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Parte IV

IV PARTE

I

Aquel lunes, los de Hennebeau tenían convidados a almorzar a los Grégoire y a su hija Cecilia. Se proyectaba un día muy divertido: después de almorzar, Pablo Négrel acompañaría a las señoras a visitar una mina titulada Santo Tomás, que acababa de ser instalada con mucho lujo. Pero aquello era sólo un pretexto inventado por la señora de Hennebeau para precipitar los sucesos en el asunto de la boda de Pablo y de Cecilia. 

Y precisamente aquel lunes, a las cuatro de la mañana, se había declarado la huelga. Cuando el 1 de diciembre la Compañía, cumpliendo lo que había dicho, empezó a poner en práctica su nuevo sistema de pagos, los mineros permanecieron tranquilos. Al final de la quincena, cuando llegó el día de cobrar, ni uno solo de ellos formuló reclamación de ningún género. Todo el personal, desde el director hasta el último vigilante, creían de buena fe que la tarifa estaba aceptada; y, por lo tanto, fue mayor la sorpresa aquella mañana al presenciar la declaración de guerra; porque aquello era la señal de que los huelguistas se hallaban bien organizados y dirigidos. 

A las cinco, Dansaert, en persona, fue a despertar al señor Hennebeau para decirle que ni siquiera un hombre había querido bajar a la mina Voreux. En el barrio de los Doscientos Cuarenta, por donde acababa de pasar, todos dormían tranquilamente, con las puertas y las ventanas cerradas. 

Y una vez levantado el director, empezaron a llegar las mismas noticias de todas partes: cada cuarto de hora llegaban mensajeros llevándole partes y noticias escritas. Al principio tuvo la esperanza de que el levantamiento se redujera a la Voreux; pero los informes iban siendo cada vez más graves: en Crevecoeur y en Miron nadie había querido trabajar; en La Magdalena sólo se habían presentado los mozos de cuadra y los carreteros; en La Victoria y Feutry-Cantel, que eran las dos minas más disciplinadas, sólo una tercera parte de los obreros se prestaba a trabajar y únicamente en Santo Tomás se habían presentado todas las brigadas, como si los de aquella mina se hallaran fuera del movimiento general. Hasta las nueve estuvo dictando despachos telegráficos a todas partes, al gobernador de Lille y a los consejeros de Administración de la Compañía, dando noticia de la huelga a las autoridades, y pidiendo órdenes a sus jefes. Luego mandó a Négrel que recorriera todas las minas, para tener conocimiento exacto de los acontecimientos. 

De pronto el señor Hennebeau pensó en el almuerzo; ya iba a enviar recado a los Grégoire, diciéndoles que se aplazaba el convite y el paseo, cuando se vio detenido por cierta vacilación, por cierta carencia de voluntad propia, él, que con unas cuantas frases cortas y enérgicas acababa de preparar militarmente un campo de batalla. Subió al tocador de su mujer, a quien una doncella estaba acabando de peinar. 

-¡Ah! ¿Conque se han declarado en huelga? -dijo tranquilamente la señora, después de oír el relato que su marido le hacía-. Y a nosotros, ¿qué nos importa?... Supongo que no iremos a suspender el almuerzo... ¿eh? 

Y se empeñó en que no había de aplazarse nada, ni mortificarse en lo más mínimo el programa para el día, por mas que él le dijo que podía haber algún disgusto durante el almuerzo y que era imposible ir a la mina Santo Tomás, como se había convenido; ella encontraba respuesta a todo: ¿a qué echar a perder un almuerzo que estaban haciendo ya? En cuanto al paseo a Santo Tomás, se podía suprimir, si realmente era una imprudencia ir hasta allí. 

-Además -añadió cuando la doncella se hubo retirado-, ya sabes en qué estriba mi empeño por recibir a esa gente. El casamiento de tu sobrino debiera interesarse más que las tonterías de tus trabajadores... Y, en fin, Yo deseo ir, y no debes contrariarme. 

Él, ligeramente tembloroso, la miró, y su semblante enérgico y severo de hombre acostumbrado a mandar, expresó, durante unos cuantos segundos, el dolor de un corazón desgraciado. Estaba ella con los hombros al aire, en mangas de camisa, ya muy madura, pero incitante todavía. Por un momento debió de sentir el marido brutales deseos de cogerla por la cintura, y hundir la cabeza entre los dos abultados pechos, que ella lucía en aquella habitación templada, olorosa y de un lujo íntimo de mujer sensual, impregnada de un olor a esencias de tocador; pero retrocedió, y se contuvo. Hacía diez años que vivían en habitaciones separadas. 

-Bueno -dijo al salir de la habitación-. No lo suspenderemos. 

El señor de Hennebeau había nacido en un pueblo. Había tenido que Pasar por los difíciles comienzos de un muchacho pobre, lanzado en medio de la vida de París. Después de haber seguido con grandes trabajos la carrera de ingeniero de minas, había sido destinado, a los veinticuatro años de edad, de ingeniero a una mina llamada Santa Bárbara, en la Grand-Combe. Tres años después ascendió a ingeniero de división, siendo destinado al Pas-de-Calais, a las minas de Marles: allí fue donde se casó con la hija de un ricacho de Arras. Durante quince años el matrimonio vivió en aquella capital de provincia, sin que el menor acontecimiento, ni siquiera el nacimiento de un hijo, alterase la monotonía de su existencia. La señora de Hennebeau, acostumbrada a no tener que pensar en el dinero, empezó a sentir cierto misterioso desdén hacia aquel marido que estaba sujeto a un sueldo regular, ganado con gran trabajo, y que no le proporcionaba ninguna de las satisfacciones de vanidad que acariciara en sus sueños de colegiala. Él, que era un hombre de honradez acrisolada, no servía para especular, ni hacía más que cumplir con su deber militarmente, por decirlo así. De ahí había nacido el desacuerdo entre marido y mujer, agravado por una de esas equivocaciones de la carne que hielan a los temperamentos más ardientes; él adoraba a su mujer; ella era de una sensualidad jamás harta, y vivieron separados, mediando entre ambos cierto malestar y ciertas ofensas, a las que jamás aludían. Ella, desde entonces, tuvo un amante. Él lo ignoró. 

Al cabo de algún tiempo, Hennebeau se decidió a dejar Pas-de-Calais y volver a París con un destino en el Ministerio de Obras Públicas, creyendo que su mujer se lo agradecería. Pero París debía determinar la separación completa; aquel París que ella deseaba desde que le compraron la primera muñeca, y en el cual perdió muy pronto el aire de pueblerino, convertida de repente en una mujer elegantísima, y lanzada a todas las locuras de la época. Los diez años que vivió en la capital estuvieron ocupados para ella por una gran pasión, unos amores conocidos públicamente, con un hombre cuyo abandono estuvo a punto de matarla. Aquella vez el marido no había podido permanecer ignorante, y después de una porción de escenas abominables que no son para contadas, se resignó con su desgracia, dominado por la frescura inconsciente de aquella rara mujer, que cogía la felicidad donde la encontraba. Poco tiempo después de aquella ruptura. y viéndola enferma, Hennebeau aceptó la dirección de las minas de Montsou, con la esperanza de que en aquel retiro conseguiría corregirla. 

Los de Hennebeau vivían hacía tres años en Montsou, y habían caído en el aburrimiento irritante de los primeros años de su matrimonio. Al principio ella pareció calmada en medio de tan gran tranquilidad, y se encerraba en su casa como mujer desengañada del mundo; afectaba tener el corazón muerto, y tanta despreocupación que hasta le tenía sin cuidado engordar. Luego, bajo aquella aparente indiferencia, se declaró una fiebre terrible, una necesidad imperiosa de vivir y de gozar, y una exaltación que creyó satisfacer ocupándose en arreglar y amueblar lujosamente la casa-palacio de la Dirección. Decía ella que estaba horrible, y la llenó de tapices, de juguetes, de objetos de arte y de un lujo tan extraordinario, que dio que hablar hasta en Lille. La vida en el desierto empezaba ya a exasperarla, y se aburría mortalmente en presencia de aquellas tristes campiñas, de aquellos caminos siempre sucios, sin un árbol que adornase el pueblo, habitado por la gentuza de las minas, que cada vez le era más antipática. Comenzaron las quejas del destierro; acusaba a su marido de haberla sacrificado al sueldo de cuarenta mil francos que le daban, y que, después de todo, era una miseria que apenas bastaba para vivir. ¿No debía haber imitado a otros compañeros suyos, exigiendo una parte en la Sociedad minera, obteniendo acciones, consiguiendo algo, en una palabra? E insistía con la crueldad propia de la mujer que ha aportado al matrimonio una fortuna. Él, siempre correcto, parapetado tras la mentida frialdad de hombre de Administración, ocultaba el deseo ardientísimo que tenía de poseer a aquella mujer, uno de esos deseos Injuriosos, más grandes cuanto más tardíos, y que crecen con la edad. Jamás la había poseído como amante, y todo su sueño dorado era que se le entregase una vez, una sola vez, como se había entregado a otros. Todas las mañanas soñaba con conquistarla aquella noche; luego, cuando ella le miraba fríamente, cuando comprendía que le era repulsivo, cuidaba de no tocarle ni siquiera la mano. Era un sufrimiento sin curación posible, oculto bajo la severidad de su actitud; el sufrimiento de un temperamento tierno en agonía continua y secreta por no haber encontrado la felicidad en el matrimonio. Al cabo de seis meses, cuando la casa, completamente arreglada, no sirvió de distracción a la señora de Hennebeau, ésta cayó de nuevo en la misma languidez, en el mismo aburrimiento de mujer a quien mata el destierro, y a todas horas decía que no le importaba morir. 

Precisamente por entonces llegó a Montsou Pablo Négrel. Su madre, viuda de un capitán de marina, que vivía en Avignon de un manera modestísima, había tenido que imponerse terribles sacrificios para darle carrera. Salió de la Escuela Politécnica con tan mal expediente, que su tío, el señor Hennebeau, le aconsejó dejara la carrera, prometiéndole llevárselo de ingeniero a la Voreux. 

Desde entonces se le trató en la casa como a un hijo; allí tuvo cuarto, allí comió, allí vivió, lo que le permitía enviar a su madre la mitad de su sueldo de cuatro mil francos. Para no dar que hablar con tanto favor, el señor de Hennebeau exageraba lo difícil que hubiera sido a su sobrino poner casa en uno de aquellos hotelitos diminutos que la Compañía destinaba al ingeniero de cada mina, y además decía que necesitaba la casa destinada al de la Voreux, porque vivía en ella uno de los ingenieros de la Dirección, y no era cosa de echarle a la calle. La señora de Hennebeau se había adjudicado enseguida el papel de tía del joven, tuteando a su sobrino y procurándole el mayor bienestar posible. Los primeros meses, sobre todo, se las echó de señora mayor, para poder tener cuidados maternales con el joven, a quien daba todo género de buenos consejos a propósito de cualquier tontería. Pero, como a pesar de todo era mujer, resbalaba sin querer al terreno de las confidencias personales. Aquel muchacho joven y guapo, de una inteligencia poco escrupulosa, que tenía acerca de las mujeres teorías de filósofo, le divertía, gracias a la vivacidad de su pesimismo. Naturalmente, una noche se encontró, sin saber cómo, entre sus brazos, y fingió entregarse a él por pura bondad, diciéndole al mismo tiempo que su corazón estaba muerto, que no quería sino ser una buena amiga suya. Y, en efecto: no tenía celos, le gastaba bromas con las muchachas de las minas, a las cuales encontraba insufribles, y casi le regañaba porque no tenía que contarle ninguna de esas aventuras tan propias de los muchachos jóvenes. Luego le apasionó la idea de casarle y soñó con sacrificarse buscándole una novia joven y rica. Y sus amores continuaron como un entretenimiento, en el cual ponía ella todo lo que le quedaba de ternura sensual. 

Así transcurrieron dos años. Cierta noche, el señor Hennebeau tuvo una sospecha, porque había creído oír pasos de alguien que anduviera descalzo por las tupidas alfombras del hotel. ¡Pero semejante aventura era absurda para realizada allí mismo, en su casa, y entre aquella madre y aquel hijo! Además, al otro día su mujer le habló de casar a su sobrino con Cecilia Grégoire, y con tan afanoso ardor tomó sobre sí la tarea de arreglar aquella boda, que el marido se indignó ante su monstruosa sospecha de la víspera. En cambio sentía gratitud hacia su sobrino, porque desde la llegada de éste la casa parecía menos triste. 

Cuando el señor de Hennebeau salía del tocador de su mujer, se encontró en el vestíbulo a Pablo, que acababa de llegar. Éste parecía estar muy divertido ante aquella idea de la huelga, que constituía para él una verdadera novedad. 

-¿Qué hay? -le preguntó su tío.

-Pues nada; que he recorrido todos los barrios, y la gente parece muy tranquila y calmada. Pero creo que van a enviar una comisión para que hable contigo. 

En aquel momento, se oyó la voz de la señora de Hennebeau, que hablaba desde el piso principal. 

-¿Eres tú, Pablo?... Sube a darme noticias. ¡Qué ganas tiene esa gentuza de hacer tonterías, cuando es tan feliz! 

Y el director tuvo que renunciar a saber nada más, puesto que su mujer le arrebataba el mensajero. Volvió a su despacho, y se encontró encima de la mesa otro montón de despachos telegráficos y de partes. 

A las once, cuando llegaron los Grégoire, se admiraron de que Hipólito, el ayuda de cámara, que estaba de centinela en la puerta, les hiciera entrar poco menos que a empujones, después de haber mirado recelosamente hacia la calle con aire misterioso. Las persianas del salón estaban corridas y fueron introducidos desde luego en el despacho del señor Hennebeau, que les presentó sus excusas por recibirlos allí; pero el salón daba a la calle, y era inútil adoptar una actitud que pudiera parecer provocativa.

-¡Cómo! ¿No saben ustedes lo que pasa? -añadió, viendo su sorpresa. 

El señor Grégoire se encogió de hombros con aire bondadoso, cuando supo que al fin se había declarado la huelga. ¡Bah! No ocurriría nada, Porque los obreros eran buenas gentes. Su esposa abundaba en las mismas esperanzas, fundadas en la secular resignación de los carboneros; mientras Cecilia, que estaba muy alegre aquel día, y casi guapa por su aspecto saludable, se sonreía con agrado al oír hablar de huelga, en lo cual no había para ella más que la idea de visitar los barrios de los obreros dando limosnas y distribuyendo ropa. En aquel momento, la señora de Hennebeau, en traje de seda negra, apareció acompañada de su sobrino. 

-¡Caramba, qué fastidio! -exclamó desde la puerta-. ¡No Podían haber esperado esos pícaros!... Porque habrán de saber que Pablo se niega a llevarnos a Santo Tomás.

-Pues nos estaremos aquí -respondió tranquilamente el señor Grégoire-, y tendremos el gusto de pasar el rato en compañía de ustedes. 

Pablo se había contentado con saludar a Cecilia y a su madre. Al ver aquella frialdad, su tía le animó con una mirada a que se dirigiese a la joven, y cuando los vio juntos y sonrientes, les dirigió otra mirada de ternura maternal. 

Entretanto, el señor Hennebeau acababa de leer los despachos, y redactaba nuevos telegramas. En torno de su mesa hablaban todos: su mujer decía que no se había ella ocupado de arreglar el despacho, que estaba feísimo, con todos aquellos muebles antiguos, de poco gusto y estropeados. 

Así se pasaron tres cuartos de hora, y ya iban a dirigirse al comedor y sentarse a la mesa, cuando el ayuda de cámara anunció al señor Deneulin. Éste, con ademán excitado, entró rápidamente y saludó a la señora de Hennebeau. 

-¡Hola! ¿Están ustedes aquí? -dijo al ver a la familia Grégoire. 

Y sin más saludo ni más cumplimiento, se dirigió al señor Hennebeau: 

-¿Conque ya apareció aquello? -dijo-. Lo he sabido por mi ingeniero... Mis obreros han bajado todos, como de costumbre, a trabajar. Pero, como comprenderán, la cosa puede ir en aumento, y no estoy nada tranquilo... He querido saber noticias... Vamos a ver: ¿cómo andan por aquí las cosas? 

Había llegado a caballo, y era tal su inquietud, que no podía disimularla. 

El señor Hennebeau comenzaba a darle noticias para ponerle al tanto de la situación, cuando Hipólito abrió la puerta del comedor. 

-Almuerce usted con nosotros -le dijo entonces el director-. A los postres le contaré lo que pasa.

-Bueno; como usted guste -respondió Deneulin, tan preocupado, que aceptó desde luego, sin cuidarse de formular los cumplidos de costumbre. 

Pero, acordándose de su descortesía se volvió a la señora de la casa, y le presentó sus excusas. La señora de Hennebeau estuvo muy amable, y después de hacer que pusieran otro cubierto, colocó a sus convidados en la mesa: la señora de Grégoire y Cecilia, a los lados de su marido; el señor Grégoire y Deneulin, a su derecha y a su izquierda respectivamente, y, por último, Pablo entre la joven y el padre de ésta. Cuando sacaron a la mesa el primer plato, dijo sonriendo: 

-Tienen ustedes que dispensarme. Yo quería que hubiéramos tenido ostras... Los lunes suelen llegar de Ostende a Marchiennes, y pensaba mandar a la cocinera en coche... Pero la pobre ha tenido miedo de que la apedreen. 

Todos se echaron a reír.. La historia era graciosa. 

-¡Chist! -dijo el señor Hennebeau, contrariado, mirando a las ventanas, desde las cuales se veía la carretera-. No hay necesidad de que sepa la gente que tenemos convidados hoy.

-Espero, sin embargo, que nos dejarán almorzar en paz -declaró el señor Grégoire-. He aquí un salchichón riquísimo, que de seguro no comerán ellos. 

Empezaron todos a reír otra vez, pero menos ruidosamente. Los convidados iban animándose al verse instalados en aquella habitación adornada con tapices flamencos y muebles magníficos de roble tallado. Soberbias piezas de plata lucían detrás de los limpios cristales de los aparadores, y la magnífica lámpara colgada del techo, que caía sobre la mesa, casi apoyándose en el riquísimo centro de cristal cuajado, daba un aspecto señorial al comedor, amueblado en conjunto y en detalle con un gusto exquisito. Aquel día de diciembre era muy frío y nebuloso; pero de las rachas de viento nordeste que combatían la fachada del hotel, ni una sola ráfaga penetraba en la habitación, donde hacía un calor agradable. 

-¿No sería conveniente que corriéramos las cortinas? -dijo Négrel, a quien divertía la idea de asustar a los señores Grégoire. 

La doncella, que estaba sirviendo la mesa con el ayuda de cámara, creyó que le daban una orden, y fue a correrlas inmediatamente. Entonces todos empezaron a bromear otra vez: nadie cogía un tenedor ni un cuchillo sin tomar todo género de precauciones; cada plato fue saludado como un objeto salvado milagrosamente de una ciudad saqueada por las turbas; ,as, detrás de aquella fingida alegría, reinaba un miedo sordo, que se translucía en miradas involuntarias a los balcones, como si fuera posible que, de un momento a otro, entrara por ellos un ejército de hambrientos a saquear la casa. 

Después de los huevos con trufas, sirvieron truchas de río. La conversación versaba entonces sobre la crisis industrial, cada vez más acentuada desde hacía dieciocho meses. 

-Esto tenía que suceder fatalmente -aseguraba el señor Deneulin-, porque la exagerada prosperidad de estos años últimos lo traía como consecuencia inevitable... Piensen un poco en los enormes capitales amortizados en los ferrocarriles, en los puertos y canales construidos, en todo el dinero empleado en empresas arriesgadas. Aquí mismo se han establecido tantas fábricas de azúcar, que no parece sino que íbamos a coger tres cosechas de remolacha todos los años... Y ¡desde luego! Hoy el dinero escasea, porque es necesario esperar a que se indemnicen del interés de los millones que se han gastado: la consecuencia de todo eso es el apuro en que nos hallamos y la muerte de todo género de negocios. 

El señor Hennebeau combatió aquella teoría; pero tuvo que convenir en que los años prósperos habían echado a perder a los obreros. 

-Yo me acuerdo de que esos muchachos ganaban en las minas hasta seis francos diarios, el doble de lo que sacan ahora. Naturalmente, vivían bien, e iban adquiriendo hábitos de lujo... Hoy se les hace más cuesta arriba sujetarse a su frugalidad de antes.

-Señor Grégoire -decía la señora de la casa-, ¿le sirvo un poco más de estas truchas?... Son muy finas, ¿verdad? 

El director continuó diciendo: 

-Pero pregunto yo: ¿tenemos nosotros la culpa? No parece sino que a nuestra vez no sufriéramos las mismas consecuencias... Desde que han empezado a cerrarse fábricas y más fábricas, no sabemos cómo deshacernos de las considerables existencias almacenadas; y ahora, ante el descenso constante de pedidos, tenemos por fuerza que disminuir los gastos de explotación... Eso es lo que los obreros no quieren comprender. 

Hubo un momento de silencio. El criado puso en la mesa una fuente de perdices asadas, mientras la doncella escanciaba Chambertin en las copas de los comensales. 

-Hay hambre en la India -replicó Deneulin a media voz y como si hablase consigo mismo-; América, al disminuir sus pedidos de hierro, ha dado un golpe mortal a nuestras fábricas. Como esto es una cadena, cualquier crisis, por lejana que sea, hace resentirse a todo el mundo. ¡Y el Imperio, que estaba tan orgulloso con esta fiebre industrial que se había apoderado de nosotros! 

Comió un bocado del ala de perdiz que le habían puesto en el plato, y continuó luego: 

-Lo peor es que, para disminuir los gastos de explotación, sería necesario producir más; porque, de lo contrario, la crisis se ensaña con los jornales, y el obrero tiene razón cuando dice que él es quien paga los vidrios rotos. 

Aquella confesión, arrancada a su franqueza característica, dio pie a un animado debate. Las señoras se aburrían. Todos, por otra parte, se ocupaban con verdadero ardor en despachar lo que tenían en el plato. El criado entró nuevamente en el comedor; quiso hablar, pero titubeó un poco, y acabó por no decir nada. 

-¿Qué sucede? -preguntó el señor Hennebeau-. Si han traído algún telegrama, dénmelo... Estoy esperando varios.

-No, señor; es que está ahí el señor Dansaert... Pero teme molestar. 

El director pidió permiso a sus convidados, y mandó que entrase el capataz mayor. Éste se quedó en pie, a respetuosa distancia de la mesa, mientras todos se volvían a mirarle, deseosos de saber las noticias que traía. Los barrios de los obreros continuaban tranquilos; pero se esperaba la llegada de una comisión de trabajadores. Quizás antes de cinco minutos estuviese allí. 

-Está bien, gracias -dijo el señor Hennebeau-. Quiero que mañana y tarde me dé usted parte de todo lo que ocurra. 

Y cuando Dansaert se hubo marchado, comenzaron de nuevo las risas, mientras se abalanzaban a la ensalada rusa, diciendo que era preciso apresurarse, si querían acabar de almorzar. Pero la alegría llegó a su colmo cuando, habiendo pedido Négrel un poco de pan, la doncella contestó un "está muy bien", dicho en voz tan baja y con tanto miedo, que no parecía sino que la muchacha se veía ya entre las garras de una partida de malhechores que fueran a matarla. 

-Hable más alto, hija mía -dijo sonriendo la señora de Hennebeau-, le todavía no están aquí. 

El director, a quien acababan de entregar un abultado paquete de cartas y telegramas, quiso leer en voz alta una de aquéllas. Era de Pierron, y en ella decía, en frases respetuosas, que se veía obligado a declararse en huelga con todos sus compañeros para que no le maltrataran; y añadía que, además, no había podido negarse a formar parte de la comisión que iba a visitar al señor director, si bien protestaba contra semejante acto. 

-¡Ésta es la libertad del trabajo! -exclamó el señor Hennebeau. 

Se volvió a hablar de la huelga, y le preguntaron su opinión. 

-¡Oh! -contestó-. Ya hemos visto otras muchas... Cuestión de una semana, o cuando más de una quincena de holganza, como sucedió la última vez. Pasarán el día visitando las tabernas, y cuando tengan hambre volverán a las minas. 

Deneulin volvió la cabeza, diciendo: 

-Yo no estoy tranquilo... Esta vez parece que están mejor organizados. ¿No tienen también una Caja de Socorros?

-Sí; pero apenas cuentan con tres mil francos. ¿Qué quiere usted que hagan con eso?... Sospecho que el jefe es un tal Esteban: un buen obrero, a quien sentiría tener que echar a la calle, como hice en cierta ocasión con un tal Rasseneur, que todavía continúa echándome a perder a los mineros de la Voreux con sus ideas revolucionarias y con su cerveza. Dentro de diez días la mitad de la gente estará trabajando y, a lo sumo, dentro de quince días harán lo mismo todos los demás. 

El señor Hennebeau estaba convencido. Su disgusto consistía en el temor de que el Consejo de Administración le hiciese responsable de la huelga. Hacía algún tiempo que se sentía con menos ascendiente sobre sus jefes. Así es que, dejando en el plato la cucharada de ensalada rusa que se llevaba a la boca, volvió a leer los telegramas recibidos de París, contestación a otros suyos, y cada una de las palabras, las cuales quería descifrar, como si tuviesen doble sentido. Todos le perdonaron la lectura, porque el almuerzo iba adquiriendo el carácter de una comida de campamento en vísperas de romper el fuego contra el enemigo. 

Las señoras se mezclaron también en la conversación. La de Grégoire fue la primera que compadeció a aquellas pobres gentes que iban a pasar hambre y ya Cecilia echaba sus cuentas para distribuir entre 105 huelguistas bonos de pan y carne. La señora de Hennebeau, en cambio, S? asombraba oyendo hablar de la miseria en que vivían los mineros de Montsou. Pues qué, ¿no eran felices? ¡Aquellas gentes que tenían casa, lumbre y todo género de cuidados prodigados por la Compañía! En su indiferencia hacia aquellos infelices, no sabía de su vida más que la lección que aprendiera de memoria para relatársela a los parisienses que iban a visitarla en los dominios de su marido, y como acabara por creer en ella, se indignaba ante la ingratitud del pueblo. 

Négrel, entretanto, seguía divirtiéndose en asustar a la señora Crégoire. Cecilia no le disgustaba, y quería casarse con ella por complacer también a su tía; pero no hacía esfuerzos de ningún género para demostrar su amor, como muchacho práctico en la vida' que alardeaba de corazón frío. Pretendía ser republicano, lo cual no obstaba para que tratase a los obreros con una severidad extraordinaria, y se burlara de ellos cuando estaba con señoras. 

-Tampoco yo tengo el optimismo de mi tío -dijo, tomando parte en la conversación-. Me temo gravísimos desórdenes... Así es, señor Grégoire, que le aconsejo cierre bien todos los cerrojos de La Piolaine, porque podrían robarle. 

Precisamente en aquel momento el señor Grégoire, con la eterna sonrisa bonachona que animaba su semblante, estaba defendiendo a los mineros. 

-¡Robarme! -exclamó estupefacto-. ¿Y por qué?

-¿No es usted accionista de las minas de Montsou? O sea, que no hace usted nada, y vive del trabajo de los demás. En una palabra: es usted un capitalista, y eso basta. Esté seguro de que si la revolución social triunfase, le obligarían a devolver su dinero, como si lo hubiese robado: ¡la propiedad es un robo! 

Entonces perdió la bonachona tranquilidad que no le abandonaba nunca y tartamudeó: 

-¡Qué mi fortuna es dinero robado! ¿Mi bisabuelo no ganó con el sudor de su rostro el capital empleado en acciones de minas? ¿No hemos corrido todos los riesgos de la empresa? ¿Acaso hago yo hoy mal uso de las rentas? 

La señora de Hennebeau, alarmada al ver que la madre y la hija tenían miedo también, intervino en la conversación, diciendo: 

-No hagan caso; son bromas de Pablo. 

Pero el señor Grégoire estaba fuera de sí. En aquel momento pasaba por su lado el ayuda de cámara con un plato de cangrejos, y sin saber lo que hacía, cogió con la mano dos o tres y se los metió en la boca, y empezó a comerse las patas. 

-¡Ah! No digo yo que no haya accionistas que abusen y se porten mal. Por ejemplo: me han dicho que ha habido personajes que han recibido acciones de las minas en pago de servicios prestados a las Compañías. Lo mismo que ese señorón, ese duque, a quien no quiero nombrar, el primero de nuestros accionistas, cuya vida es un escándalo de prodigalidad, que gasta millones en mujeres, juego y un lujo inútil... ¡Pero nosotros, nosotros, que vivimos modestamente, como honrados burgueses que somos!... ¡Vamos, vamos! Sería necesario que esos obreros fuesen gente de la peor ralea para que se metieran conmigo, ni trataran de robarme ni un alfiler. 

El mismo Négrel tuvo que tranquilizarle, riéndose al mismo tiempo de su furor. Todos comían cangrejos en aquel momento, y el crujir de los caparazones de los animalillos entre los dientes de los comensales continuaba oyéndose cuando la conversación versó sobre política. El señor Grégoire, todavía tembloroso a pesar de las últimas explicaciones de Pablo, declaraba que era liberal y echaba de menos a Luis Felipe. Deneulin era partidario de un gobierno fuerte, y estaba disgustado con el emperador, a quien acusaba de hallarse en la resbaladiza pendiente de las concesiones imprudentes. 

-Acuérdense del 89 -dijo-. La nobleza fue quien hizo posible la revolución por su complicidad, por sus aficiones a las novedades filosóficas. Pues bien: hoy la clase media representa el mismo papel estúpido, con su afán de liberalismo, con su furia de destrucción, con sus halagos al pueblo... Sí, sí; están ustedes afilándole los dientes al monstruo para que nos devore. ¡Y nos devorará, no lo duden! 

Las señoras le pidieron que callase, y variaron de conversación, preguntándole por sus hijas. Deneulin tuvo que hablar de ellas: Lucía estaba en Marchiennes, tocando el piano y cantando en casa de una amiga; Juan había empezado a pintar una cabeza de viejo. Pero decía todo aquello con aire distraído y sin separar la vista del director, que continuaba absorto en la lectura de los telegramas y sin ocuparse de sus convidados. Comprobaba que en aquellas hojas de papel, procedentes de París, iba la voluntad de los Consejeros de Administración que habían de decidir de la huelga con las resoluciones que tomaran. Así es que no pudo menos de volver enseguida al asunto que le preocupaba. 

-¿Qué va a hacer usted por fin? -preguntó de repente. 

El señor Hennebeau se estremeció, y salió del paso con una frase vaga: 

-Veremos.

-Indudablemente ustedes son ricos y pueden esperar -dijo Deneulin, hablando consigo mismo-. Pero a mí me matan si la huelga llega a Vandame. Por más que he restaurado Juan Bart, no puedo salir adelante como no sea con una producción incesante. ¡Ah! Les aseguro que estoy listo. 

Aquella confesión involuntario pareció hacer efecto en Hennebeau. Escuchaba, y trazaba un plan para sus adentros: en caso de que la huelga se formalizase, ¿por qué no utilizarla, dejando que se arruinase el vecino, para luego comprarle la mina por una bicoca? Era el medio más eficaz para reconquistar el favor de la Compañía de Montsou, que hacía muchos años soñaba con la adquisición de Vandame. 

-Si tan mal le va con Juan Bart -dijo sonriendo-, ¿por qué no la vende? 

Pero Deneulin, que sentía ya haberse quejado, exclamó con energía: -¡Jamás! ¡En mi vida! 

Todos se echaron a reír al verle tan enfadado, y al fin se dejó de hablar de la huelga cuando sirvieron los postres. Un plato de merengue riquísimo valió muchos aplausos a la cocinera. Las señoras charlaban entre sí, discutiendo sobre una receta para hacer el dulce de batata, que también estaba muy bueno. Queso y frutas, pasas, peras e higos acabaron de determinar en todos el abandono propio del final de un almuerzo exquisito y abundante. Todos hablaban al mismo tiempo, mientras el criado servía vino del Rhin, en sustitución del champán, que fue declarado cursi por unanimidad. 

Y la boda de Pablo y de Cecilia adelantó mucho hacia su realización en medio de aquel movimiento de simpatía propio de la hora de los postres. Su tía le había dirigido miradas tan significativas, que el joven se mostraba muy obsequioso y galante, procurando tranquilizar a los Grégoire y borrar de su ánimo el efecto de aquellas historias de robo y de saqueo. Durante un momento, el señor Hennebeau, que había observado aquellas miradas de inteligencia entre su mujer y su sobrino, tuvo sospechas; pero la consideración de que se estaba tratando de bromas le tranquilizó por completo. 

Acababa Hipólito de servir el café, cuando entró la doncella en el comedor, pálida como una muerta. 

-¡Señor, señor; ya están aquí! 

Era la comisión de obreros. Se oyó el ruido de la puerta de la calle, y una conmoción de espanto se apoderó de toda la casa. 

-¡Qué entren en el salón! -dijo el señor Hennebeau. 

Los convidados se habían mirado unos a otros, sin saber qué hacer, ni qué decir. Reinaba entre ellos el más profundo silencio. Luego quisieron volver a bromear: empezaron a guardarse los terrones de azúcar y a decir que era preciso meterse los cubiertos en el bolsillo. Pero como el director permaneciera serio y con ademán severo, las risas cesaron; ya no se hablaba, se cuchicheaba, mientras las pesadas botas de los mineros, que entraban en el salón contiguo, hollaban las ricas alfombras del caserón. 

La señora de Hennebeau dijo a su marido, bajando la voz: -Supongo que tomarás el café. 

-Por supuesto -contestó él-. Que esperen. 

Estaba nervioso y ponía atento oído a todos los ruidos, fingiendo no ocuparse más que de la taza que tenía delante. 

Pablo y Cecilia acababan de levantarse, y miraban por el agujero de la cerradura. Los dos contenían la risa, y se hablaban al oído muy bajito. 

-¿Los ves?

-Sí... Veo a uno gordo, con otros dos más bajos que están detrás de él. -¿Eh? ¡Qué tipos tan feos!

-No por cierto; son muy simpáticos. 

De pronto, el señor Hennebeau se levantó de la silla, diciendo que el café estaba muy caliente y que lo tomaría después. Al salir se llevó un dedo a los labios, como para recomendar la mayor prudencia. Todos se habían vuelto a sentar y siguieron en la mesa, silenciosos, sin atreverse a hacer el menor movimiento, escuchando con cuidado para atrapar alguna palabra de lo que se iba a decir en el salón. 

II

Ya la víspera, en una reunión celebrada en casa de Rasseneur, Esteban y algunos otros compañeros habían nombrado los individuos que debían ir al día siguiente en comisión, para hablar con el director. Cuando, por la noche, supo la mujer de Maheu que su marido era uno de ellos, se disgustó mucho y le preguntó si iba buscando que le plantaran en la calle para siempre, y que se muriesen todos de hambre. Maheu había aceptado la comisión con verdadera repugnancia también, y en el fondo estaba temeroso de las consecuencias. A pesar de la injusticia de su miseria, los dos, en el momento de obrar con energía, caían en la resignación tradicional de su raza, temblando al pensar en el día siguiente y prefiriendo a todo medio violento doblegarse ante las circunstancias. 

Él lo consultaba todo ordinariamente con su mujer, que era muy razonable. Aquella vez, sin embargo, acabó por enfadarse, por lo mismo que en secreto participaba de los temores de ella, y creía que tenía razón. 

-¡Vaya, vaya; déjame en paz! -dijo, volviéndole la espalda en la cama-. ¡Estaría bueno que abandonase a mis compañeros!... He hecho lo que debía. 

Ella se acomodó en la almohada y ambos guardaron silencio. Después de un largo rato de mutismo, la mujer añadió: 

-Tienes razón. Pero, hijo, cree que de todos modos estamos fastidiados. 

A las doce comieron, porque estaban citados para la una en La Ventajosa, desde donde se dirigirían a casa del señor Hennebeau. Tenían patatas. Como no quedaba más que un poco de manteca, nadie la tocó. Por la noche se la comerían con pan tostado. 

-Ya sabes que contamos contigo para que hables -dijo de pronto Esteban a Maheu. 

Éste quedó sorprendido y emocionado, hasta el punto de no poder articular palabra. 

-¡Ah, no; eso es demasiado! -exclamó su mujer-. Bueno que vaya; pero le prohibo hacer de jefe. ¿Por qué ha de ser él, y no otro cualquiera? 

Entonces Esteban dijo, con verdadera elocuencia, que Maheu era el mejor operario de la mina, el más querido, el más respetado, el que todos citaban por su buen sentido. Las reclamaciones de los obreros serían mucho más autorizadas formulándolas él. Al principio se había decidido que hablase Esteban; pero hacía muy poco tiempo que trabajaba en Montsou, y se haría más caso a un obrero antiguo. En fin; los compañeros confiaban sus intereses al más digno de todos; no podía Maheu negarse a aceptar el encargo, porque sería una cobardía. 

La mujer de Maheu hizo un gesto de desesperación. 

-Anda, anda, marido, y déjate matar para que los demás se aprovechen. Después de todo, no he de ser yo quien diga que no.-Pero yo no puedo hacer eso -exclamó Maheu-, no diría más que tonterías. 

Esteban, satisfecho de haberle convencido, le dio un golpecito en el hombro. 

-Dirás lo que sientes, y eso basta. Créeme. 

El tío Buenamuerte, que ya tenía las piernas menos hinchadas, estaba escuchando con la boca abierta, y meneaba la cabeza. Hubo un momento de silencio, porque cuando comían patatas, los muchachos se ponían de mal humor y se estaban muy quietos. Después de tragarse lo que tenía en la boca, el viejo murmuró lentamente: 

-Digas lo que digas, será lo mismo que si callaras... ¡Ah! Yo he visto muchas cosas, ¡muchas cosas! Hace cuarenta años, nos hubieran echado de la puerta de la Dirección a sablazo limpio. Ahora tal vez os reciba el director; pero no os harán ningún caso... ¡Qué demonio! Ellos tienen dinero, y se ríen del mundo. 

Volvieron todos a callar, y Maheu y Esteban se levantaron, dejando a la familia alrededor de aquella mesa ocupada con platos vacíos. En la calle se reunieron con Pierron y Levaque, y los cuatro juntos se encaminaron a casa de Rasseneur, adonde iban llegando poco a poco los delegados de otros barrios. Luego, cuando se hubieron reunido los veinte hombres que formaban la comisión, acordaron las condiciones que habían de presentar enfrente de las impuestas por la Compañía, y se pusieron en marcha para Montsou. Las rachas del viento nordeste barrían la carretera. Cuando llegaron a casa del señor Hennebeau estaban dando las dos en el reloj de la torre del pueblo. 

El criado les dijo que esperasen, cerrando la puerta tras ellos; luego, cuando volvió, les introdujo en el salón y abrió los balcones. Los mineros, al quedarse solos, no se atrevieron a sentarse; todos turbados, todos muy limpios y vestidos con el traje de los domingos, daban vueltas a las gorras entre los dedos y dirigían miradas de reojo al rico mobiliario, extraña confusión de los estilos que la afición de las antigüedades ha puesto de moda: butacas Enrique II, sillas Luis XV, un gabinete italiano del siglo XVI, un aparador español del XIV y un paño de altar para lambrequín de chimenea. Todos aquellos dorados, todo aquel lujo los había llenado de cierto malestar respetuoso. Los tapices de Oriente que servían de alfombra, parecían sujetar sus groseros pies como si estuviesen clavados. Pero lo que más los sofocaba era el calor, más notable por el contraste del frío que habían pasado en la carretera. Transcurrieron cinco minutos. Su malestar aumentaba por lo acogedora que era aquella habitación suntuosamente amueblada. 

Al fin entró el señor Hennebeau, vestido con levita a la inglesa, abrochada hasta el cuello y luciendo en el ojal la cinta de una condecoración. Fue el primero que habló. 

-¡Hola, hola!... Parece que nos sublevamos -dijo. 

Y se detuvo, para añadir enseguida con actitud severa: 

-Siéntense; también yo quiero que hablemos. 

Los mineros buscaron con la vista dónde sentarse. Algunos se atrevieron a colocarse en las sillas, mientras otros, asustados de la riqueza de aquellos asientos, prefirieron quedarse en pie. 

Hubo un momento de silencio. El señor Hennebeau, que había arrastrado una butaca para acercarse a la chimenea, los miraba con fijeza, tratando de recordar el nombre de cada uno de ellos. Acababa de ver a Pierron, que se escondía detrás de un compañero suyo, y sus miradas se detuvieron en Esteban, que se había sentado enfrente de él.

-Vamos a ver -preguntó-; ¿qué tienen ustedes que decirme? 

Esperaba que el joven tomase la palabra, y quedó tan sorprendido al ver que Maheu se levantaba, que no pudo disimular su extrañeza. 

-¡Cómo! ¿Usted, un obrero tan bueno, un hijo de Montsou, cuya familia trabaja en la mina desde tiempo inmemorial?... ¡Ah!, siento de veras que esté usted a la cabeza de este motín. 

Maheu esperaba a que le dejasen hablar, con los ojos fijos en el suelo. Luego empezó su discurso, con voz sorda y lenta al principio: 

-Señor director: precisamente porque soy un hombre tranquilo y moderado, al cual nadie tiene nada que echar en cara, es por lo que los compañeros me han elegido. Esto le demostrará que no somos escandalosos ni malas cabezas, cuyo único propósito fuera armar desórdenes. No queremos más que justicia; estamos cansados de morirnos de hambre, y creemos que ya es hora de que podamos, al menos, contar con el pan de cada día. 

Su voz iba afirmándose. Levantó los ojos, y continuó mirando frente a frente al director. 

-Usted sabe perfectamente que no podemos aceptar el nuevo sistema de pagos... Se nos acusa de que apuntalamos mal. Es verdad; no empleamos en ese trabajo el tiempo que sería necesario. Pero si lo empleásemos, el jornal sería aun más pequeño de lo que es, y si ahora no es suficiente, figúrese cómo hemos de resignarnos a disminuirlo. Páguenos más y apuntalaremos mejor; emplearemos en revestir y apuntalar el tiempo necesario, en vez de matarnos en la extracción, que es la única faena productiva. No hay otro arreglo posible; para trabajar es necesario cobrar. ¿Y qué han discurrido en vez de eso? Una cosa que, por más que hacemos, no nos cabe en la cabeza. Disminuyen el precio de la carretilla y pretenden compensar esa disminución pagando aparte el revestimiento de madera. Aunque esto fuese verdad, resultaríamos perjudicados también, puesto que necesitaríamos emplear mucho más tiempo en apuntalar. Pero lo que más nos enfurece es que eso tampoco es verdad: la Compañía no nos compensa absolutamente nada; no hace sino embolsarse dos céntimos más en cada carretilla. 

-Sí, sí; es la verdad -murmuraron los otros, viendo que el señor Hennebeau hacía un gesto violento, como para interrumpir a Maheu. 

Pero éste cortó la palabra al director. En el calor de la conversación las frases acudían a sus labios y él mismo se escuchaba sorprendido, como si un extraño hubiera estado hablando por su boca. Daba expresión a multitud de cosas que guardaba en su pecho hacía tiempo, y que salían traducidas en palabras casi, casi elocuentes. Hablaba de la miseria de todos ellos, de la ruda faena, de la vida de animales que llevaban, del hambre de sus mujeres y de sus hijos. Citaba las últimas desastrosas quincenas, a causa de las suspensiones del trabajo y de las multas injustas que les habían impuesto, y acababa preguntando si querían matarles. 

-Así, pues, señor director -añadió Maheu-, hemos venido a decirle que si, de todos modos nos hemos de morir de hambre, preferimos morirnos sin trabajar. Eso llevaremos de ventaja... Hemos abandonado las minas, y no volveremos a ellas hasta tanto que la Compañía acepte nuestras condiciones. Ella quiere disminuir los jornales, y nosotros pretendernos que las cosas sigan como estaban, y además, que se nos paguen cinco céntimos más por cada carretilla... Ahora, a usted le toca decidir, demostrándonos si está por la justicia y por el trabajo. 

Los demás mineros asintieron.

 -Eso es... Ha dicho lo que pensamos todos... No queremos más que justicia. 

Otros que no hablaban, hacían signos enérgicos de aprobación. Para ellos había desaparecido la lujosa habitación con sus bordados y sus sederías, y su misteriosa acumulación de antigüedades; ya no sentían siquiera la alfombra que estrujaban las gordas suelas de su burdo calzado. 

-Dejadme que conteste -acabó por decir el señor Hennebeau, que comenzaba a enfadarse-. Ante todo, no es verdad que la Compañía gane dos céntimos por carretilla con el nuevo sistema de pagos... Mirad, si no, las cifras si queréis. 

Siguió una difusa discusión. El director, para tratar de dividirlos, interpeló a Pierron, que contestó tartamudeando. Por el contrario, Levaque era uno de los más agresivos y de los más atrevidos para afirmar hechos que ignoraba. El ruido de voces se apagaba entre las espesas colgaduras y cortinas. 

-Si habláis todos a la vez -replicó el señor Hennebeau-, jamás nos entenderemos. 

Había recobrado la calma y su severidad de gente que ha recibido una consigna, y que está dispuesto a hacerla cumplir exactamente. Desde el principio de la entrevista no quitaba los ojos de Esteban, y maniobraba para hacerle salir del silencio insistente en que el joven se encerraba. De pronto, abandonando la cuestión de los dos céntimos, amplió la discusión. 

-No, decid la verdad; obedecéis a detestables excitaciones. Es una peste que se ensaña ahora con todos los obreros y que corrompe a los mejores de ellos... ¡Oh! No necesito la confesión de nadie; veo que os han vuelto del revés; ¡a vosotros, que hasta ahora fuisteis siempre tan prudentes y tan sensatos! ¿No es verdad? Os han ofrecido más manteca que pan, diciéndoos que había llegado la hora del triunfo de los pobres... Apuesto a que os están alistando en esa Internacional, en ese ejército de bandidos cuyo bello ideal es la destrucción de la sociedad... 

Esteban le interrumpió entonces. 

-Se equivoca usted, señor director. Hay poquísimos carboneros de Montsou que pertenezcan a esa Sociedad. Pero, si los obligan a ello, los de todas las minas se alistarán. Eso depende de la Compañía. 

Desde aquel momento la lucha continuó entre el señor Hennebeau y él, como si los otros mineros no estuvieran allí. 

-La Compañía es una providencia para sus operarios, y hacéis mal en amenazar. Este mismo año ha gastado trescientos mil francos en edificar casas, que no le producen ni siquiera el dos por ciento, y no hablo de las pensiones que da, ni del carbón, ni de las medicinas. Usted que parece tan inteligente, que ha llegado a ser en poco tiempo uno de nuestros primeros obreros, debería hacerles comprender esas verdades, en vez de frecuentar malas compañías que les perjudican. Sí; aludo a Rasseneur, a quien tuvimos que echar a la calle, a fin de salvar a nuestros mineros de la podredumbre socialista... Se le ve a usted continuamente en su casa, y sin duda ha sido él quien le ha aconsejado la formación de esa Caja de Socorros, que toleraríamos de buen grado si fuera solamente un ahorro; pero en ella comprendemos que hay un arma contra nosotros; un fondo de reserva para pagar los gastos de guerra. Y a propósito de esto, debo deciros que la Compañía entiende que debe intervenir en esa Caja. 

Esteban le dejaba hablar, sin cesar de mirarle, agitando ligeramente los labios con movimiento nervioso. Sonrió al oír la última frase, y respondió sencillamente: 

-Ésa es una nueva exigencia de la cual no nos había hablado todavía el señor director. Por desgracia, nosotros deseamos que la Compañía se ocupe menos de nuestros asuntos, que, en vez de hacer el papel de providencia, nos haga justicia, dándonos lo que nos corresponde, es decir, nuestra ganancia, que ella se embolsa ahora. ¿Es honrado eso de que cada vez que haya una crisis se deje morir de hambre a los pobres obreros para salvar los dividendos de los accionistas?... Por más que diga el señor director, ese nuevo sistema es una disminución de jornales disimulada, y eso es lo que nos subleva; porque si la Compañía tiene que hacer economías, hace mal en realizarlas a costa de los obreros. 

-¡Ah! ¡Ya estamos en lo mismo! -exclamó el señor Hennebeau-. Estaba esperando esa acusación de que explotamos al pueblo, para matarlo de hambre: ¿cómo puede usted decir semejantes tonterías, usted, que debe saber los riesgos enormes que corren los capitales en la industria, especialmente en los negocios de minas? Una mina en disposición de trabajar, cuesta hoy unos dos millones; ¡cuántos trabajos, cuántas fatigas antes de sacar algún beneficio! La mitad de las Compañías mineras de Francia tienen que declararse en quiebra... Por lo demás, es estúpido acusar de crueldad a las que salen adelante. Cuando los obreros sufren, sufren ellas también. ¿Creéis que la Compañía no pierde tanto como vosotros en la crisis actual? No es dueña tampoco de señalar jornales, porque o se arruina o tiene que obedecer a las condiciones de la competencia. Quejaos de las circunstancias y no de ella... ¡Pero, es evidente, no queréis escuchar nada, ni comprender nada! 

-Sí -dijo el joven-; comprendemos perfectamente que no hay manera de mejorar nuestra situación mientras las cosas sigan como están; y precisamente por eso, los obreros el mejor día se las arreglarán de modo que cambien, sea como sea. 

Aquella frase, tan moderada en la forma, estuvo dicha a media voz con tal convencimiento y tal temblor de amenaza, que todos callaron, y el silencio reinó durante un momento. Cierto malestar, un soplo de miedo, pareció recorrer el salón. Los otros delegados, que no comprendían bien, se daban cuenta, sin embargo, de que su compañero acababa de reclamar la parte que les correspondía en el bienestar general; y empezaron a dirigir miradas oblicuas a aquellos tapices, a aquellas sillas confortables, a todo aquel conjunto lujoso de juguetes y chucherías, cualquiera de los cuales hubiera producido, en mala venta, más de lo que ellos necesitaban para comer durante un mes. 

Al fin el señor Hennebeau, que se había quedado pensativo, se puso en pie para despedirlos. Todos le imitaron. Esteban había dado un ligero codazo a Maheu, y éste, otra vez turbado y con la lengua torpe, replicó: 

-¿Conque es decir, señor director, que eso es lo que nos contesta?... Tendremos entonces que decir a los demás que no quieren ustedes escucharnos. 

-¡Yo, amigo mío, yo, ni quiero ni dejo de querer nada!... Soy uno a quien pagan, como a vosotros, y no tengo aquí más voluntad que el último aprendiz de minero. Me dan órdenes, y mi único deber es cuidar de e se cumplan. Os he dicho lo que pienso y lo que creo; pero yo no puedo decidir nada... Me exponéis vuestras exigencias, y yo las comunicaré al Consejo de Administración y os transmitiré su respuesta. 

Hablaba con el aire severo, propio de un alto funcionario que huye de apasionarse por las cuestiones de sus subordinados. 

Y los mineros le miraban ya con desconfianza, preguntándose qué clase de hombre sería, qué interés tenía en mentir y qué sacaba él de provecho poniéndose así entre ellos y los verdaderos propietarios. Tal vez fuera un intrigante, puesto que, estando pagado como un obrero, sabía vivir con tanto lujo. 

Esteban se atrevió a intervenir nuevamente. 

-Es malo, señor director, que no podamos defender nuestro pleito en persona. Explicaríamos mejor las cosas, y encontraríamos razones, que por fuerza escaparían a usted... ¡Si siquiera hubiera alguien a quien pudiéramos dirigirnos! 

El señor Hennebeau no se incomodó. Al contrario, sonrió tranquilamente. 

-¡Ah, amigos! Esto se complica desde el momento en que no tenéis confianza en mí. Entonces será necesario ir allá abajo. 

Los mineros habían seguido con la vista su gesto vago, su mano extendida hacia uno de los balcones del salón. ¿Dónde sería "allá abajo"? Sin duda París. Pero no lo sabían con seguridad: aquello se refería a un lugar lejano y terrorífico, a una región inaccesible y sagrada, donde estaba aquel Dios desconocido colocado en su tabernáculo. Jamás podrían verle; no hacían más que sentirle como una fuerza que desde lejos pesaba sobre aquellos diez mil obreros de Montsou y, cuando el director hablaba, no era más que el oráculo por boca del cual se expresaba aquella fuerza oculta. 

El desánimo se apoderó de ellos; el mismo Esteban hizo un gesto como para decirles que lo mejor era marcharse; mientras el señor Hennebeau daba un golpecito amistoso en el hombro de Maheu, y le preguntaba cómo estaba Juan. 

-Dura ha sido la lección y, sin embargo, es usted uno de los que quieren que se hagan a la ligera los trabajos de apuntalamiento... Espero acabaréis por comprender que una huelga sería un desastre para todos. Antes de una semana se morirían de hambre... ¿Y qué vais a hacer?... ES verdad que cuento con vuestra prudencia, y espero que el lunes, a más tardar, volveréis al trabajo. 

Salieron todos del salón, uno detrás de otro, con la espalda encorvada y sin contestar una palabra a aquella esperanza de verlos sometidos. El director, que los acompañó hasta la puerta, tuvo necesidad de resumir el resultado de la entrevista: la Compañía, por una parte, mantenía su nueva tarifa; por otra ellos pedían aumento de cinco céntimos por cada carretilla. Desde luego, y a fin de que no se hiciesen ilusiones les manifestó su temor de que el Consejo de Administración se negaría a aceptar su ultimátum. 

-Reflexionad, antes de cometer una tontería -añadió el director, intranquilo ante aquel obstinado silencio. 

En el vestíbulo, Pierron saludó con mucha humildad, mientras Levaque hacía alarde de ponerse la gorra antes de salir, Maheu iba a decir algo en son de despedida, cuando Esteban le tocó de nuevo con el codo. Y todos salieron de la casona en medio de aquel silencio amenazador, alterado sólo por el estrépito de la gran puerta de dos hojas, que cerraron al salir ellos. 

Cuando el señor Hennebeau entró otra vez al comedor, encontró a sus convidados silenciosos e inmóviles delante de las copas de licor. En dos palabras explicó la entrevista a Deneulin, que puso la cara más apretada de lo que la tenía. Luego, mientras el director tomaba el café, ya frío, trataron los demás de hablar de otra cosa. Pero los de Grégoire fueron los primeros que volvieron a la conversación de la huelga asombrados de que no hubiese una ley que prohibiera al obrero abandonar el trabajo. Pablo tranquilizaba a Cecilia, asegurándole que estaba esperando a los gendarmes. 

Por fin, la señora de Hennebeau llamó al criado. 

-Hipólito -le dijo- antes de que pasemos al salón, abra usted los balcones para que se renueve el aire.

 III

Transcurrieron quince días, y el lunes de la tercera semana, las listas que se enviaban al director indicaban nueva disminución en el número de obreros que asistían al trabajo. Aquella mañana contaban con que terminaría la huelga. Pero la obstinación de la Compañía en no ceder, exasperaba a los mineros. Ya no estaba en huelga solamente la Voreux, Créve-coeur, Miron y La Magdalena; en La Victoria y Feutry Cantel no bajaba ni la cuarta parte de los obreros, y hasta en Santo Tomás se notaban los efectos del movimiento huelguista. Poco a poco iba éste generalizándose. En la Voreux se notaba una tranquilidad de muerte. En los alrededores, alguna que otra carretilla abandonada, los depósitos de carbón intactos, y los de madera pudriéndose, presentaban su espectáculo tristísimo. En el embarcadero del canal se había quedado un lanchón a medio cargar, amarrado a un poste, y balanceándose en la superficie de las turbias aguas; y sobre la desierta plataforma, una carreta desenganchada agitaba desesperadamente sus portillas a impulsos del viento. Los edificios, sobre todo, invadidos por el silencio más completo, daban espanto. No se caldeaba la máquina de extracción más que por las mañanas. Los mozos de cuadra bajaban con el pienso de los caballos; en el fondo sólo trabajaban los capataces, convertidos otra vez en obreros; para cuidar de evitar los desperfectos de las galerías abandonadas; después, desde las nueve, el servicio se hacía por escalas, dejando quieto el ascensor. Y entre todos aquellos síntomas de muerte no se oía más que el resoplar de la bomba, último resto de vida de la mina, la cual hubieran anegado las aguas, si dejara de trabajar. 

Enfrente al otro lado de la llanura, el barrio de los Doscientos Cuarenta parecía muerto también. El gobernador de Lille lo había visitado; patrullas de gendarmes a caballo habían recorrido los caminos de los alrededores; pero ante la calma perfecta de los huelguistas, gobernador y soldados se habían visto en la necesidad de retirarse. Jamás habían dado los obreros ejemplo más grande de sensatez. Los hombres, para no ir a la taberna, se pasaban los días en la cama, las mujeres, que no tomaban, se puede decir, nada más que café, tenían menos ganas de chismorrear que de costumbre y menos deseo de pelearse; y hasta los grupos de chiquillos, que parecían comprender lo que pasaba, hacían gala de su prudencia, y para no producir ruido correteaban descalzos y se daban de cachetes sin chillar. Era la consigna, repetida y circulando de boca en boca: ante todo y sobre todo, ser prudentes. 

Sin embargo, un continuo entrar y salir de vecinos animaba la casa de Maheu. Esteban, a título de secretario, había distribuido los tres mil francos de la Caja de Socorros entre las familias más necesitadas; además, se habían recibido algunos cientos de francos, producto de varias suscripciones. Pero todos los recursos estaban ya agotados; los obreros carecían de fondos para sostener la huelga, y el hambre asomaba su cabeza amenazadora. Maigrat, después de haber prometido que durante una quincena vendería a crédito, se había vuelto atrás bruscamente a los pocos días, negándose a dar ni una migaja de pan siquiera. Ordinariamente recibía órdenes de la Compañía; tal vez ésta desearía cortar la huelga de una vez, privando de víveres a los obreros. El tendero, además obraba siempre a su antojo, como dueño absoluto; daba o negaba la mercancía, según la cara de la muchacha que enviaban las familias a comprar en su casa; y precisamente a los Maheu era a quien más se negaba a complacer, con cierto furioso rencor, como para castigarles de no haberle entregado a Catalina. Hacía, pues, una semana que estaban viviendo del producto de las distribuciones. Pero ahora, que ya no había un cuarto en Caja, ¿cómo componérselas para tener pan? Para colmo de desventura helaba mucho; las mujeres veían disminuir sus montones de carbón, pensando que cuando se concluyera no les darían otro en las minas, si sus maridos no volvían al trabajo. De modo, que no sería sólo morirse de hambre; habría que morir también de frío. 

En casa de Maheu se carecía de todo. Los Levaque comían todavía, gracias a una moneda de veinte francos que les había dado Bouteloup. En cuanto a los Pierron, tenían como siempre dinero; pero por aparecer tan desgraciados como los demás, de miedo que les pidiesen prestado, compraban a crédito en casa de Maigrat, que hubiera sido capaz de darles toda la tienda, a poco que la mujer de Pierron se hubiera mostrado complaciente. Desde el sábado, muchas familias se acostaban sin haber comido en todo el día. Y ante los terribles días que iban a empezar, no se oía ni una queja; todos cumplían la consigna con un valor y una resignación a toda prueba. Todos tenían en Esteban confianza absoluta; una fe religiosa, sólo comparable a la que sienten por sus ídolos los pueblos fanáticos. 

Puesto que él les había prometido la era de la justicia, estaban dispuestos a sufrir lo que fuese necesario para conquistar la dicha universal. El hambre soliviantaba los ánimos; jamás el horizonte de miseria de aquellos infelices se había visto iluminado con un rayo de esperanza más radiante. Cuando sus ojos, turbados por la debilidad, se entornaban, entreveían la ciudad ideal de sus sueños; pero en un momento próximo casi inmediatamente, con su población de hermanos, su edad de oro, de trabajo y de descanso repartidos por igual entre todos, no había nada capaz de quebrantar la fe de que iban al fin a penetrar en ella. Los fondos de la Caja se habían agotado; la Compañía no cedería; cada día, cada hora que pasase, agravaría la situación, y conservaban, sin embargo, toda su esperanza, y despreciaban todas sus desventuras del momento. Contaban con que, cuando ya la tierra se fuese a abrir para tragárselos, sobrevendría un milagro cualquiera. Aquella fe reemplazaba al pan y calentaba los estómagos. Tanto los Maheu como los demás, cuando habían digerido demasiado deprisa sus sopas hechas con agua clara, se entregaban al éxtasis de una vida mejor, que no dejaba martirios y sufrimientos más que para los brutos. 

Esteban había llegado a ser el jefe indiscutible. En las conversaciones de las veladas, era el oráculo, con más razón, cuanto más estudiaba. Porque seguía leyendo con verdadero fervor, y recibía muchas más cartas que antes, se había suscrito también a El Vengador, un periódico socialista que se publicaba en Bélgica, y aquel diario, el primero que entraba en el barrio, había hecho que los compañeros todos tuvieran a Esteban una consideración extraordinaria, casi respetuosa. Su creciente popularidad le emborrachaba produciéndole satisfacciones íntimas, de las que jamás tuviera idea. Mantener una correspondencia seguida, discutir acerca de la suerte de los trabajadores con personajes importantes de fuera de Montsou, ser consultado por todos los obreros de la Voreux, sobre todo, convertirse en un centro, sentir que la masa de obreros se movía a su capricho, era un continuo motivo de orgullo para él, antiguo modesto maquinista, minero oscuro después. Subía un escalón, y, sin sentirlo, entraba en aquella clase media tan aborrecida, con satisfacciones de inteligencia y de bienestar que no quería confesarse ni a sí mismo siquiera. No tenía más que un disgusto: la conciencia de su falta de instrucción, de su insuficiencia, que le intimidaba en cuanto se veía frente a frente de un señor de levita. Por eso seguía instruyéndose, devorando cuantos libros y papeles impresos caían en sus manos; pero la falta de método hacía que la asimilación fuese muy lenta, reinando tal confusión, en él, que acababa por no saber cosas que ya había comprendido. Así es, que en ciertos ratos de bien pensar, experimentaba diversas inquietudes al discutir consigo mismo la responsabilidad que echara sobre sus hombros: temía no ser el hombre apropiado para llevar a cabo todo aquello a buen término; acaso habrían necesitado un abogado, un sabio capaz de pronunciar discursos y de obrar cuando llegase el caso, sin comprometer a los compañeros. Pero de pronto se tranquilizaba, poco menos que indignado. ¡No, no; nada de abogados! ¡Todos eran unos canallas, que aprovechaban su ciencia para explotar al pueblo! Saliera como saliese, los obreros debían manejar por sí mismos sus negocios, y de nuevo acariciaba su papel de jefe popular: Montsou a sus pies; allá a lo lejos, París; y ¿quién sabía? Acaso la diputación algún día, la tribuna de la Cámara, desde donde haría polvo a la clase media con sus magníficos discursos, los primeros pronunciados por un obrero en el Parlamento. 

Desde hacía algunos días, Esteban se hallaba perplejo. Pluchart escribía cartas y más cartas, ofreciéndose a ir a Montsou para enardecer el celo de los huelguistas. Era preciso organizar una reunión, que presidiría el famoso maquinista, porque había en el fondo de aquel proyecto la idea de explotar la huelga en beneficio de la Internacional, haciendo que se alistasen en ella todos los mineros a quienes aún inspiraba desconfianza la tal Asociación. Esteban temía el escándalo; pero así y todo, hubiese permitido la visita de Pluchart, si Rasseneur no se hubiese opuesto enérgicamente a tal intervención. A pesar de su influencia, el joven tenía por fuerza que contar con el tabernero, cuyos servicios eran mucho más antiguos, y el cual no dejaba de tener numerosos partidarios. Así, que vacilaba sin saber qué responder a Pluchart. 

Precisamente el lunes, a eso de las cuatro, recibió otra carta de Lille, estando solo con la mujer de Maheu en la sala de su casa. Maheu, cansado de no hacer nada, había ido a pescar; si tenía la suerte de coger algún pescado bueno en el canal, lo venderían y podrían comprar pan. El viejo Buenamuerte y el tunante de Juan acababan de salir para dar un paseo; mientras Alicia, que pasaba muchos ratos en el campo cogiendo berros, se había llevado a los pequeños. Sentada junto a la lumbre, que ya no se atrevía a avivar demasiado, la mujer de Maheu, con el corpiño desabrochado y con un pecho fuera, daba de mamar a Estrella. 

Cuando el joven acabó de leer la carta, la mujer le preguntó: -¿Buenas noticias? ¿Enviarán dinero? 

Él contestó con un gesto negativo, y ella replicó: 

-Esta semana no sé lo que vamos a hacer.. En fin, por algún lado vendrá. Cuando se tiene razón, ¿no es verdad?, se tienen ánimos y se acaba por ser los más fuertes. 

Ya se había hecho partidaria decidida de la huelga. Mejor hubiera sido obligar a la Compañía a que hiciese justicia sin abandonar ellos el trabajo. Pero puesto que estaba declarada la huelga, no se debía volver a las minas hasta tanto que se satisficieran las justas reclamaciones de los obreros. En este punto, la buena mujer se mostraba de una energía inquebrantable. ¡Antes morir, que hacer como si no se tuviera razón, teniéndola! 

-¡Ah! -exclamó Esteban-. ¡Si viniera un cólera que nos desembarazase de todos esos infames explotadores! 

-No, no -respondió la mujer de Maheu- no hay que desear la muerte a nadie. No conseguiríamos nada tampoco, porque aparecerían otros... Yo lo único que pido es, que éstos entren en razón, y sean más sensatos, y espero que lo hagan, porque, después de todo la gente no es tan mala como dicen... Ya sabéis que no soy partidaria de vuestra política. 

En efecto, la mujer de Maheu censuraba de ordinario la violencia de sus discursos, y los encontraba demasiado batalladores. Que uno quisiera que. le pagasen el trabajo como era debido, estaba bien; pero ¿a qué ocuparse de otras cosas, y de los burgueses, y del gobierno? ¿A qué mezclarse en asuntos ajenos, cuando no podía uno esperar nada bueno de aquella intervención? Y si la mujer de Maheu le apreciaba, a pesar de todo, era porque no se emborrachaba, y porque le daba puntualmente sus cuarenta y cinco francos por el pupilaje. Cuando un hombre tenía buena conducta, se le podían perdonar todas sus faltas. 

Esteban habló entonces de la República, que debía dar pan a todo el mundo. Pero la mujer de Maheu meneaba la cabeza con ademán incrédulo, porque se acordaba del 48, un año de perros que les había dejado en cueros a ella y a su marido en los primeros tiempos de su matrimonio. Se extasiaba narrando lo que habían sufrido, con voz monótona y los ojos fijos en la pared, mientras su hija Estrella, sin soltar el pecho, se quedaba dormida sobre sus rodillas: y Esteban, absorto también, miraba aquel pecho enorme cuya blancura mate contrastaba con el color amarillento del semblante. 

-¡Ni un céntimo -murmuraba ella-; ni una miga de pan que llevarse a la boca, y todas las minas cerradas! ¡En fin; la muerte de los pobres, lo mismo que ahora! 

Pero en aquel momento se abrió la puerta, y ambos interlocutores se quedaron mudos de sorpresa al ver entrar a Catalina. Desde su fuga con Chaval no había vuelto a presentarse en el barrio. Su turbación era tan grande, que olvidó cerrar la puerta, y se quedó temblorosa en el umbral de la misma. Indudablemente esperaba encontrar sola a su madre, y la presencia del joven le impedía decir lo que había ido pensando por el camino. 

-¿Qué vienes a hacer aquí? -gritó la mujer de Maheu, sin levantarse de la silla-. No quiero verte más. ¡Vete enseguida! 

Entonces Catalina hizo un esfuerzo para encontrar palabras. -Mamá... te traigo café y azúcar.. para los niños... Siempre estoy pensando en ellos... 

Y al mismo tiempo sacaba del bolsillo una libra de café y otra de azúcar, y la ponía sobre la mesa. La huelga de la Voreux la atormentaba, porque ella seguía trabajando en Juan Bart, y no había hallado más medio que aquél para ayudar a sus padres, con el pretexto de cuidar a sus hermanitos. Pero su buen corazón no conmovió a su madre, la cual replicó: 

-En vez de traernos chucherías, te podías haber quedado en casa para ayudarnos a ganar el pan. 

Y la pobre mujer la insultó, lanzándole al rostro todo lo que hablaba contra ella desde hacía un mes. ¡Escaparse con un hombre, amancebarse a los dieciséis años, teniendo una familia que la quería! ¡Ni la última bribona, ni la hija más desnaturalizada hubiese hecho otro tanto! Se podía perdonar una falta; pero una madre jamás olvidaba una canallada semejante. ¡Y si la hubiera tenido sujeta, vamos, menos mal! Pero, no; era libre como el aire, y no se le exigía sino que fuese a dormir por las noches a su casa. 

-¡Vamos a ver!, ¿qué demonios tienes en el cuerpo a tu edad? 

Catalina, inmóvil, junto a la mesa, escuchaba a su madre con la cabeza baja. Un estremecimiento nervioso agitaba aquel cuerpo endeble de niña más que de mujer, y la pobre trataba de contestar con frases entrecortadas: 

-¡Oh! ¡Si fuese cuestión mía nada más! ¡Cómo si esta vida me divirtiera!... Es él. Cuando quiere una cosa, no tengo más remedio que querela también, ¿verdad? Porque, ya ves... él es más fuerte... ¿Acaso sabe una como se enredan las cosas? En fin, lo hecho, hecho está y no hay quien lo deshaga. Lo mismo da. Ahora lo que necesito es que se case conmigo. 

La infeliz se defendía sin sublevarse contra la autoridad materna con la pasiva resignación de las muchachas que conocen el trato íntimo de un hombre antes de tiempo y sazón. ¿No era aquella la ley común? Ella no había soñado jamás otra cosa: un atentado brutal detrás de unos matorrales, un hijo a los dieciséis años, y luego la miseria en su casa, si su querido consentía en casarse. 

Y no experimentaba vergüenza, ni temblaba ante la idea de que su madre la tratase como a una infame en presencia de aquel joven; y, sin embargo, al verse delante de él, se desesperaba y se sentía oprimida de un modo singular. 

Esteban se había levantado y aparentaba estar avivando la lumbre de la estufa para facilitar una explicación entre madre e hija. Pero sus miradas se encontraron, él la encontró pálida, ojerosa, bonita, sin embargo, y experimentó cierto sentimiento extraño, en el cual no entraba para nada su antiguo rencor, que había desaparecido por completo; no deseaba sino que fuese feliz con aquel hombre a quien ella había preferido. Sintió en aquel instante deseos de ocuparse de su felicidad, de ir a Montsou y exigir al otro que la tratara con miramiento. Pero ella no vio más que lástima en sus miradas; indudablemente la despreciaba mucho. Entonces el corazón le dio un vuelco tan grande, que se sintió sofocada, y no halló palabras con que excusarse. 

-Eso es; mejor haces en callar -replicó la mujer de Maheu, implacable-. Si vienes a quedarte, entra; si no, lárgate enseguida, y da gracias a que tengo las manos ocupadas con tu hermana, porque si no, ya te hubiera tirado algo a la cabeza. 

En aquel momento Catalina recibió en la parte posterior un puntapié terrible, cuya violencia la aturdió de sorpresa y de dolor. Era Chaval, que acababa de entrar por la puerta entreabierta, después de haberla observado un instante desde la calle. 

-¡Ah, bribona! -gritó-. Te he seguido, porque suponía que venías aquí a que te hicieran carantoñas. Y tú las pagas trayendo café con dinero mío. 

La mujer de Maheu y Esteban, estupefactos, no se movían. Con un gesto furibundo, Chaval empujó a Catalina hacia la puerta. 

-¿Saldrás de una vez? ¡Condenada ... ! 

Y al ver que la joven se refugiaba en un rincón, la emprendió con su madre. 

-¡Bonito modo es ése de estar guardando la casa, mientras la pérdida de tu hija se marcha allá arriba con un hombre! 

Al fin había cogido a Catalina por una muñeca, y sacudiéndola fuerternente, la arrastraba hacia la calle. 

Al llegar a la puerta se volvió otra vez a la mujer de Maheu, que parecía clavada en su silla, y había olvidado abrocharse el corpiño. Estrella se había quedado dormida con la nariz pegada a él, y el enorme pecho pendía desnudo y libre como la ubre de una vaca de leche. 

-¡Cuando no está aquí la hija, buena es la madre para sustituirla! -gritó Chaval como última injuria-. ¡Anda, anda; enséñale la carne, que no le disgusta al canalla de tu huésped! 

Esteban quiso salir detrás de su compañero. Sólo el miedo de armar un escándalo en el barrio le había contenido para no arrancarle a Catalina de las manos. Pero, a su vez, se sentía ahora acometido por la rabia, y los dos hombres se encontraron frente a frente, con los ojos inyectados en sangre. Era el estallar de un odio antiguo, unos celos largo tiempo contenidos. Había llegado el momento de matarse. 

-¡Cuidado! -rugió Esteban rechinando los dientes-. Cuidado, porque te arranco la lengua!

-¡Prueba a hacerlo! 

Se miraron aún durante algunos segundos tan de cerca, que el aliento de cada cual caldeaba el rostro del contrario. Catalina, suplicante por evitar la riña, cogió a su querido por la mano, y le rogó que se fuera con ella. Y arrastrándolo casi, huyó del barrio, sin volver la cabeza atrás. 

-¡Qué bruto! -murmuró Esteban, cerrando la puerta vio lentamente y agitado de tal manera por la cólera, que tuvo que sentarse. 

La mujer de Maheu no se había movido. Hizo un gesto significativo, y hubo un momento de silencio pesado y embarazoso, precisamente por las cosas que callaban. A pesar de sus esfuerzos, volvía sin querer la vista hacia el seno de la mujer de Maheu, hacia aquel pedazo de carne blanca, cuya vista le trastornaba ahora. Verdad es que ella tenía cuarenta años, y estaba deforme como buena hembra que había procreado mucho; pero aún había muchos que la deseaban. Sin apresurarse, se había cogido el pecho con las dos manos, y lo encerraba en el corpiño. Un botón color d rosa se obstinaba en quedarse fuera; lo apretó con el dedo, y abrochó enseguida los botones del vestido. 

-Es verdad que tengo mis defectos; pero jamás he tenido ése... 

Luego, con acento de franqueza, añadió, sin quitar los ojos del joven: -No me han tocado más que dos hombres; uno cuando tenía quince años; y luego mi marido. Si mi marido me hubiese abandonado como el primero, no sé qué hubiese sido de mí; y si desde que nos casamos le he sido fiel siempre, no hago alarde de ello, porque, al fin y al cabo, no han abundado las ocasiones de faltarle... Pero digo la verdad, lo que es; y no hay muchas vecinas que pueden decir otro tanto. ¿No es cierto? 

-Sí que lo es -respondió Esteban levantándose. 

Y salió a la calle mientras ella se decidía a avivar el fuego, después de colocado a Estrella, dormida, entre dos sillas. Si su marido había pescado algo y lo vendía, tendrían qué comer. 

Era de noche, una noche fría y desapacible, y Esteban caminaba en la oscuridad, preso de profunda tristeza. 

Ya no sentía cólera contra el hombre ni compasión por la pobre muchacha maltratada. La escena brutal a que acababa de asistir se borraba haciéndole pensar en la realidad terrible de los sufrimientos de la miseria. Pensaba en aquellas casas sin pan, en aquellas mujeres, en aquellos niños, que se acostarían sin comer; en todo aquel pueblo, luchando heroicamente y muerto de hambre. Y las dudas que a veces le asaltaban acerca de la razón de su conducta, surgían de nuevo en la melancolía del crepúsculo; y le atormentaban con más furor que nunca. ¡Qué terrible responsabilidad asumía! ¿Debía aconsejarles aún la resistencia, cuando ya nadie tenía ni dinero ni crédito? ¿Cuál iba a ser el desenlace terrible del drama, si no llegaban recursos de ninguna parte, si el hambre comenzaba a cebarse en ellos y les quitaba valor? Bruscamente tuvo la visión del desastre: chiquillos que morirían y madres que sollozaban mientras los hombres obligados por la horrenda necesidad volvían al trabajo. Continuaba caminando al azar, tropezando con los pedruscos en medio de la oscuridad, y torturado por la idea de que si la Compañía resultaba más fuerte que ellos, tendría la culpa de las desdichas de sus camaradas. 

Cuando levantó la cabeza se vio a las puertas de la Voreux. La masa sombría de sus edificios le parecía aún más grande por efecto de la oscuridad crepuscular. En medio de la desierta llanura, que la rodeaba, obstruida por las grandes sombras inmóviles, parecía un trozo de fortaleza abandonada. En cuanto la máquina de extracción se detenía, el resto de vida que se notaba en sus muros se escapaba, y a aquella hora de la noche nada la animaba, ni una voz, ni la luz de un farol. 

Si los obreros tenían hambre la Compañía se arruinaba. ¿Por qué había de ser ella la más fuerte en aquella guerra sin cuartel entre el trabajo y el capital? En todo caso, la victoria le costaría muy cara. Luego contarían las bajas que cada cual hubiera tenido en la batalla. De nuevo le dominaba el deseo ardiente de la lucha; la necesidad afanosa de acabar con la miseria, aunque fuese a costa de la vida. Lo mismo daba morir de una vez que vivir muriendo de hambre y a causa de las injusticias que cometían con ellos. Recordaba sus lecturas mal digeridas, ejemplos de pueblos que habían quemado sus ciudades para destruir al enemigo, vagas historias de madres que salvaban a sus hijos de la esclavitud rompiéndoles el cráneo contra el suelo, de hombres que preferían morir de inanición a comer una sola migaja del pan de los tiranos. Y todo aquello le exaltaba: una feroz alegría se elevaba por encima de su profunda tristeza, y rechazaba la duda, avergonzándose de aquel momento de cobardía. Y en aquel despertar de su ardiente fe, ráfagas de orgullo y de soberbia le animaban, halagándole la esperanza de ser jefe, de verse obedecido hasta el sacrificio de la vida, de ensalzar su poder y su influencia, para disfrutar de ellos ampliamente el día del triunfo. Ya se imaginaba una escena grandiosa, en la cual se negaba a aceptar el poder, y lo ponía en manos del pueblo, después de haberlo tenido entre las suyas. 

Pero volvió a la realidad, estremeciéndose al oír la voz de Maheu, que había estado de suerte, pescando una trucha soberbia, por la que le dieron tres francos. Ya tenían que comer. Entonces dijo a su amigo que volviese solo a casa que pronto estaría allí; y entrando en La Ventajosa, se sentó frente a Souvarine. Aguardó a que se marchara un parroquiano que estaba en otra mesa, para decir a Rasseneur, sin ambages ni rodeos, que iba a escribir a Pluchart para que fuese a Montsou. Estaba resuelto; quería organizar una reunión, porque la victoria le parecía segura si los mineros del pueblo se adherían en masa a la Internacional. 

IV

La reunión se organizó en el salón de la Alegría, de que era empresaria la viuda Désir, y se convino en celebrarla el jueves, a las dos de la tarde. La viuda, indignada ante las infamias que se hacían con sus hilos, como ella llamaba a los obreros, lo estaba mucho más desde que veía que nadie visitaba su taberna. Jamás se habían visto huelguistas con menos sed: hasta los borrachos se encerraban en sus casas por miedo de faltar a la consigna de ser prudentes hasta la exageración. Así es que Montsou, tan alegre los días de fiesta, estaba triste y desierto desde que comenzara la huelga. Al pasar por la taberna de Casimiro y por el cafetín del Progreso, no se veían más que las pálidas caras de los dueños, interrogando el camino: los establecimientos de Montsou, desde el café Lenfant hasta el de Tison, sin exceptuar el de Piquette y el de la cabeza cortada, estaban lo mismo. Solamente en la taberna de San Eloy, frecuentada por capataces, se vendía algo: las cupletistas del Volcdn, faltas de admiradores, no trabajaban porque no iba nadie a oírlas, a pesar de haber bajado el precio de la entrada de diez céntimos a cinco, en vista de lo mal que andaban los tiempos. El país entero parecía hallarse de duelo. 

-¡Caramba! -exclamaba la viuda Désir, golpeándose con las manos ambas rodillas-. ¡La culpa la tienen los gendarmes! ¡Qué me lleven presa si quieren; pero necesito hacerles rabiar para vengarme! 

Para ella, todas las autoridades, todos los superiores eran gendarmes; era una palabra de desprecio general, con la cual designaba a todos los enemigos del pueblo. Por lo tanto, aceptó gustosa lo que Esteban le proponía: su casa entera le pertenecía a los mineros: cedería gratuitamente el salón de baile, y puesto que la ley lo exigía, ella misma firmaría las invitaciones, aparte de que le tenía sin cuidado contrariar la ley, ya que los gendarmes, que la hacían respetar eran los causantes de todo. Al día siguiente, el joven la llevó para que las firmase unas cincuenta cartas que había hecho copiar a los vecinos que sabían escribir; y aquellas cartas fueron enviadas a los demás mineros, por conducto de hombres de entera confianza. Oficialmente, el objeto de la reunión era seguir discutiendo acerca de la huelga; pero, en realidad, se esperaba a Pluchart, contando con que pronunciaría un discurso para convencer a todos de que se alistaran en la Internacional. 

El jueves por la mañana Esteban experimentó cierta inquietud, viendo que no llegaba Pluchart, el cual había prometido por telégrafo que estaría en el pueblo el miércoles por la noche. ¿Qué sucedería? Le desesperaba pensar que no podría hablar con él antes de la reunión. A las nueve se encaminó a Montsou, suponiendo que acaso el famoso maquinista habría llegado allí sin detenerse en la Voreux. 

-No, no he visto a su amigo -respondió la viuda Désir-; pero todo está dispuesto; venga a verlo. 

Le condujo al salón de baile. El decorado era el mismo que de costumbre: dos guirnaldas de flores contrahechas colgadas del techo, y enlazadas por una corona de flores también, y las estatuas representando santos adornaban las paredes. El tabladillo de los músicos había sido reemplazado por una mesa y tres sillas, y la sala estaba llena de filas de bancos colocados como las butacas de un teatro. 

-¡Perfectamente! -exclamó Esteban.

-Ya sabe usted -replicó la viuda- que está en su casa. Hablen todo lo que quieran... Como vengan los gendarmes, para entrar tendrán que pasar por encima de mí. 

El joven a pesar de su inquietud no pudo menos de sonreír al mirarla y ver a aquella mujer, en la que nunca se había fijado, tan robusta, y con un par de pechos tan monstruosos, que los brazos de un hombre apenas habrían podido abarcar uno de ellos; por lo cual se decía en el pueblo que de los seis amantes de la semana, entraban de servicio cada día dos, para repartiese el trabajo. 

Pero Esteban se distrajo pronto viendo entrar a Rasseneur y a Souvarine, y cuando la viuda les dejó solos a los tres en la sala, el minero exclamó: -¡Hola! ¿Estáis ya aquí? 

Souvarine, que había trabajado aquella noche en la Voreux, porque los maquinistas no estaban en huelga, acudía a la reunión por pura curiosidad. 

En cuanto a Rasseneur, desde dos días antes parecía hallarse preocupado y sin ganas de broma. Su fisonomía había perdido la sonrisa que le era habitual. 

-Todavía no ha venido Pluchart -le dijo el joven.

-No me extraña, porque no le espero.

-¿Cómo? 

Entonces el tabernero se decidió, y mirando al otro cara a cara, le dijo con ademán resuelto: 

-Pues si quieres saberlo, te diré que es porque yo también le he escrito rogándole que no viniese... Sí; opino que debemos arreglar nuestros asuntos sin acudir a personas extrañas. 

Esteban, fuera de sí, temblando de cólera, mirando fijamente a su camarada, repetía tartamudeando: 

-¡Has hecho eso! ¡Has hecho eso! 

-Sí, y he hecho perfectamente. Bien sabes que tengo confianza plena en Pluchart, porque es un hombre de empuje, al lado del cual se puede estar... Pero, la verdad, ¡me río de vuestras ideas! ¡Lo que yo deseo es que traten mejor al obrero! La política, el gobierno, y todas esas cosas, me tienen sin cuidado. He trabajado en las minas durante veinte años, y he sufrido tanto allí de miseria y de fatiga, que he jurado hacer todo lo que pueda para aliviar la suerte de esos infelices que trabajan en ellas; y ahora estoy convencido de que con esas historias y esas tonterías que hacéis, no sólo no conseguiréis nada en favor del obrero, sino que empeoraréis, la situación... Cuando la necesidad le obligue a volver al trabajo, le tratarán todavía peor que antes, para vengarse de la huelga; la Compañía se ensañará contra él, y le castigará como se castiga a un perro que se ha escapado y que luego vuelve a la casa... Eso es lo que quiero evitar. ¿Lo oyes? 

Y levantaba la voz, y se acercaba a su interlocutor con aire insolente y provocativo. Su carácter de hombre prudente y razonable en el fondo, se traducía en palabras que acudían fáciles a sus labios, y casi con elocuencia. ¿Acaso no era una estupidez querer cambiar el mundo en un momento, poner al obrero en el lugar del capitalista, y repartir el dinero como quien reparte una manzana? Se necesitarían miles de años para realizar todo eso, si alguna vez había de verse realizado. ¡Se reía él de esos milagros! El partido más prudente que podía tomarse, cuando no quería uno romperse la crisma, era el de caminar con rectitud, exigir las reformas posibles, y, en una palabra, mejorar la condición de los trabajadores. Así, que él se contentaba con arrancar a la Compañía algunas concesiones, porque si se obstinaban en exigírselo todo de una vez, se morirían de hambre. 

Esteban le había dejado hablar; pues era tal su indignación, que no encontraba frases con que contestarle. Cuando pudo hablar, exclamó: 

-¡Maldita sea!... ¿Es que tú no tienes sangre en las venas? 

Hubo un momento en que estuvo a punto de abofetearle; y para no ceder a la tentación, comenzó a dar paseos por la sala, golpeando los bancos para desahogarse. 

-Pero, hombre, cerrad la puerta siquiera -dijo Souvarine,- no hace falta que los demás oigan lo que decís. 

Y después de cerrarla por sí mismo, se sentó tranquilamente en una de las sillas de la presidencia. Había liado un cigarrillo, y miraba a sus dos amigos con ademán tranquilo y una sonrisa burlona. 

-Aunque te enfades, no adelantarás nada -replicó Rasseneur juiciosamente-. Yo creía que tenías mejor sentido, y me pareció muy prudente que recomendases la calma a nuestros amigos, y que interpusieras tu influencia para que guardasen una actitud digna; pero ahora resulta que tú mismo quieres lanzarles a una aventura descabellada. 

A cada paseo que daba Esteban por entre los bancos, se acercaba a Rasseneur, lo cogía por los hombros, lo zarandeaba, y le gritaba con la cara casi pegada a la suya: 

-¿Quién te ha dicho que no quiero orden y calma, ahora lo mismo que antes? Sí, yo les he impuesto la disciplina; sí, yo sigo aconsejándoles que no se muevan; pero por eso, ¿he de permitir que se burlen de nosotros y nos atropellen?... Feliz tú, que puedes tener tanta sangre fría... Yo tengo ratos en que me vuelvo loco. 

Aquello era, por su parte, una confesión. Se reía de sus antiguas ilusiones de neófito, de su sueño casi religioso de una ciudad donde pronto iba a reinar la más estricta justicia, entre hombres que se tratarían como verdaderos hermanos. Aquello de cruzarse de brazos y esperar, era un medio como otro cualquiera de contribuir a que los hombres siguieran devorándose como lobos hasta el fin de los siglos. ¡No!, era necesario agitarse, tomar parte activa, porque, de lo contrario, la injusticia actual seguiría eternamente: los ricos vivirían siempre a costa de los pobres. No se perdonaba la tontería de haber dicho otras veces que era necesario desterrar la política de la cuestión social, porque, cuando lo decía, no sabía una palabra de lo que luego había estudiado. Ahora sus ideas se hallaban maduras, y se vanagloriaba de tener un sistema. Sin embargo, lo explicaba mal, con frases en cuya confusión había algo de todas las teorías que, consideradas primero como buenas, habían ido siendo abandonadas sucesivamente. En la cúspide de todo aquello quedaba en pie la doctrina de Carlos Marx, de que el capital era el resultado de la expoliación, y que el trabajo tenía el derecho de entrar a poseer aquella riqueza robada. 

Pero las cosas se embrollaban cuando de aquellas teorías pasaba a un programa práctico. Primeramente se había enamorado del sistema Proudhon, la quimera del crédito mutuo, de una vastísima sociedad de cambio, que suprimiera los intermediarios; luego había sido partidario de las sociedades cooperativas de Lasalle, subvencionadas por el Estado, que transformarían poco a poco el mundo en una sola ciudad industrial, hasta el día en que se sintió desilusionado ante la dificultad de la intervención, y empezó a ser partidario de un colectivismo en el que todos los instrumentos de trabajo quedasen en manos de la colectividad. Su grito de combate durante la huelga, su lema, era: "La mina, para el minero". Indudablemente esto era muy vago, y Esteban continuaba sin saber cómo realizar aquel sueño, atormentado aún por los escrúpulos de su sensibilidad y de su razón, que no le permitían sostener las afirmaciones absolutas de los sectarios. Lo único que decía, era que consideraba ante todo necesario apoderarse del todo Después, ya sabrían lo que debía hacerse. 

-Pero, ¿qué demonio te sucede? ¿Por qué te pasas a los burgueses? -continuó diciendo con violencia, encarándose con el tabernero- ¿No decías tú mismo que esto tenía que reventar? 

Rasseneur se puso un poco colorado. 

-Sí, lo he dicho. Y si revienta, verás que no soy un cobarde, ni me he de quedar atrás... Pero lo que yo no quiero es ser de esos que se sacrifican a los demás por crearse una posición. 

Esteban, a su vez, pareció un poco turbado. 

Ninguno de los dos gritó más; pero ambos se sintieron mordidos por la envidia y por la sorda rivalidad que entre ellos reinaba hacía tiempo. En el fondo, ésa era la causa de sus desavenencias, la razón de que uno se lanzase a las exageraciones revolucionarias, mientras el otro se las echaba de excesivamente comedido, obligados ambos a ello, a su pesar, por el fatalismo de las circunstancias. Y Souvarine, que los escuchaba con discreta curiosidad, dejó ver en su afeminado semblante cierta expresión de silencioso desprecio, ese desprecio del hombre dispuesto a sacrificar su vida en la oscuridad, sin tener siquiera la aureola del martirio. 

-¿Eso lo dices por mí? -preguntó Esteban-. ¿Tienes envidia?

-¿Envidia de qué? -respondió Rasseneur-. Yo no me las doy de gran hombre, ni trato de fundar una sección de la Internacional en Montsou para hacerme secretario de ella. 

El otro quiso interrumpirle; pero el tabernero añadió, sin detenerse: -¡Sé franco alguna vez! A ti te tiene sin cuidado la Internacional; lo que tú quieres es ser nuestro jefe, y dártelas de señor, estableciendo correspondencia con el famoso Consejo federal del Norte. 

Hubo un momento de silencio, después de lo cual Esteban, muy pálido, contestó: 

-¡Está bien!... ¡Y yo, que creía no tener nada que reprocharme! Todo lo he consultado siempre contigo, porque sabía que has luchado aquí mucho tiempo antes que yo. Pero ya que no puedes soportar que nadie esté a tu lado, en lo sucesivo obraré por mí mismo y sin tu ayuda... Por de pronto, te advierto que la reunión se hará aunque Pluchart no venga, y que los amigos se adherirán a la Internacional, a pesar tuyo. 

-¡Oh! Eso de adherirse está todavía por ver... Será preciso convencerles de pagar la cuota.

-De ningún modo. La Internacional concede largos plazos a los obreros en huelga. Pagaremos cuando podamos, y en cambio ella nos socorrerá. 

Rasseneur no pudo contenerse al oír aquello. 

-¡Pues bien; lo veremos!... Vendré a la reunión, y hablaré. No te dejaré catequizar a los amigos, y les explicaré cuales son sus verdaderos intereses. Veremos a quien siguen: si a mí, a quien conocen hace treinta años, o a ti, que has venido a revolucionar todo esto en unos cuantos meses... Bueno, bueno: guerra sin cuartel... Veremos quien vence a quien. 

Y salió del salón cerrando la puerta con estrépito. Las guirnaldas de flores contrahechas se balancearon, y los cuadros con estampas de santos golpearon las paredes. Luego el salón volvió a quedar silencioso y tranquilo. 

Souvarine seguía fumando, sin alterarse, al otro lado de la mesa. Esteban, después de dar unos cuantos paseos por entre los bancos, empezó a hablar, como si su amigo no estuviera allí. ¿Era suya la culpa si se separaba de aquel hipócrita para aliarse a él? Y negaba que hubiera buscado la popularidad, diciendo que no sabía ni cómo había sido aquello; la buena amistad de los del barrio, la confianza que inspiraba a los amigos, eran indudablemente las causas de la influencia que ejercía sobre ellos. Le indignaba que le acusaran de arrastrar a todos a un precipicio por ambición personal, y se golpeaba fuertemente el pecho para protestar de su fraternidad y de su desinterés. 

De pronto se detuvo delante de Souvarine, y exclamó: -Mira, si supiese que por mí iba a correr una gota de sangre de un compañero nuestro, ahora mismo emigraba a América. 

El ruso se encogió de hombros, y de nuevo una sonrisa singular contrajo sus labios.

-¡Oh! ¡La sangre!... ¿Qué importa que corra? ¡Buena falta le hace a la tierra! 

Esteban se calmó; y, cogiendo una silla, fue a sentarse enfrente de él al otro lado de la mesa. Aquella cara afeminada, cuyos ojos melancólicos adquirían a veces una expresión de ferocidad salvaje, ejercía sobre él cierta influencia misteriosa, que no sabía explicarse. Poco a poco, y a pesar de que su amigo no hablaba, quizás por eso mismo se iba quedando absorto. 

-Vamos a ver -preguntó-: ¿qué harías tú en mi caso? ¿No tengo razón en querer salir de esta inactividad?... ¿No es verdad que lo mejor es entrar en esa Asociación? 

Souvarine, después de lanzar una bocanada de humo de su cigarrillo respondió con su frase favorita: 

-Sí; una tontería... Pero, en fin, siempre es algo... Por algo se ha de empezar. Además, la Internacional marchará por el buen camino. Ya se está ocupando de ello... 

-¿Quién?

-¡Él!

El ruso pronunció estas palabras a media voz, con cierto aire de fervor religioso, y dirigiendo una mirada a Oriente. Hablaba del maestro, de Bakunin, el exterminador. 

-Sólo él puede dar el golpe -añadió- pues todos esos sabios que tú admiras son un atajo de cobardes... Antes de tres años, la Internacional estará obedeciendo sus órdenes, habrá destruido la sociedad vieja. 

Esteban prestaba gran atención. Ardía en deseos de instruirse, de comprender ese culto de la destrucción, sobre el cual el ruso no pronunciaba nunca más que palabras vagas, como si quisiera conservar secretos sus misterios. 

-Bien... Pero explícame al menos qué quieres hacer.

-Destruirlo todo... Que no haya más naciones, ni gobiernos, ni propiedades, ni Dios, ni culto.

-Comprendo; pero ¿qué se conseguirá con eso?

-La sociedad primitiva y sin forma; un mundo nuevo; otra vez el principio de todo.

-¿Y los medios de acción? ¿Con cuáles contáis?

-Con el fuego, con el veneno, con el puñal. El bandido es el verdadero héroe, el vengador del pueblo, el verdadero revolucionario en acción, sin frases aprendidas en los libros. Es necesario que una serie de atentados horrendos espante a los poderosos y despierte al pueblo. 

Y a medida que hablaba Souvarine, iba adquiriendo una expresión terrible, feroz. El éxtasis en que se hallaba le hacía levantarse de su asiento; de sus ojos azules salía una llamarada mística, y con sus delicados dedos, contraídos, agarrados al filo de la mesa, parecía querer hacerla pedazos. Esteban, asustado, le miraba, pensando en las historias cuya vaga confidencia le había hecho el ruso; en las minas cargadas de dinamita debajo del palacio del Zar; en los jefes de la policía muertos a puñaladas; en una querida de Souvarine, la única mujer a quien había amado, ahorcada en Moscú una mañana de mayo, mientras él, confundido entre la multitud, la besaba por última vez con los ojos. 

-No, no -murmuraba Esteban, haciendo un gesto como para rechazar aquellas visiones abominables-: nosotros no estamos todavía en ese caso. ¡El asesinato, el incendio! ¡Jamás! Eso es monstruoso, eso es injusto; todos los camaradas se levantarían como un solo hombre para ahogar al culpable. 

Y seguía no comprendiendo ni palabra de aquello, porque su razón rechazaba la terrible pesadilla de aquel exterminio general. ¿Qué haya después? ¿De dónde surgirían los pueblos nuevos? Ante todo exigía una respuesta a esas preguntas. 

-Explícame tu programa. Nosotros, sobre todo, queremos saber adónde vamos. 

Entonces Souvarine, que se había puesto a fumar otra vez, contestó con su tranquilidad acostumbrada: 

-Todo razonamiento sobre el porvenir es un crimen, porque impide la destrucción y detiene o se opone a la marcha de la revolución. 

Esto hizo reír a Esteban, a pesar del estremecimiento nervioso que le produjo aquella respuesta dada con una perfecta calma. Por lo demás, confesó que no dejaba de haber mucho bueno en todo aquello, y que poco a poco se iría lejos. Pero no podía hablar de semejantes cosas a sus amigos, porque sería dar la razón a Rasseneur, y lo que necesitaba en aquellos momentos era ser práctico. 

La viuda Désir les propuso que almorzasen. Ambos aceptaron, y pasaron a la sala de la taberna, separada del salón de baile por un tabique de madera que podía quitarse y ponerse fácilmente. Cuando acabaron de almorzar, era la una. La inquietud y la ansiedad de Esteban iban en aumento; decididamente Pluchart faltaba a su palabra. A eso de la una y media empezaron a llegar los delegados, y tuvo que salir a recibirlos, para evitar que la Compañía enviase espías. Examinaba atentamente todas las papeletas de invitación, y miraba a cada uno de los hombres que entraban; muchos penetraron sin papeleta; bastaba que él los conociese, para que les abriera la puerta. Al dar las dos, vio llegar a Rasseneur, que se quedó fumando su pipa junto al mostrador, charlando, como si no tuviese prisa. Aquella calma irónica acabó de exasperarle, tanto más cuanto que habían acudido algunos burlones por entretenerse, tales como Zacarías, Mouque hijo, y otros; a todos estos les tenía sin cuidado la huelga; satisfechos con no trabajar y sentados en una mesa, se gastaban en cerveza los últimos cuartos que les quedaban, burlándose de los compañeros que, de buena fe, acudían a la reunión. 

Transcurrió otro cuarto de hora. Souvarine, que había estado fuera un momento, entró diciendo que la gente se impacientaba. Entonces Esteban, desesperado, hizo un gesto resuelto, y ya iba a salir detrás del maquinista, cuando la viuda Désir, que estaba asomada a la puerta de la calle, exclamó de pronto: 

-¡Ya está aquí ese señor que esperabais! 

Todos se precipitaron a la calle. Era Pluchart, en efecto. 

Llegaba en un coche arrastrado por un caballo. De un salto echó pie a tierra, luciendo su levita, tan mal llevada, que le daba todo el aspecto de un obrero con traje prestado. 

Hacía cinco años que no trabajaba en su oficio y que no pensaba más que en cuidarse, en peinarse sobre todo, y en darse tono con sus triunfos oratorias; pero su aspecto era muy ordinario y, a pesar de sus esfuerzos, las uñas de sus manos, comidas por el hierro, no crecían como él hubiera deseado. Era muy activo y recorría las provincias sin descanso, haciendo la propaganda de sus ideas.

 -¡Ah, no me guardéis rencor! -dijo, para evitar que le hicieran preguntas-. Ayer por la mañana di una conferencia en Prouilly, y por la tarde tuve una junta en Valencay. Hoy, entrevista con Sauvagnat en Marchiennes... Al fin he podido tomar un carruaje. Estoy extenuado; ya veis cómo tengo la voz... una ronquera espantosa. Pero en fin, eso no importa, y, de todos modos hablaré. 

Ya iba a entrar en la Alegría, cuando se detuvo. 

-¡Caramba! ¡Se me olvidaban los títulos de socio! -dijo.- ¡Estaríamos listos! 

Volvió al carruaje, y sacó de él una caja de madera negra, que se llevó debajo del brazo. 

Esteban, contento, caminaba junto a él, mientras Rasseneur, consternado, no se atrevía ni a darle la mano. El otro se la estrechó con efusión, y apenas si aludió ligeramente a su carta. ¡Vaya una idea que había tenido! ¿Por qué no celebrar aquella reunión? Los obreros debían reunirse siempre que pudieran. La viuda Désir le invitó a que tomase algo; pero él, agradeciéndolo, se negó a aceptar nada. ¡Era inútil! No necesitaba beber para pronunciar discursos. Lo único que decía, era que tenía mucha prisa, porque aquella noche pensaba llegar a Joiselle para celebrar una conferencia con Legoujeux. Todos entraron juntos en la sala de baile. Maheu y Levaque, que llegaron un poco tarde, se apresuraron a reunirse a los demás, y la puerta quedó cerrada con llave para no ser interrumpidos, lo cual hizo que los más bromistas rieran de la precaución. Zacarías y Mouque hijo, sobre todo, tuvieron jocosas ocurrencias. 

En el salón cerrado, donde aún se percibían las emanaciones del último baile, un centenar de obreros esperaban sentados en las filas de bancos. Empezaron a cuchichear y volver la cabeza, mientras los recién llegados tomaban posesión de la mesa presidencial. Todos miraban a aquel señor de Lille cuya levita había causado gran sorpresa y cierto malestar. 

Pero enseguida, y a propuesta de Esteban, se constituyó la mesa. Él iba pronunciando nombres propios, y los demás levantaban la mano en señal de aprobación. 

Pluchart fue nombrado presidente; luego designaron como asesores a Maheu y a Esteban. Hubo el consiguiente ruido de sillas mientras los de la presidencia se instalaron en su puesto, y todos miraban al presidente, que había desaparecido un momento detrás de la mesa para colocar en el suelo la caja que llevaba debajo del brazo, y que no abandonaba desde su entrada en el salón. 

Cuando se hubo sentado en su sitio, pegó un puñetazo en la mes para reclamar la atención, y enseguida comenzó a decir con voz sonora: 

-Ciudadanos... 

Se abrió una puertecilla que había detrás de la mesa, y tuvo que interrumpirse. Era la viuda Désir que acababa de dar la vuelta por la cocina y que entraba con seis vasos de cerveza puestos en una bandeja -No os molestéis -dijo-. Cuando se habla se tiene sed. 

Souvarine, sentado cerca de la presidencia, tomó la bandeja de manos de la tabernera, y la colocó en una esquina de la mesa. Pluchart pudo continuar; pero su discurso fue solamente para dar gracias por la buena acogida que le habían dispensado los mineros de Montsou, acogida que le conmovía, y para presentarles sus excusas por el retraso, hablando de su cansancio y de que tenía la garganta mala. Luego concedió la palabra al ciudadano Rasseneur, que la tenía pedida. Éste se había colocado junto a la mesa. Una silla, cogida por el respaldo para apoyarse en él, le servía de tribuna. Estaba muy nervioso y tuvo que toser varias veces para poder decir con voz enérgica: 

-Camaradas... 

Una de las razones de su influencia sobre la gente de las minas era su facilidad de palabra, merced a la cual podía estarles hablando horas enteras sin cansarse. No gesticulaba, y hablaba incesantemente con una eterna sonrisa, con la misma inflexión de voz, hasta que su auditorio, animado, por decirlo así, le gritaba: "Sí, sí, es verdad; tienes razón". Pero aquel día, desde las primeras palabras comprendió que había en el público gran hostilidad. Así, que procedió con la mayor prudencia. No discutí más que la continuación de la huelga, con la esperanza de ser aplaudido antes de entrar a hablar de la Internacional. 

Indudablemente la dignidad y la honra se oponían a ceder a las exigencias de la Compañía; pero ¡cuántas miserias! ¡Qué porvenir tan terrible les esperaba si era necesario obstinarse todavía mucho tiempo! Y sin declararse explícitamente partidario de la sumisión, hacía esfuerzos para entibiar los entusiasmos, describía las cosas de los obreros pereciendo de hambre, y preguntaba con qué medios contaban los partidarios de la resistencia. Tres o cuatro amigos suyos trataron de aplaudirle lo cual acentuó la silenciosa frialdad con que le oían casi todos, la desaprobación, casi la cólera producida por algunas de sus afirmaciones. Entonces, desesperando de ganar el terreno perdido en la opinión, vaticinó a los obreros consecuencias terribles, grandes desgracias, si no dejaban dominar sus imprudentes provocaciones llegadas de tierra extranjera. Todos se habían puesto de pie, gritaban, le amenazaban, y se oponían a que siguiese hablando, puesto que los insultaba, tratándolos como si fueran niños incapaces de saber lo que les convenía. Y él, bebiendo trago tras trago de cerveza, seguía hablando, a pesar del tumulto, y gritaba con todas sus fuerzas que no había nacido todavía quien le obligase a faltar a su deber. 

Pluchart se había puesto de pie también, y como no había campanilla pegaba puñetazos en la mesa, y repetía con voz ronca: 

-¡Ciudadanos!... ¡Ciudadanos! 

Al fin consiguió que reinase un poco de calma, y la asamblea, consultada al efecto, retiró la palabra a Rasseneur. Los delegados que habían representado a las minas en la entrevista con el director, animaban a los otros, dominados todos por el hambre e influidos por las ideas nuevas, que sin embargo no acertaban a comprender bien. Era un voto prejuzgado. 

-¡A ti te importa poco, porque comes! -rugió Levaque, enseñando el puño a Rasseneur. 

Esteban se había inclinado por detrás del presidente, acercándose a Maheu para tratar de calmarlo, porque estaba también furioso con aquel discurso; mientras Souvarine, sin decir palabra, inmóvil, contemplaba aquella escena, luciendo en sus miradas cierta expresión despectiva para todos. 

-Ciudadanos -dijo Pluchart- permitidme que tome la palabra. 

Reinó el silencio más profundo y habló. Su voz salía de la garganta ronca y penosamente; pero él estaba acostumbrado a eso; porque hacía años que estaba paseando su laringitis con su programa propagandista. Poco a poco iba hinchando la voz, que arrancaba efectos patéticos. Con los brazos abiertos hablaba, acompañándose de cierto movimiento de hombros, y uno de los rasgos característicos de su extraña elocuencia era la manera enfática de terminar los períodos, cuya monotonía acababa por convencer. 

Su discurso versó sobre la grandeza y los beneficios de la Internacional, que los ejercía principalmente en las localidades recién conquistadas por ella. Explicó el objeto que perseguía la Asociación, y que no era otro que la emancipación de los trabajadores; mostró la grandiosa estructura de aquella Asociación; abajo, el municipio, más arriba la provincia, después la nación, y allá, en la cúspide, la humanidad. Sus brazos se agitaban lenta y acompasadamente, como si fuera colocando uno encima de otro los cuerpos de edificios de la catedral inmensa del mundo futuro. Luego habló de la administración interior; leyó sus estatutos, habló de los congresos, indicó los grandes adelantos que estaba realizando, el agrandarse del programa, que, habiéndose limitado a discutir los jornales, trataba ahora nada menos que de la liquidación social, para concluir con el sistema de pagar jornales. Ya no habría más nacionalidades; los obreros del mundo entero, unidos en la común necesidad de justicia, barrerían la podredumbre burguesa, y fundarían al fin la sociedad libre, en la cual el que no trabajase no comería. 

Un movimiento de entusiasmo agitó todas las cabezas. Algunos gritaron: 

-Eso es, eso es lo que queremos. 

Pluchart, cuya voz ahogaban los aplausos frenéticos, seguía hablando. Se trataba de la conquista del mundo en menos de tres años. Y hablaba ya de los pueblos conquistados. De todas partes llovían adhesiones. Jamás religión alguna había tenido tantos fieles en tan poco tiempo. Después, cuando fuesen los amos, dictarían leyes al capital, y a su vez los obreros lograrían tener la sartén cogida del mango y a sus explotadores rendidos a sus pies. 

-¡Sí, sí!... ¡Así queremos! 

Con el ademán reclamaba el silencio, porque iba a tocar la cuestión de las huelgas. En principio, las desaprobaba; eran medios demasiado lentos, que agravaban la mala situación de los obreros. Pero, y mientras no pudiera hacerse nada mejor, cuando eran inevitables, había que hacerlas, porque tenían la ventaja de atacar el capital también, y la de perjudicarle. Y en ese caso, presentaba a la Internacional como una providencia para los huelguistas, y citaba ejemplos: en París, cuando la huelga de los broncistas, el capital había cedido enseguida a todo lo que pedían, asustados al saber que la Internacional estaba dispuesta a enviarles ayudas; en Londres, la Asociación había salvado a los trabajadores de una mina, pagando los gastos de viaje, para volver a su patria, a unos belgas llamados por el propietario. Bastaba con adherirse, para hacer temblar a las Compañías, porque los obreros entraban en el gran ejército de los trabajadores, decididos a morir los unos por los otros, antes que continuar siendo esclavos de la sociedad capitalista. 

Grandes aplausos interrumpieron al orador, el cual se enjugaba la frente con el pañuelo, negándose a beber un vaso de cerveza, que le ofrecían con insistencia. Cuando quiso seguir hablando, nuevos aplausos le interrumpieron. 

-¡Ya está! -dijo rápidamente Esteban-. Ya tienen bastante... ¡Pronto!... ¡Vengan los nombramientos! 

Se había agachado detrás de la mesa, y se levantó con la caja de madera en la mano. 

-Ciudadanos -añadió, dominando el ruido de voces y aplausos-, aquí están los nombramientos de individuos de la Internacional. Que vuestros delegados se acerquen, y se les entregarán, para que ellos los distribuyan... Luego arreglaremos todo lo demás. 

Rasseneur quiso protestar otra vez. Por su parte Esteban se agitaba, empeñado en pronunciar un discurso él también. Siguió una confusión terrible. Levaque daba puñetazos en el aire, como si estuviera batiéndose con alguien. Maheu, en fin, hablaba sin que nadie pudiese oír lo que decía. Y Souvarine, exaltado, daba puñetazos también sobre la mesa, para ayudar a Pluchart a obtener orden y silencio. Del suelo salía una nube espesa de polvo, el polvo de los últimos bailes, emponzoñando el aire con el olor fuerte de las mujeres y de los mozos de las minas. 

De pronto se abrió la puertecilla de que antes hablamos, y apareció la viuda Désir, gritando con todas sus fuerzas: 

-¡Callad, por Dios!... ¡Ahí están los gendarmes! 

Era que llegaba el inspector de policía del distrito, algo tarde, para levantar acta y disolver la reunión. Le acompañaban cuatro gendarmes. Ya hacía cinco minutos que la viuda Désir los entretenía en la puerta, diciéndoles que ella estaba en su casa, y que tenía el derecho de reunir a los amigos que quisiera. Pero al fin la habían dado un empujón, y ella corrió para avisar a sus hijos. 

-Marchaos por aquí -añadió luego-. Hay un bribón de gendarme guardando el patio. Pero eso no importa; porque por ahí se sale a la calle... ¡Daos prisa! 

Ya el inspector golpeaba la puerta con su bastón; y como no abrían, amenazaba echarla abajo. Indudablemente alguien había hecho traición, porque la autoridad gritaba que la reunión era ¡legal, puesto que habían entrado muchos mineros sin la invitación del ama de la casa. 

En el salón el tumulto iba en aumento. Era imposible marcharse de aquel modo, sin haber votado siquiera en pro ni en contra de la continuación de la huelga. Todos se empeñaban en hablar a la vez. Por fin el presidente tuvo la idea de que se votase por aclamación. Los brazos se levantaron, y los delegados declararon que ellos se adherían en nombre de los compañeros ausentes. De aquel modo se hicieron miembros de la Internacional los diez mil mineros de Montsou. 

Empezó la desbandada al fin. La viuda Désir, a fin de proteger el movimiento de retirada, se apoyaba contra la puerta, que ya los gendarmes empezaban a derribar con las culatas de sus fusiles. Los mineros, saltando por encima de los bancos, salían rápidamente a la calle por la puerta de la trastienda. Rasseneur fue uno de los primeros en desaparecer, y Levaque lo siguió, olvidándose de los insultos que le dirigiera y soñando con que le convidase a cerveza para reponerse. Esteban, después de apoderarse de la caja negra que llevaba Pluchart, esperaba con éste, con Maheu y con Souvarine a que se fueran todos, porque creían que su deber les mandaba salir los últimos. Ya se iban, cuando al fin saltó la cerradura, y el inspector se halló cara a cara con la viuda Désir, cuyos enormes pechos formaban todavía una barricada. 

-¡Ya ve que no ha conseguido gran cosa con destrozarme la casa! Ya ve que no hay nadie. 

El inspector, que era un hombre tranquilo, a quien aburrían las escenas dramáticas, se limitó a decir que la iba a llevar a la cárcel. Pero no cumplió su amenaza, y se retiró con los cuatro gendarmes, para dar parte a sus superiores, en tanto que Zacarías y el hijo de Mouque, regocijados con el chasco que sus amigos habían dado a la autoridad, se reían de la fuerza armada en sus mismas barbas. 

Esteban, cargado con la caja, corría por la calle seguido de sus amigos. De pronto se acordó de Pierron, y preguntó por qué no se le había visto allí; y Maheu, sin dejar de correr, le contestó que estaba enfermo de una enfermedad que no inspiraba cuidado: el miedo de comprometerse. Quisieron detener a Pluchart; pero éste se negó, diciendo que se iba a Joiselle, donde Legoujeux estaba esperando órdenes, y que no le era posible complacerlos. Entonces se despidieron de él, sin detenerse nadie en aquella carrera desenfrenada por las calles de Montsou. Entre unos y otros se cruzaban palabras entrecortadas por la velocidad de la carrera. Souvarine, gozoso por la derrota de Rasseneur, decía que aquello marchaba al fin por el buen camino. 

Esteban y Maheu sonreían satisfechos, seguros como estaban ya del triunfo; cuando la Internacional les enviase ayudas, la Compañía sería quien les suplicase por Dios que volvieran al trabajo. 

Y en aquel acceso de esperanza íntima, en aquel galopar de zapatos burdos que dejaban su huella en el lodo de la carretera había algo más, algo sombrío y salvaje: una violencia decidida, cuyo soplo iba a conmover todos los barrios de un extremo a otro de la comarca.

V

Transcurrieron otras dos semanas. Se estaba en los primeros días de enero; un frío extraordinario tenía acobardada a la gente de toda la llanura. Y ¡desde luego! la miseria aumentaba, y los barrios de obreros perecían de hambre, casi sin fuerzas para luchar más. Tres mil francos enviados por la Internacional de Londres, no habían dado ni para comer dos días. Luego, nada más habían recibido, nada más que promesas vagas, cuya realización parecía cada vez más lejana. Aquella esperanza perdida abatía a todo el mundo, y les quitaba el valor. ¿Con quién habían de contar, si hasta los mejores amigos, sus hermanos, los abandonaban? Se sentían perdidos en medio de aquel invierno cruel, aislados en el centro del mundo. 

Un martes faltaron todos los recursos en el barrio de los Doscientos Cuarenta. Esteban se había multiplicado inútilmente con los delegados: se iniciaban nuevas suscripciones en las ciudades próximas, hasta en París; se hacían cuestaciones y se organizaban conferencias; pero la opinión pública, interesada al principio en los sucesos, iba haciéndose indiferente, al ver que la huelga se prolongaba de un modo indefinido, y sin escenas dramáticas, en medio de la más perfecta tranquilidad. Aquellas insignificantes limosnas apenas daban lo suficiente para socorrer a las familias más pobres. Las otras habían vivido empeñando las ropas y perdiendo poco a poco todo cuanto tenían en la casa. Todo iba trasladándose a poder de los prestamistas; la lana de los colchones, los utensilios de cocina, y hasta los muebles más necesarios. Por un momento se habían creído salvados por los comerciantes de Montsou, casi arruinados por Maigrat, que habían ofrecido vender a crédito con objeto de arrebatarle la clientela, y durante una semana, Verdonck, el de la tienda de comestibles, los dos panaderos Carouble y Smelten tuvieron, en efecto, sus tiendas a disposición de todo el mundo, pero se les acabó el dinero, y no pudieron seguir fiando. Los usureros se regocijaban, porque de todo aquello resultó un aumento en las deudas, que por largo tiempo debían ahogar a los mineros. Pero todo había concluido ya; no había crédito posible, ni un cacharro viejo que vender, ni más recurso que acostarse en un rincón, y morirse allí de hambre como un perro. Esteban hubiera vendido de buena gana su sangre. Había cedido en provecho de los demás su sueldo de secretario, y había estado en Marchiennes a empeñar su pantalón y su levita de paño negro, con objeto de que se pudiese comer en casa de los Maheu. No le quedaba más que las botas, que conservaba para poder andar mucho, según decía. Su desesperación era que la huelga se hubiese declarado demasiado pronto; es decir, antes de que la Caja de socorros contara con los fondos suficientes. En eso veía la causa única del desastre; porque los obreros triunfarían seguramente cuando lograran reunir ahorros bastantes para resistir. Y recordaba las palabras de Souvarine, asegurando que la Compañía deseaba promover la huelga para que los mineros agotaran el fondo de ayudas con que contaban. 

Ver que toda aquella pobre gente se moría de hambre le tenía fuera de sí, y prefería salir a rendirse en largos paseos por el campo. Una tarde, cuando volvía a su casa, al pasar por Réquillart había encontrado a orillas del camino a una pobre vieja desmayada. Sin duda se moría de inanición; la levantó del suelo y empezó a llamar a una muchacha que veía al otro lado de la empalizada de que se hallaba rodeado el antiguo emplazamiento de la mina. 

-¡Hola! ¿Eres tú? -dijo, al reconocer a la Mouquette-. Ayúdame, y a ver si puedes darle algo que beber. 

La Mouquette, llorando de conmiseración, entró rápidamente en la barraca donde vivía, y salió enseguida con un frasco de ginebra y un poco de pan. La ginebra resucitó a la pobre vieja, quien, sin hablar una palabra, mordió un pedazo de pan con verdadera ansiedad. Era la madre de un minero; vivía en un barrio cerca de Cougny, y se había caído allí en medio del camino, volviendo de Joiselle, donde había procurado inútilmente que una hermana suya le prestase unos cuartos. Cuando se hubo comido el pan, se marchó aturdida y dando las gracias. Esteban se había quedado a la puerta de la casa de la Mouquette. 

-¿Qué? ¿No entras a tomar una copa? -le preguntó ésta alegremente. 

Y viendo que vacilaba añadió: 

-Entonces es que sigues teniéndome miedo. 

Él, animado por su sonrisa, la siguió: la acción que acababa de realizar con aquella pobre vieja le enternecía. La joven no quiso recibirle en el cuarto de su padre, y se lo llevó al suyo, donde sirvió dos copitas de ginebra. La habitación estaba muy limpia y Esteban la cumplimentó por ello. Además, parecía que la familia no tenía falta de nada: su padre seguía trabajando de mozo de cuadra en la Voreux; y ella, por no estarse sin hacer nada, se había dedicado a lavandera, ganando treinta sueldos todos los días. Aunque le gustaban los hombres, no era una holgazana ni una perdida. 

-Oye -murmuró ella de repente, levantándose y cogiéndole por la cintura-: ¿por qué no quieres quererme? 

Esteban se echó a reír, al ver el aire picaresco y casi coquetón con que le había interrogado. 

-Pero si te quiero mucho -respondió.

-No, no como yo desearía... Sabes que me muero de ganas. ¡Anda! ¡Estaría yo tan contenta! 

Y era verdad, porque se lo estaba rogando desde hacía seis meses. Esteban la miraba, mientras la joven se estrechaba contra él, abrazándole convulsa, con la cara levantada y retratándose en ella una expresión tal de amoroso deseo, que Esteban se sentía conmovido. Su rostro abultado no tenía nada de bello, con aquel color amarillento peculiar a todos los mineros; pero sus ojos brillaban de un modo delicioso, y de sus carnes salía un encanto, un temblor de deseo, que la hacían apetitosa. Entonces, ante aquel entregarse tan humilde, tan ardiente, Esteban no se atrevió a resistir. -¡Ah! Sí quieres, ¿verdad? -balbuceó ella entusiasmada- ¡Dime que sí! 

Y se entregó a él con tal torpeza, con tal desvanecimiento de virgen, que no parecía sino que era la primera vez que caía en brazos de un hombre. Luego, al separarse, ella fue quien dejó desbordar su agradecimiento, besándole las manos y llorando de satisfacción. Esteban se avergonzó un poco de su buena fortuna. No era cosa de alabarse por haber poseído a la Mouquette. Al salir de allí se prometió no contar a nadie la aventura. 

Y, sin embargo, experimentaba por ella verdaderos sentimientos de amistad, porque era buena muchacha. 

Cuando regresó a su casa, las noticias graves que recibió le hicieron olvidar por completo su amorosa aventura. Circulaban rumores de que la Compañía estaba dispuesta a transigir, si iba otra comisión de obreros a visitar al director; por lo menos, los capataces lo habían dicho así. La verdad era que en la lucha entablada, la mina sufría todavía más que los mineros. En una y otra parte la intransigencia estaba produciendo verdaderos desastres; mientras el trabajo se moría de hambre, el capital, a su vez, se arruinaba. Cada día de huelga le costaba centenares de miles de francos. Toda máquina que se detiene es una máquina muerta. El material y las herramientas se estropeaban, el dinero parado desaparecía como agua derramada en la arena. Concluida la escasa existencia de carbón almacenado, la clientela hablaba de hacer sus pedidos a Bélgica, y aquello constituía una verdadera amenaza. Pero lo que más asustaba a la Compañía, y que ésta ocultaba cuidadosamente, eran los desperfectos continuos que sufrían las galerías y las canteras. Los capataces no daban abasto; ya no había gente a quien echar mano para apuntalar y revestir, y los puntales crujían y se venían abajo por todas partes. Pronto los destrozos fueron de tal naturaleza, que se necesitaría muchos meses para arreglar todo aquello antes de comenzar de nuevo los trabajos de extracción. 

Aunque estas cosas no podían estar ocultas, Esteban y los delegados titubeaban en dar paso alguno con el director, sin saber a punto fijo las intenciones de la Compañía. Dansaert, a quien preguntaron, no quería contestar; según él todos lo lamentaban, y se haría todo lo posible porque el conflicto se arreglase; pero no precisaba nada. Entonces decidieron ir a ver al señor Hennebeau, para que toda la razón estuviese de parte de ellos; porque no querían que se les acusara de haberse negado a que la Compañía aprovechara una ocasión de reconocer y confesar sus yerros. Pero juraron no ceder en lo más mínimo, y mantener su ultimátum, que era lo justo.

La entrevista se verificó el martes por la mañana, el día precisamente en que el barrio entero se estaba muriendo de hambre. Aquella entrevista fue menos cordial que la primera. Maheu llevó la palabra para decir que los compañeros les enviaban a saber si aquellos señores habían decidido algo nuevo. Al principio, el señor Hennebeau afectó sorpresa, contestando que no había recibido orden alguna, y que la situación no podía variar mientras los obreros continuaran en su actitud rebelde. Aquella rigidez autoritaria produjo un efecto desastroso; de tal modo, que, aun cuando hubieran ido con propósitos conciliadores, aquella manera de recibirlos les hubiera decidido a obstinarse en su actitud. Luego, el director quiso buscar una fórmula de avenencia, basándola en que los mineros cobrasen aparte el trabajo de apuntalar, y que la Compañía les pagase los dos céntimos que se habían rebajado en cada carretilla. Añadió, por supuesto, que eso lo había decidido por cuenta propia, porque nada le habían dicho de París; pero que suponía podría obtener aquellas concesiones. Los delegados se negaron a semejante solución, y reincidieron en sus exigencias: continuar con el antiguo sistema, y aumentar los cinco céntimos que pedían en cada carretilla. Entonces confesó que estaba autorizado para negociar con ellos, y les aconsejó que aceptasen, en nombre de sus mujeres y de sus hijos, que iban a perecer. Pero ellos, pertinaces y tozudos, contestaron que no, que no, y que no. La entrevista terminó con frialdad. 

El señor Hennebeau cerró la puerta con estrépito. Esteban, Maheu y los demás se marcharon, haciendo sonar los tacones de su calzado burdo en las losas de la calle, con la rabia silenciosa de los vencidos a quienes se pone en el último trance. 

A las dos de la tarde, las mujeres del barrio hicieron otra nueva tentativa acerca de Maigrat. Era la única esperanza, el único recurso: conmover a aquel hombre y arrancarle la esperanza de que les daría que comer, fiándoles una semana más. La idea fue de la mujer de Maheu, que a menudo confiaba demasiado en el buen corazón de las gentes. Consiguió que la Quemada y la mujer de Levaque la acompañaran. La mujer de Pierron, en cambio, se excusó diciendo que no se atrevía a dejar solo a su marido, cuya enfermedad no acababa de curarse. Otras mujeres se agregaron a nuestras tres conocidas, y formaron un grupo de dieciocho o veinte. 

Cuando los burgueses de Montsou las vieron llegar ocupando todo a lo ancho de la carretera, sombrías y amenazadoras, menearon la cabeza con expresión de temor. Todos cerraban las puertas, y una señora escondió los cubiertos y las alhajas que tenía en la casa. Era la primera vez que se las veía en esa actitud, y ya se sabe que cuando en asuntos de semejante naturaleza toman parte las mujeres, la cosa va por mal camino. En casa de Maigrat hubo una escena muy violenta. Primero las hizo entrar en son de burla, fingiendo creer que iban a pagarle lo que le debían, añadiendo que habían tenido muy buena idea en ponerse de acuerdo para llevarle todas a la vez el dinero, ya que le iba haciendo falta. Luego, cuando la mujer de Maheu tomó la palabra, hizo como que se sulfuraba. ¿Estaban burlándose de él? ¿Querer que les fiase más? ¿Había de arruinarse por ellas? ¡No, no más; ni una patata, ni una migaja de pan! Y les decía que fuesen a entenderse con el tendero Verdonck, y con los panaderos Carouble y Smelten, puesto que ahora se proveían en sus casas. Las mujeres le escuchaban con aire de temerosa humildad, excusándose por molestarle otra vez, y tratando de adivinar en su semblante si le iban conmoviendo. Entonces él empezó a echarlo a broma, y puso la tienda a disposición de la Quemada, si consentía en ser su amante. Tan acobardadas estaban, que todas reían oyendo aquellas chanzas groseras; y la mujer de Levaque llegó a decir que ella estaba dispuesta a aceptar la proposición hecha a su vecina. Pero Maigrat se cansó, y las echó a la calle, y viendo que insistían suplicándole, maltrató a una. Las otras, ya fuera de la tienda, le insultaban, mientras la mujer de Maheu, con los brazos extendidos en un acceso de vengativa indignación, pedía que lo matasen, jurando que un hombre semejante no debía vivir. 

La vuelta al barrio fue verdaderamente lúgubre. Los hombres miraban a las mujeres que volvían con las manos vacías. Cuestión resuelta: tendrían que acostarse sin tomar ni un bocado de pan; y el porvenir para los días subsiguientes les parecía más negro aun, porque en él no brillaba ni el más ligero rayo de esperanza. Como todos lo habían querido, nadie hablaba de rendirse. Aquel exceso de miseria les hacía obstinarse más y más, silenciosos como fieras perseguidas, resueltas a morir en sus madrigueras antes que entregarse. ¿Quién se habría atrevido a ser el primero en hablar de sumisión? Juraron resistir con todos sus compañeros, y resistirían, del mismo modo que en el fondo de la mina se ayudaban cuando había un hundimiento y alguno estaba en peligro. Era natural porque tenían una buena escuela para aprender a resignarse; bien podía uno no comer en ocho días, cuando desde la edad de doce años se sufría lo que ellos sufrían en su trabajo ordinario; y su fraternal desinterés se duplicaba así, por virtud de ese espíritu de cuerpo, de ese orgullo propio del hombre que se envanece de su oficio, y que, acostumbrado a luchar todos los días con la muerte, sabe imponerse sacrificios. 

En casa de los Maheu la velada fue espantosa. Todos callaban, sentados delante de la estufa donde ardía la última paletada de carbón. Después de haber desocupado los colchones, puñado a puñado, habían resuelto, dos días antes, vender por tres francos el reloj de la sala; y la habitación parecía muerta desde que no la animaba el continuo tic-tac de la péndola. En la casa no quedaba más que aquella cajita de cartón color rosa antiguo regalo de Maheu a su mujer, y que ésta tenía en más estima que una joya. Las dos únicas sillas buenas habían desaparecido también, y el viejo Buenamuerte y los chiquillos tenían que apretarse bien para caber sentados en un banquillo traído del jardín. El triste crepúsculo que iba llegando, parecía aumentar el frío. 

-¿Qué vamos a hacer? -repetía la mujer de Maheu, acurrucada en un rincón junto a la lumbre. 

Esteban, de pie, contemplaba los retratos del Emperador y de la Emperatriz pegados a la pared. Hacía mucho tiempo que los hubiese arrancado de allí, a no ser por la familia, que se lo prohibía porque adornaba la habitación. Pero en aquel momento murmuró apretando los dientes: 

-¡Y pensar que no podremos obtener ni un cuarto de esos canallas que nos ven morir de hambre!

-Si me dieran algo por la caja esa... -replicó la mujer muy pálida, y después de titubear un rato. 

Pero Maheu, que estaba sentado en el filo de la mesa, con las piernas colgando y la cabeza inclinada sobre el pecho, se incorporó bruscamente, y dijo: 

-¡No, no quiero! 

Su mujer se había levantado con trabajo, y daba vuelta a la habitación. ¿Era posible verse reducidos a semejante miseria? En el aparador no había ni un mendrugo de pan, ni nada que vender en la casa, ¡Ni ninguna idea para obtener dinero! ¡Pronto se quedarían hasta sin lumbre! Se enfadó con Alicia, a quien enviara aquella mañana a los alrededores de la mina, con objeto de llevarse algún carbón de desecho, y la cual había vuelto con las manos vacías, diciendo que los vigilantes no lo permitían. 

-¿Y ese granuja de Juan -exclamó la madre-, dónde andará?... Debía haber traído hierba, y al menos pastaríamos como los animales. ¡Ya veréis cómo no viene! Anoche tampoco estuvo aquí a dormir. Yo no sé qué demonios hace; pero el muy bribón parece que no tiene hambre.

-Acaso -dijo Esteban- pedirá limosna por ahí. 

La buena mujer cerró los puños y agitó Curiosamente los brazos. -Si eso fuera verdad... ¡Mis hijos mendigar! Preferiría matarlos y matarme yo enseguida. 

Maheu se había vuelto a sentar encima de la mesa, Leonor y Enrique, extrañando que no se comiese, empezaban a llorar, mientras que el abuelo Buenamuerte, silencioso y cabizbajo, se pasaba filosóficamente la lengua por el cielo de la boca para engañar el hambre. Nadie volvió a decir palabra; todos observaban aquella agravación de sus males: el abuelo tosiendo y escupiendo, y con su reumatismo que iba convirtiéndose en una hidropesía; el padre, asmático y con las rodillas hinchadas, a causa de la humedad; la mujer y los chicos, maltratados por las escrófulas y la anemia hereditarias. 

Todo aquello era evidentemente consecuencia del oficio; no se quejaban sino cuando faltaba que comer y la gente se moría de hambre; y ya en el barrio iban cayendo como moscas. 

Aquella situación era imposible, y se necesitaba hacer algo. ¿Qué harían, Dios santo? 

Entonces, en medio de la semioscuridad del crepúsculo, cuya tristeza hacía más lóbrega la sala, Esteban, que se encontraba dubitativo, adoptó una postura resuelta. 

-Esperadme -dijo-. Voy a ver si en una parte... 

Y salió. Se había acordado de la Mouquette, la cual tendría pan, y se lo daría. Le contrariaba verse obligado a ir de nuevo a Réquillart, porque ella volvería a besarle las manos con su aire de esclava enamorada; pero era imposible dejar a sus amigos en aquel apuro, y si las circunstancias lo exigían, estaba resuelto a ser de nuevo complaciente con ella. 

-También yo voy a ver si puedo... -dijo a su vez la mujer de Maheu-. Así no podremos estar.

Volvió a abrir la puerta, porque el joven acababa de salir, y la cerró dando un portazo, dejando a los demás inmóviles y mudos, a la débil luz de un cabo de vela que Alicia acababa de encender. Al salir, se detuvo un instante; luego entró decidida en casa de los Levaque. 

-Oye: el otro día te presté un pan. ¿Puedes devolvérmelo? 

Pero se detuvo, porque lo que veía no era nada tranquilizador, y en la casa se notaba más miseria aún que en la suya propia. La mujer de Levaque, con los ojos entornados, contemplaba la lumbre casi apagada, mientras su marido, casi borracho, dormía con la cabeza apoyada en la mesa. Bouteloup retrepado en una silla contra la pared, no abandonaba su aire de buen muchacho, y aunque parecía sorprendido por no tener que comer, no se mostraba enfadado de que los demás se hubieran comido todos sus ahorros. 

-¡Un pan! ¡Ay, querida! -respondió la mujer de Levaque-. ¡Y yo que iba a pedirte que me prestaras otro! 

En aquel momento su marido, medio dormido, empezó a quejarse; ella, golpeándole Curiosamente la cara contra la mesa, gritó: 

-¡Calla, granuja! ¡Así revientes! ¿No era mejor que, en vez de hacer que te convidasen a beber, hubieras pedido unos cuartos a cualquier amigo para traer pan a tu casa? 

Y la infeliz continuó lamentándose y maldiciendo su estrella, con las frases soeces que acostumbraba a usar. La casa estaba muy sucia, y de todos los rincones exhalaba un olor insoportable, porque decía la de Levaque que le importaba poco que todo se lo llevase el demonio. Su hijo, el granujilla de Braulio, había desaparecido también desde por la mañana, muy temprano, y ella, como loca, gritaba que tanto mejor si no volvía, porque de aquel modo se ahorraba tener que darle de comer. Luego dijo que se iba a acostar, porque al menos en la cama no tendría frío, y dio un codazo a Bouteloup, diciendo: 

-¡Ea, vamos! ¡Arriba!... Ya no hay lumbre, y no hay para qué encender una vela, si no hemos de ver más que los platos vacíos... ¿Vienes, Luis? Te digo que me voy a la cama; allí tendremos menos frío. Este maldito borracho, que se hiele ahí si quiere. 

Cuando la mujer de Maheu se vio en la calle, cruzó resueltamente los jardinillos para dirigirse a casa de los Pierron. Oyó reír; llamó, y hubo un momento de silencio. Tardaron lo menos dos minutos en abrir la puerta. 

-¡Hola! ¿Eres tú? -dijo la mujer de Pierron, afectando sorpresa-. Creí que era el médico.

Y sin aguardar a que le respondiera, continuó hablando y señalando a Pierron, que estaba sentado junto a la lumbre. 

-Nada, no quiere ser bueno -dijo-. La cara no es mala; pero por dentro anda la procesión, y como necesita calor a todo trance, quemamos todo lo que encontramos a mano. 

Pierron, en efecto, tenía muy buen aspecto; estaba gordo y colorado. aunque se quejaba continuamente, para fingirse enfermo. Además, la mujer de Maheu, al entrar, había notado un marcado olor a guisado de conejo, y estaba segura de que habían escondido la fuente, sobre todo cuando, además de las migas de pan que había en la mesa, vio una botella de vino que habían dejado sin duda olvidada encima del aparador. 

-Mamá ha ido a Montsou -añadió la mujer de Pierron-, a ver si Ie dan un pan. Estamos impacientísimos esperándola. 

Pero se quedó confundida porque, siguiendo las miradas de la vecina, también las suyas tropezaron con la botella de vino. Pronto se repuso, y contó una historia para justificar el tenerla, diciendo que los señores de la Piolaine se la habían dado para el enfermo. 

-Ya sé que son muy caritativos -dijo la mujer de Maheu-: los conozco. 

Su corazón se quejaba de que cuanto menos necesitados, más favorecidos somos por la suerte en este mundo. ¿Por qué no habría visto a los señores de la Píolaine en el barrio? Tal vez hubiera podido sacarles algo con qué comer un par de días. 

-Pues venía -dijo al fin- para ver si estabais menos apurados que nosotros... y si podías darme un poco de pan, con la condición de devolvértelo, por supuesto. 

La mujer de Pierron contesto exaltándose: 

-Nada, hija mía. Ni una migaja de pan... Si mamá no vuelve pronto, es porque no ha logrado lo que iba buscando, y nos tendremos que acostar sin cenar. No tenemos ni un mendrugo. 

En aquel momento se oían sollozos que salían del sótano, y la mujer de Pierron se incomodó y empezó a pegar puñetazos en la puerta. Era la bribona de Lidia, a quien tenía encerrada, según dijo, para castigarla porque se iba a la calle y no volvía en todo el día. No había manera de domarla. 

La mujer de Maheu, sin embargo, seguía allí, de pie, inmóvil y sin decidirse a marchar. El colorcito que se notaba en la sala baja la consolaba y la idea de que allí se comía aumentaba su dolor de estómago, producido por el hambre. Era evidente que habían encerrado a la niña, y hecho salir a la vieja, para comerse tranquilamente su plato de conejo. ¡Ah! -Menudas cosas ocurren, cuanto peor conducta tiene una mujer, mejor van sus negocios! 

-¡Adiós, buenas noches! -dijo de pronto. 

Y salió a la calle; pero, en vez de irse a su casa, la mujer de Maheu dio una vuelta por los jardines, porque no se atrevía a entrar. Mas ¿a dónde ir? ¿A qué llamar a ninguna puerta, si todos estaban, como ellos, muertos de hambre? 

Al pasar por delante de la iglesia, vio una sombra que caminaba rápidamente por la acera. Una esperanza vaga le hizo apresurar el paso, porque había conocido al cura de Montsou, el padre Joire, que los domingos decía misa en la capilla del barrio de los obreros: sin duda saldría de la sacristía, e indudablemente había ido a sus negocios por la noche, para que no le vieran los mineros. 

-Señor cura, señor cura -tartamudeó la mujer de Maheu cuando estuvo cerca de él. 

Pero el cura no se detuvo. 

-Buenas noches, hija mía, buenas noches -contestó, acelerando más el paso. 

La mujer de Maheu se vio, sin saber cómo, a la puerta de su casa otra vez, y como las piernas se negaban a sostenerla, volvió a entrar en ella. 

Nadie se había movido. Maheu continuaba sentado en el pico de la mesa, cada vez más abatido. El viejo Buenamuerte y los chiquillos se apretaban unos contra otros en el banco, para tener menos frío. La vela había estado ardiendo, y quedaba ya tan poco de ella, que muy pronto estarían a oscuras. Al oír abrir la puerta los chicos volvieron la cabeza; pero viendo que su madre no llevaba nada en las manos, se pusieron a mirar el suelo, conteniendo el deseo de llorar, por miedo que les regañasen. La mujer de Maheu se había sentado en una silla, junto a la lumbre que se apagaba. Nadie le preguntó; el silencio continuaba. Todos habían comprendido, y consideraban inútil cansarse en hablar; ya no tenían más que una esperanza, esperanza vaga: la vuelta de Esteban, que quizás sería más afortunado que su amiga. 

Cuando Esteban entró, vieron que llevaba en un trapo una docena de patatas cocidas, pero frías ya.

 -Esto es todo lo que he encontrado -dijo. 

Y es que en casa de la Mouquette tampoco había pan, por lo cual le dio lo que tenía para comer ella, metiéndolo a la fuerza en aquel trapo, y besándole mil veces con cariñoso entusiasmo. 

-Gracias -contestó a la mujer de Maheu, que le ofrecía su parte-: yo he comido allí. 

Mentía, y no podía menos de contemplar, con aire sombrío a los niños que se abalanzaban a las patatas con verdadera ansia. El padre y la madre también se contenían para dejarles más parte; en cambio, el viejo tragaba cuanto podía. Fue necesario quitarle una patata para dársela a Alicia. En tres minutos la mesa quedó limpia. Miráronse unos a otros, porque todavía tenían mucha hambre. 

Entonces Esteban dijo que había recibido noticias importantes. La Compañía, irritada por el tesón de los obreros, iba a despedir para siempre a los más comprometidos en la huelga. Decididamente se declaraba la guerra sin cuartel. Y otro rumor más grave circulaba: el de que había conseguido de muchos mineros que volviesen al trabajo; al día siguiente La Victoria y Feutry Cantel debían tener todas las brigadas completas, y en Mirou y en La Magdalena contaban ya con la tercera parte de los trabajadores. 

Los Maheu se exaltaron. 

-¡Maldita sea! -gritó el padre-. ¡Si hay traidores entre nosotros, es preciso darles su merecido.

Y puesto en pie, cediendo a la influencia de los sufrimientos físicos y morales: 

-¡Vamos mañana por la noche al bosque! -gritó-. Puesto que nos prohiben que nos reunamos en la Alegría, en medio del bosque estaremos más cómodos. 

Aquel grito había despertado al viejo Buenamuerte, que dormitaba después de atracarse de patatas. 

Aquel era el antiguo grito de combate, la contraseña de los mineros de otro tiempo, cuando se reunían para organizar la resistencia contra los soldados del rey. 

-¡Sí, sí, a Vandame! -dijo a su vez-. Yo soy de los que van, si se celebra la reunión allí. 

La mujer de Maheu hizo un gesto enérgico. 

-¡Iremos todos! ¡Así se acabará con estas injusticias y con estas traiciones! -exclamó. 

Esteban decidió que se diera cita a todos los barrios de obreros para el día siguiente por la noche. Pero la lumbre se había acabado como en casa de Levaque, y la vela se apagó bruscamente. Ya no había carbón ni petróleo, y fue necesario que subieran a acostarse a tientas y transidos de frío. Los dos chiquillos lloraban.

VI

Juan, ya curado, podía andar; pero sus piernas habían quedado tan mal, que cojeaba de las dos y andaba como los patos, si bien no dejaba de correr con la misma habilidad y ligereza que antes. 

Aquella tarde, a la hora del crepúsculo, Juan estaba al acecho en el camino de Réquillart, acompañado de sus inseparables Braulio y Lidia. Se había emboscado detrás de una empalizada, enfrente de una tiendecilla de comestibles, colocada en el borde del sendero. Una vieja, casi ,ciega, tenía allí para vender tres o cuatro sacos de lentejas y algunas sardinas, todo negro de polvo; pero lo que Juan miraba con maliciosa atención e intenciones nada buenas, era una bacalada que había colgada en la puerta. Ya dos veces había enviado a Braulio para cogerla; pero las dos veces se lo había impedido algún transeúnte que se asomaba por el recodo del camino. ¡Qué demonio de importunos! ¡No podía uno dedicarse en paz a sus negocios! 

Apareció un señor a caballo, y los tres chiquillos se ocultaron de nuevo detrás de la empalizada al reconocer al señor Hennebeau. A menudo, desde que comenzara la huelga, se le veía así por los caminos, paseando solo por en medio de los barrios que habitaban los obreros sublevados, haciendo alarde de valor, para cerciorarse por sí mismo de la situación. 

Y jamás oyó silbar una piedra; no tropezaba sino con hombres que le saludaban de no muy buena gana, aunque respetuosamente, o con parejas amorosas que se reían de la política e iban a gozar placeres en la soledad del campo. Él, sin acortar el trote de su yegua, volviendo la cabeza para no interrumpir a nadie, pasaba por allí, sintiendo, sin saber por qué, que su corazón se henchía de deseos en aquel país del amor libre. Vio perfectamente a los chicos echados sobre Lidia, y sintió que los ojos se le humedecían a su pesar, mientras, recto en la silla, militarmente abrochado hasta el cuello, desaparecía por el otro lado del camino. 

-¡Maldita suerte! -dijo Juan- No acabaremos nunca... ¡Anda, Braulio, tira de la cola! 

Pero en aquel momento aparecieron dos hombres, y el chiquillo contuvo un juramento, cuando oyó la voz de su hermano Zacarías, contando a Mouque que le había quitado a su mujer una pieza de cuarenta sueldos que tenía cosida en la falda. Los dos, que iban riéndose, cogidos amigablemente del brazo, se detuvieron un momento, trazando planes para el otro día. 

-¿Pero se van a estar ahí hasta la noche? -dijo Juan exasperado-. En cuanto oscurezca, la mujer descolgará la bacalada, y adiós mi dinero. 

Pasó otro hombre en dirección a Réquillart. Zacarías se marchó con él: y al pasar por delante de la empalizada, el chiquillo les oyó hablar de la reunión en el bosque;- habían tenido que aplazarla hasta el día siguiente, para tener tiempo de avisar en todos los barrios. 

-¿Habéis oído? -murmuró el niño, hablando con sus dos compañeros-. ¿Habéis oído? Mañana es el gran día. Iremos, ¿no es verdad? Nos escaparemos por la tarde. 

Y como al fin, en aquel instante no había nadie en la carretera, ordenó a Braulio que fuese a robar la bacalada. 

-¡Valiente! ¿Eh? Tira pronto de ella, y mucho cuidado, porque la vieja tiene una escoba en la mano. 

Felizmente, la noche estaba muy oscura. Braulio dio un salto, y se cogió a la bacalada, rompiendo la cuerdecilla que la sujetaba a un clavo, y enseguida echó a correr, seguido por Juan y Lidia, como alma que lleva el diablo. La tendera, asombrada, salió de la tienda sin comprender lo que pasaba, y sin poder distinguir el grupo, que desapareció corriendo en la oscuridad. 

Aquellos granujas acabaron por ser el terror de la zona. Poco a poco la habían ido invadiendo como una horda salvaje. Al principio se habían contentado con los alrededores de la Voreux, revolcándose en los montones de carbón, de donde salían completamente tiznados, y jugando al escondite entre los montones de tablones, por donde se perdían como en el fondo de un bosque virgen. Luego habían tomado por asalto la plataforma, y cada día ensanchaban el campo de sus operaciones; corrían los campos, comiendo raíces y frutos, bajaban a la orilla del canal a pescar peces, y viajaban hasta el bosque de Vandame. Pronto toda la inmensa llanura les pertenecía. 

Y la verdadera causa que les hacía recorrer la zona desde Montsou a Marchiennes era la afición al merodeo. Juan era el capitán en todas aquellas expediciones; dirigía su tropa sobre tal o cual presa, devastando las plantaciones de cebollas, y las huertas, y los jardines. En aquellos alrededores se empezaba a hablar de los mineros en huelga y de una partida de ladrones bien organizada. Un día obligó a Lidia a que robase a su misma madre, haciendo que le llevase dos docenas de las cosquillas que vendía, y la niña a pesar de haber recibido una paliza soberbia, no le había descubierto, porque temblaba ante la autoridad absoluta. Y lo malo era que él se quedaba con la mejor parte. Braulio tenía también que entregarle el botín, y se daba por muy contento cuando el capitán no le abofeteaba y guardaba para sí la parte que le correspondía a él. 

Hacía algún tiempo que Juan abusaba de su autoridad. Pegaba a Lidia como se pega a una mujer legítima, y se aprovechaba de la credulidad de Braulio para mezclarle en aventuras desagradables; era feliz, burlándose de aquel muchachote, más fuerte y robusto que él, que de un solo puñetazo le habría roto la cabeza. Los despreciaba a los dos; los trataba como a esclavos, y les decía que su querida era una princesa, ante la cual no eran dignos de presentarse. Y, en efecto, hacía ocho días que desaparecía bruscamente por la esquina de una calle o en el recodo de un camino, después de darles orden, con la cara feroz, de que se volvieran enseguida a su casa. Claro está que, antes, se guardaba el botín.

Lo mismo sucedió aquella noche. 

-Dámela -dijo arrancando la bacalada de manos de su compañero, cuando los tres se detuvieron en un recodo de la carretera, cerca de Réquillart. 

Braulio protestó. 

-Quiero mi parte, ¿oyes? Porque yo la he cogido.

-¿Eh? ¿Cómo? -exclamó Juan-. Tendrás parte si te la doy; pero no será esta noche. Será mañana, si queda algo. 

Pegó un empujón a Lidia, y los cuadró uno al lado del otro, como si fuesen soldados. 

Luego, pasando por detrás de ellos:

-Ahora os vais a estar ahí cinco minutos, sin volver la cara... y cuidado, porque si os volvéis os comerán las fieras... Enseguida os vais a casa, y cuidado con que Braulio te toque, Lidia, porque yo lo sabré, y habrá palos. 

Y se desvaneció en la oscuridad, con tanto cuidado, que no se oyeron ni sus pisadas. 

Los otros dos permanecieron inmóviles durante los cinco minutos que había mandado, sin atreverse a mirar hacia atrás, temerosos de recibir un bofetón misterioso. Poco a poco entre ellos dos había nacido un afecto entrañable, a causa del terror que ambos tenían a su capitán. Él siempre pensaba en abrazarla estrechándola fuertemente en sus brazos, como veía hacer a otros, y ella también hubiera querido que lo hiciese, porque tenía verdadero afán de ser acariciada con cariño, y no como lo hacía Juan. Pero cuando se marcharon, ni uno ni otro se atrevieron, aún cuando la noche estaba oscura, ni a darse siquiera un beso: caminaron uno junto a otro, conmovidos y desesperados a la vez, pero temerosos de que, si se tocaban, el capitán les daría una paliza. 

A aquella misma hora Esteban entraba en Réquillart. El día antes la Mouquette le había suplicado que volviera y volvía, irritado consigo mismo, pero con cierta inclinación, a pesar suyo, hacia la moza, que le adoraba como si fuese un dios. Iba con el propósito de romper con ella. La vería y le explicaría que no debía perseguirle más, para no dar que hablar a las gentes. Los tiempos eran malos' y era poco honrado andar buscando placeres cuando todos los amigos, y ellos mismos, estaban muriéndose de hambre. No la encontró en su casa, y decidió esperarla entre las ruinas de la antigua mina. 

Entre los escombros esparcidos por todas partes, se abría el pozo de entrada, medio obstruido: un madero puesto en pie que sostenía un pedazo del antiguo techo, tenía el aspecto de un aparato de suplicio, junto al oscuro agujero; dos árboles habían crecido allí, como si salieran del abismo que se abría en lo que fue pozo de bajada. Aquel rincón tenía un aspecto de salvaje abandono, de entrada a un precipicio, interceptada por maderas de desecho. 

Por ahorrarse gastos superfluos, la Compañía estaba desde hace diez años queriendo cegar el pozo de la mina; pero esperaba para ello a instalar un ventilador en la Voreux, porque el foco de ventilación de los dos pozos, que comunicaban, estaba colocado al pie de Réquillart, cuyo antiguo pozo servía de chimenea. 

Por prudencia, a fin de que se pudiera subir y bajar, había dado orden de que se tuvieran en buen estado las escalas hasta una profundidad de quinientos veinticinco metros; pero, a pesar de lo mandado, nadie se ocupaba en ello; las escalas se pudrían de humedad y ya en algunos peldaños era preciso, para bajar, cogerse a las raíces de uno de los árboles y dejarse ir a la ventura en la oscuridad. 

Esteban esperaba pacientemente al pie de un árbol, cuando sintió un ligero ruido entre las ramas. Pensó sería una culebra que se escabullía, asustada. Pero la luz de un fósforo vino a sorprenderle, y se quedó estupefacto al ver que, a pocos pasos de distancia, Juan encendía una vela y desaparecía por la boca del pozo. 

Se sintió presa de una curiosidad tan grande, que sin encomendarse a Dios ni al diablo, se metió por el mismo agujero: el chiquillo había desaparecido; una débil claridad, producida por la vela que aquel llevaba en la mano, le guiaba. Por un instante titubeó: pero luego se dejó caer como 'había hecho el otro, agarrándose a las raíces del árbol, y después de temer al bajar de un salto los quinientos metros de altura, acabó por sentir bajo sus pies un peldaño de la escalera. 

Y empezó a bajar con cuidado. Juan no debía de haber oído nada, porque Esteban seguía viendo debajo de él la luz que descendía, mientras que la sombra del chiquillo danzaba por las paredes del pozo. La escala continuaba bajando; pero era dificilísimo el descenso, pues unas veces tropezaba con peldaños que resistían bien y otras con peldaños que, medio podridos, crujían bajo su peso; y a medida que bajaba, el calor iba haciéndose sofocante: un calor de horno que salía del foco de ventilación, poco activo por fortuna desde que comenzara la huelga, pues en tiempo de trabajo no se hubiera podido hacer aquella excursión sin exponerse a tostarse. 

-¡Maldito granuja! -murmuraba Esteban medio sofocado-. ¿Dónde demonios irá? 

Dos veces estuvo a punto de caerse. Sus pies resbalaban en los húmedos peldaños de madera. ¡Si al menos hubiese tenido una luz como el chiquillo! Pero sin ella se golpeaba contra las paredes a cada instante, guiado como iba solamente por la vela que el muchacho llevaba en la mano, y que iba desapareciendo rápidamente. 

Habían bajado ya veinte escalas, y el descenso continuaba. Desde entonces se puso a contarlas: "Veintiuna, veintidós, veintitrés", y seguían bajando, bajando sin cesar. 

Sentía en la cabeza un calor terrible, que iba aumentando por momentos. Al fin llegó a un empalme de escalas, y vio que el chiquillo echaba a correr por una galería. 

Treinta escalas significaban unos doscientos diez metros de bajada. 

-¿Irá ahora a pasearse por ahí? -pensó Esteban-. Seguro que va a calentarse en la cuadra. 

Pero allí, a la izquierda, la galería que conducía al establo se hallaba cerrada por los escombros de un desprendimiento. Empezó otra excursión más difícil y más peligrosa. Multitud de murciélagos, asustados, revoloteaban en la semioscuridad, e iban a pegarse al techo de la galería. 

Tuvo que apresurar el paso para no perder de vista la luz, andando por la galería tras el muchacho; solamente que por los sitios por donde éste pasaba con facilidad, gracias a su ligereza de serpiente, él no podía atravesarlos sin arañarse. Aquella galería, como todas las de la mina abandonada, se había estrechado considerablemente y seguía estrechándose todos los días a causa de los hundimientos; en algunos sitios se había convertido en un verdadero agujero, que pronto habría de cerrarse por sí mismo. En aquellas circunstancias, los pedazos de maderas rotas se convertían en un verdadero peligro, porque le amenazaban con desgarrarle las carnes, o con atravesarle de parte a parte, si tropezaba con uno de improviso. Así es que caminaba con precaución, de rodillas o arrastrándose boca abajo, y andando a tientas en la oscuridad. Bruscamente le sorprendió un grupo de ratas, que le corrieron por todo el cuerpo, de la nuca a los pies, en un arranque de pánico. 

-¡Maldita sea ... ! ¿Habremos llegado ya? -murmuró casi sin poder respirar, y con un terrible dolor de riñones. 

Habían llegado, en efecto. Al cabo de un kilómetro de camino, la galería se ensanchaba un poco, e iba a desembocar en un trozo de la mina que estaba en buen estado de conservación. Era el antiguo pie del pozo de subida, y estaba abierto en la roca viva, pareciendo una gruta natural. Tuvo que detenerse, pues veía a pocos metros de distancia al muchacho, que acababa de poner la vela entre dos piedras, y que se instalaba allí con la tranquilidad de quien se encuentra en su casa. Una instalación completa trocaba aquel trozo de galería en una habitación confortable. En el suelo, en un rincón, había paja extendida, que formaba una cama relativamente cómoda, y sobre unos pedazos de madera vieja, que servían de mesa, había un poco de todo: pan, velas, tarros de ginebra; era aquello una verdadera cueva de ladrones, donde se había ido acumulando el botín de muchas semanas, botín inútil, porque se veía allí hasta jabón y betún, robados por el gusto del hurto nada más. Y el muchacho, solo, en medio del producto de sus rapiñas, tenía el aire de un bandido egoísta, que no quisiera hacer a nadie partícipe de su alegría. 

-Oye, niño; ¿te estás burlando de la gente? -exclamó Esteban cuando hubo descansado un momento-. ¿Te parece a ti que se puede tolerar que tú te atraques a lo grande, cuando los demás nos morimos de hambre? 

Juan, asustado, estaba temblando. Pero, al conocer a Esteban, se tranquilizó enseguida. 

-¿Quieres comer conmigo? -acabó por decir-. ¿Eh? Te daré un pedazo de bacalao asado... Ahora verás. 

No había dejado la bacalada que llevaba en la mano, y empezó a quitarle el pellejo con un cuchillo nuevo, uno de esos cuchillos puñales con mango de hueso que llevan inscrita alguna divisa. En el de aquél se leía la palabra "Amor". 

-Bonito cuchillo tienes -observó Esteban.

-Regalo de Lidia -respondió Juan, olvidando añadir que Lidia lo había robado por orden suya a un mercader de Montsou, que tenía su puesto ambulante frente a la taberna de la Cabeza cortada. 

Luego, sin dejar de raspar el pellejo, continuó diciendo: 

-Se está bien en mi casa, ¿no es verdad? Se está más calentito que allá arriba, y huele mucho mejor. 

Esteban tomó asiento, deseando hacerle hablar. Ya no tenía rabia; al contrario, experimentaba cierta simpatía y cierto interés hacia aquel granuja tan atrevido y tan industrioso: además, disfrutaba de cierto agradable calor en aquella caverna; la temperatura no era demasiado elevada tampoco, y se agradecía más, porque fuera de allí los fríos de diciembre se ensañaban particularmente con los mineros, que carecían de defensa contra él. A medida que el tiempo pasaba, iban desapareciendo de las galerías los gases nocivos, y el grisú había desaparecido por completo. No se notaba allí más que el olor a las maderas viejas en fermentación, un olor muy sutil a éter. Aquellos trozos de madera tenían, además, un aspecto agradable, una palidez amarillenta, como la del mármol, adornada de caprichosas labores blanquecinas que semejaban delicados bordados de seda y aljófar. Otros maderos aparecían cubiertos de hongos, y todos ellos estaban poblados de mariposas blancas de moscas y arañas, todo un pueblo de insectos, que jamás había visto la luz del sol. 

-¿De modo que no tienes miedo? -preguntó Esteban. 

Juan le miró con asombro. 

-¿Miedo de qué? ¿Pues no estoy solo? 

Ya había acabado de raspar el bacalao. Encendió lumbre con unos pedazos de madera, y empezó a asarlo. Luego cortó un pan en dos pedazos. El regalo era terriblemente salado; pero, así y todo, muy a propósito para estómagos fuertes. 

Esteban aceptó la parte que le ofrecía. 

-Ya no me extraña que engordes mientras nosotros adelgazamos. ¿Sabes que es una bribonada?... ¿No piensas en los demás?

-Toma, ¿por qué los demás son tan tontos?

-Después de todo, haces bien en esconderte, porque si tu padre supiera que robas, seguro que te ponía como nuevo.

-Por qué, ¿no nos roban a nosotros los burgueses? Tú lo estás diciendo siempre. Este pan que le he quitado a Maigrat, nos lo había robado él antes. 

El joven, con la boca llena, guardó silencio, verdaderamente confundido. Le miraba con atención, contemplando aquellos ojos verdes, aquellas orejas enormes, aquel aspecto de aborto degenerado, oscuro de inteligencia, pero de una astucia instintiva extraordinaria. La mina, que lo había producido, acabó de completarlo, rompiéndole las dos piernas. -¿No traes aquí a Lidia algunas veces? -le preguntó Esteban. 

Juan sonrió desdeñosamente. 

-¡A esa niña! -contestó-. ¡No, por cierto!... Las mujeres son muy charlatanas. 

Y siguió riendo, lleno de inmenso desdén hacia Braulio y Lidia. Jamás se había visto dos chiquillos más estúpidos. El recuerdo de que a aquella hora se encaminaban a sus casas muertos de hambre y de frío, mientras él se comía la bacalada al calor de un fuego, le hacía desternillarse de risa. Luego, añadió, con la gravedad de un filósofo: 

-Vale más hacer las cosas solo, porque siempre está uno de acuerdo. 

Esteban había acabado de comerse el pan. Bebió un trago de ginebra. Por un momento creyó que no sería corresponder mal a la hospitalidad de Juan cogerle por una oreja y llevárselo a su casa, prohibiéndole merodear más, y amenazándole con decírselo todo a su padre si volvía a las andadas. Pero, al ver aquel escondite confortable, acudía a su mente una idea: tal vez lo necesitara para él o para los amigos, si las cosas tomaban un giro desagradable. Hizo que el chico le prometiese solemnemente no faltar a dormir en su casa, como le sucedía algunas veces desde que había descubierto aquel retiro, y, cogiendo una vela, se marchó, dejándole que arreglase tranquilamente su vivienda. 

La Mouquette se impacientaba esperándole, sentada en un madero, a pesar del mucho frío que hacía. Cuando le vio, saltó a su cuello; y cuando le dijo que no debían volver a reunirse, sintió como si le clavaran un puñal en el corazón. ¡Dios mío! ¿Por qué? ¿No le quería ella bastante? Esteban, para no caer en la tentación de entrar en su casa, se la llevaba hacia la carretera, explicándole, lo más dulcemente que podía, que le comprometía ante los compañeros, y que comprometía, por tanto, la causa política, que a todo trance era necesario defender. Ella no entendía qué relación podían tener sus amores con la política. 

Luego pensó que se avergonzaba de ella, lo cual no la ofendió, porque era natural, y se conformó con todo, y hasta llegó a prestarse a que le diera un bofetón en público, para que todos comprendieran que habían reñido. Pero quiso que le prometiese que la vería un ratito de vez en cuando. Desesperada, le suplicaba y le rogaba, jurando esconderse para que nadie los viese juntos, y que en cada entrevista no le entretendría más que cinco minutos. Él, muy conmovido, se negaba a todo. Era un sacrificio necesario. Al separarse, quiso ella darle un beso. Poco a poco, fueron llegando hasta las primeras casas de Montsou, y estaban abrazados estrechamente a la luz de la luna, cuando una mujer pasó junto a ellos dando un salto de sorpresa, como si hubiera tropezado con una piedra. 

-¿Quién es? -preguntó Esteban con inquietud.

-Es Catalina -respondió la Mouquette-. Vendrá de Juan-Bart. 

La mujer en cuestión se alejaba, con la cabeza baja, las piernas temblorosas y el andar cansado. Y el joven la miraba, desesperado de haber sido visto por ella, y con el corazón dolorido por un remordimiento cuya causa no se explicaba. ¿Acaso no vivía ella con otro hombre? ¿Acaso no le había impuesto la misma pena allí mismo, en el camino de Réquillart, entregándose a otro? Y, sin embargo, le desolaba haberle devuelto el sufrimiento. 

-¿Quieres que te diga una cosa? -murmuró la Mouquette con lágrimas en los ojos, cuando perdieron de vista a Catalina-. No me quieres porque quieres a otra. 

Al día siguiente, amaneció el cielo sereno y hermoso; era uno de esos magníficos días de invierno, fríos, pero despejados. Juan se había ido de su casa a la una; mas tuvo que esperar a Braulio detrás de la iglesia y por poco tuvieron que marcharse sin Lidia, a quien su madre había vuelto a encerrar en el sótano. Acababa de sacarla de su encierro, colgándole una cesta al brazo, y diciéndole que, si no volvía con ella llena de berros, la volvía a encerrar toda la noche, para que se la comiesen las ratas. Así es que, llena de miedo, quería ante todo ir a coger berros. Juan la disuadió de su idea: luego verían lo que había de hacer. 

Desde muchos días antes andaba dándole vueltas a Polonia, la coneja de Rasseneur. Precisamente al pasar por la puerta de la taberna vio al animalito, que andaba correteando por allí. La cogió de un salto por las orejas, la metió en la cesta que llevaba Lidia, y los tres salieron al galope, gozándose de antemano en lo que iban a divertirse haciendo correr a la coneja por el llano. 

Pero se detuvieron para ver a Zacarías y a Mouque, que, después de haber bebido un jarro de cerveza con otros dos amigos, se disponían a jugar una partida de toña. Se jugaban una gorra nueva y un pañuelo colorado para el cuello, depositados en casa de Rasseneur. Los cuatro jugadores, dos a dos, señalaron para la primera parte de la partida la distancia que había entre la Voreux y la finca Paillot, unos tres kilómetros próximamente; y Zacarías ganó, porque apostó a recorrer la distancia en siete viajes de la toña lanzada al aire, mientras que el hijo de Mouque no se comprometía a hacerlo en menos de ocho. Pusieron la toña en el suelo, con una de las puntas al aire. Cada cual empuñó su correspondiente palo sujeto a la muñeca por un cordel. Al dar las dos, arrancaron. Zacarías, manejando magistralmente su pala, lanzó la toña a más de cuatrocientos metros a través de los sembrados de remolacha, porque estaba prohibido jugar en las calles del pueblo y en la carretera, a causa de haber ocurrido algunas desgracias ya. Mouque, que tampoco era manco, lanzó la suya a unos ciento cincuenta metros. Y la partida continuó, dando palos a la toña, siempre corriendo, sin cuidarse de los rasguños que los pedruscos les hacían en los pies. 

Al principio, Juan, Braulio y Lidia habían galopado detrás de los jugadores, entusiasmados con los buenos golpes y las peripecias del juego. Luego se acordaron de la pobre Polonia, que daba saltos en la cesta; y dejando a los jugadores en medio del campo, sacaron a la coneja, deseosos de ver si corría mucho. El pobre animal salió como disparado; ellos se lanzaron en su persecución, y aquello fue una cacería salvaje Por espacio de una hora, en medio de gritos desaforados para asustar al animal. Si la coneja no hubiera estado preñada, seguro que no la habrían podido alcanzar. 

Iban ya sin aliento cuando voces desaforadas les hicieron volver la cabeza. Acababan de ponerse delante de los jugadores y Zacarías había estado a punto de romper la cabeza a su hermano. Los jugadores estaban ,en la cuarta partida: desde la finca Paillot habían corrido a los Cuatro Caminos; de los Cuatro Caminos a Montoire, y entonces habían de recorrer en seis golpes la distancia que hay entre Montoire y el Prado de las Vacas. 

Aquello representaba una carrera de dos leguas y media, en una hora; habían bebido cerveza en la taberna Vincent y en el cafetín de los Tres-Sabios. Mouque esta vez tenía la mano. No le faltaban más que dos jugadas, y su triunfo parecía seguro, cuando Zacarías, bromeando como de costumbre, dio un golpe tan hábil en uso de su derecho, que la toña cayó en un foso muy profundo. El compañero de Mouque no pudo sacarla de allí, y aquello fue un desastre. Los cuatro gritaban; la partida se hacía muy reñida, porque estaban iguales, y era necesario volver a empezar. Desde el Prado de las Vacas hasta la punta de Verdes Hierbas, no había menos de dos kilómetros, y apostaron a recorrerles en cinco golpes. Cuando llegaran allí, refrescarían en casa de Lerenard. 

Pero Juan acababa de tener una idea. Los dejó marchar, y luego, sacando del bolsillo un cordel, lo ató a la pata izquierda de la pobre Polonia, y la diversión fue grande; la coneja corría delante de los tres galopines estirando las patas y haciendo tales contorsiones para huir de aquel tormento, que los chiquillos no se habían reído tanto en su vida. Luego la ataron por el cuello para que corriese; y como el animalito estaba cansado, la arrastraron unas veces sobre el lomo, otras sobre la barriga, como fuera un cochecillo de juguete. La broma duraba ya más de una hora; pobre animal estaba reventado, cuando tuvieron que cogerla precipitadamente para meterla en la cesta y esconderse detrás de unos matorrales mientras pasaban los jugadores, con los cuales habían tropezado de nuevo. Zacarías, Mouque y sus dos compañeros se sorbían los kilómetros como suele decirse, sin darse más tiempo de reposo que el estrictamente necesario para echarse al coleto un jarro de cerveza en las tabernas que se señalaban como término de cada partida. Desde Verdes Hierbas habían corrido a Buchy, luego a la Cruz de Piedra, y después a Chamblay. La tierra, endurecida por la escarcha, crujía bajo sus pies, que no cesaban de correr detrás de la toña, la cual rebotaba en el suelo; el día era muy a propósito, porque, como la tierra estaba dura, se podía correr sin miedo de hundirse en los surcos levantados por el arado: no había más peligro que el de romperse las piernas. En el aire seco, los golpes del palo sobre la toña resonaban como tiros. Las fornidas manos empuñaban los palos con furor, y hacían tanta fuerza con el cuerpo como si trataran de matar a un buey de un puñetazo: y todo esto durante horas y horas, de un extremo a otro de la llanura, saltando vallas, salvando fosos, cruzando senderos y sembrados. Precisaba tener para aquel ejercicio buenos pulmones y músculos de acero. Los mineros se entregaban con furor a esas carreras, que servían para desentumecerles los miembros. 

Algunas veces recorrían así ocho o diez leguas; pero esto mientras eran jóvenes, porque a los cuarenta años no había quien jugase a la toña. 

Dieron las cinco, la hora del crepúsculo. Convinieron en jugar otra partida hasta el bosque de Vandame, para ver quién se llevaba la gorra y el pañuelo, y Zacarías, que, como de costumbre, se reía de todas aquellas cosas de política, dijo que sería gracioso llegar allí en el momento de la reunión, para lo cual se habían dado cita los mineros de todos los alrededores. Juan, desde que saliera de su casa, seguía recorriendo los campos por entretenerse y esperar la hora de acudir a la reunión. Con ademán indignado amenazó a Lidia, que, llena de remordimientos y de miedo, hablaba de volver a la Voreux, a fin de coger los berros que le encargara su madre: pero ¿cómo habían de privarse de aquel espectáculo? ¡Pues apenas si tenía gracia ir a oír lo que dijesen los viejos! Empujó a Braulio; propuso para que el camino se hiciese más corto y más entretenido soltar a Poloy perseguirla a pedradas; su proyecto secreto era matarla de una pedrada, porque le habían dado ganas de llevársela y comérsela tranquilamente en su escondite de Réquillart. La pobre coneja emprendió de nuevo vertiginosa carrera, con las narices abiertas y las orejas echadas atrás: la piedra le peló el lomo, otra le cortó el rabo; y, a pesar de la oscuridad, e iba en aumento, la hubieran matado, a no ver en un claro, a la entrada del bosque, a Esteban y a Souvarine que estaban charlando. Se abalanzaron sobre el animal, lo volvieron a meter en la cesta, y casi al mismo tiempo aparecieron Zacarías, Mouque y los otros dos, después de terminada su partida. Todos acudían a la cita. 

Y no era sólo por la carretera: por los caminos, por los senderos todos, iban llegando desde el oscurecer multitud de sombras silenciosas que se dirigían al bosque. Todas las casas de los barrios de obreros se quedaban sin gente, pues hasta las mujeres y los chiquillos dejaban sus hogares, como si fueran a dar un paseo. Los caminos estaban oscuros, y no se distinguía aquella multitud que caminaba en silencio hacia el mismo punto; se presentía, sin embargo, y era fácil comprender que los mismos deseos e iguales emociones la animaban. Por todas partes oíase un rumor vago y confuso de voces que indicaba la presencia de la muchedumbre. 

El señor Hennebeau, que precisamente a aquella hora volvía a su casa, cabalgando en su yegua, prestaba oídos al misterioso rumor. Había encontrado varias parejas amorosas que se paraban lentamente, como para disfrutar al aire libre de aquella serena noche de invierno. Eran enamorados que con los labios en los labios de su pareja, iban buscando la satisfacción de sus amorosos deseos detrás de las vallas o al pie de los árboles. ¿Acaso no estaba acostumbrado a tales encuentros de aquellos desdichados que iban en busca del único placer que no cuesta dinero? Y el señor Hennebeau se decía que aquellos imbéciles hacían mal en quejarse de la vida. Pues, ¿no disfrutaban a su antojo la dicha de amar y ser amados? De buena gana se hubiera resignado él a estar medio muerto de hambre, a cambio de empezar de nuevo a vivir con una mujer que, enamorada, se le entregase con toda su alma, al pie de cualquier árbol. Su desgracia no tenía consuelo, y era motivo para que envidiase a aquellos miserables. Con la cabeza baja regresaba a su casa, al paso corto de la yegua, desesperado por la influencia de aquellos rumores de besos y suspiros que se oían en la oscuridad. 

VII

Los mineros se habían dado cita en el Llano de las Damas, una vasta planicie abierta por la tala de maderas a la entrada del bosque de Vandame. Se extendía aquélla en suave pendiente, y estaba rodeada de árboles gigantescos, cuyos troncos rectos y regulares, formaban todo alrededor una especie de columnata blanca; algunos árboles gigantescos yacían en tierra, mientras allá, a la izquierda, otros, aserrados ya, se hallaban cuidadosamente colocados, en disposición de que los cargaran para llevárselos. El frío se había hecho más intenso desde la hora del crepúsculo; los pedazos de corteza de árbol crujían bajo los pies. A flor de tierra estaba muy oscuro; pero las copas de los árboles se destacaban sobre el fondo azul del cielo, en donde la luna llena, subiendo en el horizonte, no tardaría en venir a apagar las estrellas. 

Tres mil mineros aproximadamente habían acudido a la cita; formaban una abigarrada muchedumbre de hombres, mujeres y chiquillos, que invadía poco a poco la planicie; y el mar de cabezas se extendía hasta más allá de los árboles que aún no habían sido cortados. De la multitud salía un murmullo colosal, parecido al ruido de una tempestad lejana. 

Allá, en lo alto de la pendiente, se hallaba Esteban, acompañado de Rasseneur y Souvarine. Estaban disputando, y sus voces se oían al otro extremo de la planicie. Junto a ellos, algunos otros escuchaban la conversación: Maheu, en un sombrío silencio; Levaque, apretando los puños; Pierron, volviéndose de espaldas y lamentando no haber podido pretextar por más tiempo una enfermedad que no existía; también estaban allí el tío Buenamuerte y Mouque padre, sentados el uno junto al otro sobre el tronco de un árbol, con aire ensimismado. Más allá se veía a los aficionados a tomárselo todo en broma: Zacarías, el hijo de Mouque, y algunos otros, que habían ido sólo para divertirse; y a su lado, formando perfecto contraste con ellos por su actitud recogida, como si estuvieran en la iglesia, las mujeres, casi todas agrupadas. La mujer de Maheu, silenciosa como su marido, meneaba la cabeza al oír los sordos juramentos de la Levaque. Filomena tosía mucho, pues su bronquitis crónica había empeorado desde que comenzara el invierno. Solamente la Mouquette reía con toda su alma, al ver el modo que tenía la Quemada de tratar a su hija, a quien insultaba de mala manera, llamándola tunanta, porque se atracaba de conejo, mientras los demás se morían de hambre, y porque estaba vendida a los burgueses a causa de la cobardía de su marido. Y sobre el montón de maderos simétricamente colocados, se había subido Juan, ayudando a Lidia para que hiciera otro tanto, y obligando a Braulio a que los siguiera. 

La disputa nacía de que Rasseneur deseaba proceder en regla para que se eligiera una mesa y un presidente, según costumbre. Su derrota en la reunión de la Alegría le tenía furioso, y se había jurado a sí mismo buscar el desquite, esperando reconquistar su legítima influencia cuando no se viera entre delegados de la Internacional, sino frente a frente con sus amigos los mineros. Esteban consideraba estúpida la idea de elegir presidencia ni mesa en medio de aquel bosque. Debían usar procedimientos salvajes, puesto que se les acosaba como a lobos. 

Viendo que la disputa se eternizaba, acudió a la multitud, y, subiéndose en el tronco de un árbol, gritó con voz fuerte: 

-¡Compañeros! ¡Compañeros! 

Los murmullos de aquella muchedumbre se ahogaron en un suspiro general, mientras Souvarine imponía silencio a las protestas de Rasseneur. Esteban seguía hablando con voz tonante: 

-¡Compañeros, puesto que se nos prohíbe hablar; puesto que nos envían gendarmes para atacarnos como si fuésemos bandoleros, en este sitio tenemos que ponernos de acuerdo! 

Una tempestad de gritos y de exclamaciones contestó a estas primeras palabras: 

-Sí, sí, el bosque es nuestro, y tenemos derecho a hablar aquí cuanto queramos... ¡Habla! 

Entonces Esteban permaneció un momento inmóvil sobre el tronco del árbol. La luna, muy baja en el horizonte, no alumbraba sino las copas más altas, y la multitud, que poco a poco había ido quedando en silenciosa calma, continuaba envuelta en tinieblas. Él, en lo oscuro también, se destacaba, sin embargo, allá en lo alto de la pendiente. 

Levantó un brazo con lento ademán y empezó su discurso; pero su voz no rugía ya: había tomado el tono frío de un simple mandatario del pueblo dando cuentas a éste de su gestión. 

En una palabra: pronunciaba el discurso que había interrumpido el inspector de policía en la reunión del salón de la viuda Désir y comenzaba haciendo rápidamente la historia de la huelga, afectando una elocuencia científica: hechos, y nada más que hechos. Primeramente explicó que la huelga le repugnaba: los mineros no la habían querido; era la compañía la que la había provocado con sus nuevas tarifas y sus exigencias injustas. Luego recordó el primer paso dado por los delegados en casa del director, la mala fe del Consejo de Administración, sus tardías confesiones cuando por segunda vez visitaron a Hennebeau, devolviéndoles los diez céntimos que habían tratado de robarles. Tal era la situación en aquel momento; explicó por partidas sueltas en qué se había gastado el dinero que tenían en la Caja de Socorro; indicó el empleo dado a las ayudas recibidas; excusó con afectuosas frases a la Internacional, a Pluchart y a los otros, porque realmente no podían hacer todo lo que deseaban, hallándose solicitados por mil asuntos diferentes, hijos de su tarea de conquistar el mundo entero. La situación, pues, iba empeorando de día en día; la Compañía echaba a la calle a muchos de ellos, amenazando con llevar obreros de Bélgica; además intimidaba a los pusilánimes, y había conseguido que algunos obreros volvieran a las minas. 

Todo esto lo decía con monótona voz, como si quisiera aumentar con el tono la importancia de aquellas desagradables noticias, añadiendo que había vencido el hambre, que la esperanza estaba muerta, que la lucha había llegado a su último extremo. Y bruscamente concluyó, sin mudar de tono: 

-En estas circunstancias, compañeros, urge que adoptéis una resolución esta noche misma. ¿Queréis que la huelga continúe? Y en este caso, ¿qué pensáis hacer para vencer a la Compañía? 

La contestación fue un silencio tan profundo, como si sólo hubiera hablado con el cielo estrellado. La muchedumbre, a la cual no se veía, continuaba silenciosa en la oscuridad, ante aquellas palabras que la conmovían en sus adentros. 

Pero Esteban continuó, variando de tono. Ya no era el secretario de la Asociación el que estaba hablando: era el jefe de un movimiento popular, el tribuno, el apóstol que predicaba lo que él creía verdad. ¿Habría algunos cobardes que faltasen a su palabra? ¡Cómo! ¡Habrían pasado durante un mes todo género de penalidades para volver a agachar la cabeza, Y volver a trabajar de nuevo como si nada hubiera sucedido! ¿No era mejor morirse de una vez, pero procurando antes sacudir aquella infame tiranía del capital, que mataba de hambre al trabajador? ¿No era estúpido someterse siempre cuando llegaba el momento del hambre, hasta que el hambre lanzaba otra vez a los más tranquilos a la sublevación? 

Y hacía el retrato de los mineros explotados por la Compañía, soportando todos los desastres de la crisis; reducidos a no comer apenas Porque las necesidades de la competencia producirían una baja en los precios. ¡No! La nueva tarifa no era aceptable, porque encerraba una economía disimulada, que consistía en robar a cada uno una hora de trabajo todos 'los días. Era demasiado; todos estaban hartos, y había llegado el momento de que los miserables, acosados hasta el último extremo, se hicieran justicia de una vez. 

Esteban, al concluir, se quedó con los brazos levantados. La muchedumbre se estremeció ante aquella palabra de justicia, y rompió en aplausos y en voces de: 

-¡Justicia!... ¡Ya es hora!... ¡Justicia! 

Poco a poco Esteban se entusiasmaba. No tenía la palabra fácil de Rasseneur. A veces le faltaban frases, y tenía que esforzarse para decir lo que pensaba ayudándose con un movimiento de hombros. Pero por ese mismo esfuerzo encontraba a menudo imágenes familiares de extraordinaria energía, con las cuales se apoderaba de su auditorio mientras que sus actitudes de minero en el trabajo, sus codos recogidos para lanzar luego con fuerza los puños hacia adelante, ejercían también una influencia extraordinaria sobre sus compañeros. Todos lo decían: era pequeño, pero se hacía escuchar. 

-Los jornales son una forma de la esclavitud -continuó con voz más fuerte-. La mina debe ser del minero, como el mar es del pescador, como la tierra es del labrador. .. ¡Oídlo bien!, la mina os pertenece a todos vosotros, que, desde hace un siglo, la estáis comprando con vuestros sufrimientos. Y a veces con vuestra vida. 

Directamente, abordó las más arduas cuestiones de Derecho de las leyes especiales de Minas, de las cuales no comprendía una palabra. El subsuelo, lo mismo que el suelo debía pertenecer a la nación: era un privilegio odioso que el Estado concediera su explotación exclusiva a las Compañías, tanto más cuanto que, con respecto a Montsou, la pretendida legalidad de sus concesiones se complicaba con los tratados hechos en otro tiempo con los terratenientes. El pueblo de los mineros no tenía por lo tanto más que reconquistar su bienestar; y, extendiendo los brazos, señalaba a toda la comarca que se adivinaba al otro lado del bosque. En aquel momento la luna, que iba subiendo en el horizonte, le bañó en su luz. Cuando la multitud, todavía entre tinieblas, le vio así iluminado por los pálidos rayos del astro de la noche, y en actitud de distribuir la fortuna y el bienestar entre todos, comenzó a aplaudir frenéticamente otra vez. 

-¡Sí, sí, tiene razón! ¡Bravo, bravo!

Entonces Esteban abordó su cuestión predilecta: la atribución de los instrumentos de trabajo a la colectividad, como decía él con fruición y ahuecando la voz. En él la evolución era ya completa: arrancando de la conmovedora fraternidad de los catecúmenos, de la precisión de reformar los jornales, llegaba a la idea política de suprimirlos. Desde el día de la reunión en casa de la viuda Désir, su colectivismo, todavía humanitario y sin fórmula, se había acentuado con un difícil programa, del cual discutía científicamente cada uno de los artículos. En primer lugar, aseguraba que la libertad sólo podía ser obtenida por la destrucción del Estado. Luego, cuando el pueblo se apoderase del gobierno, empezarían las reformas: vuelta a la primitiva comunidad, sustitución por la familia igualitaria y libre de la familia moral y opresiva, absoluta igualdad civil, política y económica, garantía por la independencia individual, gracias a la posesión y al producto íntegro de los útiles de trabajo; y, finalmente, enseñanza profesional y gratuíta pagada por la colectividad. Aquello constituía una reforma completa y definitiva de la sociedad liberándola de su antigua pobredumbre; combatía el matrimonio y el derecho de testar; reglamentaba la fortuna de cada cual; derrumbaba el monumento de los siglos pasados, siempre hablando con la misma entonación, con el mismo gesto, con el ademán propio del segador que siega las mieses maduras; y luego, con la otra mano, reconstruía, edificaba la humanidad del porvenir, edificio de verdad y de justicia, que se agrandaría en los albores del siglo XX. En aquel esfuerzo del cerebro vacilaba la razón y no quedaba en él sino la idea fija del sectario. Los escrúpulos de su sensibilidad y de su buen sentido desaparecían, y consideraba facilísima la realización de sus ideales; todo lo tenía previsto, y hablaba de ello como de una máquina que podría morirse en dos horas. 

-¡Esta es la nuestra! -gritó con un acento de entusiasmo final-. ¡Ha llegado el momento de que tengamos en nuestras manos el poder y la riqueza! 

La muchedumbre lanzaba frenéticos gritos de entusiasmo, que resonaron mucho más allá de los confines del bosque de Vandame. La luna alumbraba ya toda la planicie, y permitía ver el mar inmenso de cabezas que, arrancando del tronco donde se había subido Esteban, se extendía agitado hasta el lindero del bosque con la carretera. Y allí, al aire libre, bajo la influencia de aquel frío glacial, un pueblo entero, hombres, mujeres y chiquillos con las ' bocas abiertas, los ojos fosforescentes y el ademán airado, reclamaban con frenesí el bienestar y la fortuna que les correspondían. Ya nadie sentía frío: las ardientes palabras del minero les abrasaban las entrañas. Una exaltación verdaderamente religiosa les elevaba de la tierra; era la fiebre de esperanza que agitó a los primeros cristianos de la Iglesia, cuando aguardaban el próximo advenimiento de la justicia. Muchas frases oscuras habían escapado a su comprensión, porque no entendían los razonamientos técnicos, ni abstractos; pero esa misma oscuridad, ese mismo tecnicismo, ensanchaban el campo de las promesas y agrandaban las esperanzas. ¡Qué sueño! ¡Ser los amos, dejar de sufrir, disfrutar al cabo como los privilegiados de la fortuna! 

-¡Eso es, vive Dios! ¡Llegó nuestro turno! ¡Mueran los explotadores! 

Las mujeres, sobre todo, estaban muy exaltadas; la de Maheu abandonaba su calma habitual, acometida del vértigo del hambre; la de Levaque bramaba de furor; la vieja Quemada, fuera de sí, agitaba sus brazos sarmentosos; Filomena era presa de un golpe de tos, y la Mouquette, entusiasmada, echaba a voz en cuello expresivos piropos al orador, que era para ella un ídolo. Entre los hombres, Maheu, conquistado al cabo, lanzaba alaridos de furor, colocado entre Pierron, que se había echado a temblar, y Levaque, que hablaba sin detenerse; entre tanto, los aficionados a reírse de todo, Zacarías, el hijo de Mouque y sus compañeros, trataban aún de bromear; pero, a su pesar, se sentían poseídos de los sentimientos dominantes en la generalidad, bien que confesando solamente su asombro de que Esteban pudiese hablar tanto sin echar un trago. Pero nadie armaba tanto estrépito como Juan, el cual excitaba a Braulio y a Lidia y agitaba nerviosamente la cesta donde yacía Polonia. 

Las aclamaciones no cesaban; Esteban gozó largo rato la embriaguez de su popularidad. Aquél era su poder, que tenía como materializado dentro de aquellos tres mil pechos, cuyos corazones hacía latir a su antojo con una sola palabra. Souvarine, que continuaba a su lado, había aplaudido sus propias ideas a medida que las iba reconociendo, satisfecho de los progresos anárquicos de su amigo, y bastante de acuerdo con su programa, salvo el artículo sobre enseñanza obligatoria, que consideraba un resto de estúpido sentimentalismo, porque la santa y saludable ignorancia era el baño en que debía acabar de purificarse la humanidad. Rasseneur, por su parte, encolerizado y desdeñoso, se encogía de hombros. 

-¿Me dejarás al fin hablar? -gritó a Esteban. Éste bajó del árbol.

-Habla; veremos si te escuchan. 

Ya Rasseneur, que había ocupado el mismo puesto, reclamaba el silencio con un gesto enérgico. El ruido no cesaba; su nombre corría de boca en boca, desde la de los que, hallándose más próximos, le habían reconocido, hasta las últimas filas de mineros congregados en el bosque; y nadie quería escucharle: era un ídolo caído en desgracia, cuyos antiguos adoradores no querían ni verle. Su elocuencia y su fácil palabra se calificaban ahora de insulsas y propias para acabar de desanimar a los cobardes. En vano habló un momento entre aquella gritería infernal; quiso pronunciar el discurso conciliador que había pensado; hablar de la imposibilidad de alterar la faz del mundo con unas cuantas leyes; de la necesidad absoluta de dejar a la evolución social que realizase lentamente su tarea: burláronse de él, le silbaron, y su derrota pasada aumentó en aquel momento, y se hizo irremediable. Acabaron por tirarle puñados de tierra, y una mujer gritó: 

-¡Abajo ese traidor! 

El tabernero explicaba que la mina no podía ser del minero, como sucedía en otros oficios y que era mucho mejor ver la manera de tener participación en sus beneficios, y de que el obrero se convirtiese en niño mimado de la casa dentro de las minas. 

-¡Abajo ese traidor! -repitieron varias voces, mientras algunos empezaban a tirarle piedras. 

Entonces cambió de color, y lágrimas de desesperación acudieron a sus ojos. Aquello era la ruina, el desmoronamiento de veinte años de glorioso compañerismo, que se hundía a impulsos de la ingratitud popular. Bajó del tronco de árbol con el corazón dolorido, y sin ánimo para seguir hablando. 

Bueno: -¿Te ríes, eh? -murmuró dirigiéndose a Esteban- triunfador, no deseo sino que llegue a sucederte lo mismo. 

Y como para eximirse de todo género de responsabilidades en los desastres que consideraba inminentes, se alejó de allí solo, por el desierto camino que conducía a la Voreux. 

Continuaron las aclamaciones y el auditorio quedó sorprendido al ver en pie sobre el tronco del árbol al tío Buenamuerte, que se preparaba a hablar en medio del tumulto. Hasta entonces él y su amigo Mouque habían permanecido absortos, y, como siempre, profundamente pensativos, rememorando cosas antiguas. Sin duda acababa de sentirse acometido de una de esas crisis que alguna que otra vez removían en él de tal modo sus recuerdos que el pasado se desbordaba por su boca durante horas y horas.

En un momento reinó un profundo silencio; todos querían oír a aquel anciano, que, a la pálida luz de la luna, parecía un espectro, y como empezó a decir cosas y contar historias que no tenían relación inmediata con el debate, la curiosidad y el interés crecieron considerablemente. Hablaba de su juventud, contaba la muerte de dos tíos suyos, aplastados por desprendimientos ocurridos en la Voreux, y luego de la enfermedad del pecho que mató a su mujer. Pero todo eso no le había hecho abandonar su idea de que las cosas no iban bien, y tenía la franqueza de decirlo. Empezó a explicar que una vez se reunieron en aquel mismo sitio quinientos obreros, porque el Rey no quería disminuir las horas de trabajo; pero se detuvo, y comenzó a hablar de otra huelga: ¡había visto tantas! Todas se declaraban allí mismo, a la sombra de aquellos árboles: unas veces hacía frío, otras calor. En una ocasión llovió tanto, que fue necesario retirarse sin poder hablar. Y luego llegaban los soldados del Rey, y la cosa acababa a tiro limpio. 

-Y, sin embargo, levantábamos la mano así y jurábamos no volver más a la mina... ¡Ah! Yo lo he jurado; sí, lo he jurado muchas veces. 

La muchedumbre escuchaba con gran interés, poseída de un marcado malestar, cuando Esteban, que seguía atento los incidentes de aquella escena, subió al tronco de árbol y se colocó junto al anciano. Ansiaba de ver entre los de primera fila a Chaval. La idea de que Catalina debía estar allí, le había hecho estremecerse y sentir la necesidad imperiosa de hacerse aplaudir frenéticamente delante de ella. 

-Compañeros, ya lo habéis oído; aquí tenéis a uno de nuestros camaradas más antiguos; mirad lo que ha sufrido y lo que sufrirán nuestros hijos, si no acabamos de una vez con los ladrones y con los verdugos del pueblo. 

Fue terrible; jamás había hablado con tal violencia, con tal ensañamiento. Con un brazo sujetaba al viejo Buenamuerte, agitándolo como si fuese una bandera de miseria y de duelo cuya vista sola hiciera clamar venganza. Con frase rápida y enérgica se remontó hasta el primero de los Maheu; hizo la pintura de toda la familia gastada en la mina, explotada por la Compañía, y más muerta de hambre ahora, después de cien años de trabajo, que el primer día; y para formar el contraste, describía las familias de los consejeros de Administración, de los accionistas cubiertos de dinero, como si uno hubiese nacido para mantener a tales haraganes, como se puede mantener a una querida, rompiéndose el alma para que ella no haga nada. ¿No era horrible ver a todo un pueblo que, de generación en generación, perdía la vida y la salud en el fondo de una mina, para sobornar a los ministros, y para que otras familias, de generación en generación, disfrutasen de todas las delicias de la buena vida? Había estudiado las enfermedades del minero y las explicaba una a una con pormenores verdaderamente terribles: la anemia, las escrófulas, la bronquitis crónica, el asma que ahoga, los reumatismos que paralizan. 

Aquellas míseras criaturas se veían echadas a las máquinas como si fueran combustible, encerradas como animales en sus establos en los barrios que la Compañía edificaba para ellas, y los propietarios las iban absorbiendo poco a poco, reglamentando la esclavitud, y todo hacía temer que pronto, si no atajaban el mal, se apoderarían de todos los trabajadores de las minas, de millones de brazos, para que hiciesen la fortuna de unos cuantos miles de haraganes despreciables. Pero afortunadamente el minero no era ya aquel ignorante de otras épocas, aquel bruto enterrado en las entrañas de la tierra, sino que todos los mineros formaban un poderoso ejército brotado de las profundidades de la mina, capaz de conquistar sus derechos. 

Entonces se vería si, después de cuarenta años de servicios incesantes, se atrevían a ofrecer una pensión de ciento cincuenta francos a un pobre sexagenario, que escupía carbón y tenía las piernas hinchadas a causa de la humedad absorbida en la mina. ¡Sí! El trabajo pediría cuentas al capital, a ese dios impersonal, desconocido del obrero, acurrucado en alguna parte, en el misterio de su tabernáculo, desde el cual chupaba la sangre de los hambrientos que le hacían rico. ¡Se iría a buscarlo donde estuviese, se le vería a la roja llamarada de los incendios, y se ahogaría en ,sangre a aquel reptil inmundo, a aquel ídolo monstruoso, ahíto de carne humana! 

Esteban calló, pero con el brazo extendido hacia el vacío seguía señalando a aquel enemigo invisible. Esta vez las aclamaciones de la muchedumbre fueron tan frenéticas, que los burgueses de Montsou las oyeron y miraron hacia Vandame llenos de inquietud, creyendo en un terremoto o en una tempestad terrible que se acercaba rápidamente. Las aves nocturnas, asustadas, abandonaron el bosque revoloteando, sin saber dónde ponerse. 

Esteban quiso concluir en aquel momento. 

-Compañeros, ¿cuál es vuestra resolución?... ¿Votáis por la continuación de la huelga?

-¡Sí, sí! -bramaron tres mil voces.

-¿Qué determinaciones tomáis?... Nuestra derrota es segura si hay traidores que vayan mañana a trabajar. 

Las voces repitieron con su resoplido de tempestad: -¡Muerte a los traidores!

-Eso es que decidís recordarles su deber y su juramento... Pues oíd lo que podemos hacer: presentarnos en las minas, hacer comparecer a los traidores y demostrar a la Compañía que estamos todos de acuerdo y decididos a morir antes que a entregarnos.

-¡Eso es! ¡A las minas! ¡A las minas! 

Desde que comenzara su discurso, Esteban buscaba con la vista a Catalina. Decididamente no estaba allí. Pero veía a Chaval, que hacía alarde de reírse de él, encogiéndose de hombros, devorado por la envidia, dispuesto a vender su alma al demonio por un poco de aquella popularidad. 

-Y si hay espías entre nosotros, compañeros -continuó Esteban-, ¡que anden con cuidado, porque los conocemos!... Sí, veo por ahí mineros de Vandame que no han dejado de trabajar.

-¿Lo dices por mí? -pregunto Chaval con tono altanero.

-Por ti o por otro... Pero puesto que te das por aludido, te diré que deberías comprender que los que comen, no tienen nada que hacer aquí entre los que se mueren de hambre. Tú estás trabajando en Juan-Bart... 

Una voz chillona le interrumpió: 

-¿Que trabaja?... Tiene una mujer que trabaja por él.  

Chaval, furioso exclamó: 

-¡Maldita sea ... ! ¿Está acaso prohibido trabajar?

-Sí, -gritó Esteban-; está prohibido, cuando los compañeros sufren la miseria y el hambre por el bien general: es un egoísta y un canalla el que en tales circunstancias se pone del lado de los propietarios. Si la huelga hubiera sido general, hace mucho tiempo que seríamos los amos... ¿Acaso en Vandame ha debido bajar ni un solo hombre a las minas cuando los de Montsou están parados? El golpe de gracia sería que el trabajo se interrumpiera en toda la comarca, lo mismo en las minas del señor Deneulin que aquí... ¿Lo oyes? En Juan-Bart no hay más que traidores... Todos lo s de allí sois unos traidores.

Alrededor de Chaval la multitud empezaba a adoptar actitudes amenazadoras; algunos puños se levantaban, y varias voces se oían gritando: "¡Muera! ¡Muera!" Chaval, lleno de terror, estaba desnudado. Pero, en su afán de vencer a Esteban, se le ocurrió una idea, y gritó con toda la fuerza de sus pulmones: 

-¡Oídme! ¡Id mañana a Juan-Bart, y veréis si trabajo!... Somos de los vuestros, y he venido aquí para decíroslo. Es menester apagar las máquinas, que los maquinistas se declaren en huelga. Si las bombas se detienen, ¡mejor! ¡El agua inundará las minas, y todo se irá al demonio! 

A su vez recibió frenéticos aplausos, comparables con los que había oído Esteban. Unos oradores se fueron sucediendo a otros sobre el tronco de árbol, gesticulando en medio del tumulto, y formulando proposiciones salvajes. Era la locura de la fe, la impaciencia de una secta religiosa, que, cansada de esperar el prometido milagro se decidiera a provocarlo. Todas aquellas cabezas, calenturientas por efecto del hambre, lo veían todo de color rojo, y soñaban sangre y exterminio en medio de una gloria de apoteosis, de donde salía la felicidad universal. Y la luna tranquila bañaba de luz aquella horda de salvajes, y el espeso y silencioso bosque parecía repetir aquellos gritos de venganza. 

Hubo grandes empujones; la mujer de Maheu se halló sin saber cómo al lado de su marido, y uno y otro, olvidando su buen sentido de siempre, trabajados por las terribles privaciones que venían sufriendo hacía meses, aprobaban con entusiasmo las palabras de Levaque, que a voz en grito pedía la cabeza de los ingenieros. Pierron había desaparecido Buenamuerte y Mouque hablaban a la vez diciendo con ademán violento cosas que nadie oía. En broma, Zacarías pidió la demolición de las iglesias, mientras el hijo de Mouque, que llevaba todavía en la mano el palo de jugar a la toña, golpeaba el suelo con él para armar más ruido. Las mujeres estaban furiosas, especialmente la de Levaque, que con los brazos en jarras reñía con su hija Filomena, a quien acusaba de estarse riendo de aquellas cosas tan serias; la Mouquette hablaba de correr a los gendarmes a puntapiés en la parte posterior, mientras la Quemada, que había dado una paliza a Lidia porque la encontró sin su cesta, seguía dando puñetazos al aire, dirigidos, según decía, contra todos los propietarios, a quienes le gustaría tener entre sus uñas. Por un momento, Juan se había quedado turbado, pues Braulio acababa de saber que un aprendiz había dicho a la señora Rasseneur que ellos eran los que robaron la coneja Polonia; pero cuando se tranquilizó pensando que soltaría la coneja a la puerta de la taberna, empezó a gritar más que antes, y abrió la navaja nueva que tenía, haciendo brillar la hoja a la luz de la luna. La salvaje gritería continuaba incesantemente, mientras Souvarine, impasible, sonreía con calma en medio de aquel tumulto. 

-¡Compañeros! ¡Compañeros! -repetía Esteban, ronco ya de gritar tanto, a fin de conseguir un poco de silencio para que pudieran entenderse. 

Por fin le escucharon. 

-¡Compañeros!, mañana por la mañana, a Juan-Bart, ¿está convenido?

-¡Sí, sí, a Juan-Bart! ¡Mueran los traidores! 

El huracán de aquellas tres mil voces rebasaba el bosque y llegaba hasta el pueblo de Montsou, llenando de espanto a sus pacíficos habitantes.

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Germinal


 


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