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Parte V

V PARTE

I

A las cuatro se puso la luna, y quedó la madrugada muy oscura. Todos dormían aún en casa de los señores Deneulin; el antiguo caserón de ladrillos permanecía silencioso y sombrío, las puertas y ventanas estaban cerradas, y desierto el mal cuidado jardinillo que separaba la casa de la plataforma de Juan-Bart. Por el otro lado pasaba el camino de Vandame, un pueblecillo oculto detrás del bosque, a unos tres kilómetros de distancia.

Deneulin, cansado de haber pasado un gran rato el día antes en el fondo de la mina, roncaba como un bendito, con la nariz entre las sábanas, cuando soñó que le llamaban. Acabó por despertar; oyó realmente una voz que le nombraba, y corrió a abrir la ventana. Era uno de sus capataces que estaba en el jardín, al pie de la ventana de su alcoba. 

-¿Qué hay? -preguntó.

-Señor, una sublevación; la mitad de la gente no quiere bajar al trabajo, y han ido a impedir que trabajen los demás.

Sin duda comprendía mal, porque no estaba bien despierto.

-¡Pues obligadles a que trabajen! -murmuró.

-Ya hace una hora que están con eso -replicó el capataz-. Por eso se nos ha ocurrido venir a buscarle. Solamente usted logrará, acaso, que obedezcan.

-Bueno; allá voy. 

Se vistió en un dos por tres, lleno de inquietud. Aunque se hundiera el mundo ni el criado ni la cocinera se despertaban; pero arriba, en el piso principal, oyó voces que cuchicheaban; y, al salir, vio abrir la puerta de la escalera y aparecer a sus dos hijas, que se habían echado rápidamente encima un peinador. 

-Papá, ¿qué es eso? -dijeron. 

La mayor, Lucía, tenía veintidós años; era alta, morena, muy guapa; mientras Juana, la menor, que tendría apenas diecinueve, era bajita, rubia y muy graciosa. 

-Nada grave -respondió él para tranquilizarlas-. Parece que han armado un escándalo en la mina, y voy a ver. 

Pero ellas protestaron, porque no querían que se fuese sin tomar algo; si no, volvería enfermo, y se quejaría del estómago como de costumbre. El padre se excusaba diciendo que tenía mucha prisa. 

-Escucha -dijo Juana, colgándose a su cuello- toma siquiera una copita de ron y dos galletas; si no, no me suelto de tu cuello, y tendrás que llevarme contigo. 

Deneulin tuvo que resignarse, si bien diciendo que le sentarían mal las galletas. Ya bajaba cada una de ellas con un candelero en la mano. Abajo, en el comedor, se desvivieron por servirle cariñosamente, una dándole el ron en la copa, la otra corriendo a la despensa en busca de una caja de galletas. Como habían perdido a su madre siendo muy jóvenes, se habían educado a sí mismas, bastante mal, muy mimadas por su padre: la mayor, soñando siempre con cantar en el teatro, y su hermana loca por la pintura y con unos aires de artista que la singularizaban. Pero cuando hubo que hacer economías en la casa, a consecuencia de grandes pérdidas de fortuna, había surgido en aquellas muchachas de aspecto extravagante, un verdadero instinto de mujeres de su casa, muy arregladas, y cuyo cuidado extremo descubría hasta las sisas de algunos céntimos cuando tomaban la cuenta de la cocinera. En la actualidad, con su aire de artistas un tanto hombruno, eran las dueñas del dinero, escatimaban todos los gastos superfluos, reñían con el tendero y el carbonero, remendaban hábilmente la ropa, a fuerza de esmero, ocultaban los apuros pecuniarios que pasaba la familia. 

-Come, papá -repitió Lucía. 

Luego, observando la preocupación que el señor Deneulin no lograba disimular, participó ella también de la misma, y se sintió sumamente inquieta. 

-La cosa debe de ser grave, cuando pones esa cara y no quieres decirme nada... Pues, mira, nos quedamos en casa, y que se pasen sin nosotras en el almuerzo. 

Hablaba de los proyectos forjados para aquella mañana. La señora de Hennebeau debía ir a buscarlas en coche, después de recoger a Cecilia Grégoire en su casa, para ir todas juntas a Marchiennes, con objeto de almorzar en una fábrica, invitadas por la señora del director de la misma. El objeto era visitar detenidamente unas máquinas nuevas que acababan de ser instaladas. 

-¡Pues claro está que no iremos! -declaró Juana a su vez. 

Pero su padre se enfadó. 

-¡Vaya una tontería! -dijo-. Os repito que esto no es nada... Hacedme el favor de volver a la cama, y vestíos a eso de las nueve, según quedó convenido. 

Les dio un beso a cada una y se apresuró a salir. 

Juana tapó cuidadosamente la botella del ron, mientras su hermana iba a guardar bajo llave la caja de las galletas. La habitación estaba muy limpia, pero con esa limpieza fría peculiar a los comedores cuya mesa no es muy suculenta. Las dos muchachas aprovecharon el madrugón para pasar revista a todo y ver si habían dejado los criados cada cosa en su sitio; hallaron una servilleta tirada en un rincón, y decidieron echar una filípica al criado. Luego volvieron a subir a sus habitaciones. 

Deneulin, por el camino, iba pensando en su fortuna, comprometida de mala manera en aquella acción de Montsou que había vendido: en aquel millón realizado poco tiempo antes, y que ahora se hallaba en gravísimo peligro. Era una serie no interrumpida de desgracias, de reparaciones enormes, e imprevistas condiciones ruinosas de la explotación; luego aquella crisis industrial, precisamente en el momento de empezar a cobrar beneficios. Si la huelga se declaraba entre sus mineros estaba perdido. Empujó la puertecilla del jardín; los edificios de la mina se adivinaban en la oscuridad, gracias a unos cuantos faroles. 

Juan-Bart no tenía la importancia de la Voreux; pero como la instalación era nueva, el aspecto de la mina era muy bonito, según la frase de los ingenieros. No sólo habían ensanchado en más de un metro la boca del pozo, dándole hasta setecientos ocho metros de profundidad, sino que habían montado máquinas nuevas, ascensores nuevos, todo el material con arreglo a los últimos adelantos de la ciencia; y hasta en los pormenores más pequeños se notaba cierta elegancia, cierta coquetería; un taller de cerner con alumbrado nuevo, un ventilador adornado con un reloj, un cuarto de máquinas donde todo brillaba perfectamente limpio y bien cuidado, y hasta la chimenea era elegante, y hecha de mosaico con ladrillos negros y encarnados. La bomba de desagüe se hallaba colocada en el otro pozo de la concesión, en la antigua mina Gastón María, reservada únicamente para ese uso. En Juan-Bart, a la derecha e izquierda del pozo de extracción, se veían otros dos pozos pequeños, uno para un ventilador de vapor y otro para las escalas. 

Aquella mañana a las cuatro llegó Chaval el primero para hablar con los compañeros y convencerles de que era necesario imitar a los de Montsou, y pedir un aumento de cinco céntimos en cada carretilla. Pronto los cuatrocientos obreros del fondo salieron de la barraca para entrar en la sala del pozo de bajada en medio de un tumulto extraordinario. Los que querían bajar tenían la linterna en la mano, estaban descalzos y con las herramientas debajo del brazo; mientras los otros, todavía con los zuecos puestos, sin quitarse los capotes, porque hacía mucho frío, interceptaban la boca del pozo; y los capataces se habían quedado roncos, voceando que no debía nadie oponerse a que trabajaran los que tuviesen voluntad de ello. 

Pero Chaval se enfureció al ver a Catalina vestida de hombre y dispuesta a bajar. Aquella mañana le había ordenado que no saliera de casa. La muchacha, sin embargo, desesperada al pensar que podía quedarse sin trabajo, le siguió, porque su amante no le daba jamás dinero, y a menudo tenía ella que pagar sus cosas y las de él; ¿qué les sucedería si dejaba de ganar? Tenía miedo, mucho miedo, a cierta casa pública de Marchiennes, donde acababan las mineras jóvenes que se encontraban sin hogar y sin partido.

-¡Maldita sea ... ! -gritó Chaval-. ¿Qué vienes tú a hacer aquí? 

A lo cual contestó ella, que, como no tenía rentas, necesitaba trabajar. -¡Con que te pones contra mí, bribona!.. Vuelve corriendo a casa, o te hago yo ir a puntapiés. 

Catalina, asustada, retrocedió; pero no se marchó, resuelta a estar allí hasta ver en qué quedaba la cosa. 

En aquel momento se presentó Deneulin. A pesar de la escasa claridad de los faroles, abarcó con una sola mirada el cuadro que se presentaba a su vista, cuyos pormenores le eran conocidos, porque se sabía de memoria la cara de cada uno de sus obreros. El trabajo estaba detenido: la máquina, que había hecho ya vapor, silbaba de vez en cuando para desahogar; los ascensores colgaban inmóviles de los cables; las carretillas, abandonadas, se veían detenidas sobre los rieles. No habían tomado más que unas ochenta linternas; las demás lucían aún en lampistería. Pero una sola palabra suya bastaría para evitar el conflicto, y la vida normal del trabajo se restablecería enseguida. 

-¡Hola! ¿Qué es eso, hijos míos? -preguntó en alta voz-. ¿Qué quejas tenéis? Explicádmelas, y seguro que nos entenderemos enseguida. 

Ordinariamente se mostraba muy paternal con sus obreros, aunque muy exigente también. Con ademán autoritario y bruscos modales trataba primero de conquistarlos con buenas palabras; y a menudo se hacía querer, aunque lo que los obreros respetaban en él era al hombre valeroso, que compartía con ellos las rudas fatigas de las minas, y que era siempre el primero cuando ocurría algún accidente peligroso. Dos o tres veces, después de explosiones de grisú, se había hecho bajar al fondo de la mina, atado a unas cuerdas, cuando los más animosos se hacían atrás. 

-Vamos -replicó-; supongo que no iréis a dejarme mal después de haber respondido de vosotros.  

Ya sabéis que me he negado a que vinieran aquí los gendarmes... Hablad, que ya os escucho. 

Todos callaban, turbados delante de él, y separándose de allí; al fin, Chaval tomó la palabra, y dijo:

-Señor Deneulin, la verdad es que no podemos continuar trabajando si no se nos dan cinco céntimos más por cada carretilla. 

El dueño de la mina pareció muy sorprendido. 

-¡Cómo! ¡Cinco céntimos! ¿Y a qué viene esa exigencia? Yo no me quejo ni de vuestra manera de apuntalar, ni trato de imponeros una nueva tarifa, como hace con sus obreros la compañía de Montsou.

-Es verdad; pero, así y todo, los compañeros de Montsou tienen razón. Rechazan la tarifa y exigen un aumento de cinco céntimos porque es imposible trabajar con los jornales actuales... Queremos cinco céntimos más; ¿no es verdad, compañeros? 

Algunas voces asintieron a lo que decía Chaval, y el tumulto empezó de nuevo. Poco a poco todos los obreros se iban acercando y formando estrecho círculo. 

En los ojos del señor Deneulin brilló un relámpago de ira, y tuvo que hacer un esfuerzo para no parecer el hombre aficionado a los procedimientos de fuerza, cogiendo a uno por el pescuezo, y ahogándolo. Prefirió discutir y hablar tranquilamente. 

-Queréis cinco céntimos más, y concedo que vuestro trabajo los merece; pero yo no puedo dároslo. Si os lo diera, me arruinaría sencillamente... Comprended que es necesario que yo viva para que viváis vosotros. Y estoy tan apurado, que el menor aumento me desnivelaría... Acordaos de hace dos años, cuando la última huelga. Accedí a lo que me pedisteis, porque todavía me era posible hacerlo. Pero aquel aumento de jornal fue desastroso para mí, y desde entonces no me he recuperado... Hoy preferiría dejar que todo esto se fuese al demonio, a verme el mes que viene en el caso de no tener dinero para pagaros. 

Chaval sonreía maliciosamente enfrente de aquel propietario que con tanta franqueza les contaba sus apuros. Los otros bajaban la cabeza con ademán incrédulo, no pudiendo comprender que el propietario de una mina no ganara millones y millones a costa de los obreros. 

Entonces Deneulin insistió, explicando su lucha contra la Compañía de Montsou, la cual andaba deseando siempre el momento de su ruina. Le hacía una competencia tremenda, que le obligaba a ser económico, tanto más, cuanto que la profundidad de Juan-Bart aumentaba los gastos de extracción, condición tan desfavorable, que apenas se veía compensada con la ventaja de que la capa de carbón tenía más espesor allí que en Montsou. Jamás habría aumentado los jornales a consecuencia de la última huelga, si no se hubiera visto obligado a imitar a sus adversarios, temiendo que sus obreros le abandonasen. Es verdad que éstos habrían perdido tanto como él sometiéndose al yugo de la Compañía de Montsou, después de obligarle a vender la mina. Él no era un dios desconocido, encerrado en el lejano y misterioso tabernáculo; no era uno de esos accionistas que dan sueldos a un director-gerente para que atormente al obrero y le saque el jugo; era un propietario que, además de su dinero, arriesgaba su inteligencia, su salud, su vida entera. La huelga iba a ser la muerte, ni más ni menos. No tenía nada almacenado, y por fuerza debía servir los pedidos que se le hacían. Por otra parte, el capital que representaba el material no podía permanecer inactivo sin irse al diablo. ¿Cómo había de cumplir sus compromisos? ¿Quién pagaría los intereses de los capitales que le habían confiado sus amigos? Tendría que declararse en quiebra. 

-¡Ya veis si os hablo con franqueza, amigos míos! -dijo para terminar-. Quisiera convenceros... No se puede pedir a un hombre que se ahorque a sí mismo, ¿no es verdad? Y ya os dé los cinco céntimos de aumento que pedís, ya os deje que os declaréis en huelga, para mí es lo mismo que si me cortaran el pescuezo. 

Calló. Una parte de los obreros parecía titubear; algunos se acercaron a la boca del pozo, como si se dispusiesen a bajar. 

-Por lo menos -dijo un capataz-, que cada cual sea libre de hacer lo que quiera... ¿Quiénes son los que desean trabajar? 

Catalina fue una de las primeras que se adelantaron. Pero Chaval, furioso, la rechazó brutalmente, exclamando: 

-¡Todos estamos de acuerdo; sólo los traidores y los cobardes son capaces de abandonar a sus compañeros! 

Desde aquel momento la conciliación pareció imposible. Empezó de nuevo la gritería, y hubo empujones para alejar del pozo a los que se habían acercado al ascensor, a riesgo de aplastarlos contra la pared. Por un momento, el director, desesperado, tuvo el propósito de luchar solo, a puñetazos, con toda aquella gente; pero hubiera sido una locura inútil, y tuvo que retirarse. Entró en la oficina de recepción, y se sentó en una silla, tan desesperado ante su impotencia que no se le ocurría ninguna idea. Por fin se calmó, y dijo a un vigilante que llamase a Chaval. Después, cuando éste consintió en celebrar la entrevista, alejó a todo el mundo con un gesto. 

-Dejadnos solos -dijo. 

Deneulin se proponía romper la crisma a aquel mocetón. Desde el primer momento había comprendido que estaba lleno de vanidosa envidia. Pero antes de emplear medios violentos recurrió a la adulación, afectando sorprenderse al ver que un obrero tan bueno como él comprometiese de aquel modo su porvenir. Le dijo que hacía tiempo había pensado en él para el ascenso, y acabó por ofrecerle la primera plaza de capataz vacante. Chaval le escuchó en silencio; primero con los puños apretados, después mucho más tranquilo. Su cabeza cavilaba intensamente; si insistía en la huelga, jamás pasaría de ser el lugarteniente de Esteban, mientras que ahora concebía una nueva ambición: la de figurar entre los jefes. El orgullo se le subía a la cabeza y le embriagaba. Por otra parte, la partida de huelguistas de Montsou, que debía haber llegado por la mañana, no iría a Juan-Bart, porque sin duda le había sucedido algo cuando ya no estaba allí. Acaso habría tropezado con los gendarmes: la verdad era que había llegado la hora de someterse. Esto no obstante, seguía diciendo que no con la cabeza; se las echaba de carácter incorruptible, dándose puñetazos en el pecho. Al fin, sin hablar a Deneulin de la cita que había dado a los de Montsou para aquella mañana, le prometió tratar de calmar a sus compañeros y convencerlos que bajasen. Deneulin continuó escondido, y los capataces también se quitaron de en medio. Durante una hora estuvieron oyendo a Chaval, que peroraba y discutía desde lo alto de una vagoneta. Un grupo numeroso de obreros le vitoreaba, mientras unos ciento quince o ciento veinte, indignados, se alejaron de allí, decididos a mantener la resolución que les hiciera adoptar antes. Eran ya más de las siete; estaba amaneciendo, cuando de pronto empezaron los trabajos normales de la mina, comenzando por la máquina, que puso en movimiento los cables del ascensor. Luego, entre el estruendo de las voces de mando y de las señales para maniobra, empezó la bajada de los mineros; y los ascensores, subiendo y bajando sin cesar, dieron al pozo su acostumbrada ración de hombres, mujeres y chiquillos, mientras arriba, en la plataforma, arrastraban las vagonetas hasta el taller de cerner, con gran estrépito. 

-¡Maldita sea...! ¿Qué demonios haces ahí? -exclamó Chaval, viendo a Catalina, que esperaba su turno para bajar-. ¡Anda pronto, y no te hagas la remolona! 

A las nueve, cuando la señora de Hennebeau llegó a casa de Deneulin en carruaje con Cecilia, encontró a Juana y Lucía ya dispuestas y muy elegantes, a pesar de que sus vestidos habían sido reformados veinte veces. Pero Déneulin se sorprendió al ver que Négrel, a caballo, acompañaba el coche. ¿Cómo era aquello? ¿Iban hombres también? Entonces, la señora Hennebeau explicó, con su afectuoso aire maternal, que la habían asustado, diciéndole que los caminos estaban llenos de gente de mal aspecto, y que había querido que llevasen un defensor. Négrel sonriendo, procuraba tranquilizarlas; no había nada grave; amenazas y bravatas como siempre, pero nadie se atrevería siquiera a tirar una piedra al coche. 

Deneulin, todavía gozoso con su triunfo, relató la reprimida sublevación de Juan-Bart, añadiendo que ya estaba completamente tranquilo. Y mientras las señoritas Deneulin tomaban el coche en la carretera de Vandame, todos estaban muy tranquilos pensando en lo que iban a divertirse aquel día, sin adivinar que allá a lo lejos, en el campo, se reunía el pueblo de mineros galopando en ademán hostil hacia Juan-Bart, lo cual hubieran podido oír pegando el oído al suelo, como hacen las escuchas. 

-Conque quedamos -dijo la señora de Hennebeau- en que iréis a recoger a las niñas esta tarde a casa, y que comeréis con nosotros... La señora de Grégoire me ha prometido también ir a buscar a Cecilia. 

-Contad conmigo -exclamó Deneulin. 

El carruaje partió en dirección a Vandame. Juana y Lucía se asomaron a la ventanilla para despedirse con una sonrisa de su padre, que había quedado en medio de la carretera, diciéndoles adiós con la mano. Négrel, al trote de su caballo, se colocó a la portezuela del coche. 

Atravesaron el bosque, y fueron a tomar el camino de Vandame a Marchiennes. Cuando pasaban cerca de Tartaret, Juana preguntó a la señora de Hennebeau si conocía la Loma Verde; y ésta confesó que, a pesar de vivir en el pueblo hacía cinco años, no había estado nunca por allí. Entonces decidieron dar un rodeo. El Tartaret, que se extendía bordeando el bosque, era un llano inculto, de una esterilidad volcánica, bajo la cual hacía ya siglos ardía una mina de carbón de piedra abandonada. Aquello se perdía en una leyenda que narraban los mineros de la comarca. Decían que el fuego del cielo había caído sobre aquella nueva Sodoma subterránea, donde los hombres y las mujeres que trabajaban en la mina se entregaban a toda clase de excesos abominables y que ninguno de ellos había podido escapar a tan terrible castigo. Las rocas calcinadas, de un rojo sombrío, se cubrían de manchas verdosas, que parecían de lepra. Algunos valientes que se atrevían de noche a asomarse a las grietas que se veían en la tierra, juraban distinguir una llama, que sin duda eran las almas pecadoras consumiéndose en el fuego de aquel infierno subterráneo. 

Lucecillas errantes iban de una parte a otra por el suelo; se veían todas las noches vapores caldeados que salían de la cocina del diablo. Y, semejante a un milagro de eterna primavera, en medio de aquel llano maldito, se levantaba la Loma Verde, cubierta siempre de fresca hierba, y sembrada de trigo y de remolacha, dando hasta tres cosechas al año. Aquello era una estufa natural, caldeada por el incendio de las capas inferiores. Jamás se había visto allí nieve, porque al caer se derretía. Aquel enorme llano verde, junto a los árboles del bosque despojados de toda clase de hojas, no tenía ni siquiera señales de las heladas de diciembre, que tanto daño hacían en el resto de la comarca. 

Pronto rodó el carruaje por la carretera. Négrel se reía de la leyenda y explicaba que a menudo se declaraban incendios en el fondo de las minas a causa de la fermentación del polvo carbonífero y que cuando no se pueden dominar al principio, no hay manera de apagarlos jamás; citaba el caso de una mina de Bélgica que habían inundado, variando el cauce del río para echar sus aguas por la boca del pozo de bajada. Pronto guardó silencio, al observar que numerosos grupos de mineros se cruzaban a cada instante con el carruaje. 

Los obreros pasaban silenciosos, mirando de reojo aquel tren que les obligaba a echarse a un lado del camino. Por momentos iban aumentando, a tal punto, que el cochero tuvo que poner los caballos al paso para cruzar el puente del río Scarpe. ¿Qué sucedería para que toda aquella gente recorriera la carretera? Las señoras estaban muy asustadas; Négrel empezaba a creer en algún tumulto preparado de antemano, y para todos fue un verdadero consuelo ver que, al fin, llegaban a Marchiennes sin contratiempo. 

II

En Juan-Bart, Catalina estaba trabajando hacía ya más de una hora en el arranque de las vagonetas; y tan fatigada se hallaba, que tuvo que descansar un momento para enjugarse la cara. 

Chaval, que estaba en el fondo de la cantera arrancando carbón con sus compañeros, se sorprendió al notar que cesaba el ruido de las carretillas. Las linternas ardían muy mal, y el polvillo del carbón no permitía ver bien. 

-¿Qué hay? -gritó. 

Cuando ella le contestó que se sentía mal y que iba a reventar si seguía trabajando, él le contestó brutalmente: 

-¡Bestia! Haz lo que nosotros; quítate la camisa. 

Se hallaban a setecientos ocho metros de profundidad, al norte, en la primera galería del filón Deseado, a unos tres kilómetros del pozo de subida. Cuando se hablaba de aquella región de la mina, los mineros de la comarca se echaban a temblar, y bajaban la voz, como si hablaran del infierno; y a menudo se contentaban con mover la cabeza como si prefirieran no ocuparse de aquellas profundidades abrasadoras. A medida que las galerías, extendiéndose hacia el norte, se aproximaban al Tartaret, penetraban en el incendio que más arriba calcinaba las rocas. En las canteras, en el punto adonde habían llegado los trabajos, había una temperatura media de cuarenta y cinco grados. Los obreros se hallaban allí en plena ciudad maldita, en medio de las llamas, a quienes los que pasaban por el llano veían asomándose a las grietas, por las cuales salía un fuerte olor a azufre. 

Catalina, que ya se había quitado la blusa, titubeó un momento y luego se despojó también del pantalón; y con los brazos y las piernas desnudas, con la camisa subida hasta la cintura y sujeta con una cuerda, empezó de nuevo su trabajo de arrastre. 

-¡La verdad es que así se está mejor! -dijo en voz alta. 

Sin saber por qué, tenía miedo. Desde hacía cinco días, que trabajaba en aquel sitio, pensaba sin cesar en las terroríficas narraciones que había oído siendo niña, y en aquellas muchachas que estaban ardiendo debajo del Tartaret, en castigo de pecados que nadie se atrevía a repetir. Indudablemente ya era demasiado crecida para creer en tales tonterías; pero, así y todo, ¿qué habría hecho si de pronto se le hubiese aparecido una mujer ardiendo? La sola idea la hacía sudar más. 

A cierta distancia, una compañera suya cogía la carretilla que ella llevaba, y la arrastraba hasta el plano inclinado, donde era recibida con las demás que bajaban de las galerías superiores, para formar los trenes. 

-¡Demonio! Qué cómoda te pones -dijo a Catalina su compañera, que era una viuda de treinta años-. Yo no puedo hacerlo, Pues los chiquillos del tren me fastidian con sus bromas.

-¡Bah! Yo me río de eso. Así se está más cómoda. 

Y volvió atrás, empujando una vagoneta vacía. 

Lo peor era que, en aquella profunda galería, se unía otra causa a la proximidad del Tartaret para hacer el calor más insoportable. Estaban al lado de una galería de Gastón María, abandonada a causa de una explosión de grisú que, diez años antes, había incendiado la veta, la cual seguía ardiendo, y estaba aislada por medio de una pared de arcilla, para evitar que se extendiese el desastre. Privado de aire, el fuego debía haberse apagado; pero sin duda corrientes desconocidas lo reavivaban, pues desde hacía diez años la pared de arcilla estaba caldeada como si fuera la pared de un horno; y de tal manera, que al pasar por ella no era posible sufrir el calor, ni mucho menos arrimarse al muro. Precisamente a lo largo de ésta, en una extensión de más de cien metros, se hacía arrastre, a una temperatura de sesenta grados. 

Después de otros dos viajes, Catalina sintió que se ahogaba nuevamente. Por fortuna, la galería era ancha y espaciosa. En el filón Deseado, uno de los más ricos de la mina, la capa de carbón tenía un metro noventa centímetros, y los obreros podían trabajar de pie. Pero habrían preferido menos comodidad y un poco más de fresco. 

-¡Eh! ¿Te duermes? -gritó violentamente Chaval cuando dejó de oír a Catalina-. ¿Quién diablos me mandó a mí cargar con un penco de tu especie? ¡Llena la carretilla, y trabaja, mala pécora! 

La muchacha estaba al pie de la cantera, apoyada en el mango de la pala, y se sentía acometida de cierto malestar mirándolos a todos, sin obedecer ni contestar palabra. Les veía mal, a la indecisa luz de las linternas, desnudos completamente como bestias, y tan negros, tan sudorosos, que su desnudez no la avergonzaba. Era una amalgama, una visión infernal de la que nadie se hubiera podido dar cuenta. Pero ellos, sin duda, la distinguían rnejor, porque dejaron de trabajar, y empezaron a gastarle bromas por haberse quedado en camisa. 

-¡Cuidado, que te vas a resfriar!

-¡Buenas piernas tienes! ¡Oye, Chaval, vale por dos! -¡Oh, hay que ver lo demás; anda, quítate ese trapo! 

Entonces Chaval, sin enfadarse por aquellas groserías, la emprendió con ella. 

-¡Sí; lo que es para eso, sirve!... ¡Oyendo porquerías, sería capaz de quedarse ahí hasta mañana! 

Catalina, con mucho trabajo, cargó la vagoneta otra vez, y empezó a empujarla. La galería era demasiado ancha para que pudiera llegar, abriéndose de piernas, de un lado a otro de la vía; sus pies descalzos se destrozaban contra los rieles buscando un punto de apoyo, mientras caminaba lentamente, con los brazos extendidos, para hacer fuerza; pero, cuando llegaba a la pared de arriba que les separaba de la veta incendiada, volvía a empezar el calor insoportable; el sudor corría a mares por todo su cuerpo, en gotas enormes, como lluvia de tormenta. Apenas había andado la tercera parte del camino, su camisa estrecha y negra, como si la hubieran mojado en tinta, se le pegaba a la piel, se le subía hasta la cintura por el movimiento que hacía con las caderas, y le molestaba tanto que de nuevo tuvo que detenerse. 

¿Qué le pasaba aquel día? Jamás se había sentido tan mal. Debía ser efecto de lo enrarecido del aire, porque hasta aquella galería lejana apenas llegaba la ventilación. Se respiraban allí toda clase de vapores que salían del carbón, con un ruidillo como el que produce el agua hirviendo, y en tal abundancia a veces, que las linternas apenas alumbraban; esto sin contar el grisú, en el cual nadie pensaba, a fuerza de respirarlo continuamente. Ella conocía bien aquel aire malo, aquel aire muerto, como dicen los mineros, gas de asfixia en las capas inferiores, gas capaz de dejar muertos a trescientos hombres de un golpe al estallar. Lo había respirado tanto y tanto desde su infancia, que se sorprendía al ver lo mal que lo soportaba ahora, pues le zumbaban horriblemente los oídos, y sentía la garganta apretada. Sin duda el calor tenía la culpa de que se sintiese tan mal.

Tal era su malestar, que experimentó la necesidad de quitarse la camisa. Aquella tela pegada al cuerpo se había convertido en un verdadero suplicio. Resistió un poco más y quiso seguir trabajando, pero se vio obligada a ponerse otra vez en pie. Y entonces se lo quitó todo, hasta la camisa, y con tal furia y tan febrilmente, que se hubiera quitado la piel de buena gana también. A gatas empezó de nuevo a empujar la carretilla, completamente desnuda, semejante a una fiera que trabajara a impulsos del látigo cruel del domador. 

Pero ni siquiera por haberse puesto desnuda se encontró mejor ni más aliviada. ¿Qué más podría quitarse? El zumbido de los oídos la trastornaba, y sentía las sienes comprimidas por una fuerza extraña. Cayó de rodillas. La linterna, que iba clavada en un montón de mineral, pareció apagarse. Sólamente la idea de subir la mecha sobrenadaba en aquella confusión de pensamientos que agitaba su cerebro. Dos veces quiso reconocer el farol, y dos veces lo vio palidecer, como si él tampoco pudiese respirar. De pronto se apagó. Entonces todo quedó envuelto en tinieblas; y Catalina empezó a sentir unos martillazos tremendos en la cabeza; su corazón, desfallecido, parecía a punto de dejar de latir, influido también por el cansancio terrible que entumecía todos sus miembros. Catalina se había echado hacia atrás, y se sentía agonizar en aquel aire asfixiante. 

-Me parece que sigue holgazaneando -gruñó la voz de Chaval. 

Se puso a escuchar desde lo alto de la cantera, y, no oyendo el ruido de arrastre, gritó: 

-¡Eh! ¡Catalina! ¡Mala víbora! 

La voz se perdía a lo lejos en la oscura galería y nadie le contestaba. -¿Quieres que vaya yo a hacerte trabajar? 

No se oyó ni el más ligero rumor; el mismo silencio de muerte. Chaval, furioso, bajó y corrió a buscar su linterna tan violentamente que por poco tropieza con el cuerpo de Catalina, que interceptaba la galería. Él, con la boca abierta, la miraba. ¿Qué tendría? ¿No sería pura gandulería y deseo de descansar? Pero al bajar la linterna para verle la cara, aquélla estuvo a punto de apagarse. La levantó, la volvió a bajar, y acabó por comprender lo que pasaba: aquello debía ser un principio de asfixia. Desapareció su violencia, y el sentimiento de fraternidad del minero surgió en él a la vista del peligro. Llamó para que le dieran su camisa; y, cogiendo a la muchacha, que había perdido el sentido, la levantó en alto cuanto pudo. Cuando hubieron echado al uno y al otro la ropa por la espalda, Chaval empezó a correr con toda su fuerza, sosteniendo con un brazo a su querida y llevando en el otro las dos linternas. Sin cesar de correr ni un momento, tomaba por aquellas largas galerías a la derecha, luego a la izquierda, buscando, desalentado, un poco de vida en el aire helado que entraba por el ventilador. Al fin oyó el ruido del agua, que corría por una filtración en la roca. Se encontraba en un cruce de galerías de arrastre que se hallaba abandonado, y que en otro tiempo servía para Gastón-María. El aire puro que entraba por el ventilador soplaba como un viento de tempestad; y el fresco era tan grande, que Chaval empezó a tiritar cuando se sentó en un montón de madera con su querida en brazos, y sin que hubiese recobrado el conocimiento. 

-Vamos, Catalina, ¡por Dios! No hagamos tonterías... Enderézate un poco mientras te refresco las sienes. 

Le asustaba verla tan débil. Sin embargo, pudo mojar la camisa en el chorro de agua, y le lavó la cara con ella. Catalina estaba como muerta, con aquel cuerpecillo de niña poco desarrollada, en el cual empezaban a apuntar las formas de la pubertad. Luego un estremecimiento agitó su pecho de chiquilla y su vientre y sus muslos y murmuró: 

-Tengo frío.

-¡Ah! Prefiero eso -exclamó Chaval, tranquilo ya. 

La vistió, metióle fácilmente la camisa, y se desesperó al ver las dificultades con que tropezaba para ponerle los pantalones, porque ella no podía ayudarle. 

La muchacha seguía aturdida, sin comprender dónde se hallaba ni por qué estaba desnuda. Cuando se acordó de todo, le dio vergüenza. ¿Cómo habría podido quedarse completamente desnuda? Y la pobre empezó a hacer preguntas a su querido. ¿La habían visto así, sin tener siquiera un pañuelo en la cintura para taparse? Él bromeaba, inventando historias, diciéndole que acababa de llevarla allí, atravesando por delante de todos los compañeros; pero luego, poniéndose serio, le dijo la verdad: que nadie había podido verla, porque corría como un desesperado. 

-¡Caramba!, me muero de frío -añadió, vistiéndose él también. 

Catalina jamás le había visto tan cariñoso. Ordinariamente, por cada palabra cariñosa que le dirigía, le decía mil improperios. ¡Hubiera sido tan bueno llevarse bien! En la languidez de su cansancio, sentía que le invadía una ternura extraña. Sonriéndole, murmuró en voz baja: 

-Dame un beso. 

Él se lo dio; luego se echó a su lado, esperando a que Catalina pudiese andar. 

-Ya ves cómo hacías mal regañándome, porque la verdad es que no podía trabajar, ni moverme siquiera. En la cantera tenéis menos calor; pero ¡si vieras cómo se ahoga uno en la galería!

-No cabe duda que estaríamos mejor a la sombra de los árboles... Pero es verdad que sufres mucho en esa pícara galería; ¡pobrecilla! 

Y tanto se conmovió Catalina oyéndolo hablar así, que se las quiso echar de valiente. 

-¡Oh! Todo será hasta que me acostumbre; no tengas cuidado; además, hoy es que el aire estaba muy viciado... Ya verás, en cuanto se me pase un poco, si trabajo como una fiera. Cuando no hay más remedio, hay que trabajar, ¿no es verdad? Preferiría reventar, a dejar el trabajo. 

Hubo un momento de silencio. Él la tenía cogida por la cintura, estrechándola contra su pecho, para hacerla entrar en calor. Ella, aunque se sentía ya con fuerzas para volver al trabajo, se abandonaba con delicia a las caricias de su amante. 

-Sólo que -añadió, hablando en voz muy baja- desearía yo que fueras un poco más cariñoso... ¡Oh! ¡Está una tan contenta, se siente tan feliz cuando no se rabia ni se disputa, queriéndose mucho uno a otro!... 

Y empezó a llorar.

-¿Y no te quiero yo mucho? -exclamó él-. Buena prueba de ello es que te he llevado a vivir conmigo. 

Ella no contestó más que con un movimiento de cabeza.- Hay hombres que se llevan mujeres para vivir con ellos, sin importarles un ardite que sean o no felices. Sus lágrimas corrían abundantes, al pensar lo muy dichosa que sería si hubiese tropezado con otro hombre que la tuviera siempre cogida como Chaval entonces, estrechándola cariñosamente contra el pecho. ¿Otro hombre? Y la imagen vaga de aquel otro se le aparecía en medio de su emoción. Pero no había remedio; ya no podía esperar más que vivir siempre con aquél, y lo único que deseaba era que no la maltratara tanto. 

-Procura estar siempre como ahora... 

Los sollozos la interrumpieron; Chaval le dio otro beso, y la abrazó con cariño. 

-¡Qué tonta eres!... Mira, te juro que seré cariñoso. Cree que no soy peor que otro cualquiera. Tal vez...

Ella, que le miraba, acabó por sonreír. Quizás tenía él razón, y lo mismo le habría sucedido con el otro, porque era difícil encontrar mujeres felices. Después, a pesar de no fiarse de su juramento, se entregaba con deleite a la esperanza de que lo cumpliría. ¡Ah! ¡Si pudiera durar aquello!... Abrazados estaban cariñosamente cuando el ruido de unos pasos les hizo incorporarse. Tres compañeros que les habían visto pasar, acudían para enterarse de lo que había sucedido. 

Se marcharon de allí todos juntos. Eran cerca de las diez, y se pusieron a almorzar en un rincón fresco, antes de volver al trabajo y comenzar a sudar de nuevo. 

Pero no habían acabado de comerse las dos tostadas de su almuerzo y de echar un trago de café que llevaban en las cantimploras, cuando les puso sobre aviso un rumor vago que salía de las canteras lejanas. A cada momento se cruzaban con grupos de mineros: hombres, mujeres y chiquillos que corrían en tropel en medio de la oscuridad; y nadie sabía qué era aquello; pero indudablemente se trataba de una gran desgracia. Poco a poco la mina entera se ponía en movimiento, y por todas partes veían sombras que se agitaban y linternas vacilantes que corrían como fuegos fatuos. ¿Qué pasaba? ¿Por qué no lo decían? 

De pronto pasó un capataz gritando: 

-¡Qué cortan los cables! ¡Qué cortan los cables! 

Entonces se apoderó el pánico de todas aquellas gentes. Aquello fue un galopar de furias por las oscuras y estrechas galerías. ¿Por qué cortaban los cables? ¿Quién los cortaba estando abajo todos los obreros? La cosa parecía monstruosa. 

Pero pronto se oyó la voz de otro capataz que pasaba corriendo, y gritando: 

-¡Los de Montsou cortan los cables! ¡Qué salga todo el mundo! 

Cuando hubieron comprendido, Chaval detuvo a Catalina. La idea de encontrarse arriba con los de Montsou, si llegaba a salir, le llenaba de terror. ¡Al fin había ido a cumplir su promesa aquella partida de exaltados que él creía en manos de los gendarmes! Por un momento pensó en desandar lo andado, y salir por el pozo de Gastón María, pero por allí no se hacían maniobras, y hubiera sido necesario tener cuerdas para subir. 

Chaval juraba, vacilando, ocultando el miedo que sentía, y repitiendo que era un disparate correr de aquel modo despavorido. ¿Habían de dejarlos enterrados allí? 

En aquel momento se oyó la voz del capataz que repetía: ¡Qué todo el mundo salga! ¡A las escalas! ¡A las escalas! 

Y Chaval, a pesar de su cólera, fue arrastrado por los demás compañeros, los cuales seguían corriendo en tropel. 

Se sintió nuevamente acometido del pánico y empujaba a Catalina regañándola porque no corría bastante. ¿Quería que se quedaran allí solos y se murieran de hambre? Porque los bandidos de Montsou eran capaces de cortar las escalas sin esperar a que saliera la gente. Aquella monstruosa suposición acabó de sacar a todos de quicio, y desde aquel momento, en las estrechas galerías no se sintió sino el ruido producido por la carrera vertiginosa de aquellos desdichados, cada uno de los cuales pensaba en llegar el primero para coger las escalas antes que los demás. Aquéllos gritaban que éstas se hallaban ya rotas, y que nadie podía salir. Y cuando empezaron a desembocar por grupos tumultuosos en la sala donde se hallaba la boca del pozo, fue aquello una verdadera batalla campal; todos se abalanzaron precipitándose como furias a las estrechas galerías de las escalas, en tanto que un mozo de cuadra, viejo, que acababa de llevar prudentemente los caballos al establo, los miraba con desdeñosa expresión, seguro de que le sacarían de allí. 

-¡Sube delante de mí! -gritó Chaval a Catalina-. Al menos te sujetaré si te caes. 

Asustada, sin poder respirar después de aquella furiosa carrera de tres kilómetros que otra vez la había llenado de sudor, Catalina se abandonaba a los empujones de la muchedumbre. Entonces Chaval la cogió de un brazo con tal fuerza, que parecía que se lo iba a romper, y ella exhaló un quejido, mientras las lágrimas se agolpaban a sus ojos: ya se había olvidado Chaval de su juramento: jamás sería cariñoso -con ella; decididamente no podía ser feliz. 

-¡Pasa de una vez! -gritó él, colérico. 

Pero ella le tenía miedo. Si subía delante, la iría martirizando todo el camino. Y así fue pasando el tiempo, mientras la turba de compañeros suyos los rechazaba, echándolos a un lado. De las filtraciones corrían gruesas gotas de agua, que tenían convertido en un lodazal el piso de la sala donde estaba el pozo de subida. Precisamente allí, en Juan-Bart, dos años antes, había ocurrido un accidente terrible, por haberse roto los cables del ascensor, a consecuencia del cual habían muerto varias personas. Y pensaban en aquello, temiendo que sucediera ahora lo mismo, y que perecieran allí todos. 

-¡Maldita seas; quédate y revienta! -gritó Chaval-; ¡así me veré libre de ti! 

Y subió a la escala; ella le siguió. 

Desde el fondo hasta arriba había ciento dos escalas de unos siete metros cada una, empalmadas en una especie de cañón de chimenea de setecientos metros, entre la pared del pozo de subida y la del departamento de extracción; un cañón de chimenea oscuro, y que parecía no acabarse nunca. Un hombre fornido y robusto necesitaba, cuando menos, veinticinco minutos para subir toda aquella descomunal chimenea. Es verdad que las escalas no se usaban sino en caso de accidente, o cuando se rompían los ascensores. 

Catalina, al principio, subió perfectamente. Sus pies desnudos estaban acostumbrados a las escabrosidades del suelo de las galerías, para que le pareciesen incómodos aquellos peldaños de madera, guarnecidos de cobre a fin de que no se estropearan con el uso. Sus manos, endurecidas con el trabajo de arrastre, se agarraban sin dificultad a los peldaños superiores, aún cuando resultaban demasiado gruesos para ella. Y no sólo no le era difícil sino que aquella subida inesperada le ocupaba la imaginación, no dejándole pensar en sus desventuras. La cadena de los que subían era tan larga, que cuando los primeros llegaran arriba, los últimos no habrían aún cogido las escalas. Pero por desgracia no estaban en aquel caso todavía. Los primeros debían hallarse, cuando más, a una tercera parte del camino. Nadie hablaba, no se oía más que el ruido de los pies, mientras las linternas, semejantes a lucecillas de fuegos fatuos, se extendían de arriba abajo en una línea que cada vez iba siendo más grande. 

Detrás de ella, Catalina oía a un chiquillo que iba contando los escalones. Se le ocurrió a ella hacer lo mismo. Habían subido ya quince escalas, y llegaban en aquel momento a uno de los pisos de la mina. Pero en el mismo instante también tropezó con las piernas de Chaval, quien le soltó un juramento, diciéndole que pusiera cuidado. De pronto, toda la columna de obreros que subía se vio detenida. ¿Qué era aquello? ¿Qué pasaba? Y todos, de silenciosos que estaban, se volvieron vocingleros, para preguntar y lanzar gritos de espanto. La angustia aumentaba sobre todo entre los de abajo, a quien lo desconocido del peligro llenaba de pavor. Uno gritó que era necesario volver atrás, porque habían cortado las escalas. La preocupación general era el miedo de encontrarse sin poder salir. Luego, de boca en boca, empezó a bajar la explicación de que un minero se había caído. Pero con seguridad nadie sabía lo que pasaba, y todos chillaban en horrible confusión-. ¿tendrían que estar allí todo el día? Por fin, sin averiguar la causa de la detención, continuó la subida con el mismo movimiento lento y penoso, acompañado del ruido sordo que producían los pies, y del danzar de las lucecillas de las linternas. Seguro que más arriba encontrarían las escalas cortadas. 

Al llegar a la que hacía treinta y dos, pasando precisamente por otro piso de la mina, Catalina sintió gran rigidez en los brazos y en las piernas. Primero había notado un extraño cosquilleo en la piel; luego dejó de sentir los escalones bajo sus pies y sus manos. Un dolor, vago al principio, muy intenso después, le entumecía los músculos. Y en el aturdimiento que se iba apoderando de todo su ser, recordaba una historia que había oído contar a su abuelo Buenamuerte, hablando de los tiempos en que él era aprendiz, época en la cual las muchachas, desnudas, cargándose el carbón a las espaldas, subían por la escala de tal modo, que si cualquiera de ellas resbalaba o dejaba caer un pedazo de carbón, tres o cuatro se iban a estrellar contra el fondo del pozo. Aquel recuerdo la asustaba, le producía el efecto de una horrible pesadilla, y los calambres que experimentaba eran tan grandes que empezaba a perder la esperanza de volver a ver la luz del día. 

Tres veces, nuevas detenciones le permitieron respirar un poco; pero el espanto que comenzaba en los que subían delante y se comunicaba a todos, acabó de aturdirla. Encima y debajo de ella las respiraciones se hacían fatigosas; el vértigo de aquella ascensión interminable causaba náuseas a todos. Catalina se ahogaba, ebria de tinieblas y dolorida de los desgarrones que se hacía en la piel al chocar contra las paredes del pozo. Tiritaba también, a causa de la humedad, con el cuerpo sudoroso, a pesar de las gotas de agua que de continuo la mojaban. Iban acercándose sin duda al nivel, porque la humedad se había convertido en una lluvia tan copiosa, que amenazaba apagar las linternas. 

Dos veces interrogó Chaval a Catalina sin obtener respuesta. ¿Qué demonios le sucedía? ¿Estaba muda? Bien podía decirle si se sentía aún con fuerzas. Hacía media hora que estaban subiendo, pero tan lentamente, con tales detenciones, que no habían llegado más que a la escala cincuenta y nueve. Aún faltaban cuarenta y tres. Catalina, casi tartamudeando, acabó por contestar a su amante que todavía podía resistir. Si hubiese contestado que estaba cansada, la habría insultado, seguro. El filo de hierro de los peldaños la mortificaba tanto como si le aserraran con ellos la planta de los pies. Cada vez que subía un nuevo escalón, creía que se le iban a ir las manos, tan entumecidas ya, que no podía cerrar los dedos; y se veía caer de espaldas, con los hombros destrozados y rotos todos los huesos. Lo que más le hacía sufrir era la pendiente en que se hallaban situados los peldaños, que la obligaba a subir a fuerza de puños, lastimándose el vientre contra las cuerdas y las maderas. Lo anhelante de las respiraciones apagaba ya el ruido de los pies; aquel respirar era una especie de quejumbre que se elevaba del fondo del pozo, y que no concluía hasta llegar a la boca del mismo. De pronto se oyó un grito general: un aprendiz acababa de perder pie, y se había abierto el cráneo contra el filo de hierro de un peldaño. 

Catalina seguía subiendo. Pasaron del nivel. La lluvia había cesado; pero la opresión aumentaba, destrozando los pechos en medio de aquel enrarecido aire de cueva, emponzoñado además por el olor de hierro viejo y de madera húmeda. Maquinalmente, Catalina se obstinaba en contar en voz baja las escalas que subían: ochenta y una, ochenta y dos, ochenta y tres; todavía faltaban diecinueve... Aquellas cifras repetidas la sostenían, pues realmente ya no tenía conciencia de sus pensamientos; alzaba los miembros sólo por la fuerza adquirida, y se hallaba en un estado de doloroso sonambulismo. En torno suyo, cuando levantaba los ojos, las linternas giraban en espiral. Ya le chorreaba sangre de las manos y de los pies; el menor accidente la precipitaría hasta el fondo. Lo peor era que los que subían detrás empujaban, ansiosos por llegar, y se luchaba en la semioscuridad de aquella maldita chimenea a impulsos de la cólera creciente y del anhelante afán de ver la luz del sol. Algunos compañeros, los que iban delante, habían salido ya; luego no era cierto que hubiese escalas cortadas; Pero la idea de que pudiesen cortarlas, impidiendo salir a los que iban detrás, cuando ya los otros respiraban el aire libre, acababa de volverlos locos. Y como en aquel momento se produjera una nueva detención, todos empezaron a jurar y blasfemar, y siguieron subiendo a empujones, queriendo cada cual pasar por encima del que llevaba delante, anhelando ser cada uno el primero que llegase. 

Entonces se desvaneció Catalina. Había gritado llamando a Chaval, con la fuerza de la desesperación. Pero él no la oyó, porque estaba riñendo más arriba con otro compañero, clavándole los talones en el costado para pasar antes que él. Creyó rodar hecha un ovillo. En su aturdimiento, le parecía ser una de aquellas muchachas que en otra época subían el carbón a cuestas, y que un accidente ocurrido encima de ella la precipitaba hasta el fondo del pozo, como si fuera una piedra. No faltaban que subir más que cinco escalas, y llevaban subiendo cerca de una hora. De pronto se encontró deslumbrada por la luz del sol, y rodeada de una turba numerosa que vociferaba horriblemente. 

III

Aquel día, desde antes de amanecer, un estremecimiento extraño había agitado los barrios de los obreros; un estremecimiento que no tardó en propasarse por los caminos, a través del campo. Pero no habían podido salir todos juntos como convinieran la noche antes, porque temprano circularon rumores de que los dragones y los gendarmes de caballería recorrían las carreteras y todos los caminos en previsión de algún desorden. Decíase que aquellas fuerzas habían llegado a Douai la noche antes, y se acusaba a Rasseneur de haber delatado a los amigos, una muchacha juraba y perjuraba que había visto pasar a un criado del señor Hennebeau con un telegrama de la estación inmediata. Los mineros apretaban los puños y espiaban la llegada de los soldados a través de las persianas de sus ventanas y a la indecisa claridad del amanecer. 

A eso de las siete y media, al salir el sol, circuló otra noticia tranquilizadora para los impacientes. Aquello era una falsa alarma, un simple paseo militar, como otros que se habían producido por orden del gobernador de Lille desde la declaración de la huelga. Los huelguistas odiaban a la referida autoridad, a quien acusaban de haberlos engañado con la promesa de una intervención conciliadora, intervención que se había reducido a mandar cada ocho días destacamentos de tropas que desfilaban por Montsou para mantenerlos en orden. Así es que cuando vieron que los dragones y gendarmes tomaban tranquilamente el camino de Marchiennes, contentos con haber hecho sonar los cascos de sus caballos por el endurecido suelo de Montsou, se burlaron de las ocurrencias del gobernador y de sus soldados, que se marchaban precisamente cuando se iba a armar la gorda. Hasta las nueve tuvieron paciencia, paseándose tranquilamente por delante de sus casas, haciendo tiempo para que desaparecieran los soldados. Los burgueses de Montsou dormían todavía con la cabeza reclinada en sus almohadas de pluma. En la dirección se acababa de ver salir a la señora Hennebeau en carruaje, dejando a su marido, sin duda dedicado al trabajo, porque el caserón, silencioso y sombrío, no daba señales de vida. Ninguna mina se hallaba ocupada militarmente; aquello había sido la fatal imprevisión en el momento del peligro, la torpeza natural en todas las catástrofes, la falta que todos los gobiernos pueden cometer cuando se necesita apreciar los hechos tal y como son, sin fiarse de las apariencias. 

Y apenas dieron las nueve, los carboneros tomaron el camino de Vandame, para acudir a la cita que se habían dado la noche antes en el bosque. 

Desde luego comprendió Esteban que en Juan-Bart no se hallarían los tres mil compañeros que se habían comprometido a asistir. Muchos habían creído que se aplazaba la manifestación, y era demasiado tarde para enviar contraorden, pues los que se hallaban en camino echarían tal vez a perder la cosa, si no iba él a ponerse al frente; un centenar de obreros, que habían salido de sus casas antes de amanecer, estaban escondidos en el bosque, aguardando la llegada de los demás para incorporarse a la manifestación. Souvarine, con quien Esteban consultó, se encogió de hombros: diez hombres resueltos servían más que una turba desorganizada; después de decir esto, se concentró de nuevo en el libro que estaba leyendo, y se negó a acompañar a su amigo. Todo aquello, decía el ruso, amenazaba acabar con sensiblerías, cuando nada más fácil que terminar la cuestión prendiendo fuego a Montsou por los cuatro costados. Sin embargo, prometió a Esteban ir a reunirse con él, si la cosa iba de veras. Cuando éste bajaba del cuarto de su amigo, vio a Rasseneur sentado junto a la chimenea, muy pálido, mientras su mujer, siempre vestida de negro, le interpelaba duramente. 

Maheu opinó que debía cumplirse la palabra. La cita era cosa sagrada. No obstante, la noche había calmado la fiebre que agitaba a todos, y Maheu, temeroso de que cometieran atropellos, dijo que su deber era acudir a Juan-Bart para evitarlos. Su mujer asentía con movimientos de cabeza. Esteban repetía con complacencia que era necesario actuar revolucionariamente, sin preocuparse por la vida de unos cuantos. Antes de salir se negó a comer la ración de pan que habían guardado días antes con una botella de ginebra; pero, en cambio, se bebió tres copas de licor, una tras de otra, para quitarse el frío, y después se llevó consigo una cantimplora llena del mismo líquido. Alicia se quedó al cuidado de los niños. El viejo Buenamuerte, con las piernas doloridas de haber andado mucho la víspera, se quedó en la cama. 

Por prudencia no salieron todos a la vez. Juan hacía tiempo que había desaparecido. Maheu y su mujer salieron juntos, dirigiéndose a Montsou dando un rodeo, mientras Esteban se encaminaba al bosque, donde se reuniría con los compañeros, que estaban esperando. En el camino se encontró con un grupo de mujeres, entre las cuales se hallaba la Quemada y la mujer de Levaque: por el camino iban comiendo castañas que llevaba la Mouquette, y devoraban hasta las cáscaras, a fin de llenarse el estómago de cualquier cosa y engañar el hambre. Pero en el bosque no encontró a nadie, porque los compañeros suyos habían salido ya para Juan-Bart. Echó a correr, y llegó a la mina precisamente cuando un grupo de unos cien hombres penetraba en ella. Por todas partes desembocaban mineros; los Maheu por el camino real, las mujeres a campo traviesa, todos a la desbandada, sin jefes, sin armas, yendo a parar a aquel sitio como agua desbordada que sigue los declives de un mismo terreno. Esteban vio a Juan, que estaba subido en una ventana, colocado allí como quien se dispone a ver un espectáculo. Corrió con más fuerza, y fue uno de los primeros en entrar. En aquel momento el grupo de manifestantes se componía de unas trescientas personas. 

Cuando Deneulin apareció en lo alto de la escalera que conducía a las oficinas, hubo un instante de vacilación. 

-¿Qué queréis? -preguntó aquél con voz de trueno. 

Después de haber visto desaparecer el carruaje de la señora de Hennebeau, donde iban sus hijas, volvió a la mina, acometido de cierta vaga inquietud. Lo halló todo en buen orden; el descenso de obreros se había producido sin novedad, y Deneulin charlaba tranquilamente con el capataz mayor cuando le advirtieron que se acercaban los huelguistas. 

Rápidamente se apostó detrás de una ventana del taller de cerner; y al ver aquellas turbas que invadían su propiedad, tuvo enseguida la evidencia de que sería impotente para evitar los desastres que iban a ocurrir. ¿Cómo defender aquellos edificios abiertos a los cuatro vientos? Apenas podría agrupar en torno suyo una veintena de obreros. Estaba perdido. 

-¿Qué queréis? -repitió, lívido de cólera y haciendo un esfuerzo para afrontar valerosamente el desastre. 

Un sordo rumor se elevó de entre la muchedumbre, y hubo grandes empujones. Esteban se destacó del grupo, diciendo: 

-Señor, no venimos a hacer mal ninguno. Pero es preciso que no se trabaje en ninguna parte. 

Deneulin, sin andarse por las ramas, lo trató sencillamente de imbécil. 

-¿Creéis que no me hacéis daño si se declara la huelga aquí? Pues es lo mismo que si me pegarais un tiro a traición... Sí; mis obreros están abajo, y no saldrán sin que antes me hayáis asesinado. 

La rudeza de este lenguaje produjo murmullos amenazadores en las turbas. Maheu tuvo que contener a Levaque, que se precipitaba amenazador, mientras Esteban seguía parlamentando para convencer al señor Deneulin de la razón de sus procedimientos revolucionarios. Pero éste contestaba, hablando del derecho a la libertad del trabajo. 

Además, se negaba a discutir tales tonterías, porque él era el amo en su casa. El único remordimiento que tenía era haberse negado a que le dejaran allí unos cuantos gendarmes para barrer a la canalla y echarla de su casa. 

-Es culpa mía y no debo quejarme. Me sucede lo que merezco. Con la gente de vuestra especie, no hay más razón que la de la fuerza. Eso es lo mismo que cuando el Gobierno piensa en aplacaros con concesiones. Lo echaréis abajo cuando os haya dado él mismo armas para hacerlo.

-Le ruego, señor Deneulin, que dé orden para que suban sus obreros, pues si no, no respondo de poder dominar a mis compañeros. Puede usted evitar una gran desgracia -dijo Esteban bajando la voz, tembloroso, y conteniéndose apenas.

- ¡Iros al diablo, granujas! ¿Qué tengo yo que ver con vosotros? No sois de mis minas, y no tenéis nada que discutir ni tratar conmigo... Los que corretean así los campos para saquear las casas, no son más que un atajo de bandidos. 

Grandes gritos ahogaban su voz; las mujeres, sobre todo, le insultaban. Y él, empeñado en defenderse contra las turbas, encontraba cierto consuelo en hablar con aquella franqueza. Puesto que de todos modos estaba perdido, no quería acobardarse inútilmente. Pero el número de los manifestantes iba en aumento; ya había cerca de quinientos, y probablemente lo hubieran matado, si su capataz mayor no hubiera tirado de él violentamente, diciendo: 

-¡Por Dios, señor!... Esto va a ser una carnicería. ¿Por qué permitir que se mate la gente inútilmente? 

Deneulin trataba de desasirse de manos de su subordinado, y protestaba con todas sus fuerzas, insultando a las turbas. 

-¡Canallas, ladrones! ¡Ya nos veremos cuando dejéis de ser los más fuertes! 

Se lo llevaron de allí, porque un formidable empujón de la muchedumbre había lanzado a los que estaban delante hasta los primeros escalones que conducían a las oficinas. Las mujeres eran las más furiosas y las que excitaban a los hombres. La puerta cedió de repente, porque estaba cerrada sólo con el picaporte. Pero la escalera era demasiado estrecha, y las turbas habrían tardado mucho en entrar por ella, si los de más atrás no hubieran decidido penetrar por las ventanas. Entonces la muchedumbre se desbordó por todas partes: por la barraca, por el taller de cerner, por el departamento de máquinas y el de calderas. En menos de cinco minutos se vieron dueños de toda la mina; recorrían todos los departamentos en medio de una baraúnda terrible de gestos y de gritos, celebrando la derrota que imponían a aquel capitalista, que había querido resistir su empuje. 

Maheu, asustado del giro que iba tomando la cosa, entró uno de los primeros, diciendo a Esteban: 

-¡Es preciso que no maten a nadie! 

Éste corría ya. Luego, cuando comprendió que el señor Deneulin se había refugiado en el cuarto de capataces, le contestó: 

-¿Y qué? Si sucede algo, no será culpa nuestra. ¿Quién le manda ser tan animal? 

Pero se sentía lleno de inquietud, porque estaba demasiado sereno para asentir a que se cometiese un crimen. Sufría también en su orgullo de jefe viendo que los manifestantes desconocían su autoridad, extralimitándose en el frío cumplimiento de la voluntad del pueblo, tal como él lo comprendía. En vano reclamaba sangre fría y tranquilidad, gritándoles que era necesario no dar la razón a sus enemigos con actos de destrucción inútil. 

-¡A las calderas! -bramaba la Quemada-. ¡Apaguemos los fuegos! 

Levaque, que había encontrado una lima, la agitaba a guisa de puñal, dominando el tumulto con voces terribles de: 

-¡Cortemos los cables! ¡Cortemos los cables! 

Todos repitieron los mismos gritos; menos Esteban y Maheu, que, aturdidos, seguían protestando y hablando en medio de aquel tumulto, sin lograr ser escuchados. Al fin el primero pudo decir: 

-¿No sabéis que hay gente abajo, y que son camaradas nuestros? 

El estrépito redobló; aquellas quinientas o seiscientas personas hablaban todas a la vez.

-¡Mejor! ¡No debían haber bajado!... ¡Bien empleado les está a los traidores!... ¡Sí, sí; que se queden ahí!... ¡Además, tienen las escalas para subir! 

Entonces comprendió Esteban que no había más remedio que ceder. Y temiendo un desastre mayor, se precipitó a la máquina, tratando de subir cuando menos los ascensores, para que, al ser cortados los cables, no se desprendieran aquéllos y aplastasen a la gente que había en el fondo. El maquinista había desaparecido, así como los demás obreros que trabajaban de día, y él mismo tuvo que hacer la maniobra que pensaba mandar, ayudado por Levaque y otros dos. Apenas vieron los ascensores descansando en los goznes, cuando se empezó a oír el chirriar de las limas cortando los cables. Hubo un momento de silencio; aquel ruido pareció llenar toda la mina; todos levantaban la cabeza, y escuchaban y miraban sobrecogidos de emoción. Maheu, en primera fila, se sentía invadido por una extraña furia, como si los dientes de la lima le arrancaran todos los miramientos, al cortar el cable de uno de aquellos pozos de miseria y de sufrimientos, donde no quería volver a bajar. 

La Quemada había desaparecido por la escalera de la barraca sin dejar de gritar: 

-¡Hay que apagar los fuegos! ¡A las calderas! ¡A las calderas! 

Varias mujeres la seguían. La de Maheu se apresuró, para evitar que lo rompieran todo, lo mismo que su marido había tratado de apaciguar a los hombres. Ella era la más serena; se podía reclamar lo que era justicia, sin estropear las cosas que no eran de uno. Cuando entró en el cuarto de las calderas, las mujeres estaban echando de allí a los dos fogoneros, y la Quemada, con una pala en la mano, en cuclillas delante de uno de los hornos, lo desocupaba violentamente, tirando la hulla incandescente sobre los ladrillos, donde seguía ardiendo y humeando. Había diez hornos para los cinco generadores. Las mujeres fueron poco a poco entusiasmándose: la de Levaque, manejando una pala con las dos manos; la Mouquette, alzándose las faldas hasta más arriba de las rodillas para no quemárselas; todas desgreñadas y sudorosas, semejando furias del averno bailando a los rojizos resplandores del carbón ardiendo. El montón de hulla incandescente iba aumentando, y caldeaba ya el techo de la espaciosa habitación. 

-¡Basta ya! -gritó la mujer de Maheu-. Va a arder todo.

-¡Mejor! -respondió la Quemada-. Así acabaremos antes. ¡Bien decía yo que les haría pagar caro la muerte de mi marido! 

En aquel momento se oyó la voz de Juan, el cual gritaba desde lo alto d e las calderas: 

-¡Cuidado! ¡Yo apagaré! ¡Voy a soltarlo todo! 

Había sido uno de los primeros en entrar; había pasado por entre las piernas de todos, y entusiasmado con aquel tumulto, buscaba el abrir los grifos de escape para que saliese el vapor. Las válvulas quedaron abiertas; las cinco calderas se desocuparon con silbidos espantosos de tempestad, y haciendo tal estrépito, que la sangre brotaba de los oídos. Todo había desaparecido en medio del vapor; el fuego del carbón palidecía; las mujeres no eran ya más que sombras confusas. Sólo se veía al chiquillo, allá en lo alto, detrás de los torbellinos de humo blanco, con aire satisfecho, la boca sonriente de complacencia, por haber desencadenado él solo aquel huracán. 

Aquello duró cerca de un cuarto de hora. Unas mujeres echaron algunos cubos de agua sobre el montón de carbón para apagarlo; todo peligro de incendio había desaparecido. Pero la cólera de las turbas no se aplacaba; muy al contrario: se excitaba más y más con los primeros destrozos. Algunos hombres bajaban con martillos, después de haber cortado los cables; las mujeres también se armaban de barras de hierro, y se hablaba de romper los generadores, de destrozar las máquinas, de demoler toda la mina. 

Esteban se apresuró a acudir, acompañado de Maheu. Él mismo se embriagaba, sintiéndose presa de aquella fiebre de venganza. Luchaba, sin embargo, gritaba que tuvieran prudencia, ya que los cables estaban cortados, los fuegos apagados y las calderas desocupadas, y, por lo tanto, que era imposible trabajar. Pero nadie le escuchaba, y ya iban a emprender nuevas hazañas, cuando empezaron a oírse gritos junto a una puertecilla que había a la parte de afuera donde desembocaba el pozo de las escalas. 

-¡Mueran los traidores! -gritaban- ¡Canallas, cobardes, matadlos!,.. ¡Mueran! ¡Mueran! 

Era que empezaban a salir los mineros del fondo. Los primeros, deslumbrados por la luz del sol, permanecían inmóviles, parpadeando con fuerza. Luego desfilaron llenos de espanto, y trataron de ganar el campo y escaparse. 

-¡Mueran los cobardes! ¡Mueran los falsos amigos! 

Toda la partida de huelguistas había acudido al mismo sitio. En menos de tres minutos no quedó ni un solo hombre dentro del edificio: los quinientos de Montsou se colocaron en dos filas para obligar a los traidores de Vandame a que pasasen por allí. Y a cada minero que aparecía en la puerta del pozo, con el traje hecho jirones y lleno del barro negro del trabajo, redoblaban los gritos amenazadores y las bromas groseras de todo género. ¡Oh! Ése tiene tres pulgadas de piernas, y las posaderas enseguida; aquél tiene la nariz comida por las tías perdidas del Volcán; y ese otro tiene un ojo que le chorrea aceite y otro vinagre. Una mujer que salió, enormemente gorda, con el seno cayéndole sobre el vientre, levantó una gritería espantosa y una de esas risas que no pueden ser descritas. Todos querían tocarla; las bromas se iban plasmando, rayaban en la crueldad, y los puñetazos llovían, mientras continuaba el desfile de aquellos pobres diablos, temblorosos, callados, sufriendo las injurias, esperando los golpes con oblicuas miradas, felices y satisfechos si al fin se lograban ver a salvo, corriendo por el campo, fuera de la mina. 

-¡Ah, demonios! ¿Cuántos hay ahí dentro? -preguntó Esteban. 

Se admiraba de ver salir tanta gente, y se irritaba al pensar que no era cuestión de unos cuantos obreros, acosados por el hambre y aterrorizados por los capataces. De modo que lo habían engañado en la reunión del bosque, puesto que casi todos los de Juan-Bart estaban trabajando. Pero de pronto se le escapó un grito de despecho y se precipitó hacia Chaval, que salía del pozo. 

-¡Rayos y truenos! ¿Para eso nos has hecho venir aquí? 

De nuevo estallaron las imprecaciones, y hubo en las turbas un movimiento de avance, como para caer sobre el traidor. ¡Cómo! ¡Había jurado con ellos la noche antes, y ahora resultaba que estaba trabajando con los demás! ¡Luego se había burlado de la gente de un modo indigno! 

-¡Tiradlo al pozo! ¡Tiradlo al pozo! 

Chaval, blanco de terror, tartamudeaba, procurando explicarse. Pero Esteban le interrumpió, fuera de sí, participando del furor general: 

-¡Has querido bajar! ¡Pues bajarás, canalla!... ¡Vamos; en marcha, granuja! 

Otro clamor general ahogó sus palabras. Catalina, a su vez, acababa de aparecer, deslumbrada por el resplandor del día y asustada de verse en las garras de aquellos salvajes. Y con las piernas destrozadas por aquella ascensión de doscientas escaleras, con las palmas de las manos ensangrentadas, empezaba a darse cuenta de lo que sucedía, cuando la Mouquette se acercó a ella con la mano levantada. 

-¡Ah, bribona! ¡Tú también!... ¡Tu madre muriéndose de hambre, y tú haciéndole traición por tu querido! 

Maheu cogió aquel brazo, y evitó la bofetada. Pero zarandeaba a su hija y se enfurecía como su mujer, reprobando su conducta; uno y otra perdían la cabeza, y vociferaban más fuerte que los demás. La presencia de Catalina acabó por exasperar a Esteban, que repitió: 

-¡En marcha! ¡A las otras minas! Y tú vienes con nosotros, grandísimo canalla. 

Chaval apenas si tuvo tiempo de coger los zuecos en la barraca y echarse el abrigo de lana sobre los helados hombros, cuando se vio arrastrado, obligado a galopar en medio de los grupos. Y Catalina, aturdida, se ponía también los zuecos, se colocaba la chaqueta de hombre que le servía de abrigo, y echaba a correr detrás de su amante, no queriéndole abandonar, porque seguro que iban a asesinarle. Entonces, en dos minutos, Juan-Bart quedó desierto. Juan, que había encontrado una bocina, tocaba con ella, produciendo roncos sonidos, como si hubiera estado llamando a los bueyes. Las mujeres, la de Levaque, la Quemada y la Mouquette, se recogían las faldas, para correr mejor; mientras Levaque, con un hacha en la mano, maniobraba con ella como si fuese el bastón de un tambor mayor. Otros huelguistas iban llegando a cada momento; ya eran cerca de mil, sin orden ni concierto, sin jefe, apareciendo por los caminos como un torrente desbordado; como la vía de salida era muy estrecha, rompieron las empalizadas. 

-¡A las minas! ¡Mueran los traidores! ¡No se trabaja más! 

Y bruscamente Juan-Bart quedó sumido en un completo silencio. Ya no había nadie, ni un solo hombre. 

Deneulin, que había salido del cuarto de los capataces prohibió que nadie le siguiese: pálido y tranquilo, visitaba la mina. Primero se detuvo en la boca del pozo, levantando los ojos para mirar los cables cortados; los cabos de acero pendían inútiles; la mordedura de la lima había dejado una herida fresca, que brillaba en la negrura del aceite de engrasar. Luego subió a la máquina, contempló largo rato sus piezas rotas, semejantes a las articulaciones de un miembro colosal atacado de repentina parálisis; tocó el metal, que ya estaba frío, y sintió un extraño estremecimiento, como si acabara de tocar un muerto. Luego bajó a las calderas, paseó lentamente por encima de los apagados carbones, y golpeó con el pie los generadores, que sonaban a hueco... ¡Aquello era la ruina! ¡Ya no había remedio! Aunque pudiera volver a encender los fuegos y arreglar los cables, ¿dónde iba a buscar gente? Quince días más de huelga, y tendría que declararse en quiebra. 

Y ante la certeza de su desastre, ya no odiaba a los bandidos de Montsou, porque comprendía la existencia de cierta complicidad, de una falta general y secular. Los de Montsou eran unos brutos seguramente, pero brutos que no sabían leer y que se morían de hambre.

IV

Y la muchedumbre de huelguistas invadió la llanura, blanca de escarcha a la pálida luz de aquel sol de invierno, y se alejó desbordándose por la carretera a través de los sembrados de remolacha. Esteban había tomado el mando. Sin que nadie se detuviera, daba sus órdenes, organizando la marcha. Juan galopaba a la vanguardia, haciendo sonar la bocina. Luego, en las primeras filas, caminaban las mujeres, algunas armadas con palos; la mujer de Maheu, con una expresión salvaje en los ojos, miraba como buscando la prometida tierra de la justicia; la Quemada, la de Levaque, la Mouquette, alargando el paso cuanto podían, bajo sus andrajos, como soldados que parten para la guerra. En caso de tener un mal encuentro, verían si los gendarmes osaban hacer fuego contra las mujeres. Luego seguían los hombres en una confusión indescriptible, armados de barras de hierro y palos, dominados todos por el hacha de Levaque, cuyo acero brillaba a los rayos del sol. 

En el centro, Esteban no perdía de vista a Chaval, a quien obligaba a caminar delante de él; mientras Maheu, detrás, con aire sombrío, lanzaba miradas a Catalina, la única mujer que iba entre aquellos hombres, obstinada en trotar junto a su querido, para evitar que nadie le hiciese daño. Cabezas desgreñadas se sacudían en el aire; no se oía más que el pisar de los zuecos, como el rumor de un rebaño en marcha, dominado por los estridentes sonidos de la bocina de Juan. 

Pero de pronto se levantó otro grito: -¡Pan!, ¡pan!, ¡pan! 

Eran las doce del día; el hambre de aquellas seis semanas de huelga se despertaba en los estómagos vacíos, aguijoneada por aquel paseo de muchos kilómetros. Los mendrugos de pan y las pocas castañas que llevaba la Mouquette se habían acabado hacía tiempo; y los estómagos chillaban, y aquel sufrimiento se mezclaba a la rabia que sentían contra los traidores. 

-¡A las minas! ¡Ya no se trabaja! ¡Pan! -gritaban todos. 

Esteban, que no había querido comer nada antes de salir de casa, notaba en el pecho una sensación insoportable. No se quejaba; pero maquinalmente cogía cada dos minutos su cantimplora, y se echaba un trago, creyendo necesitarlo para sostenerse y llegar hasta el fin. Sus mejillas iban encendiéndose, y sus ojos despedían chispas. Pero no había perdido aún la cabeza, y deseaba evitar desastres. 

Al llegar al camino de Joiselle, un minero de Vandame, que se había unido a los huelguistas para vengarse de su amo, quiso dirigir a la gente hacia la derecha, gritando: 

-¡A Gastón-María! ¡Hay que detener la bomba! ¡Es preciso que las aguas inunden todas las minas! 

Las turbas, entusiasmadas, tomaban ya el camino indicado, a pesar de las protestas de Esteban, que les suplicaba no fueran a Gastón-María. ¿A qué destruir las galerías? Aquello sublevaba su corazón de obrero, a pesar de sus resentimientos. Maheu también encontraba injusto tal proceder. Pero el minero de Vandame seguía gritando, y fue necesario que Esteban gritase más, diciendo: 

-¡A Mirou! ¡Allí hay traidores trabajando!... ¡A Mirou! 

Con un gesto enérgico detuvo a la muchedumbre, la hizo tomar el camino de la izquierda, mientras Juan, poniéndose nuevamente a la cabeza de todos, hacía sonar más fuerte la bocina. Gastón-María estaba salvada por aquella vez. 

Y los cuatro kilómetros que les separaba de Mirou fueron recorridos en media hora, casi a la carrera, a través de la interminable llanura. El canal, como si fuera una ancha cinta de hielo, la cortaba por aquel sitio. Sólo los árboles, despojados de sus hojas, convertidos por la helada en gigantescos candelabros, rompían la uniformidad de aquel paisaje, perdiéndose allá en el horizonte; una ondulación de¡ terreno ocultaba a Montsou y a Marchiennes. 

Al llegar a la mina, vieron a un capataz que, subido a la barandilla del taller de cerner, los estaba esperando. Todos reconocieron al tío Quandieu, el decano de los capataces de Montsou, un viejo con el pelo completamente blanco, que lo menos tenía setenta años de edad, y que era un verdadero milagro de salud y de robustez en aquel pueblo de mineros. 

-¿Qué diablos venís a hacer aquí, canallas? -exclamó. 

La turba se detuvo. No se trataba de un amo, sino de un compañero, y el respeto los detenía delante de aquel obrero viejo. 

-Hay gente trabajando abajo -dijo Esteban-. ¡Mandadles salir!

-Sí, hay gente abajo -replicó el tío Quandieu-; habrá unos cincuenta o sesenta; los demás han tenido miedo de vosotros, que sois unos granujas... Pero os prevengo que no subirá ninguno o que habréis de veros las caras conmigo. 

Hubo un griterío confuso; los hombres empujaban, y las mujeres avanzaron unos cuantos pasos. El capataz bajó rápidamente de su atalaya, y se colocó ante la puerta. 

Entonces Maheu quiso intervenir. 

-Viejo, estamos en nuestro derecho; ¿cómo hemos de conseguir que la huelga sea general, sino obligando a todos a que no trabajen? 

El viejo guardó un momento de silencio. Evidentemente su ignorancia en materia de coaliciones igualaba a la del otro minero. Pero al fin respondió: 

-Yo no digo que no estéis en vuestro derecho. Pero yo no entiendo más que de cumplir la consigna. Estoy solo aquí... La gente ha bajado hasta las tres, y hasta las tres estará abajo. 

Las últimas palabras fueron ahogadas por el clamor de la turba. Le amenazaban con los puños; las mujeres le aturdían, y sentía ya su aliento en la cara. Pero el viejo se las mantenía firmes, con la cabeza erguida, luciendo sus bigotes y cabellos blancos como la nieve, y el coraje fortalecía de tal modo su voz, que se le oyó decir con claridad, a pesar del tumulto. 

-¡Rayos y truenos! ¡Por aquí no se pasa!... Tan cierto como ése es el sol, que prefiero me matéis a que toquéis a los cables... ¡Y no empujéis, porque me tiro de cabeza al pozo delante de vosotros! 

Hubo un estremecimiento extraño en la turba. Todos se detuvieron y retrocedieron conmovidos. El viejo continuo diciendo: 

-¿Quién es el canalla que no comprende esto?... Yo no soy más que un obrero como vosotros. ¡Me han dicho que vigile, y vigilo! ¡Se acabó! 

Y su inteligencia no iba más allá. Así comprendía sus deberes el tío Quandieu, acostumbrado a la obediencia militar. Sus compañeros le miraban conmovidos, oyendo allá en lo recóndito de su alma el eco de lo que les decía aquella obediencia de soldado, aquella fraternidad y aquella resignación en el peligro. El viejo creyó que todavía vacilaban, y repitió con energía: 

-¡Me tiro al pozo delante de vosotros! 

Una gran sacudida estremeció a aquella muchedumbre. Todos habían vuelto las espaldas, y corrían nuevamente por el camino de la derecha, como almas que lleva el diablo, y gritando con todas sus fuerzas: 

-¡A La Magdalena! ¡A Crevecoeur! i Que no se trabaje más! i Pan, pan! 

Pero hacia el centro de la masa se produjo un remolino. Decían que Chaval había intentado aprovechar aquel incidente para escaparse. Esteban acababa de cogerlo por un brazo, y le amenazaba con romperle el esternón si intentaba hacerles una mala partida. Y el otro, procurando desasirse, protestaba con rabia: 

-¿A qué viene todo eso? ¿No hay ya libertad?... Estoy helado con esta ropa, y tengo necesidad de lavarme y el traje de trabajo. ¡Dejadme! 

Y, en efecto, iba tiritando, a pesar del copioso sudor que inundaba todo su cuerpo. 

-Anda, o seremos nosotros los que te lavemos. ¿Por qué nos has engañado miserablemente?

La carrera continuaba veloz. Esteban acabó por volverse hacia Catalina, que seguía corriendo al lado de ellos. Le desesperaba verla cerca de sí, tiritando también y fatigada, envuelta en su andrajoso traje de hombre. 

-¡Tú puedes marcharte! -le dijo al fin. 

Catalina hizo como que no oía. Su mirada, al cruzarse con la de Esteban, había tenido cierta expresión de elocuente reproche. Pero no se detenía. ¿Por qué deseaba que abandonase a su querido? Chaval no era nada amable ciertamente; la maltrataba y la pegaba con frecuencia; pero, al fin y al cabo, era su primer amante, el que la había poseído antes que nadie; mejor dicho, el único que la había poseído, y se enfurecía al verle acometido por tres mil personas. Si no por cariño, por orgullo al menos quería defenderle. 

-¡Vete! -repitió Maheu con violencia.

Aquella orden de su padre la detuvo un instante. Estaba temblorosa; las lágrimas arrasaban sus ojos; pero a pesar del miedo y del respeto, después de un momento de vacilación, siguió corriendo al lado de Chaval. Entonces la dejaron. 

Los huelguistas recorrieron el camino de Joiselle, siguieron un momento el de Cron, y enseguida tomaron la dirección de Cougny. Por aquella parte se destacaban en el horizonte varias altas chimeneas de distintas fábricas, cobertizos con toldos, y talleres hechos de ladrillos a un lado y otro del camino. Pasaron junto a las casitas bajas de dos barrios obreros, el de los Ciento Ochenta primero, y luego el de los Setenta y seis, y de cada uno de ellos, al oír los estridentes sonidos de la bocina y el salvaje clamor de la multitud, salieron familias enteras, hombres, mujeres, chiquillos, para agregarse a sus compañeros. 

Cuando llegaron a la vista de La Magdalena, iban seguramente unas mil quinientas personas. La marea agitada de los huelguistas invadió la plataforma antes de penetrar en los edificios de la mina. 

En aquel momento serían las dos de la tarde. Pero los capataces, al saber lo que pasaba habían apresurado la subida de los trabajadores; y al llegar los huelguistas no quedaban en el fondo más que una veintena de mineros, que estaban para subir ya en el ascensor. Todos ellos tuvieron que huir, perseguidos a pedradas por los manifestantes. Dos fueron heridos; otro dejó entre las uñas de la turba la ropa que llevaba, hecha jirones. Aquel ensañamiento contra los hombres salvó el material, y nadie tocó a los cables ni a las calderas. La ola de gente se alejaba, dirigiéndose a la mina más próxima. 

Ésta, llamada Crevecoeur, distaría unos quinientos metros de La Magdalena. Allí también llegaron los huelguistas en el momento preciso de salir los trabajadores. Una muchacha fue cogida y azotada por las mujeres, que le desgarraron los pantalones y la blusa, exponiendo sus carnes a la vergüenza delante de los hombres, que reían como energúmenos. Los aprendices recibieron multitud de pescozones, y todos huyeron, llenos de cardenales y contusiones, y más de uno con la cara ensangrentada. Y en aquel acceso de febril ferocidad, que aumentaba por instantes, en medio de aquella largo tiempo contenida necesidad de venganza, cuya violencia hacía perder la cabeza a todos ellos, continuaban los gritos reclamando la muerte de los traidores, expresando el odio al trabajo mal retribuido y pidiendo pan desaforadamente. Empezaron a cortar los cables; pero la lima no mordía bien, y el procedimiento era muy lento, comparado con la impaciencia de todo el mundo, que ahora quería marchar hacia adelante sin detenerse un punto. En las calderas se rompió un grifo, en tanto que a fuerza de agua se apagaban los fuegos. 

Entre los de afuera se hablaba de dirigirse a Santo Tomás. Esta mina era la mejor disciplinada, y en ella apenas se sentía la influencia de la huelga; lo menos setecientos hombres habían bajado a trabajar, y este hecho exasperaba a los huelguistas, que trataban de recibirlos a pedradas y silbidos. Pero corrieron rumores de que estaban en Santo Tomás los gendarmes aquellos de quienes se burlaban por la mañana. ¿Cómo se había sabido? Nadie podía decirlo, porque nadie lo había visto. Sin duda había llovido del cielo la noticia. Pero ello es que el miedo se apoderó de los huelguistas, y que se decidieron a encaminarse a Feutry-Cantel Y de nuevo el vértigo se apoderó de ellos; todos se encontraron, sin saber cómo, en el camino haciendo sonar los zuecos sobre el pavimento, dándose empujones y prorrumpiendo en gritos violentos de: ¡A Feutry-Cantel! ¡A Feutry-Cantel! ¡Aún hay allí traidores, y les vamos a hacer saber lo que es bueno!

La mina en cuestión se hallaba a unos tres kilómetros de distancia, y medio oculta entre un pliegue del terreno en pleno valle del Scarpe. Ya se hallaban subiendo la cuesta que conduce en dura pendiente a Platieres, por el otro lado del camino de Beauguies, cuando una voz, no se sabe de quien, expresó la idea de que acaso los gendarmes se encontrarían en Feutry-Cantel. No fue necesario más para que de un extremo a otro de la columna de amotinados se diera como cosa segura aquella sospecha. Una vacilación general detuvo por un momento la marcha de la muchedumbre; el pánico se manifestaba en todos, y aún cuando algunos lo disimulaban, la inmensa mayoría de los revoltosos no se tomaba siquiera aquel trabajo. ¿Cómo no habían tropezado aún con un solo soldado? Su misma impunidad, bien pensado, era verdaderamente extraordinaria, los turbaba y les hacía pensar en la represión de sus excesos, que no podía tardar en llegar. 

Sin que nadie supiera de dónde había salido, se oyó una orden nueva, en virtud de la cual las turbas se dirigieron a otra mina. 

-¡A La Victoria! ¡A La Victoria! 

¿No habría dragones ni gendarmes en La Victoria? Todos lo ignoraban, y, sin embargo, todos parecían tranquilos y satisfechos. Y dando doble derecha, como se dice en lenguaje militar, tomaron la dirección de Beaumont, y a campo traviesa se encaminaron a la carretera de Joiselle. 

La vía férrea les cercaba el paso por lo cual la atravesaron derribando las barreras y las verjas, que quedaron destrozadas. Ya se iban acercando a Montsou; las ligeras ondulaciones del terrero desaparecían, ensanchándose los sembrados de remolachas, y allá a lo lejos se distinguían las ennegrecidas casas de Marchiennes. 

Tenían que andar aún cinco kilómetros largos; pero tal era el entusiasmo de aquella muchedumbre tumultuaria, que nadie experimentaba cansancio, ni se acordaba de las vejigas y rasguños que se les hacían en los pies. La manifestación, engrosada a cada momento por nuevos obreros que habían salido tarde de sus casas, era ya muy numerosa. Cuando hubieron cruzado el canal por el puente Magache, y se presentaron a las puertas de La Victoria, los manifestantes eran más de dos mil. 

Pero habían dado las tres, y los obreros, que salían de allí algo más temprano, pudieron escaparse a las iras de sus compañeros, los cuales no encontraron a nadie. El chasco se tradujo en vanas amenazas y en algunos ladrillazos dirigidos contra los obreros de por la tarde, que se encaminaban a su trabajo. En cinco minutos, la mina desierta quedó en poder de la partida que capitaneaba Esteban, y, para desahogar su furia, que no podía emplearse contra ningún traidor, la emprendieron con las cosas. 

Cierto rescoldo de venganza se avivaba en ellos; el deseo largo tiempo contenido de tomar su desquite contra el capital; tantos y tantos años de hambre y de sufrimiento, les inspiraban deseos de sangre y exterminio. 

Esteban encontró detrás de un cobertizo algunos cargadores que estaban llenando un vagón de mineral. 

-¿Queréis largaros de ahí con mil diablos? -les gritó-. ¡No saldrá de aquí ni un pedazo de carbón! 

Obedeciendo sus órdenes, acudió a aquel sitio un centenar de huelguistas y los cargadores no tuvieron sino el tiempo indispensable para huir. Unos desengancharon los caballos, que, espantados y fustigados por la multitud, salieron desbocados por aquellos campos, en tanto que otros volcaban el vagón y lo hacían pedazos. 

Levaque se había precipitado, hacha en mano, para romper la máquina de extracción. Luego, variando de idea, pensó en destruir la vía férrea, y muy pronto todos sus compañeros se entregaron a aquella tarea con verdadero ensañamiento. Maheu, que se había apoderado de una barra de hierro, de la cual se servía contra los rieles como si fuera una palanqueta, no fue de los que menos coadyuvaron a aquella obra de destrucción. 

Entre tanto, la Quemada, a la cabeza de las mujeres, invadía el departamento de las luces, el suelo del cual se vio muy pronto lleno de linternas destrozadas y de pedazos de cristal. La mujer de Maheu, fuera de sí, se ensañaba con tanta violencia como la de Levaque. Todas estaban manchadas de aceite, y la Mouquette se limpiaba las manos en las faldas, riendo de verse tan sucia. Juan, por bromear, le había echado encima todo el aceite de una alcuza. 

Pero aquellos actos vengativos no daban de comer, no aplacaban el hambre. Los estómagos gritaban cada vez más desconsolados, y entre aquel vocerío de aquelarre dominaba el grito angustioso de:

-¡Pan, pan, pan! 

Precisamente allí, en La Victoria, había una cantina establecida por un antiguo capataz, el cual, asustado sin duda, habría huido, porque el tenducho estaba cerrado. Cuando las mujeres salieron de la lampistería y los hombres creyeron haber destrozado bastante la vía férrea, pusieron sitio a la barraca que servía de cantina, cuyas endebles puertas cedieron muy pronto. Pero no encontraron allí pan; no vieron más que dos trozos de carne cruda y un saco de patatas. Mientras unos se apoderaban de aquellas provisiones, otros registraban hasta el último rincón de la barraca, y tropezaron con unos cuarenta o cincuenta tarros de ginebra, que desaparecieron como agua sorbida por la arena. 

Esteban, que había acabado con el contenido de su cantimplora, la volvió a llenar. Poco a poco fueron invadiendo sus facciones los síntomas de la embriaguez mala, la embriaguez de los hambrientos. De pronto advirtió que Chaval, aprovechando el barullo, había desaparecido, Gritó desaforadamente; algunos amigos suyos echaron a correr, y el fugitivo fue encontrado con Catalina detrás de un montón de madera que había allí cerca. 

-¡Ah, miserable canalla, temes comprometerte! -gritó Esteban-. ¡Tú eres quien anoche en el bosque pedía la huelga hasta de los maquinistas, para que se inundaran las minas cuando se detuvieran las bombas y ahora salimos con que te escondes para no secundar nuestros planes!... Pues bien, canalla; vamos a ir otra vez a Gastón-María, y quiero que por tu propia mano rompas la bomba. ¡Y la romperás! ¡Yo te lo aseguro! 

Estaba ebrio, y él mismo lanzaba a las turbas contra aquella bomba que algunas horas antes salvara de la destrucción. 

-¡A Gastón-María! ¡A Gastón-María!! 

Todos, aclamándole frenéticamente, se precipitaron a obedecerle; mientras Chaval, cogido por los hombros, arrastrado, empujado con violencia, seguía pidiendo que le permitieran lavarse. 

-¡Vete de aquí! -gritó Maheu a Catalina, que también había echado a correr junto a su amante. 

Pero esta vez ni se detuvo siquiera: lanzó a su padre una mirada ardiente de reconvención, y siguió corriendo. 

La partida de huelguistas se halló de nuevo en plena llanura. Desandaba lo andado aquella mañana. Eran ya las cuatro de la tarde, y el sol, que iba desapareciendo por el horizonte, alargaba las sombras de aquella horda de furiosos, dibujándolas en el endurecido suelo de la carretera. Dieron la vuelta al pueblo de Montsou, y aparecieron al otro lado del camino de Joiselle, pasando por delante de las tapias de la Piolaine. Precisamente acababan de salir de su casa los señores de Grégoire para hacer una visita al notario, antes de ir a comer en casa de los Hennebeau, donde debían reunirse con su hija Cecilia. La mansión de los Grégoire parecía completamente dormida. No se notaba en ella ni el más ligero movimiento: las ventanas estaban cerradas y de aquel silencio tranquilo se desprendía una impresión de bienestar: la sensación patriarcal de una buena cama, de una buena mesa, de una felicidad tranquila, en medio de las cuales se desenvolvía la vida de sus propietarios. 

Los huelguistas, sin detenerse, dirigieron sombrías miradas al edificio, y empezaron a gritar de nuevo: 

-¡Pan, pan, pan!

Solamente los perros contestaron con sus feroces ladridos; detrás de una persiana se veía a la cocinera Melania y a la doncella Honorina, atraídas por aquel clamor, pálidas y sudorosas de miedo, al ver desfilar a aquellos salvajes. Una y otra se hincaron de rodillas y se creyeron muertas al oír el ruido de una piedra, una sola, que acababa de romper un cristal de la ventana contigua. Era una broma de Juan, que, habiendo hecho una honda con un pedazo de cuerda, quiso saludar al paso a los señores Grégoire. Enseguida empezó de nuevo a hacer ruido con su bocina '. mientras los huelguistas se alejaban rápidamente y sin dejar de gritar: 

-¡Pan, pan, pan! 

Llegaron a Gastón-Maria; iban más de dos mil quinientos, locos furiosos, que lo arrollaban todo a su paso con la terrible impetuosidad de un torrente desbordado. Los gendarmes habían pasado por allí una hora antes, y habían seguido su camino en dirección a Santo Tomás, con arreglo a las falsas noticias de los campesinos, sin tomar siquiera la precaución de dejar allí unos cuantos soldados para guardar la mina. En menos de un cuarto de hora los fuegos quedaron apagados, las calderas rotas, los departamentos todos saqueados sin piedad. Pero a lo que principalmente se amenazaba era a la bomba. No les bastaba que se detuviera al extinguirse el vapor, sino que se ensañaban contra ella como si fuese una persona viva a quien quisieran asesinar. 

-¡Tú darás el primer golpe! -repetía Esteban, poniendo en manos de Chaval un martillo-. ¡Vamos! Para eso juraste con nosotros. 

Chaval, temblando, retrocedía; y en la baraúnda que se produjo, se le cayó el martillo de las manos, mientras los demás, furiosos, sin esperar y sin contenerse, rompían la bomba a ladrillazos y a palos, con las barras de hierro, y con todo lo que encontraban a mano. Las piezas de acero y de cobre se dislocaban como miembros de un mismo cuerpo herido sin piedad, hasta que el agua se escapó de la caldera, y entonces los huelguistas salieron tumultuosamente de allí, atropellando a Esteban, que no soltaba a Chaval, y gritando como energúmenos. 

-¡Muera el traidor! ¡Al pozo con él! ¡Al pozo! 

El miserable, lívido de espanto, tartamudeaba explicaciones y súplicas, volviendo a cada instante, con la obstinación de la estupidez, a su tema de la necesidad de lavarse y cambiar de traje. 

-¡Espera un momento! -gritó la mujer de Levaque-. Si tanto lo necesitas, aquí tienes barreño. 

Había, en efecto, allí al lado, un charco procedente de las aguas de una filtración, cubierto de espesa capa de hielo. Las turbas rompieron ésta, y obligaron a Chaval a meter la cabeza en aquel agua helada. 

-¡Mete la cabeza! -repetía la Quemada-. ¡Maldita sea!... ¡Si no la metes, te zambullimos!... ¡Y ahora vas a beber ahí como los animales! 

Tuvo que beber a cuatro patas. Todos se reían de un modo cruel. Una mujer le tiró de las orejas; otra le arrojó a la cara un puñado de estiércol, el traje que llevaba estaba hecho jirones, y el infeliz luchaba en vano por escapar de las garras de aquellos furiosos que lo iban a matar. 

Maheu le había dado muchos empujones, y su mujer era de las que más se ensañaban contra él, desahogando así uno y otra el rencor que tenían: hasta la Mouquette, que de ordinario era buena, sobre todo con los que habían sido amantes suyos, se complacía en martirizarle, diciendo que no servía para nada, y amenazándole con desnudarlo con objeto de ver si todavía era hombre. Pero Esteban la obligó a callar. 

-¡Basta! -dijo-. No hay necesidad de que todos le atormenten... Éste es un asunto que vamos a liquidar entre los dos. 

Sus puños se cerraban con rabia, sus ojos se animaban con el furor del homicida, pues la embriaguez en él degeneraba siempre en la necesidad de matar a alguien. 

-¿Qué, estás ya dispuesto? Uno de los dos debe morir.. Dadle un cuchillo. Yo tengo el mío. 

Catalina, sin fuerza ya, horrorizada, le miraba, recordando las confidencias que le hiciera en cierta ocasión a propósito de sus disposiciones de ánimo en cuanto bebía una copa de más. De pronto se abalanzó hacia él, y abofeteándole con ambas manos, le gritó indignada. 

-¡Cobarde! ¡Cobarde! ¡Cobarde! ¿Ésas son tus valentías? ¿Quieres matarle ahora que ya no puede ni tenerse en pie? 

Y volviéndose a su padre y a su madre, y a todos los demás: 

-¡Sois unos cobardes! -exclamó-. Matadme a mí también. Si volvéis a tocarle, os escupo a la cara y os salto los ojos. ¡Cobardes! 

Y colocándose delante de su querido lo defendía con su cuerpo, olvidando los golpes y los malos tratamientos, olvidando toda la vida de miseria que sufría, sin pensar más que en que le pertenecía, puesto que se había ido con él, y que, por lo tanto, sería vergonzoso permitir que le asesinasen. 

Esteban se había puesto pálido al verse abofeteado por la muchacha. Primero, estuvo a punto de estrangularla. Luego, se pasó la mano por la frente; y como si de pronto hubiese rechazado la embriaguez que sufría, dijo a Chaval, en medio del profundo silencio que se produjo: 

-Tiene razón; basta ya de ensañamiento... ¡Lárgate de aquí! 

Sin aguardar a que se lo repitieran, Chaval emprendió la huida, y Catalina echó a correr detrás de él. La muchedumbre, conmovida, los vio desaparecer por un recodo del camino. Sólamente la mujer de Maheu murmuraba: 

-Habéis hecho mal en soltarlo, porque por supuesto cometerá alguna traición. 

Pero los huelguistas habían emprendido de nuevo la marcha. Iban a dar las cinco; el sol, de un rojo de fuego, incendiaba toda la llanura; un buhonero que pasaba en aquel instante les dijo que los dragones bajaban por el camino de Crevecoeur. 

Entonces se replegaron alrededor de Esteban, el cual hizo circular la orden de encaminarse a Montsou. 

-¡A Montsou! -dijeron todos-. ¡A casa del director! ¡Pan, pan, pan! 

V

El señor Hennebeau se había asomado a la ventana de su despacho para ver salir el carruaje que llevaba a su mujer a Marchiennes, pasando antes por casa de Grégoire y de Deneulin, donde debía recoger a Cecilia, Lucía y la hermana de ésta. Con la vista siguió un momento a Négrel, cuyo caballo trotaba a la portezuela del coche, y luego fue tranquilamente a sentarse a su mesa de despacho. Cuando su mujer y su sobrino se ausentaban, la casa parecía desierta. Precisamente aquel día el cochero guiaba el carruaje de la señora; Rosa, la doncella, tenía permiso para salir hasta las cinco de la tarde, y no quedaban en la casa más que Hipólito, el ayuda de cámara, que estaba limpiando perezosamente las habitaciones, y la cocinera, a vueltas, desde el amanecer, con sus guisados y con sus cacerolas, y entregada a los preparativos de la comida que daban aquella tarde los señores a sus amigos. Así, que el señor Hennebeau se prometía trabajar mucho, y aprovechar el tiempo, en medio de aquel silencio y aquella tranquilidad. 

A eso de las nueve, aun cuando le habían dado orden de no recibir a nadie, Hipólito se permitió anunciar a Dansaert, quien debía de tener noticias graves que comunicarle al director. Entonces supo éste la reunión celebrada la víspera en el bosque de Vandame; y los pormenores eran tales, que escuchaba al capataz con una ligera sonrisa pensando en los amores de éste con la mujer de Pierron, tan públicos, que dos o tres anónimos por semana llegaban a sus manos, denunciándole los excesos del capataz mayor; evidentemente el marido había hablado, y aquella policía olía a policía de alcoba. Aprovechó la ocasión para indicarle que lo sabía todo, y que se contentaba con recomendarle la mayor prudencia, a fin de evitar un escándalo que le obligase a tomar alguna determinación desagradable. Dansaert, asustado al verse descubierto, seguía dando noticias y negando torpemente, mientras su descomunal nariz confesaba el crimen poniéndose muy colorada. Por lo demás, no insistió mucho en sus negativas, satisfecho de salir del paso a tan poca costa, porque, de ordinario, el director se mostraba de una severidad implacable cuando algún empleado se permitía el lujo de galantear a alguna mujer guapa de la familia de un minero. Continuó la conversación acerca de la huelga y ambos interlocutores convinieron en que la reunión de la víspera no pasaba de ser una nueva fanfarronada sin serias consecuencias. De todos modos, creía que los barrios de obreros no se mezclarían en la cuestión, aquel día por lo menos, a causa de la impresión que en ellos habría producido el paseo militar de por la mañana. 

No obstante, cuando el señor Hennebeau se vio nuevamente solo, estuvo a punto de poner un telegrama al gobernador, mas el temor de dar inútilmente aquella prueba de inquietud le contuvo. Ya no se perdonaba su falta de previsión, diciendo en todas partes y escribiendo a los señores de la Compañía que la huelga no podía durar arriba de un par de semanas. Con gran sorpresa suya duraba ya más de dos meses, lo cual le desesperaba, porque se veía cada vez más comprometido, cada vez más en peligro de perder la confianza de sus superiores, cada vez más en la necesidad de dar un golpe de efecto. Había pedido instrucciones a sus jefes para el caso de un alboroto en regla y esperaba la respuesta en el correo de aquel día. Pensaba que cuando llegase éste sería tiempo de expedir telegramas para que las minas fuesen ocupadas militarmente, si tal era la opinión de aquellos caballeros. Según él, semejante medida produciría, sin duda, una colisión sangrienta, la responsabilidad de la cual le abrumaba de tal modo que le hacía perder su habitual energía. 

Hasta las once trabajó tranquilamente, sin que en la casa, desierta y silenciosa, se oyese más ruido que el de la escoba de Hipólito, que allá, en el otro extremo de la casa, debía estar limpiando alguna habitación. Luego recibió dos despachos: el primero anunciándole que los huelguistas de Montsou habían invadido Juan-Bart; y el segundo, dándole cuenta de los destrozos ocasionados por ellos en aquella mina. ¿Por qué habrían ido a la de Deneulin, en vez de pagarla con una cualquiera de la Compañía? Pero, en fin, después de todo, tal noticia no era para disgustarle, pues contribuiría a que se realizasen los planes que de antiguo tenía la Sociedad de Montsou acerca de las minas de Vandame. 

Y a las doce almorzó, solo en el magnífico comedor, servido en silencio por su criado, a quien no oía siquiera andar porque estaba en zapatillas. La soledad aumentaba las preocupaciones, que, sin saber por qué, le atormentaban aquella mañana, cuando un capataz que llegaba sin aliento, entró a darle parte de que los huelguistas se dirigían a Mirou. Casi enseguida, hallándose tomando café, un telegrama le anunció que estaban amenazadas también La Magdalena y Crevecoeur. Entonces su perplejidad fue extraordinaria. El correo no llegaba hasta las dos; ¿debería pedir el auxilio de las tropas sin aguardar la respuesta del Consejo de Administración? ¿No sería mejor tener un poco de paciencia, y obrar de acuerdo con las instrucciones que recibiese? Volvió a su despacho, y quiso leer una comunicación que por encargo suyo debía haber dirigido Négrel el día antes al Gobernador. Pero no pudo encontrarla, y suponiendo que acaso el joven la había dejado en su cuarto, donde algunas noches trabajaba antes de acostarse, subió a la habitación de su sobrino, con ánimo de buscar aquel papel. 

Al entrar en ella, el señor Hennebeau tuvo una sorpresa: el cuarto no estaba arreglado todavía, sin duda por olvido o por pereza de Hipólito que, a causa de la salida de la criada, tenía la obligación aquel día de limpiar toda la casa. Reinaba en la habitación ese colorcito de toda una noche durante la cual no había sido apagada la estufa, y se notaba un olor de perfume fortísimo, que supuso salía de la cubeta de las aguas de lavarse, que estaba todavía allí. La habitación se hallaba en el mayor desorden: ropa por todas partes, toallas húmedas echadas en los respaldos de las sillas, la cama deshecha, y una sábana caída, arrastrando por la alfombra. En el primer momento no tuvo para todo aquello más que una mirada indiferente y distraída; y dirigiéndose a una mesita que había delante del balcón, y que estaba llena de papeles, empezó a buscar el borrador que necesitaba. Por dos veces miró uno a uno todos los papeles: decididamente no estaba allí. ¿Dónde diablos lo había metido aquel cabeza de chorlito? 

Y cuando el señor Hennebeau buscaba con la vista en cada uno de los muebles, vio en la deshecha cama un objeto extraño que brillaba y que le llamó la atención. Maquinalmente se aproximó a él, y extendió la mano. Era un frasquito de oro, que se hallaba entre dos pliegues de la arrugada sábana. Enseguida advirtió que era el frasquito de éter de la señora de Hennebeau, quien jamás se separaba de él. Pero aún no comprendía d qué modo aquel objeto podía haber ido a parar a la cama de Pablo. D-, pronto se puso pálido como un muerto: adivinó que su mujer había dormido allí. 

-Usted perdone -,murmuró la voz de Hipólito, que se asomaba a la puerta-; he visto subir al señor. 

El criado entró, y quedó consternado al ver el desorden que reinaba en el cuarto. 

-¡Dios mío, es verdad que no había arreglado aún la habitación del señorito Pablo! ¡Es claro!, ¡como Rosa se ha ido, dejándolo todo a cargo mío!... 

El señor de Hennebeau, que había escondido el frasquito en una mano, lo estrujaba Curiosamente. 

-¿Qué quieres?

-Señor, otro hombre que desea verle... Viene de Crevecoeur, y trae una carta.

-Bueno; déjame. Dile que espere. 

¡Su mujer había dormido allí! Después de correr el cerrojo por dentro, abrió la mano, y contempló el frasquito, que había dejado impresa su huella en la carne. De pronto lo comprendió todo, se lo explicó todo; tal infamia venía ocurriendo hacía meses en su casa. Recordó su antigua sospecha, el crujir de puertas y el ruido de pasos por la mullida alfombra. Sí, ¡eran los de su mujer, que subía a dormir allí! 

Caído sobre una silla cerca de la cama, que contemplaba con expresión de idiota, permaneció mucho rato como anonadado. Un ruido le sacó de su ensimismamiento: llamaban a la puerta. Era Hipólito otra vez. 

-¡Señor!... ¡Ah!, el señor ha cerrado... -¿Qué hay?

-Parece que la cosa urge, y que los obreros lo destrozan todo. Abajo hay otros dos hombres esperando. También han llegado varios telegramas.

-¡Id al diablo!... ¡Ahora bajaré! 

La idea de que Hipólito hubiese encontrado el frasquito de éter en aquel sitio, si hubiese hecho la cama por la mañana, le llenaba de espanto. Es verdad que aquel criado debía de saberlo todo; que veinte veces había encontrado aquella cama caliente todavía del adulterio: que habría visto cabellos de su mujer esparcidos por la almohada, y huellas abominables manchando las sábanas. Indudablemente insistía tanto en subir ahora por pura mala intención. Quizás alguna vez habría estado allí mirando por el agujero de la cerradura y complaciéndose al pensar en la deshonra de su amo. 

El señor Hennebeau quedó inmóvil nuevamente. Se había vuelto a dejar caer sobre la silla, y no apartaba su mirada de aquella maldita cama. Todo su largo pasado de desventuras acudió a su mente; su matrimonio con aquella muchacha, su inmediata separación moral y material, los amantes que ella había tenido sin que él lo sospechase, el otro que le había tolerado durante diez años, como se tolera a una enferma un gusto inmundo. Luego recordaba su llegada a Montsou, su esperanza loca de verla, curada, los meses de languidez y aburrimiento en aquel destierro, y, por fin, la proximidad de la vejez que se la iba a devolver. Luego llegaba su sobrino, aquel Pablo de quien ella se convertía en madre cariñosa, al cual hablaba de su corazón muerto y enterrado en cenizas para siempre. Y él, marido imbécil, no preveía nada, adoraba a aquella mujer que era la suya, que otros hombres habían poseído, que solamente él no podía tocar, la adoraba con vergonzosa pasión, hasta el punto de caer de rodillas a sus pies, sólo porque le diese las sobras de los demás. ¡Y esas sobras se las daba ahora a su sobrino! 

En aquel momento un campanillazo que sonó a lo lejos hizo estremecer al señor Hennebeau. Lo conoció enseguida: era la señal que según sus órdenes hacían siempre a la llegada del cartero. Se levantó, habló en voz alta, dejando escapar insultos groseros que a su pesar salían a borbotones por entre los apretados labios. 

-¡Ah! ¡Qué me importan, qué me importan esos telegramas y esas cartas! -murmuró. 

Un furor sordo le invadía, la necesidad de una cloaca donde hundir a talonazos tanta suciedad. Aquella mujer era una infame canalla, y buscaba palabrotas que dirigirle como para insultarla de un modo mortal. El recuerdo brusco de la boda que entre Pablo y Cecilia Grégoire perseguía ella con la sonrisa en los labios, acabó de exasperarle. De modo que en el fondo de aquella terrible sensualidad no había ni la excusa de la pasión, ni celos siquiera. No se trataba evidentemente más que de la necesidad de un hombre, de un recreo buscado como se busca un postre al que uno se acostumbra. Y Hennebeau la acusaba de todo, casi disculpaba al sobrino, en el cual había mordido ella, en aquel despertar de su apetito desenfrenado, como se muerde en una fruta verde robada en un camino. ¿A quién se comería, a dónde iría a parar cuando no encontrase sobrinos complacientes, lo bastante prácticos para aceptar de su familia mesa, cama y mujer? 

Volvieron a llamar tímidamente a la puerta, y la voz de Hipólito se permitió decir por el agujero de la cerradura: 

-Señor, el correo... Y también ha vuelto el señor Dansaert, quien asegura que andan matando gente por ahí. 

-¡Ya voy, por Dios! 

¿Qué haría? Echarlos a la calle cuando volviesen de Marchiennes, como se echa a dos bichos asquerosos que no quiere uno tener en su casa. Sí, decididamente los insultaría, prohibiéndoles penetrar más en la casa. El aire de aquel cuarto estaba emponzoñado por sus suspiros, por sus alientos confundidos; el olor sofocante que advirtiera al entrar, era el olor que exhalaba el cuerpo de su mujer, aficionada a los perfumes fuertes, que eran en ella otra necesidad carnal: y notaba el calor, el olor del adulterio vivo, que se delataba en todas partes, en las aguas del lavabo, en el desorden de la cama, en los muebles, en la habitación entera apestada de vicio. El furor de la impotencia le lanzó contra la cama, a la cual empezó a dar puñetazos con verdadero frenesí, ensañándose contra aquellas ropas arrugadas por una noche entera de amor. 

Pero de pronto le pareció oír a Hipólito, que subía de nuevo, y la vergüenza le contuvo. Aún permaneció allí un momento, enjugándose el sudor de la frente, procurando tranquilizarse, y hacer que le latiese con menos violencia el corazón. En pie, delante de un espejo, contemplaba su rostro tan descompuesto por el dolor y la ira, que él mismo no lo hubiese reconocido. Luego, cuando hubo logrado calmarse un poco por un esfuerzo supremo de la voluntad, bajó lentamente la escalera. 

Abajo le esperaban cinco emisarios, sin contar a Dansaert. Todos le llevaban noticias de una gravedad terrible acerca del giro que iba tomando la huelga; y el capataz mayor le relató con muchos pormenores lo sucedido en Mirou, donde no se habían cometido excesos, gracias a la actitud del viejo Quandieu. El señor Hennebeau le escuchaba asintiendo con un movimiento de cabeza; pero no le comprendía, porque su espíritu todo se había quedado allá arriba, en la alcoba de su sobrino. Al cabo de un instante los despidió, diciéndoles que adoptaría las medidas necesarias. Cuando se vio solo, y de nuevo sentado ante la mesa de despacho, pareció ensimismarse, con la cabeza entre las manos, y tapándose los ojos. Como estaba allí el correo, se decidió a buscar la carta que estaba esperando, la respuesta del Consejo de Administración, cuyas letras parecieron danzar a su vista. Pero al fin pudo leer, no sin alguna dificultad, y creyó que aquellos señores deseaban una algarada: ciertamente no le decían que empeorase la situación; pero dejaban traslucir su parecer de que los disturbios y trastornos, cuanto más escandalosos, mejor acabarían con la huelga, provocando una represión enérgica. Desde aquel momento, ya no vaciló; envió telegramas a todas partes, al gobernador de Lille, al jefe de las tropas acantonadas en Douai, al comandante de la gendarmería de Marchiennes. Aquello era un consuelo, porque nada tenía que hacer más que encerrarse, para lo cual hizo circular el rumor de que estaba indispuesto. Y toda la tarde se escondió en su despacho, sin recibir a nadie, limitándose a leer los telegramas y las cartas que seguían llegando por docenas. Así fue como pudo seguir paso a paso los movimientos de los huelguistas, yendo desde La Magdalena a Crevecoeur, de Crevecoeur a La Victoria, de La Victoria a Gastón-María. Por otro lado, recibía noticias de¡ error de los gendarmes y dragones, los cuales, engañados por la gente del campo, iban siempre en dirección contraria a la que seguían los revoltosos. El señor Hennebeau, a quien tenía sin cuidado que se hundiese el mundo y que se matara la humanidad entera, había vuelto a dejar caer la cabeza entre las manos, abismado en el silencio profundo que reinaba en la desierta vivienda, donde sólo de cuando en cuando percibía el ruido que con las cacerolas hacía la cocinera, ocupadísima en preparar la comida para aquella tarde. 

Ya el crepúsculo oscurecía la habitación; serían las cinco cuando un estruendo espantoso estremeció al señor Hennebeau, que continuaba con los codos encima de los papeles, silencioso, inmóvil, inerte. Creyó que llegaban ya los dos miserables. Pero el tumulto aumentaba; estalló una gritería espantosa, terrible, imponente, y en el instante en que se asomaba a la ventana, oyéronse gritos de: 

-¡Pan, pan, pan! 

Eran los huelguistas que invadían Montsou, mientras los gendarmes, creyendo en un ataque contra la Voreux, galopaban de espaldas adonde hacían falta, para ocupar militarmente la referida mina. 

Precisamente a dos kilómetros de las primeras casas, un poco más allá del sitio donde cruzaban la carretera y el camino de Vandame, la señora de Hennebeau y las señoritas a quienes acompañaba, acababan de ver pasar las turbas de huelguistas amotinados. El día en Marchiennes había transcurrido alegremente; habían tenido un buen almuerzo en casa del director de la fábrica; luego una interesante visita a los talleres de una fábrica contigua, que les ocupó toda la tarde; y cuando al fin regresaban a su casa a la caída de la tarde de aquel sereno día de invierno, Cecilia había tenido el capricho de beber un vaso de leche al pasar por una casa de campo. Todos se apearon del carruaje; Négrel echó pie a tierra también, mientras la campesina, admirada de verse favorecida por aquellos señores, se apresuraba a servirlos, y decía que deseaba sacar un mantel limpio para ponerles la mesa. Pero como Lucía y Juana querían ver ordeñar la leche, fueron todos al establo con vasos, y se divirtieron mucho, llenando cada cual su vaso directamente de la ubre. 

La señora de Hennebeau, con aquel aire maternal que no abandonaba nunca, tocaba apenas con los labios el borde del vaso. De pronto un ruido extraño, un rugido de tempestad que sonaba en el campo, los puso en cuidado. 

-¿Qué será eso? -dijeron. 

El establo, que se hallaba fuera de la granja y casi a orillas de la carretera, tenía una puerta muy grande para carros. Las jóvenes sacaron por allí la cabeza, y se quedaron asombradas al ver, allá a lo lejos, por la izquierda, una muchedumbre compacta y agitada, que desembocaba por el camino de Vandame. 

-¡Diablo! -murmuró Négrel, asomándose a su vez-. ¿Si acabará esta gente por enfadarse de verdad?-Probablemente son los carboneros que vuelven a pasar -dijo la mujer de la granja-. Ya van dos veces que los vemos. Parece que las cosas no van bien, y que son los amos de toda la comarca. 

Hablaba con temerosa prudencia, observando en los rostros de aquellos señores el efecto de sus palabras; y cuando se dio cuenta del espanto de todos, la profunda ansiedad que les producía aquel encuentro, se apresuró a añadir: 

-¡Qué canallas! ¡Qué infames! 

Négrel, viendo que era demasiado tarde para tomar el carruaje otra vez y llegar a Montsou, dio orden al cochero de que metiese el coche en el corral de la granja, que era buen escondite, y él mismo ató allí su caballo, al cual tenía un chiquillo de la brida. Cuando volvió a reunirse con las señoras vio que su tía y las tres jóvenes, asustadísimas, se disponían a seguir a la mujer de la granja, quien les ofrecía esconderlas en su casa. Pero el ingeniero opinó que estaban allí más seguros, porque nadie había de irles a buscar a la cuadra. La puerta cochera sin embargo cerraba muy mal, y tenía tales rendijas, que desde dentro podía verse fácilmente cuanto ocurría en el camino. 

-¡Vamos, valor! -dijo Pablo, tratando de echar a broma aventura tan desagradable-. ¡Venderemos cara la vida, si es necesario! -añadió sonriendo.

Pero la broma agrandó el miedo de las señoras. El estrépito y la gritería iban en aumento. Nada se veía aún; pero del camino vacío parecía soplar un viento de tempestad, semejante a esas ráfagas bruscas que preceden a las grandes tormentas. 

-No, no quiero ver nada -dijo Cecilia, escondiéndose detrás de un montón de paja, y tapándose los ojos con las manos, como hacía para no ver los relámpagos en los días de tormenta. 

La señora de Hennebeau, muy pálida, encolerizada contra aquellas gentes, que por segunda vez le echaban a perder un día de diversión, permanecía inmóvil, con cara adusta y expresiva mirada de cólera, mientras Lucía y Juana a pesar de su temblor aplicaban los ojos a las rendijas, deseosas de no perder nada del espectáculo que se preparaba. 

Los rugidos de los amotinados crecían; Juan apareció delante de todos, imitando con la bocina extraños toques de corneta. 

-Coged los pomitos de sales, que el pueblo huele bastante mal -murmuró Négrel, quien, a pesar de sus ideas republicanas, gustaba de bromear con las señoras a costa de la gente baja. 

Pero aquel chiste suyo se perdió en el huracán de gestos y de gritos. Habían aparecido las mujeres, ¡cerca de mil mujeres!, con los cabellos desgreñados por la violencia de la carrera, enseñando la carne, mal tapada por sus andrajosas faldas. Algunas llevaban criaturas de pecho en brazos, y las levantaban en alto, agitándolas como si fuesen una bandera de duelo y de venganza. Otras, más jóvenes, blandían palos, mientras las más viejas, horribles de miseria y de cinismo, gritaban con tal furia, que las venas y los músculos del cuello se les señalaban como si fueran a romperse. Y detrás de ellas llegaron los hombres, dos mil locos furiosos, aprendices, cortadores de arcilla, cargadores; una masa compacta, movida por el mismo impulso, compuesta de individuos que se apiñaban de tal suerte, que no se distinguía ni los descoloridos calzones, ni las blusas desgarradas y sucias, confundidos con el color terroso del camino. Todos los ojos chispeaban, no se veían más que los negros agujeros de las bocas abiertas para entonar La Marsellesa, cuyas estrofas se perdían en un rugido colosal y confuso, acompañadas por el ruido acompasado que producían los zuecos en el endurecido suelo de la carretera. Por encima de las cabezas, entre el bosque de barras de hierro y de palos agitados Curiosamente, se distinguía un hacha; ésta, que era la única arma que llevaban, era como el estandarte de aquella horda salvaje, y presentaba, al destacarse sobre el fondo azul del cielo el perfil de la cuchilla de una guillotina. 

-¡Qué caras tan terribles! -balbuceó la señora de Hennebeau. 

Négrel se esforzaba por sonreír todavía; pero el miedo se iba apoderando de él, y sólo pudo decir entre dientes: 

-¡Qué el diablo me lleve, si conozco a uno solo de ellos! ¿De dónde saldrán esos bandidos? 

Y, en efecto, el furor, la cólera y el hambre, aquellos dos meses de terribles sufrimientos y aquella vertiginosa carrera que duraba ya muchas horas, habían convertido los pacíficos semblantes de los mineros de Montsou en verdaderos hocicos de fiera. En aquel momento se ocultaba el sol, y sus últimos rayos, de un púrpura sombrío, parecieron ensangrentar la llanura. 

-¡Oh! ¡Soberbio, magnífico! -dijeron a media voz Lucía y Juana, despierto su artístico entusiasmo ante la grandiosidad y el horror del cuadro. 

Sin embargo, ambas temblaban, y habían retrocedido hasta colocarse junto a la señora de Hennebeau, que estaba apoyada en una cuba vacía. La idea de que bastaba una mirada por cualquier rendija de aquella puerta desvencijada para que las asesinasen, las tenía a todas sobrecogidas de espanto. Négrel, que era valiente, y de ordinario muy sereno, se sentía presa ahora de espanto, de uno de esos espantos indescriptibles que inspiran los peligros desconocidos. Cecilia, oculta tras un montón de paja, no se movía. Y las otras, a pesar de su deseo de apartar la vista del terrible cuadro, no lo lograban, sin embargo, y seguían mirando hacia la carretera. 

Era aquello la sangrienta visión del movimiento revolucionario que acabaría con todos fatalmente cualquier noche de fines de este siglo. Sí; una noche el pueblo, harto de sufrir, desenfrenado, galoparía de aquel modo en horrible tumulto de aquelarre, recorriendo los caminos y las ciudades y bebería la sangre de los burgueses, paseando sus cabezas y robando el oro de sus arcas. Las mujeres chillarían como furias, los hombres abrirían sus bocas de lobo para devorarlo todo. Sí; se verían los mismos andrajos, el mismo ruido cadencioso e imponente de pisadas, el mismo estrépito horroroso cuando aquel bárbaro torrente desbordado barriese la sociedad actual. Las llamas de los incendios alumbrarían el mundo, en las ciudades no quedaría piedra sobre piedra, y volverían a la vida salvaje de los bosques, después de haberse hecho dueños del universo en una noche. No habría nada de lo que hay ahora, ni una sola fortuna, ni un solo prestigio de los que ahora nos gobiernan, ni un título que diese derecho a las actuales posesiones hasta que tal, vez apareciese una sociedad nueva. Sí; aquellas cosas que veían pasar por el camino, eran para ellas una profecía terrible. 

De pronto, un grito inmenso dominó los acordes de La Marsellesa. -¡Pan, pan, pan! -aullaban tres mil voces a la vez. 

Négrel se puso más pálido de lo que estaba; Lucía y Juana se abrazaron a la señora de Hennebeau, a quien apenas podían sostener sus piernas temblorosas. ¿Sería aquella la noche del derrumbamiento de la sociedad? Y lo que vieron en aquel instante acabó de horrorizarías. Ya habían pasado la mayor parte de la columna de revoltosos, y estaban pasando los rezagados. De pronto apareció la Mouquette. Se iba quedando atrás, porque se detenía a mirar por las ventanas y por las verjas de los jardines en las casas de los burgueses; y cuando descubría a uno de éstos, no pudiendo escupirle al rostro, le enseñaba lo que para ella era el colmo del desprecio. 

Sin duda en aquel momento vería a alguno, porque, levantándose las faldas, y encorvándose hacia adelante, mostró la parte posterior de su cuerpo, completamente desnuda, a la luz de los últimos rayos del sol. Tal espectáculo, en aquellas circunstancias, no causaba risa, sino, al contrario, espanto. 

Todo desapareció: los huelguistas avanzaban en dirección a Montsou. Entonces sacaron el carruaje del corral donde estaba escondido; pero el cochero no osaba asumir la responsabilidad de llevar a casa a las señoras sin que ocurriese una catástrofe si los huelguistas seguían ocupando la carretera. Y lo malo era que no había otro camino. 

-Pues es preciso, sin embargo; nos marchamos, porque nos espera la comida -exclamó la señora de Hennebeau, fuera de sí, y exasperada por el miedo-. Esta canalla ha elegido para sus fecharías una tarde en que tenemos convidados. ¡Haga usted bien a esta gentuza! 

Lucía y Juana estaban ocupadas de sacar de entre la paja a Cecilia, que, muerta de miedo, creía que los salvajes no habían acabado de pasar, y que insistía en no ver nada de aquello. Por fin, todos ocuparon sus sitios en el carruaje. Négrel montó a caballo, y tuvo la idea de que fuesen por las ruinas de Réquillart. 

-Ve despacio -dijo al cochero-, que el camino está atroz. Si al llegar allí tropezamos con grupos que nos impidan tomar de nuevo el camino real, te detienes detrás de la mina antigua, y desde allí iremos hasta casa a pie, y entraremos por la puertecilla del jardín, mientras tú te llevas el coche y los caballos a cualquier posada. 

Se pusieron en marcha. Los huelguistas llegaban en aquel momento a Montsou. Los habitantes del pueblecillo después de haber visto pasar varios destacamentos de dragones y gendarmes, estaban muy agitados y llenos de miedo. Circulaban de boca en boca historias espantosas, y se hablaba de pasquines, en los cuales se amenazaba con la muerte a todos los burgueses; aún cuando nadie los había visto ni leído, muchos citaban frases textuales de ellos. En casa del notario, sobre todo, el pánico estaba en su colmo, porque acababan de recibir, por correo, un anónimo, anunciándole que en su cueva había dispuesto un barril de pólvora para hacer volar la casa si no se ponía en favor del pueblo. 

Precisamente los señores Grégoire, que habían prolongado su visita por hallarse en la casa al recibo del anónimo, lo discutían, lo analizaban, suponiendo que era una broma de cualquier mal intencionado cuando de pronto el espantoso vocerío de las turbas de mineros acabó de conmocionarlos a todos. El matrimonio Grégoire sonreía, se asomaba por detrás de los cristales del balcón levantando los visillos, negándose a creer en una desgracia, y persuadidos de que todo se arreglaría amistosamente. Acababan de dar las cinco, y tenían tiempo de esperar a que la calle estuviese despejada, para atravesarla hasta la acera de enfrente y entrar en casa del señor Hennebeau, donde los aguardaban a comer, y donde debían reunirse con Cecilia. Pero en todo Montsou no había nadie que participase de su confianza: las puertas y ventanas eran cerradas con violencia, y las gentes corrían fuera de sí en todas direcciones. Al otro lado de la calle vieron a Maigrat, que cerraba cuidadosamente su almacén, tan pálido y tan tembloroso que no hubiera podido hacerlo sin la ayuda de su mujer. 

Las turbas acababan de detenerse frente a la casa del director, gritando con más fuerza que nunca: 

-¡Pan, pan, pan! 

El señor Hennebeau, en pie, detrás de la vidriera del balcón de su despacho, tuvo que retirarse cuando llegó Hipólito asustado a cerrar las maderas, por temor de que al verle rompieran a pedradas los cristales. Cerró de igual modo los balcones del piso bajo y después los del principal. 

Maquinalmente, el señor Hennebeau, que lo quería ver todo, subió al segundo piso, al cuarto de Pablo: era el que estaba mejor situado, porque desde allí se descubría la carretera hasta los talleres de la Compañía y se colocó detrás de la persiana para dominar las turbas. Pero la vista de aquélla alcoba le hacía tanto daño, ahora que estaba arreglada y con la cama hecha, como cuando la visitara aquella mañana. 

Toda su rabia de entonces, la terrible batalla librada en su interior durante la tarde entera, se convertía en un gran cansancio, en una fatiga abrumadora. Su corazón estaba ya como la alcoba, refrescado, en buen orden, barrido de las basuras de aquella mañana, vuelto a su corrección habitual. ¿A qué un escándalo? ¿Acaso había sucedido algo nuevo en su vida conyugal? La única novedad era que su mujer tenía un amante más; y, francamente, la circunstancia de que éste fuese su sobrino, apenas agravaba el hecho; tal vez, por el contrario, presentaba la ventaja de cubrir las apariencias. Tenía lástima de sí mismo al recuerdo de sus celos. ¡Qué ridiculez haber dado puñetazos a la cama! Puesto que había tolerado a otros antes, toleraría ahora a éste. Todo se reducía a un poco más de desprecio. Se hallaba emponzoñado por una amargura horrible: la inutilidad de todos sus esfuerzos, el eterno dolor de su existencia, la vergüenza de sí mismo al pensar que adoraba a una mujer que le abandonaba de tan indigna manera. 

Al pie de los balcones los gritos redoblaron con violencia. -¡Pan, pan, pan! 

-¡Imbéciles! -dijo el señor Hennebeau entre dientes y llevándose una mano al corazón. 

Oía que le injuriaban porque tenía un gran sueldo, que le llamaban holgazán y canalla; que se hartaba de comida, mientras el obrero se moría de hambre. Las mujeres habían visto la cocina, y se desencadenó entre ellos una tempestad horrible de imprecaciones contra el faisán que estaba en el horno, contra las salsas, cuyo olor sabroso excitaba sus estómagos vacíos. ¡Ah!, ¡era preciso asesinar a los canallas de los burgueses, que se llenaban de champán y de trufas hasta reventar! 

-¡Pan, pan, pan! 

-¡Imbéciles! -repitió Hennebeau-. ¿Soy yo acaso dichoso? 

Y sentía verdadera ira contra aquellos salvajes, que no comprendían sus sufrimientos. De buen grado les hubiese cedido su pingüe sueldo, por hacer la vida que ellos hacían con sus mujeres. ¡Que no pudiera sentarlos a su mesa, hacerlos comer faisán y trufas, en tanto que él se dedicaba a la conquista de alguna muchacha detrás de los trigos, sin ocuparse en si había tenido o no otros amantes antes! Lo hubiera dado todo: su bienestar, su lujo, su influencia como director, a cambio de pasar un día como el último de los infelices que tenía a sus órdenes, en completa libertad para abofetear a su mujer, y buscar placeres con la del vecino. Y deseaba también verse muerto de hambre, con el vientre vacío, con el estómago atormentado por los calambres; tal vez aquello mataría su eterno dolor. ¡Ah! ¡Vivir como una bestia, no poseer nada que fuese suyo, corretear por todas partes con cualquier minera, con la más fea, con la más sucia y ser capaz de contentarse con eso! ¿Qué más felicidad? 

-¡Pan, pan, pan! -gritaban las turbas. 

Entonces él se exaltó, y exclamó furioso, casi dominando el tumulto: -¡Pan! ¿Basta con eso, imbéciles? 

Él tenía pan, y no por eso sufría menos. Su desdichada suerte conyugal, su vida de continuo dolor, se le subía a la garganta, como si fuesen a ahogarlo. No se adelantaba nada con sólo tener pan. ¿Quién sería el idiota que cifraba la dicha de este mundo en el reparto de la riqueza? Esos estúpidos revolucionarios podían demoler la sociedad, y fundar otra; pero no darían a la humanidad ni un solo goce más, ni le ahorrarían un solo pesar, asegurando a todos el pan. Por el contrario, aumentarían las desventuras de la tierra, y hasta harían rabiar a los perros de desesperación cuando los sacasen de la tranquila satisfacción del instinto, para lanzarlos al sufrimiento de las pasiones. No: la felicidad verdadera consistía en no ser y, ya que se fuese, en ser árbol o piedra; menos aún, grano de arena, que no se siente dolorido al ser pisado por la planta del hombre. 

En aquella exasperación de su tormento las lágrimas arrasaban los ojos de Hennebeau y empezaban a resbalar por sus mejillas. El crepúsculo había ya envuelto en tinieblas la carretera, cuando multitud de piedras empezaron a ser lanzadas contra la fachada de la casa. Sin odio hacia aquellos seres hambrientos, rabioso solamente por la herida de su corazón, que manaba sangre, el infeliz seguía murmurando, mientras enjugaba sus lágrimas: 

-¡Imbéciles! ¡Qué partida de idiotas! 

Pero el grito de la muchedumbre hambrienta lo dominó todo con su aullido de tempestad. 

-¡Pan! ¡Pan! ¡Pan! 

Esteban, a quien las bofetadas de Catalina habían sacado de su embriaguez, continuaba al frente de los amotinados. Pero al mismo tiempo que con voz enronquecida los lanzaba sobre Montsou, otra voz resonaba en él, un grito de razón y de justicia, que lo asombraba, pidiéndole cuentas de todos aquellos desmanes. Él no había deseado nada de aquello: ¿cómo era que, habiendo salido para Juan-Bart con objeto de obrar prudentemente y con frialdad evitando todo desastre, acababa el día, después de haber caminando de violencia en violencia, asaltando la casa del director, o sitiándola al menos? 

Y él, sin embargo, era quien acababa de gritar: "¡Alto!" Es verdad que su objeto principal había sido proteger los talleres de la Compañía, que los huelguistas intentaban destruir. Y ahora que veía a las turbas apedreando la fachada del hotel, discurría, buscaba, sin encontrarla, una víctima legítima sobre la cual lanzar sus huestes para evitar mayores males. Precisamente estaba pensando en su impotencia, allí en medio del camino, cuando un hombre le llamó desde la taberna de Tison, cuya mujer se había apresurado a cerrar desde que llegaron los amotinados, si bien dejando libre media puerta de calle. 

-Soy yo: oye un momento. 

Era Rasseneur. Veinticinco o treinta individuos, entre mujeres y hombres, casi todos ellos del barrio de los Doscientos Cuarenta, que se quedaran por la mañana en sus casas y que habían ido por la tarde al pueblo con objeto de saber noticias, habían invadido la taberna al acercarse los amotinados. Zacarías ocupaba una mesa con Filomena, su mujer. Más allá Pierron y la suya, vueltos de espalda, ocultaban la cara. Nadie bebía, no habían hecho más que buscar allí un refugio. 

Cuando Esteban vio que era Rasseneur, le volvió la espalda, y no se detuvo hasta que oyó decir a éste: 

-Te molesta verme, ¿no es verdad?... Bien te lo predije. Ya empiezan las dificultades. Ya podéis ahora pedir pan, que lo que os darán será plomo. 

Entonces Esteban volvió sobre sus pasos, y contestó: 

-Lo que me molesta, son los cobardes que se cruzan de brazos, viéndonos exponer el pellejo. 

-¿Tienes idea de robar ahí enfrente? -preguntó Rasseneur. 

-No tengo más idea que la de estar con mis compañeros hasta el final, dispuesto a morir con ellos. 

Y Esteban se alejó, desesperado, dispuesto, en efecto, a dejarse matar. Al salir a la calle, tropezó con dos chicuelos que se disponían a tirar piedras, y después de pegarles un soberbio puntapié a cada uno empezó a gritar a sus compañeros, diciéndoles que romper los vidrios no conducía a nada. 

Braulio y Lidia, que se habían juntado con Juan, aprendían de éste a manejar la honda, y cada cual tiraba una piedra apostando a quién haría más daño. Lidia acababa de tener la torpeza de herir con una piedra a una de las mujeres del grupo de amotinadas, y los dos muchachos se reían de la gracia, en tanto que el viejo Mouque y su amigo Buenamuerte, sentados en un banco, les miraban con la mayor tranquilidad. Las piernas hinchadas de Buenamuerte le sostenían tan mal, que con mucho trabajo había podido arrastrarse hasta allí, sin que nadie comprendiera qué curiosidad le llevaba a presenciar aquel espectáculo, porque estaba en uno de esos días en que no era posible sacarle una palabra del cuerpo. 

Ya nadie obedecía a Esteban. Las piedras, a pesar de sus órdenes, seguían lloviendo, y él se admiraba de ver a aquellos brutos sacados con tanto trabajo de su apatía, para luego convertirse en fieras terribles a quien nadie podía contener. Toda la antigua sangre flamenca estaba allí, esa sangre que necesita meses y meses para calentarse, pero que, una vez caliente, se entrega a los más terribles excesos, sin oír consejos, hasta que la bestia se ve harta de atrocidades. En los países meridionales las turbas se inflaman con más facilidad, pero cometen menos excesos. Esteban tuvo que reñir con Levaque para arrancarle el hacha; y no sabía cómo componérselas con Maheu, que tiraba piedras con las dos manos. Sobre todo, las mujeres le daban miedo: la de Levaque, la Mouquette y todas, presas de furor homicida, aullando como perros, con los dientes y las uñas fuera, excitadas por la Quemada, que las dominaba a todas, gracias a su elevada estatura, tenían el aspecto feroz. 

Pero hubo un momento de tregua: una sorpresa de un minuto determinó la calma, que todos los ruegos y las órdenes de Esteban no consiguieran obtener. Era que los Grégoire se decidían a despedirse del notario para entrar en casa del director, y parecían tan tranquilos, tan confiados como si sólo se tratara de una broma de los mineros, cuya resignación les estaba dando de comer hacía un siglo, que los revoltosos asombrados, conmovidos, cesaron, en efecto, de tirar piedras, por miedo de que alguna lastimase a aquellos dos viejos que se presentaban como llovidos del cielo. Los dejaron entrar en el jardín, subir la escalinata, llamar a la puerta tranquilamente, y esperar con la misma tranquilidad, porque tardaban en abrirles. Precisamente en aquel momento Rosa, la doncella, volvía de su paseo, sonriendo con amabilidad a los obreros, a los cuales conocía perfectamente, porque era hija de Montsou. Ella fue la que, a fuerza de puñetazos y golpes, obligó a Hipólito a entreabrir la puerta de la casa. Ya era tiempo, porque en aquel momento empezaba a llover piedras otra vez. La muchedumbre, vuelta de su sorpresa, gritaba con más furor: 

-¡Mueran los burgueses! ¡Viva el socialismo! 

Rosa continuaba sonriendo en el vestíbulo de la casa, como si le divirtiese la aventura, y decía al criado, que tenía un susto mayúsculo: 

-¡Si no son malos! ¡Los conozco bien! 

El señor Grégoire colgó con la mayor calma su sombrero en la percha de la antesala, y después de ayudar a su mujer a quitarse el abrigo, dijo a su vez: 

-Realmente, en el fondo no tienen malicia. Así que se harten de gritar, se irán a comer, y lo harán con más apetito. 

En aquel momento el señor Hennebeau bajaba del segundo piso. Habia visto lo ocurrido, y salía a recibir a sus convidados con su habitual frialdad y cortesía. Solamente la palidez de su semblante acusaba la agitación pasada. Se había dominado, y en él ya no quedaba más que el ingeniero, el administrador correcto y decidido a cumplir con deber. 

-Todavía no han venido las señoras -dijo, después de saludar. 

Por primera vez, los señores Grégoire se sintieron inquietos. ¡Que no había vuelto Cecilia! ¿Y cómo entraría en la casa, si seguía la broma de los mineros? 

-He pensado en hacer despejar la carretera -añadió el señor Hennebeau-. Pero, por desgracia, estoy solo, y no sé a dónde mandar al criado para que vengan cuatro soldados y un cabo que echen de ahí a esos canallas. 

Rosa, que continuaba en la antesala, se atrevió a decir: 

-¡Oh, señor! ¡Si no son malos! 

El director movía la cabeza, en tanto que el tumulto aumentaba la calle y las pedradas contra la fachada seguían sin cesar. 

-Yo no les odio, porque de sobra comprendo lo que es el mundo, y se necesita ser todo lo bruto que ellos son para creer que nosotros tenernos interés en acrecentar sus desdichas. Pero mi deber es restablecer el orden. ¡Y pensar que, según dicen, hay gendarmes en el pueblo, y que no he visto ni uno siquiera desde esta mañana! 

Se interrumpió y, dirigiéndose a la señora Crégoire, añadió con su habitual cortesía: 

-Pero, por Dios, señora no estemos aquí: pasen al salón, y que enciendan las luces. 

La cocinera llegaba en aquel momento exasperada, y los detuvo en el vestíbulo algunos minutos más. La pobre iba a manifestar que no aceptaba la responsabilidad de la comida, porque estaba esperando unas cosas de casa del pastelero de Marchiennes, que le debían haber llevado a las cinco. Indudablemente el mozo de la pastelería se habría quedado en el camino, asustado del motín. Quizás le habrían robado lo que llevaba. De todos modos ya estaba advertido el señor; prefería tirar la comida, a presentarla mal por causa de los revolucionarios. 

-¡Un poco de paciencia! -dijo el señor Hennebeau-. No se ha perdido nada todavía; tal vez venga el pastelero un poco más tarde. 

Y al volverse otra vez a la señora Grégoire, abriendo él mismo la puerta del salón, quedó muy sorprendido al ver sentado en el banco de la antesala a un hombre a quien no había visto hasta aquel momento. Al reconocerle, exclamó: 

-¡Hola! ¿Es usted, Maigrat? ¿Pues qué pasa? 

Maigrat se había puesto en pie, y entonces se vio su semblante descolorido, pálido, lívido de espanto. Había perdido su aspecto de hombre bonachón, y dijo que se había atrevido a entrar en casa del director para reclamarle ayuda y protección, si aquellos bandidos atacaban su almacén. 

-Ya ve usted que yo mismo estoy amenazado -contestó el señor Hennebeau-, y que no tengo medios de defensa. Mejor habría hecho usted en quedarse en su casa para guardar la tienda. 

-¡Oh! Lo he cerrado todo muy bien; y, además, he dejado allí a mi mujer. 

El director se impacientó, sin disimular su desprecio. ¡Vaya una defensa que podría hacer aquella infeliz! 

-Pues yo no puedo hacer nada. Defiéndase como pueda. Y le aconsejo que se vuelva enseguida a su casa, pues ya ve usted que están pidiendo otra vez pan... Oiga, oiga. 

En efecto los gritos redoblaban, y Maigrat creyó oír su nombre. Entonces acabó de perder la cabeza. Era imposible volver a su casa, porque le matarían sin duda. Por otro lado, la idea de su ruina le volvía loco, y continuó con la cara pegada a la vidriera de la puerta, sudando, tembloroso, contemplando el desastre, mientras los Grégoire se decidían a entrar en el salón. 

El señor Hennebeau afectaba hacer tranquilamente los honores de su casa. Pero en vano rogaba a sus convidados que se sentasen; la sala, cerrada, iluminada por dos quinqués, aun cuando no había anochecido, se llenaba de espanto a cada nueva acometida de los revoltosos. Allí dentro los bramidos de las turbas parecían más amenazadores por su misma vaguedad. Todos hablaban de aquella inconcebible revolución. El director se admiraba de no haber previsto nada; y tan mal montada tenía su policía, que se indignaba, sobre todo contra Rasseneur, cuya detestable influencia reconocía. Es verdad que pronto llegarían los gendarmes; porque era imposible que le abandonaran así. En cuanto a los señores Grégoire, no pensaban más que en su hija: ¡la pobre, que se asustaba tan pronto! Quizás al ver el peligro se habría vuelto a Marchiennes. Estuvieron esperando un cuarto de hora todavía, en medio del estruendo de las voces y de las pedradas. Aquella situación no era ya tolerable; el señor Hennebeau hablaba de salir a la calle, arrollar él solo a los grupos, y salir al encuentro del carruaje, cuando Hipólito se precipitó en el salón, gritando: 

-¡Señor, señor, que matan a la señora! 

Como Négrel había temido, el carruaje no pudo salir de Réquillart, a causa de las amenazas de los amotinados. Al ver esto, se decidieron a andar a pie los cien metros que los separaban de la casa, para entrar por la puertecilla del jardín; el jardinero los oiría y les abriría. Al principio, estos planes salieron a pedir de boca; ya estaban la señora de Hennebeau y las tres muchachas junto a la puerta, cuando una porción de mujeres se abalanzaron a ellas. Entonces todo se echó a perder. Nadie abrió la puerta: en vano Négrel había querido derribarla, y temiendo lo que iba a pasar, tomó el partido de coger a su tía y a sus amigas, y llegar a la entrada principal de la casa atravesando por entre los grupos. Pero aquella maniobra produjo una conmoción terrible en la muchedumbre: unos les impedían el paso, mientras otros, gritando desaforadamente, los perseguían, y otros ignoraban a qué atribuir la presencia de aquellos señores tan peripuestos, paseándose por entre los agitados grupos. 

En aquel instante, la confusión fue tal, que se produjo uno de esos hechos que, después de pasados, no pueden explicarse. Lucía y Juana, que habían conseguido llegar a la entrada, penetraron en la casa con la protección de las criadas, que entreabrieron la puerta para dejarles paso; la señora de Hennebeau había conseguido llegar detrás de ellas; por fin entró Négrel, y corrió los cerrojos, creyendo que todos estaban a salvo. Pero Cecilia no había entrado: había desaparecido, poseída de tal miedo, que, en vez de seguir a los demás, cayó al huir en medio de los grupos amenazadores. 

Enseguida se oyó gritar: 

-¡Viva el socialismo! ¡Mueran los burgueses! ¡Mueran!

Algunos desde lejos creían que era la señora Hennebeau. Otros suponían que era una amiga de la mujer del director, a quien detestaban los obreros. Pero, de todos modos, importaba poco quien fuera; lo que producía exasperación era su vestido de seda, su abrigo de pieles y su sombrero adornado con plumas. Olía bien, llevaba reloj, y tenía un cutis finísimo, que jamás había tocado el carbón. 

-¡Espera -gritó la Quemada-, que te vamos a desnudar!

-A nosotros nos roban eso los muy puercos -añadió la mujer de Levaque-. ¡Se abrigan con pieles, mientras los demás nos morimos de frío!... ¡Andad, andad: ponedla en cueros, para que aprenda a vivir! 

Entonces la Mouquette fue la más exaltada. 

-¡Sí, sí; y azotémosla luego! 

Aquellas mujeres, en su salvaje rivalidad, se ahogaban, y alargaban el paso para llegar pronto, porque cada una de ellas deseaba llevarse algo de aquella señorita. Seguro que no estaba formada de distinto modo que las demás. Por el contrario: algunas que se cubrían con todos aquellos ringorrangos eran feísimas por dentro. La injusticia había durado mucho tiempo, y era necesario obligarlas a que se vistiesen como los obreros, y no permitirlas que gastaran un dineral en que les planchasen algunas enaguas. 

La pobre Cecilia, en medio de aquellas fieras, tiritaba de miedo, sin poderse mover, y tartamudeando sin cesar la misma frase: 

-¡Señoras, por Dios; señoras, no me hagan daño! 

Pero de pronto dio un grito terrible. Dos manos frías acababan de cogerla por el cuello. Eran las del viejo Buenamuerte, al lado del cual la habían llevado los empujones de las turbas. Parecía borracho de hambre, idiotizado por la miseria, recién salido, de una manera brusca, de aquella resignación suya, que duraba medio siglo, sin que se comprendiese a qué acceso de venganza obedecía. Después de haber expuesto varias veces su vida para salvar la de algunos compañeros sin temor al grisú y a los hundimientos, cedía a influencias misteriosas, que no se explicaban; a una necesidad de hacer daño; a la fascinación de aquel cuello blanco y finísimo. 

-¡No, no! -chillaban las mujeres-. ¡Ponedla en cueros! ¡Ponedla en cueros! 

Cuando en la casa advirtieron la ausencia de Cecilia, Négrel y el señor Hennebeau abrieron nuevamente la puerta para lanzarse en auxilio de la pobre muchacha; pero la muchedumbre se apiñaba contra la puerta, y era muy difícil salir. Se había entablado una lucha terrible, que los Grégoire contemplaban asustados desde lo alto de la escalinata. 

-¡Déjala, viejo! ¡Es la señorita de la Piolaine! - gritó bruscamente la mujer de Maheu, al reconocer a Cecilia. 

Esteban, por su parte, horrorizado de tales represalias contra una niña, se esforzaba por arrebatarla a aquellos energúmenos. En aquel momento tuvo una inspiración, y blandiendo el hacha, que arrancara poco antes de manos de Levaque, gritó con fuerza: 

-¡A casa de Maigrat!... ¡Allí hay pan! ¡Echemos abajo la tienda de Maigrat! 

Y pegó un hachazo contra la ventana del almacén. Algunos le habían seguido, entre los cuales estaban Maheu y Levaque. Pero las mujeres se ensañaban contra Cecilia, que de las manos de Buenamuerte había caído en las garras de la Quemada. Lidia y Braulio, dirigidos por Juan, trataban, andando a cuatro patas, de meterse debajo de sus faldas, para ver las piernas de aquella señorita. Ya empezaban a desnudarla, ya se oía rasgar la tela del vestido, cuando apareció un hombre a caballo, atropellando briosamente a cuantos no se quitaban pronto de en medio. 

-¡Ah!, ¡canallas, miserables, vais a matar a nuestras hijas ahora! 

Era Deneulin que llegaba en aquel momento para comer en casa de Hennebeau. Manejando el caballo con gran habilidad, se abalanzó al grupo, cogió a Cecilia por la cintura, la subió hasta colocarla en el borde delantero de la silla, y atropelló de nuevo a los grupos, que se retiraban ante las brutales acometidas del caballo, que se había encabritado. Junto a la puerta del jardín continuaba la batalla. Pero él pasó arrollando a los amotinados. Aquel refuerzo inesperado libró a Négrel y a Hennebeau, que estaban en verdadero peligro; y mientras el joven ingeniero entraba en el hotel, sosteniendo a Cecilia, que estaba desmayada, Deneulin, que ayudaba a Hennebeau a defenderse, recibió una pedrada, que por poco le destroza el hombro. 

-Eso es -gritó-; rompedme ahora los huesos, después de haberme roto las máquinas. 

Y cerró rápidamente la puerta, contra la cual fueron a estrellarse cincuenta o sesenta piedras lanzadas con furia. 

-¡Perros rabiosos! -dijo Deneulin-. Si me descuido, me rompen la cabeza... Y no puede uno quejarse; pues, ¿qué van a hacer, si los muy brutos no saben otra cosa? 

En el salón, Grégoire y su mujer lloraban, contemplando cariñosamente a Cecilia que iba recobrando el conocimiento. No le habían hecho nada, ni siquiera un arañazo; no había perdido más que el velo del sombrero. Pero su susto aumentó al ver allí a Melania, su cocinera, que subía a decirles que habían querido demoler la Piolaine. Llena de miedo se apresuraba a ponerlo en conocimiento de sus amos. Había entrado por la puerta entreabierta en el momento de mayor tumulto sin que nadie notase su presencia; y en su interminable relato, aquella piedra de Juan que no había roto más que un cristal, uno sólo, se convertía en un verdadero bombardeo capaz de resentir todas las paredes. Los señores de Grégoire estaban aterrorizados al ver que querían matar a su hija y demoler su casa. ¡Luego era verdad que aquellos obreros les tenían odio porque vivían sin hacer nada y a costa de ellos! 

La doncella Rosa, que había acudido con una toalla y un tarro de agua de colonia, repitió por tercera vez: 

-Pues es muy raro todo esto, porque en realidad no son malos. 

La señora de Hennebeau, sentada en un sillón, muy pálida, no lograba reponerse de su violenta emoción; y sólo pudo sonreír cuando oyó que todos felicitaban a Négrel. Parecía que no hubiera sido el señor Deneulin el salvador de Cecilia. Sobre todo, los padres de ésta daban calurosamente las gracias al joven, a quien ya consideraban como yerno suyo. El señor Hennebeau contemplaba aquella escena, yendo de su mujer al querido de ésta, a quien había pensado matar aquella mañana, y desde Négrel a la joven, destinada probablemente a desembarazarse pronto de su sobrino. No tenía prisa ninguna, porque le asustaba pensar dónde iría a parar su mujer: tal vez a caer en brazos de un lacayo. 

-Y a vosotras, hijas mías -preguntó Deneulin a sus niñas-, ¿no os han roto nada? 

Lucía y Juana tenían mucho miedo, pero, después de todo, estaban satisfechas de haber visto aquello, y, pasado el susto, reían de lo lindo. 

-¡Caramba! -exclamó su padre-. ¡Vaya un día el de hoy!... Si queréis dote, tendréis que ganarlo vosotras mismas; eso si no llega el caso de que os veáis obligadas a mantenerme. 

Aunque con voz insegura, estaba bromeando; pero no pudo contener las lágrimas cuando sus dos hijas se echaron a su cuello, besándole cariñosamente. 

El señor Hennebeau había oído aquella confesión de ruina, y una idea repentina acudió a su mente. Vandame, sin duda, sería al cabo de los de Montsou; aquello era su desquite, que le haría reconquistar el perdido favor de la Compañía. En todos los desastres de su vida se refugiaba en la estricta obediencia de las órdenes recibidas, porque, educado militarmente, tal conducta le servía de consuelo en sus pesares domésticos. Poco a poco, todos fueron tranquilizándose, y el salón, iluminado por los dos quinqués, fue adquiriendo su aspecto normal. ¿Qué sucedería en la calle? Porque ya no se oía a las turbas, ni tiraban piedras a los balcones; sólo se percibían murmullos imponentes, pero lejanos. Todos quisieron saber a qué atenerse, y salieron al vestíbulo con el fin de dirigir una mirada a la calle, a través de la vidriera. Las señoras de Hennebeau y de Grégoire, y las tres jóvenes, subieron al piso principal y procuraron ver lo que sucedía, l través de las persianas. 

-¿No veis a ese canalla de Rasseneur a la puerta de la taberna de enfrente? -dijo el señor Hennebeau a Deneulin-. Es menester a todo trance deshacerse de él. 

Y sin embargo no era Rasseneur, sino Esteban, quien derribaba a fuerza de hachazos las puertas de la casa de Maigrat. Y seguía llamando a sus compañeros: ¿acaso lo que había allí dentro no era de los mineros?¿Acaso no tenían el derecho de arrebatar lo que les pertenecía, a un ladrón que estaba explotándolos desde tiempo inmemorial, y que los mataba entonces de hambre, obedeciendo a órdenes de la Compañía? Poco a poco, todos fueron abandonando la casa del director, para acudir a la tienda antigua. El grito de: "pan, pan, pan" hendía nuevamente los aires. De seguro encontrarían pan detrás de aquella puerta. La rabia del hambre se apoderaba otra vez de ellos, como si bruscamente se hallaran sin fuerzas para esperar más, temerosos de caer desfallecidos en medio de la carretera. Tal era la aglomeración de gente, que Esteban temía herir a alguien, cada vez que levantaba el hacha para golpear la puerta. 

Entre tanto, Maigrat, que había salido al vestíbulo del hotel, se refugió primero abajo, en la cocina; pero soñando con atentados abominables contra su casa, no pudo contener su impaciencia y acababa de subir al jardín para ver lo que sucedía, cuando vio que, en efecto, asaltaban la tienda con horrible clamor en medio del cual se distinguía su nombre. No, no era una pesadilla; estaba despierto: contemplaba desde allí todo el espectáculo del pillaje de su propiedad. Cada hachazo de Esteban se lo daban en el corazón. Ya estaba casi rota la puerta; un momento más, y se apoderaban de la tienda. Allá en su imaginación reconstruía exactamente las escenas que iban a tener efecto; veía a todos aquellos bandidos rompiéndolo, destrozándolo todo, apoderándose de cuanto encontraban a mano, comiendo y bebiendo cuanto allí tenía, y acabando por quemar la casa. No, no era posible resignarse de aquel modo a contemplar su ruina; no, antes morir. Desde que se hallaba en el jardín, estaba viendo en una ventana de su casa, de las que daban a la fachada de detrás, la silueta de su pobre mujer, pálida y temblorosa, mirando a la calle a través de los cristales: indudablemente esperaba resignada los golpes que sin duda iba a recibir. ¡La pobre estaba tan acostumbrada a padecer! 

En aquella parte de la casa había un cobertizo, de tal suerte colocado, que desde el jardín era fácil llegar a él subiendo por la tapia del mismo: luego, no era tampoco difícil subir, con la ayuda de los árboles, hasta las ventanas de casa de Maigrat. Y la idea de tener que entrar de aquel modo le atormentaba con cierto remordimiento por haber salido de allí. Tal vez hubiera podido librarse de la muerte formando detrás de ella una barricada con los muebles; después podría recurrir a otros medios heroicos de defensa, tal como verter aceite o petróleo ardiendo desde las ventanas. 

Pero aquel cariño a sus mercancías luchaba con su miedo cerval y su natural cobardía. De pronto, al oír un hachazo más fuerte que los demás, acabó de decidirse. La avaricia triunfaba: él y su mujer defenderían los sacos de provisiones hasta perder la última gota de su sangre. 

Pero casi enseguida que se subió al techo del cobertizo se oyeron gritos terribles: 

-¡Mirad, mirad!... ¡Ese ladrón está ahí arriba! ¡Al gato, al gato! -gritaban los amotinados. 

Acababan de ver a Maigrat en el tejado del cobertizo. A impulsos de la extraña fiebre que le dominaba, y a pesar de su obesidad y pesadez, había trepado ágilmente por la tapia y se esforzaba por llegar a una ventana. Quizá lo hubiera conseguido, a no echarse a temblar de miedo que le alcanzara alguna piedra; porque las turbas, a las cuales ya no veía, seguían voceando en la calle: 

-¡Al gato, al gato!... ¡Hay que cazarlo! 

Bruscamente, le faltaron las dos manos a la vez, y, cayendo como una bola, tropezó en la canal del tejado, y fue a dar en tierra, con tan mala suerte, que se abrió la cabeza en la caída. Quedó muerto en el acto. Su mujer, asomada a la ventana, pálida y temblorosa, continuaba mirando. 

La primera impresión de la muchedumbre fue de estupor. Esteban se detuvo con el hacha entre las manos; Maheu, Levaque, todos los demás. olvidaban la tienda, con la cabeza vuelta hacia el sitio de la catástrofe, contemplando un hilo de sangre que salía de la frente del muerto. Cesaron los gritos, y en la semioscuridad del crepúsculo se produjo un silencio profundísimo. 

De pronto empezó de nuevo la gritería. Eran las mujeres, las cual se habían precipitado hacia el muerto, presas de la embriaguez de la sangre, cuyas gotas veían. 

-¡Es verdad que hay Dios! ¡Ah, canalla; ya se acabó! 

Rodeaban el cadáver todavía caliente, lo insultaban con sus carcajadas, llamándole canalla y granuja; escupían en la cara de aquel muerto el rencor producido por la vida de miseria y de hambre. 

-¡Yo te debía setenta francos!, pues ya estás pagado, ¡ladrón! -dijo la mujer de Maheu, más furiosa que todas las demás-. Ya no te negarás a fiarme... ¡Espera! ¡Espera!, ¡que todavía voy a darte de comer! 

Con los diez dedos arañó la tierra y cogió dos puñados de ella, con los cuales le llenó la boca violentamente. 

-¡Toma!, ¡come, bribón!... ¡Toma!, ¡come, come, como nos devorabas antes! 

Las injurias menudeaban, mientras el muerto, tendido boca arriba, miraba, inmóvil, con los ojos abiertos, la inmensidad del cielo, medio envuelto ya en tinieblas. Aquella tierra con que le llenaron la boca era el pan que se había negado a dar a los demás, y ya no comería más que de aquel pan. En verdad que estaba pagando caro las infamias que había cometido con los pobres. Pero las mujeres deseaban vengarse todavía más. 

-¡Hay que destrozarlo!

-¡Sí, sí! ¡Qué no queden ni señales de ese cuerpo! ¡Nos ha hecho mucho daño! 

La Mouquette empezó a quitarle los pantalones, ayudada por la de Levaque, que levantaba las piernas. Y la Quemada, con sus escuálidas y arrugadas manos de vieja, le abrió los muslos, empuñó aquella virilidad muerta, y haciendo un esfuerzo de salvaje, trató de arrancarla de un solo tirón. Pero los ligamentos resistían; tuvo que empezar otra vez, hasta que acabó quedándose en la mano con aquel jirón de piel velluda y ensangrentada que agitó en el aire, prorrumpiendo en una bestial carcajada de triunfo. 

-¡Ya lo tengo! ¡Ya lo tengo!

Multitud de voces chillonas saludaron con imprecaciones el horrendo trofeo. 

-¡Ah, bribón! ¡Ya no te meterás más con nuestras hijas! -¡Sí, ya se acabaron tus infamias!-Ya no tendremos que comprar el pan a costa de nuestro cuerpo. 

Aquellas infames salvajadas producían un placer terrible. Unas a otras, las mujeres se enseñaban aquel ensangrentado despojo, como si fuese un reptil venenoso que a todas las hubiera picado y que veían inerte v a merced de ellas en aquel momento. Todas le escupían, todas le insultaban groseramente, todas repetían en un furioso acceso de desprecio: 

-¡Anda, anda; que te entierren así, grandísimo bribón! 

La Quemada colocó entonces aquel jirón de carne en la punta de un palo; y levantándolo en alto, tremolándolo como si fuese un pendón, se echó a la carretera corriendo y dando voces, seguida por aquella turba de mujeres desgreñadas y medio desnudas. La sangre chorreaba por el palo, y aquel pedazo de carne pendía de la punta como un despojo colgado de un gancho de carnicero. Allí arriba, en la ventana, la mujer de Maigrat continuaba inmóvil; pero a los últimos reflejos del sol que se ocultaba, cualquiera que la hubiese observado, hubiese visto, a través de los cristales, cierta contracción de sus facciones que parecía una sonrisa. Harta de golpes, harta de vivir despreciada y pospuesta a todas las mujeres que visitaban su casa, harta de trabajar desde por la mañana hasta la noche, tal vez sonreía, en efecto, al ver correr a aquellas mujeres detrás del sangriento despojo de su marido. 

La horrenda mutilación había producido un horror profundo en los hombres. Ni Esteban, ni Maheu, ni los demás tuvieron tiempo de intervenir para evitarla; e inmóviles permanecieron también ante aquella furiosa carrera. A la puerta de la taberna se asomaban algunas cabezas. Rasseneur, pálido de indignación y Zacarías y Filomena estupefactos por lo que habían visto. Los dos viejos, Buenamuerte y Mouque, meneaban la cabeza con extraña expresión. Solamente Juan se reía, dando codazos a Braulio y obligando a Lidia a que levantase la cabeza. Pero las mujeres regresaban ya, desandando lo andado, y pasaban por debajo de las ventanas de la Dirección. Y desde detrás de las persianas las señoras y señoritas que estaban allí, alargaban el cuello para enterarse de lo que sucedía. No habían podido ver la escena, no sólo a causa de la tapia del jardín, sino por efecto de la semioscuridad del crepúsculo. 

-¿Qué traen en la punta de aquel palo? -preguntó Cecilia, que desde allí se atrevía a mirar. 

Lucía y Juana dijeron que debía de ser una piel de conejo. 

-No, no -murmuró la señora de Hennebeau-; habrán robado en alguna tienda; parece el despojo de un cerdo. 

En aquel momento se estremeció y calló. La señora Grégoire acababa de hacerle una seña con la rodilla. Las dos quedaron aterradas. Las tres señoritas, muy pálidas, no preguntaban ya, y seguían con ojos espantados aquella visión horrible que iba desapareciendo en la oscuridad. 

Esteban blandió de nuevo el hacha. Pero el malestar general no se disipaba; aquel cadáver tendido en el suelo protegía la tienda. Muchos habían retrocedido. Maheu permanecía sombrío y contemplando el horrible espectáculo de la muerte, cuando oyó una voz que le hablaba al oído, diciéndole que escapase. Volvió la cabeza, y reconoció a Catalina, que estaba todavía vestida de hombre y negra de carbón. La rechazó con un gesto. No quería oírla, y la amenazaba con pegarle. Entonces ella pareció desolada; vaciló un momento. y corrió hacia Esteban: 

-¡Escapa, escapa, que están ahí los gendarmes! 

También él la rechazaba y la injuriaba, sintiendo que a su mejilla subía la sangre al recuerdo de la bofetada. Pero ella no se daba por vencida, y le decía que tirase el hacha; cogiéndole de los brazos, con fuerza irresistible le arrastraba en pos de sí. 

-¡Cuando te digo que están ahí los gendarmes!... óyeme. Si lo quieres saber, te diré que Chaval ha ido a buscarlos, y los conduce hasta aquí... Escapa, que no quiero que te cojan. 

Y se lo llevó de allí en el instante en que a lo lejos se oía el rápido galopar de muchos caballos. De pronto se oyó el grito de: 

-¡Los gendarmes! ¡Los gendarmes! 

Y todos huyeron a la desbandada, tan precipitadamente que, en menos de dos minutos, la carretera quedó desierta, como barrida por un huracán terrible. Sólo el cadáver de Maigrat formaba una mancha de sombra en lo blanco del camino. En la puerta de la taberna Tison no quedó más que Rasseneur, que, alegre y tranquilo, se felicitaba por la llegada de los soldados; mientras que todos los burgueses de Montsou, en pie, sudando de espanto, detrás de sus persianas, dando diente con diente, esperaban ver aparecer a los gendarmes. La caballería se aproximaba al galope y un momento después los gendarmes, en columna cerrada, desembocaban por una calle del pueblo. Y detrás de ellos, confiado a su custodia, llegaba el carro del pastelero de Marchiennes, y de él saltaba al suelo un marmitón, quien, con la mayor tranquilidad del mundo empezó a desempaquetar los postres de dulce para la comida del director.

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Germinal


 


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