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III Desde aquella mañana de la picota los vecinos de Nuestra Señora habían creído observar que el entusiasmo de Quasimodo para tocar las campanas había remitido un tanto. Antes se oían las campanadas por cualquier pretexto; largos repiques al alba que se prolongaban de prima a completas, repiques para la misa mayor, diferentes tañidos según se tratara de boda o de bautizo; en fin, repiques que se entremezclaban en el aire como un bordado hecho con los sonidos más encantadores. La vieja iglesia, toda llena de vibraciones y sonidos, era un gozo continuo de campanas. Se notaba continuamente la presencia de un espíritu sonoro y caprichoso que cantaba por todas aquellas bocas de cobre. Y ahora aquel espíritu se había, parecía haberse diluido; la catedral estaba triste y permanecía en silencio. Las fiestas y los entierros tenían su repique sencillo, seco y desnudo; nada más que lo que exigía el ritual. De la doble sonoridad de las iglesias, órgano por dentro y campanas por fuera, sólo se oía
el órgano. Podría decirse que ya no estaba el músico del campanario. Sin embargo,
allí estaba Quasimodo. ¿Qué se había transformado en él? ¿Sería que la vergüenza y la
desesperación de la picota permanecían aún en el fondo de su corazón? ¿Sería que los
azotes del torturador repercutían aún en su alma y que la tristeza de semejante trato había Una vez arriba, en el hueco, junto a las campanas, Quasimodo se quedó un rato contemplando, con un triste movimiento de cabeza, las seise campanas como si alguna extraña congoja se hubiera interpuesto en su corazón entre ellas y él. Pero cuando las hubo puesto en movimiento, cuando sintió aquel racimo de campanas moverse todas bajo su mano, cuando vio, pues no la oía, la octava palpitante subir y bajar por aquella escala sonora como un pájaro que salta de rama en rama, cuando el diablo de la música, ese demonio que sacude un manojo chispeante de acordes, de trinos y de arpegios, se apoderó del pobre sordo, entonces se sintió nuevamente feliz, se olvidó de todo y su corazón, que se iba ensanchando, hizo resplandecer su rostro. Iba y venía, volteaba aquí y allá, corría de una cuerda a otra, animaba a aquellos seis cantores con la voz y con el gesto como un director de orquesta que espolea la inteligencia de sus músicos. -¡Vamos! -decía- ¡Vamos, Gabrielle! Lanza todo tu ruido a la plaza, que hoy es fiesta. ¡No seas perezosa,
Thibauld! ¡Que lo estás parando! ¡Venga ya! ¿Acaso lo has oxidado,
so perezosa? De acuerdo. ¡Más de prisa, más de prisa! ¡Que no se vea el
badajo! ¡Déjales sordos a todos, como yo! ¡Eso es! ¡Bravo, bravo, Thibauid! Guillaume, Guillaume, eres
el más grande y Pasquier el más pequeño. ¡Pero Pasquier va más rápido! ¡Muy bien, muy
bien, Gabrielle! ¡Fuerte, más fuerte aún! ¡Eh!, ¿qué hacéis ahí arriba vosotros dos,
Gorriones? No os veo hacer el menor ruido. ¿Qué picos de cobre son los vuestros que
parecen bostezar en vez de cantar? ¡Venga! ¡A trabajar, que hoy es la Anunciación y hace
buen sol! ¡Que suene bien! ¡Pobre Guillaume, estás jadeando, amigo!
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