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I - El Escudo Convertido...

LIBRO OCTAVO
I
EL ESCUDO CONVERTIDO EN HOJA SECA

Gringoire y toda la corte de los milagros se hallaban en una incertidumbre mortal. 

Hacía ya más de un mes que no sabían qué había podido ocurrir con la Esmeralda, lo que entristecía enormemente al duque de Egipto y a sus amigos los truhanes. Tampoco sabían nada de su cabra, circunstancia esta que hacía mayor el dolor de Gringoire. Una noche la egipcia había desaparecido y desde entonces no había vuelto a dar señales de vida. Toda búsqueda había resultado vana. Algunos mendigos epilépticos dijeron a Gringoire que la 
habían visto aquella noche por los alrededores del Pont-Saint-Michel acompañada de un oficial; pero aquel marido a la moda de Bohemia era, a la vez, un filósofo incrédulo y además conocía mejor que nadie hasta qué punto a su mujer le preocupaba la virginidad. 

Había tenido la ocasión de juzgar el pudor inexpugnable que resultaba de la combinación de la virtud del amuleto por una parte y de la gitana por otra y había hasta calculado matemáticamente la resistencia de aquella castidad elevada al cuadrado. Así que, en este aspecto, estaba tranquilo.

Por eso precisamente no acertaba a explicarse aquella desaparición y su pena era muy grande. Habría adelgazado si eso hubiera sido posible. Se había despreocupado de todo incluso de sus aficiones literarias. Había abandonado su gran obra De figuris regularibut et irregulaributz que había pensado publicar, imprimir, con el primer dinero que tuviese (la imprenta le chiflaba desde que había visto el Didatcalon de Hugues de Saint-Victor, impreso con los célebres caracteres de Vindelin de Spine).

Un día, mientras paseaba cabizbajo ante la Tournelle de lo criminal, observó que un grupo de gente se arremolinaba en torno al Palacio de justicia.

-¿De qué se trata? -preguntó a un joven que salía de allí.

-No lo sé muy bien, señor -le respondió el joven-. Dicen que están juzgando a una mujer por haber asesinado a un oficial y como parece que se ha encontrado brujería en ello, el obispo y el Santo Oficio han intervenido en el asunto y mi hermano, que es el archidiácono de Josas, se pasa ahí adentro toda su vida. Quería haberle hablado, precisamente, pero no me ha sido posible a causa del gentío, cosa que no deja de contrariarme porque necesito dinero.

-Lo siento mucho, señor -dijo Gringoire-, y me gustaría prestaros algo, pero si mis calzas están llenas de agujeros no es porque me sobren los escudos.

No se atrevió a decir al joven que conocía a su hermano el archidiácono, al que no había vuelto a ver desde la escena de la iglesia, negligencia esta que le hacía sentirse un tanto molesto.

El estudiante se marchó y Gringoire se fue hacia el gentío que iba subiendo por la escalera de la gran sala. Pensaba que no hay nada como el espectáculo de un proceso criminal para disipar la melancolía, por la estulticia regocijante que de ordinario muestran los jueces. La gente con la que se había mezclado subía apretujándose y silenciosa. 

Después de un lento a insípido camino por un larguísimo pasillo sombrío que serpenteaba por el interior del viejo palacio, llegó frente a una puerta baja, que daba acceso a una sala. 

La estatura de Gringoire le permitió explorar con la mirada por encima de las cabezas de aquella multitud abigarrada en la sala. Ésta era enorme y bastante sombría, lo que le daba un aspecto todavía mayor. Estaba comenzando a anochecer y las altas ventanas ojivales no dejaban entrar más que un pálido rayo de luz que se apagaba antes de alcanzar la bóveda formada por un entresijo enorme de maderas talladas, cuyas mil figuras parecían moverse confusamente en la sombra. Ya se habían encendido algunas velas, colocadas 
aquí y allá en algunas mesas, brillando sobre las cabezas de los escribanos, inclinados sobre sus papeles. El gentío ocupaba la parte anterior de la sala y a derecha a izquierda se veían personas togadas sentadas ante sus mesas; al fondo, en un estrado, un gran número de jueces de los que no se veían las últimas filas, confundidas ya entre la penumbra. En cualquier caso, todos permanecían inmóviles y su expresión era siniestra. Flores de lis en 
profusión adornaban las paredes de la sala y se podía distinguir vagamente, por encima de las cabezas de los jueces, un gran crucifijo así como picas y alabardas en cuyas puntas brillaba el resplandor de las velas.

-Señor -preguntó Gingoire a uno de sus vecinos- ¿sabéis qué hacen todas esas personas, sentadas en fila como prelados en un concilio?

-Señor -le respondió el vecino-, los de la derecha son los consejeros de la Gran Cámara y los de la izquierda los encargados de las diligencias; los letrados son los que llevan las togas negras y los prelados las togas rojas.

-¿Y el que se ve al fondo, por encima de todos ellos, aquel gordinflón que está 
sudando?

-Aquél es el señor presidente.

-¿Y esas ovejas que están detrás de él? -prosiguió, en el mismo tono, Gringoire que, como ya hemos visto, detestaba a la magistratura, debido sin duda al odio que albergaba contra el Palacio de Justicia, desde su desafortunada representación dramática.

-Ésos son los señores letrados de diligencias de la casa del rey.

-¿Y el jabalí aquel, que está delante?

-Es el escribano de la corte del parlamento.

-¿Y ese cocodrilo de la derecha?

-Es maese Philippe Lheulier, abogado extraordinario del rey.

-¿Y ese enorme gato negro de la izquierda?

-Es maese Jacques Charmolue, procurador real en asuntos eclesiásticos con los señores del Santo Oficio.

-Y decidme ya, ¿qué pinta aquí toda esa gente?

-Están juzgando.

-Pero, ¿a quién? No veo a ningún acusado.

-Es una mujer, señor; no podéis verla porque nos está dando la espalda y la tapa la gente. Miradla; ahora se la ve; está allí junco a aquel grupo de alabarderos.

-¿Quién es la mujer? ¿Conocéis su nombre?

-No, señor; acabo de llegar pero imagino que se trata de algún asunto de brujería puesto que está presente el Santo Oficio.

-¡Vaya! -dijo nuestro filósofo-. Vamos a ver cómo toda esa gente de toga come carne humana. No está mal; al fin y al cabo es un espectáculo como otro cualquiera.

-Señor -observó el vecino-. ¿No os parece muy tranquilo el aspecto de maese Jacques Charmolue?

-¡Qué quiere que le diga! -respondió Gringoire-. Pero yo desconfío de la calma y de la dulzura que tiene narices afiladas y labios delgados.

El público cortó esta conversación e impuso silencio a los dos charlatanes. Se estaba escuchando un alegato importante.

En medio de la sala, una vieja cuyo rostro desaparecía de tal modo bajo su vestimenta que podría incluso habérsela confundido con un montón de harapos, estaba diciendo:

-Señores; esto es tan cierto como que yo soy la Falourdel, con establecimiento desde hace cuarenta años en el Pont-Saint-Michel y pagando puntualmente todas mis rentas y censos, en el portal que está frente a la casa de Tassin-Caillart, el tintorero, que está al lado de arriba del río. Hoy soy una pobre vieja, señores, pero en otros tiempos era una linda muchacha. Hacía ya unos cuantos días que me venían diciendo: «Eh, Falourdel, no hiléis tan rápido en vuestra rueca por la noche que al demonio le gusta devanar con sus 
cuernos el ovillo de la rueca de las viejas. Tened por cierto que el fantasma encapuchado que el año pasado andaba por los alrededores del templo, anda rondando ahora por la Cité; así que ya sabéis, Falourdel; mucho cuidado; no vaya a llamar a vuestra puerta.» Y una noche estaba yo hilando con mi rueca y llaman a la puerta. Pregunto quién es y lanzan unos juramentos. Abro y entran dos hombres; uno de negro con un apuesto oficial. 

Del de negro sólo se podían ver los ojos que eran como dos brasas pues el resto no era más que capa y sombrero. Bueno; van y me dicen: «La habitación de Santa Marta.» Es la habitación de arriba, señores, la más limpia. Van y me dan un escudo. Guardo el escudo en un cajón y me digo: con esto podré comprar unos callos en el matadero de la glorieta. 

Subimos al cuarto y una vez arriba, mientras yo estaba de espaldas al oficial, el hombre de negro desapareció. Aquello me sorprendió un poco. Sigo: el oficial que tenía la prestancia de un gran señor, baja conmigo y se marcha. No había yo aún terminado de hilar un cuarto de madeja, cuando vuelve con una hermosa muchacha, una muñeca que habría brillado como el sol si hubiera estado peinada. Traía con ella un chivo, un gran macho cabrío blanco y negro, ya no me acuerdo. Eso me da que sospechar. La chica, eso no es cosa mía, pero el chivo... no me gustan esos animales; tienen barba y cuernos...; se 
parecen a un hombre. Y además huelen a sábado. Sin embargo no dije nada pues me habían dado un escudo. Es lógico, ¿no es verdad, señor juez? Hago subir a la chica y al capitán al cuarto de arriba y les dejo solos; es decir, con el chivo. Bajo y me pongo otra vez a hilar. Tengo que deciros que mi casa tiene una planta baja y un primero como las otras casas del puente y que canto la ventana de la planta baja como la del primero dan al río.

Así que yo estaba hilando y no sé por qué estaba pensando en el fantasma 
encapuchado que el chivo me había traído a la cabeza y además la chica iba vestida muy raramente. De repente oigo un grito arriba y un ruido como si algo hubiera caído al suelo y más tarde oí cómo abrían la ventana. Me fui entonces a la mía, que está abajo y veo pasar ante mis ojos una masa negra que cae al agua. Era un fantasma vestido de sacerdote; había claro de luna y pude verlo muy bien cómo iba nadando hacia la Cité. 

Entonces, temblorosa, llamé a la guardia. Estos señores de la docena entran y ya, desde el primer momento, sin saber siquiera de qué iba la cosa, como estaban contentos, van y me pegan. Les expliqué lo que pasaba y juntos subimos al cuarto. ¿Qué encontramos allí? Mi pobre habitación toda manchada de sangre, el capitán tendido en el suelo y con un puñal en el cuello; la muchacha haciéndose la muerta y al chivo todo asustado. Bueno, me dije, tardaré quince días en limpiar el suelo, habrá que rasparlo... será terrible. Se llevaron al oficial. ¡Pobre joven! y a la chica medio desnuda. ¡Ay!, espere, espere. Lo peor fue que, al día siguiente, cuando quise coger el escudo para 
comprar los callos, me encontré en su lugar una hoja seca.

Cuando la vieja se calló, un murmullo de horror circuló por el auditorio.

-Ese fantasma, el chivo... todo esto huele a brujería -dijo el vecino de Gringoire.

-¡Y la hoja seca! -añadió otro.

-No hay duda -prosiguió un tercero-; es una bruja que tiene tratos con el fantasma encapuchado para desvalijar a los oficiales.

El mismo Gringoire no estaba muy lejos de encontrar todo aquello horrible y 
verosímil.

-Mujer Falourdel -dijo el presidente con majestad-. ¿No tiene nada más que declarar a la justicia?

-No, monseñor -respondió la vieja-; a no ser que en el atestado se ha dicho que mi casa era un chamizo ruinoso y maloliente, lo que es hablar de manera ultrajante para mí. Las casas del puente no tienen buena pinta porque hay mucha gente en ellas pero no por ello dejan de vivir en ellas los carniceros que son gente muy rica y casados con bellas mujeres, todas muy limpias.

El magistrado que había dado a Gringoire el aspecto de cocodrilo se levantó.

-¡Paz! -dijo-. Les ruego, señores, que no pierdan de vista el hecho de que se ha encontrado un puñal a la acusada. Mujer Falourdel, ¿habéis traído aquella hoja seca en que se transformó el escudo que el demonio os había dado?

-Sí, monseñor -respondió la vieja-. La encontré. Aquí la tenéis.

Un ujier llevó la hoja muerta al cocodrilo, que hizo un gesto lúgubre y la pasó al presidente que, a su vez, la envió al procurador del rey para asuntos de la Iglesia. Y así fue dando la vuelta a toda la sala.

-Es una hoja de álamo -dijo maese Jacques Charmolue-. Nueva prueba de brujería.

Un consejero tomó la palabra.

-Testigo; dos hombres subieron a la vez a vuestra habitación; el hombre de negro al que visteis primeramente desaparecer y luego nadar en el Sena con ropas de clérigo, y el oficial. ¿Quién de los dos os dio el escudo?

La vieja reflexionó un momento y dijo.

-Fue el oficial -un rumor se produjo entonces entre el público.

-¡Vaya! -pensó Gringoire-. Esto es algo que me hace dudar.

Sin embargo, maese Philippe Lheulier, el abogado extraordinario del rey, intervino de nuevo.

-Recuerdo a sus señorías que en la declaración escrita a la cabecera de su cama, el oficial asesinado dijo que, en el momento en que el hombre de negro le había abordado, tuvo vagamente la impresión de que muy bien podría tratarse del fantasma encapuchado. 

Añadió también que el fantasma le había insistido vivamente a que fuera a intimar con la acusada y, al insinuarle, el capitán que estaba sin dinero, él le había dado el escudo con el que el dicho oficial pagó a la Falourdel. Así, pues, ese escudo es moneda del infierno.

Aquella observación concluyente pareció disipar todas las Judas de Gringoire y de los demás escépticos del auditorio.

-Sus señorías tienen el expediente -añadió el abogado del rey sentándose-; pueden consultar lo dicho por el capitán Febo de Châteaupers.

Al oír este nombre, la acusada se levantó y su cabeza sobresalió entre los asistentes a la sala. Fue entonces cuando Gringoire, espantado, reconoció a la Esmeralda.

Estaba pálida y sus cabellos siempre tan graciosamente trenzados y salpicados de cequíes, caían en desorden. Tenía los labios amoratados y sus ojos hundidos daban miedo. ¡Pobre Esmeralda!

-¡Febo! -dijo ella con turbación-, ¿dónde está? ¡Monseñores, por favor! ¡Antes de matarme decidme si vive aún!

-Callaos, mujer -cortó el presidente-. Eso no es de vuestra incumbencia.

-¡Por caridad! ¡Decidme si aún vive!- rogaba ella, juntando sus bellas manos, ahora descarnadas, y se oía el ruido de cadenas por entre sus ropas.

-¡Está bien! -dijo secamente el abogado del rey- se está muriendo. ¿Estáis ya 
contenta?

La desventurada volvió a sentarse, ya sin voz, sin lágrimas y blanca como la cera.

El presidente se inclinó hacia un hombre colocado a sus pies, vestido de negro y con un bonete dorado. Llevaba una cadena al cuello y una vara en la mano.
-Ujier -le dijo-, llamad a la segunda acusada.

Todas las miradas se dirigieron hacia una portezuela que se abrió, y con gran sorpresa de Gringoire, dio paso a una cabritilla de lindos cuernos y pezuñas doradas. El elegante animal se detuvo un momento a la entrada, estiró el cuello como si, encaramada en la punta de una roca, tuviera ante sus ojos un enorme horizonte. De pronto descubrió a la gitana y, saltando por encima de la mesa y de la cabeza de un escribano, se plantó de dos saltos en sus rodillas y luego se puso a juguetear graciosamente entre los pies de su ama en demanda de una caricia o de una palabra; la acusada sin embargo permaneció inmóvil 
y no hubo ni siquiera una mirada para la pobre Djali.

-Eh pero si es el horrible animal del que antes he hablado -dijo la vieja Falourdel-; ¡las reconozco muy bien a las dos!

Entonces intervino Jacques Charmolue.

-Si lo desean vuestras señorías, procederemos a interrogar a la cabra.

Era la cabra, en efecto la segunda acusada. Era muy frecuente entonces los procesos de brujería levantados contra un animal. Encontramos, entre otros, en las cuentas de la prebostería de 1466 un curioso detalle de los gastos del proceso de Gillet-Soulart y de su cerda, ejecutados por sus fechorías, en Corbeil. Allí está todo consignado; los costos de la fosa para guardar a la cerda, los quinientos haces de leña recogidos en el puerto de Morsan, las tres pintas de vino y el pan, última comida del condenado, que compartió fraternalmente con el verdugo, hasta los once días de cuidados y el alimento de la cerda a ocho denarios parisinos por día. Algunas veces se llegaba aún más lejos en este asunto de los animales. Las capitulaciones de Carlomagno y de Luis el Bondadoso inflingen graves penas a los fantasmas inflamados que se atrevieran a mostrarse en el aire.

Pero el procurador para asuntos eclesiásticos dijo:

-Si el demonio que posee a esta cabra, y que se ha resistido a todos los exorcismos, persiste en sus maleficios y si continúa asustando a esta corte, le prevenimos que nos veremos forzados a solicitar para él la horca o la hoguera.

Gringoire sintió un sudor frío. Charmolue cogió de una mesa la pandereta de la gitana y presentándosela de una cierta manera a la cabra, le preguntó:

-¿Qué hora es?

La cabra le miró con ojos inteligentes, levantó su patita dorada y golpeó siete veces contra el suelo; y en efecto eran las siete. Un movimiento de pánico agitó a aquella multitud.

Gringoire no pudo contenerse.

-¿No os dais cuenta de que no sabe lo que hace? -exclamó lo más fuerte que pudo.

-¡Silencio en la sala! -dijo secamente el ujier.

Jacques Charmolue, haciendo las mismas maniobras con la pandereta, mandó hacer a la cabra otras de sus habilidades acerca de la fecha, del día, del mes, del año, etc., de las que el lector ya ha sido testigo. Pues bien; por una ilusión óptica, propia de los debates judiciales, los mismos espectadores que, en más de una ocasión habían aplaudido en las plazas las inocentes astucias de Djali, ahora, bajo las bóvedas del Palacio de justicia, se sentían horrorizados y creían decididamente que aquella cabritilla era el mismo demonio.

Pero aún fue peor cuando, después de que el procurador del rey vaciara en el suelo un saquito de cuero lleno de letras sueltas que la cabra llevaba atado al cuello, se la vio ir separando con su pata las necesarias para formar el nombre de Febo. Los sortilegios de que el capitán había sido víctima parecieron entonces irrefutablemente demostrados y, a los ojos de la concurrencia, la gitana, aquella encantadora bailarina que tantas veces había deslumbrado a los transeúntes con su gracia y donaire, ya no fue más que una horripilante 
bruja.

Pero la Esmeralda no reaccionaba; ni las graciosas evoluciones de Djali, ni las 
amenazas del tribunal, ni las sordas imprecaciones del auditorio, nada de todo ello llegaba a su pensamiento.

Fue preciso para estimularla que un sargento la sacudiese sin piedad y que el 
presidente elevara solemnemente el tono de voz.

-Muchacha, sois de raza bohemia, dada a los maleficios. En complicidad con esa cabra embrujada, implicada en el proceso, en la noche del 29 de marzo último, habéis asesinado y apuñalado de acuerdo con los poderes de las tinieblas, y con ayuda de encantamientos y prácticas de hechicería, a un capitán de los arqueros de la ordenanza del rey, Febo de Châteaupers. ¿Persistís en vuestra negativa?

-¡Horror! -gritó la joven ocultando su rostro entre las manos-. ¡Mi Febo! ¡Oh! ¡Es el infierno!

-¿Persistís en negarlo? -le preguntó fríamente el presidente.

-¡Sí; lo niego -dijo en un tono terrible al tiempo que se incorporaba y sus ojos 
brillaban con un fulgor de ira.

El presidente prosiguió imperturbable.

-Entonces, ¿cómo explicáis los cargos que se os imputan?

Ella le respondió con voz entrecortada.

-Ya lo he dicho. No lo sé. Fue un cura. Un cura al que no conozco y que me persigue. 

Un cura infernal.

-Eso es, repuso el juez. El fantasma encapuchado.

-¡Apiadaos de mí, monseñores! No soy más que una pobre muchacha.

-De Egipto -dijo el juez.

Maese Jacques Charmolue tomó la palabra con dulzura.

-Vista la penosa obstinación de la acusada, se requiere la aplicación de la tortura.

-Concedido -dijo el presidente.

Todo el cuerpo de la desdichada joven se estremeció, pero se levantó sin embargo ante las órdenes de los alabarderos y se encaminó con paso firme, precedida por Charmolue y por los sacerdotes de la Inquisición, entre dos filas de alabarderos, hacia una puerta secreta que se abrió súbitamente y se cerró tras su entrada, lo que produjo en Gringoire el efecto de unas fauces horribles que acababan de devorarla.

Cuando hubo desaparecido se oyó un balido quejumbroso. Era la cabrita que lloraba.

Se suspendió la audiencia. Cuando un consejero precisó que sus señorías se 
encontraban cansadas y que sería esperar demasiado tiempo hasta el final de la tortura, el presidente respondió que un magistrado debe saber sacrificarse en el cumplimiento de su deber.

-¡Vaya con la desagradable pícara! -dijo un viejo juez-. ¡Tener que aplicarle el 
tormento antes de que hayamos cenado!

I - El Escudo Convertido... | II - Continuación del Escudo... | III - Fin del Escudo... | IV - Lasciate Ogni Speranza | V - La Madre | VI - Tres Corazones...

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