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VI PARTE I Transcurrió la primera quincena de febrero; un frío extraordinario y seco prolongaba el invierno sin compasión para los pobres. Varias autoridades, y entre ellas el gobernador de Lille y un juez especial, habían recorrido la comarca. Y no bastando los gendarmes, se había mandado tropa a Montsou: un regimiento entero, que se acantonó en Beaugnies y en Marchiennes. Pequeños destacamentos guardaban las minas, y al lado de cada máquina había un centinela. La casa del director, los talleres de la Compañía, y hasta las casas de algunos burgueses, se veían erizadas de bayonetas. Por los caminos no se oía más que el acompasado paso de las patrullas. En la plataforma de la Voreux se veía continuamente un centinela colocado allí como un vigía encargado de ver cuanto pasaba en la extensa llanura; y de dos en dos horas, como si se tratara de un país conquistado, se oían los "¡Alerta!" y los "¿Quién vive?........ ¡El santo y señal", de las rondas y rondines. No se había empezado a trabajar en ninguna parte. Antes, al contrario, la huelga se había acentuado; en Crevecoeur, en La Magdalena y en Mirou, se habían suspendido los trabajos de extracción, lo mismo que en la Voreux. Y a La Victoria y a Feutry-Cantel cada vez iban menos mineros; a Santo Tomás no acudía ni la mitad de los obreros. La huelga se convirtió en un empeño mudo y obstinado, frente a aquel alarde de fuerza que exasperaba el orgullo del minero. Los barrios parecían desiertos en medio de los campos sembrados de remolacha. Ningún obrero se agitaba; apenas si se encontraba alguno que otro aislado, con la mirada aviesa y la cabeza baja ante los pantalones colorados de la infantería. Y bajo la apariencia de aquella paz sombría, de aquella terquedad pasiva; ante aquel temor a los fusiles, estaba la supuesta docilidad, la obediencia forzada y paciente de las fieras enjauladas, que fijan los ojos en el domador, prontas a devorarlo si les vuelve la espalda. La Compañía, que se arruinaba por aquella suspensión del trabajo, hablaba de contratar mineros del Borinage, en la frontera belga; pero no se atrevía a tanto; de modo que la batalla continuaba dentro de aquellos limites, entre los carboneros, que se negaban a someterse, y las minas desiertas, custodiadas por la tropa. Al día siguiente de aquella tarde había sobrevenido la paz como por encanto, ocultando un pánico tal, que todos procuraban no decir palabra de los destrozos y de las atrocidades cometidas. Del sumario que se instruyó, resultaba que la muerte de Maigrat fue consecuencia de su caída; y la horrible mutilación de su cadáver seguía siendo vaga, y estaba envuelta en cierto misterio, que nadie procuraba descubrir. Por otra parte, no había habido robo ni fractura en la tienda. Por su lado, la Compañía no confesaba los perjuicios sufridos, ni los Grégoire querían mezclar a su hija en el escándalo de un proceso, en el cual tuviera que declarar. No obstante, se habían hecho algunos prisioneros, hechos, como siempre, entre imbéciles o asustados comparsas que no sabían nada de lo ocurrido. Por error, Pierron había sido conducido a Marchiennes, atado codo con codo, de lo cual reía aún todo el mundo cuando lo recordaba. También Rasseneur había estado a punto de caer en manos de los gendarmes. En la Dirección se contentaban con llenar listas de nombres para despedir mineros; y, en efecto, los despidieron en número considerable. Así, por ejemplo, en el barrio de los Doscientos Cuarenta sólo habían quedado definitivamente despedidos Maheu, Levaque y treinta y cinco compañeros suyos. Toda la severidad era para Esteban, el cual había desaparecido la misma noche del día del motín, y al cual no dejaban de buscar, aunque sin hallar de él ni el menor rastro. Chaval, vengativo y rencoroso, no denunciaba sino a él, y se obstinaba en no nombrar a nadie más, gracias a los ruegos de Catalina, que quería salvar al menos a sus padres. Pasaban los días: todos comprendían que el conflicto no estaba terminado, y todos aguardaban su desenlace con verdadera impaciencia. Desde entonces, los burgueses de Montsou despertaban todas las noches sobresaltados creyendo oír gritos de venganza, y notar olor a pólvora. Pero lo que acabó de asustarles fue un sermón del nuevo cura del pueblo, el padre Ranvier, un hombre flaco, con ojos brillantes, el cual había relevado en la parroquia al padre Joire. ¡Cuánto echaban de menos la sonriente discreción de éste, y su afán único de vivir en paz con todo el mundo! El padre Ranvier, por el contrario, se había permitido la enormidad de tomar la defensa de aquellos terribles bandidos ansiosos de deshonrar la religión. Hallaba excusas para los infames huelguistas, y atacaba a la burguesía, a quien cargaba todas las responsabilidades. La burguesía era la que, desposeyendo a la iglesia de sus libertades tradicionales para apropiárselas, había hecho del mundo un lugar de injusticia y de sufrimiento; ella era la que provocaba conflictos, la que empujaba a una catástrofe horrible con su ateísmo, con su terquedad de no volver a las antiguas creencias, a las fraternales tradiciones de los primeros cristianos. Y se había atrevido, además, a pronunciar amenazas contra los ricos; les había predicho que, si seguían desoyendo la voz de Dios, éste acabaría sin duda por ponerse de parte de los pobres. Dios arrebataría la fortuna a los incrédulos que la disfrutaban, y la distribuiría entre los pobres para el triunfo de su gloria. Los devotos temblaban al oírlo; el notario decía que aquello era socialismo puro; todos se representaban al cura capitaneando una partida de descamisados, blandiendo una cruz a guisa de espada, y luchando por demoler la sociedad burguesa creada en 1789. El señor Hennebeau, al saberlo, se contentó con decir, encogiéndose de hombros. -Si nos fastidia mucho, ya nos lo quitará el obispo. Y mientras el pánico agitaba sordamente a unos y a otros, Esteban vivía subterráneamente en Réquillart, en la cueva arreglada por Juan. Allí se escondía, nadie suponía que estuviese tan cerca; nadie sospechaba la audacia tranquila de aquel refugio. La boca del pozo estaba cada día más interceptada por las raíces de los árboles; nadie osaba penetrar allí, porque para conseguirlo se necesitaba conocer la maniobra de deslizarse con cuidado y habilidad para llegar a los primeros peldaños de la escala, que n(, estaban podridos todavía. Otros obstáculos protegían la entrada, tales como el calor sofocante del pozo, los 120 metros de peligrosísimo descenso, lo penoso de la bajada por aquellas estrechuras, donde sin una gran práctica se destrozaba cualquiera la espalda y el vientre. Allí vivía Esteban. en medio de la abundancia, porque había encontrado ginebra, restos de una bacalada, y todo género de provisiones. El montón de paja era una cama cómoda; no se sentía ninguna corriente de aire, gracias a la igualdad inalterable de aquella temperatura agradabilísima. No k amenazaba sino el peligro de que le faltase la luz. Juan, que se había hecho su provisor, con una prudencia y discreción que eran aumentadas por el maligno placer de burlar la vigilancia de los gendarmes, le llevaba de todo, hasta pomada; pero no conseguía poner la mano sobre un paquete de velas. Desde el quinto día Esteban no encendía luz más que para comer, porque no podía pasar bocado si lo hacía a oscuras. Aquella noche completa, continua, interminable, era para él un suplicio. A pesar de verse a salvo, de dormir tranquilamente, de no carecer de pan, de no sentir frío ni calor, jamás la noche le había atormentado tanto. Le parecía que aquello embotaba por completo de sus ideas. Estaba viviendo del robo. A pesar de sus ideas comunistas, se despertaban en él los antiguos escrúpulos de educación, hasta el punto de que a veces no comía más que lo necesario para no morirse. Pero ¿qué había de hacer? Era preciso vivir, porque aún no se hallaba cumplida su misión. Otra vergüenza le abrumaba también: el remordimiento de aquella salvaje embriaguez, de aquella ginebra echada a su estómago vacío, y que fue la causa de su cobarde conducta con Chaval. El recuerdo de esto despertaba en él un espanto desconocido, el mal hereditario, que no le permitía beber un trago de más sin caer en el furor homicida. ¿Acabaría en asesino? Pronto, sin embargo, reaccionaba, revolviéndose contra las preocupaciones sociales. Cuando se vio a salvo, en aquella profunda tranquilidad subterránea, sintió el hastío de la violencia, y durmió dos días con el sueño pesado del bruto abatido y harto. Transcurrió una semana más; y como los Maheu, que sabían donde estaban, no pudieron enviarle velas, le fue necesario privarse de luz aun a las horas de comer. Permanecía largo tiempo tendido en la paja. Vagas ideas que no creía tener, trabajaban incesantemente en su imaginación. Sentía el convencimiento de su superioridad, que le ponía por encima de sus compañeros, una exaltación de su persona que, a medida que iba instruyéndose, se afinaba y adquiría necesidades delicadas. Jamás había reflexionado tanto: jamás como entonces se había preguntado la razón de su disgusto al día siguiente de sus excesos y atropellos contra la propiedad de los otros; pero no osaba responderse, y sentía que le repugnaban los recuerdos, la bajeza de sus concupiscencias, la grosería de sus instintos, el olor de toda aquella miseria desplegada al viento. Al fin acabaría por arrepentirse de haber ido a vivir al barrio de los obreros. ¡Qué náuseas le producían aquellos miserables, viviendo amontonados en horrible promiscuidad! No había entre ellos ni uno solo con quien hablar seriamente de política; era una vida imposible; siempre aquel emponzoñado olor a cebolla que le impedía respirar. Él quería ensancharles el horizonte, elevarlos al bienestar y a los buenos modales de la burguesía, haciendo de ellos los amos; pero ¡qué larga, qué lenta era la tarea! Y ya no se sentía con valor para esperar la hora del triunfo. Poco a poco, su vanidad de ser jefe, su preocupación constante de pensar por ellos, habían metido en él el alma de uno de aquellos burgueses tan aborrecidos. Una noche, Juan le llevó un cabo de vela que había robado del farol de un carruaje, y aquello fue un gran consuelo para Esteban. Cuando la oscuridad le desesperaba, cuando ésta pesaba sobre su cerebro como losa de plomo inaguantable, encendía la luz un rato; luego, cuando lograba rechazar la pesadilla, apagaba de nuevo aquella luz, que le era tan necesaria como el pan para vivir. El silencio le producía zumbidos en los oídos; no oía nunca más que el correr de las ratas, el crujir de las maderas viejas o el ruido producido por las arañas al tejer sus telas. Y, con los ojos abiertos, en medio de aquella oscuridad profunda, volvía a su idea fija: lo que estaban haciendo sus compañeros, lo que éstos esperaban de él. Una deserción por parte suya le habría parecido la peor de las cobardías. Si se escondía, era para seguir en libertad para aconsejarles y para obrar de acuerdo con ellos cuando fuese necesario. Sus largas reflexiones habían fijado su ambición; mientras llegaban cosas mejores, hubiera querido ser siquiera Pluchart, dejar de trabajar, trabajar únicamente por la política, pero solo, en una habitación bien puesta y confortable, con el pretexto de que los trabajos mentales absorben la vida entera y exigen mucha tranquilidad de espíritu. A fines de la semana, Juan le dijo que los gendarmes le creían emigrado a Bélgica, y Esteban se atrevió a salir de la madriguera tan pronto como fue de noche. Deseaba darse cuenta de la situación, y ver si debía insistir en su actitud. Él creía comprometido el éxito antes de la huelga; dudaba del resultado; no había hecho más que ceder a la necesidad; y entonces, después de todo lo ocurrido, volvían sus dudas, y desesperaba de vencer a la Compañía. Pero no se lo confesaba todavía; se sentía invadido por la angustia cuando pensaba en las miserias de la derrota, en aquella terrible responsabilidad que pesaría sobre él. ¿No era el final de la huelga el final de su papel, su ambición por tierra, su entrada nuevamente en la vida de miseria de la mina y del barrio de los obreros? Y honradamente, sin falsas consideraciones, se esforzaba por volver a encontrar su fe perdida, por convencerse de que era posible la resistencia y de que el capital se destruiría a sí mismo ante el heroico suicidio del trabajo. En efecto: en toda la comarca se hablaba de grandes desperfectos y pérdidas materiales sufridos por la Compañía. Cuando por la noche salía de su madriguera, como un lobo acosado, recorría los campos, y le parecía oír por todas partes los lamentos de los perjudicados por la ruina y por las quiebras. No pasaba más que por delante de fábricas cerradas, cuyos edificios desiertos causaban verdadera tristeza. Las fábricas de azúcar, sobre todo, habían sufrido mucho: la de Hotton y la de Fauvelle, después de haber disminuido el número de sus obreros, acababan de arruinarse también. La fábrica de Bleuze, donde se hacían los cables para las minas, se hallaba definitivamente muerta para siempre, por efecto de aquella obstinación de los huelguistas. Por la parte de Marchiennes, los desastres se agravaban todavía más; en la fábrica de vidrio de Gagebais no quedaba un solo horno encendido; los talleres de construcción de Sonneville, todos los días despedían trabajadores. La huelga de los mineros de Montsou, nacida a consecuencia de la crisis industrial que iba en aumento hacía dos años, había agravado ésta, adelantando el desastre. A las causas de decadencia, que eran la carencia de pedidos de América y el ahogo de los capitales inmovilizados por un exceso de producción, se agregaba entonces la falta imprevista de hulla para las pocas fábricas que aún trabajaban; y en eso estribaba la agonía. La sociedad minera, llena de miedo ante el malestar general, al disminuir su extracción matando de hambre a sus obreros, se había encontrado fatalmente, hacia fines de diciembre, sin un solo pedazo de carbón disponible. Y en todas las ciudades próximas, lo mismo en Lille que en Douai, que en Valenciennes, las quiebras menudeaban a consecuencia de la paralización de la industria, tan grande, que acaso no había ejemplo de otra semejante. Esteban paseaba de noche por los campos, deteniéndose a cada paso para respirar fuertemente, con alegría, con la esperanza de que llegase la hora de destruir para siempre el viejo mundo, sin que quedara en pie ni una sola fortuna, barridas todas por el esfuerzo de la revolución, y sometiendo al mundo entero a la igualdad más absoluta. Se complacía con los destrozos que se notaban en todas las minas; las recorría de noche una después de otra, contento cuando advertía algún nuevo desperfecto, alguna nueva pérdida de consideración. A cada instante se producían nuevos desprendimientos, porque el abandono forzoso de los trabajos los hacían inminentes. Por encima de la galería norte de Mirou, el suelo se desnivelaba de tal manera, que el camino de Joiselle, en una distancia de cien metros lo menos, se había hundido como por efecto de un terremoto; y la Compañía pagaba sin regatear cuanto le exigían por indemnización los propietarios de aquellas tierras, temerosa del escándalo que producían tales accidentes. Crevecoeur y La Magdalena estaban amenazadas de igual peligro. Se hablaba de dos capataces muertos en el fondo de Feutry-Cantel, La Victoria estaba inundada por las aguas, y en Santo Tomás se habían hecho precisas obras importantes de reparación, porque las maderas del revestimiento se rompían por todas parees. Así, que cada día, a todas horas, había que hacer cuantiosos gastos, que eran brechas abiertas en los dividendos de los accionistas y una rápida destrucción en las minas, que al fin y a la postre acabarían por tragarse las famosas acciones de Montsou, cuyo valor se había centuplicado en un siglo. Ante aquellos golpes repetidos, renacían las esperanzas de Esteban, el cual se hacía nuevas ilusiones; acababa por decirse que al cabo de otro mes de resistencia el monstruo tendría que someterse. Sabía que después de los desórdenes de Montsou, los periódicos de París se ocupaban mucho del asunto, sosteniendo reñidas polémicas la prensa ministerial contra la de la oposición, en la cual había terroríficos relatos, explotados principalmente para combatir a la Internacional, a la que el Gobierno Imperial iba tomando, después de haberla protegido al principio; y el Consejo de Administración, que no podía ya hacer oídos sordos ante aquel escándalo, concluyó por enviar a Montsou dos de los individuos más importantes de su seno, con objeto de instruir una información sobre los últimos sucesos. Pero los dos consejeros tomaron sus tareas con tal tranquilidad, con tanto desprecio sobre el resultado de ellas, con tan poca pasión, que tres días después regresaban a París, asegurando que las cosas no podían estar mejor. No obstante, se había dicho que aquellos señores, durante su permanencia en el pueblo, no habían dado punto de reposo a su febril actividad, trabajando en cuestiones acerca de las cuales nadie había traslucido lo más mínimo. Esteban se reía de ellos, y cuando vio que se marchaban tan pronto, los creyó desanimados, y acabó de convencerse de la facilidad del triunfo, puesto que la Compañía abandonaba el campo poco menos que declarándose vencida. Mas, al día siguiente, el obrero volvió a desconfiar del éxito. La Compañía era muy fuerte para que tan pronto se la pudiera derrotar: por muchos millones que perdiese, podía esperar, y luego, cuando la huelga pasase, se desquitaría, explotando más que antes a sus obreros. Una noche que alargó su acostumbrado paseo hasta Juan-Bart, comprendió toda la verdad cuando le dijo un vigilante que se hablaba de la venta de Vandame a la Compañía de Montsou. En casa de Deneulin se había declarado la miseria, según se decía; pero una miseria terrible, la miseria de los ricos. El padre estaba enfermo de rabia ante su impotencia para conjurar su ruina, envejecido por los sinsabores producidos por la falta de dinero; las dos hijas hacían esfuerzos titánicos por disimular el desastre, y llevaban a cabo economías verdaderamente heroicas. Menores eran los sufrimientos entre los pobres mineros muertos de hambre, que en aquella casa de burgueses, donde se procuraba ocultar todo lo desastroso de su precaria situación. En Juan-Bart no se habían reanudado los trabajos, y en Gastón-María había sido necesario reemplazar la bomba, sin contar que, a pesar de todos los esfuerzos, se había producido un principio de inundación, que para ser remediado exigiría que se hiciesen grandes gastos. El pobre Deneulin se había decidido a pedir prestados cien mil francos a Crégoire, cuya negativa, aunque prevista, fue para él el golpe de gracia; por descontado, su primo le dijo que se negaba a prestarle aquel dinero por cariño, por evitar que luchase más inútilmente; y después le aconsejó que vendiese la mina. El pobre seguía negándose a ello enérgicamente, porque se enfurecía al pensar que sólo él iba a pagar los vidrios rotos, como se suele decir, y hablaba de morir antes que vender. Pero al cabo de algún tiempo, ¡qué había de hacer!, oyó las proposiciones que se le hacían. Como sucede siempre en tales casos, los que iban a comprar despreciaban la mina, a pesar de su recientísimas y costosas reparaciones. Pero era necesario a todo trance pagar a sus acreedores. Durante dos días se defendió contra .los consejeros de Administración llegados de París, indignado ante la frialdad mostrada por éstos cuando les hablaba de su ruina. La cuestión quedó en tal estado cuando aquellos señores regresaron a la capital. Esteban, al saber todo esto volvió a perder las esperanzas, porque comprendía que semejante adquisición compensaría a los de Montsou de todas las pérdidas experimentadas. Se asustaba al contemplar el poderío inmenso de los grandes capitales, tan fuertes en la batalla que engordaban comiéndose a los pequeños, heridos de muerte por la huelga. Por fortuna, al día siguiente Juan le llevó otra buena noticia. En la Voreux, la entrada de] pozo estaba a punto de quedar cegada, porque las infiltraciones eran tan grandes, que las brigadas de carpinteros ocupados en las obras de reparación, trabajaban amenazadas por un peligro continuo. En cuanto fue de noche, Esteban salió de su escondite para recabar noticias. Hasta entonces había procurado no acercarse a la Voreux, temiendo al centinela, cuya silueta no dejaba de verse nunca vigilando la llanura; pero a eso de las tres de la mañana se nubló el cielo, y Esteban se atrevió a acercarse a la mina. Allí le dijeron los amigos que era inevitable el desastre que se esperaba, y que la Compañía tendría que hacer obras de reparación, que seguramente impedirían trabajar durante tres meses lo menos. El jefe de los huelguistas recorrió los alrededores de la mina, prestando atento oído al martilleo de los carpinteros, gozosa el alma al pensar en aquella herida que estaban vendando a toda prisa. Al amanecer, cuando ya iba a su escondite, tropezó con el centinela de la plataforma. Aquella vez, por fuerza le vería. El obrero seguía andando, y haciendo reflexiones acerca de los soldados, de esos hijos del pueblo. a quienes armaban contra el pueblo. ¡Qué fácil sería el triunfo de la revolución si el ejército se pusiera de parte de ella! Bastaba que los obreros y los campesinos que estaban en los cuarteles se acordaran de su origen. Aquél era el peligro supremo, el espanto terrible que hacía temblar a los burgueses, cuando pensaban en la posibilidad de que el ejército se volviera contra ellos. Dos horas bastarían para resolver el gran problema social. Ya se hablaba de regimientos enteros contaminados de socialismo. ¿Sería verdad? ¿Triunfaría al fin la justicia, gracias a los cartuchos repartidos por la burguesía? Y pasando de esta a otra esperanza, el joven se entregaba a la ilusión de que el regimiento que ocupaba las minas se pasaría al bando de los huelguistas, emprendiéndola a tiros contra la Compañía y fraternizando con los obreros. Sin darse cuenta de ello, embebido en sus reflexiones, iba subiendo hacia la plataforma. ¿Por qué no había de hablar con aquel soldado? Quizás pudiera conquistarle para sus ideas. Con aire distraído e indiferente continuó su camino, acercándose al centinela. Éste permaneció inmóvil. -¡Hola, amigo! ¡Qué tiempo más infernal! -acabó por decir Esteban-. Creo que vamos a tener más nieve. Era el soldado un muchacho de pequeña estatura, muy rubio, y de fisonomía delicada. Llevaba el uniforme con toda la torpeza de un quinto. -Creo que sí -murmuró por toda respuesta el militar. Y con sus ojos azules miraba al cielo blanquecino, del que, en efecto, se escapaba una humedad que calaba los huesos. -¡Qué estupidez poneros ahí para que os quedéis helados! -continuó Esteban-. Cualquiera diría que estábamos amenazados por los cosacos... ¡Y con el viento que sopla aquí! El soldado tiritaba sin quejarse. Allí cerca había una especie de caseta donde se abrigaba el viejo Buenamuerte en las noches de mucho frío: pero la consigna mandaba no separarse de allí ni perder de vista la llanura, y el centinela permanecía en su sitio, con las manos tan tiesas de frío, que casi no sentía el fusil que sujetaba. El centinela pertenecía al destacamento de veinticinco hombres que ocupaba la Voreux, y como aquel servicio cruel se repetía cada tres días, el infeliz había estado a punto de morirse de frío. Pero el oficio lo exigía, la obediencia pasiva no le dejaba siquiera pensar en aquellas cosas, y el militar respondía a la pregunta de Esteban con ese tartamudeo que emplean los chiquillos cuando están casi dormidos. En vano pasó Esteban un cuarto de hora procurando hacerle hablar de política. Contestaba sí o no, como quien no comprende lo que le dicen; algunos compañeros suyos aseguraban que el capitán era republicano; pero él no tenía ideas políticas; todo le era lo mismo. Si le mandaban que hiciese fuego, lo haría, porque no tenía más remedio. El obrero le escuchaba con ese odio tradicional del pueblo hacia el ejército, hacia esos hermanos suyos a quienes hacen variar en un instante, con sólo ponerles un pantalón rojo y un capote azul. -¿Y cómo se llama usted? -Julio. -¿De dónde es usted? -De Plogof, muy lejos. Era de un pueblo de la Bretaña y no sabía más. Su carita blanca y sonrosado adquirió una expresión dulcísima al recordar su pueblo. -Tengo allí a mi madre y a mi hermana. Seguro que me están esperando. ¡Ah! Pero aún he de tardar en ir.. Cuando salí de allí, me acompañaron hasta el puente del Abate. Montamos a caballo en Lepalmée; por cierto que estuvimos a punto de estrellarnos al bajar la cuesta de Audierne. Allí me esperaba mi primo Carlos con una buena merienda; pero no pudimos comer, porque las mujeres no dejaban de llorar.. ¡Ah, Dios mío, Dios mío, que lejos estamos de mi pueblo! Y sin que dejara de sonreír, sus ojos se arrasaban en lágrimas. -Oiga -dijo de pronto, dirigiéndose a Esteban- ¿cree usted que si me porto bien me darán un mes de licencia dentro de un par de años? Entonces Esteban habló de la Provenza de donde había salido siendo muy pequeño. Empezaba a amanecer, y del cielo caían ya grandes copos de nieve. Esteban distinguió a lo lejos a Juan, que, asustado sin duda de verle hablando con el centinela, le hacía señas para que bajase enseguida. ¿A qué venía, después de todo, tratar de fraternizar con la tropa. Faltaba aún muchos años para eso, y Esteban lo lamentaba, como si hubiese estado seguro del éxito de su tentativa. Pero de pronto comprendió las señas de Juan: era que iban a relevar al centinela, y se marchó de allí. yendo a enterrarse en Réquillart, convencido una vez más de que era cierta su derrota y el fracaso de sus planes, mientras el chiquillo decía que aquel soldado bribón había llamado a la guardia para que hiciera fuego contra ellos. Arriba, en la plataforma, Julio permaneció inmóvil, con la mirada fija en la nieve que caía. Acercóse el cabo con el relevo; se cambiaron los saludos reglamentados: -¿Quién vive?... ¡El santo y seña! Y se oyeron las pisadas de los soldados, que resonaban como en país conquistado. A pesar de que había amanecido, en los barrios de los obreros todo permanecía en silencio; los carboneros continuaban aferrados a sus propósitos de huelga. II Había nevado dos días enteros, y una helada intensa endurecía el inmenso manto blanco que cubría la llanura; aquella comarca, siempre negra, con caminos que parecían rayas de tinta, con paredes y con árboles empolvados por el carbón, estaba entonces blanca, completamente blanca. El barrio de los Doscientos Cuarenta yacía triste y silencioso bajo la espesa capa de nieve. Por ninguna chimenea salía humo. Las casas, la lumbre estaba tan fría como las piedras de los caminos; la nieve no se derretía. Más que pueblo habitado semejaba el barrio de un pueblo muerto y envuelto en un sudario. Por las calles no se veían más que las huellas fangosas de los soldados que hacían el servicio de patrulla. En casa de los Maheu la última palada de cisco de carbón había sido quemada el día antes; no había que pensar en ir a recoger carbón desperdiciado en los alrededores de la mina con aquel tiempo en que ni siquiera los pajarillas podían encontrar de comer. Alicia estaba muriéndose por haberse empeñado en ello, escarbando entre la nieve. La mujer de Maheu había tenido que liarla en un pedazo de colcha mientras llegaba el doctor Vanderhagen, a casa del cual había ido dos veces sin poderlo encontrar; su criada le prometió que el señorito iría aquella misma noche al barrio, y la desconsolada madre estaba esperándole de pie detrás de la vidriera de la ventana, mientras la niña, que se había empeñado en bajar, tiritaba sentada en una silla, haciéndose la ilusión de que tenía menos frío allí, junto a la estufa apagada. El tío Buenamuerte, sentado frente a ella con las piernas encogidas, parecía dormir. Ni Leonor ni Enrique habían vuelto a casa; andaban por aquellos caminos de Dios, dirigidos por Juan, pidiendo limosna. Maheu se paseaba de un extremo a otro de la habitación, tropezando con las paredes, con el aire estúpido de una fiera encerrada que no ve los barrotes de su jaula. También se había acabado el petróleo; pero el reflejo de la nieve que había en la calle era tan grande, que la habitación, a pesar de la oscuridad de la noche, estaba casi clara. Se oyeron unos pasos; se abrió la puerta, y apareció la mujer de Levaque que llegaba hecha una furia, y que se encaró con su vecina diciendo: -¡Con que has sido tú quien ha dicho que yo exijo un franco a mi huésped cada vez que duerme conmigo! La otra se encogió de hombros. -¡No me fastidies! ¡Yo no he dicho nada!... ¿De dónde sacas eso? -Me han dicho que tú lo dijiste, y no te importa saber de dónde lo saco... Y hasta sé que dices que nos oyes hacer porquerías a través del tabique; que mi casa está muy sucia, porque no hago más que estar en la cama... ¿Niegas que lo hayas dicho, eh? Diariamente había disputas a consecuencia de los chismorreas de las vecinas. Las riñas y las reconciliaciones eran ya cosa cotidiana, sobre todo entre las familias que vivían contiguas,; pero nunca habían tenido la acritud y el encono de ahora. Desde el principio de la huelga, el hambre exasperaba los rencores: todos sentían necesidad de reñir, y una disputa insignificante entre dos comadres se convertía a lo mejor en un duelo a muerte entre dos hombres. Precisamente en aquel momento llegó Levaque, llevando consigo a Bouteloup. -Aquí está este amigo, a ver si dice que ha dado un franco a mi mujer cada vez que ha dormido con ella. El huésped, siempre con su aire tranquilo y bonachón, protestaba tartamudeando excusas. -¡Oh! ¡Eso jamás! ¡Jamás! -decía-. ¿Quién es capaz de suponer tal cosa? Levaque entonces adoptó una actitud amenazadora y poniendo a Maheu el puño en las narices: -Mira -exclamó-, no me gustan estas cosas... Cuando se tiene una mujer capaz de calumniar así, se le rompe el alma... ¿O es que tú crees también lo que ha dicho? -¡Maldita sea!... -exclamó Maheu, furioso de tener que salir de su anonadamiento-. ¿Ya estamos otra vez con estas majaderías? ¿No tenemos bastantes miserias aún? Déjame en paz, si no quieres que vengamos a las manos... Además, ¿quién ha dicho que mi mujer dice tal cosa? -¿Quién lo ha dicho?... Pues la mujer de Pierron. La de Maheu soltó una carcajada burlona, y dirigiéndose a su vecina: -¡Ah! ¿Conque ha sido la de Pierron? -exclamó-. A mí, en cambio me ha dicho que tú dormías con tus dos hombres, uno a cada lado. Ya no fue posible entenderse. Todos se enfurecieron: los Levaque decían a los Maheu, para vengarse, que la mujer de Pierron hablaba muy mal de ellos también, asegurando que vendían a Catalina, y que estaban todos ellos podridos, incluso los niños, a consecuencia de una enfermedad adquirida por Esteban con una mujer del Volcán. -¿Quién ha dicho eso? ¿Quién ha dicho eso? -rugió Maheu-. Bueno; allá voy, y como lo haya dicho, la ahogo. Se había precipitado fuera de la sala; los Levaque le siguieron para atestiguar, mientras Bouteloup, que tenía horror a las disputas, se escurría tranquilamente para meterse en su casa. También la mujer de Maheu, en su furia, se disponía a salir, cuando un quejido de Alicia la detuvo. Arropó con el pedazo de colcha el calenturiento cuerpecillo de la enferma, y volvió junto a la ventana, esperando al médico, que no llegaba nunca. A la puerta de la casa de Pierron, Maheu y los Levaque acababan de encontrar a Lidia jugando con la nieve. La casa estaba cerrada; un rayito de luz pasaba por entre las junturas de la ventana; la niña contestó al principio torpemente a las preguntas que le dirigían; no, su papá no estaba en casa; había ido al lavadero para ayudar a la Quemada a traer el lío de ropa limpia. Luego se turbó, y no quiso decir lo que estaba haciendo su mamá. Por fin lo confesó todo, riendo estúpidamente: su mamá la había echado a la calle, porque estaba allí el señor Dansaert, y los estorbaba para hablar. Éste había recorrido desde temprano el barrio de los obreros, yendo de puerta en puerta, acompañado de dos gendarmes, tratando de convencer a los mineros, imponiéndose a los débiles, anunciando en todas partes que si el lunes no bajaban a la Voreux la Compañía estaba decidida a contratar trabajadores en Bélgica. Y al anochecer, despidió a los gendarmes que le acompañaban, al encontrarse a la mujer de Pierron, que estaba sola; luego había entrado en casa de ésta a beber una copita de ginebra, al amor de una buena lumbre. -¡Chitón! ¡Callaos, que vamos a verlos! -murmuró Levaque con malicioso tono-. Luego le pediremos explicaciones... ¡Vete de aquí, chiquilla! Lidia retrocedió unos cuantos pasos, mientras Levaque aplicaba un ojo a la rendija de la ventana. Contuvo una exclamación, y lo que veía pareció interesarle extraordinariamente; en cambio su mujer, que miró después de él, declaró enseguida que aquello le daba asco. Maheu, por su parte, que la había empujado, porque quería ver también, declaró que era un espectáculo que valía dinero. Y cada uno de los presentes fue aplicando por turno un ojo a la indiscreta rendija. La sala, reluciente de puro limpia, estaba animada por una buena lumbre; sobre la mesa había pasteles, una botella y dos copas: un verdadero festín de boda. Todo aquello enfureció a los dos hombres, que algunos meses antes se hubiesen divertido en grande con el espectáculo que presenciaban. Bueno que se entregase a quien le diera la gana; pero era una infamia hacerlo al amor de una buena lumbre, y reponiendo fuerzas con vinos y pastelillos, cuando los compañeros se morían de hambre y de frío. -¡Ahí está papá! -gritó Lidia echando a correr. Pierron regresaba, en efecto, tranquilamente de] lavadero con el saco de ropa a cuestas. Enseguida Maheu le interpeló: -Oye; me han dicho que tu mujer dice que hemos vendido a Catalina, y estamos todos podridos... Y a ti, ¿quién te paga a tu mujer? ¿Ese caballero que se está entreteniendo con ella ahí dentro? Pierron, aturdido, no comprendía, cuando su mujer, llena de miedo, al oír el ruido de las voces perdió la cabeza hasta el punto de entreabrir la puerta para enterarse de lo que pasaba. Estaba roja como una amapola con el corpiño desabrochado, y la falda todavía remangada, en tanto que Dansaert, en un rincón de la habitación, arreglaba el desorden de su traje. El capataz mayor huyó, temblando de que llegase hasta el director la noticia de aquella aventura, después de las recomendaciones de prudencia que le había dirigido. Entonces se produjo un escándalo mayúsculo de voces, gritos y risas. -Tú, que dices siempre que las demás somos sucias -decía la mujer de Levaque-, no es extraño que estés limpia, si se encargan de ti los jefes. -¡Ah! ¡Quién habla! -replicaba Levaque-. ¡Ahí tenéis a esa puerca que dice que mi mujer se acuesta conmigo y con el huésped!... Si; tú lo has dicho. Pero la mujer de Pierron, tranquila ya, se las tenía tiesas con todos, y los despreciaba, segura de ser la más guapa y la más rica del pueblo. -¡He dicho lo que me ha dado la gana! ¡Id al diablo!... ¡Eh!... ¿Os importan mis asuntos? ¡Envidiosos, que no nos podéis ver porque sabemos ahorrar dinero! Decid, decid lo que queráis; ya sabe mi marido por qué estaba aquí el señor Dansaert. Y en efecto, Pierron, muy enfadado, defendía a su mujer. La disputa empezó de nuevo; le llamaron traidor, espía, perro de presa de la Compañía; le acusaron de encerrarse en su casa para comer como un príncipe con el dinero que le daban los jefes por sus traiciones. Él replicaba pretendiendo que Maheu le había amenazado echando por debajo de la puerta de su casa un papel que tenía pintados una calavera, dos huesos en cruz y un puñal debajo. Y la cuestión acabó con una riña formal entre los hombres, como sucedía desde que comenzara la huelga, cada vez que las mujeres se decían unas cuantas desvergüenzas. Maheu y Levaque cayeron sobre Pierron a puñetazo limpio, y fue necesario separarlos. La sangre manaba de la nariz de su yerno cuando se presentó la Quemada, la cual, al saber lo ocurrido, se contentó con decir: -¡Ese puerco me deshonra! La calle quedó desierta; ni una sola sombra manchaba la blancura mate de la nieve; y el barrio de los obreros, caído de nuevo en su inmovilidad de muerte, adquirió su aspecto sombrío. -¿Y el médico? -preguntó Maheu al entrar en su casa. -No ha venido -contestó su mujer, que no se había separado de la ventana. -¿Han vuelto los niños? -No, no han vuelto. Maheu empezó a pasear de nuevo lentamente de un extremo a otro de la habitación, con su aire de fiera enjaulada. El tío Buenamuerte, que seguía sentado en su silla, no había levantado siquiera la cabeza. Alicia tampoco decía nada, y procuraba no tiritar mucho, por no apenarles más; pero, a pesar de su valor para sufrir, temblaba de tal modo algunas veces, que se oía el rechinar de sus dientes, mientras miraba con los ojos muy abiertos el techo de la habitación. Era la última crisis; se hallaban próximos a un terrible desenlace. La tela de los colchones había ido detrás de la lana a casa del prestamista; después la ropa blanca, y luego todo lo que se podía vender o empeñar, había desaparecido. Una tarde vendieron por dos sueldos un pañuelo del abuelo. Cada cosa que se iba del hogar arrancaba lágrimas a los infelices, y la madre se lamentaba aún de haberse llevado un día debajo del mantón la caja, regalo antiguo de su marido, como quien lleva una criatura para dejarla abandonada en cualquier parte. Ya estaban desnudos; no tenían nada que vender como no fuese el pellejo, y éste valía tan poco, que nadie lo hubiera querido. Así, que no se tomaban ni siquiera el trabajo de buscar, porque sabían que nada podían encontrar, que todo estaba agotado, que no debía esperar ni una vela ni un pedazo de carbón, ni una patata. Estaban ya resignados a morir, y si lo sentían era solamente por sus hijos, que sin duda no habían merecido un destino tan cruel. -¡Por fin, ahí está ya! -exclamó la mujer de Maheu. Un hombre acababa de pasar por delante de la ventana. Se abrió la puerta. Pero no era el doctor Vanderhaghen, sino el cura, el cura del pueblo, el padre Ranvier, cuyos ojos brillaban en la oscuridad como los de un gato. Al entrar en la casa no pareció sorprendido de encontrarla a oscuras, sin lumbre, y a sus habitantes sin comer. Ya había estado en otras de la vecindad haciendo propaganda, conquistando a hombres de buena voluntad para su causa, del mismo modo que Dansaert, por la mañana, trataba de conquistarlos para la causa de la Compañía. El cura empezó a explicarse con voz febril y el acento entusiasta de un sectario. -¿Por qué no fuisteis a misa el domingo, hijos míos? Hacéis mal, porque solamente la Iglesia puede salvaros... Vamos, prometedme que no faltaréis el domingo que viene. Maheu, después de mirarle un momento, empezó a pasear de nuevo. sin decir una palabra; su mujer fue quien contestó: -¿Y qué hemos de hacer en misa, señor cura? ¡Dios se ríe de nosotros!... Mire, si no, ¿qué le ha hecho esta pobrecita hija mía para estar tan enferma? Como si no tuviésemos bastantes sufrimientos, me la pone a la muerte, cuando no puedo darle ni una taza de tila siquiera. Entonces el cura pronunció un largo discurso, explotando la huelga, aquella miseria espantosa, aquel rencor exasperado por el hambre, con el ardimiento de un misionero que estuviera convirtiendo salvajes a la religión verdadera. Decía que la Iglesia estaba con los pobres y los humildes, y que haría triunfar a la justicia, llamando la cólera de Dios contra las inquidades de los ricos. Y el día de este triunfo estaba próximo ya, porque los ricos se habían abrogado facultades que sólo eran de Dios; habían pretendido imponerse a Él, procurando robarle impíamente su poder. Pero si los obreros deseaban el equitativo reparto de los bienes terrenales, debían de entregarse por completo en manos de los curas, del mismo modo que, a la .muerte de Jesucristo, los pequeños y los humildes se habían agrupado en torno de los apóstoles. ¡Qué fuerza tendría el Santo Padre, de qué ejército dispondría el clero cuando mandara en jefe a la muchedumbre de trabajadores! En una semana se libertaría al mundo de los malos, desaparecerían los indignos amos de ahora, vendría la verdadera justicia de Dios, cada cual sería recompensado según sus méritos, y la ley del trabajo regiría la felicidad universal. La mujer de Maheu, al escucharle, se imaginaba estar oyendo a Esteban durante las veladas de otoño, cuando anunciaba el próximo exterminio de los malos. Pero, sin embargo, como siempre, desconfiaba de las sotanas. -Todo eso que dice, señor cura, está muy bien -contestó-. Pero sin duda que si ahora viene al bando de los obreros, es porque le sucede algo con los burgueses... Todos los otros curas que hemos tenido aquí comían a menudo en la Dirección y nos asustaban con el diablo en cuanto nos atrevíamos a pedir pan. El sacerdote empezó a predicar entonces sobre el lamentable desacuerdo que había venido existiendo entre la Iglesia y el pueblo. Con frases veladas fustigó a los curas de las ciudades populosas, a los obispos, a todo el alto clero, que no pensaba más que en los goces terrenales, que se aliaban con la burguesía liberal, sin ver en su terrible ceguera que esa burguesía era la que le había quitado todo su poder en la tierra y su antiguo prestigio. El problema sería resuelto por los curas de las aldeas y del campo que un día habían de levantarse como un solo hombre para restablecer ese prestigio y ese poder apoyándose en los pobres; y parecía que ya estaba a la cabeza de todos los revolucionarios luchando por el Evangelio: tal era su ademán belicoso y el resplandor de sus ojos ardientes. -Muchas palabras y pocas nueces -murmuró Maheu-; mejor habría sido que empezara usted por traernos pan que comer. -¡Id a misa el domingo! -exclamó el sacerdote-. ¡Qué Dios proveerá a todos! Y salió de allí para entrar en casa de Levaque, con objeto de catequizarles también, tan confiado en sus ilusiones, tan desdeñoso de la realidad, que se pasaba la vida visitando de aquel modo casa por casa, sin limosna de ningún género, con las manos vacías entre aquel ejército de hambrientos, y haciendo alarde de ser él también uno de tantos. Maheu seguía paseando lentamente; en la habitación no se oía más ruido que el de sus pasos. Alicia, cada vez con fiebre más alta, había empezado a delirar en voz baja, y reía, creyéndose al lado de una buena lumbre, -¡Maldita sea mi suerte! -murmuró su madre, acercándose a tocarle la cara-. ¡Ahora está ardiendo!... Ya no espero más a ese bribón... Probablemente los gendarmes le habrán prohibido venir a verla... Se refería al doctor y a la Compañía. Tuvo, sin embargo, una exclamación de alegría al ver que la puerta se abría. Pero quedó defraudada en su esperanza. -Buenas noches -dijo a media voz Esteban, entornando cuidadosamente la puerta al entrar. A menudo les visitaba por la noche. Los Maheu supieron desde luego dónde se escondía; pero guardaban el secreto, y nadie más que ellos en el barrio sabía a ciencia cierta el paradero de] joven. Aquel misterio le rodeaba de cierto prestigio legendario. Todos seguían teniendo fe en él: sin duda reaparecería en el momento más inesperado, con un ejército de obreros y un arca llena de oro. Era, una vez más, la esperanza religiosa de un milagro, de ver el ideal convertido en realidad, de conseguir la repentina conquista de la ciudad de justicia que les había prometido. Unos decían haberle visto en un coche, acompañado de tres caballeros, en el camino de Marchiennes; otros afirmaban que se hallaba en Inglaterra. Pero, a la larga, iba naciendo la desconfianza; algunos, por broma., le acusaban de estar escondido en una cueva, donde iba la Mouquette de cuando en cuando, para hacerle un rato de compañía; porque aquella intimidad indudablemente le había perjudicado. Todos estos rumores eran consecuencia de cierta desafección que apuntaba ya, a pesar de su popularidad. El número de descontentos y de desesperados aumentaba diariamente. -¡Maldito tiempo! -dijo el joven, sentándose en una silla-. Y vosotros, nada; siempre de mal en peor, ¿no es eso?... Me han dicho que Négrel ha salido para Bélgica con objeto de contratar gente para las minas... ¡Si esto es verdad, estamos perdidos! Un estremecimiento extraño le agitaba desde que entró en aquella habitación fría y oscura, donde, sin embargo, había la claridad suficiente Para ver a los desgraciados que estaban en ella. Experimentaba esa repugnancia, ese malestar de] obrero salido de su esfera, afinado por el estudio, trabajado por la ambición. Sentía verdaderas náuseas a la vista de tanta miseria y tantas desventuras. Había ido resuelto a manifestarles su desaliento y a darles el consejo de someterse, toda vez que era imposible soportar más tiempo la terrible situación que atravesaban. Pero Maheu, en un exceso de violencia, se había detenido delante de él, diciendo con energía: -¡Contratar gente en Bélgica! ¡Oh! No se atreverán los muy canallas... ¡Que no traigan aquí forasteros, si no quieren que destruyamos por completo las minas! Esteban, turbado, y casi balbuciente, objetó que sería imposible hacer nada, porque los soldados que ocupaban militarmente las minas protegerían la bajada de los belgas. Y Maheu cerraba los puños, se enfurecía, cada vez más irritado, sobre todo, según decía, de verse rodeado de bayonetas. ¡Cómo no! ¿Ya no eran los mineros los amos en su pueblo? ¿Habían de tratarlos como a presidiarios, a quienes se lleva a trabajar entre fusiles y bayonetas? Él le tenía cariño a la mina, y lamentaba no haber bajado a ella en dos meses; pero, por lo mismo, perdía la cabeza pensando en que se atreviesen a meter allí gente extraña. Luego, el recuerdo de que la Compañía le había despedido definitivamente le entristeció. -No sé por qué me enfado -murmuró-, puesto que ya no soy de la mina... Cuando me echen de esta casa, tendré que morirme en medio de un camino, como un perro abandonado. -¡Bah! -contestó Esteban-. Si tú quieres, mañana mismo te vuelven a admitir. A los buenos obreros no se les echa nunca. Calló un momento, admirado de la risa de Alicia, que en su delirio continuaba riendo a más y mejor. No la había visto; y, sin saber por qué, tal alegría en la niña enferma le llenaba de espanto. Ya la situación había llegado a su más terrible momento, cuando los niños enfermaban y se morían. Temblándole la voz, se decidió a decir: -Vamos, esto no puede durar; estamos perdidos y mejor es rendirse de una vez. La mujer de Maheu, inmóvil y silenciosa hasta aquel momento, estalló de pronto, y empezó a gritarle y a insultarle, como si ella fuese otro. -¡Qué! ¿Qué dices?... ¿Y eres tú quien aconseja eso, canalla? Esteban quiso dar razones; pero ella no se lo consintió. -¡No lo repitas, por Dios! ¡No lo repitas, o mujer y todo te estampo los cinco dedos en la cara! ¿Es decir, que nos estamos muriendo desde hace dos meses; que he vendido cuanto tenía en mi casa; que mis hijos han caído enfermos, y ahora, sin hacer nada, vamos a transigir con la injusticia?... Mira, cuando pienso en ello la sangre me ahoga. ¡No, no y no! ¡Antes que rendirme ahora, lo quemaría todo, mataría a todo el mundo! Maheu empezó de nuevo a pasear; ella, señalándole, añadió con gesto amenazador: -¡Escucha: si mi marido vuelve al trabajo, yo seré quien le espere a la salida para escupirle y abofetearle, llamándole cobarde! Esteban no la veía bien; pero sentía su ardiente aliento, y había retrocedido ante aquel frenesí, que era obra suya después de todo. La encontraba tan distinta, que ya no la reconocía; recordando su prudencia de antes, aquel echarle en cara lo violento de su conducta, aquel decirle que no se debe desear la muerte de nadie, y este negarse ahora a oír todo género de razones, y este querer matar a todo el mundo. Ya no era él, sino ella, quien hablaba de política, quien deseaba derribar al gobierno y a los burgueses, quien reclamaba la república y la guillotina para libertar al mundo de los malditos ricos, engordados a costa del pobre trabajador, que se moría de hambre. -Sí, de buena gana los ahogaría con mis propias manos... Tal vez se acerca la hora de nuestra victoria, como decías tú antes... Cuando pienso que el padre y el abuelo, y el padre del abuelo, y todos los de nuestra casta han sufrido lo que nosotros estamos sufriendo y que nuestros hijos, y nuestros nietos y los hijos de nuestros nietos sufrirán lo mismo, te aseguro que me vuelvo loca. El otro día no hicimos bastante. Debimos no dejar piedra sobre piedra en Montsou. Y te aseguro que estoy arrepentida de haber evitado que el abuelo matase a la hija de los de La Piolaine, porque, después de todo, ellos bien dejan ahora que los míos se mueran de hambre. Sus palabras parecían hachazos dados en la oscuridad. El horizonte cerrado no había querido abrirse, y el ideal, al hacerse imposible, había trastornado aquel cerebro atormentado por el dolor. -Me habéis comprendido mal -dijo Esteban al fin, batiéndose en retirada-. Lo que decía es que se podría llegar a un acuerdo con la Compañía; sé que las minas están sufriendo mucho, y creo que no sería difícil llegar a un acuerdo. -¡No; nada de arreglos! -gritó la mujer de Maheu. Precisamente en aquel momento entraban Enrique y Leonor con las manos vacías. Un caballero les había dado dos sueldos, pero, como siempre estaban peleándose, al pegarle la niña un puntapié a su hermano la moneda se cayó entre la nieve; y, a pesar de haberla buscado Juan con el mayor cuidado, no había aparecido. -¿Dónde está Juan? -Mamá, se ha ido; dijo que tenía mucho que hacer. Esteban escuchaba entristecido. En otro tiempo les amenazaba con la muerte si se atrevían a pedir limosna, y ahora ella misma los mandaba a implorar la caridad, y hablaba de hacer lo mismo, y hasta de que lo hicieran los diez mil mineros de Montsou, a ver si creaban un nuevo conflicto. La angustia fue entonces todavía mayor en aquella miserable habitación oscura... Los chiquillos, que tenían apetito, entraban pidiendo de comer. ¿Por qué no se comía? Y lloraban arrastrándose por el suelo, y acabaron por dar un pisotón a su hermana Alicia, que lanzó un gemido. La madre, fuera de sí, los abofeteó en la oscuridad. Luego, viendo que lloraban más fuerte, pidiendo pan, rompió también a llorar, y arrodillándose en el suelo, los estrechó a los dos y a la enferma en un abrazo febril. -¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Por qué no nos lleváis de aquí? -clamaba, desesperada-. ¡Dios mío, llevadnos, siquiera por compasión! El abuelo conservaba su inmovilidad de árbol vetusto abatido por la tempestad, en tanto que el padre iba y venía incesantemente de un extremo a otro de la habitación, sin hablar palabra. Pero la puerta se abrió de nuevo, y esta vez era, por fin, el doctor Vanderhaghen. -¡Diablo! -dijo-. La luz no nos estropeará la vista... Vamos; pronto, que tengo mucho que hacer. Como de costumbre, iba gruñendo y quejándose del exceso de trabajo y de cansancio. Felizmente llevaba fósforos en el bolsillo; el padre tuvo que encender seis o siete, uno detrás de otro, mientras el facultativo examinaba a la enferma. Ésta, desembarazada de la colcha que la abrigaba, temblaba de frío, enseñando aquellos miembros endebles y tan delgaduchos, que no se veía más que su joroba. Sonreía, sin embargo, con una sonrisa vaga de moribundo, los ojos muy abiertos y las manos crispadas sobre el pecho; y como la madre lloraba y se lamentaba, diciendo que no era razonable ni justo arrebatarle la única hija que le ayudaba en los quehaceres de la casa, tan buena y tan inteligente, el médico acabó por enfadarse. -¡Bah! Se está yendo... se fue. Tu hija ha muerto de hambre. Y no es ella la única, porque en la casa de al lado he visto otra... Siempre me llamáis por cosas que yo no puedo remediar; lo que necesitáis es carne, y no médicos. Maheu, a quien se le quemó un dedo, soltó el fósforo, y las tinieblas ocultaron de nuevo el cuerpecito, todavía caliente. El médico se marchó apresuradamente. Esteban no oía más que el llanto amargo de la mujer de Maheu, que repetía su invocación a la muerte, en un plañido lúgubre y sin fin. -Dios mío, ahora me toca a mí; llevadme de aquí... ¡Dios mío, llevaos a mi marido, llevadnos a todos, por compasión al menos! III El domingo de aquella semana, a las ocho de la mañana, Souvarine estaba solo en la sala de La Ventajosa, en su sitio de costumbre, con la cabeza apoyada en la pared. Más de un minero no sabía dónde encontrar los dos sueldos que costaba un vaso de cerveza; así es que jamás había habido menos gente en las tabernas. Por eso la señora Rasseneur, sentada detrás del mostrador, observaba un silencio profundo de mal humor, mientras su marido, en pie delante de la chimenea, parecía mirar atentamente el humo que salía de la lumbre. De pronto, en medio de aquel pesado silencio propio de las habitaciones demasiado caldeadas, tres golpecitos dados en los vidrios de la ventana hicieron volver la cabeza a Souvarine. Se levantó, porque había conocido la señal usada ya varias veces por Esteban para llamarle, cuando le veía desde fuera fumando un cigarrillo en su sitio de costumbre. Pero antes de que el maquinista pudiese llegar a la puerta, Rasseneur la abrió y al saber quien llamaba, le dijo sin vacilar: -¿Temes que te venda?... Mejor hablaréis aquí dentro. Esteban entró; pero rehusó el vaso de cerveza que le ofrecía galantemente la señora Rasseneur. El tabernero añadió: -Hace tiempo he adivinado dónde te escondes. Si yo fuese un traidor, como dicen tus amigos, ya hace ocho días que te hubiese delatado. -No necesitas justificarte ni defenderte -contestó el joven-, porque harto sé que no eres de esa madera. Se puede tener ideas distintas, y estimarse sin embargo. Reinó de nuevo el silencio. Souvarine volvió a sentarse en su silla, con la espalda apoyada en la pared y la mirada fija en el humo del cigarrillo, pero sus dedos febriles, que tenían cierta nerviosa movilidad, restregaban sus rodillas buscando el pelo sedoso de Polonia, que aquella noche no se subía encima, y esto constituía para él un malestar inexplicable; la sensación de que le faltaba algo, sin darse cuenta de lo que era a ciencia cierta. Esteban, que se había sentado al otro lado de la mesa, dijo: -Mañana empiezan a trabajar en la Voreux. Los belgas han llegado con Négrel. -Sí; los han desembarcado al anochecer -murmuró Rasseneur, que permanecía en pie- ¡Con tal de que no haya sangre! Luego, levantando la voz, añadió: -No, no creas que quiero empezar a disputar de nuevo: pero sí he decirte que esto acabará muy mal, si no cedéis un poco... Mira, vuestra historia es exactamente la de la Internacional. Anteayer encontré a Pluchart en Lille. Parece que sus asuntos van también muy mal. Le dio algunos pormenores, según los cuales la Asociación, después de haber conquistado a los obreros del mundo entero, en un acceso de febril propaganda que hacía temblar a la burguesía, se hallaba en la actualidad devorada y casi destruida por efecto de sus luchas intestinas, a causa de la vanidad y las ambiciones personales. Desde que los anarquistas triunfaban de los evolucionistas de primera hora, todo se transformaba: el ideal, el objeto primitivo, la reforma del sistema de jornales, desaparecía entre el estruendo de la lucha de sectas; los cuadros de sabios se desorganizaban por efecto del odio a la disciplina. Y ya se podía prever que abortaría aquel levantamiento en masa, que por un momento había estado a punto de echar abajo todo lo existente. -Pluchart está enfermo a causa de tantos disgustos -prosiguió Rasseneur-. Ya no tiene voz; pero, a pesar de eso, quiere hablar, y piensa ir a París... Tres o cuatro veces me dijo que la causa de nuestra huelga estaba perdida. Esteban, con la mirada fija en el suelo, le dejaba discurrir sin interrumpirle. El día antes había hablado con otros compañeros, y comprendía que soplaban para él aires de rencor y de sospecha, esos primeros síntomas de la impopularidad; que anunciaban una derrota completa. Y estaba sombrío, sin querer confesar su abatimiento frente a un hombre que le había predicho que el pueblo le silbaría en cuanto tuviera en quien vengar su descontento. -Es claro que la huelga está perdida; lo sé tan bien como Pluchart -dijo Esteban al fin-. Pero eso estaba previsto. Nosotros la aceptamos contra nuestro gusto, y jamás creímos matar a la Compañía por ese medio... Sino que la gente se embriaga, esperando cosas insensatas y, cuando los asuntos se ponen feos, nadie se acuerda de que era natural que sucediese así, y se lamenta y se queja uno como ante una catástrofe llovida del cielo. -Entonces -replicó Rasseneur-, si crees que la partida está perdida. ¿Por qué no haces entrar en razón a los compañeros? El joven le miró con fijeza. -Mira, basta ya de esta conversación... Tú tienes tus ideas, y yo las mías. He entrado en tu casa para demostrarte que, a pesar de todo, te estimo; pero sigo pensando que, si perecemos en el intento, nuestra muerte servirá más a la causa del pueblo que toda tu política de hombre prudente... ¡Ah! Si uno de esos bribones de soldados me metiese una bala en el corazón, ¿qué más podría yo desear? Sus ojos se habían arrasado en lágrimas al prorrumpir en aquella exclamación, en la cual se veía el secreto deseo del vencido, el refugio esperado, que acabaría al fin con su tormento. -¡Bien dicho! -declaró la señora Rasseneur, que, en una mirada, dirigió a su marido todo el desdén de sus opiniones radicales. Souvarine, que no salía de su distracción, pareció no haber oído. Su cabeza rubia y su cara blanca y sonrosado como la de una mujer, de nariz delgada, de dientecitos afilados y puntiagudos, adquiría expresión casi salvaje al precipitarse en una especie de delirio místico, surcado de sangrientas visiones. Y se puso a soñar despierto, hablando en voz alta, contestando al parecer a una palabra de Rasseneur acerca de la Internacional, cogida al vuelo en la conversación. -Todos son unos cobardes; no falta más que un hombre capaz de hacer de esa máquina un instrumento terrible de destrucción. Pero es necesario querer y nadie quiere; por lo cual la revolución abortará otra vez. Y continuó con acento de desdén y repugnancia, lamentando la imbecilidad de los hombres, mientras los otros dos se quedaban turbados ante aquellas confidencias de sonámbulo. En Rusia todo iba mal y estaba desesperado por las noticias últimamente recibidas. Sus antiguos compañeros iban haciéndose políticos: los famosos nihilistas que hacían temblar a toda Europa, hijos de popes, burgueses, comerciantes, limitaban sus aspiraciones a la libertad de su país, como si estuvieran convencidos de que conseguirían la libertad del mundo entero cuando mataran al déspota ruso; y en el momento en que les hablaba de segar la humanidad como se siega un campo de mieses, en cuanto pronunciaba la pueril palabra de república, veía que nadie le comprendía, y que se hallaba solo como un hongo, dentro del cosmopolitismo revolucionario. Su corazón de patriota luchaba sin embargo, y con dolorosa amargura repetía su frase favorita: -¡Tonterías!... ¡Nunca saldrán de esas tonterías! Luego, bajando la voz, volvió a explicar, con frases amargas, su antiguo ensueño de fraternidad. No había renunciado a su rango y a su fortuna para unirse al pueblo, más que con la esperanza de ver un día fundada la nueva sociedad sobre la base del trabajo en común. Durante mucho tiempo, todos los cuartos que llevaba en el bolsillo habían pasado a los chiquillos del barrio; había demostrado a los mineros un cariño fraternal, sonriendo a sus desconfianzas, conquistándoles con su aspecto tranquilo de obrero puntual y poco charlatán. Pero decididamente la fusión no se producía; seguía siendo para ellos un extraño, porque no comprendían su desdén hacia todo género de lazos sociales y su fuerza de voluntad para conservarse puro, al margen de vanidades y halagos. Y aquel día especialmente, estaba exasperado con la lectura de un suelto que había circulado por todos los periódicos. Su voz cambió, sus ojos se animaron, fijándose en Esteban, a quien interpeló directamente: -¿Comprendes tú eso? ¿Lo de esos sombrereros de Marsella, que han ganado en la lotería un premio de cien mil francos, y que enseguida han comprado papel del Estado, diciendo que en lo sucesivo piensan vivir de sus rentas?... Sí, ésa es vuestra idea, la idea de todos los obreros franceses: descubrir un tesoro para comérselo solitos en un rincón, sin pensar en nadie. Por más que declamáis contra los ricos, jamás tenéis el valor de dar a los pobres el dinero que os da la fortuna... Jamás seréis dignos de la felicidad; jamás, mientras tengáis algo vuestro y mientras ese odio a los burgueses arranque sola y exclusivamente de la necesidad y del deseo de ser burgués a vuestra vez. Rasseneur se echó a reír. La idea de que los obreros de Marsella hubiesen renunciado al premio de los cien mil francos le parecía simplemente estúpida. Pero Souvarine palidecía y su semblante descompuesto adquiría una expresión terrible, en una de esas cóleras religiosas que exterminan a los pueblos. -Todos vosotros seréis arrollados y aplastados. Ha de nacer, no lo dudéis, alguien que sea capaz de acabar con vuestra raza de haraganes y ambiciosos. Mirad; si mis manos pudiesen, si tuvieran fuerza para ello, cogerían la tierra y la estrujarían hasta hacerla añicos, para que quedarais enterrados entre los escombros. -¡Bien dicho! -repitió la señora de Rasseneur, con su aire cortés y convencido. Hubo un momento de silencio. Luego Esteban habló de nuevo sobre los obreros recién llegados de Bélgica, e interrogó a Souvárine acerca de las precauciones adoptadas en la Voreux. Pero el maquinista, vuelto a su habitual distracción, apenas contestaba, diciendo que sólo sabía que se habían dado más cartuchos a los soldados que custodiaban la mina; y la inquietud y malestar de sus dedos sobre sus rodillas se agravó, hasta el punto de acabar por tener conciencia de lo que le faltaba, el pelo de la coneja familiar. -¿En dónde está Polonia? - preguntó. El tabernero se echó a reír, y miró a su mujer. Después de titubear un momento, contestó: -¿Polonia? En sitio caliente. Después de su aventura con Juan, la coneja preñada, lastimada sin duda, no había tenido más que conejillos muertos. Y para no mantener una boca inútil se decidieron a guisarla con arroz aquel mismo día. -Sí; esta tarde te has comido una pata suya. ¿Eh? ¡Bien te chupaste los dedos! Souvarine no comprendió al principio. Luego se puso muy pálido, y sintió un nudo en la garganta, en tanto que, a despecho de su voluntad de hombre estoico, dos lágrimas asomaban a sus párpados. Pero nadie tuvo tiempo de observar aquella emoción, porque la puerta se abrió bruscamente, dando paso a Chaval, llevando a Catalina consigo. Después de haberse emborrachado con cerveza y con fanfarronadas de bravucón en todas las tabernas del pueblo, se le había ocurrido la idea de ir a La Ventajosa, para demostrar a todos que no tenía miedo. Al entrar dijo a su querida: -¡Maldita sea!... Te digo que vas a beber una copa aquí dentro, y que le rompo el alma al primero que me mire con malos ojos. Catalina, al ver a Esteban, se quedó turbada y pálida. Cuando Chaval a su vez le echó la vista encima, empezó a burlarse de él. -Dos vasos de cerveza, señora Rasseneur, porque vamos a celebrar el que mañana se empieza a trabajar otra vez. Reinaba un completo silencio: ni el tabernero ni ninguno de los otros se había movido de su sitio. -Sé de alguien que ha dicho que yo era un traidor y un espía -continuó Chaval con arrogancia-, y deseo que se me diga cara a cara, para que aclaremos las cosas. Nadie le contestó: los hombres volvían la cabeza a otro lado. -Lo que hay son haraganes y personas que no lo son -continuó levantando la voz-. Yo no tengo nada que ocultar. Me fui del barracón de Deneulin, y desde mañana trabajo en la Voreux con doce belgas que han destinado a mis órdenes, porque se me estima en lo que valgo. Y si hay alguien a quien esto contraríe, que lo diga claramente y hablaremos. Viendo que el más desdeñoso silencio era la única respuesta a sus provocativas palabras, la emprendió con Catalina. -¿Quieres beber, maldita sea?... Brinda conmigo por que revienten todos los granujas que no quieren trabajar. La muchacha brindó; pero tanto le temblaba la mano, que se notó el temblor en el chocar de los dos vasos. Chaval sacó del bolsillo un puñado de monedas de plata, que enseñaba con esa ostentación tan frecuente en los borrachos, diciendo que lo ganaba con el sudor de su frente, y que desafiaba a los haraganes a que enseñasen, si podían, algunos cuartos. La actitud de sus compañeros le exasperaba tanto, que al fin llegó al terreno de los insultos groseros. -¿De modo que los topos salen a pasear de noche? ¡Mucho deben dormir los gendarmes para no ver a los bandidos que andan por ahí! Esteban se había levantado con ademán tranquilo y resuelto. -Mira, me estás fastidiando... Sí, eres un traidor, un espía; tu dinero huele a traición y me disgusta tocar el pellejo de un canalla como tú. ¡Pero eso no importa! Puesto que ha de ser, sea. Porque hace ya mucho tiempo que uno de los dos está de más en el mundo. Chaval apretaba los puños. -¡Vaya, ya veo que se necesita mucho para calentarte, granuja!... -dijo-. Pero acepto el desafío contigo solo, y me vas a pagar ahora las malas pasadas que me has hecho. Catalina, con ademán suplicante, se interponía entre los dos; mas no tuvieron necesidad de separarla, pues ella misma, comprendiendo la necesidad de la batalla, retrocedió espontánea y lentamente. En pie, contra la pared, inmóvil y silenciosa, estaba tan paralizada por la angustia, que ni siquiera temblaba, mirando con ojos espantados a aquellos dos hombres que iban a matarse por ella. La señora Rasseneur no hizo más que quitar de en medio los vasos que había encima del mostrador, para que no los rompieran. Luego se volvió a sentar en su banqueta, sin demostrar curiosidad de ningún género. No era posible, sin embargo, permitir que se mataran dos antiguos compañeros; por eso Rasseneur se empeñaba en intervenir, hasta que Souvarine, cogiéndole por un brazo y llevándole hasta la mesa, le dijo: -Eso no te importa... ¿Hay uno de más? Pues que viva el que sea más fuerte. Chaval, sin esperar el ataque, se lanzaba hacia su enemigo con los puños cerrados. Era el más alto, y como dominaba a su contrario, dirigía todos los golpes de sus puños a la cara de su adversario y seguía hablando, o, mejor dicho, insultándole, para exasperarle más. -¡Ah, canalla! Te voy a romper las narices para ponérmelas en cierta parte... Anda, anda, a ver si te dejo tan feo, ¡so granuja!, que no vayan las mujeres detrás de ti como hacen ahora. Esteban, sin decir palabra, con los dientes apretados, desplegaba toda su habilidad de boxeador, cubriéndose la cara y el pecho con ambos brazos, y dando de cuando en cuando un golpe contundente y correcto. Al principio no se hicieron gran daño. Los molinetes rápidos de uno y las serenas paradas del otro prolongaban la lucha. Cayó una silla al suelo; los pies de ambos aplastaban Curiosamente los granos de la arena que había en el suelo. Pero al cabo de un rato empezaron a fatigarse; la respiración de uno y otro comenzaba a ser difícil, mientras sus caras se inflamaban, como si cada cual tuviera dentro una hoguera cuyas llamaradas se escapaban por sus ojos. -¡Toma! -gritó Chaval-. ¡Vas bien despachado por esta vez! Y, en efecto, su puño, lanzado con la fuerza de una maza, acababa de quebrantar un hombro a su adversario. Éste contuvo un rugido de dolor, y desde aquel momento no se oyó más ruido que el de ambos al estirarse y contraerse con furia. Esteban contestó con un puñetazo terrible dirigido al pecho, que hubiera destrozado al otro, a no ser por sus saltos y piruetas. Sin embargo, el golpe le alcanzó en el costado izquierdo, y tan rudo fue, que lo dejó sin respiración. Chaval, furioso y exaltado por el dolor, se abalanzó a él como una fiera, e intentó darle una patada en el vientre. -¡Toma! ¡A las tripas! ¡A ver si te las saco, canalla! Esteban evitó el golpe; pero tan indignado se sintió ante tal infracción de las reglas de una lucha leal, que salió de su mutismo. -¡Canalla, bruto! ¡No riñas con los pies, o cojo una silla y te la estampo en la cabeza! Entonces la batalla fue más seria todavía. Rasseneur, indignado, hubiese intervenido nuevamente a no impedírselo una severa mirada de su mujer. ¿Acaso no tenían dos parroquianos el derecho de dirimir una contienda en su casa? El tabernero no hizo más que colocarse delante de la chimenea, porque estaba viendo que se iban a caer en la lumbre. Souvarine, con su aire tranquilo, lió un cigarrillo, y se preparó a encenderlo. Apoyada contra la pared, Catalina permanecía inmóvil: solamente sus manos, inconscientes, acababan de subirse a su cintura, y allí, nerviosas, febriles, arrugaban la tela del vestido, buscando con las uñas la carne para desgarrársela. Todos sus esfuerzos se encaminaban a no gritar, a no matar a uno mostrando su preferencia, si bien tan asustada y tan aturdida estaba, que ya no sabía a cuál preferir. Pronto se vio a Chaval muy cansado, chorreando sudor y dando puñetazos al aire. A pesar de su furia, Esteban continuaba cubriéndose con gran habilidad, y paraba casi todos los golpes, algunos de los cuales, sin embargo, lo alcanzaron. Tenía una oreja arañada, una uña se le llevó un pedazo de pellejo del cuello, y tal efecto le produjo, que a su vez gritó una blasfemia, soltando uno de aquellos golpes terribles que él sabía. Otra vez Chaval libró el pecho por medio de uno de los saltos que le caracterizaban en la lucha; pero había bajado la cabeza y recibió en la cara el puñetazo, que le destrozó la nariz, y estuvo a punto de sacarle un ojo. De repente empezó a echar sangre, y el ojo se inflamó, y se puso azulado. Aturdido por lo terrible de la contusión, loco a la vista de la sangre, exasperado por el dolor, agitaba los brazos en el aire, cuando un segundo puñetazo, que le alcanzó en el pecho, lo dejó fuera de combate. Vaciló un momento, y cayó desplomado al suelo, como un saco de arena tirado de lo alto. Esteban se detuvo. -Levántate, si quieres más, y empezaremos de nuevo. Chaval, sin contestar, después de un instante de aturdimiento, se revolcó por el suelo y trató de levantarse. Con mucho trabajo consiguió hincarse de rodillas y llevándose una mano al bolsillo del pecho, empezó a buscar algo que no se veía. Luego, al ponerse en pie, cayó sobre su adversario con un rugido de rabia salvaje. Pero Catalina lo había visto todo; a su pesar, salió de su corazón un grito de sorpresa angustiosa, que la admiró, porque fue como la revelación inesperada de una preferencia que ella misma ignoraba. -¡Cuidado! -dijo-. ¡Que tiene un cuchillo! Esteban había tenido tiempo solamente para parar el primer golpe con el brazo izquierdo. La bien templada hoja le cortó la manga de la chaqueta. Pero pudo coger a Chaval por una muñeca, entablándose una lucha espantosa, porque el uno comprendía que era hombre muerto si soltaba, y el otro ciego de cólera, quería clavarle el cuchillo en el corazón. Dos veces Esteban sintió el acero rozarle la carne, hasta que, haciendo un esfuerzo sobrehumano, apretó la muñeca de su adversario con tal fuerza, que éste dejó escapar el arma. Ambos se lanzaron al suelo; pero él fue quien lo cogió y lo blandió a su vez. Tenía a Chaval tendido en el suelo, sujeto con una rodilla y amenazándole con el cuchillo. -¡Ah! ¡Maldito traidor! ¡Ahora las vas a pagar todas juntas, canalla! Y estaba tan aturdido, tan furioso, tan frenético, que se halló a punto de asesinarle. Por fortuna no estaba embriagado, y aún cuando jamás se había visto acometido por crisis tan violenta, luchó, supo vencerse, y, tirando el cuchillo al suelo, dio con voz ronca: -¡Levántate de ahí, y vete! Rasseneur había intervenido, aunque sin atreverse a separarlos, temiendo recibir una puñalada. No quería que en su casa se cometiese un asesinato, y de tal modo se enfadaba, que su mujer sin moverse de detrás del mostrador, tuvo que recordarle que no debía chillar tanto. Souvarine, a cuyos pies fue a parar el cuchillo, se decidió al fin a encender el cigarrillo. Ya había concluido el combate. Catalina seguía mirando con expresión estúpida a aquellos dos hombres, ninguno de los cuales estaba muerto. -¡Vete! -repitió Esteban-. ¡Vete o acabo contigo! Chaval se levantó, enjugó con el revés de la mano la sangre que le manaba de la nariz, y con la cara enrojecida y el ojo hinchado se marchó de allí, arrastrando los pies, y mordiéndose los labios de rabia al pensar en su derrota. Maquinalmente, Catalina le siguió. Entonces él se volvió, desatándose en improperios contra su querida. -¡Ah! No, no y no. ¡Puesto que a quien quieres es a ése, duerme con él, grandísima bribona! ¡No vuelvas a poner los pies en mi casa, si tienes en algo tu pellejo! Y dando un portazo brutal, salió de la taberna. Tan profundo era el silencio entonces, que se oía el chisporrotear del carbón de la chimenea. En el suelo no quedaba más que la silla que habían derribado, y unas gotas de sangre que iba chupando la arena que cubría el pavimento. IV Al salir del establecimiento de Rasseneur, Esteban y Catalina caminaron en silencio. Empezaba el deshielo, un deshielo frío y lento, que ensuciaba la nieve sin derretirla, convirtiéndola en barro. En el cielo lívido se adivinaba la luna llena, medio oculta tras grandes nubarrones negros, que un viento de tempestad hacía correr con rapidez vertiginosa; y abajo, en la tierra, no se oía ruido ninguno más que el del agua que caía por las canales de las casas. Esteban, sin saber qué hacer con aquella mujer que le daban de un modo tan extraño, no encontraba palabras que decirle para ocultar su malestar. La idea de quedarse con ella y llevársela a Réquillart, le parecía sencillamente absurda. En el primer momento le habló de llevarla a casa de sus padres; pero ella se negó rotundamente, sin cuidarse de disimular su espanto. ¡No, no; todo antes que volver a ser una carga para ellos, después de haberlos abandonado tan villanamente! Y uno y otro guardaron silencio, caminando sin rumbo fijo por aquellos caminos que el deshielo convertía en verdaderos arroyos de fango. Primero se dirigieron hacia la Voreux; luego tomaron por la derecha, y pasaron entre la plataforma de la mina y el canal. -Pero es preciso que duermas en alguna parte -dijo Esteban al cabo de un rato-. Yo te llevaría a mi habitación, pero... Y un acceso de singular timidez le hizo interrumpirse. Uno y otra recordaron su pasado, sus vehementes deseos de otras veces, y las delicadezas y las vergüenzas que les habían privado de gozarse. ¿Le gustaría tanto, que sentiría renacer su afán de poseerla al verse a solas con ella? El recuerdo de las bofetadas que le diera en Gastón-María más le excitaba el deseo que le azuzaba el rencor, y sin saber cómo, acabó por considerar la idea de llevársela a Réquillart como lo más lógico y natural del mundo. -Vamos, decídete -dijo-. ¿Adónde quieres que te lleve? ¿Tanto me odias, que no quieres venir conmigo? Catalina, que andaba lentamente, resbalando por el barro, murmuró sin levantar la cabeza. -¡Por Dios, hombre; no me hagas sufrir más, que bastantes penas tengo! ¿A qué vendría hacer hoy lo que me pides cuando yo tengo otro amante y tú una querida? Se refería a la Mouquette. Catalina creía, en efecto como se aseguraba por el pueblo, que estaba viviendo con una mujer; y cuando Esteban juró y perjuró que no, la joven movió la cabeza con aire de duda, y recordó la noche en que los viera dándose besos en el camino de Réquillart. -¡Qué lástima todas esas tonterías! -replicó Esteban en voz baja y deteniéndose-. ¡Nos hubiéramos entendido nosotros tan bien! La joven se estremeció al contestar: -¡Bah! No lo sientas, porque no pierdes gran cosa. ¡Si vieras qué poco envidiable soy! Delgaducha como una bacalada, y tan estropeada, que no llegaré nunca a ser mujer. Y continuó hablando con toda libertad, acusándose, como si se tratara de una falta, del retraso extraordinario que había en el desarrollo de su pubertad. A pesar de haber pertenecido ya a un hombre, aquel retraso le relegaba a la condición de chiquilla. Porque, al fin y al cabo, estas faltas tienen todavía excusa en quien posee condiciones para concebir hijos. -¡Pobrecita mía! -dijo Esteban en voz muy baja, preso de una compasión que ahogaba todos los deseos sensuales que tuviera un momento antes. Habían llegado al pie de la plataforma, y estaban resguardados por la sombra de un gran montón de piedras. Precisamente el manchón producido en el cielo por una nube ocultaba la luna, y no permitía que se vieran las caras; sus alientos se mezclaban, sus labios se buscaban para besarse; resto de los deseos contenidos durante tantos meses. Pero de pronto reapareció la luna: vieron allá a lo lejos, encima de sus cabezas, la silueta del centinela de la Voreux, y sin haberse dado ni siquiera un beso, se apoderó nuevamente de ellos el pudor, y se separaron. Entonces continuaron su camino lentamente, hundiendo los pies en el fango producido por el deshielo. -¿De modo que decididamente no quieres? -preguntó Esteban. -No -dijo ella-. ¡Tú, después de Chaval, y después de ti, otro!... No, eso me repugna: no me causa placer de ningún género. ¿Por qué lo había de hacer pues? Callaron los dos, y anduvieron otro centenar de pasos sin cruzar ni una sola palabra. -Pero, ¿sabes siquiera a dónde ir? -replicó él-. No puedo dejarte en medio de la calle, de noche y con el tiempo que hace. Ella respondió simplemente: -Me voy a casa. Después de todo, Chaval es mi hombre, y no tengo donde dormir, como no sea en su cama. -¿Pero no ves que te maltratará? Volvió a reinar entre ellos el más profundo silencio. Ella se había encogido de hombros, con ademán resignado. Le pegaría, y cuando se cansase de pegarle, la dejaría en paz; ¿no era aquello mejor que corretear los caminos como una mujer perdida? Además, iba acostumbrándose a los golpes, y pensaba, para consolarse, que de cada diez muchachas, ocho no tenían mejor suerte que ella. Si su amante se casaba algún día con ella eso iría ganando y tendría que agradecerle. Esteban y Catalina se dirigían maquinalmente a Montsou, y a medida que se aproximaban al pueblo, iban estando menos locuaces. Cuando Atuvieron a poca distancia de la plaza del pueblo, Catalina se detuvo, diciendo: -No vengas más lejos. Si te vieran, tendríamos otra vez alguna escena como la de antes. Las once daban en el reloj de la iglesia; el café donde vivía Chaval estaba cerrado; pero se veía luz por debajo de la puerta. -¡Adiós! -murmuró la joven. Ella le había dado la mano, que él conservaba entre las suyas, hasta el punto que hubo de hacer un gran esfuerzo para que la soltara. Sin volver la cabeza ni una sola vez, llegó a la puerta de la casa y la abrió valiéndose de un llavín. Pero Esteban no se alejaba de allí, e inmóvil en el mismo sitio, con la mirada fija en la casa, esperaba, ansioso, a saber lo que allí dentro sucedería. Prestaba atento oído, temiendo a cada instante oír gritos y sollozos de mujer. La casa continuaba silenciosa; Esteban vio luz en una ventana del piso principal; y al ver que la ventana se abría, y que a ella se asomaba Catalina, se acercó. Entonces la joven, sacando la mitad del cuerpo, le dijo en voz baja: -No ha venido todavía, y voy a acostarme... ¡Por Dios, vete! Esteban se fue. El deshielo iba en aumento y por las canales de los tejados caía el agua con gran estrépito. El minero se dirigió primeramente a Réquillart, enfermo de cansancio y de tristeza, sintiendo la necesidad de enterrarse en su vivienda subterránea. Luego se acordó de la Voreux, donde los belgas iban a trabajar al día siguiente, de los compañeros y amigos exasperados contra la tropa, y resueltos a no tolerar que nadie trabajase en las minas. Y entonces tomó el camino a la Voreux, siguiendo la orilla del canal. Cuando llegaba al pie de la plataforma, aparecía la luna en el cielo, despejado de pronto; levantando la cabeza, contempló el cielo, por donde galopaban las nubes, fustigadas por el látigo del vendaval. Cuando se detuvo a contemplar el espectáculo de aquellos campos nevados, bajo el claror de la luna, se fijó de pronto en otro, que se veía allá en lo alto de la plataforma. Era el centinela, que, helado de frío, paseaba con el fusil al brazo, sin duda para soportar algo mejor la temperatura horrible de aquella noche. Se veía brillar la hoja de la bayoneta por encima de su negra silueta, perfectamente destacada en el fondo blancuzco del suelo. Pero lo que más atrajo la atención de Esteban fue una sombra que se veía detrás de la caseta donde se refugiaba Buenamuerte en las noches de tempestad; una sombra en la cual reconoció a Juan. El centinela no le veía; aquel maldito muchacho estaba seguramente meditando alguna broma de mal género, cuando no alguna maldad, porque le había oído decir muchas veces que detestaba a los soldados, enviados allí para asesinarles. Esteban titubeó un momento entre llamarle o, no, con objeto de evitar una tontería. La luna se ocultó en aquel instante; Esteban le había visto disponiéndose a dar un salto; pero vio brillar la luna, y el chiquillo continuaba en la misma actitud. El centinela, a cada paso que daba volvía la espalda a la caseta, después de haber llegado hasta ella. De pronto, aprovechando el paso de una nube por delante de la luna, Juan, de un salto, se montó en los hombros del soldado, y le clavó en la garganta la navaja que usaba siempre. Como el corbatín de cuero resistía, el chiquillo tuvo que hacer fuerza con las dos manos y empujar la hoja con todo el peso de su cuerpo. A menudo había matado así pollos y gallinas que robaba en los corrales; y tal práctica tenía, con tal rapidez obró, que en el silencio profundo de la noche no se oyó más que un leve quejido y el ruido del fusil al caer sobre la endurecida capa de nieve. La luna volvió a brillar en aquel instante. Inmóvil de estupor, Esteban continuaba mirando. El grito que estaba a punto de dar quedó ahogado en su garganta. La plataforma estaba desierta. Subió rápidamente la colina que lo separaba del teatro de aquel crimen, y encontró a Juan acurrucado detrás del cadáver del militar que había caído boca arriba y con los brazos abiertos. A la claridad de la luna, sobre el fondo blanco de la nieve, el pantalón colorado y la manta cenicienta se destacaban enérgicamente. La herida no manó ni una sola gota de sangre: el cuchillo se quedó clavado en la garganta hasta el mango. El minero dio al muchacho un puñetazo brutal, furioso, que lo derribó al lado de su víctima. -¿Por qué has hecho esto? -tartamudeó, lleno de indignación. Juan se levantó del suelo y anduvo un poco a cuatro patas, tambaleándose todavía a efectos del golpe. -¡Rayos y truenos! ¿Por qué has hecho esto? -No lo sé. Tenía muchas ganas de hacerlo. No hubo medio de obtener otra explicación. Hacía tres días que sentía el deseo de matar a un soldado. Por otra parte, ¿no eran los soldados los enemigos de los mineros? De los discursos violentos en el bosque, de los gritos de devastación y de muerte aullados por la muchedumbre, le quedaban unas cuantas palabras a manera de residuo, que repetía como un niño jugando a la revolución. Y no podía decir más; nadie le había instigado; la idea surgió en su mente, como surgían sus deseos de robar de cuando en cuando. Esteban, aterrado ante aquella vegetación del crimen que se desarrollaba en el cerebro del chiquillo, le retiró de su lado, dándole un furioso puntapié, como si se tratara de un animal inconsciente. Temía que el cuerpo de guardia establecido en la Voreux hubiera oído el último quejido del centinela, y cada vez que las nubes permitían que la luna brillase, dirigía una mirada de ansiedad hacia la mina. Pero todo permaneció tranquilo. Entonces el minero se arrodilló en la nieve, palpó aquellas manos inertes, y aplicó el oído al corazón que, debajo de aquel capote militar, había dejado de latir. Del cuchillo sólo se veía el puño de hueso, que llevaba grabadas con letras negras esta palabra: "Amor". Sus miradas fueron de la garganta a la cara, y de pronto reconoció al soldado; era Julio, el recluta con quien estuvo hablando unos cuantos días antes. Sin saber por qué, se sintió conmovido, como si se tratara de la desgracia de un amigo, al ver aquella cabeza rubia, aquella delicada fisonomía, aquella cara blanca como la de una mujer, cuyos ojos, enormemente abiertos, miraban al cielo con la misma fijeza que algunos días antes los viera mirar al horizonte, como si buscasen su pueblo natal. ¿Dónde estaría aquel pueblecillo, Plogof, de que le había hablado? Allá, muy lejos, muy lejos. Allí, sin duda, pensaban en el pobre soldado dos mujeres, la madre y la hermana bien ajenas de la desgracia que acababan de experimentar. Pero era necesario que desapareciese el cadáver; Esteban pensó primero en tirarlo al canal; mas la certidumbre de que lo encontrarían le hizo desistir. Entonces su ansiedad fue inmensa. Los minutos pasaban. ¿Qué determinación tomar? De pronto tuvo una inspiración: si podía llevar el cadáver hasta Réquillart, allí lo enterraría fácilmente. -Ven acá, Juan -dijo. El chico desconfiaba. -No; vas a pegarme. Además, tengo mucho que hacer. Buenas noches. En efecto: había dado cita a Braulio y a Lidia para un escondite que había descubierto entre los montones de madera que había cerca de la Voreux destinada a las obras de apuntalamiento. Se trataba de pasar la noche allí con objeto de presenciar el espectáculo que se preparaba para el amanecer, si al fin se decidían los mineros a apedrear a los trabajadores recién llegados de Bélgica. -Mira -contestó Esteban-, si no vienes inmediatamente llamo a los soldados y te cortarán la cabeza. Juan se decidió; Esteban sacó su pañuelo, y lo ató fuertemente al cuello del cadáver, sin arrancarle el puñal, para que no saliese sangre; la nieve se estaba deshelando, en el suelo no habían quedado huellas sangrientas ni señales de lucha. -¡Cógelo por las piernas! Juan obedeció; Esteban agarró al muerto por los hombros, y los dos bajaron de la plataforma muy despacio, y procurando no hacer ruido. Felizmente la luna había vuelto a desaparecer. Pero al llegar abajo y tomar la orilla del canal, volvió a asomar en el cielo, y tan clara, que fue un milagro que no los vieran desde el cuerpo de guardia. Se apresuraban cuanto podían; pero el peso del cadáver era tal que tenían necesidad de dejarlo en el suelo cada cien metros para descansar. Al llegar a las ruinas de Réquillart, les asustó el ruido de unos pasos. No tuvieron tiempo más que para ocultarse detrás de unos matorrales, desde donde vieron pasar una patrulla. Un poco más allá encontraron un borracho, que los insultó, y siguió su camino haciendo eses. Al fin llegaron a la boca del pozo, sudando a mares, y tan excitados, que al mismo tiempo tiritaban como si tuviesen mucho frío. Ya sabía Esteban que no había de ser fácil bajar el cadáver por donde él bajaba todos los días. En efecto: fue aquella una operación horrible, veinte veces interrumpida. Primero fue necesario que Juan empujase desde arriba el cuerpo, mientras él, cogiéndose a las raíces de los árboles que penetraban en la mina, lo bajaba como Dios le daba a entender, hasta que tropezó con la escala. De aquel modo lo condujo a su madriguera con un trabajo ímprobo, que no era para relatarlo. El fusil que llevaba en la mano le estorbaba mucho; pero no había más remedio que sufrir para conseguir su objeto. Aun cuando no había querido, sin duda para que el espectáculo fuese menos horrible, que Juan bajase antes para traer un cabo de vela encendido, al llegar al fondo del pozo dijo al muchacho que fuese por luz. Entre tanto se sentó en la oscuridad junto al cadáver. Esperaba la vuelta del chiquillo con febril impaciencia, y conteniendo a duras penas los terribles latidos de su corazón. Cuando Juan apareció con la luz en la mano, Esteban le consultó acerca del sitio donde debía enterrarle, pues el muchacho conocía palmo a palmo sus dominios subterráneos. Echaron a andar, arrastrando el cadáver por entre un dédalo de galerías, y se detuvieron por fin a la distancia de un kilómetro aproximadamente. Era aquel sitio tan bajo de techo, que tenían necesidad de andar a cuatro patas por debajo de unas rocas apenas sostenidas por unos cuantos puntales de madera podrida, y, por lo tanto, amenazados a cada instante de quedar enterrados allí por efecto de un hundimiento. En aquel agujero, que parecía una chimenea, colocaron el cadáver, como si estuviese en un nicho; pusieron el fusil a su lado, y luego, a riesgo de quedar ellos allí también para siempre, acabaron de romper los puntales. Una piedra inmensa se vino abajo, tan rápidamente, que apenas tuvieron tiempo de huir. Cuando Esteban, que sentía la necesidad de mirar atrás, lo hizo, vio que el techo continuaba hundiéndose, aplastando poco a poco aquel cadáver bajo el peso enorme de la masa de roca. Todo desapareció un momento después. Juan, cuando llegaron a la cueva que habitaba Esteban, se halló tan fatigado, que se tendió sobre un montón de paja, murmurando entre dientes: -¡Bah! ¡Que esperen aquellos tontos! ¡Yo voy a dormir una horita! Esteban se sentó en un rincón, y apagó la luz, porque ya no quedaba más que un cabillo de vela. También él estaba rendido, pero no tenía sueño; dolorosos pensamientos, terribles visiones, como las que se tienen en una pesadilla, le atormentaban horriblemente. Pronto se vio invadido por una sola consideración. ¿Por qué no habría él matado a Chaval, teniéndole aquella noche en el suelo cuando él le amenazaba con el puñal, y por qué aquel chiquillo acababa de asesinar a un hombre que ni siquiera sabía cómo se llamaba? Tales preguntas trastornaron sus creencias revolucionarias, su valor para matar, su noción del derecho a matar. ¿Se volvía cobarde, o era que le sublevaba, a la vista de aquella sangre inocente injustamente derramada, una duda espantosa? El chiquillo tendido en la paja roncaba tranquilamente, y Esteban estaba furioso al sentirlo allí cerca, durmiendo, como si nada hubiese hecho. De pronto se estremeció; acababa de sentir miedo. Le pareció que de las profundidades de la tierra había salido un gemido. El recuerdo del pobre soldado enterrado allí, con su fusil, le dio frío y le puso el cabello erizado. Tanto sufría y tanto le repugnaba verse junto al precoz asesino, que resolvió salir de la cueva. Arriba, en medio de los escombros ruinosos de Réquillart, respiró el aire libre con verdadera fruición. Puesto que no se sentía con fuerzas para matar, a él le tocaba morir, y aquella idea de su muerte, que se le ocurriera poco antes, iba echando raíces en su imaginación, que se acostumbraba a considerarla como su único consuelo. Había que morir defendiendo la causa de la revolución; aquello lo terminaría todo, y, bien o mal, saldaría su cuenta consigo mismo y con sus compañeros, ahorrándose el trabajo de pensar más. Si los mineros atacaban aquella mañana a los trabajadores belgas, él iría en primera línea, delante de todos, y no tendría tan mala suerte que no le matasen. Esto resuelto, se encaminó tranquilo a los alrededores de la Voreux. Daban las dos; gran ruido de voces salía del cuerpo de guardia del destacamento que ocupaba la mina. La desaparición del centinela había puesto en movimiento a la tropa; despertaron al capitán, y después de reconocer detenidamente el terreno, acabaron por creer en una deserción. Esteban, escondido allí cerca, pensaba en aquel capitán de quien el pobre soldado le había dicho que era republicano. Tal vez le convencieran para pasarse a la causa del pueblo. En tal caso, los soldados levantarían las culatas, y quizás aquella fuera la señal para la matanza de burgueses. Otra ilusión se apoderaba de él; ya no pensó en morir, y, durante algunas horas, permaneció inmóvil, metido en el fango hasta el tobillo, acariciando la esperanza de una victoria posible. Hasta las cinco estuvo esperando la llegada de los obreros belgas. Entonces se dio cuenta de que la Compañía había tenido la precaución de hacerles dormir aquella noche en la Voreux. La bajada de mineros empezó puntualmente. Ya iba amaneciendo, cuando unos cuantos huelguistas del barrio de los Doscientos Cuarenta, que estaban al acecho, fueron a dar cuenta a sus amigos de lo que pasaba. Esteban fue quien les advirtió de lo que sucedía: entonces ellos echaron a correr, mientras el joven se quedaba allí esperando la llegada de todos los compañeros. Dieron las seis; aparecía la aurora; de pronto vio a lo lejos al padre Ranvier, que, con la sotana remangada y a paso ligero, atravesaba uno de los senderos próximos. Todos los lunes iba a decir misa a la capilla de un convento situado a poca distancia de la mina. -Buenos días, amigo, -le gritó en voz alta al joven, después de contemplarle un mome |