Ir al inicio de BibliotecasVirtuales.com

Capítulos XLI a XLV

XI
EL IMPERIO DE UNA DONCELLA

Admiro su belleza, pero temo su talento.
MERIMÉE

Si Julián hubiese empleado en examinar lo que en el salón ocurría la mitad del tiempo que consagraba a exagerar la hermosura de Matilde o a enfurruñarse contra la altivez natural de su familia, que por él olvidaba aquella, habría adivinado en qué consistía su imperio sobre todo lo que la rodeaba. Quien tenía la desgracia de desagradar a la señorita de la Mole, sufría irremisiblemente el castigo de su osadía, castigo que recibía en forma de frase mortificante muy mesurada, muy escogida, muy arreglada, en apariencia, a las conveniencias, pero lanzada con arte tal que el escozor de la herida que producía aumentaba por momentos a medida que se reflexionaba sobre su alcance. Poco a poco llegó a ser atroz para el amor propio ofendido. Como quiera que ella no concedía la menor importancia a muchas cosas que eran objeto de serios anhelos del resto de la familia, a los ojos de ésta, jamás perdía su sangre fría, siempre era dueña de sí misma. Habla uno con agrado de los salones de la aristocracia cuando sale de ellos, no antes; la corrección de formas, la finura exquisita, por sí solas, valen muy poco, o nada, pues no son otra cosa que la ausencia de cólera consiguiente a la ausencia de malas formas. Matilde pasaba con frecuencia horas de horrible aburrimiento, y durante éstas, afilar un epigrama era para ella una distracción, un pasatiempo, un verdadero placer.

Tal vez para tener el placer de contar con víctimas más divertidas que sus gloriosos padres, el académico y los cinco o seis subalternos que le hacían la corte, había dado esperanzas al marqués de Croisenois, al conde de Caylus y a dos o tres jóvenes más de la alta aristocracia, todos los cuales no eran en realidad para ella más que nuevos objetos de epigrama.

Confesaremos con pena, porque de veras queremos a Matilde, que ésta había recibido cartas amorosas de varios de los jóvenes que frecuentaban los salones de sus padres, y que muchas de las tales cartitas habían recibido sus correspondientes contestaciones; pero, a la par que hacemos esta confesión, nos apresuramos a añadir que nuestra heroína era una excepción de las costumbres del siglo, pues no es la falta de prudencia lo que caracteriza a las doncellas que reciben su educación en el noble convento del Sagrado Corazón.

El marqués de Croisenois devolvió un día a Matilde una cartita amorosa, bastante comprometedora, que aquella le había dirigido la víspera. Creyó que tamaña prueba de alta prudencia le abriría de par en par las puertas del corazón de la joven... ¡Cándido! No supo comprender que Matilde era la encarnación de la imprudencia en su correspondencia. Su delicadeza le valió que la joven no le dirigiese la palabra en seis semanas.

Divertían a nuestra Matilde las cartas que recibía de los galanes, pero decía que todas se parecían, que en todas ellas aleteaba la pasión más profunda, más melancólica.

-Todos están rabiosamente enamorados, todos se muestran dispuestos a emprender el viaje a Palestina- decía Matilde a su prima-. ¿Puede darse nada tan insípido? ¡Y son esas las cartas que estoy condenada a recibir toda mi vida!... El género epistolar amoroso sólo varía de veinte en veinte años, y la variación se acomoda a la ocupación que esté en moda. Indudablemente eran menos incoloras durante el Imperio, porque entonces todos los jóvenes de la aristocracia habían presenciado o tomado parte en empresas realmente grandes. Mi tío el duque de N... estuvo en Wagram.

-Los que han tenido ocasión de andar a cuchilladas en los campos de batalla, no saben hablar de otra cosa- contestó la señorita de Sainte-Hérédité, prima de Matilde-. Pero yo me pregunto: ¿se necesita ser un prodigio de talento para dar un mandoble?

-Con todo, me agradan los que pueden hablar de grandes batallas en que tomaron parte. Haberse encontrado en una batalla verdadera, en una de las reñidas por Napoleón, donde perdían la vida diez mil soldados, prueba es de valor. Exponerse a un peligro eleva el alma y la preserva del aburrimiento que amodorra a mis pobres adoradores, aburrimiento que es contagioso, te lo aseguro. ¿Crees que hay entre ellos uno solo en cuya cabeza quepa la idea de hacer nada extraordinario? El objetivo de sus afanes es conseguir mi mano... ¡alta empresa! Soy rica, y cuenta será de mi padre hacer que prospere su yerno...  ¡Ah! ¡Pluguiera al Cielo que lograse encontrar uno que fuera un poquito divertido!

Como se ve, la manera viva, neta, pintoresca de ver las cosas era parte a que se resintiese el lenguaje de Matilde. Con frecuencia pronunciaba palabras que a los ojos de sus amigos eran pecados. Si no hubiera sido la joven a la moda, es posible que hubiesen llegado a decir que sus frases tenían tonos demasiado subidos de color para la delicadeza femenina.

Ella, por su parte, pecaba de injusta con respecto a los galanes que llenan el Bosque de Bolonia. Veía el porvenir no con terror, que esto habría sido un sentimiento vivo, pero sí con hastío muy raro a su edad.

Preciso es decir que era muy descontentadiza. ¿Qué podía desear? Fortuna, nobleza, hermosura, según decían todos, y según creía ella misma, todo lo había reunido en su persona el capricho ciego del azar.

Hemos expuesto los pensamientos que llenaban la mente de la heredera más envidiada del Faubourg Saint-Germain cuando comenzó a aficionarse a pasear con Julián. Lo primero que admiró en nuestro héroe fue su orgullo; poco más tarde, comenzó a apreciar su destreza y su talento.

-Sabrá ganarse una mitra, como el abate Maury- se dijo ella.

Pronto le llamó la atención la resistencia sincera, sin sombras de fingimiento, que nuestro héroe oponía a muchas de sus ideas. Las conversaciones se hicieron frecuentes, de ellas daba cuenta Matilde a su prima, sentía placer repitiéndolas detalladamente, analizándolas, y sus paseos con Julián concluyeron por ser su obsesión constante.

Con brusquedad brotó en su mente una idea que hizo luz en las tenebrosidades de su espíritu.

-¡Tengo la dicha de amar!- se dijo un día, con transportes de placer inefable-. ¡Amo... amo... no hay duda! A mi edad, una doncella joven, bella, espiritual, ¿puede hallar sensaciones como no sea en el amor? Por más que hiciese, jamás podría amar a Croisenois, a Caylus, y a tutti quanti. Son perfectos... demasiado perfectos, acaso, pero me fastidian.

Repasó en su imaginación todas las descripciones de pasiones que había leído en Manon Lescautt, en la Nueva Eloísa, en las Cartas de una religiosa portuguesa, etc., etc. Entiéndase que el objeto de sus lecturas era el estudio de la gran pasión, porque un amor ligero era indigno de una doncella de su edad y de sus prendas. No daba el nombre de amor más que al sentimiento heroico que reinó en Francia en los tiempos de Enrique III y de Bassompierre, al amor que no retrocedía ante los obstáculos, por insuperables que pareciesen, al amor que impulsaba a llevar a término grandes hazañas.

-¡Qué desgracia para mí que no haya una corte como la de Catalina de Médicis o de Luis XlI!- pensaba-. Me siento capaz de todo cuanto hay de más atrevido, de más grande.

¿Qué no haría yo de un rey de corazón, como Luis XIII, que suspirase a mis pies? Le llevaría a la Vendée, como nos dice con tanta frecuencia el barón de Tolly, desde donde comenzaría la reconquista de su reino, y entonces, se acabaron las constituciones... Julián me ayudaría... ¿Qué le falta? Un nombre ilustre y una fortuna: se conquistaría el nombre y ganaría una fortuna.

»Entrambas cosas tiene Croisenois, que nunca será más que un duque medio ultra, medio liberal, un ser indeciso, siempre alejado de los extremos, y de consiguiente, siempre relegado a segundo término.

»¿Hay alguna acción gloriosa que no sea un extremo desde el momento que es acometida? Únicamente cuando ha sido acabada es cuando parece posible a los seres del montón... Sí... es el amor, el amor, con todos sus prodigios, el que va a reinar en mi corazón... me lo dice el fuego que me anima. El Cielo me debía este favor, que no en vano había acumulado en un solo ser tantos dones, tantas ventajas. Mi dicha será digna de mí. Supone ya grandeza de alma y audacia atreverse a amar a un hombre colocado tan por debajo de mí por su condición social... Veamos... ¿Continuará mereciéndome? ¡A la primera debilidad que en él observe le abandono! Una doncella de mi cuna, y dotada del carácter caballeresco que mi buen padre me atribuye, no debe, no puede conducirse como una necia.

»¿Qué papel representaría si correspondiese al amor del marqués de Croisenois? Sería sencillamente una edición nueva de la dicha de mis primas, que me merece y me ha merecido siempre el desprecio mas profundo. De antemano sé todo lo que el pobre marqués me diría, y de memoria lo que yo le respondería. ¿Qué atractivos puede tener un amor que produce bostezos? ¡Para eso me hago beata... monja! Formalizaríamos un contrato de boda como el de la mayor de mis primas, que haría derramar lágrimas de ternura a nuestros padres, si es que no se enfurecían al encontrarse con una condición nueva, introducida en aquel por el notario de la parte contraria.

XII
¿SERA UN DANTON?

Anhelos de ansiedad, tal era el carácter de mi tía la hermosa Margarita
de Valois, casada muy poco después con el rey de Navarra, a quien
vemos hoy ocupando el trono de Francia, con el nombre de Enrique IV.

La necesidad de jugar era todo el secreto del carácter de tan amable princesa, la causa de sus rencillas y de sus reconciliaciones con sus hermanos desde que cumplió los dieciséis años.

Ahora bien: ¿qué puede jugarse una doncella? Lo que tiene de más precioso: su reputación, la consideración de toda su vida.
Memorias del duque de Angulema, hijo natural de Carlos IX.

-En mi matrimonio con Julián, ni habrá notarios ni firma de contratos; todo será heroico, todo hijo del azar. Excepción hecha de la nobleza que falta a Julián, tendremos la repetición de una Margarita de Valois enamorada del galán La Mole, el hombre más distinguido de su tiempo. ¿Es culpa mía que los galanes de la corte sean tan partidarios de lo conveniente, y palidezcan a la sola idea de una aventurilla un poco singular? Para ellos, un viajecito a Grecia o a África es el colmo de la audacia, pero ni aun a tanto se atreven si no van en grupo. No bien se encuentran solos, tienen miedo, no al lanzazo de un beduino, sino al ridículo; el miedo al ridículo los vuelve locos.

«En cambio, mi Julianito no quiere obrar como no sea solo. Jamás, ese ser privilegiado, pensó en buscar el apoyo, el concurso de nadie... Desprecia a los demás... y precisamente por eso le aprecio yo.

»Si, aunque pobre, fuese Julián noble, mi amor no pasaría de ser una tontería vulgar, un matrimonio desigual, corriente; no tendría lo que caracteriza a las grandes pasiones, es decir lo inmenso de las dificultades que precisa vencer y la negra incertidumbre del porvenir.»

-De tal suerte preocupaban a la señorita de la Mole tan hermosos razonamientos, que al día siguiente, sin darse cuenta, hizo un elogio apasionado de Julián en presencia del marqués de Croisenois y de su hermano. Tanto recargó las tintas, que se molestaron sus oyentes.

-¡Mucho cuidado con ese joven dotado de tanta energía!- exclamó su hermano-. Si vuelve a triunfar la revolución, nos arrastrará a todos a la guillotina.

En vez de responder, Matilde se apresuró a dar bromas a su hermano y al marqués sobre el miedo que les producía la energía, miedo que, en realidad, es el temor de tropezar con lo imprevisto, de quedarse corto en presencia de lo imprevisto.

-¡El miedo al ridículo, señores.- siempre el miedo al ridículo, monstruo que, por desgracia, murió en 1816! ¿No lo creen ustedes? He oído decir a mi padre que en los países donde hay dos partidos, no existe el ridículo... Conque, señores, condenados están ustedes a tener miedo toda su vida, y cuando el miedo les tenga casi muertos, les dirán:

No era lobo, sino sombra.

Matilde se alejó pronto. La observación de su hermano llevó la intranquilidad a su pecho, le producía horror, pero, al día siguiente, la tomó por la más cumplida de las alabanzas.

-Les da miedo su energía en este siglo en que la energía ha muerto- decía-. Le repetiré la frase de mi hermano, y veré qué contestación da, pero cuidaré de escoger uno de esos momentos en que sus ojos brillan, porque entonces no puede mentirme.

«¿Será un Dantón?...- añadió, al cabo de largo rato de silencio-. ¡Y qué? Sería prueba de que la revolución había triunfado de nuevo... ¿Qué papel representarían entonces Croisenois y mi hermano? Escrito está irrevocablemente: el papel de la resignación sublime. Serían carneros heroicos que se dejarían degollar sin despegar los labios, morirían sin más preocupación que la de no hacer un gesto de mal tono... En cambio mi Julianito levantaría la tapa de los sesos al jacobino que fuese a prenderle, aun cuando fueran insignificantes sus esperanzas de salvarse... ¡Julián no tiene miedo a los gestos de mal tono!»

La última palabra la dejó pensativa; evocó en su mente recuerdos penosos que le arrebataron todas sus osadías. La palabra en cuestión le recordó las cuchufletas de los señores de Croisenois, de Caylus, de Luz y de su hermano, que solían decir a coro que Julián tenía facha de cura.

-¿Pero qué prueba el despecho, la frecuencia con que repiten sus bromas, sino que, a su pesar, le tienen por el hombre más grande que hemos tratado este invierno?- repuso de pronto, lanzando llamaradas de alegría por los ojos-. ¿Qué importan sus defectos? ¡Tiene grandeza de alma, bien lo saben ellos, que serían los primeros en confesarlo si con Julián fuesen tan buenos e indulgentes como son con otros! Que es pobre, que ha estudiado para cura... ¡nada más cierto! Ellos mandan un escuadrón y no han tenido necesidad de estudiar, lo que en realidad resulta más cómodo.

«Pese a todas sus desventajas consiguientes, a su eterna levita negra y a su fisonomía de cura, que el pobre muchacho no puede menos de conservar, si no quiere morirse de hambre, su mérito les da miedo: es inútil negarlo, porque salta a la vista con demasiada claridad. Además, esa cara de cura se borra, desaparece, en cuanto pasamos algunos minutos juntos y a solas. ¿Por qué cuando esos señores dicen alguna frase que creen ingeniosa, lo primero que hacen es mirar a Julián?

Lo he observado mil veces. Y sin embargo, saben muy bien que él no despega los labios si no se le interroga. Únicamente a mí me dirige la palabra, y es porque cree que poseo un alma elevada. Contesta a sus objeciones lo indispensable para que no le tachen de descortés, y jamás abandona su actitud respetuosa.

Conmigo discute horas enteras, y no acepta sus ideas como ciertas y probadas mientras yo las combato con mis objeciones. Hasta el presente, no hemos tenido cañonazos; tiroteo de palabras para llamar la atención y nada más. Mi padre, hombre superior, que llevará hasta el último límite la prosperidad de nuestra casa, respeta a Julián. Todos los demás le odian, pero nadie le menosprecia, como no sean las beatas amigas de mi madre.»

Tenía el conde de Caylus, o fingía tener, afición loca a los caballos, tanto, que se pasaba en las caballerizas la mayor parte del día, y hasta almorzaba con frecuencia en ellas. Su gran pasión, unida a su costumbre de no decir nunca esta boca es mía, le daba gran consideración entre sus amigos: puede decirse que era el águila de su pequeño círculo. Pues bien: el día que siguió a la imprudencia cometida por Matilde, reunidos los amigos, y sin hallarse Julián presente, el conde de Caylus, sostenido por el marqués de Croisenois y por Norberto, atacó con rudeza la buena opinión que el secretario del marqués de la Mole merecía a la hija de éste, no bien se encontró a tiro de palabra, por decirlo así, de Matilde.

-Han formado una liga general- pensó Matilde- contra el hombre de genio que no tiene diez luises de renta ni puede contestarles más que cuando sea interrogado. Le tienen miedo... no obstante vestir levita negra: ¿qué sería si luciese charreteras?

Nunca dio Matilde pruebas de tanta alegría ni de tanto ingenio. Desde que Caylus inició sus ataques, hizo caer sobre él y sobre sus aliados una lluvia espesa de sarcasmos mordaces y de burlas que levantaban ampollas. Luego que hubo apagado los fuegos enemigos, dijo a Caylus:

-Si mañana, cualquier hidalguillo de las montañas del Franco Condado descubre que Julián es su hijo natural, y le da un apellido y algunos millares de francos, dentro de seis semanas ostentará un bigote tan hermoso como el de ustedes, caballeros, y dentro de seis meses será oficial de húsares como ustedes. Entonces, la grandeza de su carácter dejará de ser ridícula. Viendo estoy, señor duque futuro, que en su réplica va a apelar a esta razón, tan antigua como mala: la nobleza de la corte es superior a la nobleza provinciana... ¡Perfectamente! ¿Pero qué me contestaría usted si yo, queriendo ponerle entre la espada y la pared, tuviese la malicia de dar por padre a Julián a un duque español, prisionero de guerra en Besançon, durante el tiempo de Napoleón, el cual duque, para acallar los escrúpulos de su conciencia, le reconoce en su lecho de muerte?

Los señores de Caylus y de Croisenois no supieron contestar sino que las suposiciones de nacimiento ilegítimo no eran del mejor gusto: fue la única objeción que opusieron al razonamiento de Matilde.

Por grande que fuera el dominio que sobre Norberto ejercía su hermana, fueron tan claras las palabras de ésta que le obligaron a adoptar aires de gravedad que no se armonizaban bien, fuerza es decirlo, con su cara bonachona y sonriente.

Atrevióse también a decir algunas palabras.

-¿Te sientes enfermo, mi querido hermano?- preguntó Matilde con seriedad cómica-. No me cabe duda- solamente el que no se encuentra bien contesta a las bromas con lecciones de moral... ¡Y lecciones de moral en tu boca!... ¿Piensas solicitar una plaza de prefecto?

Pronto dio Matilde al olvido las contrariedades del conde de Caylus, el mal humor de Norberto y la desesperación silenciosa del marqués de Croisenois, para adoptar una resolución definitiva sobre una idea fatal que acababa de apoderarse de su alma.

-Julián es bastante sincero conmigo- se dijo-. A su edad, pobre y desgraciado como es, tiene necesidad de una amiga.

Tal vez esa amiga soy yo, pero nada más que amiga; yo no descubro por ninguna parte el amor. Dada la audacia que tiene, si me amase, me lo habría declarado.

La incertidumbre, las discusiones consigo misma que embargaban todos los instantes de Matilde, para las cuales, cada una de las conversaciones que con Julián sostenía le suministraban nuevos argumentos, concluyeron con los accesos de aburrimiento a que estaba antes sujeta.

Hija de un hombre de talento que podía ser ministro y devolver los bienes al clero, Matilde había sido objeto, mientras estuvo interna en el Sagrado Corazón, de adulaciones excesivas.

La mella que éstas abren en la educación de una joven jamás se cierra. Habíanle hecho creer que, debido a sus prendas, a las ventajas que debía a su nacimiento, a su fortuna, etc., tenía derecho a ser más feliz que ninguna otra, y con ello le inculcaron las ideas que son en los príncipes manantial inagotable de hastío Y causa de que cometan irreparables locuras.

No se libró Matilde de la perniciosa influencia de semejantes ideas, porque, por mucho talento que se tenga, es imposible resistirse por espacio de diez años a las adulaciones de todo un convento, sobre todo si aquellas tienen algún fundamento.

Desde que se persuadió de que amaba a Julián, no volvió a aburrirse. Diariamente y a todas horas se felicitaba por haberse resuelto a abandonarse a su pasión. Que la distracción tenía sus peligros... sí; claro que los tenía, y de ello estaba ella misma muy convencida; pero, lejos de temerlos, cuando su razón se los presentaba, su capricho decía que mejor.

-He vivido tontamente el periodo más hermoso de mi existencia- pensaba-. He perdido mis mejores años... desde los dieciséis a los veinte, sin más distracción que escuchar los desatinos de las amigas de mi madre, que, según aseguran, no eran tan severas, ni mucho menos, en Coblenza, allá por el año de 1792, como dan a entender sus palabras de hoy.

Mientras agitaban a Matilde estas incertidumbres, Julián no comprendía la significación de las miradas que con tanta insistencia se detenían en su persona. Observaba, sí, que aumentaban de día en día la frialdad con que le trataba Norberto y la altanería de los amigos de éste, pero a ello estaba muy acostumbrado, toda vez que eran fenómenos que sobrevenían invariablemente a raíz de las veladas donde hubiese brillado más de lo que convenía a su posición humilde. De no haber sido por la acogida singular que le dispensaba Matilde, y la curiosidad que le inspiraba el conjunto, no habría salido al jardín con aquel grupo de jóvenes elegantes que, después de comer, acompañaban a Matilde.

-Sí... en vano pretendo cerrar los ojos- se decía Julián-. La señorita de la Mole me mira de una manera especial... Pero tampoco puedo desconocer que, cuando fija en mí con el mayor abandono sus hermosos ojos azules, leo invariablemente en ellos un fondo de examen, de sangre fría, de malicia.

¿Es eso amor? ¡No lo creo! ¡Qué diferencia entre sus miradas y las de la señora de Rênal!

Un día, al levantarse de la mesa, Julián, que había seguido al marqués de la Mole hasta el gabinete de éste, volvió presuroso al jardín. Sin precaución alguna se acercaba al grupo formado por Matilde y sus admiradores, cuando sorprendió algunas palabras pronunciadas con voz muy alta. Matilde estaba haciendo rabiar a su hermano. Julián oyó pronunciar su nombre dos veces. Cuando se reunió al grupo, todo el mundo selló sus labios, y fue en vano que intentasen reanudar la conversación. Matilde y su hermano parecían muy excitados, y los señores de Caylus, de Croisenois y de Luz, podían pasar muy bien por estatuas de hielo.

Julián se alejó sin decir palabra.

XIII
UN COMPLOT

Palabras dichas sin intención,
encuentros que son obra de la casualidad,
los transforma en pruebas evidentes
el hombre de imaginación,
si brilla una chispa de fuego en su corazón.
SCHILLER

Al día siguiente volvió Julián a sorprender a Norberto y a su hermana hablando de él. Verle y enmudecer los dos, fue obra de un momento, exactamente lo mismo que la víspera.

Sus sospechas volaron sin límites.

-¿Se habrán propuesto burlarse de mí esas simpáticas personitas?- pensó nuestro héroe-. Preciso es confesar, aunque grite mi amor propio, que más probable y natural es eso que la existencia de la pretendida pasión de la señorita de la Mole por un pobre diablo como yo. Ante todo, ¿pueden tener pasiones esas gentes? Su fuerte es el engaño y la malicia.

Les da envidia mi pequeña superioridad de palabras... También es la envidia otra de sus debilidades... Han recurrido a un sistema que ahora diviso con claridad perfecta: la señorita de la Mole pretende hacerme creer que me distingue, para entregarme cubierto de ridículo a su pretendiente.

Sospecha tan cruel trocó radicalmente la posición moral de Julián. Esta idea encontró en su corazón un poquito de amor, que no se tomó el trabajo de intentar destruir, amor fundado única y exclusivamente en la maravillosa belleza física de Matilde, o mejor, en sus actitudes de reina y en su vestir admirable. No era el carácter, no eran las cualidades morales de Matilde las que provocaban los sueños de Julián en los días anteriores, que sobrado talento tenía nuestro héroe para comprender que el carácter de Matilde era para él enigma no penetrado, toda vez que lo que saltaba a los ojos podía muy bien ser aparente, fingido.

Pondremos un ejemplo: Matilde no hubiese faltado el domingo a misa por nada del mundo; casi todos los días la oía acompañando a su madre. Si en el salón del palacio de sus padres algún imprudente olvidaba el lugar en que se encontraba y se permitía hacer una alusión cualquiera poco respetuosa con los derechos del trono o del altar, Matilde fruncía el entrecejo y quedaba mas fría que el hielo. Su mirada, de ordinario traviesa, adquiría de pronto la expresión de altanería y de impasibilidad de los antiguos retratos de familia. Esto no obstante, Julián abrigaba la seguridad de que en su habitación tenía siempre uno o dos tomos de las obras de Voltaire, precisamente de los más filosóficos, y abrigaba esa seguridad, porque él que también leía a escondidas el autor mencionado, y separaba un poquito los tomos inmediatos a los que se llevaba a su cuarto para disimular el hueco, hubo de advertir que había en la casa otra persona que leía a Voltaire. Señaló entonces los tomos que a su juicio podían interesar más a Matilde, y comprobó que, en efecto, faltaban de la biblioteca semanas enteras.

El marqués de la Mole, descontento de su librero, que le enviaba siempre obras antiguas y Memorias apócrifas, dio a Julián encargo de comprar todas las novedades un poco atrevidas y picantes; pero, a fin de evitar que el veneno de los libros se infiltrase en la casa, el secretario tenía orden de colocar los libros de la clase mencionada en una estantería que había en las habitaciones personales del marqués. También desaparecían esas obras, sobre todo si atacaban los intereses del altar o del trono. Julián sabía muy bien que no era Norberto el autor de las substracciones.

Exagerando la significación y el alcance del descubrimiento hecho, nuestro héroe llegó a persuadirse de que Matilde era la reproducción en pequeño de Maquiavelo. La afición de aquella a las lecturas peligrosas era un encanto más a los ojos de Julián, casi el único encanto moral que éste le reconocía, y este encanto fue el que excitó su imaginación, el que dio mayor pábulo a su amor.

Fue después de haberse entregado a mil ensueños y fantasías sobre la elegancia del talle de Matilde, sobre su gusto excelente en el vestir, sobre la blancura de su mano, la belleza de forma de su brazo y la desenvoltura de todos sus movimientos, cuando se percató de que estaba enamorado, y entonces, para que su ilusión subiera de punto, la consideró otra Catalina de Médicis, el ideal de los Maslon, de los Frilair, de los Castañeda; en una palabra: el ideal de la mujer de París.

-Es imposible que ese terceto se burle de mí. Ellos lo intentarán, pero yo sabré evitarlo- pensó Julián.

Reflejo de esta resolución fue la expresión sombría y glacial que adquirieron sus miradas al responder a las de Matilde, no menos que la ironía saturada de amargura con que rechazó las protestas de afecto sincero que la señorita de la Mole se atrevió a hacerle en dos o tres ocasiones.

Los desaires de Julián, su actitud realmente extraña, apasionaron más y más el corazón de aquella joven, frío por naturaleza y propenso al fastidio; pero como que, a la par que pasión, tenía aquella fuerte dosis de orgullo, el nacimiento de un afecto que hacía depender su dicha de otra persona vino acompañado de una tristeza sombría.

Julián había despertado demasiado desde que vivía en París para no comprender que la tristeza de Matilde distaba mucho de ser la tristeza árida del hastío, puesto que, en vez de anhelar aquella las fiestas, los teatros y las diversiones de todo género, que hasta entonces la entusiasmaban, las huía.

Aburría horriblemente a Matilde la música cantada por franceses, y, sin embargo, Julián, que no faltaba un solo día a la salida de la Ópera, observó que aquella asistía con cuanta frecuencia le era posible. También creyó notar que había perdido parte de la compostura mesurada que brillaba en todos sus actos, pues no era raro que contestase a sus amigos con epigramas que, a fuerza de picante energía, resultaban ultrajantes.

Con respecto al marqués de Croisenois, todo hacía suponer que le había tomado entre ojos.

-Muy enamorado del dinero debe estar el marquesito, cuando no envía a paseo a esa niña- Se decía Julián.

Hombre singular en todo, nuestro héroe sentía los ultrajes inferidos a la dignidad masculina y redoblaba la frialdad con que venía tratando a Matilde. En muchas ocasiones, llegó a pecar de descortés en sus respuestas.

Por firme que su decisión fuese de no dejarse engañar por las muestras de interés que le daba Matilde, eran algunos días tan evidentes, que Julián, que contra su voluntad la encontraba arrebatadora, se turbaba como una colegiala.

-La astucia de los jóvenes del gran mundo concluirá por triunfar de mi inexperiencia- pensaba. Antes que eso suceda, debo marcharme, única manera de terminar de una vez.

Habíale confiado recientemente el marqués la administración de algunas fincas y casas que poseía en el Languedoc.

Julián hizo ver al marqués que necesitaba visitar las mencionadas posesiones a fin de poder administrarlas bien, y el marqués, aunque sintiéndolo, hubo de aprobar el viaje.

-Después de todo- decía Julián, mientras hacía los preparativos de viaje-, no han conseguido hacerme caer en la celada.

Sean reales las bromas de esa señorita, sean encaminadas a inspirarme confianza, ello es que hasta el presente, me han proporcionado muchos ratos de diversión, Si no existe una conspiración en regla contra el pobre hijo del aserrador, hay que reconocer que la señorita de la Mole es un enigma indescifrable, pero me consuela pensar que tan enigma es para el marqués de Croisenois como para mí. Ayer, por ejemplo, su mal humor era tan real y auténtico como pueda haberlo en el mundo, y tuve el placer de ver cómo desairaba por mi causa a un joven, tan rico y tan noble como pobre y plebeyo soy yo.

Creo que este es el más glorioso de los triunfos que se cosechado en mi vida: su recuerdo me distraerá durante el viaje.

A nadie había hablado de su marcha. a pesar de lo cual sabía Matilde mejor que él mismo que al día siguiente salía de París, y que su ausencia debía durar mucho tiempo. En el salón, pretextó Matilde una jaqueca horrorosa y salió al jardín, donde acosó tan implacablemente con sarcasmos mordaces a Norberto, al marqués de Croisenois, a Caylus, Luz y algunos jóvenes que habían comido aquel día en su casa, que les obligó a marcharse. A Julián, en cambio, le envolvía en miradas extrañas.

-¡Comedia pura!- pensaba Julián-. Comedia... ¿pero y esa respiración agitada... esa turbación?... ¡Bah! ¡comedia... comedía como las miradas! Esta mujer es la más sublime, la más ladina de París... Su turbación... su respiración agitada, que han estado a punto de conmoverme, las habrá estudiado probablemente en Leontina Fay, que merece su predilección.

Habían quedado los dos solos y su conversación languidecía.

-¡No... ese hombre nada siente por mí!- pensaba Matilde con vivo dolor.

Al despedirse de ella Julián, perdido el dominio sobre sí misma, asió con fuerza su brazo y dijo con voz tan altanera que en nada se parecía a la suya:

-Esta noche recibirá usted una carta mía.

El anuncio impresionó vivamente a Julián.

-Mi padre- continuó Matilde aprecia en lo que valen los servicios que usted le presta. Es preciso que no se vaya usted mañana... Busque un pretexto cualquiera.

Sin esperar contestación se alejó corriendo.

Estaba encantadora. Imposible imaginarse pies más perfectos, talle más esbelto, mujer más divina. Corría con una gracia que arrebató a Julián; ¿pero será nadie capaz de adivinar el pensamiento que se le ocurrió a nuestro héroe, luego que la joven hubo desaparecido por completo? No es probable.

Se le ocurrió darse por ofendido por la entonación imperiosa con que pronunció las palabras es preciso. También Luis XV, momentos antes de morir, se molestó vivamente porque su primer médico de cámara pronunció esas mismas palabras.

Una hora más tarde, un lacayo entregaba a Julián una carta, que era lisa y sencillamente una declaración de amor.

-No observo gran afectación en su estilo- se dijo Julián, intentando oponer reparos literarios al desbordamiento de la alegría que contraía su rostro y te obligaba a reír a su pesar- ¡Conque yo, pobre rústico, he merecido que me haga una declaración de amor una dama de la alta aristocracia!- repuso sin poder contener el júbilo que le embargaba.- Me cabe el orgullo de haber sabido mantener incólume la dignidad de mi carácter, jamás le he dicho que la amaba.

Pasó un rato examinando la forma de letra, tal vez porque necesitaba que una distracción física mitigase una alegría que llegaba hasta el delirio.

«Su viaje me obliga a hablar... Dejar de verle a usted es superior a mis fuerzas...»

Un pensamiento vino a centuplicar la alegría de Julián y a interrumpir el examen que estaba haciendo de la carta de Matilde.

-¡Triunfo sobre el marqués de Croisenois- exclamó-; yo... que siempre hablo con seriedad... yo... pobre y plebeyo!... ¡Triunfo sobre un hombre guapo, que usa bigote... que viste precioso uniforme... que encuentra siempre una frase espiritual y fina en el momento oportuno!

Julián saboreaba momentos de dicha infinita; loco de júbilo, caminaba a la ventura por el jardín.

Al cabo de un rato subió al palacio y se hizo anunciar al marqués de la Mole, a quien manifestó que, en vista de algunos documentos recién llegados de Normandía y relacionados con los intereses que allí tenía el marqués, se veía obligado a aplazar su viaje al Languedoc.

-Celebro de veras que no marche usted- contestó el marqués- Su presencia me es grata y no quisiera privarme de ella.

Julián salió del despacho del marqués un poquito turbado.

-¡Le es grata, la presencia de quien va a seducir a su hija- se dijo-, de quien, según todas las probabilidades, hará imposible el matrimonio, que es su sueño dorado, de aquella con el marqués de Croisenois!

Intenciones se le vinieron a Julián de marcharse al Languedoc, sin hacer caso de la carta de Matilde, y a pesar de la explicación que acababa de tener con el marqués, pero sus buenos propósitos fueron resultado de un destello de virtud que desapareció pronto.

-¡Sería gracioso que yo, un plebeyo, tuviese compasión a una familia de rango!- exclamó-. ¡Yo, a quien el duque de Chaulnes llama un criado! ¿De qué medios se vale el marqués para centuplicar sus rentas? Vendiendo valores cuando sabe, sin salir de su palacio, que al día siguiente va a haber un golpe de Estado. Y yo, colocado en el último peldaño de la escalera social por una Providencia que para mí es madrastra y no madre, yo, dotado de un corazón noble, pero falto de mil francos de renta, es decir, sin pan... no exagero... sin pan, ¿he de rehusar un placer que se me ofrece sin yo buscarlo, un manantial límpido que viene a apagar mi sed en el desierto abrasador de la pobreza que con tanta pena atravieso? ¡A fe que sería la estupidez mayor del mundo! ¡Primero yo, y después yo, y siempre yo, en el desierto de egoísmo que llamamos vida!

El recuerdo, que acudió a su mente, de algunas miradas llenas de desdén que le dirigió Matilde, y sobre todo, las amigas de ésta, unido al sentimiento de Placer consiguiente a su triunfo sobre el marqués de Croisenois, acabaron con su fugaz destello de virtud.

-¡Ojalá se enfureciese ese hombre!- exclamó Julián-. ¡Con qué gusto le daría una estocada! Antes de recibir esta carta, era yo un Don Nadie, un pelagatos... ahora... ¡ahora soy su igual! ¡Sí, señor mío!... ¡Han sido pesados, aquilatados nuestros méritos, señor marqués, y nuestro juez inapelable halló mejores los del pobre hijo del aserrador... ¡Bueno! ¡Ya he encontrado la firma que he de poner a mi contestación! No quiero que crea usted, señorita de la Mole, que olvido mi condición... Yo haré comprender... y hasta sentir, a usted, que por el hijo de un aserrador renuncia al descendiente del famoso Guy de Croisenois, campeón que siguió a San Luis en su cruzada.

No podía Julián mantener encerrada dentro de su pecho su alegría. Vióse obligado a bajar de nuevo al jardín, porque su habitación, donde se había encerrado con llave, le parecía demasiado estrecha para poder respirar.

-¡Yo, mísero rústico del Jura, condenado a vestir eternamente este uniforme tan lujoso como el que se enorgullecen ellos... porque entonces, los hombres como yo, si no morían en los campos de batalla, eran generales a los treinta y seis años.

La carta, que conservaba en la mano, le daba talla y actitud de héroe.

-Eso ocurría hace veinte años- repuso-. Hoy, con esta indumentaria negra, puede uno, a los cuarenta años, ser dueño de una renta de cien mil francos y ostentar el cordón azul, como el obispo de Beauvais... lo que es mucho mejor que lo otro. ¿Qué prueba esto?- añadió, riendo con risa mefistofélica- Que tengo más talento que ellos, puesto que he sabido escoger el uniforme de mi siglo! Cuántos cardenales, de nacimiento inferior al mío, han sido árbitros de naciones! Me conformaré con recordar a mi compatriota Granvelle.

Poco a poco se fue calmando la agitación de Julián. La prudencia recobró su imperio. Nuestro héroe, remedando a Tartufo, recitó el verso siguiente.

«Creer puedo su charla artificio discreto;
No me convencerán esas frases tan bellas,
Si algo de sus favores, tras de los que yo corro,
A confirmar no viene lo que dicen aquellas,

-Una mujer perdió a Tartufo, y yo debo escarmentar en la cabeza de aquel- continuó monologando Julián-. Puede dar a leer mi contestación... pero a ese peligro acudo estampando en ella las frases más sublimes y apasionadas de la divina Matilde...

Es un remedio preventivo... sí... pero contra ese remedio cabe otro contrarremedio, que puede consistir en que cuatro lacayos del marqués de Croisenois caigan sobre mí y me arrebaten el original... ¡No! Suelo ir bien armado, y no sería la primera vez que enseñase la boca de mi pistola a las gentes de escalera abajo. Supongamos que esos lacayos son hombres de valor y se precipitan sobre mí, para ganarse los cien napoleones que les han ofrecido. Me veo en la necesidad de matar a uno de ellos...que es tal vez lo que mis rivales buscan. Me encierran muy legalmente en la cárcel, comparezco en la audiencia, y mis jueces, con toda justicia y equidad del mundo me envían a Poissy, para que haga compañía a los señores Fontan y Magalon. Allí como, duermo, alterno, y vivo con cuatrocientos criminales... ¡Ira de Dios!...- gritó, levantándose con ímpetu-. ¡Iba yo a tener piedad de esas gentes! ¿La tienen ellos, por ventura, de los míseros mortales, que pertenecemos al estado llano-¡Ah, señores caballeros, y cómo al fin he podido desentrañar vuestro rasgo maquiavélico! ¿Pensabais robarme la carta provocadora y convertirme en segunda edición del coronel Caron, en Colmar? ¡Paciencia, señores míos, paciencia! ¡La carta fatal pasará a manos del cura Pirard, metida dentro de un sobre perfectamente lacrado, para que la custodie como depósito precioso! Es hombre honrado, inaccesible a las tentaciones y promesas... ¡Pero no! ¡Tiene la costumbre de abrir las cartas!...¡Fouqué, Fouqué... será el depositario de ésta!

Lo confesaremos: la mirada de Julián era atroz, reflejaba ferocidad, su rostro estaba espantoso, era el retrato vivo del crimen sin paliativos, descarnado; en aquellos instantes, Julián hubiese podido pasar por la encarnación del odio del desventurado que ha declarado la guerra a la sociedad.

-¡A las armas!- gritó Julián, bajando a saltos la escalinata del palacio.

Momentos después entraba en el cuchitril de un escribiente callejero.

-Copie usted esto- le dijo, entregándole la carta de Matilde.

Mientras el escribiente hacía la copia, escribía él a su amigo Fouqué, rogándole que conservase la carta adjunta como depósito precioso.

A fin de evitar que interceptasen la carta en correos, y entregasen la de Matilde a los que suponía que habrían de buscarla, compró una Biblia enorme en una librería protestante, ocultó diestramente la carta de Matilde en su cubierta, empaquetó el libro, y lo llevó a la diligencia, dirigiéndolo a uno de los obreros de Fouqué, a quien nadie conocía en París.

-¡Ahora nos veremos! -exclamó, al volver radiante de alegría al palacio de la Mole, después de dejar el paquete en la diligencia.

Cerrado con llave en su habitación, escribió a Matilde una carta, que terminaba con estas palabras, después de haber copiado en ella las frases más vivas y sugestivas de la que había recibido:

-«Por conducto de Arsenio, lacayo de su padre, ha dirigido la señorita de la Mole una carta demasiado seductora a un pobre muchacho, hijo de un aserrador del Jura, sin duda para burlarse de su simplicidad. No ha conseguido usted su objeto, señorita.»

El resto era modelo de prudencia diplomática que hubiese firmado sin inconveniente el propio caballero de Beauvoisis.

No eran más que las diez. Julián, radiante de alegría, lleno de la persuasión de su propio poder, entró en la Ópera italiana, donde oyó cantar a su amigo Jerónimo. Nunca le exaltó tanto la música.

XIV
PENSAMIENTOS DE UNA DONCELLA

¡Cuántas perplejidades! ¡Cuántas noches pasadas sin conciliar el sueño!
¡Dios mío...! ¡Conseguiré hacerme despreciable... hasta él me despreciará!
¡Pero él se va, se aleja!
ALFREDO DE MUSSET

No escribió Matilde la carta sin reñir antes furiosos combates con su altivez. Era natural. Su amor, cuyos comienzos ni ella misma sabía de cuándo databan, dominó muy en breve su orgullo, única pasión que hasta entonces reinó en su corazón.

El sentimiento del amor avasalló su alma altiva y fría, pero si dominó su orgullo, no borró ni mucho menos la costumbre de tenerlo. Fueron precisos dos meses de rudos combates interiores y de sensaciones nuevas para operar su transformación moral completa.

En su amor creía Matilde ver la dicha, pero semejante perspectiva aunque es omnipotente en las almas valerosas, en las personas dotadas de un espíritu superior, hubo de luchar durante mucho tiempo contra la conciencia de la dignidad, contra el sentimiento de deberes vulgares. Un día se presentó a las siete de la mañana en las habitaciones de su madre, para suplicarle que le permitiese refugiarse en Villequier. La marquesa no se dignó contestarle, limitándose a aconsejarle que se metiera en cama. Fue aquel el último esfuerzo de la prudencia vulgar y de la deferencia hacia las ideas recibidas.

En cuanto al temor de obrar mal y de despreciar ideas que los Caylus, Luz y Croisenois tenían por sacrosantas, influía muy poco o nada sobre su alma. Hombres como aquellos no habían sido creados para comprenderla; les habría consultado quizá si se hubiese tratado de la compra de un carruaje o de un tronco de caballos. No sentía, pues, remordimientos: lo único que la atosigaba era que Julián estuviese descontento de ella, o que de hombre superior solamente tuviese las apariencias.

Una de sus características era aborrecer la falta de energía, la debilidad de carácter, reparo único que podía oponer a los brillantes jóvenes que le hacían la corte. Cuanta mayor gracia desplegaban en sus conversaciones, cuanto más esclavos se mostraban de la moda, tanto más desmerecían a sus ojos.

-Son bravos... y nada más- se repetía ella con frecuencia-. ¡Bravos! Bravos en un duelo, que al fin y al cabo no es más que una ceremonia. Todo se lleva preparado de antemano, hasta las palabras que ha de pronunciar el que cae herido.

Tendido sobre el césped, puesta la mano sobre el corazón, debe conceder un perdón generoso a su adversario y dedicar una frase a una hermosa... imaginaria en muchos casos, o bien a una que asiste al baile el día mismo de la muerte de su campeón, a fin de no excitar sospechas.

«Se desafía el peligro al frente de un escuadrón cubierto de acero; pero el peligro solitario, el peligro sin testigos, el peligro imprevisto... ¡Ah! ¡Es demasiado feo, y espanta a la generalidad de los hombres!

»Solamente durante el reinado de Enrique III se encontraban en la corte hombres tan grandes por su carácter como por su nacimiento. ¡Ah! ¡No me atosigarían las dudas si Julián hubiese servido a Jarnac o a Moncontour! En aquellos tiempos de vigor y de fuerza, los franceses no eran muñecas como hoy. El día de la batalla, lejos de producirles perplejidades, les quitaba las que sentían. No estaba encerrado su cuerpo, como las momias de Egipto, dentro de una envoltura común a todos, siempre la misma... ¡Sí!... Más valor se necesitaba entonces para retirarse a sus casas a las once de la noche, después de salir del palacio de Soissons, habitado por Catalina de Médicis, que hoy para recorrer todos los territorios de Argel. La vida de un hombre era resultado de una serie complicada de casualidades; hoy, la civilización ha desterrado a la casualidad, ha sepultado lo imprevisto. Si éste se deja ver en las ideas, lo apuñalan a fuerza de sangrientos epigramas; si en los actos nos llena de miedo, y si obramos impulsados por el miedo, por grandes que sean las locuras que cometamos, tienen excusa inmediata. ¡Siglo degenerado!... ¿Qué habría dicho Bonifacio de la Mole si, levantando su cabeza cercenada, hubiese visto en 1793 a diecisiete de sus descendientes dejándose prender como borregos para ser guillotinados dos días después? ¡Claro! Habría sido de mal tono defenderse como hombres y matar uno o dos jacobinos! En el siglo de Bonifacio de la Mole, Julián hubiera sido jefe de un escuadrón y mi hermano un curita, modelo de buenas costumbres, en cuyos ojos habría brillado la prudencia v de cuya boca sólo palabras sesudas y razonables hubieran salido.

Algunos meses antes, Matilde. desesperaba de encontrar un ser que se saliese del molde, del patrón corriente. Se proporcionó algunos momentos de distracción escribiendo cartas a algunos jóvenes de la aristocracia, atrevimiento reñido con las conveniencias y muy imprudente, que muy bien pudo comprometerla gravemente a los ojos de su pretendiente el marqués de Croisenois, del duque de Chaulnes su padre, y de toda la familia Chaulnes, los cuales ante la ruptura del matrimonio en proyecto, habrían querido saber la causa. Por aquel tiempo, cuantas veces escribía Matilde una cartita, se pasaba algunas noches sin dormir, y, sin embargo, sus misivas eran contestaciones.

Ahora era ella la que confesaba que amaba, la que tomaba la iniciativa, la que escribía la primera (¡palabra terrible!) a un hombre de condición inferior a la suya, a un hombre colocado en los últimos puestos de la sociedad.

Era ésta una circunstancia que llevaba consigo, caso de hacerse pública, un deshonor eterno. ¿Qué dama de las que visitaban el palacio de sus padres, se hubiese atrevido a tomar su defensa? ¿Dónde encontrar frases capaces de atenuar el golpe del espantoso desprecio de los salones?

Horrible hubiese sido hacer una confesión hablada, pero escribir... ¡Hay cosas que jamás se escriben!, exclamó Napoleón, cuando le comunicaron la capitulación vergonzosa de Bailén...

Era el mismo Julián quien le enseñó la frase que dejamos subrayada, cual si hubiera querido darle una lección por adelantado.

Pero todo esto, con ser tan grave, era nada: otras eran las causas de las agonías de Matilde. La desgraciada, olvidando el desastroso efecto que su debilidad había de producir en la sociedad, la mancha imborrable y el desprecio general que serían consecuencias de aquella, iba a entregarse a un hombre cuyo carácter era el polo opuesto de los Croisenois, de los Luz y de los Caylus, a Julián, cuya manera de ser enigmática era causa más que bastante para asustar a cualquiera, aún a quien intentase entablar con él relaciones ordinarias.

-¿Qué pretensiones tendrá si algún día lo puede todo sobre mí?- se preguntaba la infeliz-. ¡No quiero pensarlo!... Diré como Medea... En medio de tantos peligros, es mío.

Por añadidura, creía Matilde que Julián no concedía el menor mérito a la nobleza de la sangre, y recelaba que tampoco correspondía a su amor, y por si estos motivos de duda no le producían bastantes angustias, traían un séquito, manantial de vivas mortificaciones, formado por las ideas del orgullo femenil.

-Una doncella como yo, debe salirse de lo corriente, ser singular en todo!- exclamó Matilde, perdida la paciencia, cuando el orgullo que le inspiraron desde que salió de la cuna luchaba brioso contra su virtud.

La noticia del viaje de Julián vino entonces a precipitarlo todo.

Diremos de paso que, por fortuna, caracteres como el de Matilde, son muy contados.

El día que Julián recibió la carta, al anochecer, tuvo el capricho de hacer bajar a la portería una maleta de bastante peso, haciendo que la llevase el lacayo que tenía, o pretendía tener relaciones con la doncella de Matilde.

-Es posible que no dé resultado alguno esta maniobra- se dijo-; pero, si lo da, Matilde creerá que he emprendido el viaje.

Julián durmió toda la noche; Matilde no pudo pegar los ojos.

A la mañana siguiente, Julián salió muy temprano del palacio sin ser visto por nadie, y volvió antes de las ocho.

No bien entró en la biblioteca, se presentó en la puerta Matilde. Julián le entregó la contestación a su carta. Creyó que estaba en el deber de hablarle, pero Matilde escapó en el acto sin querer escuchar, con no poca alegría de Julián, quien, a decir verdad, no sabía qué decir.

-Si lo que sucede no es una comedia, una intriga urdida de acuerdo con Norberto- se dijo Julián-, claro está como la luz del sol que han sido mis miradas llenas de hielo las que han encendido ese amor extraño que mi excelsa señorita se digna tenerme. Sería yo un poquito más estúpido de lo que conviene a mis intereses si algún día me dejase arrastrar por los encantos de esa muñeca rubia, pero no sucederá así; estoy tranquilo.

Este razonamiento le dejó más frío y le hizo más calculador de lo que nunca había sido.

-En la batalla que se avecina- añadió-, el orgullo de raza será a manera de elevadísima colina interpuesta entre ella y yo.

Al asalto de esa colina debo correr; pero ya he comenzado por cometer una torpeza: no he debido quedarme en París; el aplazamiento de mi viaje me rebaja, y suponiendo que todo esto sea juego y comedia, me expone a graves peligros. Lo seguro era marcharme, toda vez que hubiese sido yo quien les burlase a ellos, si su propósito es burlarse de mí, y habría centuplicado el interés que a Matilde inspiro, si ese interés es real y verdadero.

Tan vivo placer había producido a Julián la carta de Matilde, que le impidió pensar seriamente en la conveniencia de no aplazar el viaje.

Serían las nueve, cuando la señorita de la Mole llegó hasta la puerta de la biblioteca, le arrojó una carta y huyó sin despegar los labios.

Le pedía Matilde una contestación decisiva, con frases de dolor que aumentaron su júbilo interior. Julián se dio el gustazo de dedicar dos carillas a burlarse de las personas que a su entender pretendían burlarse de él, y terminó la carta anunciando que el viaje aplazado lo emprendería a la mañana siguiente.

Escrita la carta, bajó al jardín con ánimo de entregarla allí a Matilde.

A las cinco de la tarde recibió nuestro héroe la tercera carta, que le fue arrojada, como la anterior, desde la puerta de la biblioteca.

-¡Esto es una verdadera manía epistolar!- se dijo riendo-. Te entiendo, enemiga mía, te entiendo! Te has propuesto tener cartas mías... Muchas... cuantas más, mejor!... La red no puede ser más burda... ¿Qué dirá esta carta? Nada en total: unas cuantas frases elegantes...

«Necesito hablarle, y ha de ser precisamente esta noche. A la una en punto de la madrugada, se encontrará usted en el jardín. Tome la escalera grande del jardinero, colóquela contra la ventana de mis habitaciones, y suba. Luce una luna muy clara, pero no importa.»

XV
¿SERÁ UN LAZO?

¡Ah! ¡Cuán cruel es el intervalo que separa la concepción de un gran proyecto de su ejecución! ¡Qué de vanos terrores! ¡Qué de irresoluciones! Se trata de la vida.
-¡No! Se trata de algo más: ¡del honor!
SCHILLER

-Esto se pone serio... y un poquito demasiado claro- dijo Julián, tras breves momentos de reflexión-. Mi linda señorita puede hablarme en la biblioteca con libertad, gracias a Dios, absoluta, puesto que el marqués, temiendo que le enseñe las cuentas, no pone los pies en ella por nada del mundo. La marquesa y su hijo, únicas personas que aquí entran, se pasan la mayor parte del día fuera del palacio, y es sencillísimo acechar y ver cuándo vuelven, y la sublime Matilde, que en punto a nobleza no cede a un príncipe soberano, pretende que yo cometa una imprudencia abominable... ¡No está mal!

«He dicho que la cosa se pone un poquito demasiado clara, y es la verdad. Quieren perderme, y si no perderme, al menos burlarse de mí. Intentaron primero hacer de mis cartas instrumento de mi perdición, pero las hallaron prudentes en  demasía, y ellos lo que quieren es una prueba concluyente, clara, palpable... Señores... señores... que no es Julián tan idiota como sin duda imagináis! Canastos! Subir por una escalera hasta un primer piso de veinticinco pies de altura, a la luz de una luna más clara que un sol! Tendrían tiempo sobrado para verme, y hasta para admirarme, los vecinos de las casas inmediatas!... ¡Estarías interesante en tu escala, amigo Julián!

Julián se fue a su cuarto, y comenzó a preparar su maleta: había decidido marcharse sin tomarse la molestia de contestar.

Pero no llevó la paz a su alma aquella resolución prudente.

-¡Y si Matilde me da la cita de buena fe!- exclamó de pronto-. A sus ojos, pasaré por un cobarde perfecto! Ya que no tengo yo nobleza, por lo menos debo tener cualidades estimables.

Un cuarto de hora se pasó reflexionando.

-No hay que darle vueltas; si no voy, me acredito de cobarde.

Pierdo la persona más brillante de la alta sociedad, como decían a coro en el baile del palacio del duque de Retz, y el placer divino de ver sacrificado al marqués de Croisenois, hijo de un duque, y llamado a ser duque: un joven encantador que reúne en su persona todas las bellas cualidades que me faltan a mí... talento, ingenio, nacimiento, fortuna... Los remordimientos amargarían mi vida entera, no por ella... mancebas se encuentran en todas partes... sino porque el honor es uno, como decía el viejo Don Diego, y resultaría que retrocedo ante el primer peligro real que me sale al paso, porque el duelo que tuve con el caballero de Beauvoisis fue broma inofensiva! Aquí todo es diferente: cualquier criado puede descerrajarme un tiro, y cuanta que ese es el peligro menor: puedo ser deshonrado... Esto se pone serio, hijo mío- añadió con expresión alegre y acento gascón-. Te juegas el honor. Es difícil, que un pobre diablo como yo, arrojado tan bajo por la casualidad, vuelva a encontrar una ocasión como la que se me ofrece... tendré otras, no malas... pero subalternas...

Largo rato paseó con andar desigual y precipitado, deteniéndose con brusquedad de tanto en tanto y siempre meditando.

En su habitación había un busto magnífico, en mármol, del cardenal Richelieu, que a su pesar atraía sus miradas.

El busto parecía mirarle con mirada severa y como reprendiéndole por la falta de audacia que debería ser natural, aunque no lo es, al carácter francés.

-De todas suertes- pensó al fin Julián-, aun suponiendo que se trate de una celada, es lo cierto que resultaría altamente peligrosa y comprometedora para una muchacha soltera. Saben perfectamente que no soy hombre a quien se haga callar, como no sea matándome, y matar a un individuo, podía hacerse impunemente en los tiempos de Bonifacio de la Mole, pero no hoy. La sociedad ha variado desde entonces radicalmente, y, por otra parte, Matilde es muy envidiada... Mañana pregonarían su vergüenza en cuatrocientos salones... y con qué placer!

«En primer lugar, la servidumbre habla de las preferencias de que soy objeto... lo he oído yo mismo, y en segundo, sus cartas... Estas me comprometen... creerán tal vez que las llevo encima... y si me sorprenden en su dormitorio, me las quitan... Me acometerán dos, tres, cuatro hombres... ¿quién puede saberlo? ¿Pero de dónde van a sacar a esos hombres? ¿Abundan tanto en París los sicarios discretos? ¡Les da mucho miedo la justicia! Pero... ¡diablo! ¡Me asaltarán en persona Caylus, Croisenois, Luz!... ¡No había caído yo en ello! ¡Les ha seducido lo  ridículo del momento de la sorpresa, la graciosa figura que yo haría en medio de ellos!... ¡Mucho cuidadito, señor secretario!

»Está muy bien, señores míos! ¡Saldrán ustedes señalados, les arañaré las caras, como los soldados de César en Farsalia... y en cuanto a las cartas, nadie me impide esconderlas en sitio seguro.»

Julián copió las dos cartas últimas, escondió las copias en un tomo de Voltaire de la biblioteca y llevó en persona los originales al correo.

No estaba tan animado al volver.

-¡La verdad es que me meto en una aventura loca, atado de pies y manos!- pensó-. Pero si no acudo a la cita, sé muy bien que me rebajaré a mis propios ojos. Mi cobardía será para mí motivo de dudas, que durarán mientras me dure la vida, y dudas de esta clase son tan dolorosas, si no más, que la misma desgracia. Creo que si cometiese un crimen, podría perdonármelo, porque, una vez confesado, dejaría de acordarme de él; pero esto... Resultaría que, siendo rival de un hombre que ostenta uno de los apellidos más gloriosos de Francia, yo mismo, con mi debilidad de corazón, me declaro inferior suyo... No ir, no acudir a la cita es cobardía... ¡Julián!...- dijo en voz alta-. ¡No ha de decirse nunca que eres cobarde!... Y además... ¡es tan divina...!

«Si no es lazo, ¡qué locura comete por mí!, y si es lazo... ¡ya veremos, señores! ¡Cuenta mía será hacer que la broma resulte pesada!

»Dice mi maestro de armas que todas las estocadas tienen su parada correspondiente, pero que en los duelos, Dios, que quiere que acaben más o menos pronto, hace, que uno de los contendientes olvide parar. Yo llevaré esta parada, que sirve para todo- terminó, sacando del bolsillo un par de pistolas.»

Como Julián tenía tiempo sobrado, decidió escribir a Fouqué:

«Mi querido amigo: Te ruego que no abras la carta adjunta más que en caso de accidente, es decir, si llegase a tus oídos que me había sucedido algo extraño. En este caso, borrarás los nombres propios del manuscrito que te envío, y harás de él ocho copias, que enviarás a los periódicos de Marsella, de Burdeos, de Lyon, de Bruselas, etc., etc. Pasados diez días mandarás imprimir el manuscrito y harás llegar el primer  ejemplar a manos del marqués de la Mole, y quince días más tarde, esparcirás, durante la noche, todos los ejemplares restantes por las calles de Verrières.»

Julián dio al manuscrito, que Fouqué no debía abrir más que en caso de accidente, forma de cuento, procurando que comprometiese lo menos posible a la señorita de la Mole, aunque pintaba con toda exactitud la situación.

Acababa de cerrar Julián el pliego, cuándo sonó la campana que llamaba a la mesa. Su corazón latió con violencia.

Llena su imaginación del relato que acababa de componer, todo lo veía negro, destilaba presentimientos trágicos. Veíase acometido por un ejército de criados, agarrotado, amordazado y llevado a los subterráneos del palacio, donde le dejaban con centinelas de vista. Si el honor de la familia exigía que la aventura tuviese un desenlace trágico, nada más sencillo que propinarle uno de esos venenos que matan sin dejar rastros, transportarle después de muerto a su habitación y decir que su muerte había sido producida por una enfermedad natural.

A causa de la emoción que su propio cuento le había producido, y del desenlace trágico que recelaba, nuestro héroe tenía miedo, miedo de verdad, cuando entró en el comedor.

Miró a todos los criados, examinó sus rostros, y se preguntó si no serían ellos los escogidos para intervenir en su aventura nocturna. Miró a la señorita de la Mole, por si conseguía leer en su cara los secretos proyectos de su familia, y halló que aquella, mucho más pálida que de ordinario, se parecía a las caras de las damas de la Edad Media. Nunca la encontró tan grave, tan solemne, tan hermosa, tan imponente.

-Pallida morte futura. (Su palidez presagia grandes designios)- se dijo.

Fue en vano que, después de comer, permaneciera largo rato paseando por el jardín: Matilde no se dejó ver. El corazón de Julián se hubiese visto libre de un peso enorme si hubiera podido hablar con ella.

Lo repetimos, aunque la confesión sea humillante para nuestro protagonista: Julián tenía miedo. Como se había resuelto ya a acudir a la pavorosa cita, se abandonaba sin avergonzarse a aquel sentimiento.

-Con tal que en el momento crítico halle yo el valor que necesito, ¿qué me importa sentir miedo en este momento?- se repetía.

Quiso examinar sobre el terreno su situación y tantear el peso de la escalera.

-¡Parece que estoy predestinado a servirme de este instrumento!- exclamó riendo-. Lo utilicé en Verrières y voy a utilizarlo aquí... ¡pero qué diferencia! ¡En aquella ocasión no estaba yo en el caso de desconfiar de la persona por la cual me exponía! También es enorme la diferencia del peligro. Si en los jardines del señor Rênal me hubiesen muerto, mi muerte no habría llevado aparejada mi deshonra: aquí... ¡Qué versiones tan abominables circularán por los salones de los palacios de Chaulnes, de Caylus, de Retz... por todos, en una palabra! ¡Pasaré a la posteridad transformado en monstruo! ¿Quién me justificará? Suponiendo que Fouqué imprima mi manuscrito póstumo, dirán que es una infamia mía añadida a las anteriores... que, recibido en su casa, pago la hospitalidad que me conceden, correspondo a las bondades con que me abruman publicando un libelo indecente, arrojando a la voracidad de la malicia la historia de la que en aquella pasa, atentando contra el honor de las mujeres...

Aquella velada fue para Julián sencillamente horrorosa.

Capítulos I a V | Capítulos VI a X | Capítulos XI a XV | Capítulos XVI a XX | Capítulos XXI a XXV | Capítulos XXVI a XXX | Capítulos XXXI a XXXV | Capítulos XXXVI a XL | Capítulos XLI a XLV | Capítulos XLVI a L | Capítulos LI a LV | Capítulos LVI a LX | Capítulos LXI a LXV | Capítulos LXVI a LXX | Capítulos LXXI a LXXV

Rojo y Negro


 


 Los textos acá colocados son en su gran mayoría de dominio público y/o sus autores han autorizado su colocación. Algunos fragmentos de obras comerciales pueden estar presentes con fines educativos. El respeto al derecho de autor es una parte central de la actividad literaria. Si alguien considera que se vulneran sus derechos o que se hace uso inadecuado de algún contenido o material, favor contáctarnos para retirarlo de inmediato.  
Ciudades Virtuales Latinas - CIVILA.com y Educar.org (c) 1996 - 2006