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Capítulos LXVI a LXX

XXXVI
DETALLES TRISTES

No esperéis de mí muestras de debilidad:
me he vengado. Merezco la muerte y aquí
me tenéis. ¡Rogad por mi alma!
SCHILLER

Julián quedó inmóvil; no veía. Cuando volvió poco en sí, vio que los fieles huían en tropel del templo: hasta el sacerdote que celebraba la misa había abandonado el altar. Julián siguió con paso lento a las mujeres que corrían lanzando gritos.

Hubo una que, en su carrera alocada, tropezó con él y le derribó. Al levantarse, una mano le aferró por el cuello: era un gendarme, Instintivamente llevó la mano a las pistolas de bolsillo, pero un segundo gendarme le sujetó los brazos.

Fue conducido a la cárcel, donde le dejaron solo después de esposarle. Oyó que cerraban la puerta. Con tal rapidez se sucedieron los sucesos, que ni cuenta pudo darse de ellos.

-¡Ahora sí que ha terminado todo!- se dijo Julián, cuando su mente pudo hilvanar un pensamiento-. Dentro de quince días a la guillotina... si antes no me suicido.

No se encontraba en estado de reflexionar; sentía como si un círculo de hierro apretujase con violencia su cabeza. Al cabo de breves minutos, quedó profundamente dormido.

La herida que había recibido la señora de Rênal no era mortal. La primera bala atravesó su sombrero sin herirla; volvió la cabeza al oír el primer disparo, a tiempo que Julián disparaba la segunda pistola: el proyectil, después de fracturarle el hueso del hombro, fue a dar contra una columna, de la que arrancó una porción de fragmentos de piedra.

Cuando el cirujano, después de una cura larga y dolorosa, anunció a la señora de Rênal que respondía de su curación, experimentó aquella profunda aflicción.

Hacía largo tiempo que deseaba sinceramente la muerte.

La carta que su Confesor le obligó a escribir al marqués de la Mole fue el golpe de gracia asestado a la infeliz mujer, agobiada por una desgracia excesivamente persistente. Ocasionaba esa desgracia, que ella llamaba remordimiento, la ausencia de Julián: de ello estaba seguro su director espiritual, sacerdote joven recién llegado de Dijon, tan virtuoso como lleno de fervor.

-Morir así no es pecado- pensaba la señora Rênal-. Dios me perdonará si mi muerte me produce alegría.

Lo que no se atrevía a añadir la infeliz era que, morir a manos de Julián, era el colmo de la dicha.

No bien se vio libre de la presencia del cirujano y de la infinidad de personas que acudieron a saber de ella, llamó a su doncella Elisa.

-El carcelero es un hombre cruel- le dijo, enrojeciendo un poco-. Seguramente maltratará al culpable, creyendo agradarme... Esta idea me es insoportable... ¿Quiere usted ir a entregarle, como cosa suya, este paquetito de luises? Hágale ver que la religión prohíbe tratar mal a nuestro prójimo... y recomiéndele que nada diga sobre el dinero que se le envía.

A la circunstancia de que acabamos de hablar fue Julián deudor de la humanidad con que le trató el carcelero, que continuaba siendo nuestro antiguo conocido Noiroud, ministerial consecuente, a quien hizo pasar un rato de miedo el señor Appert.

Presentóse un juez en la cárcel.

-He matado con premeditación- declaró Julián- Compré e hice cargar las pistolas al armero... El artículo 1,342 del Código Penal es claro y terminante; merezco la muerte y la espero tranquilo.

El juez, sorprendido ante declaración tan fuera de la costumbre, multiplicó sus preguntas con ánimo de conseguir que el reo se acusase con sus contestaciones.

-¿No está usted viendo que he principiado por echar sobre mí toda la culpa que pueda usted desear?- interrogó Julián sonriendo con amargura- Tranquilícese usted, señor, que no se le escapará la presa que persigue. Tendrá usted el gusto de condenarme.

Julián escribió la carta siguiente a la señorita de la Mole:

«Me he vengado. Como mi nombre aparecerá en los periódicos, me es imposible desaparecer de incógnito de este mundo. Moriré dentro de dos meses. La venganza ha sido atroz, tan atroz como el dolor de separarme de ti. Desde este momento, me prohíbo terminantemente escribirte y pronunciar tu nombre. No hables jamás de mí, ni aun a mi hijo, que el silencio es la manera única de honrarme. Para el vulgo, seré un asesino corriente...

«Permíteme que, en estos instantes supremos, diga lo que siento, y lo que sucederá a no dudar: tú me olvidarás. Esta catástrofe espantosa, de la que te aconsejo que nunca hables a alma viviente, habrá hecho desaparecer todo cuanto tu carácter tenía de novelesco y de aventurero. Naciste para vivir entre héroes de la Edad Media, de cuyo carácter firme participas.

Que venga en secreto y sin comprometerte lo que ha de venir.

Cobíjate bajo un nombre supuesto y no tengas confidentes. Si por necesidad absoluta hubieras de recurrir a un amigo, te lego al señor Pirard. A nadie más hables de nuestro secreto, y menos a las personas de tu clase, como los Luz, los Caylus, etcétera.

«Un año después de mi muerte cásate con el marqués de Croisenois: te lo ordeno como esposo tuyo que soy. No me escribas, porque no he de contestarte. Aunque menos criminal que Yago, diré con él: From this times forth I never will speak word.

«Nunca más volveré a hablar ni a escribir: tuyas serán mis palabras últimas, como mis últimas adoraciones.

Después de enviar la carta anterior a su destino, fue cuando Julián, algún tanto vuelto en sí, se sintió más desgraciado, que nunca. Todas sus esperanzas, todas sus ambiciones, desaparecían una tras otra de su alma, arrancadas despiadadamente por una sola palabra: Moriré. A decir verdad, nada tenía de horrible la muerte para quien, como Julián, había vivido una vida que no fue otra cosa que una preparación para la desgracia, con la circunstancia de no haber olvidado, ni excluido nunca lo que pasa por ser la mayor de todas.

-¡Pues qué!- se decía-. Si dentro de sesenta días hubiese de batirme en duelo con un adversario más diestro que yo en el manejo de las armas, ¿por ventura- tendría la debilidad de pensar a todas horas, y con el espanto en el alma, en el lance?

Muchas horas dedicó a la tarea difícil de conocerse bien; y cuando consiguió leer claro en el fondo de su alma, y la verdad se destacó luminosa y precisa, pensó en sus remordimientos.

-¿Por qué he de tenerlos?- se preguntaba-. Me han ofendido de la manera más atroz. He asesinado y merezco la muerte; nada más; muero dejando liquidadas mis cuentas con la humanidad. No dejo obligación alguna sin cumplir, y mi muerte nada tendrá de vergonzoso... como no sea el instrumento que ha de producirla...; éste, sí, es verdad, me llenará de ignominia a los ojos de los ignorantes de Verrières. Me queda un medio de dejar entre ellos fama de grande, y es ir al patíbulo arrojando a las turbas puñados de monedas de oro. Mi memoria, unida a la idea del oro, será tan brillante como éste.

Después de este razonamiento pensó Julián que nada tenía que hacer sobre la tierra, y se durmió profundamente.

Serían las nueve de la noche cuando le despertó el carcelero: le llevaba la cena.

-¿Qué se dice por Verrières?- preguntó el preso.

-Señor Julián, el juramento que sobre un crucifijo presté el día que me honraron con el cargo que desempeño me obliga a guardar silencio.

Tal fue la contestación del carcelero, quien calló, pero no se fue. Aquella hipocresía vulgar divirtió a Julián.

-¡Quiero hacerle esperar largo rato! los cinco francos que desea que le ofrezca como precio de su conciencia- se dijo.

Cuando vio el carcelero que Julián ponía fin a la cena sin hacer la menor tentativa de seducción, dijo con acento tan dulce como falso:

-El afecto que le profeso, señor Julián, me obliga a hablar, aunque quizá mis palabras serán en perjuicio de los intereses de la justicia, puesto que podrán servirle de base para que usted prepare su defensa... El señor Julián, que siempre ha sido un buen muchacho, no dudo que se alegrará si le digo que la señora de Rênal se encuentra mejor.

-¡Cómo! ¿Pero no ha muerto?- gritó Julián, fuera de sí.

-¡Ah! ¿No lo sabía usted?- Preguntó el carcelero con expresión de estupidez, que no tardó en convertirse en codicia- Yo creo que bien merece el cirujano, cuyo deber era callar, que usted le haga algún regalito... En mi deseo de dar a usted una buena noticia, fui a visitarle y me lo contó todo...

-Infiero de tus palabras que la herida no es mortal- interrumpió con impaciencia Julián-. ¿Me respondes con tu vida?

El carcelero, gigante de seis pies de estatura, tuvo miedo y se retiró vivamente hacia la puerta: Julián, comprendiendo que el caminó emprendido era el peor para llegar al conocimiento de la verdad, volvió a sentarse y arrojó un napoleón al asustado funcionario.

A medida que el relato de éste demostraba a Julián que la herida que causó a la señora de Rênal no era mortal, sentíase aquel enternecido y con ganas de llorar.

-¡Vete!- gritó bruscamente.

Obedeció el carcelero. No bien cerró la puerta tras sí, Julián cayó de rodillas, y, vertiendo un mar de lágrimas, exclamó:

-¡No ha muerto!... ¡Curará!... ¡Gracias, Dios mío, gracias!

En aquellos momentos creía. ¡La idea sublime de Dios se abre siempre paso en circunstancias angustiosas, sea el que sea el estado de las almas!

Entonces comenzó Julián a arrepentirse del crimen cometido.

Por una coincidencia, que le libró de la desesperación, al nacer en su alma el arrepentimiento cesó el estado de irritación física que le enloquecía desde que salió de París para dirigirse a Verrières.

-¡Vivirá!- se repetía-. ¡Vivirá para perdonarme y para amarme!...

Al día siguiente estaba la mañana muy avanzada cuando le despertó el carcelero.

-Tiene usted un corazón inmenso, señor Julián- le dijo- Dos veces he venido y no he querido despertarle... Tome usted estas dos botellas de excelente vino, que le envía nuestro virtuoso cura el señor Maslon.

-¡Cómo! ¿Aún está aquí ese canalla?

-Sí, señor. No hable usted tan alto, que pudiera acarrearle perjuicios.

Julián rompió a reír.

-En la situación en que me encuentro, amigo mío, el único que podría causarme perjuicios es usted... si dejase de tratarme con dulzura y humanidad. Le pagaré bien- añadió Julián, volviendo a su tono imperioso, y entregando al carcelero otra moneda, como para justificar su ofrecimiento.

Noiroud refirió con gran lujo de detalles todo cuanto sabía sobre la señora de Rênal, pero calló lo referente a la visita que le hizo Elisa.

Julián, a cuya penetración no podía pasar inadvertida la codicia y sentimientos bajos del hombre encargado de su vigilancia, pensó que acaso no fuera difícil conseguir que aquel gigante grosero y deforme, que no ganaba más de tres o cuatrocientos francos al año, se resolviera a huir con él a Suiza, previa entrega de diez mil francos. La repugnancia que le inspiraba entrar en largos coloquios con semejante sujeto hizo que aplazase la ejecución de su idea.

No le dieron tiempo: aquella noche, a eso de las doce, le sacaron de la cárcel y le colocaron en una silla de posta. Quedó satisfecho de los gendarmes que fueron sus compañeros de viaje. Llegado por la mañana a Besançon, encerráronle en el  piso superior de un torreón gótico, que dataría, a juzgar por su estilo arquitectónico, gracioso y esbelto, de comienzos del siglo XIV.

Al día siguiente le sometieron a un interrogatorio, y luego le dejaron tranquilo durante varios días. Su calma era perfecta, comprendía que, habiendo él querido matar, debía ser muerto.

Su pensamiento no quería meterse en más honduras. La vista, la molestia de comparecer en público, la acusación, la defensa, eran para él pequeñas contrariedades, ceremonias engorrosas de las cuales era necio acordarse hasta que llegase el día de pasar por ellas. Tampoco le preocupaba gran cosa la idea de la muerte, pues las veces que acudía a su imaginación, la alejaba diciéndose que le sobraría tiempo para hacerlo después de sentenciado. Ya no tenía ambición, y muy contadas veces se acordaba de Matilde. La mayor parte de su tiempo lo embargaban los remordimientos, que traían consigo la imagen de la señora de Rênal, sobre todo durante las noches, cuyo lúgubre silencio no turbaba más que el canto de las lechuzas.

Con verdadero fervor daba gracias a Dios, por haber querido que la herida causada a la señora Rênal no fuese mortal.

-¡Qué raro, qué incomprensible es lo que me sucede!- decía- Creía yo que con su carta dirigida al marqués de la Mole habría destruido para siempre mi dicha futura, y quince días después de escrita aquella ya ni me acuerdo, siquiera de nada de lo que entonces era mi ilusión... ¡Dos o tres mil francos de renta para vivir tranquilo en una región montañosa como Vergy!... ¡Qué feliz podía ser!... ¡Ah! ¡Ignoraba yo entonces dónde estaba mi dicha!

Otras veces, levantándose de un salto de la silla, exclamaba:

-¡Si hubiese herido de muerte a la señora de Rênal, me suicidaría!

¡Para darme horror a mí mismo necesito saber que su vida no corre peligro!... ¡Suicidarme!...!He aquí la cuestión capital!

Esos jueces tan formalistas, tan feroces con el acusado, que serían capaces de ahorcar al más honrado de los ciudadanos por el gusto de enviar a un hombre al patíbulo, se desesperarían, se arrancarían los cabellos si yo me substrajese a su imperio, a sus injurias y ditirambos en mal francés, que los periódicos locales llamarán elocuencia... Me quedan, poco más o menos, cinco o seis semanas vida... ¡Matarme!...¡A fe que no! La vida me es agradable; mi alojamiento, tranquilo y cómodo; y sobre todo- añadió riendo- divertido. ¡No tengo tiempo para aburrirme!

Un momento después, hacía una relación escrita de los libros que deseaba que le trajeran de París.

XXXVII
UN TORREÓN

La tumba de un amigo.
STERNE

Oyó el prisionero un gran ruido en el corredor, cuando no era hora reglamentaria de recibir las visitas de su carcelero; voló ululando la lechuza, abrióse la puerta de su prisión, y apareció en el marco el venerable cura señor Chélan, quien, temblando, se precipitó en sus brazos.

-¡Dios mío, Dios mío!- exclamó- ¿Es posible, hijo mío...? ¡Monstruo debí decir!

El buen anciano no pudo añadir una palabra más. Julián hubo de sostenerle y sentarle en una silla para evitar que la emoción, el dolor, dieran con su débil cuerpo en tierra. Los años habían doblegado a aquel hombre, tan enérgico en otro tiempo. A Julián le pareció una sombra de lo que fue.

-Hasta ayer- dijo, cuando se repuso algún tanto-, no recibí tu carta fechada en Estrasburgo, con los quinientos francos que acompañabas para que los distribuyese entre los pobres de Verrières, carta que tuvieron que remitirme a la montaña de Livern, donde vivo retirado en compañía de mi sobrino Juan... ¡Ayer llegó a mis oídos la noticia horrenda de la catástrofe!... ¡Oh, santo Cielo!... ¿Es posible?- -exclamaba el venerable viejo, llorando como un niño- Te traigo los quinientos francos, porque seguramente los necesitarás- añadió como maquinalmente.

-¡Lo que necesito es ver a usted, padre mío!- contestó Julián, enternecido-. Dinero me sobra.

Los labios del anciano sacerdote no volvieron a pronunciar una palabra sensata. Ora vertían sus ojos lágrimas silenciosas que bajaban siguiendo el curso de las profundas arrugas de su rostro, ora contemplaba como embobado a Julián, al ver que éste le tomaba las manos y las llevaba a sus labios. Su rostro, tan vivo en otro tiempo, aquel rostro que con tanta energía reflejaba los sentimientos más nobles, era entonces modelo de apatía. Al cabo de algún rato, entró una especie de campesino que dijo al anciano:

-Vámonos: no conviene fatigarle demasiado.

Julián adivinó que era el sobrino en cuya compañía vivía el buen sacerdote.

La visita dejó al prisionero más triste que nunca; hasta secó sus lágrimas, única puerta por la cual hubiera podido dar salida al exceso de su pena. Todo lo veía negro; en ninguna parte hallaba consuelo.

Fue el momento más cruel que sufrió Julián después de la comisión de su crimen. Acababa de ver la muerte con toda su espantable fealdad: todas las ilusiones de grandeza de alma y de generosidad se dispersaron aventadas, como se disipan las nubes ante el feroz empuje del huracán.

Varias horas duró el horror de su situación. Para curar su emponzoñamiento moral habría tenido que recurrir a remedios físicos, al champagne, pero Julián se hubiese acusado de cobarde si hubiera pretendido curar una borrachera con otra borrachera. Después de un día horrible, durante el cual no hizo otra cosa que pasear agitado por el estrecho recinto de su prisión, se dijo:

-¡Pero qué necio soy! Podría asustarme la vista de ese pobre viejo, sumirme en honda tristeza, si hubiese de morir como la generalidad de los hombres, pero no en las circunstancias en que me encuentro, no cuando una muerte rápida, que recibiré en la flor de la vida, me coloca al abrigo de esa triste decrepitud.

Pese a sus reflexiones, Julián continuaba tan enternecido como el más pusilánime de los seres, y de consiguiente, triste.

Su carácter había perdido toda su rudeza, toda su grandiosidad, toda su virtud romana; la muerte aparecía a sus ojos como colocada a inmensa altura, y de consiguiente, como trago no tan fácil de apurar como antes supuso.

-Soy algo así como un termómetro- murmuraba-. Esta noche señalo diez grados bajo cero en la escala de valor que conduce a la guillotina. Esta mañana me sobraban grados... ¡Bah! ¡Con que vuelva a tenerlos en el momento crítico!..

La idea del termómetro le divirtió, llegando al fin a distraerle.

Cuando despertó al día siguiente, diole vergüenza el recuerdo de la jornada anterior. Comprendiendo que las visitas ponían en peligro su tranquilidad, estuvo a punto de dirigir un escrito al Procurador general en súplica de que no se consintiese llegar hasta su persona a nadie. Desistió, sin embargo, al acordarse de su amigo Fouqué, para quien sería motivo de amargo dolor llegar a Besançon y no poder verle.

Hacía tal vez meses que no se había acordado de Fouqué, cuyo recuerdo, al brotar en su memoria, le ocupó largo rato y acabó por enternecerle.

-¡Ya me encuentro otra vez, no a diez, sino a veinte grados bajo el nivel de la muerte!- exclamaba paseando con agitación- Si esta flaqueza aumenta, será cosa de pensar seriamente en matarme. ¡Qué alegría para los Maslon y los Valenod verme subir al patíbulo temblando como un cobarde!

Llegó Fouqué, y se presentó en el torreón loco de dolor.

Su idea única, si alguna era capaz de concebir, era vender cuanto tenía para sobornar al carcelero y salvar a Julián. En su primera visita, no supo hablar de otra cosa que la evasión del señor de Lavalette.

-Me haces sufrir- le dijo Julián-. El señor de Lavalette era inocente, al paso que yo soy un criminal. Sin quererlo, seguramente, haces resaltar con tus palabras la diferencia que media entre los dos... ¡Pero dime! ¿Será verdad? ¿De veras estarías dispuesto a vender cuanto posees?

Fouqué, entusiasmado al ver que su idea dominante hallaba eco, al parecer, en su amigo, entró en largas explicaciones y concluyó detallando lo que podría sacar de cada una de sus propiedades.

-¡Esfuerzo sublime para un propietario rural!- pensó Julián con admiración-. ¡Qué de economías representa el sacrificio que estaría dispuesto a hacer por mí! Es posible que lo aceptase cualquiera de los jóvenes elegantes que frecuentan los salones del palacio de la Mole, y que han leído a René; pero desde luego aseguro que no se encontraría en París persona capaz de hacerlo, como no fuera alguno de los adolescentes atolondrados que desconocen el valor del dinero.

Ya no supo ver Julián la incorrección de lenguaje de Fouqué, ya no encontró a su amigo indigno de él: se arrojó con efusión en sus brazos. Es posible que nunca se haya tributado un homenaje tan sincero a la sencillez provinciana.

Fouqué, visto el entusiasmo que chispeaba en los ojos de su amigo, lo tomó por consentimiento tácito, por aceptación de su proyecto de fuga.

Aquella aparición de lo sublime devolvió a Julián todas las energías que la vista del anciano señor Chélan le había arrebatado.

Es posible que nuestro héroe haya tenido la desgracia de ser poco simpático a nuestros lectores. Lo sentiríamos, porque, a nuestro entender, con el tiempo hubiese llegado a ser un modelo acabado de bondad. Era todavía muy joven y a medida que hubieran pasado sobre él los años, lejos de pasar de lo tierno a lo receloso, que es la metamorfosis general por que pasan los hombres, habría adquirido esa bondad propensa al enternecimiento, y se habría curado de su insensata desconfianza... ¿Pero a qué hacer vaticinios?

Los interrogatorios menudeaban más y más, no obstante los esfuerzos de Julián, cuyas declaraciones tendían todas a abreviarlos.

-He asesinado, o intentado asesinar, con premeditación- repetía a diario.

Pero el juez era ante todo y sobre todo formalista. Las deposiciones del prisionero no abrevian los interrogatorios, sencillamente porque aquellas llegaron a herir el amor propio del juez. Julián no supo que habían querido trasladarle a un calabozo horrible, y que debía a su amigo Fouqué el continuar alojado en una habitación relativamente bonita y bien ventilada.

Figuraba el vicario general Frilair entre los personajes a quienes surtía Fouqué de leña para la calefacción. Este último visitó al omnipotente cliente, y oyó de sus labios, con júbilo que no es para descrito, que en vista de las excelentes cualidades de Julián, y de los servicios que años antes prestó en el seminario, pensaba recomendarle con interés al juez. Fouqué vislumbró la esperanza de salvar a su amigo, y, al salir, besando, con fervor y llorando, la mano del vicario general, le entregó diez luises para que mandase celebrar misas implorando la absolución del prisionero.

Fouqué se engañó por completo: el señor de Frilair distaba mucho de ser un Valenod. No sólo se negó a recibir el dinero, sino que también significó a quien lo ofrecía la conveniencia de guardarlo para tiempos que podían ser peores.

Fouqué, entonces, comprendiendo que no podía hablar con claridad sin exponerse a ser imprudente, rogó que se destinasen los diez luises a limosnas para los pobres prisioneros, los cuales, en realidad, carecían hasta de lo más necesario.

-Julián es un tipo especial- pensaba el vicario general-. Su acción es para mí inexplicable y no me resigno a que lo sea... Poco he de poder si no consigo penetrar el enigma, y hallar de paso ocasión de hacer temblar a esa señora de Rênal, de cuya devoción no somos santos... Me detesta, de ello estoy seguro... También es posible que el incidente me proporciona los medios de llegar a una transacción ventajosa con el marqués de la Mole, quien, si no me engaño, está enamorado de nuestro ex seminarista...

De la transacción, así como también del nacimiento misterioso de Julián, había hablado el señor Pirard al vicario general el día mismo que ocurrió en la iglesia de Verrières el desdichado suceso que conocemos.

A una cosa tenía horror Julián, y era a la visita que indudablemente le haría su padre. Llegó a consultar a su amigo Fouqué la idea de solicitar del Procurador general el favor de no ser visitado por nadie. El horror a la visita de un padre, sobre todo en aquellos momentos, dejó estupefacto al honrado trabajador. El respeto que sentía hacia la desgracia le impidió exteriorizar su manera de pensar, pero principió a comprender el porqué de los violentos odios alzados contra su amigo.

-Aun cuando el Procurador general diese la orden de que hablas- contestó con frialdad-, tu padre no se hallaría comprendido en ella.

XXXVIII
UNHOMBRE PODEROSO

¡Hay en sus actos tanto misterio,
y tanta elegancia en sus modales!
¿Quién será ella?
SCHILLER

Al día siguiente, abrieron muy temprano las puertas de la prisión de Julián.

-¡Dios mío!- pensó éste, despertando sobresaltado-. ¡Mi padre! ¡Hoy inauguramos el día con una escena desagradable!

Una mujer, vestida de campesina, se precipitó en sus brazos.

No la reconoció en el primer momento: era Matilde.

¡Cruel!- exclamó-. ¡Hasta que recibí tu carta no supe dónde estabas! En Verrières me han dado detalles de lo que tú llamas tu crimen, y que para mí es una venganza noble, que hace resaltar la gallardía del corazón que late en tu pecho.

A pesar de sus prevenciones contra la señorita de la Mole, que Julián no se confesaba con claridad, la encontró el prisionero muy bonita. ¿Cómo no ver en su manera de obrar y de hablar un sentimiento noble, desinteresado, superior a cuanto puede hacer un alma pequeña y vulgar? Todavía creía amar a una reina; de aquí que, al cabo de algunos instantes de silencio, contestase con nobleza excepcional de elocución y de pensamiento:

-El porvenir se presenta a mis ojos con claridad maravillosa.

Después de mi muerte, te veo enlazada con el marqués de Croisenois, que se habrá casado con una viuda. El alma noble, aunque un poquito romántica, de esa viuda encantadora, vuelta al culto de la prudencia vulgar, como consecuencia de un acontecimiento singular, trágico y grande para ella, acabará por comprender el mérito, muy real, del marqués de Croisenois, y se resignará a participar de lo que para todo el mundo es la dicha: de la consideración social, de las riquezas, de las distinciones. Pero, mi querida Matilde, si llega a saberse tu llegada a Besançon, el señor marqués de la Mole sufrirá un golpe terrible, y como de él seré yo la causa, no podré perdonármelo nunca. ¡Le he proporcionado tantos motivos de pesadumbre!... ¡El académico dirá que dio calor en su pecho a una víbora!

-Confieso que no esperaba encontrarme con razonamientos tan fríos, con tanta preocupación por lo que el porvenir pueda reservarme- contestó Matilde, medio enfadada-.

Mi doncella, que es casi tan prudente como tú, pidió un pasaporte a su nombre; así que, la visita que recibes en este momento es de la señora Michelet.

-¿Y no ha encontrado dificultades la señora Michelet para llegar hasta mí?

-¡Ah! ¡Eres y has sido siempre el hombre superior, el que yo he distinguido! Ofrecí cien francos a un secretario del juez, que pretendía que era imposible mi entrada en el torreón.

Aquel hombre, modelo de honradez, aceptó mi dinero, luego me hizo esperar, se acordó de nuevas dificultades... y convencida de que su intención era robarme.

-¿Qué?- preguntó Julián.

-No te enfades, querido mío-. Contestó Matilde abrazándole- No tuve más remedio que declarar quién era aquel secretario, que me había tomado por una obrera de París, enamorada del prisionero; éstas fueron sus palabras. Yo le he jurado que soy tu mujer, y que conseguiré autorización especial para verte todos los días.

-La locura es completa, y no ha estado en mi mano impedirla- pensó Julián-. Después de todo, tan elevada es la posición social del marqués de la Mole, que la opinión pública excusará gustosa al bizarro coronel que dará su mano y su título a esta encantadora viuda: mi muerte lo soluciona todo.

Vino a continuación una escena de amor, de locura, de grandeza de alma, de extravagancias. Matilde propuso con mucha seriedad a su amante matarse los dos.

Recobrada la calma después de los primeros transportes, llena de la dicha de ver a su Julián, se apoderó de pronto de su alma una curiosidad viva y singular. Cuanto mas examinaba a su amante, más superior a como le había imaginado le encontraba. Parecíale ver resucitado a Bonifacio de la Mole, pero un Bonifacio más heroico que el real.

Visitó Matilde a los abogados más famosos del país, a los que ofendió ofreciéndoles con crudeza excesiva oro, que concluían por aceptar.

No tardó en averiguar que en Besançon, para conseguir cosas de dudoso éxito y de gran alcance, era preciso contar con el vicario general Frilair.

Bajo el nombre humilde de señora Michelet, tropezó con dificultades invencibles para llegar hasta el omnipotente vicario: ocho días perdió solicitando una audiencia que no le fue concedida. Pero cundió por toda la ciudad la fama de la hermosura de una modista de París, que, loca de amor, había llegado a Besançon para consolar al pobre prisionero, y Matilde, objeto de la atención general, Matilde, que se pasaba los días recorriendo las calles, creyendo que nadie la conocería, o tal vez con intención deliberada de producir impresión en el pueblo, a que, en su locura, esperaba amotinar cuando Julián fuese conducido al patíbulo, consiguió al cabo ser recibida por el señor de Frilair.

Aunque su valor era mucho, tembló al acercarse a la puerta del palacio episcopal. Sus piernas flaqueaban cuando subía la escalera que conducía a las habitaciones del vicario general. La soledad del palacio le daba frío.

Tranquilizóse, sin embargo, cuando un lacayo le franqueó la puerta del salón donde la hicieron esperar. Estaba éste adornado con lujo fino y delicado, que difería esencialmente de la magnificencia poco artística que se observa en las casas mejores de París. Mayor fue todavía su tranquilidad cuando vio al señor de Frilair que avanzaba hacia ella con expresión paternal. Ni siquiera apareció en aquel rostro dulce la huella de esa virtud enérgica que tan antipática parece a los acostumbrados a la alta sociedad de París. La sonrisa que animaba los rasgos del sacerdote, que era dueño absoluto de Besançon, anunciaba al hombre fino, al administrador hábil. Matilde se creyó en París.

Para el vicario general fue obra de pocos momentos conseguir que Matilde confesase que era la hija de su poderoso adversario el marqués de la Mole.

-En efecto- dijo Matilde, recobrando toda su arrogancia habitual-, no soy la señora Michelet. La confesión no me cuesta trabajo alguno, sencillamente porque vengo decidida a hacer otra de mayor importancia: el objeto de mi visita es hablar a usted sobre la posibilidad de procurar la evasión del señor de La Vernaye. En primer lugar, su crimen carece de importancia, puesto que la señora agredida por él se encuentra perfectamente bien; en segundo lugar, puedo entregar en el acto cincuenta mil francos, y comprometerme a dar otra cantidad igual para sobornar a los subalternos, y, por último, quiero hacer presente que mi gratitud y la de toda mi familia no han de encontrar imposible nada que pueda servir a quien haya salvado al señor de La Vernaye.

El nombre que Matilde daba a Julián admiraba al señor Frilair; nuestra amiga, que lo observó, dio a leer a aquel algunas cartas del ministro de la Guerra, dirigidas a Julián Sorel de La Vernaye.

-Ya ve usted, señor, que mi padre se encargaba de su fortuna. Me casé con él en secreto, y era el deseo de mi padre hacerle llegar a los altos puestos del ejército, antes de que se diese publicidad a su matrimonio con una de la Mole, que seguramente habría dado lugar a comentarios.

Observó Matilde que la expresión de bondad y de dulzura desaparecía rápidamente del rostro de su interlocutor, a medida que éste hacía descubrimientos de importancia.

El vicario leía por segunda vez los documentos oficiales que Matilde había puesto en sus manos, y pensaba: -¿Qué partido puedo sacar de estas confidencias inesperadas? Me encuentro de pronto en relación íntima con una amiga de la célebre mariscala de Fervaques, sobrina omnipotente del obispo de... que dispone de todas las mitras de Francia... Lo que yo veía incierto y muy remoto se me presenta claro y próximo... Este asunto puede llevarme al logro de mis afanes...

No pudo menos de alarmarse Matilde al observar el cambio súbito operado en la fisonomía de aquel hombre poderoso, mas la reflexión la tranquilizó, haciéndole ver que peor habría sido para ella no producir ninguna impresión sobre un alma que creía dominada, y probablemente no se engañaba, por el egoísmo más frío.

El señor de Frilair, deslumbrado ante el porvenir que las palabras de Matilde ofrecían a sus ojos, perdió su cautela habitual, y habló nervioso, temblando de emoción, de sus ambiciones, de sus sueños, Matilde comprendió que en aquel hombre lo podía todo, no ella, pero sí la mariscala, y sobreponiéndose a sus celos, tuvo el valor de explicar que Julián era el amigo íntimo de la señora de Fervaques, y que casi todos los días encontraba en los salones de esta última al señor obispo de...

-Si de entre los habitantes de algún arraigo en la provincia- dijo el vicario general- sacasen a la suerte una lista de treinta y seis jurados, y repitiesen la operación cuatro o cinco veces, pobre sería mi suerte si en cada una de las listas no encontraba yo ocho o diez amigos incondicionales, los más inteligentes del grupo. En todos los casos, dispondría yo de la mayoría... así que, señorita, no hay duda de que, con facilidad grande, puedo conseguir su absolución...

Interrumpióse bruscamente el vicario, cual si le admirasen sus propias palabras. No dejaba de estar justificada su interrupción, toda vez que confesaba cosas que nunca deben decirse a los profanos.

Continuó, después de una pausa, diciendo a Matilde que, en la extraña y lamentable aventura de Julián, había una circunstancia que intrigaba e interesaba extraordinariamente a la sociedad de Besançon: no se comprendía que hubiese intentado asesinar a la señora de Rênal, a la cual inspiró en otro tiempo una pasión desaforada, que Julián compartió.

El señor de Frilair vio la turbación que en Matilde producía su relato, Y se felicitó interiormente, comprendiendo que había hallado la manera de guiar a aquella personita tan decidida. De aquí que, con cruel sangre fría, atento al logro de sus deseos, no titubeó en revolver el puñal dentro de la herida.

-Si he de decir lo que siento- continuó-, no me sorprendería saber que fueron los celos los que armaron el brazo de Julián Sorel, los que le impulsaron a disparar dos veces sobre aquella mujer que en otro tiempo fue su ídolo. Es una señora muy agraciada que, desde hacía algún tiempo, recibía frecuentes visitas de cierto sacerdote llamado Marquinot, jansenista de moralidad deplorable, como todos los que simpatizan con la secta mencionada. Y no crea usted que hablo sin fundamento, no; antes por el contrario: mi teoría, si no probada, se apoya sobre fundamentos muy sólidos. ¿Por qué escogió Sorel la iglesia para cometer su crimen, sino porque en aquel instante celebraba su rival la misa? Todo el mundo concede un talento poco común y una prudencia mayor todavía que su talento, al joven que usted protege. ¿No le habría sido más sencillo y menos expuesto esconderse en los jardines de los señores de Rênal, que él conoce muy bien, y allí, con la casi certeza absoluta de no ser visto ni preso, dar muerte a la mujer que había enconado sus celos?

El razonamiento, en apariencia tan lógico, acabó de poner a Matilde fuera de sí misma. El vicario general, seguro del imperio que sobre el alma ardiente de aquella había conquistado, manifestó a Matilde que disponía a su antojo del ministerio público encargado de sostener la acusación contra Julián. Probablemente mentía.

Luego que la suerte hubiese designado a los treinta y seis individuos que debían formar el jurado, él se encargaría de atraerse a treinta por lo menos.

Si el vicario no hubiese encontrado bella a Matilde, es bien seguro que no habría hablado con tanta claridad hasta la quinta o sexta entrevista.

XXXIX
LA INTRIGA

Castros, 1676.- Un hermano ha asesinado a su hermana en la casa contigua a la mía; era ya culpable de otro asesinato. Su padre ha distribuido secretamente entre los jueces quinientos escudos, y le ha salvado la vida.
LOCKE, Viaje por Francia

Sin un segundo de vacilación, afrontando gallarda los peligros, que de su resolución pudieran derivarse, Matilde, no bien salió del palacio episcopal, escribió una carta a la mariscala de Fervaques. Suplica en ella a su rival que recabase una carta, de puño y letra del obispo de... dirigida el vicario general Frilair, y terminaba pidiéndole que corriese ella en persona a Besançon. Dada la altivez y fiereza de su alma, fue este un rasgo de verdadero heroísmo.

Siguiendo los consejos de Fouqué, tuvo la prudencia de no hablar a Julián de las gestiones que practicaba; sobradamente turbaba el ánimo del prisionero la sola presencia de Matilde. Más honrado y leal que nunca fue a medida que se avecinaba la hora de su muerte; no sólo era para él manantial de remordimiento el marqués de la Mole, sino también su hija.

-¡Es particular!- pensaba el infeliz-. Me distraigo a su lado, y con frecuencia, hasta me aburro. ¡Ella se pierde por mí... y yo le pago con ingratitudes! ¿Es que soy un malvado?

Poco le habría preocupado el temor de ser desgraciado citando la ambición mordía su alma: entonces no pensaba más que en satisfacerla.

Su desvío moral hacia Matilde era tanto más decidido cuanto más inmensa, más loca era la pasión que a aquella le inspiraba él. La orgullosa hija de los marqueses de la Mole no tenía palabras más que para hablar de los sacrificios que en su obsequio estaba dispuesta a hacer.

Exaltada por un sentimiento que, sobreponiéndose a su orgullo natural, la enorgullecía, habría anhelado no dejar pasar un instante de su vida sin realizar alguna empresa extraordinaria.

En sus conversaciones con Julián, explanaba los proyectos más atrevidos, los más peligrosos para ella. Los carceleros, generosamente pagados, dejábanla en libertad absoluta, habían puesto en sus manos el cetro de la cárcel. Y no se limitaban las ideas de Matilde al sacrificio de su reputación; poco le importaba que la sociedad entera supiese el estado en que se hallaba. Caer de rodillas delante del coche del rey, exponiéndose a ser pisoteada por los caballos, para solicitar el indulto de Julián, llamar la atención del príncipe, eran los proyectos menos quiméricos que formaba aquella imaginación exaltada y valerosa. Merced a sus relaciones con personas empleadas en el palacio real, contaba con la seguridad de penetrar hasta los sitios más reservados del parque de Saint-Cloud.

Julián se conceptuaba indigno de tanta abnegación, o mejor dicho, estaba harto de heroísmo. A una ternura sencilla, ingenua, casi tímida, probablemente se hubiese mostrado sensible, mas no a las pruebas de pasión que le daba Matilde, porque todas ellas llevaban consigo la idea de un público, la idea de otros.

En medio de las agonías, de los temores que sentía por la vida de su amante, al que estaba decidida a no sobrevivir, experimentaba la necesidad secreta de asombrar al público con el exceso de su amor y la sublimidad de sus empresas.

Irritábase Julián contra sí mismo al ver que no le conmovían pruebas tan palpables del heroísmo, pero se hubiese irritado infinitamente más si hubiera tenido noticia de la mitad de los desatinos con que atormentaba a todas horas a Fouqué, hombre de facultades limitadas, pero eminentemente práctico.

Y no es que censurase las abnegaciones de Matilde: ¿cómo, si el hubiese dado contento cuanto poseía, y expuesto su vida por salvar la de Julián? Maravillábale la cantidad de oro que derramaba a manos llenas Matilde: los primeros días las sumas verdaderamente enormes gastadas por aquella dieron miedo a Fouqué, que profesaba al dinero toda la veneración que le profesan los provincianos.

Descubrió al fin que los proyectos de Matilde adolecían de falta de fijeza, variaban con pasmosa frecuencia, y ya entonces encontró una palabra para censurar aquel carácter que más de una vez le mortificaba: Matilde era voluble. De este epíteto al de mala cabeza, que constituye el anatema más terrible en provincias, no mediaba más que un paso.

-Es inconcebible- se decía Julián, a raíz de haber salido Matilde de la prisión-, que una pasión tan viva, cuyo objeto soy yo, me deje tan insensible... ¡Y hace dos meses la adoraba!

Cierto que la proximidad de la muerte suele producir el desprendimiento de las cosas de la tierra; pero, de todas suertes, es horrible saber uno que es ingrato y no poder remediarlo.

¿Seré un egoísta? Voy creyendo que sí.

En su corazón había muerto la ambición; pero de las cenizas de ésta nació otra pasión, que él llamaba remordimiento por haber intentado asesinar a la señora de Rênal. En realidad, lo que le sucedía era que estaba furiosamente enamorado de la mujer que fue su primera amante. Cuando le dejaban solo en su cárcel, cuando no temía ser interrumpido, experimentaba una sensación especial de dicha anegándose en el dulce recuerdo de los días pasados en Verrières y en Vergy. Los incidentes mas insignificantes de aquella época fugaz tenían para él frescura y encanto irresistible. Ni una sola vez se acordaba de sus brillantes triunfos obtenidos en París.

Los celos de Matilde llegaron a adivinar aquellas disposiciones, que se acentuaban de día en día. Claramente advirtió que tendría que luchar contra el amor que alimenta la soledad.

Algunas veces pronunciaba con terror el nombre de la señora de Rênal. Julián se estremecía.

-Si muere, muero yo a continuación- se repetía Matilde con toda la buena fe posible-. ¿Qué dirían en los salones de París sí viesen a una soltera de mi rango adorar furiosa a un amante condenado a muerte? Para encontrar precedentes, precisa remontarse a los tiempos heroicos. Amores como el mío eran los que hacían palpitar los corazones del siglo de Carlos IX y de Enrique III.

En sus transportes más vivos, cuando oprimía la cabeza de Julián contra su corazón, se decía, presa de espanto:

-¡Santo Dios! ¿Es posible que esta encantadora cabeza esté destinada a rodar? ¡Pues bien! ¡Mis labios, que en este momento besan sus cabellos, estarán helados veinticuatro horas después!

Dominábanla con fuerza incontrastable los recuerdos de aquellos momentos de heroísmo y de horrible voluptuosidad, y la idea del suicidio, tan absorbente de suyo, y hasta entonces tan alejada de su alma, llegó a dominar en ella con imperio absoluto.

-Una gracia deseo pedirte- le dijo Julián un día-. Quisiera que buscases en Verrières nodriza para nuestro hijo: la señora de Rênal velaría por él y por la nodriza.

-Duro es lo que me pides- contestó Matilde palideciendo.

-Es verdad... perdóname- exclamó Julián estrechándola entre sus brazos.

Después de haber secado sus lágrimas, insistió en su idea anterior, pero con más destreza.

Comenzó dando a su conversación un giro de filosofía melancólica, y luego que habló del porvenir, que tan en breve se cerraría para él, dijo:

-Preciso es reconocer, querida mía, que las pasiones constituyen un accidente en la vida, pero este accidente sólo en las almas superiores se halla... La muerte de mi hijo sería para tu familia un suceso altamente feliz, y como esta verdad han de adivinarla las personas subalternas, condenado está, desde antes de nacer, a la negligencia y al abandono ese fruto de la desventura y de la vergüenza. Yo abrigo la firme esperanza de que, transcurrido un plazo que no quiero precisar, pero que mi valor vislumbra, has de obedecer mis postreras recomendaciones. Sí, Matilde; te casarás con el marqués de Croisenois.

-¡Casarme! ¡Deshonrada!

-La deshonra nunca llega con su baba hasta un apellido como el tuyo. Serás una viuda, la viuda de un loco, y nada más. Iré más lejos aún: como el móvil de mi crimen no fue el dinero, tampoco me alcanzará el deshonor. Acaso por aquella época, algún legislador filósofo habrá arrancado a los prejuicios de sus contemporáneos la abolición de la pena de muerte, y entonces alguna voz amiga dirá, tomando mi caso como ejemplo: «El primer marido de la señorita de la Mole fue un loco, pero no un malvado; un desgraciado, pero no un criminal: fue un absurdo hacer rodar su cabeza.» Mi memoria no aparecerá envuelta en el cieno de la deshonra, luego que transcurra algún tiempo. Tu posición en el mundo, tu fortuna y tu genio harán que el marqués de Croisenois, que será tu marido, represente en el mundo un papel brillantísimo. Hoy no quedan más que la cuna y la bravura, y estas dos cualidades, que por sí solas hacían a un hombre completo en 1722, son, un siglo más tarde, un anacronismo y no sirven más que para cultivar pretensiones. Hoy son necesarias otras cosas para colocarse a la cabeza de la juventud francesa.

«Tú aportarás el auxilio precioso de tu carácter firme y emprendedor a la agrupación política en cuyas filas formará tu marido, empujado por ti: podrás suceder a los Chevreuse y a los Longueville de la Fronda... pero cuando eso suceda, amiga mía, el fuego celestial que en estos momentos te anima se habrá mitigado mucho...

«Perdóname que te diga que, dentro de quince años, calificarás tú misma de locura... excusable sí, pero locura al fin, el amor que hoy sientes por mí...

Puso fin a su discurso pero su mente lo completó con este final.

-Dentro de quince años, la señora de Rênal adorará a mi hijo, pero tú le habrás olvidado.

XL
LA TRANQUILIDAD

Porque entonces era yo un loco,
hoy soy cuerdo. ¡Oh filósofo, que
no sabes ver más que aquello que
de momento hiere tu retina, cuán
limitado es tu vista! ¡Tu facultad de
ver no puede seguir el trabajo subterráneo
de las pasiones!
GOETHE

Puso fin a la conversación un interrogatorio seguido de una conferencia con el abogado defensor. Eran estos los únicos momentos verdaderamente desagradables del reo, que vivía una vida de incuria y de tiernos ensueños.

-Asesinato con premeditación, alevosía y desprecio del sexo- repitió Julián al juez y al defensor-. Lo siento, señores- añadió riendo- las circunstancias que en mi crimen concurren reducen su labor a bien poca cosa.

Cuando Julián se vio libre de la presencia de aquellos hombres, monologó de esta suerte:

-Necesito ser valiente, más valiente que esos dos hombres.

Para ellos, el mayor de los males, el rey de las desgracias, es este duelo de desenlace desdichado, del cual no quiero yo ocuparme hasta el momento crítico.

«La causa me la sé yo muy bien- continuaba Julián, filosofando consigo mismo-. Es porque he conocido otra desdicha incomparablemente mayor... Mil veces más acerbos eran los sufrimientos que me aniquilaban durante mi primer viaje a Estrasburgo, cuando me creía despreciado por Matilde... ¡Lo inconcebible es que haya anhelado con tanta pasión una intimidad que hoy me deja completamente frío! No puedo negarlo... más feliz soy cuando estoy solo que cuando comparte mi soledad esa mujer...»

El defensor, hombre formalista y concienzudo, creyó que se las había con un loco, y suponía, con el público, que fueron los celos los que armaron su brazo. Atrevióse un día a indicar a Julián que aquel alegato, verdadero o falso, sería base excelente para su defensa.

-¡Si en algo estima usted la vida, señor- gritó Julián, fuera de sí-, no vuelva a pronunciar tan abominable mentira!

El abogado preparaba su defensa, en vista de que se aproximaba el instante decisivo. En Besançon y en la provincia no se hablaba de otra cosa que de la célebre causa. Julián, que había suplicado a todo el mundo que no le hablasen de nada relacionado con su crimen, ignoraba aquel detalle.

Matilde y Fouqué quisieron hablarle aquel día de ciertos rumores públicos; muy apropiados, según ellos, para darle esperanzas, pero Julián les obligó a enmudecer, no bien pronunciaron la primera palabra.

-Dejadme que viva en paz mi vida ideal. Vuestras intrigas, vuestros detalles sobre la vida real, me arrancarían del cielo en que vivo. Cada cual muere como puede, y yo quiero pensar en la muerte a mi manera. ¿Qué me importan los demás. El filo de la guillotina cortará bruscamente todas mis relaciones con los demás. ¡Por favor, no me habléis de esas gentes! ¡Bastante me molesta tener que ver al juez y a mi abogado!

-Parece que mi destino es morir soñando. Un hombre obscuro como yo, que abriga la seguridad absoluta de ser olvidado antes de quince días, sería un necio si se tomase la molestia de representar una comedia... Me sorprende, lo confieso, no haber aprendido a gozar de la vida hasta que se presentó ante mis ojos la muerte, anunciándome su visita para un plazo muy próximo...

Dedicaba los últimos días a pasear por la terraza que coronaba el torreón, fumando excelentes cigarros que Matilde había hecho traer de Holanda. Sus pensamientos estaban en Vergy. Jamás habló a su amigo Fouqué de la señora de Rênal, pero aquel le informaba periódicamente del curso de su curación.

Mientras el alma de Julián viajaba por el mundo de las ideas, Matilde, atenta a la realidad, había conseguido dar a la correspondencia directa entre la mariscala de Fervaques y el vicario general Frilair tal tono de intimidad, que ya se había estampado, con todas sus letras la palabra obispado. El venerable prelado, cuyo poder en la iglesia era ilimitado, había escrito de su puño y letra la siguiente post-data en una carta de su sobrina: «Confío que nos será devuelto el pobre Sorel, culpable de un acto irreflexivo.»

El señor Frilair quedó encantado al leer aquellos dos renglones: no dudaba que conseguiría salvar a Julián.

-Si no fuera por esa ley jacobina que prescribe la formación de una lista innumerable de jurados, y cuyo objeto real es robar toda clase de influencia a las personas bien nacidas, desde luego respondería del veredicto decía- Matilde, la víspera del sorteo de los que habían de formar el jurado- Sin dificultad conseguía la absolución del cura N...

Con verdadero placer supo al día siguiente el vicario general que, entre los jurados designados por la suerte, había cinco incondicionales suyos de Besançon, y que entre los de fuera de la ciudad figuraban los señores Valenod, Moirod y Cholin.

-De estos ocho respondo- dijo Frilair a Matilde- Los cinco primeros son máquinas, y en cuanto a los demás, Valenod es mi agente, Moirod me lo debe todo y Cholin es un imbécil que se prestará a cuanto le mande.

Publicó la prensa la lista de los jurados, y la señora de Rênal, con terror inmenso de su marido, dijo que quería ir a Besançon. Lo único que pudo recabar de ella su marido fue que no sería dada de alta, a fin de evitar la molestia de ser llamada a declarar.

-No te haces cargo de mi situación- decía el antiguo alcalde de Verrières-. Hoy soy liberal, liberal de la defección, como dicen ellos, y es indudable que el canalla de Valenod y el vicario general conseguirán de los jueces todo lo que pueda mortificarme.

Cedió la señora de Rênal a las instancias de su marido, temiendo que su presencia en la sala del tribunal fuera interpretada como deseo de venganza.

No obstante las promesas hechas a su director espiritual y a su marido, apenas llegada a Besançon, escribió treinta y seis cartas, todas de su puño y letra, una para cada uno de los jurados.

El tenor de las cartas era el siguiente.

«No compareceré el día de la vista, señor, porque no quiero perjudicar con mi presencia al señor Sorel. Una sola cosa deseo en el mundo, y la deseo con pasión. y es que sea absuelto. La idea espantosa de que, por causa mía, un inocente quien hice alcalde de Verrières, diezmaría todo el resto de mi vida y precipitaría mi muerte. ¿No sería monstruoso quitarle la vida viviendo yo? ¡No! La sociedad no puede tener derecho para cortar el hilo de la existencia de un hombre como Julián Sorel. En Verrières no hay una sola persona que no le haya visto en momentos de extravío mental. Ese pobre joven tiene enemigos muy poderosos, pero aun entre éstos, y cuenta que son muchos, no se encontrará uno solo que ponga en duda su preclaro talento y su ciencia profunda. No va usted a juzgar a un sujeto ordinario, señor. Durante un lapso de dieciocho meses le hemos conocido todos piadoso, prudente, aplicado, pero de vez en cuando le atacaban accesos de melancolía que perturbaban el equilibrio de sus facultades mentales.

Todos los vecinos de Verrières, todos los habitantes de Vergy, donde solíamos pasar la temporada de verano, mi familia entera, el mismo subprefecto, harán justicia a su piedad ejemplar: sabe de memoria toda la Sagrada Biblia. ¿Habría dedicado un impío años enteros a la lectura de los Libros Santos? Mis hijos tendrán el honor de poner en sus manos esta carta, señor: dígnese preguntarles, y ellos darán a usted cuantos detalles sean necesarios para llevar a su ánimo el convencimiento de que sería una injusticia bárbara condenarle. Si así lo hicieran, lejos de vengarme, me darían la muerte.

«¿Qué pueden oponer a este hecho los enemigos? La herida que fue resultado de su acceso de locura fue tan leve, que no habiendo transcurrido dos meses desde que la recibí, he podido venir en silla de posta desde Verrières a Besançon.

«Espero, señor, que usted no vacilará en substraer a la barbarie de las leyes a un hombre que apenas es culpable, y tan pronto abandone yo el lecho, al que me sujetan órdenes terminantes de mi marido, tendré el placer de ir a arrojarme a sus plantas.

«Declare usted, señor, que no se ha comprobado la premeditación, y no tendrá que arrepentirse de haber contribuido a derramar una sangre inocente.»

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Rojo y Negro


 


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