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LIBRO DÉCIMO Desde que Pierre Gringoire había comprendido la marcha de aquel asunto y que Sabía por sus conversaciones que su desposada del cántaro roto se había refugiado en
Nuestra Señora, y se había alegrado mucho, pero ni siquiera tenía la intención de
ir a verla; a veces pensaba en la cabritilla y eso era todo. Por lo demás, durante el día, hacía
sus piruetas para vivir y por la noche lucubraba una memoria contra el obispo de París
pues se acordaba de haber quedado empapado por las ruedas de sus molinos y no se
lo perdonaba. Tenía también entre manos el comentario de la bonita obra de Baudry le
Rouge, obispo de Noyon y de Tournai, De Cupa Petrarum, que le había despertado un
súbito interés por la arqueología, inclinación que había sustituido en su corazón al Un día, se había detenido cerca de Saint-Germain-L'Auxerrois, junto a la esquina de una residencia llamada le For-l'Evêque, que quedaba frente a otra llamada le For-le-Roi. Había en aquel For-l'Evêque una atractiva capilla del siglo XIV cuyo ábside daba a la calle. Gringoire examinaba devotamente las esculturas externas, pues se encontraba en una de esas etapas de goce egoísta, exclusivo, supremo, en las que el artista no ve en el mundo más que el arte y sólo le interesa el mundo del arte. De pronto siente cómo una mano se posa gravemente en sus hombros; se vuelve y ve que se trata de su antiguo amigo, de su antiguo maestro, el archidiácono. Se quedó sorprendido. Hacía mucho tiempo que no había visto al archidiácono y dom Claude era uno de esos hombres solemnes y apasionados cuyo encuentro interfiere siempre en el equilibrio de un filósofo escéptico. El archidiácono permaneció en silencio algunos instantes, durante los cuales -¿Cómo os encontráis, maese Pierre? -¿Mi salud? Bueno, se puede decir de todo; pero bien, en conjunto; no hago excesos. ¿Recordáis, maestro?, el secreto de una buena salud, según Hipócrates, id est cibi, potus, romni, Yenur, omnia moderate sint. -Así, pues, no tenéis preocupaciones, maese Pierre -prosiguió el archidiácono, -No; desde luego que no. -¿Y qué estáis haciendo ahora? -Pues ya lo veis maestro; estaba examinando las tallas de estas piedras y la manera como ha sido cincelado este bajorrelieve. El clérigo esbozó una sonrisa amarga, de esas en que sólo se mueve una de las -¿Y eso os divierte? -¡Estoy como en el paraíso! -contestó Gringoire y añadió inclinándose sobre las -¿Acaso no encontráis, por ejemplo, que esta metamorfosis de bajorrelieve ha sido realizada con gran habilidad, delicadeza y paciencia? Mirad esta columnata. ¿Habéis visto quizás en torno a algún capitel hojas más tiernas y más acariciadas por el cincel? Mirad estos tres altorrelieves de Jean Maillevin que, desde luego, no son las mejores obras de este gran genio. Pero la ingenuidad, la suavidad de los rostros, la gracia de sus movimientos, los pliegues de los ropajes y ese encanto inexplicable que se mezcla con todos sus defectos, hacen que esas figurinas aparezcan más alegres y delicadas, incluso demasiado. ¿No lo encontráis divertido? -Desde luego -respondió el clérigo. -¡Y si vierais el interior de la capilla! -prosiguió el poeta con un entusiasmo locuaz-. ¡Esculturas por doquier! ¡Todo lleno como el cogollo de una col! ¡El ábside, en particular, es tan piadoso que no he visto nada igual en ninguna parte! Dom Claude le interrumpió. -Ya veo que sois feliz. -Pues sí, la verdad. Primero me gustaron las mujeres, luego los animales y ahora me gustan las piedras. Es tan divertido como los animales y las mujeres pero menos pérfido. El clérigo, con un gesto suyo, habitual, se llevó la mano a la frente. -¿De verdad? -Pues claro -dijo Gringoire-. Además da muchas satisfacciones. Entonces cogió al clérigo por el brazo, que se dejó llevar fácilmente, y le hizo entrar en la torreta de la escalera de ForL'Evéque. -¡Esto sí que es una escalera! Me siento feliz sólo con verla. Tiene los escalones más curiosos y a la vez más sencillos de todo París. Todos están rebajados por la base. Su belleza y sencillez consisten en la distancia que hay de uno a otro, de un pie más o menos, y que están entrelazados, enclavados, encajados, encadenados, engastados, entretallados unos con otros, como mordiéndose, pero de una forma sólida y delicada a la vez. -¿Y no deseáis nada más? -Nada más. -¿Y no echáis nada de menos? -No siento añoranzas ni deseos. Mi vida transcurre tranquila. -Sí, pero el hombre propone y Dios dispone. -Yo soy un filósofo pirroniano -le respondió-, y todo lo mantengo en equilibrio. -¿Y cómo os ganáis la vida? -Escribo de cuando en cuando alguna epopeya y alguna tragedia, pero lo que más me da es el trabajo que vos ya conocéis, maestro; eso de llevar pirámides de sillas con mis dientes. -¡Un oficio vulgar para un filósofo! -¡Pero sigo con lo del equilibrio! -respondió Gringoire-. Cuando se tiene una idea, uno la encuentra en todas las cosas. -De acuerdo, de acuerdo -respondió el archidiácono, que prosiguió, después de un breve silencio-. Sin embargo, vivís harto miserablemente. -Miserable puede, desgraciado no. En aquel momento oyeron un ruido de caballos y los dos vieron desfilar, al otro lado de la calle, una compañía de arqueros de la ordenanza del rey, con lanzas en ristre y su capitán a la cabeza. Era un desfile muy vistoso y los cascos de los caballos resonaban fuertemente en el adoquinado. -¡Qué manera tenéis de mirar a ese oficial! -dijo Gringoire al archidiácono. -Es que me parece que le conozco. -¿Cómo se llama? -Creo -dijo el clérigo-, que se llama Febo de Châteaupers. -¡Febo! ¡Un nombre muy curioso! Hay también un Febo que es conde de Foix y -Venid, tengo algo que deciros. Desde el desfile de aquella tropa se notaba una agitación bajo el aspecto glacial del archidiácono. Echó a andar y Gringoire se fue tras él, acostumbrado como estaba a obedecerle, al igual que cualquiera que hubiera tratado a este hombre de gran personalidad. Llegaron en silencio hasta la calle de los Bernardinos que se encontraba desierta y allí dom Claude se detuvo. -¿Qué queréis decirme, maestro? -le preguntó Gringoire. -¿No os parece -le respondió el archidiácono con un aire de reflexión profunda-, que la vestimenta de estos caballeros que acabamos de ver es más bonita que la vuestra y que la mía? Gringoire movió la cabeza. -A fe mía que prefiero mi tabardo amarillo y rojo que esas escamas de hierro y de acero. ¡Vaya gusto ir haciendo al andar el mismo ruido que el malecón de la chatarra en un día de terremoto! -Así, pues, Gringoire, ¿nunca habéis sentido envidia de esos buenos mozos con sus uniformes de guerra? -¿Envidia de qué, señor archidiácono? ¿De su fuerza? ¿De sus armaduras? ¿De su disciplina? Es mejor la filosofía y la independencia, aunque sea con harapos. Prefiero ser cabeza de ratón que cola de león. -Es curioso lo que decís -le contestó el cura soñador-; hay que reconocer, sin Viéndole tan pensativo, Gringoire se alejó un poco para admirar el porche de una casa próxima. Al poco rato volvió dando palmadas de satisfacción. -Si estuvierais menos preocupado por los bellos uniformes de esa gente de guerra, os rogaría que os acercarais a ver esa puerta. Siempre he dicho que la casa del señor de Aubry tiene la entrada más soberbia del mundo. -Pierre Gringoire -dijo el archidiácono-, ¿qué ha sido de aquella bailarina egipcia? -¿La Esmeralda? ¡Pues sí que cambiáis bruscamente de conversación! -¿No era vuestra mujer? -Sí, por el sistema de una jarra rota. Teníamos para cuatro años. A propósito -añadió Gringoire mirando al archidiácono con un gesto un tanto burlón-. ¿Pensáis mucho en ella, ¿no? -¿Y vos? ¿Ya no os interesa? -Un poco. ¡Tengo tantas cosas...! ¡Dios mío, qué bonita era su cabra! -¿No os había salvado la vida la gitana esa? -Pardiez que es cierto. -¿Y qué ha sido de ella? ¿Qué habéis hecho con ella? -No sé qué deciros, pero creo que la colgaron. -¿Estáis seguro? -Seguro, seguro no. Cuando vi que querían colgar a unos cuantos, me retiré del juego. -¿Eso es todo lo que sabéis? -¡Esperad! Me dijeron que se había refugiado en Nuestra Señora y que allí estaba segura. Me alegro de ello pero no he sabido si la cabra se salvó con ella. Y no sé nada más. -Os voy a informar de algo más -dijo dom Claude y su voz, hasta entonces baja, lenta y casi apagada, se hacía oír sonora-. Está refugiada en Nuestra Señora, efectivamente, pero dentro de tres días la justicia la detendrá y será colgada en la plaza de Grève. Hay sobre esto un decreto del parlamento. -Es una pena, ¿no? El clérigo se hallaba de nuevo frío y tranquilo. -Y, ¿quién demonios -insistió el poeta- se ha interesado en solicitar un decreto de integración? ¿No podían dejar tranquilo al parlamento? ¿A quién molesta el que una pobre muchacha se refugie bajo los arbotantes de la catedral junto a los nidos de las golondrinas? -Hay demonios en el mundo -le respondió el archidiácono. -Esto empieza a ponerse mal -observó Gringoire. El archidiácono prosiguió tras un silencio: -Así, pues, ¿ella os salvó la vida? -Sí, señor; entre mis buenos amigos los truhanes. Faltó un pelo para que me colgaran. Hoy lo hubieran lamentado. -¿No queréis hacer nada por ella? -Ya lo creo que me gustaría, dom Claude. ¡Pero si voy a meterme en un lío por eso...! -Y, ¿qué importa? -¿Cómo que qué importa? Es fácil decirlo, maestro. Tengo dos grandes obras El clérigo se golpeó la frente. A pesar de su calma aparente, de vez en cuando un gesto violento revelaba convulsiones internas. -¿Cómo salvarla? Gringoire le dijo: -Maestro; os voy a responder: Il padelt, lo que en turco quiere decir: Dios es nuestra esperanza. -¿Cómo salvarla? -repitió Claude, pensativo. También Gringoire se golpeó la frente esta vez. -Escuchadme, maestro; yo tengo mucha imaginación. ¿Y si se pidiese gracia al rey? -¿Gracia a Luis XI? -¿Y por qué no? -Es más fácil quitarle un hueso a un tigre. Gringoire continuó entonces buscando nuevas soluciones. -¡Eh! ¡Escuchad! ¿Queréis que envíe a las matronas una solicitud declarando que la muchacha está encinta? Aquella idea hizo brillar las hundidas pupilas del sacerdote. -¡Encinta! ¡Qué absurdo! ¿Acaso sabes tú algo del asunto? Gringoire se quedó asustado por su tono y se apresuró a decir. -¡Qué va! ¡Yo no sé nada! Nuestro matrimonio era un verdadero foris maritagium Yo quedé fuera del matrimonio. Pero podría obtenerse un aplazamiento. -Eso es una locura, una infamia; cállate. -No deberíais enfadaros -murmuró Gringoire-. Con un aplazamiento, que no hace mal a nadie, se pueden ganar cuarenta denarios esas matronas que son mujeres pobres -pero el clérigo no le estaba escuchando. -Pero es preciso que salga de allí -murmuraba-. El decreto debe ser cumplido dentro de tres días. Además no habría sido necesario tal decreto. ¡Ese Quasimodo! Desde luego las mujeres tienen unos gustos depravados; y levantando la voz: -Maese Pierre, escuchad: lo he pensado bien; sólo hay un medio de salvarla. -¿Cuál?, porque yo no veo más. -Escuchad, maese Pierre. Recordad que le debéis la vida. Voy a exponeros -Hasta ahora va bien -observó el filósofo-, ¿y luego? -¿Luego? Ella saldrá con vuestras ropas y vos os quedaréis allí con las suyas. Quizás vos acabéis en la horca pero ella se salvará. Gringoire se rascó la oreja con un aire muy serio. -¡Vaya! Es una idea que a mí sólo no se me habría ocurrido nunca. Ante la propuesta inesperada de dom Claude, la cara abierta y bonachona del poeta se había oscurecido bruscamente, como se oscurece un risueño paisaje italiano ante un vendaval inesperado, producido al esconderse el sol tras las nubes. -Bueno Gringoire, ¿qué os parece mi proyecto? -Os diré, señor, que no es que quizás me cuelguen; es que me colgarán con toda certeza. -Pero eso no es asunto nuestro. -¡Pestes! -protestó Gringoire. -Ella os salvó la vida; es una deuda que debéis pagar. -¡Hay otras muchas que tampoco he pagado! -Maese Pierre; es absolutamente necesario. El archidiácono hablaba con gran autoridad. -Escuchadme, dom Claude -respondió el poeta consternado-. Defendéis una idea que creo equivocada, pues no entiendo por qué me habrían de ahorcar a mí en vez de a otro. -¿Pues qué tenéis entonces para aferraros tanto a la vida? -¡Cómo! ¡Mil razones! -Decid cuáles son, por favor. -¿Cuáles?; el aire, el cielo, la mañana, la noche, el claro de luna mis buenos amigos los truhanes, los buenos ratos pasados con las mozas, los bellos monumentos de París que estoy estudiando, los tres libros que tengo empezados, uno de los cuales va contra el obispo y sus molinos y, ¡yo qué sé cuántas cosas más! Anaxágoras decía que estaba en el mundo para admirar el sol. Además tengo la suerte de pasar todos mis días, de la mañana a la noche, con un hombre de ingenio que soy yo y me resulto muy agradable. -¡Cabeza de chorlito! -murmuró el archidiácono-. A ver, dime: esa vida que tan El clérigo se mostraba vehemente y Gringoire que le escuchaba primero indiferente, luego enternecido, acabó haciendo una mueca trágica imitando con su cara pálida a la de un recién nacido que llora. -¡Qué patético os habéis puesto! -le dijo enjugándose una lágrima-. Bueno, ya pensaré
en ello. Pero, ¡vaya ideas las vuestras! Aunque, después de todo, prosiguió tras un
silencio, ¿quién sabe? ¡A lo mejor no me cuelgan! No se casan siempre los que se
prometen. Cuando me encuentren en aquella celda, tan grotescamente vestido con falda y
con cofia, a lo mejor se echan a reír. Además si me cuelgan, ¡pues qué! La cuerda es una
clase de muerte como cualquier otra o, mejor dicho, no es una muerte como cualquier
otra; es una muerte digna del sabio que ha oscilado toda su vida; una muerte que no es ni -¿Estamos de acuerdo? -¿Qué es la muerte a fin de cuentas? -prosiguió Gringoire con exaltación-. Un mal momento, un peaje; el paso de poco a nada. Como alguien preguntara a Cercidas, el megapolitano, si moría a gusto, respondió: «¿Y por qué no? Después de morir veré a grandes hombres como a Pitágoras entre los filósofos, a Hecateo entre los historiadores, a Homero entre los poetas o a Olimpo entre los músicos.» El archidiácono le tendió la mano y le dijo: -Estamos, pues, de acuerdo. Vendréis mañana. Aquel gesto hizo reaccionar a -¡Ah! ¡Ni hablar! ¡Qué va! ¡Desde luego que no! -dijo con el tono de un hombre que acaba de despertarse. ¡Morir colgado! ¡Eso es absurdo! No quiero. -Adiós entonces -y el archidiácono añadió entre dientes-: ¡Ya te encontraré! -No me interesa volver a encontrarme con este diablo de hombre -pensó Gringoire; y acercándose hasta dom Claude le dijo. -Eh, señor archidiácono, ¡que no haya enfado entre viejos amigos! Veo que os El clérigo retorcía con impaciencia los botones de su sotana. -Muy bien -prosiguió Gringoire hablándose a sí mismo y rascándose la nariz con el dedo índice en señal de meditación-. ¡Eso es! Los truhanes son buena gente y la tribu de Egipto quiere mucho a la Esmeralda, así que colaborarán a la primera insinuación. Nada hay más fácil que eso. Una maniobra excelente. En medio del desorden será fácil llevársela. Mañana mismo por la noche. No habrá que decírselo dos veces. -¡El plan! Cuéntalo -le dijo el cura sacudiéndole violentamente. Entonces Gringoire se volvió majestuoso hacia él. -¡Dejadme! Ya veis que lo estoy elaborando -se quedó aún unos momentos -Cuál es el plan -insistió vehemente dom Claude. Gringoire estaba radiante. -Acercaos que os lo digo al oído. Es una contramina verdaderamente genial que nos saca a todos de apuro. ¡Pardiez! Hay que reconocer que no soy un idiota. Se interrumpió pensativo. -¡Ah! Y la cabrita, ¿está con la joven? --Sí. ¿Qué demonios tiene eso que ver? -Sí; la habrían colgado. También colgaron a una cerda el mes
pasado. Al verdugo le gustan estas cosas. Y además se come después al animal. -¡Maldición! -exclamó dom Claude-. El verdugo eres tú. ¿Cuál es el medio de -¡Es formidable, maestro. Escuchad! Gringoire se acercó al oído del archidiácono y le habló muy bajo, mirando a uno y a otro lado de la calle por donde, además, no pasaba nadie. Cuando hubo contado todo, dom Claude le cogió la mano, indiferente y le dijo. -Está bien, hasta mañana. -Hasta mañana -repitió Gringoire. Y mientras el archidiácono se alejaba por un lado, él se iba por el otro, diciéndose en voz baja. -Es un asunto muy serio, señor Pierre Gringoire, pero no importa. Que no se diga que,
por ser pequeño, uno se asusta de las grandes empresas. Bitón llevó sobre sus hombros un
gran toro y los alzacolas, las currucas y las moscaretas son capaces de cruzar el océano.
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