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XVI Inquietud de Briant por Santiago. - Construcción del cercado. -Azúcar de arce. -Exterminio de las zorras. -Nueva expedición a «Sloughi-bay» -El carro enganchado. -Matanza de focas. -Las fiestas de Navidad. -Hurras a Briant. Ninguna novedad habla ocurrido en French-den durante la ausencia de Gordon. El jefe de la pequeña colonia no tenía más que alabanzas para Briant, a quien los pequeños demostraban un sincero cariño; y si Doniphan no fuera de un natural tan altanero y envidioso, hubiera apreciado también sus buenas cualidades; mas por desgracia no sucedía así, y merced al ascendiente que ejercía sobre Wilcox, Webb y Cross, éstos hacían causa común con él cuando se trataba de contrariar al joven francés, tan diferente por carácter de sus compañeros anglo-sajones. Briant no se cuidaba de ello; cumplía con lo que consideraba su deber, sin preocuparse jamás de lo que se pensaba de su conducta. Su gran pesar era la actitud de su hermano, a quien había interrogado de nuevo, sin obtener más respuesta que ésta: -No... hermano... no. ¡No tengo nada! -¿No quieres confesarlo? le dijo. ¡Haces mal!... ¡Sería un gran consuelo para ti, lo mismo que para mí! ¡Cada día observo que estás más triste y más sombrío!... Vamos, soy tu hermano mayor, y tengo derecho a saber la causa de tu pena... ¿Qué falta has cometido? -Hermano, respondió por fin Santiago, como si no pudiese resistir a algún secreto remordimiento; lo que he hecho... tú tal vez... me lo perdonarías... pero los demás... -¡Los demás!... ¡Los demás!... exclamó Briant. ¿Qué quieres decir, Santiago? Las lágrimas corrieron por las mejillas del pobre niño; pero a pesar de la insistencia de su hermano, sólo dijo: -¡Más adelante lo sabrás todo!... ¡Más adelante!... Después de esta respuesta, puede comprenderse fácilmente cuál sería la inquietud de Briant. ¿Qué falta tan grave podía haber cometido Santiago? Eso es lo que quería saber, de cualquier modo que fuese; así es que cuando Gordon hubo de volver de su excursión, la habló de lo confesado a medias por su hermano, rogándole interviniera en el asunto. -¿Para qué? le respondió con mucha cordura el americano. Más vale dejar a Santiago que obre con entera libertad. Lo que ha hecho será alguna falta cuya importancia exagera. Esperemos, pues, a que espontáneamente se explique. Desde el inmediato día, 9 de Noviembre, los jóvenes colonos se pusieron a la faena, pues el trabajo no faltaba. En primer lugar, fue preciso atender a las reclamaciones de Mokó, cuya despensa empezaba a estar desprovista, no obstante que las redes, ballestas, lazos y trampas habían funcionado varias veces. En realidad, lo más urgente era caza mayor, y para obtenerla hacíase preciso construir trampas bastante fuertes con que coger vicuñas, pécaris y guaculis sin gastar pólvora ni plomo, y a esta operación consagraron todo el mes de Noviembre, que corresponde a Mayo en las latitudes del hemisferio septentrional. El guanaco, la vicuña y sus cachorritos habían sido instalados provisionalmente debajo de los árboles más cercanos a la gruta, y allí, atados con largas cuerdas, que les permitían moverse en cierto radio, pacían tranquilamente. Esto les bastaba durante el buen tiempo; pero como para el invierno sería necesario arreglarles un abrigo más conveniente, Gordon proyectó construir al pie de Auckland-hill, del lado del lago y junto a la puerta del hall, un establo con algún terreno alrededor a manera de corral, y cercado todo por una empalizada. Pusieron manos a la obra, y un verdadero taller se organizó bajo la dirección de Baxter. Era un gusto ver a aquellos muchachos manejar con más o menos destreza las herramientas de carpintería que habían encontrado en una caja a bordo del Sloughi. Si echaban a perder alguna cosa, no se descorazonaban por esto, y volvían a empezar de nuevo. Árboles de un grueso mediano, cortados a flor de tierra y despojados de su ramaje, sirvieron de pies derechos para formar la empalizada, de un espacio bastante grande para que una docena de animales pudiesen vivir allí con toda comodidad. Estos troncos, bien hundidos en el suelo y unidos por travesaños, eran suficientes para resistir al empuje de las fieras, caso de que tratasen de franquearlo o derribarlo. El establo, cuyo techo cubrieron con una lona embreada, fue construido con el maderamen de la obra muerta del buque, ahorrándose de casi todo el trabajo de aserrar unos cuantos árboles para proveerse de tablas. Una seca y espesa cama, un buen alimento de hierba, musgo y hojas de que se haría gran acopio, era todo cuanto se necesitaba para que los animales domésticos se conservasen en perfecto estado de salud. No hay para qué decir que hasta que el cercado se terminara, el guanaco y las vicuñas se recogían todas las noches en Store-room, por temor a los chacales, zorras y demás fieras que rondaban de noche, demasiado cerca de French- den. Garnett, y Service especialmente, encargados de cuidar esta cuadra, hallaron pronto su recompensa viendo que el guanaco y las vicuñas se amansaban cada día más. Verdad es que sus cuidados se aumentaron, porque el cercado no tardó mucho en recibir nuevos huéspedes, como fueron un segundo guanaco que se bahía dejado coger en una de las trampas del bosque, un par de vicuñas, macho y hembra, de que se apoderó Baxter con ayuda de Wilcox, que empezaba también a manejar perfectamente las bolas, y un ñandú que Phann cogió a la carrera. Gran alegría recibió Service al ver llegar al avestruz, recordando sin duda al primero que cazaron; pero bien pronto se convenció de que con este animal alcanzaría lo que con el otro; esto es, gastar la paciencia, sin conseguir domesticarlo. Mientras Garnett y Service, como acabamos de decir, se ocupaban del cuidado de los animales, Wilcox y algunos de sus compañeros no dejaban de preparar trampita y lazos, que iban a mirar todos los días. Iverson y Jenkins, pequeños ambos, tuvieron también su parte de atenciones serias, pues cuidaban con mucho esmero un corral que encerraba algunas avutardas, faisanes, pintadas y tinamous que se habían cogido con lazos. Como se ve, Mokó tenia ahora a su disposición, no sólo la leche de las vicuñas, sino también huevos de las aves del corral, y de seguro que hubiera preparado alguna vez cualquier plato de dulce si Gordon no le hubiera recomendado que economizara el azúcar; así es que únicamente los domingos y algún que otro día de fiesta se veía en la mesa un plato extraordinario, con gran contento de Dole y Costar, que se regalaban a boca llena. Pero si no era fácil fabricar azúcar, ¿sería posible hallar alguna sustancia que hiciera sus veces? Estudiando sus Robinsones, decía Service que no había más que buscar, y que se hallaría, pues así lo había aprendido en ellos. Gordon buscó, pues, y concluyó por descubrir en medio de los matorrales de Traps-woods, un grupo de árboles que tres meses más tarde, en los primeros días de otoño, se cubrirían de un follaje de color de púrpura, ofreciendo a la vista un hermoso efecto. -Son arces, dijo; árboles que dan azúcar. -¡Árboles de azúcar! exclamó Costar. -No, goloso, respondió Gordon. He dicho que dan azúcar. No te relamas, pues. Este era uno de los más importantes descubrimientos que los jóvenes colonos habían hecho desde su instalación en la gruta. Practicando una incisión en el tronco de esos arces, Gordon obtuvo un líquido producido por la condensación de la savia, que, solidificándose, daba una materia azucarada. Aunque inferior en calidad sacarina a lo jugos de la caña y de la remolacha, esa sustancia no era menos preciosa para las necesidades de la cocina, y mejor, en todo caso, que los productos similares que se sacan de los abedules en la primavera. Teniendo azúcar, no tardaron en fabricar licor. Por consejo de Gordon, Mokó ensayó tratar por la fermentación los frutos del trulca y del algarrobo. Después de haberlos machacado en una cuba, valiéndose de una pesada maza de madera, tuvo el gusto de ver que dieron un caldo, cuyo sabor le hizo conocer que hubiera bastado para endulzar las bebidas calientes a falta del azúcar de arce. En cuanto a las hojas cogidas del árbol de té, les pareció que eran casi tan buenas como las de la odorífera planta china; así es que en sus excursiones por el bosque no dejaron de hacer abundante acopio de aquellas salutíferas hojas. Como se ve, la isla Chairman abastecía a sus habitantes, si no de lo superfluo, a lo menos de lo necesario para la vida. Lo que les faltaba, con gran pesar suyo, eran legumbres frescas y verduras, teniendo que contentarse con las que estaban en conserva, y que Gordon economizaba lo que podía. Briant procuró cultivar aquellas batatas, vueltas al estado silvestre, que el náufrago francés había sembrado al pie del acantilado; pero su ensayo no dio resultado satisfactorio. Felizmente, el apio, según se recordará, crecía en abundancia en las orillas del lago; y no habiendo razón, por lo tanto, para economizarlo, hacía las veces de las verduras, sin que por eso perdieran la esperanza de hallar con qué reemplazarlo en alguna de sus excursiones por el campo. Las redes tendidas durante el invierno en la orilla izquierda del río, habían sido transformadas para la caza en la estación cálida, y muchas perdices y otros pájaros se dejaron prender en ellas. Doniphan tenía muchas ganas de explorar la vasta región de South-moors, al otro lado del río Zealand, mas no se atrevió a aventurarse a través de aquellos inmensos pantanos, cubiertos en gran parte por las aguas del lago, mezcladas con las del mar en la época de las crecidas. Wilcox y Webb cogieron cierto número de agutis tan grandes como liebres, cuya carne blancuzca y algo seca, es intermedia entre la del conejo y la del puerco. Hubiera sido muy difícil cogerlos a la carrera, aun con la ayuda de Phann; pero cuando estos animales se hallan en su madriguera, basta silbar suavemente para traerlos al orificio y apoderarse de ellos. Diferentes veces nuestros jóvenes cazaron también algunas mofetas, glotones grises y zorrillos, parecidos a las martas por su hermosa piel negra rayada de blanco, si bien tienen la contra de que exhalan un olor fétido. -¿Cómo pueden sufrir ellos mismos el hedor que despiden? preguntó Iverson. -¡Ya lo creo! ¡Por la costumbre! respondió Service. El lago, poblado de una infinidad de peces, les daba, entre otros, hermosas truchas; pero tenían también el defecto de conservar, a pesar de la cocción y del condimento, un gusto a cieno nada agradable. Es verdad que podían recurrir a la pesca, en Sloughi-bay, de aquellas ricas merluzas que se refugiaban a millares entre las algas y los fucus, y luego, cuando llegara la época en que los salmones remontan el río Zealand, Mokó procuraría hacer un buen acopio de este pescado, que, conservado en salmuera, aseguraría un buen alimento para el invierno. Por una indicación de Gordon, que se valía de todos los medios para escatimar las municiones, Baxter se ocupó en fabricar algunos arcos de flexibles ramas de fresno y flechas de caña con un clavo en su remate, lo que permitió a Wilcox y a Cross, los mejores tiradores de la colonia después de Doniphan, matar de vez en cuando alguna caza menuda. Sin embargo, por más opuesto que era Gordon, según hemos dicho, a que se gastase la pólvora, se presentó una circunstancia que la obligó a apartarse de su habitual propósito. Un día, era el 7 de Diciembre, Doniphan le llamó aparte y le dijo: -Estamos intestados de chacales y zorras. Vienen a manadas durante la noche, destruyen los lazos y se comen la caza que allí encuentran. ¡Es menester acabar con ellos de una vez.! -¿No se pueden poner trampas? dijo Gordon, que comprendía demasiado bien lo que su compañero quería. -¡Trampas!... respondió Doniphan, que ni había perdido nada de su desdén para aquellos artefactos de caza. ¡Trampas! Si se tratara solamente de los chacales, son bastante estúpidos y se dejan coger en ellas algunas veces; pero las zorras son muy diferentes; en gran manera astutas, desconfían, a pesar de todas las precauciones que toma Wilcox, y el mejor día nos encontraremos con que en nuestro corral y cercado no quedará una ave. -Pues bien, ya que es necesario, respondió Gordon, concedo algunas docenas de cartuchos; pero procurad no desperdiciar los tiros. -Está bien, cuenta con ello, Gordon. La próxima noche nos pondremos en acecho al paso de estos animales, y haremos tal matanza, que no los volveremos a ver en mucho tiempo. Esa destrucción era, en efecto, urgente. Las zorras de aquellas regiones, en particular las de América del Sur, son, según parece, más ladinas aun que las de Europa, pues hacen grandes estragos en los alrededores de las haciendas, teniendo bastante inteligencia para cortar las tiras de cuero con que amarran los caballos a las reses en los pastos. Llegada la noche, Doniphan, Briant, Wilcox, Baxter, Webb, Cross y Service fueron a apostarse en los alrededores de un covert, nombre que se da en el Reino Unido a unos anchos espacios de terrenos, salpicados de breñas y zarzales. Este covert estaba situado cerca de Traps-woods, por el lado del lago. Phann no era de la partida, porque hubiera perjudicado más bien que ayudado en aquella emboscada, toda vez que no se trataba de seguir una pista. Además, las zorras no dejan ninguna emanación a su paso, y por eso, los mejores perros no encuentran su huella. Eran las once cuando Doniphan y sus compañeros se pusieron en acecho. La noche estaba muy oscura, y ni el más ligero soplo de la brisa turbaba el silencio que reinaba en el bosque, permitiendo oír el paso de las zorras por la seca hierba. Un poco antes de las doce, Doniphan notó la aproximación de una manada de aquellos animales, que atravesaban el covert para ir a beber al lago. Los cazadores esperaron, no sin impaciencia, que hubiera unos veinte reunidos, lo que necesitó algún tiempo, porque avanzaban con mucha circunspección, como si hubieran adivinado que les tendían alguna emboscada.. De repente, a una señal de Doniphan, varios tiros se oyeron, dando todos en el blanco, pues cinco o seis zorras rodaron por el suelo, mientras que las demás, huyendo, se escabullían por derecha e izquierda; pero casi todas iban mortalmente heridas. Al amanecer se encontraron diez de estos animales tendidos entre los matorrales; y como la matanza duró tres noches seguidas, la pequeña colonia se libró de aquellas peligrosas visitas que amenazaban la vida de los habitantes del cercado, y además proporcionó a los muchachos unas cincuenta hermosas pieles de un gris plateado, que, destinadas a alfombras o a abrigos, podían prestarles gran servicio. El 15 de diciembre se verificó una gran expedición a la bahía Sloughi; y como el tiempo no podía ser mejor, Gordon decidió que todos formasen parte de ella, cosa que celebraron los niños con gran alegría. Saliendo al amanecer, era probable que estuvieran de vuelta antes de la noche; pero si sobreviniera algún percance que los retrasara, ningún inconveniente había en que acamparan debajo de los árboles. Esta expedición tenía por principal objeto cazar las focas que en la época de los fríos frecuentaban el litoral de Wrech-coast para utilizar su aceite; porque como las grasas y líquidos combustibles para alumbrado se consumieron en grandes cantidades durante las largas noches de invierno, estaban ya a punto de faltar, no quedando de las velas que habían hallado fabricadas por el náufrago francés, más que dos o tres docenas; así es que urgía aprovisionarse de ellas, y eso preocupaba mucho al previsor Gordon. Mokó había conservado, es verdad, alguna grasa de los rumiantes, roedores y animales de toda clase; pero como no era mucha, se consumiría muy pronto con el gasto diario. ¿No sería posible obviar este inconveniente con alguna sustancia que diera la naturaleza, preparada ya, o sin preparación? A falta de aceite vegetal, ¿no podría la pequeña colonia suministrarse aceites animales? Era seguro que así sucedería si llegaban a matar cierto número de aquellas focas que venían a solazarse en el banco de arrecifes de Sloughi-bay durante el verano; pero era menester apresurarse, porque estos anfibios no tardarían en buscar las aguas más al Sur, en los parajes del Océano austral. Como se ve, la proyectada expedición tenía una gran importancia, y los preparativos se hicieron de modo que diera felices resultados. Hacía algún tiempo que Service y Garnett se habían aplicado, con regular éxito, a enganchar a los dos guanacos para amaestrarlos en el tiro, a cuyo efecto Baxter había fabricado unas cabezadas jaquimas, urdiendo filamentos vegetales con tirillas cortadas de pedazos de lona; y si aun no se les podía montar, ya era posible, por lo menos, dedicarlos al arrastre del carro, que, como se recordará, habían, aunque toscamente construido. El vehículo fue cargado con municiones, provisiones de boca y diversos utensilios, entre otros una ancha vasija y media docena de barriles vacíos, que volverían llenos de aceite de foca, pues más valía despedazar aquellos animales al lado del mar que llevarlos a French-den, en donde el aire se hubiera viciado con aquellos malos olores. Partieron al amanecer, andando sin dificultad las dos primeras horas. El carro no iba muy deprisa, a causa de que el suelo, bastante desigual, de la orilla derecha del río Zealand, no se prestaba a la tracción de los guanacos; pero las dificultades aumentaron considerablemente cuando tuvieron que rodear la hondonada de Bog-woods entre los árboles del bosque; y como las piernecitas de Dole y de Costar se resintieron mucho en aquella caminata, Gordon, por indicación de Briant, les dijo que subieran al carro para que descansaran sin necesidad de interrumpir el viaje. Hacia las ocho, mientras que los guanacos surcaban con trabajo la orilla de la hondonada, unos gritos fuertes, lanzados por Cross y Webb que iban delante, llamaron la atención de Doniphan, que inmediatamente, y seguido luego por todos los demás, acudió a ver lo que sucedía. En medio del cieno de Bog-woods, y a un centenar de pasos de distancia, se revolcaba un enorme cuadrúpedo. El joven cazador conoció ser un hipopótamo, que, felizmente para él, desapareció antes de que fuera posible mandarle una bala. -¿Qué clase de animal es ese tan grande? preguntó Dole asustado. -Es un hipopótamo, le respondió el americano. -¡Un hipopótamo! ¡Vaya un nombre extraño! -Es, como si dijéramos, un caballo anfibio, dijo Briant. -¡Pero no se parece en nada al caballo! repuso Costar. -No, exclamó Service, y creo que sería mejor que le hubieran llamado puercopótamo. Esta reflexión, natural y lógica, provocó una alegre carcajada en los pequeños. Ya eran más de las diez cuando nuestros viajeros llegaron a la playa de Sloughi-bay e hicieron alto cerca de la orilla del río, en el mismo sitio en que acamparon durante la construcción de la balsa. Un centenar de focas se hallaban allí retozando entre las rocas o calentándose al sol. Las había hasta encima de la arena, más allá de los arrecifes. Estos anfibios no debían estar acostumbrados a la presencia de los hombres, que sin duda no habían visto jamás, puesto que la muerte del náufrago francés se remontaba a unos veinte años atrás; así es que, abandonando su acostumbrada prudencia, las más viejas no se habían puesto de centinela para avisar a las demás si se presentaba algún peligro. Sin embargo, era preciso no asustarlas de antemano, porque no hubieran tardado en desaparecer, con perjuicio de los colonos. El primer cuidado de los expedicionarios cuando llegaron, fue echar una ojeada hacia el horizonte; pero el mar se encontraba completamente desierto: la isla Chairmán estaba lejos, sin duda, de todo camino marítimo. Podía suceder, no obstante, que algún buque pasara cerca de aquellos parajes, y en este caso, un puesto de observación colocado en el acantilado, o bien en el cabo, con uno de los cañones del schooner para hacer las señales, hubiera sido mejor que el mástil clavado en Auckland-hill; mas como para esto sería necesario permanecer constantemente allí, y lejos, por consiguiente, de French-den, Gordon lo juzgaba impracticable, y hasta el mismo Briant, a quien preocupaba siempre la idea de volver al lado de su familia, era de la opinión que Gordon. Sensible ciertamente fue para todos que French-den no estuviera al lado de Sloughi-bay. Después de un rápido almuerzo y en el momento en que el sol de medio día convidaba a las focas para que se calentasen en la playa, los colonos se prepararon para cazarlas. Durante esta operación, Iverson, Jenkins, Dole y Costar se quedaron en el campamento, bajo la custodia de Mokó para atender a los guanacos, que pacían debajo de los árboles, y para cuidar de que Phann estuviese amarrado, pues no convenía soltarle en medio de aquel rebaño de anfibios. Todas las armas de fuego de la colonia habían sido llevadas, juntamente con una buena cantidad de municiones, que Gordon no había escatimado esta vez, porque se trataba del interés general. Ya dispuestos para la cacería, comprendieron que lo primero que debía hacerse era cortar la retirada a las focas por el lado del mar, a cuyo fin Doniphan, que tenía (por unánime consentimiento de sus compañeros) el cuidado de dirigir la maniobra, les mandó que bajasen hasta la embocadura del río, escondiéndose cuanto pudiesen en el ribazo, y después seguir por detrás de los arrecifes, de cuyo modo cerrarían el paso a las focas. Este plan fue ejecutado con mucho acierto, y los cazadores, separados por una distancia de quince a veinte metros uno de otro, formaron un semicírculo sobre el mar y la playa. Entonces, a una señal de Doniphan, todos se levantaron y dispararon sus escopetas; cada tiro hizo una víctima. Las focas que no habían sido heridas, asustadas por el ruido de los tiros, se precipitaron dando brincos hacia los arrecifes, persiguiéndolas los colonos con los revólvers. Doniphan, entregado por completo a su pasión favorita, hacía cosas maravillosas, mientras que sus compañeros le imitaban lo mejor que podían. Esta matanza sólo duró pocos minutos, aunque los anfibios fueron perseguidos hasta las últimas rocas. Los que sobrevivieron desaparecieron en las olas, dejando unos veinte muertos en la playa. La expedición, como se ve, había salido bien, y los cazadores, de vuelta a su campamento, se instalaron debajo de los árboles para quedarse allí unas treinta y seis horas, según sus cálculos. Ocuparon toda la tarde en una tarea que no dejaba de ser repugnante; pero como era indispensable, todos se pusieron resueltamente a la faena. En primer lugar, era necesario transportar todas las focas a la arena, lo que no dejó de ser algo penoso, porque aquellos animales, de regular tamaño, pesaban mucho. Mientras tanto, Mokó preparó la vasija encima de dos piedras, la llenó de agua del río, y encendió lumbre. Las focas, partidas en trozos de cinco o seis libras, fueron colocadas en ella, y después de algunos instantes de ebullición, comenzó a desprenderse un aceite muy claro, que nadaba en la superficie, y con el cual llenaron los toneles. Como la ocupación a que se habían entregado era muy desagradable, por causa del punzante hedor que despedía la carne al cocerse, todos se tapaban las narices y eran de oír las bromas que se ocurrían a aquella gente alegre, con motivo de tan ingrato perfume; pero era necesario obrar a pesar de todo, y hasta el delicado lord Doniphan no escaseó su trabajo, que empezó de nuevo al amanecer. Al fin del segundo día, Mokó había recogido algunos centenares de galones de aceite, que parecieron bastar para el alumbrado de French-den durante todo el invierno, de lo cual se alegraron mucho, toda vez que no les sería dable recoger más por entonces, porque las focas no volverían a presentarse en los arrecifes, y era seguro que no se dejarían ver ya en la bahía hasta que el tiempo les hiciera olvidar el espanto que habían sufrido. Al rayar el alba del día tercero, los colonos levantaron el campamento. La víspera por la tarde, el carro había sido cargado con los barriles y demás utensilios; así es que llegado el momento de marchar, no hubo más que enganchar los guanacos y salir andando, como lo hicieron; pero siendo la carga de mayor peso que antes, los guanacos caminaban con gran lentitud, no sólo por la pesadez del vehículo, sino por ir el terreno cuesta arriba, hasta Family-Lake. En el momento de la partida se oían los graznidos ensordecedores de mil aves de rapiña, que, viniendo del interior de la isla, se disputaban los restos de aquellas carnes muertas, de que pronto no quedaría ni rastro. Después de un postrer saludo a la bandera del Reino Unido, que flotaba en la cresta del acantilado, y después de una postrera mirada hacia el horizonte del Pacífico, la colonia se puso en marcha, remontando la orilla derecha del Zealand. Ningún incidente se produjo durante la vuelta. A pesar de las penalidades del camino, los guanacos, ayudados por los colonos en los pasos difíciles, cumplieron bien su cometido y llegaron a la gruta antes de las seis de la tarde. Los días que siguieron a aquella expedición fueron empleados en los trabajos habituales. Probaron el aceite en los faroles, y vieron con satisfacción que, no obstante su clase inferior, bastaría para el alumbrado, librándose así de pasar a oscuras las largas noches de invierno. Navidad, tan alegremente festejada por los anglo-sajones, se acercaba. Gordon quiso que se celebrara del modo más solemne que les fuera posible, pues sería como un recuerdo dirigido a la patria querida, como un envío de los afectos del corazón hacia sus desconsoladas familias. Gordon anunció, pues, que los días 25 y 26 de Diciembre serían días de asueto. Se celebraría la Nochebuena en la isla Chairmán, como se celebra en otros países el día de año nuevo. Esta proposición fue acogida con manifestaciones de gran júbilo; habría ciertamente, según dispuso el americano, una gran comida, para la que Mokó prometía esmerarse mucho, toda vez que la despensa se hallaba bien provista; Service y el negrito conferenciaban frecuentemente respecto a tan importante asunto culinario, mientras que Dole y Costar, engolosinados de antemano, acechaban sin cesar para ver si sorprendían el secreto de sus deliberaciones. El gran día llegó por fin. Encima de la puerta del hall, o sea la de la sala, colocaron Baxter y Wilcox artísticamente unas cuantas banderas y banderolas, lo que daba a French-den un aspecto de fiesta. Por la mañana, un cañonazo disparado por Doniphan despertó alegremente los ecos de Auckland-hill. En seguida los niños vinieron a ofrecer a los mayores sus felicitaciones, que les fueron paternalmente devueltas. Costar recitó un pequeño discurso dirigido al jefe de la colonia, dándole las gracias en nombre de todos sus súbditos por el acierto con que los gobernaba. Cada cual se puso sus mejores trajes; el tiempo estaba magnífico y hubo, antes y después del almuerzo, paseos por las orillas del lago y distracciones diversas en Sport-terrace. Habían llevado consigo muchos de aquellos juegos tan en uso en Inglaterra, y que se componen de bolos, pelotas, mazas y raquetas; así es que podían jugar al golf, que consiste en rodar bolas de goma hasta hacerlas entrar en algunos de los agujeros hechos a larga distancia; al foot-ball, cuya grandísima pelota de cuero se lanza con el pie; a los bowls, o sean bolos de madera ovalados, de los que hay que corregir con destreza la desviación debida a su forma, y, en fin, a los fives, que se parece a nuestro tradicional juego de pelota. El día fue muy divertido, y los pequeños especialmente se entregaron por completo a la alegría propia de sus pocos años. No hubo discusiones ni querellas. Briant se dedicó a entretener a los niños, si bien con el disgusto de no poder conseguir que su hermano Santiago participase de sus diversiones, y Doniphan, con sus parciales Webb, Cross y Wilcox, jugaban separados de los demás, a pesar de las observaciones del juicioso americano. Por fin, cuando una nueva descarga de artillería anunció la hora de la comida, y los jóvenes colonos se sentaron a la mesa. Sobre ésta, cubierta con blanquísimo mantel, se veía un árbol de Navidad, colocado en el centro y rodeado de flores. De sus ramas pendían banderitas inglesas, americanas y francesas. Es verdad que Mokó se había distinguido en la elección de los manjares, y se mostró muy satisfecho por los plácemes que lo dirigieron, así como a Service, su colaborador. Un agutí estofado, un salmorejo de tinamous, una liebre asada, rellena de hierbas aromáticas, una avutarda con los alones levantados, como presentan a los faisanes en belle vue, tres cajas de legumbres en conserva, un pudding, ¡y qué pudding! dispuesto en forma de pirámide, con las tan apreciadas pasas de Corinto mezcladas con frutas de algarrobo, y que estuvo más de ocho días remojándose en un baño de brandy; luego algunas copas de clarete, licores, te y café. El aniversario del cristianismo en la isla Chairmán fue, como se ve, bastante festejado por sus habitantes. Al final de la comida Briant brindó por Gordon, quien contestó brindando a su vez y bebiendo a la salud de la colonia y en recuerdo de sus respectivas familias. En fin, Costar se levantó, y en nombre de los niños dio las gracias a Briant por los desvelos y los cuidados que había tenido para con ellos. El joven francés no pudo ocultar la viva emoción que le embargaba oyendo los ¡hurras! que resonaron en honor suyo, y que solamente no encontraron eco en el corazón de Doniphan. XVII Preparativos para el próximo invierno. -Proposición de Briant. -Partida de Briant, de Santiago y de Mokó. -Travesía de «Family-Lake.» -El «East-river.» -Un puertecito en la embocadura. -El mar en el Este. -Santiago y Briant. -Vuelta a «French-den.» Ocho días después empezó el año 1861, y en aquella parte del hemisferio austral nuestros jóvenes colonos se bailaban en pleno verano. Hacía cerca de diez meses que los náufragos del Sloughi habían encallado en aquella isla, a mil ochocientas leguas de Nueva Zelandia. Durante este período, hay que reconocerlo así, su situación había mejorado poco a poco, y parecía asegurada la vida material. ¡Pero estaban siempre solos en una tierra desconocida! Los únicos socorros que podían esperar tenían que venir de fuera. ¿Llegarían antes de concluir el verano, o se verían obligados a sufrir los rigores de un nuevo invierno, tan crudo en aquella región? Hasta aquí habían gozado de una perfecta salud, merced a la previsión del jefe de aquella sociedad, que lo vigilaba todo, lo que no dejaba a veces de provocar algunas murmuraciones por su severidad, pues Gordon no permitía imprudencia alguna ni excesos de ninguna clase; máximo cuando hacíase preciso prevenir cualquiera de esas enfermedades que no perdonan, sino raras veces, a los niños. En suma; si el presente era llevadero, el porvenir no dejaba de inspirar serias inquietudes, y Briant, a cualquier precio que fuera, hubiera querido abandonar la isla Chairmán. Esto era de todo punto imposible. Con la única embarcación que poseían, con aquella débil canoa, era un disparate crasísimo atreverse a emprender una travesía que podía ser larga, si la isla no pertenecía a algún grupo del Pacífico, o si el continente más cercano estuviera a algunos centenares de millas; pues aun cuando dos o tres de los más atrevidos se sacrificasen para ir en busca de una tierra al Este, ¿a cuántos peligros no se expondrían antes de alcanzarla? Y en cuanto a construir un buque bastante grande para atravesar el Pacífico, ¿podían ellos hacerlo? Seguramente que no, por ser un trabajo que superaba a sus fuerzas. El pobre Briant no sabía qué imaginar para la salvación de todos. Esperar, y siempre esperar; trabajar para hacer más cómoda cada día la habitación en la gruta, era lo único que podía procurarse. Luego, si no en el presente verano, porque la necesidad de prevenirse contra las bajas temperaturas apremiaba, en el siguiente y lo antes posible, acabarían de reconocer su isla. Convencidos de esto, cada cual se consagró resueltamente a su faena, pues recordando lo riguroso que era el invierno en aquella latitud, y teniendo presente que durante semanas y meses el mal tiempo les obligaría a encerrarse en el hall, no querían desperdiciar la ocasión de precaverse contra el frío y el hambre, enemigo los más capitales y crueles que allí se podían presentar. Para combatir el frío en French-den era menester acaparar combustible, y por corto que fuera el otoño, seguramente que no acabaría sin que Gordon hiciese almacenar una cantidad suficiente de leña para alimentar las estufas noche y día. Hacíase también necesario pensar en el ganado que estaba en el cercado y en el corral; trasladarlo a Store-room, o sea a la gran habitación destinada a cocina y comedor, sería muy incómodo y hasta antihigiénico. Lo mejor, por lo tanto, era procurar sostener la temperatura del establo a un grado conveniente, caldeándola por medio de un hogar; y en la construcción de éste, Baxter, Briant, Service y Mokó emplearon el primer mes del año. En cuanto a las provisiones de boca para la invernada, Doniphan y sus compañeros de caza se encargaron de abastecer la despensa, a fin de que el jefe de cocina no diese rienda suelta a su mal humor. Todos los días recorrían las trampas, y lo que no servía para el alimento diario, iba a aumentar las reservas, de las que, dispuestas con diferentes preparaciones, el negrito cuidaba con gran esmero. Por largo, pues, que fuese el invierno, la comida no había de faltar. Hacía ya muchos días que Briant pensaba en hacer una nueva exploración para reconocer la parte oriental de Family-Lake. Quería saber si había allí bosques, pantanos o dunas, y si ofrecía nuevos recursos que pudieran utilizarse. Habló de ello con Gordon, considerando necesaria aquella expedición, por el motivo que a seguida expuso. -Aunque nos consta que el mapa del náufrago francés Francisco Baudoin es bastante exacto, dijo Briant, me parece que no estaría demás reconocer el Pacífico, al Este de nuestra isla. Tenemos a nuestra disposición excelentes anteojos, cosa que no poseía mi compatriota, y ¿quién sabe si no descubriremos algunas tierras que él no pudo ver? Su mapa presenta la isla Chairmán como solitaria; mas muy bien podrá no ser así. -La misma idea te persigue sin cesar, le respondió Gordon, y tienes muchas ganas de salir de aquí... -Lo confieso, amigo mío; estoy cierto de que piensas como yo. ¿No debemos encaminar todos nuestros esfuerzos a volver lo más pronto posible al seno de nuestras familias? -Puesto que lo quieres, sea, respondió el americano. Organizaremos una expedición. -¿En la que todos tomaremos parte? preguntó Briant. -No; pero deberán acompañarte seis o siete de nuestros compañeros. -Es demasiado. Siendo tantos, no habría más remedio que dar vuelta al lago por el Norte o por el Sur, y esto exigiría mucho tiempo y mucha fatiga. -¿Qué te propones, entonces? -Atravesarlo con la canoa, y para esto basta que vayamos tres. -¿Y quién gobernará la embarcación? -Mokó, respondió Briant. Conoce las maniobras, y yo entiendo algo también. Con una vela, si el viento nos favorece, o con dos remos en el caso contrario, navegaremos fácilmente y recorreremos en poco tiempo las cinco o seis millas que mide el lago en dirección al río, que, según el mapa, atraviesa los bosques del Este, y bajaremos hasta su embocadura. -Está bien, respondió Gordon. Apruebo tu idea, y yo acompañaré con gusto a Mokó en este viaje explorativo. -No, amigo mío; yo lo haré, puesto que no estuve en la expedición al Norte del lago. Ahora me toca a mí ser útil a mis compañeros, y reclamo... -¡Útil! exclamó Gordon. ¿Cuántos servicios no nos has prestado ya, mi querido Briant? Te has sacrificado más que ninguno, y te debemos mucho agradecimiento. -¡Vamos, Gordon; exageras! Todos hemos cumplido con nuestro deber. Vamos: ¿está ya convenido? -Como gustes. ¿Quién será el tercer expedicionario? No te propongo a Doniphan porque... -¡Oh, le aceptaría por compañero con mucho gusto! respondió Briant. No tiene mal corazón; es valeroso, diestro, y si no fuera por su carácter envidioso, sería un buen camarada; creo que se enmendará cuando comprenda que no procuro sobrepujarle en nada, y llegaremos a ser un día, estoy cierto de ello, muy buenos amigos; pero he pensado llevarme a otro... -¿A quién? -A mi hermano: su estado me apesadumbra cada día más. Alguna falta grave tiene que reprocharse, y no quiere decirlo. Tal vez durante esta excursión, estando solo conmigo... -Tienes razón; llévate a Santiago, y empieza ya tus preparativos de marcha. -No serán largos, pues nuestra ausencia no durará más que veinticuatro o treinta y seis horas. Aquel mismo día el americano participó a sus compañeros la proyectada expedición. Doniphan se mostró muy despechado por no tomar parte en ella; y como se quejara a Gordon, éste le hizo comprender que las condiciones en que iba a hacerse el viaje no permitían que fueran más de tres personas, y que, como Briant la había ideado, justo era que la pusiera en ejecución. -¡Todas las preferencias son siempre para él! ¿No es verdad, Gordon? -Eres injusto, Doniphan; injusto para con Briant y para conmigo. Doniphan no insistió y se reunió a sus parciales Wilcox, Cross y Webb, con quienes pudo hablar a sus anchas de la contrariedad que experimentaba. Cuando el grumete supo que iba a trocar sus funciones de cocinero por las de patrón de canoa, no pudo ocultar su alegría, y, sobre todo, siendo para acompañar a Briant, a quien profesaba un entrañable cariño. Service haría las veces de Mokó, regocijándose mucho de ello, pensando en que podría guisotear a su antojo sin que nadie le estorbara, y Santiago pareció bastante satisfecho por ir con su hermano y por dejar la gruta algunos días. La canoa fue aparejada con una vela latina que Mokó envergó y enrolló a lo largo del mástil. Se llevaron dos escopetas, tres revólveres, municiones en cantidad suficiente, tres mantas de viaje, provisiones líquidas y sólidas, capotes de hule para caso de lluvia, cuatro remos, y no olvidaron la copia del mapa del náufrago, para anotar nombres a medida que fueran descubriendo nuevas partes dignas de mención. El día 4 de Febrero, a eso de las ocho de la mañana, y después de haberse despedido de sus compañeros, Briant, Santiago y Mokó se embarcaron en el dique del río Zealand. El tiempo era hermosísimo y soplaba una ligera brisa del Sudeste. La vela fue desplegada, y colocado Mokó en la popa, asió el gobernalle, dejando a Briant el cuidado de tener la escota. Aunque la superficie del lago se hallaba apenas rizada, la canoa sintió vivamente el efecto de la brisa, y cuando se encontró algo adentro, su velocidad se aceleró hasta el punto de que media hora más tarde los colonos que observaban el curso de la embarcación desde Sport-terrace no divisaban ya mas que un puntito negro, que pronto se perdería de vista. Mokó estaba, como hemos dicho, en la popa, Briant en medio y Santiago se sentó a proa, al pie del mástil. Durante una hora divisaron aun las altas cimas de Auckland-hill; luego todo desapareció, y sin embargo, no divisaban aun la orilla opuesta del lago, que, según sus cálculos, no debía de estar muy lejos. Desgraciadamente, como sucede casi siempre cuando el sol va tomando fuerza, el viento dejó de soplar, no manifestándose ya sino por algunas ráfagas. -Es de sentir, dijo Briant, que la brisa no haya durado todo el día. -Peor sería, Sr. Briant, dijo Mokó, que el viento fuera contrario. -¡Eres filósofo, Mokó! -No sé lo que significa esa palabra, respondió el grumete; pero tengo por costumbre conformarme con los acontecimientos. -¡Pues en eso consiste la filosofía! -Bien por la filosofía, y pongámonos a remar, Sr. Briant, porque es de desear que alcancemos la orilla antes de que anochecer. Después de todo, si no llegamos a desembarcar, no tendremos más remedio que resignarnos a los caprichos de la suerte. -Tienes razón, y voy a tomar un remo; coge tú el otro, y que Santiago cuide del timón. -Dime lo que tengo que hacer, Mokó, respondió Santiago, y maniobraré lo mejor que pueda. El negrito amainó la vela, que no se hinchaba ya, pues el viento se había echado por completo, y los tres muchachos almorzaron muy de prisa; colocado luego a proa el grumete, Santiago sentado a popa y su hermano en el centro, la canoa, vigorosamente dirigida, navegó a todo correr, virando algo a Noroeste, según indicaba la brújula. La embarcación se hallaba entonces en el centro de aquella vasta extensión de agua, y cual si estuviera en alta mar, la superficie del lago se veía rodeada por una línea periférica de ciclo. Santiago observaba con mucha atención el Este, para ver al aparecía la costa opuesta a French-den. A eso de las tres, el grumete, mirando con el anteojo, dijo que divisaba algunas señales que indicaban la aproximación de la tierra, y un poco más tarde Briant se cercioró de que Mokó no se equivocaba. A las cuatro, algunas copas de árboles se mostraban por encima de una ribera bastante baja, consistiendo en esto sin duda la razón de que desde la cima del cabo False-sea-point Briant no hubiera podido verlos. La isla Chairmán no encerraba, pues, otra altura que la del acantilado entre Sloughi-bay y Family-Lake. Faltaban aun dos o tres millas para llegar a la orilla oriental. Briant y Mokó manejaban los remos con ardor, cansándose bastante, porque el sol calentaba mucho. En algunos sitios las aguas eran tan claras, que dejaban ver el fondo, lleno de plantas acuáticas, en las que retozaban millares de peces de varias clases. Por fin, a las seis de la tarde la canoa atracó en un ribazo que cubría las ramas de grandes encinas y de pinos marítimos. Este ribazo, bastante elevado, no se prestaba a un desembarque, y fue necesario seguir navegando media milla aun hacia el Norte. -He aquí el río señalado en el mapa, exclamó de pronto Briant. -Ya lo veo, y me parece regular que le bauticemos, dijo Mokó. -Tienes razón. Llamémosle East-river, puesto que corre hacia Oriente. -Está bien, dijo Mokó; y ahora no tenemos más que seguir su curso para llegar a la embocadura. -Eso lo haremos mañana, Mokó; pasaremos aquí la noche, y al amanecer dejaremos que la canoa siga la corriente, lo que nos permitirá examinar ambas orillas. -¿Desembarcamos? preguntó Santiago. -Sí, respondió Briant, y acamparemos debajo de los árboles. Los tres muchachos saltaron a la orilla, que limitaba una pequeña caleta, y después de amarrar fuertemente la canoa al tronco de un árbol, desembarcaron las armas y las provisiones, encendieron un buen fuego debajo de una enorme encina, cenaron galleta y carne fiambre, y envolviéndose después en las mantas, no tardaron en dormirse profundamente. Como medida de prevención, cargaron las armas; pero la noche pasó sin incidente alguno. -¡Vamos, en marcha! exclamó Briant despertándose el primero a las seis de la mañana. En algunos minutos estuvieron prontos, y la canoa entró en la corriente; mas ésta era tan rápida, que fue necesario recurrir a los remos para mantener la embarcación en medio del río. -Es probable, dijo Mokó, que si el mar dista de aquí más de cinco o seis millas, una sola marea baste para llevarnos a él, pues esta corriente es mucho más veloz que la del Zealand. -¡Ojalá sea así! respondió Briant; pero a la vuelta creo que necesitaremos tres o cuatro para remontar el curso de este río. -Tenéis razón, señor Briant; y, si os parece, nos volveremos en seguida... -Sí; en cuanto lleguemos al mar y veamos si hay o no alguna tierra cerca de la Isla. La canoa corría con una velocidad que Mokó apreciaba en una milla por hora. El East-river seguía una dirección casi rectilínea, y su lecho era más profundo que el del Zealand y menos ancho, lo cual explicaba la rapidez de su corriente y hacía temer a Briant el encuentro de algunos torbellinos que les impidiera seguir en ruta. Se hallaban en pleno bosque, en medio de una vegetación muy vigorosa, del mismo género que la de Traps-woods, con la única diferencia de que aquí las encinas, los alcornoques y los pinos eran en mayor número que allí. Briant, aunque menos instruido en botánica que Gordon, conoció cierto árbol, de cuya clase se ven muchos ejemplares en Nueva Zelandia. Este árbol, que desplegaba su copa a unos sesenta pies del suelo, presentaba unas frutas cónicas de tres o cuatro pulgadas de largo, puntiagudas y revestidas por una especie de escama reluciente. -¡Debe ser el pino que da los piñones! exclamó Briant. -Si no os equivocáis, dijo Mokó, detengámonos un instante, porque vale la pena de que lo hagamos así. Y atracaron la canoa a la orilla izquierda, adonde Briant y su hermano saltaron, volviendo poco después con una buena provisión de piñones. Precioso hallazgo para los golosos de la pequeña colonia y también para los demás, porque, según les dijo más tarde Gordon, dicha fruta da un excelente aceite. Aquel bosque debía ser tan rico, por lo menos en fauna, como el que estaba corca de French-den, pues Briant vio a través de los árboles muchos ñandúes, vicuñas, algunos guanacos y otros animales, que ciertamente hubieran ofrecido a Doniphan, si allí se encontrara, buenas ocasiones para lucir su destreza; mas Briant no hizo caso tampoco de los deseos que a él mismo asaltaron, en atención a que, teniendo bastantes provisiones de boca, no quería malgastar sus municiones. Las once serían cuando notaron que el bosque se presentaba menos frondoso, pues se veía de vez en cuando algún claro entre los árboles, y además la brisa traía ciertas emanaciones que anunciaban la proximidad del mar, hasta que algunos minutos después, más allá de un grupo de magníficas encinas, vieron los niños de repente una línea azulada en el horizonte. La corriente arrastraba siempre la canoa, aunque con menos rapidez, y la marea no tardaría mucho en hacer sentir sus efectos en el East-river, cuya anchura era en aquel sitio de cuarenta a cincuenta pies. Llegaron, por fin, cerca de las rocas que se levantaban en el litoral, y Mokó arrimó la canoa a la orilla izquierda, la ató fuertemente, e hizo que Briant y su hermano desembarcaran detrás de él. ¡Qué aspecto tan diferente a la del Oeste de la isla Chairmán ofrecía esta costa! En ella había también, como en Sloughi-bay, una profunda bahía, pero con la circunstancia de que la del Oeste tenía una ancha playa de arena, rodeada por un banco de arrecifes, mientras que la que acababan de descubrir presentaba un gran amontonamiento de rocas, en las que, según lo vio Briant, hubieran podido hallar veinte grutas en vez de una. Esta costa era, por consiguiente, perfectamente habitable, y si el schooner hubiera encallado en aquel sitio, hubiesen podido ponerlo al abrigo de los huracanes en la embocadura del río, que formaba un puerto natural, en el que no faltaba agua ni aun en la bajamar. Briant fijó en primer lugar sus miradas en la extremidad de aquella vasta bahía, que se desarrollaba en un sector de unas quince millas entre dos puntas arenosas, y que más bien merecía llamarse golfo. Estaba completamente desierta, pues ni siquiera el más pequeño buque se veía en su perímetro, que por cierto se dibujaba con mucha limpieza. En cuanto a continente o tierra, nada se veía, absolutamente nada. La isla Chairmán estaba tan sola por el Oriente como por el Occidente; el náufrago francés había tenido razón al no señalar en su mapa ninguna tierra en aquellas direcciones. Si dijéramos que Briant experimentó un gran desengaño, sería apartarnos de la verdad. Esperaba aquel aislamiento; mas, sin embargo de eso, creyó oportuno dar a aquella parte de la isla el nombre de Deception-bay (bahía del Desengaño). -¡Vamos, dijo: no es por aquí por donde tomaremos el rumbo Nueva Zelandia! -¡Bah, señor Briant! replicó Mokó; ya nos iremos algún día por este camino o por otro. Pero mientras tanto, me parece que debíamos almorzar. -Sea, respondió Briant; pero apresurémonos. ¿A qué hora podremos empezar a remontar la corriente? -Si quisiéramos aprovechar la marea, sería menester nos embarcáramos ahora. -En este momento es imposible, dijo Briant. Tengo empeño en observar mejor el horizonte, y quiero subirme a alguna roca cuya altura me permita dominar la playa. -Entonces tendremos que esperar la siguiente pleamar, que no se hará sensible en el East-river hasta las diez de la noche. -¿Temes navegar a esa hora? preguntó Briant. -No, señor, y lo haremos sin peligro, pues estamos en el plenilunio. Además, el curso del río es tan recto, que basta gobernar con los palos, aun cuando baje la marea; y si la corriente se hiciera demasiado fuerte, haremos alto al amanecer. -Bien, Mokó, estamos de acuerdo; y puesto que podemos disponer de algunas horas, aprovechémoslas para completar nuestra exploración. Todo el tiempo que pasó entre el almuerzo y la comida, los tres muchachos lo emplearon en recorrer aquella parte de la costa, abrigada por grandes grupos de árboles que avanzaban hasta la base misma de las rocas. En cuanto a la caza, no faltaba en más o menos abundancia. Briant mató un par de tinamous para la comida de la tarde. El aspecto característico de aquel litoral era el amontonamiento de enormes rocas de granito, con un desorden verdaderamente grandioso, que se parecía al campo de Karnac, cuya irregular disposición no es debida a la mano del hombre. Allí se veían aquellas profundas excavaciones, que se llaman chimeneas en ciertos países antiguamente habitados por los celtas, y no hubiera sido difícil instalarse entre sus paredes. Briant halló, en un espacio de menos de media milla, más de una docena de grutas, tan abrigadas todas, que el muchacho se preguntaba por qué razón el náufrago francés no se había establecido en aquella parte de la isla. No podía dudarse de que la había visitado, puesto que estaba señalada en el mapa, y es que, sin duda, establecido ya en French-den antes de su exploración hasta la bahía del Este, no quiso mudar de vivienda. A eso de las dos, cuando el sol empezaba a declinar, el momento pareció favorable para proceder a una minuciosa investigación del mar, Briant, Santiago y Mokó intentaron trepar por un montón de rocas que se parecía a un oso monstruoso, y que se elevaba a un centenar de pies por encima del puerto: si llegaron a su cima, no fue sin grandes riesgos. Desde allí, mirando hacia atrás, se dominaba el bosque, que se extendía hasta el lago; en el Sur, la vista abarcaba una gran extensión de dunas amarillentas y entrecortadas por algunos grupos de abetos; en el Norte, el contorno de la bahía terminaba en una punta que formaba el límite de una llanura arenosa situada algo más allá. En suma, la isla Chairmán no era fértil más que en su parte central, en donde el agua del lago le daba vida, desahogándose en varios ríos que salían de sus orillas. Briant dirigió después su catalejo hacia la parte oriental del horizonte, y nada vio por aquel lado; nada más que la inmensidad del mar, circunscrita por la bóveda celeste. Una hora llevaban ya de incesante observación los tres muchachos, e iban ya a bajarse, cuando Mokó detuvo a Briant. -¿Qué es lo que hay allá lejos? preguntó señalando al Noroeste. Y Briant fijó el catalejo en el punto indicado. Allí, casi en el límite del horizonte, se veía como una mancha blancuzca, que hubiérase podido confundir con una nube si el cielo no hubiera sido de una sin igual pureza; y después de haberse fijado mucho Briant, aseguró que aquella cosa no se movía, y que su forma no variaba de ningún modo. -No comprendo lo que es, dijo; como no sea una montaña... Algunos instantes después, habiendo bajado bastante el sol hacia su ocaso, se observó que la mancha había desaparecido. ¿Existiría por allí alguna tierra, o la mancha blancuzca no era más que un reflejo luminoso del agua? Esta última hipótesis fue la que Santiago y Mokó admitieron, aun cuando Briant conservó para sí algunas dudas respecto de ella. Concluida la exploración, volvieron a la embocadura del East-river, y Santiago recogió alguna leña para que el negrito preparase el asado de tinamous. Después de comer, Briant y su hermano fueron a dar un paseo por la playa, esperando la hora de la marca para embarcarse, y Mokó siguió por la orilla izquierda del río en busca de piñones. Cuando volvió, empezaba a oscurecer, y aun cuando al llegar al lado de la canoa vio que ambos hermanos no habían regresado, como no podían estar muy lejos, el grumete no se inquietó por aquella tardanza; pero como oyera gritos y gemidos, se sobrecogió en gran manera. No se equivocaba: aquella voz era la de Briant. ¿Le amenazaría algún peligro? El pobre negrito no titubeó un solo instante en correr hacia la playa; mas después de haber dado la vuelta a las últimas rocas que cerraban el puertecito, lo que vio le impidió seguir adelante. Santiago estaba arrodillado a los pies de su hermano. Parecía implorarle gracia y pedirle perdón. Esos eran los gemidos que Mokó había escuchado. El grumete, por discreción, hubiera querido retirarse, pero era demasiado tarde. Lo oyó todo, y comprendió de lo que se trataba. Conocía ya la falta que Santiago había cometido, y que acababa de confesar a su hermano, oyendo que éste exclamaba: -¡Desgraciado!... ¿Cómo? ¿Eres tú... tú quien ha hecho eso?... Tú tienes la culpa... -¡Perdóname, hermano mío, perdóname!... -¡He aquí el motivo que te alejaba de tus compañeros!... ¡Les tenías miedo! ¡Y lo comprendo! ¡Ah! ¡Que no lo sepan nunca!... ¡No!... ¡Nunca, ni una palabra!... Mokó hubiera dado cualquier cosa por no haber sorprendido aquel secreto; pero como le repugnaba fingir con Briant, algunos instantes después, encontrándose a su lado en la canoa, le dijo en voz baja: -Señor Briant, todo lo he oído. -¡Cómo! ¿Sabes que Santiago?... -Sí, y es menester perdonarle... -¿Lo perdonarán los demás? -Tal vez, respondió Mokó; pero más vale que no sepan nada, y, por mi parte tened la seguridad de que seré mudo. -¡Ah! ¡Gracias, mi buen Mokó! murmuró Briant apretándole la mano. Durante las dos horas que tardaron en embarcarse, el joven no dirigió la palabra a su hermano, que, sentado al pie de una roca, estaba aun más abatido que antes de ceder a las instancias de Briant confesándole su culpa. Hacia las diez, la marea empezó a subir, y los tres muchachos se colocaron en la canoa, que fue rápidamente arrastrada por la corriente. La luna, que salió temprano, alumbraba bastante para que la navegación se hiciera sin peligro hasta las doce y media, hora en que la bajamar les obligó a empuñar los remos; mas durante una hora apenas si adelantaron media milla. Briant propuso que se detuvieran hasta el amanecer, esperando la pleamar, y así lo verificaron. A las seis de la mañana prosiguieron su ruta, y a las nueve estaban en las aguas de Family-Lake. Allí Mokó desplegó la vela, y con una buena brisa que vino a favorecerles, se dirigieron hacia French-den. A las seis de la tarde, y después de una feliz travesía, durante la que Briant y su hermano no habían hablado una palabra, la canoa fue vista por Garnett, que pescaba a la orilla del lago. Algunos instantes después nuestros exploradores saltaban a tierra, acogiéndolos Gordon con grandes muestras de cariño. XVIII El pantano salado. -Los zancos. -Exploración por el «South-moors». -En previsión del invierno.- Diferentes juegos. - Entre Doniphan y Briant. -Intervención de Gordon. -Inquietudes por el porvenir. -Elecciones del 10 de junio. Briant juzgó prudente ocultar aun a Gordon el secreto sorprendido por Mokó, respecto a la falta cometida por su hermano; pero en cuanto al relato de su expedición, lo hizo detalladamente cuando todos sus compañeros estaban reunidos. Describió en todas sus partes la costa oriental de la isla Chairmán, el curso del East-river, a través de los bosques que separan el lago de la costa, bosques muy abundantes en árboles de hoja perenne. Afirmó que su instalación hubiera sido mucho más fácil en aquella parte del litoral, añadiendo, sin embargo, que no había por qué abandonar French-den. En cuanto a lo que a todos preocupaba, es decir, a la proximidad de alguna tierra, Briant declaró que no había descubierto ninguna; no obstante, hizo mención de aquella mancha blancuzca que descubrió en el horizonte, y cuya presencia se explicaba, prometiéndose examinarle de nuevo cuando hicieran otras excursiones. En suma, lo que por desgracia era demasiado cierto, es que la isla Chairmán debía hallarse a muchos centenares de millas de cualquier continente o archipiélago. Convenía, pues, armarse de ánimos para luchar contra las contrariedades de la vida, y concretarse a esperar la presencia de casuales e incalculados socorros; y así es que cada cual se dio de nuevo al trabajo para preparar todo lo necesario en previsión del próximo invierno, sobresaliendo Briant en celo y en valor. Este buen muchacho parecía menos comunicativo que antes de su reciente excursión, demostrando, como su hermano, una propensión a apartarse de los demás. Gordon, al notar este cambio en el carácter de su amigo, observó también que siempre que se presentaba una ocasión de hacer algo en que se corrieran peligros, Briant se lo encargaba a Santiago, y éste lo desempeñaba apresuradamente y sin murmurar. Como Briant no dijo jamás una palabra respecto de esto, Gordon no quiso preguntarle nada, si bien tenía casi la certeza de que ambos hermanos habían tenido una explicación. El mes de Febrero se pasó en diversos trabajos. Habiendo notado Wilcox que muchos salmones remontaban el río Zealand, se tendieron redes de una a otra orilla, cogiéndose en ellas buena cantidad de aquel sabroso pescado. La necesidad de conservarlos obligó a los colonos a proveerse de una cantidad bastante grande de sal, y, al efecto, Briant y Baxter hicieron varios viajes a Sloughi-bay, estableciendo allí una pequeña salina en la arena, en donde la sal se posaba después que las aguas del mar se habían evaporado bajo la acción de los rayos solares. Durante la primera quincena de Marzo, tres o cuatro de nuestros colonos exploraron parte de la comarca pantanosa de South moors, que se extendía en la orilla izquierda del río Zealand. Doniphan fue el que ideó aquel reconocimiento, Baxter fabricó al efecto algunos pares de zancos, pues como aquel pantano estaba en algunos sitios cubierto de una capa de agua, aquellos zancos les permitirían aventurarse, sin mojarse los pies, hasta encontrar un terreno seco. Hechos aquellos preparativos, Doniphan, Webb y Wilcox, después de atravesar al río en la canoa, desembarcaron en la orilla izquierda, llevando cada cual su escopeta. Al saltar en el ribazo, calzáronse los zancos para entrar en el pantano. Phann los acompañaba; pero como el fiel animal no temía mojarse las patas, saltaba regocijado por los charcos de agua. Después de andar una milla al Suroeste, Doniphan, Wilcox y Webb llegaron a una parte seca, en donde, quitándose los zancos, pudieron perseguir la caza con más comodidad. Millares de aves acuáticas se presentaron a su vista: chochas, becadas, ánades, gallinetas, cercetas y otras varias. Doniphan y sus dos compañeros hubieran podido matar centenares de aquellas aves, sin desperdiciar ni una perdigonada; pero fueron razonables y se contentaron con algunas docenas de volátiles que Phann iba a recoger y traía a las manos, como perro bien enseñado. Sin embargo, Doniphan tuvo la tentación, aun cuando resistió a ella, de matar algunos otros animales que, a pesar del talento culinario de Mokó, no hubieran podido comerse, aun guisados. Allí había algunas de esas hermosas zancudas, cuya cabeza está adornada con un penacho de blancas plumas. Pero nuestro joven cazador no pudo contenerse al ver una bandada de flamencos, con las alas de color de fuego, muy aficionados a las aguas salobres, y cuya carne es tan sabrosa como la de la perdiz. Estos volátiles, colocados en fila, estaban confiados en la vigilancia de sus espías y centinelas, quienes dieron un chillido parecido al sonido de una trompeta, en el momento en que notaron el peligro. Al ver aquellas magníficas muestras de la ornitología de la isla, Doniphan se abandonó a sus instintos, echó a correr, y Webb y Wilcox le siguieron sin resultado alguno, pues los flamencos huyeron con tanta velocidad, que en un instante se perdieron de vista. Doniphan y sus compañeros ignoraban que, aproximándose con cuidado, pueden tirarse con toda comodidad esas aves, pues las detonaciones las aturden, pero no las hacen huir. En vano fue que los jóvenes cazadores buscaran aquellos soberbios palmípedos, que medían más de cuatro pies desde la punta del pico al extremo de la cola; porque, dada la señal por los centinelas, desaparecieron todos hacia el Sur, antes de que tuvieran siquiera tiempo de preparar las escopetas. No obstante, los muchachos no se arrepintieron de haber hecho aquella correría, pues volvieron con bastante caza, prometiéndose renovarlas, toda vez que los primeros fríos harían más fructuosas sus excursiones. Gordon lo preparaba todo para que los fríos no lo cogieran desprevenido; así es que hizo un acopio tal de combustible para caldear también el establo y los corrales, que aun cuando el invierno durase seis meses o más, ni el aceite de foca para el alumbrado, ni la leña, les había de faltar. Estos trabajos no impedían seguir el programa de estudios. Los mayores daban lecciones a los pequeños, y durante las conferencias que se celebraban dos veces a la semana, Doniphan seguía haciendo alarde de su superioridad, cosa que le granjeaba pocos amigos, pues fuera de sus parciales, ninguno de los demás le quería bien. Y sin embargo, contaba suceder a Gordon en la jefatura de la isla, cuando dentro de dos mesas terminase éste en sus funciones. Lleno de amor propio, pensaba que le pertenecía por todos conceptos, y consideraba como una injusticia el que antes no le hubiesen elegido. Wilcox, Cross y Webb le alentaban con aquellas ideas, y tanteaban el terreno respecto a la futura elección, diciéndole que juzgaban asegurado el éxito. Doniphan, no obstante, no tenía mayoría entre sus compañeros; los más pequeños, especialmente, no parecían dispuestos en su favor, ni tampoco en el de Gordon. Todo esto no pasaba inadvertido para el americano, y aunque podía ser reelegido, no manifestaba empeño en conservar el puesto, comprendiendo claramente que la severidad que había usado durante su año de presidencia le había enajenado los votos. Sus maneras algo duras y su espíritu, demasiado práctico a veces, habían desagradado en muchas ocasiones a sus gobernados, y Doniphan confiaba en ese descontento, pues le consideraba como un motivo más para que la elección recayera en él. Como se ve, cuando el día de la votación llegase, habría sin duda una lucha interesante y digna de ser presenciada. Lo que los pequeños reprochaban principalmente a Gordon, era su economía, demasiado exagerada y sostenida, respecto a los platos de dulce. Además, los reñía irremisiblemente cuando entraban en la gruta con una mancha o un desgarrón, y, sobre todo, cuando los zapatos estaban rotos, pues necesitando éstos incesantes composturas, hacían muy grave la cuestión de calzado. Luego, con pretexto de que perdían muchos botones, les obligó a que todas las noches le presentaran sus trajes; y si por desgracia algún botón faltaba, les arrestaba o les privaba de los postres. Entonces Briant intervenía, intercediendo tan pronto por Jenkins como por Dole, y esto le hacía popular. Los niños sabían también que los dos cocineros, Service y Mokó, eran muy adictos a Briant, y si éste fuera algún día jefe de la isla Chairmán, podían prometerse un bello porvenir, que no carecería de golosinas. ¡Y véase de qué nimiedades penden algunas veces las cosas de la vida! Esta Colonia, ¿no es ciertamente la imagen viva de la sociedad, y estos niños que, como todos, tienden a exhibirse desde el principio de su existencia, no son el fiel retrato de los hombres serios en sus manifestaciones de ciudadanos? En cuanto a Briant, ni siquiera el buen muchacho se ocupaba de la cuestión electoral; trabajaba sin cesar, no economizando su fatiga ni la de su hermano; eran siempre los primeros en ponerse a la faena, y los últimos en dejarla, como el deber fuera mayor para ellos que para los otros. Todos se ocupaban en algo, según las prescripciones reglamentarias de la colonia; mas no invertían el día entero en el trabajo y en el estudio, pues el programa había reservado algunas horas para recreo, en atención a que, para gozar de buena salud, es conveniente entregaras a ejercicios gimnásticos. Nuestros muchachos cumplían con ese precepto de la higiene, subiendo, a fuerza de puños, a los árboles, estribándose en los bordes de una cuerda enrollada al tronco; saltaban anchos espacios apoyándose en un largo palo; se bañaban en el lago, y los que no sabían nadar, pronto lo aprendieron; verificaban carreras, recibiendo un premio el primero que llegaba a la meta, y se ejercitaban también en el manejo de las bolas y del lazo. Otras veces se distraían con alguno de aquellos juegos, tan en uso entre los jóvenes ingleses, pues poseían, además de los que hemos mencionado ya, el crocket y los rounders, que consisten, con pequeñas diferencias entre sí, en lanzar, por medio de un largo palo, una pelota sobre unas clavijas de madera puestas en cada uno de los ángulos de un vasto pentágono regular; los quoits, que exigen mucha fuerza en los brazos y buen golpe de vista. Conviene describir este último juego con algunos detalles, porque cierto día fue causa de una reyerta, muy de sentir, entre Briant y Doniphan. Era el 25 de Abril por la tarde. Ocho de los colonos repartidos en dos campos, Doniphan, Webb, Cross y Wilcox, por un lado, y Briant, Baxter, Garnett y Service por otro, jugaban una partida de quoits en Sport-terrace. En la superficie de ese terreno plano, dos hobs, o sean dos barras de hierro cilíndricas, habían sido clavadas a una distancia de unos cincuenta pies una de otra. Cada uno de los jugadores estaba provisto de dos quoits, especie de tejoletas o planchitas de metal redondas, con un agujero en el centro y más delgadas en la circunferencia que en el medio. Los jugadores deben lanzar aquellas sucesivamente, de modo que una encaje en la primera barra y después la otra en la segunda. Si el que tira acierta, gana dos puntos por cada tejoleta que ensarte; mas si los tejos no encajan, pero se acercan a las barras, se apuntan solamente un tanto. Aquel día la animación de los jugadores era grande, y como Doniphan estaba de un lado y Briant del otro, cada cual se esforzaba en que la victoria perteneciera a su campo. Ya se habían jugado dos partidas, ganando la primera Briant y sus compañeros con siete tantos, mientras que sus adversarios ganaron la segunda con seis. Estaban jugando la tercera, que era la decisiva; ambos campos tenían cinco puntos, y no quedaban más que dos tejoletas para tirar. -A ti te toca, Doniphan, fíjate bien, dijo Webb; estamos en lo último y se trata de ganar. -No tengas cuidado, replicó éste. Y se puso en actitud de tirar, los pies bien colocados uno delante del otro, teniendo el tejo en la mano derecha, el cuerpo algo inclinado y ligeramente vuelto sobre el flanco izquierdo para asegurar mejor la puntería. Se veía que aquel vanidoso muchacho ponía todo su cuidado en aquella jugada: apretaba los dientes y estaba pálido y ceñudo. Después de haber apuntado con cuidado, lanzó el tejo de modo que describiese van arco, y lo lanzó vigorosamente, pues la clavija estaba a una distancia de cincuenta pies. El tejo no alcanzó la barra sino en su borde externo, y, en vez de encajarse en ella, cayó a tierna, no ganando, por consiguiente, más que un tanto. Doniphan no pudo detener un gesto de despecho, hiriendo iracundo el suelo con el pie. -¡Es lástima! dijo Cross; pero aun no hemos perdido. -¡No por cierto! añadió Wilcox; tu tejo está al pie de la barra, y como Briant no encaje el suyo, le desafió a que dé mejor. En efecto, si el tejo que este último iba a lanzar no se ensartaba en la clavija, perdía la partida, porque era muy difícil que estuviera más cerca de la meta que el de Doniphan. -¡Apunta bien!... ¡Apunta bien!... exclamó Service. Briant no respondió, a fin de no herir la susceptibilidad de Doniplian; y si quería asegurar la partida, más era por consideración a sus compañeros que por complacencia propia. Se puso en posición y arrojó con tanta destreza el tejo, que éste quedó perfectamente encajado en la barra. -¡Siete puntos! exclamó triunfalmente Service. Hemos ganado la partida. Doniphan es adelantó vivamente. -¡No!... ¡No habéis ganado! dijo. -¿Por qué? preguntó Baxter. -¡Porque Briant ha hecho trampa! -¿Yo? dijo éste palideciendo intensamente. -Sí, respondió Doniphan; no tenías los pies en la raya, pues te has adelantado dos pasos. -¡No es cierto! exclamó Service. -¡Te equivocas! repuso Briant; mas aun, cuando fuese verdad lo que dices, debo observarte que habría sido un error de mi parte, y que no permitiré diga nadie que he faltado a la lealtad en el juego. -¡Hombre, hombre! ¿No permitiré has dicho? repitió Doniphan con un movimiento de hombros. -¡Y lo repito! respondió Briant que empezaba ya a no ser dueño de él mismo. Y en primer lugar, te probaré que mis pies estaban perfectamente colocados en la raya. -¡Sí... sí!... dijeron Baxter y Service. -¡No... no!... replicaron Webb y Cross. -¡Ved la huella de mis zapatos en la arena! repuso Briant. Y como Doniphan no ha podido equivocarlos, yo le digo que ha mentido adrede. -¡Que miento yo! exclamó Doniphan, acercándose lentamente a su compañero. Webb y Cross se colocaron detrás de éste para apoyarle, mientras que Baxter y Service estaban prontos a ayudar a Briant, caso de que hubiera lucha. Doniphan había tomado la actitud de los boxeadores; tiró su chaqueta, dobló hasta el codo las mangas de su camisa y arrolló su pañuelo alrededor de su muñeca. Briant, que había recuperado su sangre fría, quedaba inmóvil como si le repugnara batirse con uno de sus compañeros y dar tal ejemplo a los demás colonos. -Has hecho mal en insultarme, Doniphan, y te portas peor aun provocándome. En efecto, respondió Doniphan con tono del más profundo desprecio; siempre se hace mal provocando a los que no saben responder a las provocaciones. -Si no lo hago, dijo Briant, es porque no me conviene. -¡Porque tienes miedo! -¡Miedo yo! -¡Sí, porque eres un cobarde!... Briant, al oír aquel nuevo insulto, levantó sus mangas y avanzó resueltamente hacia Doniphan. Ambos adversarios estaban ya prontos a la pelea. En muchos colegios ingleses esa lucha que se conoce en Inglaterra con el nombre de boxe, forma en cierto modo parte de la educación, y se ha notado que los jóvenes hábiles en dicho ejercicio, muestran más paciencia y mansedumbre que los demás, y no buscan querellas por un quítame allá esas pajas. Briant, en su calidad de francés, no era partidario de esa pelea a puñetazos, siempre dirigidos a la cara, y dicho se está que no tenía tanta habilidad como su adversario, quien, en honor de la verdad, era diestrísimo en el pugilato. La lucha iba a comenzar, cuando Gordon avisado por Dole, se apresuró a intervenir. -¡Briant!... ¡Doniphan!... exclamó. -¡Me ha llamado embustero!... dijo este último. -¡Después de haberme dicho que yo hacía trampas en el juego, y de haberme llamado cobarde!... respondió Briant. En aquel momento todos estaban reunidos al lado del americano, mientras que ambos adversarios habían retrocedido algunos pasos; Briant estaba cruzado de brazos, y Doniphan en la misma postura que antes de la llegada del jefe de la colonia. -Doniphan, dijo entonces Gordon con tono severo; conozco a Briant, y estoy cierto de que el provocador no ha sido él, sino tú. -¡Verdaderamente, Gordon; bien se conoce que siempre estás en contra de mí!... -¡Cuando lo mereces! respondió el americano. -¡Lo mismo me da! Pero que la culpa sea de Briant o mía... ¡Si rehúsa batirse, es un cobarde! -¡Y tú un mal muchacho, que das muy malos ejemplos a tus compañeros!... ¡Cómo! ¿No te basta que nos hallemos en una situación grave, sino que procuras sembrar la discordia entre nosotros, y atacas sin cesar al mejor de todos cuantos estamos aquí?... -Briant, da las gracias a Gordon, dijo Doniphan. Y ahora... ¡en guardia! -¡Pues bien, no! exclamó el americano. ¡Soy vuestro jefe, y me opongo a todo acto de violencia entre vosotros! Briant, entra en French-den. ¡En cuanto a ti, Doniphan, ve adonde te plazca a desahogar tu ira, y no vuelvas por aquí hasta que comprendas que yo he cumplido con mi deber! -¡Bien dicho! exclamaron todos, menos los parciales de Doniphan. ¡Hurra por Gordon!... ¡Hurra por Briant!... Ante esa igualdad de pareceres, no hubo más remedio que obedecer. Briant entró en el hall, y cuando Doniphan volvió a la hora de acostarse, no demostró intención alguna de volver a empezar la querella. Sin embargo, se conocía que guardaba en su corazón un gran rencor, que su enemistad para con Briant había crecido, y que no aprovecharía la lección que el americano le había dado en presencia de sus compañeros. Estas disensiones eran muy sensibles, por lo mucho que afectaban a la tranquilidad de la pequeña colonia, pues ejerciendo Doniphan sobre Webb, Cross y Wilcox una influencia tal que le daban la razón en todo, ¿no era de temer una escisión en lo porvenir? La calma quedó restablecida, aunque las pasiones no acalladas, y desde aquel día nadie hizo alusión a la pasada discordia, continuando los trabajos preventivos contra los rigores del invierno, que ya no se haría esperar. En la primera semana de Mayo el frío se hizo sentir lo bastante para que Gordon diera la orden de que se encendieran las estufas y es alimentasen sin cesar día y noche, haciéndose preciso también caldear el establo y demás dependencias; cuidado que correspondía a Garnett y a Service. En aquella época algunas aves se preparaban para la emigración. ¿Hacia qué regiones se dirigían? Sería, sin duda, a las comarcas septentrionales del Pacífico o del continente americano, que les ofrecían un clima más benigno que el de la isla Chairmdn. Entre aquellos pájaros, ocupaban el primer lugar las golondrinas, maravillosos emigrantes capaces de recorrer con gran rapidez distancias considerables. Briant, preocupado sin cesar en buscar un medio de salir de la isla, ideó aprovechar la marcha de aquellas aves, para dar a conocer la situación de los náufragos del Sloughi. A este fin, cogió algunas docenas de dichos pájaros, cosa fácil, pues habían llegado a anidar basta el interior de Store-room, y les colgó en el cuello un diminuto saquito de tela, que encerraba un escrito indicando poco más o menos en qué parte del Pacífico debería ser buscada la isla Chairmán, rogando al mismo tiempo, al que fuera aquel papel, que escribiera lo ocurrido a Auckland, capital de Nueva Zelandia. Hecho esto, soltaron las golondrinas los jóvenes colonos, y llenos de emoción, les dijeron: Hasta la vuelta, mirando cómo desaparecían en dirección del Noroeste. Era una esperanza tal vez ilusoria, y sin embargo, Briant hizo muy bien en no desperdiciar aquel medio que la Providencia ponía a su alcance. Las primeras nieves empezaron a caer el 25 de Mayo, o sea algunos días antes que el anterior; pero si bien ese adelanto podía ser indicio de un invierno más riguroso que el precedente, por fortuna, y gracias a la provisión de su jefe, no faltarían a nuestros colonos ni luz, ni calor, ni alimentación sana y abundante, habiéndoles ya obligado el jefe a ponerse trajes de abrigo, pues el americano velaba sin cesar para que las medidas higiénicas se observaran con todo rigor. Durante este último período fue cuando la colonia de French-den se resintió de una secreta agitación, y mil sutilezas y ardides bullían en aquellas jóvenes cabezas, pues estaba concluyéndose el año de mando conferido a Gordon. Todo se volvían conciliábulos, y hasta puede decirse intrigas, que tenían intranquila a aquella sociedad en miniatura. Ya se sabe que el americano quería no mezclarse en nada, pues le era indiferente que lo reeligieran o no; y Briant, como era de origen francés, no podía pensar siquiera en gobernar una colonia compuesta en su mayor parte de ingleses. Sin demostrarlo en la más mínima cosa, el verdaderamente inquieto, con motivo de aquella elección, era Doniphan. Con su inteligencia nada común y su valor, del que nadie dudaba, era evidente que hubiera tenido muchas probabilidades de triunfo su candidatura, si su carácter altanero y envidioso, y su afán de dominar en todo, no hubiesen empañado sus buenas cualidades. A pesar de los vehementes deseos que abrigaba de obtener el mando, se lo vio, ya fuese porque creyera firmemente suceder a Gordon, o bien porque su orgullo la impidiera pedir votos, afectar una completa indiferencia, dejando a sus amigos Wilcox, Cross y Webb que trabajasen para asegurarle el sufragio. Llegó el 10 de Junio. Por la tarde se procedería al escrutinio. Cada cual debía escribir en un pedacito de papel el nombre de aquel para quien quería dar su voto, y la mayoría de los sufragios decidiría la elección. La colonia contaba con catorce votantes, pues Mokó, en su calidad de negro, no podía pretender, ni pretendía tampoco, ser elector. Siete votos y uno más fijarían la elección del nuevo jefe. La votación empezó a las dos, bajo la presidencia de Gordon, que llenó sus funciones con aquella seriedad propia de los anglo-americanos. El resultado del sufragio fue el siguiente: Ni este último ni Doniphan quisieron votar. Briant dio en voto a Gordon. Al oír proclamar aquel resultado, Doniphan no pudo ocultar su desencanto, ni la profunda irritación que experimentaba. Briant, muy sorprendido por haber obtenido mayoría de votos, estuvo a punto de rechazar la honra que se le dispensaba; pero sin duda una idea que se le vino a la imaginación, mirando a su hermano, le hizo reflexionar, y dijo: -¡Gracias, compañeros; acepto! Y desde aquel día Briant era jefe de la colonia durante un año. XIX El mástil de las señales. -Grandes fríos. -El flamenco. -Destreza de Santiago. -Desobediencia de Doniphan y de Cross. -La niebla. -Santiago entre las brumas. -Los cañonazos de «French-den» -Los puntos negros. -Actitud de Doniphan. Lo que sus compañeros se habían propuesto eligiendo a Briant, era recompensarle por su carácter servicial, por el valor de que había dado tantas pruebas y por su incansable celo en pro del común interés. Desde el día en que había tomado el mando del schooner durante la travesía de Nueva Zelandia a la isla Chairmán, no había retrocedido ante ningún peligro ni rehuido ningún trabajo; y aun cuando su nacionalidad era diferente de la de los demás colonos, todos lo querían, y particularmente los pequeños. No es de extrañar, por lo tanto, que todos votaran por él. Doniphan y sus parciales eran los únicos que se negaban a reconocer las cualidades de que estaba adornado Briant; pero en su fuero interno bien sabían que obraban injustamente. Aun cuando Gordon comprendía que esa elección había de aumentar la disidencia, y no obstante abrigar el temor de que Doniphan y sus parciales obrasen de un modo que diera que sentir, no por eso dejó de felicitar calurosamente al elegido, pues tenía un espíritu demasiado justo para no aprobar lo hecho. Por su parte, él quedaba en mejor aptitud para entregarse por completo a la contabilidad de French-den, que era su ocupación favorita. No tardó mucho en saltar a la vista de todos que Doniphan y sus amigos estaban resueltos a no soportar el estado actual de cosas; pero Briant se propuso no darles la más mínima ocasión de queja, para que no se entregasen a ningún exceso. En cuanto a Santiago, fue una gran sorpresa para él ver que su hermano aceptaba el cargo que se le confiaba. -¿Quieres, pues?... le dijo, sin acabar de expresar su pensamiento, que Briant completó, respondiéndole en voz baja: -Sí, quiero que estemos en posición de hacer mucho más de lo que hemos hecho hasta aquí para redimir tu falta. -Gracias, hermano, respondió Santiago; y te suplico no me escatimes el trabajo. Antes de que los grandes ríos impidiesen toda excursión a Sloughi-bay, Briant tomó una medida que no dejaba de tener su utilidad. Ya se acordarán nuestros lectores de que un mástil, como señal, se había puesto en lo alto del acantilado; mas como el pabellón izado en la punta de aquél estaba hecho jirones, importaba colocar allí algo a propósito resistir la incesante furiosa acción de las tormentas invernales. Por consejo de Briant, Baxter construyó con juncos, que abundaban en la orilla del pantano, una especie de globo que no se destrozaría con los aires, puesto que podría correr por los intersticios que dejaban los juncos trenzados. Terminado aquel trabajo, hicieron una última excursión a la bahía Sloughi el día 17 de Junio, y aquel globo, visible en un radio de varias millas, sustituyó al pabellón del Reino Unido. A la vuelta a French-den, viendo Briant que el termómetro bajaba de un modo sensible, hizo que colocaran la canoa en el ángulo del contrafuerte, y la cubrieron con una tela embreada para que se conservase mejor. Baxter y Wilcox tendieron algunos lazos y abrieron nuevas trampas en el límite de Traps-woods, colocando también las redes en el río para recoger los peces que las violentas brisas del Sur arrastrarían al interior de la isla. Alguna que otra vez Doniphan y sus amigos, montados en los zancos, hacían alguna excursión a South-moors y volvían cargados de caza, economizando, por supuesto, los tiros, dado que, en cuanto al gasto de municiones, Briant se mostraba tan parco como lo había sido Gordon. En los primeros días de Julio el río empezó a helarse, y no tardaría en suceder lo mismo con el lago, pues la temperatura bajaba sin cesar, toda vez que después de unas violentas ráfagas, el aire había mudado a Sudeste, el cielo se despejó, y el termómetro señalaba a la sazón veinte grados bajo cero. El programa establecido para el invierno volvió a imperar en las mismas condiciones que el anterior. Briant velaba constantemente para que todos cumplieran con su deber, mas sin abusar jamás de su autoridad, y era de ver cómo Gordon le ayudaba, dando a los demás ejemplo de obediencia; Doniphan y sus amigos, dicho sea en su honor, no dieron muestra alguna de insubordinación. Se ocupaban diariamente en ir a registrar las trampas y lazos, servicio que les había sido particularmente encargado; pero continuaban en su costumbre de vivir en cierto modo separados de sus compañeros, cuchicheando entre sí y no mezclándose en las conversaciones, ni aun en las veladas. ¿Preparaban acaso alguna maquinación? ¡Quién podía saberlo! En suma, Briant no tenía que reprenderles en nada, contentándose con ser justo para todos, y haciendo muchas veces con su hermano, que rivalizaba en celo con él, los trabajos más duros y penosos. Gordon notó que en aquellos días el carácter de Santiago se iba modificando, y Mokó veía con placer que el pobre niño tomaba ya parte en los juegos de sus compañeros. Los estudios llenaban aquellas horas interminables que el frío obligaba a pasar en el hogar. Jenkins, Dole, Iverson y Costar hacían sensibles progresos en sus lecciones con los mayores, quienes, instruyendo a los pequeños, se instruían a su vez. Luego, durante las largas veladas, se leían en alta voz reseñas de viajes, por más que Service hubiera preferido la lectura de sus Robinsones. Algunas veces también el acordeón de Garnett hacía las delicias de los contertulios, acompañando los cantos de los chicos, y concluido el concierto, cada cual ocupaba su camita. La constante preocupación de Briant era la vuelta a Nueva Zelandia, no opinando en esto como Gordon, que no pensaba más que en la organización de la colonia en la isla Chairmán. Los esfuerzos de Briant en pro de su idea fija constituían, a su entender, el objetivo principal de su presidencia. Pensaba sin cesar en aquella mancha blancuzca que había distinguido en Deception-bay. ¿Será aquella la tierra? se preguntaba. Y si lo fuese, ¿por qué no construir una embarcación para ir hasta allí? Pero cuando hablaba con Baxter de estas cosas, éste movía la cabeza, comprendiendo que semejante trabajo superaba a sus fuerzas. -¡Ah! exclamaba muchas veces Briant. ¿Por qué no somos más que niños, cuando era preciso que fuéramos hombres? Durante las largas noches de invierno, aunque parecía que la gruta debía estar al abrigo de cualquier asechanza hubo, sin embargo, algunas alarmas, producidas por los chacales que rondaban por los alrededores; mas Doniphan y algunos otros sacaban de las estufas pedazos de leña encendidos y los tiraban a aquellas fieras, lo cual bastaba para espantarlas. Dos o tres veces también se presentaron algunos jaguares y conguares; pero a éstos se les recibía a tiros, y aun cuando jamás se acercaban lo bastante para ser heridos mortalmente, se conseguía ahuyentarlos, librando así a la cerca de los ataques de aquellos carnívoros. El 24 de Julio, Mokó tuvo ocasión de desplegar su talento culinario en la preparación de una pieza de caza, con la que se regalaron mucho nuestros jóvenes. Wilcox, ayudado por Baxter, había fabricado y tendido a cierta altura lazos de nudo corredizo para coger caza mayor. Esta clase de lazos es colocan, por lo regular, en los bosques frecuentados por gamos, y no es raro que produzcan buenos resultados. En Traps-woods no fue un gamo el que se dejó coger, pero sí un magnífico flamenco, que se enganchó en aquel nudo corredizo con tanta desgracia, que cuando Wilcox fue a registrarlo, halló al animal completamente ahogado. Aquella ave, perfectamente desplumada, vaciadas sus entrañas, relleno el vientre con hierbas aromáticas y asada, ofreció un excelente plato; hubo un pedazo de pechuga y de muslo para cada cual, y hasta un trocito de lengua, que es, seguramente, el mejor bocado que puede comerse en este mundo. La primera quincena de Agosto se señaló por cuatro días de un frío excesivo; Briant se sobrecogió viendo que el termómetro había bajado hasta treinta grados bajo cero, y prohibió a los pequeños todo contacto con el aire exterior, pues no se podía salir de French-den sin que la falta de todo calor se sintiese hasta en la medula de los huesos, y los mayores no salían más que en caso de necesidad, o bien cuando lo exigía el cuidado de los habitantes del corral. Aquel excesivo frío duró, felizmente, muy poco, toda vez que, saltando el viento al Oeste, ocasionó espantosas borrascas, que no causaron ningún daño en la gruta, porque para derribar aquel acantilado hubiera sido necesario la acción de un gran terremoto. El arbolado fue el que más sufrió; pero eso resultaba conveniente para los muchachos, quienes se ahorrarían el trabajo cuando tuvieran que renovar su provisión de combustible. Estas borrascas modificaron el estado de la atmósfera, hasta el punto de que los grandes fríos tuvieron fin, y desde entonces el termómetro subió a 7 y 8 grados bajo cero. En la segunda quincena de Agosto pudo Briant proseguir las faenas en el exterior, exceptuando la pesca, por estar aun el río muy congelado; pero hicieron muchas visitas a las trampas y a los lazos, no faltando casi nunca carne fresca en la mesa de Store-room. El cercado aumentó también muy pronto su población, pues además de una manada de polluelos de avutarda y de las pintadas, la vicuña dio a luz cinco hijuelos, que Garnett y Service cuidaban con mucho interés. Siendo el hielo bastante consistente, Briant tuvo la idea de proporcionar a sus compañeros una diversión muy apreciada en Nueva Zelandia. Baxter fue encargado de construir algunos pares de patines, cosa que alegró sobremanera a los jóvenes colonos, encantados por la ocasión de desplegar su habilidad en aquel ejercicio. El 25 de Agosto, pues, hacia las once de la mañana, Briant, Gordon, Doniphan, Webb, Cross, Wilcox, Baxter, Garnett, Service, Jenkins y Santiago salieron de French-den, dejando a Iverson, Dole y Costar al cuidado de Mokó y de Phann para ir a buscar un sitio en el que la capa de hielo presentara una extensión propicia para patinar. Briant se proveyó de una corneta para llamar a sus gobernados en el caso de que su ardor les llevara demasiado lejos, al deslizarse sobre la corteza helada del lago. Habían almorzado bien antes de salir, contando estar de vuelta para la hora de comer, y no tenemos por qué decir que Doniphan y Cross llevaron sus escopetas por si se presentaba la ocasión de cortar los vuelos a alguna atrevida ave acuática que pretendiese ser testigo de la habilidad, torpeza o temeridad de los colonos; por más que Briant y Gordon, que no eran aficionados a los patines, acompañaron a los demás para evitar cualquier imprudencia. Necesitaron andar cerca de tres millas hasta hallar un sitio a propósito para el ejercicio que iban a practicar, porque cerca de la gruta los hielos no ofrecían ni la profundidad ni la ternura requeridas para esta clase de diversiones. Se detuvieron, por fin, después de atravesar Traps-woods, en un magnífico campo de maniobras que hubiera bastado para un ejército de patinadores. Antes de dar la señal para empezar el juego, Briant reunió a sus compañeros y les dijo: -Supongo que no necesito recomendaros que seáis cuerdos, y que este ejercicio no sea cuestión de amor propio. Si no hay por qué temer que el hielo se rompa, esto puede suceder con los brazos y con las piernas. No os alejéis demasiado, y en el caso en que esto sucediera, no olvidéis que Gordon y yo os esperamos aquí; y cuando oigáis el sonido de la corneta, es señal de que todos debéis volver a uniros con nosotros. Después de estas recomendaciones, los patinadores se lanzaron al lago, tranquilizándose Briant viéndolos desplegar gran habilidad. Hubo algunas caídas sin consecuencia, que provocaron la risa de todos. Sin contradicción alguna los mejores patinadores eran Doniphan, Cross, y sobre todo Santiago, que sobresalía por la velocidad y precisión con que trazaba las más complicadas curvas; hacía maravillas patinando hacia adelante y hacia atrás, con un pie o con los dos, derecho o encorvado, y describiendo círculos con perfecta regularidad y destreza. Briant experimentaba gran satisfacción al ver que su hermano por fin tomaba parte en las diversiones. Es indudable que Doniphan, apasionado por todos los ejercicios corporales, sentía alguna sorda envidia por el triunfo de Santiago, pues no tardó mucho en alejarse de la orilla, a pesar de las recomendaciones de Briant; y haciendo una seña a Cross, le gritó: -¡Eh, Cross! Veo allí una bandada de ánades; allá, al Este. ¿No la ves tú? -Sí. -Tienes tu escopeta y yo la mía. ¿Vámonos a cazar? -¡Pero Briant ha prohibido!... -¡Déjame en paz con tu Briant!... ¡En marcha!... Y a escape. En un momento los dos muchachos anduvieron media milla persiguiendo a aquellas aves. -¿Adónde irán? dijo Briant. -Han visto algunos pájaros, respondió Gordon, y el instinto de la caza... -¡Di más bien el de la desobediencia! repuso Briant. -¿Pero temes que les suceda algo? -¡Quién sabe! Es una imprudencia alejarse... Mira la distancia que han recorrido ya. Y, en efecto, Doniphan y Cross no aparecían a lo lejos más que como dos puntos negros sobre el horizonte del lago, y si bien es verdad que tenían tiempo suficiente para volver, porque el día duraría aun algunas horas, era, no obstante, una imprudencia retirarse tanto, porque en aquella época del año era de temer cualquier cambio repentino en la atmósfera, producido por la modificación del aire. Juzguen nuestros lectores cuál fue el disgusto de Briant cuando a eso de las dos de la tarde el horizonte se ocultó repentinamente por la interposición de una espesa capa de niebla. ¡Qué inquietud! Doniphan y Cross no aparecían, y los vapores acumulados no permitían ver la orilla oriental. -¡He aquí lo que yo temía! exclamó Briant. Y ahora, ¿cómo encontrarán su camino? -¡Toca la corneta! respondió Gordon. Briant dio tres golpes prolongados, y escuchó, esperando que aquellos atolondrados muchachos le respondieran con algún tiro; pero ni él ni el americano oyeron nada. La bruma, cada vez más espesa, se desarrollaba a menos de un cuarto de milla de la ribera, y como se elevaba al mismo tiempo hacia las zonas superiores, ocultaba completamente el lago. Briant llamó entonces a los que se hallaban más inmediatos, quienes no tardaron a reunírsele. -¿Qué haremos? preguntó Gordon. -Todo cuanto se pueda para encontrarlos antes de que se extravíen entre la niebla. Es menester que uno de nosotros vaya siguiendo la misma dirección que han tomado y procure que oigan la corneta. -¡Estoy pronto! dijo Baxter. -¡Nosotros también! dijeron otros dos o tres. -¡No... yo iré! dijo Briant. -¡Yo, yo, hermano mío! dijo Santiago; con mis patines los alcanzaré pronto. -Pues bien, respondió Briant; ve, Santiago, y escucha con cuidado, por si oyes algún tiro... Toma esta corneta, con la que podrás darles a conocer tu presencia. -¡Bueno, hermano mío! Un instante después Santiago había desaparecido entre las brumas, cada vez más opacas. Briant, Gordon y los demás escuchaban atentamente el sonido de la corneta; pero pronto la distancia recorrida por Santiago apagó por completo aquel sonido. Pasó media hora sin que se oyera ninguna señal que indicara que los ausentes volvían a la orilla. ¿Qué sería de ellos si la noche los sorprendiera en el lago? -¡Si siquiera tuviéramos armas de fuego! exclamó Service; tal vez... -¡En la gruta las hay!... No perdamos un instante... ¡En marcha!... dijo Briant. -Era el mejor partido que podían tomar, pues importaba sobre todo indicar, lo mismo a Santiago que a Doniphan y a Cross, la dirección que debían seguir para encontrar la orilla de Family-Lake. En menos de media hora Briant y sus compañeros recorrieron las tres millas que los separaba de French-den. En esta ocasión no se trataba de economizar la pólvora. Wilcox y Baxter cargaron sus escopetas, y tiraron hacia el Este. Ninguna contestación se oyó. Eran ya las tres y media. La niebla tenía tendencia a ser más densa a medida que el sol bajaba hacia el horizonte, y era de todo punto imposible ver nada de lo que hubiera en la superficie del lago. -¡Preparemos el cañón! dijo Briant. Uno de los dos que poseían fue arrastrado hasta el medio de Sport-terrace, y puesto en conveniente puntería; lo cargaron con un cartucho con pólvora sola y Baxter iba a disparar, cuando Mokó le sugirió la idea de poner un taco de hierba untado de grasa, para que la detonación tuviera más fuerza, y el grumete no se equivocaba. El tiro salió. En medio de una atmósfera tan perfectamente tranquila, era imposible que aquel estampido no se oyera a muchas millas de distancia. Escucharon... ¡Nada aun! Durante una hora se hicieron disparos de diez en diez minutos. No podía admitirse que Doniphan, Cross y Santiago se equivocasen sobre la significación de aquellas descargas, que de seguro oirían, pues dichas detonaciones debían repercutir en toda la superficie del lago, porque, como sabe todo el mundo, la niebla es gran propagadora de los sonidos. Por fin, un poco antes de las cinco, algunos tiros se dejaron oír por el Noroeste. -¡Son ellos! exclamó Service. Y en seguida Baxter contestó a aquellas señales con un disparo. Algunos instantes después se divisaron dos sombras a través de las brumas, que estaban menos densas en la orilla que en el centro de Family-Lake. Eran Cross y Doniphan. Santiago no venía con ellos. Nuestros lectores pueden figurarse la angustia que se apoderó de Briant. Su hermano no pudo encontrar a los dos cazadores, que ni siquiera habían oído el sonido de la corneta. En el momento de la partida de Santiago en busca de Doniphan y de Cross, éstos, procurando orientarse, habían tomado ya la dirección de la gruta, mientras que Santiago les buscaba al Este; y si aquellos imprudentes muchachos no hubieran oído a cañonazos, jamás hubieran hallado su camino. Briant, entregado a su dolor, no se acordaba de dirigir una reprimenda a Doniphan por su desobediencia, que podía ocasionar muy tristes consecuencias. Si Santiago se viese reducido a pasar la noche en el lago con una temperatura tal vez de diez o doce grados bajo cero, ¿podría resistir un frío tan intenso? -¡Soy yo el que debía haber ido... yo, sí! repetía sin cesar Briant, a quien Gordon y Baxter procuraban consolar. Dispararon aun algunos cañonazos, que Santiago hubiera oído seguramente si se hubiese hallado en las cercanías de French-den, a cuyos disparos hubiera contestado tocando la corneta. Y ya la noche llegaba, y con ella aumentaba el peligro; pero, sin embargo, una circunstancia favorable se produjo al anochecer. La brisa que empezó a soplar del Oeste, como todas las tardes, a la puesta del sol, rechazó las nieblas hacia el Este, siendo, por lo tanto, menores las dificultades con que tendría que luchar el pobre Santiago para llegar a French-den. Para auxiliarle en medio de la oscuridad de la noche, una sola cosa podía hacerse, cual era la de encender una gran fogata en la ribera a fin de que sirviese de señal; y ya Wilcox, Baxter y Service amontonaban hierba seca, cuando dijo Gordon: -¡Esperad! Y miraba con el anteojo hacia Noroeste. -Me parece que veo un punto negro que se mueve, dijo. Briant cogió el anteojo. -¡Alabado sea Dios! ¡Es él! exclamó. ¡Es Santiago! ¡Sí, es él!... Y todos empezaron a palmotear de alegría, lanzando gritos que podían oírse a una milla de distancia. Santiago adelantaba rápidamente; sus patines se deslizaban en el hielo con la rapidez de una flecha; algunos minutos más, y llegaba. -¡Parece que no viene solo! exclamó Baxter, que no pudo detener un gesto de sorpresa. Y, en efecto, fijándose con más atención, se veía que otros dos puntos negros se movían a unos cien pies detrás de él. -¿Qué será?... dijo Gordon. -¡Hombres!... respondió Baxter. -¡No!... ¡Parecen animales!... dijo Wilcox. -¡Fieras, tal vez!... exclamó Doniphan. Y no se equivocaba; cogió su escopeta, y sin titubear un instante avanzó al encuentro de Santiago. En pocos minutos le alcanzó, y disparó sobre los dos animales, que desaparecieron en seguida. Eran dos osos, que nuestros colonos no esperaban hallar entre la fauna de la isla Chairmán, no habiendo visto ninguno hasta entonces. ¿Vendrían de fuera, aventurándose en los témpanos que flotaban por el mar? Esto parecía indicar que algún continente no estaba lejos. Bueno sería pensar en ello. Fuera lo que fuese, Santiago estaba en salvo, y su hermano le apretaba contra su corazón. Después de muchas felicitaciones, abrazos y apretones de manos, el valeroso muchacho contó que habiendo tocado varias veces la corneta para llamar a sus compañeros, él también se extravió en lo más espeso de las brumas, encontrándose en la imposibilidad de orientarse cuando oyó los primeros cañonazos. -No puede ser más que el cañón de French-den, me dije; y procuré saber por qué lado venía el sonido. Me hallaba entonces a varias millas de la orilla, en el Noroeste del lago; en seguida me dirigí con toda la velocidad posible en la dirección indicada, cuando de repente, en el momento en que la niebla empezaba a desaparecer, me encontré en presencia de dos osos, que se abalanzaron a mí. A pesar del peligro, la calma no me abandonó un solo instante, y merced a la rapidez de mi carrera, pude escapar; mas si me hubiera caído, estaba perdido sin remedio. Y entonces, llevando aparte a Briant, le dijo en voz baja: -Gracias, hermano; gracias por haberme permitido... El jefe de la colonia le apretó la mano sin contestar. Y luego, cuando Doniphan iba a pasar el umbral del hall, le dijo Briant: -Te había prohibido alejarte, y ya ves cómo tu desobediencia ha podido ocasionar una gran desgracia. Sin embargo, aunque te hayas portado mal, Doniphan, debo darte las gracias por haber salvado a mi hermano, y te las doy de todo corazón. -He cumplido con mi deber, y nada más, respondió con mucha frialdad aquel altanero muchacho, sin tocar siquiera la mano que Briant le había tendido. XX Una parada en la punta Sur del lago.-Doniphan, Cross, Wilcox y Webb. -Separación. -La región de los «Downs-lands.» -El East-river. -Bajando a la orilla izquierda. -Llegada a la embocadura. Seis semanas después de estos acontecimientos, un día, a las cinco de la tarde, cuatro de los jóvenes colonos acababan de detenerse en la extremidad meridional de Family-Lake. Era el 10 de Octubre. La influencia primaveral comenzaba ya a hacerse sentir. Los árboles empezaban a revestirse de tiernas hojas, y una agradable brisa rizaba ligeramente la superficie del lago, alumbrado aun por los últimos rayos del sol, que doraba la vasta llanura de South-moors. Numerosas bandadas de pájaros volvían gorjeando a buscar sus guaridas nocturnas en la enramada del bosque o en las grietas del acantilado. Sólo algunos árboles de hojas persistentes, como las encinas y los pinos, rompían la monótona aridez de aquella parte de la isla Chairmán. El marco vegetal del lago estaba truncado en dicho sitio, y para volver a encontrar la espesa cortina formada por los bosques, era menester recorrer algunos kilómetros por una u otra orilla. En aquel momento, un buen fuego encendido al pie de un pino marítimo despedía un agradable olor, proveniente de los ánades que se asaban delante de un hogar colocado entre dos piedras. Después de cenar, cuatro valientes muchachos que allí estaban no tenían más que envolverse en sus mantas, y mientras que uno de ellos se quedaría velando, los otros tres se entregarían a las dulzuras del sueño. Aquellos cuatro jóvenes eran Doniphan, Cross, Webb y Wilcox, y he aquí en qué circunstancias se habían separado de sus compañeros. Durante las últimas semanas de este segundo invierno que los jóvenes colonos acababan de pasar en French-den, las relaciones se habían puesto muy tirantes entre Doniphan y el jefe de la colonia. Nuestros lectores no habrán olvidado con que despecho vio aquél la elección de su rival, y esto había sido causa de que su carácter se hiciera más irritable y más envidioso aun, no resignándose, sin gran trabajo, a someterse a la jefatura de Briant, y no resistiéndose muchas veces abiertamente a sus mandatos, por saber muy bien que la mayoría de sus compañeros no le habría apoyado. No obstante, en varias ocasiones manifestó tan mala voluntad, que Briant no había tenido más remedio que reprocharle su conducta. Desde los incidentes que ocurrieron el día en que patinaron en el lago, su insubordinación aumentó considerablemente, y Briant comprendió que iba a llegar el momento en que su vería obligado a castigar su rebeldía. Hasta entonces, muy inquieto por lo que pasaba, Gordon había conseguido que Briant se contuviera; pero éste sentía que su paciencia se agotaba, y que en pro del común interés, y para el mantenimiento del buen orden, un acto de autoridad se hacía necesario. En vano el americano amonestaba a Doniphan para atraerle a mejores sentimientos, pues nada adelantó, adquiriendo sólo la convicción de que si alguna vez tuvo algún ascendiente sobre aquel muchacho tan soberbio, lo había perdido enteramente, porque Doniphan no le perdonaba el haber hecho muchas veces causa común con su rival. Esto tuvo por resultado destruir la concordia tan necesaria para la tranquilidad de los habitantes de French-den, notándose de tiempo atrás que existía así como una incomodidad moral, que hacía muy penosa la existencia. Excepción hecha de las horas de la comida, Doniphan y sus parciales Cross, Webb y Wilcox, completamente dominados por él, hacían vida separada de los demás. Cuando el mal tiempo les impedía ir de caza, se reunían en un rincón del hall, hablando siempre en voz baja. -Estoy cierto, dijo un día Briant al americano, de que traman alguna cosa. -¡Pero no en contra tuya! respondió Gordon. ¡No será para ocupar tu puesto! ¡Doniphan no se atreverá!... ¡Todos estamos contigo.. bien lo sabes tú, y él no lo ignora!... -Es posible que piense en separarse de la colonia. -Es de temer, Briant, y me parece que no tenemos derecho para impedírselo. -¿Qué harán lejos de nosotros? -Tal vez no traten de eso. -Te equivocas, Gordon; y tanto es así, que he visto a Wilcox copiar el mapa del náufrago, y eso lo hace, de seguro, para llevárselo. -¿Wilcox ha hecho eso? -Sí, amigo mío; y en verdad, no sé si para que cesara este estado de cosas, valdría más que dimitiera mi cargo en favor tuyo o del mismo Doniphan... De este modo quitaría todo motivo de rivalidad... -¡No, Briant! respondió el americano con energía. ¡No!... ¡Faltarías a tus deberes para con aquellos que te han elegido, y para contigo mismo!... Pasaron los últimos fríos. En los primeros días de Octubre, el tiempo mejoró tanto, que las superficies del lago y del río se deshelaron por completo, y entonces, en la velada del 9 del indicado mes, Doniphan dio a conocer la decisión que había tomado de dejar la gruta con sus tres amigos Webb, Cross y Wilcox. -¿Queréis abandonarnos? dijo Gordon. -¿Abandonaros?... ¡No, Gordon! respondió Doniphan. Sólo hemos formado el proyecto de establecernos en otra parte de la isla. -¿Y por qué? preguntó Baxter. -Por una razón muy sencilla; porque decidimos vivir a nuestro antojo, y además, lo digo con toda franqueza, porque no queremos recibir órdenes de Br |