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XXVI -Sin duda hay en toda esta familia cierta predisposición favorable que violenta la rectitud de su juicio- pensaba la mariscala-. Todos parecen enamorados de su curita, le tienen por hombre superior, y, sin embargo, no veo que sepa hacer otra cosa que escuchar. Lo único que tiene bueno son los ojos: lo confieso. Julián, por su parte, hallaba en la manera de ser de la mariscala un modelo casi acabado de esa calma patricia que respira corrección y finura de modales y es inaccesible a las emociones vivas. Lo imprevisto en los movimientos, la falta de dominio sobre sí mismo, habría escandalizado a la mariscala casi tanto como la ausencia de majestad frente a los inferiores. Una muestra de sensibilidad habría sido a sus ojos algo parecido a una embriaguez moral, que no puede menos de avergonzar a toda persona celosa de su dignidad. Nunca gozaba tanto como cuando hablaba de la última expedición cinegética del rey, y su lectura favorita eran las Memorias del duque de Saint-Simon, cuyas disertaciones genealógicas la encantaban. Sabía perfectamente Julián el sitio que debía ocupar para poder admirar a la mariscala, y lo ocupaba invariablemente, teniendo cuidado de colocar su silla en forma que no hubiese de ver a Matilde. Admirada ésta de un empeño tan decidido y evidente, abandonó un día el sofá azul y fue a sentarse cerca del sillón ocupado por la mariscala. Por encima del sombrero de ésta la veía Julián, quien, ante aquellos ojos, que eran árbitros de su suerte, experimentó al principio un terror indecible. Pronto pasó éste, y con él, desapareció su apatía habitual. Aquel día habló muy bien. Sus frases iban dirigidas, a la mariscala, pero su objeto único era obrar sobre el alma de Matilde. De tal suerte se animó, que la mariscala concluyó por no comprender lo que decía. Esta circunstancia, a los ojos de la mariscala, era un mérito. Si Julián hubiese sabido completarlo añadiendo algunas frases de misticismo alemán o de ardiente religiosidad, aquella le habría colocado entre los hombres superiores llamados por la Providencia a regenerar a su siglo. -Puesto que tiene el mal gusto de hablar tanto tiempo y con tanto fuego a la mariscala de Fervaques, cerraré los oídos; no quiero escucharle- se dijo Matilde. Aunque le costó trabajo, cumplió su palabra. Terminada la tertulia, al dar las buenas noches a su madre para retirarse a su cuarto, la marquesa detuvo a Matilde para hacer un elogio entusiasta de Julián. Fue lo único que faltaba para acabar de exasperar a la joven. No pudo conciliar el sueño en toda la noche. Julián, en cambio, se encontraba más alegre, mejor dicho, menos triste que de ordinario. Hizo la casualidad que. antes de meterse en la cama, tropezaran sus ojos con la cartera de piel de Rusia que le había regalado el príncipe Korasoff juntamente con las cincuenta y tres cartas de amor. Al pie de la primera, vio Julián una nota que decía así: «Esta carta se envía a su destino ocho días después de la primera conversación.» -¡Ya me he retrasado!- exclamó Julián, poniéndose a copiar la carta. Era ésta una verdadera homilía, llena de frases sobre la virtud y capaz de hacer bostezar a un marmolillo. Julián se durmió antes de terminar la segunda carilla. Algunas horas más tarde, sorprendióle el sol apoyado sobre la mesa. Uno de los momentos más penosos de su existencia era el que seguía al despertar, pues al abrir los ojos se acordaba invariablemente de su desventura, pero aquel día terminó la copia de la carta riendo casi. -¿Es posible que haya existido un hombre capaz de escribir esto?- se preguntaba. Al pie del original encontró una nota a lápiz, que decía lo siguiente: «Las cartas debe llevarlas el mismo interesado: irá a caballo y llevará corbata negra y levita azul. Al entregar la carta al portero, afectará aires de contrición, sus ojos serán espejo que refleje la honda melancolía de su alma. Si encuentra alguna doncella, secará furtivamente sus ojos y, sobre todo, le dirigirá la palabra.» Julián siguió las instrucciones al pie de la letra. -Atrevido es lo que hago- se dijo Julián al salir del palacio de los Fervaques-, pero mi error no será mío, sino de Korasoff. ¡Mire usted que tener la osadía de escribir a una virtud tan célebre! La contestación será tratarme con el mayor desprecio, pero no me importa: me reiré. Si he de decir lo que siento, ninguna otra comedia podía divertirme tanto... Si; hundir en el ridículo a este ser odioso que llamo Yo, me servirá de solaz... ¡A trueque de distraerme, sería yo capaz hasta de cometer un crimen!... Desde hacía un mes, los únicos momentos alegres de la existencia de Julián eran aquellos en que llevaba su caballo a la cuadra. Korasoff le había prohibido terminantemente que mirase a Matilde, y nuestro héroe, aunque con vivo dolor de su alma, así lo hacía; pero el paso del animal, que Matilde conocía muy bien, y la manera de llamar Julián a la puerta de las caballerizas, no pocas veces hacían que aquella se acercase a los cristales de su ventana. Julián la veía a través de la finísima muselina de los visillos, pero sin alzar la cabeza, por el borde del ala de su sombrero. Aquella noche, la mariscala habló con él exactamente lo mismo que si no hubiese recibido la disertación filosófico-místico-religiosa que por la mañana puso Julián en manos de su portero, con expresión tan melancólica y compungida. Nuestro héroe estuvo elocuentísimo, habló como un ángel sobre un tema altamente metafísico: cómo el amor propio logra introducirse arteramente hasta en los corazones que son templo de la virtud más augusta. -Tiene razón la marquesa de la Mole-se decía la mariscala al subir a su coche-. Ese joven es modelo de distinción. Sin duda, mi presencia le intimidaba los primeros días. La verdad es que en esta casa no se encuentra nada sólido... virtudes cuya causa son los años, y que tenían necesidad extrema del hielo de la edad... Ese joven, que es listo, no ha podido menos de advertir la diferencia... Escribe bien; pero temo que la súplica que en su carta me hace de que le ilumine con mis consejos sea en el fondo un sentimiento, del cual ni el mismo se ha dado cuenta... ¡Cuántas conversiones han tenido ese principio! Me hace augurar bien de ésta la notable diferencia de estilo que observo entre la carta que me dirigió y las que he tenido ocasión de leer escritas por otros jóvenes. Es imposible dejar de ver la unción, la seriedad profunda y la convicción que palpitan en la presa de ese levita... Me atrevo a asegurar que ha de llegar a poseer la dulce virtud de Masillon. XXVII ¡Servicios!
¡Talento! ¡Méritos! He aquí cómo la idea de ceñir una mitra, que más de una vez había pasado por la imaginación de Julián, penetró en la cabeza de una mujer, que más pronto o más tarde debía ser la llamada a distribuir los puestos más hermosos de la Iglesia de Francia. Verdad es que, dadas las circunstancias y el estado de ánimo de Julián, semejante perspectiva no le habría halagado gran cosa, sencillamente porque le era imposible pensar en lo que no fuera su desventura presente. Todo le atormentaba, todo le era insoportable: hasta la vista de su habitación. Por las noches, al entrar en ella para acostarse, los muebles, los objetos de adorno, parecían animarse y tener voz para anunciarle con acentos ásperos y destemplados algún detalle nuevo de su desgracia. -Menos mal que me he impuesto una labor obligada- murmuró al entrar en su cuarto-. Ojalá esta segunda carta sea tan fastidiosa como la primera. Lo era muchísimo más. Tan absurdo, tan falto de sentido común le pareció lo que copiaba, que se vio obligado a transcribirlo palabra por palabra, sin preocuparse del sentido. -Más enfático es esto que los documentos oficiales del tratado de Münster, que mi profesor de diplomacia me hacía copiar en Londres- se dijo. Como se acordara entonces de las cartas de la mariscala, que todavía conservaba en su poder, las buscó y leyó, hallando que casi eran inconexas y sibilíticas como las del joven príncipe ruso. Prodigio de vaguedad, parecía que lo decían todo y no cedían nada. -Estilo de arpa eoliana- pensaba Julián-. En medio de un fárrago indigesto de elevados pensamientos sobre la nada, la muerte, el infinito, etc., lo único que observo de positivo es un terror abominable hacia el ridículo. La escena y el monólogo que acabamos de transcribir se repitieron durante quince días consecutivos. Dormirse copiando un comentario sobre el Apocalipsis, entregar al día siguiente la carta con expresión melancólica, llevar el caballo a la cuadra con la esperanza de vislumbrar el vestido de Matilde, trabajar durante el día, asistir a la Ópera las noches que la mariscala no iba al palacio de los marqueses de la Mole, eran las ocupaciones monótonas de la existencia de Julián. Un poquito más animado resultaba las noches que la mariscala asistía a la tertulia, porque entonces Julián podía ver disimuladamente los ojos de Matilde, y estaba más elocuente que de ordinario. Sus frases pintorescas y sentimentales adquirían originalidad y elegancia. Claro está que no dejaba de comprender que cuanto decía había de resultar absurdo a los ojos de Matilde, pero no le importaba: su empeño era herir la imaginación de ésta con la elegancia de la dicción. Seguro de agradar más a Matilde cuanto más exagerase la nota de lo falso, con osadía apenas concebible torció y deformó ciertos aspectos de la Naturaleza. No tardó en observar que, si no quería parecer vulgar a los ojos de la mariscala, debía abstenerse en absoluto de exponer ideas sencillas y razonables, y éste fue el sistema que siguió, dilatando o abreviando sus lucubraciones según agradaban o aburrían a las dos damas a quienes se proponía agradar. Algo salía ganando: su vida era menos intolerable que cuando se pasaba los días en la inacción. Una noche, mientras copiaba la carta decimoquinta, se decía: -Catorce epístolas he puesto en las mismísimas manos del fiel suizo de la mariscala... Voy a tener el honor de llenar todas las gavetas de su escritorio, y, sin embargo, me trata como si jamás hubiese leído una letra mía. ¿Cuál será el final de todo esto? ¿La aburrirá mi constancia tanto como me aburre a mí? Preciso es confesar que el ruso amigo del príncipe Korasoff, y enamorado de la linda cuáquera, fue un hombre terrible: imposible imaginar nada tan aplastante. Semejante a todos los seres mediocres, a quienes la casualidad colocaba en presencia de las complicadas maniobras de un gran general, para Julián era un enigma al ataque llevado a cabo por el joven ruso contra el corazón de la bella inglesa. Las cuarenta cartas primeras tenían por objeto único hacerse perdonar el atrevimiento de escribirlas, conseguir que la bella, que acaso se aburría mortalmente, se fuese acostumbrando a recibir cartas un poquito menos insípidas, tal vez, que su vida ordinaria. Una mañana entregaron una carta a Julián. Campeaban en el sobre las armas de la mariscala de Fervaques. Abrióla nuestro héroe con apresuramiento: era una invitación a comer. Corrió Julián a leer las instrucciones del príncipe Korasoff, pero halló que el joven ruso tuvo el capricho de ser ligero como Dorat donde debió ser sencillo e inteligible, de lo cual resultó que Julián no consiguió adivinar la posición moral que debía ocupar en la comida ofrecida por la mariscala. Era un salón magnífico, dorado como la galería de Diana de las Tullerías, adornado con soberbios cuadros al óleo. En los cuadros se observaban algunas manchas claras; más tarde averiguó Julián que, habiendo parecido los asuntos poco decentes a la dueña de la casa, los hizo corregir. Encontró en el salón a tres de los personajes que habían asistido a la redacción de la nota secreta. Uno de ellos, el obispo de..., tío de la mariscala, disponía de los beneficios de su diócesis y no sabía negar nada a su sobrina. -He dado un paso de gigante- pensaba Julián-; ¡pero cuán indiferente me es! ¡Heme aquí comiendo, con el célebre obispo de...! La comida fue mediocre y la conversación aburrida. -Es como el índice de un libro malo- pensó Julián-. Se abordan con fiereza todos los temas, se explanan todos los pensamientos, y concluye el lector por no saber si debe abominar más del énfasis del autor o de su horrible ignorancia. Es posible que haya olvidado el lector a aquel insignificante literato llamado Tanbeau, sobrino del académico y futuro profesor que, con sus rastreras calumnias, parecía llamado a emponzoñar el salón de la Mole. A ese joven debió Julián la primera idea de que muy bien podía ocurrir que la mariscala, aunque no contestaba sus cartas, viese con indulgencia el sentimiento que las inspiraba. Los triunfos de Julián despedazaban el alma negra de Tanbeau, pero, por otra parte, como es imposible que un hombre de mérito, lo mismo que un idiota, pueda estar a la vez en dos lugares distintos, pensaba el futuro profesor que, si Julián conseguía ser el amante de la sublime mariscala, ésta le proporcionaría alguna prebenda en la iglesia, y quedaría vacante el palacio de los marqueses de la Mole. También el cura Pirard sermoneó de lo lindo a Julián por sus triunfos obtenidos en el palacio de los Fervaques; mediaban vivas envidias de secta entre el austero jansenista y el salón regenerador y monárquico de la virtuosa mariscala. XXVIII Desde que se
convenció de la estulticia borrical del prior, salía admirablemente del paso
llamando negro a lo que era blanco y blanco a lo que era negro. Prescribían imperiosamente las instrucciones rusas no llevar jamás la contraria, de viva voz, a la persona a quien se dirigían las cartas. Bajo ningún pretexto y en ningún caso debía salir el escritor de su papel de admirador extático: las cartas partían de esta suposición. Una noche, en la Ópera, hallándose Julián en el Palco de la mariscala, ensalzó hasta el bailable de Manon Lescaut. Hablaba así sencillamente porque le parecía malo. La mariscala contestó que el bailable resultaba muy inferior a la célebre novela del abate Prévost. Que una persona de virtud tan sólida como la mariscala alabase una novela, maravilló y divirtió al propio tiempo a Julián. Motivos le sobraban para maravillarse, pues la buena señora aprovechaba todas las ocasiones para testimoniar el desprecio que le merecían los escritores que, lanzando a la voracidad del público obras poco morales, se proponían corromper a la juventud, predispuesta de suyo, por desgracia, a los extravíos de la carne. -Ocupa Manon Lescaut- repuso la mariscala uno de los primeros puestos en el género de literatura inmoral y peligrosa. Pinta las debilidades criminales y las agonías demasiado merecidas con verismo que no carece de profundidad; lo que no impidió que su Bonaparte dijese en Santa Elena que es una novela para lacayos. Toda la actividad de espíritu de Julián despertó al escuchar las anteriores palabras. -Han querido perderme a los ojos de la mariscala- pensó- Alguien le ha hablado del culto entusiasta que rindo a Napoleón, y esta circunstancia le ha desagradado lo bastante para precipitarla en la tentación de hacerme sentir su enojo. Al despedirse, en el vestíbulo de la Ópera, de la mariscala, díjole ésta: -No olvide usted, caballero que no debe amar a Bonaparte quien a mi me ame; a lo sumo, se le tolerará que acepte a aquel hombre como necesidad impuesta por la Providencia. Por lo demás, su alma careció de la flexibilidad necesaria para sentir las obras maestras del arte. -¡Quien a mí me ame!- se repetía Julián-. He aquí una frase que lo dice todo y no dice nada... ¡Secretos del lenguaje que no poseemos los pobres provincianos! Aquella noche, mientras copiaba una carta inmensa para la mariscala, Julián se acordó como nunca de la señora de Rênal. -¿Cómo es que me hablaba usted de Londres y de Richmond, en una carta, que supongo que me escribió anoche, a la salida del teatro?- preguntó al día siguiente la mariscala a Julián, con mal disimulada indiferencia. Nuestro héroe no supo qué contestar. La noche anterior, alejada su imaginación de lo que estaba haciendo, copió el original a la letra, y no se acordó de substituir las palabras Londres y Richmond por París y Saint-Cloud. Balbuceó dos o tres frases que no supo terminar, y al fin, a fuerza de torturar su ingenio, dijo que exaltado por la discusión de los más altos y sublimes intereses del alma humana, la suya, mientras corría la pluma sobre el papel, sufrió tal vez una distracción. Aquella noche, al leer el original de la carta copiada la víspera, halló el pasaje en que el joven ruso hablaba de Londres y de Richmond. Con asombro vio entonces que la epístola en cuestión era casi tierna. Merced al contraste que existía entre la ligereza aparente de sus conversaciones y la profundidad sublime y punto menos que apocalíptica de sus cartas, había conseguido interesar a la mariscala. Más que nada, agradaba a ésta la extensión extraordinaria de las frases. No era tan feliz en sus conversaciones, porque aun cuando procuraba desterrar de aquellas todo cuanto tuviese visos de buen sentido, se resentían de cierto saborcillo antimonárquico e impío, que no escapaba a la penetración de la mariscala de Fervaques. Rodeada constantemente de personas eminentemente morales, pero incapaces de concebir una idea, producía impresión en la bella dama todo cuanto tenía visos de novedad, aunque, al mismo tiempo, se creía obligada a mostrarse ofendida. Llamaba a este defecto conservar vestigios de la ligereza del siglo... Pero es hora de que abandonemos los salones de la mariscala, que únicamente pueden ofrecer algún atractivo a los que con miras utilitarias solicitan ser en ellos admitidos. El lector habrá compartido sin duda el aburrimiento de que una existencia carente de interés hacía víctima a Julián; que nos perdone deseamos si le hemos obligado a recorrer una de las landas desoladas que se encuentran en los viajes literarios. Grandes esfuerzos había de hacer la señorita de la Mole para arrojar de su pensamiento a Julián, durante el lapso de tiempo que éste dedicó al episodio de la mariscala. Combates de violencia extrema agitaban su alma: si alguna vez imaginaba que sólo desprecio tenía para aquel joven tan triste, no tardaba en sentirse cautivada, a pesar suyo, por su conservación. Lo que mayor estupefacción le producía era su fingimiento constante, su falsedad absoluta: ni una palabra decía a la mariscala que mentira no fuese, y si no mentira, disfraz abominable de su manera de pensar, que Matilde conocía muy bien. -¡Qué profundidad!- se repetía ella, admirando el maquiavelismo de Julián-. ¡Qué diferencia entre él y los necios enfáticos, o tunantes vulgares, como Tanbeau, que hablan el mismo lenguaje! Digamos, porque así es la verdad, que Julián pasaba días horribles. Si frecuentaba con mayor asiduidad que nadie los salones de la mariscala. era para cumplir con el más penoso de los deberes. Los esfuerzos que para representar su papel había de hacer robaban todas las energías a su alma: noches había, y no eran pocas, en que, al atravesar el inmenso vestíbulo del palacio de los Fervaques, necesitaba de toda la entereza de su carácter para no sucumbir a la desesperación. -Vencí la desesperación del seminario, no obstante tener ante mis ojos una perspectiva de las más horribles- se decía- Se trataba de hacer o de no hacer fortuna, pero en uno y otro caso, condenado estaba a pasar mi vida entera en sociedad íntima con lo que el mundo ofrece de más despreciable y repugnante, y esto no obstante, meses después de haber entrado en él, considerábame el más dichoso de los jóvenes de mi edad. La mayor parte de las veces, estos razonamientos se estrellaban contra la espantosa realidad. Todos los días veía a Matilde en la mesa; las cartas que le dictaba el marqués le decían que estaba muy próxima la fecha de su matrimonio con el marqués de Croisenois, quien visitaba dos veces al día el palacio de su prometida. Ni el más insignificante de sus movimientos perdía la mirada celosa del amante abandonado, y los días que éste observaba que Matilde trataba con dulzura a su pretendiente, al entrar en su cuarto, instintivamente contemplaba con cariño sus pistolas. -La solución mejor que podía yo dar a mis quebrantos- pensaba Julián con frecuencia- sería hacer desaparecer las marcas de mi ropa interior, irme a cualquier bosque solitario, que distase veinte leguas de París, y terminar de una vez esta vida execrable. Como nadie me conocería en la región donde tuviera lugar el suceso pasarían quince días antes que la nueva de mi muerte llegase a oídos de las personas que me trataran, y después de quince días de eclipse ¿quién se acordaría ya del fúnebre Julián? La solución era inmejorable; no lo discutiremos; pero es lo cierto que, horas después de vislumbrada, la vista del brazo de Matilde, o bien la de su vestido sólo, bastaba para sumergir a nuestro joven filósofo en un mar de recuerdos, muy penosos, muy crueles, pero que le aferraban a la vida. -¡Vaya!- se decía entonces-. Tendré paciencia y veré qué da de sí esta política rusa... ¿Cómo acabará esto? Por lo que a la mariscala se refiere cuando le haya enviado las cincuenta y tres cartas, juro no dedicarle, una línea más; y en cuanto a Matilde... una de dos: o mis seis semanas de comedia penosa no influirán en nada en su cólera o determinarán un instante de reconciliación... ¡Dios mío!... ¡La dicha me mataría! Pero muy pronto me haría de nuevo objeto de sus rigores, funda dos en el ningún poder que de agradarle tengo, y entonces me quedaría yo sin recurso alguno, perdido para siempre... dado su carácter, ¿qué garantías puede ofrecerme? ¡Pobre de mí! ¡Carezco de elegancia, no poseo esa distinción que seduce, mi conversación es pesada y monótona... ¡Dios Santo! ¿Por qué yo soy yo? XXIX Sacrificarse a
sus pasiones, puede pasar: La mariscala de Fervaques leyó sin gusto las primeras epístolas de Julián, pero no tardó en aficionarse a ellas. Una cosa la desconsolaba. -¡Lástima que ese señor Sorel no sea decididamente cura!- se repetía con frecuencia-. Podría yo entonces concederle cierta intimidad... Hoy, dada su condición subalterna, no puedo... me expondría a que me hiciesen preguntas crueles, que no sabría cómo contestar... Hasta sería posible que alguna amiga de mala intención creyese y propalase que es algún primo mío, de la familia de mi padre... un mercachifle condecorado por la Guardia nacional... Hasta que conoció a Julián, el mayor placer de la virtuosa dama fue estampar la palabra mariscala a continuación de su nombre. Nació en su pecho un poco de interés, y a matarlo tendía su insana vanidad de plebeya encumbrada. -¡Me sería tan fácil hacerle vicario general de cualquiera de las diócesis próximas a París!- pensaba-. ¡Es horrible que se llame Sorel a secas, y sea, por añadidura, secretario del marqués de la Mole! Por primera vez en aquella alma, que lo temía todo, tenía cabida un sentimiento extraño a sus pretensiones de rango y de superioridad social. Su viejo portero observó que cada vez que ponía en sus manos una carta de aquel joven tan triste y tan guapo, desaparecía la expresión de descontento que la mariscala daba deliberadamente a su rostro cuando se presentaba ante ella cualquier individuo de su servidumbre. El tedio consiguiente a una existencia consagrada a la obra de producir efecto en el público, pero sin que el éxito proporcione goces reales al corazón, se había hecho tan intolerable a la mariscala desde que Julián ocupaba un lugar en su pensamiento, que bastaba que departiese una hora con nuestro héroe para que sus doncellas tuvieran la seguridad de que no serían regañadas por ella en todo el día. La influencia de Julián crecía tan lozana, que resistió sin daño el embate de algunos anónimos admirablemente redactados. En vano Tanbeau sirvió dos o tres calumnias diabólicas a los señores de Croisenois, de Luz y de Caylus; en vano éstos se encargaron de propalarlas, sin tomarse la molestia de comprobar la exactitud de sus acusaciones: la mariscala, cuyo talento no era bastante sólido para resistir golpes de esta índole, buscó apoyo, contó sus cuitas a Matilde, y ésta se encargó de consolarla. Un día después de haber preguntado tres veces si habían traído alguna carta, la mariscala decidió bruscamente contestar a Julián. Fue una victoria del tedio. A la segunda carta, le pareció imperdonable inconveniencia escribir de su puño y letra unas señas tan vulgares como las siguientes: Señor Sorel, palacio del señor marqués de la Mole. -Necesito que me traiga usted algunos sobres con sus señas- dijo aquella noche con extraordinaria sequedad a Julián. Aquella misma noche entregó a la dama los sobres, y al día siguiente, muy temprano, recibió la tercera carta, de la cual no leyó más que las cinco o seis líneas primeras y las dos o tres del final: la carta tenía cuatro carillas y estaba escrita con letra menudita y apretada. Gradualmente adquirió la mariscala la costumbre de escribirle todos los días. Julián contestaba con copias literales de las cartas rusas, siendo de advertir ¡milagros del estilo enfático! que la mariscala no advertía la ninguna relación que había entre sus epístolas y las contestaciones. No puede dudarse que la irritación de su orgullo habría sido terrible si Tanbeau, que se había convertido en espía voluntario de los actos de Julián, hubiese podido decirle que todas las cartas iban a parar sin ser leídas, al cajón de la mesa de su destinatario. Una mañana el portero llevaba a Julián, que se encontraba en la biblioteca, una carta de la mariscala. Encontró Matilde al primero, vio la carta y observó que la letra del sobre era de Julián. No bien salió el portero de la biblioteca, entró ella. La carta continuaba sobre la mesa, pues Julián, muy atareado no la había colocado en el cajón. -¡Esto no puedo sufrirlo!- exclamó Matilde apoderándose de la carta-. ¡Olvida usted, señor mío, que soy su esposa! ¡Su conducta es horrible, caballero! Pronunciadas las palabras anteriores, alzóse en su pecho una tempestad de orgullo, provocada por la inconcebible inconveniencia del humillante paso que acababa de dar; rompió a llorar; los sollozos la ahogaban. Sorprendido, confundido Julián, no se dio cuenta de todo lo que aquella escena tenía para él de admirable y de feliz. Apresuróse a ayudar a sentarse a Matilde, la cual, se dejó caer con abandono en sus brazos. Al darse cuenta de aquel movimiento, sintióse invadido por una dicha infinita; pero inmediatamente se acordó de Korasoff. -Una sola palabra puede perderme para siempre- se dijo. Sus brazos quedaron rígidos; tan penoso fue el esfuerzo que hubo de hacerse, obediente a la voz de la prudencia. -No me es permitido saborear la dicha de estrechar contra su corazón este cuerpo esbelto y encantador- se dijo-. ¡Carácter singular! ¡O me desprecia, o me maltrata! Cuanto más maldecía el carácter de Matilde, más crecía su amor, su adoración; parecíale que tenía en sus brazos a una reina. La frialdad glacial de Julián exacerbaba las torturas del orgullo que desgarraban el alma de la señorita de la Mole. Fallábale la serenidad de juicio necesaria para intentar leer en los ojos de su amante lo que éste sentía en realidad por ella en aquellos instantes: ni a mirarlos siquiera se atrevía, temiendo encontrar en ellos la expresión de un desprecio que la hubiese aniquilado. Sentada en un diván de la biblioteca, inmóvil y vuelta la cabeza hacia el lado opuesto a Julián, sufría los dolores más horribles que el orgullo y el amor puedan hacer sufrir a un alma humana. ¡Había caído la infeliz en un abismo horripilante de torturas! Me estaba reservado a mí, la más desventurada de las mujeres, ver cruelmente rechazados los ofrecimientos menos dignos. Y rechazados... ¿por quién?- gritaba el insano orgullo del dolor-. ¡Por un criado de mi padre! ¡Qué vergüenza! ¡No! ¡Eso no lo aguantaré! Poniéndose en pie de un salto, contraído su bello rostro por el furor, abrió el cajón de la mesa de trabajo de Julián. El espanto la dejó yerta al ver ocho o diez cartas, parecidas a la que el portero acababa de traer. En los sobres de todas ellas reconoció la letra de Julián, más o menos desfigurada. -¡Conque no contento con enamorarla, la desprecia usted!- gritó, fuera de sí-. ¡Un nada, un criado miserable tiene la osadía de despreciar a la mariscala de Fervaques...! ¡Ah!... ¡Perdón, querido mío!- añadió cayendo de rodillas y abrazando las piernas de Julián-. ¡Despréciame si quieres, pero no me niegues una limosna de amor! ¡Sin él, no quiero la vida! Dobló la cabeza como una flor cuyo tallo ha sentido, el duro contacto del filo de la hoz, y cayó desvanecida. XXX
As the blackest sky Forcels the
heaviest tempest. La escena que dejamos reseñada, escena de interés inmenso, dejó a Julián más maravillado que feliz. Las injurias de Matilde fueron para él demostración palmaria de las excelencias de la política preconizada por el príncipe ruso. -Hablar poco y obrar poco; en esto estriba mi esperanza única de salvación- se dijo Julián. Nuestro amigo levantó a Matilde, la colocó sobre el diván, y continuó mudo y severo como una esfinge. Repuesta Matilde de su desvanecimiento, comenzó a derramar copiosas lágrimas. Tomó en sus manos las cartas, las sacó de sus sobres y no pudo contener un movimiento nervioso cuando reconoció la letra de la mariscala. Daba vueltas a las cartas sin atreverse a leerlas; casi todas ellas tenían seis carillas. -¡Contéstame, por favor!- exclamó al fin Matilde, con voz suplicante, pero sin osar mirar a Julián-. Sabes muy bien que soy orgullosa... ¡Ah! ¡El orgullo es mi desgracia, lo confieso! ¿Me ha robado la mariscala de Fervaques tu corazón? ¿Ha hecho por ti todos los sacrificios que hice yo, arrastrada por mi fatal amor? Julián no contestó: su rostro se ensombreció al pensar: -¿Con qué derecho me pide una indiscreción indigna de un hombre honrado? Quiso leer las cartas Matilde, pero las lágrimas que llenaban sus ojos lo impidieron. Un mes hacía que sufría horriblemente, pero su alma altanera se resistía a confesar sus sentimientos. Si sobrevino la explosión que estamos viendo, fue obra de la casualidad, que hizo que los celos y el amor, agudizados como consecuencia de un incidente fortuito, ahogasen su orgullo. Estaba sentada en el diván, muy cerca del hombre que la adoraba; veía éste sus sedosos cabellos, su cuello alabastrino, y llegó un momento en que, olvidado de su política, pasó su brazo alrededor de su talle y la atrajo hacia sí. Matilde volvió lentamente la cabeza... ¡Qué dolor tan vivo reflejaban sus ojos! ¡Casi era imposible reconocer su fisonomía habitual! Julián comprendió que sus fuerzas le abandonaban, que le era imposible llevar más adelante el acto de valor heroico que se había impuesto. -Dentro de breves horas- pensó Julián- esos ojos no expresarán más que desdén frío, si sucumbo a la tentación de testimoniar mi amor. Matilde, mientras tanto, con voz ahogada y frase entrecortada, repetía que jamás volvería a ceder a las desastrosas insinuaciones de su orgullo. -También yo tengo orgullo- contestó Julián con voz apenas perceptible, y disimulando mal el abatimiento físico que le dominaba. Matilde se volvió vivamente. Escuchar aquella voz querida era una dicha de la cual hasta la esperanza había perdido. Si en aquel momento se acordaba de su altanería, era para maldecirla; habría querido hacer cosas inauditas, increíbles, para demostrar hasta qué grado le adoraba a él y se detestaba a sí misma. -Voy creyendo- repuso Julián- que fue el orgullo, y no el amor, la causa de que me concediera usted una distinción momentánea, y desde luego afirmo que la estimación que en este instante me profesa es debida a la firmeza enérgica que observa en mí, y que es la característica del hombre que en algo se tiene. Es posible que yo esté enamorado de la mariscala... Se estremeció Matilde; sus ojos ofrecieron una expresión extraña. Comprendió la infeliz que iba a escuchar su sentencia, y tembló. Julián echó de ver aquel movimiento y sintió que su valor se conmovía. -¡Por qué no podré yo cubrir de besos esas mejillas pálidas, tan adoradas, sin que ella lo note!- pensaba el cuitado. Con voz ahogada por la emoción, repuso: -Es posible que esté yo enamorado de la mariscala; ni lo niego ni lo afirmo; pero proclamo muy alto que, de su interés hacia mí, si se lo he inspirado, no me ha dado prueba alguna decisiva... Clavó Matilde sus ojos en su rostro, y Julián sostuvo la mirada, casi seguro de que su emoción no le había vendido. Sentíase penetrado de amor, henchido de este dulce sentimiento. Jamás había adorado tanto a Matilde; su locura apasionada corría parejas con la que demostraba ella. Es bien seguro que si Matilde no hubiese perdido toda su serenidad, sin esfuerzo habría rendido a Julián, obligándole a caer a sus plantas y a abjurar de la comedia vana que representaba. Nuestro héroe encontró fuerzas para seguir hablando: mientras su pensamiento dirigía un llamamiento desesperado al príncipe Korasoff, quien con una palabra habría podido señalarle la norma de conducta que le convenía seguir, su voz decía: -Aun cuando no palpitase en mi alma ningún otro sentimiento, bastaría la gratitud para unirme a la mariscala. Esta me ha tratado con indulgencia, me ha consolado cuando otros me mataban con sus desprecios... Es difícil, casi imposible que yo ponga confianza en determinadas apariencias... muy halagüeñas, sin duda, pero poco duraderas... -¡Dios Mío!- exclamó Matilde. -¡Vamos a ver!- añadió Julián con acento vivo y voz firme, como abandonando el inútil bagaje de la diplomacia- ¿Qué garantías me daría usted? ¿Quién me asegura, quién me garantiza que la posición que usted parece en este momento dispuesta a devolverme durará más de dos días? -El exceso de mi amor y el horror de mi desdicha, si tu corazón ha dejado de ser mío- contestó Matilde, apoderándose de sus manos. Julián, sin quererlo, vio los encantadores hombros de su interlocutora; el desorden de los cabellos que coronaban aquella cabeza querida despertaron en su mente recuerdos deliciosos... Iba a ceder. -Una palabra imprudente- le dijo su razón- y viene otra serie interminable de días pasados en la desesperación. La señora de Rênal seguía siempre los impulsos de su corazón, pero esta señorita de la alta sociedad no, deja que su corazón se conmueva más que cuando razones plausibles le prueban que debe, conmoverse. Vio a tiempo el peligro y decidió no sucumbir a él. Retiró las manos que Matilde oprimía entre las suyas y, con muestras de respeto exageradas, se alejó un poquito. El valor de un hombre no puede ir más lejos. Recogió las cartas de la mariscala que estaban desparramadas por el diván, y con apariencias de finura, que resultaba cruel a fuerza de ser meditada, añadió: -La señorita de la Mole se dignará concederme un plazo para reflexionar sobre lo que hemos hablado. Sin esperar contestación, salió de la biblioteca. -¡Monstruo!...- murmuró Matilde-. ¡No se enternece el bárbaro!... ¿Pero qué estoy diciendo ¡No es monstruo, no es bárbaro sino bueno, prudente, sabio!... ¡yo soy la que cometo errores como humana inteligencia no puede imaginar!... Aquella noche Matilde sintió estremecimientos de horror cuando anunciaron a la mariscala de Fervaques: la voz del lacayo que pronunció aquel nombre le pareció siniestra. Julián, poco orgulloso de la dolorosa victoria alcanzada, comió fuera de casa. Aumentaban rápidamente su amor y su dicha a medida que se alejaba del teatro de la batalla. -¡Mentira parece que haya yo resistido tanto!- se decía- ¿No me habré excedido? ¡Oh! ¡Si mi resistencia hubiese asesinado su amor! Un momento solo puede variar por completo las disposiciones de su alma altanera, que ha recibido de mí, lo confieso, un trato horroroso. Tenía precisión de asistir aquella noche a los Bufos, porque la mariscala le había invitado expresamente a su palco. La razón lo aconsejaba que fuese, puesto que Matilde no dejaría de saberlo, aparte de que, faltar, era grave desatención; pero, esto no obstante, dejó pasar las primeras horas sin ir al teatro: sabía que las conversaciones que necesariamente habría de sostener en el palco le robarían la mitad de la dicha que le embargaba. A eso de las diez se resolvió a ir. Tuvo la suerte de encontrar el palco de la mariscala lleno de damas, circunstancia que le obligó a quedarse cerca de la puerta. Su posición le libró del ridículo: los sublimes acentos de desesperación de Carolina en el Matrimonio segreto. Vio estas lágrimas la mariscala y se conmovió a su vez. Lo poco de mujer que en su alma quedaba la impulsó a hablar. -¿Ha visto usted a las señoras de la Mole?- preguntó- Ocupan un palco tercero. Julián se acercó vivamente al antepecho y vio a Matilde: en los ojos de ésta brillaba el llanto. Matilde había suplicado a su madre que la llevase al teatro, aunque no podían disponer de su palco, por no corresponderles el turno. Un amigo de la casa les ofreció su palco tercero, que fue aceptado. Quería ver con sus propios ojos la infeliz si Julián pasaba la velada con la mariscala.
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