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Capítulos LXI a LXV

XXXI
INFUNDIRLE MIEDO

¡He aquí el hermoso milagro de vuestra civilización! ¡Habéis hecho del amor un asunto ordinario!
BARNAVE

Julián subió corriendo al palco ocupado por las señoras de la Mole. Sus ojos buscaron ansiosos a Matilde, que lloraba sin tomarse la molestia de disimularlo. Acompañaban a la marquesa y a su hija la amiga que les ofreciera el palco y algunos caballeros conocidos de la última. Matilde, perdido el temor a su madre, puso su mano en las de Julián, y con voz ahogada por las lágrimas, pronunció la palabra siguiente:

-¡Garantías!

-Dadme fuerzas para poner un candado a mis labios, ¡Dios mío!- se dijo Julián, cubriéndose los ojos con la mano, cual si desease defenderlos de la luz que inundaba los palcos terceros- Si pronuncio una palabra, revelaré mi emoción, me venderá el sonido de mi voz y probablemente me perderé.

Gran violencia le costó; hubo de sufrir combates tan recios como los que le despedazaron el alma aquella mañana; pero no habló.

Terminada la función, la marquesa quiso llevar en su coche a Julián. Afortunadamente le hizo sentar frente a ella y le habló durante todo el trayecto, impidiendo que pudiera dirigir una palabra a su hija. ¿Será preciso decir que, no bien se encontró solo en su habitación, cayó de rodillas y cubrió de besos las cartas de amor que le diera el príncipe Korasoff?

-¡Oh, amigo providencial!- exclamaba en su locura- ¡Hombre superior!... ¡Cuánto te debo!

Gradualmente recobró la calma. Se comparó al general que acaba de obtener un triunfo glorioso.

-La ventaja es cierta, positiva, inmensa- se decía-. ¿Pero qué sucederá mañana? En un minuto puedo perderlo todo.

Con movimiento apasionado abrió las Memorias dictadas por Napoleón en Santa Elena, y pasó dos horas engolfado en su lectura. Sólo sus ojos leían, es cierto, pero conseguía su objeto, que era violentarse. Durante aquella lectura verdaderamente singular, su cabeza y su corazón, puestos al nivel de cuanto hay de más elevado, trabajan activamente.

-Su corazón es el reverso del de la señora de Rênal- se decía de tanto en tanto, pero sin atreverse a ir más lejos.

Al fin, arrojando lejos de sí el libro, exclamó:

-¡Infundirle miedo! Mientras el enemigo me tenga miedo, me obedecerá y no se atreverá a despreciarme.

Paseaba por su habitación ebrio de alegría... aunque esta alegría nacía de su orgullo más bien que de su amor.

-¡Infundirle miedo!- se repetía con fiereza-. La señora de Rênal, hasta en los momentos de dicha más intensa, dudaba que mi amor fuese igual al suyo... Hoy me encuentro frente a un demonio a quien es preciso subyugar.

Sabía perfectamente que, desde las ocho, de la mañana siguiente, Matilde esperaría en la biblioteca, pero él no apareció hasta las nueve. Su amor tendía a desbordarse, pero su cabeza dominaba en absoluto a su corazón. Ni un minuto dejaba pasar sin repetirse:

-Mi salvación estriba en que ocupe siempre y a todas horas su imaginación esta duda: «¿Me ama?» Su posición brillante y las adulaciones que la rodean la predisponen a tranquilizarse demasiado pronto, y eso es lo que debo evitar.

La encontró pálida, tranquila, sentada en el diván.

-Te he ofendido, amigo mío; lo confieso- dijo tendiendo la mano-. ¿Puedes guardarme rencor?

Faltó poco para que se vendiese Julián, que estaba muy lejos de esperar aquel tono dulce y sencillo.

-Exiges garantías- repuso ella, después de esperar inútilmente contestación-, y nada más justo. Ráptame... huiremos a Londres... quedaré perdida para siempre... deshonrada...

Todos los sentimientos de virtud y de decoro femenino se alzaron en su alma. La sacudida que aquellos determinaron le dio valor para retirar su mano de la de Julián y cubrir con ella sus ojos.

-No importa... deshónrame!- gritó al fin-. ¡Es una garantía!

Julián, al cabo de algunos instantes de penoso silencio, contestó:

-Una vez en camino para Londres, una vez deshonrada, para servirme de sus mismas palabras, ¿quién me responde de que usted continuará amándome? ¿Qué mi presencia en la silla de posta no le parecerá a usted importuna? No soy un monstruo, señorita, y, de consiguiente, ver a usted perdida en la opinión pública será para mí una desventura más. El obstáculo no radica en la posición que usted ocupa en el mundo, sino en su carácter. ¿Se atrevería usted a responderse a sí misma de que me amará ocho días?

Julián quedó pensativo.

-¡Ah!- se decía mentalmente-. ¡Que me ame ocho días, nada más que ocho días, y moriré de felicidad! ¿Qué me importa el porvenir? ¿Qué valor tiene para mí la vida? ¡Y esa dicha inefable, esa felicidad celestial, puede comenzar ahora mismo, en este instante, si yo quiero!... Sólo depende de mí...

Matilde, tomando su mano, dijo:

-Comprendo que soy indigna de ti.

Julián, sin poder contenerse, la abrazó, pero inmediatamente hizo presa en su corazón la mano férrea del deber.

-Si ella adivina que la adoro como se adora a Dios, la pierdo- pensó, recobrando toda la dignidad que debe tener un hombre.

Aquel día y los siguientes logró mantener perfectamente guardado en el fondo de su pecho el tesoro de dicha que lo inundaba. Ocasiones había en que se privaba hasta del placer de estrecharla entre sus brazos, pero había otras en que el delirio amoroso imponía silencio a los consejos de la prudencia.

Solía refugiarse entre un macizo de madreselvas que había en el jardín, para ver, sin ser vistos la ventana del cuarto de Matilde y llorar su inconstancia. Un día, al pasar con Matilde frente a aquel lugar que tan vivos y dolorosos recuerdos despertaba en su alma, el contraste entre su desesperación pasada y su dicha presente fue demasiado vivo para que sus efectos quedasen encerrados; lágrimas abundantes brotaron de sus ojos mientras decía, llevando a sus labios la mano de su adorada:

-Aquí me escondí para pensar en ti... desde aquí contemplaba aquella ventana, aquí esperaba horas enteras el momento dichoso en que esta mano abriese las maderas...

No repetiremos sus discursos: baste decir que su debilidad fue completa. Pintó, con esos colores que la imaginación no es capaz de inventar, el exceso de su desesperación de entonces, y dejó ver por medio de breves interjecciones su dicha actual, que había puesto fin a sus horribles torturas.

-¡Qué hago, santo Dios!- se dijo de pronto, volviendo en sí-. ¡Me pierdo!

Fue tan grande su alarma, que creyó ver menos amor en los ojos de Matilde. Claro está que fue ilusión, mas aun así, bastó para transformar de súbito su rostro, que se cubrió de mortal palidez. El fuego de sus miradas se apagó, y a la expresión de amor sin límites sucedió la de altanería.

-¿Qué te pasa, querido mío?- preguntó con inquieta ternura Matilde.

-Que estoy mintiendo, que la engaño a usted- contestó Julián con crueldad-. Soy un falso, y, sin embargo, Dios sabe que estimo a usted lo bastante para que me repugne engañarla.

Me aprecia usted y comprendo que no necesito recurrir a fingimientos para agradarla.

-¡Dios mío! ¿Era fingido lo que con tanto entusiasmo me estabas diciendo?

-Fingido era, y de ello pido a usted perdón. Las frases que salían de mi boca las compuse en otro tiempo para decirlas a una mujer que me amaba... y cansaba. Es el defecto de mi carácter: yo mismo me acuso.

Lágrimas silenciosas resbalaban por las mejillas de Matilde.

-Cuantas veces me dominan recuerdos de tiempos felices, que pasaron para no volver- repuso Julián-, mi execrable memoria, de la que reniego en este momento, me ofrece un recuerdo amargo, y abuso miserablemente de él. Suplico a usted que me perdone.

-¿Luego acabo de hacer algo que te ha desagradado?

-Me acuerdo que un día, al pasar usted junto a estas madreselvas, cogió una flor: se la pidió el señor de Luz y usted se la dio. A dos pasos de ustedes me encontraba yo.

-¿El señor de Luz? ¡No es verdad!- contestó Matilde con su altanería habitual-. ¡Yo no soy coqueta!

-Lo vi yo mismo- replicó Julián.

-Entonces será verdad, amigo mío- dijo Matilde bajando los ojos.

Sabía positivamente que jamás dio flor alguna al señor de Luz.

Julián clavó en ella una mirada de ternura inefable.

Aquella noche, Matilde se burló, riendo, de su gusto por la mariscala.

-¡Un burguesito hacer el amor a una dama improvisada- decía- Creo que los corazones de esa clase son los únicos que se hallan fuera del alcance de las seducciones de mi Julián. Lo que no puede negarse es que ha hecho de ti un verdadero dandy.

Julián, durante el lapso de tiempo que se creyó objeto de los desprecios de Matilde, llegó a ser uno de los jóvenes mejor vestidos de París, con la circunstancia de reunir una ventaja inmensa sobre los demás: una vez vestido y acicalado, no se acordaba de su elegancia.

Pondremos fin al capítulo diciendo que había una cosa que intrigaba a Matilde: Julián continuaba copiando y enviando a la mariscala cartas rusas.

XXXII
EL TIGRE

¡Oh! ¿Por qué esto y no aquello?
BEAUMARCHAIS

Refiere un viajero inglés que vivía en intimidad perfecta con un tigre. Mimaba y acariciaba a la fiera pero siempre tenía al alcance de su mano una pistola amartillada.

Algo parecido hacía Julián. Jamás se abandonaba al exceso de su dicha, fuera de los momentos que Matilde no podía leer la expresión de sus ojos, y con exactitud matemática cumplía el penoso deber que se había impuesto de dirigirle alguna frase dura. Cuando la dulzura de Matilde, que le producía vivo asombro, dicho sea de paso, y su abnegación absoluta, ponían en peligro el dominio que sobre sí mismo ejercía, tenía el valor de separarse bruscamente de ella.

Matilde amaba por vez primera.

La vida, que para ella se arrastró siempre a paso de tortuga, volaba ahora vertiginosamente.

Como su orgullo tenía forzosamente que buscarse alguna salida, traducíase en un desprecio temerario a todos los peligros que su pasión podía lanzar sobre su cabeza. El único que daba pruebas de prudencia era Julián. Matilde se rebelaba contra su voluntad cuando la amagaba algún peligro; fuera de ese caso, su sumisión era ejemplar; pero la que con respecto a Julián era obediente y humilde, trataba con la mayor altanería a todos los demás de la casa, fueran sus padres, fueran los criados.

En las tertulias, delante de sesenta personas, llamaba a Julián y hablaba con él a solas durante mucho tiempo.

Un día que Tanbeau se atrevió a colocarse cerca de los amantes, Matilde le rogó que fuese a la biblioteca y le trajese el tomo de la obra de Smolet que trata de la revolución de 1688, y como advirtiera en aquel cierta vacilación, añadió, con expresión de ultrajante altanería, que fue un bálsamo para el alma de Julián:

-No tenga usted prisa: puede tomarse todo el tiempo que quiera.

-¿Has reparado en la mirada de esa fierecilla?- preguntó Julián a Matilde.

-Si su tío no llevara diez o doce años de servicio en nuestros salones, ahora mismo le mandaba echar a la calle.

Su actitud con respecto a Croisenois, Luz, etc., aunque correcta y fina en la forma, no era menos insultante en el fondo. Matilde se echaba en cara las imprudentes confidencias hechas en otro tiempo a Julián, que lamentaba tanto más cuanto que no se atrevía a confesarle que había exagerado grandemente las pruebas de interés, desde luego inocentes, de que en fecha pasada hizo objeto a aquellos señores. Su orgullo de mujer selló sus labios cuantas veces quiso decir a su amante: «Precisamente porque hablaba contigo, porque me gustaba hacerte sufrir, me complacía describiendo debilidades que no he tenido, hablando de que no retiraba mi mano cuando Croisenois, al colocar las suyas sobre el velador de mármol, rozaba las mías.»

Por los días que reseñamos, daba la pícara coincidencia que, siempre que cualquiera de aquellos señores quería hablar a Matilde, ésta tenía necesidad de preguntar algo a Julián.

Como habrá adivinado el lector, eran pretextos para retener al último a su lado.

Las entrevistas de nuestros amantes tuvieron sus consecuencias: Matilde se encontró encinta y se apresuró a comunicar la nueva a Julián.

-¿Dudarás ahora de mí?- le preguntó, radiante de alegría- ¿No es esto una garantía? Tu esposa soy para siempre.

El anuncio impresionó profundamente a Julián, a quien puso en peligro de olvidar el principio fundamental de su conducta. ¿Cómo mostrarse frío y desdeñoso con la pobre niña perdida por él? No; no era posible que en lo sucesivo la mortificase con frases duras a propósito de la duración de su amor.

-Quiero escribir a mi padre- dijo Matilde un día. Más que padre, es un amigo para mí... Me consideraría indigna de ti y de mí si le engañase un solo día.

-¡Dios mío! ¿Qué es lo que piensas? ¿Qué vas a hacer?

-Cumplir con un deber- contestó Matilde, radiante de felicidad.

-¡Tu padre me echará ignominiosamente!

-Le asiste el derecho y fuerza será respetarlo; pero si te echa, te daré el brazo y saldremos los dos por la puerta principal, a la luz del día.

Suplicó Julián que aplazase hasta después de una semana la ejecución de su proyecto.

-Imposible- respondió Matilde- Habla la voz del honor y no puedo desoírla.

-¡Pues bien! Yo te ordeno que calles por ahora- replicó Julián con energía-. Ningún peligro corre tu honor; soy tu esposo. Nuestro estado variará esencialmente el día que lleves a la práctica tu proyecto. También yo tengo mis derechos... Hoy es martes; el martes próximo es el cumpleaños del duque de Retz; por la noche, cuando tu padre vuelva a casa, el portero pondrá en sus manos la carta que seguramente me será fatal... Sus ilusiones son hacerte duquesa, tengo pruebas positivas... imagina, pues, si mi desventura es grande.

-¿O lo que es lo mismo, si su venganza será grande?

-Compadezco a mi bienhechor, me destroza el alma causarle pesadumbre, pero ni temo ni temeré nunca a nadie.

Matilde se sometió. Era la primera vez que Julián le hablaba con autoridad, aunque nunca la amó tanto como después de conocer el estado en que se encontraba. Éste, a la par que le inundó de dicha y le sirvió de pretexto para no volver a dirigir a Matilde frases crueles, le produjo una agitación profunda. ¿Le separarían de su adorada? Y si le separaban, ¿se acordaría Matilde de él un mes más tarde?

Por otra parte, le infundían terror las duras reconvenciones que con perfecto derecho podía dirigirle el marqués.

Aquella noche confesó a Matilde este manantial segundo de temor, y durante el curso de su conversación, extraviado por su pasión, confió también a Matilde el primero.

-¡La verdad es que seis meses de separación serían para entrambos una desgracia!- exclamó la joven.

-Para mí, de desgracia inmensa; la única que no puedo vislumbrar sin terror.

Llegó el martes fatal. El marqués al volver a medianoche a su casa, encontró una carta, cuyo sobre indicaba que debía abrirla él mismo y cuando se encontrase sin testigos. La carta decía lo siguiente:

«Mi querido padre: Han saltado hechos pedazos los lazos sociales que nos unen, y no continúan intactos más que los de la Naturaleza. Después de mi marido, serás tú siempre el ser más querido para mí. Suben a mis ojos las lágrimas cuantas veces pienso en el pesar amargo que te causo, pero al objeto de impedir que mi vergüenza trascienda al público, y a la par para que tengas tiempo de reflexionar y de obrar, he creído deber ineludible mío no diferir por más tiempo una confesión penosa. Si el cariño que me profesas, inmenso, ya lo sé, quiere concederme una pensión modesta, me iré a vivir con mi marido a donde disponga, a Suiza, por ejemplo. Es tan humilde, tan obscuro el nombre del hombre a quien pertenezco, que nadie podrá reconocer a tu hija en la señora de Sorel, nuera de un aserrador de Verrières. Y ya ha estampado mi mano el nombre que tanto trabajo me costaba escribir.

Temo que descargue sobre Julián tú cólera, justa en apariencia.

No seré duquesa, padre mío, pero no lo siento: cuando resolví amar a Julián, lo sabía ya. Debo decir que fui yo la que me enamoré de él, la que le seduje. Recibí de ti un alma demasiado elevada para que pueda llamarme la atención nada que sea o me parezca vulgar. En vano, en mi deseo de darte gusto, he intentado aficionarme al marqués de Croisenois... ¿Por qué pusiste ante mis ojos el verdadero mérito? Tu mismo me dijiste a mi regreso de Hyéres: «Sorel es el único ser que me gusta.

« El pobre lamenta, siente tanto como yo, si es posible, la amargura que ha de ocasionarte la lectura de esta carta. No puedo impedir que te irrites contra mí como padre; pero no me retires tu cariño de amigo.

«Julián me respetaba: si alguna vez me dirigía la palabra, inspiraba sus frases el reconocimiento profundo que siente hacia ti. Jamás me habló de amor, pues la altivez natural de su carácter le ha impulsado siempre a no hablar más lenguaje que el oficial a las personas colocadas en posición social superior a la suya. Fui yo, lo confieso avergonzada, lo declaro con rubor a mi mejor amigo, y juro que a ningún otro hombre haré jamás semejante confesión, fui yo, repito, la que un día, en el jardín, me colgué de su brazo y le enamoré y seduje.

«Cuando hayas reflexionado, luego que transcurran veinticuatro horas y juzgues con frialdad lo sucedido, ¿por qué has de irritarte contra él? Mi falta es irreparable. Si lo exiges, yo, que soy la portavoz de sus protestas de respeto profundo, y de su desesperación por haberte agraviado, te anuncio que se irá de esta casa, que no volverás a verle, pero, al propio tiempo que iré yo a reunirme con él en cualquier sitio que él ordene. Es derecho suyo mandarme, como deber sagrado mío obedecerle, acatar humilde las órdenes del padre de mi hijo. Si tu bondad generosa quiere concedemos una pensión de seis mil francos para vivir, la aceptaremos vivamente agradecidos: en caso contrario, Julián se establecerá en Besançon y se dedicará a la enseñanza de latín y de literatura. Su origen es bajo, pero tengo la seguridad de que se elevará. Casada con él, no me da miedo la obscuridad. Si estalla la revolución algún día, no me cabe duda de que ha de desempeñar uno de los cargos más elevados. ¿Te atreverías a asegurar tanto de cualquiera de los otros que han aspirado a mi mano? ¿Que son dueños de regias propiedades?... No veo en esa circunstancia razón fundada para admirarles. Aun bajo el régimen actual, mi Julián se encumbraría, llegaría a ocupar una posición envidiable, si mi padre le daba un millón y le concedía su protección...»

Ocho carillas tenía la carta de Matilde.

-¿Qué debo hacer?- se preguntaba Julián, mientras el marqués de la Mole leía la carta de su hija-. ¿Dónde están mi deber y mi interés? Mi deuda con el marqués es inmensa; sin él sería yo un nada, un hipócrita odiado por muchos y perseguido por algunos. El marqués ha hecho de mí un hombre de mundo, beneficio que estimo en más que si me hubiese dado un millón...

El ayuda de cámara del marqués de la Mole interrumpió bruscamente las reflexiones de nuestro héroe.

-El señor marqués dice que pase usted a su despacho sin pérdida de momento; vestido o desnudo, como se encuentre.

Julián siguió al servidor.

Mientras se dirigían al despacho del marqués, el segundo añadió a media voz:

-¡Está fuera de sí... loco! ¡Tenga usted cuidado!

XXXIII
EL INFIERNO DE LA DEBILIDAD

Al tallar este brillante, un lapidario poco hábil lo ha privado de sus luces más bellas. En la Edad Media... ¿qué estoy diciendo? Hasta en tiempo de Richelieu poseían los franceses la fuerza de querer.
MIRABEAU

Julián encontró furioso al marqués. Por primera vez en su vida, aquel gran señor, tan fino, tan irreprochable, perdió, como suele decirse, los estribos, habló con términos groseros, disparó sobre Julián todas las atrocidades que se le vinieron a la boca. Sus injurias desconcertaron a nuestro héroe, le impacientaron, mas sin llegar a quebrantar su reconocimiento.

-¡Pobre señor!- pensaba Julián-. ¡Qué de hermosos proyectos, largos años acariciados, ve desvanecidos, por culpa mía, en este instante!

Comprendió nuestro amigo que debía responder al marqués, que su silencio encendería más y más su cólera, y buscó en el papel de Tartufo la inspiración de su respuesta.

-¡No soy un ángel, señor!... Le he servido bien, usted me ha pagado con generosidad... mi gratitud era grande, grande mi respeto... ¡pero tengo veintidós años, señor! En esta casa, solamente usted sabía comprenderme; usted y su encantadora hija...

-¡Monstruo!- bramó el marqués-. ¡Encantadora!... ¡Encantadora!... ¡El día que la encontró usted encantadora debió huir, poner tierra por medio!

-Lo intenté; recordará usted que le pedí permiso para ir al Languedoc.

Cansado de pasear su furor, domado por la inmensidad de su dolor, el marqués se dejó caer sobre un sillón. Julián oyó que murmuraba a media voz:

-No es un mal hombre...

-¡No, señor marqués! ¡Para usted no soy malo, no puedo serlo!- exclamó Julián cayendo de rodillas.

El marqués estaba realmente loco. El movimiento de Julián le exasperó en tales términos, que vomitó sobre aquel un torrente de injurias las más atroces, injurias dignas de un cochero.

La variedad de sus juramentos y maldiciones parecía distraerle:

-¡Cómo! ¿Ha de llamarse mi hija la señora de Sorel? ¿No será duquesa?

Cuantas veces se presentaban juntas estas dos ideas en la imaginación del marqués le producían un dolor tan lacerante, que su corazón se eclipsaba. Julián temió más de una vez que concluiría por pegarle. Otras veces, en sus intervalos de lucidez, cuando el marqués comenzaba a habituarse a la idea de su desgracia, dirigía a su secretario apóstrofes más razonables.

-Debió usted... sí señor... su obligación era huir- decía- Nunca hubiera yo podido creer a usted capaz de...

Julián se acercó a la mesa y escribió:

«He resuelto poner fin a mi vida, que me es insoportable hace mucho tiempo. Ruego al señor marqués que acepte, juntamente con la expresión de mi reconocimiento sin límites, mis excusas por las molestias que mi suicidio en su palacio pueda acarrearle.»

-Tenga el señor marqués la bondad de leer estos renglones... Es la una de la madrugada; voy a pasear por el jardín... estaré hacia el muro del fondo: máteme usted, o haga que me mate su ayuda de cámara.

-¡Váyase usted al infierno!- gritó el marqués al ver que se iba Julián.

-Comprendo que no le pesaría verme muerto a manos de su ayuda de cámara- pensaba Julián-. ¡Bah!... ¡Que me mate... es una satisfacción que le ofrezco... aunque malditas las ganas que tengo de abandonar este mundo... Soy joven y me debo a mi hijo...

El pensamiento en su hijo, que por primera vez le presentó su imaginación perfectamente claro y definido, le embargó durante los primeros minutos de paseo por la zona peligrosa.

-Me es indispensable un consejero que me indique la norma de conducta que debo seguir con ese hombre impetuoso- se dijo-. Le ha abandonado la razón, está loco y le creo capaz de todo... Fouqué vive demasiado lejos, aparte de que tampoco sabría apreciar los sentimientos de un corazón como el del marqués... ¿El conde de Altamira...? ¿Pero quién me responde de su discreción eterna? No quiero complicar mi posición pidiendo consejo... ¡Nada! ¡Está visto que no me queda otro hombre que Pirard... quien es muy capaz de pegarme al solo anuncio de mi crimen!...

El genio de Tartufo vino en auxilio de Julián.

-Iré a confesar con él- murmuró.

Fue esta la resolución definitiva que adoptó después de dos horas de paseo.

Ya no se acordaba del peligro de recibir un escopetazo.

El sol del día siguiente, al asomar en el horizonte, encontró a Julián a varias leguas de París, llamando a la puerta del severo jansenista. Su estupor fue inmenso al hallar que sus confianzas sorprendían nada o muy poco al confesor.

-Quizá me alcance a mí parte de culpa- decía el cura, más bien preocupado que irritado-. Me pareció adivinar la existencia de ese amor, y si no advertí al padre, fue porque selló mis labios el afecto que te profeso...

-¿Qué debo hacer?- preguntó con anhelo Julián-. Veo tres soluciones en perspectiva: primera, el marqués puede disponer de mi vida, que he puesto en sus manos al entregarle la carta en que declaro que me suicido; segunda, puedo cambiar dos o tres balas con el conde Norberto...

-¿Serías capaz de batirte con él?- preguntó con indignación el sacerdote.

-No me dejó usted terminar; por nada del mundo dispararía yo sobre el hijo de mi bienhechor... Tercera: puedo alejarme.

Si el marqués exige que me vaya a Edimburgo, a Nueva York, obedeceré; paso porque oculte la situación de su hija, pero jamás consentiré que suprima a mi hijo.

-No dudes que ese será el primer pensamiento que se le ocurra.

Matilde, mientras tanto, estaba desesperada. Había visto a las siete de la mañana a su padre, quien le dio a leer la carta de Julián, y se estremecía de horror al pensar que su amado acaso hubiese puesto fin a su vida.

-Si él ha muerto, moriré yo- dijo con entereza a su padre- Serás tú quien le hayas asesinado... probablemente verás con júbilo un suceso que solucionará, a tu entender, lo sucedido... pero yo te juro que vestiré de luto, que me haré llamar públicamente Viuda de Sorel, que enviaré esquelas de defunción... ¡No dirás nunca que tu hija es pusilánime ni cobarde!

Su pasión la enloqueció en tales términos, que su padre quedó perplejo, indeciso.

Matilde no bajó al comedor a la hora de almorzar, y su padre se vio libre de un peso grandísimo al convencerse de que aquella nada había dicho a su madre.

Llegó Julián de su excursión. No bien desmontó, le hizo subir Matilde a sus habitaciones y se arrojó en sus brazos en presencia casi de su doncella. No dio pruebas de gran agradecimiento nuestro héroe al recibir tan manifiesta prueba de amor, pues había salido muy diplomático y calculador de su dilatada entrevista con el sacerdote Pirard. Matilde, derramando deliciosas lágrimas, le dijo que había leído su carta.

-Puede ocurrir que mi padre aproveche el arma que has puesto en sus manos... ¡Por favor te pido que te vayas al instante a Villequier!... Vuelve a montar a caballo y vete antes que mi padre salga del comedor... ¡Permíteme que lleve yo la dirección del asunto!- añadió llorando, al ver a Julián inmóvil, silencioso y frío-. Sabes muy bien que, voluntariamente, nunca me separaría de ti... Escríbeme, pero dirigiendo las cartas a mi doncella... desfigura la letra de los sobres... Yo te escribiré cartas interminables... ¡Adiós!... ¡Huye!

Esta última palabra hirió a Julián, quien, sin embargo, obedeció.

-Es una fatalidad que estas gentes, hasta en los momentos mejores, hallen el secreto de torturarme- pensó.

Matilde se opuso con energía incontrastable a los proyectos prudentes de su padre. Jamás quiso entrar en negociaciones cuya base no fuese la siguiente: «Se casaría con Julián, y viviría con su marido, o pobre y obscuramente en Suiza, o en el palacio de su padre.» Rechazó indignada la insinuación de un alumbramiento clandestino, y ella propuso a su vez que, a los dos meses de casada, emprendería un viaje con su marido, y le sería sumamente sencillo hacer creer que el hijo había venido al mundo en época conveniente.

Su proposición, acogida al principio por el marqués con transportes de cólera, fue poco a poco abriéndose camino en la razón de su padre.

-¡Toma!- dijo al fin-. Aquí tienes una escritura que asegura diez mil francos de renta: hazla llegar cuanto antes a manos de tu Julián, y dile que procure librarme inmediatamente de la tentación de arrepentirme.

En su deseo de obedecer a Matilde, cuyo afán de mandar conocía muy bien Julián, éste habría recorrido inútilmente cuarenta leguas, y se encontraba en Villequier, arreglando cuentas con los terratenientes de su principal. La donación del marqués le obligó a regresar, pero el no a París, sino a la casa del cura Pirard, quien, durante su ausencia, se había convertido en el aliado más útil de Matilde, pues cuantas veces le consultaba el marqués, contestaba diciéndole y demostrándole que toda solución que no fuese un matrimonio público sería un crimen a los ojos de Dios.

-Y por fortuna- añadía el sacerdote-, en este punto, la sabiduría del siglo está de perfecto acuerdo con la religión. Dado el carácter fogoso de la señorita de la Mole, ¿se atrevería usted a contar con la inviolabilidad de un secreto que no se impusiera ella misma? Si rechaza usted la solución natural y franca de un matrimonio público, las murmuraciones de la sociedad no tendrán fin. Es preciso decir las cosas de una vez, sin dejar apariencias ni realidad de misterio.

-Es verdad- contestó pensativo el marqués-. El problema hay que abordarlo de frente.

Dos o tres amigos del marqués participaban de la opinión de Pirard. Para ellos, el mayor obstáculo radicaba en el carácter decidido de Matilde. Por desgracia, cuando más convencido parecía el marqués, titubeaba y se resistía a renunciar a la esperanza de ver duquesa a su hija. En su mente se alzaban recuerdos de expedientes que eran aún posibles cuando él vino al mundo. Doblegarse ante la necesidad, tener respeto a la ley, parecíale un absurdo, algo deshonroso para un hombre de su estirpe. ¡Caros pagaba el infeliz los sueños encantadores en que venía meciéndose hacía diez años, cada vez que pensaba en el porvenir de su hija!

-¿Podía yo prever esto?- se repetía-. ¡Una hija tan altiva, de tanto talento, de miras tan elevadas, más orgullosa que yo mismo del nombre que ostenta! ¡Una hija cuya mano han solicitado los hombres más nobles, más ilustres de Francia! ¡Preciso es no tomar en serio la prudencia, reírse de la previsión!... ¡Vivimos en un siglo destinado a trastornarlo todo!... ¡Caminamos hacia el caos!...

XXXIV
UN HOMBRE DE TALENTO

Decíase el prefecto: ¿Por qué no seré yo ministro, presidente del Consejo, duque? He aquí el sistema de guerra que yo haría... Por este medio, en muy poco tiempo conseguiría encerrar entre cuatro paredes a todos los innovadores...
El Globo

Imposible hallar argumentos, razones capaces de destruir el imperio de diez años de ensueños agradables. Comprendía el marqués que no era razonable encolerizarse, pero no se resolvía a perdonar. Su imaginación, anegada en un mar de tristeza, sólo hallaba consuelo en las quimeras más absurdas, porque eran éstas las que paralizaban la influencia de las atinadas razones del sacerdote Pirard. Un mes transcurrió de esta suerte, sin que se adelantase un paso en el camino de la solución del asunto.

La lentitud del marqués desconcertó a Julián, si bien éste, al cabo de algunas semanas de ansiedad, comenzó a adivinar que, si la solución, mala o buena, no llegaba, era porque el padre de Matilde no la había encontrado todavía.

La marquesa y todos los individuos del palacio suponían a Julián recorriendo las propiedades que el marqués tenía en provincias, y nadie sospechaba que estaba escondido en la casa de Pirard y que veía a Matilde casi todos los días. Todas las mañanas pasaba ésta una hora hablando con su padre, pero transcurrían días y hasta semanas enteras sin que ninguno de los dos mencionase el asunto que tanto preocupaba a entrambos.

Un día le dijo el marqués:

-No quiero saber dónde está ese hombre: encárgate tú de hacer llegar a sus manos, esta carta.

Matilde leyó lo siguiente:

«Mis posesiones del Languedoc rentan 20.600 francos.
Doy 10.600 francos a mi hija, y 10.000 al señor Julián Sorel, entendiéndose que, a la par que de las rentas, hago donación de las propiedades. Diga usted al notario que redacte dos escrituras de donación separadas, y que me las traiga mañana.
Una vez firmadas, las relaciones entre nosotros quedarán cortadas por completo... ¡Ah! ¿Merecía yo esto?
EL MARQUÉS DE LA MOLE.»

Te lo agradezco en el alma- dijo con alegría Matilde-. Nos iremos a vivir al castillo de Aiguillon, entre Agen y Marmande. Si no miente la fama, es una región que, en punto a belleza, nada tiene que envidiar a Italia.

La donación sorprendió extraordinariamente a Julián. Ya no era el hombre severo y frío que hemos conocido: el destino de su hijo embargaba todos sus pensamientos. La fortuna imprevista que se le venía a las manos, bastante considerable para un pobre, le hizo ambicioso. Soñaba con una renta de treinta y seis mil francos para él y otra igual para su mujer.

Matilde, por su parte, no pensaba más que en el culto de adoración que rendía a su marido, pues así llamaba siempre a Julián, y su ambición única era formalizar y hacer público su matrimonio. Pasábase la vida bendiciendo la prudencia de que dio pruebas uniendo su suerte a la de un hombre tan superior.

La ausencia casi continua, la multiplicidad de asuntos a resolver y el escaso tiempo de que disponía para hablar de amor, fueron otras tantas causas que vinieron a terminar la obra iniciada por la maquiavélica conducta observada en otro tiempo por Julián.

Matilde concluyó por rebelarse contra las dificultades que se alzaban entre ella y el hombre que adoraba con verdadero frenesí, y en un momento de mal humor, escribió a su padre una carta semejante a la conocida de Otelo. Decía así:

«Que he antepuesto a Julián a todas las ventajas que la sociedad puede brindar a la hija del marqués de la Mole, verdad es que demuestra elocuentemente mi elección. Ningún valor tienen para mí los placeres que son consecuencia de la consideración y de la ridícula vanidad. Pronto hará seis semanas que vivo separada de mi marido: me parece que son bastantes para testimoniarte mi respeto. Antes del jueves próximo abandonaré el domicilio paterno. Tu generosidad nos ha enriquecido. Nadie, excepción hecha del señor Pirard, conoce mi secreto. Iré a su casa, él nos casará; una hora después de la ceremonia, nos pondremos en camino para el Languedoc, y no volveremos a París sin recibir órdenes tuyas. Un solo pesar tengo, y es que mi resolución dará motivo a muchas hablillas y murmuraciones que ni a ti ni a mí nos dejarán bien parados. Los epigramas de un público estúpido pueden ser causa de que nuestro excelente Norberto provoque a Julián, y si tal desgracia ocurriera, sobrevendría lo irremediable, porque yo, que conozco bien a Julián, perdería en ese caso todo mi imperio sobre él; nos encontraríamos frente al alma de un plebeyo en plena rebelión. ¡De rodillas te suplico, ¡oh padre mío!, que vengas a presenciar nuestro matrimonio, qué tendrá lugar el jueves próximo en la parroquia del señor Pirard.

Únicamente así se suavizarán las anécdotas picantes y dejarán de verse amenazadas la vida de tu hijo único, y la de mi marido...»

Esta carta colocó al marqués en situación de singular perplejidad, sencillamente porque era llegado el momento de adoptar una decisión...

Puesto en las extrañas circunstancias en que la fatalidad tuvo la crueldad de colocarle, recobraron todo su imperio los rasgos más salientes de su carácter, impresos por los sucesos que afectaron su juventud. Las desventuras ajenas a la emigración habían hecho de él un hombre de imaginación. Después de disfrutar durante dos, años de una fortuna inmensa y de todas las distinciones de la corte, el año 1790 descargó sobre su cabeza todas las miserias de la emigración, y la dura escuela de la desgracia modificó esencialmente su alma de veintidós años. En realidad, por la fecha que le hemos conocido, no le dominaban las riquezas que poseía: se cernía él sobre aquellas, pero su misma imaginación, a la que debió el verse preservado de la gangrena de la codicia, encendió en él otra pasión tan loca como la del oro: la de ver a su hija ostentando un título de los más hermosos.

Durante las seis semanas anteriores, el marqués, cediendo hoy a un capricho, había querido enriquecer a Julián: la pobreza le parecía innoble, indigna del marido de su hija, y arrojó oro a manos llenas; al día siguiente, precipitada su imaginación por otros derroteros, hacíase la ilusión de que Julián, sensible al lenguaje mudo de su generosidad, tomaba nombre supuesto; se expatriaba a América, y escribía a Matilde que había muerto para ella. El señor de la Mole suponía escrita esta carta y seguía con la imaginación el efecto que en el carácter de su hija producía...

El día que la carta, no soñada, sino real de Matilde disipó sus ilusiones, tan pronto mandaba matar a Julián como resolvía crearle una fortuna brillante. Obligábale a tomar el título de una de sus posesiones... ¿por qué no hacerle par del reino?

Varias veces el duque de Chaulnes, su suegro, después de perder a su hijo único en las guerras de España, le había manifestado deseos de transmitir su título a Norberto...

-Pecaría de injusto si negase a Julián una aptitud excepcional para los negocios, osadía y hasta brillo- se decía el marqués- pero vislumbro en el fondo de su carácter algo que me da miedo. Esta impresión produce en cuantos le conocen y tratan, lo que demuestra que hay en ella algo de real. En qué cantidad y cuál sea la calidad de ese algo de real, ni yo ni nadie podemos precisarlo, y esto es precisamente lo que me asusta... Hace pocos días me escribía mi hija: «Julián no se ha afiliado a ningún partido, a ninguna agrupación.» No ha buscado apoyos contra mí, no ha tratado de defenderse contra el abandono en que quedaría si yo no le protegiese. ¿Es que desconoce el estado actual de la sociedad? No lo creo, pues recuerdo haberle dicho dos o tres veces: «Las candidaturas reales y provechosas se trabajan en los salones.»

«No; no tiene el genio astuto y cauteloso del procurador, que aprovecha los minutos y no pierde una oportunidad... no es un carácter a lo Luis XI... Por otra parte, observo en él las máximas más reñidas con la generosidad... ¡Nada! ¡Es para mí un enigma viviente! Tiene, sí, una cualidad perfectamente definida: los desprecios le enfurecen. Carece de la religión propia de los nobles, es cierto: el respeto que nos profesa no nace de su instinto... pero en fin, el alma de un seminarista parece que no debiera irritarse más que contra la falta de dinero, lo que no ocurre con Julián, quien estoy seguro de que por nada del mundo toleraría un desprecio... Pero vamos a lo esencial, a la gran cuestión: ¿llevó Julián su audacia hasta el extremo de hacer el amor a mi hija, porque sabe que es lo que más quiero en el mundo y tengo cien mil escudos de renta?

Matilde jura lo contrario... pero es ese punto, señor Julián, sobre el cual no quiero dejarme engañar. ¿Se trata de un amor verdadero, imprevisto? ¿De un deseo vulgar de conquistarse una posición brillante? Matilde, que es muy inteligente, ha previsto que la sospecha que acabo de apuntar puede echarlo todo a perder, y por eso acudió al remedio confesando que fue ella la que se enamoró, y enamoró y sedujo a Julián... ¿Pero es posible que olvidase su decoro y su altura hasta el extremo de ser ella la que se declarase a su amante? ¡Que una noche, en el jardín, le asió por un brazo y...! ¡Qué horror! ¡Como si faltasen mil otros medios menos indecentes para hacer comprender a un hombre que se le ama!... «Quien se excusa se acusa... no me fío de Matilde.»

Los razonamientos del marqués eran aquel día más concluyentes que de ordinario; sin embargo, cediendo a la costumbre, decidió ganar tiempo escribiendo a su hija, y decimos escribir, porque las negociaciones entre aquella y él se llevaban por escrito. El marqués no se atrevía a discutir de palabra y personalmente con Matilde: temía salir derrotado haciendo concesiones demasiado bruscas.

CARTA

«Guárdate muy mucho de cometer nuevas locuras. Te incluyo adjunto, un despacho de teniente de húsares a favor del caballero Julián Sorel de La Vernaye; ya ves lo que por él hago.
No me contraríes ni me preguntes. Que el señor de La Vernaye salga dentro de veinticuatro horas para Estrasburgo, donde está su regimiento, a fin de hacer su presentación. Incluyo también una carta-orden para mi banquero. Quiero ser obedecido.»

El amor y la alegría de Matilde se desbordaron. Queriendo aprovecharse de la victoria contestó inmediatamente:

«El señor de La Vernaye caería rendido de gratitud a tus pies si supiese lo mucho que te dignas hacer por él. Debo decir, empero, que mi padre, al dar una prueba tan brillante de generosidad, me olvida a mí. La honra de tu hija corre grave peligro: una indiscreción cualquiera puede arrojar sobre tu nombre una mancha que no podría lavar una renta de veinte mil escudos. Retengo el despacho de teniente y no lo haré llegar a manos del señor de La Vernaye, si antes no me empeñas tu palabra de que, dentro del mes próximo, se celebrará públicamente mi matrimonio en Villequier. Muy poco después del plazo indicado, que te suplico que no dilates, tu hija no podrá presentarse en público si no se llama la señora de La Vernaye. Con toda mi alma te agradezco, querido papá, que me hayas librado del humilde nombre Sorel... etc., etc.»

La réplica a esta carta fue imprevista.

«Obedece o deshago todo lo que he hecho. ¡Tiembla, joven imprudente! Todavía ignoro qué es tu Julián, y tú sabes menos que yo. Que se vaya a Estrasburgo: dentro de quince días haré saber mi voluntad. »

Matilde leyó la carta con estupefacción. La frase ignoro qué es tu Julián le hizo cavilar mucho, pero, al fin, su imaginación se llenó de suposiciones las más encantadoras.

-El espíritu de mi Julián no se ha engalanado con el uniforme mezquino de los salones, y mi padre no cree en su superioridad, a causa precisamente de que aquel la demuestra... Pero es el caso que, si no obedezco, si no me doblego ante este nuevo capricho, veo la posibilidad de una escena pública, de un rompimiento que rebajara mi posición en el mundo y podría también influir en las disposiciones de Julián. El rompimiento traería aparejados diez años de pobreza... y solamente el brillo de la opulencia puede librarme del ridículo de haber escogido un marido cuyo caudal único es el mérito. Si vivo lejos de mi padre, es muy probable que éste concluya por olvidarme... Norberto casará con una mujer afable y diestra, y... El viejo Luis XIV fue seducido por la duquesa de Borgoña...

Resolvió obedecer, pero se guardó muy mucho de comunicar la carta de su padre a Julián, de cuyo carácter brusco temía cualquier locura.

XXXV
UN HURACÁN

¡Dios mío! ¡Concededme la medianía!
MIRABEAU

Absorto, sumido Julián en sus reflexiones, sólo a medias respondía a las ternuras de Matilde. Nunca pareció a ésta tangrande, tan adorable.

Casi todas las mañanas veía Matilde al cura Pirard cuando entraba en el palacio de su padre. ¿No era posible que Julián, cuya seriedad aumentaba de día en día, hubiese conseguido penetrar, merced a aquel, las intenciones del marqués? ¿Le habría escrito directamente éste, en un momento de capricho? ¿Qué explicación tenía la actitud severa de Julián, cuando lo natural era que estuviese satisfecho?

Matilde no se atrevía a preguntarle.

¡No se atrevía ella, Matilde! ¡Misterios del amor! Amaneció el día siguiente al recibo del despacho del teniente.

Muy temprano, hizo alto junto a la casa del señor cura Pirard una silla de pasta.

-Aquí tienes veinte mil francos que te regala el señor marqués de la Mole- dijo el sacerdote con severidad-. Desea que los gastes en un año, pero procurando hacer el menor número de ridiculeces posible. Quiere también el señor marqués que se haga constar que el señor Julián de La Vernaye, ha recibido esta suma de su padre, a quien ninguna necesidad hay de designar con otro nombre. Tal vez el señor de La Vernaye creerá conveniente hacer un regalo al señor Sorel, aserrador de Verrières quien cuidó de su infancia... de cuya comisión podría encargarme yo mismo. He recabado del señor marqués que transija en el pleito que sostiene contra el vicario general Frilair, cuya influencia parece que es superior a la nuestra. Una de las condiciones tácitas de la avenencia será el reconocimiento implícito de tu elevada estirpe, hecho par ese hombre omnipotente que gobierna a Besançon.

Julián, en un transporte de alegría, abrazó al sacerdote.

-¡Fuera!- gritó el señor Pirard, rechazándole-. ¿Qué significa esta vanidad mundana? ¿Tanto te seduce...? En cuanto al aserrador Sorel y a sus hijos, yo me encargo de ofrecerles, como cosa mía, una pensión anual de quinientos francos a cada uno, que percibirán mientras me satisfaga su conducta.

Julián había recobrado su actitud fría y altanera. Dio las gracias, pero con frases muy vagas y sin comprometerse a nada.

-¿Será posible que mi padre fuera un gran señor, desterrado por el terrible Napoleón?-se peguntaba... El odio que siento hacia el hombre que creía que era mi padre es una prueba... ¡Ya puedo aborrecerle sin ser un monstruo!...

Pocos días después de este monólogo, el regimiento 159 de húsares, uno de los más brillantes del ejército, estaba formado en la plaza de armas de Estrasburgo. El señor caballero de La Vernaye montaba el caballo más hermoso de Alsacia, que le había costado seis mil francos. Era dado a conocer como teniente, sin haber sido en su vida subteniente, aunque como tal figuraba desde algún tiempo antes en la plantilla de un cuerpo, del que nunca había oído hablar.

Su impasibilidad, la severidad de su mirada rayana en crueldad, su palidez, su sangre fría inalterable, pusieron la base a su reputación desde el primer día, y más adelante, su finura irreprochable de modales, su destreza en toda clase de armas, que cuidó de hacer notar sin incurrir en afectación, hicieron que nadie sintiera tentaciones de bromear a costa suya. Tras breves días de vacilaciones, la opinión pública del regimiento se declaró en su favor.

Julián escribió desde Estrasburgo al anciano cura de Verrières, señor de Chélan, la carta siguiente:

«No dudo que habrá sabido usted con viva alegría que mi familia, a causa de ciertos sucesos, ha resuelto enriquecerse. Acompaño quinientos francos, que le ruego distribuya, sin ruido y sin pronunciar mi nombre, entre los que hoy son tan pobres y desgraciados como fui yo en otro tiempo, y a los cuales, socorre usted indudablemente como antes me socorría a mí.»

Aunque era la ambición y no la vanidad la que corroía el alma de Julián, éste no dejaba de prestar atención a las apariencias exteriores. Sus caballos, sus uniformes, la librea de sus servidores eran modelo de corrección digno de un gran señor inglés. No llevaba más de dos días de teniente, cuando ya calculaba que, para ser general a los treinta años, necesitaba ser a los veintitrés algo más que teniente. Sus pensamientos únicos eran la gloria y su hijo.

Cuando más le dominaban estos transportes de ambición, sorprendióle la llegada de un criado de los marqueses de la Mole, que era portador de una carta de Matilde, redactada en los siguientes términos:

«Todo está perdido. Ven inmediatamente, sacrifícalo todo, incluso la carrera... deserta, si es necesario. En cuanto llegues, espérame, sin salir del coche, junto a la puertecilla del jardín que da frente al número... de la calle... Yo iré a verte y quizá me sea posible introducirte en el jardín. Repito que todo está perdido, y me temo que sea sin remedio. Cuenta conmigo, que me has de encontrar más firme y abnegada que nunca en la adversidad. Te adoro. »

Sin dificultad obtuvo Julián permiso del coronel y partió de Estrasburgo a galope tendido. Tan horrible era, sin embargo, la inquietud que le devoraba, que no pudiendo sostenerse en la silla, en Metz tomó una silla de posta. Con rapidez casi increíble llegó al lugar que Matilde le indicara en su carta. Un momento después se abría la puertecilla del jardín, y Matilde, olvidada de las conveniencias, se precipitó en sus brazos.

Afortunadamente eran las cinco de la mañana y la calle estaba casi desierta.

-Todo está perdido: mi padre, temiendo ceder ante mis lágrimas, se fue la noche del jueves... ¿Adónde? Nadie lo sabe. Toma su carta... léela- terminó diciendo Matilde, subiendo al coche.

He aquí el contenido de la carta:

«Lo hubiese perdonado todo, menos el proyecto vil de seducirte porque eres rica. Ya sabes, pobre hija mía, la desconsoladora verdad. Te empeño solemnemente mi palabra de honor de que jamás consentiré que te cases con ese hombre. Le aseguro una renta de diez mil libras si quiere irse a vivir lejos, fuera de las fronteras de Francia, y mejor a América. Lee la carta que recibo, contestación a los informes que había pedido. El desvergonzado, con un cinismo que no comprendo, me indicó que me dirigiera a la señora de Rênal. Nunca más leeré una línea tuya que haga alusión a ese miserable. Me da horror París y tú. Te recomiendo que guardes el secreto más impenetrable acerca de lo que necesariamente ha de suceder.
Renuncia resueltamente a un hombre vil, y encontrarás de nuevo a tu padre.»

-¿Dónde está la carta de la señora de Rênal?- preguntó Julián.

-Hela aquí: no quise enseñártela hasta después que estuvieses preparado.

Julián leyó lo siguiente:

«Deberes a los que no podría faltar sin perjuicio de la causa sacrosanta de la religión y de la moralidad, me obligan, señor, a realizar una obra bien penosa para mí: la de dañar a mi prójimo, siquiera al dañarle cumpla con la obligación de impedir un escándalo gravísimo. El dolor que experimento debe ceder al sentimiento del deber. Desgraciadamente es muy cierto, señor, que la conducta de la persona acerca de la cual desea usted que le diga toda la verdad, nada tiene de honrada. Es posible que alguien, creyendo servir los intereses de la religión, haya intentado ocultar o desfigurar una parte de la verdad, pero es lo cierto que la tal conducta ha sido más condenable de lo que yo pudiera decir. Pobre y codicioso, ese hombre ha recurrido a la hipocresía más baja y a la seducción de una mujer débil y desgraciada, para labrarse una posición y ser algo en el mundo. Una parte de mi penoso deber es añadir que creo en conciencia que el señor J. S. carece en absoluto de principios religiosos. Me atrevo también a asegurar que el medio a que recurre con preferencia para hacerse querer en una casa es la seducción de la mujer que goza en aquella de la influencia o autoridad principal. Con mentidas apariencias de desinterés y frases de novela, su objetivo único consiste en llegar a dominar al dueño de la casa y disponer de su fortuna.
Por donde pasa, deja en pos de sí la desventura y el remordimiento eternos... etc., etc.

La carta era muy larga y presentaba abundantes huellas de lágrimas. La había escrito la señora Rênal, por cierto con mayor cuidado que de ordinario.

-No puedo quejarme del señor marqués de la Mole- dijo Julián, luego de leída la carta-. Es justo, como ha sido prudente... ¿Qué padre daría a su hija a un hombre como el que pinta esta carta?... ¡Adiós!

Saltó Julián del coche y, a todo correr, se dirigió a la silla de posta, que había dejado en la entrada de la calle. Matilde, de la que, al parecer, se olvidó por completo, dio algunos pasos para seguirle, pero las miradas de los tenderos, que se encontraban en las puertas de sus establecimientos y que la conocían, obligáronla a entrar precipitadamente en el jardín.

Julián se dirigió a Verrières. Durante el viaje le fue imposible escribir a Matilde, aunque lo intentó, porque su mano no acertaba a trazar en el papel más que rasgos ilegibles.

Llegó a Verrières un domingo por la mañana. Entró antetodo en la armería de la población, cuyo dueño le felicitó efusivamente por su fortuna: no se hablaba de otra cosa en el país. Julián manifestó que necesitaba dos pistolas. A petición suya, las cargó el mismo armero.

La campana de la iglesia acababa de dejar oír el tercer toque, el que en todos los pueblos de Francia, anuncia el principio de la misa.

Julián entró en la iglesia nueva de Verrières. Cortinones de seda carmesí velaban la luz que dejaban pasar los altos ventanales del edificio. Colocóse nuestro héroe algunos pasos a retaguardia del banco ocupado por la señora de Rênal. Parecióle que ésta rezaba con fervor. La vista de la mujer que tanto amó determinó tal temblor en su brazo, que al principio no pudo realizar su designio.

-¡No puedo!- se decía-. ¡Tropiezo con una impotencia física que no logro vencer!...

Llegó el momento de la elevación; la señora de Rênal dobló la cabeza sobre el pecho. Julián disparó.

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Rojo y Negro


 


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