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SEGUNDA PARTE
I
O rus, quando ego te aspiciam! -¿Desea el señor tomar la diligencia-correo para París?- preguntó a Julián el dueño de la posada donde hizo aquel alto para almorzar. -Sí; pero me es indiferente tomarla hoy o mañana- respondió Julián. Llegó la diligencia y traía dos asientos desocupados. -¡Hola! ¿Tú por aquí, mi querido Falcoz?- preguntó el viajero que llegaba de la parte de Ginebra al que montó en la diligencia al mismo tiempo que Julián. -Te creía vegetando por los alrededores de Lyón- contestó el llamado Falcoz-, viviendo en un valle delicioso cerca del Ródano. -Y no creías mal: allí estuve... y de allí huyo. -¿Que huyes tú, Saint-Giraud? ¿Con esa carita de inocente, habrás cometido algún crimen?- preguntó Falcoz, riendo. -¡Palabra de honor que no huiría con mayor furia si lo hubiese cometido! Aquí me tienes escapando horrorizado, de la vida de provincia. Me gusta como al que más respirar el ambiente de los bosques, disfrutar de la tranquilidad campestre. Lo sabes tan bien como yo, y hasta me has acusado más de una vez de romántico. Jamás quise meterme en política, me hacía daño oír hablar de ella, y, sin embargo, es la política la que me expulsa de mi retiro. -¿Pero de qué partido eres tú? -De ninguno; pero eso es precisamente lo que me pierde. Voy a hacerte un resumen de mis opiniones políticas: me gusta la música, adoro la pintura, un buen libro es para mí un acontecimiento. ¿Cuántos años más puedo vivir? ¿Quince, veinte, treinta a lo sumo? Pues bien: creo firmemente que, dentro de treinta años, los ministros serán más vivos, pero, poco más o menos, tan honrados como hoy. La historia de Inglaterra es para mí el espejo que refleja nuestro porvenir, habrá siempre reyes que querrán multiplicar sus prerrogativas, ambiciosos que removerán el cielo y la tierra para ser diputados, y no se extinguirá nunca esa sed de gloria... y de oro, que quitará el sueño a los pobres ricos de provincia. Para ellos, en esto consistirá ser liberal y amante del pueblo. Hoy y siempre rabiarán los ultras por ser elevados a la dignidad de gentiles hombres de Cámara, o por tener asiento en el Congreso. Cuantos naveguen a bordo de la nave del Estado pretenderán dirigir las maniobras, porque es oficio que pagan bien, pero el simple pasajero no encontrará jamás un puesto vacante... -Al grano, al grano... ¿Son las elecciones últimas las que te echan de la provincia? -Mi desgracia arranca de más lejos. Hace cuatro años, tenía cuarenta de edad y quinientos mil francos de fortuna; hoy tengo cuatro años más de edad y cincuenta mil francos probablemente de menos, porque estoy decidido a perderlos en la venta de mi castillo de Montflueury, que ocupa una posición soberbia cerca del Ródano. «En París, me cansaba horriblemente esa comedia perpetua que obliga a representar lo que vosotros llamáis la civilización del siglo XIX. Tenía sed de tranquilidad, sed de vida sencilla, y, para satisfacerla, compré unas propiedades enclavadas entre las montañas próximas al Ródano, hermosas como puedan serlo las más hermosas que tienen al cielo por bóveda. »Durante los seis primeros meses, me hicieron la corte el cura del pueblo y la turba de hidalguillos vecinos. Yo les daba de comer, pero les hice presente que había huido de París para no hablar ni oír hablar de política, que no estaba suscrito a ningún periódico, y que cuantas menos cartas me traía el cartero, tanto más contento estaba. »Muy pronto llovieron sobre mí peticiones indiscretas. Mi intención era dar doscientos o trescientos francos al año a los pobres, pero me los pidieron para las asociaciones piadosas; me negué, y me insultaron de mil maneras. Cometí la solemne tontería de darme por agraviado, y ya no pude salir por las mañanas para admirar la hermosura de las montañas sin encontrar cosas desagradables que disipaban mis dulces ensueños y me recordaban las malas artes de los hombres. En tiempo de rogativas, suelen salir cantando en procesión para bendecir los campos: asistía yo a la procesión, porque me gusta el canto, que a mi juicio es una melodía griega, pero mis campos se quedaban sin bendición, porque, según las gentes, pertenecían a un impío. Murió la vaca de una vieja piadosa, y dijeron que la causa de su muerte fue haber pasado junto al estanque del impío (el impío soy yo), del filósofo llegado de París. Ocho días después, encontré muertos todos mis peces: habían envenenado las aguas del estanque con cal viva. Los chismes y los enredos de todas clases y formas formaban espesa red en torno mío. El juez de paz, hombre honrado, pero tímido, temiendo perder su puesto, falló siempre contra mí. La paz de los campos resultó para mí un infierno. Tan pronto como me vieron abandonado por el cura, y no apoyado por un capitán retirado, que es el jefe de los liberales, cayeron sobre mí rojos y blancos, negros y claros sin excepción de nadie, ni del albañil, a quien daba de comer hacía más de un año, ni del carretero que pretendía estafarme impunemente reparando mis arados y carretas. »En mi deseo de tener algún apoyo y de salir triunfante en alguno de mis pleitos, me hice liberal; pero llegaron las elecciones, me pidieron el voto... -¿Para algún desconocido? -Al contrario: para un sujeto a quien conozco demasiado bien. Me negué a darlo... ¡horrible imprudencia! Inmediatamente cayeron también sobre mí los liberales, haciendo mi situación intolerable. Creo que si a cualquiera se le hubiese ocurrido la idea de acusarme de haber asesinado a mi criada, habrían salido cuarenta testigos, de uno y otro partido, que hubiesen jurado que me habían visto cometer el crimen. -Lo comprendo: quisiste vivir en el campo sin servir las pasiones de tus vecinos, sin dar oídos siquiera a sus murmuraciones: fue un error... -Que he reparado ya. Montfleury está en venta; estoy dispuesto a perder cincuenta mil francos, y los pierdo contento a trueque de escapar de aquel infierno de hipocresías y de ruindades. Voy a buscar la soledad y la paz campestre en el único lugar donde es posible encontrarlas en Francia: en un cuarto piso con balcones a los Campos Elíseos. -Nada de eso te habría sucedido durante el imperio de Bonaparte- observó Falcoz. -Podrá ser; pero si tanto valía, ¿cómo no supo defender su trono? Mis desventuras de hoy a tu Bonaparte se las debo. Redobló la atención de Julián. Había comprendido desde los comienzos de la conversación que el bonapartista Falcoz era el amigo de la infancia del señor Rênal, desairado por éste en 1816, y que el filósofo Saint-Giraud debía ser hermano o pariente próximo del funcionario que poseía el secreto de hacerse adjudicar casas, propiedad de los municipios, por muy poco dinero. -Repito que tu Bonaparte es la causa de que un hombre honrado, inofensivo si los hay, de cuarenta años de edad y dueño de una fortuna de quinientos mil francos, no pueda vivir en paz en el campo. -No hables mal del hombre que elevó a Francia a un nivel de gloria como nunca lo ha ocupado, durante los trece años que reinó sobre ella. Entonces todo el mundo obraba con nobleza y altura de miras. -Tu emperador, que el diablo se lleve- replicó el de los cuarenta años y quinientos mil francos-, sólo fue grande en los campos de batalla y cuando encauzó la Hacienda en 1802. ¿Qué resultados dio su conducta posterior? Con sus chambelanes, su pompa y sus recepciones en las Tullerías, ofreció al mundo una edición nueva de todas las majaderías monárquicas. Corregida como estaba, habría podido durar la fundada por él un siglo o dos más. Han querido los nobles volver a la antigua, pero les ha faltado el pulso la fuerza necesaria para imponer al público. -¡Hablas el lenguaje de los impresores! -¿Quién me echa de mis propiedades?- replicó el impresor, con cólera-. Los curas, a quienes Napoleón llamó con su concordato, en vez de tratarlos como trata el Estado a los médicos, a los abogados, a los astrónomos, en quienes no ve más que ciudadanos, sin importarle la industria merced a la cual ganan la vida. ¿Sufriríamos hoy gentiles hombres insolentes si tu Bonaparte no hubiese creado barones y condes? No, porque la moda habría pasado ya. Después de los curas, han sido los nobles los que más desazones me han causado, los que me obligaron a hacerme liberal. Como Saint-Giraud repetía que era imposible vivir en provincias, Julián propuso con timidez el ejemplo del señor Rênal. -¡Pardiez, joven; es usted demasiado bueno!- replicó Falcoz- El señor Rênal se ha hecho martillo para no ser yunque, ¡y vive Dios que es un martillo de los que pesan y hacen daño! Pero le estoy viendo eclipsado, anulado por Valenod... ¿Conoce usted al canalla que acabo de nombrar? ¿Qué dirá su señor Rênal cuando se vea destituido... y no tardará... y Valenod ocupe su puesto? -Quedará a solas con sus faltas, que no son pocas- contestó Saint-Giraud- Veo que conoce usted a Verrières, joven. Pues bien: Bonaparte, a quien Dios confunda, hizo posible el reinado de los Rênal y de los Chélan, que a su vez trajeron el de los Valenod y de los Maslon. Esta conversación, de sombrío color político, llenó de asombro a Julián y le distrajo de sus ensueños amorosos. Fue muy poco sensible al primer aspecto de París visto desde lejos. Las ilusiones que sobre su porvenir se hacía tenían que luchar contra el recuerdo todavía vivo de las veinticuatro horas que acababa de pasar en Verrières. Hizo juramento de velar siempre por los hijos de su amante y de abandonarlo todo, en caso necesario, para protegerlos, si el advenimiento de la república traía consigo la persecución contra los nobles. Acordóse de la noche de su llegada a Verrières y se preguntaba qué habría sucedido si, en el momento que apoyaba la escalera contra la ventana del dormitorio de la señora de Rênal, hubiese hallado que aquella estaba ocupada por algún desconocido o bien por el mismo marido. Temblaba al pensar en ello, pero en cambio, cuando su imaginación le representaba las delicias de las dos primeras horas, aquellas horas durante las cuales quería su amiga despedirle cuando él defendía con tesón su causa, sentado junto a ella en la obscuridad, sentía espasmos de placer. Un alma como la de Julián conserva esos recuerdos mientras está unida al cuerpo. Despertó Julián de su profundo ensueño cuando hizo alto el coche. Había llegado al término de su viaje, en la calle de Juan J. Rousseau. Julián tomó inmediatamente un coche y dijo al cochero: -A la Malmaison. -¿A estas horas, caballero? ¿Para qué? -Para lo que no creo que interese a usted: en marcha. Las pasiones, cuando son verdaderas, sólo en ellas se piensa. A este principio atribuimos el fenómeno de que en París sean las pasiones ridículas, pues en la capital de Francia todos los ciudadanos pretenden siempre que se piense mucho en ellos. Lejos de nuestro ánimo hacer historia de los transportes de Julián al encontrarse en la Malmaison. Lloro; lloró, a pesar de los muros blancos, levantados aquel año, que han despedazado el soberbio parque, porque para Julián, como para la posteridad, nada había entre Arcole, Santa Elena y la Malmaison. Aquella noche Julián vaciló mucho antes de entrar en el teatro, al que tenía por lugar de perdición. Un sentimiento de profunda desconfianza le impidió admirar a París vivo, porque en realidad no le conmovían más que los monumentos dejados por su héroe. -Me encuentro en el centro de la hipocresía y de la intriga- pensaba-. Aquí reinan los protectores del vicario general Frilair. La noche del tercer día de estancia en la capital renunció a su proyecto de verlo todo antes de presentarse al ex rector del seminario de Besançon. Éste, en su explicación del género de vida que le esperaba en la casa del marqués de la Mole, le dijo: -Si dentro de unos cuantos meses tus servicios no fueran útiles, volverás a entrar en el seminario, pero por la puerta buena. Vivirás en la casa del marqués, uno de los más grandes señores de Francia. Vestirás siempre de negro, pero como si llevases luto, no como los eclesiásticos. Exijo que asistas a la clase de teología, en un seminario, tres días a la semana. Diariamente, al mediodía, te sentarás en la biblioteca del marqués, quien quiere que le escribas toda su correspondencia. Tiene el marqués la costumbre de indicar por medio de tres o cuatro palabras que escribe al margen de las cartas que recibe, la contestación que debe darse a éstas. Lo le he dicho que dentro de tres meses estarás en disposición de redactar su correspondencia en forma que, de cada doce cartas que le presentes a la firma, pueda él firmar ocho o nueve. Por las noches, a las ocho, pondrás en regla su escritorio, y a las diez quedarás libre. Pudiera ocurrir que alguna dama vieja o algún caballero de dulces modales y voz armoniosa despliegue ante tus ojos ventajas inmensas o bien te ofrezcan clara y groseramente oro, a cambio de que les enseñes las cartas que recibe o escribe el marqués... -¡Oh, señor!- exclamó Julián, enrojeciendo. -Es ciertamente raro que, siendo como eres pobre- dijo el ex rector sonriendo con amargura-, te queden rastros de indignación virtuosa... También es singular que el marqués te conozca... Pero continúo. Te señala, para principiar, un salario de cien luises. Es hombre que siempre obra impulsado por el capricho: en ello consiste su defecto principal. Si consigues darle gusto, tu sueldo es posible que se eleve hasta ocho mil francos. »Debes comprender, sin embargo- prosiguió el ex rector con entonación adusta-, que no te paga ese sueldo por tus bellos ojos, sino porque espera que has de serle útil. Yo procuraría hablar poco de lo que entendiera, y ni una palabra de lo que ignorase. »Olvidaba decirte que, en obsequio tuyo, he tomado informes. El marqués de la Mole tiene dos hijos: hembra la una y varón el otro; éste, de unos diecinueve años, elegante por excelencia, especie de atolondrado que jamás sabe al mediodía lo que hará a las dos de la tarde. Tiene talento y es muy bravo: tomó parte en la guerra contra España. Espera el marqués, no sé por qué, que has de hacerte amigo del joven conde Norberto, que éste es el nombre de su hijo. Tal vez espera nuestro marqués, a quien he dicho que eres un gran latinista, que enseñes a su hijo algunas frases hechas sobre Cicerón y sobre Virgilio. »En tu lugar, yo no admitiría nunca bromas de ese joven, y antes de rendirme a sus frases de atención, que serán muy finas, pero su poquito irónicas, me las haría repetir más de una vez. »No te ocultaré que el primer sentimiento que inspirarás al joven conde será de desdén, porque, al fin y al cabo, no eres más que un rústico. Su abuelo fue cortesano, y tuvo el honor de que le cortasen la cabeza en la Plaza de la Grève el día 26 de abril de 1754 a consecuencia de una intriga política. Tú, en cambio, eres hijo de un aserrador de Verrières, y, por añadidura, recibes un sueldo de su padre. Pesa bien estas diferencias y estudia la historia de esa familia en Moreri. Los aduladores que con frecuencia se sientan a la mesa del marqués hacen de vez en cuando lo que suele llamarse alusiones delicadas. »Medita muy bien las contestaciones que des al señor conde Norberto de la Mole, jefe de un escuadrón de húsares y futuro par de Francia, y no vengas luego a quejarte si tus torpeza te valen algún disgusto.» -Me parece- dijo Julián, enrojeciendo un poquito- que no debería responder siquiera al hombre que me desprecia. -Es que tú no tienen ideas de la clase de desprecio de que te hará objeto. Es un desprecio que se traducirá en cumplimientos exagerados. Si eres necio, podrás dejarte engañar; si eres listo, deberás dejarte engañar: ya sabes la diferencia. -El día que no me convenga la colocación- preguntó Julián-, ¿pasaré por ingrato si vuelvo a mi celdita número 103? -Indudablemente. Si eso sucede, todos los aduladores de la casa te calumniarán, pero entonces, me presentaré yo. Adsum qui feci. Será de mi cuenta decir que he sido el autor de tu resolución. Apenaba a Julián la entonación de amargura que observaba en las palabras del ex rector, entonación de amargura tan pronunciada que destruía todo el efecto de su última contestación. La causa, que, como es natural, no- podía penetrar nuestro héroe, estribaba en que el buen cura creía cometer un pecado distinguiendo con su cariño a Julián. -También verás a la señora marquesa de la Mole- continuó con la misma mala gracia y como si cumpliera un deber penoso-. Es una dama rubia muy devota, muy altanera, muy refinada y más insignificante aún que refinada. Su padre fue el rancio duque de Chaulnes, famoso por sus prejuicios nobiliarios. En la dama de que te hablo, encontrarás una especie de compendio de lo que constituye el fondo del carácter de las damas de su alcurnia. No oculta que, para ella, haber tenido antepasados que tomaron parte en las cruzadas, es el mérito único digno de estima. Las riquezas ocupan el segundo lugar... ¿Te admira lo que oyes? No estamos en provincias, amigo mío. «En sus salones verás a muchos grandes señores que hablan con ligereza de nuestros príncipes. La señora marquesa de la Mole baja con respeto la voz cuando en la conversación nombra a un príncipe, y, sobre todo, cuando habla de una princesa. Te aconsejo que te guardes muy mucho de decir en su presencia que Felipe II o Enrique VIII fueron monstruos. Han sido REYES, ocuparon tronos, y esto les da derecho imprescriptible a los respetos de las gentes de humilde nacimiento, como tú y como yo. Sin embargo- añadió el ex rector-, como somos sacerdotes... porque como tal te considerará también a ti, aunque no lo seas, nos tratará como a ayudas de cámara necesarios para su salvación. -Me parece, señor, que voy a estar muy poco tiempo en París. -Como quieras; pero ten presente que únicamente merced a los grandes señores pueden conquistar fortuna las gentes de nuestra clase. Con tu carácter, que ofrece ese no sé qué de indefinible, para mí al menos, te prevengo que, si no haces fortuna, serás perseguido: para ti no hay términos medios. No quiero que seas víctima de una ilusión que puede serte fatal. Exteriorizas con demasiada claridad el disgusto que te producen los que te dirigen la palabra; y en una capital que se paga de las formas, estás condenado a la desgracia si no logras conquistarte los respetos. »De no ser por el capricho del señor marqués de la Mole, ¿qué porvenir te esperaba en Besançon? Llegará día que comprendas lo que aquel hace por ti, y si no eres un monstruo, tendrás para él y para su familia eterno reconocimiento. ¿Cuántos sacerdotes, más sabios que tú, han vivido años y años en París, sin más renta que el estipendio de la misa que celebraban y la pequeña gratificación que les valían sus argumentos en la Sorbona? Recuerda lo que te contaba el invierno último sobre los primeros años del cardenal Dubois. ¿Serás tan orgulloso que te creas dotado de más talento que él? »Yo, por ejemplo, hombre de gustos tranquilos, y que apenas llego a medianía, pensaba morir en mi seminario, y tuve la candidez de profesarle cariño especial. Pues bien: me iban a destituir cuando presenté la dimisión. ¿Sabes cuál era mi fortuna? Tenía quinientos francos de capital: ni más ni menos. En cuanto a amigos, ni uno solo, y mis conocimientos se reducían a dos o tres personas. Me ha sacado de mi triste situación el señor marqués de la Mole, a quien no había visto en mi vida. Una palabra suya ha bastado para que me dieran un curato, cuyos feligreses son gentes de buena posición y no conocen los vicios groseros, un curato cuyas rentas me dan vergüenza, porque no corresponden a la insignificancia de mi trabajo. Si hablo con tanta extensión, es porque deseo meter un poquito de plomo en esa cabeza llena de aire. »Una palabra más: por mi desgracia, soy irascible; es muy posible que tú y yo dejemos de hablarnos. Si las altiveces de la marquesa, o las bromas demasiado pesadas de su hijo, hicieran que esta casa te fuese absolutamente insoportable, te aconsejo que termines tus estudios en cualquier seminario que diste treinta leguas de París, y mejor al Norte que al Mediodía. Por el Norte hay más civilización... te lo confesaré- añadió bajando la voz-: la proximidad de los periódicos de París da miedo a los tiranuelos. »Si continúa nuestra afición a vernos y tratarnos, y dejase de convenirte la casa del marqués, te ofrezco el cargo de vicario de mi parroquia, cuyas rentas distribuiremos equitativamente entre los dos. Te debo eso y mucho más- añadió, interrumpiendo las frases de gratitud de Julián- por el generoso ofrecimiento que me hiciste en Besançon. Si como tenía quinientos francos, no hubiese tenido nada, me habrías salvado. La voz del sacerdote había perdido su timbre seco y cruel. Con gran vergüenza suya, Julián sintió que las lágrimas se agolpaban a sus ojos. Sentía ansias verdaderas de arrojarse en brazos de aquel hombre, y al fin, sin poder contenerse, dijo con el acento más varonil de que fue capaz: -He tenido la desgracia de ser aborrecido por mi padre desde que nací; el odio que siempre me manifestó ha sido la mayor de mis desventuras, pero no volveré a quejarme de mi fortuna, señor, puesto que en usted he encontrado un verdadero padre. -Está bien, hijo mío, está bien- contestó el sacerdote, disimulando mal la emoción-. Me permitirás que te haga observar que no debes atribuir tus sucesos prósperos o adversos a la fortuna, sino a la Providencia. En este punto estaba la conversación, cuando se detuvo el coche que les conducía. El cochero levantó el enorme aldabón de bronce de una puerta inmensa: era la del Palacio de la Mole. Para que no pudiesen dudarlo los transeúntes, en una lápida de mármol negro, colocada sobre el soportal, campeaban las palabras subrayadas. Aquella afectación no fue del agrado de Julián. No comprendía que personas que tanto miedo tienen a los jacobinos, que ven un Robespierre detrás de cada tronco de árbol, pongan en sus casas letreros para que la chusma las encuentre y saquee en caso de revuelta. No pudo menos de comunicar su pensamiento al ex rector, quien le contestó sonriendo: -¡Pobre hijo mío! ¡Pronto serás mi vicario! ¿Quién te ha sugerido idea tan espantosa? -Yo la encuentro muy sencilla y natural. La gravedad del portero, y, sobre todo, la magnificencia del vestíbulo, llamaron la atención de nuestro protagonista. -¡Soberbia arquitectura!- exclamó. Era uno de esos palacios del Faubourg Sain-Germain, edificados por la época de la muerte de Voltaire. Nunca han estado más en pugna la moda y lo bello.
II
¡Recuerdo ridículo, y conmovedor, a la par,
el del primer salón, donde Julián se detuvo en el centro del vestíbulo. -Sobretodo no pierdas la compostura- le dijo el cura Pirard. Es notable lo que contigo ocurre: forja tu imaginación ideas horribles, y a renglón seguido demuestras que eres un niño candoroso. ¿Has olvidado el nihil mirari de Horacio? No olvides que la turba de lacayos, al verte establecido en esta casa, se mofará de ti. Verán en tu persona un igual suyo elevado sobre ellos injustamente. Pretextando la mejor de las intenciones, el mejor de los deseos, te darán buenos consejos con la santa intención de hacerte cometer alguna torpeza mayúscula. -Les reto a que lo consigan-. Contestó Julián mordiéndose los labios. Los salones que atravesaron antes de llegar al gabinete del marqués hubiesen parecido a los lectores tan tristes como magníficos. Es casi seguro que, si nos los dieran tal como estaban, no quisiéramos habitarlos, lo que no obstó para que aumentaran hasta el infinito la admiración de Julián, quien pensó que era imposible no ser feliz en una morada tan espléndida. Llegaron, al fin, a la más fea y triste de las estancias, en la cual con dificultad penetraba la luz del día, donde encontraron a un hombre pequeño y flaco, de mirada viva y peluca rubia. El cura se volvió hacia Julián y le presentó. El hombrecillo flaco era el marqués. Apenas si le reconoció Julián, apenas pudo creer que aquel hombre de modales tan exquisitos fuese el mismo gran señor de continente altanero que vio por primera vez en la abadía de Bray-le-Haut. La primera idea que se le ocurrió a Julián fue que su peluca adolecía del defecto de tener muy poco pelo. Gracias a esta sensación, no se intimidó poco ni mucho. El descendiente del amigo íntimo de Enrique III era a sus ojos de un continente demasiado mezquino. Halló que le faltaban carnes y que le sobraba vivacidad, pero, al mismo tiempo, creyó que el marqués trataba con mayor finura todavía que el obispo de Besançón a las personas con las cuales se dignaba conversar. La entrevista no duró más de tres minutos. -Has mirado al marqués como si hubieses estado contemplando un cuadro- le dijo el ex rector al salir del despacho- Poco competente soy en lo que estas gentes llaman finura y corrección; dentro de poco, podrías ser tú mi maestro; pero la osadía de tu mirada me ha parecido poco en armonía con la cortesía. Nuestros dos amigos tomaron de nuevo el coche, que los dejó cerca del boulevard. El cura introdujo a Julián en una serie de salones inmensos. Reparó Julián en una circunstancia extraña: en aquellos salones no había muebles. Estaba Julián admirando un soberbio reloj dorado, cuyos adornos representaban un tema reñido, a su juicio, con la decencia, cuando se le acercó con expresión risueña un caballero muy elegante. Julián le hizo media inclinación de cabeza. Sonrió el caballero y le puso una mano sobre los hombros: Julián dio un salto atrás; la cólera le ahogaba. El ex rector del seminario se desternillaba de risa: aquel caballero tan elegante era un sastre. -Te dejo en libertad absoluta durante dos días, porque hasta entonces no podrás ser presentado a la señora marquesa de la Mole- dijo el mentor de Julián, saliendo de la sastrería- Otros te guardarían y vigilarían, como si fueses una niña, los primeros días de tu estancia en esta Babilonia, pero yo prefiero hacer lo contrario. Si con el tiempo has de perderte, mejor es que te pierdas en seguida, y así termina de una vez la debilidad que me obliga a pensar en ti. Pasado mañana, por la mañana, este sastre te llevará dos trajes: darás una propina de cinco francos al aprendiz que te los pruebe. En cuanto a tu conducta, procura que las gentes no conozcan ni el timbre de tu voz. Si abres la boca, en tus palabras encontrarán el secreto de burlarse de ti: su especialidad es ésta. Pasado mañana, al mediodía, ven a buscarme... Vete... y piérdete, si ese es tu gusto... ¡Ah! Olvidaba decirte que vayas a encargarte botas, camisas y un sombrero a los establecimientos cuyas señas encontrarás en este papel. Julián tomó el papel y leyó las señas. -Es de puño y letra del marqués- repuso el cura-, hombre activo que se acuerda de todo y que prefiere obrar a mandar. Te toma para que le descanses. ¿Tendrás talento bastante para ejecutar las cosas que ese hombre, vivo como pocos, te indicará con media palabra? El tiempo nos lo dirá. Julián entró sin despegar los labios en los establecimientos consignados en el papel. En todas partes le recibieron con muestras de respeto, y el zapatero, al escribir su nombre en el registro de los clientes, lo estampó en esta forma: señor Julián de Sorel. En el cementerio del Père-Lachaise, un caballero muy simpático, muy fino, y de ideas muy liberales, se ofreció con exquisita amabilidad a indicarle la tumba del mariscal Ney, a quien una política prudente ha negado el honor de tener un epitafio. Cuando Julián se despidió de aquel liberal, que le abrazó con lágrimas en los ojos, Julián no llevaba reloj. Enriquecido con esta nueva experiencia, se presentó dos días después al ex rector señor Pirard, quien le examinó con detenimiento. -Temo que te hagas fatuo- le dijo con expresión severa. El aspecto de Julián era el de un joven vestido de luto riguroso; no estaba mal; pero como su mentor era tan provinciano como él, no advirtió que aquel afectaba todavía la clase de movimientos que en provincias dan el tono y la importancia. De muy distinta manera juzgó el marqués las gracias de Julián. -¿Tiene usted inconveniente en que el señor Sorel reciba algunas lecciones de baile?- preguntó. El cura quedó petrificado. -Ninguno- respondió al fin Julián no es sacerdote. El marqués, subiendo las escaleras de dos en dos, condujo a nuestro héroe a la habitación que debía ocupar, y cuyas ventanas daban al inmenso jardín del palacio. Una vez llegados, le preguntó el marqués cuántas camisas había comprado. -Dos- contestó Julián, intimidado al ver que aquel gran señor descendía a detalles tan nimios. -¡No me parece mal!- exclamó, con voz imperiosa y breve, que dio mucho que pensar a Julián ¡No me parece mal! Compre usted veintidós camisas más. Por si le hace falta dinero, tome usted el primer trimestre de sueldo. Luego que bajaron de la habitación, llamó el marqués a un hombre de edad, a quien dijo: -Usted, Arsenio, es el encargado de servir al señor Sorel. Breves minutos después se encontraba Julián solo en la biblioteca. Esta le proporcionó unos momentos de viva delicia. A fin de evitar que le sorprendieran emocionado, fue a esconderse en el rincón menos iluminado, desde donde contempló extasiado los lujosos lomos de los libros. -Podré leer todo eso- decía-. Descontentadizo había de ser para no encontrarme a gusto en esta casa... pero, ante todo, cumplamos con nuestra obligación. Escritas las cartas, Julián se atrevió a acercarse a los libros. Creyó volverse loco cuando encontró la edición completa de las obras de Voltaire. Para no ser sorprendido, corrió a abrir la puerta de la biblioteca, y seguidamente se dio el gusto de abrir uno tras otro los ochenta tomos. Su encuadernación, de un lujo maravilloso, era un verdadero prodigio, obra del mejor encuadernador de Londres. No se necesitaba tanto para que la alegría de Julián llegase hasta el arrobamiento. Una hora más tarde, entró el marqués, leyó la correspondencia escrita por Julián y halló que había escrito abogado con v, es decir, avogado. -¿Será un cuento tártaro la pretendida ciencia de mi flamante secretario?- se dijo-. Me parece que no está usted muy fuerte en ortografía- añadió con dulzura, dirigiéndose a Julián. -Es verdad, señor- respondió Julián, sin comprender el error que cometía. -Abogado se escribe con b- repuso el marqués-. Bueno será que cuando despache usted la correspondencia, consulte en el diccionario las palabras sobre cuya ortografía tenga alguna duda. A las seis le mandó llamar el marqués, quien miró con expresión de pena las botas de Julián. -He tenido un olvido que lamento de veras- le dijo-. le dije que todos los días, a las cinco y media, debe usted vestirse. Julián miró al marqués sin comprender. -Arsenio se lo hará presente; hoy me encargaré yo de excusarle. Pronunciadas estas palabras, el marqués hizo entrar a Julián en un salón que parecía un ascua de oro: tanto abundaban los dorados. En ocasiones análogas, el señor Rênal solía redoblar el paso a fin de llegar el primero a la puerta. Recordando Julián esta vanidad de su antiguo principal, entró pisando los talones al marqués, lo que molestó no poco a éste, que era gotoso. Una vez dentro, Julián fue presentado por el marqués a una dama alta y de aspecto imponente: era la marquesa. Nuestro héroe la juzgó un si es no es impertinente. Turbado por efecto de la extrema magnificencia del salón, Julián no oyó las palabras del marqués. La marquesa apenas si se dignó mirarle. Había en el salón algunos caballeros, entre los cuales distinguió Julián con placer indecible al joven obispo de Agde, que había tenido la dignación de dirigirle la palabra algunos meses antes, cuando se celebró la solemne ceremonia de la adoración de la reliquia en Bray-le-Haut. El prelado reparó en la mirada que le dirigía la timidez de Julián, pero no reconoció a nuestro provinciano. Julián creyó distinguir en la expresión de los caballeros reunidos en el salón algo como de triste y violento. En París se suele hablar con voz baja y sin exagerar los sucesos de escasa importancia. A eso de las seis y media, entró un joven alto, esbelto, delgado y muy pálido. Su cabeza era muy pequeña y bastante largo su bigote. -¡Siempre has de hacerte esperar!- dijo la marquesa, mientras el joven le besaba la mano. Comprendió Julián que era el hijo del marqués de la Mole. Desde el primer momento le pareció simpático. -¿Es posible que sea ese el hombre cuyas bromas ofensivas han de expulsarme de esta casa?- pensó. A fuerza de examinar al conde Norberto, reparó Julián en que llevaba botas de montar y espuelas, descubriendo que le hizo recordar que él debía calzar zapatos para que éstos pregonasen su condición inferior. Se sentaron a la mesa. Julián oyó que la marquesa pronunciaba una frase severa alzando un poco la voz. Casi al mismo tiempo se presentó una joven muy rubia y de formas esculturales, que ocupó un asiento frente al suyo. No le agradó. Del examen atento a que la sometió dedujo que no había visto ojos tan hermosos como los suyos, pero les halló algo que anunciaba gran frialdad de alma. Otra conclusión sentó Julián, y que fue la expresión de aquellos ojos era la del fastidio que examina, pero sin olvidarse de la obligación en que está de parecer imponente. -Hermosos ojos tenía también la señora de Rênal- Pensaba Julián-; todo el mundo los elogiaba, pero nada de común tenían con éstos. Carecía Julián de la experiencia necesaria para distinguir el fuego de la juventud, que brillaba de tanto en tanto en los ojos de la señorita Matilde, que así la oyó llamar, del fuego de las pasiones, que animaba los de la señora de Rênal, cuando ardía en su pecho una indignación generosa, o bien escuchaba el relato de alguna mala acción. Hacia el final de la comida, encontró Julián la palabra que expresaba el género de belleza de los ojos de la señorita Matilde: -Son fulgurantes- se dijo. En todo lo demás, se parecía muchísimo a su madre, y como ésta le desagradaba extraordinariamente, dejó nuestro protagonista de mirar a la hija. En cambio, el conde Norberto le parecía admirable bajo todos conceptos. De tal suerte sedujo a Julián, que éste no pensó en envidiarle ni en odiarle porque era más rico y más noble que él. A los postres, dijo el marqués a su hijo: -Deseo que trates con amabilidad al señor Sorel, a quien acabo de agregar a mi estado mayor, y de quien deseo hacer un hombre, si mis pleitos y mis abogados no disponen lo contrario... Es mi secretario- añadió el marqués, dirigiéndose a su vecino-, y me ha escrito abogado con v. Todo el mundo miró a Julián, quien hizo una inclinación de cabeza algo exagerada a Norberto. En general gustó el nuevo secretario del marqués. Sin duda el marqués había hablado del género de educación que Julián había recibido, pues uno de los comensales le atacó sobre Horacio. -Discutiendo precisamente a este autor me conquisté la admiración del obispo de Besançon- pensó Julián-. Es posible que estos señores no conozcan otro autor clásico que Horacio. A partir de aquel momento, fue ya dueño de sí mismo, ventaja que consiguió con relativa facilidad, en cuanto decidió mentalmente que la señorita Matilde nunca sería mujer a sus ojos. Por lo que se refiere a los hombres, como desde que estuvo en el seminario se acostumbró a juzgarles ignorantes, difícilmente le intimidaban. Su sangre fría habría sido completa de no haber sido tan lujoso el mobiliario del comedor; pero había dos espejos inmensos, en cuyas lunas veía a su interlocutor, y esto le imponía. La especie de examen a que le sometieron dio cierta animación a la comida, que pecaba de excesivamente grave. El marqués animaba con gestos al contrincante de Julián, a fin de que le estrechase más y más. Respondió Julián inventando sus ideas, y perdió la mayor parte de su timidez para dar pruebas, no de ingenio, que no puede darlas quien desconoce el lenguaje especial que se habla en París, pero sí de talento y de dominio perfecto del latín. Era el contrincante de Julián un académico de la sociedad de Inscripciones, que, por excepción, sabía latín. Una vez se hubo convencido de que Julián era excelente humanista, puso gran empeño en apretarle y ponerle en apuros. Julián concluyó por olvidar la magnificencia del moblaje del comedor y expuso, hablando de los poetas latinos, ideas que su adversario no había leído en parte alguna. Contrincante leal, no regateó los méritos del flamante secretario. Suscitóse una discusión sobre si Horacio fue pobre rico, un hombre amable, voluptuoso e indolente, que escribía versos para distraerse, como Chapelle, el amigo de Molière y de La Fontaine, o un pobre diablo, poeta pensionado, que seguía a la corte y dedicaba odas al natalicio del rey, como Southey, el acusador de lord Byron. Se abrió mucho sobre el estado de la sociedad durante los reinados de Augusto y de Jorge IV, dos épocas en que la aristocracia era omnipotente, aunque en Roma vino a arrancar el poder de sus manos un Mecenas, que no era más que simple caballero, al paso que en Inglaterra fue ella la que redujo a Jorge IV a la condición de un dux de Venecia. No comprendía Julián nada de lo relacionado con aquellos nombres modernos como Southey, lord Byron, Jorge IV, que sonaban en sus oídos por primera vez, pero todo el mundo observó que, cuantas veces versaba la discusión sobre sucesos ocurridos en la antigua Roma, y cuyo conocimiento podía inferirse de las obras de Horacio, de Marcial, de Tácito, etc., etc., su superioridad sobre todos los demás era incontestable. Habíase apoderado nuestro héroe de gran parte de las ideas expuestas por el obispo de Besançon en la famosa conferencia de que tienen noticia los lectores, y no fueron ciertamente aquellas ideas las que menos contribuyeron a su triunfo. Cuando se cansaron de hablar de poetas, la marquesa, que se había impuesto la ley de admirar todo lo que distraía a su marido, se dignó mirar a Julián. -La tosquedad de modales de ese curita encubre a mi juicio a un hombre instruido- dijo a la marquesa el académico, que estaba sentado a su lado. Julián oyó las palabras anteriores. La marquesa, que gustaba de apoderarse de las frases que se le daban hechas, adoptó la que sobre Julián acababa de oír, y se felicitó mentalmente por haber invitado a comer al académico.
III
Este inmenso valle lleno de luces
Nadie me conoce, todos valen A la mañana siguiente, muy temprano, Julián despachaba la correspondencia en la biblioteca, cuando se encontró sorprendido por la señorita Matilde, que había entrado por una puertecita reservada, perfectamente disimulada por la estantería. Mientras Julián admiraba la puertecita, cuya existencia no había sospechado, la joven demostraba, no ya asombro, sino viva contrariedad. Parece que tenía la costumbre de sacar libros de la biblioteca de su padre a espaldas de éste, y como la presencia de Julián le impedía satisfacer su deseo, de aquí su contrariedad, tanto más viva cuanto que pensaba llevarse el tomo segundo de La Princesa de Babilonia, de Voltaire, que no podía ser complemento muy digno que digamos de su educación eminentemente monárquica y religiosa, recibida en el Sagrado Corazón. Aquella pobre niña de diecinueve años tenía ya necesidad de alimentar su espíritu con manjares altamente estimulantes. A eso de las tres, llegó el conde Norberto a la biblioteca. Iba a leer un periódico para poder hablar aquella noche de política, y se alegró de encontrar a Julián, cuya existencia había ya olvidado. Se mostró muy amable e invitó a aquel a montar a caballo. -Mi padre nos da permiso hasta la hora de comer. Julián encontró encantador aquel nos. -¡Dios mío, señor conde!- exclamó Julián-. Si se tratase de derribar a hachazos un árbol de ochenta pies de elevación, o de cuadrar un tronco para convertirlo en tablas, me atrevo a decir que podría yo salir airoso del empeño; pero montar a caballo... Baste decir que habré montado unas seis veces en mi vida. -¡Bah! La de hoy será la séptima- contestó el conde. Si hemos de ser sinceros, fuerza será hacer constar que Julián, aunque habló en la forma que acabamos de ver, creía montar admirablemente, pues no había olvidado el éxito que obtuvo el día de la entrada del rey de... en Verrières. Por su desgracia, al regresar del Bosque de Bolonia, quiso evitar el encuentro con un coche en plena calle de Bac, desvió con brusquedad su caballo, y las consecuencias fueron dar con su cuerpo en tierra, de donde se levantó cubierto de lodo. Gracias a que era dueño de dos trajes, pudo presentarse en la mesa. El marqués pidió noticias del paseo, y su hijo contestó en términos generales, sin aludir a la caída de Julián. -El señor conde es para mí demasiado bueno- replicó Julián. Sus bondades me inspiran gratitud profunda, porque comprendo lo mucho que valen. Se dignó disponer que me dieran el caballo más dócil y el más hermoso; pero, como no estaba en su mano atarme o atornillarme al animal, he desmontado de la manera más ridícula, brusca e inopinada, en medio de esa calle tan larga que pasa cerca del puente. La señorita Matilde intentó en vano disimular la risa: contra su voluntad, comenzó a reír a carcajadas, y seguidamente pidió detalles del incidente. Julián contestó con gran sinceridad. Puede decirse que estuvo muy bien, sin saberlo él mismo. -Auguro bien de este curita- dijo el marqués al académico- Admirable es que un provinciano hable con tanta sencillez de un suceso que le pone en ridículo; pero que cuente su desventura delante de señoras, es cosa que ni se ha visto ni se verá nunca. Como el mismo Julián habló sin sonrojarse de su desgracia, al final de la comida, cuando la conversación versaba sobre otros asuntos, la señorita Matilde hizo diversas preguntas a su hermano con respecto a los detalles del desgraciado incidente. Las preguntas se prolongaban; los ojos de Julián se encontraron varias veces con los de la joven, y al fin, aunque no fue interrogado, contestó directamente, y los tres concluyeron por reír a carcajadas, como hubiesen podido hacerlo tres lugareños acostumbrados a vivir juntos en el corazón de un bosque. Al día siguiente, Julián asistió a la clase de teología, y volvió, terminada aquella, al palacio del marqués, para escribir unas veinte cartas. A su lado, en la biblioteca, vino a sentarse un joven vestido con amaneramiento, de cuerpo mezquino y cara de envidia. Entró el marqués cuando los dos jóvenes estaban escribiendo. -¿Qué hace usted aquí, señor Tanbeau?- preguntó al intruso con entonación severa. -Creía...- comenzó a responder el joven con sonrisa aduladora. -¡No, señor! Usted no creía; ha querido hacer un ensayo, que le ha resultado, mal. El llamado Tanbeau se levantó furioso y desapareció. Era un sobrino del académico, amigo de la marquesa y que se dedicaba a la literatura. El académico consiguió que la marquesa le recibiese como secretario. Tanbeau, que solía trabajar en una habitación aislada, cuando supo el favor de que Julián disfrutaba, quiso compartirlo, y al efecto, entró en la biblioteca, creyendo que, de allí en adelante, sería aquella su gabinete de trabajo. A las cuatro, Julián, no sin vacilar antes, se atrevió a entrar en la habitación del conde Norberto. Este, que era la finura personificada, quedó un tanto cohibido al ver a Julián. -Opino que muy pronto montará usted bien- dijo a Julián- Dentro de breves semanas, tendré un placer especial saliendo con usted a caballo. -Quería tener el honor de darle las gracias por las bondades inmerecidas de que me ha hecho objeto- contestó Julián- Crea usted, señor conde, que comprendo todo el valor de mi deuda. Si mi torpeza de ayer no ha lastimado a su caballo, desearía que me permitiera montarlo hoy. -Declino toda la responsabilidad, señor Sorel- dijo el conde- Imagínese que le he hecho todas las advertencias y representaciones que aconseja la prudencia; si, a pesar de todo, se obstina en montar, me permitirá que le diga que son las cuatro y que no podemos perder tiempo. Una vez montados, preguntó Julián al conde: -¿Qué es preciso hacer para no caer? -Muchas cosas- respondió riendo el conde-. Una de ellas, y no de las menos importantes, echar el cuerpo atrás. Julián salió a trote largo. Los jinetes estaban en la Plaza de Luis XVI. -¡Joven temerario!- gritó el conde-. ¿No ve usted que abundan demasiado los coches, y que muchos son guiados por manos inexpertas e imprudentes? Si cae usted, prepárese a sentir sobre su cuerpo el paso de, algún carruaje, porque los que guían los coches no querrán estropear la boca a los caballos haciendo una parada en firme. Veinte veces estuvo Julián a punto de caer, pero, al fin, el paseo terminó sin incidentes. Al entrar en el palacio, el conde dijo a su hermana: -Te presento al más imprudente de los temerarios. En la mesa, el conde habló de la temeridad de Julián, única cualidad que podía ser alabada en su manera de montar a caballo. No obstante las bondades que le dispensaban, pronto comenzó Julián a encontrarse aislado en el seno de aquella familia. Todas las costumbres de la casa le parecían raras, no podía acomodarse a ellas. Sus torpezas eran la risa de toda la servidumbre. Para colmo de desdichas, el ex-rector del seminario había ido a ponerse al frente de su curato. -Si Julián es un niño débil, que perezca cuanto antes- pensaba el ex-rector-; si, por el contrario, es hombre de corazón, que salga de sus apuros como Dios le dé a entender.
IV
¿Qué hace aquí él? ¿Está contento? Si Julián lo encontraba todo extraño en la noble mansión de los marqueses de la Mole, no es menos cierto que extraño y singular encontraban también a aquel joven pálido y vestido de negro cuantas personas tenían la dignación de reparar en su persona. -Quiero llevar la prueba hasta el final- decía el marqués, contestando a las insinuaciones de la marquesa, que pretendía que enviase fuera a su secretario, encargándole una comisión cualquiera, los días que se sentaban a la mesa de su palacio determinados personajes-. Pretende el cura Pirard que cometemos un error lastimando el amor propio de las personas que ejercen cerca de nosotros algún cargo, pero yo opino que no debemos apoyarnos más que sobre lo que resiste, etc. Nuestro joven tiene sus defectos, pero por lo menos hay que reconocerle el mérito de que es sordo y mudo. Julián, mientras tanto, juzgó que, para prevenir equivocaciones lamentables, le convenía escribir los nombres de las personas que visitaban de continuo los salones, y junto a los nombres, algunos datos sobre su índole personal y cualidades características. En su escrito estampó primero los nombres de cinco o seis amigos de la casa, que le hacían objeto de sus adulaciones, por lo que se pudiera, tomándole por un favorito del caprichoso marqués. Eran los tales unos pobres pelagatos más o menos vulgares, aunque no para todos. Pecaríamos de injustos si no hiciésemos constar, en honor de esa clase de hombres, que entonces y hoy abundan en los salones de la aristocracia, que muchos, que se hubiesen dejado tratar mal por el marqués, no habrían tolerado una frase dura de la marquesa. En el carácter de los señores de la casa había demasiada altivez y gran propensión a fastidiarse, y como tenían la costumbre de humillar a las personas que les rodeaban para ahuyentar el fastidio, dicho se está que no contaban con verdaderos amigos. Sin embargo, excepción hecha de los días de lluvia y de los momentos de fastidio feroz, que eran muy raros, a todo el mundo trataban con corrección y finura exquisitas. Si los cinco o seis aduladores que testimoniaban a Julián un afecto paternal hubiesen desertado de los salones del palacio de los marqueses de la Mole, es posible que la marquesa hubiera pasado por largas horas de soledad, desventura horrible para las damas de su rango, para las cuales es sabido que la soledad es emblema de la desgracia. El marqués, complaciente con su mujer y comulgando en sus ideas, cuidaba con solicitud de que sus salones fuesen frecuentados, pero excluyendo de ellos a los Pares del Reino, porque no hallaba entre sus colegas hombres de nobleza bastante para ser admitidos como amigos, ni bastante divertidos para recibirles como subalternos. Todos estos secretos no los penetró Julián hasta después de mucho tiempo, pues sabido es que la política de la casa, que constituye la conversación diaria entre los mortales de la clase media, es tema que sólo en momentos de angustia abordan los de la categoría de la del marqués. Tal imperio ejerce, aun en nuestro siglo de aburrimiento sistemático, la necesidad de divertirse, que hasta en los días de grandes banquetes, no bien abandonaba el marqués el salón, sobrevenía la dispersión general de los invitados. En las reuniones, siempre que no se hablase con ligereza de Dios, del clero o del rey, de las altas personalidades, de los artistas protegidos por la corte o de las instituciones, y no se hicieran observaciones favorables sobre Béranger, ni sobre la prensa de la oposición, ni sobre Voltaire ni sobre Rousseau, y sobre todo, siempre que ni de lejos se hablase de política, reinaba la más absoluta de las libertades, todo el mundo podía discutir lo que le viniera en gana. Pese al buen tono, a la corrección perfecta, al deseo de agradar y a la libertad de que en los salones se gozaba, es lo cierto que el aburrimiento se destacaba en todas las frentes. Los hombres maduros medían sus palabras, y los jóvenes, temiendo dejar traslucir su pensamiento, callaban después de haber pronunciado cuatro frases buscadas sobre Rossini o sobre el tiempo que hacía. Observó Julián que solían mantener viva la conversación dos vizcondes y cinco barones, que el marqués conoció y trató durante la emigración. Los señores en cuestión gozaban de rentas que ni bajaban de seis mil francos ni pasaban de ocho mil. Cuatro eran partidarios del Semanario y tres de la Gaceta de Francia. Uno de ellos traía preparada todos los días una anécdota sobre Château, en cuya narración prodigaba hasta el infinito el adjetivo admirable. Julián observó que tenía cinco cruces, al paso que los demás no poseían generalmente más que tres. A cambio de estos inconvenientes, en la antecámara hacían guardia permanente diez lacayos, y de cuarto en cuarto de hora se servían helados o té, aparte de que, a las doce en punto de la noche, los contertulios se sentaban a la mesa para hacer los honores a una especie de cena, rociada con Champagne. Era esta la causa que obligaba a Julián a permanecer en el salón hasta el fin, pues ni le interesaron nunca a él, ni pudo comprender que hubiese personas a quienes interesasen los asuntos allí tratados. Muchas veces escudriñaba los rostros de los interlocutores, sospechando que ellos mismos se burlaban de lo que estaban diciendo. Y no era Julián el único que echaba de ver aquella asfixia moral: la respiraban todos, pero unos se consolaban engullendo helados y más helados, y otros la daban por bien empleada a trueque de poder decir más tarde: «Salgo del palacio de los marqueses de la Mole, donde he sabido que Rusia... » Uno de los aduladores dijo a Julián que no hacía seis meses que la marquesa había premiado una asiduidad de más de veinte años haciendo prefecto al pobre barón Le Bourguignon, que era subprefecto desde la Restauración. El suceso encendió el celo de todos aquellos señores que, si antes hubiesen necesitado causas muy poderosas para enojarse, después no se hubiesen enojado por nada. Muy contadas veces se hacía a nadie objeto de desatenciones directas, pero Julián había sorprendido en dos o tres ocasiones diálogos breves, entre el marqués y su mujer, muy crueles para algunas de las personas que frecuentaban la casa. No es de extrañar: personajes tan nobles no suelen tomarse la molestia de disimular el desdén sincero que les merecen las personas que no se sientan en las carrozas del rey. Observó Julián que sólo la palabra Cruzada daba a sus rostros una expresión de mezcla de seriedad profunda y de respeto. En medio de tanta magnificencia y de tanto aburrimiento, Julián no mostraba interés más que al marqués. Un día oyó decir a éste que no había tenido arte ni parte en el ascenso del pobre Le Bourguignon. Su frase envolvía una atención para la marquesa, pues Julián sabía la verdad del asunto por conducto del cura Pirard. Una mañana el ex rector trabajaba con Julián en la biblioteca. Les embargaba el pleito eterno del vicario general Frilair contra el marqués. -¿Es obligación ajena al cargo que desempeño comer todos los días con la señora marquesa- preguntó de pronto Julián-, o es una bondad que tienen conmigo? -¡Es un honor insigne que te dispensan!- contestó el cura, escandalizado-. Un honor que el académico M. N. no ha logrado obtener para su sobrino el señor Tanbeau, con quince años de asiduidades. -Ese honor es para mí la obligación más penosa de mi cargo, señor- replicó Julián-. Mucho me fastidiaba en el seminario, pero no tanto como aquí. ¿Pero es raro que me fastidie yo, si más de una vez he visto bostezar a la señorita Matilde, que indudablemente debe estar muy acostumbrada a las amabilidades de los amigos de la casa? Pienso con espanto que algún día voy a dormirme... ¿Por qué no me consigue usted permiso para irme a comer a cualquier modesta posada? El ex-rector, hombre de humilde cuna, creía que es honor insigne sentarse a la mesa de un gran señor. Mientras trataba de inculcar este sentimiento en el alma de Julián, oyó un rumor ligero que le obligó a volver la cabeza. Julián se encontró con la señorita Matilde, que lo había oído todo. Nuestro héroe se puso colorado como una amapola, pero tuvo el consuelo de ver que aquella le trataba con consideración. -Éste, al menos- pensaba Matilde-, no ha nacido de rodillas... ni es tan feo como ese viejo... En la mesa, Julián no se atrevió a mirar a la señorita Matilde, pero ésta tuvo la dignación de dirigirle la palabra. Aquel día esperaban en la casa a mucha gente, y como las jóvenes de París no gustan de la conversación de las personas de edad provecta, sobre todo si visten con cierto desaliño, indicó a Julián que no se fuese. Ya antes había observado aquel que los colegas del barón Le Bourguignon tenían el honor de ser tema ordinario de las chanzonetas de la señorita Matilde, pero en el día que nos ocupa, hubiese o no afectación de su parte, es lo cierto que estuvo cruel con los fastidiosos. La señorita de la Mole era el centro de un grupito que casi todas las noches se formaba a retaguardia del inmenso que rodeaba a la marquesa, y que componían el marqués de Croisenois, el conde de Caylus, el vizconde de Luz y dos o tres oficiales jóvenes, amigos de Norberto o de su hermana. Todos estos señores se sentaban en un gran canapé azul. Junto al canapé, y frente a la butaca que ocupaba la encantadora Matilde, se había sentado silenciosamente Julián, en una silla bastante baja. Todos los reunidos envidiaban aquel puesto modesto. Ordinariamente, Norberto dejaba en buen lugar al secretario de su padre, dirigiéndole la palabra o nombrándolo dos o tres veces cada noche, pero en la velada a que nos referimos, Matilde le preguntó qué elevación podría tener la montaña cuya cumbre sirve de emplazamiento a la ciudadela de Besançon. No pudo decir Julián, si la montaña en cuestión era más o menos alta que Montmartre, y así lo confesó, porque si es cierto que reía de todo lo que en el grupito se decía, no lo es menos que se sentía incapaz de imitar la inventiva de los que lo formaban. Para él, se hablaba allí una lengua extraña que comprendía, pero que no sabía hablar. El grupo de Matilde había declarado aquel día la guerra más encarnizada a cuantas personas entraban en el vasto salón. Como es natural, merecieron la preferencia los amigos de la casa, por lo mismo que se les conocía mejor. Comprenderá el lector que Julián fue todo oídos, porque si mucho le interesaba el fondo de las cosas, no le agradaba menos la manera de decirlas. -¡Ah! ¡Ya tenemos allí al señor Descoulis!- dijo Matilde- Ha suprimido la peluca por artículo de lujo. ¿Querrá asaltar la prefectura sentando los pies sobre el genio? La antorcha de éste brilla con esplendor en su frente calva, llena de elevados pensamientos. -Es un hombre que conoce toda la tierra- contestó el marqués de Croisenois-. También frecuenta los salones de mi tío el cardenal. Cultiva durante años enteros una mentira distinta con cada uno de sus amigos, y cuenta que tiene sobre doscientos o trescientos. No hay quien le gane a lamentar la amistad: es su especialidad. Ahí donde ustedes le ven, más de una vez se le ha visto sentado a la puerta de la casa de uno de sus amigos a las siete de la mañana, en pleno invierno. Periódicamente regaña con éstos, para darse el gustazo de escribirles siete u ocho cartas con motivo de las diferencias: se reconcilia luego, y la reconciliación le da pie para escribir otras tantas epístolas rebosantes de cariño y pródigas en frases tiernas. No hay que culparle; inspira las cartas la expansión franca y sincera del hombre honrado, en cuyo corazón no caben los resentimientos. Sobre todo, siente la necesidad de expansionarse en esta forma cuando desea pedir algo. Uno de los vicarios generales de mi tío está graciosísimo cuando narra la historia de nuestro hombre a partir de la Restauración. -¡Bah! No creo una palabra- contestó el conde de Caylus- Rivalidades de oficio y envidias de almas pequeñas. -El señor Descoulis ocupará un puesto de honor en la historia- repuso el marqués-. Hizo la Restauración con el abate de Pradt y los señores de Talleyrand y Pozzo di Borgo. -Es hombre que ha manejado millones- observó Norberto-, y no me cabe en la cabeza que venga a esta casa a embolsarse los epigramas de mi padre, casi siempre abominables. No hace muchos días le preguntaron a grito herido: «¿Cuántas veces ha vendido usted a sus amigos, mi querido Descoulis?» -¿Pero es cierto que los ha vendido?- preguntó Matilde- Por supuesto que ¿quién no ha vendido algo? -Me maravilla que venga a esta casa Saintclair, ese liberal famoso- dijo el conde de Caylus a Norberto-. ¿A qué viene? Necesito abordarle, hablarle y hacerle hablar. Dicen que es un talento. -¿Pero qué recibimiento le dispensará tu madre?- observó el marqués de Croisenois-. Son sus ideas tan extravagantes, tan independientes, tan generosas... -¡Ahí tienen ustedes al hombre de ideas tan independientes, inclinándose hasta besar casi el suelo ante el señor Descoulis y estrechándole la mano- replicó Matilde-. ¡Si he creído que iba a llevarla a sus labios! -Indudablemente las relaciones de Descoulis con los poderosos son mejores y más estrechas de lo que suponemos- contesto el de Croisenois. -Saintclair viene aquí en busca de uno de los sillones de la Academia- dijo Norberto-. Mira cómo saluda al barón L... Croisenois. -Menos humillante sería hablarle de rodillas- observó el de Luz. -Mi querido Sorel- dijo Norberto-, usted que tiene talento, aunque viene de las montañas, procure no saludar nunca como saluda ese excelso poeta. -¡Hola! ¡Ahí tenemos al hombre de talento por excelencia! ¡Al señor barón del Bâton!- dijo Matilde, remedando la voz campanuda del lacayo que acababa de anunciarle. -¡Sospecho que hasta los lacayos se mofan de él! El título es gracioso... ¡Barón de Bâton!... -Ha pocos días nos decía él mismo que el nombre no hace al caso- dijo Matilde-. Figúrense ustedes- añadía- el efecto que en el público debió producir el título del duque de Bouillon la primera vez que fue anunciado. Tenía razón: cuando nos hayamos acostumbrado a oír pronunciar su título, no nos llamará la atención que haya un barón de la Estaca. Julián se alejó del canapé. Poco sensible todavía a las encantadoras sutilezas de una ironía fina, creyó que ésta debía tener por base la razón. En las palabras de aquellos jóvenes no vio más que el tono de los denigradores de profesión, y hasta en su altivez provinciana o inglesa llegó a creer que era la envidia la que hablaba por boca de aquellos, bien que, a decir verdad, se engañaba por completo. -El conde Norberto- se decía Julián-, a quien he visto cometer tres faltas en una carta de veinte líneas dirigida a su coronel, se daría por muy satisfecho si dentro de muchos años pudiese escribir una página que se pareciera a las que escribe Saintclair. Julián, a favor de su escasa importancia, pudo acercarse a dos o tres grupos y escuchar lo que en ellos se decía, sin que nadie reparase en su persona. Seguía a distancia al barón del Bâton, o de la Estaca, a quien deseaba oír. Julián observó que aquel prodigio de talento estaba inquieto y nervioso, como también que recobró la calma después de haber pronunciado tres o cuatro frases pletóricas de causticidad. Era el barón uno de esos tipos que no pueden decir palabras sueltas, de los que, para brillar, necesitan pronunciar discursos. -Ese hombre diserta; no habla- dijo una voz a espaldas de Julián. Volvióse nuestro protagonista y sintió espasmos de placer al saber que quien había pronunciado la frase subrayada era el conde de Chalvet. Julián había leído muchas veces su nombre en el Memorial de Santa Elena y en varios trozos de historia dictados por Napoleón. El conde de Chalvet se distinguía por la concisión de su lenguaje, por la claridad, precisión, exactitud y profundidad de su estilo. Daba gusto oírle, aunque en política era descarado, cínico. -Soy independiente- decía aquella noche a un caballero que lucía tres condecoraciones y de quien se burlaba, al parecer- ¿Por qué se me ha de obligar a que sostenga hoy las opiniones que defendía ha seis semanas? Si así lo hiciese, yo sería un esclavo, y mis opiniones mi tirano. Cuatro jóvenes graves que le rodeaban torcieron el gesto, prueba de que aquellos señores no eran partidarios del género chistoso. El conde comprendió que había ido demasiado lejos. Felizmente para él, vio en aquel punto al tartufo de la honradez, señor Balland, y se acercó a él. Todo el mundo comprendió que el pobre Balland era víctima destinada al sacrificio. Derroches de moral y de moralidad valieron a Balland, quien, aunque era horriblemente feo, tenía en la historia de sus primeros pasos en la vida capítulos difíciles de narrar: casarse con una mujer muy rica, que tuvo la feliz ocurrencia de dejarle viudo para que pudiese unir su suerte a la de otra mujer, también muy rica, y a la que nadie veía nunca. Con la mayor humildad del mundo era dueño de una renta de sesenta mil libras, y se permitía tener su pequeña corte de aduladores. De todo esto le habló el conde de Chalvet. Como le hablaba sin piedad, muy pronto formaron círculo en derredor de los dos personajes más de treinta contertulios. Todos sonreían, y al decir todos, no exceptuamos a los jóvenes graves, que eran la esperanza de su siglo. -¿Por qué vendrá ese hombre a una casa donde le toman por juguete universal?- se preguntaba Julián. Balland se eclipsó pronto como pudo. -¡Magnífico!- exclamó Norberto-. ¡Nos hemos quedado libres de uno de los espías de mi padre! Ya no nos queda más que el cojo Napier. Mientras Julián se preguntaba admirado por qué recibía el marqués a Balland, si éste venía a su casa a espiarle, el ex-rector del seminario hacía reflexiones amargas dictadas por su severidad, en un ángulo del salón. Apenas si sabía lo que pasaba en los salones de la alta sociedad pero, merced a sus amigos los jansenistas, tenía ideas muy exactas sobre los hombres que no ostentan más títulos para entrar en los salones que su penetración exquisita que ponen al servicio de todos los partidos, o su fortuna escandalosa. Largo rato contestó aquella noche a las preguntas de Julián, picado como nunca de la curiosidad, hasta que al fin selló de pronto sus labios, pesaroso de no poder hablar bien de nadie e imputándolo a pecado. Varón bilioso, jansenista y creyéndose obligado a tratar a todos con caridad cristiana, su vida en sociedad era un combate continuo y encarnizado. -¡Pero qué feo es el señor Pirard!- decía Matilde cuando Julián se acercó de nuevo al canapé. Tenía razón la joven, pese a la irritación que sus sabrosas palabras despertaron en Julián. El buen ex rector era sin disputa el hombre más honrado de cuantos llenaban aquella noche el salón, pero al mismo tiempo el más feo. Sin hacerle agravio, podemos asegurar, bajo nuestra palabra honrada, que en aquellos momentos, agitado por los gritos de su conciencia, estaba sencillamente espantoso. -¡Cualquiera hace caso de las fisonomías!- pensaba Julián- La de mi pobre protector, contorsionada porque su conciencia le acusa tal vez de algún pecadillo, está horrible, al paso que la de Napier, espía asqueroso, según dicen, refleja la más tranquila de las dichas. Ocurrió en el salón algo singular. Todos los ojos se volvieron hacia la puerta y todas las lenguas enmudecieron. Los lacayos anunciaron al famoso barón de Tolly, a quien las elecciones últimas habían dado un nombre imperecedero. Parece que el barón presidía la mesa de un colegio electoral, y tuvo la buena idea de escamotear las papeletas que en la urna depositaban los votantes de uno de los partidos. Habría sido falta imperdonable dejar el inocente escamoteo sin compensación, y nuestro célebre barón, que debió comprenderlo así, reemplazaba las papeletas escamoteadas con otras que llevaban impreso otro nombre más de su gusto. Algunos electores sorprendieron su maniobra, de efectos decisivos, y se apresuraron a protestar airados contra el barón de Tolly. El pobre señor no había podido digerir aún las consecuencias de su travesura. Gentes mal avenidas, que en todas partes las hay, se permitieron pronunciar la palabra presidio. El marqués de la Mole le recibió con visible frialdad, lo que fue bastante para que el infeliz barón hiciera cuanto antes el escamoteo de su persona. Hacía aquella noche sus primeras armas en medio de un grupo de grandes señores, mudos muchos de ellos, pero todos intrigantes y todos grandes talentos, el joven Tanbeau, quien si adolecía de falta de penetración, que es patrimonio privativo de los experimentados, en cambio daba pruebas de excepcional energía. -¿Por qué no han de condenar a ese hombre a diez años de presidio?- clamaba-. ¡A los reptiles como él hay que sepultarlos en el fondo de los calabozos! ¡Hay que hacerles morir entre tinieblas, sin luz y sin testigos, para que el veneno asqueroso que destilan sus bocas no contamine a nadie! ¿Qué se consigue condenándole a pagar una multa de mil escudos? Dicen que es pobre... ¿y qué? ¡Su partido pagará por él! Además de la multa, deberían condenarle a diez años de presidio. -¡Santo Dios! ¿De qué monstruo hablará ese joven?- se decía Julián, cuya admiración habían despertado la oratoria vehemente y los gestos descompuestos de su colega. No tardó en saber que se refería al poeta más grande de la época. -¡Ah! El monstruo eres tú!- exclamó Julián a media voz, llenos sus ojos de lágrimas generosas-. ¡Miserable!... ¡Te he de hacer tragar tus palabras!... Si ese hombre ilustre, que tan villanamente calumnias, hubiese querido venderse, no habría condecoración, no habría prebenda que no se hubiese apresurado a concederle, no diré ya el ministerio Nerval, sino todos los ministerios honrados que han sucedido a aquel! El ex rector hizo una seña a Julián. Cuando éste, que estaba escuchando con los ojos bajos las lamentaciones de un obispo, pudo disponer de su persona y acercarse a su protector, encontró a éste secuestrado por Tanbeau, quien por lo mismo que le odiaba cordialmente, porque sabía que era él la causa del favor de que gozaba Julián, quería hacerle la corte. Cuando el cura Pirard consiguió verse libre de la charla del sobrino del académico, pasó al salón contiguo. Julián le siguió. -Te advierto que el marqués detesta a los escritorzuelos- dijo a Julián-. Puedes saber latín, griego, la historia de los egipcios, la de los persas, etc., etc., y no sólo te apreciará, sino que también te honrará y protegerá como a sabio; pero si escribes una cuartilla en francés, sobre todo si en ella tratas de materias graves que son superiores a la posición que en sociedad ocupas, te llamará escritorzuelo y merecerás su antipatía más profunda. ¿Es posible que, viviendo como vives en el palacio de un gran señor, no sepas la célebre frase pronunciada por el duque de Castries, a propósito de d’Alembert y Rousseau: tienen la presunción de discutirlo todo, sin gozar de mil escudos de renta? -¡Todo, se sabe!- pensó Julián-. ¡Lo mismo ocurre aquí que en el seminario! Había escrito ocho o diez cuartillas bastante enfáticas, cuyo objeto era elogiar al viejo médico mayor que, según él, le había hecho hombre. -¡Quién lo había de pensar!- se decía Julián-. Mis cuartillas han estado siempre bajo llave, y sin embargo... Subió corriendo a su cuarto, quemó las cuartillas y bajó de nuevo al salón, pero ya no quedaban en él más que los grandes condecorados. En derredor de la mesa, que los servidores acababan de llevar al salón, ya servida, había sentadas siete u ocho damas muy nobles, muy afectadas, muy devotas y muy elegantes, cuya edad variaba entre los treinta y los treinta y cinco años. La deslumbrante mariscala de Fervaques entró en el salón excusándose por haber llegado tan tarde: eran más de las doce de la noche. Fue a sentarse junto a la marquesa. Julián quedó profundamente emocionado; la recién llegada tenía los ojos y la expresión de la señora de Rênal. Continuaba muy animado el grupo de la señorita de la Mole, que aquella noche se había entretenido burlándose despiadadamente del conde Thaler. Era este señor hijo único del célebre judío que había acumulado inmensas riquezas prestando a los reyes el dinero necesario para hacer la guerra a los pueblos. El judío acababa de bajar al sepulcro, dejando a su hijo heredero de una fortuna que le producía una renta de cien mil escudos mensuales, y de un apellido demasiado conocido, por desgracia. Su posición especial habría exigido un tacto especial también, es decir, gran sencillez de carácter y mucha fuerza de voluntad. El conde, por el contrario, era un buen hombre que atesoraba todas las pretensiones que le inspiraron sus aduladores. El conde de Caylus dijo que la voluntad del hijo del judío era pedir la mano de la señorita de la Mole, a la cual hacía la corte el marqués de Croisenois, llamado a ser duque y a heredar cien mil libras de renta. -¡Por los clavos de Cristo!- exclamó Norberto-. ¡No le acuses de tener voluntad, que eso ya es demasiado! La observación estaba muy en su punto, pues precisamente lo que más falta hacía al flamante conde de Thaler era la facultad de querer. Joven amigo de pedir consejo a todo el mundo, carecía del valor necesario para seguir los consejos que le daban. Solía decir Matilde que bastaba verle la cara para prendarse de él, porque en ella, a la par que cierta expresión singular, mezcla de inquietud y de desencanto, se leían de vez en cuando ráfagas de esa importancia que tan bien cuadran a los ricos, y con doble motivo a quien era dueño de la fortuna más grande de Francia, y, por añadidura, de un cuerpo bien conformado, y no ha cumplido los treinta y seis años. Por su parte, el marqués de Croisenois decía que era insolente, pero con timidez, y el conde de Caylus, Norberto y dos o tres amigos más, se burlaron de él a su sabor, concluyendo por despedirle poco antes de la una de la madrugada. -¿Le esperan en la puerta sus famosos caballos árabes?- le preguntó Norberto. -No- respondió el conde de Thaler-. Es un tronco de mucho menos precio. Cinco mil francos me cuesta el caballo de la izquierda, y el de la derecha no vale más allá de cien luises, por cuyo motivo, sólo de noche sale de las caballerizas. -Esos jóvenes me han hecho ver claro en mi situación- monologaba Julián, mientras resonaban en sus oídos sus risotadas burlonas-. Mi sueldo no llega ni con mucho a veinte luises mensuales, y me he encontrado junto a un hombre, que cobrando esta misma cantidad cada hora, ha sido objeto de las burlas más sangrientas... ¡Basta esta lección para curar a cualquier envidioso!
V
Una idea un poco atrevida suele Veamos la situación de Julián, el día que el administrador general de la casa le entregó el cuarto trimestre de su asignación, después de varios meses de pruebas. El marqués le había encargado de la administración de sus propiedades de Bretaña y Normandía, que tenía necesidad de visitar con relativa frecuencia: pesaba sobre sus hombros la correspondencia relativa al pleito famoso con el vicario general Frailair, y contestaba todas las cartas del marqués, quien, por regla general las firmaba sin reparos. Los catedráticos de las clases de teología a que asistía, se quejaban de su falta de asiduidad, aunque decían que era uno de los discípulos más aventajados. Tanta variedad de estudios y de ocupaciones, habían robado a Julián los frescos colores que trajo de su provincia. Su palidez, sin embargo, era un mérito a los ojos de sus condiscípulos, que le parecían también a él menos malos y menos rastreros que los del seminario de Besançon. El marqués le había dado un caballo. Temiendo los comentarios que pudieran hacer sus condiscípulos si le encontraban paseando a caballo, les había dicho que montaba por prescripción facultativa. El ex-rector del seminario de Besançon le había presentado en varias reuniones jansenistas. Julián quedó asombrado: como en su alma la idea de la religión estuvo siempre estrechamente ligada a la de la hipocresía y a la de ganar mucho dinero, no pudo menos de admirar a aquellos hombres piadosos y severos, que no se acuerdan siquiera del presupuesto. Simpatizaron con él muchos jansenistas, a los que debió muy saludables consejos. En una reunión jansenista conoció al conde de Altamira, hombre de talla gigantesca, condenado a muerte en su patria por liberal, y muy devoto. Las relaciones de Julián con el conde Norberto se habían enfriado bastante, porque creyó este último que nuestro héroe había contestado con viveza excesiva las bromas de algunos de sus amigos. En cuanto a la señorita Matilde, Julián se había impuesto el deber de no dirigirle jamás la palabra, desde que una o dos veces le significaron que había faltado a las conveniencias. En el palacio continuaban tratándole con toda clase de miramientos, lo que no era óbice para que él se considerase en período de franca decadencia. ¿Por qué? Ni él mismo habría podido explicarlo, como no fuera fundándose en el refrán «Todo lo nuevo place», pero es posible que fuese más clarividente que los días primeros, o bien que se hubiese disipado el encanto de la urbanidad parisiense. En cuanto dejaba de trabajar, se apoderaba de él un aburrimiento mortal. ¿La causa? Es muy sencilla: producía el fenómeno esa figura de modales admirable, pero perfectamente mesurada, perfectamente calculada, que caracteriza a las personas de la alta sociedad. Por poco sensible que sea un corazón, penetra el artificio. Si los provincianos suelen pecar de poco finos en su trato, en cambio saben apasionarse un poco por las personas que tratan. No sucede lo propio en las capitales: jamás lastimaron el amor propio de Julián en el palacio de los marqueses de la Mole, pero es lo cierto que varias veces, cuando llegaba la noche, sentía aquel ganas de llorar. En provincias, un mozo de café se interesa por el cliente que sufre algún contratiempo al entrar en el establecimiento donde presta sus servicios, pero si el contratiempo envuelve algo que lastime el amor propio de quien lo sufrió, el mozo, sin dejar de compadecer al cliente, repetirá cien veces en su presencia lo que sabe que le desagrada oír mentar. En París tienen la atención de esconderse para reírse de uno, pero el que viene de fuera, siempre es extraño. No hablaremos de las mil aventuras que hubiesen abochornado a Julián si no hubiera estado colocado, por decirlo así, fuera del alcance del ridículo. Una sensibilidad loca le arrastraba a cometer infinidad de tonterías. Todos los días tiraba a pistola, en cuyo juego llegó a ser uno de los discípulos más formidables de los más famosos maestros de armas. Cuando disponía de algún tiempo, corría invariablemente al picadero para montar los caballos más resabiados. En sus paseos con el profesor de equitación, rara era la vez que no medía el suelo con su cuerpo. Queríale el marqués porque le prestaba excelentes servicios, porque era incansable en el trabajo, reservado e inteligente. Poco a poco fue confiando el despacho de todos los asuntos de difícil desembrollo. En los momentos en que el marqués se emancipaba del yugo de su elevada ambición, se dedicaba con sagacidad a los negocios: jugaba a Bolsa, donde hacía algunas operaciones con bastante suerte, compraba casas y bosques, pero se impacientaba con demasiada facilidad. Con una mano regalaba centenares de luises mientras con la otra firmaba los preliminares de un pleito motivado por un puñado de francos; y es que los ricos de corazón elevado buscan en los negocios la distracción y no resultados. El marqués de la Mole necesitaba un hombre que supiese poner en claro sus asuntos de interés. La marquesa, por su parte, aunque mesurada por temperamento, se burlaba a veces de Julián. Es el horror de las damas de alta alcurnia, antípoda de las conveniencias, imprevisto nacido de la sensibilidad. Dos o tres veces hubo de defenderle el marqués, diciendo: -Si en el salón resulta ridículo en cambio triunfa en el gabinete de trabajo. Julián creyó que había penetrado el secreto de la marquesa. Observó que ésta mostraba vivo interés por todo desde que los criados anunciaban al barón de La Joumate, hombre frío, de fisonomía impasible, alto, sin carnes, feo y perfectamente vestido, que pasaba la mayor parte de su vida en su castillo y jamás hacía la menor observación sobre nada sobre nadie. A juicio de nuestro héroe, la señora marquesa de la Mole se hubiera considerado feliz, por vez primera en su vida, si hubiese podido hacer del barón de La Joumate.
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