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XXI LA NOTA SECRETA Porque nada
cuento que no haya visto; mis ojos han podido engañarme, pero es bien cierto que
yo no te engañaré diciéndotelo. El marqués mandó llamar a Julián; brillaban los ojos de aquel con el brillo de la juventud; parecía rejuvenecido. -Vamos a hablar de su memoria- comenzó diciendo-, que, según dicen, es prodigiosa. ¿Se comprometería usted a aprender cuatro páginas y recitarlas luego en Londres? Claro está que sin alterar una sola palabra... Mientras hablaba, el marqués tenía en sus manos el Diario de aquella fecha, e intentaba inútilmente disimular su preocupación y desasosiego, más intensos que en los peores días de su pleito con el vicario general Frilair. Tenía Julián bastante experiencia para comprender la conveniencia de tomar como moneda corriente y de ley la ligereza de tono que fingía el marqués. -No me parece que sea muy entretenida la prosa del Diario, pero si el señor marqués lo desea, mañana por la mañana tendré el honor de recitárselo de cabo a rabo. -¡Cómo! ¿Hasta los anuncios? -Al pie de la letra y sin variar una coma. -¿Palabra de honor?- repuso el marqués con súbita gravedad. -Sí, señor; únicamente el temor de no salir airoso podría entorpecer mi memoria. -Pensaba hacerle ayer esa pregunta, y lo olvidé. No le exijo palabra formal de no repetir jamás lo que oirá, porque le conozco demasiado bien para suponerle capaz de semejante cosa. He salido garante de su discreción, seguro de que podía hacerlo sin peligro. Voy a llevarle a un salón, donde se reunirán doce personas: su misión será tomar nota de lo que allí se hable... No se atosigue usted, pues no se trata de ninguna conversación confusa. Todos hablarán por turno... aunque no aseguro que con orden. Mientras hablamos, usted llenará tal vez veinte páginas. Volveremos a casa y las reduciremos a cuatro, que son las que usted habrá de recitarme mañana, en vez de todo el número del Diario. Seguidamente saldrá usted de viaje, procurando imitar al joven alegre que viaja por placer. Deberá usted, ante todo, procurar pasar inadvertido. Se presentará a un gran personaje, y será preciso que despliegue toda su sagacidad, pues su objeto habrá de ser engañar a cuantas personas rodeen al personaje a que me refiero, entre cuyos secretarios y servidumbre los hay que están vendidos a nuestros enemigos, que acecharán el paso de nuestros agentes y los interceptarán. Llevará usted una carta de recomendación insignificante. Cuando le mire Su Excelencia, sacará usted mi reloj, que le presto en este momento para el viaje: tómelo, y deme el suyo. El duque mismo escribirá las cuatro páginas que usted le dictará luego que las aprenda de memoria. Después de escritas... observe que digo después, en ningún caso antes, si Su Excelencia le pregunta, podrá usted darle detalles sobre la sesión a que va a asistir. «Creo que no se aburrirá usted durante el viaje desde París hasta la residencia del ministro, si tiene en cuenta que hay personas que darían un ojo de la cara a trueque de meter una bala en el cuerpo del señor cura Sorel. Si ocurriera esta desgracia, su misión quedaría incumplida y nuestros proyectos sufrirían considerable retraso, sencillamente porque nadie cuidaría de darnos noticias de su muerte, y usted, con todo su celo, no podría subsanar la omisión de los demás. Compre usted inmediatamente un traje completo y vístase a la moda de dos años atrás esa noche conviene que se presente poco acicalado, aunque luego, durante el viaje, vestirá como de ordinario. ¿Le sorprende lo que acaba de oír? ¿Principia su suspicacia a adivinar? No se equivoca, amigo mío; uno de los venerables personajes, cuyas opiniones no tardará usted en oír, es muy capaz de enviar delante de usted sus señas personales, y, en este caso, correría usted peligro de ingerir una buena dosis de opio en cualquiera de las posadas donde haga noche. -Entonces, tal vez sea más acertado recorrer de un tirón treinta leguas más, y no tomar el camino directo. Supongo que se trata de Roma... La cara del marqués reflejó viva expresión de altanería y de descontento. -Eso lo sabrá usted, señor mío, cuando yo crea oportuno, decírselo: no me gustan las preguntas. -No fue mi ánimo preguntar- replicó Julián con efusión- Juro a usted, señor, que inconscientemente traduje por medio de palabras mis pensamientos, cuando mentalmente buscaba la ruta más segura. -Reconozco que, según todas las apariencias, su alma se había adelantado a su cuerpo. De todas suertes, bueno será que tenga siempre muy presente que un embajador, con doble razón si es de sus años, no debe nunca violentar las confianzas que se le hacen. Quedó Julián muy mortificado: su amor propio buscó una excusa sin encontrarla. Una hora después de esta conferencia, llegaba Julián a la antecámara del marqués, vistiendo un traje antiguo, corbata de un blanco dudoso, y afectando cierto aire de rusticidad. El marqués soltó la carcajada al verle. -Si este joven me vende- pensó el marqués-, ¿en quién podría confiar? Y el que obra como yo, forzosamente ha de poner confianza en alguien. Corazón le sobra a mi hijo, como también a sus amigos; fidelidad la poseen en grado superlativo: si fuera cuestión de batirse, todos ellos morirán contentos sobre las gradas del trono, y por añadidura, todos lo saben... excepción hecha de lo que me interesa en este momento. ¡Lléveme el diablo si ninguno de ellos es capaz de aprenderse de memoria cuatro páginas y de recorrer cien leguas sin despistarse! Norberto sabría hacerse matar como sus abuelos... creo que también sabría hacerse matar Sorel... ¡Al coche, amigo mío!- terminó el marqués en voz alta, cual si quisiera desterrar un pensamiento importuno. -Mientras me arreglaban este traje, señor marqués- dijo Julián-, he aprendido de memoria la primera página del Diario. Tomó el marqués el periódico, y Julián recitó de memoria la primera página, sin omitir ni alterar una sola palabra. -¡Magnífico!- pensó el marqués-. Entretenido con su recitación, no se dará cuenta de las calles que recorremos. Llegaron a un salón de grandes dimensiones y aspecto bastante triste, colgado de terciopelo verde en su mayor parte. En el centro del salón, un lacayo acababa de colocar una mesa, que no tardó en convertirse en escritorio, gracias a una tapete verde, lleno de manchas de tinta, extendido sobre ella. El dueño de la casa, cuyo nombre no fue pronunciado, era un señor enorme: Julián pensó que su cara era la del hombre que digiere. A una señal del marqués, fue Julián a colocarse en un extremo de la mesa. A fin de hacer un papel desairado, nuestro héroe se entretuvo cortando sus plumas. Mirando con disimulo, pudo contar siete reunidos, todos ellos vueltos de espalda hacia él. Le pareció que, de los siete, únicamente dos hablaban al marqués de la Mole como a igual; los cinco restantes lo hacían con tono más o menos respetuoso. Entró sin ser anunciado un nuevo personaje. -¡Es particular!- pensó Julián-. En esta casa no se anuncia a los que llegan... ¿tomarán en obsequio mío semejante precaución? Todo el mundo se levantó para recibir al recién llegado. Ostentaba una condecoración distinguida, que brillaba también en el pecho de otros tres personajes. Cambiáronse algunas frases en voz baja. Julián, si quiso juzgar al recién venido, hubo de conformarse con estudiar su cara y su porte: era un hombre bajo y rechoncho, de color subido y mirada penetrante y fría. Distrajo inmediatamente la atención de Julián la llegada de otro personaje que parecía la antítesis del anterior: era un hombre alto, muy delgado, y que llevaba tres o cuatro chalecos. Su mirada era dulce y acariciadora y sus ademanes modelo de finura. -Tiene toda la cara del anciano obispo de Besançon- pensó Julián. A todas luces era hombre de iglesia: frisaría en los cincuenta años, y su expresión no podía ser más paternal. Llegó poco después el joven obispo de Agde, cuyo asombro no tuvo límites cuando, recorriendo con la mirada a todos los congregados tropezaron sus ojos a Julián, a quien no había visto desde la ceremonia de Bray-le-Haut. La insistencia de su mirada turbó e irritó a Julián. -¿Va a ser mi desgracia conocer a un hombre?- se preguntaba- Ninguno de esos grandes señores, a quienes jamás vi, me intimida, pero la mirada de ese obispo me hiela. ¡Preciso es reconocer que soy tan singular como desgraciado! Llegó a continuación un hombre muy negro, que entró con estrépito y hablando alto desde que pisó el umbral de la puerta: su tez era amarillenta y parecía loco. No bien asomó, aquella amarillez espantosa, los reunidos en el salón formaron grupos como para librarse de la pena de escucharle. Los congregados se acercaban insensiblemente al extremo de la mesa ocupado por Julián, quien por momentos se sentía ganado por la turbación. Aun cuando hubiese querido cerrar los oídos, no habría podido menos de oír, y aunque su experiencia no fuera grande, comprendía la importancia de lo que allí se decía, así como también el interés que los personajes presentes habían de tener en que sus palabras permaneciesen secretas. Había cortado ya Julián unas veinte plumas, no obstante haber trabajado con calma. Como veía que el recurso iba a faltarle, volvía incesantemente los ojos hacia el marqués de la Mole, en espera de recibir alguna orden; era en vano: el marqués le había olvidado. -Lo que hago es ridículo- pensaba Julián-. Estos caballeros que discuten tan altos intereses, deben de ser muy susceptibles: si los miro, llamaré su atención, y si estoy con los ojos bajos, creerán que recojo todas sus palabras... ¿Qué hago? Su perplejidad era inmensa. XXII ¡La república! Hoy, para uno que esté dispuesto a sacrificarlo todo en aras del bien público, hay millares y millones de personas que no piensan más que en sus placeres y en su vanidad. En París se
concede consideración a los coches, no a la virtud. Entró precipitadamente un lacayo diciendo: -El señor duque de… -¡Calla! ¡Eres un majadero!- exclamó el duque al entrar. Con tanta energía y tanta autoridad habló el duque que Julián, a su pesar, opinó que toda la ciencia del imponente personaje se reducía a saber regañar a los lacayos. Nuestro héroe que había levantado los ojos, los bajó inmediatamente, temiendo que su mirada fuese considerada como imperdonable indiscreción. Era el duque un hombre que frisaría en los cincuenta años, pero afectaba modales y movimientos de dandy. Su frente era estrecha y deprimida, extraordinariamente grande su nariz, su rostro estirado y solemne; difícilmente se habría encontrado empaque más noble e insignificante. Su llegada determinó la apertura de la sesión. La voz del marqués de la Mole interrumpió bruscamente las observaciones fisonómicas de Julián. -Presento a ustedes al señor cura Sorel- dijo-. Está dotado de una memoria portentosa: no hace más de una hora que le hablé de la misión que tal vez le dispensaremos el honor de confiarle y, deseando darme una prueba evidente de su memoria, aprendió la primera página del Diario. -¡Ah! Las noticias referentes a ese pobre N...- observó el dueño de la casa, tomando el periódico y mirando con agrado a Julián-. Diga usted, señor. El silencio era profundo; las miradas de todos se concentraban en Julián. Tan admirablemente recitó nuestro héroe, que cuando había recitado las veinte líneas primeras, interrumpió el duque: -Basta. Tomó asiento el hombre pequeño y rechoncho. Era el presidente. Por medio de un gesto, indicó a Julián que acercase una mesita, frente a la cual se sentó con todos los utensilios para escribir. Contó doce personas sentadas alrededor de la mesa cubierta con tapete verde. -Señor Sorel- dijo el duque-, puede usted retirarse a la habitación contigua. Le llamaremos cuando nos haga falta. El dueño de la casa, a media voz y con expresión de inquietud, dijo a su vecino: -Las ventanas están entornadas... no cerradas... No se asome usted a la ventana- añadió alzando la voz y dirigiéndose a Julián. -Heme aquí metido en una conspiración- pensó Julián- Por fortuna, no es de las que conducen a la plaza de la Grève. Verdad es que, aun cuando entrañase peligros para mí, los afrontaría gustoso, que eso y mucho más merece el marqués. ¡Ojalá me ofreciese ocasión de reparar los perjuicios que mis locuras pueden ocasionarle! Mientras pensaba en sus locuras y en su desventura, miraba lo que le rodeaba como quien desea no olvidar detalle, y se acordó de una circunstancia que hasta entonces le pasó inadvertida: el marqués, contra su costumbre, había tomado un coche simón, y dijo al cochero el nombre de la calle adonde debía conducirle con voz tan baja que no lo recogió su oído. Largo rato dejaron a Julián abandonado a sus reflexiones. Estaba en un salón colgado de terciopelo rojo con franjas de oro. Sobre una consola había un gran crucifijo de marfil, y sobre la repisa de la chimenea, la obra de Maistre El Papa, lujosamente encuadernada y con cantos dorados. Para que no sospechasen que escuchaba lo que decían en la estancia inmediata, donde los congregados alzaban poco a poco la voz, abrió el libro. Al fin abrieron la puerta y le llamaron. -Háganse cuenta, señores- dijo el presidente-, que, desde este instante, hablamos en presencia del señor duque de... Este señor- añadió, señalando a Julián- es un joven levita, identificado con la santa causa que defendemos, que repetirá, sin más auxilio que el de su prodigiosa memoria, cuantas palabras pronunciemos... Tiene la palabra el señor- repuso, indicando al caballero de expresión paternal que llevaba tres o cuatro chalecos. Julián tomó la pluma y escribió largo rato. El autor hubiese querido estampar a continuación una página entera de puntos, pero se opuso fieramente el editor, alegando que una página entera de puntos tiene muy poca gracia, y que la poca gracia es la muerte de las obras tan frívolas como la presente. -La política- objetaba el autor- es algo así como una piedra de molino atada al cuello de la literatura, que la sumerge y ahoga en menos de seis meses. La política, en una obra de imaginación, es un pistoletazo en medio de un concierto. Produce un estruendo que, sin ser enérgico, desgarra el oído. No está a tono con ningún instrumento. Una página política ofenderá a la mitad de los lectores y matará de aburrimiento a la otra mitad. -Pero si los personajes no discuten temas políticos- replicaba el editor-, diga usted que no eran franceses del año 1830, y que su libro no es un espejo, como pretende usted que sea. El editor se salió con la suya. Veintiséis páginas escribió Julián, de las cuales daremos aquí un extracto muy condensado, atentos a suprimir conceptos ridículos, siempre odiosos y de poco gusto. El señor de los tres o cuatro chalecos y expresión paternal (es posible que fuese un obispo) sonreía con frecuencia, y sus ojos, entonces rodeados de flotantes pestañas, adquirían un brillo especial y una expresión menos indecisa que de ordinario. Este personaje, a quien hicieron hablar el primero ante el duque, con objeto, al parecer, de que expusiera las opiniones y asumiera las funciones de abogado general, dejó en Julián la impresión de que adolecía de esa falta de decisión y de conclusiones fijas, que con tanta frecuencia caracteriza a los magistrados mencionados. En el curso de la discusión, el duque llegó a echarle en cara ese defecto. A vuelta de muchas frases morales y de filosofía indulgente, dijo el señor de los chalecos: -La noble Inglaterra, dirigida por un gran hombre, el inmortal Pitt, ha gastado cuarenta millones de francos en oponerse a la revolución. Si esta ilustre asamblea me permite abordar con cierta franqueza una idea triste, diré que Inglaterra no supo comprender que, para un hombre como Bonaparte, sobre todo en circunstancias en que únicamente cabía oponerle muy buenas intenciones, sólo había un medio decisivo: el personal. -¡Siempre la apología del asesinato!- interrumpió con tono de inquietud el dueño de la casa. -¡Tenga usted la bondad de dejar para ocasión más oportuna sus homilías sentimentales!- terció malhumorado el presidente- Continúe usted- añadió con fiero ademán, dirigiéndose al de los chalecos. -Hoy está aplastada la noble Inglaterra- prosiguió el preopinante-. Está aplastada, porque hoy todos los ingleses, antes de comprar el pan que llevan a sus bocas, han de pagar los intereses de los cuarenta millones de francos que fueron gastados contra los jacobinos. Hoy Inglaterra no tiene un Pitt. -Tiene al duque de Wellington- interrumpió un personaje militar con aires de importancia. -¡Por favor, señores, no interrumpan -exclamó el presidente. Si continuamos disputando, será inútil que permanezca aquí el señor Sorel. -Sabemos todos que el señor es hombre de gran diversidad de pensamientos- dijo el duque con intención, mirando al interruptor, antiguo general de Napoleón. Julián comprendió que el duque aludía a algo personal y altamente ofensivo. Todo el mundo sonrió; todo el mundo menos el variable general, cuya cólera era evidente. -¡No tienen un Pitt, señores!- continuó el orador, con el desaliento de quien no espera hacer entrar en razón a su auditorio- Si en Inglaterra hubiese otro Pitt, no sería víctima de un engaño, que nunca se engañó dos veces a una nación por el mismo medio. -Precisamente por eso es hoy, y será siempre imposible en Francia un general vencedor, un Bonaparte- gritó el interruptor militar. Ni el presidente ni el duque se atrevieron, esta vez, a incomodarse, aunque Julián creyó leer en sus ojos que no fueron ganas las que les faltaron. Uno y otro entornaron los párpados, y el duque se conformó con lanzar un suspiro. En cambio se enardeció el orador, quien continuó con fuego, y prescindiendo de la dulzura de tono y lenguaje mesurado que Julián creía hasta entonces que era la especialidad de su carácter. -Desean mis oyentes que termine cuanto antes, y no tienen en cuenta los esfuerzos que me veo obligado a hacer para no ofender ni poner coloradas las orejas a nadie, sean largas o sean cortas. ¡Pues bien, señores! Seré breve, y expondré mi pensamiento con palabras muy vulgares, sí, pero muy claras. Inglaterra no tiene un cuarto para consagrarlo a la causa santa. Si resucitase Pitt, con todo su talento, con todo su genio, no conseguiría engañar a los pequeños propietarios ingleses, que saben muy bien cuánto dinero les ha costado la breve campaña de Waterloo. Puesto que se desean frases claras, precisas y terminantes- añadió el orador, animándose más y más-, diré: Ayudaos vosotros mismos, no contéis con nadie, porque Inglaterra no tiene para vosotros una sola guinea, y si Inglaterra no paga, Austria, Rusia, Prusia, que tienen mucho valor, pero ni un céntimo, a lo sumo podrán hacer contra Francia una o dos campañas. Es posible que los soldados bisoños reunidos por el jacobinismo sean destruidos en la primera campaña; acaso también en la segunda; pero en la tercera, señores, aun cuando me acusen de revolucionario, no dejaré de decir que en la tercera tendrán ustedes a los soldados de 1794, que no eran los soldados de 1792. Interrumpieron al orador desde tres o cuatro sitios a la vez. -Tenga usted la bondad de pasar a la habitación inmediata- dijo el presidente a Julián-, donde podrá poner en limpio lo que ha escrito hasta el presente. Salió Julián muy contrariado, pues precisamente acababan de abordar el tema que era objeto de sus meditaciones habituales. Cuando le llamaron de nuevo, decía el marqués de la Mole: -… Sí, señores, con razón puede decirse de ese desventurado pueblo: «¿Será dios, mesa o cubeta?» «Será dios!- contesta el fabulista. Obra de ustedes ha de ser, señores, llevar a realización cumplida esa idea tan noble, tan profunda. Reúnan sus esfuerzos, y la noble Francia resurgirá tan grande como la hicieron nuestros abuelos, como la vieron nuestros ojos antes de la muerte de Luis XVI.» Inglaterra... por lo menos sus nobles lords, detestan como detestamos nosotros al innoble jacobinismo. Sin el oro inglés, Austria, Prusia, no pueden dar más de dos o tres batallas. ¿Bastará esto para provocar una ocupación feliz, semejante a la que tan estúpidamente desperdició Richelieu en 1617? No lo creo. Hubo aquí una interrupción, ahogada por las protestas generales. El interruptor fue el veterano general imperial, quien suspiraba por el cordón azul y deseaba hacerse notar entre los redactores de la nota secreta. -No lo creo- repitió-, continuó el marqués de la Mole luego que se restableció la calma y el silencio. No nos conviene deber al extranjero sólo el beneficio de una nueva ocupación militar. Esa juventud que publica en el Globo artículos incendiarios nos dará tres o cuatro mil capitanes jóvenes, entre los cuales muy bien puede aparecer un Kléber, un Hoche, un Jourdan, un Pichegru, aunque menos bien intencionados que los grandes hombres a quienes acabo de nombrar. -Ni siquiera hemos sabido honrarles como merecían- observó el presidente. -Es necesario que en Francia haya dos partidos- repuso el marqués de la Mole-, pero partidos que no sólo lo sean de nombre, sino también de hecho: dos partidos perfectamente definidos. Precisa saber a quién debemos aplastar. Colóquense a un lado los periodistas, los electores, la opinión, en una palabra: la juventud y cuanto ésta admira; que mientras ellos duermen tranquilos, arrullados por la música de sus vanas palabras, nosotros tendremos la ventaja de disponer del presupuesto. Surgió otra interrupción. -Puesto que me obliga usted a ello, señor mío- continuó el orador-, voy a presentarle como ejemplo. Si limitase usted la conducta de sus nobles antepasados, que siguieron a San Luis en su cruzada, nos presentaría usted un regimiento, una compañía... media compañía, veinticinco hombres, dispuestos a batirse, a verter su sangre por la santa causa... Lo único que puede presentarnos es una turba de lacayos, que, en caso de revuelta, a usted mismo le darían miedo. «El trono, el altar, la nobleza, pueden perecer en cualquier momento dado, señores, mientras no creemos en cada provincia, en cada circunscripción, un núcleo de quinientos hombres de fidelidad probada, quinientos hombres que a la bravura francesa unan la constancia española.» «La mitad de esa fuerza deberá nutrirse, formarse con nuestros hijos, con nuestros sobrinos, con caballeros, en una palabra. Cada uno de ellos tendrá a su lado, no a un rústico dispuesto a colocarse la escarapela tricolor, si el destino no depara un nuevo 1815, sino campesino bueno, sencillo y franco como Cathelineau, un campesino enseñado y adoctrinado por el caballero, su hermano de leche, si es posible. Que cada uno de nosotros sacrifique la quinta parte de sus rentas para formar este pequeño ejército de quinientos hombres por circunscripción, y entonces será cuando podamos contar con la seguridad de una ocupación militar extranjera. Ni un soldado de fuera se atreverá a penetrar hasta Dijon, si no sabe que en cada departamento le esperan quinientos hombres probados.» «Ningún caso han de hacerse los reyes extranjeros si no les anunciáis que hay veinte mil nobles dispuestos a empuñar las armas para franquearles las puertas de Francia. Diréis, tal vez, que el sacrificio es penoso; pero yo contesto que nuestra cabeza bien vale ese precio. Entre la libertad de la prensa y nuestra existencia como nobles hay empeñada una guerra a muerte. Haceos comerciantes, industriales, campesinos, empuñad el fusil; no hay otro recurso. Sed tímidos, si ese es vuestro gusto, pero nunca estúpidos. Abrid los ojos.» «Formad vuestros batallones!, os diré parodiando la canción de los jacobinos; y entonces se presentará algún Gustavo Adolfo que, ante el peligro inminente del principio monárquico, se lanzará a trescientas leguas de su país, y hará por vosotros lo mismo que Gustavo Adolfo hizo por los príncipes protestantes. ¿Es que queréis hablar siempre y no obrar nunca? Dentro de cincuenta años, en Europa habrá muchos presidentes de república y ni un solo rey, y cuenta que, al mismo tiempo que estas tres letras R. E. Y., desaparecerán los sacerdotes y los nobles. Dentro de cincuenta años, no habrá más que candidatos arrastrándose a los pies de las mayorías sucias y desharrapadas.» «En vano diréis que Francia no cuenta en estos momentos con un general acreditado, conocido y querido; que el ejército carece de organización y no está enseñado a defender el trono y el altar; que ya no forman en sus filas los valientes veteranos que tanto lustre le dieron, al paso que en cada uno de los regimientos austríacos y prusianos encontraremos cincuenta suboficiales que han oído silbar las balas: yo os digo que en la clase media hay doscientos mil jóvenes enamorados de la guerra...» -Demos tregua al diluvio de verdades desagradables- interrumpió un personaje grave, con tono de suficiencia. El marqués de la Mole sonrió con agrado, y terminó de esta suerte: -Pongamos fin a las verdades desagradables, señores, y concretemos. Sería un disparate que el hombre que tuviese una pierna gangrenada, dijera al cirujano que se dispone a amputarla: «Esta pierna que usted cree gangrenada, está sana.» No cometeremos nosotros, señores, semejante tontería: nuestra pierna está gangrenada; entreguémosla a nuestro cirujano, que es el noble duque de... -¡Al fin!- pensó Julián-. Esta noche saldré galopando hacia... XXIII La primera ley
de todo ser, es su propia conservación, vivir. Sembráis cicuta y pretendéis ver
madurar espigas. Habló el personaje grave, y habló como quien entiende perfectamente la materia que trata. Con elocuencia dulce y moderada, que encantó a Julián, expuso las siguientes grandes verdades: 1ª Inglaterra no tiene para nosotros una sola guinea: la economía y Hume se han puesto de moda: los santos tampoco nos proporcionarán dinero, y el señor Brougham se reirá de nosotros. 2ª Sin el oro inglés es inútil esperar más de dos campañas de los reyes de Europa, y dos campañas no bastan para reducir a la clase media. 3ª Es necesario formar en Francia un partido armado, puesto que sin él, el principio monárquico de Europa no se aventurará a organizar las dos campañas mencionadas. -La cuarta verdad que me atrevo a proponer como evidente, es ésta. Sin el concurso del clero, es imposible formar en Francia un partido armado. «Lo anuncio sin rodeos y con claridad, porque voy a demostrarlo en el acto, señores. Es preciso concederlo todo al clero, señores, porque entregado a su misión noche y día, y guiado por hombres de capacidad excepcional, que viven fuera del alcance de los huracanes y a trescientas leguas de vuestras fronteras...» -¡Roma!- exclamó el dueño de la casa. -¡Sí, señor; Roma- repuso el cardenal, que cardenal era el orador-. ¡Roma! No serán las cuchufletas, más o menos ingeniosas, que estuvieron en boga cuando usted era joven, las que me impidan decir muy alto hoy, en 1830, que el clero, guiado por Roma, es el único que habla al corazón del pueblo. Cincuenta mil sacerdotes repiten todos los días las palabras que sus jefes les indican, y el pueblo, que es el que da los soldados, hará más caso de la voz de sus pastores que de las alocuciones de los insignificantes gusanos del mundo. (Grandes murmullos.) «El genio del clero está mil codos por encima del vuestro- continuó el cardenal, alzando la voz-. Lo que se ha adelantado en el sentido de tener en Francia un partido armado, que es vuestro anhelo capital, a nosotros se nos debe... ¿Queréis una prueba? Podría ofreceros mil... ¿Quién ha repartido ochenta mil fusiles en la Vendée? »Desposeído el clero de sus bosques, a nada se considera ligado. En la primera guerra, el ministro de Hacienda escribe a sus agentes que ya no queda dinero más que para los curas. En realidad, Francia no cree, y en cambio ama la guerra tanto, que aquel que a la guerra la lance se hará popular por doble motivo: porque hacer la guerra es llevar el hambre a los jesuitas, según frase del vulgo; hacer la guerra es librar a esos monstruos del orgullo, los franceses, del terrible fantasma de la intervención extranjera.» El cardenal era escuchado con fervor. -Sería preciso que Nerval abandonase el ministerio- añadió- Su nombre irrita sin provecho alguno. Estas palabras desencadenaron la tempestad. Todo el mundo se puso en pie, todo el mundo hablaba a la vez. Julián temió que le obligasen a salir de nuevo; pero el presidente ni se acordaba ya de su existencia. Los ojos de toda la asamblea se volvieron hacia un hombre, que Julián reconoció al punto: era el señor Nerval, el presidente del Consejo d Ministros, a quien había visto en el baile de los duques de Retz. Al cabo de un cuarto de hora de desorden se restableció el silencio. Se puso en pie el señor de Nerval y, con entonación de apóstol, dijo: -No afirmaré que ningún apego siento a la Presidencia. Me han demostrado, señores, que mi nombre redobla las fuerzas de los jacobinos y pone frente a nosotros a muchos que militan en el campo moderado. Si en mis decisiones no influyeran otras consideración, sin repugnancia, con gusto acaso, dimitiría el elevado cargo que desempeño; pero sólo a contadas personas es dado ver los caminos del Señor. Estoy llamado a cumplir una misión- añadió, clavando sus ojos en el cardenal-. El Cielo me ha dicho: «Llevarás tu cabeza al cadalso o restaurarás la monarquía en Francia y reducirás las Cámaras a lo que fue el Parlamento durante el reinado de Luis XV.» Eso quiere de mí el Cielo, señores, y eso es lo que yo haré. Calló el orador y se sentó tranquilo, en medio de un silencio solemne. -¡Buen actor!- Pensó Julián. Engañábase, empero, como casi siempre, concediendo a aquellas personas más talento del que en realidad tenían. El señor de Nerval, animado- por los debates de una discusión tan viva, y, sobre todo, por la sinceridad de los que exponían sus puntos de visa, creía en aquellos momentos en la realidad de su elevada misión. El pobre hombre, a su valor, que no le escatimaremos, unía una falta de sentido deplorable. Dieron las doce mientras duraba aún el silencio producido por su frase es lo que haré yo. Julián creyó percibir en el sonido de la campana algo de imponente, de fúnebre: estaba conmovido. Pronto se reanudó la discusión con energía creciente, y sobre todo, con ingenuidad increíble. -Voy temiendo que estos caballeros me envenenen luego- pensaba Julián-. ¿Es posible que se atrevan a decir delante de un plebeyo cosas tan comprometedoras? Perduraba el debate cuando dieron las dos de la madrugada. El dueño de la casa dormía plácidamente, lo que obligó al marqués de la Mole a llamar a los criados para que renovasen las bujías. Quince minutos antes se había ido el señor de Nerval, no sin haber estudiado muy detenidamente la cara de Julián. Al parecer, su marcha fue del agrado de todos. -¡Sabe Dios lo que ese hombre dirá al rey!- dijo en voz muy baja a su vecino el señor de los chalecos, mientras los criados ponían bujías nuevas en los candelabros-. Es posible que nos deje en ridículo y estropee nuestro porvenir. Descaro ha necesitado para presentarse aquí. Asistía a nuestras reuniones antes de formar ministerio, pero la poltrona presidencial modifica las opiniones y hace que uno olvide hasta los intereses de partido. No bien salió el ministro, el general de Bonaparte entornó los párpados, habló de su salud delicada, de sus heridas, consultó el reloj, y se fue. -Apostaría- dijo el de los chalecos- a que el general corre tras el ministro: excusará su asistencia a la reunión o pretenderá convencerle de que es él quien nos maneja. Renovadas las bujías, dijo el presidente: -Hora es de deliberar, señores, y no de intentar convencemos unos a otros. Pensemos en la redacción de la nota, que dentro de cuarenta y ocho horas han de leer nuestros amigos de fuera. Se ha hablado de ministros: ahora que se ha ido Nerval, ¿no podemos decir que nos importan muy poco o nada los ministros? El cardenal sonrió. -Nada mas sencillo a mi entender, que precisar y definir nuestra posición- dijo el joven obispo de Agde con el fuego y la exaltación del fanático. No había despegado hasta entonces los labios, pero sus miradas, que Julián observó disimuladamente, dulces y tranquilas en los comienzos de la discusión, se habían ido, inflamando en el curso de aquella. Ahora hacía erupción su alma, como la hace la lava del Vesubio. -Un error vino cometiendo Inglaterra desde el año de 1806 hasta 1814: no obrar directa y personalmente sobre Napoleón. Luego que este hombre creó duques y chambelanes, luego que restauró el trono, quedó terminada la misión que Dios le confiara en la tierra; ya no le restaba más que el complemento último: ser inmolado. La Sagrada Escritura nos ofrece frecuentes ejemplos, de tiranos sacrificados. «Hoy, señores, no se trata de inmolar a un hombre, sino a París. Francia entera es copia de París. ¿Qué sacamos con armar quinientos hombres en cada circunscripción? Nada: acometemos una empresa aventurada que no puede dar resultados prácticos. Además, ¿por qué razón hemos de hacer responsable a Francia de lo que es obra exclusiva de París? París ha hecho el daño; París, con sus salones y sus periódicos: ¡que pague París, que perezca esta nueva Babilonia!» «Hay que escoger entre el altar y París. Hasta los intereses mundanos del trono aconsejan el sacrificio. ¿Por qué no se atrevía Paris a respirar durante el imperio de Bonaparte? La contestación puede dárnosla el cañón de San Roque...» Eran las tres de la madrugada cuando Julián abandonó la casa, acompañando al marqués de la Mole. Este, que parecía abochornado y fatigado, suplicó a nuestro amigo que jamás revelase a nadie los excesos de su celo- fue su propia frase- de que, por casualidad, acababa de ser testigo. -No hable usted de ello a nuestro amigo de fuera- dijo-, a no ser que éste quiera en absoluto conocer la opinión de nuestros jóvenes locos. ¿Qué importa a éstos que el Estado se hunda? Serán cardenales y se refugiarán en Roma, pero nosotros, encerrados en nuestros castillos, seremos degollados por los campesinos. Hasta las cinco menos cuarto no quedó redactada la nota secreta, que era un compendio de los apuntes tomados por Julián. -Estoy rendido- dijo el marqués. El final de la nota, sobre todo, adolece de falta de claridad; estoy descontento... muy descontento, porque creo que es lo más malo que he hecho en mi vida. Tómelo usted, amigo mío, apréndala de memoria, y vaya a descansar algunas horas. Le cerraré con llave en su habitación, no sea que alguien, aunque confieso que es poco probable, se la quite. Al día siguiente el marqués condujo a Julián a un castillo aislado y bastante alejado de París, donde les esperaban personas que Julián sospechó que eran sacerdotes. Diéronle un pasaporte a nombre distinto del suyo y le indicaron el objeto verdadero de su viaje. Seguidamente montó solo en un carruaje. Tranquilo estaba el marqués por lo que a la memoria de Julián se refería, pues éste le había recitado tres o cuatro veces el contenido de la nota, pero temía que fuese interceptado el mensajero en el camino. -No me cansaré de recomendarle que viaje como quien no piensa en otra cosa que en divertirse y matar el tiempo- le dijo el marqués con entonación amistosa-. Es muy posible que en nuestra asamblea de anoche hubiese más de un hermano falso. Fue el viaje rápido y triste; muy triste. Julián, no bien se alejó del marqués, olvidó su misión y la nota secreta, para no pensar mas que en el desprecio de que le hacía objeto Matilde. Pasada Metz, en un relevo de postas, vino a decirle el encargado que no había caballos. Serían las diez de la noche. Julián, vivamente contrariado, pidió de cenar. Inconscientemente, semejante a un autómata, comenzó a pasear, y la casualidad le llevó a la caballeriza. Efectivamente, no vio un solo caballo. Despertó sus recelos el encargado de las postas, quien parecía que le examinaba con atención especial, y a fin de substraerse a su curiosidad y a las consecuencias de ésta, salió de su habitación después de cenar, resuelto a escaparse; pero, deseando adquirir algún dato sobre el país, que le era desconocido por completo, quiso entrar antes en la cocina, donde había una porción de hombres sentados al amor de la lumbre. Su alegría no tuvo límites al encontrar allí al signor Jerónimo, el célebre cantante. Sentado en un gran sillón que el napolitano había mandado aproximar a la lumbre, gemía y hablaba el artista a más de veinte campesinos alemanes, que le escuchaban extasiados. -Estas gentes me pierden- dijo el cantante a Julián-. He de cantar mañana en Mayence. Siete príncipes soberanos han acudido para tener el placer de oírme... Pero vamos a respirar el aire fresco de la noche- añadió con acento significativo. Separados de la casa, fuera del alcance de oídos indiscretos, continuó diciendo el cantante: -¿Sabe usted lo que pasa? El encargado de las postas es un bribonazo... Gracias a unas monedas que di a un mozo, he podido saberlo todo. En otra caballeriza que hay hacia el extremo opuesto del pueblo, tienen doce caballos. El objeto de nuestro tunante es retrasar algún correo. -¿De veras?- preguntó Julián con expresión de inocencia. No bastaba descubrir el fraude; era preciso esterilizarlo, continuar el viaje, pero nuestros amigos no pudieron conseguirlo. -Esperaremos el nuevo día- dijo Jerónimo-. Seguro estoy de que desconfían de nosotros, como también de que el fraude va directamente contra uno de nosotros dos. Mañana temprano encargaremos un buen almuerzo, saldremos a pasear mientras lo preparan y nos escaparemos. Alquilaremos caballos donde podamos, y ganaremos la posta inmediata. -¿Y su equipaje, amigo?- interrogó Julián, sospechando que pudiera ser el mismo Jerónimo el encargado de interceptarle. Nuestro héroe se retiró a su cuarto y se acostó. Estaba aún en el primer sueño, cuando despertó sobresaltado al oír a dos personas que hablaban dentro de su cuarto. Era la una el encargado de la posta, en cuya mano tenía una linterna sorda, que proyectaba su luz sobre la maleta que Julián se había mandado subir a su habitación. A su lado había otro hombre que registraba tranquilamente la maleta, abierta por completo, De este segundo individuo no vela Julián más que las mangas, que eran negras y estrechas. -Una sotana- se dijo, tomando sigilosamente las pistolas que había colocado debajo de la almohada. -No tema usted que despierte, señor cura-decía el encargado de las postas. He servido a los dos el vino que preparó usted mismo. -No encuentro ni rastro de papeles- respondió el cura- Mucha ropa blanca, muchas pomadas, muchas esencias, muchas futilidades: éste es un joven mundano que no piensa más que en los placeres: El emisario será el otro, el que finge acento italiano. Los dos personajes se acercaron a Julián para registrar sus bolsillos. Tentaciones tuvo nuestro héroe de descerrajarles un tiro a cada uno, seguro de que le bastaría declarar que los tomó por ladrones para librarse de las consecuencias, pero pensó que comprometía su misión, y optó por asistir inmóvil al registro. -No es un mensajero- dijo el cura, una vez terminado el registro. Volvió el cura la cabeza. Julián, que ya antes había creído que no le era desconocida su voz, aunque, como es natural, no la alzaba, experimentó una de las sorpresas más grandes de su vida al vez que el curioso era el mismísimo cura Castañeda, el hombre que tanto le hizo sufrir en el seminario. Desaparecieron los registradores nocturnos. Quince minutos después, Julián comenzó a gritar desaforadamente: fue obra de pocos momentos poner en conmoción a la casa entera. -¡Estoy envenenado!- bramaba-. ¡Sufro dolores horribles! Necesitaba un pretexto para ir a socorrer a Jerónimo, a quien encontró medio muerto de resultas del láudano que contenía el vino que bebió. Julián no lo había probado. Intentó despertar a Jerónimo, decidirlo a continuar el viaje; todo fue inútil. -Aunque me dieran todo el reino de Nápoles no renunciaría en este momento al placer de dormir- decía el cantante. -¿Y los siete príncipes soberanos? -¡Que esperen! Julián, que se vio obligado a continuar el viaje dejando a Jerónimo, llegó a la casa del elevado personaje sin que le ocurrieran nuevos incidentes. Una mañana entera se pasó solicitando en vano audiencia. Por fortuna, a eso de las cuatro de la tarde, tuvo el duque el capricho de salir a pasear. Julián se acercó como para pedirle una limosna, pero, llegado a dos pasos del alto personaje, sacó del bolsillo el reloj del marques de la Mole y consultó la hora con gran afectación. -Sígame usted a distancia- le dijo el duque sin mirarle. Un cuarto de hora después, entraba el duque en un café. Siguióle Julián y en aquel humilde lugar tuvo el honor de recitar las cuatro páginas de la nota. -Vuelva usted a principiar- le dijo el duque, y repita lo que acaba de decirme, pero despacio, muy despacio. Tomó el duque varias notas, y dijo a continuación: -Abandone aquí su carruaje y su equipaje. Trasládese a pie a la casa de postas inmediata. Vaya como pueda a Estrasburgo, y el día veintidós (ocurrió esto el día diez), a las doce y media del día, estará en este mismo café. No salga hasta dentro de media hora. Silencio. No habló el duque una palabra, más; pero las que dejamos subrayadas llenaron de admiración a Julián. -¡Así deben tratarse los asuntos!- pensaba-. ¿Qué diría este gran estadista si oyese las divagaciones estúpidas y apasionadas de la conferencia de hace tres noches? Dos días tardó Julián en llegar a Estrasburgo donde creía que nada tenía que hacer. Adoptó precauciones por si el cura Castañeda se había puesto sobre su pista, pero, por fortuna, no había sido reconocido por aquel. Una vez en Estrasburgo, nadie cuidó de vigilarle. XXIV ¡Fascinación!
Tienes del amor toda Obligado a pasar ocho días en Estrasburgo, Julián procuraba anegar sus tristes pensamientos en los brillantes mares de la gloria militar y de cariño a la patria. ¿Estaba enamorado? No lo sabía él mismo, pero sí tenía conciencia de que Matilde reinaba en su alma atormentada y era señora absoluta de su dicha y de su imaginación. Toda la energía de su carácter le era necesaria para no caer rendido bajo el peso de su desesperación. Pensar en algo que no estuviese relacionado con la señorita de la Mole, empresa era superior a sus fuerzas. En otro tiempo, la ambición, los triunfos de su vanidad bastaban para hacerle olvidar los sentimientos que la señora de Rênal le había inspirado, pero Matilde lo llenaba, lo absorbía todo: su imagen abarcaba todo el horizonte de su porvenir. De cualquier manera que estudiase Julián aquel porvenir, lo veía lleno de desastres. ¡Extraño fenómeno! ¡El joven presuntuoso y saturado de orgullo, que conocimos en Verrières, le encontramos ahora caído en el abismo más hondo de la modestia ridícula! Tres días antes habría arrancado con placer la vida al cura Castañeda; llegado a Estrasburgo, hubiese dado la razón a un niño. Si se acordaba de sus enemigos, de los adversarios que tropezó en la vida, invariablemente les daba a ellos la razón. Y es que ahora era su enemiga implacable su potente imaginación, en días mejores consagrada sin cesar a la obra de pintarle un porvenir de triunfos y de gloria. La soledad absoluta de su vida centuplicaba el imperio de su negra imaginación. Tesoro de precio incalculable habría sido para él un amigo; ¿pero dónde estaba ese amigo? Además, aun teniéndolo, ¿podía Julián comunicarle secretos que envolvían la deshonra de una mujer querida? Comido por la tristeza, paseaba a caballo por los alrededores de Kehl, pueblo emplazado sobre la margen del Rin, inmortalizado por Desaix y Gouvion Saint-Cyr. Un campesino alemán le enseñaba los arroyuelos, los caminos y los islotes del Rin, a los cuales dio nombre el valor indomable de grandes generales. Julián, en sus paseos, guiaba su caballo con la mano izquierda, y en la derecha tenía abierto el soberbio mapa que completa las Memorias del mariscal Saint-Cyr. Una exclamación de alegría que llegó a sus oídos le hizo levantar la cabeza. La había lanzado el príncipe Korasoff, su amigo de Londres, a quien fue deudor, meses antes, de las primeras reglas de elegante fatuidad. Fiel a este gran arte, Korasoff, que había llegado una hora antes a Kehl, y no leyó en su vida una palabra sobre el sitio de 1796, empezó a explicarlo todo a Julián. Con estupor le contemplaba el campesino alemán, que conocía lo bastante el francés para darse cuenta de las enormes atrocidades que lanzaba la boca del príncipe. La imaginación de Julián se hallaba a mil leguas de la del campesino: también miraba con asombro al joven príncipe, pero era porque le llenaba de admiración la gracia con que montaba a caballo. -Carácter alegre- pensaba-; pantalón de corte irreprochable, elegancia, distinción... ¡Ah! ¡Si yo me le pareciese, es posible que, después de amarme tres días, no se hubiese trocado en aversión el amor de Matilde! -Tiene usted cara de trapense, amigo mío- dijo el príncipe, luego que explicó con todo lujo de detalles la historia del sitio de Kehl-. En Londres le hablé de la conveniencia de afectar un continente grave, pero los extremos son viciosos. Conviene aparentar aburrimiento, hastío; pero la tristeza siempre es de mal tono. La razón es muy sencilla; el hastío sigue a la posesión, al paso que la tristeza indica que falta algo, que suspiramos por lo que no logramos alcanzar. Julián arrojó una moneda al campesino, que escuchaba con la boca abierta. -¡Bien!- exclamó el príncipe-. ¡En su gesto hay gracia, un desdén noble! ¡Soberbio! Puso su caballo a galope; Julián le siguió lleno de admiración estúpida. -¡No me sacrificaría a Croisenois si yo fuese como el príncipe!- se repetía Julián. Cuantos más ridículas le parecían las palabras y actos del príncipe, tanto más las envidiaba: no podía ir más lejos el desprecio propio. El príncipe concluyó por opinar que la tristeza de Julián era real y no simulada. -¡Ah, querido!- le dijo al entrar en Estrasburgo-. ¡Voy comprendiendo! ¿Ha dejado usted todo su dinero sobre el tapete verde? ¿Le ha sorbido el seso alguna actriz? Los rusos copian las costumbres francesas, pero van rezagados cincuenta años: hoy se encuentran en el siglo de Luis XV. Llenáronse de lágrimas los ojos de Julián al oír la alusión al amor hecha por el príncipe. De pronto se le ocurrió abrir su pecho a un joven tan amable. -Pues bien... si, amigo mío- contestó-. Me encuentra usted en Estrasburgo enamorado y desdeñado. Una mujer divina, que vive en una ciudad próxima, me ha dejado plantado después de tres días de pasión, y su desamor me mata. A continuación hizo una pintura acabada de los actos y carácter de Matilde, bien que dando a los personajes nombres supuestos. -No termine usted- le contestó Korasoff interrumpiendo su historia-. Para que tenga confianza en el médico que va a curarle, voy a terminar su confidencia. O el marido de esa beldad goza de una fortuna fabulosa, o bien, y esto me parece más probable, su enamorada pertenece a una de las familias más nobles del país: desde luego, afirmo que es orgullosa. Julián, cuya emoción le impedía hablar, hizo con la cabeza un gesto afirmativo. -Pues bien- repuso el príncipe-; voy a darle tres drogas, un poquito amargas, que se tragará usted sin dilación: Primera: Ver todos los días a la señora... ¿Cómo se llama? -Señora Dubois. -¡Vaya un apellido!- exclamó el príncipe soltando la carcajada- Pero perdone usted mi irreverencia, porque seguramente usted lo encuentra sublime... Se trata de que usted vea todos los días a la señora Dubois, pero cuidadito, con aparentar ante ella frialdad ni contrariedad. Recuerde usted siempre el gran principio de su siglo: «Sé lo contrario de lo que esperan que seas.» Quiero decir que su actitud, su expresión, han de ser las mismas que eran ocho días antes de que usted fuese honrado con los favores de la bella. -¡Ah!- exclamó Julián-. ¡Entonces estaba yo tranquilo! ¡Por lástima, más que por otra cosa, la acepté!... -La mariposa se quema las ala y hasta muere abrasada porque revolotea en derredor de la bujía. La comparación es tan antigua como el mundo, pero gráfica... Quedamos Primero. La verá usted todos los días. Segundo. Hará usted la corte a otra mujer de su clase, pero sin apasionamientos, ¿comprende usted? Nada de exageraciones. Reconozco que su situación es difícil; representará usted una comedia, y si adivinan su juego está usted irremisiblemente perdido. -¡Perdido puedo considerarme desde luego!- exclamó Julián con inflexión trise-. ¡Tiene ella tanto talento y yo tan poco! -¡No! Lo que ocurre es que está usted más enamorado de lo que yo creía. La señora Dubois piensa demasiado en sí misma, como todas las mujeres que recibieron del Cielo o demasiada nobleza o demasiado dinero. Se mira a sí misma en vez de mirarle a usted, de lo que resulta que no le conoce a usted. En los tres o cuatro accesos de amor que sintió por usted, su imaginación le hizo ver en su persona al héroe que había soñado, y no lo que en realidad era usted... ¡Pero qué diablos estoy diciendo! ¡Esto es elemental, mi querido Sorel! ¿Es usted un novato? Entremos en esa tienda. Veo en el escaparate un cuello que parece hecho para Juan Anderson, de la calle Burlington. Hágase el favor de comprarlo, y de tirar al diablo esa innoble cuerda negra que lleva al pescuezo. ¡Muy bien!- repuso al príncipe, al salir de la pasamanería más lujosa de Estrasburgo-. ¿Qué sociedad frecuenta la señora Dubois? ¡Santo Dios, qué apellido! ¡No se enfade usted, mi querido Sorel! Quisiera estar serio, pero no puedo. ¿A quién podrá usted hacer el amor? Piense... busque... -A una orgullosa por excelencia, hija de un fabricante de medias, inmensamente rico. En el mundo no hay ojos como los suyos... me encantan, me enloquecen. Es la más rica del país; pero, con toda su opulencia, hasta que en su presencia se haga alusión al comercio o que se nombre una tienda, para que se ponga colorada y descompuesta. Por desgracia, su padre fue uno de los industriales más conocidos de Estrasburgo. -Tenemos, pues, que- contestó el príncipe, riendo-, si se habla de industria hay la seguridad de que su beldad piense en ella y no en usted. He aquí un ridículo divino, sumamente útil, que impedirá que usted llegue a enamorarse de sus incomparables ojos. El triunfo es seguro. Julián, al hacer la descripción, pensaba en la mariscala de Fervaques, que solía visitar con asiduidad el palacio de los marqueses de la Mole. Era una extranjera hermosa que casó con el mariscal un año antes de los sucesos que venimos narrando. Parecía que el objetivo único de su vida consistía en hacer olvidar que era hija de un industrial, y en, su deseo de representar algún papel en París, habíase puesto a la cabeza de las damas dedicadas a la virtud. Sinceramente admiraba Julián al príncipe. ¡Qué no hubiese dado por poseer sus ridiculeces! La conversación entre los dos amigos fue larga. Korasoff estaba encantado. -Estamos de acuerdo en todo- decía por vigésima vez- Nada, ni una ráfaga de pasión, cuando hable usted con la beldad de los incomparables ojos, hija de un fabricante de medias de Estrasburgo, en presencia de la señora Dubois. En cambio, cuando le escriba, sus cartas deberán ser apasionadas, incendiarias. Leer una carta de amor bien escrita es para una orgullosa placer de dioses. Al saborearla, olvida la comedia que representa y da oídos a la voz de su corazón: escribirá usted, pues, dos cartas diarias. -¡No en mis días!- gritó Julián, con desaliento-. ¡Me dejo machacar en un mortero antes que componer tres frases! ¡Soy un cadáver querido! ¡No espere usted nada de mí! ¡Déjeme que muera a la orilla del camino! -¿Por ventura le he dicho yo que debe usted componer las cartas? En mi maleta guardo seis volúmenes de cartas de amor, manuscritas. Las hay para todos los caracteres de la mujer, incluso para las que rinden culto especial a la virtud. ¿Ignora usted que Kalisky hizo el amor a Richemond- la-Terrasse, la cuáquera más hermosa de toda Inglaterra? Julián se consideraba menos desgraciado cuando se despidió de su amigo a las dos de la madrugada. A la mañana siguiente, el príncipe hizo llamar a un copista, y dos días después Julián recibía cincuenta y tres cartas de amor, concienzudamente clasificadas, destinadas a rendir la virtud más sublime y más triste. -No son más que cincuenta y tres porque Kalisky se hizo despedir antes de escribir la cincuenta y cuatro; ¿pero qué le importa a usted que le maltrae la hija del fabricante de medias, si sus tiros van asestados contra el corazón de la señora Dubois? Todos los días montaban a caballo los dos amigos. El príncipe había cobrado tanto cariño a Julián, que llegó a ofrecerle la mano de una prima suya, rica heredera de Moscú, asegurándole que, una vez casado, en menos de dos años se comprometía a hacerle coronel. Julián estuvo a punto de aceptar, pero su deber le obligaba a acudir a la cita que le dio el elevado personaje. Prometió al príncipe que le escribiría. Recibió la contestación a la nota secreta y corrió a París. No bien llegó, la proposición del príncipe le pareció menos lisonjera: a los dos días, el solo pensamiento de abandonar París y a Matilde le pareció peor que morir. -No me casaré con los millones de Korassof- se dijo en definitiva-; pero seguiré fielmente sus consejos. Seducir es su oficio, lo único que ha hecho, desde que cumplió los quince años, y hoy tiene treinta. Talento no le falta, es ladino y cauteloso: en su carácter no caben el entusiasmo ni la poesía... ¡tanto mejor! Es una especie de procurador... luego lo probable es que no se engañe... ¡Nada, nada! Decididamente voy a hacer el amor a la mariscala de Fervaques... Me proporcionará ratos de aburrimiento, ya lo sé... pero me miraré en sus ojos, que tan parecidos son a los que me han querido más en el mundo... estudiar un carácter nuevo...Estoy loco, me ahogo, y no debo seguir mis impulsos, sino atenerme a los consejos de un buen amigo.
XXV Si me entrego a
ese placer con tanta prudencia Llegado a París Julián, a poco de haber salido del despacho del marqués de la Mole, a quien al parecer desconcertaron no poco los despachos de que era portador, corrió a visitar al conde de Altamira. Aparte de la ventaja de ser un condenado a muerte, aquel apuesto extranjero unía a su mucha gravedad la dicha de ser devoto, dos méritos que, sumados a la elevada cuna del conde, agradaban en extremo a la mariscala de Fervaques, que le veía con frecuencia. Julián le confesó muy en serio que estaba locamente enamorado de aquella. -Es la virtud más pura y más elevada- contestó Altamira-; aunque reconozco que su virtud resulta algún tanto afectada y enfática. Díaz hay en que comprendiendo todas las palabras de que ella se sirve, no acierto a alcanzar el sentido de la frase entera. A veces me hace creer que no poseo el francés tal como lo habla ella. Si se relaciona usted con esa mujer, su nombre no tardará en ser pronunciado en sociedad... Pero vamos a visitar a Bustos, que ha hecho la corte a la mariscala. Don Diego Bustos se hizo explicar muy extensamente el asunto, escuchando sin pronunciar palabra, exactamente lo mismo que si fuese un abogado a quien se ofrece un pleito. -Comprendo- contestó al fin-. ¿Ha tenido amantes la mariscala de Fervaques? ¿Tiene usted esperanzas de alcanzar su objeto? La cuestión capital es ésa. De mí puedo decir que fracasé, que resulté vencido. Como ya no me ciega el amor propio, me hago el razonamiento siguiente: sufre frecuentes accesos de mal humor y no deja de ser vengativa. No encuentro en ella ese temperamento bilioso, que suele ser resultado o compañero del genio y reviste todos los actos de cierto barniz de pasión; por el contrario, a su manera de ser flemática y tranquila, propia del carácter holandés, es deudora de ser rara hermosura y de sus frescos colores. Ponía nervioso a Julián la calma y flema inquebrantable del español: su impaciencia se manifestaba a su pesar por medio de monosílabos que se le escapaban con frecuencia. -¿Tiene usted la bondad de escucharme?- le dijo con gravedad don Diego Bustos. -Perdone usted la furia francesa: soy todo oídos- contestó Julián. -La mariscala de Fervaques es muy propensa al odio; persigue a personas que no ha visto en su vida; abogados, pobres diablos de poetas como Collé, que escriben canciones como ésta: Amo con furia Julián tuvo que aguantar la canción entera, que no se conformó con menos el español. Debemos hacer constar que nunca fue escuchada la célebre canción con mayor impaciencia. -Ha hecho destituir la mariscala el autor de esta otra: Un día, el amor en la taberna... Julián se horrorizó creyendo que Bustos iba a cantarle también la canción principiada, pero se conformó aquel con analizarla. En realidad la tal canción era impía y poco decente. -Cuando la mariscala se enfureció contra esta canción- continuó Bustos-, me permití hacerle presente que una dama de su condición no debe leer todas las necedades que ven la luz pública, pues por mucho que progresen la piedad y la gravedad, siempre habrá en Francia una literatura que podemos llamar de taberna. También dije a la mariscala, cuando ésta consiguió arrebatar al autor, pobre diablo que no cobraba más que la mitad del sueldo correspondiente a su destino de mil ochocientos francos: «!Cuidado, señora! A los ataques que con sus armas dirige usted contra ese rimador, es posible que conteste el atacado con sus rimas: quién sabe si publicará alguna canción sobre la virtud. Usted frecuenta los salones más elegantes; no olvide que acuden a éstos personas alegres que repetirán riendo los epigramas, sobre todo si son picantes.» ¿Quiere usted que le repita la contestación de la mariscala? «Por la causa del Señor, ante París entero caminaría gustosa al martirio: Francia podría contemplar un espectáculo nuevo, y el pueblo sabría apreciar la calidad. Para mí, sería el día más hermoso de mi vida.» Crea usted que nunca fueron sus ojos tan hermosos como en aquel instante. -¡Son soberbios!- exclamó Julián. -Veo que está usted enamorado... Quedamos en que no es una constitución biliosa, inclinada a la venganza; si castiga, si persigue, débese a que es desgraciada, aunque sospecho que su desgracia es interior. ¿Será nuestra mariscala una mojigata cansada de su oficio? El español hizo una pausa que duró un minuto largo. -La cuestión es ésa- repuso con gravedad el español-. Si fuese así, tal vez pudiera usted abrigar alguna esperanza de éxito. Durante los dos años que he sido su humildísimo servidor, he mediado, he reflexionado mucho. Todo su porvenir, señor enamorado, depende de este gran problema: ¿es una mojigata cansada de su oficio, y vengativa porque es desgraciada? -¿No será- dijo Altamira, rompiendo al fin su mutismo- lo que cien veces te he dicho? ¿Consecuencia sencilla de la ventana francesa? ¿Por qué no ha de ser el recuerdo de su padre, el famoso industrial, lo que constituye la desgracia de su carácter, naturalmente tétrico y seco? Para ella el colmo de la dicha acaso fuera vivir en Toledo y escuchar a todas horas sermones terroríficos sobre el infierno. En el momento de despedirse, dijo don Diego, con mayor gravedad que nunca: -Me dice Altamira que es usted de los nuestros. Día llegará en que usted nos ayude a reconquistar nuestra libertad; de consiguiente, justo es que yo me ponga a su lado y procure serle de alguna utilidad en su asunto. Tome usted estas cuatro cartas; son obra de la mariscala. Léalas con atención, que no estará de más que conozca su estilo. -Las copiaré y se las devolveré a usted- respondió Julián. -Y a nadie dirá usted palabra de lo que aquí hemos hablado, ¿eh? -¡Palabra de honor! -¡Que Dios le ayude en su empresa! Don Diego Bustos acompañó silenciosamente a sus visitantes hasta la escalera. La escena disipó un poquito la tristeza de Julián, quién difícilmente podía contener una sonrisa cada vez que se acordaba de que el devoto Altamira le ayudaba en una empresa que nada tenía de moral. La proximidad de la hora de comer producía en Julián una sensación singular. En la mesa vería a Matilde. Vuelto al palacio de los marqueses, vistióse con esmero extraordinario, pero acordándose luego de las recomendaciones del príncipe, y decidido a seguirlas al pie de la letra, se desnudó de nuevo y se puso un traje sencillo de viaje. -He de poner especial cuidado en las miradas- murmuró. Eran las cinco y media y no se comía hasta las seis. Para hacer tiempo, ocurriósele entrar en el salón, que encontró solitario. Las lágrimas acudieron a sus ojos a la vista del sofá azul; vivos colores arrebolaron sus mejillas. -Necesito matar esta sensibilidad- se dijo con cólera-. Me vendería. Tomó un periódico y salió al jardín. Temblando y bien oculto tras un árbol, se atrevió a levantar los ojos hasta la ventana del cuarto de Matilde. Estaba herméticamente cerrada. Sus piernas flaquearon, temió caer al suelo y hubo de permanecer una porción de minutos apoyado contra el árbol. Al fin, un poco más tranquilo, fue a hacer una visita a la escala del jardinero. La contemplo extasiado y concluyó por besarla. Después de vagar largo rato por el jardín, Julián se encontró horriblemente cansado. -¡Magnífico!- pensó-. No me venderán los ojos, estoy seguro. Llegó la hora de comer. Fueron acudiendo todos a la mesa, excepto Matilde, la cual, fiel a su costumbre, se hizo esperar. Vivos carmines tiñeron sus mejillas cuando vio a Julián, cuyo regreso desconocía. Nuestro héroe, recordando las lecciones del príncipe Korasoff, miró sus manos y observó que temblaban. Conturbóle no poco el descubrimiento, pero consiguió dominar su emoción y no revelar más que cansancio. El marqués le colmó de elogios y la marquesa le hizo el honor de hablarle de su fatiga. Julián comprendió que no debía mirar mucho a Matilde, pero tampoco esquivarla; así lo hizo. Serían las ocho cuando anunciaron a la mariscala de Fervaques. Julián se eclipsó para reaparecer minutos después, vestido con extraordinario esmero. La marquesa, contentísima al ver semejante prueba de atención, quiso testimoniarle su satisfacción hablando de su viaje a la mariscala. Julián tomó asiento al lado de ésta y en forma que Matilde no pudiese ver sus ojos. Merced a su colocación, la mariscala quedó convertida en objeto de su admiración más extática, sin llamar demasiado la atención. La primera de las cincuenta y tres cartas que le entregara el príncipe Korasoff- trataba precisamente de ello. Anunció la mariscala que aquella noche iba a la Ópera Bufa; huelga decir que Julián se apresuró a asistir también. Tuvo la suerte de encontrar en el vestíbulo al caballero de Beauvoisis, quien le llevó al palco de sus amigos, que era precisamente el inmediato al ocupado por la mariscala. Julián no separó de ella los ojos. Encerrado en su cuarto, después de salir del teatro, pensó que le convenía escribir un diario en el que hiciera constar los incidentes y progresos del asedio comenzado, a fin de dar progresivamente mayor fuerza a sus ataques. Escribió dos o tres páginas, consiguiendo ¡cosa admirable! no acordarse casi de la señorita Matilde. Muy contadas veces había pensado Matilde en él mientras duró su ausencia. -Es un ser vulgar- se decía-, cuyo nombre me recordará siempre la falta más vergonzosa de mi vida. Preciso es que yo vuelva de buena fe a rendir culto a las vulgares ideas de cordura y de honor que una mujer no puede olvidar sin exponerse a perderlo todo. Sin inconveniente accedió a que se llevase a efecto su matrimonio con el marqués de Croisenois, llenando de alegría al favorecido, para quien habría sido una sorpresa saber que en el fondo del consentimiento de Matilde, que tanto le enorgullecía, palpitaba mucha resignación y ningún cariño. Todas estas ideas de Matilde variaron radicalmente en cuanto vio a Julián. -En realidad- se dijo-, es mi marido, y con él debiera yo casarme si de buena fe vuelvo a la senda del deber. Esperaba que Julián la importunaría con quejas, o, por lo menos, que la perseguiría con su tristeza silenciosa. Preparadas llevaba las contestaciones, no dudando que su amante, al salir del comedor, intentaría dirigirle algunas palabras. Se engañó; Julián se trasladó desde la mesa al salón, donde permaneció tranquilo, sin dirigir una sola mirada al jardín. ¿Que le costó trabajo? Indudablemente; pero no lo dejó traslucir. -Hemos de tener una explicación... pues, cuanto antes mejor- pensó Matilde saliendo sola al jardín. Julián no se movió. A través de las ventanas del salón vióle Matilde haciendo a la mariscala de Fervaques una descripción detallada de los vetustos castillos ruinosos que se alzan sobre las márgenes del Rin, dándoles una fisonomía especial. Preciso es confesar que nuestro héroe no estaba del todo mal en el fraseo pintoresco y sentimental, que suelen llamar esprit en ciertos salones. Con razón se hubiese sentido henchido de orgullo el príncipe Korasoff si se hubiera encontrado aquella noche en París, pues la velada era reproducción real de cuanto su experiencia habría previsto. También habría aprobado la conducta que observó Julián en los días sucesivos. Una intriga urdida por los miembros del gobierno oculto iba a disponer de algunos cordones azules. La mariscala de Fevarques quería que un hermano de su abuelo fuese nombrado caballero de la Orden, e idéntica pretensión tenía el marqués de la Mole en favor de su suegro. Aquella y éste unieron sus esfuerzos, y al objeto de ponerse de acuerdo para llevarlos a buen término, se veían casi todos los días en el palacio de la Mole. De labios de la mariscala supo Julián que el marqués iba a ser nombrado ministro de la Corona, y que había ofrecido a la Camarilla un proyecto ingeniosísimo que, debilitando poco a poco la Constitución, daría con ésta en tierra, sin ruidos ni escándalos, en tres años. Si el marqués de la Mole era ministro, Julián podía aspirar a una mitra, por más que, a juicio del interesado, espeso velo cubría todos sus intereses: su imaginación los entreveía muy confusos y lejanos. La horrible desventura que ponía en peligro la solidez de su razón, hacía depender su porvenir de la actitud de Matilde, cuyo amor no desesperaba de despertar de nuevo después de cinco o seis años de trabajos metódicos y bien dirigidos. Como se ve, aquella cabeza, tan serena y fría hasta entonces, atravesaba un periodo de extravío lamentable, de delirio completo. De todas las cualidades que le distinguieron en otro tiempo, solamente le quedaba una: la firmeza, y aun ésta bastante conmovida. Fiel a la norma de conducta que le dictara el príncipe, todas las noches se sentaba lo más cerca posible del sillón ocupado por la mariscala, pero le era imposible dirigirle la palabra. Los esfuerzos, la violencia que se hacía para que Matilde le creyese curado, absorbían todas las energías de su alma: su lengua estaba como muerta, y hasta sus ojos habían perdido el fuego que los animaba. En cuanto a la marquesa, como quiera que sus opiniones fueron siempre la antítesis de las sustentadas por el hombre que probablemente haría duquesa a su hija, al cabo de pocos días ponía sobre los cuernos de la luna los méritos de Julián.
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