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XXVI
Solo estoy en el mundo y nadie se digna acordarse de mí. Todos aquellos a quienes veo escalar las cimas de la fortuna son de una dureza de corazón que yo no tengo. Porque soy bueno me odian. ¡Ah! Moriré muy pronto, bien de hambre, bien a manos del dolor que me produce ver hombres tan duros. Uno de los superiores del seminario riñó severamente a Julián por su falta de puntualidad; nuestro héroe, en vez de intentar excusarse, cruzó los brazos y dijo con aire contrito: -Peccavi, pater optime. Semejante principio tuvo un éxito muy ruidoso. Los seminaristas de talento vieron que su nuevo compañero de estudios conocía algo más que los rudimentos del oficio. Llegada la hora del recreo, fue Julián objeto de la curiosidad general, pero cuantas palabras le fueron dirigidas encontraron en el reserva y silencio. Para él, sus trescientos veintiún camaradas eran otros tantos enemigos mortales, siendo el más peligroso de todos el rector. Pocos días después presentaron a Julián una lista de sacerdotes para que escogiese confesor: nuestro héroe eligió sin titubear al rector. Lejos estaba él de pensar que acababa de dar un paso decisivo. Un seminarista muy joven, natural de Verrières, que se había declarado amigo suyo desde el día de su ingreso en el seminario, le dijo que hubiera obrado con más prudencia si hubiese escogido al señor Castañeda, vicerrector del establecimiento. -El señor Castañeda es enemigo declarado del señor Pirard, a quien tienen por jansenista- añadió el joven amigo de Julián, acercando sus labios a su oreja. Todos los actos de nuestro protagonista, que imaginaba ser prototipo de la prudencia, fueron torpezas del calibre de la elección de confesor. Creyéndose hombre de imaginación, tomaba sus intenciones por actos y creía ser un hipócrita consumado. En su locura, llegó a echarse en cara sus éxitos en este arte, que es hijo natural de la debilidad. Satisfecho de su conducta, Julián tendía sus miradas en derredor, y por doquier encontraba pruebas aparentes de la virtud más pura. Ocho o diez seminaristas vivían en olor de santidad, y hasta se veían favorecidos por el Cielo con visiones como las que tuvieron Santa Teresa y San Francisco. Verdad es que los favorecidos con las visiones se pasaban la mayor parte del tiempo en la enfermería. Otros, en número que no bajaría de cien, unían a una fe robusta una aplicación infatigable. Estudiaban tanto, que con frecuencia caían enfermos, aunque es lo cierto que aprendía muy poca cosa. Había dos o tres, como, por ejemplo, uno llamado Chazel, que atesoraban un talento real y verdadero, pero ni Julián simpatizaba con ellos, ni ellos con Julián. El resto, hasta los trescientos veintiuno, lo formaban seres groseros que no comprendían siquiera la significación de las palabras latinas que repetían un día y otro día, un año y otro año. Hijos de campesinos en su mayor parte, preferían ganarse el pan recitando algunas palabras latinas que cavando la tierra. Julián, fundándose en el hecho apuntado, que no tardó en penetrar, se prometió desde los primeros días prontos y ruidosos éxitos en su carrera. «En toda corporación, pensaba, precisa que haya hombres que descuellen por su inteligencia: con Napoleón, probablemente yo me habría quedado en sargento, pero entre los curas futuros, seré por lo menos vicario general» -Estos pobres diablos- se decía- no han comido en su vida, hasta que llegaron aquí, más que requesón y pan negro. Mientras vivieron con sus padres, vieron la carne cuatro o cinco veces al año. Semejantes a los soldados romanos, para quienes eran de guerra los tiempos de paz, están contentos, encantados, con las delicias del seminario. Jamás descubrió Julián en sus ojos negros más que la necesidad física satisfecha después de las comidas, o el placer físico esperado, antes de aquellas. Tales eran las gentes entre las cuales se había propuesto distinguirse nuestro amigo, pero en sus cálculos no contaba con una cosa; no sabía, no sospechaba que ser una notabilidad en los estudios de dogma, una lumbrera en la asignatura de historia eclesiástica, a los ojos de sus camaradas era un pecado espléndido. Desde Voltaire, desde que el gobierno radica en las dos Cámaras, lo que en el fondo no es otra cosa que desconfianza y examen personal, la Iglesia de Francia parece como si hubiese comprendido que son los libros sus principales enemigos. Para ella, lo único importante es la sumisión del corazón. Julián, que penetraba a medias estas verdades, caía poco a poco en una melancolía profunda. Trabajaba mucho, hacía rápidos progresos en la ciencia de muchas cosas que son indispensables al sacerdote, aunque él por falsas las tenía, pero ninguno en la ciencia de vivir. Contribuía poderosamente a aumentar su tristeza el hecho de no haber recibido visitas ni cartas desde el día que ingresó en el seminario. No sabía él que el rector había recibido y condenado al fuego una porción de cartas, fechadas en Dijon, las cuales, envueltas con el ropaje de las conveniencias, dejaban entrever la existencia de una pasión violenta. Un día abrió y leyó el rector una carta cuyo escrito aparecía medio borrado por las lágrimas: era una despedida eterna. «Al fin- decía la carta-, Dios me ha concedido la gracia de que mi corazón aborrezca, no al autor de mi falta, que es y será siempre lo que más quiera en el mundo, pero sí a mi pecado. El sacrificio está consumado, amigo mío, aunque no sin que me cueste muchas lágrimas, como puedes ver. Me ha dado fuerzas para llevarlo a cabo el anhelo de no ser la ruina de personas a las cuales me debo, y que tan queridas te han sido. Un Dios justo, pero terrible en sus cóleras, no podrá en lo sucesivo vengar en ellos los crímenes de su madre. Adiós, Julián; procura ser siempre justo y piadoso.» Las últimas líneas de la carta apenas si podían leerse. Se le indicaba que contestase a Dijon, pero advirtiéndole que lo hiciese en términos que pudiera leer sin enrojecer de vergüenza una pobre mujer vuelta al camino de la virtud. Comenzaba a influir en la salud de Julián la melancolía, apoyada eficazmente por las comidas a ochenta y cinco céntimos una, cuando una mañana se presentó inopinadamente en su cuarto su amigo Fouqué. -Al fin he conseguido entrar- le dijo-. Cinco veces he venido a Besançon sin más objeto que verte, pero nunca encontré otra cosa que caras de palo. Coloqué un centinela en la puerta del seminario... ¿Qué diablos haces que no sales nunca? -Es una prueba que me he impuesto- respondió Julián. -Te hallo muy cambiado, pero, por lo menos, te veo. Dos relucientes monedas de cinco francos acaban de demostrarme que fui un estúpido al no ofrecerlas la primera vez que vine. La conversación entre los dos amigos se prolongó bastante. -¿Sabes una cosa?- preguntó de pronto Fouqué-. La madre de tus discípulos se ha hecho exageradamente devota. Julián quedó blanco como el papel. -Pues sí, amigo mío- repuso Fouqué con tono de indiferencia, sin sospechar la impresión que sus palabras producían en el alma apasionada de su amigo-. Es una devota exaltada. Dicen que hace peregrinaciones con frecuencia, confiesa a menudo, pero no con el cura Maslon, aunque éste ha procurado atraerla a su confesionario: va siempre a confesar a Dijon o a Besançon. -¡Viene a Besançon!- exclamó Julián. -Muy a menudo. -¿Llevas encima algún número del Constitucional? -¿Estás loco? -¡Dios me libre! Pregunto si llevas encima algún número del Constitucional- replicó Julián con calma. No debe sorprenderte mi pregunta, desde el momento que venden ese periódico en esta misma casa. -¿Aquí? ¿En el seminario? ¡Pobre Francia! exclamó Fouqué, remedando la voz hipócrita del cura Maslon. La visita hubiese ejercido profunda impresión en nuestro protagonista si al día siguiente unas cuantas palabras que le dijo el seminarista de Verrières, a que le parecía tan niño, no le hubiesen revelado un fenómeno de gran trascendencia. La conducta de Julián, desde el día que llegó al seminario, había sido una serie no interrumpida de torpezas. Julián se burló de sí mismo con amargura. En realidad, estudiaba y preparaba con talento los actos importantes de su vida, pero descuidaba los detalles, que es precisamente lo que acechan v analizan los hábiles en los seminarios. De ello resultaba que sus camaradas le habían incluido en el número de los espíritus fuertes. A los ojos de la comunidad, adolecía del defecto gravísimo de pensar y de juzgar por sí mismo, cuando debiera rendirse ciegamente a la autoridad y al ejemplo. De nada le habría servido el rector, ningún socorro le había prestado, quien ni una sola vez le había dirigido la palabra, fuera del tribunal de la Penitencia y muy contadas en el confesionario, donde por regla general escuchaba mucho y hablaba poco. No le habría sucedido eso si su confesor hubiese sido Castañeda. En cuanto Julián se percató de su locura, dejó de aburrirse. Quiso conocer la extensión y profundidad de su mal, y para ello renunció a la política de silencio altanero y obstinado que le malquistaba con sus camaradas. Entonces fue cuando éstos se vengaron de él; sus insinuaciones fueron recibidas con desprecio y sarcasmo, circunstancia que demostraba que, desde el día de su entrada en el seminario, el número de sus enemigos había aumentado sin cesar. El mal era inmenso, la obra de reparación muy difícil: no tenía más remedio que dibujar en lo sucesivo con sus actos un carácter completamente nuevo. Nada le dio tanto trabajo ni le produjo tantos disgustos como los movimientos de sus ojos que, con mucha razón, suelen llevar siempre bajos los seminaristas. -¡Qué necio y qué presumido he sido!- se decía con desaliento- Creía que había aprendido la ciencia de vivir, y no estoy ni en sus comienzos. ¡Cuán difícil es ser hipócrita! ¡Los trabajos de Hércules son juego de niños comparados con éste! El Hércules de los tiempos modernos fue Sixto V, que supo engañar por espacio de quince años a cuarenta cardenales... ¿Pero es que aquí de nada sirve la ciencia? Estudiar dogma es perder lastimosamente el tiempo... Los libros no tienen más finalidad que la de hacer caer en la celada a los tontos como yo... ¡Pobre de mí! Me he aplicado a estudiar, mis adelantos me llenaban de orgullo... ¡qué estúpido! Sólo han servido para crearme enemigos encarnizados... Chazel, que vale más que yo, que sabe más que yo, tiene buen cuidado de hacer faltas en sus lecciones: si alguna vez, muy contadas, las da sin falta es por distracción. ¡Ah! ¿Por qué no me advertiría el señor Pirard? Una vez desengañado Julián, los ejercicios interminables de piedad ascética, que hasta entonces le parecían mortalmente odiosos, monopolizaron la mayor parte de su tiempo. A fuerza de reflexionar con severidad sobre su conducta, y atento, sobre todo, a no incurrir en exageraciones, Julián no aspiró a figurar de repente entre los seminaristas que sirven de modelo a sus camaradas, se guardó muy bien de llevar a cabo actos significativos, es decir, actos que suponen en quien los realiza gran fondo de perfección cristiana. En los seminarios se conoce un sistema de comer los huevos pasados por agua que anuncia los progresos hechos en la vida devota. ¿Se ríe el lector? Que se acuerde de la infinidad de faltas que comiendo un huevo, cometió el célebre abate Delille en el almuerzo a que fue invitado por una gran señora de la corte de Luis XVI. Ante todo, se esforzó Julián por llegar al non culpa, que es el estado del seminarista cuyas actitudes, manera de mover los brazos, los ojos, etc., no indican nada de mundano, pero tampoco son prueba de que absorba todas sus facultades la idea de la otra vida y de la nada de la presente. A diario encontraba Julián escritas en las paredes de los corredores frases como ésta: «¿Qué son sesenta años de pruebas en comparación de una eternidad de delicias o de otra de llamas voraces en el infierno?» No las miraba con desdén Julián, antes por el contrario, comprendió que le convenía tenerlas siempre muy presentes. Su misión, si llegaba a ser sacerdote, sería llevar al Cielo las almas de los fieles confiadas a su solicitud, y esta obra no podría realizarla si su exterior no se diferenciaba del de los seglares. Un día, habían pasado ya algunos meses desde que Julián se aplicó con diligencia a corregir su exterior, nuestro héroe fue llamado inopinadamente por el rector. Su espanto no tuvo límites cuando aquel le dispensó la misma acogida que tanto le aterrara el día de su entrada en el seminario. -Explícame qué significan estas palabras escritas en este naipe- le dijo con voz tonante. Julián leyó: «Amanda Binet, café de la Jirafa, antes de las ocho. Decir que es de Genlis y primo de mi madre.» Julián se dio cuenta de la inmensidad del peligro. -El día que entré en esta santa casa- contestó-, estaba yo muerto de miedo, pensando en que el señor cura Chélan me había dicho que era el seminario semillero de delaciones y lugar donde abundan las malas artes de todo género. Aquí se alienta el espionaje y la delación... Lo quiere así el Cielo para poner de relieve las miserias de la vida y para inspirar a los sacerdotes el desprecio más profundo hacia el mundo y sus vanas pompas. -¡Al grano, tunante, al grano!- gritó el rector, furioso. -En Verrières- contestó con frialdad Julián- mis hermanos me pegaban siempre que les daba motivos para tenerme envidia. -¿Acabarás?- rugió el rector fuera de sí. Sin intimidarse, repuso Julián: -El día de mi llegada a Besançon, a eso del mediodía, sentí hambre y entré en un café. Me repugnaba entrar en lugar tan profano, pero pensé que mi almuerzo me costaría menos dinero que en una fonda. Una señora, que parecía la dueña del establecimiento, se compadeció de mi cortedad. «En Besançon abundan demasiado los malos sujetos- me dijo-. Temo por usted. Si le ocurriera algo desagradable, recurra a mí, envíemelo a decir a mi casa antes de las ocho de la mañana. Si los porteros del seminario se negasen a traerme el recado, diga usted que es primo de mi madre y natural de Genlis...» -Toda esa charla va a comprobarse- gritó el rector, que paseaba nervioso de una a otra parte de la habitación-. ¡A tu celda! Julián se fue a su cuarto, siendo seguido por el rector, que le dejó encerrado con llave. Nuestro estudiante registro diligente su maleta, en cuyo fondo guardaba la carta de baraja que el rector tenía en su poder. Excepción hecha del naipe que tan grave disgusto le ocasionaba, nada faltaba en la maleta, aunque eran pocos los efectos que se encontraban en su puesto, siendo lo notable del caso que la llave no había quedado nunca en la cerradura. -¡Menos mal que siempre rehusé los permisos de salir a la calle que con amabilidad, que ahora comprendo, me ofrecía con tanta frecuencia Castañeda!- exclamó Julián-. Es posible que hubiese sucumbido a la tentación de hacer una visita a Amanda, en cuyo caso estaría perdido sin remedio. Dos horas más tarde era llamado de nuevo por el rector. -No has mentido- le dijo mirándole con menos severidad- Sin embargo, constituye una imprudencia gravísima, cuya importancia no puedes comprender, haber guardado semejante carta... ¡Desgraciado joven!... ¡Es posible que dentro de diez años sufras aún los perjuicios!
XXVII
El tiempo presente, ¡gran Dios! es
el arco del Señor: ¡pobre del que ose
tocarle! El lector nos perdonará si pasamos como sobre ascuas sobre este periodo de la vida de Julián, puntualizando muy contados hechos claros y precisos. No es que nos falten: en sus memorias encontraríamos mucho; pero, a causa tal vez de su disposición de ánimo, el cuadro de la vida de seminario que nos ofrecen aquellas resultaría demasiado negro, y por tanta, reñido con la moderación de colorido que queremos dejar a esta historia. Julián prosperó muy poco en sus ensayos de hipocresía de gestos, por cuyo motivo, no tardó en disgustarse, y hasta en desmayar por completo. Un apoyo exterior cualquiera hubiese bastado para darle ánimos, porque las dificultades, los obstáculos que había de vencer no eran muy grandes, pero el apoyo no llegó y nuestro héroe se encontraba solo, semejante a un buque abandonado en medio de la inmensidad del Océano. Torcida la rectitud de su juicio, llena de sombras su inteligencia, decíase con frecuencia: -Aun cuando lograse mi deseo, ¿qué adelantaría? ¿Qué porvenir se me presentaría? ¡El de pasar mi existencia entera rodeado de gentes que no pueden ser de mi agrado! ¡Glotones cuyo Dios es la chuleta que piensan devorar en la mesa, gentes como Castañeda, para quienes no hay crimen demasiado repugnante! Se encumbrarán, sí, pero ¡a qué precio, Dios santo! Todo el mundo dice que una voluntad decidida arrolla todos los obstáculos: ¿pero puede la mía vencer mi repugnancia? La obra realizada por los grandes hombres ha sido fácil, porque por grande que fuera el peligro que hubieran de acometer, les parecía hermoso, ¿pero quién es capaz de comprender la fealdad espantosa de lo que me rodea? Fue este el periodo más doloroso de su vida. Le habría sido fácil alistarse en cualquiera de los regimientos que guarnecían a Besançon, podía hacerse maestro de latín, no le hubiese faltado colocación como preceptor, pero para ello necesitaba renunciar a la carrera, dar un adiós eterno al porvenir de gloria que le pintaba su imaginación, morir, en una palabra. -¡Yo, que tantas veces me he enorgullecido al ver que no era como los demás campesinos, hoy veo con dolor que la diferencia engendra el odio!- se decía una mañana. Acababa de demostrarle esta gran verdad una de sus derrotas más notables. Había consagrado ocho días enteros a la obra de conquistarse las simpatías de un estudiante que vivía en olor de santidad. Le acompañaba en el paseo, le reverenciaba, escuchaba con sumisión ejemplar las necedades que salían de la boca de aquel, capaces de dejar dormido a un hombre en plena carrera precipitada. Cubrióse el cielo de negros nubarrones, saltó el huracán, bramó el trueno, y el santo seminarista, rechazando a Julián de la manera más grosera, le dijo: -En este mundo, la caridad bien ordenada empieza por uno mismo. No quiero que me carbonice el rayo, y como tú corres peligro de que Dios, cansado de tus impiedades, te abrase, me voy. En una palabra: cuanto hacía Julián le era imputado por los seminaristas como un nuevo crimen. A fuerza de pensar en él, sus camaradas concluyeron por expresar por medio de dos palabras todo el horror que les inspiraba: uno de ellos le bautizó con el nombre de Martín Lutero, y Martín Lutero le llamaron todos en lo sucesivo.
XXVIII
La emoción se había apoderado de
todos los corazones. Parecía como si
la gloria de Dios hubiese descendido
a aquellas calles, engalanadas y
enarenadas por la piedad de los fieles. De nada sirvió a Julián empequeñecerse y hacerse necio; no consiguió contrarrestar los prejuicios de sus camaradas, ni vencer la malquerencia de sus superiores. Entre éstos no había más que uno que le tratase con simpatía: el señor Chas-Bernard, maestro de ceremonias de la catedral, y aspirante a una canonjía que le tenían ofrecida desde quince años antes. Era también el catedrático de elocuencia sagrada en el seminario. Julián asistía a su clase, y mereció que su profesor le llevase con frecuencia al jardín para pasear juntos. En las horas de paseo, el maestro de ceremonias se pasaba a veces mucho tiempo hablando a Julián, con no poco asombro de éste, de los ornamentos sagrados que poseía la catedral. Tenía diecisiete casullas de color, aparte de las negras: fundaba grandes esperanzas en la anciana presidenta, señora de Rubempré, dama de noventa años de edad, que conservaba, hacía setenta, sus vestidos de boda, que eran de soberbias telas de Lyon, bordadas en oro. -Comprenderás amigo mío- decía el buen maestro de ceremonias-,la riqueza de las telas de que te hablo, si te digo que se sostienen derechas: tanto abunda en ellas el oro. Creen generalmente en Besançon que, a la muerte de la presidenta, el tesoro de la catedral aumentará en más de diez casullas, sin contar cuatro o cinco capas para las grandes solemnidades, pero yo voy más lejos: tengo motivos poderosos para creer que la presidenta nos legará ocho soberbios candelabros de plata dorada, comprados en Italia, a lo que se supone, por el duque de Borgoña, Carlos el Temerario, de quien fue ministro favorito uno de los antepasados de la dama en cuestión. -¿Pero qué objeto perseguirá ese hombre con tanta charla?- se preguntaba Julián, vivamente intrigado-. Dedica mil años a preparaciones diestras, sin que el objetivo de éstas aparezca por ninguna parte... ¡Mucha debe de ser la desconfianza que le inspiro! Más en éste que todos los demás, cuyos móviles secretos descubro antes de quince días. ¡Lo comprendo! ¡La ambición de éste padece y gime desde hace quince años! Una tarde, el rector hizo subir a Julián a su cuarto. -Mañana- le dijo- es la festividad del Corpus Christi. El señor Chas-Bernard necesita que le ayudes a adornar la catedral; vete y ponte a sus órdenes. Tú verás- añadió, con tono de compasión- si te conviene aprovechar la ocasión para perderte por las calles de la ciudad. -Incendo per ignes. (Me acechan mis enemigos)- contestó Julián. A la mañana siguiente, muy temprano, Julián se dirigió a la catedral con los ojos bajos. El aspecto de las calles y la actividad que comenzaba a reinar en la ciudad disiparon algún tanto sus tristezas. Parecióle que el tiempo que había pasado en el seminario fue de la duración del relámpago. Su pensamiento buscó a Vergy y a la linda Amanda Binet, a la que podía muy bien encontrar, puesto que su café no distaba gran cosa. Desde lejos divisó a Chas-Bernard, que le esperaba en el umbral de la catedral: era un hombre grueso, de cara alegre y expresión franca. -Esperándote estaba, hijo mío- gritó, no bien vio a Julián-; sé bien venido. Como nos espera una tarea larga y pesada, nos fortaleceremos almorzando dos veces, una ahora, y otra a las diez, durante la misa mayor. -Le pido por favor, señor- contestó Julián con gravedad-, que no me deje solo un instante. También quisiera que tomase nota de que llego a las cinco menos un minuto. -¡Ah! ¿Te dan miedo los tunantillos del seminario? No te acuerdes de ellos, que un camino no deja de ser hermoso porque haya espinas en los setos que lo flanquean. El viajero sigue tranquilo su marcha, sin mirar ni tocar las espinas... Pero dejémonos de charla, y a trabajar, amigo mío. Razón tenía Chas-Bernard al decir que la tarea sería ruda. La víspera se había celebrado en la catedral una solemne ceremonia fúnebre que impidió que se hicieran preparativos de ninguna clase. Como consecuencia, en una sola mañana había que vestir con colgaduras de damasco rojo todas las columnas góticas de las tres naves, que tenían unos treinta pies de elevación. El obispo había mandado venir de París cuatro tapiceros; pero esos señores no podían hacerlo todo, y por añadidura, tampoco tenían grandes ganas de trabajar. Vio Julián que no tenía más remedio que subir por la escalera, y así lo hizo inmediatamente. Encargóse de dirigir a los tapiceros de la capital. El maestro de ceremonias le veía pasar con agilidad sorprendente de una escalera a otra. Vestidas todas las columnas, había que colocar cinco grupos gigantescos de plumas sobre el gran baldaquino que coronaba el altar mayor. Ocho grandes columnas de mármol de Italia sostenían el rico dosel de madera dorada que formaba el remate, pero para llegar al centro del baldaquino era preciso pasar sobre una cornisa vieja de madera, probablemente apolillada, que pasaba a cuarenta pies de elevación. El aspecto de tan peligroso camino había dado al traste con el buen humor de los tapiceros de París, los cuales lo examinaban desde abajo, hablaban mucho, pero no se decidían a recorrerlo. Julián tomó el grupo de plumas y subió la escalera con movimientos ágiles. Sin titubear llegó hasta el centro del baldaquino y colocó el adorno en forma de corona. Cuando descendió, el maestro de ceremonias le estrechó entre sus brazos. -¡Optime!- gritó el maestro de ceremonias-. Se lo contaré a Su Excelencia. Quiero que sepa el señor obispo quién ha sido el autor de esta obra. El segundo almuerzo, el de las diez, fue extremadamente alegre. -Mi querido discípulo- decía el maestro de ceremonias a Julián-, mi madre fue alquiladora de sillas de esta santa basílica, de suerte que yo he crecido en este gran edificio. Nos llevó a la ruina el terror de Robespierre, pero yo, que tenía ocho años por aquella época, ayudaba a misa, y de lo que este cargo me producía, vivía. Nadie me ganaba a plegar bien una casulla, y me cabe el orgullo de decir que casulla guardada por mí, estaba asegurada contra las cortaduras de sus galones. Restablecido el culto por Napoleón, pude saborear la dicha de ser el verdadero director de esta venerable metropolitana. Cinco veces al año la veían mis ojos engalanada con sus mejores ornamentos; pero confieso que jamás la vi tan perfecta, jamás las colgaduras de damasco quedaron tan admirablemente pegadas a las columnas como hoy. Creyó Julián que al fin iba a saber el secreto de aquel hombre, a quien nunca vio tan comunicativo, pero sus esperanzas resultaron fallidas, pues ni una palabra imprudente o indiscreta salió de los labios de su catedrático, no obstante su evidente exaltación. Cuando tocaron a Sanctus, quiso Julián vestir una sobrepelliz y seguir al obispo en la solemne procesión. -¡Y los ladrones, amigo mío!- exclamó el maestro de ceremonias- ¿Has olvidado que abundan más de la cuenta? Tú y yo vigilaremos mientras la procesión sigue su curso, y aun así, milagro será si no desaparecen dos o tres varas del hermoso galón que dibuja los zócalos de las columnas. También lo regaló la señora de Rubempré, y proviene del famoso conde que fue su bisabuelo. ¡Es de oro puro, mi querido amigo!- añadió el orador con exaltación y bajando la voz-. ¡Oro puro... nada falso! Te encargo de la vigilancia de la parte norte, y me reservo para mí las naves del mediodía y central. ¡Cuidado con los confesionarios, que en ellos suelen esconderse los espías de los ladrones, para hacer su agosto no bien volvamos la espalda! Dieron las once y tres cuartos cuando el maestro de ceremonias terminó de hablar. Inmediatamente sonó la campana mayor, echando a vuelo; su voz sonora, grave y solemne, conmovió a Julián, cuya imaginación dejó de estar en la tierra. El olor a incienso y las hojas de rosa arrojadas con profusión por niños vestidos de ángeles o de San Juan acabaron de extasiarle. Mientras la procesión recorría con paso lento las calles de la ciudad, deteniéndose de trecho en trecho en los altares portátiles colocados en la vía pública, la catedral había quedado sometida al imperio del silencio más absoluto. La soledad profunda, el ambiente fresco que reinaba en las naves saturado de emanaciones de incienso y de fragancias deliciosas de las flores, contribuían a aumentar la dulzura de los ensueños de Julián, que se había abandonado a ellos seguro de que no vendría a turbarlos el maestro de ceremonias, atento a la vigilancia de la otra parte del edificio. Su alma había olvidado la envoltura material, que paseaba con paso lento por la nave del norte. No vigilaba... ¿para qué? había visto que en los confesionarios no quedaban más que algunas mujeres piadosas, y, de consiguiente, no había peligro alguno. Sus ojos miraban sin ver. Esto no obstante, vino a vencer casi su distracción la presencia de dos mujeres, elegantemente vestidas, que estaban arrodilladas, una sobre la tarima de un confesionario, y otra, muy próxima a la primera, sobre el asiento de una sillita baja. Las miró maquinalmente, no las vio, pero fuese debido a la conciencia vaga del cumplimiento de su deber, fuese fruto de la admiración producida por la elegancia noble y sencilla a la par de aquellas señoras, ello fue que observó Julián que no había sacerdote alguno en el confesionario junto al cual se hallaban aquellas. -Me llama la atención que esas señoras no estén arrodilladas al pie de alguno de los altares, si son devotas, o en primera fila de cualquiera de los balcones bajo los cuales ha de pasar la procesión, si son aficionadas al mundo y a las vanidades- se dijo Julián-. ¡Qué elegancia... qué gracia...! Julián acortó el paso para poder admirarlas más a su sabor. La que estaba arrodillada sobre la tarima del confesionario volvió la cabeza al oír los pasos de Julián, que turba el silencio augusto del sagrado recinto. Gran efecto debió producirle la presencia de Julián, puesto que verle y lanzar un grito y encontrarse mal, fue todo obra de un segundo. Falta de fuerzas, se tambaleó un momento y concluyó por caer de espaldas: su amiga se lanzó a socorrerla. Vio Julián la espalda de la dama desmayada, y sus ojos se fijaron en un collar de perlas finas que le era muy conocido. Renunciamos a describir su asombro cuando se convenció de que la desmayada era la señora de Rênal; la otra señora, la que sostenía su cabeza para impedir que diese con ella sobre el pavimento, era la señora Derville. Voló Julián hacia el grupo, fuera de sí, ayudó a la señora Derville a colocar a la señora de Rênal apoyada sobre una silla, y cayó de rodillas. La señora Derville le reconoció entonces. -¡Huya usted, señor mío, aléjese de aquí!- gritó con expresión colérica-. ¡Que no le vea cuando cese el desmayo, porque su vista le produce horror! ¡Era tan feliz antes de conocerle a usted!... ¡Su conducta ha sido atroz, inhumana, villana! ¡Si algún resto de pudor le queda, aléjese de aquí! Tal acento de autoridad supo poner la señora Derville en sus palabras, y por otra parte, tan falto de fuerzas se hallaba Julián, que la orden fue obedecida sin replicar. -¡Siempre me odió con todas sus fuerzas!- decía Julián, pensando en la señora Derville. Casi en el mismo punto resonaron en la iglesia los cantos de los sacerdotes que iban a la cabeza de la procesión. El maestro de ceremonias llamó varias veces a Julián, que no le oía, hasta que al fin fue a sacarle por un brazo de detrás de la columna donde se había refugiado más muerto que vivo. Quería presentarle al obispo. -Veo que te encuentras mal, hijo mío- le dijo al verle tan pálido. Lo comprendo: has trabajado demasiado. Ven- añadió, haciendo que se apoyase en su brazo-, ven y siéntate en ese banco inmediato a la pila del agua bendita... Procura tranquilizarte... el señor obispo tardará aún veinte minutos largos en pasar; cuando llegue, te levantaré, porque, pese a mis años, me conservo fuerte y vigoroso. Cuando pasó el obispo, continuaba siendo tan deplorable el estado de Julián, que el maestro de ceremonias renunció a presentarle. -No te importe- le dijo para consolarle-, ocasiones me sobrarán para hacerlo. Aquella noche, el maestro de ceremonias hizo llevar al oratorio del seminario diez libras de velas, economizadas, según dijo, gracias a la diligencia que Julián puso en apagarlas. Era una mentira piadosa; el pobre muchacho, desde que vio a la señora de Rênal, habíase apagado él mismo, pero ni soñó siquiera en apagar ninguna vela.
XXIX
Ha sabido conocer sus tiempos, ha
sabido conocer su provincia, y es
rico. No había sacudido Julián el estupor profundo en que le sumió la aventura de la catedral, cuando una mañana le mandó llamar el rector del seminario. -El señor Chas-Bernard me escribe elogiándote- le dijo- Estoy bastante contento de tu conducta, pues, aunque eres muy imprudente y muy aturdido, tu corazón es bueno, hasta generoso, y tu talento superior. Brilla en tu alma una chispa que conviene cuidar. Después de quince años de trabajos, me veo en vísperas de salir de esta casa. Mi crimen es haber dejado a los seminaristas dueños de su libre albedrío, y no haber protegido ni servido los intereses de la asociación secreta, de que tantas veces me has hablado en el tribunal de la Penitencia. Antes de marchar, quiero hacer algo por ti. Lo habría hecho ya hace dos meses, porque lo merecías, de no haber sobrevenido la denuncia fundada en la nota de las señas de Amanda Binet, encontrada en tu maleta. Te nombro suplente de la asignatura de Sagrada Escritura. Julián, ebrio de alegría, estuvo a punto de caer de rodillas y de dar gracias a Dios; pero, rindiéndose a otro sentimiento más natural y sincero, tomó la mano del rector y la llevó a sus labios. -¿Qué significa eso?- preguntó el rector, incomodado. Como los ojos de Julián hablaban con mayor elocuencia que su acción, el rector le contempló con asombro, como quien ha perdido hace largos años la costumbre de encontrarse con emociones delicadas. Con voz alterada, porque la observación fue causa de que se vendiera, repuso. -¡Sí, hijo mío, no lo niego! Te he cobrado cariño... contra mi voluntad, el Cielo me es testigo. Mi obligación es ser justo, no sentir cariño ni mala voluntad hacia nadie, pero mi corazón ha podido más que mi voluntad. Tu carrera será penosa. Observo en ti algo que ofende al vulgo, y ese algo será motivo de que te persigan la envidia y la calumnia. Sea el que sea el puesto en que la Providencia tenga a bien colocarte, tus compañeros te odiarán, Y si fingen lo contrario, será para venderte más sobre seguro. Contra este contratiempo, no te cabe más que un remedio: a nadie recurras más que a Dios, que te dio, para castigo de tu presunción, esa necesidad de ser aborrecido. Sea pura y limpia tu conducta, que únicamente así conseguirás que, más pronto o más tarde, veas confundidos a tus enemigos. Julián no pudo contener las lágrimas. Tanto tiempo hacía que no resonaba en sus oídos una voz amiga, que habrá que perdonarle su debilidad. El rector le abrió los brazos: fue aquel un momento de dulce dicha para los dos. Julián estaba loco de alegría. Era el primer adelanto que hacía, y llevaba consigo ventajas inmensas. Para poder apreciarlas, es preciso haber estado condenado a pasarse meses enteros sin disfrutar de un segundo de soledad y en contacto estrecho con camaradas importunos los menos, insoportables los más. Sus voces descompuestas hubiesen bastado para llevar el desorden a un organismo delicado. La alegría ruidosa de los rústicos bien alimentados y bien vestidos no es completa si no se exterioriza por medio de gritos y algazara. Julián gozaba del privilegio de comer solo, o casi solo, una hora después que los restantes seminaristas. Tenía en su poder una llave del jardín y podía pasear por él cuando estaba desierto. Con gran asombro suyo observó Julián que le odiaban menos, cuando precisamente él esperaba que su adelanto recrudecería la animadversión que inspiraba. Su secreto deseo de que le dejaran en paz, de que no le dirigieran la palabra, que tantos enemigos le valiera, ya no era considerado como prueba de un orgullo ridículo; los seres ignorantes que le rodeaban lo atribuían ya a sentimiento justo de dignidad. El aborrecimiento disminuyó sensiblemente, sobre todo en los estudiantes jóvenes, a los que trataba con refinada cortesía. Poco a poco tuvo partidarios, y no pasó mucho tiempo sin que perdieran la costumbre de llamarle Martín Lutero. Desde que fue elevado a su dignidad, el rector del seminario procuró no hablarle nunca, como no fuera en presencia de testigos. Era una conducta prudente, tanto por lo que se refiere al rector, cuanto por conveniencias del alumno, pero, a la par que prudencia, envolvía una prueba. Principio invariable del severo jansenista Pirad era: «Al hombre que tiene algún mérito a tus ojos, ponle obstáculos que se opongan a cuanto desee y a cuanto emprenda, que si el mérito es real, sabrá destruirlos u orillarlos.» Era la época de la caza. Fouqué tuvo la feliz idea de enviar al seminario un jabalí y un venado, diciendo que era un obsequio de los padres de Julián. Fueron depositadas las piezas en el pasillo de comunicación entre la cocina y el refectorio, y allí los vieron todos los seminaristas al ir a comer. La curiosidad que despertaron fue enorme: durante ocho días no se habló en el seminario de otra cosa. El regalo, que colocaba a la familia de Julián en la categoría social de los que tienen derecho indiscutible al respeto, asestó un golpe mortal a la envidia: fue a manera de superioridad consagrada por la fortuna, Chazel y los seminaristas más distinguidos le brindaron con su amistad, y casi se quejaron de que no les hubiese dicho que sus padres eran ricos. Vino la quinta, de la que se libró Julián por su condición de seminarista. La circunstancia le conmovió profundamente, pues pensó que dejaba pasar la oportunidad de dar comienzo a una vida de heroísmos. Paseaba solo por el jardín del seminario, cuando oyó la conversación que sostenían dos albañiles que hacían reparaciones en el muro que circundaba a aquel. -Hay que liar el petate, amigo; la ley de quintas lo quiere así- decía el uno. -¿Qué más da hoy que mañana? Albañiles ha habido que han llegado a oficiales y hasta a generales. -Antiguamente. Hoy no son soldados más que los pordioseros: el que tiene cuartos se queda en casa. -Claro; el que nace pordiosero, pordiosero será toda su vida. -¿Será verdad lo que dicen a propósito del otro? He oído asegurar que ha muerto. -Lo dicen los gordos, pero es el miedo, y no la verdad lo que les hace hablar. -¡Cuánto mejor estábamos en su tiempo!... ¡Y pensar que le vendieron sus mismos mariscales!... ¡Este mundo está lleno de traidores! La conversación consoló un poquito a Julián, quien se alejó murmurando: -«El único rey de quien el pueblo guarda grata memoria.» Llegó el tiempo de los exámenes. Julián los hizo brillantísimos. El primer día, los que formaban el tribunal nombrado por el famoso vicario general Frilair experimentaron viva contrariedad al tener que hacer figurar en primer lugar, o a lo sumo en segundo, en sus listas, a Julián Sorel, que les había sido recomendado como el Benjamín del rector Pirard. Todo el mundo creía que Julián obtendría la primera censura en el examen definitivo, distinción que llevaba anejo el honor de comer con el señor obispo; pero hacia el final del acto, con motivo de una pregunta sobre los Santos Padres de la Iglesia, un examinador ladino, después de haber interrogado a Julián sobre San Jerónimo, vino a hablar de Horacio, de Virgilio y de otros autores profanos. Julián, que sin saberlo sus camaradas, había aprendido de memoria muchos pasajes de estos autores, arrebatado por su triunfo, olvidó el sitio en que se hallaba, y recitó y parafraseó con fuego varias odas de Horacio. Después de animarle por el camino emprendido por espacio de más de veinte minutos, el examinador varió bruscamente de gesto, y le censuró con acritud el tiempo que había perdido dedicándolo a aquellos estudios profanos, que habían llenado su cabeza de ideas inútiles o peligrosas. -Tiene usted razón, señor; soy un mentecato- contestó con humildad Julián, comprendiendo que había caído en un lazo hábilmente tendido. Hasta los seminaristas calificaron de celada de mala ley la empleada contra Julián, lo que no impidió que el vicario general, hombre intrigante que hacía temblar en sus puestos a jueces, prefectos, y hasta oficiales generales del Ejército, escribiese el número 198 junto al nombre de Julián. Complacíase de una manera especial en mortificar a su enemigo, el jansenista Pirard. Diez años hacía que trabajaba con ardor para privarle de la dirección del seminario. El rector, siguiendo invariablemente la norma de conducta que había aconsejado a Julián era hombre sincero, piadoso, enemigo de la intriga y fiel cumplidor de sus deberes; pero el Cielo, en su cólera sin duda, habíale dado un temperamento bilioso incapaz de olvidar las injurias recibidas y el odio de ellas nacido. Su alma ardiente conservaba vivo el recuerdo de los ultrajes de que se le hacía objeto. Cien veces hubiese dimitido, de no creer que sus servicios podían ser útiles a la religión desde el puesto en que la Providencia le había colocado. Dos meses tal vez hacía que no había dirigido la palabra a Julián cuando llegó la época de los exámenes, y, sin embargo, estuvo enfermo ocho días cuando recibió el documento oficial y vio que habían clasificado en el número 198 al seminarista que consideraba como la gloria de su establecimiento docente. Su consuelo único consistió en concentrar sobre Julián todos sus medios de vigilancia, siendo tan viva su alegría como amargo fuera su dolor al no advertir en el ni cólera, ni proyectos de venganza, ni desaliento. Algunas semanas después de los exámenes, Julián recibió una carta procedente de París. Nuestro héroe se dijo con júbilo que la señora de Rênal, aunque tarde, se acordaba de sus promesas. Firmaba la carta un tal Pablo Sorel, quien se intitulaba pariente suyo, y le enviaba una letra de cambio por valor de quinientos francos. Decía la carta que todos los años recibiría una suma igual, si continuaba estudiando con tanto aprovechamiento como hasta allí los buenos autores latinos. -¡Qué buena es!- exclamó Julián, enternecido-. ¡Porque la carta es de ella... no hay duda! Ha querido consolarme... ¿pero por qué no habrá estampado una sola frase de cariño? Se engañaba nuestro protagonista, porque la carta no era de la señora de Rênal. Ignoraba Julián que ésta, dirigida por su amiga la señora Derville, se había entregado a la devoción, y de su amor no le quedaban más que lacerantes remordimientos. Cierto que a su pesar se acordaba alguna que otra vez del hombre que endulzó primero, y amargó luego para siempre su existencia; pero por nada del mundo se habría atrevido a escribirle. Si hablásemos el lenguaje de los seminarios, podríamos atribuir a un milagro la remesa de aquellos quinientos francos, y decir que eran dádiva del mismo vicario general, de quien se había servido el Cielo para premiar a Julián. Doce años antes, el buen señor Frilair había llegado a Besançon con un equipaje de los más modestos, el cual, al decir de las gentes que por enteradas se tenían, encerraba toda su fortuna. Por la época a que se refiere nuestra historia, era uno de los personajes más ricos de la provincia. Cuando el navío de su fortuna navegaba a velas desplegadas, compró la mitad de una posesión, parte de la cual heredó el señor de la Mole. Esto dio origen a un pleito entre los dos personajes. No obstante la alta posición que el marqués de la Mole tenía en París, y su influencia en la corte, comprendió que era altamente peligroso luchar en Besançon contra un vicario general que creaba y destituía prefectos. Fácil le hubiese sido conseguir un cargo que le rentase los cincuenta mil francos de renta que el vicario general le disputaba, y abandonar a éste el pleito, pero el marqués creía tener razón y dio oídos a la voz de su amor propio. El marqués debió tener presente que no hay en el mundo juez que deje de tener hijos o sobrinos a quienes le interese poner en camino de prosperar en el mundo, o bien dar la significación que tenía en realidad el hecho de que, ocho días después de incoado el pleito, el vicario general tomase la carroza del obispo y fuese a llevar personalmente a su abogado la cruz de la Legión de Honor, y quizá entonces habría transigido. No lo hizo así, y aunque esperanzado en la justicia de su causa, no dejó de alarmarse al enterarse de la calidad de las armas que esgrimía la parte contraria. Viendo, por otra parte, que desmayaban sus abogados, pidió consejo al ex párroco señor Chélan, quien le puso en relaciones con el rector del seminario señor Pirard. Ocurrió todo esto algunos años antes de la fecha en que da comienzo nuestra historia. El rector del seminario puso en este asunto todo su carácter apasionado. Como a diario veía y hablaba con los abogados del marqués, poco a poco estudió a fondo su derecho, y, convencido de su justicia, se declaró abiertamente defensor de aquel contra el omnipotente vicario general. De aquí la animadversión de éste contra la insolencia de un pobre rector de seminario, jansenista por añadidura. -Bien veis lo poco que vale esa nobleza de la corte que alardea de omnipotente- decía el vicario general a sus íntimos- El marqués de la Mole no ha tenido poder para enviar una cruz miserable a su ahogado, y, por añadidura, tampoco impedirá que le hiera mi venganza. No obstante la actividad del rector del seminario, y aunque el marqués era amigo del ministro de Justicia y no dejaba pasar día sin dar una vueltecita por el Ministerio, lo único que consiguió, a costa de seis años de influencia y de desvelos, fue impedir que se dictase sentencia en su contra. La correspondencia constante con el rector del seminario motivada por un asunto que los dos seguían con pasión, concluyó por aficionar al marqués a la manera de ser y carácter del primero. Poco a poco, y no obstante la distancia inmensa de sus posiciones sociales respectivas, sus cartas fueron cartas de amigos. El rector hubo de manifestar al marqués que veía empeño manifiesto en obligarle, a fuerza de desaires y de insolencias, a que renunciase a su cargo, y como hablara de este asunto en una de sus cartas, por los días en que ardía en cólera contra los que tan vil celada prepararon a Julián, parece que narró al marqués la historia de nuestro héroe. Hombre espléndido el marqués, no habiendo conseguido nunca que el rector aceptase de él cosa alguna, ni siquiera el reembolso de los pequeños gastos ocasionados por el pleito, y que alguna vez suplió aquel, tuvo la feliz idea de enviar quinientos francos al discípulo favorito de su amigo. Pocos días después, el rector recibió una carta en la que le rogaban que hiciese el favor de llegarse a una posada de Besançon, donde tenían que hablarle de un asunto urgente e importante. Acudió a la cita, y encontró al administrador general del marqués. -El señor marqués me ha mandado que traiga su cobre y lo ponga a su disposición- dijo el administrador-. Cree que, una vez haya leído usted la carta que tengo el honor de poner en sus manos, le convendrá tal vez ir a París. Yo aprovecharé el tiempo que usted se sirva indicarme para hacer una visita a las propiedades del señor marqués en el Franco Condado, y luego, el día que usted designe, emprenderemos el viaje para París. La carta era breve y decía así: «Envíe usted a paseo a esta turba de intrigantes provincianos y venga usted a París, donde respirará ambientes más tranquilos. Le envío mi coche, que tiene órdenes de esperar durante cuatro días su resolución. Le esperaré en París hasta el martes. No necesita usted hacer otra cosa que pronunciar el sí, para que inmediatamente sea suya una de las mejores parroquias de los alrededores de París. El más rico de sus futuros feligreses no ha tenido el placer de verle nunca, pero le profesa más cariño del que usted pueda suponer: me refiero al marqués de la Mole.» El severo señor Pirard quería de veras al seminario, poblado de enemigos suyos, al cual había consagrado todos sus pensamientos y todos sus esfuerzos de quince años, y de consiguiente, la carta del marqués fue para él algo así como la aparición del cirujano encargado de realizar una operación cruel y necesaria. Citó al administrador general del marqués para tres días después. Pasó por cuarenta y ocho horas de crueles incertidumbres, hasta que, al fin, escribió una carta al marqués y compuso para el obispo otra, obra maestra de estilo eclesiástico, aunque un poquito demasiado larga. Habría sido muy difícil hallar frases más irreprochables y que respirasen respeto más sincero, y, sin embargo, aquella carta, destinada a hacer pasar un mal rato al vicario general, puntualizaba los motivos de quejas graves y enumeraba las pequeñas ruindades que, soportadas con resignación durante seis años, obligaban al fin al autor de la misiva a abandonar la diócesis. Terminada la carta, mandó despertar a Julián, que dormía desde las ocho de la noche, como todos los demás seminaristas. -¿Sabes dónde está el palacio del señor obispo?- le dijo en elegante estilo latino-. Vas a llevar esta carta a Su Excelencia. No quiero ocultarte que te envío a un lugar donde te verás rodeado de lobos. Procura ser todo oídos y todo ojos. En tus contestaciones sé veraz, no mientas, pero ten al propio tiempo muy presente que quien te pregunta experimentará un placer verdadero haciéndote daño. Celebro, hijo mío, que se me presente ocasión de darte un encargo, que probablemente será para ti fuente de enseñanzas provechosas, antes de marcharme, y digo antes de marcharme, porque quiero que sepas que esa carta que te entrego encierra mi dimisión. Julián quedó inmóvil. Quería de veras al rector y deseaba componer una frase delicada, pero no encontraba la manera. -Puedes marchar cuando gustes, amigo mío- repuso el rector. -Estoy pensando, señor- contestó Julián-, que usted, durante su dilatada administración, no ha economizado un franco, si no me engaño. Tengo seiscientos francos que... Las lágrimas le impidieron continuar. -También esto será tenido en cuenta respondió con calma el rector-. Vete al palacio ya, que se hace tarde. Hizo la casualidad que aquella noche estuviese en palacio el vicario general reemplazando al obispo que comía en la Prefectura. Fue, pues, él quien tomó la carta de que Julián era portador. Con asombro vio nuestro héroe que el sacerdote que tomó su carta, y a quien no conocía, abría sin titubear el pliego dirigido al obispo. No bien leyó los primeros renglones, su cara reflejó sorpresa mezclada de viva alegría. Julián examinó con cuidado su cara mientras leía. Era una cara grave, que lo habría sido mucho más aún de no ser tan extremada la expresión de astucia refinada de sus líneas. La nariz, muy destacada, presentaba una sola línea perfectamente recta, detalle que daba al conjunto de la fisonomía cierto parecido con la cara de la zorra. El lector de la carta del rector del seminario vestía con elegancia que agradó a Julián. No supo éste hasta más adelante en qué consistía el talento principal del vicario general. El secreto de su influencia radicaba en una habilidad especial para divertir a su obispo, nacido para residir en París, y que consideraba a Besançon como destierro. El obispo era muy corto de vista, casi ciego, le gustaba a rabiar el pescado, y su vicario general cuidaba de quitar las espinas al que era servido en la mesa de Su Excelencia. Contemplaba Julián al sacerdote que leía por segunda vez la carta del rector, cuando se abrió con estrépito la puerta. Un lacayo, vestido con lujo, pasó rápidamente junto a Julián. Ese volvió la cabeza hacia la puerta y vio entrar a un anciano en cuyo pecho brillaba una cruz pectoral. Cayó de rodillas; el prelado le dirigió una sonrisa bondadosa y pasó sin detenerse. El sacerdote que leía la carta siguió al obispo, y, Julián quedó solo en el salón, cuya magnificencia y lujo pudo admirar a su sabor. El obispo de Besançon, hombre probado, mas no doblegado por las calamidades y desventuras de la emigración, había cumplido los setenta y cinco años y solía mirar tranquilo y sin inquietarse el porvenir, riéndose de todo lo que pudiera suceder diez años más adelante. -¿Quién es ese seminarista de mirada viva que he creído ver al pasar?- preguntó el prelado. ¿No debería estar durmiendo a estas horas, si se cumpliera mi reglamento? -El que queda en la antesala está muy despierto, señor, y es portador de una gran noticia: de la dimisión del único jansenista que quedaba en la diócesis. El indomable rector del seminario ha comprendido al fin lo que debía hacer. -Perfectamente- contestó el obispo-. Ha conseguido usted que presente su dimisión. pero le reto a que le reemplace con un hombre de su valer. Quiero dar a usted ocasión de apreciar lo mucho que aquel hombre vale, y para ello, voy a decirle que mañana le espero a comer. Quiso el vicario general hacer algunas indicaciones sobre la persona que habría de reemplazar al rector dimisionario, pero el prelado, poco dispuesto a hablar de asuntos, le interrumpió diciendo: -Antes de pensar en el que ha de venir, procuremos averiguar cómo y por qué nos deja el que se va. Haga usted entrar al seminarista, que la verdad solemos encontrarla mejor en la boca de los jóvenes que en las de los viejos. Fue llamado Julián, quien entró pensando que iba a encontrarse entre dos inquisidores. Diremos de paso que nunca se encentró tan valiente como en aquella ocasión. El prelado, antes de hablar del rector, creyó conveniente interrogar a Julián sobre sus estudios. Habló un poco de dogma, y quedó maravillado de las respuestas del estudiante; pasó luego a tratar de Virgilio, de Horacio, de Cicerón. Julián se acordó de que los tales autores le habían valido el número 198 en el examen definitivo de fin de curso, pero pensó también que nada tenía que perder y resolvió contestar con cuanta brillantez le fuese posible. Triunfó: el prelado, que era excelente humanista, quedó encantado. En el banquete de la Prefectura, una joven, que comenzaba a hacerse célebre, había recitado el poema de la Magdalena. Esta circunstancia despertó en el dignatario de la Iglesia el deseo de hablar de literatura, y muy pronto dejó de acordarse del rector del seminario y de los negocios, para engolfarse con el seminarista en la discusión de si Horacio fue rico o pobre. Citó el prelado muchas odas, pero a veces su memoria no respondía a sus deseos, y entonces Julián recitaba la oda entera con modesta expresión. Una cosa, sobre todo, llamaba la atención del obispo: Julián mantenía invariablemente el tono de la conversación; recitaba de corrido veinte o treinta versos latinos como si hubiese estado refiriendo lo que pasaba en el seminario. Se habló largo rato de Virgilio y de Cicerón, y, al fin, el prelado felicitó efusivamente al joven seminarista. -Es imposible estudiar con mayor aprovechamiento- dijo. -Señor- respondió Julián-, en su seminario no es difícil hallar ciento noventa y siete estudiantes más dignos que yo de la alta aprobación de Vuestra Excelencia. -¡Cómo!- exclamó el prelado-. ¡Imposible! -Apoyaré lo que acabo de tener el honor de manifestar en un prueba oficial, señor. En los exámenes de fin de curso, a las respuestas que di sobre las materias que en este momento me han valido la aprobación de Vuestra Excelencia, debí el ser clasificado en el lugar 198. -¡Ah... comprendo!- exclamó el obispo riendo y mirando al vicario general-. Este es el Benjamín de rector... debimos adivinarlo... ..pero no importa: la guerra es leal. Dime, amigo mío: ¿verdad que te han despertado para enviarte aquí? -Sí, señor. Hasta hoy, una sola vez en mi vida había salido del seminario: el día de Corpus, que me enviaron a la catedral para ayudar al señor maestro de ceremonias. -¡Optime!- dijo el obispo-. Luego fuiste tú quien diste prueba tan brillante de valor colocando los grupos de plumas sobre el baldaquino ¡Muy bien! Tiemblo todos los años al llegar ese día porque temo que la colocación de las plumas cueste la vida a algún hombre. Amigo mío... tú llegarás; pero no quiero, mientras avanzas en tu carrera, que será brillante, hacerte morir de hambre. Previa una orden del obispo, trajeron bizcochos y vino de Málaga, a los que Julián hizo honor, bien que no tanto como el vicario general, para quien no era un secreto que su obispo gustaba de ver comer bien y con alegría. El prelado, cada vez más contento comenzó a hablar de su historia eclesiástica, y vio que Julián no lo comprendía. Pasó entonces a discurrir sobre el estado moral del Imperio Romano bajo los emperadores del tiempo de Constantino, haciendo observar que el fin del paganismo vino acompañado de ese estado especial de inquietud y de dudas que en el siglo XIX corroe a las almas tristes y hastiadas. El obispo se convenció de que Julián ignoraba casi que hubiese vivido en el mundo un hombre llamado Tácito. -Señor- respondió candorosamente Julián-, ese autor no figura en la biblioteca del seminario. -De lo que me alegro mucho- replicó el prelado-, porque esa circunstancia pone fin a mis apuros. Hace diez minutos que vengo pensando cómo podré pagarte la velada deliciosa que me has procurado, por cierto de una manera bien imprevista. No esperaba yo encontrar un doctor bajo el hábito de un seminarista. Quizá no sea muy canónico el regalo, pero esta consideración no ha de impedir que te regale un Tácito. El prelado mandó traer ocho tomos, lujosamente encuadernados, y llevó su amabilidad hasta el extremo de escribir en el primero una dedicatoria a Julián Sorel. Seguidamente, con tono serio que ponía fin a la conversación, dijo: -Joven: si eres prudente, tuyo será un día el mejor curato de mi diócesis, que no distará cien leguas, ni mucho menos, de mi palacio episcopal: mas, para ello, será preciso que seas prudente. Julián cargado con sus ocho libros, salió del palacio a medianoche. Iba encantado y admirado de la exquisita finura del obispo. Nunca pensó que pudiese haber quien, a una urbanidad de formas tan refinadas, uniese una expresión de dignidad tan natural. El contraste resaltó más cuando se encontró frente al severo rector, que le esperaba con impaciencia. -Quid tibi dixerunt? (¿Qué te han dicho?)- preguntó con voz potente, no bien le vio. Como Julián tropezase alguna otra vez al intentar traducir al latín el discurso del obispo, dijo el rector con tono duro: -Habla en francés, y repíteme textualmente las palabras del prelado, sin añadir ni quitar nada. Eran las dos de la madrugada cuando indicó a Julián que podía reanudar su sueño. -¡Extraño regalo de un obispo a un seminarista!- exclamó examinando el lujoso Tácito, cuyos cantos dorados parecía como si le diesen horror-. Déjame el primer tomo, el que tiene la dedicatoria del señor obispo. Luego que yo me vaya, esa primera línea latina será tu pararrayos en el seminario. -Erit tibi, fili mi, successor meus tamquam leo quaerens quem devoret. (Porque para ti, hijo mío, será mi sucesor un león furioso que busca a quien devorar.) A la mañana siguiente, Julián observó que sus camaradas le hablaban en forma que hubo de llamarle la atención. Parecía natural que, siendo por todos conocida la dimisión del rector, y pasando él por su favorito, le tratasen aquellos con despego, y hasta con insolencia, pero, lejos de ser así, en los ojos de cuantos encontraba veía respeto, simpatía. La explicación de lo que para nuestro héroe era un fenómeno vino a dársela el joven seminarista de Verrières, quien le dijo riendo: Cornelii Taciti, opera omnia. (Obras completas de Cornelio Tácito.) Apenas pronunciadas estas palabras, todos, como a porfía, corrieron a felicitar a Julián, no sólo por el magnífico regalo que del señor obispo había recibido, sino también por la conversación de dos horas con que se había dignado honrarle, y de la que se habían hecho públicos hasta los detalles más insignificantes. Las envidias acabaron en aquel punto: le adularon descaradamente, y hasta el mismo Castañeda, que el día anterior le hiciera objeto de sus insolencias, le tomó por el brazo y le invitó a almorzar. Diremos de paso que si las groserías e insolencias de sus camaradas habían hecho sufrir mucho a Julián, sus bajas adulaciones le produjeron asco y ningún gusto. Al mediodía, el rector se despidió de los seminaristas dirigiéndoles una alocución severa. «¿Corréis tras los honores del mundo- les dijo-, tras las ventajas sociales, tras el placer del mando, de burlarse de las leyes y de tratar a todos con insolencia? ¿O bien deseáis la salvación eterna? Hasta los menos avisados pueden distinguir perfectamente los dos caminos, con sólo tomarse la molestia de abrir los ojos. » Apenas salió el rector, los estudiantes corrieron a la capilla, donde entonaron un Te Deum. Nadie tomó en serio su dimisión; todos dieron por cierto y averiguado que había sido destituido, pues nadie podía comprender que hubiese hombre capaz de dimitir un cargo merced al cual podían conquistarse tantas y tan preciosas relaciones. El ex rector tomó habitaciones en la mejor fonda de Besançon, y so pretexto de negocios que no tenía, quiso pasar en ella dos días. El obispo le invitó a comer. A los postres, llegó a palacio la inesperada nueva de que el ex rector había sido nombrado cura párroco de N... magnífico curato distante cuatro leguas de París. El buen prelado felicitó cordialmente al agraciado; vio en el asunto un rasgo de ingenio que le puso de excelente humor y le hizo formar la más alta opinión del talento del sacerdote. Diole un certificado encomiástico e impuso silencio a su vicario general, que se permitía pronunciar frases de despecho Aquella noche, el prelado llevó la noticia, y con ella la admiración al palacio de la marquesa de Rubempré. Muchos y muy variados fueron los comentarios que hizo la alta sociedad de Besançon, pues todo el mundo se perdía en conjeturas sobre la significación de aquel favor extraordinario. Muchos veían al rector elevado a la dignidad episcopal, y no faltaron quienes se permitieron reírse del empaque y actitud orgullosa del vicario general. Al día siguiente por la mañana las gentes seguían por las calles al señor Pirard y los comerciantes salían a las puertas de sus tiendas par verle pasar. Había salido de la fonda para visitar a los jueces que entendían en el pleito sostenido por el marqués de la Mole, quienes, por primera vez, le recibieron con exquisita cortesía. El severo jansenista, cuya indignación excitaba lo que estaba viendo, habló extensamente con los abogados y salió para París. Tuvo la debilidad de decir a dos o tres amigos de colegio, que le acompañaron hasta la carroza, cuyo lujo y escudos nobiliarios no pudieron menos de admirar, que después de quince años de trabajos salía de Besançon con quinientos veinte francos de economías. Aquellos amigos le abrazaron llorando, mientras se decían para sus adentros: -Nuestro amigo podía dispensarse de decirnos esta mentira, demasiado ridícula para ser creída. No cabía en la cabeza de los seres vulgares, a quienes ciega la codicia que el ex rector hubiese hablado con sinceridad.
XXX
No existe más que una sola nobleza
verdadera: el título de duque. Ser
marqués es ridículo, pero ante el
título de duque, todo el mundo
vuelve la cabeza. El marqués de la Mole recibió al señor Pirard con exquisita cortesanía, prescindiendo en absoluto de esas maneras de gran señor que no por finas y correctas dejan de parecer impertinentes a quien las comprende. Hubiera sido perder el tiempo, y el marqués influía demasiado en los asuntos públicos para poder permitirse ese lujo. Seis meses hacía que intrigaba con ardor para conseguir que el rey y la nación aceptasen cierto ministerio que, por reconocimiento, le haría duque. A mayor abundamiento, no cesaba de pedir a su ahogado de Besançon un estudio claro y preciso sobre el pleito que sostenía en el Franco Condado, estudio que no llegaba nunca. Verdad es que ningún abogado, por célebre que sea, puede hacer un estudio claro de un asunto que no entiende. En cambio, el ex rector le suministró la explicación apetecida en un escrito que no llenaba más que una hoja de papel. Agotadas en menos de cinco minutos las frases de salutación y las preguntas de fórmula sobre lo personal, dijo el marqués: -Mi querido amigo, en medio de mi pretendida prosperidad, me falta tiempo para ocuparme en dos cosas que, siendo de poca monta, tienen para mí bastante importancia. Me refiero a mi familia y a mis negocios. Atiendo a la prosperidad de mi casa, y atiendo a la satisfacción de mis placeres, que para mí son lo primero. El señor Pirard se maravilló de que un anciano hablase con tanta franqueza de sus placeres. -Hay en París personas que trabajan, no lo dudo- continuó el marqués-; pero los que trabajan viven en los quintos pisos. Me sucede que, en cuanto me acerco a un hombre trabajador, baja del quinto piso al primero, su mujer quiere figurar, y se acabó el trabajo, se acabaron todos los esfuerzos, excepto los encaminados a hacerse pasar por hombre de mundo. Es el objetivo único de sus afanes desde que ven asegurado el pan. Para defender mis pleitos, he tenido la suerte de encontrar abogados capaces de matarse estudiando: anteayer se me murió uno de una enfermedad de pecho; pero para mis asuntos en general, no encuentro la perla que me hace falta. ¿Creerá usted que hace ya tres años que renuncié a la esperanza de encontrar un hombre que, mientras escribe una carta relacionada con negocios míos, tenga la dignación de pensar en lo que está haciendo? Pero basta de prefacio. Le estimo a usted de veras, aunque hoy le vea por vez primera, y me permitirá que añada que le quiero de veras. ¿Tiene inconveniente en ser mi secretario, con ocho mil francos de sueldo, o el doble, si lo desea? Los dos saldremos beneficiados, se lo aseguro; pero por si algún día no nos conviniéramos mutuamente, me comprometo a conservarle siempre su hermoso curato. No aceptó el ex-rector, pero, hacia el final de la conversación, los apuros en que veía al marqués le sugirieron una idea. -Dejé en el seminario a un pobre joven que, o mucho me engaño, o será víctima de rudas persecuciones- dijo-. No sabe hoy más que latín y Sagrada Escritura; pero es seguro que un día desplegará su talento, sea en la predicación, sea dirigiendo las almas. Ignoro lo que hará; pero arde en su alma el fuego del talento, y desde luego aseguro que puede llegar muy lejos. Mi intención era darlo a nuestro obispo, si algún día somos regidos por uno que sea de la manera de pensar de usted en lo que se refiere a los hombres y a los asuntos. -¿Quién es ese joven?-preguntó el marqués. -Dicen que es hijo de un pobre aserrador de nuestras montañas, pero más bien creo yo que debe ser hijo natural de algún hombre rico y distinguido. Lo digo porque no hace muchos días recibió una carta anónima, o seudónima, que encerraba una letra de cambio de quinientos francos. -¡Ah, ya!- exclamó el marqués-. ¡Entonces es Julián Sorel! -¿Cómo sabe usted su nombre?- Preguntó el ex-rector, estupefacto. -Es mi secreto- contestó el marqués. -Podía usted nombrarle su secretario. Tiene energía y talento. Poco se perdería con hacer la prueba. -¡Que me place!- contestó el marqués-. ¿Pero me responde usted de que no me lo convertirán las dádivas del prefecto de policía, o cualquier otro, en espía de lo que pase en mi casa? En vista de los informes del ex rector, el marqués tomó un billete de mil francos, que entregó a su interlocutor, diciendo: -Envíelo a Julián Sorel para gastos de viaje, y dígale que venga cuanto antes. -¡Cómo se conoce que vive usted en París, y que, no conoce la tiranía que pesa sobre los desgraciados que vivimos en provincias- contestó el señor Pirard-. Tenga usted por seguro que no dejarán salir a Julián, que buscarán y encontrarán pretextos especiosos, que contestarán que está enfermo, o las cartas sufrirán extravíos... -Haré que el ministro escriba a obispo- replicó el marques. -Olvidaba hacerle una advertencia: nada conseguirá usted de nuestro joven si hiere su orgullo, pues, es altivo, no obstante lo bajo de su cuna. -Mejor que mejor. Haré que sea el camarada de mi hijo. Algunos días después, Julián recibió una carta cuya letra no conocía, y que procedía de Chalon. Decíanle que se pusiese inmediatamente en viaje para París, a cuyo efecto le incluían una letra contra un comerciante de Besançon. La firma de la carta era supuesta, pero al abrirla Julián, sintió un estremecimiento, de la carta había caído una hoja del árbol, que era la señal convenida con el ex rector señor Pirard. Apenas leída la carta, era llamado Julián al palacio episcopal, donde le recibía el prelado con bondad paternal. Entre cita y cita de Horacio, el señor obispo le habló de los altos destinos que le esperaban en París, le felicitó de paso, y concluyó indicándole que le diera explicaciones, sobre las causas de su fortuna. Nada pudo decir Julián, sencillamente porque nada sabía. La consideración, con que le trató el prelado subió de punto. Uno de los familiares del obispo escribió a la alcaldía, de donde trajeron sin tardanza un pasaporte firmado y con el nombre del viajero en blanco. Aquella misma noche visitaba Julián a su amigo Fouqué, quien dio muestra de mayor admiración que de contento por el porvenir brillante que al parecer esperaba a su amigo. -El final de todo esto- le dijo el negociante en maderas- será conferirte un cargo oficial que te obligará a hacer cosas que censurarán con acritud los periódicos. Entonces sabré de ti con frecuencia, pero probablemente las noticias, en vez de producirme alegría, me llenarán de vergüenza. Yo quisiera que te convencieses de que, hasta bajo el aspecto financiero, es mil veces preferible ganar cien luises comerciando en madera, que recibir cuatro mil francos de un Gobierno, aunque sea el del rey Salomón. En las palabras de su amigo no vio Julián más que el resultado de la pequeñez de espíritu propia de los rústicos. Al fin iba a entrar en el escenario de las grandes cosas la dicha de ir a París, que él creía poblado por personas de talento, muy intrigantes, muy hipócritas, pero más finas aún que el obispo de Besançon, le encantaba. Al día siguiente, al mediodía, llegaba a Verrières rebosando júbilo, porque pensaba volver a ver a la señora de Rênal. Ante todo, se dirigió a la casa de su protector, el cura señor Chélan, quien le recibió con extraña severidad. -¿Crees deberme algo?- le contestó el cura, sin contestar siquiera su saludo-. Pues vas a almorzar conmigo, te buscarán otro caballo mientras estamos en la mesa, y saldrás acto seguido de Verrières, sin ver a nadie. -Obedeceré- contestó Julián. Terminado el almuerzo, montó a caballo e hizo una legua de camino, es decir, llegó hasta los linderos de un bosque, donde, después de observar que nadie le veía, se internó. A puestas de sol despidió el caballo. Más tarde entró en la cabaña de un labriego, quien accedió a venderle una escalera y a llevársela hasta el bosquecillo que domina el Paseo de la Felicidad de Verrières. La noche estaba muy oscura. Hacia la una de la madrugada, Julián, después de despedir al labriego, entro en Verrières cargado con su escalera. Lo más rápidamente que le fue posible bajó al lecho del torrente que atraviesa los jardines del señor Rênal a una profundidad de diez pies y entre dos muros. Sin dificultad subió nuestro héroe utilizando la escalera. Lo único que le inspiraba aprensión eran los perros, que, en efecto, ladraron furiosos y llegaron corriendo hasta él, pero les silbó, fue reconocido por los animales, y, lejos de seguir ladrando, acudieron a acariciarle. Escalando entonces terraza tras terraza, era lo más sencillo del mundo llegar hasta el pie de la ventana de la habitación donde dormía la señora de Rênal, ventana que, por la parte del jardín, no se eleva más de ocho o diez pies del suelo. Las maderas tenían una pequeña abertura en forma de corazón que Julián conocía demasiado bien, pero con gran contrariedad de aquel, la abertura no dejaba pasar ni un hilo de luz del interior. -¡Diablo, diablo!- se dijo nuestro protagonista-. ¿No dormirá en esta habitación la señora de Rênal? ¿Qué habitación ocupará? Que la familia está en Verrières, no puedo dudarlo, pues no habría encontrado los perros sueltos si aquella estuviese fuera: pero si entro a obscuras en esta habitación, quién sabe si me encontraré con el señor Rênal o con cualquier persona desconocida, en cuyo caso se armaría un escándalo tremendo. Lo más prudente hubiese sido retirarse, pero sólo el pensarlo horrorizó a Julián. -Si me encuentro con una persona desconocida, me salvaré saltando por la ventana y abandonando la escalera; pero si es ella... ¿cómo me recibirá? Dicen que se ha arrepentido, que se ha entregado a una devoción exagerada, y creo que dicen verdad; pero no me ha olvidado, conserva mi recuerdo, puesto que me escribió hace muy pocos días... ¡Nada, nada! ¡Llamaré! Temblando, pero resuelto a perecer o a verla, tiró algunas piedrecitas contra la ventana: nadie respondió. Apoyó sobre las maderas de aquella el extremo de la escalera, y golpeó, con suavidad primero, más fuerte luego, sin que el nuevo recurso diera resultado. -Si esta habitación está ocupada por alguien- pensó Julián-, quienquiera que la ocupe está despierto a estas horas; de consiguiente, no debo preocuparme de la persona que ahí duerma, y sí únicamente de las que ocupen las demás habitaciones. Resuelto a todo, preparó la escalera, subió, pasó la mano por la abertura de forma de corazón, tuvo la fortuna de encontrar en seguida la falleba, abrió sintiendo una alegría sin límites, y adelantó la cabeza, diciendo con voz baja: -Un amigo. Escuchó atento hasta convencerse de que nada turbaba el silencio profundo de la estancia, y, después de reflexionar breves instantes, llamó más fuerte... ¡nada! -Entraré, aun cuando haya de hacer pedazos los cristales!- se dijo. Continuó llamando, cada vez con mayor fuerza. Al fin creyó divisar algo como una sombra blanca que atravesaba la habitación y avanzaba con paso lento hacia la ventana... ¡Sí... no había duda! Una cara se apoyó contra el cristal. Julián tuvo un momento de aprensión. Tan negra era la noche, que no podía distinguir si la cara- que tan cerca tenía era la de la señora de Rênal. -Soy yo... un amigo- repetía sin cesar. El fantasma blanco, lejos de contestar, desapareció bruscamente. -¡Por Dios, abre! ¡Soy yo... necesito hablarte! ¡sufro mucho! Oyóse un ruido seco: Julián empujó el marco de los cristales y entró en la habitación. Huía el fantasma blanco, pero Julián le alcanzó. Era una mujer... era la señora de Rênal. Nuestro héroe la estrechó entre sus brazos... ella temblaba y carecía de fuerzas para rechazar a su amante. -¿Qué busca usted aquí, desgraciado? Con dificultad pudo la señora de Rênal articular las palabras que dejamos copiadas, en las cuales vio Julián el acento de la indignación más viva. -Vengo a verte, después de catorce meses de cruel separación. -¡Salga usted inmediatamente de aquí...! ¡Ah, señor Chélan...! ¿Por qué me impidió usted que le escribiera? ¡Mi carta habría prevenido este horror! ¡Estoy arrepentida de mi crimen!- repuso, rechazando a Julián con vigor extraordinario-¡Dios, en su infinita misericordia, se ha dignado iluminarme!... ¡Salga usted... huya lejos... muy lejos! -Después de haber apurado el amargor de catorce meses de desventuras, no seré yo quien me vaya sin hablarte antes. Quiero saber todo lo que has hecho... el amor inmenso que te profeso bien merece esta confianza... ¡Sí! Quiero saberlo todo. El tono de autoridad que Julián supo poner en sus palabras hizo impresión en el alma de la señora de Rênal. Julián la abrazaba con pasión e impedía a viva fuerza que escapase de sus brazos. -Voy a subir la escalera- repuso nuestro héroe- a fin de que no nos comprometa si algún criado tiene el capricho de darse una vueltecita por el jardín. -¡No... al contrario... salga usted de aquí, salga inmediatamente!- replicó la dama con cólera ¿Qué me importan los hombres? ¡Es Dios quien presencia la espantosa escena presente, quien me castigará con rigor! ¡Abusa usted villanamente del sentimiento que en otro tiempo me inspiró, y que hoy, gracias a Dios, no existe ya! ¿Pero no me oye usted, caballero?- preguntó, viendo que Julián, lejos de hacerle caso, subía la escalera poco a poco para evitar ruido. -¿Está en casa tu marido? -¡Por favor, váyase usted, o llamo a mi marido! No he debido abrir los cristales, y no los habría abierto si usted no me inspirase lástima. Estas palabras tenían por objeto herir el orgullo de Julián, que era su sentimiento más irritable. No lo consiguió; antes al contrario: los transportes amorosos de aquel llegaron hasta el delirio. -¿Será posible que no me ames ya?- exclamó Julián, con ese acento que brota del corazón-. ¡No... no lo creo... no puedo creerlo! No contestó ella. Julián lloraba amargamente; con dificultad lograba articular las palabras. -¡Me ha olvidado también el único ser que me amó en este mundo...!- continuó con voz desgarradora-. ¿Para qué quiero la vida? ¡No... no seré yo quien soporte lo que sería carga demasiado pesada!... Lloró largo rato sin decir palabra, al fin, tomó la mano de la señora de Rênal, que ésta intentó retirar, y que abandonó al cabo de algunos segundos de movimientos convulsivos. La obscuridad era completa. Se encontraban uno junto a otro, sentados ambos sobre la cama de la señora de Rênal. -¿Quieres hacerme el favor de decirme lo que te ha sucedido, lo que has hecho durante el eterno tiempo de nuestra separación?- insistió Julián con voz entrecortada. -Cuando usted se fue- contestó la señora de Rênal con dureza extremada-, parece que mis extravíos eran demasiado conocidos en la población. ¡No me admira! ¡Siempre pecó usted de imprudente! Algún tiempo después, cuando mi desesperación era mayor, recibí la visita del señor Chélan, quien puso gran empeño en que yo hiciera una confesión en regla. No lo consiguió. Un día tuvo la feliz idea de llevarme a la iglesia de Dijon, donde hice mi primera comunión. Yo no quería confesar mi crimen... fue él quien me habló... ¡Qué vergüenza! ¡Todo lo confesé!... Aquel santo varón tuvo piedad de mí... no quiso abrumarme bajo el peso de su indignación... más afligido estaba él que yo. Por aquellos días, escribía yo todas las noches cartas para usted, que luego no me atrevía a enviarle; las escondía cuidadosamente, y cuando mi aflicción era mayor, me encerraba en mi habitación, las leía, y me consolaba. El señor Chélan consiguió que se las entregase. Hubo algunas, precisamente las más imprudentes, que las envié a usted, pero no recibí contestación. -¡Te juro que no he recibido una sola carta tuya mientras estuve en el seminario! -¡Las interceptaban, Dios santo! ¿A qué manos habrán ido a parar? -Mi dolor era inmenso: hasta el día que te vi en la catedral ignoraba si vivías o si habías muerto. -Dios me concedió la gracia de hacerme ver la gravedad inmensa del pecado que cometía contra El, contra mis hijos, contra mi marido... ¡No había sido amada nunca como creía entonces que me amaba usted! Julián se precipitó en brazos de la señora de Rênal, en realidad sin intención alguna, fuera de sí, pero fue rechazado con vigor. Su interlocutora prosiguió así: -Mi respetable amigo el señor Chélan me hizo comprender que, al casarme con mi marido, hice a éste dueño de todos mis afectos, incluso de los que no conocía, de los que no había experimentado hasta que contraje con usted unas relaciones que hoy me espantan. Desde que hice el sacrificio de las cartas, sacrificio grande y costoso, porque me eran muy queridas, hase deslizado mi vida, si no feliz, tranquila al menos. ¡No venga usted a turbarla de nuevo!... ¡Sea para mi un amigo, el mejor de mis amigos! Julián cubrió sus manos de besos... y de lágrimas. -¡No llore usted, amigo mío! ¡No llore, que sus lágrimas me destrozan el alma! Cuénteme ahora lo que usted ha hecho. Quiero saber la vida que hacía en el seminario. Luego que me la cuente, se irá usted. Julián, sin darse cuenta de lo que decía, habló de las intrigas y envidias que fueron su tormento en la primera etapa de su estancia en el seminario, y la tranquilidad relativa de que disfrutó desde que le elevaron al cargo de profesor suplente. -Entonces fue cuando tú- añadió Julián-, tras un largo silencio cuyo objeto era hacerme comprender lo que con toda claridad veo ahora, dejaste de amarme, llenaste con indiferencia el hueco que antes concedías a mi cariño. Entonces fue cuando me enviaste aquellos quinientos francos... -¡No es cierto!- replicó la señora de Rênal. -Los incluiste en una carta firmada con el nombre de Pablo Sorel, a fin de evitar suposiciones y alejar sospechas. Sobrevino una pequeña discusión a propósito del origen probable de aquella carta. La posición moral varió en absoluto. Sin darse de ello cuenta, la señora de Rênal cesó de hablar con entonación solemne para adoptar la de la amistad. No se veían, pero el tono de su voz lo decía todo. Julián pasó el brazo alrededor de la cintura de su antigua amante, movimiento que no dejaba de ser peligroso. Intentó ella separarse del brazo de Julián, quien, con habilidad diabólica, supo en aquel punto dar a su relato un interés especial que absorbió por completo la atención de su oyente. El brazo continuó sujetando la cintura. Al cabo de muchas conjeturas sobre el origen de la carta y de los quinientos francos, Julián reanudó su relato. Poco a poco se fue adueñando de sí mismo, hablando de su vida pasada que, con relación a lo que en aquellos instantes le sucedía, le interesaba, a decir verdad, muy poco, porque sus facultades todas las concentraba en el pensamiento probable del desenlace que su visita tendría. Pensaba nuestro héroe que si salía de allí sin conseguir nada, llevaría consigo un remordimiento, el remordimiento de la derrota, que le torturaría durante toda su vida, que nunca más volvería a tener noticias de aquella mujer, y estas ideas aventaron los vestigios de nobleza que quedaban en el corazón de Julián. Sentado junto a su adorada, teniéndola entre sus brazos, y hallándose en la estancia donde tantas veces apurara la copa de la dicha, observó, no obstante la obscuridad reinante, que la señora de Rênal lloraba, y el descubrimiento le trocó en político frío y calculador. Con astuta deliberación prolongó considerablemente su relato y retrató con vivos colores las desventuras que amargaron su vida desde que salió de Verrières para encerrarse en el seminario. Redoblaron los sollozos de su oyente al pensar que Julián, después de un año de ausencia, no tenía pensamiento más que para los días felices que pasó en Vergy, al paso que ella le había olvidado por completo, y Julián, que tenía plena conciencia de las ventajas que iba conquistando, resolvió tentar el último recurso. -He recibido una carta de París, que me ha decidido a despedirme del señor obispo- dijo de pronto. -¡Cómo! ¿No vuelve usted a Besançon? ¿Nos deja usted para siempre? -Sí- contestó Julián con tono de resolución- Abandono para siempre un país donde he sido olvidado hasta por el único ser que he amado en mi vida, y le abandono para no volver más. Voy a París. -¡A París!- exclamó la señora de Rênal. Las lágrimas ahogaron su voz. -Sí, señora- contestó Julián con voz solemne-. Voy a París, me despido de usted para siempre. ¡Adiós!... ¡Quiera el Cielo hacerla muy dichosa! Dio algunos pasos hacia la ventana, se disponía ya a abrirla, cuando la señora de Rênal, vencida, dominada, saltó de la cama y se precipitó en sus brazos. Después de tres horas de controversia, obtuvo Julián lo que con tanta pasión anhelaba. Si el retorno a los sentimientos de ternura, el eclipse de los remordimientos, el triunfo de Julián, en una palabra, hubiese sobrevenido algunos momentos antes, habría venido acompañado de una dicha inefable, pero desde el momento que fue debido a la astucia, sólo placer efímero produjo a nuestro héroe. Contra las resistencias de su amante, quiso éste encender luz. -¿Quieres que no quede en mí recuerdo alguno de esta entrevista?- decía-. ¿No he de tener el placer de contemplar el amor que brilla en tus hermosos ojos? ¡Piensa que vamos a separarnos para mucho tiempo, tal vez! Cedió la señora de Rênal, falta de fuerzas para rehusar un favor que se le pedía con palabras que la hacían derramar lágrimas. La aurora comenzó a desperezarse; sus resplandores dibujaban ya los contornos de los abetos que coronaban la montaña oriental de Verrières, y Julián, lejos de pensar en irse, pidió a la señora de Rênal que le permitiese pasar el día escondido en su habitación, para no marcharse hasta la madrugada siguiente. -¿Por qué no?- contestó ella-. Esta recaída fatal me arrebata lo poco que de mi estimación propia me quedaba, labra mi eterna desventura. Mi marido no es el mismo de antes, tiene sospechas y me las demuestra. Si oye un ruido cualquiera, estoy perdida, porque me arrojará ignominiosamente de |