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LIBRO UNDÉCIMO Al principio, cuando los truhanes asaltaron la iglesia, la Esmeralda dormía, pero más tarde los ruidos en torno al edificio iban aumentando y entre eso y los balidos cada vez más inquietos de la cabra, que se había despertado antes que ella, la sacaron de su sueño. Incorporada en la cama había escuchado primero y mirado a su alrededor después, asustada por el resplandor y el ruido, salió de la celda para intentar ver qué estaba ocurriendo. El aspecto de la plaza, el espectáculo que allí tenía lugar, el desorden de aquel asalto nocturno, aquel gentío repulsivo, moviéndose come una invasión de ranas, adivinada apenas entre las sombras, aquella mezcla de voces roncas de la multitud, las antorchas encendidas cruzándose entre las sombras como fuegos fatuos sobre terrenos pantanosos y brumosos; coda aquella escena le produjo el efecto de una misteriosa batalla librada entre los fantasmas de un aquelarre y los monstruos de piedra de la catedral. Imbuida desde la infancia en supersticiones de la tribu gitana, su primer pensamiento fue el de haber sorprendido en algún maleficio a los extraños espíritus que pueblan la noche y corrió aterrada a esconderse en su celda, pidiendo a su imaginación pesadillas menos horribles. Pero poco a poco se fueron disipando aquellos primeros vapores del
miedo. Ante los ruidos que aumentaban sin cesar y ante otros signos reales, había comprendido que se hallaba sitiada no por espectros
sino por seres humanos y su miedo no aumentó sino que se transformó.
Pensó incluso en la posibilidad de un motín popular para arrancarla de su asilo. La idea de llegar a perder nuevamente la vida, la
esperanza, Febo -al que entreveía siempre en su futuro-, la nada
profunda de su propia debilidad, la imposibilidad de una huida, la carencia de ayuda, su abandono, su
total aislamiento..., todos estos pensamientos y mil más la habían
asaltado. Y en medio de aquella angustia oye pasos próximos a ella; se vuelve y ve que dos hombres que llevan un farol acaban de entrar en la celda. La Esmeralda lanzó un débil grito. -No temáis; soy yo -dijo una voz que no le resultaba desconocida. -¿Quién sois vos? -preguntó ella. -Pierre Gringoire. Aquel nombre la tranquilizó; abrió los ojos y efectivamente reconoció al poeta. Había también junto a él una figura negra, cubierta de pies a cabeza que la hizo enmudecer. -¡Ah! --prosiguió Gringoire con un cierto tono de reproche-. Djali me ha reconocido antes que vos. En efecto, la cabritilla no había esperado a que Gringoire se identificara y nada más entrar se frotaba tiernamente entre sus piernas, abrumando al poeta de caricias y de pelos blancos pues estaba pelechando. Gringoire le devolvió las caricias. -¿Quién está con vos? -le preguntó la gitana en voz baja. -Tranquilizaos -respondió Gringoire-, es un amigo. Entonces el filósofo, dejando el farol en el suelo, se agachó y empezó a gritar con gran contento, apretando a Djali entre sus brazos. -¡Oh! ¡Qué animalito tan gracioso! Es más interesante por su limpieza que por su altura, sin duda, pero ingenioso sutil y más culto que un gramático. Vamos a ver, Djali ¿has olvidado alguno de tus trucos? ¿Cómo hace maese Jacques Charmolue?... El hombre de negro no le dejó acabar. Se acercó a Gringoire y le empujó con rudeza por los hombres. Gringoire se levantó. -Es verdad; me olvidaba de las prisas que tenemos. Pero eso, maestro, no es ninguna razón para empujar así a la gente. -Mi querida y hermosa niña, vuestra vida está en peligro y la de Djali también. Somos vuestros amigos y venimos a salvaros. Seguidnos. -Es verdad -exclamó la gitana consternada. -Sí; es verdad, venid pronto. -Os seguiré -respondió-. Pero, ¿por qué no habla vuestro amigo? -¡Ah! Es que su padre y su madre eran gente muy rara y le formaron un Tuvo que contentarse con aquella explicación porque su compañero la tomó por la mano, cogió el farol y echó a andar. El miedo aturdía a la joven que se dejó llevar. La cabra les seguía, retozona tan contenta por haber encontrado a Gringoire, que le obligaba a tropezar a cada paso, al meterle los cuernos entre las piernas. -Así es la vida -decía el filósofo cada vez que estaba a punto de caer-; con frecuencia son nuestros mejores amigos los que nos hacen caer. Bajaron rápidamente la escalera de las torres y atravesaron la iglesia en medio de la oscuridad. Estaba vacía pero llena a la vez de ruido lo que suponía un gran contraste. Por fin salieron al patio del claustro por la Puerta Roja. El claustro se encontraba solitario, pues los canónigos habían huido al obispado para rezar en común; también el patio estaba vacío y podían descubrirse, acurrucados en los rincones más oscuros, algunos lacayos, aterrados por el estrépito. Se dirigieron a la portezuela que comunicaba el patio con el Terrain; el hombre de negro la abrió con una llave que llevaba consigo. Los lectores ya conocen que el Terrain es una lengua de tierra, rodeada de muros por el lado de la ciudad, perteneciente al capítulo de Nuestra Señora y que remataba la isla hacia el oriente por detrás de la catedral. Aquel recinto estaba también solitario y el tumulto y el ruido eran allí mucho menores. El estrépito del asalto de los truhanes les llegaba más tamizado, menos chillón. El viento húmedo provocado por el río removía las hojas del único árbol plantado a la punta del Terrain con un rumor ya perceptible. Pero aún se encontraban muy cerca del peligro. Los edificios más próximos eran el obispado y la iglesia. En el interior del obispado se apreciaba claramente un gran desorden; su mole tenebrosa estaba surcada por luces que corrían de una ventana a otra, como cuando se quema un papel y queda un sombrío resto de ceniza en el que aparecen mil puntos de luz. Al lado, las enormes torres de Nuestra Señora, vistas por detrás, con la larga nave sobre la que se yerguen, recortadas en negro sobre el rojo y enorme resplandor que llenaba el Parvis, semejaban dos gigantescos atizadores para una chimenea de cíclopes. El hombre del farol se fue hacia la punta del Terrain. Había allí, al borde del río, los restos carcomidos de unas estacas, unidas con listones, por los que trepaba una parra cuyas débiles ramas semejaban los dedos extendidos de una mano abierta; detrás, entre la oscuridad de aquel emparrado, estaba oculta una pequeña barca. El hombre hizo señas a Gringoire y a su compañera para que entraran. La cabra les siguió. El hombre entró el ultimo. Luego soltó las amarras de la barca, la alejó de la orilla con un largo bichero y cogiendo dos remos se sentó en la proa y empezó a remar con fuerza hacia el centro del río. El Sena es muy rápido en ese lugar y le costó bastante alejarse de la punta de la isla. Lo primero que hizo Gringoire, cuando estuvo en la barca, fue poner a la cabra en sus rodillas. Se sentó en la popa y la muchacha, a quien el desconocido inspiraba una inquietud difícil de definir, se sentó a su lado apretándose contra el poeta. Cuando nuestro filósofo vio que la barca se movía, se frotó las manos y besó a Djali entre los cuernos. -¡Oh! -dijo contento-. ¡Ya estamos salvados los cuatro! -y añadió poniendo cara de profunda reflexión-. El éxito de las grandes empresas se debe a veces a la fortuna y a veces a la astucia. La lancha bogaba lentamente hacia la orilla derecha. La muchacha seguía observando con un terror secreto al desconocido que, por otra parte, había tapado cuidadosamente la luz de la linterna sorda. En aquella oscuridad se le distinguía en la proa como a un espectro. Su capucha, siempre echada, le servía como de máscara y a cada vez que, para remar, entreabría sus brazos de los que colgaban unas anchísimas mangas negras, se habría dicho que eran como dos alas de murciélago. Además no había pronunciado una sola palabra y casi ni había respirado. No se producía en la lancha más ruido que el vaivén de los remos y el roce de los mil pliegues del agua a lo largo de toda la barca. -¡Por mi alma -gritó de pronto Gringoire- estamos alegres y gozosos como ascalafos. ¡Estamos más callados que los pitagóricos o los peces! ¡Vive Dios, amigos que me gustaría que alguien me hablara! La voz es como música para el oído humano y no soy yo el que lo dice sino Dídimo de Alejandría y es, si duda, una afirmación ilustre pues ciertamente no puede decirse que Dídimo de Alejandría sea un filósofo mediocre. Una sola palabra, hermosa niña, decidme, os lo suplico, una sola palabra. A propósito; antes teníais una simpática mueca muy original, ¿seguís haciéndola? ¿Sabíais, querida amiga, que el parlamento tiene jurisdicción sobre los lugares de asilo y que corríais un gran peligro en vuestro escondite de Nuestra Señora? ¡Ay! ¡Diminuto troquílido que haces tu nido en las fauces del cocodrilo! ¡Maestro, ahí la tenemos; otra vez sale la luna! ¡Ojalá no nos vean! Hacemos algo digno de elogio salvando a la joven y sin embargo nos
colgarían por orden del rey si nos cogieran. ¡Ay! ¡Todos los actos humanos tienen dos
caras! Se condena en mí lo que en ti se alaba. Quien admira al César censura a
Catilina. ¿No es así, querido maestro? ¿Qué os parece esta filosofía? Yo poseo la filosofía del
instinto, la natural, ut apes geometriam. ¡Bueno! ¿nadie responde? ¡Pues vaya humor
el vuestro! Está visto que tendré que hablar yo solo. Es lo
que, en las tragedias, llamamos El hombre de negro dejaba hablar al poeta charlatán y seguía luchando contra la corriente fuerte y violenta que separa la popa de la Cité de la proa de la isla de Nuestra Señora, que hoy llamamos isla de San Luis. -¡A propósito, maestro! -dijo súbitamente Gringoire-.Cuando llegábamos al Parvis, en medio de todos aquellos furiosos truhanes, ¿se fijó vuestra reverencia en el pobre diablo al que vuestro sordo estaba machacando la cabeza contra la rampa de la galería de los reyes? No tengo buena vista y no pude reconocerle. ¿Sabéis vos quién podía ser? El desconocido no respondió una sola palabra pero dejó bruscamente de remar y sus brazos desfallecieron como si se hubieran roto y su cabeza le cayó sobre el pecho. La Esmeralda oyó entonces cómo suspiraba convulsivamente y se estremeció a su vez. ¡Ya había oído en alguna ocasión aquella forma de suspirar! La barca, abandonada a sí misma, derivó algunos instantes a favor de la corriente pero el hombre de negro se rehizo en seguida, tomó de nuevo los remos y volvió otra vez a remontar río arriba. Dobló la isla de Nuestra Señora y se dirigió hacia el embarcadero del Port-au-Foin. -¡Eh, fijaos!, allá se ve la mansión Barbeau. Maestro, ¿veis ese grupo de tejados negros que forman esos ángulos tan raros, bajo aquellas nubes deshilachadas, negras y sucias? ¿Los veis allí donde la luna se aplasta y se extiende como la yema de un huevo roto? Allí es. Es una bonita mansión. Tiene una capilla con una pequeña bóveda llena de ricos adornos. Por encima se puede ver el campanario labrado con gran delicadeza y tiene además un jardín delicioso con un estanque y un palomar, un eco, una alameda, un laberinto, una casa de fieras y cantidad de caminos con árboles y mucha vegetación; muy agradable todo para el amor. Tiene sobre todo un hermoso árbol al que llaman el lujurioso, por haber cobijado los amores de una princesa famosa y de un condestable de Francia, galante y cultivado. ¡Pero... en fin! Nosotros, pobres filósofos, somos a un condestable lo que un huerto de coles y rábanos es a un jardín del Louvre; aunque..., después de todo... ¿Qué más da? la vida humana siempre está mezclada de bien y de mal, tanto para los grandes como para los humildes, y el dolor aparece siempre junto a la alegría, como el espondeo junto al dáctilo. Permitidme, maestro, que os cuente la historia de la mansión Barbeau. La verdad es que acaba de una manera trágica. Ocurrió en 1319, bajo el reinado de Felipe V, el más largo de todos los reyes de Francia. La moraleja de esta historia es que las tentaciones de la carne son siempre perniciosas y malignas. No debernos fijarnos demasiado en la mujer del prójimo por muy atraídos que nuestros sentidos puedan considerarse ante la belleza. La fornicación es un pensamiento muy libertino... y el adulterio es una curiosidad de la voluptuosidad de otro... ¡Eh!, parece que el ruido se hace más intenso por allá, ¿no? El tumulto se acrecentaba efectivamente alrededor de Nuestra Señora. Escucharon con atención y oyeron con claridad gritos de victoria. De pronto cientos de antorchas, que
hacían resplandecer los cascos de los soldados comenzaron a verse por todas las partes de
la catedral; por las torres, por las galerías, por los arbotantes. Daba la impresión de que
todas aquellas luminarias buscaban algo y muy pronto aquellos clamores lejanos llegaron -¡La gitana! ¡A por la bruja! ¡Muerte a la gitana! La desventurada dejó caer la cabeza sobre sus manos y el desconocido se puso a remar con más furia hacia la orilla. Nuestro filósofo, sin embargo, se había quedado pensativo. Sujetaba fuertemente a la cabra entre sus brazos al tiempo que se apartaba muy despacito de la gitana, que se apretaba cada vez más contra él, como si fuera el último refugio que le quedara. Gringoire se hallaba en una cruel perplejidad. Pensaba que también la cabra, según la legislación vigente, sería colgada, si se la cogiera, lo que no dejaría de ser una gran pena. ¡La pobre Djali! Pensaba que era demasiado el tener junto a él a dos condenados y que, en fin, su compañero se quedaría encantado de hacerse cargo de la gitana. En su pensamiento se libraba un violento combate, en el cual, como el Júpiter de la llíada, sopesaba alternativamente a la gitana y a la cabra. Miraba a la una y a la otra con ojos llorosos, diciéndose entre dientes. -Pero es que no puedo salvaros a las dos. Una sacudida les advirtió por fin que la lancha había atracado. En la Cité seguía
oyéndose el mismo griterío siniestro de antes. El desconocido se levantó, se acercó a la
gitana y quiso asirla del brazo para ayudarla a bajar, pero ella le rechazó al tiempo que se
agarraba de la manga de Gringoire. Éste, a su vez, ocupado con la cabra, casi la rechazó y
entonces ella saltó sola de la barca. Se encontraba tan confusa que no sabía ni
lo que estaba haciendo ni a dónde dirigirse. Durante un instante, se quedó sola mirando al agua. La pobre gitana se estremeció al verse sola con aquel hombre. Quiso hablar gritar, llamar a Gringoire, pero su lengua estaba inerte en su boca y no pudo salir de sus labios ningún sonido. De pronto sintió que el desconocido la cogió de la mano. Era una mano fría y fuerte. Sus dientes se entrechocaron y se quedó más pálida que el rayo de luna que la estaba iluminando. El hombre no dijo una palabra y tomó a grandes pasos el camino de la plaza de Grève, llevándola de la mano. Ella presintió entonces, aunque vagamente, que el destino es una fuerza irresistible. Carecía de fuerzas para oponerse y se dejó llevar. Su paso era muy ligero para seguir la marcha del hombre de negro. El muelle era, en aquel lugar, bastante empinado, pero ella habría dicho que iban cuesta abajo. Miró hacia todos los lados y no vio a nadie. El muelle estaba totalmente desierto. No se oía más ruido ni más ajetreo de hombres que por el lado de la Cité, tumultuosa y enrojecida. Sólo un brazo del Sena la separaba de ella y desde allí oía su nombre mezclado con gritos de muerte. El resto de París se extendía a su alrededor y no eran más que bloques enormes de sombra. Pero el desconocido seguía silencioso y avanzaba con rapidez. Ella no era capaz de reconocer ninguno de los lugares que atravesaban. Al pasar ante una ventana iluminada, hizo un esfuerzo, se irguió bruscamente y gritó: -¡Socorro! Alguien abrió la ventana y apareció en camisón, con una lámpara en la mano. Miró hacia el muelle, sorprendido, dijo algunas palabras que ella no logró oír y cerró. Era el último rayo de esperanza que se esfumaba. El hombre de negro no profirió una sola palabra, la sujetó de la mano con más fuerza,
y siguió andando con rapidez. Ella ya no opuso resistencia y le siguió. -¿Quién sois? ¿Quién sois? -pero él no respondía. Llegaron así, siguiendo siempre el camino del muelle, a una plaza bastante grande; era la Grève. Había un poco de luna y se podía distinguir, plantada en el centro, una especie de cruz negra. Era la horca. Entonces, al recordar todo aquello, supo en dónde estaba. El hombre se detuvo, se volvió hacia ella y levantó la capucha. -¡Oh! -exclamó petrificada la joven-, ¡sabía que era él! Era el sacerdote. Parecía su propio fantasma, aunque era una impresión producida por la luz de la luna. Es como si, bajo esta luz, sólo se vieran los espectros de las cosas. -Escucha -le dijo, y se estremeció la joven al sonido de aquella voz funesta que hacía ya mucho tiempo que no escuchaba. Siguió hablando con frases cortas y jadeantes que revelaban profundos temblores internos. -Escúcharne. Estamos aquí. Voy a hablarte. Esto es la Grève. Nos encontramos en una situación extrema. El destino nos entrega el uno al otro. Yo voy a decidir sobre tu vida y tú sobre mi alma. Estamos aquí de noche y en una plaza; sin más. Así que escúchame. Quería decirte... En primer lugar no me hables de tu Febo -mientras decía estas cosas, iba y venía, inquieto, como un hombre incapaz de permanecer tranquilo en un lugar, y la acercaba hacia él-. No me hables de él. ¿Me oyes? No sé lo que sería capaz de hacer si pronuncias ese nombre, pero seguro que sería algo terrible. Una vez dicho esto, como un cuerpo que encuentra su centro de gravedad, se quedó inmóvil pero a través de sus palabras se adivinaba aún una gran agitación. Su voz era cada vez más baja. -No vuelvas la cabeza y escúchame, pues se trata de algo muy serio. En primer lugar,
voy a contarte lo que ha ocurrido. Te juro que no es para tomarlo en broma. Pero, ¿qué es
lo que te estaba diciendo? ¡Recuérdamelo! ¡Ah, sí! Hay un decreto del parlamento por el
que se te entrega a la horca. Acabo de arrancarte de sus manos. Pero vienen
persiguiéndote, ¿los ves? -¡La gitana! ¿Dónde está? ¡Muerte a la gitana! -Te das cuenta de que te están buscando y que no miento. Yo te amo. No me digas nada. No abras la boca si es para decirme que me odias pues estoy decidido a no oírlo. Acabo de salvarte y estoy decidido a no oír cosas como ésa. Aún puedo salvarte del todo pues lo he preparado muy bien. De ti depende. Si tú quieres puedo hacerlo -se interrumpió violentamente-. No; no es eso lo que tienes que decirme -y acelerando el paso y haciéndola correr pues no la había soltado la mano, se fue derecho hacia el patíbulo y, señalándole con el dedo, le dijo fríamente-: Escoge entre los dos. Ella logró soltarse y cayó al pie del patíbulo, agarrándose a aquel apoyo fúnebre. Luego, volviendo a medias su hermosa cabeza, miró al cura por encima de sus hombros. Era como la imagen de la Virgen al pie de la Cruz. El cura seguía inmóvil, con el dedo señalando aún hacia la horca, conservando su gesto como una estatua. Por fin la egipcia respondió. -Me provoca menos horror que vos. Entonces él dejó caer lentamente su brazo y se quedó mirando al suelo con un -Si estas piedras pudieran hablar -murmuró-, tendrían que decir que están viendo a un hombre muy desgraciado. Y continuó hablando. La muchacha, arrodillada ante la horca y cubierta con su larga cabellera, le dejaba hablar sin interrumpirle. Lo hacía ahora con un acento quejumbroso y suave que contrastaba dolorosamente con la ruda altivez de sus rasgos. -Pero yo os amo. Os aseguro que es bien cierto. ¿Acaso no se manifiesta Ocultó su rostro entre las manos y la joven le oyó llorar. Fue la única vez. Así, de pie, sacudido por los sollozos, parecía más miserable y suplicante que de rodillas. Estuvo llorando así durante cierto tiempo. -¡Vaya! -prosiguió una vez pasadas las primeras lágrimas-. No encuentro palabras y sin embargo había pensado muy bien en lo que tenía que deciros. Ahora estoy temblando y me estremezco; me faltan las fuerzas en el momento preciso y siento como si algo superior nos envolviese y comienzo a balbucir. ¡Oh! Presiento que voy a derrumbarme si no tenéis compasión de mí y de vos. ¡No nos condenéis a los dos! ¡Si supierais cómo os amo! ¡Si supierais cómo es mi corazón! ¡Oh! ¡Qué deserción de todas las virtudes! ¡Qué abandono desesperado de mí mismo! Soy doctor y desprecio la ciencia; gentilhombre y mancillo mi apellido; sacerdote y convierto el misal en una almohada de lujuria. Escupo el rostro de mi Dios. ¡Y todo por ti, hechicera! ¡Para ser más digno de tu infierno! ¡Y tú no quieres a los condenados! Pero tengo que decírtelo todo. Hay algo que es más horrible... mucho más horrible. Al decir estas últimas palabras su rostro adquirió una expresión totalmente turbada. Se calló un instante y prosiguió con una voz fuerte, como hablándose a sí mismo. -Caín, ¿qué has hecho con tu hermano? Se hizo un silencio y prosiguió su monólogo. -¿Qué he hecho con él, señor? Lo recogí, lo he criado, lo he alimentado, lo he amado, lo he idolatrado incluso y lo he matado. Sí señor; acaban de aplastarle la cabeza delante de mí, contra las piedras de vuestra casa. Y todo ha sido por culpa mía, por culpa de esta mujer, por culpa de ella... Tenía una mirada hosca y su voz era cada vez más débil, aunque todavía repitió varias veces, maquinalmente y a largos intervalos, como una campana que prolonga su última vibración... -Por culpa de ella... por culpa de ella... Después, aunque sus labios acusaban algún movimiento, su boca no articuló ya más sonidos perceptibles. De pronto se fue doblando sobre sí mismo, como algo que se derrumba y cayó al suelo permaneciendo allí, quieto, con la cabeza entre las rodillas. Un roce que le hizo la muchacha al retirar su pie, que había quedado bajo su cuerpo, le hizo volver en sí. Se pasó lentamente sus manos por sus mejillas hundidas, se quedó un rato mirando sus dedos con estupor y, al ver que estaban mojados, murmuró: -¿Cómo? ¿He estado llorando? Luego se volvió súbitamente hacia la gitana y le dijo con una angustia indecible. -¡Ay! ¿Me habéis visto llorar sin inmutaros? ¿Sabes, muchacha, que estas lágrimas son como la lava? ¿Es verdad, pues, que nada conmueve del hombre al que se odia? ¿Podrías, pues, reírte aunque me vieras morir? ¡Yo, sin embargo, no podría verte morir! ¡Una palabra! ¡Pronuncia una sola palabra de perdón! No me digas que me amas, dime únicamente que lo intentarás y te salvaré. Si no... ¡Oh! ¡El tiempo se acaba! ¡Por lo más sagrado! Te suplico que no esperes que me haga de piedra otra vez como esta horca que también te está llamando. Piensa que tengo entre mis manos nuestros dos destinos, que yo puedo cambiar fácilmente de opinión y que puedo echarlo todo a rodar y precipitarme a un abismo sin fondo, y que mi caída, desgraciada, perseguiría tu vida durante toda la eternidad. ¡Una palabra bondadosa! ¡Dime una palabra! ¡Sólo una palabra! Ella abrió la boca para responderle y entonces él se precipitó de rodillas ante la joven para recoger con adoración la palabra, tierna quizás, que iba a surgir de sus labios. Ella le dijo: -¡Sois un asesino! El cura la tomó entre sus brazos con furia y se echó a reír con una risa abominable. -¡Muy bien! ¡Un asesino, sí, pero serás
mía. Si no me quieres como esclavo me Sus ojos brillaban de lujuria y de rabia y su boca lasciva enrojecía el cuello de la joven que se debatía entre sus brazos mientras él la cubría de besos rabiosos, espumantes. -¡No me muerdas, monstruo! -le gritaba ella-. ¡Oh! ¡Déjame, monje infecto! ¡Voy a
arrancarte tus asquerosos cabellos y arrojártelos a puñados a la cara! Ella se creyó entonces vencedora y prosiguió: -Te he dicho que pertenezco a Febo y que es a Febo a quien amo, que es hermoso mi Febo. Tú, cura, eres viejo y horrible. ¡Vete! Él lanzó entonces un grito violento, como un miserable al que se le aplica un hierro candente. -¡Muere, pues! -gritó entre un rechinar de dientes. Ella, al ver su horrible mirada, quiso huir pero él la cogió de nuevo, la sacudió, la echó al suelo y se dirigió con pasos rápidos hacia la esquina de la Tour Roland, arrastrándola tras de sí por el suelo. Una vez allí, se volvió hacia ella: -Por última vez, ¿quieres ser mía? -¡No! -respondió ella con energía. Entonces él se puso a gritar: -¡Gudule! ¡Gudule! Aquí tienes a la gitana. Véngate. La joven sintió que la cogieron bruscamente por un brazo. Miró. Era un brazo descarnado que salía de un tragaluz de la pared y que la sujetaba fuertemente como un brazo de hierro. -Sujétala bien -dijo el cura-. Es la gitana huida. No la sueltes que voy a buscar a la guardia. Vas a verla colgada. Una risa gutural respondió desde el interior a aquellas sangrientas palabras. La egipcia vio cómo el clérigo se alejaba corriendo en la dirección del Pont Notre-Dame, por donde se oía ruido de caballos y soldados. La muchacha había reconocido a la malvada reclusa. jadeante de terror, intentó soltarse. Se retorció y dio bastantes tirones intensos en desesperados intentos, pero la Gudule la sujetaba con una fuerza increíble. Aquellos dedos huesudos se clavaban en sus carnes, se crispaban y la abarcaban todo el brazo. Eran más que una cadena, más que una argolla incluso; eran como una tenaza inteligente y viva que surgía del muro. Agotada, se apoyó contra la pared y entonces se apoderó de ella el miedo a la muerte. Pensó en la belleza de la vida, en la juventud, en la naturaleza, en el amor, en Febo, en todo lo que se escapaba y en lo que iba a venir, en el clérigo que la denunciaba, en el verdugo, en el patíbulo que estaba allí, ante ella. Sintió entonces que el pánico le subía hasta la misma raíz de sus cabellos y oyó otra vez la risa lúgubre de la reclusa que le decía muy bajo. -¡Ah! ¡Ah! ¡Ah! ¡Te van a ahorcar! Moribunda ya, se volvió hacia el ventanuco y vio el rostro casi salvaje de la Sachette a través de los barrotes. -¿Qué os he hecho yo? -dijo casi desmayada. La reclusa no respondió; se puso a mascullar, canturreando casi, con irritación y rabia. -¡Hija de Egipto! ¡Hija de Egipto! ¡Hija de Egipto! La desventurada Esmeralda dejó caer su cabeza, que quedó oculta entre sus cabellos, como comprendiendo que no trataba con un ser humano. De pronto la reclusa exclamó, como si la respuesta de la gitana hubiera tardado todo ese tiempo en llegar a su mente. -¿Qué me has hecho, dices? ¡Ah! ¿Que qué me has hecho, egipcia? Está bien; escucha: yo tenía una niña, ¿sabes? Tenía una niñita. ¡Te digo que tenía una hija! ¡Una preciosa niña! Mi Agnès -dijo turbada, mientras besaba algo en la oscuridad-. ¡Pues bien! ¿Te das cuenta, hija de Egipto? Me la quitaron; me robaron a mi hijita; se comieron a mi niña. Eso es lo que me has hecho. La joven respondió como el cordero de la fábula. -Lo lamento mucho; pero seguramente yo no había nacido entonces. -¡Oh! ¡Sí! -continuó la reclusa-. Seguro que habías nacido. Eras de ellas. Mi hija tendría ahora tu edad. ¡Eso es! Hace quince años que estoy aquí; quince años que estoy sufriendo y rezando. Quince años hace que me golpeo la cabeza contra la pared. Y te digo que son las gitanas las que me la han robado, ¿me oyes? Y ellas me la han comido con sus dientes. ¿Tienes corazón? Imagínate a un niño que está jugando; a un niño de pecho; a un niño dormido. ¡Es algo tan inocente! ¡Pues bien! ¡Eso es lo que me robaron y me mataron! ¡Dios lo sabe muy bien! Pero hoy me toca a mí. Voy a comer carne de gitana. ¡Oh! Cómo te mordería si no hubiera estos barrotes. ¡Mi cabeza es demasiado grande! ¡Pobre niña mía! ¡Mientras estaba durmiendo! Pero aunque la hubieran despertado al cogerla, aunque se hubiera puesto a gritar, habría sido igual, ¡pues yo no estaba allí, junto a ella! ¡Ah, madres gitanas! ¡Vosotras os habéis comido a mi hija! ¡Venid ahora a ver a la vuestra! Entonces se echó a reír o quizás eran sus dientes que rechinaban pues ambas cosas se confundían en aquella cara furiosa. Comenzaba a despuntar el alba y un reflejo ceniciento iluminaba vagamente esta escena. La horca se veía cada vez mejor en el centro de la plaza. Por el otro lado, hacia el Pont Notre-Dame, la pobre joven creía oír acercarse ruido de caballos. -¡Señora! -decía juntando las manos, y arrodillada, con el cabello revuelto, perdida, loca de espanto-: ¡Señora! Tened piedad. Ya vienen. Yo no os he hecho nada. ¿Queréis verme morir de esta manera tan horrible ante vuestros ojos? Estoy segura de que sois bondadosa. Es demasiado horrible. Permitid que me salve. ¡Soltadme, por favor! ¡No quiero morir así! -Pues devuélveme a mi hija. -¡Piedad! ¡Piedad! -¡Devuélveme a mi hija! -¡En el nombre del cielo! ¡Soltadme! -¡Devuélveme a mi hija! Otra vez volvió a caer la joven, extenuada, rota, con la mirada vidriosa del que está en una fosa. -Señora -dijo entre balbuceos--, ya veo que vos buscáis a vuestra hija, pero también yo busco a mis padres. -¡Devuélveme a mi pequeña Agnés! -insistía Gudule- ¿Que no sabes en dónde puede estar? ¡Pues entonces muere tú también! ¡Escúchame! Yo era una prostituta y tenía una hija y las gitanas me la robaron, así que ya ves que tú tienes que morir también. Cuando tu madre gitana venga a reclamarte, yo le diré: ¿Sois vos su madre?, pues mirad hacia esa horca. Y también: devuélveme a mi hija. ¿Sabes dónde está mi hijita? Espera; voy a enseñarte algo. Mira; éste es su zapatito; es todo que me queda de ella. ¿Sabes dónde puede estar el otro? Si lo sabes dímelo, pues aunque estuviera al otro lado del mundo, iría a buscarlo andando de rodillas. Y al decir esto, con el otro brazo que había sacado por el tragaluz, enseñaba a la gitana el zapatito bordado. Había casi amanecido y podían distinguirse con la luz del alba formas y colores. -¡A ver ese zapatito! -dijo la egipcia presa de un estremecimiento-. ¡Dios mío! ¡Dios mío! Al mismo tiempo, con la mano que tenía libre, abrió prestamente el bolsito adornado de abalorios verdes que llevaba colgado del cuello. -Anda, anda -mascullaba Gudule-. Rebusca en tu amuleto del demonio -de pronto, se interrumpió y exclamó gritando con una voz que venía del fondo de sus entrañas. -¡Mi hija! La gitana acababa de sacar de su bolso un zapatito totalmente igual al otro. El zapatito
llevaba atado un pergamino con este pareado: Con la velocidad de un rayo, la reclusa había confrontado los los zapatos, había leído la inscripción del pergamino y había pelado su cara, deslumbrante de gozo, a los barrotes de la lucera, gritando. -¡Mi hija! ¡Mi hija! -¡Madre! ¡Madre! -respondió la egipcia. En este punto renunciamos a describir la escena. El muro y los barrotes de hierro se interponían entre las dos. -¡Oh! ¡Este muro! -gritaba la reclusa-. ¡Verla y no poder
abrazarla! ¡Tu mano! Dame tu mano -la joven le pasó su brazo a través de la lucera y la reclusa se abalanzó sobre él y
se puso a besarlo; así permaneció, abismada en aquel beso, no dando más
signo de vida que algún sollozo que, de cuando en cuando, estremecía
su cuerpo. La verdad es que estaba llorando a torrentes, en silencio, en aquella oscuridad como una lluvia de noche. La
pobre madre vaciaba a oleadas sobre aquella mano adorada el negro y
profundo pozo de lágrimas que llevaba dentro, filtrado gota a gota or su dolor desde hacía quince años. Una vez libre el paso, y no necesitó para ello más de un minuto cogió a su hija por la cintura y la introdujo en la celda. -Ven; quiero sacarte del abismo -murmuró. Luego la dejó suavemente en el suelo, para volver a cogerla otra vez. La cogía en brazos como si siguiera siendo su pequeña Agnès. Iba y venía por la estrecha celda, ebria, alocada, gozosa, cantando, besando a su hija, hablándole, riendo, llorando; todo a la vez y arrebatadoramente. -¡Mi hija! ¡Mi hija! -decía-. ¡He recuperado a mi hija! ¡Está aquí! ¡Dios me la ha devuelto! ¡Que vengan todos! ¡Hay alguien por ahí para que vea que tengo a mi hija! ¡Dios mío, qué hermosa es! ¡Me habéis hecho esperar quince años, Dios mío, pero ha sido para devolvérmela más hermosa! ¡Pero entonces las egipcias no me la habían comido! ¿Quién me lo había dicho entonces? ¡Mi niña! ¡Hija mía! ¡Bésame! ¡Qué buenas son las gitanas! ¡Las quiero mucho! ¿Así que eres tú? ¡Por eso me saltaba el corazón cada vez que pasabas por aquí! ¡Y yo que creía que eso era odio! ¡Perdóname, mi buena Agnés, perdóname! He debido parecerte muy mala, ¿verdad? ¡Cuánto te quiero! ¿Todavía tienes aquella señal en el cuello? Vamos a ver. Sí que la tienes. ¡Qué hermosa eres! ¿Sabéis, señorita, que soy yo quien os ha hecho esos bellos ojos? ¡Abrázame! ¡Te amo! Ya me da igual que las demás madres tengan niños; ¡ahora me puedo reír de todas ellas! Que vengan si quieren; también yo tengo la mía. ¡Mira qué cuello y qué ojos y qué cabellera y qué manos! ¡A ver quién encuentra algo más hermoso! ¡Ah! ¡Os aseguro que ha de tener muchos enamorados! ¡Quince años he pasado llorando! ¡Toda mi belleza se ha ido pero ella ha vuelto! ¡Abrázame! Así estuvo diciéndole mil cosas más; extravagantes, pero hermosas por el tono con que las decía. Recogía las ropas de la muchacha hasta sonrojarla, le alisaba con las manos sus cabellos de seda le besaba los pies, las rodillas, la frente, los ojos y se maravillaba por todo. La joven se dejaba hacer, repitiendo a intervalos, muy bajo y con una ternura infinita: -¡Madre mía! -¿Te das cuenta, mi niña? -insistía la reclusa, cortando todas sus palabras con besos-, ¿te das cuenta cómo voy a quererte? Nos iremos de aquí y seremos muy felices. He heredado algo en Reims, en nuestra tierra. En Reims, ¿sabes? No; claro que no lo sabes; ¡eras tan pequeña entonces! ¡Si supieras lo linda que eras a los cuatro meses! ¡Con tus piececitos que la gente venía a ver, por curiosidad, desde Epernay, que está a siete leguas! Tendremos una casita y un terreno. Te acostaré en mi cama. ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Quién podría creerlo? ¡Tengo a mi hija otra vez! -¡Oh, madre mía! -exclamó la joven encontrando por fin fuerzas para hablar-. La egipcia me lo había asegurado. Había entre nosotras una buena egipcia que murió el año pasado y que me cuidó siempre como si hubiera sido mi nodriza. Ella misma me colgó del cuello este saquito y me repetía constantemente: «Mi niña, guarda siempre esta joya. Es un tesoro que te permitirá encontrar a tu madre. Es como si llevaras siempre a tu madre colgada del cuello.» ¡Me lo había predicho la egipcia! La Sachette estrechó una vez más a su hija entre sus brazos. -¡Qué felices vamos a ser! En aquel momento retumbó en la celda un ruido de armas y un galopar de caballos que parecía proceder del Pont Notre-Dame y acercarse cada vez más por el muelle del río. La gitana se lanzó angustiada en los brazos de la Sachette. -¡Madre mía, salvadme! ¡Vienen los soldados! La reclusa se quedó pálida. -¡Cielo Santo! ¡Qué dices! ¡Había olvidado que te buscaban! ¿Qué es lo que has hecho? -No lo sé -respondió la desventurada joven-, pero estoy condenada a muerte. -¡A muerte! -dijo Gudule, como fulminada por un rayo-. ¡Morir! -dijo lentamente mirando a su hija. -Sí, madre -respondió la joven medio trastornada-. Quieren matarme. Míralos; vienen a buscarme. Esa horca es para mí. ¡Ya llegan! ¡Salvadme! ¡Salvadme! La reclusa permaneció durante algunos instantes inmóvil, como petrificada; luego movió la cabeza dubitativamente y, de pronto, le volvió aquella risotada espantosa. -¡Ho! ¡Ho! ¡No puede ser! Es un sueño to que me estás contando. ¡Claro! ¡La habría perdido y su pérdida se habría prolongado durante quince años luego la habría encontrado y esto sólo duraría un minuto, al cabo del cual vendrían a quitármela otra vez. Y es precisamente ahora, cuando es hermosa, cuando ha crecido, cuando me habla y me ama, cuando vendrían a comérmela bajo mis ojos, bajo los ojos de su madre! ¡Oh, no! ¡Eso no es posible! ¡Dios no permite cosas así! En aquel momento la cabalgata pareció detenerse y se oyó una voz lejana que decía: -¡Por aquí, maese Tristan! El sacerdote dice que la encontraremos en el agujero de las ratas. De nuevo volvió a resonar el ruido de los caballos. La reclusa se puso de pie con un grito desesperado. -¡Sálvate! ¡Sálvame! ¡Hija mía! Ahora me acuerdo de todo. Tienes razón, ¡es tu muerte! ¡Horror! ¡Sálvate! Asomó la cabeza por la lucera y la retiró con rapidez. -Quédate -le dijo con voz baja y lúgubre, al tiempo que apretaba entre convulsiones la mano de la gitana, que se encontraba más muerta que viva-. ¡Quédate! ¡No respires! Hay soldados por todas partes. No puedes salir. Hay ya demasiada luz. Sus ojos lanzaban fuego y durante un momento se quedó sin hablar. Daba grandes zancadas por la celda deteniéndose a intervalos para arrancarse puñados de pelo que luego rompía con sus dientes. De pronto dijo: -Ya se acercan. Voy a hablarles. Escóndete aquí. No podrán verte. Les diré que te has escapado; que te solté yo misma. Entonces dejó a su hija -pues todavía la tenía en brazos- en un ángulo de la celda que no podía verse desde afuera. La colocó con cuidado de que ni sus pies ni sus brazos sobrepasaran la zona de sombra. Le soltó su melena negra que esparció por su vestido blanco para tratar de ocultarlo; puso ante ella su jarra y el adoquín que le servía de almohada, sus únicos muebles, imaginando que la jarra y el adoquín podrían ocultarla. Después, ya más tranquila, se puso de rodillas y rezó. El día acababa de amanecer y dejaba aún muchas sombras en el agujero de las ratas. En aquel momento, la voz del sacerdote, aquella voz infernal, pasó muy cerca de la celda gritando. -¡Por aquí, capitán Febo de Châteaupers. Al oír este nombre, la Esmeralda, oculta en su rincón, hizo un movimiento. -¡No te muevas! -le dijo Gudule. Acababa apenas de decirlo cuando un tropel de hombres, de espadas y de caballos se detuvo en torno a la celda. La madre se levantó con rapidez y fue a colocarse ante el tragaluz para taparlo. Vio un tropel de hombres armados, de a pie y de a caballo colocados en la Gréve. El que lo mandaba desmontó y se acercó hacia la Sachette. -¡Eh, vieja! -inquirió aquel hombre que tenía una expresión atroz-, buscamos a una bruja para colgarla. Nos han dicho que tú la tenías. La pobre madre respondió, fingiendo la mayor indiferencia posible: -No sé muy bien lo que queréis decir. El capitán prosiguió: -¡Por todos los diablos! ¿Qué es lo que nos ha dicho entonces ese loco de archidiácono? ¿Dónde se ha metido? -Monseñor -dijo un soldado-, ha desaparecido. -Ten cuidado, vieja loca -dijo el comandante-: no me mientas. Te entregaron una bruja para que la guardaras. ¿Qué has hecho con ella? La reclusa no quiso negarlo todo por miedo a despertar sospechas y respondió con acento sincero y enfadado. -Si me habláis de la muchacha que me han puesto en las manos hace un rato, tengo que deciros que me mordió y que tuve que soltarla. Eso es todo; dejadme tranquila. El comandante hizo un gesto de contrariedad. -No me vayas a mentir, viejo espectro. Me llamo Tristan l'Hermite y soy compadre del rey; Tristan l'Hermite, ¿me oyes? -y añadió mirando a la plaza de Gréve-: Es un nombre que tiene bastante «eco» en este lugar. -Aunque fuerais Satán l'Hermite -replicó Gudule que recobraba esperanzas-, no tendría otra cosa que deciros, ni podríais tampoco causarme miedo. -Por todos los diablos -dijo Tristan-; ¡esto es una comadre! ¡Ah! ¡La muchacha bruja se ha escapado! ¿Y por dónde se fue? Gudule respondió con tono despreocupado. -Creo que por la calle del Mouton. Tristan volvió la cabeza a hizo señas a sus tropas para que prosiguiera la marcha. La reclusa suspiró. -Monseñor -dijo de pronto un arquero-, preguntad a la vieja bruja por qué los barrotes de su tragaluz están tan destrozados. Aquella circunstancia provocó una gran angustia en el corazón de la infeliz madre, pero supo mantener una cierta presencia de espíritu y respondió entre balbuceos: -Siempre han estado así. -Bueno -prosiguió el arquero-, todavía ayer formaban una hermosa cruz negra que movía a la devoción. Tristan echó una ojeada oblicua a la reclusa. -¡Se diría que la comadre se pone nerviosa! La infeliz comprendió que todo dependía de su serenidad y con la muerte en el alma se echó a reír burlona. Las madres tienen fuerzas para hacer cosas así. -¡Bah! Ese hombre debe estar borracho. Hace más de un año que la trasera de una carreta chocó contra mi tragaluz y rompió los barrotes. ¡Pues no solté injurias contra el carretero! -Es verdad -añadió otro arquero-, yo mismo estaba allí. En todas partes se encuentra uno con personas que lo han visto todo. Aquel testimonio inesperado del arquero animó a la reclusa a la que el interrogatorio obligaba a atravesar un abismo en el filo de un cuchillo. Pero ella estaba condenada a una continua alternativa de esperanzas y de sobresaltos. -Si lo hubiera roto una carreta -prosiguió el primer soldado-, los trozos de los barrotes se habían doblado hacia adentro mientras que éstos lo están hacia afuera. -¡Vaya, vaya! -dijo Tristan al soldado-, tienes olfato de instructor del Châtelet. ¡A ver, vieja; responded a lo que os dice! -¡Dios mío! -exclamó la reclusa, acorralada y con voz quejumbrosa, a pesar del esfuerzo por evitarlo-: Os juro, monseñor, que una carreta rompió los barrotes. Ya ha dicho ese hombre que to vio, ¿no? Y además, ¿qué tiene que ver esto con la gitana? -¡Hum! -gruñó Tristan. -¡Diablos! -prosiguió el soldado, halagado por el elogio del preboste-¡las roturas de los hierros se ven aún recientes! Tristan movió la cabeza. Ella palideció. -¿Cuánto tiempo hace de lo de la carreta? -Un mes, quince días, quizás, monseñor. ¡Ya no me acuerdo! -Antes ha dicho que hacía más de un año -observó el soldado. -¡Esto empieza a ser sospechoso! -dijo el preboste. -Monseñor -gritó ella, colocada siempre ante la lucera y temerosa de que la sospecha no les empujara a meter la cabeza dentro de la celda-. Monseñor, os juro que fue una carreta la que rompió la reja. ¡Os to juro por todos los ángeles del cielo! ¡Que me vaya al infierno si no ha sido una carreta! -Mucho calor pones en este juramente -dijo Tristan con mirada de inquisidor. La pobre mujer sentía desvanecerse cada vez más su confianza. Había empezado a cometer torpezas y observaba, no sin terror, que no decía lo que habría debido. En este momento llegó otro soldado gritando. -¡Monseñor, la vieja bruja miente! La hechicera no se ha escapado por la calle del Mouton. Las cadenas han estado echadas toda la noche y el guardacadenas no ha visto pasar a nadie. Tristan, cuyo aspecto se hacía siniestro por momentos, interpeló a la reclusa. -¿Qué tienes que alegar a esto? Ella intentó de nuevo hacer frente a este contratiempo. -Pues no lo sé, monseñor; me habré equivocado. Creo que, en efecto, ha debido pasar al otro lado del río. -Es justo el lado opuesto -añadió el preboste-. Además no parece nada normal que haya querido volver a la Cité, por donde precisamente la estaban persiguiendo. ¡Creo que mientes, vieja! -Y además -añadió el primer soldado-, no hay barca ni a este lado del río ni al otro. -Pues lo habrá pasado a nado -replicó la reclusa, defendiendo palmo a palmo su terreno. -¿Acaso nadan las mujeres? -respondió el soldado. -¡Por todos los diablos! ¡Estás mintiendo, vieja! ¡Estas mintiendo! -exclamó Tristán lleno de cólera-. Me dan ganas de dejar a la bruja y de colgarte a ti. Un cuarto de hora de tortura te arrancaría la verdad del gaznate. ¡Andando! ¡Vas a venir con nosotros! Ella se agarró a estas palabras con gran avidez. -¡Como queráis, monseñor. Hacedlo si queréis. Me parece bien
lo de la tortura. -¡Vive Dios! -dijo el preboste-, ¡qué interés en que te pongamos en el potro! No entiendo a esta loca. Un viejo sargento de la guardia, con la cabeza canosa, salió de las filas y dirigiéndose al preboste: -¡Creo que en efecto está loca, monseñor! Si ha dejado escapar a la egipcia no habrá sido por culpa suya, pues no le gustan nada las gitanas. Hace ya quince años que hago la ronda y todas las noches la oigo renegar de las mujeres gitanas con todo tipo de injurias. Si la que estamos persiguiendo es, como creo, la joven bailarina de la cabra, es precisamente a ella a la que más aborrece de todas. Gudule hizo un esfuerzo y precisó: -A ésa sobre todo. El testimonio unánime de los hombres de la ronda confirmó al preboste las palabras del viejo sargento. Tristan l'Hermite, desesperado por no poder sacar nada en limpio de la reclusa le volvió la espalda y ella le vio, con una ansiedad inenarrable, dirigirse hacia su caballo. -Vamos -decía entre dientes-: ¡en marcha! ¡Continuaremos la búsqueda! No descansaré hasta que hayamos colgado a la gitana. Sin embargo aún tuvo un momento de duda antes de subir al caballo y Gudule palpitaba entre la vida y la muerte al ver pasear por toda la plaza aquel rostro inquieto. Semejaba un perro de caza que siente cerca la guarida de la presa y se resiste a abandonar el lugar. Por fin hizo un movimiento de cabeza y saltó a la silla. El corazón tan terriblemente comprimido de Gudule se dilató y dijo en voz baja echando una ojeada a su hija a la que todavía no se había atrevido a mirar desde la llegada de los soldados. -¡Salvada! La pobre muchacha había permanecido durante todo aquel tiempo en su rincón, sin moverse, sin respirar apenas, con la idea de la muerte de pie ante ella. No se había perdido nada de la escena entre Gudule y Tristán y todos los temores y las angustias de su madre las había también vivido ella. Había oído cómo se iban rompiendo cada uno de los hilos que formaban la cuerda que la mantenía suspendida en el abismo; más de veinte veces había creído que la cuerda se rompía y por fin comenzaba a respirar y a sentir los pies en tierra firme. En aquel momento oyó una voz que decía al preboste: -¡Cuernos! Señor preboste, no es asunto mío, de un hombre de armas como yo, el colgar brujas. La canalla popular está allá, así que os dejo a vos este trabajo. Supongo que encontráis lógico que vaya a reunirme con mi compañía ya que se encuentra sin su capitán. Aquella voz era la de Febo de Châteaupers. Lo que ella sintió entonces fue algo indecible. ¡Aquél era su amigo, su protector su apoyo, su asilo, su Febo! Se levantó y antes de que su madre hubiera podido impedírselo se lanzó hacia la lucera gritando: -¡Febo! ¡A mí, Febo! Febo ya no estaba. Acababa de desaparecer al galope por la esquina de la calle de la Coutellerie. Pero Tristan aún no se había marchado. La reclusa se precipitó sobre su hija con un rugido y la retiró violentamente hacia atrás hundiéndole sus uñas en el cuello. Una tigresa no se anda con miramientos en casos así. Pero era demasiado tarde. Tristan la había visto. -¡He! ¡He! -exclamó con una risotada que dejó al descubierto todos sus dientes. Su cara parecía entonces el hocico de un lobo-. ¡Dos ratones en la ratonera! -Ya me parecía a mí -dijo el soldado. Tristan le dio unas palmadas en la espalda. -¡Eres un buen gato! Vamos -añadió-, ¿dónde está Henries Cousin? Un hombre que ni por sus ropas ni por su aspecto parecía soldado, salió de entre las filas. Tenía el pelo liso. Llevaba un traje la mitad gris y la mitad marrón, mangas de cuero y un rollo de cuerdas en una de sus enormes manos. Aquel hombre acompañaba siempre a Tristan quien, a su vez, acompañaba siempre a Luis XI. -Amigo -dijo Tristan l'Hermite-, imagino que debe tratarse de la bruja que andamos buscando. A ver si la cuelgas. ¿Has traído tu escalera? -Hay una en el cobertizo de la Maison-aux-Piliers -respondió aquel hombre-. ¿Vamos a colgarla en esa horca? -preguntó señalando la horca de piedra de la plaza. -Sí. -¡Ja! Ja! -dijo el hombre soltando una risotada más bestial aún que la del preboste-. No tendremos que andar mucho. -¡Date prisa! -dijo Tristan-. Ya tendrás tiempo de reír después. Desde que Tristan descubrió a la muchacha, la reclusa no había dicho ni una sola palabra. Toda esperanza parecía perdida. Había arrojado a la pobre gitana, medio muerta, en un rincón de la cueva y se había vuelto a colocar en el tragaluz, con las manos apoyadas en un lado del repecho, como dos garras. Desde allí se la veía mirar desafiante a todos los soldados con una mirada casi salvaje. Cuando Henri Cousin se acercó a la celda, le hizo una mueca tan feroz que tuvo que retroceder. -Monseñor -preguntó dirigiéndose al preboste-, ¿a quién de las dos hay que coger? -A la joven. -Menos mal, porque la vieja parece más difícil. -¡Pobre bailarina de la cabra! -dijo el viejo sargento de la ronda. Henriet Cousin se aproximó a la lucera, pero no pudo sostener la mirada de la madre y dijo con cierta timidez. -Señora... Ella le cortó con una voz baja y agresiva. -¿Qué quieres? -No es a vos; es a la otra. -¿A qué otra? -A la joven. Ella se puso entonces a sacudir la cabeza gritando: -¡Aquí no hay nadie! ¡Aquí no hay nadie! ¡No hay nadie! -Sí -insistió el verdugo-; y vos lo sabéis bien. Dejadme que coja a la joven. A vos no quiero haceros daño. Ella le respondió con una risa extraña. -¡Ah! Así que no quieres hacerme daño. -Dejadme a la otra, señora. Son órdenes del señor preboste. La vieja repitió medio alocada. -¡Aquí no hay nadie! -Os digo que sí -replicó el verdugo-, todos hemos visto que erais dos. -¡Pues ven a verlo! -dijo la reclusa riendo burlonamente-. Mete la cabeza por el tragaluz. El verdugo se fijó en las uñas de la madre y no se atrevió. -¡Abrevia! -gritó Tristan que había terminado de colocar a sus soldados en torno al agujero de las ratas y permanecía a caballo junto al patíbulo. Henriet, totalmente desconcertado, se dirigió de nuevo hacia el preboste. Había dejado la cuerda en el suelo y daba vueltas nervioso al sombrero que tenía entre sus manos. -Monseñor -le preguntó-, ¿por dónde entro? -Por la puerta. -No hay puerta. -Por la ventana entonces. -Es demasiado estrecha. -Hazla más grande -le respondió Tristan encolerizado-. ¿No tienes picos? Desde el fondo de su antro, la madre, en acecho continuo, observaba con atención. Ya no esperaba nada; ni siquiera sabía lo que deseaba pero no estaba dispuesta a que le arrebatan a su hija. Henriet Cousin fue a buscar la caja de herramientas para las ejecuciones que había en el cobertizo de la Maison-aux-Piliers. Recogió también una escalera de tijera que colocó directamente contra la horca. Cinco o seis hombres del preboste se armaron de picos y palancas y Tristan se dirigió con ellos hacia el tragaluz. -A ver, vieja -dijo el preboste con tono severo-, entréganos a esa muchacha por las buenas. Ella se quedó mirándole como alguien que no comprende nada. -¡Maldita sea! -exclamó Tristan-. ¿Por qué tienes tanto empeño en impedir que -¿Que por qué canto empeño? Porque es mi hija. El tono con que pronunció esta última palabra hizo estremecer hasta al mismo Henriet Cousin. -Lo lamento mucho -replicó el preboste-, pero son los deseos del rey. Ella se echó a reír de forma mucho más terrible y gritó: -¿Y qué me importa a mí el rey? Te digo que es mi hija. -Perforad la pared -ordenó Tristan. Para abrir un agujero lo bastante amplio bastaba con desmontar una hilera de piedras
por debajo del tragaluz. Cuando la madre oyó cómo los picos y las palancas comenzaban
a minar su fortaleza, lanzó un grito espantoso y comenzó a pasear con gran rapidez por su
celda. Era ésta una costumbre de fiera salvaje, provocada por el encierro tan prolongado
en aquella celda. No decía nada pero sus ojos lanzaban fuego. Los soldados miraban con De pronto cogió su adoquín con las dos manos y lo lanzó sobre los trabajadores. Por fortuna no alcanzó a nadie pues sus manos temblaban al lanzarlo y fue a detenerse a los pies del caballo de Tristan. Los dientes de la reclusa rechinaban. Aunque el sol no había salido del todo, era ya de día y una bella luz rosada alegraba las viejas y carcomidas chimeneas de la Maison-aux-Piliers. Era la hora en que las ventanas más madrugadoras de la gran ciudad se abrían alegremente sobre los tejados. Algunos campesinos y algunos vendedores de frutas que se dirigían a los mercados,
montados en sus asnos, comenzaban a atravesar la plaza de Grève y se detenían un
instante ante el grupo de soldados formados en torno al Agujero de las Ratas. Miraban
sorprendidos la escena y proseguían su marcha. -¡Febo!¡Febo! A medida que el trabajo de los obreros avanzaba, la madre retrocedía maquinalmente
y apretaba cada vez más a su hija contra la pared. Pero la reclusa seguía vigilante a los
trabajos de demolición y cuando observó que las piedras cedían y oyó la voz de Tristan
animando a los trabajadores, salió del abatimiento en que estaba sumida desde hacía ya
un buen rato y comenzó a gritar. Mientras lo hacía, su voz tan pronto desgarraba los
oídos, como una sierra, como sollozaba y se agitaba, como si codas las maldiciones se -¡Pero todo esto es horrible! ¡Sois unos bandidos! ¿Pero de verdad vais a quitarme a mi hija? ¡Os repito que es mi hija! ¡Pandilla de cobardes! ¡Miserables verdugos! ¡Malditos asesinos! ¡Socorro! ¡Socorro! ¡Fuego! ¿De verdad que pensáis arrebatarme a mi hija? ¿Y Dios va a permitirlo? Entonces se dirigió a Tristan con la boca crispada, con sus ojos alocados, encrespada toda ella y arrastrándose como una pantera. -Acércate, si te atreves a arrebatarme a mi hija. ¿Pero no eres acaso capaz de entender que esta mujer te está diciendo que se trata de su hija? ¿Sabes tú lo que es tener una hija? ¿Eh, lobo asesino! ¿No has cohabitado nunca con tu loba? ¿Nunca has tenido lobeznos? Si los tienes, ¿no se te conmueven las entrañas cuando los oyes aullar? -¡Acabad ya con esa piedra! -dijo Tristan-, ¡ya casi se cae sola! Las palancas levantaron el pesado sillar. Era, ya lo hemos visto, el último refugio de la madre y se abalanzó sobre ella queriendo sujetarla. La arañó con sus uñas pero no pudo sujetar aquel bloque macizo, que movido por seis hombres, se fue deslizando despacio hasta el suelo, sostenido por las palancas de hierro. La madre, al ver el camino abierto, se echó en la brecha cerrándolo con su cuerpo, agitando los brazos, golpeando la piedra con su cabeza y gritando con una voz ronca ya y que, a duras penas, podía entenderse. -¡Socorro! ¡Fuego! ¡Fuego! -Coged a la muchacha -ordenó Tristan impasible. La madre se quedó mirando a los soldados de forma tan terrible que habrían preferido retroceder en vez de avanzar. -¡Vamos ya! -repitió el preboste-. ¡Tú el primero, Henriet Cousin! Pero nadie se movió. El preboste empezó a lanzar juramentos. -¡Por la Cruz de Cristo! ¡Y son mis soldados! ¡Les asusta una mujer! -Monseñor -respondió Henriet-, ¿Llamáis a esto una mujer? -Tiene las melenas de un león -añadió otro. -¡Vamos ya! -prosiguió el preboste-. La brecha es bastante ancha. Entrad de tres en fondo como en la brecha de Pontoise. Acabemos ya, ¡por Mahoma! ¡Al primero que retroceda lo parto en dos! Colocados entre el preboste y la madre, amenazadores los dos, los soldados dudaron un momento y luego se decidieron a lanzarse contra el Agujero de las Ratas. Cuando la reclusa los vio se incorporó sobre las rodillas, apartó la melena de su cara y luego dejó caer sus manos descarnadas en sus muslos. Entonces unos enormes lagrimones comenzaron a surgir, uno a uno, de sus ojos deslizándose por una arruga a lo largo de sus mejillas como se desliza un torrente por el surco que él mismo se ha abierto y se puso a hablar con una voz, esta vez tan suplicante, tan dulce, tan sumisa y tan desgarradora que, entre las gentes de Tristan, más de un veterano, capaz de comerse viva a la gente, se enjugó los ojos. -¡Monseñores! ¡Señores sargentos, permitidme una palabra! Es algo que debo deciros.
Es mi hija, ¿os dais cuenta? Es mi pequeña que me habían robado. Escuchadme. Es toda
una historia. Creedme que conozco muy bien a los sargentos porque siempre han sido
buenos conmigo, sobre todo cuando los niños me tiraban piedras porque hacía vida de
amor. ¿Os dais cuenta? Estoy segura de que me dejaréis a mi hija cuando
lo sepáis. Soy una pobre mujer de la vida. Las gitanas me la robaron. Durante quince años he guardado No vamos a intentar dar una idea de sus gestos, de su acento, de las lágrimas que sorbía al hablar, de cómo juntaba las manos y luego las retorcía, de sus sonrisas desgarradoras, de sus miradas ahogadas por las lágrimas, de sus gemidos y de sus suspiros, de sus gritos sobrecogedores que se mezclaban con sus palabras desordenadas, locas a inconexas. Cuando se hubo callado, Tristan frunció el ceño, pero fue más bien para ocultar una lágrima que se asomaba a sus ojos de tigre. Se sobrepuso a esta debilidad y dijo con sequedad: -Así to quiere el rey. Luego, inclinándose al oído de Henriet Cousin, le dijo muy bajo: -¡Acaba pronto! Quizás el temible preboste sentía que también a él se le ablandaba el corazón. El verdugo y los sargentos penetraron en la celda. La madre no ofreció ninguna resistencia y todo lo que hizo fue arrastrarse hasta su hija y cubrirla con su cuerpo. Cuando la gitana vio que los soldados se acercaban, el horror de la muerte la reanimó y comenzó a gritar con un indescriptible acento de desesperación. -¡Madre! ¡Madre! ¡Defendedme, que vienen! -Sí, mi amor; yo te defenderé -le respondió con una voz apagada y, estrechándola fuertemente entre sus brazos, la cubrió de besos. Así, abrazadas las dos en el suelo, madre a hija, ofrecían un espectáculo digno de compasión. Henriet Cousin asió a la muchacha por debajo de sus bellos brazos. Cuando ella sintió que la cogían, dijo: -¡Oh!, -y se desmayó. El verdugo, a quien se le escapaban algunos lagrimones que caían sobre la joven, quiso tomarla en brazos. Intentó separarla de la madre que, por así decirlo, había anudado sus dos manos en torno a la cintura de su hija, pero se había agarrado a ella con tanta fuerza, que fue imposible separarlas. Henriet Cousin arrastró entonces a la joven fuera de la celda llevándose a la madre tras ella. También la madre tenía los ojos cerrados. El sol estaba saliendo en aquel momento y había ya en la plaza un buen número de personas que miraban, a distancia, lo que arrastraban por el suelo hacia la horca. Había orden del preboste Tristan, y era ésta una de sus manías de que ningún curioso se aproximara durante las ejecuciones. Nadie estaba asomado a las ventanas; sólo se veía, a lo lejos, en lo alto de la que había en las torres de Nuestra Señora, que domina la Gréve, dos hombres que parecían contemplar la escena. Ambos iban vestidos de negro y se destacaban sobre el cielo claro de la mañana. Henriet Cousin se detuvo con todo lo que llevaba a rastras al pie mismo de la fatal escalera y, casi sin respiración por lo enternecido que se encontraba, pasó la cuerda alrededor del adorable cuello de la muchacha. La desventurada joven sintió el horrible contacto del cáñamo. Abrió los ojos y vio el brazo descarnado de la horca de piedra, extendido por encima de su cabeza. Entonces dio una fuerte sacudida y gritó con voz alta y desgarradora. -¡No! ¡No! ¡No quiero! La madre, que tenía la cabeza oculta entre el vestido de su hija, no pronunció una sola
palabra, pero se vio cómo se estremecía todo su cuerpo y se oyó también el ruido
precipitado y casi continuo de los besos que daba a su hija. Este momento fue aprovechado por el verdugo para desanudar con rapidez los brazos con los que estrechaba a la
infeliz condenada. Bien por agotamiento o bien por desesperación ella no opuso ninguna
resistencia, así, pues, echó a la joven sobre sus hombros, desde donde la encantadora
criatura colgaba, graciosamente doblada en dos, y luego puso el pie en la escalera para En aquel momento la madre, de cuclillas en el suelo, abrió los ojos y, sin lanzar ningún grito, se puso en pie con una expresión terrible en su rostro; después, como un
animal salvaje se lanza sobre su presa, ella se lanzó sobre la mano del verdugo y le mordió. Fue todo rápido, como un relámpago. El verdugo lanzó un alarido de dolor. Se
acercaron a él y con gran esfuerzo lograron retirar su mano ensangrentada de entre los
dientes de la madre que se había quedado allí inmóvil y silenciosa. La retiraron con
cierta violencia y se observó entonces que su cabeza caía pesadamente al suelo. La
levantaron y volvió a caer. Estaba muerta.
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