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II Cuando Quasimodo vio que la celda estaba vacía, que la Esmeralda ya no se encontraba en ella, que mientras él la defendía alguien se la había llevado, se cogió los cabellos con ambas manos y pateó el suelo de sorpresa y de dolor. Luego echó a correr por toda la iglesia en busca de su gitana, lanzando extraños alaridos hacia todos los rincones y sembrando de cabellos rojos todo el suelo de la catedral. Coincidió precisamente con el momento en que los arqueros del rey entraban victoriosos en Nuestra Señora, buscando también a la gitana. Quasimodo les ayudó en esta tarea, sin sospechar nada, el pobre sordo, de sus fatales intenciones pues creía que los enemigos de la gitana eran los truhanes. Él mismo condujo a Tristan l'Hermite a todos los escondites posibles, le abrió las puertas secretas los dobles fondos de los altares y los trasfondos de las sacristías. Si la desventurada Esmeralda se hubiera encontrado allí, él mismo la habría entregado. Cuando la decepción de no encontrarla hubo desesperado a Tristan que, por otra parte, no se entregaba con facilidad, Quasirnodo siguió buscándola solo. Veinte veces, hasta cien veces recorrió la iglesia de arriba a abajo, por todas partes, subiendo, bajando, corriendo, llamando, gritando, olfateando, acechando, rebuscando, metiendo la cabeza por todos los sitios, iluminando con una antorcha todas las bóvedas. Estaba loco, desesperado. Un macho que ha perdido a su hembra no ruge tanto ni aparece tan furioso. Cuando por fin se convenció de que la gitana no estaba en la iglesia, que sus esfuerzos eran baldíos, que se la habían robado, subió lentamente la escalera de las torres, la misma escalera por la que con tanto orgullo y tan triunfalmente había subido el día que la salvó. Volvió a pasar por los mismos lugares con la cabeza baja, sin voz, sin lágrimas y casi sin aliento. La catedral se hallaba desierta otra vez y había recobrado su silencio. Los arqueros se habían marchado para acosar a la bruja por la Cité. Quasimodo, solo en la inmensa catedral de Nuestra Señora, asediada con tan gran tumulto momentos antes, se dirigió hacia la celda en la que la gitana había dormido tantas semanas bajo su cuidado. Al acercarse se imaginaba que tal vez pudiera encontrarla en ella y, cuando al doblar la esquina de la galería que da al tejado de las naves laterales, vio la pequeña celda con su ventanuco y su puertecilla, escondida bajo un gran arbotante como un nido de pájaro bajo la rama de un árbol, el corazón empezó a latirle con gran fuerza y tuvo que apoyarse en un pilar para no caerse. Se imaginó que tal vez podría haber vuelto; que algún genio bueno podría haberla guiado de nuevo hasta allí; que aquella celda era lo suficientemente tranquila, segura y hasta encantadora para que ella se encontrara allí y no se atrevía a avanzar un solo solo paso por miedo a que sus ilusiones se esfumasen. -Sí -se decía a sí mismo-; seguramente está durmiendo o rezando. No hay que molestarla. Por fin reunió todo el coraje necesario y, avanzando de puntillas, miró y entró. De pronto pisoteó con furia la antorcha y sin decir ni una palabra ni lanzar un suspiro, golpeó el muro con la cabeza y cayó al suelo desvanecido. Cuando volvió en sí se arrojó sobre la cama se revolcó en ella y besó con frenesí el lugar, tibio aún, en donde la joven había dormido, y allí se quedó, inmóvil, durante algunos minutos como si fuera a morirse. Después se levantó sudoroso, jadeante, enajenado y empezó a dar con la cabeza en las paredes con la espantosa regularidad del badajo de sus campanas y la decidida resolución de quien pretende rompérsela en el lance. Por fin cayó nuevamente al suelo, agotado, y se arrastró de rodillas hasta afuera de la celda, quedándose en cuclillas frente a la puerta con un gesto de sorpresa. Así permaneció durante m£s de una hora, sin hacer movimiento alguno, con el ojo fijo en la celda desierta, m£s triste y pensativo que una madre sentada entre un ataúd lleno. No decía nada; sólo a grandes intervalos un sollozo estremecía violentamente todo su cuerpo; era un sollozo sin lagrimas, como esos relámpagos de verano que no hacen ruido. Parece que fue entonces cuando, buscando en el fondo de su ensoñación quién pudo haber sido el inesperado raptor de la gitana, pensó en el archidiácono. Se acordó de que sólo dom Claude tenía una llave de la escalera que llevaba a la celda y recordó también sus tentativas nocturnas sobre la joven, colaborando él mismo en la primera a impidiendo la segunda. Pensó en mil detalles más y llegó a la convicción de que el archidiácono le había robado a la gitana. Sin embargo, era tal su respeto hacia el sacerdote; su reconocimiento, su entrega y su amor para con este hombre tenían raíces tan profundas en su corazón, que resistían, incluso en aquellos momentos, a las garras de los celos y de la desesperación. Pensaba que el archidiácono había sido el causante, y la cólera de sangre y de muerte que hubiera sentido contra cualquier otro, desde el momento en que se trataba de dom Claude, en aquel pobre sordo se transformaba en un aumento de su dolor. En el momento en que sus pensamientos estaban así concentrados en el sacerdote y
cuando el alba blanqueaba ya los arbotantes, observó en el piso superior de Nuestra Señora, en el recodo de la balaustrada exterior
que gira allí en torno al ábside, una figura en movimiento. Aquella persona venía hacia él y la reconoció enseguida; era el
archidiácono. Claude caminaba con Paso lento y grave, sin mirar hacia adelante. Se
dirigía hacia la torre septentrional pero su rostro miraba hacia otro lado, hacia la orilla
izquierda del Sena. Mantenía la cabeza alta como si intentara
ver algo por encima de los tejados. Los búhos mantienen con relativa frecuencia esta misma actitud oblicua; vuelan
hacia un punto y miran hacia otro. El sacerdote pasó así por
encima de Quasimodo sin El sordo, a quien esta brusca aparición había petrificado, le vio perderse por la puerta de la escalera de la torre septentrional. El lector conoce ya que ésta es la torre desde donde se ve el ayuntamiento de la ciudad. Quasimodo se levantó y siguió al archidiácono. Subió la escalera de la torre para saber con qué objeto había ido allí el archidiácono. Por otra parte, el pobre campanero no sabía lo que iba a hacer ni lo que iba a decir; ni siquiera sabía lo que quería. Estaba lleno de rabia y de miedo. El archidiácono y la gitana se entrechocaban en su corazón. Al llegar a lo alto de la torre, antes de salir de la oscuridad de la escalera y entrar en la plataforma, examinó con precaución dónde se encontraba el clérigo. Éste le daba la espalda en aquel momento. Hay una balaustrada calada que rodea la plataforma de esos campanarios. El sacerdote, cuya mirada se perdía en la ciudad, tenía el pecho apoyado en el lado de la balaustrada que da hacia el puente de Nuestra Señora. Quasimodo avanzó silenciosamente hacia él para ver lo que estaba mirando con tanta atención. El clérigo se hallaba tan absorto en sus pensamientos que no oyó a Quasimodo. París es un magnífico y encantador espectáculo; sobre todo el París de entonces, visto desde lo alto de las torres de Nuestra Señora entre la luz fresca de un amanecer de verano. Debía tratarse de un día del mes de julio. El cielo estaba sereno. Algunas estrellas tardías se iban apagando aquí y allá pero había una que permanecía aún, con brillo intenso, hacia el levante, en lo más claro del cielo. El sol estaba ya a punto de salir y París comenzaba a desperezarse. Una luz blanca, muy pura, hacía resaltar vivamente a la vista todos los planos que presentaban al oriente sus cientos de casas. La sombra gigante de los campanarios se proyectaba por los tejados de una parte a otra de la ciudad. Había ya barrios en donde se hablaba y había bullicio. El repicar de una campana por aquí, unos martillazos por allá, el complicado traqueteo de una carreta en marcha. Algunas humaredas surgían aquí y allá sobre los tejados como por las fisuras de una inmensa solfatara. El río que rompe sus aguas contra las piedras de tantos puentes, contra las proas de tantas islas, se veía con reflejos de plata. En torno a la ciudad más allá de las murallas, la vista se perdía entre un gran círculo de vapores de algodón a través de los cuales podía distinguirse confusamente la línea imprecisa de las llanuras y el ondulamiento gracioso de las colinas. Toda clase de rumores flotaban y se dispersaban por esta ciudad, a medio desperezarse aún. Por el oriente, la brisa mañanera desplazaba hacia el cielo algunas nubecillas arrancadas a las brumas de las colinas. En el Parvis, algunas mujeres que llevaban en la mano su jarra de leche veían con gran asombro los destrozos singulares sufridos en la gran puerta de Nuestra Señora y los dos regueros de plomo solidificado entre las grietas de las piedras. Era todo lo que había quedado del tumulto de la noche anterior. La hoguera encendida por Quasimodo entre las torres se había apagado. Tristan había despejado la plaza y habían mandado arrojar al Sena a todos los muertos. A reyes como Luis XI les preocupaba mucho dejar pronto bien lavado el suelo después de una masacre. Por fuera de la balaustrada de la torre, precisamente debajo del lugar en donde se había detenido el archidiácono, había una de esas gárgolas de piedra, fantásticamente labradas, que erizan los edificios góticos y en una de las grietas de la gárgola dos hermosos alhelíes en flor, agitados por el aire, se hacían alocados saludos, como si estuvieran vivos. Por encima de las torres, arriba, muy lejos sobre el fondo del cielo, se oía piar a los pájaros. Pero el archidiácono no oía ni miraba nada de todo esto. Era uno de esos hombres para los que no existen amaneceres, ni pajarillos, ni flores. En aquel inmenso horizonte que abarcaba tantas cosas a su alrededor, su contemplación se reducía a un solo punto. Quasimodo ardía en deseos de preguntarle lo que había hecho con la gitana pero el archidiácono parecía encontrarse fuera del mundo en aquel momento. Estaba pasando visiblemente por uno de esos minutos violentos de la existencia en los que no se es capaz de notar que se está hundiendo la tierra. Tenía los ojos invariablemente fijos en un lugar determinado y permanecía inmóvil y silencioso. Aquel silencio y aquella inmovilidad encerraban algo tan temible que hacían temblar al siniestro campanero y no osaba afrontarlos. Como única manera de interrogar al archidiácono, seguía la dirección de su vista; de esta forma la mirada del desgraciado sordo fue a detenerse en la plaza de Grève. Vio así lo que el clérigo estaba mirando. La escalera estaba puesta junto al cadalso. En la plaza podían verse algunas personas y muchos soldados. Un hombre arrastraba por
el suelo una cosa blanca a la que iba agarrada algo negro y se detuvo al llegar junto al
cadalso. Entonces ocurrió algo que no llegó a ver Quasimodo. No porque su único ojo
hubiera perdido potencia en la visión, sino porque se había interpuesto un pelotón de
soldados que le impedía distinguir con claridad. Además acababa de salir el sol en aquel
momento y, más allá del horizonte, se desbordó una oleada
tal de luz, que parecía como si todas las puntas de París, todas las flechas, chimeneas y piñones se hubieran encendido El hombre aquel empezó a montar la escalera y fue entonces cuando Quasimodo lo vio todo claramente. Llevaba una mujer a la espalda, una muchacha vestida de blanco y con una cuerda al cuello. Quasimodo la reconoció; era ella. El hombre llegó a lo alto de la escalera y allí empezó a preparar el nudo. Entonces el clérigo, para poder verlo mejor, se puso de rodillas en la balaustrada. De pronto el verdugo empujó bruscamente la escalera con su talón y Quasimodo, que hacía ya un rato que estaba conteniendo la respiración, vio cómo se balanceaba en el otro extremo de la cuerda, y a cuatro metros del suelo, la desventurada muchacha, con el verdugo a horcajadas sobre sus hombros. La cuerda giró varias veces sobre sí misma y Quasimodo vio cómo horribles convulsiones se producían en todo el cuerpo de la gitana. El sacerdote, por su parte, con el cuello estirado y los ojos fuera de las órbitas, contemplaba aquel espantoso cuadro del hombre y la muchacha; de la araña y la mosca. En el momento más horrible una risa demoníaca, una risa imposible de encontrar en un hombre, estalló en el rostro lívido del archidiácono. Quasimodo no podía oírla pero la vio. El campanero retrocedió unos pasos y se colocó tras el archidiácono y, de repente, abalanzándose con furia sobre él, con sus dos enormes manos, le dio un empujón en la espalda, lanzándole al abismo al que dom Claude estaba asomado. El sacerdote exclamó: -¡Maldición! Y cayó. La gárgola sobre la que se hallaba le detuvo en su caída. Se agarró a ella
desesperadamente con ambas manos y al abrir la boca para lanzar un segundo grito, vio
pasar a Quasimodo por el borde de la balaustrada y se calló. Para sacarle del abismo, Quasimodo no habría tenido más que tenderle la mano, pero ni siquiera le miró. Estaba mirando hacia la Grève a la horca; a la gitana. El sordo había apoyado los codos en la balaustrada, en el mismo lugar en donde momentos antes se hallaba el archidiácono y allí, sin apartar su mirada del único objeto que, en aquellos momentos, existía para él en el mundo, permanecía inmóvil y mudo, como fulminado por el rayo, y un largo reguero de llanto fluía silencioso de aquel ojo que hasta entonces no había vertido más que una sola lágrima. El archidiácono jadeaba; el sudor corría por su frente calva, sus uñas sangraban, y sus rodillas se despellejaban contra el muro. Oía también cómo, a cada sacudida que daba, se le iba desgarrando la sotana, enganchada en la gárgola. Para colmo de desgracias, aquella gárgola terminaba en un tubo de plomo que se doblaba bajo el peso de su cuerpo. El archidiácono notaba cómo aquel tubo se iba doblando lentamente. Se decía, el miserable, que cuando sus manos se partieran por la fatiga, cuando su sotana acabara de desgarrarse y cuando aquella tubería se doblara por completo, entonces habría que caer y el pánico le roía las entrañas. A veces miraba con turbación una especie de plataforma estrecha que se formaba, a unos tres metros más abajo, por los salientes de las esculturas, y pedía al cielo, desde lo más profundo de su alma desesperada, que le fuera posible acabar su vida en aquel espacio de dos pies cuadrados, aunque tuviera que vivir cien años. Una sola vez miró hacia abajo, hacia la plaza, hacia el abismo. Cuando alzó la cabeza tenía cerrados los ojos y sus cabellos estaban totalmente erizados. Era algo espantoso el silencio entre aquellos dos hombres. Mientras el archidiácono agonizaba de aquella manera horrible, a unos pasos de él, Quasimodo lloraba y seguía mirando a la plaza. Cuando el archidiácono se convenció de que todos sus esfuerzos sólo servían para
debilitar el frágil punto de apoyo que le quedaba, tomó la decisión de no moverse. Se
encontraba, pues, allí, agarrado a la gárgola, casi sin respirar y moviéndose apenas,
pues, en cuanto a movimientos, sólo tenía el de esa convulsión mecánica que se nota en el
vientre cuando, durante los sueños, se siente uno caer al vacío. Sus ojos fijos
permanecían abiertos, con aspecto enfermizo y asustado. Poco a poco, sin embargo, iba
perdiendo terreno y sus dedos se iban deslizando por la gárgola. Cada vez sentía más la
debilidad de sus brazos y la pesadez de su cuerpo. La tubería de plomo que le sostenía iba Había en el Parvis grupos de curiosos que intentaban adivinar quién podría ser el loco que se divertía de manera tan extraña. El sacerdote les oía decir, pues aunque debilitadas, sus voces llegaban hasta él claras: -¡Ese hombre va a romperse la cabeza! Quasimodo seguía llorando. Por fin, el archidiácono, lleno de rabia y de espanto, comprendió que todo era inútil. Sin embargo aún juntó todas las fuerzas que le quedaban para un último intento. Se
agarró a pulso, rígidamente, a la gárgola, golpeó la pared con sus rodillas para tomar algo
de impulso y pudo asirse con ambas manos a una grieta de la piedra; desde
allí logró elevarse unos treinta centímetros más o menos, pero la violencia de aquel impulso dobló
bruscamente el tubo de plomo en el que se apoyaba y, al mismo tiempo, la sotana acabó
de desgarrársele por completo. Entonces, sintiendo que todo le fallaba bajo los pies y no
contando más que con sus manos rígidas y ya sin fuerzas para agarrarse, el infortunado Una caída desde tal altura es muy raramente perpendicular y el archidiácono, lanzado así al espacio, cayó primero con la cabeza hacia abajo y los brazos extendidos para dar después varias vueltas sobre sí mismo. El viento le empujó contra el tejado de una casa en donde el desgraciado comenzó a destrozarse, aunque no estaba aún muerto cuando cayó sobre él. El campanero le vio una vez más intentar agarrarse al piñón con sus uñas, pero el plano era demasiado inclinado y él ya no tenía fuerzas. Se deslizó rápidamente por el tejado como una teja que se suelta y fue a rebotar contra el empedrado. Y allí ya no volvió a moverse. Quasimodo alzó entonces su ojo hacia la gitana de la que veía, a lo lejos, cómo su cuerpo, colgado en la horca, se estremecía aún, bajo su vestido blanco, con los últimos estertores de la agonía; después la dirigió de nuevo hacia el cuerpo del archidiácono, aplastado al pie de la torre, y ya sin forma humana, y exclamó con un sollozo que agitó su pecho desde lo más profundo. -¡Oh! ¡Todo lo que he amado!
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