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XVI Era un jardín
muy grande, dibujado Iba a escribir a Fouqué dándole contraorden, cuando sonaron las once. Hizo funcionar con ruido la cerradura de la puerta de su cuarto, con objeto de simular que se encerraba con llave, y salió con paso de lobo, a fin de ver qué pasaba en la casa, sobre todo en el cuarto piso, habitado por la servidumbre. Nada de extraordinario ocurría. Una de las doncellas de Matilde recibía aquella noche en su cuarto, donde la mayor parte de los criados tomaban alegremente ponche. -Los que con tanta alegría ríen- pensó Julián- no es posible que hayan de formar parte de la expedición nocturna: sería poco serio. Fue a emboscarse en el rincón obscuro del jardín, al objeto de ver llegar a las personas encargadas de sorprenderle, pues calculó que, si el marqués de Croisenois no había perdido el sentido común, procuraría comprometer lo menos posible a la persona con quien debía casarse, y para ello, haría que le sorprendiesen antes de entrar en el dormitorio de aquella. Hizo un reconocimiento militar exactísimo. -Se trata de mi honor- pensaba-. Si caigo en alguna celada, no será excusa a mis ojos decir que no había pensado en ello. Estaba el cielo desesperadamente diáfano. A eso de las once salió la luna, que, a las doce y media, daba de lleno en la parte del palacio recayente al jardín. A la una continuaban iluminadas las habitaciones de Norberto. Jamás tuvo Julián tanto miedo como entonces. No tenía ojos, ni potencias ni facultades más que para apreciar los peligros de la empresa; el entusiasmo brillaba por su ausencia. Fue a tomar la inmensa escalera, esperó cinco minutos deseando que le dieran contraorden, y a la una y cinco minutos apoyó la escalera contra la ventana del cuarto de Matilde. Subió, poco a poco, pistola en mano, maravillándose de que no le atacasen. Próximo ya a la ventana, ésta se abrió sin ruido. -¡Al fin llega usted, señor!- exclamó Matilde con viva emoción-. Hace una hora que sigo todos sus movimientos. La turbación de nuestro héroe era inmensa; ignoraba cómo conducirse, faltábale el amor, y en su aturdimiento, creyendo que era obligación suya mostrarse atrevido, pretendió abrazar a Matilde. -¡Cuidado, caballero!- exclamó la joven rechazándole. Julián miró en derredor. Tan vivo era el resplandor de la luna, que las partes de la estancia no iluminadas estaban negras. Julián pensó que a favor de las sombras podían encontrarse en la habitación media docena de hombres. -¿Qué lleva usted en ese bolsillo?- preguntó Matilde, sin saber cómo empezar la conversación. Sufría horriblemente. En su alma habían recobrado su imperio todos los instintos de recato y de timidez, tan naturales en una doncella bien nacida, y le producían suplicios horrendos. -Llevo pistolas, armas de toda clase- contestó Julián, felicitándose de que le dieran pie para decir algo. -Es necesario retirar la escalera- repuso Matilde. -Es inmensa, y corremos peligro de romper los cristales del salón de la planta baja o del entresuelo. -Será preciso evitar romperlos- replicó Matilde, procurando en vano dar a sus palabras el tono de una conversación corriente-. Me parece que podría usted bajar la escalera por medio de una cuerda que ataríamos al primer travesaño. Por fortuna, tengo siempre en mi cuarto provisión de cuerdas. -¿Esto es mujer enamorada?- pensé Julián-. ¿Tiene el atrevimiento de decirme que me ama? Tanta sangre fría, tanta prudencia en las precauciones, pruebas son patentes de que mi triunfo no es triunfo, de que no soy el vencedor del marqués de Croisenois, como creía estúpidamente, sino sencillamente su sucesor... o su colaborador... ¿Pero qué me importa, en medio de todo? ¿La amo por ventura? Triunfo de todas suertes sobre el marqués en un sentido: al marqués le contrariará tener sucesor, y le pondrá furioso saber que ese sucesor soy yo. ¡Con qué altanería me miraba ayer en el café Tortoni, fingiendo que no me conocía! ¡Y con qué ironía me saludó después, cuando no hacerlo habría sido descarada descortesía! Había atado Julián la cuerda al travesaño último de la escalera, y arriaba poco a poco el instrumento comprometedor, teniendo gran parte del cuerpo fuera de la ventana, a fin de impedir que aquella tocase en los cristales. -Hermosa ocasión para matarme, si la celada está preparada en este dormitorio- pensó Julián. A fuerza de cuidado y de precauciones, consiguió nuestro héroe dejar la escalera tendida a lo largo del muro, entre un macizo de plantas exóticas. -¡Qué dirá mi madre cuando vea el estrago que hemos hecho en las plantas!- exclamó Matilde-. Es preciso arrojar también la cuerda- añadió con extraordinaria sangre fría-. Si alguien la viese partiendo de mi ventana y terminando en la escalera, me pondría en el caso de explicar una circunstancia que no tiene explicación satisfactoria. -¿Y por dónde me iré yo?- preguntó Julián. -Por la puerta. Julián arrojó la cuerda al jardín. En aquel momento preciso, Matilde le asió vivamente por el brazo: había creído oír que abrían la ventana. Nuestro protagonista, temiendo que quien le asía por el brazo era un enemigo, se volvió con brusquedad, desenvainando al propio tiempo un puñal. Los dos quedaron inmóviles, mudos sin atreverse a respirar. Pronto cesó la inquietud, porque el ruido no se repitió, pero entonces comenzó la turbación, que era inmensa por una y otra parte. Julián reconoció la puerta, para comprobar que estaban echados todos los cerrojos. Sintió vivos deseos de mirar también debajo de la cama, donde muy bien podían estar escondidos un par de lacayos; vaciló, y al fin, temiendo reproches futuros de su prudencia miró. Matilde, mientras, era presa de las angustias de la timidez más extrema. Su posición la horrorizaba. -¿Qué ha hecho usted con mis cartas?- preguntó al fin. Viendo Julián que se le presentaba ocasión de desconcertar a sus enemigos si estaban escondidos cerca, respondió: -La primera metida en la cubierta de una Biblia protestante, viaja desde ayer en la diligencia y a estas horas se encuentra lejos de aquí. Las otras dos, han sido confiadas a correos, y siguen la misma ruta que la primera. Julián hablaba con voz muy clara con objeto de que pudiesen oírle las personas que temía que estuvieran escondidas en los dos o tres armarios, que no se había atrevido a reconocer. -¡Dios mío!- exclamó Matilde, asustada-. ¿A qué tantas precauciones? Julián confesó con claridad brutal todas sus sospechas. -¡Ahora comprendo la causa de la frialdad de tus cartas!- exclamó Matilde, poniendo en sus palabras más acentos de delirio que de ternura. No reparó Julián en esta circunstancia. Perdida la cabeza al verse tuteado, desvanecidas sus sospechas, atrevióse a estrechar entre sus brazos a aquella mujer tan bella y que tanto respeto le inspiraba. Fue rechazado, pero a medias. Recurrió entonces a su memoria, como en otro tiempo en el café de Besançon, y recitó las frases más hermosas de la Nueva Eloísa. -Posees un corazón de hombre- le contestó Matilde, sin conceder gran atención a sus frases-. He querido probar tu valor, lo confieso. Tus sospechas y tu resolución demuestran que eres más intrépido aún de lo que yo suponía. Tanto esfuerzo costaba a Matilde tutear a Julián, que prestaba mayor atención a aquella extraña manera de hablar que al fondo de las cosas que decía. El tuteo, despojado de los acentos de ternura, no entusiasmaba a Julián, quien, con gran asombro suyo, no experimentaba sensación deliciosa alguna. Para encontrarla, hubo de recurrir a la imaginación. Creyóse adorado por aquella doncella altiva que jamás concedía alabanzas sin someterlas a restricciones, y, con este raciocinio, consiguió procurarse ya que no otra cosa, la satisfacción de su amor propio. Lejos estaba, es cierto, de disfrutar de aquella voluptuosidad de alma que tan feliz le hizo muchas veces en sus entrevistas con la señora de Rênal, pues no puede negarse que en sus sentimientos, entonces al menos, no entraba para nada la ternura, y sí únicamente el placer de la ambición satisfecha, lo que no era poco, pues Julián era ante todo y sobre todo ambicioso. Habló de nuevo y con extensión de las personas que le eran sospechosas, y de las precauciones a que apeló para esquivar celadas posibles, y mientras hablaba, procuraba ordenar los medios conducentes a aprovecharse de su victoria. Matilde, cuya turbación no se había disipado, se felicitó de que Julián hubiese encontrado tema de conversación. Hablaron de los medios de volverse a ver, asunto que permitió a Julián demostrar una vez más que su valor era indomable. Hizo presente que habrían de luchar contra personas muy listas, que Tanbeau era a todas luces un espía, para afirmar al fin que también a Matilde y a él les había concedido la pródiga Naturaleza rico tesoro de astucia. -Lo más sencillo a mi ver- dijo Julián-, es vernos en la biblioteca, donde sin peligro podemos ponernos de acuerdo. Sin excitar sospechas, puedo entrar en todas las habitaciones del palacio... casi hasta en las de la señora marquesa, que necesitaría atravesar para llegar a ésta. Pero si tú prefieres que entre siempre por la ventana, con verdadera alegría correré ese pequeño peligro. Llamó la atención de Matilde la expresión de triunfo que palpitaba en las frases de Julián. El aguijón del remordimiento penetró en su alma juntamente con la certidumbre de que Julián era ya casi su dueño. La insigne locura que acababa de cometer la horrorizaba, y si a fuerza de voluntad conseguía amordazar sus remordimiento, la timidez, la voz del pudor le producían dolores mil veces más acerbos. -Pero es de todo punto preciso que yo le hable- pensaba la infeliz-. Las conveniencias exigen que la mujer que tiene un amante le hable. Hecha esta reflexión, más que por gusto, porque creyó que cumplía un deber, habló de las diversas resoluciones que con respecto a Julián había tomado en los días anteriores. Dijo que había decidido entregarse a él, si se atrevía a llegar hasta su dormitorio, utilizando la escalera del jardinero, tal como se le ordenaba. Le dirigió palabras muy tiernas, pero con acento de frialdad glacial. Es posible que jamás se haya celebrado una entrevista amorosa en medio de tanto hielo. En realidad, con muy pocas citas como aquella se cobraría aborrecimiento al amor. Al fin, tras interminables vacilaciones, que cualquier observador superficial hubiese tomado por odio violento. Matilde acabó por ser para Julián una manceba amable, ya que no entusiasmada. Sus transportes fueron artificiales, buscados, copia de un modelo que Matilde quería imitar, más bien que realidad. Se rindió Matilde, pero no a la pasión, sino a lo que consideraba voz del deber. -El pobre muchacho- pensaba- ha dado pruebas de bravura indomable, y éstas le dan derecho a ser feliz: lo contrario sería confesar mi falta de carácter. Se entregaba, y hubiese querido rescatar, al precio de una eternidad de desgracia, la dura necesidad en que se encontraba. Pese a la violencia horrible que había de hacerse, fue en todo momento dueña de sus palabras. De su boca no salió un lamento, un reprocho que pudiese destruir el encanto de aquella noche, que para Julián fue más extraña que dichosa. -¡Qué diferencia, santo Dios, entre esta noche y la última que pasé en Verrières! ¡En París han encontrado hasta el secreto de amargar el amor!- decía con notoria injusticia. Se entregaba a estas reflexiones mientras Matilde, llamada por su madre, salía de sus habitaciones para acompañar a aquella a misa. Pronto se alejaron todas las criadas, y Julián escapó sin dificultad y sin ser visto. Montó a caballo y buscó los lugares más solitarios de los bosques próximos a París. Su reciente victoria le producía más asombro que dicha. Los breves momentos que aquella visitaba su alma, su goce podía compararse con el que experimentaría un joven subteniente que, sin saber cómo ni por qué, fuese nombrado de pronto coronel por el ministro de la Guerra. La noche de amor no había dejado el menor sedimento de ternura en el alma de Julián. ¿Por qué? Porque Matilde se le entregó como quien cumple un deber. Todos los sucesos de aquella noche los tenía previstos; todo, menos la vergüenza que le dejaron, en vez de la felicidad de que hablan las novelas. -¿Me habré engañado?- se preguntaba, angustiada-. ¿Será que no le amo?
XVII Matilde no apareció por el comedor: durante la velada dejóse ver breves momentos en el salón, pero no miró a Julián. Como es natural, semejante conducta pareció singular a nuestro protagonista, quien, en los primeros instantes, intentó tranquilizarse, atribuyéndola a causas que Matilde le explicaría satisfactoriamente, lo que no fue obstáculo para que estudiase con viva curiosidad a su amada, y creyese que su actitud pecaba de seca y desdeñosa. No había duda: aquella mujer no era la misma que la noche anterior disfrutó, o fingió disfrutar, momentos de dicha demasiado viva para ser verdadera. La frialdad se acentúo al día siguiente, y más todavía al tercero: ni miraba a Julián, ni parecía acordarse de que estuviese en el mundo. Terrible inquietud mordía en el alma de nuestro amigo, de la cual había emigrado la alegría consiguiente a su triunfo, única sensación que la animó la noche que lo obtuvo. ¿Retornó al sendero de la virtud? No: era Matilde demasiado orgullosa para volverse atrás. -En las circunstancias ordinarias de la vida, cree muy poco o nada en los principios de la religión, aunque los observa porque los considera útiles a los intereses de su casta- pensaba Julián-. Sin embargo, es posible que su delicadeza natural se haya sublevado contra la falta cometida... ¡Pero no te hagas ilusiones, amigo Julián! Confiesa, porque así es, que en la manera de ser de esa mujer no hay un átomo de ingenuidad, de sencillez, de ternura, y sí mucho de altivez... ¿Será que me desprecia? Es posible que se arrepienta de la falta cometida, no por la fealdad de ésta, sino por lo bajo de mi nacimiento. Mientras Julián, abandonándose a los prejuicios bebidos en los libros y corroborados por los recuerdos que le quedaban de Verrières, perseguía la quimera de una amante tierna que deja de pensar en su existencia propia desde el momento que cayó en los brazos del hombre adorado, la vanidad de Matilde estaba furiosa contra él. Como desde hacía dos meses no sucumbía a sus habituales accesos de fastidio, se había acostumbrado a no temerlos, de lo que resultó que Julián, sin soñarlo, había perdido su principal ventaja. -Me he convertido en sierva de un hombre- se decía Matilde con amargura-. Para él, es un honor inmenso, pero si cultivo demasiado su vanidad, llegará día en que haga pública la índole de nuestras relaciones. ¡Extraño fenómeno! Matilde, que jamás había tenido un amante, al encontrarse en aquella circunstancia de la vida que hace nacer ilusiones hasta en las almas más secas, veíase dominada por las reflexiones más amargas, -Tiene sobre mí un poder inmenso, puesto que reina por el terror, y puede imponerme un castigo que me llena de pavor si yo le provoco. Bastaba la idea que acabamos de enunciar para decidir a la altiva señorita de la Mole a mostrarse fría y desdeñosa con Julián. El valor era la característica dominante de su natural, y sólo el pensamiento de que juzgaba a cara o cruz su honra y su existencia podía desterrar de su alma los sedimentos de tedio que la causa más insignificante bastaba para agitar. Pasaron tres días. Como Matilde se obstinaba en no dirigir una mirada a Julián, éste la siguió a la sala del billar, después de comer. -¿Qué busca usted aquí, caballero?- increpó Matilde con ultrajante frialdad-. ¡Grandes derechos imagina que ha adquirido sobre mí, cuando, contra mi voluntad, declarada bien terminantemente, se obstina en hablarme! ¿Sabe usted que nadie se atrevió jamás a tanto? Siguió entre los dos amantes un diálogo tan vivo como singular. Pruebas dieron uno y otro de hallarse dominados por el odio más encarnizado, y como si el carácter de la doncella nunca fue sufrido, el del galán pecó siempre de vidrioso, el resultado definitivo fue una declaración mutua de que regañaban para siempre. -Juro a usted que guardaré secreto eterno sobre lo sucedido- dijo Julián-, y con gusto juraría también nunca más no cruzar con usted la palabra, si mi cambio de actitud, demasiado radical, no entrañase peligros para su reputación. Dichas estas palabras, saludó y se fue. No le produjo el menor pesar llevar a cabo lo que creyó que era deber suyo, pues nada más lejos de su imaginación que el pensamiento de que pudiese estar enamorado de Matilde. Indudablemente no la amaba tres días antes, cuando hubo de esconderse en un armario del dormitorio de aquella, pero en su alma se operó un cambio radical apenas terminada la entrevista que dejamos reseñada. Su imaginación tuvo el cruel capricho de ofrecerle imágenes vivas de los incidentes de la famosa noche, cuya realidad tan frío le dejara, y el resultado fue que, la noche misma que siguió a la declaración de ruptura eterna, Julián creyó volverse loco de dolor, al tener que confesarse a sí mismo que estaba enamorado de la señorita de la Mole. En pos del descubrimiento vinieron horribles combates internos, que despedazaron todos los sentimientos de nuestro protagonista. Fue tan brutal la mutación producida, que dos días después, lejos de mostrarse orgulloso con el señor de Croisenois, le habría abrazado de buena gana derramando lágrimas. El hábito de ser desgraciado iluminó su entendimiento y le hizo comprender la conveniencia de realizar el viaje al Languedoc. Lleno de resolución, hizo su maleta y se dirigió a la casa de postas, donde, al saber que tenía asiento para el día siguiente, experimentó una contrariedad vivísima, que conmovió no poco su decisión. Tomó, empero, el asiento, y volvió al palacio de la Mole para anunciar al marqués que emprendía el viaje. No habiendo encontrado al marqués, Julián se dirigió, más muerto que vivo, a la biblioteca, donde pensaba esperarle, y donde encontró a Matilde. Renunciamos a describir el dolor que experimentó al advertir la frialdad, el desdén que reflejó la cara de Matilde al verle entrar. Sólo diremos que Julián, rendido al peso de su desventura, extraviado por la sorpresa, tuvo la debilidad de exclamar, con acentos de ternura infinita que brotaba del alma: -¿Pero es posible, Dios mío, que hayas dejado de amarme? -¡Me horroriza el solo pensamiento de haberme entregado al primer advenedizo!- contestó Matilde, llorando de rabia contra sí misma. -¡Al primer advenedizo!- bramó Julián, abalanzándose como un loco sobre una espada vieja de la Edad Media, que se guardaba en la biblioteca como objeto curioso. Su dolor, inmenso a juicio suyo en el momento de dirigir la palabra a Matilde, se centuplicó al ver las lágrimas que la vergüenza arrancaba a los ojos de aquella. Matarla habría sido para él la mayor de las dichas. Mas no bien consiguió, no sin dificultad, desenvainar la espada, Matilde, estremecida de gozo al sentir una emoción nueva, avanzó altiva hacia él. Sus lágrimas se habían secado. Surgió en la imaginación de Julián la imagen del marqués de la Mole, a quien era deudor de tantos favores. -¿Y he de matar a su hija?- se dijo-. ¡Qué horror! Hizo ademán de arrojar la espada, mas ante el pensamiento de excitar la hilaridad de Matilde si hacía aquel movimiento que habría tenido inmenso sabor melodramático, recobró instantáneamente su sangre fría. Después de contemplar la hoja con detenimiento, cual si hubiese buscado en ella huellas de orín, la envainó y volvió a colocar, con tranquilidad aparente, en el lugar de donde la había tomado. Matilde contemplaba extasiada aquellos movimientos, que tuvieron un minuto largo de duración. La idea de que había estado a punto de morir a manos de su amante la transportaba a los más hermosos tiempos del siglo de Carlos IX y de Enrique III. Inmóvil como una estatua delante de Julián, fijaba en él sus ojos, de los cuales había desaparecido ya el odio. Temiendo, sin embargo, ceder a una debilidad que la habría convertido en esclava del hombre con quien tan enérgica acababa de mostrarse, huyó. -¡Qué hermosa es, Dios mío!- murmuró Julián, viéndola correr-. ¡No hace cuatro días, ese ángel caía rendido en mis brazos!... ¡No volverán esos instantes... y la culpa es mía! ¡Qué desgraciado me hace mi carácter!... Entró en aquel punto el marqués. -Voy a emprender el viaje- se apresuró a decir Julián. -¿Para dónde? -Para el Languedoc. -No, amigo mío: si emprende usted algún viaje, será hacia el Norte. Le arresto en el palacio; si sale a la calle, que no duren sus ausencias más de un par de horas, pues acaso le necesite de un momento a otro. Saludó Julián y se fue, dejando al marqués presa del mayor asombro. Comprendió que no se encontraba en disposición de hablar con nadie, y se encerró en su habitación, donde podía exagerar a sus anchas el rigor de su desventura. -¡Preso... recluido!- se repetía-. ¡Ni me es dado alejarme! ¡Sabe Dios los días que el marqués me obligará a permanecer en París!... ¿Qué será de mí? ¡Sin un amigo a quien pedir consejo!... ¡Si acudo al cura Pirard, me interrumpirá a la primera palabra; si al conde Altamira, me propondrá que tome parte en alguna conspiración!... ¡Y yo estoy loco, sí. loco de remate!... ¡Necesito que me guíen!... ¿Pero quién, santo Cielo?
XVIII ¡Y me lo confiesa ella misma!
¡Detalla hasta las circunstancias más
triviales! El entusiasmo de la señorita de la Mole rayaba en lo inverosímil, su alegría era delirante. Ni podía pensar en otra cosa que en la dicha de haberse visto en peligro de morir a manos de Julián. -Digno es de ser mi dueño quien estuvo a punto de matarme- se repetía con transporte-. ¿Cuántas almas de los jóvenes de la alta sociedad habría necesidad de soldar para obtener semejante impulso de pasión? Preciso es confesar que estaba arrebatador cuando subió sobre la silla, para volver a colocar la espada en su puesto. En realidad, no fui tan loca como parece cuando le amé y me entregué a él. Si en aquellos instantes hubiese hallado algún medio decoroso de reanudar sus relaciones, bien cierto es que lo habría aprovechado con placer. Por desgracia, Julián, aunque ansiaba arrojarse a las plantas de su amada, se abandonaba a la más violenta de las desesperaciones encerrado en su habitación, sin pensar que, de haber bajado al jardín, o dejándose ver en alguna parte, sus horribles desventuras se habrían trocado en un instante en inefables dulzuras. -En realidad- se repetía Matilde-, mi amor hacia ese pobre muchacho duró bien poco... total, los minutos que le vi subir por la escalera, cargado de pistolas y de puñales, y a lo sumo, hasta las ocho de aquella mañana, pues recuerdo perfectamente que, un cuarto de hora más tarde, mientras oía misa en San Valero, en vez de pensar en el amor, no se me ocurrió sino que, después de lo sucedido, acaso intentase aquel hombre obligarme a obedecerle en nombre del terror. Después de comer, Matilde, en vez de huir de Julián, le dirigió la palabra y hasta le dejó comprender que deseaba que la siguiese al jardín. Huelga decir que Julián obedeció. Sin sospecharlo, Matilde se abandonaba al sentimiento amoroso recientemente reanudado; producíale placer inmenso pasear con su amante, contemplar aquella mano que llegó a desenvainar una espada para matarla. Como es natural, ni uno ni otro lucieron alusión a la borrascosa escena de la biblioteca. Matilde habló con hermosa confianza del estado de su corazón, y, cual si en la conversación íntima hallase raudales de deliciosa voluptuosidad, le hizo historia de su vida pasada, sin reservar siquiera los movimientos de pasajero entusiasmo que tiempo atrás determinaron en su alma los señores de Croisenois, de Caylus. -¡Cómo! ¿También Caylus?- exclamó sin poder contenerse Julián. En su exclamación palpitaba todo el caudal de celos rabiosos que pueda caber en el pecho de un amante abandonado. Así lo comprendió Matilde, sin que por ello se ofendiese. Continuó torturando a Julián explicándole al detalle, en forma pintoresca y con acentos de verdad, sus sentimientos de otro tiempo. El cuadro resultaba tan vivo, que Julián comprendió que la pintura trasladaba al lienzo los colores que veían sus ojos. Los celos mordían sañudos en su alma. Sospechar que un rival posee el amor de la mujer querida, es manantial de agudos dolores; pero escuchar la confesión detallada del amor que inspira, y escucharlo de labios de la propia mujer adorada, es suplicio insoportable. ¡Duro castigo recibían en aquel instante los movimientos de orgullo que habían impulsado a Julián a menospreciar a los Caylus, a los Croisenois! ¡Con qué amargura íntima exageraba ahora las prendas y ventajas de aquellos! ¡Con qué buena fe se despreciaba a sí mismo! Matilde le parecía tan adorable, que en vano buscaríamos palabras capaces de expresar el exceso de su admiración. Mientras paseaba a su lado, contemplaba con arrobamiento sus manos, sus brazos, sus ademanes de reina, y sentía ganas de arrodillarse a sus pies, rendido al peso del amor y del dolor, gritando: ¡Piedad... compasión! No podía dudar Julián de la sinceridad de Matilde, pues en sus palabras palpitaba un acento de verdad demasiado evidente. Para que nada faltase a su desventura, hubo momentos en que el entusiasmo con que Matilde reflejaba el amor que en otro tiempo le inspiró Caylus, puso en su boca frases que parecían indicar que aquel amor no se había extinguido todavía. No habría sufrido tanto Julián si alguien hubiese llenado su pecho de plomo derretido. ¿Cómo había de adivinar el pobre muchacho, abismado como se hallaba en las negruras de su desventura, que era el placer de hablar con él la causa de que la señorita de la Mole se entusiasmase recordando las veleidades amorosas que experimentó en épocas pasadas? No intentaremos expresar las agonías de Julián: quizá alcancen nuestros lectores a medir la extensión de su desdicha, si tienen en cuenta que escuchaba las confidencias de un amor hacia otros hombres en la misma avenida de tilos donde, contados días antes, esperaba que sonase la una de la madrugada para introducirse en el dormitorio de la mujer que las hacía. Ocho días duró este género de intimidad cruel, ocho días eternos, durante los cuales Matilde, ora parecía buscar a Julián, ora huía de él y esquivaba las ocasiones de hablarle. Las veces que hablaban, el tema favorito de sus conversaciones, el que despertaba, al parecer en entrambos, algo así como una voluptuosidad cruel, era el de los dulces sentimientos que en otro tiempo despertaron en el corazón de ella otros hombres. Hablaba Matilde de las cartas que les había escrito, recitándole párrafos enteros. Los días últimos contemplaba a Julián con cierta especie de alegría maligna, como si el dolor de este último fuera manantial de dicha para ella. Que Julián, adolecía de falta absoluta de experiencia de la vida, es evidente, cosa que no nos maravilla, puesto que siempre fue poco comunicativo y no leyó nunca novelas. De haber sido menos torpe, es posible que hubiese dicho con la mayor sangre fría a aquella joven que tan extrañas confidencias le hacía: -Confiesa que, si es cierto que valgo mucho menos que cualquiera de esos señores, soy yo el dueño de tu cariño. Es probable que Matilde se hubiese alegrado de verse adivinada, y si esto no, no cabe dudar que el éxito habría dependido de la gracia con que Julián hubiera expresado la idea expuesta y del momento que para expresarla hubiese escogido. De todas suertes, habría salido airoso y con ventajas de una situación que comenzaba a parecer monótona a Matilde. -¡No me amas, y yo te adoro!- exclamó un día Julián, loco de amor y de desesperación. Fue la necedad más grande que pudo cometer. Aquella frase destruyó en un instante todo el encanto que saboreaba Matilde pintándole el estado de su corazón. Precisamente comenzaba a admirarse de que sus confidencias no ofendiesen a Julián, a creer que no era amada por éste, a sospechar que el orgullo había asesinado su amor, cuando nuestro héroe cometió la insigne torpeza de lanzar la estúpida exclamación que dejamos copiada. La situación varió rápida y radicalmente. Matilde, segura del amor de Julián, pagó a éste con el más soberano desprecio. Paseaban juntos, y no bien sonó en sus oídos la frase fatal, dio media vuelta y se fue. Su última mirada fue de frío desdén. Ni una sola vez le miró durante la velada. Al día siguiente, en el corazón de Matilde no había más que desprecio: había muerto el impulso que, por espacio de ocho días, la arrastraba a conceder a Julián el trato de amigo íntimo..Ni su presencia podía soportar ya, pues le inspiraba repulsión, odio. No supo Julián comprender los verdaderos sentimientos que durante ocho días animaron el corazón de Matilde; pero, en cambio, adivinó desde el primer momento la animadversión que sucedió a aquellos. Su buen sentido le indujo a evitar encontrarse con ella y a no mirarla cuando la encontraba. Hemos de confesar que le costó dolores mortales privarse de la presencia de su adorada, y como sus agonías aumentaban de día en día. Concluyó al fin por pasarse la vida detrás de las persianas de una ventana que daba al jardín, desde donde veía a Matilde, ordinariamente paseando con los mismos hombres a quienes confesara ella misma que amó en otro tiempo. Nunca creyó Julián que los dolores de un hombre pudieran alcanzar tan brutal intensidad. Ocasiones hubo en que estuvo a punto de lanzar gritos: su alma robusta estaba anonadada. Todo pensamiento extraño a Matilde le era odioso: no acertaba a redactar ni las cartas más sencillas. -¡Esta usted loco!- le repetía con frecuencia el marqués. Julián, temblando ante la idea de que adivinaran la causa de su locura, dijo que estaba enfermo y consiguió que le creyeran. Por fortuna para él, el marqués habló en la mesa de su viaje próximo. Diose Matilde cuenta de que el viaje podía ser largo, y como Julián la huía desde hacía varios días, y los brillantes jóvenes que tenían todo lo que faltaba al pobre ser, pálido y sombrío, que no mucho antes despertó su cariño, no consiguieron distraerla de sus ensueños, concluyó por decirse: -Una joven ordinaria escogería al hombre amado entre los que más brillan en los salones; pero un alma elevada no debe circunscribir sus pensamientos al círculo trazado por el vulgo. Casándome con un hombre como Julián, a quien únicamente falta la fortuna, que me sobra a mí, llamaré siempre la atención, no seré una sombra que cruza inadvertida por el mundo. Lejos de temblar constantemente ante el pensamiento de la revolución, como mis primas, que por miedo al pueblo no se atreven a regañar al postillón que guía mal su coche, tendré la seguridad de que representaré un gran papel, porque el hombre que he elegido tiene carácter de acero y ambición sin límites. ¿Que le falta? ¿Amigos? ¿Valederos? ¿Dinero? Todo eso se lo daré yo. Como ve el lector, nuestra bella amiga trataba a Julián como a ser inferior de quien es fácil hacerse amar como y cuando se quiere.
XIX Ganada por las ilusiones en el porvenir y por la perspectiva del papel singular que se creía llamada a representar, no tardó Matilde en lamentar las discusiones secas y metafísicas que con frecuencia sostenía con Julián. A veces, los elevados pensamientos en que se engolfaban en tales términos, que llegaba hasta a arrepentirse de los momentos de dicha que junto a Julián había encontrado, momentos que se presentaban en su mente amargados por crueles remordimientos que, en ocasiones, alcanzaban un grado de terrible intensidad. -He sido débil, sí; pero si he olvidado mis deberes fue por un hombre de mérito- se decía-. Nadie podrá decir que me ha seducido su sedoso bigote, ni su gracia cuando monta a caballo, ni ninguna de las cualidades que enloquecen a las muchachas vulgares; me cautivaron sus profundas disertaciones sobre el porvenir que el destino reserva a Francia, sus ideas sobre la paridad que los acontecimientos que se ciernen sobre nosotros puedan tener con la revolución del año 1688 en Inglaterra. He sucumbido a la seducción, soy una débil mujer, no lo niego; pero, al menos, si caí, no fue al empuje de prendas exteriores. Si estalla algún día la revolución, ¿quién me dice que Julián Sorel no será un Roland, y yo una señora Roland? Prefiero el papel de ésta al de la señora de Staël, porque en nuestro siglo, la inmoralidad de conducta ha de ser un obstáculo. Desde luego aseguro que nadie ha de poder echarme en cara una nueva debilidad: moriría de vergüenza. Los ensueños de Matilde no siempre eran tan graves como las ideas que acabamos de transcribir. Con frecuencia les daba vida y luz la alegría, sobre todo cuando veía a Julián, en cuyos actos y movimientos más insignificantes hallaba una gracia encantadora. -Ya no me cabe duda- pensaba- de que he conseguido destruir en él hasta la idea de que pueda tener derechos. Los acentos de dolor y de pasión inmensa que vibraban en la frase que me dirigió hace ocho días, lo prueban harto evidentemente... La verdad es que fue extemporánea e inmotivada mi rabieta, producida por una exclamación rebosante de respeto y de pasión. ¿Por ventura no soy su mujer? Pues, si soy su mujer, su frase no pudo ser ni más natural ni más amable. Julián continuaba amándome después de aquellas eternas conversaciones dedicadas por mí a exponerle, por cierto con crueldad que ahora lamento, mis veleidades amorosas, inspiradas por lo tedioso de la vida que he llevado, con jóvenes elegantes de los cuales está celoso. ¡Ah! ¡Si él supiese cuán poco peligro son todos ellos para mí! ¡Si él adivinase que me parecen muñecos, copias perfectas unos de otros! Mientras se hacía estas reflexiones, su mano, armada de un lápiz, volaba al azar sobre una hoja de su álbum de dibujo. Llamóle la atención uno de los perfiles que, sin darse cuenta, acababa de trazar: se parecía prodigiosamente a Julián. -¡La voz del Cielo!- exclamó con trasporte-. ¡Uno de los muchos milagros del amor! ¡Sin proponérmelo, he hecho su retrato! Huyó a su habitación, se encerró, y puso toda su habilidad, todas sus facultades al servicio de su voluntad, de dibujar el retrato de Julián; no lo consiguió: ninguna de sus pruebas llegó a parecerse al dibujo hecho inconscientemente. Matilde quedó encantada, porque vio en ello una prueba palpable de la inmensidad de su pasión. No dejó su álbum hasta que la marquesa la llamó para asistir a la Ópera Bufa. Cuando acudió al llamamiento, su preocupación única era buscar con los ojos a Julián, a fin de recabar de su madre que le invitase a acompañarlas. No le vio. En el teatro, sólo seres vulgares fueron a su palco a saludarlas. Matilde se pasó todo el primer acto de la ópera soñando con el hombre a quien amaba con ardorosa pasión, pero en el acto segundo hizo tremenda huella en su corazón una estrofa de amor con música digna de Cimarosa. La artista cantaba: «Debo castigar en mí el exceso de adoración que me inspira. ¡Le amo tanto!» El mundo entero, con cuanto contiene, se borró de la imaginación de Matilde desde el momento que los oídos de ésta recogieron las armonías de aquella canción sublime. Le hablaban y no contestaba; su madre le regañó sin conseguir casi que le dirigiera una mirada. Su éxtasis alcanzó el grado de exaltación y de pasión que caracterizó los movimientos más violentos que por ella sintió Julián en los días anteriores. Las notas, llenas de suaves armonías, de aquella canción divina, que tan admirablemente se adaptaba a su propia posición, la embargaban todos los instantes que dejaba libres el pensamiento directo en Julián. Su amor a la música hizo que aquella noche Matilde estuviera como solía estar la señora de Rênal siempre que tenía a su lado a Julián. El amor de cabeza tiene a no dudar más talento que el amor de corazón, pero sus momentos de entusiasmo son ráfagas, relámpagos que brillan y se extinguen: se conoce demasiado bien, se somete sin cesar al tribunal de la razón, piensa mucho... ¡como que su fundamento son los pensamientos! Vuelta al palacio de sus padres, Matilde, pretextando una indisposición, que acaso no sentía, pasó gran parte de la vela da cantando al piano la canción que tanto y tan agradablemente la había impresionado: Devo punirmi, devo punirmi, Resultado de aquella velada de extravío fue que se creyó curada de su amor. Vamos a escribir unos renglones a sabiendas de que han de perjudicarnos gravemente en la consideración de nuestros lectores. Las almas de hielo nos acusarán de poco convenientes, pero, a nuestro entender, no es injurioso para los jóvenes que brillan en los salones de París suponer que ha habido entre ellas una capaz de los movimientos de locura que degradan el carácter de Matilde. Por añadidura, nuestra heroína es un personaje imaginario, al cual atribuimos cualidades que discrepan esencialmente de las costumbres sociales de nuestro siglo, que tan elevado nivel ocupa en la escala de la civilización. No es la prudencia la virtud que falta a las jóvenes que constituyen el encanto de los bailes de invierno. Tampoco creo que se las pueda acusar, con justo título de desdeñar el tentador brillo de la fortuna, los soberbios trenes, las posesiones, todo lo que asegura una posición agradable en el mundo. Lejos de ser estas ventajas manantial de desinterés y de indiferencia, lo son generalmente de codicia no disimulada, y suponiendo que la pasión no sea un mito, puede asegurarse que nace, arraiga y crece en los corazones al calor de aquellas prendas. Tampoco es el amor el que se encarga de proporcionar una fortuna a los jóvenes dotados, como Julián, de algún talento: tienen éstos necesidad de aliarse con lazos estrechos a una camarilla, y si ésta tiene la suerte de hacer fortuna, sobre los que la componen llueven todos los beneficios sociales. ¡Pobre del hombre estudioso y sabio que no forma parte de un grupo, partido o camarilla! Con dificultad obtendrá triunfos insignificantes, y en cuanto a los grandes y ruidosos, puede dar por descontado que le serán robados. No olviden nuestros lectores que las novelas son espejos que pasean por la vía pública, que tan pronto reflejan el purísimo azul del cielo, como el cieno de los lodazales de la calle. Y si así es, ¿os atreveréis a acusar de inmoral al hombre que lleva el espejo en su canasto? ¡Porque su luna refleja el cieno, os revolvéis contra el espejo! ¡No! A quien debéis acusar es a la calle o al lodazal, y mejor aún, al inspector de limpieza que consiente que se forme el lodazal. Ahora que suponemos a todos convencidos de que el carácter de Matilde es imposible en nuestro siglo, tan prudente como virtuoso, ya no es tan grande nuestro temor de incurrir en el desagrado de nuestros benévolos lectores, si continuamos la historia de las locuras de aquella encantadora joven. El día que siguió a la función de la Ópera, lo pasó entero Matilde acechando las ocasiones de comprobar su triunfo sobre su insensata pasión. Era su gran objetivo contrariar, desagradar a Julián en todo, y no perder ninguno de sus movimientos. Demasiado desgraciado nuestro protagonista, y sobre todo, excesivamente agitado para adivinar tan complicada maniobra de la pasión, con doble motivo había de dejar de ver lo que ésta tenía de favorable para él. Como es natural, fue su víctima; su desventura alcanzó un grado de intensidad al cual nunca había llegado. Hasta tal punto había perdido su inteligencia el dominio de sus actos, que si alguien le hubiese dicho: «Aprovecha rápidamente las disposiciones que van a serte favorables; en la clase de amor de cabeza que se estila en París, la misma manera de ser no dura ni puede durar más de dos días», no habría comprendido. Reconozcamos, empero, que Julián, por grande que su exaltación fuese, era sensible a la voz del honor. Su primer deber era ser discreto; lo comprendió así, y lo fue. Pedir consejo, contar sus suplicios al primer advenedizo, habría sido buscar una dicha comparable a la que experimentaría el desventurado que, próximo a morir de sed en un desierto de fuego, recibiese del cielo una gota de agua helada. Se hizo cargo del peligro, temió contestar con un torrente de lágrimas al indiscreto que le interrogase, y, para evitarlo, se encerró en su cuarto. Vio a Matilde paseando por el jardín. Su paseo duró mucho tiempo, y cuando aquella desapareció, bajó él. Lo primero que hizo fue acercarse a un rosal del que su amada había cortado una flor. Como la noche estaba muy obscura, pudo entregarse a todos los extremos de dolor, sin miedo de que le vieran. Para él, no había duda: Matilde amaba a uno de los apuestos oficiales con quienes acababa de conversar alegremente. Antes le amó a él, pero aquel amor murió tan pronto como Matilde se convenció del ningún mérito del objeto amado. -¡Y la verdad es que mérito no tengo ninguno!;- gemía el infeliz-. Soy un ser vulgar, muy vulgar, fastidioso para mis semejantes e insoportable para mí. Todas sus buenas cualidades le eran entonces aborrecibles; todo lo que antes amó con entusiasmo, parecíale digno de desprecio. En aquel estado de imaginación, trastornada, pretendía juzgar la vida valiéndose de la imaginación, que es un error que sólo cometen los hombres superiores. Muchas veces le asaltó la idea del suicidio. Se le aparecía llena de encantos, bajo la imagen del delicioso reposo: era el vaso de agua helada ofrecido al mísero que, en las inmensidades del desierto, muere de sed. -¡Mi muerte aumentará el desprecio que ella me tiene!- gritaba-. ¡Hermoso recuerdo le dejaría! El hombre que rueda hasta tamañas profundidades en el abismo de la desventura, no tiene ya más recurso que el valor, precisamente lo que faltaba a Julián. Se apagó la luz en la habitación de Matilde, en aquella alcoba que el desgraciado había visto una sola vez en su vida. Dio en el reloj vecino la una de la madrugada, y el sonido de la campana revolucionó todo el ser de Julián. -¡Voy a subir! se dijo con resolución. Fue el rayo que brota de pronto en la mente de los genios. Corrió a buscar la escalera, y momentos más tarde la apoyaba contra la ventana del dormitorio de su adorada. -¡Se enfadará... me abrumará bajo el peso de su desprecio!... ¿Qué importa? ¡Le daré un beso... mi beso último, subiré seguidamente a mi habitación y me levantaré la tapa de los sesos! ¡Voy a morir, pero antes quiero que mis labios se posen sobre los suyos! Sube volando hasta la ventana, llama, le oye Matilde y sale a abrir las maderas: no puede: el peso de la escalera, apoyada sobre aquellas, lo impide. Julián, desesperado, cerrando los ojos al peligro de caer precipitado, imprime a la escalera una sacudida violenta y consigue dejar libre la ventana. Matilde abre, y nuestro héroe penetra en la habitación más muerto que vivo. -¡Tú!- exclamó ella precipitándose en sus brazos. ******** ¿Hay pluma capaz de describir el exceso de dicha de Julián? La de Matilde no fue menor. -¡Castiga mi feroz orgullo!- le decía ella, acusándose a sí misma-. ¡Eres mi dueño, mi señor, y yo tu esclava! Quiero pedirte perdón de rodillas, porque he intentado rebelarme contra tu legítima autoridad. Si dejaba Matilde de estrechar entre sus brazos a Julián, era para caer postrada a sus pies. -¡Sí, adorado mío!- repetía, ebria de dicha y de amor-. ¡Mi dueño eres... reina siempre sobre mí, y si algún día intenta tu esclava rebelarse, castígala con severidad, con dureza! Hubo un momento en que, extraviada, loca, escapó de los brazos de Julián, encendió una bujía, tomó una tijera, y se empeñó en cortarse toda una trenza de sus abundantes cabellos. Costó a Julián ímprobo trabajo impedirlo. -¡Quiero tener siempre presente que soy tu esclava.- decía- Si algún día observas que renace en mí el orgullo, que execro con todas las fuerzas de mi alma, enséñame la trenza y di: «Ya no invoco el amor, no invoco la emoción que en este momento pueda sentir tu alma: pero me has jurado obedecer, y quiero que obedezcas. » Creemos conveniente cesar en la descripción de una escena que alcanzó tan subido grado de extravío y de felicidad. Julián, cuya virtud fue tan grande como su dicha, dijo a su amada, cuando vio que se anunciaban por oriente las primeras sonrisas de la aurora: -Es preciso que me vaya por donde vine: por la escalera. El sacrificio que me impongo es digno de los que tú haces por mí, porque me privo de algunas horas de dicha infinita, la más grande que alma humana pueda saborear. Es un sacrificio que hago en aras de tu reputación, sacrificio cuya enormidad comprenderías si te fuera dable apreciar la violencia que me cuesta. ¿Serás para mí siempre lo que eres en estos momentos? Pero basta: habla el honor, y no es preciso insistir. Quiero que sepas que las sospechas a que dio margen nuestra primera entrevista no se dirigen contra los ladrones. El señor de la Mole ha montado una guardia en el jardín, ha colocado espías en torno del señor de Croisenois, quien no da un paso, sobre todo de noche, sin que... Interrumpió Matilde el discurso de su amante con una carcajada tan ruidosa que despertó a su madre y a una doncella. Segundos después la llamaban a través de la puerta. Matilde palideció intensamente, regañó a la doncella y no contestó a su madre. -Si abren la ventana, verán la escalera- observó Julián. Estrechó a su amada entre sus brazos, y, en vez de bajar por los travesaños, se dejó caer resbalando a lo largo de la escalera. El exceso de dicha le había devuelto toda la energía de su carácter. Tres segundos después, estaba la escalera bajo los tilos y a salvo la honra de Matilde. Julián, medio desnudo y cubierto de sangre, porque se había lastimado al dejarse caer sin precauciones desde la ventana, borró las huellas que la escalera había dejado. Mientras pasaba la mano sobre la tierra, para asegurarse de que no quedaban rastros acusadores. Matilde se asomó a la ventana y le arrojó una trenza de sus cabellos, diciendo con voz bastante alta: -He ahí lo que te envía tu esclava como prenda de reconocimiento eterno. Desde hoy, renuncio al ejercicio de mi razón: sé tú mi señor, mi dueño. A punto estuvo Julián de utilizar de nuevo la escalera y de subir por segunda vez, pero por fortuna tuvo un momento de reflexión y la razón triunfó sobre el deseo. No era empresa fácil pasar desde el jardín al palacio: para ello tuvo necesidad Julián de forzar la puerta de un sótano, y una vez dentro del edificio, viose en el caso de violentar la de su misma habitación por haberse dejado la llave en el dormitorio de Matilde. Se acostó; la fatiga impuso silencio a la dicha, y al salir el sol nuestro héroe dormía profundamente. Presentóse en el comedor a la hora de almorzar, entrando Matilde momentos después. El orgullo de Julián pudo darse por satisfecho viendo el amor que brillaba en la mirada de la hermosa hija de los marqueses, mas bien pronto hubo de dar de mano a la satisfacción para pensar en la prudencia, vivamente alarmado. Matilde, fuese que dispuso de poco tiempo para peinarse, fuese de propósito y con intención deliberada, arregló su peinado de manera que Julián pudo medir desde el primer momento toda la extensión del sacrificio hecho en su obsequio la madrugada anterior: todo un lado de los rubios cabellos de Matilde había caído, al filo de la implacable tijera. Durante el almuerzo, todos los actos, todos los movimientos de Matilde, estuvieron en consonancia perfecta con aquella primera imprudencia. No parecía sino que ponía empeño especial en hacer saber al mundo entero que estaba locamente enamorada de Julián. Es casi seguro que los marqueses hubiesen sospechado lo que pasaba, si aquel día no hubiera embargado toda su atención la promoción de una porción de caballeros, entre los cuales figuraba el señor de Chaulnes, a la orden del cordón azul. Hacia el final del almuerzo, Matilde llevó su imprudencia hasta el extremo de llamar a Julián mi dueño. Fuese casualidad, fuese medida deliberada de la marquesa, los amantes no pudieron verse a solas aquel día. Por la noche, empero, al pasar Matilde desde el comedor al salón, dijo a Julián: -No vayas a creer que se trata de un pretexto forjado por mí: mamá acaba de disponer que duerma en mi cuarto una de las doncellas. A las siete de la mañana del día siguiente, Julián se había instalado en la biblioteca y escribió una carta larga y apasionada a Matilde, creyendo que no dejaría de visitarle allí. No la vio hasta dos horas después, en el comedor, a la hora de almorzar. Se presentó admirablemente peinada, sin que ojos humanos pudiesen advertir la falta de los cabellos cortados. Una o dos veces miró a Julián, pero con calma: seguramente aquel día no le llamaría mi dueño. La estupefacción de Julián rayaba en lo infinito; Matilde se arrepentía de las pruebas de amor que le había dado. Detenidas y serenas reflexiones la habían llevado a la conclusión de que era un hombre, si no de los más ordinarios muy poco superior a los del montón, para justificar las extrañas locuras que por él había cometido. En resumidas cuentas: Matilde pensaba muy poco en el amor: su pasión se enfriaba. Julián, por su parte, se portó como un adolescente de dieciséis años. El asombro, las dudas, la desesperación, mordieron despiadadas en su alma durante el almuerzo, que le pareció eterno, y en cuanto pudo levantarse de la mesa sin llamar la atención, corrió a las caballerizas, ensilló un caballo, y partió a galope, temiendo, si permanecía en casa, cometer alguna debilidad que le deshonrase. -¡Necesito matar mi amor a fuerza de fatiga física!- se decía, cruzando a galope los bosques de Meudon-. ¿Qué he hecho, qué he dicho para merecer tan horrenda desgracia? Horas más tarde, cuando regresaba al palacio, murmuraban sus labios: -No debo hacer nada, no debo despegar los labios. Debo estar muerto físicamente, de la misma manera que lo estoy moralmente... Julián no vive ya... murió... aunque su cadáver se agita todavía. XX Su corazón no comprende al
principio toda la extensión de su
desgracia: está más turbado que conmovido;
pero a medida que la razón recobraba
su imperio, consigue medir mejor
la profundidad de su infortunio
Para él, ya no existen los placeres ni
la vida, su alma no siente ya ni puede
sentir más que las puntas aceradas de
la desesperación que la desgarran
¿Pero a qué hablar de dolores
físicos? ¿Hay dolor sentido por el cuerpo
comparable a éste? Apenas si Julián tuvo tiempo para cambiar de traje, puesllegó cuando la campana llamaba a la mesa. En el salón encontró a Matilde, que suplicaba a su hermano y al señor de Croisenois que no fuesen a pasar la velada a Suresnes, en la casa de la mariscala de Fervaques. Difícilmente hubiese podido estar más seductora y más amable con aquellos. Después de la comida llegaron los señores de Luz, de Caylus, y varios otros. Matilde había recobrado, al parecer, su culto a la amistad, al cariño fraternal y a las conveniencias sociales. No obstante lo delicioso de la noche, insistió en no bajar al jardín y en celebrar la velada en el salón, como en invierno. El canapé azul fue el centro de grupo de jóvenes. El jardín se había hecho aborrecible a Matilde, tal vez por estar íntimamente ligado al recuerdo de Julián. La desgracia suele restar luces al alma. Nuestro héroe cometió la torpeza de ocupar aquella sillita baja que en otro tiempo fue testigo de sus triunfos; la noche a que nos referimos nadie le dirigió la palabra, nadie se dio por enterado de su presencia: más todavía, los que se encontraban a su lado, le volvieron la espalda. Julián, desesperado, quiso estudiar a las personas que pretendían aplastarle bajo el peso de su desprecio. Un tío del señor de Luz ocupaba elevadísimo cargo cerca del rey, y el sobrino aprovechaba esa circunstancia para repetir, cuantas veces se acercaba al grupo algún nuevo contertulio, que su distinguido tío había salido a las siete de la mañana para Saint-Cloud, donde pensaba hacer noche. En cuanto al señor de Croisenois, pudo observar Julián que atribuía influencia decisiva a las causas ocultas. Tan arraigada tenía semejante creencia, que se entristecía y encolerizaba si en presencia suya atribuían algún suceso de cierta importancia a causas sencillas y naturales. Julián pensó que el carácter de tan brillante joven estaba lleno de extravagancias, si no tocado de su poquito de locura. -Estoy representando aquí un papel indigno- pensó de pronto Julián. Resolvió marcharse, mas para ello necesitaba abandonar su sillita baja en forma airosa, sin llamar la atención. Quiso inventar algo, pidió un recurso plausible a su imaginación, apeló a su memoria, a todas sus facultades, y después de tanto trabajo, cuando creyó que había hallado un recurso que le permitiría desaparecer sin ser notado, no hubo una persona que no pusiera en él sus ojos al verle salir del salón. Todo en él revelaba desgracia, tristeza, desesperación. Las observaciones críticas que sobre sus rivales acababa de hacer, contribuyeron no poco a que no tomara su desventura por el lado trágico: para sostener su orgullo tenía el recuerdo de su triunfo de la antevíspera, el pensamiento de que ninguno de aquellos jóvenes, no obstante sus prendas y ventajas, había saboreado la dicha de tener entro sus brazos a Matilde, al paso que él la había hecho suya dos veces. Su talento no llegó a más, sencillamente porque era para él un enigma el carácter de la persona que el azar había colocado en su camino para que fuese árbitro de su dicha o de su desventura. Toda la mañana siguiente la consagró a reventar su caballo y a matarse a sí mismo de cansancio. En la tertulia de la noche no intentó siquiera acercarse al canapé azul, que, como en la velada anterior, ocupó Matilde. Observó que Norberto no se dignó mirarle ninguna de las veces que le encontró en diferentes lugares del palacio, y dedujo que su descortesía debía costar gran violencia a quien indiscutiblemente era el prototipo de la corrección. Dormir habría sido para Julián una dicha. Recuerdos excesivamente seductores, que flotaban sobre su agotamiento físico, comenzaban a invadir su imaginación, fenómeno que le admiró, sin duda porque careció de penetración bastante para comprender que sus desaforadas carreras a caballo por los bosques de las inmediaciones de París, si fatigaban su cuerpo, ninguna influencia ejercían en el corazón ni en el alma de Matilde, y, de consiguiente, en nada podían alterar su suerte. Parecía que hablar a Matilde sería lenitivo a su dolor; ¿pero cómo atreverse? Y si le hablaba, ¿qué le diría? En esto pensaba precisamente una mañana, a las siete, en ocasión en que se había recluido en la biblioteca, cuando se le presentó de improviso Matilde. -Sé que desea usted hablarme, caballero- le dijo. -¡Dios mío! ¿Cómo lo sabe usted? -Lo sé, y es lo esencial. El cómo es lo que no importa. Si no conoce usted el honor, puede perderme... o intentarlo al menos; pero no me impedirá ser sincera este riesgo, que dudo que sea real. No le amo a usted, caballero; mi imaginación extraviada me engañó. Loco de amor, desesperado ante golpe tan terrible, Julián intentó justificarse. No pudo ocurrírsele absurdo mayor; ¿por ventura es un hombre responsable de no ser del agrado de una mujer? Verdad es que nuestro amigo atravesaba una de esas situaciones durante las cuales no es la razón la que ejerce el menor imperio sobre los actos. Un instinto, ciego le impulsaba a dilatar todo lo posible la decisión de su suerte. Parecíale que, mientras estuviera hablando, no terminaría todo, y sin embargo, Matilde no quería escucharle, le irritaba el sonido de su voz, no concebía que tuviese la audacia de interrumpirla. La mañana que nos ocupa, los remordimientos de su virtud y la voz de su orgullo se daban la mano para hacerla desgraciada. La anonadaba, la desatinaba la idea horrorosa de haberse entregado a un estudiante de cura, hijo de un rústico de aldea. -Es lo mismo- se decía ella en momentos en que exageraba su desgracia- que si me hubiese entregado a un lacayo. Los temperamentos atrevidos y orgullosos pasan con facilidad pasmosa desde la cólera contra sí mismos a la furia contra los demás, porque para ellos, en casos como el que nos ocupa, el furor constituye un vivo placer. Esto fue lo que ocurrió con la señorita de la Mole, que concluyó por abrumar a Julián bajo el peso del desprecio más terrible. Dotada de tanto ingenio como talento, empleó entrambas cualidades para torturar el amor propio de su amante, al que produjo heridas crueles. Por primera vez en su vida se vio Julián sometido a la acción de un espíritu superior, animado de odio violento en contra suya. No intentó siquiera defenderse: antes por el contrario, creyó fundados los cargos y concluyó por despreciarse a sí mismo. Al verse objeto de los tiros del desdén, asestados con diabólica destreza para pulverizar la buena opinión que de sí mismo pudiera tener, parecíale que Matilde tenía razón, y que aún no decía bastante. Ella, por su parte, saboreaba el acre placer de castigar en sí misma y en Julián la adoración que a éste profesó breves días antes. Ni necesidad tuvo de inventar, de construir las frases acerbas que con tanta complacencia pronunciaba su lengua; le bastaba repetir lo que, desde hacía ocho días, decía a su corazón el abogado de la parte contraria del amor. Cada palabra suya centuplicaba las agonías de Julián. Intentó éste huir, y Matilde le asió autoritariamente por un brazo. -Tenga usted la bondad de observar- dijo Julián- que alza demasiado la voz y que pueden oírla desde la habitación contigua. -¡Qué me importa!- replicó con fiereza Matilde-. ¿Quién se atreverá a repetir lo que oiga? ¡Quiero destruir para siempre su ridículo amor propio, caballero, acabar con las ilusiones que haya podido formarse! Tan inmenso era el estupor de Julián cuando salió de la biblioteca, que ni de su desventura se daba cuenta. -¡Está visto! ¡No me ama!- se repetía en voz alta, como si quisiera determinar su posición-. Me amó, según parece, ocho o diez días... ¡yo, en cambio, la adoraré mientras viva! ¡Parece mentira!... ¡Me mata el amor de una mujer que ningún atractivo tenía para mí hace muy pocos días!... Henchía el corazón de Matilde el goce del orgullo satisfecho: había conseguido extirpar su amor, triunfar sobre una inclinación casi irresistible que tan feliz la hacía, y se extasiaba al pensar que Julián se habría convencido, de una vez para siempre, de que no ejercía absolutamente ningún imperio sobre ella. Después de una escena tan atroz, tan humillante, se habría hecho imposible el amor en cualquier hombre menos apasionado que Julián. La razón es muy sencilla: Matilde le había dirigido frases tan desagradables, tan bien calculadas, que tenían todas las apariencias de verdades, hasta si se las sometía al análisis de la fría razón. La conclusión que de la escena infirió Julián, fue que el orgullo de Matilde era infinito. Creía firmemente que todo había terminado para siempre entre los dos, y, sin embargo, a la mañana siguiente, en la mesa, dio ante aquella pruebas de torpeza y de timidez extremas. Era éste un defecto que nadie le había conocido hasta entonces, pues siempre, en las cosas pequeñas, como en las grandes, supo la norma de conducta que debía seguir, y la siguió imperturbable. Ocurrió aquella mañana que, al tomar de una consola un libro que le pedía la marquesa, Julián derribó un vaso viejo del Japón, de porcelana azul, sumamente feo. La marquesa se precipitó sobre los restos del vaso, lanzando un grito de angustia. -¡Era del Japón!- gemía-. ¡Recuerdo de una hermana de mi abuela, que fue abadesa de Chelles! Un presente de los holandeses al duque de Orleáns, regente, quien lo legó a su hija... Había seguido Matilde el movimiento de su madre, encantada al ver hecho pedazos un vaso que siempre le pareció modelo de fealdad. Julián permaneció silencioso hasta que vio a Matilde a su lado. -Ese vaso- dijo entonces está destruido para siempre, exactamente lo mismo que un sentimiento que fue en días mejores dueño absoluto de mi corazón: ruego a usted que perdone y olvide las locuras que aquel me hizo cometer. Sin esperar contestación, salió de la estancia. -¡No parece sino que el señor Sorel se alegra de la desgracia de que es autor!- exclamó la marquesa. La frase dio de lleno en el corazón de Matilde. -¡Cierto!- se dijo mentalmente-. Mi madre ha adivinado la verdad: de alegría y de orgullo son los sentimientos que le animan... ¡Todo ha terminado! Queda algo... un ejemplo... un escarmiento para mí. Mi error ha sido espantoso, humillante... en él encontraré la prudencia para el resto de mi vida. Aunque parecía tranquila, su calma era más aparente que real: lo prueba el hecho de que se hubiese extinguido en su corazón la alegría que lo inundaba desde la borrascosa escena del día anterior. -¡Por qué no será verdad lo que he dicho!- suspiraba Julián- ¿Por qué sigue atormentándome el amor que puse en ella? Su pasión, lejos de extinguirse, como esperaba el infeliz, hacía progresos rápidos. -Está loca, sí, no puedo desconocerlo; ¿pero es por ello menos adorable?- se decía-. ¿Cabe concebir mujer más arrebatadora? ¿No atesora Matilde todo cuanto la civilización, la elegancia, la hermosura, pueden ofrecer a un mortal? La obra lenta de la razón de Julián se derrumbaba rápidamente al golpe destructor de estas remembranzas de dicha pasada. Es en vano que la razón luche contra recuerdos de este género: la lucha no sirve más que para empeorar la situación. Veinticuatro horas después de la rotura del vaso viejo del Japón, Julián era uno de los hombres más desgraciados del mundo.
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