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II PARTE I La casa de los Grégoire, una posesión magnífica que se llamaba La Piolaine, se hallaba a unos dos kilómetros de Montsou, hacia el este, en el camino de Joiselle. Era un caserón grande y cuadrado, construido a principios del siglo anterior, y sin estilo arquitectónico definido. De los grandes terrenos que le habían rodeado en otro tiempo, no quedaban más que unas treinta o treinta y cinco hectáreas, cerradas por una tapia. Había dentro de aquel muro una huerta y algunos árboles frutales muy estimados, porque decía la gente que daban las frutas y las legumbres más ricas de la comarca. No tenía parque; en su lugar se había conservado un pedazo de bosque. Una avenida de tilos bastante bien cuidados, conducía desde la verja de entrada a la puerta de la llanura estéril, donde apenas existía algún árbol que otro desde Marchiennes a Beaugnies. Aquella mañana, los señores de Grégoire se habían levantado a eso de las ocho. Ordinariamente no se levantaban hasta una hora después, porque eran dormilones como ellos solos; pero la tempestad de la noche anterior les había desvelado. Y mientras el marido, al levantarse, salió a la huerta para ver si el viento les había hecho algún destrozo, la señora de Grégoire bajó a la cocina, en zapatillas y con una bata de franela. Aquella buena mujer, que pasaba ya de los cincuenta y ocho años, baja y regordeta, había conservado una cara sonrosado, de muñeca de porcelana, a pesar de la blancura mate de sus cabellos. -Melania -dijo a la cocinera-; puesto que tiene usted masa, debería hacernos hoy un pastel. La señorita tardará aún media hora en levantarse, Y tomaría un poco con el chocolate... ¡Eh! ¡Qué sorpresa! La cocinera, una vieja que los servía desde hacía treinta años, se echó a reír. -Verdaderamente será una grata sorpresa -dijo-. Tengo el horno encendido, y además, Honorina puede ayudarme. Honorina, muchacha de veinte años de edad, a quien la familia había recogido siendo niña, y que estaba educada en la casa, hacía en la actualidad las veces de doncella. Todo el personal de la servidumbre se componía de las dos mujeres y un cochero, Francisco, que además ayudaba a todo lo que era menester; un jardinero y su mujer cuidaban del jardín, de la huerta y del corral; y como en aquella casa había costumbres patriarcales, toda aquella gente, señores y criados, vivían en paz como buenos amigos. La señora Grégoire, que había meditado en la cama lo de la sorpresa del pastel, se quedó en la cocina para ver meter la masa en el horno. Aquella habitación, la más importante de la casa, era muy grande, estaba muy limpia y atestada de cacerolas, sartenes, y todo género de utensilios culinarios. Olía bien por todas partes. Los armarios y las alacenas estaban llenos de toda clase de provisiones. -¡Que esté muy doradito!, ¿eh? -dijo la señora, despidiéndose para entrar en el comedor. A pesar de que una estufa templaba toda la casa, en la chimenea del comedor ardía un magnífico fuego de hulla. Por lo demás, no se veía lujo ninguno; una mesa grande, para comer, las sillas, un buen aparador de caoba, y solamente dos amplias poltronas de muelles daban fe del gusto por el bienestar y las largas digestiones reposadas. Casi nunca iban a la sala; generalmente recibían allí, en familia. El señor Grégoire entraba en aquel momento, vestido con un chaquetón de abrigo. Muy bien cuidado para sus sesenta años, y con facciones de hombre honrado a carta cabal. Había visto al cochero y al jardinero; ningún desperfecto importante: todo se reducía a una chimenea derribada. Por las mañanas le gustaba dar una vueltecita por La Piolaine, que ni era una posesión demasiado grande para proporcionarle quebraderos de cabeza, ni tan pequeña que le hiciera carecer de ninguna de las ventajas del propietario rural. -¿Y Cecilia? ¿No se levanta hoy esa chiquilla? -preguntó- No sé cómo será eso. Me parecía haberla oído hace rato. La mesa estaba puesta; había tres cubiertos encima del blanco mantel. Mandaron a Honorina fuese a ver qué le sucedía a la señorita. Pero la doncella bajó enseguida, conteniendo la risa, y hablando en voz baja, como si estuviera todavía en la alcoba de su ama. -¡Oh! ¡Si los señores vieran a la señorita!... Duerme, duerme, como un lirón... Parece mentira... ¡Da gusto verla! El padre y la madre cambiaron una mirada de ternura. Él dijo sonriendo: -¿Vienes a verla? -¡Pobrecilla! -murmuró ella-. Claro está que voy. Y subieron juntos. La alcoba de Cecilia era la única habitación verdaderamente lujosa que había en la casa; estaba tapizada de seda azul, ocupada con muebles de un gusto exquisito, de doradillo con filetes azules también; aquél era un capricho de niña mimada, satisfecho por sus padres. Entre la vaga blancura de la cama, gracias a la claridad que entraba por la entreabierta colgadura, dormía la joven con la mejilla apoyada en su brazo desnudo. No era bonita, pero tenía un aspecto muy saludable; estaba siempre sana, y se hallaba completamente desarrollada a los dieciocho años; tenía unas carnes magníficas, frescas, blancas, el pelo castaño y abundante, la cara redonda con una naricita voluntariosa, ligeramente respingada. La colcha se había caído al suelo, y la joven respiraba tan suavemente, que ni siquiera se agitaba lo más mínimo su ya abultado pecho. -¡Este maldito viento no la habrá dejado dormir! -dijo la madre en voz baja-. ¡Pobrecita mía! Pero el padre la hizo callar con un gesto. Uno y otro se quedaron un rato inclinados hacia el lecho, mirando con adoración, en su desnudez de virgen, a aquella hija por tanto tiempo deseada, y que había venido muy tarde, cuando ya desesperaban de que naciese. Y ella seguía durmiendo sin sentirlos, tan cerca de sí, que los semblantes de los dos casi rozaban con el suyo. De pronto, una sombra pasó rápida por su rostro inmóvil; y, temiendo despertarla, el padre y la madre se alejaron de puntillas, sin hacer el menor ruido. -¡Chist! -dijo él, ya en la puerta-. Por si ha estado desvelada, hay que dejarla dormir ahora. -¡Todo lo que quiera, pobrecita! -añadió la madre-. Esperaremos. Y volvieron a bajar, y se instalaron en las poltronas del comedor, mientras las criadas, riendo del pesado sueño de la señorita, ponían, sin impacientarse, el almuerzo a la lumbre para que no se enfriara. Él había cogido un periódico, ella trabajaba en un cubrepiés de ganchillo. Estaba la habitación muy caliente, y en la casa no se oía ni el más ligero ruido. La fortuna de los Grégoire, que sería de unos cuarenta mil francos de renta, estaba invertida por entero en acciones de las minas de Montsou. Ellos hablaban con complacencia del origen de su capital, que databa de la fundación de aquella Compañía minera. Allá en los comienzos del siglo pasado se había desarrollado en el país una especie de locura minera desde Lille a Valenciennes. Los primeros éxitos de los concesionarios, que más tarde formaron la Compañía de Anzin, exaltaron los ánimos. En todos los distritos de la comarca se sondaba el suelo y se formaban sociedades, y surgían concesiones en una noche. Pero entre los maniáticos de aquella época, el barón Desrumaux había dejado recuerdo por su heroica inteligencia. Durante cuarenta años luchó sin cesar contra todo género de obstáculos: con lo infructuoso de los primeros trabajos, con los filones falsos, que había que dejar después de muchos meses de trabajo; con los desprendimientos que cegaban las minas y con las repentinas inundaciones que ahogaban a los obreros; en una palabra: cientos de miles de francos inútilmente enterrados; y enseguida el barullo de la Administración, el pánico de los accionistas y la codicia de los terratenientes, que se negaban a reconocer las concesiones si no se trataba antes con ellos... Al fin acababa de fundar la sociedad Desrumaux, Fauquenoix y Compañía, para explotar la concesión de Montsou; y las primeras minas empezaban a dar algunos, aunque escasos beneficios, cuando dos concesiones contiguas a la suya, la de Cougny, que pertenecía al conde de Cougny, y la de Joiselle, que era de la Sociedad Cornille y Jenard, estuvieron a punto de arruinarle, haciéndole la competencia. Felizmente, el 23 de agosto de 1760 se firmaba un contrato entre las tres sociedades, convirtiéndolas en una sola. La Compañía de las minas de Montsou quedó formada tal y como existe en la actualidad. Para el reparto, se había dividido, según el tipo de moneda de aquella época, la propiedad total en veinticuatro sueldos, cada uno de los cuales se subdividía en doce dineros, y como cada dinero era de diez mil francos, el capital total representaba una suma de cerca de tres millones. A Desrumaux, agonizando ya pero vencedor al cabo, le habían correspondido en este reparto seis sueldos y tres dineros. Por aquella época, el Barón tenía La Piolaine, con trescientas hectáreas de tierra, y a su servicio, como gerente a Honorato Grégoire, mozo natural de Picardía, que era el bisabuelo de León Grégoire, padre de Cecilia. Cuando se celebró el contrato de Montsou, Honorato, que conservaba guardados en un calcetín unos cincuenta mil francos, producto de sus economías, se dejó ganar, aunque temblando, por la inquebrantable fe de su amo. Sacó diez mil libras en buenos escudos, y compró un dinero, con el miedo de cometer un robo en perjuicio de sus herederos. Su hijo Eugenio percibió, en efecto, beneficios muy pequeños; y como se había hecho burgués, y había cometido la tontería de comerse tranquilamente los otros cuarenta mil francos de la herencia paterna, vivió con bastante estrechez. Pero los intereses del dinero iban subiendo poco a poco, y la fortuna empezó a sonreír ya a Feliciano, el cual pudo realizar el sueño que, siendo niño, le había hecho concebir su abuelo, el antiguo gerente del Barón, esto es comprar La Piolaine, desprovista por entonces de gran parte de las tierras que le pertenecían, y adquirida como procedente de bienes nacionales, por una cantidad insignificante. Sin embargo, los años siguientes fueron malos, porque hubo que aguardar el desenlace de las catástrofes revolucionarias, y luego la caída sangrienta de Napoleón. Y nadie más que León Gregoire pudo aprovecharse, en asombrosa progresión, del empleo medroso que había dado su bisabuelo a las economías que conservara en el calcetín. Aquellos miserables millares de francos crecían al compás de la prosperidad de la Compañía. Ya en 1820 producían el ciento por ciento, es decir, diez mil francos. En 1844 rentaban veinte mil, y cuarenta mil en 1850. Hasta hubo años en que los dividendos subieron a la cifra prodigiosa de cincuenta mil francos: el valor del dinero se cotizaba a un millón en la Bolsa de Lille; es decir, se había centuplicado en el transcurso de un siglo. El señor Grégoire, a quien aconsejaron que vendiese cuando llegó a tan extraordinaria alza la cotización, se negó a ello con la sonrisa bonachona que le era habitual. Seis meses después se produjo una crisis industrial, y el dinero bajaba a seiscientos mil francos de un golpe. Pero él seguía sonriendo y sin arrepentirse, porque los Gregoire tenían una fe ciega en su mina. Ya subirían las acciones con la ayuda de Dios. Además, a esa creencia religiosa, se mezclaba una gratitud profunda hacia el papel que desde hacía más de un siglo daba de comer a la familia sin necesidad de trabajar. Era aquella acción de la sociedad minera algo así como una divinidad propia, a la cual ellos en su egoísmo, rodeaban de un verdadero culto, como el hada bienhechora del hogar, la que los mecía en su mullido lecho de pereza, la que los engordaba en su bien provista mesa de gastrónomos. Esto venía sucediendo de padres a hijos. ¿A qué arriesgarse a tentar a la suerte, dudando de ella? Así es que, en el fondo de su fidelidad, había un temor supersticioso: el miedo a que el millón de la acción que Poseían se derritiese enseguida, al convertirlo en metálico para encerrarlo en el fondo de un cajón. Lo creían mejor guardado en el fondo de la mina, de donde un pueblo entero de obreros, generaciones y más generaciones de seres hambrientos, sacaba para ellos un poquito cada día, según las necesidades. Por otra parte, la felicidad derramaba sus dones sobre aquella casa. Siendo muy joven, el señor Grégoire se había casado con la hija de un boticario de Marchiennes, una señorita fea y sin un céntimo, a la cual adoraba y que le había hecho muy feliz. Ella se había dedicado exclusivamente al cuidado de la casa, en éxtasis delante de su marido y sin tener más voluntad que la de éste; jamás los había dividido una diferencia de gustos, y el mismo ideal de bienestar confundía sus deseos. Así vivían desde hacía cuarenta años, prodigándose todo género de ternezas y de cuidados recíprocos. Era una existencia perfectamente regulada: los cuarenta mil francos comidos sin ruido y las economías gastadas en Cecilia, cuya venida al mundo había trastornado por una temporada el presupuesto doméstico. Todavía hoy continuaban satisfaciendo todos sus caprichos; otro caballo, dos carruajes más y algunos trajes que le enviaban desde París. Pero aquello era para ellos un motivo de contento, pues nada les parecía demasiado para su hija, a pesar de que los dos tenían tal horror a las innovaciones, que seguían la moda de cuando eran jóvenes. Todo gasto al que no se le sacaba provecho, les parecía estúpido. De pronto se abrió la puerta del comedor, y se oyó una voz fuerte, que gritaba: -¿Qué es eso? ¿Almorzáis sin esperarme? Era Cecilia, que acababa de saltar de la cama, y que llegaba con los ojos hinchados aún de tanto dormir. No había hecho más que recogerse el pelo y ponerse una bata de lanilla blanca. -No por cierto, -dijo la madre-: ya ves que te esperábamos... ¿Eh, qué tal? Ese maldito viento te habrá tenido sin dormir toda la noche, ¿verdad, hijita? La joven la miró muy sorprendida. -¿Ha hecho viento?... Pues no lo he oído; he dormido toda la noche de in tirón. Aquello les pareció gracioso, y los tres se echaron a reír, y las criadas, que entraban con el almuerzo, soltaron también la risa, como si el que la señorita hubiera dormido doce horas de un tirón fuera un motivo de alegría para todos los de la casa. La vista del pastel acabó de poner alegres todos los semblantes. -¡Cómo! ¿Está ya hecho? -decía Cecilia-. Buena sorpresa me habéis preparado... ¡Qué rico va a estar, así calentito, con el chocolate! Y se sentaron a la mesa, donde ya humeaba el chocolate, hablando largo rato del pastel. Melania y Honorina, en pie, daban pormenores sobre el dulce y la manera de hacerlo, y miraban a sus amos atracarse de lo lindo, asegurando que daba gusto hacer pasteles para que los señores les hicieran tan bien los honores. De pronto los perros comenzaron a ladrar; creyeron que sería la maestra de piano que iba desde Marchiennes todos los lunes y todos los viernes. Cecilia recibía también las lecciones de un profesor de literatura. Toda la educación de la joven se había hecho en La Piolaine, en una feliz ignorancia, entre sus caprichos de niña mimada, que tiraba el libro por la ventana cuando le aburría una lección. -Es el señor Deneulin -dijo Honorina, que había ido a ver quién era. Y detrás de ella entró en el comedor, sin cumplidos, Deneulin, un primo de Grégoire, alto, apuesto, de fisonomía animada, y con todo el aire de un oficial de caballería. Aunque pasaba ya de los cincuenta años, sus cabellos, cortados a punta de tijera, y sus grandes y espesos bigotes, conservaban toda su negrura. -Sí, yo soy. Buenos días... Que nadie se moleste. No hay que levantarse. Y tomó asiento, mientras la familia le saludaba afectuosamente y acababa de tomar el chocolate. -¿Qué te trae por aquí? -preguntó el señor Grégoire. -Nada, absolutamente nada -se apresuró a decir Deneulin-. Salí a dar un paseo a caballo, y como pasaba por la puerta de vuestra casa, quise entrar a daros los buenos días. Cecilia preguntó por Juana y Lucía, sus hijas. Estaban muy bien: la primera no soltaba los pinceles, mientras la otra, la mayor, no pensaba más que en cantar, acompañándose al piano todo el santo día. Y en su voz se notaba un ligero temblor, cierto malestar, que procuraba disimular fingiendo alegría. El señor Grégoire replicó: -¿Y en la mina, andan los negocios a tu gusto? -¡Caramba! Me sucede lo que a todos; estoy fastidiado con esta maldita crisis que atravesamos... ¡Ah! Bien pagamos los años prósperos. Se han hecho demasiadas obras, demasiados ferrocarriles; se ha inmovilizado demasiado capital con la esperanza de una producción formidable. Y, es claro, hoy el dinero está muerto, y no hay medio de hacer funcionar todo eso... Afortunadamente, la situación no es desesperada, y se saldrá de este mal paso. Lo mismo que su primo, había heredado una acción de las minas de Montsou. Pero como él era ingeniero, muy emprendedor, y deseaba poseer una fortuna real, se había apresurado a vender cuando las acciones se cotizaban a un millón. Hacía ya varios meses que estaba madurando un plan. Su mujer había aportado al matrimonio la pequeña concesión de Vandame, donde no había más que dos minas abiertas, Juan Bart y Gastón-María, en un estado de abandono tal, con un material tan antiguo y deficiente, que apenas cubrían gastos. Pues bien: ansiaba reparar Juan Bart, poniéndole maquinaria nueva, y ensanchando los pozos, a fin de extraer más y dejar Gastón-María nada más que para desahogo. Indudablemente, decía él, allí se va a sacar oro a paladas. La idea era buena. Pero el millón se había gastado en mejoras, y aquella maldita crisis industrial estallaba precisamente en el momento en que importantes beneficios le iban a dar la razón. Por otra parte, mal administrador, de una bondad brusca, pero extremada, para sus obreros, se dejaba saquear desde la muerte de su mujer, abandonando la dirección administrativa de su casa a sus hijas, de las cuales la mayor estaba siempre hablando de dedicarse al teatro, y la más pequeña había enviado ya a las exposiciones varios cuadros que no le habían admitido; una y otra, sonrientes siempre, en medio de los apuros propios de los malos negocios, se preocupaban poco de la ruina que les amenazaba, porque pretendían ser muy mujeres de su casa y saber defenderse contra esa calamidad. -Mira, León -replicó Deneulin, con la voz poco segura-, hiciste mal en no vender cuando yo... Y si me hubieras creído y me hubieras confiado tu dinero, sabe Dios cuantas cosas buenas habríamos hecho en nuestra mina de Vandame. El señor Grégoire, que acababa de tomar el chocolate con la mayor calma, respondió tranquilamente: -¡Jamás!... Bien sabes que yo no sé, ni quiero especular. Vivo tranquilo, y sería una estupidez buscarme quebraderos de cabeza con los negocios. Por lo que toca a las acciones de Montsou, por mucho que bajen, siempre nos darán para vivir. ¡No hay que tener tanta ambición! Además, ten presente que, como te he dicho muchas veces, te has de arrepentir, porque las Montsou han de volver a subir, y puedes tener la seguridad de que los hijos de los hijos de Cecilia han de tener mucho dinero. Deneulin lo escuchaba sonriendo con cierta turbación. -¿De modo que si te dijera que invirtieses cien mil francos en mi negocio, te negarías? Pero al ver la turbación de los Grégoire, se arrepintió de haber caminado tan de prisa, y se propuso aplazar para más tarde sus planes de hacer un empréstito, reservándolos para un caso apuradísimo. -¡Oh! ¡No es que lo necesite!; ¡Era una broma!... ¡Qué demonio! Tal vez tengas razón; el dinero que se gana sin trabajar es el que más engorda. Cambiaron de conversación. Cecilia volvió a preguntar por sus primas, cuyas aficiones la preocupaban. La señora de Grégoire prometió que llevaría a Cecilia a casa de sus primas el primer día que hiciese sol. Pero el señor Grégoire, con aire distraído, no estaba en la conversación; y al cabo de un momento continuó hablando en voz alta: -Yo, si estuviera en tu pellejo, no me empeñaría en hacer imposibles, y procuraría entrar en tratos con los de Montsou... Cree que lo desean mucho, y que recuperarías fácilmente el dinero. Aludía al odio inmemorial que se profesaban los concesionarios de Montsou y de Vandame. A pesar de la poca importancia de esta última Sociedad, su poderosa vecina se moría de rabia viendo enclavado en sus vastísimas posesiones aquel trozo de terreno que no le pertenecía, y después de haber procurado inútilmente arruinarla, se hacía la ilusión de poderla comprar por poco dinero, cuando fuesen mal los negocios de Vandame. Mientras tanto, continuaban haciéndose una guerra sin cuartel, despiadada, por más que los directores e ingenieros de una y otra mantenían corteses relaciones. Los ojos de Deneulin habían brillado furiosos. -¡Jamás! -exclamó con énfasis-. Mientras yo viva, los de Montsou no serán dueños de Vandame... El jueves comí en casa de Hennebeau, y noté que trataba de conquistarme. Ya el otoño pasado, cuando estuvieron aquí los consejeros de Administración de la Compañía, me hicieron mil carantoñas... ¡Sí! ¡Buenos están! ¡Conozco yo a esos duques y marqueses, a esos generales y ministros, más que las madres que los parieron! Unos bandidos, capaces de quitarle a uno la camisa, si lo encontraran en un camino. No transigiría por nada del mundo. Por otra parte, el señor Grégoire defendía al Consejo de Administración de Montsou, compuesto de los consejeros nombrados por el contrato de 1760, que gobernaban despóticamente la Compañía, y de los cuales vivían cinco, que a la muerte de cada uno elegían al nuevo consejero entre los accionistas más ricos e influyentes. La opinión del propietario de La Piolaine, cuyos modestos gustos hemos descrito, era que aquellos señores faltaban a menudo a las conveniencias, por su excesivo amor al dinero. Melania había empezado a quitar la mesa. Los perros volvieron a ladrar, y ya Honorina se dirigía a la puerta, cuando Cecilia, a quien sofocaban el calor y lo mucho que había comido, se levantó de la mesa: -No, deja; debe ser mi profesora. También Deneulin se había levantado. Cuando vio que la joven no estaba allí, preguntó sonriendo: -¿Y esa boda con Négrel? -No hay nada decidido todavía -contestó la señora de Grégoire-, un proyecto en embrión... Es preciso pensarlo. -Es verdad -contestó el pariente con su acostumbrada sonrisa-. Creo que la tía y el sobrino... Y lo que más me sorprende es que la señora Hennebeau, conociendo el proyecto, demuestre tanto entusiasmo por Cecilia. Pero el señor Grégoire se indignó. iUna persona tan distinguida y que tenía catorce años más que su sobrino! Eso era monstruoso, y no le gustaba que se tuvieran aquellas bromas en su casa. Deneulin, sin dejar de sonreír, le estrechó la mano, y se fue. -Pues no era la profesora tampoco -dijo Cecilia, volviendo a entrar en el comedor-. Es aquella mujer de un minero, que nos encontramos el otro día... aquella mujer de un minero, que viene con sus dos hijos... ¿Entran aquí? Hubo un momento de duda. ¿Estarían muy sucios? No, no mucho; y además, dejarían los zuecos en la antesala. El padre y la madre, que habían vuelto a repantigarse cómodamente en sus butacas, se acabaron de decidir por no variar de postura y tener que salir del comedor. -Que entren, Honorina. Entonces entraron la mujer de Maheu y sus dos pequeñuelos, los tres muertos de frío, hambrientos, asustados de verse en aquella sala donde hacía tanto calor y olía tan bien a pastel. II En el cuarto de Maheu, que, como hemos dicho, se había quedado todo en silencio y a oscuras, había ido luego entrando poco a poco la claridad por entre las rejillas de las persianas; el aire, sin renovar, se iba haciendo cada vez más pesado, y todos continuaban durmiendo a pierna suelta: Leonor y Enrique, el uno en los brazos del otro, y Alicia con la cabeza echada atrás, apoyada en su joroba, mientras el abuelo Buenamuerte, que ocupaba la cama de Zacarías y de Juan, roncaba con la boca abierta. No se oía ni el menor ruido en el gabinete donde la mujer de Maheu se había quedado durmiendo y dando de mamar a Estrella, con la cabeza echada a un lado, su hija recostada sobre ella, y durmiendo a su vez después de harta de mamar. El cu-cu de abajo dio las seis. Por todo el barrio se oyó ruido de puertas que se abrían y cerraban; después el de los zuecos pisando sobre las losas de las aceras: eran las cernedoras, que se iban a la mina. Y volvió a reinar el silencio hasta las siete. A esa hora se descorrieron las persianas, y a través de las paredes se oyeron toses y bostezos. Pero en el cuarto de los Maheu nadie se despertaba. De pronto, un ruido terrible de gritos y bofetadas que se oían a lo lejos hizo incorporarse a Alicia. Tuvo conciencia de la hora que era, y, saltando de la cama, fue a despertar a su madre. -¡Mamá, mamá!; es muy tarde, y tienes que salir!... Cuidado, que vas a aplastar a Estrella. Y salvó a la niña, medio ahogada ya por la masa de carne de los pechos. -¡Maldita suerte! -murmuraba la mujer de Maheu, restregándose los ojos-. Está una tan cansada, que no se levantaría en todo el día... Viste a Leonor y a Enrique, para que vengan conmigo, y tú cuidarás de Estrella, porque no quiero llevarla, no vaya a ponerse mala con este tiempo tan crudo. Mientras tanto, se lavaba apresuradamente, y se ponía una faldilla azul, ya muy vieja, que era la mejor que tenía, y un gabán de lana gris, al cual había puesto dos o tres remiendos el día antes. -¿Y la sopa? ¡Maldita suerte! -volvió a murmurar. Mientras su madre bajaba al comedor, tropezando con todo, Alicia volvió a la alcoba con Estrella en brazos. Ésta se había puesto a llorar otra vez. Pero estaba acostumbrada a los berridos de su hermana, y a pesar de sus ocho años escasos tenía ya astucias de mujer para engañar y entretener a la pequeña. La echó en su cama, aún caliente, y la durmió, metiéndole el dedo en la boca para que chupase. Ya era tiempo, porque en aquel momento estallaba otra disputa entre Leonor y Enrique, que habían despertado al fin y entre los cuales tuvo ella que poner paz. Aquellos dos muchachos no congeniaban, ni estaban en paz y abrazados más que cuando dormían. La niña, que tenía seis años, se enredaba a pescozones con su hermanito, más pequeño, desde que se levantaban, y el pobre Enrique los sufría sin devolverlos. Los dos tenían la cabeza muy grande y desproporcionado, cubierta de encrespados cabellos pelirrojos. Fue menester, para que se restableciese la paz, que Alicia tirase a su hermana de los pies, amenazándole con arrancarle la piel a fuerza de azotes. Luego hubo llantos y furias al irlos a lavar y a vestir. No querían abrir la ventana, para que no se despertase el abuelo Buenamuerte, que seguía roncando en el camastro de sus nietos. -¡Vamos, ya está esto! ¿Habéis acabado? -gritó la mujer de Maheu. Había abierto las ventanas y avivado la lumbre, echándole más carbón. Su esperanza consistía en que el viejo no se hubiera comido la sopa. Pero como encontró el pucherete completamente limpio, puso a cocer un poco de verdura que tenía escondida. Tendrían que resignarse a beber agua, porque no debía de quedar café, ni mucho menos manteca; así es que se quedó sorprendida al ver que Catalina había hecho el milagro de dejar un poco de cada cosa. En cambio, el armario estaba completamente vacío: nada, ni una corteza de pan, ni un hueso que roer. ¿Qué iba a ser de ellos, si Maigrat se empeñaba en no fiarles más, y si las señoras de La Piolaine no le daban siquiera un par de francos? Porque cuando su marido y sus hijos volviesen del trabajo, había que comer irremisiblemente. -¿Bajáis, o no? -gritó de nuevo-. Ya debía haberme ido. Cuando Alicia y los dos niños entraron en la sala, dividió la verdura en tres platos. Ella no quería, porque no tenía ganas, según dijo. Aunque Catalina había vuelto a pasar por el colador el café del día antes, volvió a hacer lo mismo, y se bebió dos tazas seguidas de aquel brebaje, que parecía agua sucia. Pero, en fin, bueno estaba; al menos le quitaría el hambre, y la haría entrar en calor. -Oye -dijo, dirigiéndose a Alicia-, ten cuidado de que no se despierte tu abuelo y de que no se rompa Estrella la cabeza; si se despierta y llora mucho, aquí tienes un terrón de azúcar, lo deshaces en agua, y le das unas cucharadas... Ya sé que eres buena, y que no te lo comerás tú. -¿Y la escuela, mamá? -¿La escuela? Otro día irás, porque hoy te necesito. -¿Quieres que haga yo la comida, si vienes tarde? -La comida, la comida... No; espera a que yo vuelva. Alicia, que tenía la precoz inteligencia de casi todos los niños enfermos, sabía guisar muy bien. Pero debió de comprender lo que significaba la negativa de su madre, y no insistió. Estaba ya en pie toda la gente del barrio; bandadas de muchachos se dirigían a la escuela, haciendo sonar estrepitosamente sus zuecos en las losas de la calle. Dieron las ocho; de la casa contigua, donde vivían los Levaque, salía el ruido de animadas conversaciones. Las mujeres empezaban a trabajar en sus casas, afanándose alrededor de sus cafeteras, con los brazos en jarras y meneando las lenguas como aspas de molino. Una cara ajada, de labios gruesos, de nariz chata, se acercó a la ventana de la sala de los Maheu, diciendo: -¡Hola, vecina! ¿Sabes que hay novedades? -Bueno, bueno; luego me las contarás -contestó la mujer de Maheu-, tengo que salir. Y temiendo caer en la tentación de ponerse a chismorrear, agarró de la mano a Leonor y a Enrique, y salió con ellos. En el piso de encima, el viejo Buenamuerte seguía roncando como un bendito. Al salir a la calle, la mujer de Maheu se quedó sorprendida, notando que el viento había cesado completamente. Estaba deshelando, pero hacía un frío intensísimo; el cielo tenía color de tierra, las paredes chorreaban a causa de la humedad, los caminos estaban intransitables por el mucho barro, un barro especial, que sólo se conoce en el país del carbón, negro y tan áspero, que se dejaba uno en él la suela de los zapatos. Al poco rato tuvo que dar una bofetada a Leonor, porque la chicuela se entretenía en recoger el barro con la punta de sus zuecos, como si fueran una pala. -¡Verás, verás tú, grandísimo tunante, si te cojo y te rompo el alma, para que no hagas más bolitas! Era que Enrique había recogido un puñado de barro, y se entretenía en hacer bolas con él. Los dos chiquillos, escarmentados por igual, entraron en orden, y ya muy formales, siguieron andando con trabajo porque los piececillos se les clavaban en el fango a cada paso. Por el lado de Marchiennes, la carretera se extendía, bien cuidada, durante un par de leguas; pero por el de Montsou, el camino tenía mucha cuesta, y estaba lleno de baches; en cambio, estaba mucho más animado, porque a sus bordes comenzaba el pueblo. Multitud de casitas, pintadas unas de amarillo, otras de azul, otras con cal blanca, animaban el paisaje. Se veían también algunas casas más grandes, de dos pisos; estaban destinadas a vivienda de los jefes de taller. Una iglesia, también de ladrillos, que parecía un modelo de fábrica de nueva arquitectura, con su campanario cuadrado en forma de chimenea, y ennegrecido por el polvillo de carbón que invadía toda la campiña, era el edificio más saliente de todos. Ya dentro del pueblo, y aun en los caseríos de la carretera, predominaban las tiendas de bebidas, las tabernas, los despachos de cerveza, tan numerosos, que entre las mil casas del pueblo había quinientas tabernas lo menos. Al aproximarse a las canteras de la Compañía, que eran una vasta serie de almacenes y talleres, la mujer de Maheu se decidió a coger un chico de cada mano. A la entrada de aquéllas se veía el palacio del director, señor Hennebeau; una especie de chalet enorme, separado del camino por una verja, y seguido de un jardín, donde crecían algunos árboles raquíticos. Precisamente a la puerta había un carruaje, del que se apearon un caballero y una señora envuelta en un abrigo de pieles: sin duda, alguna visita de París que había llegado aquella mañana a la estación de Marchiennes, porque la señora Hennebeau, que salió a recibirlos, lanzó una exclamación de sorpresa y alegría. -¿Queréis andar, demonios? -gruñó la mujer de Maheu, tirando de sus dos hijos, que se atascaban en el fango. Llegó a casa de Maigrat muy emocionada. Maigrat vivía al lado del palacio del director; una tapia separaba el hotel del señor Hennebeau de la estrecha vivienda que habitaba el comerciante, quien tenía un almacén y una tiendecilla, cuya puerta daba a la carretera. En ella vendía un poco de todo: especias, salchichería, frutas, pan, cerveza y objetos de fantasía. Había sido vigilante en la mina Voreux, y luego, al abrir tienda, empezó con una muy pequeña; pero después, gracias a la protección decidida de sus jefes, la había agrandado, aumentando su comercio, y acabando por matar la venta al por menor en Montsou. Acaparó las mercaderías, y su importante clientela de obreros le permitía vender a precios más baratos y abrir créditos mayores que todos los demás tenderos. Por otra parte, seguía siendo el protegido de la Compañía, que le había hecho de nueva planta la tienda y el almacén. -Aquí estoy otra vez, señor Maigrat -dijo la mujer de Maheu con humildad, al verle en la puerta. Él la miró sin contestarle. Era un hombre alto, grueso, fornido, que pretendía ser enérgico, y que cuando tomaba una resolución, ésta era siempre irrevocable. -Vamos, no me despida como ayer. Necesitamos comer pan, de aquí al lunes... Es verdad que hace dos años le debemos sesenta francos; pero... Y siguió hablando con frase entrecortado y voz poco segura. Aquélla era una deuda antigua, contraída durante una huelga. Veinte veces habían prometido pagarla; pero como no podían, apenas le daban cuarenta sueldos cada quincena. Además, les había sucedido una desgracia; habían tenido que pagar veinte francos a un zapatero que quería embargarles, y por eso no tenían ni un céntimo. Si no, hubieran podido tirar hasta el sábado, como los demás compañeros. Pero Maigrat, sin abrir la boca, sin mirarla siquiera, recostado en el quicio de la puerta, y con los brazos cruzados sobre el pecho, contestaba que no con la cabeza a cada una de aquellas súplicas. -Nada más que pan, señor Maigrat. Ya ve que soy razonable; no quiero café... sólo dos panes de tres libras todos los días. -¡No! -exclamó él al fin con toda su fuerza. Su mujer había aparecido en aquel momento; era una pobre criatura, endeblucha, que pasaba los días sobre su libro de cuentas sin atreverse siquiera a levantar la cabeza. Pero se marchó enseguida, compadecida de aquella infeliz, que le dirigía miradas suplicantes. Se decía de ella que prestaba de buen grado el lecho conyugal a las muchachas de los parroquianos. Era cosa sabida: cuando un minero deseaba una prórroga de crédito, no tenía más que mandar a su hija o a su mujer, fuesen guapas o feas, con tal de que se mostraran complacientes. La mujer de Maheu, que seguía suplicando con la vista, se sintió turbada ante la insistencia de los ojillos de Maigrat, que la contemplaban de un modo extraño. Aquello la puso fuera de sí; lo hubiera comprendido antes de tener siete hijos, cuando era joven y guapa. Y se marchó de allí arrastrando a Leonor y a Enrique, que se entretenían en recoger las cáscaras de nuez que había en el suelo de la tienda. -Acuérdese de lo que le digo, señor Maigrat; esto le traerá alguna desgracia. No le quedaba ya más esperanza que los señores de La Piolaine. Si éstos no le daban siquiera un par de francos, se morirían todos de hambre en su casa. Había tomado el camino de Joiselle. Allá, a la izquierda, en un recodo de la carretera, estaba el palacio del Consejo de Administración, magnífico edificio, donde todos los años se reunían señorones de París, y príncipes, y generales, a celebrar con grandes banquetes el aniversario del establecimiento de la Compañía. Mientras caminaba, iba gastando mentalmente los dos francos: primero pan, luego un poco de café, enseguida manteca y patatas para las sopas de por la mañana y el guisote de al mediodía, y tal vez pudiera permitirse también el lujo de un poco de carne de cerdo: su marido necesitaba tomar carne en alguna comida. Se encontró con el cura de Montsou, el padre Joire, que pasaba por allí, remangándose la sotana con la delicadeza propia de un gato mimado y bien nutrido que teme mojarse la cola. Era un hombre de buen carácter, vivía en paz con todo el mundo, y procuraba ocuparse lo menos posible de las cosas de la vida. -Buenos días, señor cura. El padre Joire no se detuvo: dirigió una sonrisa a los niños, y la dejó plantada en medio del camino. La mujer de Maheu no tenía religión; pero, sin saber por qué, había supuesto que aquel cura iba a darle algo. Y continuó su camino por en medio del lodazal que produjeran las últimas lluvias. Tenía que andar dos kilómetros más, y le era necesario tirar de los chicos, que ya no podían con su alma, y que, rendidos de cansancio, habían dejado de estar alegres y juguetones. A un lado y otro del camino se veían casas iguales a las de antes: los mismos edificios de ladrillos con sus grandes chimeneas, ennegrecidas por el humo y el polvillo del carbón. Y más allá los campos áridos, inmensos, semejantes a un desierto negro, sin que la monotonía del paisaje se alterara en lo más mínimo hasta que la vista tropezaba en el horizonte con la línea verde oscuro del bosque de Vandame. -Llévame en brazos, mamá. Y ella los llevaba un rato a uno y otro a otro, por turno. El camino estaba lleno de charcos, y la pobre mujer se levantaba las faldas hasta la rodilla, temiendo llegar demasiado sucia. Dos o tres veces se vio a punto de caer, porque el suelo estaba muy resbaladizo, y cuando al fin llegaron a La Piolaine, tres perros enormes se abalanzaron hacia ellos, ladrando con tal furia, que los niños se asustaron. Hubo necesidad de que el cochero cogiese un látigo. -Quitaos los zuecos y entrad -les dijo Honorina. En el comedor, la madre y los chicos se quedaron inmóviles, aturdidos por la brusquedad del cambio de temperatura, y turbados ante las miradas de aquellos dos señores viejos, repantigados en sus sillones. -Hija mía -dijo la señora Grégoire-, desempeña tu cometido. Los señores Grégoire dejaban a Cecilia la tarea de dar sus limosnas. Aquello entraba en su plan de buena educación. Era necesario ser caritativo, y añadían ellos mismos que su casa era para los pobres la casa de Dios. Además, se alababan de hacer la caridad de un modo inteligente y cuidadoso, para no ser víctimas de engaños que pudieran alimentar el vicio. Así es que nunca daban dinero, ¡jamás!, ni dos céntimos, porque era cosa sabida que en cuanto un pobre cogía algunos cuartos, iba a gastarlos en vino o en cerveza. Sus limosnas se hacían siempre en especie, y principalmente en ropas de abrigo, que distribuían en invierno a los niños indigentes. -¡Oh, pobrecillos! -decía Cecilia mirando a Leonor y a Enrique-. ¡Qué pálidos están de haber andado al frío!... Honorina, sube a mi cuarto, y tráeme un paquete que tengo allí. Las criadas también miraban a aquellos miserables con la compasión poco profunda de gente que tiene la comida asegurada. Mientras la doncella subía al cuarto de la señorita, la cocinera, por curiosidad y haciéndose la distraída, continuaba de pie junto a la mesa, con las manos cruzadas y sin llevarse el pastel. -Precisamente -continuó Cecilia- tengo todavía dos trajecitos de lana de mucho abrigo... ¡Ya verá qué bien les están a estos pobrecitos! -Muchas gracias, señorita... Son ustedes muy bondadosos... Las lágrimas le habían humedecido los ojos; se creía segura de conseguir los dos francos, y no la preocupaba más que la forma en que debía pedirlos, si no se los ofrecían antes. La doncella no bajaba, y hubo un momento de embarazoso silencio. Los dos chicos no quitaban los ojos del pastel. -¿No tenéis más que estos dos? -preguntó la señora Grégoire, por romper el silencio. -¡Oh no, señora; tengo siete! El señor Grégoire, que había vuelto a emprender la lectura de su periódico, tuvo un sobresalto de indignación. -¡Siete hijos! ¡Virgen Santísima! -Eso es una imprudencia -añadió su esposa. La mujer de Maheu hizo un vago ademán de excusas. -¿Qué quiere usted? -dijo-. Esas cosas no se piensan, y los hijos vienen naturalmente. Además, cuando son mayores, ganan dinero y ayudan a los gastos de la casa. Su familia, por ejemplo, viviría regularmente, si no fuera porque tenían en casa al abuelo, que ya no estaba el pobre para nada, y si no existieran más que los dos hijos mayores y su hija Catalina, que podían bajar a la mina. Pero era necesario dar de comer también a los pequeños, que no servían aún para nada. -Según eso -dijo la señora de Grégoire-, hace mucho tiempo que trabajáis en las minas. Una sonrisa silenciosa animó el lívido semblante de la mujer de Maheu. -¡Ah! ¡Sí... sí, señora! Yo trabajé en ellas hasta la edad de veinte años. El médico dijo que me moriría si seguía trabajando, cuando tuve el segundo parto. Además, por entonces fue cuando me casé, y tenía bastante que hacer en mi casa... Pero la familia de mi marido trabaja en las minas desde tiempo inmemorial. Creo que empezó el abuelo del abuelo de mi marido; en fin, qué se yo... Desde que se dio el primer golpe de pico en la mina Réquillart. Otra vez el señor Grégoire había dejado el periódico, y contemplaba con expresión singular a la pobre mujer y a sus dos hijos, con aquella carne de color de cera, con aquellos cabellos despeinados, roídos por la anemia y con la fealdad triste de la gente hambrienta. Sobrevino otro momento de silencio, interrumpido tan sólo por el chisporroteo de la lumbre en la chimenea. En el comedor se disfrutaba de esa tranquilidad, de ese colorcito agradable, característico en el hogar de los burgueses ricos. -¿Qué hace esa muchacha? -dijo Cecilia, impaciente-. Melania, sube a decirle que el paquete está en la última tabla del armario, a la izquierda. El señor Grégoire terminó de formular en voz alta las reflexiones que le inspiraba la vista de aquellos pobres diablos. -La verdad es que las cosas de este mundo andan mal; pero preciso es confesar también, buena mujer, que los obreros no suelen ser precavidos... Así, en vez de economizar algún cuarto, como hace la gente del campo, nuestros mineros beben, contraen deudas y acaban por carecer de lo necesario para mantener a sus hijos. -El señor tiene razón -contestó tranquilamente la mujer de Maheu-. No todos andan por buen camino. Eso les digo a muchos cuando se quejan... Yo he tenido suerte, porque mi marido no bebe. Algunos domingos toma una copa de más; pero, en fin, eso sucede rara vez. La cosa es tanto más de agradecer, cuanto que antes de casarnos estaba siempre como una cuba, y ustedes perdonen la expresión... Y, sin embargo, maldito si adelantamos gran cosa con que sea hombre de bien. Hay algunos días, como hoy, por ejemplo, que no se encuentra en casa ni un cuarto, ni un mendrugo de pan. Quería preparar el terreno para que le ofreciesen los dos francos, y continuó explicándoles la deuda fatal que habían contraído, pequeña al principio, más grande después, y por fin insoportable para sus escasos recursos. Mientras se cobraba puntualmente las quincenas, menos mal; pero en cuanto que por cualquier causa se retrasaba el cobro, aunque sólo fuera un día, no había ya medio de volverse a poner al corriente. La situación iba empeorando cada vez más, y los hombres se cansaban de trabajar, viendo que no sacaban ni lo indispensable para comer. Nada, no había remedio; no volvía uno a nivelarse en toda la vida. Además, era necesario comprender la razón: los carboneros necesitaban un jarro de cerveza de cuando en cuando para quitarse el polvo de la garganta. La cosa empezaba por ahí, y concluía por no salir el hombre de la taberna cuando estaba disgustado. Quizás fuera (y esto lo decía con el debido respeto y sin quejarse de nadie) que no pagaban a los obreros como era debido. -Yo creía -dijo la señora Grégoire- que la Compañía les daba casa y lumbre. La mujer de Maheu miró oblicuamente la chimenea del comedor. -Sí, sí; nos dan carbón... no muy bueno... pero, en fin, que arde... En cuanto a la casa, no nos hacen pagar más que seis francos al mes; parece que no es nada, y muchas veces no se pueden pagar... A mí, por ejemplo, aunque me hiciesen pedazos hoy, no me sacarían ni un cuarto. Donde no hay, no hay. El señor Grégoire y su esposa callaban, cómodamente arrellanados en las butacas, y empezando a sentir cierto malestar ante el espectáculo de aquella miseria. Ella temió haberlos ofendido, y añadió con su aire tranquilo de mujer práctica: -Todo esto no lo digo por quejarme. Las cosas están así, y es preciso aceptarlas como son, tanto más, cuanto que hiciéramos lo que hiciéramos estaríamos lo mismo... Así es que lo mejor, ¿no les parece?, es dedicarse a cumplir los deberes que Dios nos ha impuesto a cada cual. El señor Grégoire aplaudió mucho la reflexión. -Con tales sentimientos, está uno siempre por encima del infortunio. Honorina y Melania entraron con el paquete. Cecilia lo deshizo, y sacó los dos trajecitos, unas medias y unos mitones para cada chico. Todo les iba a sentar muy bien, y la joven se apresuraba a ponerles la ropa, porque acababa de llegar su maestra de piano, y no era cosa de hacerla esperar. Así es, que empujaba suavemente a la madre y los chicos hacia la puerta. -Estamos tan atrasados -balbuceó la mujer de Maheu-, que si tuviésemos siquiera una moneda de dos francos... La frase quedó sin concluir, porque los Maheu eran orgullosos, y no mendigaban nunca. Cecilia, intranquila, miró a su padre; pero éste se negó rotundamente, como quien cumple un deber sagrado. -No; dinero no damos. Entonces la joven, compadecida de la cara descompuesta de la pobre mujer, quiso mimar a los niños. Las dos criaturas seguían mirando con ansia el pastel, y Cecilia cortó dos pedazos grandes y dio uno a cada uno. -¡Tomad, esto para vosotros! Y bajo las miradas enternecidas del padre y de la madre, la señorita de Grégoire acabó de llevarlos hasta la puerta. Las pobres criaturas, que estaban muertas de hambre, salieron de allí, sin embargo, con el pastel en las manos, que apenas podían mover de frío. La mujer de Maheu arrastró a sus hijos fuera de la casa, sin reparar en el camino lleno de barro, ni en el frio siquiera en los desiertos campos, ni en el cielo encapotado y triste. Decidida a entrar en casa de Maheu al pasar de vuelta por Montsou, entró, y tanto suplicó, que acabó por sacarle dos panes, algunas otras provisiones, Y hasta los dos francos que necesitaba, porque debemos advertir que aquel hombre era también prestamista, a una semana de plazo. No la quería a ella; a quien deseaba era a Catalina; la mujer de Maheu lo comprendió así, cuando le recomendó mandase a su hija por lo que les hiciese falta. Pero eso ya se vería. Catalina era muy capaz de abofetearle si se propasaba con ella. III Daban las once en la capilla del barrio de los Doscientos cuarenta, un edificio de ladrillo, adonde iba a decir misa todos los domingos el padre Joire. Al lado, en la escuela, que también era de ladrillo, se oían las voces monótonas de los muchachos a pesar de hallarse las ventanas cerradas para resguardarse del frío del exterior. Las amplias calles, señaladas por jardinillos unidos unos a otros, continuaban desiertas; y aquellos jardines, destrozados por los vientos de invierno, causaban tristeza más que otra cosa. En todas las casas estaban haciendo la comida; las chimeneas humeaban; de tarde en tarde se veía una mujer en la calle, que abría una puerta y desaparecía enseguida. Por todas partes, a las orillas de las aceras, los canales iban a desbordar en los agujeros de las alcantarillas, aun cuando hacía ya días que no había llovido, tan cargado estaba el cielo de humedad. Y aquel pueblecillo, levantado como por encanto en medio de la desierta llanura, bordeado por caminos negruzcos que parecían una orla de luto, tenía el aspecto más triste que se puede imaginar. Antes de entrar en su casa la mujer de Maheu, dio un rodeo para comprar patatas en casa de la mujer de un vigilante, que conservaba algunas de la cosecha anterior. Detrás de un grupo de árboles, aunque raquíticos, cosa bien rara en aquella estéril llanura, se veían unas cuantas casas aisladas, rodeadas de jardín. La Compañía reservaba estas viviendas para los capataces, por lo cual los obreros llamaban a aquel barrio el de las Medias de seda, de igual modo que al suyo le tenían apellidado Paga tus deudas, por el deseo de burlarse de su propia miseria. -¡Ah! Al fin estamos aquí -dijo la mujer de Maheu entrando en su casa, cargada de bultos y de provisiones, y empujando hacia adentro a Leonor y a Enrique, que llegaban muertos de cansancio. Delante de la lumbre, Estrella berreaba como de ordinario, mecida por Alicia, que la tenía en brazos. Ya no tenía azúcar, ni sabía cómo hacerla callar, y se había decidido a darle el pecho para entretenerla. Pero aun cuando se desabrochaba el corpiño y le ponía los labios en su pechito de niña de ocho años, la criatura se exasperaba, viendo que por más que mordía la piel no sacaba nada. -Dámela, dámela -dijo la madre en cuanto hubo dejado lo que llevaba en las manos-, porque no nos va a dejar entendernos. Cuando hubo sacado su robusto pecho, la pequeña se le colgó con verdadera rabia, y calló, permitiendo así que se oyera lo que se hablaba. Todo estaba en orden. La pobre Alicia había cuidado de la lumbre, barrido la sala y colocado las sillas simétricamente, después de hacer la limpieza. Y ahora que había silencio, se oía al abuelo roncando como un bendito en la alcoba del piso alto, de la misma manera que cuando su nuera salió de casa por la mañana. -¡Cuántas cosas! -murmuró Alicia, sonriendo a la vista de las provisiones-. Si quieres, mamá, yo haré la comida. En la mesa ya no cabía nada más; estaba llena: un lío de ropa, dos panes, patatas, manteca, café, achicorias y media libra de carne de cerdo. -¡Oh! ¡La comida! -dijo la mujer de Maheu, que no podía hablar de cansancio-. Era menester ir por guisantes y por cebollas... Mira, más vale que guises patatas... Ponlas a cocer, y nos las comeremos con un poco de manteca, y así acabamos antes... Luego tomaremos café... No se te olvide el café sobre todo. Pero de pronto se acordó del pastel. Miró las manos vacías de Leonor y de Enrique, que, ya descansados, jugueteaban arrastrándose por el suelo. ¡Se habían comido aquellos pícaros todo el pastel en el camino! Su madre les dio a cada uno un cogotazo, mientras Alicia, que acababa de poner agua en la lumbre, procuraba calmarla. -Déjalos, mamá. Si era para mí, ya sabes que lo mismo me da comer pastel que no comerlo. Tendrían hambre, habiendo andado tanto. Dieron las doce, y se oyeron los zuecos de los muchachos que salían corriendo de la escuela. Las patatas estaban cocidas; el café, espesado con un poco de achicoria, pasaba por el colador, produciendo un olor agradable que abría el apetito. Desocuparon una esquina de la mesa; pero solamente la madre comió: los tres niños se contentaron con arrimarse a su falda; y todo el tiempo el chiquillo, que era de una voracidad extraordinaria, no hizo más que mirar al papel donde estaba la carne de cerdo, que le excitaba y le abría el apetito. La mujer de Maheu tomaba el café a pequeños sorbos, con las dos manos puestas alrededor de la taza para calentárselas, cuando bajó el viejo Buenamuerte. Ordinariamente se levantaba más tarde, cuando ya el almuerzo lo estaba esperando puesto a la lumbre. Pero aquel día empezó ,a refunfuñar, porque no tenía sopa. Luego, cuando su nuera le dijo que no siempre se podían hacer las cosas como se deseaba, se puso a devorar las patatas en silencio. De cuando en cuando se levantaba e iba a escupir en el fuego, por limpieza; luego volvía a sentarse en su sitio, y como no tenía dientes se pasaba largo rato para comer una cucharada con la cabeza baja y los ojos apagados. -¡Ah! Se me olvidaba, mamá... -dijo Alicia-. Ha venido la vecina... Su madre la interrumpió: -¡Me carga! Tenía odio a la mujer de Levaque, porque le había contado muchas penurias el día antes, para no tener que prestarle dinero; y ella sabía que precisamente en aquel momento estaba bien, porque el huésped Bouteloup le había adelantado una quincena. Verdad era que en el barrio no se prestaban dinero unos a otros. -¡Mira!, ahora me recuerdas una cosa. Envuelve en un papel un poco de café -replicó la mujer de Maheu-, para llevárselo a la de Pierron, que me lo prestó anteayer. Y cuando la niña hubo hecho el paquete, añadió que volvería enseguida para poner la comida de los hombres. Luego salió con Estrella en los brazos, dejando a Buenamuerte que comiera tranquilamente sus patatas, mientras Enrique y Leonor andaban a la greña para coger las mondaduras que se habían caído al suelo. La mujer de Maheu, en vez de dar la vuelta, atravesó el jardín, temiendo que la mujer de Levaque la llamase. Precisamente el suyo se encontraba al lado del de Pierron y habían hecho en la verja de madera, que los dividía, un agujero, por el que se hablaban. En aquel jardín estaba el pozo, de donde se proveían cuatro casas. Era la una, la hora del café, y no se veía un alma por los jardines. Solamente un minero de los que trabajaban por la noche estaba haciendo tiempo para irse a la mina, sembrando en su huertecillo unas cuantas legumbres. Pero cuando la mujer de Maheu llegaba a la otra parte del edificio, desde donde se descubría toda la calle, se quedó sorprendida al ver que por detrás de la iglesia aparecían un caballero y dos señoras. Se detuvo un momento a mirarlos, y los conoció; era la señora de Hennebeau, que indudablemente iba enseñando el barrio de los obreros a los señores de París que había visto ella llegar aquella mañana a casa del director. -¡Oh! ¿Por qué te has tomado ese trabajo? -le dijo la mujer de Pierron, cuando le hubo dado el café-. No corría prisa. La vecina tendría unos veintiocho años escasos, y pasaba por ser la mujer más guapa del pueblo. Era morena, con un carita muy graciosa y animada, la frente pequeña, los ojos grandes, la boca diminuta, y coqueta y limpia como ella sola, y de formas esbeltas, porque no había tenido hijos. Su madre, la Quemada, viuda de un obrero que había muerto en la mina, después de poner a su hija a trabajar en una fábrica jurando que no la dejaría casar nunca con un carbonero, rabió de lo lindo cuando ésta se casó algo más tarde con Pierron, viudo también, y que, por añadidura, tenía una chiquilla de ocho años. Sin embargo, en aquella casa eran muy felices a pesar de los chismes y de las historias que circulaban acerca de las complacencias del marido y de los amantes de la mujer: no debían a nadie nada, comían carne dos días a la semana, y tenían una casita tan limpia, que se veía uno la cara en las cacerolas. Para colmo de fortuna, la Compañía los había autorizado para que vendiesen bombones y bizcochos, que se veían alineados en una tabla, en la ventana, convertida en escaparate; aquello daba seis o siete sueldos de ganancia diariamente, y algún domingo que otro, hasta doce o catorce. Era una suerte; sólo la tía Quemada solía gritar en su rabia de antigua revolucionaria, y sólo la pobre Lidia recibía algún que otro pescozón. -¡Qué gordita está! -replicó la mujer de Pierron, haciendo caricias a Estrella. -¡Ay! ¡Si vieras lo que esto da que hacer! ¡Ni me hables! -dijo la vecina-. Dichosa tú, que no tienes chiquillos. Al menos, puedes estar limpia. Por más que en su casa todo estaba en orden, y que lavaba todos los sábados, miraba con envidia aquella sala tan limpia, arreglada hasta con coquetería, con una porción de cacharros bonitos en el aparador, un espejo y tres cuadros con sus correspondientes cristales. La mujer de Pierron se preparaba a tomar sola el café porque toda su familia se encontraba a aquella hora en la mina. -Tomarás una taza conmigo. -No, gracias; acabo de tomarlo. -¿Y eso qué importa? Y, en efecto, no importaba. Las dos, una enfrente de otra, empezaron a beber lentamente. Por entre los aparadores llenos de bombones y bizcochos que había en la ventana, sus miradas se detuvieron en las fachadas de las casas de enfrente, cuyas cortinillas, más o menos blancas indicaban la mayor o menor limpieza en sus dueños. Las de la casa de Levaque estaban muy sucias: eran verdaderos trapos, que parecían haber servido para limpiar el fogón. -¡Yo no sé cómo pueden vivir entre tanta porquería! Entonces la mujer de Maheu se despachó a su gusto. ¡Ah! Si ella tuviese un huésped como aquel Bouteloup, de seguro podría salir adelante sin apuros. Cuando una sabe arreglarse, un huésped es una ganga. Pero no se debía dormir con él, como hacía la mujer de Levaque. Por eso, sin duda, su marido se emborrachaba y le pegaba, y correteaba los cafés cantantes detrás de las mujeres perdidas de Montsou. La mujer de Pierron demostró el asco que le daba pensar en aquello. Las cantantes de café contagiaban enfermedades a los hombres. En Joiselle había una que había puesto malos a todos los de una mina. -Lo que me admira es que hayas permitido que tu hijo se arregle con la hija de ellos. -¡Ah!, sí. ¡Quién impide eso!... Su jardín está contiguo al nuestro. En verano, Zacarías se pasaba el día con Filomena, detrás de las lilas, donde les veía todo el mundo que iba a sacar agua al pozo. Era la eterna historia de la promiscuidad de sexos en el barrio; los hombres y las mujeres crecían mezclados, y se perdían detrás de cualquier montón de piedras en cuanto anochecía. Todas tenían su primer hijo en medio del campo, o cuando más se tomaban el trabajo de ir a echarlo a este mundo escondidas entre las ruinas de Réquillart. La cosa no tenía malas consecuencias, puesto que acababan por casarse; pero las madres maldecían cuando los chicos se casaban demasiado pronto, porque dejaban de darles dinero. -Lo mejor que podías hacer, era dejarlos de una vez -aconsejó la mujer de Pierron prudentemente-. Zacarías ha tenido con ella dos hijos ya, y tendrá más... De todos modos, no puedes contar con su dinero, porque no te lo va a dar. La mujer de Maheu, furiosa, extendió las manos. -Mira -dijo-. Como vuelvan a juntarse... ¿No debe Zacarías respetarnos? Nos ha costado muy caro, y es preciso que nos indemnice de algo, antes de irse a vivir con una mujer. ¡Hazme el favor de decirme qué sería de todos nosotros, si nuestros hijos se pusieran a mantener enseguida una mujer! ¡Más valiera reventar! Pero poco a poco fue calmándose. -Esto lo digo por ahora; luego ya veremos... ¡Qué bueno está este café!... Y después de otro cuarto de hora de charla, se marchó corriendo, al acordarse que no había hecho la comida de su marido y de sus hijos. Por la calle, los muchachos volvían de nuevo a la escuela, y algunas mujeres que se asomaban a las puertas de las casas miraban a la señora de Hennebeau, que en aquel momento pasaba por allí enseñando el pueblo a sus convidados. Aquella visita empezaba a poner en movimiento todo el barrio de obreros. El hombre que estaba sembrando legumbres en su jardín interrumpió un momento su tarea, mientras dos gallinas, asustadas, echaban a correr cacareando. La mujer de Maheu tropezó con la de Levaque, que había abandonado su casa para salir al encuentro del doctor Vanderhaghen, médico de la Compañía, un hombre bajito, y siempre atareado, que contestaba a las consultas de sus enfermos sin pararse. -Señor -decía ella-, no duermo, y siento dolores en todas partes... Yo quisiera que hablásemos. El médico, que las tuteaba a todas, contestó sin detenerse: -Déjame en paz. No tomes tanto café. -También debería venir a ver a mi marido, señor doctor -dijo la mujer de Maheu-, porque no se le quitan los dolores de las piernas. -Tú tienes la culpa; déjame en paz. Las dos mujeres se quedaron con la boca abierta, viendo correr al doctor. -Entra un momento -replicó la de Levaque, después de haber mirado a su vecina, y de haberse encogido de hombros con ademán desesperado-. Has de saber que hay novedades... Además, tomarás un poco de café recién traído de la tienda. La mujer de Maheu quiso excusarse, pero no lo consiguió. -¡Qué demonio! Tomaría un poquito para darle gusto. Y entró en casa de su vecina. La sala de ésta estaba muy sucia: los cristales de las ventanas y las paredes, llenos de manchas negras de arriba abajo; el aparador y las mesas chorreaban pringue, y el mal olor que reinaba por todas partes trastornaba a cualquiera. Junto a la lumbre, con los codos encima de la mesa v la nariz casi metida en su plato, estaba Bouteloup, joven aún para sus treinta y cinco años. En aquel momento estaba dando fin a un poco de cocido de la víspera, mientras a su lado, en pie y apoyándose en su muslo, Aquiles, el hijo mayor de Filomena, que ya tenía dos años, esperaba a que le diese algo, con la silenciosa expresión suplicante de un animalejo tragón. El huésped, que era muy cariñoso, le metía de vez en cuando una cucharada en la boca. -Espera a que le eche azúcar -decía la mujer de Levaque, hablando del café a su vecina. La dueña de la casa tenía seis años más que él: era horriblemente fea, y estaba muy ajada, con los pechos caídos hasta el vientre y los pelos siempre despeinados y sucios, llenos ya de canas. El huésped se había contentado con aquella mujer, sin detenerse a analizarla, lo mismo que hacía con la comida, en la cual se encontraban pelos todos los días, y con la cama, donde no ponían sábanas limpias más que cada tres meses. La mujer entraba en el servicio de la casa, y el marido solía decir que, en cuestiones de cuentas, cuanto más amigos más claras. -Te decía que había novedades, porque han visto ayer a la mujer de Pierron rondando el barrio de las Medias de seda. El caballero que tú sabes la esperaba detrás de la taberna de Rasseneur, y se marcharon juntos por la orilla del canal... ¿Eh? ¿Está eso bien en una mujer casada? -¡Qué demonio! -dijo la mujer de Maheu-. Antes de casarse, Pierron regalaba conejos al capataz y ahora encuentra más barato prestarle el de su mujer. Bouteloup soltó una carcajada estrepitosa, mientras metía otra cucharada en la boca de Aquiles. Las mujeres criticaron a la de Pierron, una coqueta, que no pensaba más que en mirarse al espejo y untarse de pomada. En fin; eso era problema de su marido, y allá con su pan se lo comiera. Había hombres tan ambiciosos, que eran capaces de tenerles la vela a los jefes, con tal de que éstos les dieran las gracias. Y siguieron charla que te charla hasta que fueron interrumpidas por la llegada de una vecina que llevaba en brazos a una chiquilla de nueve meses, Dorotea, la última que había tenido Filomena; ésta, que almorzaba en la mina, hacía que la llevasen todas las mañanas a su hija para darle de mamar, sentada en un montón de carbón. -Yo no puedo dejar a la mía ni un momento, porque enseguida llora -dijo la mujer de Maheu, mirando a Estrella, que se había dormido en sus brazos. Pero no consiguió evitar que la mujer de Levaque plantease la cuestión que se temía desde la llegada de Dorotea. -Oye, tenemos que pensar seriamente en arreglar esto. Al principio, las dos madres, sin decirse una palabra, habían estado de acuerdo para no apresurar la boda. Si la madre de Zacarías quería disfrutar todo el tiempo posible del dinero de su hijo, la madre de Filomena se encolerizaba pensando que se había de quedar sin el de su hija. No corría prisa: la segunda hasta había preferido quedarse con su nieto, mientras no hubo más que uno, y fuese pequeño; pero, cuando fue creciendo y comiendo pan, y vino otro al mundo, se creyó perjudicada, y quiso acelerar el casamiento para no perder más. -Zacarías ha salido de quintas -continuó la Levaque-: ya no hay nada que nos detenga... Conque, ¿cuándo va a ser? -Esperemos siquiera que venga el buen tiempo -contestó la mujer de Maheu, por decir algo-. Estas cuestiones son siempre desagradables. Como si no hubieran podido esperar a casarse para tener hijos. Mira, te doy mi palabra de honor de que ahogaría a Catalina si supiese que había hecho alguna tontería. La mujer de Levaque se encogió de hombros. -No digas eso, que lo mismo le sucederá a ella que a las demás. Bouteloup, con la tranquilidad del hombre que está en su casa, se levantó y se fue a buscar pan al aparador. Las patatas, coles y guisantes para la comida de Levaque, se habían quedado encima de la mesa, a medio mondar y lavar cogidas y dejadas cien veces para empezar a charlar. La mujer había vuelto a cogerlas apenas, cuando volvió a soltarlas para asomarse a la ventana. -¿Qué demonios es eso?... Toma ¡pues si es la señora de Hennebeau con unos forasteros! Ahora entran en casa de Pierron. Y las dos se ensañaron de nuevo con la mujer de Pierron. ¡Oh! Siempre sucedía lo mismo; cuando la Compañía hacía que los señorones visitaran los barrios de obreros, los llevaban enseguida a su casa, porque era la más limpia. Seguro que no les contaría lo que pasaba con el capataz mayor. ¡Ya se puede ser limpia cuando se tienen queridos que ganan tres mil francos, casa, lumbre y mesa! Si era limpia por fuera, en cambio por dentro no lo era demasiado. Y mientras los señores a quienes acompañaba la señora de Hennebeau estuvieron en la casa de enfrente, ellas dos no dejaron de murmurar. -Ya salen -dijo al fin la mujer de Levaque-. Dan la vuelta... Mira, mira, hija, me parece que van a tu casa. A la mujer de Maheu le dio miedo. ¿Habría Alicia limpiado bien la mesa? ¡Y ella, que tampoco tenía la comida hecha! Dijo adiós, y echó a correr a su casa, mirando de reojo a la calle... Pero al entrar vio que todo estaba en orden y muy limpio. Alicia, muy seria, con un trapo encima de la falda, había empezado a hacer la sopa, viendo que su madre no volvía. Después se puso a limpiar la verdura mientras se calentaba en la estufa el baño para su padre y sus hermanos, que habían de volver pronto del trabajo. Enrique y Leonor, que por casualidad no estaban haciendo travesuras, se entretenían en un rincón rompiendo un almanaque viejo. El abuelo Buenamuerte estaba fumando su pipa en silencio. Poco después que la mujer de Maheu, la señora Hennebeau llamó a la puerta y entró en la casa. -Con su permiso, buena mujer. La esposa del director era alta, rubia, guapa, aunque un poco maciza, en la madurez de sus cuarenta años; entraba sonriendo con esfuerzo por parecer afable, pero sin disimular demasiado el temor de mancharse el rico vestido de seda que llevaba puesto. -Entren, entren -decía a sus convidados-. No molestamos a estas buenas gentes... ¿Eh? ¡Qué limpio está todo esto también! ¿No es verdad? ¡Y eso que esta pobre mujer tiene siete hijos! Pues todas las casas de nuestros obreros están lo mismo... Ya les he dicho que la Compañía les alquila estas habitaciones por seis francos al mes. Tienen todas una sala muy grande en el piso de abajo, dos cuartos arriba, un sótano y un jardín. El caballero y la señora del abrigo de pieles que iba con él, que habían llegado aquella mañana de París, contemplaban todo aquello con verdadera admiración. -Y un jardín -repitió la señora-. Esto es precioso; le dan a una ganas de vivir aquí. -Les damos también carbón, algo más del que necesitan -continuó diciendo la señora de Hennebeau-. Tienen médico que los visita dos veces por semana y cuando llegan a viejos reciben pensiones, a pesar de que no se les hace ningún descuento en el jornal. -¡Esto es una Tebaida! ¡Una verdadera Jauja! -murmuró el caballero admirado. La mujer de Maheu se había apresurado a ofrecerles sillas. Pero ellos no aceptaron. La señora Hennebeau empezaba a cansarse de aquel papel de exhibidor de curiosidades que le entretenía un rato, porque alteraba la monotonía de su destierro; pero pronto le repugnaba el mal olor de aquellas viviendas, a pesar de lo limpias que generalmente se hallaban. Por lo demás, siempre que se presentaban ocasiones semejantes, repetía las mismas frases, casi aprendidas de memoria; y en cuanto volvía la espalda dejaba de pensar en aquel pueblo de mineros que trabajaba sin cesar y padecía horriblemente allí a su lado. -¡Qué niños más hermosos! -dijo la señora forastera, que los encontraba horribles con aquellas cabezotas tan gordas, pobladas de crespos cabellos color de paja. Y la mujer de Maheu tuvo que decir la edad que tenían, y contestar a las preguntas que por cortesía le hicieron acerca de Estrella. El viejo Buenamuerte, muy respetuoso, se había quitado la pipa de la boca; pero comprendía que no era nada agradable su aspecto de hombre gastado por cuarenta años de trabajo en el fondo de las minas; y como en aquel momento se sintiera acometido de un fuerte acceso de tos, prefirió irse fuera a escupir, temiendo dar asco a los forasteros. Alicia fue la que logró una verdadera ovación. ¡Qué mujercita de su casa, con su delantal limpio y el trapo echado al hombro! Y todo se volvieron cumplimientos y enhorabuenas a su madre, por tener una hija tan lista y tan dispuesta para su edad. Nadie hablaba de su joroba; pero todas las miradas, impregnadas de compasión, se dirigían de continuo a la espalda de la pobre contrahecha. -Ahora -dijo la señora de Hennebeau-, cuando os hablen en París de la vida de nuestros obreros, podréis contestar con conocimiento de causa... Siempre hay la misma tranquilidad que ahora; costumbres patriarcales; todos felices y saludables, como veis. -¡Es maravilloso, maravilloso! -exclamó el caballero, en un acceso de entusiasmo final. Salieron de allí tan satisfechos como se sale de la barraca donde se ha visitado un fenómeno, y la mujer de Maheu, que les había acompañado hasta la puerta, se quedó en pie bajo el dintel, viéndolos alejarse mientras hablaban en voz alta. Las calles se habían llenado de gente, y los forasteros tenían que atravesar por entre los grupos de mujeres, atraídas por la novedad de su visita. Precisamente delante de la puerta de su casa, la mujer de Levaque había parado a la de Pierron, que, como todas, salió a curiosear, mientras los forasteros estaban en casa de Maheu. Las dos afectaron gran sorpresa al saber que habían entrado en casa de la vecina. ¡Caramba, cuánto tardan en salir! ¡Se irían a dormir allí! ¡Pues la casa no tenía mucho que ver! -¡Siempre sin un cuarto, a pesar de lo que ganan! -decía una-. Es verdad que cuando se tienen vicios... -Acabo de saber que esta mañana ha ido mendigando a casa de los señores de La Piolaine, y que Maigrat, que se había negado a darles nada fiado, le ha dado pan y otra porción de cosas... Ya sabemos cómo se cobra Maigrat -añadió la otra. -¡Oh! Lo que es con ella no. Se necesitaría mucho estómago... Habrá fiado sobre Catalina. -¡Ah! ¿Querrás creer que ha tenido valor para decirme ahora mismo que ahogaría a Catalina si le sucediera lo que a otras?... ¡Como si no hiciese mucho tiempo que el buen mozo de Chaval se entiende con ella por esos trigos de Dios! -¡Chist! Que viene gente. La mujer de Levaque y la de Pierron se habían contentado hasta entonces con observar la salida de los forasteros de casa de Maheu, aparentando no tener curiosidad. Luego llamaron por señas a la mujer de Maheu, que continuaba con Estrella en brazos. Y las tres se quedaron inmóviles, contemplando las espaldas bien vestidas de la señora de Hennebeau y de sus convidados, que se alejaban lentamente. Cuando estos estuvieron a un centenar de pasos de distancia, empezaron de nuevo a chismorrear. -¡Cuidado con el dinero que llevan encima! Vale más la ropa que ellos. -¡Ah! ¡Ya lo creo!... No conozco a la otra; pero lo que es la que vive aquí, buena pájara está hecha. ¡Se cuenta cada cosa de ella! -¿Cómo? ¿Qué? -Parece que tiene queridos... Primero, el ingeniero... -¡Ese chiquitillo!... ¡Se le perderá entre las sábanas! -¿Qué importa eso, si le divierte?... Yo me escamo siempre que veo una señora que a todo hace ascos, y que parece no estar satisfecha en ninguna parte. Mira, mira cómo vuelve la espalda, como despreciándonos a todas. ¿Está eso bien? La señora del director y sus amigos continuaban su paseo lentamente, charlando en voz alta, cuando un carruaje cerrado fue a pararse a la puerta de la iglesia. De él echó pie a tierra un caballero como de cuarenta y ocho años de edad, vestido con levita negra a la inglesa, guapo y moreno, con expresión severa de autoridad en el semblante. -¡El marido! -murmuró la mujer de Levaque, bajando la voz, como si temiera que la oyese, poseída del miedo jerárquico que el director inspiraba a aquellos diez mil obreros-. La verdad es que tiene cara de cornudo. Toda la gente del barrio estaba en la calle. La curiosidad de las mujeres iba en aumento; los grupos se acercaban unos a otros, convirtiéndose en compacta muchedumbre, mientras que multitud de chicuelos mocosos se revolcaban por las aceras con la boca abierta. Un momento se vio la calva del maestro de escuela, que, por no ser menos de los demás, se asomaba por encima de la tapia de su jardín. Y el murmullo de la chismografía iba aumentando poco a poco, semejante a las rachas de viento que silban a través de las ramas de los árboles. La gente acudía sobre todo a la puerta de la casa de Levaque. Se habían acercado, primero dos mujeres, luego diez, después veinte. La mujer de Pierron tenía la prudencia de callar, porque había demasiados oídos que escuchasen ahora. La mujer de Maheu, que era también de las más razonables, se contentaba con mirar, y a fin de acallar a Estrella, que acababa de despertar sobresaltada, sacó a relucir su pecho de vaca de leche, que le colgaba como agrandado por el continuo mamar de su hija. Cuando el señor Hennebeau abrió la portezuela y ayudó a subir a las señoras al coche, que pronto se alejó rápidamente en dirección a Marchiennes, hubo una explosión de voces y de chismes; todas las mujeres gesticulaban hablando a la vez, en medio de un tumulto propio de un hormiguero en revolución. Pero dieron las tres. Los mineros que trabajaban de noche, el abuelo Buenamuerte, Bouteloup y sus compañeros, se habían marchado; de pronto, por la esquina de la iglesia, aparecieron los primeros grupos de carboneros que volvían de la mina, con la cara negra, la ropa mojada, cruzando los brazos y encorvando las espaldas. Entonces las mujeres se fueron a la desbandada: todas corrían, todas entraban en sus habitaciones con la precipitación de amas de casa arrepentidos, a quienes un exceso de café, y otro de afición a murmurar, habían hecho faltar a sus deberes. Y pronto no se oyó más que el ruido de las disputas domésticas. -¡Ah! ¡Dios mío! ¡Y yo, que no tengo la comida hecha! IV Cuando Maheu volvió a su casa, después de haber dejado a Esteban en la de Rasseneur, encontró a Catalina, a Zacarías y a Juan, que estaban sentados a la mesa, acabando de comer. Al salir del trabajo, tenían tanta hambre, que comían sin quitarse la ropa mojada, y sin lavarse siquiera la cara; no se esperaban unos a otros; la mesa estaba puesta todo el día, desde por la mañana hasta por la noche, habiendo siempre alguno comiéndose su ración a la hora que se lo permitían las exigencias del trabajo. Maheu vio las provisiones desde la puerta. Nada dijo, pero su semblante inquieto se serenó de pronto. Toda la mañana había estado pensando con desesperación que la casa estaba vacía, sin café y sin manteca siquiera. ¿Cómo se las arreglaría su mujer, mientras él luchaba heroicamente contra la hulla? ¿Qué iba a ser de la familia si había vuelto a casa con las manos vacías? Y se encontraba que tenía de todo. Más tarde le preguntaría cómo se había producido el milagro. Entre tanto, sonreía satisfecho. Ya Catalina y Juan se habían levantado de la mesa, y estaban tomando el café de pie, mientras Zacarías, que no se daba por satisfecho con el cocido, se estaba comiendo un gran pedazo de pan muy untado de manteca. Había visto el pedazo de carne que Alicia estaba poniendo en un plato; pero no lo tocaba porque sabía que aquello era para su padre. Todos se echaron al coleto un buen trago de agua para ayudar a la digestión. -No hay cerveza -dijo la mujer de Maheu, cuando su marido se hubo sentado a la mesa-. He querido guardar algún dinero... Pero si quieres, la niña puede ir por ella en un momento. El marido la miraba asombrado. ¡también tenía dinero! -No, no -dijo-. Ya he bebido un jarro en la taberna, y me sobra. Maheu empezó a comer a cucharadas. Su mujer, sin dejar a Estrella de los brazos, ayudaba a Alicia, que servía a su padre, y le acercaba la manteca y la carne, y ponía el café a la lumbre, para que lo encontrase bien caliente. Pero en un rincón había comenzado la operación de lavarse en un medio tonel transformado en cubeta de baño. Catalina, que se bañaba primero, acababa de llenarlo de agua tibia, y se desnudaba tranquilamente, quedándose como su madre la echó al mundo, porque tenía la costumbre de hacerlo así desde muy niña y no encontraba en ello mal alguno, a pesar de sus dieciocho años. No hizo más que volverse de cara a la pared, dando la espalda a la lumbre y empezó a frotarse vigorosamente con un estropajo y jabón negro. Nadie la miraba; ni siquiera Leonor y Enrique sentían curiosidad por saber cómo estaba formada. Cuando se encontró bien limpia, subió desnuda la escalera, dejándose la camisa y la demás ropa mojada hechas un lío en el suelo. Pero entonces surgió una disputa entre los dos hermanos: Juan se había dado prisa a meterse antes en el barreño con el pretexto de que Zacarías no había concluido de comer; y éste lo empujaba, reclamando su turno, y diciendo que si tenía la amabilidad de permitir que Catalina se bañase antes, no quería ir después de su hermano, porque éste dejaba el agua como tinta y le daba asco. Acabaron por lavarse al mismo tiempo, vueltos de espaldas a la gente, y tan bien hicieron las paces, que uno a otro se ayudaron a restregarse las espaldas con el jabón. Luego, lo mismo que su hermana, desaparecieron desnudos por la escalera. -¡Qué lodazal arman!... -murmuró su madre mientras recogía la ropa para ponerla a secar-. Alicia, pasa un trapo por el suelo; ¿oyes? Pero un estrépito espantoso que se oía al otro lado del tabique le cortó la palabra. Aquel ruido era el de las voces descompuestas, juramentos de hombre, llanto de mujer, un estruendo de batalla campal, y de vez en cuando golpes tremendos, seguidos de grandes quejidos. -La mujer de Levaque está recibiendo su correspondiente paliza -dijo con tranquilidad Maheu-; y eso que Bouteloup aseguraba que estaba hecha la comida. -¡Ya, ya! ¡Cómo había de estarlo -dijo su mujer-, si acabo de ver las patatas encima de la mesa, y ni siquiera estaban mondadas! El estruendo continuaba; de pronto se sintió una sacudida tremenda, que hizo retumbar la pared, seguida de un profundo silencio. Entonces el minero se metió en la boca la última cucharada, y añadió con la voz serena de un partidario acérrimo de la justicia. -Si no ha hecho la comida, se comprende muy bien que le sucedan esas cosas. Y después de beberse un gran vaso de agua, la emprendió con la carne de cerdo. Iba cortándola a pedacitos con la navaja, los colocaba en el pan, y se los comía sin usar tenedor. Cuando el padre comía, nadie hablaba. Él tampoco decía palabra. Aquel día pensaba que no tenía la carne de cerdo el gusto de la que se compraba en casa de Maigrat, y que, por lo tanto, debía proceder de otra parte; no quiso, sin embargo, dirigir pregunta alguna a su mujer. No hizo más que preguntar si estaba todavía durmiendo el viejo arriba. No; el abuelo había salido ya a dar su paseo cotidiano. Y volvió a reinar silencio en el comedor. Pero el olor de la carne había hecho levantar la cabeza a Enrique y a Leonor, que estaban retozando por el suelo y entretenidos en jugar con el agua derramada del barreño. Los dos fueron a colocarse al lado de su padre. Ambos seguían con la vista cada uno de los bocados; lo miraban, llenos de esperanza, salir del plato, y consternados lo veían después desaparecer en la boca de su padre. A la larga Maheu advirtió aquel deseo gastronómico, que los tenía pálidos y haciéndoles la boca agua. -¿No han comido de esto los chicos? -preguntó. Su mujer titubeaba para contestar. -Bien sabes que no me gustan esas injusticias. Se me quitan las ganas de comer cuando los veo alrededor mío, mendigando un bocado. -¡Pero si ya han comido! -exclamó ella furiosa-. ¡Ya lo creo! Si les haces caso, tendrás que darles tu parte y la de los demás; porque por su gusto no dejarían de comer hasta reventar. ¿No es verdad, Alicia, que todos hemos comido carne? -Desde luego, mamá -respondió la jorobadita, que en circunstancias semejantes mentía con el aplomo de una persona mayor. Enrique y Leonor estaban atónitos, indignados de aquellas mentiras, porque sabían que cuando ellos mentían les daban azotes. Sus corazoncillos rebosaban indignación; se sentían inclinados a protestar enérgicamente, diciendo que ellos no estaban allí cuando los otros habían comido. -Largaos de ahí -les dijo su madre, echándolos al extremo de la sala-. Debería daros vergüenza estar siempre metidos en el p ato e vuestro padre. Aun cuando fuera el único que comiera carne, ¿no trabaja acaso? Mientras que vosotros, ¡granujas!, no servís todavía más que para hacer el gasto. ¡Con lo gordos que estáis! Pero Maheu los volvió a llamar. Sentó a Enrique sobre su rodilla izquierda, a Leonor sobre la derecha, y acabó de comerse la carne, repartiéndola con ellos. Los niños devoraban lo que les tocaba en el reparto. Cuando hubo concluido, dijo a su mujer: -No, no me des el café. Voy primero a lavarme... Ayúdame a tirar este agua sucia. Cogieron el barreño por las asas, y lo vaciaron en el arroyo, delante de la puerta de la calle. En aquel momento bajaba Juan, vestido con otra ropa, un pantalón y una blusa de lana que le estaban muy grandes, porque se los habían arreglado de unos de su hermano Zacarías. Al ver que se marchaba, haciéndose el distraído, por la puerta entreabierta, su madre le detuvo. -¿Dónde vas? -Por ahí. -¿Dónde es por ahí?... Mira, vas a traer unos berros para esta noche. ¿Eh? ¿Me entiendes? Si no la traes, te las verás conmigo. -¡Bueno! ¡Bueno! Juan se marchó con las manos metidas en los bolsillos, arrastrando los zuecos, y andando con la dejadez propia de un minero viejo. Poco después bajó Zacarías algo más arreglado, con el talle encerrado en una chaqueta de punto negra con rayas azules. Su padre le dijo que no volviera muy tarde, y él salió meneando la cabeza, con la pipa en la boca y sin responder palabra. El barreño se hallaba otra vez lleno de agua tibia, y Maheu se iba desnudando lentamente. A una mirada de la madre, Alicia, como de costumbre, se llevó a la calle a Enrique y a Leonor. El padre no quería lavarse delante de la familia, como hacían muchos vecinos suyos. No censuraba a nadie; pero decía que eso de lavarse delante de la gente estaba bien en los muchachos. -¿Qué haces ahí arriba? -gritó la mujer de Maheu, asomándose a la escalera. -Estoy cosiendo el vestido que se me rompió ayer -contestó Catalina. -Bueno... Pues no bajes ahora, porque tu padre se va a lavar. Entonces Maheu y su mujer se quedaron solos. Ella se había decidido a poner sobre una silla a Estrella, que por suerte estaba contenta al amor de la lumbre, y no miraba a sus padres. Él, completamente desnudo, agachado delante del barreño, había metido la cabeza en el agua, después de untada con ese pícaro jabón negro, cuyo uso secular quitaba el color y la frescura al cabello de todos los de su raza. Luego se metió en el agua, frotándose todo el cuerpo vigorosamente con las dos manos. Su mujer, en ¡e delante de él, le miraba. -Oye, he visto la cara que traías cuando llegaste... -empezó a decirla-. Estabas preocupado, ¿eh? Y te quedaste bizco al encontrar las provisiones... Imagínate que los burgueses de La Piolaine no me han dado ni un cuarto. ¡Oh! Son muy amables; han vestido a los chicos, y me daba vergüenza molestarles más, porque sabes que no sirvo para pedir. Se interrumpió un instante para colocar bien a Estrella en la silla, temiendo una caída. El marido seguía frotándose la piel, sin apresurar con preguntas el desenlace de aquella historia que tanto le interesaba, y esperando pacientemente a saber lo sucedido. -No tengo que explicarte que el bribón de Maigrat me recibió como a un perro, al que se echa a la calle a puntapiés... ¡Figúrate si estaría apurada! Los vestiditos de lana abrigan; pero no dan de comer: ¿no es verdad? Él levantó la cabeza y continuó silencioso. Nada en la Piolaine, nada en casa de Maigrat: entonces, ¿qué? Pero, como de costumbre, la mujer acababa de levantarse las mangas para lavarle la espalda y todas aquellas partes adonde él no alcanzaba con comodidad. Le gustaba que ella le untase de jabón y que le restregara con todas sus fuerzas. -Así es que volví otra vez a casa de Maigrat, y le dije, ¡ah!, le dije... que no tenía corazón, y que le sucedería una desgracia si había justicia en la tierra... Mis palabras le fastidiaban, le hacían mirar a otra parte, y de haber podido, se hubiera marchado... De la espalda, la mujer de Maheu había bajado a la cintura, y, práctica en aquella faena, frotaba con el jabón por todas partes, dejándolas limpias como un espejo, como sus cacerolas los días que hacía sábado en la cocina. Pero con aquel terrible vaivén de los brazos sudaba y se sofocaba tanto, que apenas podía hablar. -Por fin me llamó vieja fea... Pero tendremos pan hasta el sábado, y lo más raro es que me ha prestado dinero... Además, me traje de allí manteca, café, achicorias, e iba también a tomar algo de carne y algunas patatas, cuando noté que ponía mala cara... He traído de otra parte siete sueldos de carne de cerdo, dieciocho de patatas, y me quedan tres francos Y setenta y cinco céntimos para poner un puchero y un guisado de carne... ¿Eh, qué tal? Me parece que no he perdido la mañana. Ya le estaba enjuagando, frotándole con un trapo en los sitios más recónditos. Él, satisfecho, y sin pensar en la deuda del mañana, se reía y la estrechaba en sus brazos. -¡Déjame, tonto! ¿No ves que estás chorreando y me mojas?... Pero me temo que Maigrat tenga malas intenciones. Iba a hablarle de Catalina, pero se detuvo. ¿A qué poner a su marido de mal humor? Podría dar lugar a sabe Dios cuantas cosas. -¿Qué intenciones? -preguntó él. -¿Cuáles han de ser? Las de robarnos todo lo que pueda. Él la volvió a coger en sus brazos; pero esta vez no la dejó. Siempre acababa el baño de aquel modo, que no en vano le frotaba tan fuerte, y le pasaba un paño limpio para secarlo, haciéndole cosquillas sin querer. Es verdad que para todos los vecinos del barrio aquella era la hora de las caricias conyugales, pues por la noche los matrimonios tenían muy cerca, casi encima, a veces en el mismo cuarto, a toda la familia. Él la empujaba hacia la mesa, sonriendo, con el aspecto de un hombre honrado que se entrega con delicia al único rato de placer que tiene en todo el día, y diciendo que aquello era el postre de la comida, un postre que no costaba nada. Y ella, entusiasmada también, se resistía un poco, pero en broma. -¡Qué tonto eres, Dios mío! ¡Qué tonto!... ¡Y Estrella que nos está mirando! ¡Espera que le vuelva la cabeza! -¡Eh! ¿Acaso se entiende de esto a su edad? Cuando Maheu se levantó, no hizo más que ponerse un pantalón seco. Le gustaba después de haberse lavado y bromeado con su mujer, estar un rato desnudo de cintura arriba. Su cutis blanco, de una blancura de mujer anémica, estaba marcado por cien cicatrices producidas por el carbón en la mina, de las cuales se mostraba orgulloso, y por eso le agradaba lucir sus robustos brazos y su desarrollado pecho, blanco como el mármol y lleno de vetas azuladas. En verano, todos los mineros salían así a las puertas de las casas. Aquel día, a pesar de lo húmedo del tiempo, Maheu salió un momento, y cruzó una broma con un compañero suyo, que, desnudo también de cintura arriba, pasaba revista a su jardín. Otros aparecieron con la misma ropa, y los chiquillos, que jugaban en las aceras de la calle, levantaban la cabeza y reían, alegres ellos también de ver toda aquella carne de obreros puesta al aire libre. Mientras tomaba el café, sin haberse puesto todavía la camisa, Maheu contó a su mujer lo que había sucedido aquella mañana con el ingeniero. Estaba tranquilo, comedido, y escuchaba, aprobándolos con movimientos de cabeza, los prudentes consejos de su mujer, que, de ordinario, mostraba muy buen sentido en aquellos asuntos. Siempre le decía que no se ganaba nada con ponerse en pugna con la Compañía. Enseguida habló a su marido de la visita de la señora del director. Sin decírselo uno a otro, los dos estaban orgullosos. -¿Se puede bajar? -preguntó Catalina desde lo alto de la escalera. -Sí; tu padre ya ha acabado. La joven se había puesto la ropa de los domingos: una falda de lana azul, raída y descolorida ya por muchos sitios. En la cabeza llevaba una toca de tul negro, muy sencilla. -¡Hola! ¡Te has vestido!... ¿Adónde vas? -Voy a Montsou, a comprarme una cinta para el sombrero... He quitado la que tenía, porque estaba muy sucia. -Pues cómo, ¿tienes dinero? -No; pero la Mouquette me ha prometido prestarme diez sueldos. La madre la dejó marchar. Pero cuando ya estaba en la puerta de calle, la llamó otra vez. -Mira, no vayas a comprar la cinta a casa de Maigrat... Te robaría, creyendo que estamos nadando en la abundancia. El padre, que se había acomodado al amor de la lumbre para acabarse de secar la espalda, se contentó con añadir: -Procura volver antes de que sea de noche. Por las tardes, Maheu trabajaba en su jardín. Ya había sembrado patatas, habas y guisantes, y tenía preparadas desde el día antes otras semillas, que se puso a arreglar entonces. Aquel rinconcillo de la huerta les proveía de legumbres, excepto de patatas, porque nunca tenían bastantes. El minero era muy inteligente, y había logrado coger alcachofas, lo cual constituía un lujo que le envidiaban todos los vecinos. Precisamente cuando se estaba preparando para dar comienzo a su tarea, salió Levaque a su jardín, y se puso a contemplar unos guisantes que Bouteloup había sembrado aquella mañana. Ambos empezaron a charlar por encima de la tapia. Levaque, que estaba excitado después de la paliza propinada a su mujer, trató inútilmente de llevar a Maheu a casa de Rasseneur. Pues qué, ¿le daba miedo un jarro de cerveza? Jugarían un rato a los bolos; pasearían un poco con los amigos, y se volverían tempranito a cenar. Aquélla era la vida que debía hacerse después de salir de la mina. Verdaderamente, no había mal en ello; pero Maheu se empeñó en no salir, diciendo que si dejaba las semillas para otro día se echarían a perder. La verdad es que se negaba porque no quería pedir a su mujer un cuarto del poco dinero que le quedaba. Daban las cinco, cuando se presentó la mujer de Pierron a preguntar si su Lidia se había marchado con Juan. Levaque respondió que así debía de ser, porque también su Braulio había desaparecido, y los tres demonios aquellos andaban siempre juntos. Cuando Maheu los hubo tranquilizado, hablándoles de otras cosas, él y Levaque la emprendieron con la joven. Ella se enfadaba, pero no se iba, disfrutando en el fondo de aquellas palabrotas obscenas, que la hacían reír con todas sus fuerzas, al mismo tiempo que fingía defenderse del ataque. La escuela se había cerrado ya; toda la chiquillería del barrio estaba en la calle corriendo, gritando, pegándose y revolcándose en las aceras, mientras los padres que no estaban en la taberna charlaban en grupos de a tres o cuatro, sentados sobre sus talones, en la misma postura que solían tener en el fondo de la mina, y fumando sus correspondientes pipas. La mujer de Pierron se fue furiosa a su casa, cuando vio que Levaque se empeñaba en ver si tenía los muslos firmes y este último se decidió a ir solo a casa de Rasseneur, mientras Maheu se quedaba trabajando en el jardín. Anochecía, y la mujer de Maheu encendió el quinqué, furiosa contra sus hijos, porque ninguno de ellos, ni Catalina, habían vuelto. Era de suponer, porque, como decía, no había medio de hacer todos juntos comida alguna; jamás se veían todos los de la familia alrededor de la mesa. Además, estaba esperando los berros que había de traerle Juan: ¿qué demonios podía estar cogiendo aquel maldito muchacho con una noche tan oscura? ¡Y vendrían tan bien unos berros con el guisado de patatas y cebolla frita que tenían en la lumbre! Toda la casa estaba impregnada del olor de la cebolla frita, ese olor que trasciende tanto, que pronto penetra a través de los ladrillos, y que envuelve de tal modo los barrios de los obreros, que desde muy lejos se advierte aquel olor a cocina pobre. Cuando Maheu, al oscurecer, abandonó su jardín, se sentó en una silla, y apoyó la cabeza en la pared. Por las noches, en cuanto se sentaba, se quedaba dormido. En el cu-cu dieron las siete; Enrique y Leonor, empeñados en ayudar a Alicia acababan de romper un plato, cuando el abuelo Buenamuerte entró metiendo prisa para que se cenara y poderse volver a la mina. Entonces la mujer de Maheu despertó a su marido. -¡Vamos a cenar! ¡Peor para ellos!... Ya son grandecitos para encontrar la casa. Lo malo es que no tenemos verdura. V En casa de Rasseneu, Esteban, después de haber comido, subió al cuartito que había de ocupar; una especie de buhardilla con una ventana al campo; Y muerto de cansancio, se echó vestido encima de la cama. No había dormido ni cuatro horas en dos días. Cuando despertó, anochecía ya; se quedó un momento inmóvil, como aturdido, sin acordarse del sitio donde se hallaba, y sentía tanto malestar, una pesadez tan grande en la cabeza, que trabajosamente se puso en pie, con el propósito de dar una vuelta y tomar el aire antes de comer, para luego irse a acostar. El ambiente se había calmado, y el cielo iba encapotándose, cargado de esas nubes del norte, cuya proximidad se presentía por lo tibio y húmedo del aire. La noche avanzaba rápidamente. Sobre aquel mar inmenso de tierra rojiza, el cielo, cada vez más nublado, parecía que iba a desatarse en agua. Esteban salió de la casa, y comenzó a andar a la ventura, sin más objeto que despejarse la cabeza y sacudir la fiebre de que se sentía acometido. Cuando pasó por delante de la Voreux, ya envuelta en la oscuridad, porque todavía estaban los faroles sin encender, se detuvo un momento, para ver salir a los mineros de por la tarde. Sin duda eran las seis, porque los obreros salían por grupos numerosos mezclados con otros de cernedoras, que iban riendo y cantando por los oscuros caminos que conducían a los barrios. Primero pasaron por el lado del joven la Quemada y su yerno Pierron. Iban peleándose, porque ella se quejaba de que no la había defendido en una disputa que acababa de tener con un vigilante a propósito de la cuenta de su trabajo. -¡Maldito seas! ¡Vaya un hombre! ¡Quedarse callado delante de uno de esos canallas que nos explotan Pierron continuaba su camino sin contestar, hasta que al fin exclamó: -¿Qué querías? ¿Qué hubiera abofeteado al jefe? Gracias; no tengo ganas de historias. -¡Pues que te den morcilla entonces! ¡Ah, demonio! Si mi hija me hubiese hecho caso... Si estuviera yo en su pellejo, bien me las pagarías... Las voces se perdieron a lo lejos, mientras Esteban la veía desaparecer con su nariz de pico de águila, sus enmarañados pelos blancos y sus brazos flacuchos y negros agitándose en el aire. Pero pronto puso atención a las palabras de unos jóvenes que pasaban por su lado. Había reconocido a Zacarías, que estaba esperando allí a su amigo Mouque. -¿Quieres venir? -le dijo éste al llegar-. Nos comeremos una tostada y nos iremos luego al Volcdn. -Dentro de un rato, porque ahora tengo que hacer. -¿Qué tienes que hacer? El obrero se volvió, y vio a Filomena que salía del taller de cerner. Entonces creyó comprender. -¡Ah! Bueno... Entonces me voy delante. -Sí; te alcanzo enseguida. Mouque, al marcharse, tropezó con su padre, Mouque el viejo, que salía también de la Voreux; los dos hombres se dieron las buenas noches con frialdad, y el hijo echó por el camino real, mientras el padre seguía por la orilla del canal. Entre tanto, Zacarías, que se había acercado a Filomena, la empujaba por un sendero apartado, a pesar de su resistencia. Ella decía que llevaba prisa, y que otro día; y se peleaban como marido y mujer que llevaran mucho tiempo de casados. No era nada agradable aquel no verse más que en el campo, sobre todo en invierno, cuando la tierra estaba mojada y no había trigos donde tenderse. -Pero mujer, si no es eso -dijo él impacientándose-. Es que tengo que decirte una cosa. La tenía cogida por la cintura y la empujaba suavemente. Luego, cuando estuvieron lejos del camino por donde iban los mineros, le preguntó si tenía dinero. -¿Para qué? -dijo ella. Él, que no sabía qué decir, habló tartamudeando de una deuda de dos francos que le iba a producir un disgusto en su casa. -Calla... He visto a Mouque, y sé que vais al Volcdn, a ver a esas puercas del café cantante. Él se defendió como pudo, dándose golpes de pecho y jurando por su honor. Luego, viendo que ella se encogía de hombros, dijo bruscamente: -Ven con nosotros, si quieres... Ya ves que no me estorbas. ¿Qué tengo Yo que hacer con esas cantantes?... Ven, ven. -¿Y el chiquillo? -respondió ella-. ¿Crees tú que pueda una ir a ninguna parte con un chiquillo que ni está quieto un momento?... Deja que me vaya, que sin duda ya ni me esperan en casa. Pero él la detuvo, suplicándole. Quería aquel dinero para no hacer mal papel con Mouque, al cual había prometido ir con él. Los hombres no podían acostarse todos los días a la hora de las gallinas. Ella, vencida, se había levantado el delantal y sacaba de la faltriquera una moneda de diez sueldos que con otro poco dinero tenía escondido para que no se lo robara su madre. -Mira, tengo cinco -dijo-. Te prestaré tres; pero me has de prometer que convencerás a tu madre de que nos deje casarnos. ¡Basta ya de esta vida endemoniada! Mamá me echa en cara a cada momento el bocado de pan que como... Júramelo primero. La pobre muchacha hablaba con voz tranquila, sin pasión, como una mujer simplemente harta de la vida que llevaba. Él juró que era cosa convenida, sagrada; luego, cuando tuvo en su poder las tres monedas, le dio un beso, le hizo cosquillas hasta que ella se echó a reír, y las cosas hubieran ido acaso más lejos, en aquel sitio que era su cama de invierno, si ella no hubiera dicho que no, que no le gustaba echarse en el suelo mojado. Filomena se fue al pueblo ella sola mientras él apresuraba el paso a campo traviesa para alcanzar a su compañero. Esteban, tranquilamente, los había seguido desde lejos, sin comprender bien lo que pasaba, y creyendo que se trataba simplemente de una cita. En las minas, las muchachas eran precoces; se acordaba de las obreras de Lille, a las que iba a esperar a la salida del taller, cuando otro encuentro le sorprendió más todavía. En la parte baja de la plataforma, una especie de foso, donde habían caído una porción de piedras desprendidas, estaba Juan, regañando con Braulio y Lidia, en medio de los cuales estaba sentado. -¿Eh? ¿Qué es eso?... Voy a daros a cada uno otro soplamocos si no os calláis... Vamos a ver: ¿de quién ha sido la idea? En efecto: Juan había tenido una idea. Después de haber pasado más de una hora con los otros chicos cogiendo berros en los prados a orillas del canal, había reflexionado, mientras contemplaba aquel montón de verde tan grande, que no podían comérselo en su casa, y en vez de volverse al barrio de los obreros, se dirigió a Montsou, dejando a Braulio de centinela, y obligando a Lidia a que llamase en casa de unos burgueses y vendiera los berros. Él, que tenía ya alguna experiencia, decía que las chicas vendían lo que les daba la gana. En efecto: los vendió todos ' y la chiquilla volvió con once sueldos de ganancia, que se estaban repartiendo entre los tres. -¡Es una injusticia! -declaró Braulio-, hay que hacer tres partes... Si tú te quedas con siete sueldos, nosotros no tocamos más que a dos por barba. -¿Y por qué es injusto? -preguntó Juan furioso-. En primer lugar yo he cogido más que vosotros. El otro se sometía casi siempre, poseído de cierta temerosa admiración, de cierta extraña credulidad que le hacía continuamente víctima de Juan, hasta el punto de que se dejaba pegar por éste, a pesar de ser mayor y más fuerte que él. Pero, esta vez, la idea de aquel dinero le animaba a ofrecer resistencia. -¿No es verdad, Lidia, que nos roba?... Si no reparte bien, se lo diremos a tu madre. Juan le puso el puño en las narices. -Yo seré quien vaya a vuestras casas diciendo que me habéis vendido los berros que traía para mi madre... Además, animal, ¿puedo dividir los once sueldos en tres partes iguales? Vamos a ver si lo haces tú que eres tan listo..,. Aquí tenéis cada uno de vosotros dos sueldos. Cogedlos de prisa o me los guardo también. Braulio, convencido, cogió las dos monedas. Lidia, temblorosa, no había dicho una palabra, porque delante de Juan experimentaba siempre un miedo y un cariño parecidos al de una mujer maltratada por su amante. Cuando le dio su dinero, alargó la mano para cogerlo con sumisa alegría. Pero de pronto él se arrepintió. -¡Eh! ¿Qué vas a hacer con tanto dinero?... Tu madre te lo quitará, si no sabes esconderlo... Mejor es que yo te lo guarde, y que cuando lo necesites me lo pidas. Y los nueve sueldos desaparecieron. Para cerrarle la boca le había dado un beso riendo, y se revolcaba con ella por el suelo. Era su mujercita, y en los rincones oscuros ensayaban los dos el amor tal como lo con]prendían y como lo veían hacer en su casa, mirando por entre las rendijas de los tabiques de tablas. Todo lo sabían: pero como eran muy pequeños, no podían ponerlo en práctica, limitándose a jugar como dos perrillos callejeros |