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V No creo que pueda haber en el mundo nada más alegre que las ideas que despierta en
el corazón de una madre la vista de los zapatitos de su hijo principalmente cuando se trata
de los zapatos de una fiesta, de los domingos, del día del bautizo; esos zapatitos bordados
hasta la misma suela con los que el niño no ha dado todavía un paso. Ese zapatito tiene
tanta gracia, le es tan imposible andar que, para la madre, es como si viera a su hijo. Le
sonríe, lo besa y le habla. Se pregunta cómo un pie puede ser tan pequeñito y, aunque no
esté el niño, sólo basta el zapatito para hacer aparecer ante los ojos de la madre a la dulce
y frágil criatura. Cree verla y lo consigue en realidad; la ve viva, sonriente, con sus
delicadas manitas, con su cabecita redonda y sus labios puros; con sus ojos serenos cuyo
cristalino es azulado. Si es en invierno, ahí está, gateando por la alfombra y trepando con
grandes dificultades a un taburete y la madre tiembla pensando que pueda acercarse al Pero cuando el niño se pierde, esos mil recuerdos alegres y tiernos que se agolpan en torno al zapatito se convierten en otros tantos motivos de cosas horribles. Ese bonito zapato bordado no es más que un instrumento de tortura que destroza continuamente el corazón de la madre. La fibra afectada siempre es la misma; la más profunda, la más sensible; pero ya no es un ángel quien la acaricia sino un demonio el que la desgarra. Una mañana, mientras el sol de mayo surgía majestuoso por esos cielos de un azul intenso sobre los que al Garofalo le gusta colocar sus descendimientos de la Cruz, la reclusa de la Tour-Roland oyó un ruido de ruedas de caballos y de hierros en la plaza de Grève. Se despertó, colocó su melena en sus orejas para reducir el ruido y se puso a contemplar de rodillas aquel objeto inanimado que adoraba desde hacía ya quince años. Aquel zapatito,
ya lo hemos dicho, significaba para ella todo el universo. En él estaban
concentrados todos sus pensamientos y así sería hasta su muerte. La cantidad de amargas
imprecaciones que había lanzado al cielo, la quejas enternecedoras, las plegarias y los
sollozos, a causa de aquel juguetito de satén rosa, sólo la cueva sombría de la
Tour-Roland podía saberlo. Nunca tanta desesperación se ha extendido sobre algo tan
lindo y tan gracioso. Algo que partía el corazón. -¡Hija mía! ¡Hija mía! -decía la Sachette-. ¡Mi pobre, mi querida niña! ¡Ya no to veré nunca! ¡Se acabó para siempre! ¡Me parece que fue ayer! ¡Dios mío, Dios mío! ¡Más valiera no habérmela dado para quitármela tan pronto! ¿No sabéis acaso que nuestros hijos viven siempre en nuestro vientre y que una madre que ha perdido a su hijo ya no cree en Dios? ¡Ay! ¡Qué desgraciada soy! ¡Quién me mandó salir de casa aquel día! Señor, Señor, ¿por qué me la habéis quitado así? ¿Es que no me habéis visto nunca con
ella cuando la calentaba con gozo con mi cuerpo, cuando me sonreía mientras mamaba,
cuando hacía andar sus piececitos por mi pecho hasta llegar a mi boca? ¡Si hubierais visto
esto, Dios mío, habríais tenido piedad de mi alegría y no me habríais quitado el único
amor que me quedaba en mi corazón! ¿Tan miserable era yo, señor, para que ni siquiera
me hubieseis mirado antes de condenarme? ¡Ay, Señor! Aquí está mi zapato; pero, ¿dónde está el pie? ¿Y el resto? ¿Y mi hija? ¿Qué han hecho contigo? ¡Devolvedmela, señor!
¡Devolvedrnela, aunque sólo sea una hora, un minuto y mandadme después con los
demonios para toda la eternidad! ¡Mis rodillas, Señor, se han descarnado quince años de
tanto rogaros! ¿No es bastante aún, Señor? ¡Oh!, si supiera dónde está una orla de
vuestras vestiduras, me agarraría a ella con mis manos y no tendríais más remedio que
devolvérmela. Mirad su zapatito, señor, ¿no os apiadáis de mí? ¿Podéis condenar a este
suplicio a una pobre madre, durante quince años? ¡Virgen
santa! ¡Virgen santa de los cielos! ¡A mi niño Jesús, me
lo han quitado, me lo han robado, me lo han comido entre La desgraciada mujer se había echado sobre el zapatito, su consuelo y su En aquel momento pasaron ante la celda un grupo de voces frescas y alegres. Siempre que veía a niños a oía sus voces, la pobre madre se precipitaba hacia el ángulo más sombrío de su sepulcro. Se habría dicho que intentaba hundir su cabeza entre los muros para no oírlos. Esta vez sin embargo no fue así; se irguió como sobresaltada y escuchó con gran atención; uno de los muchachos acababa de decir. -Es que hoy van a colgar a una gitana. Con el brusco sobresalto de aquella araña que ya hemos visto lanzarse sobre una
mosca al notar el movimiento de su tela, ella corrió hacia el tragaluz que daba, como ya
sabemos, a la plaza de Gréve. En efecto, se había colocado una escalera cerca del patíbulo permanente y el verdugo se ocupaba en la revisión de las cadenas oxidadas por la
lluvia. Había curiosos a su alrededor. -Padre -le preguntó-. ¿A quién van a colgar ahí? El sacerdote la miró sin responder y ella preguntó de nuevo. Entonces dijo: -Han dicho unos chiquillos que iban a colgar a una gitana -insistió la reclusa. -Creo que sí -respondió el sacerdote. Entonces Paquette la Chantefleurie soltó una carcajada de hiena. -Hermana, mucho debéis odiar a las gitanas -replicó el sacerdote. -¿Que si las odio? Son brujas y ladronas de niños. Me devoraron a mi niña,
¡pobrecita! Mi única hija. ¡Ya no me queda corazón! ¡Ellos se la comieron! -Hay una sobre todo a la que odio y he maldecido. Es una joven de la edad que mi hija tendría ahora, si su madre no me la hubiera comido. Cada vez que esa joven víbora pasa ante mi celda me revuelve la sangre. -Pues hermana, alegraos, porque ésa es a la que vais a ver morir. Inclinó la cabeza sobre el pecho y se alejó lentamente. La reclusa se retorció los brazos de contento. -Le había predicho que la colgarían. Gracias, padre. Y se puso a dar grandes zancadas ante los barrotes de su ventana,
desmelenada, con los ojos encendidos y empujando la pared con su hombro. Tenía el aspecto feroz de una
loba hambrienta, encerrada hace mucho tiempo y que imagina próximo el momento de la
comida.
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