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VI Sin embargo, Febo no había muerto. Los hombres de su especie son duros de pelar. Cuando maese Philippe Lheulier, abogado extraordinario del rey, dijo a la pobre Esmeralda: Se está muriendo, era por error o por broma. Cuando el archidiácono repitió a la condenada: está muerto, ocurría que, en realidad no sabía nada de ello, aunque lo creyera, aunque contara con ello y aunque no dudara de ello a incluso aunque así lo esperase. Habría sido demasiado duro dar a la mujer que amaba buenas noticias de su rival. Cualquier hombre habría hecho otro tanto en su lugar. No es que la herida de Febo no hubiera sido grave, pero lo había sido menos de lo que el archidiácono se jactaba. El boticario, al que le habían llevado en el primer momento los soldados de la ronda, había temido por su vida durante ocho días a incluso se lo había dicho en latín. Pero la juventud había vencido y, como ocurre con frecuencia, a pesar de los pronósticos y de los diagnósticos, la naturaleza se había complacido en salvar al enfermo ante las barbas del médico. Ya había sufrido los primeros interrogatorios por parte de Philippe Lheulier y de los inquisidores estando aún en el catre del boticario, circunstancia esta que le había molestado mucho. Por eso, un buen día, sintiéndose mejor, dejó sus espuelas de oro al boticario, en pago de sus servicios, y desapareció. Esta circunstancia no entorpeció para nada la instrucción del proceso, ya que la justicia de entonces se preocupaba muy poco de la claridad y de la equidad de un proceso criminal. Sólo se pedía que el criminal fuera colgado. Los jueces tenían bastantes pruebas contra la Esmeralda; creían, por otra parte, que Febo había muerto y no se preocuparon más de ello. Por lo demás, Febo no había ido muy lejos. Había ido sencillamente a reunirse con su compañía, de guarnición en Queue-en-Brie, en Hie de France, a poca distancia de París. Además no le agradaba en absoluto comparecer en persona en aquel proceso. Deducía
vagamente que su papel iba a ser poco airoso; en el fondo, no tenía ideas muy claras y no
sabía muy bien qué .pensar del asunto. Poco religioso y harto supersticioso, como
cualquier soldado, cuando pensaba en aquella aventura no quedaba muy tranquilo acerca
de la cabra, las extrañas circunstancias en que había conocido a la Esmeralda, la forma no
menos extraña en que ella le había dejado adivinar su amor, su condición de gitana y en
fin el asunto del fantasma encapuchado. Creía entrever en esa historia mucho más de
magia que de amor; probablemente una bruja o tal vez el diablo; en fin, una comedia o,
para decirlo en el lenguaje de la época, un misterio muy desagradable en el que él
desempeñaba un papel muy poco airoso; el del que recibe los golpes y las burlas. En
cualquier caso, el capitán se encontraba muy apesadumbrado y sentía esa especie de vergüenza que La Fontaine ha definido tan admirablemente. La gente bien de aquella época apenas si conocía el nombre del condenado que pasaba a su lado y todo lo más era el populacho el que gustaba aún de platos tan vulgares como el de una ejecución. Una ejecución era un incidente habitual en la vía pública; algo así como el horno portátil del panadero o la venta pública de carnes y pieles; así, el verdugo era una especie de carnicero con ropas un poco más oscuras que los demás. Así, pues, Febo no tardó demasiado en olvidarse de la encantadora Esmeralda o Similar, como él decía, ni de la puñalada de la gitana o del fantasma encapuchado (poco le importó cuál de los dos había sido, y de los resultados del proceso). Sin embargo en cuanto su corazón se vio libre, en seguida le vino a la cabeza la imagen de Flor de Lis. Su corazón, como la física de la época, sentía horror del vacío. Además, la permanencia en Queue-en-Brie era muy aburrida; se trataba de un pueblo de herradores y de vaqueras, de manos ásperas y agrietadas; una larga fila de casuchas y chozas que bordean ambos lados de la calle a lo largo de media legua; en fin, lo que se dice una Queue.
Flor de Lis era su anterior pasión; una linda joven con una dote encantadora. Así, pues, una buena mañana, repuesto ya de su herida, y suponiendo que después de dos meses el asunto aquel de la gitana estaría ya bien olvidado, el enamorado caballero llegó impaciente a las puertas de la mansión Gondelaurier. Ésta se encontraba sola con su madre.
Flor de Lis guardaba aún en su corazón la escena de la bruja, su cabra, aquel maldito alfabeto y la prolongada ausencia de Febo. Sin embargo, al ver entrar a su capitán, le encontró un aspecto tan atractivo, con su gonela nueva, su tahalí tan reluciente, y con una actitud tan apasionada que se ruborizó de placer. Ella misma estaba más atractiva que nunca. Había trenzado de maravilla su magnífica cabellera rubia y llevaba un vestido azul celeste que tan bien les va a las mujeres muy blancas, coquetería que le había enseñado Colombe, y tenía un tanto turbada la mirada con esa especie de languidez amorosa que aún les favorece más. La muchacha se hallaba junto a la ventana tejiendo aún su gruta de Neptuno. El capitán, apoyado en el respaldo de su silla, recibía los amorosos reproches, a media voz, de Flor de Lis. -¿Qué ha sido de vos desde hace más de dos meses, mala persona? -Os juro -respondía Febo, un poco molesto por la pregunta-, que sois tan hermosa que hasta un obispo se prendaría de vos -y ella no podía evitar una sonrisa. -Está bien, está bien, caballero. Dejemos mi belleza y respondedme. ¡No debo serlo tanto, por lo que se ve! -Pues sabed, querida prima que me llamaron de mi guarnición. -¿Y dónde está la tal guarnición, por favor? ¿Y por qué no habéis venido ni siquiera a despediros? -En Queue-en-Brie. Febo estaba encantado de que la primera pregunta le ayudara a esquivar la segunda. -¡Pero si está aquí, al lado! ¿Cómo no habéis venido a verme ni una sola vez? La pregunta era ya muy comprometida para Febo. -Es que... el servicio... y además, mi encantadora prima, sabed que he estado enfermo. -¡Enfermo! -exclamó ella, asustada. -Sí... herido. -¡Herido! La pobre muchacha se quedó confusa. -¡Oh! No os asustéis por tan poca cosa -dijo Febo despreocupadamente-. Una discusión, una estocada. ¡Qué más os da! -¡Qué más me da! -exclamó Flor de Lis alzando sus bellos ojos llenos de lágrimas-. ¡No sabéis lo que decís! ¿Qué estocada ha sido ésa? Quiero saberlo todo. -Está bien, querida. He tenido mis más y mis menos con Mahé Fédy, ¿sabéis? El teniente de Saint-Germain-en-Laye y nos hemos descosido la piel un poquito cada uno. Eso ha sido todo. El mentiroso capitán sabía muy bien que un lance de honor permite a un hombre realzarse ante los ojos de una mujer. En efecto, Flor de Lis le miraba a los ojos con un sentimiento de miedo, de amor y de admiración. Pero no se había quedado tranquila del todo. -¡Ojalá estéis totalmente repuesto, Febo mío! No conozco a ese Mahé Fédy, pero es un villano y, ¿por qué habéis discutido? Aquí Febo, cuya imaginación se mostraba mediocremente creadora, empezaba ya a encontrar dificultades para salir bien parado de su proeza. -¡Ya no me acuerdo!... ¡Cosa de poco! Un caballo... unas palabras... Hermosa prima, dijo, para así poder cambiar de conversación. ¿Por qué hacen tanto ruido en la plaza? Febo se aproximó a la ventana. -¡Dios mío! ¡Fijaos, querida prima, cuánta gente hay en la plaza! -No lo sé -dijo Flor de Lis-; algo he oído de una bruja que va a retractarse esta mañana ante la iglesia para ser colgada luego. El capitán estaba tan seguro de que el asunto de la Esmeralda estaba ya liquidado, que le importaron muy poco las palabras de Flor de Lis. A pesar de todo le hizo un par de preguntas. -¿Cómo se llama la bruja? -No lo sé -le contestó. -Y, ¿qué dicen que ha hecho? Ella contestó levantando esta vez sus blancos hombros. -No lo sé. -¡Dios mío! -dijo la madre-. Hay tantas brujas ahora que se las quema sin saber ni cómo se llaman. Sería tanto como querer conocer el nombre de todas las nubes del cielo. Pero podemos estar tranquilos dentro de todo, pues Dios lleva un buen registro. Aquí la venerable dama se levantó y se acercó a la ventana.
-¡Señor! Tenéis razón, Febo. ¡Qué cantidad de populacho! ¡Bendito sea Dios! ¡Están hasta en los tejados! ¿Sabéis, Febo?, esto me recuerda mi juventud; la entrada del rey Carlos VII. Había tanta gente como hoy. Ya no sé en qué año era. Cuando os cuento estas cosas os da la impresión de mucho tiempo; ¡sin embargo, para mí es tan poco! En cualquier caso el pueblo era mucho mejor que hoy. Había gente hasta en los matacanes de la Porte Saint-Antoine. El rey llevaba a la reina a la grupa de su caballo y tras sus altezas iban todas las damas a la grupa con sus señores. Recuerdo que nos reímos mucho porque Era un desfile de todos los gentileshombres de Francia con sus oriflamas desplegadas al viento. Desfilaban los de pendón y los de bandera, y, ¿yo qué se cuánto más? El señor de Calan con pendón, Jean de Châteaumorant con bandera. El señor de Coucy con bandera y más lienzos que ningún otro, exceptuando. al duque de Borbón... ¡Ay! ¡Qué triste es pensar en cosas que han existido y que ya no volverán! Los dos enamorados no escuchaban a la respetable viuda. Febo había vuelto a apoyarse en el respaldo de la silla de su prometida, lugar privilegiado, desde donde su mirada libertina dominaba todas las aberturas de la marquesota de Flor de Lis, que de vez en cuando se entreabría tan oportunamente, permitiéndole ver tantas cosas exquisitas y dejándole adivinar tantas otras, que Febo deslumbrado por aquella piel con reflejos de Satin, se decía para sí: ¿Cómo puede amarse a alguien que no sea blanca? Los dos estaban silenciosos. La joven le miraba de vez en cuando con ojos dulces y enamorados y sus cabellos jugaban con un rayo de sol de primavera. -Febo -dijo de pronto Flor de Lis en voz baja-. Vamos a casarnos dentro de tres meses, juradme que jamás habéis amado a otra mujer. -¡Os lo juro, ángel mío! -respondió Febo acompañando sus palabras con una mirada apasionada. Hasta él mismo se lo creía seguramente en esos momentos. La buena madre, encantada de ver a los prometidos en una armonía tan dulce, había salido de la estancia para ocuparse de algún quehacer de la casa. Febo se dio cuenta de ello y la soledad animó de tal manera al aventurado capitán que se le llenó la cabeza de extrañas ideas. Flor de Lis le amaba, él era su prometido y los dos estaban solos. Su antigua atracción hacia ella se había despertado, no quizás en toda su frescura, pero sí en todo su ardor. Después de todo tampoco es un gran crimen el comer un poco de trigo aunque aún esté verde. No sé si fue esto lo que le pasó por la cabeza, pero lo que es cierto es que Flor de Lis se asustó repentinamente por la expresión de su mirada. Miró a su alrededor y no vio a su madre. -¡Dios mío! -dijo sonrojada y nerviosa-. ¡Qué calor tengo! -Sí -respondió febo-, ya estamos cerca del mediodía y el sol es molesto; corramos las cortinas. -No, no; al contrario -dijo la pobre muchacha-; necesito aire. Y como una cierva que oye el jadear de la jauría, se levantó y corrió hacia la ventana; la abrió y se apresuró hasta el balcón. Febo, un tanto contrariado, la siguió. La plaza de Nuestra Señora, a la que daba el balcón, como sabemos, ofrecía en aquellos momentos un espectáculo siniestro y singular que cambió el motivo del miedo de la tímida Flor de Lis.
Un gentío enorme que refluía hacia todas las canes adyacentes, abarrotaba la plaza propiamente dicha. El pequeño muro que rodeaba la plaza no habría sido suficiente para mantenerla libre si no hubiera sido reforzado por una doble y apretada fila de alabarderos y de arcabuceros con sus culebrinas en la mano. De vez en cuando el rumor general se veía atravesado por una voz agria y vibrante. -¡Eh! ¡Mahiet Baliffre! ¿Van a colgarla ahí? -¡Imbécil! ¡Aquí es la retractación pública, en sayal! ¡Dios va a soltarle unos latinajos a la cara! Siempre se hace a mediodía. Si lo que te interesa es la horca, entonces vete a la Grève. -Ya iré después. -Eh, Boucandry, escucha. ¿Es verdad que ha rechazado al confesor? -Sí, Bechaigne; parece que sí. -¡Vaya con la pagana! -Siempre se hace así, señor. El bailío del palacio tiene que entregar al malhechor, ya juzgado, para la ejecución; si es laico al preboste de París; si es clérigo al encargado del obispado. -Gracias, señor. -¡Dios mío! -decía Flor de Lis- ¡Pobre criatura! Este pensamiento llenaba de dolor la mirada que ella paseaba por la multitud. El capitán, mucho más pendiente de ella que de aquel montón de harapientos, pasaba el brazo, amorosamente, rodeándola por la cintura. Ella se volvió suplicante y sonriente.
-¡Por favor, Febo, dejadme ahora! ¡Si volviera mi madre vería vuestra mano! -¡¡¡Ahí viene!!! Flor de Lis se llevó las manos a los ojos para no ver. -Preciosa -le dijo Febo- ¿deseáis entrar? -No -respondió; y los ojos que acababa de cerrar por miedo, volvió a abrirlos por curiosidad. Una carreta, tirada por un robusto caballo normando, rodeada de soldados a caballo con librea violeta y grandes cruces blancas en el pecho, acababa de desembocar en la plaza por la calle SaintPierre-aux-Boeufs. Los soldados de la guardia iban abriéndoles paso. Al lado de la carreta iban a caballo algunos oficiales de la justicia y de la política, reconocibles por sus ropajes negros y por su torpe manera de montar. A la cabeza de todos ellos desfilaba maese Jacques Charmolue. En la fatal carreta iba sentada una muchacha con los brazos atados a su espalda, sin ningún sacerdote a su lado. Iba con el sayal y sus largos y negros cabellos (la moda de entonces era no cortarlos hasta llegar al pie del cadalso) caían sueltos por su cuello y sus hombros medio descubiertos.
Por entre la ondulante cabellera, más negra y brillante que el plumaje de un cuervo, se veía retorcerse y anudarse un cordón gris y rugoso que desollaba las frágiles clavículas y se enrollaba al delicado cuello de la pobre muchacha como un gusano a una flor. Bajo la cuerda brillaba un pequeño amuleto adornado con abalorios verdes que le habían dejado, sin duda, porque no puede negarse nada a los que van a morir. Los espectadores de las ventanas podían ver en el fondo de la carreta sus piernas desnudas que ella intentaba ocultar por un último instinto de pudor femenino. A sus pies se veía una cabrita atada. La condenada sujetaba con sus dientes su camisa mal puesta. -¿Jesús! -dijo vivamente Flor de Lis al capitán-. ¡Mirad, querido primo! ¡Es aquella vulgar gitana de la cabra! Mientras hablaba así se volvió hacia Febo, que tenía los ojos fijos en la carreta y que se encontraba muy pálido. -¿Qué gitana de la cabra? -preguntó entre balbuceos. -¡Cómo! -replicó Flor de Lis- ¿No os acordáis ya? Febo la interrumpió. -No sé a qué os referís. Febo hizo ademán de entrar, pero Flor de Lis, cuyos celos, que esta misma gitana había ya excitado en otra ocasión, acababan de despertarse de nuevo, le lanzó una mirada penetrante y desconfiada. Ella recordaba vagamente en ese momento haber oído hablar de un capitán mezclado en el proceso de aquella bruja. -¿Qué os ocurre, Febo? Se diría que esa mujer os ha turbado. Febo intentó bromear. -¡A mí! ¡Ni mucho menos! ¡Qué cosas! -Entonces quedaos y veamos hasta el fin -indicó ella imperiosamente. Al desventurado capitán no le quedó más solución que permanecer
allí. Lo que le tranquilizaba un poco era que la condenada no quitaba la vista del suelo de la carreta. Era la Esmeralda, con toda certeza. En este último peldaño del oprobio y de la desgracia, ella se mostraba aún hermosa y sus enormes ojos negros parecían más grandes aún a causa de lo demacradas que
aparecían sus mejillas. Su perfil lívido era puro y sublime. Se
parcela a lo que había sido, como una Virgen de Masaccio se parece a una Virgen de Rafael: más Por lo demás, salvo su pudor, no quedaba en ella nada que no estuviera descuidado, como si todo le fuera indiferente, tan castigada se había visto por el estupor y por la desesperación. Su cuerpo se movía al compás de los tumbos de la carreta como algo roto e inerte. Su mirada era triste y desvaída y aún podía percibirse una lágrima en sus ojos pero inmóvil o, por mejor decir, helada.
Ya la lúgubre cabalgata había pasado por entre la multitud, entre gritos de alegría y actitudes de curiosidad.
«...Non timebo millia populi circumdantis me; exurge, Domine; salvum me fac, Al mismo tiempo otra voz aislada del coro entonaba en las gradas del altar mayor este melancólico ofertorio.
Qui verbum meum audit, et credit ei qui misfit me, habet vitam aeternam et in Este salmo que algunos ancianos perdidos, entre la oscuridad, cantaban de lejos a aquella hermosa criatura llena de juventud y de vida, acariciada por la brisa de la primavera, inundada de sol, era de la misa de difuntos.
El pueblo escuchaba con recogimiento. La infeliz, asustada, tenía la vista y el Le desataron las manos y la hicieron bajar, acompañada de su cabra, a la que también habían soltado y que se puso a balar de alegría al sentirse libre. La hicieron andar descalza por el duro empedrado hasta llegar a los escalones del pórtico. La cuerda que llevaba al cuello se iba arrastrando tras ella como si fuera una sirviente que les siguiera. En aquel momento cesaron los cánticos de la iglesia y una gran cruz de oro y una fila de cirios se pusieron en movimiento entre las sombras. Se oyó sonar la alabarda de los suizos y poco después apareció ante los ojos de la multitud una larga procesión de clérigos con casulla y de diáconos con dalmática, que avanzaba lentamente hacia la condenada, entonando sus salmos. Su mirada se detuvo en el que iba en cabeza inmediatamente detrás del que portaba la cruz. -¡Oh! -exclamó muy bajo y con un escalofrío-, ¡Otra vez él! ¡El clérigo! En efecto, era el archidiácono. Llevaba a su izquierda al sochantre y el chantre iba a su derecha, portando el bastón propio de su oficio. Iba avanzando con los ojos fijos y abiertos, entonando con voz fuerte:
«De ventre inferi clamavi et exauditti vocem meam, En el momento en que el clérigo apareció a la luz bajo el alto pórtico ojival, envuelto en una amplia capa plateada con una cruz negra, estaba tan pálido que más de uno, entre la multitud, pudo pensar que era uno de los obispos de mármol, arrodillados en las losas sepulcrales del coro, que se había levantado y que venía a recibir en el umbral de la tumba a la que iba a morir. Ella, no menos pálida, ni se había dado cuenta de que le habían puesto en la mano un pesado cirio de cera amarilla, ya encendido; tampoco había oído la chillona voz del escribano que leía el texto fatal de la retractación pública. Cuando le pidieron que dijera Amén, respondió Amén. No se rehizo hasta que vio al clérigo hacer señas a sus guardianes para que se alejaran y avanzar lentamente hacia ella. Entonces sintió cómo la sangre le hervía en la cabeza y un resto de indignación se encendió en aquel alma entumecida y fría. El archidiácono se aproximaba a ella lentamente. Incluso en aquella situación extrema ella vio cómo paseaba por su desnudez una mirada brillante de lujuria, de celos y de deseo. Después le dijo en voz alta. -Mujer, ¿habéis pedido perdón a Dios por vuestras faltas y por vuestros pecados? -se acercó a su oído (los espectadores creían que estaba haciendo su última confesión) y añadió-: ¿Quieres aceptarme? Todavía puedo salvarte. Ella le miró fijamente. -Vete, demonio, o te denuncio. Él se sonrió con una horrible sonrisa.
-No te creerán. No harías más que añadir un nuevo escándalo a
tu crimen. -¿Qué has hecho con mi Febo? -Está muerto -dijo el sacerdote. En ese mismo instante el miserable archidiácono levantó maquinalmente la mirada y vio al otro lado de la plaza, en el balcón de la mansión Gondelaurier, al capitán de pie junto a Flor de Lis. Dudó un instante, se pasó la mano por los ojos, volvió a mirar, masculló una maldición y todos los músculos de su rostro se contrajeron violentamente. -Pues bien, ¡muere si quieres! Nadie te poseerá -dijo entre dientes. Entonces levantó la mano sobre la gitana y gritó con voz fúnebre: -I nunc, anima anceps, et sit tibi Deus mirericors. Era la temible fórmula con la que se acostumbraba a cerrar estas sombrías ceremonias. Era la señal convenida del sacerdote al verdugo. El pueblo se arrodilló. -Kyrie eleison -dijeron los restantes curas, situados bajo la ojiva del pórtico. -Kyrie eleiron -repitió la multitud con el murmullo que corre por todas las cabezas como el chapoteo de un mar agitado. -Amén -terminó el archidiácono. Volvió la espalda a la condenada, su cabeza cayó sobre su pecho, sus manos se cruzaron y se reunió con el resto del cortejo. Poco después se le vio desaparecer, con la cruz, la capa y los cirios bajo los arcos brumosos de la catedral y su voz sonora se fue apagando lentamente en el coro entonando este último versículo de desesperación: Omnes gurgites tui et fluctus tui super me transierunt.
Al mismo tiempo, el golpear intermitente del asta con puntera de hierro de las No obstante las puertas de Nuestra Señora permanecían abiertas, mostrando una iglesia vacía, desolada, oscura, sin cirios y sin voces. La condenada permanecía inmóvil en su sitio, esperando que dispusiesen de ella. Uno de los sargentos de vara hubo de acercarse a micer Charmolue que, durante toda aquella escena, había permanecido examinando el bajorrelieve del gran pórtico que representa para unos el sacrificio de Abrahán y para otros la operación filosofal, tomando al sol por el ángel, al fuego por la leña y al filósofo artesano por Abrahán. Costó bastante arrancarle de su contemplación pero por fin se volvió y, a una señal suya, dos hombres vestidos de amarillo, los ayudantes del verdugo, se aproximaron a la gitana para atarle las manos. La desventurada, en el momento de subir nuevamente a la fatídica carreta y -¡Febo! -gritó-. ¡Febo de mi vida! Quiso extender hacia él sus brazos temblorosos de amor y de felicidad, pero estaban atados. Entonces vio cómo el capitán fruncía el ceño y cómo la bella joven, que se apoyaba en él, la miraba con boca desdeñosa y ojos irritados; el mismo Febo pronunció algunas palabras que no llegaron hasta ella y los dos se eclipsaron precipitadamente tras los cristales del balcón. -¡Febo! -gritó desesperada-. ¿También tú lo has creído? Un pensamiento monstruoso acababa de asaltarla. Se acordó de que había sido condenada por asesinato en la persona de Febo de Châteaupers. Hasta aquí lo había soportado todo, pero este último golpe fue demasiado rudo y cayó desvanecida al suelo.
-¡Vamos! -ordenó Charmolue-. ¡Subidla a la carreta y acabemos ya! -¡Asilo! -¡Asilo! ¡Asilo! -repitió la muchedumbre y diez mil aplausos hicieron refulgir de alegría y de orgullo el único ojo de Quasimodo. La sacudida hizo volver en sí a la condenada que abrió los ojos y al ver a Quasimodo volvió a cerrarlos súbitamente como asustada de su salvador. Charmolue y los verdugos y toda la escolta se quedaron atónitos. En el recinto de Nuestra Señora, la condenada era en efecto inviolable pues la catedral era un lugar de asilo y toda la justicia humana expiraba en sus umbrales. Quasimodo se había detenido bajo el gran pórtico. Sus enormes pies parecían tan sólidamente asentados en el suelo como los pesados pilares románicos. Su enorme cabeza peluda se hundía en sus hombros como los leones que tienen enormes melenas en lugar de cuello. Sujetaba a la muchacha en sus manos callosas como un paño blanco, pero con tanta precaución que parecía tener miedo de romperla o de marchitarla. Se habría dicho que era consciente de sostener algo delicado, exquisito y precioso hecho para unas manos distintas de las suyas y a veces daba la impresión de no atreverse ni a tocarla. Después, de pronto, la estrechaba entre sus brazos contra su anguloso pecho, como a su bien, como a su tesoro, como habría hecho la propia madre de aquella muchacha. Su ojo de gnomo se inclinaba sobre ella; la inundaba de ternura, de dolor y de compasión y luego se retiraba súbitamente inundado de luz. Ante esto, las mujeres reían y lloraban y la multitud se entusiasmaba pues, en aquellos momentos, Quasimodo mostraba en realidad una belleza especial. Se mostraba hermoso. Aquel huérfano, aquel niño abandonado, aquel deshecho se sentía augusto y fuerte y miraba a la cara, a esa sociedad de la que se sentía apartado y en la que él estaba ahora influyendo tan poderosamente; miraba de frente a esa justicia humana a la que él había arrancado su presa, a todos esos tigres, obligados a morder en el vacío, a los verdugos y a todas aquellas fuerzas del rey a las que, con la fuerza de Dios, acababa de aplastar él, el más despreciable de todos. Y además era algo enternecedor aquella protección venida de un ser tan deforme, hacia una criatura tan desventurada; era conmovedor el que Quasimodo salvara a aquella condenada a muerte. Eran las dos miserias más extremas de la naturaleza y de la sociedad que se juntaban y se ayudaban mutuamente. Después de algunos minutos de triunfo, Quasimodo se introdujo bruscamente en la iglesia con su carga. El pueblo, atraído siempre por las proezas, le buscaba con la mirada por entre la oscuridad de la nave, lamentando la rapidez con que había desaparecido de su vista y de sus aclamaciones. De pronto se le vio aparecer de nuevo en uno de los extremos de la galería de los reyes de Francia; la atravesó corriendo como un loco, levantando su conquista con los brazos y gritando: -¡Asilo! La multitud estalló otra vez en aplausos. Una vez que hubo atravesado aquella galería, volvió a desaparecer en el interior de la iglesia. Poco después reapareció en la plataforma superior, con la gitana siempre entre sus brazos, y siempre corriendo como un loco y gritando: -¡Asilo! ¡Asilo! ¡Asilo! -¡Viva! ¡Bravo! -gritaba el pueblo por su parte, y aquellas estruendosas aclamaciones llegaban hasta la otra orilla, sorprendiendo a la gente de la Grève y a la reclusa que seguía esperando con la vista fija en el patíbulo.
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