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II PIERRE
GRINGOIRE Sin
embargo, mientras hablaba, la satisfacción y la admiración
provocadas por su -¡Empezad
ahora mismo! ¡Queremos el misterio ahora mismo!
-gritaba el -Que
comience ahora mismo -chillaba el estudiante. -¡Fuera
Júpiter y el cardenal de Borbón! -vociferaban Robin
Poussepain y los otros estudiantes
encaramados en la ventana. -¡Que
empiece ya la comedia! -repetía el gentío-. ¡Ahora mismo!
¡Inmediatamente! ¡El
saco y la cuerda para los cómicos y el cardenal! El
pobre Júpiter, desconcertado, amedrentado, pálido de
terror bajo el maquillaje, Colgado
por el populacho si no empezaban o por el cardenal si lo hacían;
en cualquier caso
su conclusión era siempre la misma: una horca. Por
fortuna alguien vino a sacarle de aquella incertidumbre y a
asumir la responsabilidad
del momento. Un
individuo, que permanecía de pie del lado de acá de la
balaustrada, en un espacio El
recién llegado avanzó unos pasos: -¡Júpiter!
-le dijo-. ¡Mi querido Júpiter! El
comediante seguía sin enterarse. Entonces el hombre rubio,
impacientado ya, le -¡Miguel
Giborne! -¿Quién
me está llamando? -preguntó Júpiter sobresaltado, como
saliendo de un -Yo
-respondió el personaje de negro. -¡Ah!
-dijo Júpiter. -Comenzad
ahora mismo; complaced al público. Yo calmaré al bailío;
dejadlo de mi cuenta,
y él se encargará de tranquilizar al cardenal. Júpiter
pudo por fin respirar. -¡Señores
burgueses! -gritó con toda la fuerza de sus pulmones a la
multitud que -Evoe,
Jupiter; plaudite, cives(¡Bravo, Júpiter! Aplaudid,
ciudadanos.) -exclamaron -Aplaudid,
aplaudid -gritaba el pueblo. A esto siguió una salva de
aplausos atronadora Sin
embargo el desconocido personaje que tan mágicamente
acababa de trocar la tempestad
en bonanza, como dice nuestro viejo y querido Corneille, había
vuelto a la -Maestro
-dijo una de ellas haciéndole señas para que se acercara. -Callaos,
querida Lienarda -le dijo su compañera, una moza guapa,
lozana y muy endomingada-.
No es un letrado sino un seglar, así que no hay que
llamarle maestro sino -¡Eh,
micer! -dijo Lienarda. El
desconocido se acercó a la balaustrada. -¿Qué
se les ofrece, señoritas? -preguntó con cortesía. -¡Oh!,
nada, nada -dijo Lienarda un canto turbada-. Es que mi amiga
Gisquette la -¡Oh!,
no -prosiguió Gisquette ruborizada-. Es que Lienarda os ha
llamado maestro y Las
dos jóvenes bajaron la vista y el otro, interesado en
entablar conversación, las -Entonces,
¿no tenéis nada más que decirme, señoritas? -¡Oh,
no, no!, nada más -respondió Gisquette. -No,
no; nada más -añadió Lienarda. El
apuesto joven hizo ademán de retirarse, pero a las dos
curiosas no les seducía abandonar
la presa. -Micer
-dijo abiertamente Gisquette, con el ímpetu de una esclusa
que se abre o de -¿Os
referís al papel de Júpiter? -dijo el desconocido. -¡Claro,
claro! -dijo Lienarda-. ¡Mira que es tonta! Entonces, ¿conocéis
a Júpiter? -¿A
Miguel Giborne?, claro, señora. -¡Vaya
barba que lleva! -añadió Lienarda. -¿Va
a ser bonito lo que van a decir? -Muy
bonito -respondió sin dudarlo el desconocido. -¿Qué
va a ser? -preguntó Lienarda. -El
buen juicio de Nuestra Señora, la Virgen. Una obrita que os
gustará, señoritas y con
moraleja al final. -Entonces,
¿va a ser diferente? -siguió Lienarda. Se
hizo un breve silencio que rompió el desconocido. -Es
una obra totalmente nueva; sin estrenar aún. -Entonces
-continuó Gisquette- ¿no es la misma que dieron hace dos años,
cuando la -De
sirenas -completó Lienarda. -Y
salían desnudas del todo -añadió el joven. Lienarda
bajó púdicamente los ojos. Gisquette al verla hizo lo
mismo. El joven -Era
muy bonito y muy agradable a la vista; lo de hoy es un auto
moral, hecho -¿Se
cantarán serranillas? -preguntó Gisquette. -¡Ni
hablar! -respondió el desconocido. Es una obrita moral; no
hay que confundir los -Pues
es una pena -dijo Gisquette-; aquel día salían en la
fuente de Ponceau hombres -Lo
apropiado para un embajador -dijo secamente el desconocido-,
puede no serlo para
una princesa. -Y
cerca de ellos -interrumpió Lienarda-, y muy bajo, unos
cuantos instrumentos -Es
verdad, y para refrescar a los que pasaban -decía
Gisquette- la fuente manaba chorros
de vino, de leche y de hipocrás para que bebiera quien
quisiera -Y
un poco más abajo del Ponceau -añadió Lienarda-, en la
Trinidad se representaba una
pasión con personajes pero sin hablar. -¡Ah,
sí! Ya me acuerdo -dijo Gisquette-; Jesús crucificado con
los dos ladrones a su Entonces
las dos jóvenes, excitadas por el recuerdo de la llegada
del legado, -Y
antes, en la Porte-aux-Peintres, habíamos visto a mucha
gente toda muy bien -Y
en la fuente de San Inocencio, ¿te acuerdas del cazador
aquel que perseguía a una -Sí;
y también en la carnicería de París; acuérdate de todos
aquellos andamiajes que -Y
cuando pasaba el legado, ¿recuerdas, Gisquette?, dieron la
señal de ataque y -Y
también representaban algo junto a la puerta del Châtelet. -Y
en el Pont-au-Change, que estaba también preparado para
representaciones. -Y
cuando pasaba el legado dieron suelta en el puente a más de
doscientas docenas de -Pues
hoy será más bonito aún, logró decir su interlocutor que
ya estaba impacientado -¿Nos
prometéis que va a ser bonita la representación de hoy?
-preguntó Gisquette. -¡Seguro!
-respondió y añadió luego con cierto énfasis-: Señoritas,
yo soy el autor. -¿De
verdad? -exclamaron, asombradas, las dos jóvenes a la vez. -De
verdad -respondió el poeta pavoneándose un poco-; es
decir, lo hemos hecho entre
los dos; Juan Marchand que ha serrado las tablas, ha
construido el andamiaje y los Ni
el mismo autor del Cid habría dicho con tanto orgullo:
Pierre Corneille. Nuestros
lectores habrán podido darse cuenta del tiempo transcurrido
desde que Conviene
también señalar como cosa extraña que todo aquel gentío
que sólo unos minutos
antes se mostraba tan tumultuoso, ahora esperaba
pacientemente fiándose de las -¡Eh!
-exclamó, en medio de aquella apacible espera, que había
seguido al tumulto No
hizo falta más. Del
interior del tinglado empezó a sonar una música de instrumentos graves y Los
cuatro personajes fueron largamente aplaudidos y, en medio de un
silencio Las
túnicas más cortas indicaban claramente al espectador
atento el sexo masculino de
los que las llevaban así como su tocado que completaba la
alegoría, mientras que las Había
que carecer y muy mucho de imaginación para no llegar a
interpretar, ayudados por
la exposición poética del prólogo, que el trabajo estaba
casado con Mercancía a Todo
aquello era hermoso ciertamente. Pero
entre toda aquella gente a quienes las cuatro alegorías
vertían a porfía oleadas de metáforas,
no había oídos más atentos, ni corazón más dispuesto,
ni mirada más Los
generosos aplausos con que sé había acogido el comienzo de
su prólogo, le resonaban
aún en su interior y se encontraba totalmente absorto en
esa especie de Es
penoso decirlo, pero este primer éxtasis se vio muy pronto
turbado. Apenas si Gringoire
había acercado a sus labios esa copa embriagadora de
felicidad y de triunfo, Un
mendigo harapiento, a quien nadie daba limosna perdido entre
tanta gente y que no
se sentía satisfecho con lo robado, había decidido
encaramarse a algún lugar bien visible
para así atraer miradas y limosnas. Así
pues, se había subido, durante la recitación de los
primeros versos del prólogo, apoyándose
en el pilar del estrado, hasta la cornisa que bordeaba la
balaustrada en su Por
lo demás no decía ni una sola palabra. Como
permanecía en silencio, pudo leerse el prólogo sin ningún
inconveniente y -¡Caramba!
¡Mira ese canijo tullido a donde se ha subido para pedir
limosna! Quien
haya lanzado una piedra a una charca llena de ranas o haya
hecho un disparo en
medio de una bandada de pájaros puede hacerse una idea del
efecto que aquellas Gringoire
se estremeció como sacudido por una descarga eléctrica. El
prólogo se -¡Una
caridad por el amor de Dios! -¡Que
el diablo me lleve! -exclamó Joannes, ¡pero si es Clopin
Trouillefou! Qué, Y
al decir esto lanzó con la habilidad de un mono un ochavo
en el mugriento -¡Una
caridad por el amor de Dios! Este
episodio había distraído enormemente al auditorio y un
buen número de Gringoire
estaba indignadísimo y, una vez rehecho de su estupor, se
desgañitaba gritando
casi a los cuatro actores en escena: -¡Seguid,
demonios, seguid!- sin dignarse echar siquiera una mirada de
desdén a aquellos
provocadores. En
aquel instante sintió que alguien le tiraba de la capa; se
volvió un tanto -Señor,
¿van a continuar con la representación? -¡Claro!
-respondió Gringoire, extrañado por cal pregunta. -Entonces,
micer, tendríais la gentileza de explicarme... -¿Lo
que van a decir? -le interrumpió Gringoire-. Pues sí;
escuchadlos... -No,
no -dijo Gisquette-; lo que han dicho hasta ahora. Gringoire
dio un respingo como alguien a quien le hurgan en una
herida. -¡Lo
que hay que oír! Niña tonta y obtusa-, masculló entre
dientes. Desde
entonces Gisquette dejó de interesarle lo más mínimo. Pero
los comediantes habían obedecido a las invectivas de
Gringoire, y el público, al Poco
a poco la tranquilidad fue completa pues el estudiante no
decía ya nada más y el Se
trataba en realidad de una pieza muy bonita que hoy mismo,
con algún arreglo, podría
representarse y con éxito. La exposición, un poco larga
quizás y un canto hueca, Así,
pues, el mencionado delfín era joven, apuesto, gallardo y
sobre todo -origen Confieso
que esta atrevida metáfora es magnífica y que la historia
natural del teatro, en
un día de alegrías y de epitalamios regios, no tiene por
qué rechazar que un delfín Pero
para que no todo sean alabanzas hay que decir que el poeta
debería haber desarrollado
su original idea en algo menos de los doscientos versos que
empleó, aunque De
pronto, en medio de una discusión entre la señorita
Mercancía y doña Nobleza, «Onc
ne vis daps les bois béte plus triomphante» (Jamás se vio
en los bosques bestia más
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