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Introducción

Cuando hace algunos años el autor de este libro visitaba o, mejor aún, cuando rebuscaba por la catedral de Nuestra Señora, encontró en un rincón oscuro de una de sus torres, y grabada a mano en la pared, esta palabra:

'ANAGKH (Esta palabra griega que significa «fatalidad» será utilizada posteriormente por Víctor Hugo como título del capítulo IV del libro VII)

Aquellas mayúsculas griegas, ennegrecidas por el tiempo y profundamente marcadas en la piedra, atrajeron vivamente su atención. La clara influencia gótica de su caligrafía y de sus formas, como queriendo expresar que habían sido escritas por una mano de la Edad Media, y sobre todo el sentido lúgubre y fatal que encierran, sedujeron, repito, vivamente al autor.

Se interrogó, trató de adivinar cuál podía haber sido el alma atormentada que no había querido abandonar este mundo sin antes dejar allí marcado (en la frente de la vetusta iglesia) aquel estigma de crimen o de condenación. Más tarde los muros fueron encalados o raspados (ignoro cuál de estas dos cosas) y la inscripción desapareció. Así se tratan desde hace ya doscientos años estas maravillosas iglesias medievales; las mutilaciones les vienen de todas partes tanto desde dentro, como de fuera. Los párrocos las blanquean, los arquitectos pican sus piedras y luego viene el populacho y las destruye.

Así pues, fuera del frágil recuerdo dedicado por el autor de este libro, hoy no queda ya ningún rastro de aquella palabra misteriosa grabada en la torre sombría de la catedral de Nuestra Señora; ningún rastro del destino desconocido que ella resumía tan melancólicamente.

El hombre que grabó aquella palabra en aquella pared hace siglos que se ha desvanecido, así como la palabra ha sido borrada del muro de la iglesia y como quizás la iglesia misma desaparezca pronto de la faz de la tierra.

Basándose en esa palabra, se ha escrito este libro.

Marzo de 1834

NOTA AÑADIDA A LA EDICIÓN DEFINITIVA (1832)

Erróneamente se ha anunciado que esta edición iba a ser aumentada con varios capítulos nuevos. Debía haberse dicho inéditos. Si al decir nuevos se entiende hechos de nuevo, los capítulos añadidos a esta edición no son nuevos. Fueron escritos al mismo tiempo que el resto de la obra, datan de la misma época y proceden d la misma inspiración, pues siempre han formado parte del manuscrito de Nuestra Señora de París.

Además resulta difícilmente comprensible para el autor un posterior añadido de trozos nuevos a una obra de este tipo.

Estas cosas no se hacen a capricho. Una novela nace, según él, de una forma, en cierto modo necesaria, y ya con todos sus capítulos, y un drama nace ya con todas sus escenas. No se crea que queda nada al arbitrio en las numerosas partes de ese todo, de ese misterioso microcosmo que se llama drama o novela. El injerto o la soldadura prenden mal en obras de este carácter que deben surgir de un impulso único y mantenerse sin modificaciones.

Una vez terminada la obra, no cambiéis de opinión, no la modifiquéis. Cuando se publica un libro, cuando el sexo de la obra ha sido reconocido y proclamado, cuando la criatura ha lanzado su primer grito, ya ha nacido, ya está ahí, tal y como es, ni el padre ni la madre podrían ya cambiarla, pues pertenece ya al aire y al sol y hay que dejarla vivir o morir tal cual es. ¿Que el libro no está conseguido? ¡Qué se le va a hacer! No añadáis ni un solo capítulo a un libro fallido. ¿Que está incompleto? Habría que haberlo completado al concebirlo. No conseguiréis enderezar un árbol torcido. ¿Que vuestra novela es tísica?, ¿que no es viable?, pues no conseguiréis insuflarle el hálito que le falta. ¿Que vuestro drama ha nacido cojo? Creedme, no le pongáis una pierna de madera.

El autor muestra un gran interés en que el público conozca muy bien que los capítulos aquí añadidos no han sido escritos expresamente para esta reimpresión y que si, en ediciones precedentes no han sido publicados, sé debe a razones muy sencillas.

Cuando se imprimía por primen vez Nuestra Señora de París, se extravió la carpeta que contenía esos tres capítulos y, o se escribían de nuevo, o se renunciaba a ellos. El autor consideró que los dos únicos capítulos —de los tres extraviados— que podrían haber tenido cierto interés por su extensión, se referían al arte y a la historia y que, por tanto, no afectaban para nada al fondo del drama y de la novela. El público no habría echado en falta su desaparición y únicamente él, el autor, estaría en el secreto de esta omisión; así, pues, decidió suprimirlos y, puestos a confesarlo todo, hay que decir también que, por pereza, retrocedió ante la tarea de rehacer esos tres capítulos perdidos.

Le habría sido más fácil escribir una nueva novela.

Pero ahora, encontrados ya, aprovecha la primera ocasión para restituirlos a su sitio.

Esta es, pues, su obra completa tal como la soñó y tal como la escribió, buena o mala, frágil o duradera, pero como él la desea.

No hay duda de que estos capítulos tendrán poco valor a los ojos de lectores, muy juiciosos por lo demás, que sólo han buscado en Nuestra Señora de París el drama, la novela, pero quizás otros lectores no consideren inútil estudiar el pensamiento estético y filosófico oculto en el libro, y se complazcan, al leerlo, en desentrañar algo más que la novela en sí misma y —perdónesenos las expresiones un tanto ambiciosas— escudriñar la técnica del historiador y los adjetivos del artista, a través de la creación, mejor o peor, del poeta.

Es para esos lectores sobre todo para quienes los capítulos añadidos en esta edición completarán Nuestra Señora de París, si admitimos que merece la pena que esta obra sea completada.

El autor se ocupa en uno de estos capítulos de la decadencia y muerte de la arquitectura actual que, en su opinión, es casi inevitable; esta opinión desgraciadamente se encuentra muy arraigada en él y la tiene muy meditada. Siente, sin embargo, la necesidad de expresar su más vivo deseo de que el futuro le desmienta, pues conoce que el arte en cualquiera de sus manifestaciones puede confiar por completo en las nuevas generaciones cuyo genio comienza ya a sentirse y a apuntar en los talleres del arte. La semilla está en el surco y la cosecha será ciertamente hermosa. Teme sin embargo, y se podrán descubrir las razones en el segundo tomo de esta edición, que la savia haya podido retirarse de este viejo terreno de la arquitectura que durante tantos siglos ha sido el mejor terreno para el arte.

Existe hoy sin embargo entre los jóvenes artistas tanta vitalidad, tanta fuerza y, si cabe, tanta predestinación, que en nuestras escuelas de arquitectura, a pesar de contar con un profesorado detestable, están surgiendo alumnos que son excelentes; algo así como aquel alfarero del que habla Horacio que pensando en hacer ánforas producía pucheros...

Currit rota, urceus exit 

Pero en cualquier caso y cualquiera que sea el futuro de la arquitectura y la forma con que nuestros jóvenes arquitectos den solución en su día a sus problemas artísticos, conservemos los monumentos antiguos, mientras esperamos la creación de otros nuevos.

Inspiremos al país, si es posible, el amor a la arquitectura nacional. El autor declara ser éste uno de los objetivos principales de este libro y también uno de los objetivos principales de su vida.

Quizás Nuestra Señora de París haya podido abrir perspectivas nuevas sobre el arte En la Edad Media, ese arte maravilloso y hasta ahora desconocido de unos y, lo que es peor, menospreciado por otros; sin embargo el autor se encuentra muy lejos de creer realizada la tarea que voluntariamente se ha impuesto. Ha defendido en más de una ocasión la causa de nuestra vieja arquitectura y ha denunciado en voz alta muchas profanaciones, muchas demoliciones y muchas irreverencias, y seguirá haciéndolo. Se ha comprometido a volver con frecuencia sobre este tema y lo hará; se mostrará incansable defensor de nuestros edificios históricos atacados encarnizadamente por nuestros iconoclastas de escuelas y de academias, pues es lastimoso comprobar en qué manos ha caído la arquitectura de la Edad Media y de qué manera los presuntuosos conservadores de edificios históricos tratan las ruinas de este arte grandioso. Es incluso vergonzante que nosotros, hombres sensibles a él, nos limitemos a abuchear sus actuaciones. No aludimos aquí únicamente a lo que acaece en las provincias, sino a lo que se perpetra en París, ante nuestras puertas, bajo nuestras ventanas, en la gran ciudad, en la ciudad culta, en la ciudad de la prensa de la palabra y del pensamiento. Para terminar estas notas, no podemos evitar el señalar alguno de estos hechos vandálicos, proyectados a diario, iniciados y realizados tranquilamente ante nuestros ojos a la vista del público artista de París, frente a la crítica desconcertada ante tamaña audacia. Acaba de ser derribado el arzobispado, un edificio de gusto dudoso, y el daño no habría sido grande si no fuera porque con el arzobispado ha sido también demolido el obispado, resto curioso del siglo XIV que el arquitecto encargado de su derribo no ha sabido distinguir del conjunto. Así ha arrancado el trigo y la cizaña, ¡qué más da! Se habla también de arrasar la admirable capilla de Vincennes para hacer con sus piedras no sé qué fortificación que para nada habría necesitado Daumesnil. Mientras que, a base de grandes sumas se está restaurando el palacio Borbón, ese viejo caserón, se están destrozando por los vendavales del equinoccio los magníficos vitrales de la Santa Capilla.

Hace ya días que han puesto unos andamios en la Torre Saint Jacques-de-la-Boucherie y cualquier día caerá bajo la piqueta. Se ha encontrado un albañil para levantar una casita blanca entre las venerables torres del palacio de justicia y otro para castrar Saint Germain-des-Prés, la abadía feudal de los tres campanarios; y se encontrará otro, no lo dudéis, para acabar con Saint-GermainL'Auxerrois. Todos estos albañiles se creen arquitectos y llevan uniformes verdes y son pagados minuciosamente por la prefectura. En fin, causan todos los perjuicios que el mal gusto es capaz de concebir.

Cuando escribo estas líneas, uno de ellos ¡deplorable espectáculo!, está encargado de las Tullerías, otro de ellos marca de costurones el rostro de Philibert Delorme  y no es ciertamente uno de los menores escándalos de nuestros días el ver con qué desvergüenza la amazacotada arquitectura de este hombre destroza una de las más delicadas fachadas renacentistas .

París, 20 de octubre de 1832

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Notre Dame de París


 


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