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LIBRO
PRIMERO I Hace
hoy(1) trescientos cuarenta y ocho años, seis meses y
diecinueve días que los parisinos se despertaron al ruido
de todas las campanas repicando a todo repicar en el triple
recinto de la Cité, de la Universidad y de la Ville. De
aquel 6 de enero de 1482 la historia no ha guardado ningún
recuerdo. Nada destacable en aquel acontecimiento que desde
muy temprano hizo voltear las campanas y que puso en
movimiento a los burgueses de París; no se trataba de ningún
ataque de borgoñeses o picardos, ni de ninguna reliquia
paseada en procesión; tampoco de una manifestación de
estudiantes en la Viña de Laas ni de la repentina presencia
de Nuestro muy temido y respetado señor, el Rey, ni
siquiera de una atractiva ejecución publica, en el patíbulo,
de un grupo de ladrones o ladronas por la justicia de París.
No lo motivaba tampoco la aparición, tan familiar en el París
del siglo XV, de ninguna atractiva y exótica embajada, pues
hacía apenas dos días que la última de estas cabalgatas,
precisamente la de la embajada flamenca, había tenido lugar
para concertar el matrimonio entre el Delfín y Margarita de
Flandes, con gran enojo, por cierto, de monseñor el
Cardenal de Borbón que, para complacer al rey, hubo de
fingir agrado ante todo el rústico gentío de burgomaestres
flamencos y hubo de obsequiarles en su palacio de Borbón
con una atractiva representación y una entretenida farsa,
mientras una fuerte lluvia inundaba y deterioraba las magníficas
tapicerías colocadas a la entrada para la recepción de la
embajada. 1. Nota de Víctor Hugo: «He escrito las tres o cuatro primeras páginas
de Nuestra Señora de París el 25 de julio de 1830. La
revolución de julio me interrumpió. Después vino al mundo
mi querida pequeña Adela (¡bendita sea!) y continúo
escribiendo Nuestra Señora de París el primero de
septiembre; la obra se terminó el 15 de enero de 1831.»
Adela nació el segundo día de la revolución. Lo
que aquel 6 de enero animaba de tal forma al pueblo de París,
como dice el cronista Jehan de Troyes, era la coincidencia
de la doble celebración, ya de tiempos inmemoriales, del día
de Reyes y la fiesta de los locos. Ese
día había de encenderse una gran hoguera en la plaza de
Grévez,
plantar el mayo en el cementerio de la capilla de Braque y
representar un misterio en el palacio de justicia. La
víspera, al son de trompetas y tambores, criados del
preboste de París, ataviados de hermosas sobrevestas de
camelote color violeta, y con grandes cruces blancas
bordadas en el pecho, habían ya hecho el pregón por las
plazas y calles de la villa y una gran muchedumbre de
burgueses y de burguesas acudía de todas partes, desde
horas bien tempranas, hacia alguno de estos tres lugares
mencionados, escogiendo según sus gustos la fogata, el mayo
o la representación del misterio. Conviene precisar, como
elogio al tradicional buen juicio de los curiosos de París,
que la mayoría de la gente tomaba partido por la hoguera, lo que era muy propio dada la época del año o por el
misterio que por ser representado en la gran sala del
palacio, cubierta y bien cerrada, se encontraba al abrigo y
que la mayor parte dejaba de lado al pobre «mayo» mal
florido, temblando de frío y solito bajo el cielo de enero
en el cementerio de la capilla de Braque.
La
afluencia de gente se concentraba sobre todo en las avenidas
del Palacio de justicia pues se sabía que los embajadores
flamencos, llegados dos días antes, iban a asistir a la
representación del misterio y a la elección del papa de
los locos que se iba a realizar precisamente en aquella
misma sala. No
era nada fácil aquel día poder entrar en la Gran Sala,
famosa ya por ser considerada la sala cubierta más grande
del mundo (si bien es cierto que Sauval no había aún
medido la gran sala del palacio de Montargis). La
plaza del palacio, abarrotada de gente, ofrecía a los
curiosos que se encontraban asomados a las ventanas, la
impresión de un mar, en donde cinco o seis calles, como si
de otras tantas desembocaduras de ríos se tratara, vertían
de continuo nuevas oleadas de cabezas. Las oleadas de tal
gentío, acrecentadas a cada instante, chocaban contra las
esquinas de las casas, que surgían, como si de promontorios
se tratara, en la configuración irregular de la plaza. En
el centro de la alta fachada gótica del palacio, la gran
escalinata utilizada sin cesar por un flujo ascendente y
descendente de personas, interrumpido momentáneamente en el
rellano, se expandía en oleadas hacia las dos rampas
laterales. Pues bien, esa escalinata vertía gente
incesantemente hacia la plaza como una cascada sus aguas en
un lago. Los
gritos, las risas, el bullicio de la muchedumbre, producían
un inmenso ruido y un clamor incesante. De vez en cuando el
bullicio y el clamor se acrecentaban y el continuo trasiego
de la multitud hacia la escalera provocaba avalanchas
motivadas tanto por los empujones de algún arquero, al
abrirse camino, como por el cocear del caballo de algún
sargento del preboste enviado al lugar para restablecer
orden; tradición admirable esta que los prebostes han
dejado a los condestables, éstos a su vez a los mariscales
y así hasta los gendarmes de nuestros días. Ante
las puertas, en las ventanas, por las luceras o sobre los
tejados, pululaban millares de rostros burgueses, tranquilos
y honrados que contemplaban el palacio observando el gentío
y contentándose sólo con eso; la verdad es que existe
mucha gente en París que se satisface con el espectáculo
de ser espectadores, pues a veces ya es suficiente
entretenimiento el contemplar una maravilla tras la cual
suceden cosas. Si
nos fuera permitido a nosotros, hombres de 1830, mezclarnos
con el pensamiento a estos parisinos del siglo Xv, y
penetrar con ellos, zarandeados y empujados en aquella
enorme sala del palacio, tan estrecha aquel 6 de enero de
1482, no habría dejado de ser interesante y encantador el
espectáculo de vernos rodeados de cosas que, por ser tan
antiguas, las hubiéramos considerado como nuevas. Si
el lector nos lo permite, vamos a intentar evocar con el
pensamiento la impresión que habría experimentado al
franquear con nosotros el umbral de aquella enorme sala y
verse rodeado por una turba vestida con jubón, sobrevesta y
cota... En
primer lugar zumbidos de orejas y deslumbramiento en los
ojos. Por encima de nuestras cabezas una doble bóveda
ojival artesonada con esculturas de madera pintada en azul y
con flores de lis doradas y bajo nuestros pies un pavimento
de mármol alternando losas blancas y negras. A nuestro lado
un enorme pilar y luego otro y otros más, hasta siete
pilares en la extensión de aquella enorme sala sosteniendo
en la mitad de su anchura los arranques de la doble bóveda
y, en torno a los cuatro primeros pilares, tiendas de
comerciantes deslumbrantes de vidrios y de oropeles y, en
torno a las tres últimas, bancos de madera de roble,
gastados ya y pulidos por las calzas de los pleiteantes y
las togas de los abogados. Rodeando
la sala y a lo largo de sus muros entre las puertas, entre
los ventanales, entre los pilares, la fila interminable de
las estatuas de todos los reyes de Francia, desde Faramundo:
los reyes holgazanes con los brazos caídos y los ojos
bajos; los reyes valerosos y batalladores con sus manos y
sus cabezas orgullosamente dirigidas al cielo. Además,
en las altas ventanas ojivales, vitrales de mil colores y en
los amplios accesos a la sala, riquísimas puertas
delicadamente talladas y en conjunto, bóvedas, pilares,
muros, chambranas, artesonados, puertas, estatuas, todo
recubierto de arriba a abajo por una espléndida pintura
azul y oro que, un poco descolorida en la época en que la
vemos, había casi desaparecido bajo el polvo y las telarañas
en el año de gracia de 1549 en que Du Breul la admiraba
todavía. Imaginemos
ahora esa inmensa sala oblonga, iluminada por la claridad
tenue de un día de enero, invadida por un gentío
abigarrado
y bullicioso deambulando a lo largo de los muros y girando
en torno a sus siete pilares y obtendremos así una idea, un
tanto confusa aún, del conjunto del cuadro cuyos detalles más
curiosos vamos a intentar resaltar. Es
claro que si Ravaillac no hubiera asesinado a Enrique IV, no
habría habido pruebas del proceso Ravaillac depositadas en
la escribanía del Palacio de justicia, ni tampoco cómplices
interesados en su desaparición, ni incendiarios obligados,
a falta de algo mejor, a pegar fuego a la escribanía para
hacerlas desaparecer ni a incendiar el Palacio de justicia
para hacer desaparecer la escribanía y en fin, en buena
lógica tampoco se habría producido el incendio de 1618 y
el viejo palacio permanecería aún en pie con su inmensa
sala y podría yo decir al lector: «Id a verla» y así
unos y otros evitaríamos: yo hacerla y él leer una
descripción quizás no muy buena. Todo esto viene a probar
que los grandes acontecimientos tienen consecuencias
incalculables. También
es cierto en primer lugar que Ravaillac no tenía cómplices
y en segundo lugar que sus cómplices, de haberlos tenido,
claro, no habrían estado implicados en el incendio de 1618.
Existen otras dos explicaciones muy plausibles. La primera,
la gran estrella en llamas de un pie de ancha y de un codo
de alta que, como todo el mundo sabe, cayó del cielo sobre el palacio el siete de marzo pasada la media noche; en
segundo lugar, está la cuarteta de Theophile: «Certes, ce
fut un triste jeu, / Quand à Paris dame justice, / Pour
avoir mangé trop d'epice, / se mit tout le palais en feu»
(*). (*).
Sin duda fue un triste juego, / Cuando en París la Señora
justicia, Por haber comido demasiadas especias, / Puso fuego
a todo su palacio. Se
piense lo que se piense de esta triple explicación política,
física o poética del incendio del Palacio de justicia en
1618, lo cierto es que desgraciadamente éste se produjo. Hoy,
a causa de esta catástrofe, queda muy poco del palacio,
gracias también a las sucesivas restauraciones que se han
realizado y que han acabado con lo que el fuego había
respetado. Queda muy poca cosa ya de la que fue primera
residencia de los reyes de Francia, muy poca cosa de este
palacio, hermano mayor del Louvre, de este palacio en el que
en tiempos de Felipe el Hermoso buscaban los restos de las
magníficas construcciones realizadas por el rey Roberto y
descritas por Hergaldo. Casi todo ha desaparecido. ¿Qué se
ha hecho del salón de la Cancillería en el que el rey San
Luis «consumó su matrimonio»? ¿Y del jardín en donde él
mismo administraba justicia «revestido de una cota. de
camelote, con una sobrevesta de Tiritaña, sin mangas, y con
una túnica de sándalo negro sobre los hombros, echado en
un hermoso tapiz y con Joinville al lado»? ¿Dónde está
la cámara del Emperador Segismundo? ¿Y la de Carlos IV? ¿Y
la de Juan sin Tierra? ¿Dónde aquella escalinata desde la
que Carlos VI promulgó su edicto de gracia? ¿Y la losa en
la que Marcel degolló, en presencia del Delfín, a Robert
de Clermont y al mariscal de Champagne? ¿Y la portilla
donde fueron rotas las bulas del antipapa Benedicto y por
donde se marcharon los que las habían traído, castrados y
encapirotados, con mofas y cantando la palinodia por todo
París? ¿Y la gran sala con sus dorados, sus azules, sus
ojivas, sus estatuas y pilares y su bóveda inmensa toda
esculpida? ¿Y la cámara dorada? ¿Y el león de piedra que
había en la entrada con la cabeza baja y la cola entre las
piernas, como los leones del trono de Salomón en actitud
sumisa como cuadra a la fuerza cuando se encuentra ante la
justicia? ¿Y las hermosas puertas? ¿Y los bellísimos
vitrales? ¿Y los herrajes cincelados que provocaban la
envidia de Biscornette? ¿Y las delicadas obras de ebanistería
de Du Hancy?... ¿Qué han hecho el tiempo y los hombres de
tales maravillas? ¿Qué hemos recibido por todo eso, por
toda esta historia gala, por todo este arte gótico? Por
lo que al arte se refiere, las pesadas cimbras rebajadas de
M. de Brosse, este torpe arquitecto del pórtico de Gervais
y, en cuanto a la historia, los recuerdos parlanchines del
gran pilar en donde aún resuenan los comadreos de los Patru. No
es mucho, la verdad, pero volvamos a la auténtica gran sala
del verdadero y viejo palacio. Las
dos extremidades de este gigantesco paralelogramo estaban
ocupadas, una por la famosa mesa de mármol, tan larga, tan
ancha, tan gruesa como jamás se vio -dicen los viejos
pergaminos en un estilo que hubiera provocado el apetito de
Gargantúa-, (semejante loncha de mármol en el mundo), otra
por la capilla en donde Luis XI se había hecho esculpir de
rodillas ante la Virgen y a donde había hecho llevar sin
preocuparle un ápice los dos nichos vacíos que dejaba en
la fila de las estatuas reales, las de Carlomagno y San
Luis, dos santos a los que suponía él gran influencia en
el cielo por haber sido reyes de Francia. La
capilla aún nueva, construida hace apenas seis años, tenía
ese gusto encantador de arquitectura delicada, de escultura
admirable, finamente cincelada, que define en Francia el fin
del gótico y continúa hasta mediados del siglo XV1 en esas
fantasías esplendorosas del Renacimiento. El pequeño rosetón
abierto sobre el pórtico era una obra maestra de delicadeza
y de gracia, habríase dicho una estrella de encaje. En
el centro de la sala frente a la puerta, se alzaba un
estrado de brocado de oro, adosado al muro, en donde se había
abierto un acceso privado mediante una ventana al pasillo de
la cámara dorada para la legación flamenca y los demás
invitados de relieve a la representación del Misterio. En
esa mesa de mármol, según la tradición, debía
representarse el misterio y a cal fin había sido ya
preparada desde la mañana. La rica plancha de mármol muy
rayada ya por las pisadas, sostenía una especie de tablado
bastante alto, cuya superficie superior, bien visible desde
toda la sala, debía servir de escenario y cuyo interior,
disimulado por unos tapices, serviría de vestuario a los
diferentes personajes en la obra. Una escalera, colocada sin
disimulo por fuera, comunicaría el escenario y el vestuario
y sus peldaños asegurarían la entrada y salida de los
actores. No había personaje alguno, ni peripecia, ni golpe
de teatro que no necesitara servirse de aquella escalera ¡inocente
y adorable infancia del arte y de la tramoya! Cuatro
agentes del bailío del palacio, guardianes forzosos de
todos los placeres del pueblo, tanto en los días de fiesta
como en los días de ejecución, permanecían de pie en cada
una de las cuatro esquinas de la mesa de mármol. La
representación tenía que comenzar tras la última
campanada de las doce del mediodía en el gran reloj del
palacio. No era muy pronto precisamente para una
representación teatral, pero había sido preciso acomodarse
al horario de los embajadores flamencos. Ocurría,
sin embargo, que todo aquel gentío estaba allí desde muy
temprano y no pocos de aquellos curiosos temblaban de frío
desde el amanecer ante la gran escalinata del palacio. Los
había incluso que afirmaban haber pasado la noche a la
intemperie, tumbados ante el gran portón, para tener la
seguridad de entrar los primeros. La muchedumbre crecía por
momentos y, como el agua que rebasa el nivel, empezaba a
trepar por los muros, a agolparse en torno a los pilares, a
amontonarse en las cornisas, en las balaustradas de los
ventanales y en todos los salientes y relieves de la
fachada. Por todo ello las molestias, la impaciencia, el
aburrimiento, la libertad de un día de cinismo y de locura,
las discusiones que surgían por un brazo demasiado
avanzado, un zapato demasiado apretado el cansancio de la
larga espera, daban ya, bastante antes de la hora de llegada
de los embajadores, un ambiente enconado y agrio al bullicio
de toda aquella gente encerrada, apiñada, empujada,
pisoteada y sofocada. No se oían más que quejas e
improperios contra los flamencos y el preboste de los
comerciantes, contra el cardenal de Borbón y el bailío de
palacio, contra Margarita de Austria, contra los
alguaciles, o contra el frío, el calor, o el mal tiempo, o
el obispo de París o contra el papa de los locos, las
pilastras las estatuas... contra una puerta cerrada o una
ventana abierta. Todo ello para gran diversión de bandas de
estudiantes o de lacayos que, diseminados entre la multitud,
se aprovechaban del malestar general para, con sus bromas,
provocar y aguijonear, por decirlo de alguna manera, aquel
mal humor general. Había
entre otros un grupo de estos alegres demonios que, después
de haber destrozado la cristalera de un ventanal, se había
sentado descaradamente en la repisa y desde allí lanzaban
sus miradas y sus burlas, tanto a los de adentro, como a los
de afuera. Por
sus gestos, sus risas estentóreas, por las llamadas
burlonas que se hacían de una a otra parte de la sala, se
deducía con facilidad que para aquellos estudiantes no
contaba el cansancio que invadía al resto de los asistentes
y que disfrutaban con el espectáculo que se producía ante
sus ojos esperando que aquello continuara. -¡Por
mi alma que vos sois Joanner Frollo de Molendino! -exclamó
uno de ellos dirigiéndose a una especie de diablejo rubio,
de buen ver y cara de pícaro, que se apoyaba en las hojas de
acanto de uno de los capiteles-. Vos sois el que llaman Juan
del Molino, por vuestros dos brazos y vuestras dos piernas
que se asemejan a las aspas movidas por el viento. ¿Desde
cuándo estáis ahí? -Por
todos los diablos -respondió Joanner Frollo-, más de
cuatro horas llevo ya y espero me sean descontadas de mi
tiempo en el purgatorio. Me he oído a los cuatro sochantres
del rey de Sicilia entonar el versículo primero de la misa
mayor de las siete en la Santa Capilla. -Son
magníficos -replicó el otro-, y su voz es más aguda aún
que sus bonetes. Antes de fundar una misa para San Juan, el
Rey debería haberse informado de si a San Juan le gusta el
latín cantado con acento provenzal. -¡Sólo
lo ha hecho para dar empleo a esos malditos chantres del Rey
de Sicilia! -exclamó secamente una vieja del gentío,
situada bajo el ventanal-. ¡No está mal! ¡Mil libras
parisinas por una misa!, ¡y por si fuera poco con cargo al
arrendamiento de la pesca de mar del mercado de París! -Calma,
señores -replicó un grave personaje, rechoncho que se
tapaba la nariz junto a la vendedora de pescado-, había que
fundar una misa, ¿no?, ¿o queréis que el rey vuelva a
enfermar? -Así
se habla, sire Gille Lecornu, maestro peletero y vestidor
del Rey -exclamó el estudiante desde el capitel. Una
carcajada de todos los estudiantes acogió el desafortunado
nombre del pobre peletero y vestidor real. -El
Cornudo ¡Gil Cornudo! -decían unos. -Cornutur
et hirsutut -replicaba otro. -Pues
claro -añadía el diablejo del capitel-, ¿de qué se ríen?
Es el honorable Gil Cornudo, hermano de maese Juan Cornudo,
preboste del palacio del Rey, a hijo de maese Mahiet Cornudo,
portero primero del Parque de Vincennes, burgueses todos de
París y todos casados de padres a hijos. La
algazara aumentaba y el obeso peletero del rey, sin decir
palabra, procuraba sustraerse a las miradas que le clavaban
de todos los lados, pero en vano sudaba y resoplaba pues,
como una cuña que se clava en la madera, todos sus
esfuerzos no servían sino para encajar su oronda cara roja
de ira y de despecho en los hombros de quienes le rodeaban.
Finalmente uno de ellos, gordo y bajo, y honrado como él,
salió en su ayuda: -¡Maldición!
¡Estudiantes hablando así a un burgués! En mis tiempos se
los habría azotado y con palos que luego habrían servido
para quemarlos. Al
oír esto, toda la banda se rió a carcajadas. -¡Hala!
¿Quién canta tan fino? ¿Quién es ese pájaro de mal agüero? -¡Toma!,
¡si yo le conozco!: es maese André Musnier. -¡Claro!,
como que es uno de los cuatro libreros jurados de la
Universidad!- dijo otro. -Todo
es cuádruple en esa tienda -añadió un tercero-: las
cuatro naciones, las cuatro facultades, las cuatro
fiestas, los cuatro procuradores, los cuatro electores, los
cuatro libreros. -Pues
habrá que armarles un follón de todos los demonios -dijo
Jean Frollo. -Musnier,
te quemaremos los libros. -Musnier,
apalearemos a tus lacayos. -Musnier,
nos meteremos con tu mujer, con la gorda de la señora
Oudarda que está tan fresca y alegre como si estuviera
viuda. -¡Que
el diablo os lleve! -masculló maese André Musnier. -Maese
Andrés- dijo Juan Frollo, colgado aún de su capitel-, o te
callas o me tiro encima. Entonces
maese Andrés levantó la vista como para medir la altura
del pilar y el peso del guasón, multiplicó su peso por el
cuadrado de la velocidad y se calló. Juan,
dueño ya del campo de batalla, dijo altaneramente: -Te
aseguro que lo haré aunque sea hermano de un archidiácono.
¡Vaya gentuza nuestros señores de la Universidad! ¡Ni
siquiera han sabido hacer respetar nuestros privilegios en
un día como el de hoy! Porque en la Ville tenemos hoy el
fuego y el mayo; misterio, papa de los locos y flamencos en
la Cité, y en la Universidad, nada. -¡Aunque
la plaza Maubert es lo suficientemente grande! -dijo uno de
los estudiantes que estaban sentados en la repisa de la
ventana. -¡Abajo
el rector, los electores y los procuradores! -gritó Juan. -Habrá
que hacer otra fogata esta tarde en el Champ-Gaillard, con
todos los libros de maese Andrés -replicó el otro. -¡Y
con los pupitres de los escribas! -¡Y
con las varas de los bedeles! -¡Y
con las escupideras de los decanos! -¡Y
con las arcas de los electores! -¡Y
con los escabeles del rector! -¡Fuera!
-replicó, zumbón, el pequeño Juan-, fuera maese Andrés,
bedeles y escribas. ¡Fuera
teólogos, médicos y decretistas! ¡Fuera los procuradores,
fuera los lectores, fuera el rector! -¡Es
el fin del mundo! -murmuró maese Andrés, tapándose los oídos. -A
propósito, ¡mirad, el rector! ¡Miradle ahí, en la plaza!
-gritó uno de los de la ventana y todos se volvieron a
mirar hacia la plaza. -¿Es
de verdad nuestro venerable rector, maese Thibaut? -preguntó
Juan Frollo del Molino, que no podía ver lo que ocurría en
la plaza, por estar asido a uno de los pilares interiores. -Sí,
sí -respondieron los otros-; seguro que es él, el rector. En
efecto, en aquel momento el rector y todos los
representantes de la Universidad se dirigían en grupo hacia
la embajada y estaban cruzando la plaza del palacio. Los
estudiantes, apiñados en la ventana, les saludaron al pasar
con mofas y aplausos irónicos. El rector, que encabezaba la
comitiva, recibió la primera andanada, que no fue pequeña. -¡Buenos
días, señor rector!; ¡hola a los buenos días! -¿Cómo
así por aquí, jugador empedernido? ¿Así que habéis
dejado vuestra partida de dados? -¡Mira
cómo trota en su mula! ¡Pero si sus orejas son más
grandes que las de ella! -¡Hola,
hola! ¡A los buenos días, señor rector Thibaut! -¡Tybalde
aleator!; ¡jugador, viejo imbécil! -¡Que
dios os guarde! ¿Os han salido seis dobles esta noche? -¡Mírale!
¡Mira qué cara arrugada y pastosa de tanto jugar a los
dados! -¿A
dónde vais así Tybalde ad dados, de espalda a la
Universidad, trotando hacia la Ville? -Seguro
que va a buscar su tugurio de la calle Thibautodé
-exclamó Juan del Molino. Toda
la banda acogió la rechifla con voz de trueno y aplausos
furiosos. -Vais
a buscar vuestro tugurio de la calle Thibautodé, ¿no es así,
señor rector, jugador del demonio? Después
les tocó a los demás dignatarios. -¡Fuera
los bedeles! ¡Fuera los maceros! -Eh,
oye, Robin Poussepain, ¿quién es ese tipo? -¡Pero
si es Gilbert de Sully, Gilbertus Soliaco, el canciller del
colegio de Autun. -Eh,
tú que estás mejor situado que yo, toma mi zapato y tíraselo
a la cara. -Saturnalitias
mittimut ecce nucets. -¡Mueran
los seis teólogos con sus sobrepellizas blancas! -Ah,
¿pero son los teólogos?; creí que eran las seis ocas
blancas que Santa Genoveva regaló a la Ville por el feudo
de Roogny. -¡Fuera
los médicos! -¡Fuera
diputados y cardenales! -¡Ahí
va mi birrete, canciller de Santa Genoveva! ¡Me hicisteis
una faena! ¡Os digo -¡Es
una injusticia! -gritaron los demás estudiantes-. ¡Fuera
el Canciller de Santa -Eh,
eh, ¡Fijaos! Es Maese Joaquin de Ladehors. -¡Anda!
y Luis Dahuille y Lamberto Hoctement. -¡Que
el diablo se lleve al procurador de la nación alemana! -¡Y
a los capellanes de la Santa Capilla con sus mucetas grises!
¡Cum
tunicis grisis! -¡Seu
de pellibus grisis funatis! -¡Mira
los maestros en artes! ¡Bonitas capas negras! ¡Qué
bonitas capas rojas! -¡Mira!,
¡Parecen la cola del rector! Se diría que es un dux
veneciano ataviado para sus
bodas con el mar. -Eh,
Juan, mira: ¡Los canónigos de Santa Genoveva! -¡Al
diablo la canonjía! -Y
ahora el Abad Claud Choart. Doctor Claudio Choart, ¿buscáis
acaso a María -Paga
sus cuatro denarios; quatuor denarios. -Aut
unum bombum. -¿Queréis
que os lo haga gratis? -¡Compañeros!
maese Simon Sanguin, elector de la Picardía, con su mujer a
la grupa. -Port
equitem sedet altra cura. -¡Ánimo,
maese Simon! -¡Buenos
días señor elector! -¡Buenas
noches señora electora! -¡Qué
suerte tienen de verlo todo!-, suspiraba Joannes de
Molendino, agarrado aún a -Os
digo que éste es el fin del mundo, jamás se han visto
tales desmanes entre los -Yo
ya lo había observado en el aumento de ventas de terciopelo
-dijo el peletero. Justo
entonces sonaron las doce. -¡Ah...!
-coreó la multitud al unísono. Los estudiantes se callaron
y se produjo luego Esperaron
todos uno, dos, tres, cinco minutos, un cuarto de hora y
nada; el estrado continuaba desierto y el escenario vacío. A la impaciencia siguió la
cólera; se protestaba -¡El
misterio ya y al diablo los flamencos! -dijo a voz en grito
enroscándose al capitel -El
misterio -repitieron todos-; ¡al diablo con Flandes! -Queremos
el misterio inmediatamente -dijo el estudiante-, o a fe mía
que colgamos -¡Así
se habla! -exclamó la muchedumbre-, y empecemos por colgar
a los guardias-. Una
gran aclamación acogió estas palabras al tiempo que los cuatro
pobres diablos La
gente se abalanzó sobre ellos, y veían cómo la débil
balaustrada de madera que les La
situación era crítica. -¡A
ellos! ¡A ellos! -gritaban de todas partes. Justo en ese
momento la tapicería del -¡Silencio!
¡Silencio! El
personaje, nada tranquilo y temblando como una hoja, avanzó
hacia la mesa de mármol,
haciendo reverencias a diestro y siniestro, que parecían más
bien genuflexiones Ya
la calma se había restablecido un tanto y sólo se oía ese
ligero murmullo que surge Y
el personaje comenzó a hablar: -Señores
burgueses, señoritas burguesas: vamos a tener el honor de
declamar y Nada
menos que la intervención de Júpiter fue, pues, necesaria
para salvar a los Si
hubiéramos tenido la dicha de haber inventado esta historia
verídica y por
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