extremo opuesto de la sala junto a una ventana, vio a un hombre sentado delante de una mesa, que vestía una sotana verdosa y remendada.

Parecía estar de mal talante: con expresión de cólera en los ojos se ocupaba en colocar sobre la mesa una infinidad de cuadritos de papel, después de escribir en ellos algunas palabras.

Ni echó de ver siquiera la presencia de Julián. Este estaba inmóvil, de pie en el centro de la sala, donde le dejara el portero, que había salido cerrando la puerta.

Diez minutos eternos pasaron de esta suerte. El de la sotana verdosa y raída continuaba escribiendo y ordenando los cuadritos. Tan grandes eran el terror y la emoción de Julián, que estaba a punto de caer desplomado. Un filósofo habría dicho, acaso engañándose: “Es la impresión violenta producida por lo feo en un alma creada para admirar lo bello.”

El hombre de la mesa levantó la cabeza, movimiento que Julián no vio en el primer momento, aunque es lo cierto que, después de advertirlo, continuó tan inmóvil como antes, cual si la mirada terrible de que le hicieron objeto le hubiese herido de muerte. Los ojos conturbados de Julián distinguían con dificultad una cara larga y cubierta de manchas encarnadas, excepto en la frente, que estaba mortalmente pálida. Entre las rubicundeces de las mejillas y la blancura amarillenta de la frente brillaban dos ojillos negros, capaces de hacer temblar al hombre más bravo. Una masa de cabellos espesos, ásperos y lacios, de tono negro sucio, encuadraban la frente.

-¿Quieres acercarte, sí o no?- gritó al fin aquel hombre con impaciencia.

Julián avanzó con paso inseguro, pálido y desfallecido, deteniéndose a unos tres pasos de la mesa.

-¡Más cerca!

Dio Julián dos pasos más, tendiendo la mano cual si intentase apoyarse sobre algo.

-¿Cómo te llamas?

-Julián Sorel.

-¡Bastante te has hecho esperar!- exclamó, lanzando al pobre estudiante una mirada terrible.

No pudo resistir Julián aquella mirada. Extendió los brazos, los agitó un momento en el aire, y cayó cuan largo era sobre el suelo.

El de la sotana raída hizo sonar una campanilla; Julián, que no había perdido el uso de sus sentidos, aunque sí la facultad de moverse, oyó pasos que se acercaban.

Le levantaron y colocaron sentado en la poltrona de asiento de madera.

-Parece epiléptico; es lo único que nos faltaba- dijo el hombre terrible.

Cuando Julián pudo abrir los ojos, el de las manchas rojas en la cara continuaba escribiendo; el portero había desaparecido.

-No hay remedio que hacer acopio de valor- pensó Julián-, y sobre todo, disfrazar mis impresiones. Dios sabe lo que será de mí si me sucede un accidente.

Suspendió el de la mesa la escritura, y, mirando de soslayo a Julián, preguntó:

-¿Estás en disposición de responderme?

-Sí, señor- contestó Julián, con voz desfallecida.

-¡Menos mal!

El de la sotana mugrienta se levantó a medias y buscó con impaciencia una carta en el cajón de la mesa. La encontró, al fin, y mirando de nuevo a Julián, con ceño que estuvo a punto de arrebatarle la poca vida que le quedaba, repuso:

-Me fuiste recomendado por el señor Chélan, que fue el mejor párroco de la diócesis, hombre virtuoso como pocos, y amigo mío desde hace treinta años.

-¿Entonces es al señor Pirard a quien tengo el honor de hablar?- consiguió decir Julián con voz moribunda.

-Así parece- contestó el rector del seminario con dureza.

Aumentó el brillo de sus ojos y los músculos de las comisuras de su boca hicieron un movimiento involuntario: parecía al tigre que paladea de antemano el placer de devorar su presa.

-La carta del señor Chélan es breve- continuó-. Intelligenti Pauca. En los tiempos que corremos, cuanto menos se escribe, mejor... La carta dice lo siguiente:

«Te envío a Julián Sorel, natural de esta parroquia, a quien bauticé hará pronto veinte años. Es hijo de un aserrador rico, pero que no le da ni le dará nada. Creo que Julián será un buen operario en la viña del Señor. Tiene memoria, tiene inteligencia, y no le falta reflexión. ¿Será duradera su vocación? ¿Será sincera?

»Te pido para Julián una beca; la merecerá a no dudar, pasando, como es natural, por los exámenes necesarios. Le he enseñado un poco de teología, de aquella excelente y antigua teología de los Bossuet, de los Arnault, de los Fleury. Si no te conviene mi recomendado, envíamelo, que el director del Asilo de Mendicidad, a quien conoces perfectamente, le ofrece el cargo de preceptor de sus hijos y un sueldo de, ochocientos francos. Gracias a Dios, mi conciencia está tranquila; me he acostumbrado ya al golpe terrible. Vale et me ama.»

El rector leyó, exhalando un suspiro, la firma Chélan.

-Está tranquilo, según dice- murmuró-. Su virtud bien merecía ese galardón... ¡Quiera Dios concedérmelo también a mí, si se presenta el caso!... Tengo aquí trescientos veintiún aspirantes al estado más santo del mundo- añadió el rector con voz severa-. De ellos, solamente siete u ocho me han sido recomendados por hombres del valer de mi amigo el señor Chélan, de manera que, de los trescientos veintiún seminaristas, vas a ser tú para mí el noveno. Pero ten en cuenta que mi protección no significa favor ni tolerancia, sino, por el contrario, aumento de severidad contra tus vicios o defectos... Vete a cerrar la puerta con llave.

Julián obedeció.

-Loquerisne linguam latinam? (¿Hablas latín?)- preguntó el rector.

-Ita, pater optime. (Sí, padre excelente)- contestó Julián, reponiéndose poquito a poco.

A decir verdad, en su vida encontró hombre que le pareciera menos excelente que el rector señor Pirard.

La conversación continuó en latín. Poco a poco se iba dulcificando la expresión de la mirada del rector, y poco a poco iba recobrando Julián su sangre fría. El examen a que fue sometido Julián versó sobre teología, ciencia en que demostró tal extensión de conocimientos, que maravilló a su examinador. Creció su asombro cuando le hizo preguntas sobre la Sagrada Escritura, pero, al preguntarle sobre la doctrina de los Santos padres, vio que Julián ignoraba casi que hubiesen existido un San Jerónimo, un San Agustín, un San Buenaventura, un San Basilio, etc., etc.

-Observo aquí la tendencia fatal hacia el protestantismo que tantas veces he censurado a Chélan- pensó el rector- Conocimiento profundo, demasiado profundo de la Sagrada Escritura, pero nada más.

Julián, sin ser preguntado, habló del tiempo en que fueron escritos el Génesis y demás libros sagrados del Antiguo Testamento.

-Los estudios razonados sobre la Sagrada Escritura no pueden conducir más que al examen personal, es decir, al protestantismo más horroroso- siguió pensando el rector-. El estudio de la Sagrada Escritura es peligroso si no se conocen las doctrinas de los Santos Padres que sirven de freno a la tendencia indicada.

La estupefacción del rector del seminario no tuvo límites cuando, habiendo preguntado a Julián sobre la autoridad del Papa, seguro de que la contestación estaría calcada en las máximas de la Iglesia Galicana, el joven le recitó de principio a fin la famosa obra del gran De Maistre.

-Es verdaderamente singular mi amigo Chélan- monologó el rector-. ¿Habrá hecho aprender a su discípulo semejante libro para enseñarle a burlarse de él?

En vano interrogó a Julián con arte para averiguar si creía en serio la doctrina defendida por De Maistre; el joven no contestó más que recitando párrafos y más párrafos de memoria.

Después del examen, que se prolongó mucho rato, Julián creyó que la severidad del señor Pirard tenía mucho de afectada. Así era en verdad; de no haberse impuesto la obligación de tratar a los seminaristas con severidad austera, el rector hubiese abrazado a Julián en nombre de la lógica: tanto le habrían agradado la claridad, la precisión, la exactitud de sus respuestas.

-Un alma sana y atrevida en un cuerpo débil- pensó el rector-.

¿Sufres con frecuencia accesos como el que dio con tu cuerpo en tierra?- preguntó alzando la voz.

-No me había sucedido hasta hoy- respondió Julián-; y lo atribuyo al terror que me ha producido la cara del portero. Me dejó helado de espanto.

El rector casi sonrió.

-Culpa de ello a las vanidades del mundo- replicó-. Sin duda tú no estas acostumbrado más que a las caras risueñas, verdaderas máscaras de la mentira. La verdad es siempre austera, caballero... ¿Por ventura no es también austera la misión del hombre sobre la tierra? Fuerza será velar con diligencia para que tu conciencia esté siempre en guardia contra esa debilidad: sensibilidad excesiva a las gracias exteriores. Si no te hubiese recomendado un hombre como mi amigo Chélan, te hablaría el lenguaje vano de este siglo, al cual parece que estás demasiado acostumbrado. La beca que solicitas, te diría, es tan difícil de obtener, que raya en lo imposible: pero cincuenta años de trabajos apostólicos del párroco Chélan valdrían bien poco si no le diesen derecho a disponer de una de las becas de mi seminario.

A continuación, el rector recomendó a Julián que no entrase a formar parte de ninguna sociedad o congregación secreta sin consentimiento suyo.

-No lo haré: palabra de honor- contestó Julián.

El rector sonrió francamente por primera vez.

-No encaja en este lugar la frase que acabas de pronunciar- replicó-, porque has invocado el vano honor de los hombres que los arrastra a cometer tantas faltas, y hasta crímenes, con demasiada frecuencia. Me debes obediencia absoluta, en virtud del epígrafe diecisiete de la bula Unam Ecclesiam de San Pío V. Soy tu superior eclesiástico. En esta santa casa, mi querido hijo, la primera y más importante de las obligaciones es obedecer... ¿Cuánto dinero tienes?

-Treinta y cinco francos, padre mío- respondió.

-Apunta con diligencia el empleo que das al dinero, porque tendrás que rendirme cuentas minuciosas.

Tres horas había durado la conferencia. El rector llamó al portero.

-Instale usted a Julián Sorel en la celda número 103- ordenó.

La celda número 103 era un cuartito de unos ocho pies cuadrados, sito en el piso último de la casa. Daba a las murallas, por encima de las cuales podía verse la llanura que el Doubs separa de la ciudad.

-¡Hermosa vista!- exclamó Julián, sin darse cuenta exacta de la significación de sus palabras.

Las violentas emociones que experimentó desde su llegada a Besançon habían agotado sus fuerzas.

Sentóse junto a la ventana en la única silla que tenía en su celda, y se durmió. No oyó la campana que llamaba a la cena ni la de oraciones. A la mañana siguiente, los primeros rayos del sol le despertaron. Había pasado la noche acostado en el suelo.

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Rojo y Negro


 


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