Ir al inicio de BibliotecasVirtuales.com

Parte VII

VII PARTE

I

Los tiros de Montsou habían repercutido en París con eco formidable.

Desde hacía cuatro días, todos los periódicos de oposición estaban indignados, y publicaban en la primera plana relatos terribles de aquellos sucesos: veinticinco heridos y catorce muertos, entre los cuales había dos niños y tres mujeres. Levaque se había convertido en una especie de héroe; porque se le atribuía una respuesta heroica, digna de un espartano, al prestar declaración ante el juez de instrucción. El gobierno Imperial, a quien aquellas balas habían alcanzado en el pecho, afectaba la calma y la tranquilidad de la omnipotencia, sin darse él mismo cuenta de la gravedad de sus heridas. No se trataba, decía, más que de un hecho aislado, ciertamente lamentable, pero sin importancia, tanto más, cuanto que el teatro de la escena se hallaba lejos de la capital, donde realmente se hace la opinión. Aquello se olvidaría pronto; pero la Compañía recibió extraoficialmente indicaciones acerca de la necesidad de concluir con la huelga, cuya duración era verdaderamente irritante, y hasta constituía un peligro para la sociedad; y de echar tierra al asunto, para que se dejase de hablar de él.

Así es que, el miércoles por la mañana, llegaron a Montsou tres consejeros de administración de la sociedad minera. El pueblo, mejor dicho, los burgueses del pueblo, asustados aún del terrible drama de la Voreux, no se atrevían ni siquiera a darse la enhorabuena, al verse libres de los ataques probables a su propiedad, y acaso, acaso, a su vida. El tiempo había mejorado. Deshecha la nieve por completo, despejado el cielo, amaneció un día de sol brillantísimo y casi caluroso para ser de febrero. Habían sido abiertas todas las persianas del palacio del Consejo de Administración; el caserón revivía. Empezaron a circular rumores muy satisfactorios, pues decían que aquellos señores, profundamente afectados por la catástrofe, se apresurarían a abrir paternalmente sus brazos a los obreros. Ahora que ya estaba el golpe dado, quizás con más violencia de la que se quería, los consejeros de administración se prodigaban, dándose aire de salvadores, y adoptando resoluciones tardías, pero excelentes. En primer lugar despidieron a los belgas, haciendo grandes alardes de aquella concesión extrema a sus mineros. Luego hicieron que cesase la ocupación militar de las minas, no amenazadas ya por los derrotados huelguistas, consiguiendo también que no se hablase más del centinela que había desaparecido de la Voreux; como se había registrado toda la comarca sin encontrarle, y sin encontrar su fusil, los jefes del regimiento lo dieron de baja como desertor, si bien sospechaban la existencia de un crimen. En todos los terrenos, los individuos del Consejo administrativo procuraron remediar las consecuencias de los últimos funestos sucesos, aminoraron la gravedad, y publicaron alocuciones, dirigiéndose a los obreros en términos cordiales para que volviesen al trabajo, ofreciéndoles olvido y perdón completos.

A pesar de todas estas ocupaciones, no descuidaban sus intereses, como lo decía bien claro el hecho de que Deneulin celebrara conferencias frecuentes con Hennebeau, sin duda relativas a la venta de Vandame.

Hasta entonces el barrio de los Doscientos Cuarenta seguía obstinado en su salvaje resistencia. Parecía como si la sangre de sus compañeros abriese un abismo entre ellos y los propietarios de las minas. Apenas llegaban a diez los que trabajaban: Pierron y otros cuantos de su calaña, a los cuales se veía salir para el trabajo y volver a su casa en medio del más profundo y despectivo silencio; pero sin dirigirles tampoco amenazas de ningún género. Además, se abrigaba serias desconfianzas acerca de los propósitos de la Compañía, la cual, en ninguna de sus proclamas, se ocupaba explícitamente de los obreros despedidos. ¿Sería que tuviesen el proyecto de no admitirlos más?

Pero de todas las casas del barrio, ninguna tan silenciosa y sombría como la de Maheu, anonadada por el luto. Desde que hubo acompañado a su marido hasta el cementerio, puede decirse que la viuda de Maheu no había despegado los labios.

Después de la batalla, consintió que Esteban llevase a la casa a Catalina, llena de fango y muerta de cansancio; y al desnudarla delante del joven para meterla en la cama, de momento creyó también que su hija estaba herida en el vientre, porque tenía la camisa llena de sangre; pero pronto comprendió que era el brote de la pubertad, declarada al fin. ¡Bonito regalo por otra parte, el poder hacer hijos para que luego los gendarmes los degollasen! Pero no hablaba nunca, y. menos con Catalina o con Esteban. Éste, a riesgo de que fueran a prenderlo, dormía con Juan en la cama, porque no se sentía con fuerzas para volver a la oscuridad del subterráneo de Réquillart; antes la cárcel cien veces.

Es verdad que a menudo pensaba en la prisión, como si fuese un refugio para él; pero nadie lo buscó, y vivió tranquilo, aunque hastiado de ver pasar las horas sin saber qué hacer ni en qué ocuparse.

Algunas veces, la viuda de Maheu les miraba a él y a su hija con expresión de rencor y con aire de extrañeza, como si se preguntara qué hacían los dos en su casa.

Nuevamente dormían todos en montón. El abuelo ocupaba la antigua cama de los niños, los cuales se acostaban con Catalina, ahora que ya no estaba allí la pobre Alicia. De noche, más que nunca, sentía su madre lo desierto de la casa, encontrándose en aquella cama que, durante tantos años, ocupara con su marido, y que resultaba tan grande para ella sola. En vano se llevaba a Estrella para estar más estrecha; su hija no reemplazaba a su marido, y la viuda se pasaba las horas muertas llorando. La vida había recobrado su aspecto normal, y los días transcurrían como antes, sin pan, y sin tener la suerte de morirse, para no padecer más.

Todo seguía lo mismo; pero con la diferencia de no tener a su marido allí, y la seguridad de que no volvería a tenerle jamás.

En la tarde del quinto día, Esteban, desesperado de ver a aquella mujer silenciosa y huraña, prefirió salir, y abandonando la habitación, echó a andar a la ventura por las calles del barrio. Aquella inacción forzosa en que vivía le obligó a dar un gran paseo, durante el cual las mismas ideas sombrías que le asaltaran bastantes días antes de la catástrofe le atormentaban cruelmente. Media hora llevaba andando sin saber por dónde, cuando comprendió, y esto aumentaba su malestar, que sus compañeros se asomaban a las puertas de las casas para verle pasar. Lo poco que quedaba de su popularidad desapareció con motivo de la catástrofe de la Voreux. Esteban levantó la cabeza: allí estaban los hombres con ademán amenazador, y las mujeres levantando un pico de las cortinillas de la ventana; y bajo el peso de la acusación tácita todavía, de la cólera mal disimulada que brillaba en los ojos de todos, agrandados por el hambre y por las lágrimas, se sentía tan turbado, que no acertaba ni siquiera a dar un paso. A su espalda, los rumores de reproche iban en aumento, y tal miedo le dio de que el barrio entero saliese a echarle en cara su desventura, que volvió rápidamente a su casa. Allí estaba el tío Buenamuerte, clavado en una silla, de la cual no podía moverse desde el día de la matanza, en el que unos vecinos le recogieron del suelo y se lo llevaron a su casa, en un estado terrible de abatimiento. Y mientras Enrique y Leonor, a fin de engañar al hambre rebañaban una cacerola donde el día antes habían cocido coles para cenar, la viuda de Maheu, en pie, delante de la mesa, con la cabeza erguida y con ademán furioso, amenazaba a Catalina con el puño.

-¡Repite eso, condenada! ¡Repite lo que acabas de decir!

Catalina acababa de manifestar su propósito de ir a trabajar a la Voreux. La idea de no ganar nada, de ser tolerada en casa de su madre como un animalejo inútil, al que es necesario mantener, se le hacía cada vez más intolerable; y a no ser por temor de que Chaval le pegase una paliza, se habría ido a trabajar al día siguiente de la catástrofe. La pobre muchacha contestó tartamudeando:

-¿Qué quieres?, no se puede vivir sin hacer nada. Así, al menos tendremos pan-. Su madre la interrumpió:

-Mira: al primero de vosotros que vaya a trabajar, lo ahogo -gritó la viuda-. ¡Ah! Sería demasiado haber matado al padre, y seguir ahora explotando a los hijos. Basta, basta; prefiero ver que os entierren a todos como enterraron a tu pobre padre.

Y aquel obstinado silencio de quince días rompió en un hablar sin ton ni son, en un mar de palabras que aturdía. ¡Buena cosa le llevaría Catalina! Treinta sueldos cuando más, y otros veinte si los jefes se decidían a buscar alguna ocupación para Juan. ¡Cincuenta sueldos y siete bocas que mantener! Los niños no servían más que para comer; en cuanto al abuelo, debía de haberse roto algo en la cabeza cuando la caída, porque desde entonces parecía idiota, a menos que aquello fuese sólo el efecto de haber presenciado los asesinatos cometidos por los soldados.

-¿No es verdad, padre, que te han matado? Por más que aún esté fuerte ese brazo, acabaron contigo para siempre.

Buenamuerte la miraba con ojos espantados, sin comprender lo que decía.

-Y como no le han concedido aún la pensión a que tiene derecho, seguro que ahora nos la van a negar esos canallas, con pretexto de nuestras ideas... ¡Ah, no! Os digo que no quiero nada más con esa gente infame. -Sin embargo -insistió Catalina-; ellos prometen en la proclama...

-¿Quieres dejarme en paz con la dichosa proclama?... Otro lazo para explotarnos. Ahora se las dan de amables; ahora, después de habernos agujereado el pellejo.

-Entonces, madre: ¿dónde iremos? Sin duda nos echarán de la casa.

La viuda de Maheu hizo un gesto terrible. ¿A dónde irían? No lo sabía, ni quería pensar en ello, temiendo enloquecer. Pero se irían de allí a cualquier parte.

En aquel momento, furiosa contra los niños porque hacían ruido, dio un pescozón a Enrique y un azote a Leonor, los cuales empezaron a gritar desaforadamente, y los berridos de Estrella, que se había caído de una silla, aumentaron el estrépito. De pronto, su madre, desesperada, rompió a llorar también golpeándose la cabeza contra la pared.

Esteban, silencioso e inmóvil, no se había atrevido a intervenir, porque nadie le hacía ya caso; hasta los chiquillos huían de él con repulsión. Pero las lagrimas de aquella infeliz le conmovieron tanto, que no pudo menos de murmurar:

-¡Vamos! ¡Vamos! Valor... Ya veremos cómo salimos del paso.

La viuda, que parecía no haberlo oído, continuó llorando y quejándose en voz baja:

-¡Ah, cuánta miseria! ¡Parece un sueño! Al fin y al cabo, antes de todos estos horrores, la cosa, bien que mal iba adelante, y aunque pasábamos hambre, por lo menos estábamos todos juntos... pero ahora... ¿Qué ha sucedido? ¡Dios mío! ¿Qué hemos hecho nosotros para vernos castigados así, los unos muertos, los otros deseando estarlo?... ¿Pues no era verdad que se nos trataba como a bestias de trabajo, que se cometía la injusticia de explotarnos de generación en generación, para aumentar la fortuna de unos cuantos ricos a costa de nuestra propia vida, sin más premio que malos tratos e infamias?... ¡Sí: aquello no podía durar; era necesario respirar un poco! ¿Es posible que hayan caído sobre uno tantas desgracias por haber deseado el triunfo de la justicia?

Los suspiros la ahogaban; su voz se extinguía en una tristeza inmensa.

-Luego, nunca faltan algunos vivos para prometer que la cosa se arreglará tan pronto como nosotros queramos ... ; y, ¡desde luego!, la sangre se sube a la cabeza, y como, con lo que hay, se sufre tanto, se mete uno a pedir lo que no hay. Está uno en las nubes, y es natural: al caer otra vez, revienta uno. Era mentira; no había nada de lo que esperábamos; no había más que dolores, sufrimientos, miserias, y, como si todo esto no bastase, tiros también para asesinarnos.

Esteban, con la cabeza baja, escuchaba aquellas quejas, cada una de las cuales le producía un remordimiento. No encontraba palabras con que calmar a la viuda, quien furiosa, con ademán amenazador y dirigiéndose a él, tuteándolo, exclamó fuera de sí:

-¡Y tú, tú también hablas de que volvamos al trabajo, después de habernos metido en todo esto!... No te echo nada en cara; pero te aseguro que si yo estuviese en tu pellejo, me hubiese muerto ya cien veces, pensando en el daño hecho a los compañeros. 

El joven quiso contestar; luego, desesperado, se encogió de hombros; ¿para qué dar explicaciones que, en su dolor, no podía ella comprender? Y como no podía soportar aquella escena, salió a la calle, y emprendió de nuevo su paseo a la ventura. Vio que, como si lo hubiesen estado esperando, toda la gente se hallaba a la puerta de su casa. Al notar su presencia, se oyeron rumores, y empezaron a formarse grupos en ademán amenazador. Las murmuraciones disimuladas de aquellos últimos días estallaban entonces en una maldición universal. Todos le amenazaban con el puño cerrado; las madres le enseñaban a sus hijos con ademán rencoroso; los viejos, al verle pasar, escupían y le miraban con aire despectivo: era el cambio natural que se produce en la opinión al día siguiente de una derrota; era el obligado reverso de la popularidad; era la execración que exasperaba a todos, al ver que sus heroicos sufrimientos resultaban inútiles. Zacarías, que llegaba con Filomena, tropezó con Esteban, y, en vez de saludarle, empezó a reírse de él maliciosamente.

-Mira, mira cómo engorda -dijo-; parece que se alimenta con las desdichas de los demás.

También la mujer de Levaque se había asomado a la puerta con Bouteloup. Y, hablando de su hijo Braulio, muerto de un balazo, exclamó:

-Sí, hay cobardes que hacen asesinar a los chiquillos. Que vaya y desentierre al mío para devolvérmelo.

No se acordaba de su marido preso, estando allí Bouteloup; pero en aquel momento se le ocurrió acordarse de él, y añadió con voz chillona:

-¡Anda, anda; cómo se pasean los canallas que tienen la culpa de todo, mientras los hombres honrados están presos!

Esteban, huyendo de ella, había ido a tropezar con la mujer de Pierron, que acudía presurosa a través de los jardinillos. Ésta consideraba como una ventaja la muerte de su madre, que cien veces, con sus violencias, había estado a punto de comprometerlos, y no lloraba tampoco por Lidia, la hija de su marido, la cual constituía para ella una verdadera carga; pero se aliaba a sus vecinas, a fin de reconciliarse con ellas.

-¿Y mi madre, di? ¿Y mi hija? ¿Crees que no te han visto ocultándote detrás de ellas para escapar de las balas?

¿Qué había de hacer? ¿Ahogar a la mujer de Pierron y a la otra-? ¿Batirse con el barrio entero? Por un instante tuvo Esteban el deseo de hacerlo. La sangre se le subía a la cabeza; llamaba brutos a sus compañeros, y se irritaba viéndolos tan estúpidos y tan bárbaros, que le culpaban a él por las consecuencias lógicas de los hechos. ¡Qué insensatos! Sentía su impotencia para dominarlos de nuevo, y, haciéndose el sordo a las injurias, se contentó con apresurar el paso y salir del barrio. Pero pronto tuvo que huir; la gente le perseguía; todo un pueblo se levantaba como un solo hombre para maldecirle en el desenfreno de sus malas pasiones. Él era el explotador; él, el asesino; él, el único causante de tanta desventura.

Salió del barrio, lívido de furor y huyendo de aquellas turbas que, de alcanzarlo, se hubieran seguramente ensañado contra él. Cuando llegó a la carretera, muchos le dejaron; pero algunos, más tercos, continuaron persiguiéndole con sus injurias. Al llegar a la puerta de La Ventajosa, tropezó con otro grupo que salía de la Voreux.

En aquel grupo iba Mouque el viejo, y Chaval. El anciano, después de la muerte de sus dos hijos, seguía trabajando como mozo de cuadra, sin pronunciar ni una queja.

De pronto, al ver a Esteban, sintióse acometido por un furor extraordinario; sus ojos se arrasaron en lágrimas, y de su boca salieron atropelladamente las injurias.

-¡Canalla, bribón, miserable! ¡Tú has matado a mis hijos, y has de pagar su muerte! ¡Muere tú también! -Y cogiendo un ladrillo, lo rompió en dos pedazos, y los lanzó violentamente a la cabeza de Esteban.

-¡Sí, sí matémosle! -exclamó, rencoroso, Chaval, feliz al ver que se le presentaba ocasión de vengarse -; a cada puerco le llega su San Martín... Ahora te toca a ti.

Y también él la emprendió a pedradas con su rival. Se levantó un clamor salvaje: todos cogieron ladrillos, los hicieron pedazos, y, frenéticos, los lanzaron a la cabeza de su antiguo jefe, ni más ni menos que hicieran unos cuantos días antes contra los soldados. Esteban, aturdido ya, no huía; les hacía frente, procurando defenderse de las pedradas y calmarlos, convenciéndoles con frases. Recordaba párrafos de aquellos discursos suyos tan recientes, y que tantos aplausos le valieron; repetía las mismas palabras con que los entusiasmara algunos días antes; pero su influencia estaba muerta. Sólo a pedradas le contestaban; y, herido ya en un brazo, retrocediendo ante el peligro inminente e inevitable, encontróse acorralado contra la fachada de La Ventajosa.

Rasseneur estaba en la puerta.

-Entra -le dijo éste sencillamente.

Esteban titubeaba, humillado de refugiarse en casa de su rival. -Entra, hombre, yo les hablaré.

El obrero se resignó, y fue a refugiarse a un rincón de la taberna, mientras Rasseneur defendía la entrada.

-Vamos, amigos míos, sed razonables... Bien sabéis que yo no os he engañado nunca. Siempre os aconsejé la calma, y, si me hubieseis escuchado, no habrían llegado las cosas al punto en que hoy están.

Y les pronunció un discurso de los suyos, que por cierto aquel día le devolvió su popularidad. Todos le aplaudían, todos se entusiasmaban, todos decían que aquél era el lenguaje de la razón y de la prudencia.

A sus espaldas, Esteban se sentía desfallecer, el corazón henchido de amargura. Recordaba la predicción de Rasseneur, en el bosque, cuando le amenazara con la ingratitud de las muchedumbres. ¡Qué brutal imbecilidad, qué abominable olvido de los servicios prestados! ¡Era una fuerza ciega que, constantemente, se devoraba a sí misma! Y, por debajo de su cólera al ver a aquellos insensatos echar a perder su causa, estaba la desesperación de su propio desastre, del trágico fin de su ambición. ¿Cómo; sería posible que todo aquello hubiese terminado ya? Se acordaba de haber oído, en el bosque, a tres mil corazones latiendo al unísono con el suyo. Aquel día, su popularidad era una realidad incontestable: aquella gente le pertenecía, él era su guía y su jefe. Desenfrenadas ilusiones le embriagaban en aquel entonces: Montsou a sus pies, y allá al fondo, París, diputado quizás, fulminando a los burgueses con un discurso, el primer discurso pronunciado por un obrero en la tribuna parlamentario. ¡Todo aquello había terminado! Despertaba de su sueño, mísero y detestado, y eran los mismos hombres que ayer le aclamaban los que lo Iapidaban ahora.

Se oyó de nuevo la voz de Rasseneur.

-Jamás la violencia -decía- ha dado buenos resultados; es imposible rehacer el mundo en un día. Los que os han prometido tal disparate, son unos locos o unos malvados.

-¡Bravo, bravo! -gritó la muchedumbre.

¿Quién era el culpable? Y esa pregunta que Esteban se hacía en su interior, acababa de anonadarle. ¿Sería verdaderamente culpa suya aquella desdicha que también a él le alcanzaba, la miseria de unos, la muerte de otros, el hambre de las mujeres y de los niños? Los acontecimientos se habían impuesto, sin que él los buscase, y a veces a pesar de haber tratado de evitarlos. ¿Podía esperar que sus amigos se revolviesen así contra él,' Aquellos infames mentían al decir que les había prometido una vida de pereza y de abundancia. Esas cosas las habían soñado ellos. Y en medio de esta justificación, de estas razones con que procuraba acallar sus remordimientos, se agitaba en él la sorda inquietud de no haberse mostrado a la altura de su misión, la duda eterna de los sabios a medias. Pero se sentía ya sin valor para seguir luchando; le asustaban sus mismos compañeros; le espantaba aquella amenaza enorme, ciega e irresistible del pueblo, que se desbordaba como un torrente, barriéndolo todo, sin someterse a ningún género de reglas ni de teorías. Cierta repugnancia lo había ido separando de ellos, repugnancia de la cual nacía el malestar de sus refinadas aficiones, y aquel subir lento de todo su ser hacia una clase social superior a la suya. En el mismo instante la voz de Rasseneur se perdía entre las aclamaciones entusiastas del pueblo.

-¡Viva Rasseneur! ¡No hay nadie como él! ¡Bravo, bravo!

El tabernero cerró la puerta, y entre tanto los grupos se disolvieron. Los dos hombres se miraron sin hablar palabra. Ambos se encogieron de hombros, y acabaron por beber juntos un vaso de cerveza.

Aquel mismo día hubo gran banquete en La Piolaine; se celebraban los esponsales de Négrel con Cecilia. Los señores de Grégoire habían pasado tres días arreglando el comedor y preparando la fiesta. Melania reinaba en la cocina, vigilando los guisos y dando el punto conveniente a las salsas, cuyo olor se esparcía por toda la casa. Quedó convenido que Francisco, el cochero, ayudaría a Honorina a servir la mesa, y la mujer del jardinero fregaría la vajilla, mientras su marido quedaba destinado para abrir y cerrar la verja de entrada. Jamás se había desplegado tanto lujo en la patriarcal morada de los Grégoire.

Todo salió a pedir de boca. La señora de Hennebeau estuvo amabilísima con Cecilia, y sonrió cariñosamente a Négrel cuando el notario de Montsou propuso un brindis por la felicidad del futuro matrimonio. El señor Hennebeau también parecía muy satisfecho, hasta el punto de que su buen humor extrañó a todos los convidados, quienes tenían la costumbre de verle siempre taciturno. Debía ser cierto un rumor que circulaba acerca de que la Compañía le distinguía otra vez con su completa confianza, y que le iban a dar la cruz de la Legión de Honor por su enérgica conducta con ocasión de la huelga. Todos procuraban no hablar de los sucesos recientes; pero en la general alegría había mucho de la satisfacción del triunfo; el banquete parecía celebrarse en honor de una victoria. ¡Ya estaban libres de preocupaciones! ¡Ya podían dormir y comer en paz! Se hizo una discreta alusión a los muertos en la Voreux, cuya sangre aún no había sido bien sorbida por el fango: de la historia se desprendía una lección necesaria, aunque lamentable, y todos se conmovieron cuando oyeron decir a los señores Grégoire que el deber de cada cual ahora consistía en remediar en lo posible los males y las miserias de los obreros. El matrimonio había recobrado su carácter bonachón y su ciega confianza en sí mismo; perdonaba de buen grado a sus buenos obreros las exageraciones pasadas, y decían que debían imitar el ejemplo de resignación que ellos les daban. 

Los notables de Montsou, sin motivo ya para temblar, convinieron en que la cuestión de los jornales debía, en efecto, estudiarse detenidamente.

A la hora del asado, el gozo fue completo, cuando el señor Hennebeau leyó una carta del obispo, anunciando el relevo del padre Ranvier. Toda la burguesía de la provincia comentaba apasionadamente la historia de aquel cura, que llamaba asesinos a los soldados. Y el notario, a la hora de los postres, declaró solemnemente que sin duda era un librepensador.

Allí estaba con sus dos hijas Deneulin, quien, en medio de tanta alegría, se esforzaba por ocultar la tristeza y melancolía de su ruina. Aquella misma mañana había firmado la escritura vendiendo Vandame a la Compañía de Montsou. Arruinado y abatido, tuvo que someterse a las exigencias de los compradores, abandonándoles a bajo precio aquella presa por tanto tiempo ambicionada, y sacándoles apenas lo suficiente para pagar a sus acreedores. En los últimos momentos aceptó con verdadero placer el nombramiento de ingeniero de división, quedando así destinado a vigilar por cuenta ajena aquello que poco antes era su propiedad, la mina donde había enterrado toda su fortuna.

Cuando pasaron al salón para tomar el café, el señor Grégoire llamó a su primo a un rincón, y le felicitó por haberse decidido a vender. 

-¿Qué quieres? Lo único que hiciste malo fue arriesgar en Vandame el millón de francos de tus acciones de Montsou. Te has tomado un trabajo terrible, y te has quedado sin nada, mientras que mi dinero me da de comer sin trabajar, como dará de comer a mi hija y a mis nietos.

 II

El domingo se escapó Esteban de¡ barrio en cuanto anocheció. Un cielo muy transparente, tachonado de estrellas, esparcía una tenue claridad sobre la tierra. El joven bajó hacia el canal, y siguió sus orillas en dirección a Marchiennes. Era aquél su paseo favorito, entre otras cosas, porque nunca encontraba a nadie. Pero aquella vez fue contrariado, viendo venir a un hombre hacia él. Y bajo la pálida luz de las estrellas, los dos paseantes solitarios no se reconocieron hasta que se hallaron frente a frente.

-¡Hola! ¿Eres tú? -murmuró Esteban.

Souvarine levantó la cabeza sin contestar. Por un momento permanecieron inmóviles; luego, reunidos, siguieron andando en dirección a Marchiennes. Cada cual parecía embebido en sus reflexiones, como si estuviesen uno lejos de¡ otro.

-¿Has visto en los periódicos el triunfo de Pluchart en París? -preguntó Esteban por fin-. Lo esperaban en la calle, y le han hecho una gran ovación al salir de un mitin celebrado en Montmartre... ¡Oh! no cabe duda que está ya lanzado. Ahora llegará adonde quiera.

El maquinista se encogió de hombros. Despreciaba profundamente a los oradores, los cuales eran, para él, unos parlanchines, que tomaban la política como los abogados el foro, con objeto de hacerse una renta a fuerza de pronunciar discursos.

Esteban era ahora partidario de las teorías de Darwin. Había leído una porción de fragmentos suyos recopilados en un tomo, que costaba cinco sueldos; y de aquella lectura mal digerida se hacía una idea revolucionaria de la lucha por la existencia: los flacos comiéndose a los gordos: el pueblo vigoroso devorando a la debilitada burguesía. Pero Souvarine se enfureció, extendiéndose a hablar de la estupidez de los socialistas que aceptan a Darwin, ese apóstol de la desigualdad científica, cuya famosa selección no servía más que para los filósofos aristócratas. Sin embargo, su amigo no cedía; deseaba discutir, y expresaba sus dudas por medio de una hipótesis: la sociedad antigua ya no existía; habían barrido hasta los últimos residuos de ella; pues bien, ¿no era de temer que la sociedad nueva creciese llevando en sí las mismas injusticias, las divisiones entre buenos y malos; unos, más aptos, más inteligentes, aprovechándose de todo; y otros, imbéciles y perezosos, convirtiéndose en esclavos?

Entonces, ante aquella visión de la eterna miseria, el maquinista exclamó que si la justicia no era compatible con el hombre, era necesario que el hombre desapareciese. Cuantas sociedades se pudriesen, otras tantas debían ser exterminadas. Ambos volvieron a guardar silencio.

Largo rato anduvo Souvarine con la cabeza baja, y tan absorto, que caminaba por la orilla del canal, con la misma impasibilidad que lleva un sonámbulo paseando con tranquilidad por el alero de un tejado.

Luego se estremeció, sin causa aparente, como si hubiese tropezado con una sombra. Levantó la cabeza, y apareció su rostro, que estaba muy pálido; entonces, se dirigió a su compañero, diciendo en voz baja:

-¿Te he contado ya cómo murió mi mujer, allá en Rusia?

Esteban hizo un gesto vago, asustado del temblor que se notaba en su voz, asustado de aquella brusca necesidad de hacer confidencias en un hombre tan impasible de ordinario, que tanto despreciaba todo y a todos los de este mundo. Esteban no sabía sino que aquella mujer era una querida de Souvarine y que la habían ahorcado en Moscú.

-El asunto no marchaba bien -continuó Souvarine, fijando una mirada distraída en el horizonte-. Nos habíamos quedado catorce en el agujero, haciendo una mina subterránea, debajo de la vía férrea; y no hicimos volar el tren imperial, sino un tren de pasajeros... Entonces prendieron a Annouchka. Todas las noches nos llevaba de comer disfrazada de campesina. También fue ella la que prendió fuego a la mina, porque un hombre hubiese inspirado sospechas... Asistí a la vista del proceso, confundido entre el público que asistió a las seis sesiones que duró...

La voz del ruso se quedó ahogada en su garganta.

-Dos veces estuve a punto de gritar y de saltar por encima de las cabezas de todos, para reunirme con ella. Pero ¿para qué? Un hombre menos es un soldado menos; y, además, yo comprendía por sus miradas que me decía que no lo hiciese.

Souvarine empezó a toser.

-El último día, el de la ejecución, llovía a mares, entorpeciendo la lluvia los movimientos de los verdugos. Tardaron lo menos veinte minutos en ahorcar a otros cuatro... La cuerda se estaba rompiendo y no podían acabar con el cuarto... Annouchka estaba de pie en el patíbulo, esperando su turno. No me veía sin duda, porque sus miradas me buscaban entre la muchedumbre. Me subí a un farol, me vio, y nuestras miradas no se separaron ya. Después de muerta, sus ojos sin expresión seguían mirándome. Yo la saludé con el sombrero, y me fui de allí. 

Hubo otro momento de silencio. Los dos interlocutores continuaban su paseo como abstraídos cada cual en sus preocupaciones.

-Era nuestro castigo -replicó Souvarine con dureza, al cabo de un rato, éramos culpables queriéndonos... Sí, ha convenido que muriese, porque su muerte engendrará héroes y porque yo ya no soy un cobarde, como era entonces... ¡Ah!, ¡nada; ni padres, ni mujer, ni amigos; nada que haga temblar mi mano cuando sea necesario arrebatar la vida de los demás o sacrificar la mía!

Esteban se estremeció, y se detuvo. Ya no discutía; no hizo más que decir.

-Estamos muy lejos. ¿Quieres que volvamos?

Tomaron lentamente el camino de la Voreux, y, al cabo de un momento, el joven añadió:

-¿Has visto las nuevas alocuciones?

Estaban escritas en grandes carteles de colores, que la Compañía había hecho fijar aquella mañana en las esquinas. En esas proclamas se mostraba más conciliadora aún que antes porque prometía recibir de nuevo a todos los mineros que estaban despedidos definitivamente, a condición de que bajasen a trabajar al día siguiente. Se ofrecía el olvido total de los últimos sucesos, aun para los más comprometidos.

-Sí, ya los he visto -contestó el maquinista. -Y bien: ¿qué piensas de ellos?

-Pienso que todo está concluido... Todos trabajarán desde mañana... Sois un atajo de cobardes.

Esteban excusó a sus compañeros con febril entusiasmo: un hombre solo puede ser valiente, pero una muchedumbre muerta de hambre carece de fuerza siempre. Paso tras paso habían llegado a la Voreux; y ante la masa informe de los edificios de la mina, volvió a jurar que no bajaría nunca más; pero que perdonaba a los que no siguiesen su ejemplo. Como corrieron rumores de que los carpinteros no habían tenido tiempo de reparar todos los desperfectos, quiso ver cómo iban las obras de reparación. ¿Sería cierto que por el peso de los terrenos que descansaban en las piezas de madera, las cuales formaban una especie de camisa al pozo de bajada, se habían encorvado estas de tal modo en el interior, que uno de los ascensores de extracción rozaba con las paredes? Era, en efecto, verdad.

-¡Ya ves que eso se rompe! -murmuró Esteban-; y si es así, la catástrofe será espantosa.

Con los ojos fijos en el pozo, Souvarine añadió tranquilamente: -Si se rompe y se hunde, todos los compañeros lo sabrán cuando bajen, puesto que tú aconsejas que lo hagan.

Dieron las nueve en el reloj de la iglesia de Montsou: y como Esteban le dijera que se iba a acostar, él añadió, sin darle siquiera la mano: -Pues bien, adiós. Porque yo me voy.

-¿Cómo que te vas?

-Sí; he dicho que me arreglen la cuenta, y me marcho a otra parte.

Esteban, estupefacto, emocionado, le miraba con fijeza. Le decía aquello a las dos horas de estar paseando juntos, con tanta tranquilidad, como si nada le importase, mientras a él le hacía daño la idea de tal separación. Habían sido amigos, habían sufrido juntos, y esto siempre da motivo a que duela el separarse para siempre.

-¿Adónde te marchas?

-Por ahí; no lo sé todavía.

-¿Pero volveré a verte?

-Creo que no.

Ambos guardaron silencio y estuvieron mirándose uno a otro. -Adiós entonces.

-Adiós.

Mientras Esteban se encaminaba a su casa, Souvarine volvía la espalda y tomaba de nuevo la orilla del canal; entonces, solo, anduvo y anduvo largo rato con la cabeza baja y el paso lento. Parecía un fantasma. De cuando en cuando se detenía a contar las horas que sonaban en el reloj de una torre lejana. Cuando dieron las doce, tomó resueltamente el camino de la Voreux.

A esas horas la mina estaba completamente desierta; no encontró más que a un capataz que, en vez de vigilar, dormitaba tranquilamente. Hasta las dos no encendían las calderas, a fin de que hubiese vapor a la hora de bajar al trabajo.

El ruso entró primero a sacar de un armario una blusa que fingía haber olvidado allí. En aquella blusa había escondido varias herramientas. Luego se marchó; pero, en vez de salir de la barraca, entró en el estrecho corredor que conducía al pozo de las escalas. Y con la blusa hecha un lío debajo del brazo, comenzó a bajar con precaución, sin luz de ninguna clase, contando las escalas para saber la profundidad en que se hallaba.

Sabía que el ascensor rozaba con las paredes a ciento setenta y cuatro metros de profundidad. Cuando hubo contado cincuenta y cuatro escalas, se detuvo, palpó las paredes, y vio que, en efecto, los puntales de madera sobresalían mucho. Allí era.

Entonces, con la habilidad y la sangre fría de un buen obrero que ha meditado largo tiempo acerca de la tarea que se propone realizar, empezó su trabajo. Comenzó por aserrar una tabla de las que formaban la pared del pozo de las escalas, a fin de comunicarse con el departamento de extracción. Y con ayuda de algunos fósforos que encendía y apagaba rápidamente, pudo darse cuenta del estado en que se hallaban las obras de reparación.

Entre Calais y Valenciennes la perforación de los pozos de mina tropezaba con inmensas dificultades, a causa de las grandes masas de aguas subterráneas. Solamente gracias a la construcción de los revestimientos de madera que venían a formar en el interior del pozo como una camisa, algo parecido a un túnel, porque se seguía el mismo sistema al construirlos, se evitaban las inundaciones, que de otro modo habrían sido inminentes, y se aislaban los pozos en medio de los largos subterráneos, cuyas revueltas olas batían constantemente las paredes. En la Voreux había habido necesidad de construir dos revestimientos de esa clase: el del nivel superior, formado en terreno poroso, lleno siempre de humedad, y el del nivel inferior, construido directamente debajo del terreno carbonífero en medio de una arena amarilla, y tan fina que parecía harina; allí estaba el Torrente, ese mar subterráneo, terror de los mineros del norte; un mar con sus tempestades y sus naufragios; un mar ignorado, insondable, cuyas olas se agitaban a más de trescientos metros debajo de tierra. Por lo general las obras de revestimiento aguantaban bien, a pesar de la presión enorme que resistían. Lo malo era el desprendimiento de tierra producido por los trabajos continuos en las antiguas galerías de explotación.

En aquel lento, pero nunca interrumpido desnivel de las capas subterráneas, se producían a veces roturas de las que se resentían las obras de revestimiento, separando algunas piezas de madera, y haciéndolas salir del interior del pozo. Ése era el gran peligro de la mina, una amenaza constante de hundimiento y de inundación, que podía producir de un lado una avalancha que cegase el pozo, y del otro, un diluvio que lo anegara por completo.

Souvarine, a caballo en la abertura practicada por él, reconoció las paredes, y vio en aquel sitio una gravísima deformación de las piezas de revestimiento, algunas de las cuales se hallaban por completo fuera de su sitio. Grandes filtraciones se notaban por las junturas de estas piezas, a pesar de las estopas alquitranadas con que se las reforzaba, para que quedasen cerradas herméticamente. Y los carpinteros, a quienes se había dado mucha prisa, sin duda por falta de tiempo tuvieron que contentarse con sujetarlas por medio de unas barras de hierro, pero tan mal puestas, que algunas no servían de nada. Evidentemente en las arenas y en las aguas del Torrente estaba produciéndose una gran agitación.

El maquinista comenzó a aflojar los tornillos que sujetaban las barras, de modo que con pocos esfuerzos pudieran sacarse todos de su sitio. Aquella era una empresa de temeraria locura, durante la cual estuvo veinte veces expuesto a caerse, yendo a parar al fondo del pozo, de donde le separaban aún ochenta metros. Tuvo que agarrarse a los cables que servían para que subiera y bajara el ascensor, y suspendido, por decirlo así, en el vacío, iba de un lado a otro, agachándose, inclinándose, adoptando ésta o la otra postura con una tranquilidad tan grande que sólo se explicaba por el desprecio absoluto que le inspiraba la muerte. Un soplo cualquiera habría bastado para precipitarlo en el abismo; tres veces estuvo para sucederle, y tres veces lo evitó con la mayor sangre fría, sin el más ligero temblor. Primero palpaba, y luego empezaba a trabajar, sin encender un fósforo más que cuando se veía completamente perdido. Una vez flojos los tornillos, la emprendió con las piezas del maderamen, y entonces el peligro para él fue todavía mayor. Había buscado la pieza principal, aquélla en que engranaban todas las demás, y con verdadero encarecimiento la aserraba, la agujereaba, la adelgazaba, de manera que perdiese toda su resistencia; en tanto que por las rendijas y las grietas el agua que se filtraba caía como copiosa lluvia, cegándole completamente. Quiso encender fósforos. y se le apagaron, porque se mojaban; no había medio de disipar aquella oscuridad profundísima. Entonces se puso furioso. Influencias inexplicables le embriagaban y lo lanzaban a un deseo desenfrenado de monstruosa destrucción. Se ensañó contra la pieza principal del maderamen, sin saber siquiera lo que hacía, atacándola con todas las herramientas que tenía a mano para destrozarla, con tal encarnizamiento, con tanta ferocidad, como si se tratase de dar de puñaladas a un ser viviente a quien aborreciera con toda su alma. ¡Al fin iba a matar aquella maldita bestia que se llamaba la Voreux, que tanta carne humana se había tragado!

De pronto se calmó, muy descontento consigo mismo. ¿No podían hacerse las cosas con frialdad, como corresponde, del modo que él se preciaba de hacerlas siempre? Una vez tranquilo, pasó de nuevo al pozo de las escalas, tapó el agujero que había practicado, poniendo en su sitio el tablón que aserrara al principio. Ya era bastante; no quería comprometer el éxito de la empresa, produciendo una avería demasiado grande, que se darían prisa en reparar, porque la notarían enseguida. La bestia estaba herida en el vientre, y ya vería él si para la noche vivía aún. El ruso se tomó el tiempo necesario para envolver metódicamente las herramientas en la blusa, y trepó por las escalas con la mayor lentitud y tranquilidad. Luego, cuando salió de la mina sin que nadie le viese, no se le ocurrió siquiera la idea de cambiar de traje. En aquel momento daban las tres. Se quedó en medio del camino, y esperó. Y a la misma hora, Esteban, que no podía dormir aquella noche, se oyó un ligero ruido en medio del silencio profundo de la habitación. Como todos los chicos dormían, creyó que Catalina se habría puesto enferma.

-Oye; ¿eres tú? ¿Qué tienes? -preguntó en voz baja.

Nadie le contestó; los ronquidos de los chicos era lo único que se oía. Durante un momento todo permaneció en la mayor tranquilidad. Luego se oyó otro nuevo ruido. Y seguro aquella vez de que no soñaba ni se equivocaba atravesó el cuarto y a tientas buscó la otra cama. Su sorpresa fue grande al encontrarse con la joven, que estaba sentada en el borde de la cama, y conteniendo la respiración.

-¿Por qué no contestas? ¿Qué estás haciendo? La joven, al fin, se decidió a contestar: -Me estoy levantando.

-¡A estas horas! ¿Para qué?

-Porque voy a trabajar.

Esteban, muy conmovido, se sentó a su vez en el borde de la cama, en tanto que Catalina le daba sus razones. Sufría demasiado viviendo de aquel modo, sin hacer nada, y siendo una carga para su madre; prefería correr el riesgo de que Chaval la abofetease; y si luego su madre no quería tomar el dinero que ganase, ¿qué hacer? Ya era mayor, y se iría a vivir sola. -¡Vete, voy a vestirme! Y no digas nada. ¿Verdad que no lo dirás, tú, que eres tan bueno?

Esteban, que no se movió de su lado, la cogió por la cintura y la estrechó entre sus brazos en una caricia de inmensa tristeza y de compasión. Así estuvieron largo rato, en camisa, estrechados uno contra otro, sintiendo el calor de sus ardorosos cuerpos junto a aquel lecho todavía caliente. Ella, al principio, quiso desprenderse de los brazos de Esteban; luego se echó a llorar en silencio, cogiéndole a su vez por el cuello, y apretándolo contra sí en un acto de desesperación. Y así permanecieron, sin otros deseos, con el recuerdo de sus desdichados amores, que jamás habían podido satisfacer. ¿Habría concluido todo entre ellos? ¿No se atreverían a reunirse, ahora que uno y otro eran libres? Un poco de felicidad habría bastado para disipar la vergüenza que les embargaba, aquel malestar inexplicable, que jamás les permitió juntarse, por todo género de extrañas ideas, que ni ellos comprendían bien.

-Acuéstate -murmuró ella-. No quiero encender la luz, porque se despertaría mi madre... Ya es hora; déjame.

Esteban no la escuchaba, y seguía abrazándola con frenesí, en medio de una alegría inmensa, que le llenaba el corazón. Experimentaba gran necesidad de paz y de calma, un deseo invencible de ser feliz. Ya se veía casado, viviendo en una casita con Catalina, sin más ambición que la de vivir allí juntos y juntos morir. Con pan solo se contentaría, y si no había más que un pedazo, sería para ella. ¿A qué venía soñar con otras cosas? ¿Acaso esta vida merece que se la tome en serio?

-¡Por Dios, déjame! -repitió Catalina, viendo que era tarde.

Entonces él, decidiéndose bruscamente, sin escuchar más que a su corazón, le dijo al oído-: Espérate; me voy contigo.

Y él mismo se asombró de haberlo dicho. Había jurado no volver a la mina. ¿De dónde habría nacido, pues, aquel arranque brusco, aquella resolución que formulaban sus labios, sin haber pensado en ello, sin haberlo discutido ni un momento? Sentía dentro de sí una calma tal, una curación tan completa de las heridas morales que le producían sus dudas, que se empeñaba en acompañar a Catalina, considerándose como un hombre salvado en una tabla por casualidad. Por lo mismo se negó a oír las razones que le daba Catalina, creyendo que se sacrificaba por ella y temerosa de que tuviese un disgusto con sus compañeros. Él se reía de todo; ya no le importaba un bledo su popularidad, y puesto que la Compañía perdonaba, se acogía al perdón, y trabajaría sin pensar en ninguna de las cosas que hasta entonces trastornaban su cabeza.

-Quiero trabajar, y se acabó... Vamos a vestirnos y procuremos no hacer ruido.

Se vistieron, en efecto, a oscuras, tomando todo género de precauciones para no despertar a nadie. Ella había preparado en secreto el día antes su traje de minera; él sacó del armario una chaqueta y un pantalón viejos, y para no hacer ruido no se lavaron. Todos los de la casa dormían; pero era necesario atravesar el corredor donde dormía la madre. Al salir tuvieron la mala suerte de tropezar con una silla. La viuda de Maheu despertó sobresaltada, y medio dormida preguntó:

-¡Eh! ¿Qué es eso? ¿Quién anda ahí?

Catalina, temblando, se detuvo y estrechó convulsivamente la mano de Esteban.

-Soy yo -dijo éste-. No puedo dormir, me ahogo, y voy a dar una vuelta por ahí.

-Bueno, bueno.

Y la viuda de Maheu se volvió a quedar dormida. Catalina no se atrevía a moverse. Al fin llegó a la sala de abajo, partió una rebanada de pan que había guardado a propósito el día antes, luego salieron a la calle muy despacito, cerraron la puerta sin hacer ruido, y emprendieron el camino de la Voreux.

Souvarine estaba cerca de La Ventajosa, en un recodo del sendero. Media hora hacía que estaba viendo pasar gente que iba al trabajo. Contaba los mineros como se cuentan las reses al entrar en el matadero, y le sorprendía ver que eran tantos, porque, a pesar de su pesimismo, jamás creyó que el primer día fuese a trabajar tan considerable número de obreros. De pronto, el ruso se estremeció. Entre los hombres que desfilaban por allí, y cuyos semblantes no podía distinguir, acababa de reconocer a uno por la manera de andar. Dio un paso hacia adelante y le detuvo, diciendo:

-¿Adónde vas?

Esteban, atónito, en vez de contestar, le preguntó: -¡Hola! ¿No te has ido todavía?

Luego confesó que iba a la mina. Es verdad que había jurado no volver; pero no se podía esperar con los brazos cruzados y sin comer la llegada de acontecimientos que tal vez no ocurriesen en un siglo; y además tenía razones particulares para obrar así.

Souvarine le escuchaba, estremeciéndose nerviosamente a cada momento. Y de pronto, cuando hubo acabado de hablar, lo cogió de un brazo y empujándolo hacia su casa:

-Vuélvete enseguida -le dijo-: no quiero que vayas a trabajar.

Catalina se había acercado, y Souvarine la conoció enseguida.

Esteban protestaba, diciendo que no reconocía a nadie el derecho de juzgar su conducta ni el de darle consejos. Los ojos del maquinista iban de la muchacha a su amigo, al mismo tiempo que retrocedía un poco, haciendo un gesto enérgico y abandonándolos.

Cuando el corazón de un hombre pertenecía a una mujer, aquél estaba perdido; lo mismo daba dejarlo morir. Quizá en aquel instante se reprodujo en !u imaginación la escena de la muerte de su querida allá en Moscú, aquel lazo carnal cortado por la mano del verdugo, y que lo había hecho libre para disponer de su vida y de la vida de los demás.

El maquinista dijo simplemente:

-Ve a donde quieras.

Esteban, aturdido, buscaba una frase amistosa para no separarse así.

-¿De manera que te vas?

-Pues dame la mano, amigo mío. Buen viaje, y no me guardes rencor.

El otro le alargó su mano, que estaba helada. ¡Ni amigo, ni mujer!

-Adiós para siempre esta vez...

-Sí, adiós.

Y Souvarine, inmóvil en la oscuridad, siguió con la vista a Esteban y a Catalina, que entraron en la Voreux.

III

A las cuatro empezaron a bajar los obreros. Dansaert, instalado en la oficina del marcador, en el departamento de las luces, inscribía en un libro el nombre de cada obrero que iba presentándosela, y hacía que le diesen una linterna. Los admitía a todos sin hacer ninguna observación, cumpliendo fielmente la promesa de la Compañía; pero cuando vio por el ventanillo a Esteban y a Catalina, dio un salto en la silla y se puso muy colorado; se quedó con la boca abierta para decirles que se marchasen; pero se contuvo, y se contentó con el triunfo que aquello significaba. ¡Hola, hola! ¡Con que el fuerte de los fuertes se rendía! ¡El terrible cabecilla de Montsou iba a pedirles de comer! Esteban cogió en silencio la linterna y subió a la boca del pozo, acompañado de la muchacha.

 Pero allí era precisamente donde Catalina temía las malas palabras y las recriminaciones de los compañeros. Al entrar en el cuarto de la máquina, vio a Chaval en un grupo de otros veinte, esperando a que hubiese un ascensor vacío. Ya se adelantaba hacia ella, cuando se detuvo al ver a Esteban. Entonces empezó a burlarse y a encogerse de hombros despectivamente. ¿A él qué le importaba?, desde el momento que el otro tomaba lo que él no quería, no debía enfadarse. Allá se las hubiera el señorito, si le gustaba ser plato de segunda mesa; y, a pesar de aquellas apariencias de desdén, se sentía atacado por un acceso de celos mal disimulado. Los demás compañeros guardaban silencio, con los ojos bajos y mirando de reojo a los recién llegados; pero sin meterse con ellos. Luego, abatidos, resignados, se volvían a mirar la boca del pozo, con sus linternas en la mano, tiritando en medio de las corrientes de aire que penetraban por todos lados.

 Al fin, el ascensor se colocó en su sitio, y se dio orden de embarcar. Esteban y Catalina tomaron sitio en un departamento, donde ya estaba Pierron y otros dos. En la vagoneta contigua, Chaval decía a Mouque, en voz muy alta, que había hecho mal la Dirección no aprovechando la oportunidad de deshacerse de algunos ganapanes que tenían la culpa de todo lo malo que pasaba; pero el pobre viejo, vuelto a la resignación de su triste vida, no se enfadaba ya pensando en la muerte de sus hijos, y contestaba a Chaval con palabras conciliadoras.

 Se desprendió el ascensor, y empezó el descenso en medio de la oscuridad más completa. De pronto, cuando se hallaban en la tercera parte del camino, se sintió un rozamiento espantoso. Sonaron todos los hierros, las maderas crujieron, y las personas cayeron unas encima de otras.

 -¡Maldita sea!... -exclamó Esteban-. ¿Quieren aplastarnos? Nos quedaremos aquí todos. Y luego dirán que se arregló el revestimiento.

 Pero el ascensor salvó el obstáculo, y siguió descendiendo bajo una lluvia torrencial tan fuerte, que los obreros horrorizados, ponían oído al estruendo producido por el agua. Parecía imposible que se hubieran abierto de aquel modo las junturas de las maderas.

 Preguntaron a Pierron, que trabajaba hacía ya días, el cual no quiso dejar que se notara su espanto, que alguien habría tomado como una censura a la Dirección, y respondió

 -¡Oh! ¡No hay peligro! Todos los días pasa lo mismo. Sin duda es que no han tenido tiempo de afirmar los tornillos.

 El torrente bramaba por encima de sus cabezas, y cuando llegaron al último piso de la mina se encontraban bajo una terrible tromba de agua. A ningún capataz se le habría ocurrido subir por las escalas para darse cuenta de lo que pasaba, creyendo que la bomba bastaría, hasta que por la noche reconocieran los carpinteros las paredes del pozo.

Abajo, en las galerías, la reorganización de los trabajos daba bastante que hacer, porque antes de que los cortadores de arcilla emprendieran sus tareas en las canteras dispuso el ingeniero que, durante los cinco primeros días, todo el mundo se dedicara a ciertos trabajos de consolidación que eran absolutamente indispensables. Pues por todos lados se temían desprendimientos, y las galerías habían sufrido tanto que en algunos puntos se necesitaba apuntalar en distancias de más de cien metros. De modo que cuando la gente llegaba al fondo, iba formando cuadrillas de diez hombres, al mando de un capataz, y se ponían a trabajar en los sitios que más se necesitaba. Cuando terminó el descenso, se vio que habían bajado trescientos y pico de mineros; esto es, la mitad aproximadamente de los que trabajaban en tiempos normales.

 Chaval fue destinado a la cuadrilla de que formaban parte Catalina y Esteban; no por casualidad, sino porque él había tenido buen cuidado de quedarse el último escondido detrás de los compañeros, de manera que le agrupasen donde él quería. La cuadrilla fue destinada a trabajar en el fondo de la galería Norte, a unos tres kilómetros de distancia, donde había ocurrido un desprendimiento de consideración. Para quitar las rocas desprendidas se las atacó con palas y picos. Esteban y Chaval y otros despejaban el terreno, mientras Catalina, con la ayuda de dos aprendices, llenaban las espuertas de escombros y las llevaban hasta el plano inclinado. Se hablaba poco, porque el capataz no los perdía de vista ni un momento. Sin embargo, los dos enamorados de Catalina estuvieron a punto de llegar a las manos por causa de ella. Su antiguo amante, aunque diciendo que ya no la quería para nada, la pellizcaba de cuando en cuando de tal modo, que Esteban le amenazó con darle una paliza si no la dejaba en paz. Afortunadamente los compañeros los separaron.

 A eso de las ocho, Dansaert dio una vuelta por allí, para ver cómo iban los trabajos. Parecía muy malhumorado, y desahogó su furia con el capataz de la cuadrilla: el trabajo iba muy despacio y muy mal; se necesitaba más actividad y mejor voluntad; aquello no podía ser.

 -Me voy -añadió-; y luego vendré con el señor ingeniero.

 El capataz mayor estaba esperando a Négrel desde el amanecer, y no se explicaba aquel retraso.

 Transcurrió una hora más. El capataz de la cuadrilla había suspendido la limpieza de los escombros, para ocupar a toda su gente en consolidar el techo de la galería; así es que Catalina y los dos chiquillos, en vez de llevar espuertas de tierra, iban dando a los hombres la madera necesaria para que éstos apuntalaran.

 Allí, al final de la galería, la cuadrilla estaba como de avanzada, perdida en una extremidad de la mina, e incomunicada con las demás canteras y galerías. Tres o cuatro veces los obreros volvieron la cabeza, creyendo oír el ruido de rápidas carreras. ¿Qué sería? Cualquiera hubiese dicho que los compañeros se iban, abandonando el trabajo; pero como aquellos rumores desaparecían pronto y el silencio continuaba, ellos siguieron trabajando, ensordecidos también por el martilleo. Por fin dejaron aquello, y volvieron al arrastre de escombros.

 Pero al primer viaje, Catalina, asustada, volvió diciendo que no había nadie en el plano inclinado.

 -He llamado y no me contestan. Todos se han ido.

 El pánico y la sorpresa fueron tales, que los diez tiraron las herramientas y echaron a correr. La idea de quedar abandonados en el fondo del pozo de subida los enloquecía. No llevaban consigo más que la linterna.

 Y corrían todos en fila; los hombres, la joven, los chiquillos, y hasta el mismo capataz, que perdía la cabeza viendo que llamaba a gritos desesperados sin que le contestasen en la inmensidad de aquellas desiertas galerías. ¿Qué sucedía para que no encontrase a nadie? ¿Qué terrible accidente les había arrebatado a todos sus compañeros? El pánico aumentaba ante aquella ignorancia del verdadero peligro, ante aquella amenaza de perder la vida, que ninguno se podía explicar.

 Cuando llegaban cerca del pozo, un torrente desbordado les cortó el paso. En un momento se vieron con agua hasta las rodillas; ya no podían correr; hendían penosamente las aguas, pensando no sin razón, que la pérdida de un solo minuto podía costarles la vida.

 -¡Maldita sea!... Se ha roto el revestimiento, y todo se lo lleva el diablo. Bien decía yo que nos quedaríamos aquí todos.

 Desde que bajara aquella mañana, Pierron, muy alarmado, veía aumentar el diluvio que caía por los pozos. Sin dejar de cargar las vagonetas con otros dos compañeros, levantaba a menudo la cabeza, y la cara se le mojaba completamente, y los oídos le zumbaban a causa del terrible estrépito que se oía más arriba. Pero, sobre todo se alarmó al ver que abajo se había formado un charco inmenso, porque aquello indicaba claramente que las bombas no podían sacar toda el agua necesaria. Entonces dio cuenta de todo a Dansaert, el cual se enfurecía, contestando que era preciso aguardar la llegada del ingeniero. Otras dos veces insistió en lo mismo, sin conseguir más respuesta que encogimientos de hombros y señales de mal humor. ¿Qué había de hacer él si el agua aumentaba?

Entonces apareció Mouque con el caballo Batallador. Tenía que sujetarlo fuertemente de las bridas, porque el caballo se encabritaba bruscamente, a pesar de sus años, y relinchaba, mirando al pozo.

 -¿Qué hay, filósofo? ¿Qué te pasa?... ¿Qué está ocurriendo? ¿Por qué llueve? Vamos, vamos: ¿a ti qué te importa?

 Pero como el animal se resistía tuvo que llevárselo a la fuerza.

 Casi en el instante mismo en que Mouque desaparecía con el caballo por una de las galerías laterales, se oyó un estrépito espantoso, indescriptible, que procedía del pozo. Era que una pieza del maderamen del revestimiento se acababa de desprender, y caía desde una altura de ochenta y tantos metros, tropezando con las paredes del pozo; Pierron y los otros dos cargadores tuvieron tiempo de hacerse a un lado, y el enorme tablón no causó más desperfectos que el destrozo de una vagoneta. Inmediatamente después, casi de un modo simultáneo, el agua empezó a caer a mares. Dansaert quiso subir a ver lo que pasaba; pero en el mismo instante se desprendió otra piedra, y ante la tremenda catástrofe que se preparaba, dejó de titubear, comunicó rápidamente las órdenes para que todo el mundo subiese, y encargó a los capataces que recogiesen a la gente que estaba trabajando en las canteras.

 La escena que entonces se produjo no es para ser descrita. De todas las galerías de la mina acudían grupos de obreros a todo correr, empujándose, atropellándose, pisoteándose unos a otros en su precipitación por ser cada cual el primero que llegase al asalto del ascensor. Todos querían subir los primeros. Algunos que concibieron la idea de salvarse por el pozo de las escalas, tuvieron que bajar enseguida diciendo que por allí estaba ya el paso interceptado. ¡Qué escenas a cada viaje del ascensor! Ya aquél se había hecho; pero ¿quién sabe si podía volver a pasar por entre los obstáculos que interceptaban el pozo? Porque indudablemente, allá arriba continuaba el desastre, puesto que se oía una serie incesante de sordas detonaciones, producidas por el maderamen que se desengranaba y rompía a impulsos de la terrible inundación. Pronto una de las jaulas estuvo inútil, y la otra rozaba de tal modo con los obstáculos que seguramente el cable se rompería de un momento a otro. Y aún quedaba por salir un centenar de hombres, un centenar de hombres ensangrentados, furiosos, con el agua hasta el pecho y en grave peligro de ahogarse. Las maderas desprendidas habían matado ya a dos; otro, que se había cogido al ascensor, cayó desde una altura de cincuenta metros y desapareció en el charco que se había formado al pie del pozo.

 Dansaert, sin embargo, hacía enérgicos esfuerzos por restablecer el orden. Armado de un pico, amenazaba romper la cabeza al primero que le desobedeciese, y quiso formarlos en fila, diciendo que los cargadores serían los últimos que salieran, después de colocar, como siempre, a sus compañeros en las vagonetas. Pero nadie le escuchaba; dos veces tuvo que impedir que Pierron, pálido de espanto y aturdido, se subiera, como intentaba, al ascensor. A cada viaje tenía que rechazarle de allí a puñetazo limpio.

 Más poco a poco el pánico lo fue ganando a él también; un minuto más, y estaba perdido. Allí arriba se destrozaba todo; el maderamen crujía con estruendo sin igual; la boca del pozo era una terrible catarata. Estaban subiendo algunos obreros, cuando él, sin poderse dominar más, precipitóse a una de las jaulas del ascensor, sin oponerse ya a que Pierron hiciese otro tanto. La jaula empezó a subir.

 En aquel momento la cuadrilla a que pertenecían Esteban y Chaval llegaba al pozo. Vieron desaparecer la jaula, y se precipitaron a ella; pero retrocedieron enseguida, huyendo del destrozo final del maderamen. El pozo estaba cegado; el ascensor no volvería a bajar más. Catalina gemía, Chaval se desgañitaba profiriendo improperios y juramentos. Estaban allí unos veinte hombres. ¿Los abandonarían así los canallas de sus jefes? El tío Mouque, que volvía llevando a Batallador de la rienda, se quedó estupefacto, con los ojos desmesuradamente abiertos, ante los rápidos y terribles progresos de la inundación. El agua les llegaba al pecho. Esteban, con los dientes apretados, sin decir palabra, cogió a Catalina en brazos. Y todos bramaban, contemplando tercamente, con verdadera terquedad de imbéciles aquel pozo por donde caía todo un río, y por donde ya era inútil esperar ninguna clase de auxilio.

 Cuando Dansaert llegó arriba, vio a Négrel, el cual acudía presuroso en aquel instante. Toda la mañana la señora Hennebeau le había tenido entretenido mirando varios catálogos, a fin de elegir las cosas que había de comprar para su boda; por esto se había retrasado; eran las diez. -¡Eh!, ¿qué pasa? -gritó desde lejos.

 -La mina está perdida -contestó el capataz mayor.

 Le relató la catástrofe, casi balbuceando de emoción, en tanto que el ingeniero se encogía de hombros, con aire de incredulidad. ¡Bah! Pues ¿qué? ¿Así se deshace un revestimiento sin más ni más? Sin duda exageraba; era necesario verlo.

 -Abajo no habrá quedado nadie, ¿no es verdad?

 Dansaert se turbó:

 -No, nadie. Al menos, así creo; aunque quizá pudiera haberse retrasado algún obrero.

 -¡Maldita sea!... Entonces, ¿por qué ha salido de ahí? ¿Se abandona así a la gente que uno manda? ¡Cobarde!

 Enseguida dio orden de que se contaran las linternas.

 Por la mañana se habían distribuido trescientas veintidós, y ahora no se encontraban más que doscientas cincuenta y cinco, si bien es verdad que varios obreros confesaban haber perdido las suyas, a causa del pánico y de la precipitación de la subida. Se trató de pasar lista; pero esto también fue inútil, porque muchos mineros habían huido, y, otros en medio de la algazara y la agitación que allí reinaba no oían su nombre. Ellos mismos no lograban ponerse de acuerdo sobre cuántos compañeros faltaban. Lo mismo podían ser veinte que cuarenta. El ingeniero no tenía más que una seguridad; la seguridad tristísima de que abajo había gente; y la tenía, porque, asomándose a la boca del pozo, en medio del estruendo del torrente y del crujir de las maderas, se oían los quejidos de aquellos infelices.

 La primera disposición de Négrel fue mandar un aviso al señor Hennebeau y procurar cerrar la mina. Pero fue demasiado tarde; porque los obreros más impresionables, aquéllos que no dejaran de correr hasta llegar a su casa, como si aún los persiguieran los efectos de la catástrofe, habían puesto sobre aviso a todo el barrio de los Doscientos Cuarenta, y bandadas de mujeres, de viejos y de niños, llorando y chillando a más no poder, bajaban precipitadamente hacia la Voreux. Fue necesario rechazarlos, y establecer un cordón de vigilantes para que no se acercaran, porque habrían entorpecido las maniobras. Muchos obreros de los que habían salido del pozo permanecían allí atónitos, estupefactos, sin ir a cambiarse de traje, retenidos por la fascinación del miedo, contemplando aquel pozo en las profundidades del cual habían estado a punto de perecer. En torno a ellos, las mujeres, llenas de espanto, los acosaban suplicándoles, interrogándoles, pidiéndoles nombres. ¿Estaba allí fulano? ¿Y mengano?... Nadie sabía nada; aquellos infelices balbuceaban palabras ininteligibles, temblorosos, haciendo gestos de locos, gestos como para apartar sí el recuerdo de aquella espantosa catástrofe. La muchedumbre aumentaba por momentos; la gente, llorando, acudía de todas partes. Y allá, en lo alto de la plataforma, junto a la caseta de Buenamuerte, sentado en el suelo, un hombre, Souvarine, contemplaba en silencio aquel espectáculo.

 -¡Los nombres! -gritaban todas las mujeres, con la voz ahogada por las lágrimas. Négrel se asomó a la puerta, y dijo estas palabras:

-En cuanto lo sepamos, os lo diremos; pero no está todo perdido; todos se salvarán... Ahora voy a bajar yo.

 Entonces la multitud, sobrecogida de angustioso espanto, guardó silencio, y esperó. En efecto: con una bravura extraordinaria y con una tranquilidad verdaderamente heroica, el ingeniero se disponía a bajar. Había hecho que desenganchasen la jaula del ascensor, y ordenado que la sustituyesen con un cubo sólidamente atado al cable; y como sospechaba que el agua le apagaría la linterna, colocó otra luz en la parte inferior del cubo por fuera, de modo que éste la protegiera. Los capataces, temblando, pálidos y descompuestos, hacían todos estos preparativos secundando sus órdenes.

 -Usted bajará conmigo, Dansaert -dijo Négrel con voz tranquila.

 Luego, cuando vio que todos estaban acobardados, y que el capataz mayor temblaba como una mujerzuela, y casi lloraba de miedo, le rechazó con un gesto desdeñoso.

 -No; no me serviría sino de estorbo... Prefiero ir solo.

 Ya se había colocado en el estrecho cubo que se balanceaba pendiente del cable; cogió con una mano la linterna, agarró con la otra la cuerda de señales, y dijo al maquinista con la mayor tranquilidad del mundo:

 -¡Adelante! ¡Poco a poco!

 La máquina se puso en movimiento, y Négrel desapareció en la oscuridad profunda del abismo, de donde aún salían los gritos angustiosos de los infelices que estaban abajo. En la parte de arriba no había sucedido nada; el ingeniero se convenció de que el revestimiento superior se hallaba en buen estado. Balanceándose en el vacío, se volvía de un lado a otro para alumbrar las paredes; pero trescientos metros más abajo, al llegar al revestimiento inferior se apagó la luz como había previsto y sintió que el cubo se llenaba de agua. Ya no tuvo más luz que la muy escasa que despedía la que iba colgada debajo del cubo. A pesar de su bravura temeraria, palideció hasta la lividez ante el horror de aquel desastre. Sólo algunas piezas de madera quedaban en su sitio; todas las demás habían sido precipitadas al abismo por la fuerza de la inundación; las aguas del torrente, de aquel mar subterráneo, cuyas tempestades y naufragios se ignoraban, rugían y se precipitaban por la brecha abierta en el revestimiento.

 El ingeniero estaba consternado; en aquellos sitios no volvería a ser posible el trabajo humano. Négrel ya no tenía mas que una esperanza: la de intentar el salvamento de la gente que estaba en peligro. A medida que iba bajando, distinguía con mayor claridad los lamentos de aquellos infelices; pero pronto tuvo que detenerse: el pozo estaba absolutamente infranqueable; los pedazos de madera, las vigas, los sostenes de hierro atravesados de pared a pared, hacían imposible toda tentativa de descenso. Y mientras con el corazón en un puño, casi con lágrimas en los ojos, al pensar en la muerte que aguardaba a aquellos desdichados, estaba esperando, notó de pronto que cesaba el ruido de sus voces. Era indudable que, o se acababan de ahogar, o habían huido a las galerías interiores de la mina, creyendo salvarse de aquella terrible inundación.

 Entonces Négrel cogió la cuerda, y dio la señal para que lo subiesen. Luego mandó que la máquina se detuviera de nuevo, porque no se explicaba aquella catástrofe tan brusca y tan rápida, cuyas causas le era imposible adivinar. Deseando darse cuenta de todo, empezó a examinar una por una las piezas del revestimiento, y al hacerlo comprendió fácilmente, por las huellas que habían dejado la sierra y el destornillador, las señales de un trabajo abominable de destrucción, que nada de aquello era casual. Evidentemente alguien que deseaba aquella catástrofe la había preparado. Lleno de espanto ante aquella convicción, no se acordaba de hacer señales para que lo subiesen, cuando, de repente, las pocas piezas del maderamen que aún quedaban en su sitio, se desprendieron con un estrépito infernal, y desbordándose las aguas del torrente por aquella nueva brecha formaron un remolino monstruoso, en el que estuvo a punto de verse envuelto. Su intrepidez desaparecía ante la idea del hombre que había hecho aquello y se le erizaba el cabello, se le helaba el corazón, haciéndole sentir una especie de pavor religioso, como si envuelto en las tinieblas estuviese allí todavía el autor de la catástrofe, aquel gigantesco criminal, para convertirlo todo en polvo. Dio un grito, y agitó Curiosamente la cuerda, haciendo la señal. Lo hizo en el momento preciso porque al pasar por el revestimiento superior, vio que todas las piezas se movían; las junturas después de haber perdido las estopas embreadas, daban paso a una cantidad enorme de agua. Era cuestión de horas. El desastre resultaba inevitable: al cabo de un rato, las paredes del pozo estarían deshechas, y la mina para siempre anegada.

 Arriba, el señor Hennebeau esperaba impaciente a Négrel.

 -¿Qué pasa? -preguntó.

 Pero el ingeniero estaba tan emocionado, que no podía hablar.

 -Esto es imposible; algo impensable... ¿Lo has examinado?

-Sí -respondía con la cabeza, y dirigiendo miradas de desconfianza a su alrededor.

Se negó a dar explicaciones en presencia de los pocos capataces que le escuchaban. Por eso llevó a su tío a un rincón, y allí, en voz muy baja, hablándole al oído, le explicó el monstruoso atentado, describiéndole el aspecto de las piezas aserradas, de los tornillos sacados de su sitio a propósito para terminar diciendo que habían matado la mina. El director estaba blanco como la cera, bajaba la voz también, sintiendo esa necesidad instintiva que nos hace guardar silencio ante la monstruosidad de los grandes desastres y de los grandes crímenes. Los dos pensaban, aterrados, en la existencia del hombre que había tenido valor para bajar hasta aquellas profundidades, arriesgando veinte veces la vida en tan espantosa tarea.

 El señor Hennebeau no pudo disimular un gesto de desesperación al ordenar que todo el mundo saliese de la mina inmediatamente.

 Cuando él y el ingeniero, que se habían quedado los últimos, aparecieron en la plataforma, la muchedumbre que se apiñaba al otro lado del cordón formado en torno de los edificios de la mina, los acogió con el mismo clamor, repetido obstinadamente:

 -¡Los nombres, los nombres; decid los nombres!

 La viuda de Maheu era una de las que estaban en primera fila; al notar la ausencia de su hija y del huésped supuso desde luego que se habían ido a trabajar; y si bien en los primeros momentos de saber la noticia, dijera furiosa que se alegraba, que merecían quedarse allí enterrados por cobardes y por traidores, luego de pasado aquel acceso, voló a la mina, con lágrimas en los ojos y el corazón metido en un puño, para saber qué suerte habían tenido. La mujer de Levaque y la de Pierron, aunque no tenían a nadie en peligro, eran de las que más chillaban. Zacarías, que se salvó uno de los primeros, a pesar de que siempre se burlaba de todo, había abrazado, llorando muy compungido, a su mujer y a su madre, y sin separarse de esta última, conmovido, trataba de consolarla y de consolarse, diciendo que no creería la muerte de su hermana hasta que los jefes la anunciasen oficialmente.

 -¡Los nombres, los nombres; por Dios, los nombres!

 Négrel, que estaba muy nervioso, dijo en voz alta a los capataces:

 -Háganlos ustedes callar.. ¡Si todavía no sabemos esos nombres!

 Ya habían pasado dos horas, y bajo la influencia de la primera impresión, nadie había pensado en el otro pozo, el pozo abandonado de Réquillart.

 El señor Hennebeau estaba dando órdenes para intentar el salvamento por aquel lado, cuando circuló el rumor de que cinco obreros acababan de salvarse, subiendo por las podridas escalas del pozo antiguo, que desde hacía tanto tiempo estaba fuera de uso; y entre los afortunados nombraban al tío Mouque, lo cual produjo general sorpresa, porque nadie creía que estaba abajo. Pero precisamente la noticia vino a aumentar las lágrimas de todos, porque se supo de una manera indudable que otros quince infelices no habían podido seguirlos, y que era de todo punto inútil intentar el auxilio, pues por la parte de Réquillart había ya más de diez metros de agua. Entonces se supieron los nombres de todos, y los gemidos y el clamor angustioso de aquella multitud se elevó en el aire.

-¡Haced que callen! -gritó Négrel furioso-. Y todo el mundo atrás. Sí, sí, a más de cien metros de distancia, porque hay verdadero peligro de un hundimiento. ¡Atrás, atrás!

 Hubo necesidad de luchar con aquellas pobres gentes, que no se retiraban, creyendo que trataban de ocultarles mayores daños, hasta que los capataces les hicieron comprender que era inminente un hundimiento de todo aquel terreno. Tal idea les dejó atónitos y silenciosos por un momento; pero cinco minutos después, a pesar suyo, atraídos por una fuerza irresistible, trataban de volver al mismo sitio, y con tal furia que fue necesario doblar el cordón de vigilantes para evitar una catástrofe espantosa. Más de mil personas que habían acudido de Montsou y de los barrios obreros se agolpaban allí llenas de angustia y de terror. Entre tanto, allá en lo alto de la plataforma, el hombre rubio, de rostro femenino, fumaba tranquilamente cigarrillo tras cigarrillo, contemplando el espectáculo con su calma habitual.

 Eran las doce; nadie había comido, ni nadie pensaba en hacerlo. Por el cielo brumoso, de un color ceniciento, pasaban lentamente algunas nubes; un perro mastín ladraba, furioso, desde el corral de La Ventajosa. La muchedumbre poco a poco fue formando un inmenso círculo, de más de cien metros de radio, en el centro del cual se veían los desiertos edificios de la Voreux. Ya no había allí ni un alma; ya no se oía ningún ruido; las puertas y las ventanas abiertas permitían ver el abandono interior; un gato rojizo, olvidado allí, apareció en lo alto de una escalera; sin duda presentía el peligro, pues, tras un momento de vacilación, atravesó la plataforma, y huyó por entre los sembrados de remolacha.

 A las dos la situación era la misma; todo seguía igual. El señor Hennebeau, Négrel y otros ingenieros, que habían acudido, formaban en primera fila un grupo exótico de levitas y sombreros negros y ellos tampoco se alejaban de allí: febriles, furiosos al ver su impotencia ante un desastre semejante, sin pronunciar más que alguna que otra palabra en voz baja, como si estuvieran a la cabecera de un moribundo.

 Dieron las tres. Nada todavía. Un fuerte chaparrón había calado hasta los huesos a la multitud, sin que nadie pensara en alejarse. El perro de Rasseneur empezó a ladrar de nuevo. A las tres y veinte se sintió la primera sacudida de la tierra. La Voreux vaciló un momento; pero, fuerte todavía, se mantuvo en pie. Sobrevino enseguida otro temblor y un grito estridente salió de todas las bocas a la vez; el cobertizo donde estaba el departamento de cerner, después de tambalearse dos veces, se vino abajo con estrépito terrible. Desde aquel momento la tierra no cesó de temblar; las sacudidas se sucedían incesantemente, a causa de los hundimientos subterráneos, acompañados de gigantescos bramidos, propios de un volcán en erupción. A lo lejos, el perro de Rasseneur no ladraba ya: aullaba quejumbrosamente, como anunciando las oscilaciones del terreno. En menos de diez minutos se hundieron todos los techos de pizarra: el departamento de las máquinas, las oficinas, la barraca, con todo cuanto contenían, desaparecieron por el agujero enorme que a cada nueva sacudida se ensanchaba más. Luego, cesaron los ruidos; el hundimiento se detuvo, y de nuevo reinó un profundo silencio.

Entonces sobrevino una calma abrumadora. Ya los ingenieros, tras mucho titubear, se decidían a aproximarse al sitio de la catástrofe, para ver si era posible salvar algún material de entre los escombros, cuando, de repente, otra sacudida, mucho más fuerte que las anteriores, una suprema convulsión del suelo, les hizo retroceder. Estallaban tremendas detonaciones subterráneas como si artilleros invisibles dispararan sus cañones en el fondo de la mina. En la superficie, las últimas construcciones que quedaban en pie se venían abajo. Un momento después todo había desaparecido: los escombros de lo que había sido la Voreux fueron engullidos de golpe por el abismo.

La muchedumbre, aterrada, emprendió la fuga. Las mujeres corrían tapándose los ojos. El espanto arremolinó y dispersó a los hombres como un montón de hojas secas. Nadie quería gritar, y todos lo hacían ante la enormidad de aquel cráter de mil quinientos metros de profundidad, que se abría desde la carretera al canal en una extensión de cuarenta metros por lo menos. Toda la plataforma de la mina siguió a los edificios en el abismo, así como la provisión de madera que tenían preparada. Allá, en el fondo, sólo se distinguía una mezcla de vigas, de ladrillos, de hierros, restos apilados por la catástrofe en su ensañamiento. ¿Hasta dónde iba a llegar aquello? ¿Alcanzaría el desastre a las casas de los obreros?

 Négrel lanzó una exclamación de dolor; y al señor Hennebeau se le saltaron las lágrimas; para completar el desastre, se rompió una presa, y las aguas desbordadas del canal se precipitaron por una de las grietas, formando una catarata infernal. La mina absorbía aquel río; la inundación invadiría todas las canteras durante muchos años. Pronto el cráter estuvo lleno, y un lago de agua cenagosa ocupó el sitio donde pocas horas antes se veía la Voreux; un lago semejante a esos lagos legendarios en cuyo fondo duermen para siempre las ciudades malditas.

 Entonces Souvarine se levantó de su sitio. Había visto desde lejos a la viuda de Maheu y a Zacarías sollozando ante aquella masa de agua, cuyo peso aplastaba a los infelices que estaban en el fondo. Y el ruso, después de tirar su cigarrillo, se alejó lentamente, sin volver la cabeza atrás. Era ya de noche; y su sombra, cada vez más vaga, acabó por disolverse en las tinieblas. ¿A dónde iba? Al exterminio; adonde quiera que hubiese dinamita para destruir ciudades y aniquilar hombres.

 IV

Aquella misma noche el señor Hennebeau salió para París, deseoso de dar personalmente cuenta a la Compañía de aquel desastre, antes de que los periódicos pudieran publicar la noticia. A su regreso, le encontraron todos muy tranquilo. Evidentemente, había salvado su responsabilidad, y sin duda no incurrió en el desagrado de sus jefes porque veinticuatro horas después se publicaba el decreto nombrándole caballero de la Legión de Honor.

Pero si el Director quedaba a salvo, la Compañía, en cambio, acababa de recibir un golpe terrible. No se trataba ya de algunos millones de pérdida, sino de las preocupaciones terribles que traía el mañana por la desaparición completa de una de sus mejores minas. Tan resentida quedó, que nuevamente creyó deber recurrir al silencio. ¿Para qué hablar del abominable atentado? ¿Para qué hacer un mártir del autor del crimen, si era descubierto, para que su infernal heroísmo exaltara otras cabezas y fuese el comienzo de una serie de incendios y de asesinatos? 

Por otra parte, ni siquiera se sospechaba quien podía ser el culpable, y acabó por creerse en la existencia de un ejército de cómplices, no pudiendo admitir que un hombre solo tuviese audacia y fuerzas suficientes para realizar semejante tarea y en aquello precisamente estribaba el miedo que sentían, creyendo amenazadas todas las minas. El director había recibido orden de organizar un sistema de espionaje, e ir despidiendo uno a uno, como quien no hace la cosa, a todos los obreros que inspirasen sospechas de haber intervenido en el crimen. Se contentaron con aquella resolución, que les parecía la más prudente.

 La única víctima inmediata fue Dansaert, el capataz mayor, quien, después del escándalo dado en casa de la mujer de Pierron, había hecho que su situación fuera imposible. Y se tomó el pretexto de su actitud a la hora del peligro y de su cobardía abandonando a la gente, para echarlo a la calle. Además, aquella medida constituía una especie de concesión a los mineros, de los cuales era muy odiado el capataz.

 Sin embargo, empezaron a circular extraños rumores, y la Dirección tuvo que enviar a los periódicos un suelto rectificando la especie de que todo había sido efecto de un barril de pólvora colocado por los huelguistas. Los ingenieros del Estado, después de una rápida información, convinieron en que todo ello había sido una avería en las obras de revestimiento, producida por las grandes masas de agua subterráneas, cuya presión no había podido resistir el maderamen; y la Compañía estimó conveniente callar, a pesar de que aquel informe venía a ser para ella una acusación de falta de vigilancia. En los periódicos de París, a los dos o tres días, todo lo relativo a la catástrofe fue publicado en lugar preferente de la sección de noticias: todo el mundo hablaba de los pobres obreros enterrados en la mina, y todo el mundo leía con avidez los telegramas referentes al desastre. En el mismo Montsou, los burgueses se asustaban de oír hablar de la Voreux, en torno de la cual se iba formando una leyenda, que los más animosos no se atrevían a repetir siquiera. Toda la comarca mostraba gran compasión hacia las víctimas; se organizaban paseos a la destruida mina, y la gente acudía presurosa, para procurarse el triste espectáculo de contemplar los escombros.

 Deneulin, nombrado ingeniero de división, empezó a ejercer su funciones en circunstancias tan precarias; y su primera determinación fue tratar de volver las aguas del canal a su cauce, porque aquel torrente que se precipitaba por la mina constituía una causa de peligro constante. Eran necesarios gigantescos trabajos; inmediatamente fueron dedicados cien obreros a la construcción de un dique. Dos veces seguidas la impetuosidad de la corriente se había llevado las primeras obras; así es que hubo que colocar bombas y entablar una lucha formidable con la naturaleza para reconquistar aquel pedazo de terreno.

 Pero la opinión estaba todavía conmovida por el recuerdo de la gente sepultada. Négrel, encargado de intentar un supremo esfuerzo, no careció de brazos, pues los carboneros acudían en masa a ofrecer sus servicios en pro de sus hermanos. Olvidados de la huelga, se preocupaban poco del jornal, puesto que estaban dispuestos a exponer su vida aunque no les diesen un cuarto, desde el momento en que se trataba de salvar a compañeros que se hallaban en peligro de muerte. Todos estaban allí, con sus herramientas en la mano, deseando que les dijesen dónde tenían que trabajar. Muchos de ellos, enfermos de espanto después de la catástrofe, agitados por temblores nerviosos, inundados de sudores fríos, en la obsesión de continuas pesadillas, se levantaban, sin embargo, de la cama, y se mostraban animosos en aquella batalla contra la tierra, como si fuese necesario un desquite. Por desgracia, el inconveniente principal era que no se sabía qué hacer, ni cómo bajar, ni por qué lado atacar las rocas.

 En opinión de Négrel, ninguno de aquellos infelices sobrevivía, porque sin duda los quince, o habían sido aplastados, o habían muerto por asfixia; en estas catástrofes mineras, la regla general es siempre suponer que viven los hombres sepultados entre los escombros; pero en la hipótesis de que esta vez tuviesen razón los que creían vivos a los quince infelices, el primer problema que debía resolver era averiguar dónde se habían podido refugiar. Los capataces y los mineros viejos, a quienes consultó, eran de unánime opinión: sus compañeros, huyendo de la inundación, habrían subido, ciertamente, de galería en galería, hasta las canteras más altas, de modo que, sin duda, se encontraban refugiados en el fondo de alguna vía superior.

Esto, además, concordaba con lo dicho por el tío Mouque, de cuyo embrollado relato se dedujo que los fugitivos se habían dividido en diferentes grupos, perdiéndose de vista unos a otros, en su afán de huir del nivel de las aguas; pero las opiniones eran discordantes en cuanto se ponían a discurrir los medios que había que emplear con probabilidades de éxito. Como las vías más próximas a la superficie se hallaban a ciento ochenta metros de profundidad, era inútil pensar en abrir un pozo. Quedaba, pues, Réquillart, el único sitio por donde creían verosímil acercarse a los infelices que trataban de salvar.

 Lo malo era que como la antigua mina estaba a su vez inundada, había desaparecido la comunicación con la Voreux, y no existían libres de las aguas más que algunos trozos de las galerías del primer piso. Achicar el agua hubiese sido empresa para muchos años; así es que la mejor medida era reconocer cuidadosamente aquellas galerías, para ver si se comunicaban con las canteras inundadas, en las cuales se suponía que se hallaban las desgraciadas víctimas de la catástrofe. Antes de definir este proyecto, se habían discutido y rechazado muchos otros. Negrel revolvió los archivos, y cuando encontró los antiguos planos de las dos minas, los estudió detenidamente, y determinó los puntos donde debían hacerse pesquisas.

 Poco a poco aquella tarea le entusiasmaba; a su vez había sido invadido de la fiebre por hacer el bien a sus semejantes, a pesar de su irónica indiferencia por los hombres, y por las cosas todas de este mundo.

 Tropezó con no pocas dificultades para bajar a Réquillart, puesto que ante todo fue necesario hacer practicable la boca del pozo y reparar las escalas, que estaban casi podridas. Luego empezaron los tanteos. El ingeniero bajó con diez trabajadores, haciendo que éstos dieran golpes en determinadas partes del filón; y en medio de un profundo silencio, todos pegaban la oreja a la hulla, para ver si se oían algunos golpes lejanos que contestaran a los suyos. Pero en vano fueron recorridas todas las galerías practicables; no se oía nada. Las dificultades aumentaban continuamente. ¿Por dónde comenzar los trabajos? ¿Hacia quién dirigirse, si parecía que no había nadie allí? Y, sin embargo, no se cedía; se continuaba buscando en medio de una angustia siempre creciente.

 Desde el primer día la viuda de Maheu llegaba por las mañanas muy temprano a la entrada de Réquillart, se sentaba junto a la boca del pozo, y de allí no se movía hasta la noche. Cuando algún hombre subía, se levantaba para interrogarle:

 -¿Nada?

-No; nada.

 Y la mujer se sentaba otra vez, y esperaba sin decir palabra, con expresión dura e impenetrable. Juan, al ver que invadían su madriguera, había rondado por los alrededores, temeroso de que descubrieran sus fecharías, y pensaba, entre otras cosas, en aquel soldado enterrado entre las rocas; pero aquella parte de la mina se hallaba inundad