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VI Si alguna vez merece disculpa la fatuidad, es en la primera juventud, porque entonces es la exageración de alguna prenda estimable. ¡Pero la fatuidad con la importancia! ¡La fatuidad con la gravedad y la suficiencia! ¡Al siglo XIX estaba reservado este exceso de estupidez! ¡Y las gentes
atacadas de esta dolencia son las que pretenden encadenar la hidra de la
revolución! Gracias a que, en su altanería, Julián jamás preguntaba a nadie, se libró de cometer grandes torpezas. Un día, obligado por un chaparrón repentino a entrar en un café de la calle Saint-Honoré, fue protagonista de un incidente altamente desagradable. Un hombre alto, reparando en su mirada sombría, le miró a su vez exactamente lo mismo que en otro tiempo le mirara en Besançon el amante de Amanda. Julián se había echado en cara con demasiada frecuencia el no haber vengado aquel insulto, para tolerar pacientemente la mirada en cuestión. Se levantó y pidió explicaciones, pero el desconocido, lejos de darlas, le hizo objeto de las injurias más soeces. Cuantas personas había en el café formaron círculo en derredor de los dos hombres, y hasta los transeúntes formaron grupo numeroso frente a la puerta. Julián llevaba siempre en los bolsillos un par de pistolitas. Al escuchar el chaparrón de injurias, más espeso y desagradable que el que le obligara a entrar en el café, su mano oprimía convulsa la culata de una de ellas. Fue, sin embargo, prudente, pues no sólo no sacó el arma, sino que se limitó a repetir de segundo en segundo: -¿Su tarjeta? Me merece usted el desprecio más profundo. Tantas veces repitió las nueve palabras subrayadas, que terminó por interesar a las turbas. -¡Tiene razón!- exclamaron muchos-. Ese que hasta ahora habla solo, habrá de darle su tarjeta. Como el desconocido oyera repetir varias veces esta decisión, metió una mano en el bolsillo, sacó un puñado de tarjetas, y las arrojó a la cara a Julián. Afortunadamente para entrambos, ninguna llegó a tocarle, y decimos afortunadamente, porque Julián se había jurado descerrajar un tiro a su adversario si éste le tocaba de cualquier manera que fuese. Arrojadas las tarjetas, se fue el desconocido, no sin volver de tanto en tanto la cabeza y de agitar el puño. Julián se encontró bañado en sudor. -¿Pero es posible que el más miserable de los hombres tenga poder para conmover hasta este extremo?- se decía con rabia-. ¿Cómo y cuándo conseguiré matar esta sensibilidad mía tan humillante? Necesitaba un testigo; pero, ¿dónde encontrarle? No tenía ni un solo amigo. Había entablado muchas relaciones; pero todo el mundo, al cabo de seis semanas de trato, se alejaba de él. -Soy insociable, y ahora toco las consecuencias- pensó. Al fin se acordó de un teniente del 96 de línea, con quien se encontraba con frecuencia en la sala de armas, un pobre diablo llamado Liéven. Julián fue a visitarle y le habló con sinceridad. -No tengo inconveniente en ser su testigo- dijo Liéven-, pero con una condición: si usted no hiere a su adversario, se batirá conmigo, no bien termine su duelo. -De acuerdo- contestó Julián encantado. Inmediatamente fueron juntos a buscar a M. C. de Beauvoisis, nombre del injuriador de Julián, en el domicilio indicado en las tarjetas, es decir, en lo más aristocrático del Faubourg Saint-Germain. Eran las siete de la mañana. Hasta el momento de hacerse anunciar, no se acordó Julián de que su adversario podía ser muy bien el pariente de la señora de Rênal, que en otro tiempo estaba en la embajada de Roma o de Nápoles, y que había favorecido con una carta de recomendación al cantante Jerónimo. Julián había entregado al ayuda de cámara una de las tarjetas que le tiraron el día anterior a la cara, juntamente con otra suya. Después de una espera de más de tres cuartos de hora, fueron introducidos los visitantes en un saloncito puesto con elegancia maravillosa. Allí les esperaba un joven ataviado como una muñeca. Ofrecía su cara la perfección de líneas y la insignificancia de la belleza griega; su cabeza, extraordinariamente estrecha, era plantel de una cabellera del más hermoso tono rubio, y tan prodigiosamente rizada, que ni un solo cabello sobresalía de entre los demás. -¡Este maldito nos ha tenido esperando tres horas para hacerse rizar así!- pensó con furor el teniente del 96 de línea. Prodigio de corrección y de elegancia eran su bata de colores abigarrados, su pantalón de mañana, todo, en una palabra, hasta sus pantuflas ricamente bordadas. Su fisonomía, noble y abierta, anuncio parecía ser de ideas convenientes y raras: el ideal del diplomático a lo Metternich. Tampoco Napoleón quería ver en tomo suyo oficiales pensadores. Julián, a quien había explicado el teniente del 96 de línea que someterle a una espera tan considerable después de haberle arrojado groseramente las tarjetas al rostro, era una nueva ofensa, entró con brusquedad en el saloncito, resuelto a ser insolente, pero deseando al propio tiempo mantenerse dentro de los límites de las conveniencias. Tal asombro produjeron en Julián la suavidad de modales del señor Beauvoisis, su expresión correcta, la elegancia admirable de cuanto le rodeaba, que inmediatamente olvidó su intención de ser insolente. El hombre que le recibía no era el le insultara la víspera. Fue tan grande el estupor que le produjo encontrar a un hombre tan distinguido en vez del grosero personaje que buscaba, que no pudo encontrar en su memoria una sola palabra. Sin despegar los labios, presentó una de las tarjetas que le habían sido arrojadas. -Es mi tarjeta- dijo el joven diplomático, a quien inspiraba poca consideración la persona que, a las siete de la mañana, le visitaba vistiendo levita negra-. Es mi tarjeta... en efecto... pero no comprendo... El tono con que el diplomático pronunció las palabras anteriores excitó parte del furor de Julián. -Vengo porque necesito batirme con usted- contestó. Seguidamente hizo historia de todo el incidente que conocemos. Carlos de Beauvoisis, tras madura reflexiones, concluyó por reconocer la corrección de corte de la levita que vestía Julián. -Es de Staub... no me cabe duda- se decía mientras aquel explicaba su asunto-. El chaleco es de buen gusto... las botas no están mal... ¡pero al diablo se le ocurre ponerse levita negra en las primeras horas de la mañana!... Desde que tranquilizó su conciencia con esta explicación, trató a Julián con cortesía perfecta, casi como a igual. La conferencia duró mucho rato, pues se trataba de un asunto altamente delicado. Julián hubo de rendirse a la evidencia: el joven que tenía delante en nada se parecía al grosero personaje que le insultó la víspera. Sentía Julián pocas ganas de retirarse, más aún, repugnancia invencible, por cuyo motivo prolongaba todo lo posible la explicación. Despertaba su interés la suficiencia del caballero de Beauvoisis, admiraba su gravedad, mezclada de cierta fatuidad modesta, que no le abandonaba un instante, y llamaba de un modo especial su atención la manera de mover la lengua al pronunciar; pero, como es natural, ninguna de esas cosas era motivo para probarle. El joven diplomático se ofreció con gracia exquisita a batirse, pero el teniente del 96 de línea, que llevaba una hora sentado con las piernas separadas, las manos sobre los muslos y los codos vueltos hacia fuera, falló que su amigo el señor Sorel no podía batirse con un hombre porque éste se hubiese dejado robar las tarjetas. Salió Julián con muy mal humor. En el vestíbulo esperaba el coche del caballero de Beauvoisis. Al pasar Julián, alzo por casualidad los ojos y reconoció en el cochero al hombre que le insultó la víspera. Verle, lanzarse sobre él, derribarle del pescante y descargar sobre su cuerpo una lluvia de fustazos, fue todo obra de un solo instante. Dos lacayos quisieron defender a su camarada. Julián recibió algunos puñetazos, lo que le obligó a recurrir a sus pistolas. Los lacayos huyeron como alma que lleva el diablo. El incidente no tuvo más de un minuto de duración. Bajaba la escalera el caballero de Beauvoisis, repitiendo una y otra vez, con calma y pronunciación de gran señor: -¿Qué pasa? ¿Qué es eso? Que sentía viva curiosidad, era indudable, pero su importancia diplomática le vedaba demostrar interés. Cuando supo de qué se trataba, su rostro reflejó a la par altivez y sangre fría. El teniente del 96 de línea comprendió que el diplomático deseaba batirse, y quiso dar diplomáticamente a su amigo las ventajas de la iniciativa. -¡Ya tenemos motivo para el duelo!- exclamó. -Lo mismo estaba yo pensando- contestó el diplomático. -Queda despedido ese bergante- añadió dirigiéndose a sus lacayos-. Que ocupe otro el pescante. Abrieron la portezuela del coche. El caballero de Beauvoisis se obstinó en hacer los honores a Julián y a su testigo. Fueron a buscar a un amigo del diplomático, quien indicó un sitio tranquilo. Todo estaba en regla, todo iba bien. Sólo un pequeño detalle había que llamaba la atención de Julián, y era que el diplomático continuaba vistiendo su bata. -Estos señores, aunque muy nobles- pensaba Julián-, no son tan remilgados y fastidiosos como los personajes que asisten a los banquetes de los marqueses de la Mole... ¡Ah! ¡Ya sé por qué!- añadió al cabo de un rato-. Porque se permiten ser indecentes. Hablaban aquellos señores de las bailarinas que merecieron los favores del público en un baile dado la víspera, y aludieron en la conversación a ciertas anécdotas de color subido que Julián y su testigo ignoraban en absoluto. Julián no cometió la tontería de fingir que las conocía; al contrario, confesó ingenuamente su ignorancia. Su franqueza agradó al testigo de su adversario, quien le refirió las anécdotas en cuestión con todo lujo de detalles. El duelo terminó apenas comenzado. Julián recibió un balazo en el brazo. Le vendaron la herida con pañuelos, que humedecieron con aguardiente, y el caballero de Beauvoisis le rogó con finura exquisita que le permitiera conducirle hasta su casa, en el mismo coche que les había llevado. Cuando Julián indicó el palacio de los marqueses de la Mole, hubo un cambio expresivo de miradas entre el joven diplomático y su amigo. -¿No es más que esto un duelo?- pensaba Julián-. ¡Dios mío! ¡Cuánto me alegro de haber encontrado al cochero! La conversación agradable no se interrumpió durante el viaje de regreso. Julián hubo de reconocer que la afectación diplomática sirve para algo. -Parece- se decía- que no es el fastidio condimento inseparable de las conservaciones sostenidas por personas de elevada alcurnia. Viniendo aquí, refirieron los que me acompañan anécdotas muy escabrosas con detalles altamente pintorescos... ¡Me gustaría verlos con frecuencia! Apenas se separaron, el caballero de Beauvoisis se apresuró a buscar informes sobre su adversario. No fueron muy brillantes los que le dieron. La curiosidad le movía a conocer mejor a su hombre. ¿pero podía visitarle sin detrimento de las conveniencias? -¡Es horrible!- decía a su testigo-. ¿Puedo confesar que me he batido con un simple secretario del marqués de la Mole, y por añadidura, que la causa del duelo ha sido el robo de mis tarjetas por mi cochero? - Es posible que las consecuencias de semejante declaración fueran el ridículo. Aquella misma noche el caballero de Beauvoisis y su amigo dijeron a cuantos quisieron oírles que el señor Sorel, perfecto caballero, era hijo natural de un amigo íntimo del marqués de la Mole. Propagada esta noticia, el joven diplomático y su testigo se dignaron hacer algunas visitas a Julián durante los quince días que la herida recibida en el duelo le obligó a permanecer en sus habitaciones. Julián les confesó que en vida había estado en la Opera. -Es espantoso- le contestaron-. ¡Si todo el mundo va allí! ¡Nada, nada! Su primera salida ha de ser dedicada al Comte Ory. En la Opera, el caballero de Beauvoisis le presentó al famoso cantante Jerónimo, en el apogeo, a la sazón, de sus ruidosos triunfos. Julián casi hacía la corte al caballero de Beauvoisis: aquella mezcla de autorrespeto, de importancia misteriosa y de fatuidad del joven diplomático, le encantaba. Jamás había encontrado Julián reunidos en solo hombre el ridículo que divierte y el refinamiento de modales que todo pobre provinciano debe procurar imitar. En la Opera le vieron con frecuencia acompañando al caballero Beauvoisis, lo que fue causa de que su nombre comenzara a ser conocido. -¡Muy bien!- le dijo un día marqués de la Mole-. ¿Conque usted hijo natural de un rico caballero del Franco Condado, amigo íntimo mío? El marqués interrumpió a Julián quien deseaba hacer constar que nada había contribuido a propagar semejante rumor. -El señor de Beauvoisis no ha querido que se diga que se batió con el hijo de un aserrador. -Lo sé... lo sé muy bien- respondió el marqués-. Voy a ser yo quien dé consistencia a esa especie, que me conviene. Pero quiero pedir a usted un favor, que no le costará más que la pérdida de media hora de su tiempo. Todos los días de Opera, estaciónese, a las once y media, en el vestíbulo, para ver la salida de los grandes del mundo. Quedan en usted ciertos vestigios de provincianismo que deben desaparecer a toda costa. Por otra parte, nada se pierde conociendo, siquiera sea de vista, a los personajes cerca de los cuales es posible que algún día le confíe alguna misión. Preséntese al encargado de darle a conocer, pues el pase correspondiente le ha sido concedido ya.
VII Tuve un ascenso, pero lo debí,
no a mi mérito, sino a un ataque
de gota que sufrió mi señor. Quizá haya maravillado al lector el tono libre y casi de amigo con que el marqués se dirigió a nuestro protagonista, pero debe tener en cuenta que el señor de la Mole se veía obligado a guardar cama desde seis semanas antes a consecuencia de un ataque de gota. Matilde y su madre estaban en Hyères pasando una temporada con la madre de la marquesa; Norberto sólo breves instantes acompañaba a su padre, pues, aunque se llevaba muy bien, nada tenían que decirse, y, el marqués, reducido a la compañía de Julián, halló, no sin asombro, que éste tenía ideas. Su joven secretario le leía los periódicos, y muy en breve estuvo en condiciones de escoger los párrafos más interesantes. Se publicaba un periódico nuevo que detestaba el marqués; había jurado no leerlo nunca, pero todos los días hablaba de él. Julián reía. El marqués, irritado contra los tiempos presentes, se hizo leer a Tito Livio: le divertía en extremo la traducción improvisada del texto latino. Un día el marqués, con tono de finura excesiva que con frecuencia sacaba de sus casillas a Julián, dijo a éste: -Me permitirá usted, mi querido Sorel, que le regale una levita azul. Cuando usted quiera ponérsela y venir a mis habitaciones, será para mí el hermano menor del conde de Chaulnes, es decir, el hijo de mi buen amigo el duque. Sin comprender bien de qué se trataba, Julián hizo aquella misma noche una visita al marqués, luciendo la levita azul. El marqués le trató como a igual. Latía en el pecho de Julián un corazón que sabía sentir la verdadera finura, bien que ni idea tenía de los matices de la misma. Habría jurado, antes de aquel capricho del marqués, que era imposible ser recibido con mayores muestras de atención, pero se engañó. Cuando Julián se levantó, dando por terminada su visita, el marqués le pidió mil perdones porque no podía acompañarle hasta la puerta a causa de la gota. Germinó en la mente de Julián la duda de si el marqués se burlaba de él, y como la idea le molestaba, fue a pedir consejo al ex rector señor Pirard, quien, menos cumplido que el marques, le respondió silbando y hablándole de otra cosa. A la mañana siguiente, Julián se presentó al marqués vistiendo su levita negra de costumbre, y llevando su cartera con las cartas pendientes de firma: fue recibido a la antigua. Por la noche volvió a las habitaciones del marqués llevando su levita azul, y mereció ser tratado con la misma diferencia y consideraciones que la víspera. -Puesto que parece que no le fastidian demasiado las visitas que tiene usted la bondad de hacer a un pobre viejo enfermo- le dijo el marqués-, sepa usted que éste le agradecería muy de veras que le narrase, los pequeños incidentes de su vida, pero con libertad y franqueza absolutas, y sin pensar en otra cosa que en hacer una narración clara, interesante y amena. Sobre todo, amena y entretenida, porque en este mundo, es necedad no divertirse, ya que las diversiones son lo único real y positivo que nos ofrece la vida. No hay hombre que pueda salvarme a diario la vida, ni quien cada veinticuatro horas me regale un millón; pero si yo tuviese aquí, junto a mi diván, un Rivarol, cada día me quitaría una hora de sufrimientos y de fastidio. He conocido y tratado mucho a Rivarol en Hamburgo, durante la emigración. El marqués refirió a Julián una porción de anécdotas de Rivarol con los hamburgueses, que no acertaban a desentrañar el significado de un buen chiste de aquel, si no se reunían por lo menos cuatro personas. El marqués de la Mole, reducido a la compañía de aquel curita, quiso animarle y ponerle de buen humor. Para conseguirlo, procuró excitar el amor propio de Julián. Este, visto que le pedían la verdad franca y sincera, resolvió decirla, pero callando dos cosas: la admiración fanática que sentía hacia un hombre cuya memoria sacaba de sus casillas al marqués, y su incredulidad completa, que no se armonizaba muy bien con quien estaba llamado a ser cura. Narró la historia de su lance con el caballo de Beauvoisis, que hizo desternillar de risa al marqués, sobre todo cuando pintó de mano maestra la escena ocurrida en el café de calle Saint-Honoré con el coche que le hizo objeto de las injurias más soeces. Las relaciones entre el gran señor y el protegido había entrado en una fase de cordialidad perfecta. El carácter singular de Julián llegó a interesar vivamente al marqués. Éste, al principio, fomentaba las torpezas de su secretario a fin de que le sirvieran de diversión, pero, pasado algún tiempo, halló mayor placer en la corrección gradual de los puntos falsos de vista, que el joven tomaba como base de sus apreciaciones. -Los provincianos- pensaba el marqués-, cuando llegan a París lo admiran todo; éste, por el contrario, lo aborrece todo: pecan aquellos por exceso de afectación, y éste no tiene la que debería tener, de lo que resulta que los necios le toman por necio. Los fríos crudos del invierno prolongaron el ataque de gota, que tuvo al marqués postrado por espacio de varios meses. -Si uno cobra cariño a un perrito faldero- se decía el marqués-, ¿por qué he de avergonzarme yo de profesarlo a este curita? Es original...Le trato como a hijo... ¿dónde está la inconveniencia? Este cariño, suponiendo que dure, me costará un brillante de quinientos luises el día que otorgue testamento. Cuando el marqués se dio cuenta del carácter firme de su protegido comenzó a encargarle la resolución de no pocos asuntos: raro era el día que no le confiaba comisiones nuevas. Con espanto observó Julián que con frecuencia ocurría que su señor le daba órdenes contradictorias sobre un mismo asunto. Como semejante falta de fijeza podía comprometerle gravemente, Julián abrió un registro, donde consignaba por escrito las decisiones de su principal. En el registro copiaba también todas las cartas, lo que le obligó a tomar un escribiente. La innovación pareció al marqués ridícula y enojosa, pero, a los dos meses de implantada, comenzó aquel a experimentar sus ventajas. No contento Julián, propuso al marqués que tomara un contable, que salía de la casa de un banquero, el cual llevaría por partida doble la contabilidad del patrimonio, cuya administración corría a cargo de Julián, Estas medidas contribuyeron tan poderosamente a que el marqués conociera al detalle el estado de sus propios asuntos, que pudo permitirse el placer de emprender dos o tres especulaciones nuevas, sin recurrir a la mediación del testaferro, que le robaba escandalosamente. -Tome usted tres mil francos para usted- dijo un día el marqués a su ministro de Hacienda. -Aceptarlos, señor, pudiera ser motivo de que calumniasen mi conducta-contestó Julián. -Entonces, ¿qué quiere usted?-. Preguntó de mal talante el marqués. -Que tenga usted la bondad de escribir su decisión en el registro pero de su puño y letra; el asiento: estampado por usted, me dará la suma de tres mil francos. Debo decir, por añadidura, que la idea de llevar la contabilidad en la forma que indiqué, no es mía, sino del señor cura Pirard. El marqués escribió en el libro su resolución, poniendo una cara parecida a la que solía poner el marqués de Moncada mientras le rendía cuentas su administrador general, el señor Poisson. Por las noches, cuando Julián visitaba al marqués luciendo la levita azul, ni indirectamente se hablaba jamás de negocios. Tanto halagaban el quebradizo amor propio de nuestro héroe las bondades del marqués, que al fin cobró cierto cariño al amable viejo. Y no queremos decir con esto que en el corazón de nuestro protagonista se hubiese operado un cambio, es decir, que se hubiera hecho asequible a la sensibilidad, tal como la entienden en París; no había tal; pero fuerza es convenir en que no era un monstruo, y monstruo habría necesitado ser para que no hicieran mella en él las bondades del primer hombre que le trataba con amabilidad desde que murió el médico mayor. No tardó Julián en observar que el marqués sabía tratar su amor propio con más tino que lo tratara el difunto médico, como comprendió también que este último estaba más orgulloso de su cruz que el marqués de su cordón azul. Se comprende: el padre del marqués fue un gran señor. Un día, al final de una conferencia matinal, celebrada con levita negra, Julián supo distraer al marqués durante dos horas, y el marqués se empeñó en regalarle algunos billetes de Banco que su testaferro acababa de traerle, procedentes de una jugada de Bolsa. -Quiero creer, señor marqués, que no verá usted una falta de respeto en la súplica, que desde luego le dirijo, de que me permita decirle dos palabras. -Diga usted lo que guste, amigo mío. -Ruego al señor marqués que no se moleste si no acepto su donativo. No lo merece el hombre de la levita negra, y, por otra parte, cercenaría las libertades que usted tiene la bondad de tolerar al hombre de la levita azul. Julián saludó con respeto profundo, y salió de la estancia sin volver atrás la cabeza. Aquel rasgo agradó al marqués, quien lo refirió al cura Pirard. -Debo confesar a usted una cosa, mi querido cura- dijo el marques-. Conozco el secreto del nacimiento de Julián, y desde luego autorizo a usted para que no guarde el secreto de la confidencia que le hago... Le ennoblezco...- pensó el marqués para sus adentros-. ¿Por qué no? Noble y muy noble fue su proceder de esta manera. El marqués se restableció al fin. -Va usted a pasar dos meses en Londres- dijo a Julián- Los correos ordinarios y extraordinarios llevarán a usted las cartas que yo reciba, con las notas marginales correspondientes, para que usted las conteste. Las contestaciones me las remitirá usted unidas a las cartas que las motiven. Calculo que el retraso no pasará de cinco días. Mientras en silla de posta se dirigía Julián a Calais, no volvía de su asombro pensando en la nimiedad de los asuntos que motivaban su viaje. No describiremos la animadversión, el odio, el horror que le inspiró el suelo inglés, que de sobra se lo imaginarán los lectores, si no olvidan la pasión loca que tenía por Bonaparte. En cada oficial del ejército veía un sir Hudson Lowe, en cada gran señor un lord Bathurst, ordenando las crueldades de Santa Elena, y recibiendo como recompensa una cartera ministerial de diez años de duración. En Londres conoció Julián la alta fatuidad, secreto en que le iniciaron los jóvenes aristócratas rusos con quienes se relacionó. -Es usted un hombre predestinado, mi querido Sorel- le decían con frecuencia-. La Naturaleza ha dado a usted esa expresión fría, que dista mil leguas de la sensación presente, y que nosotros pretendemos adquirir a fuerza de astucia y de constancia. El príncipe Korasoff le decía en una ocasión: -No se ha compenetrado usted con el siglo en que vive. Haced siempre lo contrario de lo que se espera de vosotros, es el gran axioma, la religión única de esta época. Procure no ser ni loco ni afectado, porque en este caso, esperarían de usted locuras y afectaciones, y el precepto quedaría incumplido. Julián se cubrió de gloria en los salones del duque de Fitz-Folke, que le invitó a comer un día. También se sentó a la mesa del príncipe Korasoff. Aún recuerdan hoy los secretarios de embajada en Londres la manera impecable con que se condujo Julián, llenando de admiración a cuantas personas asistieron al banquete. Contra la opinión de sus amigos, todos aristócratas, quiso visitar al célebre Felipe Vane, el primer filósofo de que puede envanecerse Inglaterra después de Loke. Le encontró terminando el año séptimo de presidio, no obstante lo cual, estaba alegre como unas pascuas. La rabia y las persecuciones de los tiranos le movían de risa. -Es el primer hombre alegre que he visto en Inglaterra- dijo Julián al salir de la prisión. Vuelto a Francia, preguntóle el marqués: -¿Qué idea divertida me trae usted de Inglaterra? Julián no despegó los labios. -¿Qué idea, divertida o fúnebre, me trae usted de Inglaterra?- interrogó con viveza el marqués. -Primo- contestó Julián-: el inglés de juicio más firme se pasa loco una hora al día; recibe la visita del demonio del suicidio, que es el dios del país. Secundo: el talento y el genio pierden un veinticinco por ciento de su valor en cuanto desembarcan en Inglaterra. Tertio: no hay en el mundo nada tan hermoso, tan admirable, tan conmovedor, como los paisajes ingleses. -Ahora hablaré yo- dijo el marqués-: Primo: ¿por qué dijo usted en el baile celebrado en la Embajada de Rusia, que hay en Francia trescientos mil mozos de veinticinco años que desean ardientemente la guerra? ¿Cree usted que semejante especie puede ser agradable a los reyes? -No sabe uno cómo salir del paso cuando habla con nuestros grandes diplomáticos- contestó Julián-. Tienen la manía de entablar discusiones serias, vengan o no a pelo. El que se circunscribe a las vulgaridades de los periódicos, sienta plaza de tonto, y si alguien se permite decir algo nuevo y verdadero, quedan estupefactos, no saben qué responder, y a la mañana siguiente, el que habló recibe la visita de un secretario de la Embajada, quien le asegura que estuvo altamente inconveniente. -¡Que me place la explicación!- exclamó el marqués, riendo- Hablemos ahora de otra cosa: apuesto, señor profundo, que no ha adivinado usted el motivo verdadero de su viaje a Inglaterra. -Está en un error el señor marqués. Fui a Inglaterra para sentarme una vez a la semana a la mesa del embajador del rey, que es el más fino de los hombres, dicho sea de paso. -No; fue usted a Inglaterra a buscar esta cruz, que tengo el placer de poner en sus manos. No quiero obligar a usted a quitarse la levita negra, ni poner fin a las entretenidas conversaciones del que viste la levita azul. Mi voluntad, hasta nueva orden, es la siguiente: Cuando yo le vea luciendo esta cruz, será usted para mí el hijo menor de mi buen amigo el duque de Chaulnes, el cual, desde hace seis meses, se dedica a la diplomacia. Tenga usted presente- añadió el marqués con mucha seriedad- que no quiero torcer el curso de sus inclinaciones: el día que le fastidien mis asuntos, o no me convengan sus servicios, pediré para usted un buen curato, como lo he pedido y conseguido para el señor Pirard, y asunto concluido- terminó el marqués con sequedad. La cruz disminuyó sensiblemente la susceptibilidad de Julián. En lo sucesivo, habló más y no creyó ver ofensas en las frases susceptibles de explicaciones poco favorables que, en el ardor de una discusión, pueden escapar de los labios del hombre más dueño de su palabra. También le valió la cruz una visita singular: la del flamante barón de Valenod, quien llegó a París para dar gracias al ministro por el título concedido y para entenderse con él. Iba a ser nombrado alcalde de Verrières en substitución del señor Rênal. Julián rió interiormente cuando Valenod le aseguró que acababa de saberse que el señor Rênal era jacobino. La verdad del caso era la siguiente: en la reelección que en breve iba a tener lugar, el flamante barón era el candidato ministerial, al paso que la candidatura del señor Rênal la defendían los liberales. En vano intentó Julián inquirir noticias sobre la señora de Rênal; el barón, que no había olvidado su antigua rivalidad, se mostró impenetrable. Hacia el final de la conferencia, pidió a Julián el voto de su padre para las elecciones próximas. Julián prometió escribirle. -Debería usted, señor caballero, presentarme al señor marqués de la Mole- dijo Valenod. -Debería, sí...- pensó Julián-; pero, ¿cómo presento a un bergante como...? Si he de ser franco- respondió en voz alta-, soy muy poca cosa en el palacio del señor marqués para atreverme a hacer presentaciones. Como Julián no tenía secretos para el marqués, aquella misma noche le habló de la pretensión de Valenod, y, de paso, le hizo historia detallada de sus hechos y aventuras desde el año 1814. -No sólo va usted a presentarme mañana al nuevo barón- contestó el marqués con gran seriedad-, sino que también le invito a comer pasado mañana. Será uno de nuestros nuevos prefectos. -Si a él se le hace prefecto- dijo Julián con frialdad-, pido para mi padre el cargo de director del Asilo de Mendicidad. -¡Magnífico!- exclamó el marqués, riendo-. ¡Concedido! ¡Viva la moralidad, amigo mío! Veo que se va usted formando. Valenod dijo a Julián que acababa de morir el encargado de la administración de loterías de Verrières; Julián quiso conceder el puesto vacante a aquel Cholin, cuya instancia encontrara tiempo atrás en las habitaciones ocupadas por el marqués en la casa de los señores Rênal. Era de ver la risa del marqués cuando Julián le recitó la instancia en cuestión, al hacerle firmar la carta de petición del cargo para el ministro de Hacienda. Apenas firmada la credencial en favor de Cholin, supo Julián que el cargo había sido pedido por la Diputación Provincial para el célebre geómetra Gross, hombre generoso que, no teniendo más que mil cuatrocientos francos de renta, halló manera de prestar anualmente seiscientos francos al lotero que acababa de morir, para ayudarle a educar a sus hijos. -Esto no tiene importancia- se decía Julián, pensando en lo que había hecho-. Mayores injusticias habré de cometer, si quiero llegar, injusticias que necesito aprender a engalanar con el bello ropaje de frases altamente sentimentales... ¡Pobre señor Gross!... Merecía él la cruz y la tengo yo... ¡Deber mío es defender la política del Gobierno que me la ha otorgado!...
VIII Tu agua no apaga mi sed- dijo el genio alterado-. Sin
embargo, en el Diar-Bekir no la hay tan
fresca. Un día, a su vuelta de las encantadoras tierras de Villequier, patrimonio situado sobre las márgenes del Sena, que merecía la predilección especial del marqués de la Mole porque, entre la infinidad de los que poseía, era el único que fue propiedad del célebre Bonifacio de la Mole, encontró en el palacio a la marquesa y a su hija, que acababan de regresar de Hyères. Julián se había hecho un dandy correcto y poseía el arte de saber vivir en París. Saludó a la señorita de la Mole con frialdad perfecta, como si no guardase el menor recuerdo de aquellos tiempos en que con tanta alegría le rogaba ella que le explicase minuciosamente su sistema de caer del caballo. Encontróle la señorita de la Mole más alto y más pálido; de sus movimientos, de sus ademanes, había desaparecido el sello de provinciano. En cuanto a su conversación, era perfectamente parisiense. Lo único que conservaba todavía era su predisposición a la seriedad y a lo positivo y la tendencia a conceder importancia a muchas cosas que para la generalidad de las gentes no la tenían. -Le falta flexibilidad, pero no talento- dijo la señorita de la Mole a su padre, bromeando sobre la cruz que por su influencia había sido concedida a Julián-. Por cierto que mi hermano la venía pidiendo desde hace dieciocho meses... ¡y es un la Mole! -Cierto; pero Julián tiene lo que no ha tenido nunca el la Mole de quien me hablas: lo que pudiera llamar imprevisto. Anunciaron al duque de Retz. Sintió Matilde irresistibles ganas de bostezas en cuanto recordó las costumbres antiguas del salón paterno, en cuanto se trazó una imagen perfectamente tediosa de la vida que iba a llevar en París. Lo notable es que, mientras estuvo en Hyères, suspiró incesantemente por París. -¡Qué vida me espera!- pensaba-. ¡Y estoy en los diecinueve años!... ¡La edad de las ilusiones... la edad de la dicha, según los tontos! Contempló los ocho o diez tomos de poesías nuevas, adquiridos en su viaje a Provenza, y que estaban sobre la consola del salón. ¿Por qué se atosigaba la brillante joven? Sencillamente porque, dotada de más talento que los señores de Croisenois, de Caylus, de Luz, y demás amigos que formaban su círculo, se figuraba de antemano cuanto aquellos le dirían sobre el hermoso ciclo de Provenza, sobre la poesía, el Mediodía, etc., etc. Aquellos ojos divinos, que reflejaban tedio, más que tedio, desesperación, se posaron sobre Julián. -Señor Sorel- dijo con voz viva, breve, que nada tiene de femenino, y que suelen emplear las jóvenes de las clases elevadas-, ¿viene usted esta noche al baile de los señores de Retz? -No he tenido el honor, señorita, de ser presentado al señor duque- contestó Julián. -He encargado a mi hermano, que lleve a usted a su palacio, y si usted viniera, podría darme detalles sobre nuestras tierras de Villequier. Pensamos visitarlas en la primavera próxima, y quisiera saber si el castillo es habitable, y si los alrededores son tan hermosos como dicen... ¡Abundan tanto las reputaciones usurpadas!... Julián no contestó. -¡Vaya usted al baile con mi hermano!- añadió la joven con entonación adusta. Julián saludó con respeto. -Hasta en el baile soy propiedad de todos los individuos de la familia- se dijo-. ¡Claro!... ¿No me pagan? ¡Sabe Dios si lo que tendré que decir a la hija no contrariará los proyectos del padre, de la madre o del hermano! ¡Si parece esto una corte de príncipe soberano!... Convendría ser una nulidad perfecta, pero sin conceder a nadie el derecho de quejarse... ¡Dios de Dios, y qué antipática me resulta la niña!- añadió mentalmente, mientras Matilde se iba, llamada por su madre-. Exagera todas las modas... ¡Si parece que va a perder el vestido!... Está mas pálida que antes del viaje... ¿Y qué diré de sus cabellos, sin color a fuerza de ser rubios? ¡Me crispa los nervios su altanería, su manera insolente de saludar, sus miradas, sus ademanes de reina!... Vino a interrumpir el monólogo de Julián el conde Norberto, a quien momentos antes había llamado su hermana. -Mi querido Sorel- le dijo-, ¿dónde quiere usted que le vaya a buscar a las doce de la noche para llevarle al baile de los duques de Retz? Me han encargado expresamente que no deje de presentarle. -Sé muy bien a quién soy deudor de tantas bondades- contestó Julián, haciendo una reverencia profunda. Aquella noche, en el baile, quedó Julián asombrado ante la magnificencia regia del palacio de los duques de Retz. Cubría el vestíbulo un pabellón inmenso de seda carmesí sembrada de estrellas de oro, debajo del cual se admiraba un verdadero bosque de naranjos y de rosales de té en plena florescencia. El efecto era soberbio. Como había tenido la precaución y el buen gusto de enterrar las gigantescas macetas que contenían los naranjos y los rosales, parecía que unos y otros brotaban del suelo. El camino que debían recorrer los coches estaba cubierto de arena. Jamás vio nada tan hermoso nuestro provinciano, jamás se formó idea de tanta magnificencia. La emoción que despertó en su pecho un cuadro de belleza tan suprema, aventó su mal humor a mil leguas de distancia. En el coche, mientras se dirigían al baile, Norberto estaba radiante de alegría y Julián de humor negro: no bien llegaron al baile, se trocaron los papeles. Norberto sólo se fijaba en ciertos detalles que, en medio de tanta magnificencia, habían quedado algún tanto descuidados; mentalmente calculaba el coste de todo, y cuando la tasación alcanzó una cifra elevada, mordió la envidia en su pecho y surgió su mal humor. Julián llegó encantado, tímido, efecto de la emoción, al primero de los salones donde se bailaba. Apiñadas a la puerta del segundo había tantas personas, que era de todo punto imposible penetrar en él. La decoración del segundo salón representaba la Alhambra de Granada. -Es la reina del baile, no hay duda- decía un joven, cuyo hombro parecía querer taladrar el pecho de Julián. -La señorita de Fourmont, que hasta aquí fue la más bonita- contestaba otro joven-, comprende que desciende, que pasa a ocupar el segundo lugar. Fíjate en su expresión. -En realidad, despliega todas sus gracias para agradar... ¡Mira su sonrisa divina ahora que ha quedado sola en la figura de la contradanza!... ¡Los ángeles la envidiarían, palabra de honor! -La señorita de la Mole ha sabido adueñarse del placer que su triunfo, del que, como es natural, se da cuenta perfecta, le produce. No parece sino que teme agradar a quien le habla. -¡Magnífico! Es el refinamiento del arte de la seducción. En vano se esforzaba Julián por ver a aquella mujer seductora; siete u ocho caballeros, de mayor estatura que la suya, se lo impedían. -Su noble compostura es coquetería. -Y coquetería es también bajar lentamente sus grandes ojos azules cuando parece que van a venderla... ¡No he visto en mi vida habilidad tan diabólica! -La verdad es que, a su lado, la señorita de Fourmont es una belleza del montón- terció otro joven. -Su compostura y expresión de reserva, quieren decir, traducidas al lenguaje vulgar: ¡Qué de tesoros de amabilidad desplegaría yo si usted fuera un hombre digno de mí! -¿Y quién puede ser digno de la sublime Matilde?- preguntó el que había hablado primero-. Algún príncipe soberano, guapo, espiritual, un héroe en la guerra, y de veinte años de edad como máximum. -El hijo natural del emperador de Rusia, a quien, el día de la boda, harían soberano... o sencillamente el conde de Thaler, con su facha de rústico vestido de... Despejóse la puerta del salón en aquel momento y entró Julián. -Puesto que tan encantadora la encuentran esos muñecos- pensó Julián-, merece la pena de que yo la estudie. Yo encontraré lo que para ellos es perfección sublime. Buscábala Julián con los ojos, cuando observó que Matilde le miraba. -El deber me llama- pensó nuestro héroe. La curiosidad era parte a que avanzase con un sentimiento de placer que el descote, demasiado bajo, de Matilde, acrecentó muy pronto, con grave quebranto, dicho sea de paso de su amor propio. Entre aquella y Julián se habían interpuesto cinco o seis jóvenes, entre los cuales reconoció el segundo a los que momentos antes hablaban en la puerta. -¿Verdad que no ha habido en la temporada baile tan encantador como éste?- le preguntó Matilde-. Usted, que ha pasado en París todo el invierno, puede contestarme con conocimiento de causa. Julián no contestó. -Esa cuadrilla de Coulon me parece admirable, y las damas la bailan a la perfección. Los jóvenes se volvieron para ver al feliz mortal de quien la reina de la fiesta quería obtener una respuesta. -A mal juez recurre usted, señorita- contestó Julián-. Me paso la vida escribiendo, no frecuento la sociedad, y es éste el primer baile que he visto. Los jóvenes quedaron escandalizados. -Es usted un hombre sabio, señor Sorel- repuso Matilde con interés más acentuado-. Asiste usted a los bailes y a las fiestas como un filósofo, como J. J. Rousseau. Estas locuras le asombran, pero sin seducirle. Una sola palabra acaba de apagar la imaginación de Julián y de expulsar de su corazón toda clase de ilusiones. Su boca se plegó con expresión de desdén un poco exagerado quizá. -J. J. Rousseau- replicó- se acreditó a mis ojos de necio cuando pretendió juzgar a la sociedad elegante, que ni comprendía ni podía comprender, sencillamente porque latía en su pecho un corazón de lacayo encumbrado. -Ha escrito el Contrato Social- objetó Matilde con tono de veneración. -Predicando la república y la destrucción de la sociedad. A la par que clamaba contra la monarquía y los nobles, se emborrachaba de alegría cuando un duque tenía la dignación de detenerse en su paseo para saludar a cualquiera de sus amigos. -¡Ah, sí! El duque de Luxemburgo acompañó a Montmorency a un tal Coindet- exclamó Matilde, con la alegría de quien tiene ocasión de soltar la primera pedantería. Estaba tan orgullosa de su ciencia como el académico que descubrió la existencia del rey Feretrio. La mirada de Julián se hizo más severa y penetrante. Matilde acababa de dar pruebas de una ráfaga de entusiasmo, ráfaga que mató en el acto la frialdad de su interlocutor. En aquel momento, el marqués de Croisenois avanzaba presuroso en dirección a Matilde. En un abrir y cerrar de ojos consiguió colocarse a tres pasos de aquella, donde hubo de hacer alto forzosamente. Desde allí la miraba sonriente a través de los hombres de los que formaban el insuperable obstáculo. Al lado del de Croisenois estaba la marquesita de Roubray, prima de Matilde, dando el brazo al que era su marido desde quince días antes. El marqués de Roubray, muy joven también, sentía todo el amor de que es capaz el hombre que, habiendo contraído un matrimonio de conveniencia, arreglado por los notarios, se encuentra dueño de una belleza perfecta. A la muerte de un tío suyo, de edad muy avanzada, debía ser duque. Mientras el marqués de Croisenois, no pudiendo taladrar el obstáculo, había de contentarse con mirar sonriente a Matilde, ésta ponía sus hermosos ojos azules en él y en los que se hallaban a su lado. -¿Puede darse nada tan prosaico como ese grupo?- pensaba Matilde-. Ahí está Croisenois, que pretende hacerme su esposa. Es fino, distinguido, de modales tan elegantes como el marqués de Roubray. Si no fuesen tan fastidiosos, esos caballeritos serían el colmo de la amabilidad. También Croisenois me seguiría al baile con expresión de contento. Un año después de casada, seguiría teniendo coches, caballos, vestidos, joyas, un castillo a veinte leguas de París... todo cuanto despierte la codicia de una advenediza... como la condesa de Roiville, por ejemplo... ¿Y luego? Matilde estaba aburrida. Consiguió llegar hasta ella el marqués de Croisenois, le dio conversación, pero ella no le escuchó: soñaba despierta. El rumor de las palabras de aquel se confundía en los oídos de la bella con el del baile. Sus ojos seguían maquinalmente a Julián, que se había alejado con expresión de profundo respeto, pero altivo y descontento. En un rincón, aislado de las turbas bullidoras, vio al conde de Altamira, a quien conocemos ya, condenado a muerte en su patria. Durante el reinado de Luis XIV, una de sus parientes había casado con un príncipe de Conti, siendo esta circunstancia la que le protegía algún tanto contra las iras de sus enemigos. -Todos los hombres son iguales... y no veo que pueda distinguirlos otra cosa que una sentencia de muerte- pensaba Matilde-. Es lo único que no se compra... ¡He aquí una frase feliz! ¡Lástima que no se me haya ocurrido en sazón oportuna, cuando hubiese podido valerme un aplauso! Tenía Matilde un gusto demasiado exquisito para llevar a sus conversaciones frases preparadas de antemano, pero como no era inaccesible la vanidad, se alegraba y felicitaba a sí misma cuando se le ocurrían. La que dejamos copiada ahuyentó de su rostro la expresión de aburrimiento. Sonrió, y el marqués, que atribuyó el cambio a sus palabras, redobló su facundia. -¿Qué puede objetar a mi frase el más descontentadizo?- seguía pensando Matilde-. Yo replicaría al crítico: Se compra un título de barón, de vizconde; se conceden cruces y condecoraciones... Una acaban de conceder a mi hermano... ¿por qué? ¿Que ha hecho? Se obtienen los grados y empleos... diez años de vida de guarnición, o un ministro de la Guerra pariente, son méritos más que bastantes para dar a un militar el mando de un escuadrón, como lo han dado a Norberto. Lo más difícil de conseguir, y de consiguiente, lo más meritorio, es hacer una gran fortuna... ¡Graciosísimo!... ¡Precisamente lo contrario de lo que los libros dicen! Pues bien; también se compra una fortuna...con casarse con la hija de Rotschild... ¡Lo dicho! Mi frase es tan feliz como profunda. Quedamos en que una sentencia de muerte es lo único que nadie tiene empeño en solicitar... ¿Conoce usted al conde Altamira?- preguntó al marqués de Croisenois. Tan poca relación guardaba la pregunta con lo que el pobre marqués venía diciendo a la hermosa desde cinco minutos antes, que aquel quedó desconcertado. -Matilde tiene sus extravagancias- pensó-, lo que no deja de ser grave inconveniente... inconveniente decisivo, si su persona no diese a su marido una posición social envidiable. Yo no sé cómo se las compone el marqués de la Mole, pero es lo cierto que mantiene relaciones de amistad con las figuras más salientes de todos los partidos, y, como es natural, no corre peligro de naufragar. Además, las extravagancias de Matilde muy bien pueden pasar por destellos de su genio... El genio, cuando va unido a una estirpe preclara y a una fortuna grande, nunca es ridículo. Como el marqués daba vueltas en su imaginación a las ideas anteriormente expresadas, y es sabido que nadie puede hacer dos cosas a la vez, contestó a Matilde como quien recita una lección: -¿Quién no conoce al pobre Altamira? A continuación trazó la historia de la conspiración que le valió una sentencia de muerte, conspiración absurda, ridícula, abortada. -¡Muy absurda!- dijo Matilde, como hablando consigo misma-. ¡Absurda, pero hizo algo! Quiero ver a un hombre... tráigamelo usted. El marqués quedó estupefacto. Era el conde de Altamira uno de los admiradores más declarados de la expresión altanera y casi impertinente de la señorita de la Mole. No se cansaba de repetir que, para él, Matilde era la señorita más hermosa de París, la única que merecía ocupar un trono. Dicho se está que accedió sin la menor dificultad a los deseos de Matilde. No faltan personas que pretenden que nada hay tan ridículo como fraguar una conspiración en pleno siglo XIX, fundándose en que conspirar tiene sabor jacobino; ¿pero cabe mayor ridículo que combatir sin éxito a un jacobino? Matilde cruzaba con el marqués de Croisenois miradas burlonas, pero escuchaba con gusto a Altamira. Pensaba que un conspirador en un baile ofrece un contraste precioso. En el que le dirigía la palabra creía ver al león cuando descansa, pero no tardó en observar que en el espíritu de aquel hombre no había que más una idea: la utilidad; la admiración a la utilidad. Si se exceptúa su deseo de dar a su patria el gobierno de las dos Cámaras, nada encontraba el joven conde digno de llamar su atención. Separóse de Matilde, la mujer más hermosa del baile, porque vio entrar en los salones a un general peruano. Perdidas las esperanzas en Europa, tal como la había dejado Metternich, el pobre Altamira llegó a creer que, cuando los Estados de la América Meridional fuesen poderosos y fuertes, acaso devolverían a Europa la libertad que les proporcionara Mirabeau. Rodeó en aquel punto a Matilde una oleada de jóvenes. La hermosa, viendo que no había conseguido seducir a Altamira, parecía contrariada, y miraba a los jóvenes con aquella seriedad profunda, que le era característica, y que ninguna de sus rivales podía imitar. Pensaba, mientras paseaba sus miradas sobre la brillante juventud que la rodeaba, que probablemente en el baile no había otro Altamira dispuesto a afrontar una sentencia de muerte, ni aun contando a su favor con todas las probabilidades de éxito. Su mirada hacía las delicias de los que se distinguían por su falta de talento, pero alarmaba a los otros, que temían que fuese anuncio de alguna frase ingeniosa de contestación difícil. -La nobleza da a quien la posee mil cualidades tan estimables, que no comprendo que se pueda alternar con quien de ellas carece- seguía pensando Matilde-. Sin embargo, todas esas cualidades palidecen ante las que atesora el alma de quien sabe hacerse condenar a muerte. Alguien dijo en aquel punto: -El conde de Altamira es el hijo segundo del príncipe de San Nazaro Pimentel y un Pimentel fue quien intentó salvar a Conradino, decapitado en 1268. Su familia es de las más nobles de Nápoles. -¡Una prueba concluyente de mi máxima!- pensó Matilde sonriendo con ironía-. La nobleza arrebata a quien la posee la fuerza del carácter sin la cual es imposible hacerse condenar a muerte. Luego Altamira, perteneciente a una de las familias más nobles, carece de fuerza de carácter... ¡Esta noche no hago más que disparatar! ¡Puesto que soy una mujer como todas las demás, a bailar! Cedió entonces a las instancias del marqués de Croisenois, que desde una hora antes la invitaba a bailar una galopa, y como quería olvidar sus preocupaciones filosóficas, estuvo seductora con el marqués. Ni el baile ni el deseo de agradar a uno de los jóvenes más guapos de la aristocracia fueron bastante para distraer a Matilde. Puede decirse que sus triunfos habían terminado, porque aun siendo la reina del baile, y viéndolo ella, no mostraba alegría, sino frialdad, indiferencia. -Con Croisenois me espera una vida obscura, vida de hastío- se decía una hora más tarde-. ¿Por ventura puedo distraerme yo, que después de una ausencia de seis meses, asisto a un baile, donde soy la admiración de los hombres y la envidia de las mujeres, y sin embargo, no me distraigo? Y cuenta que me rinden sus homenajes hombres y mujeres de las más elevadas clases sociales!... Excepción hecha de dos o tres Pares y de un par de Julianes a lo sumo, todo el mundo pertenece a la más antigua aristocracia de la sangre... ¡Poco puedo agradecer a la suerte!...- Murmuraba con tristeza siempre creciente-. ¡Me ha dado ilustración, fortuna, juventud, hermosura... todo, excepto la dicha! Mis prendas más dudosas son, por añadidura, las mismas de que me vienen hablando toda la noche: mi talento. Debo tenerlo, sin embargo, pues observo que les doy miedo a todos. Si alguien se atreve a abordar un tema serio, al cabo de cinco minutos de disquisiciones, llegan todos, faltos de alientos, con la lengua fuera, como suele decirse, y como quien acaba de hacer un descubrimiento prodigioso, a lo mismo que yo les estoy repitiendo desde un ahora antes. Soy hermosa, poseo, esta ventaja a la cual lo hubiese sacrificado todo la célebre señora de Staël, y, sin embargo, me mata, me consume el aburrimiento. ¿Me aburriré menos cuando deje de llamarme Matilde de la Mole y tome el título de marquesa de Croisenois? ¡Dios mío!- añadió, con ganas casi de llorar-. ¿Por ventura no es un hombre perfecto? ¿No es la obra maestra de la educación de nuestro siglo? Imposible mirarle sin admirar en él algo digno de ser amado... Es espiritual... es bravo... ¡Pero ese Sorel es singular!- exclamó de pronto-. ¡Le he dicho que quería hablarle y no se digna parecer por mi lado!
IX El lujo de las
toilettes, el brillo de las luces, los perfumes:
tantos brazos desnudos, tantas espaldas
divinas; flores, armonías de Rossini
que extasían el oído, cuadros de Ciceri que
encantan la vista... ¡Estoy fuera de
mí!
-Estás contrariada, de mal humor- dijo la marquesa de la Mole a su hija-. Te lo advierto porque no se armonizan bien el mal humor y la permanencia en un baile. -Me duele un poco la cabeza- contestó Matilde-. ¡Hace aquí tanto calor...! Como para justificar a la señorita de la Mole, en aquel momento se encontró indispuesto el barón de Tolly. Cayó desplomado y hubo necesidad de retirarle del salón. Corrió la voz de que había sufrido un ataque de apoplejía, incidente desagradable que no mereció la atención de Matilde, que se había impuesto la obligación de no mirar nunca a los viejos ni escuchar historias tristes. Bailó, para no tener que escuchar los comentarios sobre el ataque de apoplejía, que resultó no serlo, pues al día siguiente se encontraba el barón completamente restablecido. Mientras bailaba, y después de terminada la danza, continuaba buscando con los ojos a Julián, a quien al fin vio en otro salón. ¡Fenómeno extraño! Había perdido la frialdad, la expresión impasible que le era natural: no conservaba ni vestigios de su aire inglés. -Habla con el conde de Altamira, mi condenado a muerte- murmuró Matilde-. Brilla en sus ojos un fuego sombrío... parece un príncipe disfrazado. Julián se acercaba al sitio donde estaba Matilde, sin dejar de hablar con Altamira; la señorita de la Mole miraba con fijeza a éste, como buscando en las líneas de su rostro las altas cualidades que pueden valer a un hombre el honor de ser condenado a muerte. Cuando los interlocutores pasaron por el lado de Matilde, decía Julián al conde: -Sí; Dantón fue un hombre. -¡Cielos!- murmuró Matilde-. ¿Será un Dantón...? ¡No es posible!... ¡Con ese rostro que respira nobleza...! Dantón fue horriblemente feo... un carnicero, si no estoy equivocada. Como Julián estaba cerca de ella, no tuvo inconveniente en llamarle. Su conciencia y su orgullo la movían a hacer una pregunta extraordinaria en boca de una joven. -¿No fue carnicero Dantón?- preguntó. -A los ojos de ciertas personas, carnicero fue- contestó Julián con mal velada expresión de desdén-; pero para las personas bien nacidas, fue un abogado en Méry-sur-Seine; es decir, señorita- añadió con sarcasmo-, sus comienzos fueron los de muchos altos personajes que veo aquí. Confieso, sin embargo, que Dantón tenía una desventaja enorme a los ojos de la belleza: era espantosamente feo. Pronunció las últimas palabras con mucha rapidez y poca amabilidad. Esperó Julián un instante, con la parte superior del cuerpo ligeramente inclinada y actitud de humildad altiva. Su lenguaje, no por mudo menos elocuente, parecía decir: «Me pagan para que conteste a usted y vivo de lo que me pagan.» No se dignó alzar los ojos hasta Matilde. Ésta, abiertos extraordinariamente los ojos que tenía clavados en él, parecía su esclava. Al cabo de largo rato de silencio, Julián la miró como mira un criado a su señor cuando va a recibir órdenes. Aunque sus ojos tropezaron con los de Matilde, que continuaban mirándole con expresión extraña, se alejó con apresuramiento. -¡Parece mentira que haga un panegírico de la fealdad quien es tan extraordinariamente guapo!- exclamó Matilde saliendo de su estupor. Es un hombre singular, que en nada se parece a Caylus ni a Croisenois. Le encuentro cierto parecido con mi padre cuando éste se presentó en un baile de disfraces representando a Napoleón... ¡Está visto que hoy me he de aburrir hasta en el baile! Ya no se acordaba de Dantón. Tomó el brazo de su hermano y le obligó a dar un par de vueltas por el salón. ¿Por qué? Porque acababa de ocurrírsele el capricho de seguir la conversación que el condenado a muerte sostenía con Julián. La concurrencia era enorme. Esto no obstante, logró alcanzarles en el momento que Altamira se acercaba a una bandeja para tomar un helado. Hablaba con Julián con el cuerpo vuelto a medias, y como viera un brazo lleno de bordados, que tomaba otro helado a tiempo que retiraba él el suyo, se volvió para conocer al propietario de aquel brazo. Sus ojos, de mirada llena de nobleza y de candor, adquirieron súbita expresión de desdén. -Este hombre- dijo en voz muy baja a Julián- es el príncipe de Araceli, embajador de... Esta mañana ha pedido mi extradición al ministro de Estado de Francia, señor de Nerval... a quien veo allá, jugando al wisth. Por cierto que el señor de Nerval está más que dispuesto a entregarme, para corresponder a la entrega que le hicimos de dos o tres conspiradores en 1816. Si me entrega a mi rey, bailaré en la horca antes que transcurran veinticuatro horas. -¡Infames!- exclamó Julián con voz sorda. -No tan infames, amigo mío- replicó Altamira-. Si le hablo de mí, es con objeto de herir su imaginación con una imagen viva. Observe usted al príncipe de Araceli; cada cinco minutos contempla extasiado su Toisón de Oro, se deleita, goza lo indecible viendo la condecoración que pende de su cuello. En realidad, ese pobre hombre no es más que un anacronismo. Cien años atrás, el Toisón de Oro era un honor insigne, pero no lo hubiese ostentado nuestro príncipe si por aquella época viviera. Hoy, en cambio, se necesita ser un Araceli para enorgullecerse por su posesión. A trueque de obtenerlo, los Araceli de nuestros días ahorcarían con la mayor tranquilidad del mundo a una ciudad entera. -¿Lo ha obtenido a ese precio?- preguntó con ansiedad Julián. -No ha sido preciso tanto- contestó con frialdad Altamira-; pero tal vez hizo arrojar al río a veinte o treinta propietarios ricos de su país, que pasaban por liberales. -¡Qué monstruo!- repitió Julián. Matilde escuchaba con interés vivísimo y desde tan cerca, que sus cabellos rozaban los hombros del narrador. -¡Es usted tan joven!- repuso Altamira-. Le decía antes que tengo una hermana casada en Provenza, bonita, dulce, buena, excelente madre de familia, fiel a sus deberes, piadosa y no beata. -¿Adónde querrá ir a parar?- pensó Matilde. -Es también feliz- continuó Altamira-; quiero decir, lo era en 1815, por cuyo tiempo estuve escondido en su casa. Pues bien: en cuanto tuvo noticia de la ejecución del mariscal Ney, se puso a bailar. -¿Es posible?- exclamó Julián, aterrado. -Es consecuencia natural del espíritu de partido. En el siglo XIX no hay ya pasiones verdaderas, pasiones dignas de este nombre: ahí tiene usted el secreto del hastío que en Francia reina como señor único. Se cometen las crueldades más espantosas sin ser cruel. -¡Peor que peor!- observó Julián-. Cuando se cometen crímenes, deben cometerse por lo menos con placer. Es el único atractivo que veo en el crimen, lo único que puede atenuar su fealdad, ya que justificarlo es, a mi entender, imposible. Matilde, olvidando las conveniencias, se había colocado casi entre Altamira y Julián. Su hermano, que le daba el brazo, habituado a obedecerla, miraba a los que bailaban y simulaba que se veía detenido por las muchedumbres. -Tiene usted razón- asintió Altamira-. Hoy se obra sin placer, y no se guarda memoria de nada, ni siquiera de los crímenes. Me sería fácil designar diez de las personas que llenan estos salones que podrían ser condenados como asesinos. Lo han olvidado ellos mismos, y tampoco lo recuerda el mundo. Se conmueven muchos, llegan hasta a verter lágrimas, si un perro suyo se rompe una pata. En el Pére Lachaise, al arrojar flores sobre sus tumbas, como dicen con tanta gracia en París, pronuncian discursos paga convencer a todos de que los muertos atesoraban las virtudes de los caballeros de prez, y se recuerdan las altas hazañas llevadas a cabo por sus bisabuelos, que vivieron en tiempos de Enrique IV... Sí, amigo mío, pese a los buenos oficios del príncipe de Araceli, no me han ahorcado, todavía, y si consigo disfrutar de mi fortuna en París, tendré el gusto de hacer comer a usted en compañía de ocho o diez asesinos honrados y sin remordimientos. En la comida, usted y yo seremos los únicos que tendremos las manos limpias de sangre; pero a mí me despreciarán, me odiarán como a monstruo sanguinario y jacobino, y a usted le despreciarán también, sencillamente porque es un hombre del pueblo, un intruso que no merece alternar con tan buena compañía. -¡Exacto!- exclamó, sin poder contenerse la señorita de la Mole. Altamira la miró asombrado: Julián no se dignó llevar a ella los ojos. -Quiero que sepa usted que si la revolución cuyo jefe fui no triunfó- repuso el conde de Altamira-, fue porque no quise hacer rodar dos o tres cabezas ni distribuir entre nuestros partidarios siete u ocho millones guardados en una caja cuya llave tenía yo. Mi rey, que hoy arde en deseos de ahorcarme, y que me tuteaba antes de la revolución, me habría condecorado con el Gran Cordón de su Orden si yo hubiese hecho rodar las dos o tres cabezas y distribuido los millones de que hablo, pues en ese caso, hubiera conseguido yo un triunfo relativo y dado a mi patria una constitución como... pero así va el mundo. -Entonces no comprendió usted el juego- observó Julián con la mirada inflamada-. Hoy... -¿Haría caer las cabezas sin ser un girondino, como me decía usted el otro día? Le contestaré- dijo Altamira con triste expresión-: después que usted haya muerto a un hombre en duelo, lo que es mucho menos feo que hacerle morir a manos del verdugo. -Pardiez!- exclamó Julián-. Quien quiere el fin, pone los medios. De mí puedo decir que, si en vez de ser un átomo, tuviese algún poder, sin titubear mandaría ahorcar a tres hombres, si su muerte salvaba la vida a cuatro. Brillaban en sus ojos el fuego de la conciencia y el desprecio más profundo hacia los juicios vanos de los hombres. Tropezaron aquellos con los de Matilde, y el desprecio, lejos de troncarse en expresión de benignidad, redobló, se acentuó. Alarmó a Matilde la actitud de Julián, pero no pudo olvidarle, aunque se alejó despechada, arrastrando a su hermano. -Necesito tomar ponche y bailar mucho- se dijo la joven-. Quiero escoger entre lo mejor y producir efecto a toda costa... ¡Vaya!... ¡Aquí tenemos al famoso impertinente, al conde de Fervaques! Invitóla el conde a bailar, aceptó Matilde y bailaron. -Quiero saber quién de los dos resulta más impertinente- pensó ella-. Pero si quiero burlarme a gusto de él, necesito hacerle hablar. Momentos después, los que bailaban no pensaban en el baile, sino en no perder ninguna de las frases ingeniosas de Matilde. La turbación del conde de Fervaques era terrible; sudaba y trasudaba porque en su mente no encontraba más que contestaciones elegantes, pero ni una sola idea. Matilde, cuyo humor no era de los mejores en aquellos momentos, estuvo con su pareja ferozmente cruel, consiguiendo al fin acarrearse su enemistad. Bailó hasta que vino el día, y se retiró al palacio de sus padres horriblemente cansada. En el coche, aún empleó sus escasas fuerzas que le quedaban para entristecerse más y aumentar su pena. Había sido despreciada por Julián, y ella no podía despreciarle. La dicha enajenaba a Julián, que había podido disfrutar a su sabor de la música, las flores, las mujeres, la elegancia general, y abandonarse a su imaginación, que soñaba distinciones y honores para él y libertad para todos. -¡Hermoso baile!- dijo al conde de Altamira-. Nada falta en él. -Sí tal; falta el pensamiento- replicó Altamira. -Está usted, señor conde... ¿con usted no está el pensamiento, y el pensamiento que conspira todavía? -Me admiten aquí por mi nombre, pero en los salones de París odian al pensamiento. Este no debe remontarse a mayor altura que la necesaria para comprender el sentido de una canción de zarzuela. Al hombre que piensa, al que tiene energía, al que elabora ideas nuevas, le llamáis cínico: ¿no fue éste el nombre que vuestros jueces dieron a Courrier? Le habéis sepultado en un calabozo, como hicisteis también con Béranger. En Francia, todo lo que vale, todo el que descuella por su talento, va a pudrirse en la cárcel; el pueblo aplaude. ¿Por qué? Porque vuestra sociedad decrépita no piensa más que en las conveniencias. Estáis condenados a no elevaros jamás sobre la bravura militar; tendréis Murats, pero nunca Washingtons. Yo no veo en Francia más que vanidad. Un hombre que hablando demuestra inventiva, pronuncia con facilidad una frase poco prudente, y el dueño de la casa en que está, se considera deshonrado. En este punto estaba la conversación cuando el coche del conde, que conducía a Julián, hizo alto frente al palacio de los marqueses de la Mole. Julián estaba enamorado de su conspirador, tal vez porque éste le había dicho con convicción: -Usted no participa de la ligereza francesa; comprende el principio de la utilidad. Daba la casualidad que, dos días antes, Julián había visto Marino Faliero, tragedia de Casimir Delavigne. -¿No demuestra tener más carácter Israel Bertuccio que todos esos nobles venecianos?- se decía nuestro plebeyo revolucionario-. Y cuenta que se trata de hombres cuya nobleza probada se remonta al año 700, un siglo antes del reinado de Carlomagno, al paso que la nobleza más rancia del baile de hoy no data más que escasamente del siglo XIII. Pues bien: se han borrado de la memoria los nombres de aquellos altivos nobles venecianos, tan grandes por su nacimiento, y en cambio queda recuerdo de Israel Bertuccio. «Una conspiración aniquila, reduce a la nada los títulos debidos a los caprichos sociales. En las conspiraciones, los hombres ocupan el puesto que les asigna su manera de afrontar la muerte. Hasta el talento pierde su imperio. ¿Qué sería Dantón hoy, en este siglo de los Valenod y de los Rênal? ¡Nada! ¡Ni siquiera substituto del procurador del rey! ¿Pero qué estoy diciendo? Sería un miserable más, vendido a los poderosos, sería ministro, porque, si no recuerdo mal el gran Dantón robó. También se vendió Mirabeau. Si Napoleón no hubiese robado millones en Italia la pobreza habría detenido sus pasos. No sé más que de La Fayette que no haya robado... ¿Será preciso robar... venderse? Esta pregunta desconcertó a Julián, quien se pasó horas y horas entregado a la lectura de la Revolución. Al día siguiente, mientras despachaba la correspondencia en la biblioteca, no pensaba más que en la conferencia tenida con Altamira. -Si los liberales españoles hubiesen comprometido al pueblo con sus crímenes- se dijo después de un rato de ensimismamiento-, no hubieran sido barridos con tanta facilidad... ¡Fueron niños orgullosos y parlanchines como yo!... ¿Por ventura he acabado alguna empresa difícil y gloriosa que me dé derechos a juzgar a esos pobres diablos que, una vez en la vida, han osado, han comenzado a obrar? Me parezco al hombre que, al levantarse de la mesa, dijese: «Mañana no comeré, no obstante lo cual, me encontraré tan fuerte y tan alegre como hoy.» ¿Quién es capaz de saber lo que un hombre experimenta cuando llega a la mitad del camino de una obra grande? Vino a turbar tan altos pensamientos la llegada imprevista de la señorita de la Mole a la biblioteca. Tan abismado estaba Julián en la admiración de las grandes cualidades de Dantón, de Mirabeau, de Carnot, robustos héroes jamás vencidos, que sus ojos se encontraron con los de Matilde, pero ni pensó nuestro héroe en ella, ni la saludó, ni la vio casi. Cuando, al cabo de un rato, se dio cuenta de su presencia, apagóse de improvisto el fuego de su mirada. La señorita de la Mole lo observó con amargura. En vano le pidió ella un tomo de la Historia de Francia de Vély que obligó a Julián, por hallarse en el anaquel más alto de la biblioteca, a traer la mayor de las dos escaleras. Nuestro distraído protagonista trajo la escalera, bajó el tomo, lo entrego a la señorita, y aún no se dio cuenta perfecta de su presencia. Al llevar la escalera a su lugar, tropezó con un cristal y lo hizo añicos: el ruido que hicieron los cristales al caer sobre el piso le despertó al fin. Disculpóse entonces Julián, quiso ser fino, y lo fue, pero nada más que fino, pues Matilde vio con sobrada claridad que su llegada a la biblioteca le había contrariado; comprendió que el secretario de su padre prefería mejor continuar entregado a los ensueños que ella había disipado, que hablarle. Marchóse la joven después de mirarle largo rato sin decir palabra. Julián la contempló silencioso, pero tomando nota mental del contraste que ofrecía la sencillez de su vestido con la elegancia soberbia del que lució la víspera. Tan completa casi era la diferencia entre su fisonomía actual y la del día anterior. Aquella beldad que tanta altivez derrochara en el baile del duque de Retz, miraba a Julián con expresión de humildad, casi de súplica. -Esa bata negra- pensó Julián- da mayor relieve a la esbeltez de su talle... Es hermosa... muy hermosa... tiene ademanes de reina... ¿pero por qué viste de luto? Y el caso es que si pregunto el motivo del luto, dirán que aumento una torpeza más a la serie interminable de las que a diario cometo... ¡Vaya!- exclamó nuestro héroe, saliendo de las profundidades de su entusiasmo-. Necesito leer todas las cartas que he escrito esta mañana, porque sabe Dios las faltas y tonterías que encontraré en ellas. Estaba leyendo la primera de las cartas, cuando el crujido de un vestido de seda le obligó a volver vivamente la cabeza. Junto a él, a dos pasos de la mesa, estaba la señorita de la Mole, riendo a más y mejor. Aquella segunda interrupción molestó extraordinariamente a Julián. En cuanto a la risa de Matilde, diremos que era forzada, y que tenía por objeto disfrazar su turbación. -Curioso e interesante en extremo debe de ser el objeto de sus profundos pensamientos, señor Sorel- dijo Matilde-. ¿Será, por ventura, alguna anécdota curiosa relacionada con la conspiración que arrojó a París a nuestro conde de Altamira? Dígame de qué se trata, porque la curiosidad me mata... seré discreta... se lo juro. Ella misma se admiró de que semejante frase saliera de su boca. Como aumentara su turbación al darse cuenta de que suplicaba a un inferior, añadió con expresión de ligereza: -¿Cómo ha conseguido transformar a usted, tan frío de ordinario, en un iluminado, en un inspirado, en una especie de profeta de Miguel Ángel? La interrogación, a decir verdad, indiscreta, hirió profundamente a Julián, y le devolvió toda su locura. -¿Hizo bien Dantón siendo un ladrón?- gritó con voz de trueno y expresión feroz-. ¿Los revolucionarios del Piamonte y de España, debieron comprometer al pueblo cometiendo crímenes? ¿Confiar a perdidos que no lo merecían todos los altos puestos en el ejército, todas las condecoraciones? ¿Las gentes que hubiesen ostentado esas condecoraciones, no habrían temido el regreso del rey? ¿Convenía entregar el tesoro de Turín a las turbas, darlo al pillaje? En una palabra, señorita- terminó, acercándose a ella con ademán terrible-: el hombre que quiere desterrar la ignorancia y el crimen de la tierra, ¿debe pasar haciendo estragos, como las tempestades, causando desgracias, como la fatalidad? Matilde tuvo miedo. No pudo sostener la mirada de su interlocutor, y retrocedió dos pasos. Permaneció inmóvil un instante; y luego, como avergonzada de su miedo, salió con paso rápido de la biblioteca.
X ¡Amor! ¡En qué locura
consigues hacernos hallar placer! Cuando sonó la campana que llamaba a la mesa, y abandonó Julián la biblioteca, se iba diciendo, mientras se encaminaba al comedor: -¡Qué ridículo debo ser a los ojos de esa muñeca parisiense! Fue una locura descubrirle mi pensamiento... aunque, bien pensado, acaso no fue ni torpeza siquiera... La verdad, decir lo que pensaba en aquella ocasión, era muy digno de mí. Además, ¿quién le mandaba preguntarme cosas íntimas? Hubo indiscreción por su parte... faltó a las conveniencias... El juicio que Dantón pueda merecerme no forma parte del sacrificio que su padre me paga. Las preocupaciones de Julián volaron juntamente con su mal humor no bien llegó al comedor, y reparó de nuevo en el luto que vestía la señorita de la Mole, luto que llamó tanto más su atención, cuanto que ninguna otra persona de su familia vestía de negro. Con sus preocupaciones y su mal humor, desapareció asimismo el entusiasmo loco que le había dominado durante todo el día. Su buena suerte quiso que comiese en la casa el académico que sabía latín. -Es quien se burlará menos despiadadamente de mí- pensó Julián-, si, como presumo, mi pregunta sobre el luto de la señorita es una tontería. Matilde le miraba con expresión singular. -¡Héteme ya frente a la coquetería de las mujeres de París, tal como me la pintó la señora de Rênal!- se dijo Julián-. La he recibido con brusquedad esta mañana, no he querido ceder a su capricho, bien manifiesto, de hablar, y, lejos de desmerecer a sus ojos, he avalorado mi precio... ¡Pero a bien que no creo, que, en definitiva, salga perdiendo el diablo! ¡Más tarde, su altivez desdeñosa sabrá tomar cumplida venganza! ¡Bah! ¡No me importa! ¡Qué diferencia entre ésta y la que he perdido! Ésta tenía un natural encantador, sencillo... ingenuo... penetraba yo sus pensamientos, antes que ella misma los viera nacer, y el enemigo único que en su corazón tenía era el miedo a la muerte de sus hijos... sentimiento muy natural... hermoso... hasta para mí, no obstante proporcionarme sufrimiento! ¡He sido un necio!... ¡La idea errónea que de París tenía formada me impidió apreciar como debía a aquella mujer sublime! ¡Que diferencia, santo Dios!... Aquí, ¿qué he encontrado? Vanidades secas y altaneras, heridas profundas en mi amor propio, y nada más. Desde la mesa, Julián acompañó al jardín al académico, a quien trató con dulzura y sumisión, llegando hasta a participar del furor que aquel mostraba por el éxito de Hernani. -¿Si estuviésemos en los tiempos de las órdenes de prisión firmadas en blanco...!- observó Julián. -¡No se habría atrevido a escribir eso!- gritó el académico. A propósito de una flor, Julián citó algunas palabras de las Geórgicas de Virgilio, para añadir que nada podía compararse con los versos del abate Delille. En una palabra: aduló de la manera más baja al académico. Al fin, con expresión de fría indiferencia, dijo: -Supongo que la señorita de la Mole habrá heredado a algún tío suyo, por quien lleva luto. -¡Cómo!- exclamó el académico, suspendiendo el paseo-. ¿Es usted de la casa y no conoce su chifladura? En realidad, me parece extraño que su madre le consienta semejantes extravagancias... aunque aquí para entre los dos, no es la energía de carácter lo que más abunda en la casa. La señorita Matilde reúne el que deberían tener sus padres, y los maneja a sus caprichos. ¡Estamos a 30 de abril!- exclamó el académico, mirando con fijeza a Julián, quien sonrió con toda la amabilidad y complacencia posibles. -¿Qué relación puede haber entre manejar a sus padres, vestir de luto y el 30 de abril?- se preguntaba nuestro héroe-. Sin duda soy aún más torpe de lo que me figuro. -Confesaré a usted... pero demos unas vueltecitas por el jardín- repuso el académico-. ¿Pero será posible que ignore usted lo que sucedió el día 30 de abril del año 1574? -¿Dónde?- interrogó Julián. -En la plaza de la Grève. -Confieso mi ignorancia- contestó Julián. La curiosidad, la esperanza de escuchar una historia de interés trágico, tan en armonía con su carácter, dieron a los ojos de nuestro héroe ese brillo peculiar que los narradores anhelan ver en la mirada de sus oyentes. He aquí la historia que refirió el académico: -El día 30 de abril de 1574 cayeron en la plaza de la Grève las cabezas del doncel más guapo de su siglo, Bonifacio de la Mole, y de su amigo Aníbal de Coconasso, caballero piamontés. Era la Mole el amante favorito de la reina Margarita de Navarra, y al mismo tiempo favorito también del duque de Alengon y amigo íntimo del rey de Navarra, Enrique IV, marido de su manceba real. Observe usted que nuestra señorita de la Mole se llama Matilde-Margarita. El martes de carnaval del año de 1574, se encontraba la corte en Saint-Germain, rodeando al pobre rey Carlos IX, próximo a expirar. La Mole quiso libertar a los príncipes, sus amigos, retenidos prisioneros por Catalina de Médicis, y a este efecto, avanzó al frente de doscientos caballos hasta los muros de Saint-Germain. Tuvo miedo el duque de Alençon, y la Mole pasó a ser propiedad del verdugo. «Pero lo que conmueve a la señorita Matilde, lo que ella misma me confesó hará siete u ocho años... cuando contaba doce de edad, lo que ha herido su imaginación más profundamente que la misma catástrofe política, es que la reina Margarita de Navarra, oculta en una casa del parque de la Grève, se atrevió a pedir al verdugo la cabeza de su amante, y la noche que siguió a la ejecución, a las doce en punto, se metió en una carroza con aquella querida cabeza, y fue a enterrarla en persona en una capilla situada al pie de la colina de Montmartre. -¡Será posible!- exclamó Julián, vivamente afectado. -La señorita Matilde desprecia a su hermano porque no piensa, como usted ve, en esta historia antigua, ni conmemora el día triste en que la desgracia tuvo lugar. Desde la fecha de la ejecución, para recuerdo eterno de la amistad íntima que ligó a un la Mole con un Coconasso el cual Coconasso se llamó Aníbal, todos los varones de la familia llevan el nombre de Aníbal. Hay que tener presente que el tal Coconasso fue, según testimonio del propio Carlos IX, uno de los asesinos más feroces del día 24 de agosto de 1572... Pero, la verdad, mi querido Sorel; no me cabe en la cabeza que usted, siendo comensal de la casa, ignore estas cosas. -Ahora comprendo por qué la señorita de la Mole llamó dos veces Aníbal a su hermano durante la comida de hoy: yo creía haber oído mal. -Era un reproche. Lo raro es que la marquesa tolere semejantes cosas... ¡El que tenga la dicha de casarse con esa niña, ha de vérselas muy negras!... A esta frase siguieron cinco o seis más satíricas, que no transcribimos. -Parecemos dos criados entregados a la santa ocupación de desollar a sus señores- pensó Julián, reparando en la expresión de odio que brillaba en los ojos de su interlocutor-. ¡Verdad es que no debe maravillarme nada de cuanto haga o diga este académico!... Aquella noche una de las doncellas de Matilde que procuraba agradar a Julián, imitando la conducta de nuestra antigua amiga Elisa, le aseguró que su señorita, al vestirse de luto, no se proponía llamar la atención de nadie, sino rendir culto a la memoria de un la Mole, que fue amante de la reina más espiritual de su siglo, y murió por haber querido devolver la libertad a sus amigos, príncipe de la sangre uno, y Enrique IV el otro. Habituado al tono de perfecta naturalidad que informaba la conducta de la señora de Rênal, Julián no veía más que afectación artificiosa en todas las mujeres de París, de lo que resultaba que, por poco predispuesto que estuviese a la tristeza, ya sabía qué decirles. No tardó en ser una excepción Matilde de la Mole Principió por dejar de atribuir a aridez de corazón el género de belleza, cuya característica principal la forman las actitudes nobles y severas. Siguieron luego largas conversaciones con Matilde, la cual, después de comer, paseaba con frecuencia con él por el jardín. Un día le dijo que estaba leyendo la historia del d’Aubigné y de Brantôme, nueva que arrancó una sonrisa a Julián, que sabía muy bien que la marquesa no permitía a su hija leer las novelas de Walter Scott. Otro día le refirió, con ojos relampagueantes que demostraban la sinceridad de su admiración, el rasgo de aquella mujer que vivió durante el reinado de Enrique III, y que acababa de leer en las Memorias de l’Etoile. La mujer en cuestión, habiendo sorprendido a su marido en delito de infidelidad, le dio de puñaladas. El amor propio de Julián estaba satisfecho, más que satisfecho, halagado, y con razón: la reina de la casa, la que, al decir del académico, lo manejaba todo, la que imponía sus caprichos a sus mismos padres, se dignaba departir con él en tono que tenía todas las apariencias de la amistad. -¡Qué cándido soy!- pensaba otras veces Julián-, estaba engañado... En vez de amigo, soy algo así como un confidente de tragedia, y si la señorita me habla, es sencillamente para satisfacer su necesidad de hablar con alguien. En la familia paso por sabio... Leeré a Brantôme, a d’Aubigné, a l’Etoile, y así podré discutir alguna de las anécdotas que me refiere la señorita de la Mole... Quiero dejar mi papel de confidente pasivo. Gradualmente las conversaciones que sostenía con Matilde fueron perdiendo su sabor serio y solemne para hacerse más naturales e interesantes. Julián olvidaba su triste condición de plebeyo pero conforme con su suerte, y encontraba a su interlocutora instruida y hasta razonable. Sus opiniones en el jardín eran el polo opuesto de las que defendía en el salón. Algunas veces le hablaba con un entusiasmo y una franqueza reñidas en absoluto con su manera ordinaria de ser, tan fría y tan altanera. -Las guerras de la Liga sol, los tiempos heroicos de Francia- decía Matilde un día, con ojos chispeantes de entusiasmo-. Los hombres, entonces, se batían para obtener algo que consideraban que había de contribuir al triunfo de su partido, y no para ganar una cruz, que ha sido la aspiración de los que han batallado a las órdenes del emperador, a quien usted reverencia como a un dios. Reconozca usted que entonces había menos egoísmo y mayor altura de miras. Me entusiasma aquel siglo. -Uno de cuyos héroes fue Bonifacio de la Mole- observó Julián. -Por lo menos, mereció ser amado con amor dulce y profundo. ¿Habría en nuestros días mujer que no sintiera horror al solo pensamiento de tocar la cabeza de su amante decapitado? La marquesa de la Mole acababa de llamar a su hija. Aunque la hipocresía, Para ser útil, debe permanecer cuidadosamente escondida, Julián, conforme habrá inferido el lector de las palabras de Matilde, había confesado a ésta la admiración que le inspiraba Napoleón. -¡Qué ventajas tan inmensas tiene sobre nosotros!- murmuró Julián al quedarse solo en el jardín-; la historia de sus antepasados nos eleva sobre los sentimientos vulgares, y, a mayor abundamiento, no tienen necesidad de preocuparse de su subsistencia. ¡Qué miseria la mía... qué pequeñez! ¡No soy digno siquiera de tratar cuestiones de interés elevado! ¡Mi vida es una cadena de actos de hipocresía porque no cuento con una renta de mil francos que me asegure el pan! -¿En qué está usted pensando, señor Sorel?- preguntó Matilde, que volvía corriendo. Julián, cansado de despreciarse, en un acceso de orgullo confesó francamente lo que pensaba. El fuego de la vergüenza quemaba su rostro al hablar de su pobreza a una persona tan rica, pero bien que hizo constar con fiera entonación que nada pedía. Nunca le encontró Matilde tan seductor, nunca tan sincero: en sus confidencias hizo gala de una sensibilidad de alma y de una franqueza que de ordinario le faltaban. Un mes más tarde, encontramos a Julián paseando pensativo por los jardines del palacio de los marqueses de la Mole, pero de su rostro han desaparecido la dureza y la arrogancia huraña de filósofo que eran debidas a la conciencia de su inferioridad. Volvía de acompañar hasta la puerta del salón a la señorita de la Mole, la cual pretendió que se había hecho daño en un pie corriendo con su hermano. -La verdad es que se apoya sobre mi brazo de una manera muy singular- se decía Julián-. ¿Soy yo un fatuo o en realidad me tiene alguna inclinación? ¡Me escucha con tan dulce amabilidad, hasta cuando le confieso todos los sufrimientos de mi orgullo! Es particular, porque precisamente ella trata a todo el mundo con altivez irritante... Si en el salón viesen la dulzura con que me trata, la impresión sería enorme... ¡No... no hay duda! ¡Las bondades que a mí me dispensa no las tiene con ningún otro! Julián ponía empeño decidido en no exagerar el alcance de aquella amistad, que él comparaba a un comercio armado. Todos los días, al encontrarse con Matilde, antes de reanudar el tono casi íntimo de la víspera, se preguntaba: ¿Seremos hoy amigos o enemigos? Había comprendido Julián que dejarse humillar impunemente una sola vez por aquella joven toda altanería, era perderlo todo de una vez. -Si hemos de regañar- pensaba-, preferible es que regañemos desde el principio, y que la causa sea la defensa de los justos derechos de mi orgullo, a que haya de hacerlo rechazando los desaires que seguirían inmediatamente al menor abandono que yo hiciera de lo que debo a mi dignidad personal. Muchas veces, en días de mal humor, intentó Matilde tratar a Julián con empaque de gran dama: desplegaba en el ensayo un talento diabólico, pero Julián acudía con rudeza a la defensa. Un día interrumpió con gran brusquedad una de las tentativas de esta especie. -¿Desea la |